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miércoles, 24 de julio de 2024

La primera Patética de Karajan

Llevo ya no sé cuánto tiempo intentando terminar una discografía comparada de la Sinfonía Patética de Tchaikovsky, pero nunca la cierro porque me agobian los mensajes del tipo "Markevitch tiene una anterior con la Filarmónica de Berlín", "se ha olvidado usted de la maravillosa de Haitink" o "David Hurwitz dice que las mejor de las mejores es la de Fricsay".

En fin, intentando cubrir huecos he llegado a la primera de las nueve o diez oficiales que, entre audios y vídeos, tiene Herbert von Karajan: la que grabó al frente de la Filarmónica de Berlín para DG el 23 de junio de 1939. Tiene morbo la cosa: misma orquesta y misma obra que Furtwängler para EMI, tan solo un años después. Las miras y la ambición del joven maestro treinta y un años doblemente afiliado al Partido Nazi quedan claras. También su enorme talento a la hora de controlar a la orquesta, de obtener de ella lo que él quiere y de llevarla por su propio sendero. Este, curiosamente, se encuentra por aquellas fechas a medio camino entre la flexibilidad digamos que “germánica” y la mezcla de electricidad y aspereza sonora toscaniniana, añadiendo a todo ello una buena dosis de portamentos propios de la época.

El resultado es una interpretación interesantísima y desconcertante, llena de fuego e incluso arrolladora en muchos momentos, desinteresada por los preciosismos pero eso sí muy volcada en los enormes contrastes dinámicos bien recogidos por la toma tan propios de Don Heriberto, que encuentra su punto más bajo en una Marcha tan impetuosa como machacona para a continuación ofrecer un Finale recorrido por una sinceridad y una fuerza expresivas que no acostumbramos a asociar con el maestro de Salzburgo. En cualquier caso, la inspiración poética, la imaginación y la profundidad de Furtwängler su registro "de estudio", que he vuelto a escuchar, suena mucho mejor tras el último reprocesado son mucho mayores: no debe extrañar que los dos artistas se odiaran. 

El CD, que compré por un euro en uno de mis últimos viajes, se completa con El Moldava de Smetana, un registro ya de 1942. Notable interpretación: magníficamente sonada, muy bien trazada, bastante clara eso deja entrever la toma y bastante musical, aunque lejos de los prodigios que en la era digital el maestro dejará tanto con esta misma orquesta como con la Filarmónica de Viena; a la sección final, en concreto, se le podría sacar bastante más partido, y en líneas generales se echan esos matices del Karajan más creativo y genial.

jueves, 4 de julio de 2024

Gilbert y Kavakos cierran temporada en Hamburgo

La NDR Elbphilharmonie Orchester cerraba el pasado fin de semana la temporada de abono con su titular Alan Gilbert y la presencia de Leonidas Kavakos. No quedaban entradas para la función del sábado, así que saqué para el domingo: justo la tarde del día en que en la misma Elbphilharmonie escuché, con Argerich y Cambreling, a la otra orquesta de la ciudad, la Sinfónica de Hamburgo. Esta de la NDR me ha parecido algo mejor, pero no diría que haya una enorme diferencia entre ellas. Ambas son de muy buen nivel, sin llegar a una auténtica primera fila. En la de Gilbert destacaría una cuerda extraordinaria, solidísima y muy bien empastada, frente a unos vientos más convencionales en los que se puede presentar algún desajuste sin importancia.

Acudí especialmente interesado por el Concierto para violín nº 2 de Martinu, pero el griego decidió no interpretar la partitura alegando una enfermedad y la sustituyó por el Nº 3 de Wolfgang Amadeus Mozart, no casualmente la página que mañana viernes 5 tiene previsto interpretar con la Filarmónica de Gran Canaria dirigiendo él mismo. También era el propio Kavakos el que dirigía su grabación de 2006 que comenté en esta discografía comparada. Escuchado el concierto del domingo, he acudido a la filmación del que se ofreció el día anterior, que tienen ustedes disponible en YouTube. Y me temo que lo tengo ahora más claro: no me gusta cómo interpreta este señor la página. Que en Hamburgo no estuviera del todo bien de dedos –lo de la enfermedad debe de ser verdad– importa poco. Es una cuestión de estilo y de expresión. Kavakos quiere ser tradicional e históricamente informado, optando por una tercera vía que, en su caso, no es chicha ni limoná. Modera considerablemente las vibraciones –a veces el resultado es tímbricamente feo–, apuesta por la articulación incisiva y añade una buena cantidad de adornos no siempre afortunados. Ojo, que está muy bien que el artista tenga ideas propias, arriesgue y demuestre un intenso trabajo detrás, pero a mí lo que suena a ratos me resulta frío, a ratos me parece frivolón y pimpante. No sé decir si las cadencias eran las mismas del disco, pero iban por el mismo camino. En mi función no hubo propina, sí en la del vídeo: movimiento conclusivo de la Partita nº 1 en interpretación formidable.

¿Bueno, y qué pasa con Alan Gilbert? Dirigió bien a Mozart, recortando un poco la articulación para encajar con su amigo Kavakos sin por ello renunciar a lo tradicional. El resto del programa rimaba con el Martinu inicialmente previsto, porque originalmente estaba todo dedicado al repertorio checo. Vysehrad, primero de los poemas sinfónicos que integran el ciclo Mi patria de Smetana, recibió una interpretación de buena planta. El maestro neoyorquino se mostró sabio a la hora de poner de relieve la sana rusticidad que los pentagramas necesitan, y supo no confundir ese ingrediente con la precipitación ni el exceso: dejó que la música fluyera con naturalidad, equilibrando francamente bien los planos sonoros y cantando con amplitud toda la sección final. Y ya está: no hubo particular inspiración.

