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viernes, 31 de enero de 2025

Williams Steinberg en cuadrafónico

En 2018 Deutsche Grammophon editó un Blu-ray Audio conteniendo las pistas cuadrafónicas de las dos primeras grabaciones que hizo para ellos William Steinberg con la Sinfónica de Boston: Los planetas de Holst (septiembre y octubre de 1970) y Así habló Zaratustra de Strauss (marzo de 1971).  No lo compré en su momento. Se agotó, pero pillé un ejemplar en mi aún reciente viaje a Bucarest. ¿Mereció la pena? No estoy seguro: por coleccionismo sí, pero la toma sigue adoleciendo de una gama dinámica más estrecha de lo que demandan estas obras. 

 

En cuanto a las versiones, no me parecen imprescindibles a pesar de su incuestionable calidad. Dicen las notas de la carpetilla que el maestro de origen alemán jamás había dirigido The Planets cuando el sello amarillo le propuso que esta fuera protagonista de su primer lanzamiento con ellos. Se nota. Lo que escuchamos hoy es una aproximación honesta, de enfoque adecuadamente teatral y entusiasta, que interesa particularmente por el tratamiento de las texturas de Venus y Marte, también de Saturno –magníficas maderas– y Neptuno –algo naif en su concepción–, pero que en otros momentos no termina de convencer: se echan de menos atmósfera, sentido del misterio, pathos y una mayor dosis de imaginación. Incluso hay algún que otro momento en el que da la impresión de que el tratamiento es un poco chapucero.

Se le nota al maestro más a gusto en el Zaratustra strausiano que en la obra de Holst que por culpa del pedantorro Stanley Kubrick, empeñado en que el común de os mortales asocie grandísimas músicas con cosas que no debe, ha sido condenado a circular para siempre en formato digital. Es la de Steinberg  una lectura antes germánica que propiamente vienesa, pero también una dirección con enérgica y muy entusiasta, palpitante de vida, expuesta con sonoridades robustas sin dejar atenta a la claridad e incluso a la incisividad de la tímbrica. Le sobra alguna precipitación –la misma salida del sol– y cierta tendencia al decibelio, al tiempo que se echa de menos una dosis adicional de magia sonora, incluso de refinamiento. Quizá parte de la culpa de esto último lo tenga la orquesta, notabilísima pero todavía sin el grado de depuración sonora que alcanzará en la era Ozawa. 

PD. Lamento escribir poco en este blog últimamente. Estoy haciendo muchísimas "horas extras" en mi trabajo del instituto: las ocho horas diarias oficiales –de media, se entiende– más buena parte de los fines de semana. Estoy agotado.

sábado, 25 de enero de 2025

Harding con la Filarmónica de Berlín: sensacional Schönberg, Holst de referencia

Comenzó su tempranísima carrera siendo un enfant terrible de la “tercera vía”: ya saben, Mozart, Beethoven y Brahms a la manera historicista, pero con instrumento modernos. Luego se transformó en un director más o menos convencional que solo en los repertorios “raros” llegaba a brillar, mostrándose por lo general poco interesante. Y ahora, a tenor de las últimas cosas que se le han ido escuchando, es un grandísimo músico. Lo ha vuelto a demostrar esta tarde en el concierto que se le ha podido escuchar en director a través de la plataforma Digital Concert Hall.

Se abría el programa con Komarov's Fall de Brett Dean, una de esas obras que Sir Simon Rattle había encargado para complementar su registro de Los planetas para EMI con esta misma orquesta. No recordaba nada de ella. Me ha gustado, sin más: hermoso trabajo de texturas.

Interés infinitamente mayor tienen las Cinco piezas para orquesta de Arnold Schönberg. Justo antes del concierto repasé la de Barenboim con la Sinfónica de Chicago y la de Rattle con la propia Berliner Philharmoniker en los Proms. Situándose en el extremo opuesto a este último, el ya no tan joven maestro británico parece avanzar en el sendero que había abierto el de Buenos Aires años atrás. Las tensiones ya no están a flor de piel, sino que circulan subterráneas. El colorido no es solo incisivo: también puede ser acariciador. Las atmósferas -tempi muy lentos- se encuentran cargadas de misterio, el fraseo respira con pleno sentido orgánico y hasta se percibe un vuelo melódico que con la mayoría de los directores no llega a intuirse. Sí, Harding va aún más lejos que Barenboim, aunque no alcanza el grado de inspiración ni de temperatura expresiva que este. En cualquier caso, y toda vez que el trabajo con la fabulosa orquesta es sensacional, no dudo en calificar esta recreación como imprescindible para quien quiera acercarse a esta música.

