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viernes, 31 de enero de 2025

Rattle pone a Miklós Rózsa en el lugar que le corresponde

Posiblemente ustedes ya conozcan la historia. Miklós Rózsa (1907-1995) escribió su Concierto para violín en 1953. Lo estrenó tres años más tarde y recibió grabación oficial por parte de quienes protagonizaron el evento, Jascha Heifetz, la Sinfónica de Dallas y el director Walter Hendl. En 1970 ese genial guionista y solo correcto director que fue Billy Wilder pidió al compositor húngaro que utilizara sus temas para la banda sonora de La vida privada de Sherlock Holmes. Lo hizo con enorme éxito artístico, mientras la Op. 24 propiamente dicha pasaba al olvido de las salas de concierto. Bueno, en el Teatro de la Maestranza se lo pudimos escuchar a la Orquesta de Córdoba, Leo Brower y un tal Erich Gruenberg en 1995. Lo de "un tal" lo escribo con retintín, porque entonces ninguno nos enteramos de quién era este señor. Pues miren ustedes, nada menos que quien tocó el violín en la película y luego, como concertino de la Royal Phiharmonic que era alguno de ustedes recordará su Sheherezade con Stokowski, e incluso su colaboración con los Beatles, registró la parte solista en la suite que dirigió el propio Rózsa para Polydor. Lo hizo bastante mejor que el gélido Heifetz, claro.

Aparte de la de 1956, grabaciones hay muy pocas. Yo solo he escuchado las de Telarc y Naxos; están bien, sin más. Por eso es importantísimo este lanzamiento que ahora realiza el sello LSO Live: Sir Simon Rattle, en concierto de la Sinfónica de Londres celebrado el 17 de junio de 2022, se encarga de la obra y nos revela su belleza como hasta ahora no habíamos podido imaginar. A pesar de que la toma no es gran cosa, el británico ahora nacionalizado alemán mantiene el pulso, explora atmósferas, revela texturas y deja volar a la música con toda esa cantabilidad que merece, de manera particular en el sublime Lento cantabile. Roman Simovic es concertino de la agrupación de 2010: a pesar de algún detalle un pelín amanerado, toca e interpreta de manera espléndida. 

¿Saben lo más interesante de todo? La manera en que se ha acoplado el disco: con el soberbio Segundo de Bartók, de 1937-38. Es decir, con la música con la que le corresponde estar. No, no hay que pensar en Sherlock Holmes cuando se escucha la partitura de Rózsa, ni en las páginas que escribió para el cine negro o el de romanos. Hay que hacerlo en su Hungría natal: es en la tradición de los Bartók y Kodály en la que hay que entender su creación y, por ende, parte de lo que creemos que es el "sonido Hollywood". Lo mismo ocurre si escuchamos Lo que el viento se llevó: para entender esa música hay que recordar que Max Steiner era vienés e imaginar cómo sonaría su obra con los Wiener Philharmoniker. En cuanto a Korngold, ya ni les cuento. El "sonido Hollywood" era mayormente austro-húngaro. Por cierto, ¿se han parado a pensar de dónde llegaron las grandes batutas de las formaciones norteamericanas? Pues eso.

De la versión del Bartók octubre de 2022– no hay cosa particular que decir. Dirige el joven maestro alemán Kevin John Edusei, bien dotado de técnica y atento a la parte más lírica de la obra. El solista vuelve a ser Simovic. Supongo que se trataba de demostrar que la orquesta tiene un leader capaz de dar todas las notas de tan comprometida partitura. Lo consigue, pero no a la altura de los grandísimos violinistas que se han acercado al asunto: al primer movimiento le falta carácter, consigue grandes frases líricas en el segundo y se muestra desigual en el tercero.

Sea como fuere, lo importante es que este disco deja claro que Rózsa va aquí, justo después de los citados Bartók y Kodály, y que su Concierto para violín no solo es tan bueno como sus admiradores siempre hemos dicho, sino más aún. Ya no necesita a ningún Sherlock Holmes para reivindicarlo.