Sinfonía del Nuevo Mundo en la segunda parte. Como en el audio con la Filarmónica de Nueva York, Gilbert se mostró muy consciente de que la más célebre –no la mejor– de las partituras de Dvorák no puede limitarse a la delectación melódica: el carácter combativo y el amargor que la música alberga tienen que ponerse bien de relieve. Su batuta lo hace buscando el contraste entre lirismo y fuerza dramática, aportando no pocas ideas propias –el arranque del movimiento conclusivo, sin ir más lejos– y acertando de pleno en una coda llena de desgarro. Me gustó particularmente que el maestro no se tomara las cosas con prisas y buscara la claridad de texturas. Y esta vez me ha interesado más la manera de resolver el celebérrimo tema lírico del primer movimiento.

Dicho esto, he de volver a lo que comenté acerca de la Séptima del mismo autor por la Filarmónica de Viena y Lorenzo Viotti: en directo se aprecia mucho mejor el estudio de la gama dinámica. Y si en aquella ocasión lo hizo para bien, esta vez lo ha hecho para mal. En el soberbio auditorio principal de la Elbphilharmonie queda en evidencia que Gilbert realiza un trabajo bastante grueso a la hora de regular el volumen de su orquesta. No importa que no se interese por ofrecer esos pianísimos imposibles a los que tan aficionados han sido otros directores –Abbado el primero de ellos–, pero entre el piano y el mezzoforte la cosa debería haber estado mucho más matizada. Por lo demás, tampoco me parece que su recreación fuera de una particular poesía: tratándose de una lectura muy disfrutable en vivo, el vídeo tiene poco que hacer en un panorama discográfico repleto de grandes versiones.

Una cosa sobre el público. Se supone que el de allí es mucho más culto que el de aquí. Verdad es que se mostró bastante más silencioso que el de un Maestraza o un Villamarta, pero no es menos verdad que en la función del sábado –la del vídeo– se aplaudió detrás de todos y cada uno de los movimientos de las dos partes del programa. En la del domingo Gilbert logró, con un claro gesto, que no se aplaudiera entre los dos últimos de la Novena de Dvorák, pero luego el personal reventó como si hubiera escuchado las versiones de Karl Böhm o de Celibidache, y no fue para tanto. Efecto Nuevo Mundo, sin duda: lo popular sigue siendo lo que más vende. Aquí abajo y allí arriba.

sábado, 16 de enero de 2021

Mi patria de Smetana por Inbal: muy recomendable

Me ha resultado problemático volver a escuchar la interpretación de Má vlast/Mi patria que registraron Eliahu Inbal y la Sinfónica de la Radio de Frankfurt en octubre de 1988 para el sello Teldec. Pero no por la calidad de la interpretación, que se encuentra entre las mejores, sino por un problema doméstico: digamos que a mi nuevo vecino no le gustan los extremos contrastes dinámicos de los seis poemas sinfónicos de Smetana. Lo peor de todo es que a partir de ahora me voy a ver muy limitado a la hora de escuchar música orquestal, algo que trastorna mi vida sobremanera; tengo previsto insonorizar –más aún– la habitación, pero hasta que logre hacerlo he de moderarme mucho. Si alguien me puede dar pistas –sí, ya se que hay que contratar a profesionales y que la cosa cuesta entre tres mil y cuatro mil euros– le quedaré muy agradecido. 


Bueno, vamos a la interpretación. Ya en Vyšehrad, el maestro israelí deja claro que su visión de la obra va a ser ante todo áspera, escarpada y dramática, pero también que no solo no va a buscar sus fines con tempi premiosos y gran electricidad, sino que lo hace dejando que la música fluya con enorme delectación, con concentración y con fluidez, planificando de maravilla las transiciones y alcanzando los clímax con plena naturalidad.

En El Moldava las cosas funcionan menos bien: frente a una maravillosa escena nocturna, nos encontramos con unos rápidos del río deficientes en el equilibrio de planos sonoros. La escena amorosa de Šárka no es la más sensual posible (¡Barenboim aquí es incomparable!), pero a cambio su final te deja con el corazón en un puño.

Inbal vuelve a tomarse las cosas sin prisas en Por los bosques y prados de Bohemia, que tras un arranque de una grandeza un punto inquietante –lo que resulta por completo pertinente– desgrana las melodías y los ritmos con plena delectación sin caer en pintoresquismo alguno, para rematar en un final bronco y dramático a más no poder. Tábor posee el adecuado carácter sombrío; la sonoridad ocre y áspera de la orquesta –la toma sonora puede influir– resulta idónea para los fines expresivos. Blaník, finalmente, está expuesta con una lógica y una claridad admirables, amén de con extraordinaria cantabilidad en el fraseo, navegando con perfecto sentido orgánico desde el amargor inicial hasta la grandeza –en absoluto retórica– de su conclusión.

De propina, tres números de La novia vendida en una lectura electrizante, con mucha chispa y sentido rústico, mas sin caer en lo tosco. Doble CD por completo recomendable.

domingo, 6 de enero de 2019

Leopold Stokowski: Rapsodias

Tal vez quienes sigan este blog ya sepan que detesto a Leopold Stokowski: este señor poseía un sentido del color digno de admiración, pero como artista me parece considerablemente zafio y hortera. Ahora bien, hay algunas cosas suyas que me gustan, y en este disco llamado Rhapsodies que grabó en Nueva York en 1960 al frente de la Orquesta Sinfónica RCA Victor hay algunas de ellas.