En la segunda parte, The Planets. Olvidándose por completo de los tempi disparatados de la grabación del propio Gustav Holst -para velocidades supersónicas ya tiene su trabajo como piloto de Air France-, nuestro artista ofrece una recreación a todas luces excepcional que recuerda a la de tres años atrás en Múnich. Marte lento, denso y opresivo, mucho antes que marcial. Concentración y refinamiento tímbrico en Venus, sin espacio para ligerezas. Tampoco lo hay en Mercurio, pese a estar dicho con el obligatorio carácter alado. Alegría sin aparatosidades en Júpiter, cuyo tema “elgariano” quizá jamás se haya escuchado al mismo tiempo tan hermoso y conmovedor. Tampoco lo han hecho las frases poéticas de la cuerda en un Saturno particularmente oscuro, ya que no tan angustioso como en otras ocasiones. Irreprochable Urano, que sabe evitar lo equivocadamente lúdico aun sin alcanzar, ni de lejos, la genialidad de la reinterpretación macabra de Bernard Herrmann. Para terminar, más sensualidad (¡incluso emotividad!) en Neptuno que misticismo propiamente dicho.

Ah, pocos rostros habituales en la orquesta, y monumental gazapo del fagot en Saturno: esperemos que lo corrijan cuando cuelguen en la plataforma la edición definitiva.

sábado, 6 de julio de 2024

Los planetas, de Holst: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 6.VII.2024

La publicación original de esta entrada se remonta nada menos que al 3 de septiembre de 2012: casi doce años ya. Hace muy poco han aparecido en un sitio demoníaco (click satánico aquí, usted verá lo que hace) versiones reprocesadas en alta definición de los registros de Karajan/Viena y Ozawa/Boston. He vuelto a ellos, claro está. Ya puestos, he escuchado de nuevo a Karajan y Colin Davis con la Filarmónica de Berlín. Para todos estos registros he escrito comentarios sustancialmente renovado. Añado, además, reflexiones sobre otros discos que he ido conociendo a lo largo de este tiempo, como son los de Sargent, Boult/New Philharmonia, Svetlanov, Mehta/Nueva York y Salonen. Por si fuera poco, esta misma tarde decido conocer una versión más que me ha dejado fuera de juego: la muy reciente de Daniel Harding. ¡Sensacional!

Una cosa más, por si hay algún despistado: esta obra NO habla de viajes por el espacio, sino del ser humano y sus circunstancias. Hay mucha más miga aquí de lo que parece.

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Entre 1914 y 1918 compuso Gustav Holst su celebérrima suite para gran orquesta, una página tan popular como despreciada por buena parte de la crítica y de los melómanos más exigentes. Bien, justo es reconocer que la idea de componer cada uno de los movimientos a partir de las presuntas características astrológicas de cada uno de los planetas resulta un tanto naif, como lo es también el tratamiento sonoro de los mismos. Pero tampoco debemos desdeñar el gran vuelo melódico, la imaginación desplegada –sublime el coro femenino fuera del escenario en Neptuno–, la exquisitez de la tímbrica, esa particular elegancia inequívocamente británica y, al menos en los tres últimos números, la enorme sinceridad y fuerza expresiva que contienen los pentagramas. Por eso mismo, frente a enfoques interpretativos que se centran en los aspectos más convencionales de la obra, nos quedamos con las batutas que han sabido indagar en los pliegues tenebrosos e inquietantes que se esconden entre las notas, independientemente de que desde la pura ortodoxia se hayan podido obrar verdaderos prodigios de belleza, brillantez y comunicatividad, léase Herbert von Karajan.

En la siguiente lista creo haber reunido buena parte de las versiones que más circulan en el mercado. Conozco también una dirigida por el propio Holst que he decidido no incluir; otro día les cuento por qué, no la vayamos a liar parda.

Una cosa más: reparen en la enorme cantidad de grabaciones que se realizaron a principios de los años setenta. ¿Influencia quizá de la moda espacial impuesta por Stanley Kubrick en 1968 con su más célebre película?

Los movimientos de la obra son los siguientes:

  • Marte, el portador de la guerra.
  • Venus, el portador de la paz.
  • Mercurio, el mensajero alado.
  • Júpiter, el portador de la alegría.
  • Saturno, el portador de la vejez.
  • Urano, el mago.
  • Neptuno, el místico.