PD. Pueden escuchar el registro en las plataformas habituales y en YouTube, aunque yo he preferido comprar el SACD. Por cierto, viene en formato de cartón duro. A los coleccionistas nos gustan estas cosas.

viernes, 6 de agosto de 2021

Bernard Herrmann dirige Great Shakesperean Films

Ya he escrito varias veces del asunto en este blog: si Bernard Herrmann estuvo toda su vida intentando infructuosamente ser reconocido como director de orquesta, lo cierto es que en sus grabaciones realizadas para Decca entre 1968 y 1975 demostró ser un auténtico prodigio de la batuta. Y no solo con la música de cine –la suya propia y la de otros–, sino también el repertorio clásico puro y duro. Dice Ángel Carrascosa que suyas son las mejores versiones que ha escuchado de Finlandia de Sibelius, de la Pavana de Fauré y de la Bacanal de Saint-Säens. Yo añadiría a la lista de prodigios la Segunda de Ives, Los preludios de Liszt –un pelín hinchados, pero tremendos–, la Pastoral de estío de Honegger, el Aprendiz de brujo de Dukas, las Gimnopedias 1 y 3 de Satie y esos singularísimos Planetas de Holst que tan mala prensa tuvieron en su momento. 

La caja The Films Scores oh Phase 4 recupera otro de esos discos portentosos en lo que a dirección de orquesta se refiere: Music from Great Shakesperean Films. Se registró en los estudios del sello británico el 23 de marzo de 1974 e incluyó música de Shostakovich, Walton y Rózsa, todo ello con la complicidad de la National Philharmonic Orchestra que, por si ustedes no lo saben, era una espléndida formación “de bolos” congregada por su concertino Sidney Sax a partir de las fuerzas londinenses disponibles para la ocasión.

El Hamlet cinematográfico de Shostakovich (1964), muy superior al que había escrito para la escena varias décadas atrás, es una de las mejores partituras sinfónicas de su periodo tardío: tal vez le estimularan las subyugantes imágenes de la cinta de Kozintsev. Bernard Herrmann se siente como pez en el agua: atmósfera gótica cien por cien, terror en estado puro -la escena fantasmal- y una dosis muy considerable de ironía y mala leche. La conexión es absoluta. He escuchado varias versiones de esta música y ni una sola se le acerca. ¡Lástima que solo grabara veintiún minutos!

Del Ricardo III de William Walton (1955) se ofrecen los títulos iniciales y finales. Típica marcha del autor que Herrmann aborda con lentitud extrema, enorme vuelo melódico e intensidad sin parangón. Pero lo que ya es el colmo son los tres números del Julio Cesar de Miklós Rózsa (1953). Nunca jamás se ha escuchado la música del húngaro dirigida con semejante fuerza dramática. ¡Qué manera de acumular tensiones en “Los Idus de marzo” y de meternos el miedo en el cuerpo con la cuerda grave de la escena del fantasma! Finalmente, la secuencia en la que el compositor superpone la marcha de Octavio con el tema de César para ilustrar el suicidio de Bruto –James Mason– alcanza un grado tal de ardor y desesperación que cada vez que la escucho –lo confieso, este es uno de los discos que más ha pasado por mi equipo– se me humedecen las lágrimas.

¿Y el sonido? Las características de Phase 4 están ahí, por lo que en más de un momento llegan a molestar una celesta o un arpa en primerísimo plano. Dicho esto, en la mayor parte de la música el equilibrio es correcto, mientras que en lo que a pureza tímbrica y carnosidad se refiere, la labor del ingeniero Arthur Lilley es portentosa. Tras la nueva remasterización realizada este mismo año suena mejor que nunca. Total, uno de los mejores discos de música de cine que existen. Así de claro.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Grabación completa de Spellbound, de Miklós Rózsa

Decía André Previn que la música de Korngold no suena a Hollywood: es Hollywood el que suena a Korngold, tal fue el efecto de las bandas sonoras –pocas, pero muy influyentes– que el compositor de La ciudad muerta escribió para el cine clásico. Estoy completamente de acuerdo con la afirmación, y diría lo mismo sobre Miklós Rózsa (1907-1995). Pero quizá apuntaría que el húngaro no se limitó a ser un mero continuador -con menos talento, desde luego- de línea abierta por Bartók y Kodály: aunque el sabor magiar es intensísimo en toda su labor creativa, creo que también asimiló hasta cierto punto el lenguaje de Korngold, sobre todo en lo que al carácter voluptuoso y decadente de sus temas de amor. Y eso queda bien claro en el hermosísimo que escribió en 1945 para Spellboud/Recuerda, la cinta protagonizada por Ingrid Bergman y Gregory Peck bajo la dirección de Alfred Hitchkock