No es el caso de su lectura de la celebérrima Rapsodia húngara nº 2 de Lizt que abre el programa: interpretación con garra, colorista y entusiasta a más no poder, llena de frescura y de chispa, pero también en exceso teatrera –el arranque–, no del todo perfumada, nada profunda y no poco efectista. A la postre, superficial y de cara a la galería, por no decir chabacana.


Lo que sí me gusta ,incluso me entusiasma, es la Rapsodia rumana nº 1 de Enesco, que en sus manos recibe una formidable interpretación: vehemente a más no poder, llena de chispa, frescura y desparpajo, e indisimuladamente espectacular. Dicho esto, podría alcanzar mayor lirismo en la primera parte y graduar más las dinámicas en la segunda, como he podido comprobar innediatamente después poniendo el registro de Daniel Barenboim y la Filarmónica de Berlín registrado –con deficiente toma sonora– por el sello Teldec en el concierto del Waldbühne de 1990, en el que por cierto también se incluye una genial, asombrosa recreación de la rapsodia lisztiana antes citada que tan desacertadamente hace Don Leopoldo.

La cara B del vinilo estaba dedicada a Smetana. El Moldava conoce una recreación sensata y cuidadosa, fraseada con amplitud, atenta a la claridad –notable tratamiento de texturas en la sección nocturna–, dicha incluso con cierto vuelo lírico, pero a la postre falta de chispa y de nervio interno, no del todo variada en la expresión; incluso resulta un tanto plana, por no decir sosa. Funciona de manera bastante más satisfactoria la obertura de La novia vendida: bien diseccionada –ejemplar tratamiento de la cuerda, que vuela con adecuado lirismo en la sección central– y con certero sabor rústico, ya que no con la mayor electricidad posible.

De un registro algo posterior con la Symphony of the air proceden dos páginas de Richard Wagner que completan el SACD que he escuchado. Primero incluye el preludio del acto III de Tristán e Isolda, en interpretación amplia pero un tanto hinchada e insincera, quejumbrosa más que doliente, quizá también un punto gangosa. Para terminar, Obertura y Venusberg de Tannhäuser. Ni que decir tiene que la sección mística se la pasa el maestro por el forro, porque lo que le interesa es la orgía –nunca mejor dicho– de melodías y colores del Monte de Venus, en la que se siente verdaderamente a gusto; muy especialmente paladeando con embriagadora sensualidad –aunque también con el pulso algo alicaído y sin toda la magia sonora posible– la sección final de la página, incluyendo el coro femenino y la subyugante música que envuelve las primeras intervenciones de Venus y el trovador.

Una significativa pincelada sobre el primero de los discos: a priori la toma sonora parece sensacional por su cuerpo y relieve, por si limpieza y por sus poderosas frecuencias graves, pero al estar realizada a un volumen demasiado elevado, la gama dinámica se queda corta.

martes, 29 de agosto de 2017

Mi Patria por Rafael Kubelik (I)

Tengo en mi discoteca nada menos que siete grabaciones distintas del ciclo sinfónico Mi Patria, la excelsa creación de Bedřich Smetana que algunos críticos se empeñan en ningunear, a cargo del director checo por excelencia: Rafael Kubelik. ¿Máximo recreador de la partitura? A mi entender no, porque en ninguno de sus registros ofreció un Moldava a la altura de las circunstancias. Pero sí que es uno de los grandes. Vamos a hacer un breve recorrido sus tres primeras grabaciones del título, dejando para otro momento las más recientes, que aún quiero repasar.


La primera grabación es verdaderamente célebre: la realizada en 1952 para el sello Mercury junto a la Sinfónica de Chicago. A sus treinta y ocho años de edad y en el breve periodo al frente de una orquesta que aún necesitaba madurar, el maestro checo logra ya dar una verdadera lección interpretativa ofreciendo frecura, emoción y rusticidad bien entendida en una lectura vehemente ante todo, pero sin por ello descuidar el vuelo lírico ni, menos aún, la finura de trazo –admirable la claridad de la sección fugada del cuarto poema sinfónico–, aunque sea cierto que la fogosidad le haga caer en alguna precipitación, como en la sección marcial de Vysehrad, o incluso en algunas frases un punto frívolas El Moldava, ya dijimos que el poema sinfónico con el que menos va a conectar la batuta. Tábor y Blanik, magníficamente delineados y dichos con una potencia dramática abrumadora, son por el contrario soberbios. La toma sonora, aquejada de molestas distorsiones, no parece hacer justicia a su prestigio.


En 1959 Decca le graba la obra frente a la Filarmónica de Viena. Con unos tempi ahora ligeramente más rápidos (74’27 frente a los 76’18 de Chicago) y sirviéndose de dicha orquesta de ensueño, Kubelik repite su aproximación rústica y encendida, de marcadísmo sabor checo –admirable el toque dancístico en Por los prados y bosques de Bohemia–, resultando quizá ahora más convincente en el primero de los números pero pinchando quizá de manera todavía más obvia en un Moldava sin mucha inspiración, con una sección central dicha con prisas y sin apenas magia sonora. De nuevo la segunda mitad del políptico sinfónico vuelve a ser impresionante. Lo que deja bastante que desear es la toma sonora, estereofónica pero por debajo de lo que podía ofrecer Decca por esas mismas fechas.