1. Stokowski/Filarmónica de Los Ángeles (EMI, 1956). No está claro si el principal problema es el mal estado de la orquesta o la evidente desgana de la batuta, pero en cualquier caso se trata de una lectura deficientemente trazada –el desvalazamiento es generalizado–, mediocremente ejecutada, dicha de pasada y carente casi por completo de inspiración, amén de trufada por algunos caprichos innecesarios. Solo se salvan la sección “elgariana” central de Júpiter y el final de Saturno, ambos por su adecuado lirismo, y un Urano humorístico al que, aun así, se le podría sacar mucho mayor partido. Sonido estereofónico meritorio para la época. (4)


2. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1961). El Maestrissimo ofreció algunos de los mejores trabajos de su carrera cuando se olvidó de la perfección técnica como objetivo último y permitió que la música saliera directamente de sus entrañas. Es el caso. Llega a sorprender, incluso, la cantidad de pequeñas imperfecciones por parte de orquesta y batuta, a pesar de que el trabajo que la batuta realiza es de enorme plasticidad y obtiene unas texturas tan claras como sugerentes. Puede que la toma algo áspera –lo sigue siendo en el excelente en el reprocesado de Esoteric para SACD– contribuya a transmitir la sensación, pero no es solo eso, sino también el descarnado enfoque que adopta Karajan, bien evidente en los dos números más logrados: un Marte de apreciable agresividad e imaginativamente tratado en sus tensiones y distensiones –implacable acelerando hacia el primer clímax– y un Júpiter de alegría desbordante en cuya sección central –por fin– se luce la incomparable cuerda de los vieneses. El resto es de alto nivel, solo eso. En Venus hay concentración y belleza, pero también más portamentos de lo deseable. Muy ágil y refinado en lo tímbrico Mercurio. En Saturno se echa de menos un clímax aún más terrible y rebelde. Espléndido Urano, aunque más bienhumorado que sarcástico. Hermosísimo Neptuno. (9)

 

 

3. Sargent/Sinfónica de la BBC (BBC Classics, 1965). Deficiente toma de origen radiofónico en el que el por entonces ya veterano Sir Malcolm –fallecería dos años más tarde–, valiéndose de tempi más bien rápidos –particularmente bullicioso Mercurio, Urano vivaz antes que corrosivo–, se muestra entusiasta, comunicativo y variado en lo expresivo, atento tanto a la brillantez como a la concentración poética, incluso áspero y dramático cuando debe, pero también algo efectista –Marte, Júpiter–, sin mucha inspiración poética y –lo que es peor– de trazo sin mucha unidad, incluso un tanto grueso. Esta última sensación puede deberse a tener que lidiar con una orquesta que, en vivo, evidencia limitaciones en su virtuosismo y cuenta con algunos primeros atriles –violín y violonchelo– de escaso nivel. (6)



4. Boult/New Philharmonia (EMI, 1966). Sir Adrian le toma prestada la orquesta a Klemperer y se mete en el Kingsway Hall para, apoyado por una estupenda ingeniería de sonido, ofrecer una interpretación que no es personal ni creativa, ni se encuentra especialmente inspirada, pero que se encuentra magníficamente trazada, ofrece un espléndido trabajo con las texturas y ofrece un espléndido equilibrio entre buen gusto e intensidad expresiva. A destacar, en este sentido, un Marte cargado de potencia dramática, un Venus maravillosamente paladeado y un Urano dicho con muy adecuada mala leche y beneficiado de las sarcásticas maderas de la formación londinense, que pese a la admirable labor del maestro termina siendo lo mejor de la función: hasta esa fecha es posible que no se hubiera escuchado a una orquesta, Filarmónica de Viena incluida, tocar con semejante precisión y empaste la presente partitura. La recuperación en SACD por parte de Esoteric bordea el milagro desde el punto de vista técnico. (9)


5. Herrmann/Filarmónica de Londres (Decca, 1970). Como ya explicamos por aquí, el registro realizado por el autor de la banda sonora de Vértigo, que pronto cayó en desgracia ante la crítica y en el mercado y solo en tiempos muy reciente ha pasado a compacto, resultó personalísimo. No ya por la extrema lentitud, sino por ofrecer una visión marcadamente sombría, gótica y macabra, como corresponde a la personalidad de Herrmann como compositor. Con él Marte resulta atmosférico y agobiante, más que desgarrador. Venus ofrece punzante lirismo. Mercurio no se encuentra del todo alado, pero aporta detalles muy interesantes en el entramado de las maderas. Júpiter emotivo, también en exceso hinchado en la sección central. Saturno muy desolado, de nuevo más siniestro que rebelde, con una introducción escalofriante en la que los violines suspiran con punzante emoción. Un Urano de marcadísimo humor negro, muy poco jovial, da paso a un Neptuno muy emocionante y expuesto con mucha concentración. La orquesta no está del todo fina, pero se encuentra maravillosamente diseccionada, logrando que se escuchen muchas cosas nuevas, atendiendo muy especialmente a las maderas y ofreciendo un desarrolladísimo sentido del color en las maderas. Decididamente, la interpretación más genial de la obra. También la más discutible. La grabación 4 Phases es algo artificial: pone en primer plano instrumentos que no deberían estarlo. (10)