Acabo de escuchar un disco que, aunque lleva en el mercado desde 2007, no había tenido la oportunidad de conocer, y que me ha gustado muchísimo. Me refiero a la grabación de la partitura completa –hora y cuarto en total, incluyendo música no utilizada en el corte definitivo– a cargo de la Filarmónica de la Radio Eslovaca bajo la dirección de un tal Allan Wilson. Este realiza un formidable trabajo fraseando la música con enorme holgura, dejándola respirar con un fraseo cantable y muy sensual que permite precisamente que el referido tema de amor, que se repite una y otra vez hasta la saciedad durante la primera parte de la audición -en la segunda priman los aspectos dramáticos de la trama-, brille como hasta ahora nunca lo había hecho en ninguna de las grabaciones parciales de la partitura.

A destacar que para el presente registro se ha usado un theremín de verdad: ya saben que Rózsa incluyó este peculiarísimo instrumento para reflejar en lo sonoro los brotes sicóticos del personaje encarnado por Gregory Peck –ese mismo año también se sirvió de él para el alcoholismo de Ray Milland en The Lost Weekend/Días sin huella–. Celia Sheen, fallecida en 2011, fue la encargada de ponerse delante del único instrumento que se toca sin tener el menor contacto físico con él. La orquesta, por su parte, de hace gala de un dignísimo nivel, superior al de algunas antiguas grabaciones de música de cine realizadas para Naxos. Una toma sonora francamente notable redondea un disco que me parece fundamental para todo amante de las bandas sonoras.

jueves, 1 de abril de 2021

Quo vadis, obra maestra de Miklós Rósza

Jueves Santo sin procesiones. Hasta no hace mucho se acostumbraba por estas fechas a ver películas como Quo Vadis? Y yo he vuelto a una de mis bandas sonoras favoritas: la compuesta entre 1950 y 1951 por el húngaro Miklós Rózsa para el filme de Mervyn LeRoy. Por descontado, no me he oído a por la grabación original, sino por la selección de más de cuarenta minutos registrada con excelente toma sonora –ingeniería de Stan Goodall en el Kingsway Hall– en la segunda mitad de los setenta por el sello Decca en la que el propio compositor dirigía con técnica e inspiración impresionantes mucho mejor que dos décadas atrás– a una formidabilísima Royal Philharmonic Orchestra y al Saltarello Choir.

Muchos dirán que esto suena en exceso a “película de romanos”. Permítanme parafrasear a André Previn cuando hablaba de Korngold: son las películas de romanos las que suenan a Rózsa, no al revés. ¿Y a qué suena Rózsa? Pues a lo que tiene que sonar: a la prolongación lógica y natural de Bela Bartók y Zoltán Kodály. Es fácil pensar en el Psalmus Hungaricus al escuchar el primero corte del disco, o en el Mandarín maravilloso al escuchar las síncopas de la escena de la persecución. Hay que reconocer que no posee nuestro artista la calidad de sus predecesores, eso desde luego, y que no tuvo más remedio que intentar sintonizar con la sensibilidad musical –más bien simplista, por decirlo de algún modo– de esos cientos de miles de personas que iban a ver la película de la MGM, pero creo que mantuvo en todas sus composiciones un alto nivel de calidad y, en el caso concreto de esta partitura, una portentosa inspiración.

Hay aquí música religiosa muy bella. También secuencias descriptivas y unas cuantas piezas diegéticas -danzas, marchas- que funcionan bastante bien dentro de su carácter un tanto naif, aquí sí “hollywoodiense” en el más común de los sentidos. También secuencias atmosféricas –crucifixión de Pedro, muertes de Popea y Nerón– extraordinariamente sugestivas. Y hay, sobre todo, dos temas de amor excelsos: el voluptuoso de Marco y Ligia y el más bien agónico de Petronio y Eunice. Creo sigue siendo hoy una de las obras maestras de Miklós Rózsa.

¿Qué hay que hacer para escuchar este disco? En las plataformas está “oculto” haciéndose pasar por el disco de 1951: si ven que el tercer track se llama “Fertility Dance”, este es el de Decca que comento. Mi recomendación, no obstante, es que se compren el doble CD del sello Dutton, que trae también Ben-Hur y se encuentra reprocesado por el propio Michael J. Dutton.