Aunque en la apreciación pueden influir las bondades de la toma sonora, por fin a la altura de las circunstancias, lo cierto es que el registro con la Sinfónica de Boston realizado por Deutsche Grammophon en 1971 parece más depurado en lo sonoro, también más cálido y evocador en su poesía –mucho mejor ahora el Moldava–, pero manteniendo íntegramente tanto la tensión dramática y la fuerza expresiva como el sabor checo y popular que desprendían sus anteriores aproximaciones. La excelencia de la orquesta, de voluptuosa cuerda y metales de impresión, contribuye a redondear los resultados. De las tres interpretaciones comentadas, es con esta última con la que me quedo.

viernes, 2 de junio de 2017

Mi patria, en Checoslovaquia y en Malasia

Dos versiones de Mi patria de Smetana. La primera, registro de Václav Neumann y Filarmónica Checa realizado por Supraphon en 1975, originalmente con sonido cuadrafónico. La segunda es mucho más reciente: grabación del sello BIS de Claus Peter Flor al frente de la Filarmónica de Malasia, nada más exótico para una obra como ésta, y en principio menos adecuado. Pues gana por goleada la segunda.


En la versión de Neumann el trazo es fluido, natural y elocuente. Hay sabor popular. Las melodías están muy bien cantadas, e incluso el maestro checo ofrece pasajes de un hermosísimo lirismo, como puede ser la sección nocturna de El Moldava. Sin embargo, hay algo que no termina de funcionar: se echan de menos variedad expresiva, intensidad y garra dramática, muy especialmente en la floja recreación de Por los bosques y prados…, que a partir de su sección fugada se ve seriamente aquejada por la blandura. La toma sonora no es muy allá pese a su amplia gama dinámica. Como curiosidad, les comento que la he escuchado en una remasterización casera que recupera la cuadrafonía original, si bien esta no parece aportar gran cosa.


La del maestro de Leipzig,  aun no contando con una orquesta de primera –tampoco lo era la Filarmónica Checa de los setenta– sí que es una globalmente espléndida interpretación. En lo sonoro alcanza el punto adecuado de equilibrio entre elegancia y rusticidad bien entendida, mientras que en lo expresivo se decanta sobre todo por los aspectos más fogosos de los pentagramas. Ahora bien, va de menos a más. A Vysehrad, que comienza con un solo de arpa colocado muy en primer plano por los ingenieros de sonido, le falta en algunos momentos algo de carácter y de imaginación. En El Moldava, no tan bien clarificado como en las grandes recreaciones del poema sinfónico, sorprenden determinadas acentuaciones rítmicas en la escena de la danza rústica, y engancha el carácter especialmente escarpado que se imprime a los rápidos. Šárka es irreprochable y sobresale por su fuego bien controlado. Por los bosques y prados... funciona magníficamente, con brillantez bien entendida y todo su sabor folclórico. Sensacionales los dos últimos números, llenos de fuerza dramática pero también de lirismo y hasta de sensualidad en los pasajes más introvertidos; culmina en un final amplio, lleno de grandeza sin retórica y también del apropiado carácter festivo.

¿Otras recomendaciones? Aquí pueden leer algo al respecto. Ah, ya he escuchado la reciente toma radiofónica del acercamiento de Barenboim, de cuyo Moldava en imágenes ya escribí hace poco: puro fuego.

sábado, 20 de mayo de 2017

El Moldava por Barenboim

Tenía mal recuerdo del registro que en la segunda mitad de los setenta realizó Daniel Barenboim, al frente de la portentosa Sinfónica de Chicago, del más célebre de los poemas sinfónicos de Bedrich Smetana: me pareció un tanto flácida y falta de fuerza en su primera mitad, incluso un poco sosa en general. La he vuelto a escuchar y ahora me ha parecido una muy digna interpretación. Cierto es que el de Buenos Aires se tomaba su tiempo a la hora desgranar la página (12'56, no muy distante de los 12'46 de Karajan en Viena, aún hoy mi versión favorita, o de los 12'51 de Szell, aunque sí de los 11'01 de Fricsay o los 11'23 de Kubelik también con Viena); pero eso le servía para aclarar las texturas –en pocas interpretaciones se habrá escuchado con tanta claridad el arranque, algo con lo que tiene mucho que ver el virtuosismo de los chicagoers– y para cantar las melodías con delectación. A la escena de la boda le faltaba fuerza, eso sí, pero en la sección de las ondinas la sonoridad planeada estaba conseguida de manera admirable y cuando llegaban los rápidos del río el maestro tenía la oportunidad de desplegar todo ese carácter dramático y escarpado que singulariza su personalidad interpretativa.


Pues bien, esa primera lectura de Barenboim queda eclipsada, cuarenta años después, por esta otra que se ha puesto en circulación a través de YouTube perteneciente a una filmación realizada en Praga hace tan solo unos días, el pasado doce de mayo, nada menos que con la Filarmónica de Viena a su servicio. Los tempi son ahora menos reposados (12'08), pero la melodía principal suena con mayor elocuencia y emotividad en los violines, también con más ternura, mientras que el contracanto de la cuerda grave quizá se escuche mejor ahora; y sí, aunque ya pasaron sus mejores tiempos, todavía ésta suena a Wiener Philharmoniker. La boda campesina ofrece ahora mucha más fuerza y entusiasmo, con más sabor danzístico y con la rusticidad que pide. La escena nocturna vuelve a ser maravillosa, y en los rápidos Barenboim vuelve a encontrar sus mejores momentos. Solo una pega: me gusta que se ponga más énfasis en el retorno al final de la página del tema del primer poema sinfónico del conjunto, Vyšehrad.