6. Haitink/Filarmónica de Londres (Philips, 1970). Tan solo unos días después de Herrmann, otro Bernard se puso al frente de la misma Filarmónica de Londres para dar su visión propia. Lo hizo con mucha más técnica que el norteamericano, hasta el punto de que logró firmar una de las lecturas de más admirable claridad de cuantas se han llevado al disco. Y ello, por descontado, haciendo gala de un pulso bien firme, una musicalidad irreprochable y de una gran convicción. ¿Qué falta para la genialidad? Pues lo de siempre en el siempre objetivo Haitink: una mirada más imaginativa y personal. O sea, justo lo que ofrecía Herrmann. A destacar en cualquier caso un Marte particularmente opresivo. (9)



7. William Steinberg/Sinfónica de Boston (DG, 1970). Beneficiándose de una orquesta fabulosa y de una brillante toma de sonido que ha quedado estupenda tras la última remasterización, el maestro traza una lectura extrovertida, teatral y entusiasta, expuesta de manera irreprochable, a la que le falta un punto de imaginación, de refinamiento y de magia sonora para alcanzar lo excepcional. Lo mejor es un Marte lleno de garra, y lo menos bueno un Urano ruidoso y superficial. (8)



8. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1971). Aunque merecen ser destacados la nobleza de la sección lírica de Júpiter, el final especialmente amargo y descarnado de Urano y la sensualidad del coro de Neptuno, la verdad es que se podría haber esperado más dosis de imaginación, riesgo y compromiso expresivo por parte del joven maestro indio en esta, por lo demás, muy sólida y bien llevada versión, ajena a blanduras y efectismos y dotada de toda la brillantez necesaria. Se nota, en cualquier caso, que la orquesta no es de primera. (8)



9. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). Bernstein hace de sí mismo y ofrece una lectura extrovertida, fresca, impulsiva, llena de vitalidad –trepidantes Marte y Urano–, bien paladeada cuando debe –muy hermoso Venus, bellísimo el canto de la cuerda en la sección elgariana de Júpiter, mágico el final de Neptuno–, pero en la que solo en contados momentos se desciende al detalle en la planificación o se ofrecen aportaciones personales. Tampoco la orquesta es precisamente la mejor posible. En suma, una interpretación muy vistosa pero un tanto tosca y superficial, perjudicada por una toma sonora que no está a la altura de la época. (7)



10. Previn/ Sinfónica de Londres (EMI, 1974). Al frente de una orquesta en plena forma, su todavía joven titular ofreció una lectura no especialmente personal ni reveladora, pero admirable por su brillantez carente de retórica, su asombroso sentido del color y de las texturas, su admirable disección del entramado orquestal y, sobre todo, su comunicatividad y fuerza expresiva, sobresaliendo en este sentido los hirientes clímax de Saturno e Urano. La remasterización en DVD Audio de fugaz paso por el mercado, que recuperaba la cuadrafonía original, mejoraba de manera muy considerable el sonido. Deberían reeditarla en SACD, porque se trata de una de las más grandes interpretaciones que circulan por ahí. Si en este listado usásemos decimales, le podríamos el nueve y medio. Por lo menos. (9)



11. Susskind/Sinfónica de San Luis (Mobile Fidelity Sound Lab, 1974). Resulta difícil comprender el prestigio entre algunos aficionados de este registro claramente lastrado por una orquesta muy de segunda y una batuta que, siempre solvente y por momentos bien encaminada, no solo no resulta nada personal ni creativa sino que resulta más bien plana e incluso –flojísimo arranque de Júpiter– un tanto desganada. Tampoco la toma sonora –que reconozco haber escuchado en estéreo, no en la cuadrafonía original recuperada por el Super Audio CD– resulta especialmente destacable para la época. (5)



12. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (DVD Euroarts, 1977). Ya en el último tramo de su dilatada carrera, Ormady demuestra creer firmemente en la partitura y entrega una recreación llena de fuerza y ajena a la espectacularidad gratuita, amén de soberbiamente tocada, pero a la que se le podía sacar mayor partido, sobre todo en un Saturno algo seco. Eso sí, Marte resulta sensacional. La toma sonora ofrece una dinámica muy amplia. (8)



