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miércoles, 7 de mayo de 2025

Un sublime Andante de Shostakovich

Sigo sin encontrar tiempo para retomar la actividad habitual en este blog, pero al menos quiero dejarles a ustedes una música maravillosa a la que he tenido la oportunidad de volver repetidamente en los últimos días para preparar el disco de mi próxima reseña, no otro que el último de Yuja Wang. La página en cuestión es el hermosísimo y acongojante segundo movimiento del Concierto para piano nº 2 de Dimitri Shostakovich, todo lo démodée que ustedes quieran, pero capaz de tocar el corazón de cualquier persona sin prejuicios. Bueno, no de cualquiera: la pianista oriental no se termina de enterar de qué va la cosa. Ni con Tilson Thomas la mejor de sus grabaciones, ni con Nézet-Séguin ni más tarde con Andris Nelsons. Elisabeth Leonskaja sí que lo hizo. ¡Faltaría más! 

sábado, 19 de diciembre de 2020

Schubert por Goerne y Leonskaja

Este disco titulado Sehnschut lo grabaron entre febrero y marzo de 2007 en Berlín los chicos de Teldex para Harmonia Mundi. Fue el primero de la serie que Matthias Goerne le ha venido dedicando al universo de los lieder de Franz Schubert. Lo compré ahora hace un par de años en la tienda del Auditorio Nacional de Madrid con vistas a que me lo firmara el barítono alemán. Conseguí el autógrafo, pero el CD venía sin libreto. Afortunadamente, la plataforma Qobuz lo pone a disposición de sus suscriptores, y además ofrece el audio en alta resolución. Lo he escuchado esta noche y he quedado maravillado.

No hace falta explicar las razones. La música es maravillosa –algunas piezas menores y muchas mayores–, y Goerne sabe recrearlas con el estilo perfecto, regulando el sonido -e incluso modificando el color- de manera portentosa en función de la significación de cada palabra, es decir, teatralizando plenamente los hermosísimos poemas –Mayhofer, Von Leitner, Schiller, Goethe– sin caer en ese gran peligro de este universo que es el amaneramiento. Su oscura voz es ideal –más que la del inmenso Fischer-Dieskau– y en esas sesiones berlinesas estaba en óptima forma; no puedo decir lo mismo de las ocasiones que le he escuchado en vivo, tanto en ópera como en recital.

 
Al mismo nivel el acompañamiento: nada menos que Elisabeth Leonskaja. No se puede ir más allá en sensibilidad, en concentración, en delicadeza ajena a la blandura y en elevación poética. Solo con enormes schubertianos que conozcan bien el universo del autor queda claro hasta qué punto es grande la escritura pianística sobre la que dialogan estas sublimes piezas vocales. No esperen tanto como lo he hecho yo: escuchen este disco cuanto antes.

miércoles, 4 de julio de 2018

Iván Fischer y Leonskaja en la Konzerthaus de Berlín

El primero de los cuatro espectáculos musicales que he presenciado en mi tercera visita a Berlín –ya he regresado a casa– tuvo lugar el pasado domingo 1 de julio a las cuatro de la tarde en la Konzerthaus de la capital alemana, la preciosa sala de conciertos decimonónica –completamente reconstruida tras la guerra– en la que ahora reside la antigua Berliner Symphoniker de la RDA bajo el nombre de Konzerthausorchester Berlin. Allí estuve hace años escuchándola bajo la dirección de Gennadi Rozhdestvensky en un memorable concierto que tuve la oportunidad de comentar (¡cómo pasa el tiempo!) en este mismo blog. En esta última ocasión se encontraba sobre el podio su actual titular, Iván Fischer, con un programa integrado por el Concierto para piano nº 23 de Mozart y la Sinfonía nº 6 de Beethoven en el que se contaba con una solista de excepción: Elisabeth Leonskaja.