En el concierto, como ya sabrán algunos de ustedes, se interpretó Mi patria en su integridad, al tiempo que circula el tráiler de un documental sobre Barenboim y este ciclo de poemas sinfónicos. ¿Se comercializará la filmación checa o, por el contrario, conoceremos una grabación procedente de su interpretación de hace unos meses con la Staatskapelle berlinesa? ¿Y cuánto tiempo tardaremos en verlo? Mientras tanto, esperamos con impaciencia la publicación en junio del siguiente disco del maestro: El sueño de Geroncio.

martes, 10 de enero de 2017

Mi patria por Sawallisch

Acabo de terminar Mi patria en interpretación registrada para el sello RCA por Wolfgang Sawallisch al frente de la Orchestre de la Suisse Romande en diciembre de 1977. El disco me lo ha pasado mi amigo Ángel Carrascosa con la promesa de que me iba a encantar. Efectivamente, la interpretación me ha parecido extraordinaria, pese a alguna que otra irregularidad. Y además suena muy bien.


Vyšehrad es lo que menos me ha convencido, por no encontrarlo del todo inspirado, pero en este primero de los seis poemas sinfónicos que integran el ciclo ya queda claro que el tantas veces rutinario maestro bávaro va a ofrecer aquí lo mejor de sí mismo conjugando los dos aparentemente antagónicos componentes de este retablo musical de Smetana, a saber, rusticidad en el mejor sentido del términotanto sonora como expresiva, y sensual refinamiento poético. Precisamente poesía de los más altos vuelos es la que despliega Sawallisch en un Moldava dicho con verdadera magia sonora (¡sublime la sección central!), para luego mostrarse como un perfecto narrador de los acontecimientos de la leyenda de la amazona Šárka, explicada con verdadero sentido dramático.

Hay quizá exceso de nervio en De los bosques y prados de Bohemia, que el maestro aborda desde un punto de vista muy escarpado, pero la enorme fuerza expresiva que emana de su batuta termina triunfando. En el díptico formado por Tábor y Blaník, finalmente, hay que destacar la portentosa planificación del tejido orquestal, desmenuzado –como en el resto del ciclo– con pinceles muy finos, pero impregnado de una rocosidad y de una tensión interna apabullantes hasta culminar en un final lleno de grandeza trágica.

Gran disco, cuya recomendabilidad les transmito a ustedes. Y si quieren una interpretación muy diferente a ésta, pero no menos admirable, acudan a Dorati.

martes, 8 de noviembre de 2016

Dos interpretaciones líricas de Mi patria: Dorati y Harnoncourt

Interesante comparar estas dos interpretaciones de Mi patria, el maravilloso conjunto de poemas sinfónicos de Bedřich Smetana en el que la belleza de El Moldava ha terminado eclipsando, con absoluta injusticia, la belleza de las otras cinco piezas. Las dos lecturas comparten un mismo punto de partida expresivo, pero los resultados terminan siendo muy distintos entre sí.


La primera de ellas es la que Antal Dorati y la Orquesta del Concertgebouw realizaron en octubre de 1986 para Philips. El ya por entonces veterano maestro húngaro –ochenta años: quedaban dos para su fallecimiento– ofreció una interpretación reposada, de extraordinaria calidez y vuelo lírico, belllísima en lo puramente sonoro, en la que un fraseo natural, flexible, dotado de una cantabilidad fuera de serie, permite subrayar ante todo la extraordinaria vena melódica del compositor. En este sentido, pueden preferirse interpretaciones más escarpadas, más dramáticas, menos ensoñadas que ésta (¡sensualísimo Moldava, con pasajes verdaderamente mágicos!), aunque eso no signica en modo alguno que la presente resulte en exceso otoñal, ni blanda, ni menos aún morosa, pese a que los tempi no sean precisamente rápidos. Antes al contrario, las tensiones están muy bien sostenidas y, con perfecta naturalidad, se alcanzan clímax expresivos de apreciable calidez y elocuencia.


La segunda la protagonizan Harnoncourt y la Filarmónica de Viena (¡menudo morbo!) en registro realizado por RCA en noviembre de 2001. Haciendo uno de unos tempi tendentes a la lentitud y de una amplia gama dinámica, el maestro berlinés intenta plasmar una versión de tintes románticos en la que ante todo, como ya había hecho su colega, se pusieran en evidencia los aspectos líricos y evocadores de la obra. El problema es que a Herr Nikolaus, al contrario que al mucho menos prestigioso Dorati, sí le faltan tensión interna, variedad expresiva y fuerza dramática, siendo el resultado más bien frío y deshinchado. Por si fuera poco, este mismo señor que tanto luchó contra las interpretaciones hinchadas y fuera de estilo del repertorio barroco y clásico cae aquí presa de karajanitis aguda y sustituye la garra y las sonoridades escarpadas por la opulencia, incluso la grandilocuencia, incurriendo en claros excesos de pompa y en una evidente insinceridad. La orquesta, eso sí, está espléndida, aunque con una sonoridad mucho menos bella de lo que acostumbra.

No lo duden: busquen la de Dorati y olviden la de Harnoncourt, salvo que quieran enterarse de la otra realidad de director del Concentus Musicus Wien.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La Sinfonía del Nuevo Mundo por Fricsay

Hablé en la entrada anterior de los Blu-ray audio que está lanzando Universal Music. Me parece oportuno ahora comentar el primero de ellos que me compré: la Novena sinfonía de Dvorák en interpretación de Ferenc Fricsay y la Filarmónica de Berlín registrada por Deutsche Grammophon en octubre de 1959, acompañada de Los preludios y El Moldava. Mismo acoplamiento, por tanto, del compacto que salió en la serie The Originals, cuya carpetilla se reproduce en el interior. La obra de Liszt se registró en septiembre de 1959 con la Sinfónica de la Radio de Berlín, mientras que la de Smetana corresponde a 1960, volviéndose a contar para la ocasión con la Berliner Philharmoniker.