PS. De acuerdo con que Peter Ustinov estuvo pasadísimo de rosca como Nerón, pero ¿y lo visionario que se mostró anunciando con esta recreación a Donald Trump?

domingo, 26 de julio de 2015

Indiana Jones en la Filarmónica de Berlín: Waldbühne 2015

La tarde del pasado 28 de junio celebraba la Filarmónica de Berlín, bajo la dirección de su titular Sir Simon Rattle, su concierto anual en el Waldbühne con programa más o menos festivo y cámaras filmando el evento para su posterior comercialización. Esta vez ha sido un poco especial: el Concierto para piano de Grieg con nada menos que Lang Lang como solista, rodeado de músicas escritas para el cine norteamericano. Todo un acontecimiento para los amantes de las bandas sonoras, entre los que me cuento.

Se abría la velada con la celebérrima fanfarria compuesta por Alfred Newman para la 20th Century Fox, aunque lo que la seguía sin solución de continuidad era una película de la Metro, Mutiny on the Bounty (la versión de 1962); partitura de Bronislau Kaper no especialmente inspirada, pero adecuada para poner el público en situación. Robusta y fogosa la lectura de Rattle y los berlineses. Tras los primeros aplausos llega el memorable tema de Laura, de David Raksin, en el arreglo que el propio autor grabó en los años setenta para RCA y que da pie para el lucimiento de buena parte de los primeros atriles de la formación alemana, que frasean la melodía con la más excelsa inspiración que ustedes puedan imaginar.


Aparece a continuación Lang Lang. Pocas veces he escuchado este concierto tan increíblemente bien tocado al piano: quizá solo en la grabación de Zimerman con Karajan y en la filmación de Kissin con el propio Rattle, en ambos casos precisamente junto a la Filarmónica de Berlín. Lo del chino es increíble, no solo por la pasmosa agilidad y absoluta limpieza de que hace gala, sino también por su capacidad para modelar el sonido y extraer los más ricos colores.

Ahora bien, una cosa es la ejecución y otra la interpretación, y en este sentido Lang Lang se muestra algo irregular: brillante y con garra en muchos momentos, apasionadísimo en otros –increíble la cadenza del primer movimiento–, también sabe resultar muy poético cuando quiere –pasaje lírico en el interior del tercer movimiento–, pero sonando más a Chopin que a Grieg y no todo lo efusivo y humanista que podría ser: imposible no pensar en Arrau, o en nuestro Perianes. Lo peor es que Lang Lang, como algunos otros grandes pianistas –Richter, por ejemplo– llega a caer en lo mecánico y lo cuadriculado en algunos de los momentos más virtuosísticos. Esta es una insuficiencia que ya le conocíamos al joven pianista: ¿de verdad necesita dejar claro que tiene más técnica que nadie cuando, además de poseerla, es capaz de hacer música al más alto nivel expresivo? La dirección de Rattle es espléndida, brillante y comunicativa, dicha con trazo sólido y pinceles finos, aunque tampoco termina de sonar a Grieg: debería ser más rústica y evitar la tendencia a lo dulce en alguna que otra frase. Pese a todos los reparos, una interpretación de muy considerable altura.

La segunda parte se inicia con el vibrante, memorable tema de Jerome Moross para The Big Country, dicho con enorme brillantez, para pasar luego a una suite de quince minutos del Robin Hood de Korngold: voluptuosa y sensual música que debería formar parte del repertorio habitual de las orquestas centroeuropeas, por venir de donde viene, y que de hecho funciona bastante mejor en las salas de concierto que en la película. En realidad, el vienés componía magníficas partituras a medio camino entre la ópera y el poema sinfónico, pero –precisamente por su carácter de pionero en el género– de integración con la imagen tenía poca idea.

Lo mejor de la velada era lo que menos uno se podía imaginar: siete minutos de música para una de las aventuras de Tom y Jerry, pero sin los dibujos animados. La música del californiano Scott Bradley, sin la imagen a la que está indisolublemente unida en todas y cada una de las carreras, golpes y gamberradas del gato y el ratón. ¡Qué delicia! Jazz y sinfonismo onomatopéyico se dan de la mano en un vertiginoso carrusel musical con el que los músicos de la Filarmónica de Berlín se lo pasan en grande y hacen aullar al público de entusiasmo

Pocas veces habrá sonado la obertura de Ben-Hur con semejante brillantez y grandeza, aunque quizá el maestro británico se tome demasiado en serio lo de “película de romanos”, porque no termina de paladear la música. Lo mismo le pasa en el desfile de las cuádrigas procedente de la misma película, que dirige con cierto despiste. El propio Miklós Rósza dirigió las dos piezas de manera más satisfactoria en su grabación de los años setenta frente a la Royal Philharmonic para Decca, aunque ya le hubiera gustado al maestro húngaro tener a su disposición unos metales de semejante potencia y seguridad, o una cuerda grave de tan increíble robustez.