A esta señora le tengo una devoción muy especial, porque es una de esas artistas que jamás cede a la tentación de ganarse al público por las dos vías fáciles: el virtuosismo vacío y la belleza sonora como fin en sí misma. Es decir, las grandes tentaciones de una enorme cantidad de pianistas del ayer y del hoy. La georgiana solo hace música al servicio del compositor y por encima de cualquier otra consideración, aunque ello le suponga renunciar al marketing y quedarse un tanto al margen del mundillo discográfico. Siempre ha ido a su aire, y eso la honra.

Dicho esto, debo reconocer que este Mozart –el primero que le escucho– no lo he encontrado a la máxima altura posible, aunque sí muy por encima de lo que en este mismo repertorio hacen otros pianistas famosos. Sin ir más lejos, antes de salir de viaje escuché en casa dos versiones de este KV 488 que me irritaron sobremanera en lo que a la parte solista se refiere: Casadesus con Szell y Perahia dirigiendo él mismo, en ambos casos un Mozart pianístico ante todo suave y amable, alejado de tensiones y de conflictos. Leonskaja, por el contrario, apostó por un perfecto equilibrio entre la densidad y la agilidad, entre el músculo y la delicadeza, entre la severidad y la chispa, siempre con un punto de distanciamiento y lejos de hurgar en el dolor del Adagio –de ahí que no acabara de convencerme–, pero haciendo gala de una musicalidad fuera de serie. De propina, el Nocturno nº 8 de Chopin: rápido y poco ensoñado, cargado de desazón más que de poesía.


Iván Fischer, como su hermano Adam, lleva un tiempo dejándose influir por el movimiento “históricamente informado”. En este Mozart la influencia ha sido moderada aunque perceptible, al menos en la articulación y en la sonoridad ligera –para mí, en exceso– de la orquesta. No así en el equilibrio de planos ni en el concepto, para Fischer clásico a más no poder: todo equilibrio, fluidez, elegancia y naturalidad, ajeno al pathos pero sin caer en trivialidades sin dejar de aportar una pizca suave de sal y pimienta. Eso sí, independientemente de los planteamientos a medio camino entre la tradición y el historicismo, a su último movimiento le faltó una dosis extra de energía, chispa y brillantez. Al segundo, profundidad y carácter doliente. Lo siento, no puedo dejar de pensar lo que hace Barenboim con esta obra.

Antes del concierto escuché –malamente, con los auriculares– la grabación de la Pastoral realizada por Fischer frente a su Orquesta del Festival de Budapest para el sello Channel, y la he escuchado otra vez –muy bien, en mi equipo– justo antes de escribir estas líneas. Un alivio que en Berlín no se atreviera a poner en práctica lo del citado registro: hacer que la primera aparición del tema del último movimiento la tocase únicamente el concertino, por puras razones de gusto personal. Sí que agradecí la disposición antifonal de los violines y el uso de flauta de madera. Ahora bien, no comprendí por qué en el intermedio colocaron un árbol (¡se lo juro!) tras la orquesta. ¿Para ambientar la partitura?

Sea como fuere, fue una interpretación parecida a la del disco. Es decir, una lectura rápida y briosa, en la que el entusiasmo que irradiaba el rostro del maestro resultaba también perfectamente audible, pero más bien parca en matices e inspiración poética. El primer movimiento estuvo muy bien trazado, sin que la dimensión panteísta llegara a percibirse. El segundo fue solvente, llamando la atención el esfuerzo de las maderas –en Budapest y en Berlín– por resultar onomatopéyicas en la parte final. Muy fogosa la fiesta campesina. Apagada y rutinaria la tormenta. Al final lo que mejor le salió al maestro fue la Acción de gracias: muy bien paladeada –creo que fue más lenta que la del CD– y dicha, aquí sí, con intención de apartarse de lo descriptivo para trascender los pentagramas. Lo consiguió.

Tras el concierto, increíble pastel de chocolate en Rausch Schokoladenhaus –visita imprescindible, justo detrás de la Konzerthaus– y Orfeo y Eurídide de Gluck en la Staatsoper. Muy, pero que muy desequilibrado en sus resultados artísticos, aunque eso mejor se lo cuento a ustedes mañana.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...