Fricsay Dvorak Liszt Smetana

Enorme interpretación la de la Sinfonía del Nuevo Mundo, cosa que ya saben los buenos melómanos porque su prestigio siempre ha sido grande. El maestro de origen húngaro hace sonar a la Filarmónica de Berlín de una manera mucho más rocosa y escarpada que con Karajan –nada de opulencia aquí– y frasea con una flexibilidad extrema –siempre con enorme coherencia musical, nada de extravagancias–. Y lo hace para ofrecer una lectura particularmente dramática, hosca y amarga, rebelde mas no épica, de rabia muy bien controlada, fraseada con tanta delectación como creatividad a la hora de atender al significado de cada uno de los pasajes musicales, pero no precisamente por ello exenta de cantabilidad, emotividad y belleza. Personalmente sigo prefiriendo la lectura Karl Böhm, y tampoco quiero olvidar las maravillas que con tan manoseada página han hecho maestros como Klemperer, Kertész, Giulini o Celibidache, pero esta de Fricsay es imprescindible.

Sobre Los Preludios escribí lo siguiente en una discografía comparada que hice sobre el poema sinfónico de Liszt:

“Nos encontramos ante una lectura justamente mítica. En ella hay que admirar, sin duda, la elocuencia, la calidez, la sinceridad y la fuerza dramática del maestro húngaro, aunque si algo destaca en esta interpretación es sin duda el fraseo efusivo, carnal y emocionante que desprenden las secciones líricas. Quizá a la enunciación del tema principal le falta un poco de grandeza, mientras que al final le sobra algo de estruendo para ser una dirección perfecta. La orquesta suena con una rusticidad atractiva, aunque se queda algo corta.”

Le puse un diez a la interpretación, y se lo sigo poniendo pese a los reparos. La que me parece menos buena de lo que por ahí se dice es la de El Moldava. Se trata sin duda de una recreación fresca, juvenil y muy elocuente, de enorme fluidez y vivacidad, hermosísima en las texturas de la sección onírica central, pero a mi entender resulta también un pelín nerviosa, y no todo lo flexible e imaginativa que podría haber sido. La toma sonora, por cierto, está mucho menos lograda que la del resto del disco, a pesar de ser algo posterior en el tiempo.

¿Y la reproducción en Blu-ray audio? He comparado con el CD de The Originals y sí, en mi equipo de gama media noto mejoría en lo que a naturalidad, limpieza e inmediatez se refiere, pero no lo suficiente como para que merezca la pena la compra teniendo el compacto. Eso sí, quien no tenga en su discoteca estas grabaciones, que corra a comprarse el BR.

viernes, 14 de marzo de 2014

Concierto de sabor checo con Ancerl y Suk en Salzburgo

Interesante compacto el que he escuchado hoy, un concierto ofrecido por Karel Ancerl y la Filarmónica Checa en el Festival de Salzburgo el 30 de julio de 1963, editado por el sello Orfeo a partir de una toma radiofónica de aceptable sonido monofónico que destaca por su amplia gama dinámica. Obras de Dvorák en el programa: Concierto para violín y Novena Sinfonía.

Ancerl Suk Dvorak Orfeo

Lo mejor es la interpretación de la obra concertante, sobre todo por la intervención de Josef Suk (1929-2011), a la sazón bisnieto del compositor checo: su violín de hermosísimo sonido hace gala un fraseo tan controlado como encendido y sabe moverse de maravilla entre lo evocador, lo doliente, lo luminoso y lo jovial, sacando un extraordinario partido de unos pentagramas que no se encuentran entre lo más logrado de su autor, pero merecen la suficiente atención. Ancerl ofrece, por su parte, una dirección en la mejor línea ortodoxa, sonada con la rusticidad adecuada, con frescura y vitalidad, también con tintes dramáticos cuando es necesario, aunque hay que reconocer que resulta asimismo un punto primaria y poco dada a profundizar en los pliegues de la obra.

La Sinfonía del nuevo Mundo conoce una interpretación incisiva y teatral, llena de inmediatez y garra, pero con desigualdades. El enfoque, en principio, es bueno: Ancerl subraya los aspectos más radiantes del primer movimiento para por el contrario llenar de desazón punzante el segundo –poca cosa el corno inglés–, sintonizando seguidamente muy bien con el carácter dramático de los dos restantes, acertando de pleno en el carácter desgarrado de la coda del cuarto. Por desgracia, su batuta se ve aquejada de exceso de nervio, incluso de precipitación, ofreciendo un fraseo irregular, a veces crispado, sin todo el vuelo lírico, la sensualidad y la poesía deseables, además de evidenciar cierta tosquedad sonora. En este sentido, las limitaciones de la orquesta quedan muy en evidencia en directo.

Smetana de propina: obertura de La novia vendida en interpretación encendidísima, incisiva y trepidante, de enorme electricidad, que engancha desde el primer momento y deja sin respiro, pero por eso mismo resulta –como no pocos pasajes de la sinfonía– en exceso premiosa, o al menos más nerviosa de la cuenta. En cualquier caso, el aplauso está garantizado.

domingo, 23 de octubre de 2011

Decepcionante Omer

La primera aparición de Omer Meir Wellber (Israel,1981) ya como titular de la Orquesta de la Comunidad Valenciana ha sido el concierto gratuito ofrecido el sábado 15 de octubre en el Auditori de Les Arts con motivo de la jornada de puertas abiertas que comenté en la entrada anterior (enlace). El programa, precioso, giraba entorno a la danza: suite de Petrushka (no el ballet completo) en la primera parte y páginas populares de Smetana, Dvorák, Falla y Tchaikovsky en la segunda. El público se lo pasó bien, y en semejante contexto -aficionar al personal- eso es lo que importa, pero a mi modo de ver los resultados artísticos fueron desiguales y, en conjunto, decepcionantes.