Las propinas no podían ser sino de John Williams: En busca del Arca perdida, E.T. y Star Wars. Toda una gozada para quienes amamos estas músicas, que somos millones, y más aún cuando las toca una orquesta insuperable en virtuosismo y brillantez. La dirección de Rattle, eso sí, no me parece todo lo extraordinaria que podría haber sido, pues aunque dirige con muy evidente entusiasmo y subraya magistralmente algún que otro detalle en la orquestación, su búsqueda de la brillantez a toda costa le lleva a simplificar la cuestión decibélica y a frasear con un poco de más apremio del que hubiera sido conveniente. Por cierto, ¿por qué no se tocó el Harry Potter inicialmente anunciado?

La velada termina, como siempre, con el Berliner Luft de Paul Lincke que Rattle, como en las demás ocasiones en que lo ha dirigido, aprovecha para pasárselo en grande metiéndose entre la percusión.

Total, una noche para el recuerdo de los amantes de las bandas sonoras. En cuanto a Lang Lang, confiemos que en el futuro madure su visión del Grieg para que nos ofrezca la posible versión de referencia que está en sus manos. De momento, entre las grabaciones más o menos recientes me quedo con la de Perianes y Oramo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Rózsa visita Sodoma y Gomorra

La primera vez que escuché la banda sonora de Miklós Rózsa para el peplum Sodoma y Gomorra (Robert Aldrich, 1962) fue hace ya muchos años en un barato vinilo español de la serie RCA Cinematres. Me dejó maravillado, y desde entonces se ha convertido en una de mis partituras cinematográficas preferidas. Tiempo después me grabaron un doble lp italiano que ofrecía la partitura completa: el prensado era tan horrible que la audición se convertía en poco menos que una tortura. Ya en tiempos del compacto recé para que apareciera en formato digital, pero lo que salió fue una edición estadounidense más o menos pirata con una selección en sonido monofónico, más luego otra edición limitada ya en estéreo, aunque de nuevo incompleta.


Por fin hace un par de años el sello italiano Digitmovies, celebrando el centenario del nacimiento del compositor, realizó una edición en perfectas condiciones, estereofónica y en un doble cd con más música de la que hasta ahora había aparecido... pero el disco se descatalogó en seguida. Afortunadamente en una de mis visitas a Valencia he podido encontrarlo en la estupenda tienda especializada Rosebud (enlace), a un precio más que decente. Reescuchar esta música me ha supuesto un verdadero placer.

¿Dónde radica el secreto de la atracción que ejerce este compositor retórico, grandilocuente y, en el caso de sus films históricos, bastante cercano al kitsch? Pues en algo tan sencillo como en la fuerza de sus inspiradísimas melodías, de las que Sodom and Gomorrah ofrece un surtido extraordinario. Deberíamos quizá hacer una excepción con el tema principal, que a mi modo de ver roza la vulgaridad. Los demás son todos maravillosos, muy especialmente el "tema de amor" vinculado al personaje de Ildith (Pier Angeli), posiblemente el más bello salido nunca de la pluma del compositor húngaro. Pero no se queda atrás el vuelo lírico del resto, incluyendo no sólo los motivos insinuantes vinculados a los deseos más o menos prohibidos en las ciudades bíblicas, sino también hermosas páginas corales vinculadas al pueblo hebreo y diferentes danzas diegéticas muy conseguidas. Lo más flojo es el conjunto de secuencias de acción diseñadas por Rósza, tan funcionales como rutinarias, si bien las dos escenas finales, la destrucción de las ciudades y la conversión de la mujer de Lot en estatua de sal, poseen una estridencia tímbrica bastante atractiva.


Se trata en cualquier caso, vista en conjunto, de una obra musical de enorme atractivo, que si bien puede resultar un tanto convencional para un momento en el que Alex North había renovado sustancialmente el sonido de las películas "de romanos" (ustedes ya me entienden) con Spartacus, conserva íntegra la fuerza melódica y expresiva que el compositor húngaro supo desplegar en sus momentos de más feliz inspiración.