Mediocre sin paliativos la recreación del título de Stravinsky: sosa, flácida, apagada (lamentable la danza de los cocheros), parca en colorido y por completo ajena a la mezcla de vitalidad e ironía que caracterizan a la genial página. Y además no muy bien tocada. Por descontado que los solistas de la orquesta (increíbles la flauta y la tuba, por citar solo dos entre muchos) demostraron su enorme calidad en sus intervenciones individuales, pero la sonoridad global de la orquesta estuvo por debajo de la media que suele exhibir, incluyendo inseguridades y desajustes varios. No hace falta ser un lince para ver que el problema no está tanto en los músicos como en la batuta. Señalemos al menos dos buenos apuntes por su parte: la muy bien captada tristeza de Petrushka en su habitación y la amenazadora aparición del oso. Lo demás, a olvidar. La interpretación de la semana anterior en Madrid a cargo de la ONE y Josep Pons me pareció más satisfactoria (enlace), pese a que en un principio pensé que iba a ser al revés.

Mejoró el nivel en la segunda parte. Estuvieron bien las Danzas húngaras nº 1 y 5 de Brahms, fraseadas con delectación, beneficiadas de un sonido (¡ahora sí!) bellísimo y empastado a más no poder de la cuerda, y por completa ajenas a los amaneramientos con que son tratadas por otras batutas. En parecida línea serena y cantable anduvieron las Danzas eslavas nº 1 y 8 de Dvorák, en las que no obstante se echaron de menos nervio, brío y brillantez. Tan correcta como irrelevante la Danza del fuego falliana desde el punto de vista de la batuta, aunque aquí metales y maderas lucieron su enorme categoría.

La suite de El Cascanueces que ofreció Lorin Maazel en 2009 al frente de la misma orquesta no solo no me interesó gran cosa, sino que por momentos me irritó (enlace). La de Omer Wellber me ha convencido algo más, porque el maestro israelí se mantiene, para lo bueno y para lo malo, ajeno a los "excesos creativos" de su antecesor, pero a la postre su interpretación no pasó de la más correcta, sensata y un tanto rutinaria artesanía, excepción hecha de una Danza árabe enriquecida por las portentosas aportaciones de las maderas y de un Vals de las flores recreada con singular elegancia.

La propina, un preludio de Carmen recreado sin el menor "chimpún", demostró que Wellber no está dispuesto a triunfar por la vía rápida del efectismo. Pero ahí quedó la cosa. De momento, y a la espera de escucharle en Boris, da la impresión de ser una batuta no muy allá en lo técnico y sin mucho que decir en lo expresivo. ¿Quién le habrá vendido este hombre a Helga Schmidt?

lunes, 4 de abril de 2011

Incompetencia en la Orquesta de la RTVE

El título de esta entrada no se refiere precisamente al nivel técnico que la Orquesta de Radio Televisión Española ofreció bajo la batuta de Carlo Rizzi el pasado viernes 1 de enero, que a mi entender fue muy notable, sino a una chapuza en la planificación de la velada mal resuelta por quienes tienen a la postre que dar la cara, es decir, por los gestores de la formación. En principio la primera parte incluía El Moldava y el estreno de un encargo de la Fundación Autor y la AEOS a Eduardo Pérez Maseda, para reservar la segunda nada menos que a la monumental Sinfonía Fausto, cuya duración ronda los setenta y cinco minutos. No hace falta decir que la mayoría del personal -no es mi caso, que acudí por el Liszt- estaba allí por el bellísimo poema sinfónico de Smetana. Pues bien, una vez sentados todos en el Teatro Monumental se anuncia por megafonía que "por razones ajenas a la orquesta, no se interpretará El Moldava. Ni anuncio en la puerta, ni devolución de entradas a quien lo desease, ni disculpas por parte de la organización. ¿Razones? En Facebook (enlace) se da una pista:

"Lamentamos anunciar que se suprime Moldava de B. Smetana del programa de esta semana. El director ha estimado que el programa es demasiado largo y complicado y ha preferido dedicar más tiempo a las otras dos complejas obras. Los programas de este tipo han sido demasiado frecuentes esta temporada y esperamos que, por el bien de todos, la temporada que viene la programación sea más razonable."

Leyendo entre líneas, me permito aventurar que la longitud del programa hizo a Rizzi pedir más horas de ensayos, cosa que probablemente -y con razón- los sindicatos no habrán querido aceptar. O a lo mejor no y ha sido cosa únicamente del maestro milanés. Sea como fuere, lo que está claro es que la responsabilidad última es de la gerente María José Prieto Falcón, y que esta en lugar de resolver el asunto debidamente (más dinero para pagar ensayos extras, o bien reconocer el error de confeccionar un programa tan dilatado y pedir disculpas) ha salido del paso con una chapuza que ha supuesto una patada el en culo a quienes nunca se les puede propinar: a los que hemos pagado la entrada.

Lo peor, en todo caso, fue lo que vino después: la muy mediocre calidad de la obra de Pérez Maseda, que tras cinco minutos de cierto atractivo revela una lamentable pobreza de ideas y termina aburriendo a las piedras. Sinceramente, para ofrecer una obra de semejante "dureza" para el oído de los abonados de la RTVE -no precisamente acostumbrados a realizar un gran esfuerzo-, mejor se hubiera optado por, pongamos por caso, el impresionante Concierto para Orquesta de Elliott Carter, por citar una obra con el mismo nombre y estética no muy lejana. Los aplausos fueron terriblemente fríos y desganados, y eso que la interpretación (¡magnífico el timbalero!) resultó formidable. El ambiente de la sala se podía cortar con un cuchillo. A la salida, una señora le decía a otra "¡menudo mamarracho nos han colocado!". No seré yo quien les lleve la contraria.