La interpretación musical es de buena calidad, aunque nunca sabremos si es cierta la reivindicación de Carlo Savina de que él ayudo a Rózsa en la dirección de la orquesta tanto en este título como en Ben-Hur y Rey de Reyes: conocemos gracias a la última edición en compacto que el italiano intervino muy parcialmente en las grabaciones que se hicieron del título de Wyler, pero sobre las otras dos cintas no hay de momento confirmación oficial. Miklós Rósza fue, en cualquier caso, un excelente director de su propia música, como demostró en sus maravillosas grabaciones de los años setenta para Polydor y Decca, varias de ellas aún pendientes de aparición en CD.

La edición de Digitmovies es bastante buena, muy abundante en material gráfico aunque con notas no todo lo pormenorizadas que debieran. El sonido es irregular. Los fragmentos mejor conservados, que son la mayoría, están por encima de la media técnica de la que hacían gala las bandas sonoras de la época, pero hay algunos tracks que son monofónicos y se encuentran en mal estado. Resulta además muy discutible que se haya aumentado tanto el volumen para los fragmentos diegéticos, porque no es de recibo que un simple oboe con percusión acompañante suene más fuerte que el tutti orquestal. En cualquier caso es muy improbable que se realice en el futuro una edición mejor que la que comentamos, así que la cosa está clara: imprescindible para fans de Rózsa. Y ahora a ver si sale una edición decente en DVD, porque la que circuló por España no traía ni el audio original en inglés.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Rózsa para violín y piano

El húngaro Miklós Rózsa (1907-1995) es uno de los nombres sagrados para los que amamos la música cinematográfica, pero poco nos interesamos sobre su labor creativa al margen de la gran pantalla, excepción hecha de su hermoso Concierto para violín, que alcanzó cierta celebridad gracias a su reutilización en la banda sonora del filme de Billy Wilder La vida privada de Sherlock Holmes. El sello Naxos viene a paliar parcialmente tal laguna con este disco, grabado en tierra canadiense en enero de 2007, que incluye cuatro páginas de cámara con el violín como gran protagonista.


Las Variaciones sobre un tema popular húngaro (1929), las Canciones y danzas campesinas del norte de Hungría (mismo año de la anterior) y el Dúo para violín y piano (1931) son páginas juveniles de un Rózsa veinteañero que aún no había establecido sus lazos con el mundo del cine. En ellas, como era de esperar, el autor rinde homenaje al folclore de su tierra siguiendo soluciones paralelas a las de su admiradísimo Béla Bartók. Música menor, ciertamente, pero bien escrita y de muy agradable escucha, por momentos muy sugerente, que en cualquier caso permite conocer los primeros pasos de un compositor que aún no había madurado su inconfundible estilo.

En la dilatada -veintitrés minutos- Sonata para violín solo sí que es reconocible el lenguaje del autor. No en balde nos encontramos ante una obra ya de 1986, y por ende cuatro años posterior a su última partitura fílmica (Cliente muerto no paga). Lo interesante es que, ajeno ya a los compromisos con el público de las salas cinematográficas, Rózsa se permite escribir una música mucho más tensa, desgarrada y disonante de lo que acostumbraba en Hollywood. Obviamente no es que nos encontremos ante un Rózsa "contemporáneo": para los años ochenta esta partitura es absolutamente tradicional en su lenguaje. Lo que ocurre es que aquí el autor no juega con las cartas marcadas de la belleza melódica y del efectismo un punto vulgar que le granjearon fama, procurando por el contrario limpiar de retórica, convenciones y trivialidad la partitura. Por ello, precisamente, esta página resulta particularmente personal, sincera y expresiva dentro del catálogo del autor.

De subrayar las virtudes de esta música se encarga con incontestable éxito Philippe Quint. Armado de un magnífico Stradivarius del que obtiene un sonido particularmente sólido y terso, el joven violinista ruso ofrece una verdadera lección tanto de virtuosismo como de compromiso expresivo. Su dominio del instrumento es impresionante, como también lo son la emotividad de su fraseo y la manera de planificar las tensiones hasta alcanzar clímax de una desgarradora fuerza emocional. El idiomatismo de sus lecturas, por lo demás, está garantizado con un absoluto dominio del sabor folclórico que estas obras demandan. Le acompaña con solvencia el pianista norteamericano William Wolfram, redondeando un disco muy recomendable, yo diría que obligatorio, para los interesados en la música del autor.

Ah, en Youtube se puede ver un fragmento de las sesiones de grabación (enlace).

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