La segunda parte sí dejó a todos satisfechos: una obra maestra que se hace poquísimo (porque es muy cara: coro masculino y tenor dramático para tan solo unos minutos) en interpretación de muy alto nivel. Por descontado que hemos de olvidarnos de las más grandes interpretaciones discográficas de la partitura (a mi juicio las de Bernstein, Muti y Solti, por este orden, y sin incluir a Barenboim, mal que le pese a algún amigo mío), pero en cualquier caso Carlo Rizzi dirigió con gran convicción, gusto irreprochable y -sobre todo- excelente trazo, sin lagunas, a lo que contribuyeron unos tempi más bien rápidos pero en absoluto precipitados. Obtuvo además un rendimiento de la orquesta digno de toda admiración: pocas veces la he escuchado yo sonar así de bien.

Matizando un poco, habría que apuntar que lo menos bueno fue el primer movimiento, dicho un tanto de pasada, sin la atmósfera densa ni el ímpetu visionario deseables. Magnífico por el contrario Rizzi en el segundo: la poesía sensual, voluptuosa y un punto ingenua de Gretchen parecen venirle como anillo al dedo. La parte mefistofélica estuvo bastante bien planteada, aun sin particular incisividad. La transición a la sección coral no me pareció satisfactoriamente resuelta, pero el nivel volvió a subir en seguida gracias a la sorprendentemente buena intervención de la sección masculina del coro de la RTVE. Y mejor de lo esperable el tenor Jean-Francis Monvoisin, con poquita voz pero plausible línea, sin recurrir al falsete y ofreciendo algún regulador de gran hermosura. Creo que a todos se nos pasó el cabreo de la primera parte y salimos bastante contentos de una interpretación de un nivel que, dado lo poco que se programa esta obra, difícilmente volveremos a disfrutar en directo.

Me queda una pregunta en el aire: ¿por qué demonios no quisieron los profesores de la Orquesta de Valencia que Rizzi fuera su titular? ¡Qué oportunidad perdida!

lunes, 1 de marzo de 2010

La novia vendida, en Valencia

Estuve con mis alumnos (tres horas y media de viaje en autobús, ahí es nada) en el ensayo general del miércoles 24 de febrero. Y fue un verdadero placer encontrar el patio de butacas del Palau de Les Arts a rebosar de estudiantes de la ESO y Bachillerato. La cosa fue aún mejor: iban bien preparados con un cuadernillo realizado a tal efecto por el Departamento de Dramaturgia, Publicaciones y Educación, se comportaron todos con mucha corrección (incluso escuchaban menos ruidos que en una función “normal”, nada de caramelitos y cosas por el estilo) y se rieron mucho con las gracietas con que esta producción escénica de la Opera North de Leeds escenificaba las célebres danzas de la partitura de Smetana. Luego algunos estudiantes saldrían más contentos y otros menos, pero en general se veían caras de satisfacción. Así es como se crea de verdad afición a la ópera. ¡Bravo por el Palau y su proyecto educativo!

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Sobre los aspectos artísticos no debo decir mucho, porque se trataba de un ensayo general. En cualquier caso no hubo interrupción de ningún tipo y todos cantaron a voz, así que el resultado no debe de diferir mucho de lo que muy bien ha explicado Titus en su blog (enlace). Como mi opinión es en general un poco más entusiasta que la de mi colega, dejo aquí unas líneas sobre el tema.

La producción era sin duda pobretona, pero me pareció correctísima, sensata y bien hecha. El traslado de la acción 1972 no me parece que aporte ni quite nada en particular. A mí no me disgustó la opción, toda vez que los personajes en esencia siguen siendo los mismos: la parejita de enamorados, la familia pobre frente a la familia ricachona, los caciques del pueblo, etc. Eso sí, el libreto en origen es deficiente (las diferentes líneas argumentales no están bien resueltas), así que el director Daniel Slater hizo lo que pudo. Plásticamente, dado que no había mucho presupuesto de por medio, la cosa fue aceptable. La dirección de actores fue asimismo correcta, aunque podía haber estado más trabajada, sobre todo en el caso de la protagonista.

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Me gustó Sabina Cvilak: una voz pequeña y no precisamente holgada por abajo, pero bien timbrada y manejada con bastante sensibilidad. La joven y guapa soprano ofreció además algunos reguladores de gran belleza. Correctísimo Ales Briscein en el papel de su amado Jeník, y estupendo Vicenç Esteve como el tartamudo Vasek. El resto alcanzó un digno nivel medio. De los que estuvieron regular o mal no quiero hablar, por tratarse de un ensayo general. Lo mismo digo del coro.

La gran sorpresa para mí vino de parte del joven maestro Tomás Netopil. Hace años le escuché una Zorrita Astuta terriblemente mediocre. De ahí que hasta ahora haya evitado sus intervenciones anuales en Valencia. Pero en La novia vendida me ha gustado: encontré mucha vida y teatralidad en su labor, aunque a veces resultara un tanto rígido y atropellado y no lograra extraer del todo las numerosas bellezas de la partitura. La orquesta fabulosa, como siempre.

Si las funciones oficiales han respondido a lo que yo vi en el ensayo general, quienes hayan acudido o acudan al Palau de Les Arts se lo pasarán bien, sobre todo por la oportunidad de escuchar una ópera que siendo hermosa no es muy frecuente por nuestras latitudes.

PS. También ha aparecido una crónica de Atticus (enlace).

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