13. Marriner/Concertgebouw (Philips, 1977?). La sensacional ejecución por parte de la orquesta holandesa y la enorme musicalidad de sus solistas –me han gustado menos los portamentos del violín– es la gran baza de esta interpretación en la que el joven Marriner ofreció toda la pompa y la flema británica posibles; también una gran elegancia y un elevado refinamiento tímbrico y melódico. Por desgracia al final se impuso su perfil de director escasamente implicado en lo expresivo, poco sincero y nada creativo, de tal modo que junto a un Venus, un Mercurio y un Júpiter muy convincentes, se ofrece un Marte más ampuloso que tenso, un Saturno dicho de pasada y un Urano tan escandaloso como desaprovechado. Más interesa Neptuno, aquí recreado con un nerviosismo que lo hace muy atractivo. La toma sonora es algo reverberante pero de muy buena calidad. (7)



14. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1978). Valiéndose de unos tempi bastante rápidos, quizá los más cercanos a los del propio Holst, Sir George ofrece una lectura vibrante, extrovertida, directa, de una brillantez que para nada se acerca a la aparatosidad y de un nervio que no conoce descontrol alguno. Todo se encuentra magníficamente expuesto, tanto por la perfección técnica de una batuta que sabe extraer lo mejor de la orquesta –la que más veces ha registrado la partitura, con diferencia– como por la sinceridad y vehemencia de la interpretación. ¿Qué falta? Pues algo más de poesía en los momentos líricos y, en general, de imaginación y creatividad, particularmente en los tres últimos números. Lo mejor, como era de esperar dada la garra dramática y la inmediatez que suelen caracterizar a Solti, es Marte. (8)


15. Boult/Filarmónica de Londres (EMI, 1978). A sus ochenta y nueve añitos, el maestro británico quiso dejar una nueva grabación de la página, entre otras cosas para beneficiarse de la mejora de la tecnología: suena mejor –sobre todo tras el nuevo reprocesado– que la de Solti grabada en ese mismo 1978. Interpretativamente se encuentra, eso sí, un punto por debajo, en parte porque la Filarmónica de Londres, aun espléndida, no es el prodigio de la Philharmonia, y en parte porque la inspiración es un punto inferior: todo está muy bien en esta equilibrada y nada efectista versión, pero falta un último grado de creatividad, colorido y tensión emocional para ser una lectura de primera. Marte está muy bien, no siendo nada aparatosa y ofreciendo una sección lenta central llena de malos presagios, hasta llegar a un final implacable. Venus es ahora bastante más rápida, pero sigue estando dicha con apolínea belleza y se mantiene ajena por completo a blanduras o portamenti. Mercurio resulta bullicioso antes que ágil. Júpiter se queda a medo camino, comenzando sin mucha agilidad y cayendo en cierta “solemnidad británica” que no va bien acompañada por la emoción que debería tener la sección lírica central. Saturno va un poco acelerado al principio -hay casi un minuto de diferencia con la grabación anterior-, aunque su clímax si es lo suficientemente rebelde y en la sección final hay un interesantísimo trabajo con las texturas. Urano vuelve a ser magnífico, con un tratamiento muy acertado de las texturas de las maderas y con una buena dosis de mala leche, llegando hasta un final lleno de rabia. Flojea Neptuno: si antes se extendía hasta los 7'09'', lo que resulta bastante sensato, ahora se queda en 6’18’’, si bien lo que se pierde en misterio se gana en carácter aéreo. (8)




16. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips-Newton, 1979). haciendo uso de su enorme técnica, particularmente de su desarrollado sentido del color y de su habitual elegancia, el maestro oriental da una verdadera lección de plasticidad en el tratamiento orquestal –impresionante la cuerda grave–, construyendo una versión fabulosamente planificada y ejecutada, de claridad meridiana, bellísimamente sonada, ajena a cualquier exceso y muy centrada en lo expresivo. Marte puede resultar algo seca en su marcialidad, pero Venus es un prodigio de elegancia, como Mercurio lo es en clarificación de texturas. La melodía central de Júpiter resulta algo hinchada –no tanto como con Herrmann–, Saturno sobrecoge en su introducción –no tanto en el resto–, Urano sabe ser mordaz y Neptuno alcanza enormes dosis de misterio. Una pena que el violín solista (¿Silverstein?) muestre un sonido algo frágil en Venus y Mercurio. Tras el reciente reprocesado, la toma ha demostrado ser de enorme calidad: solo le falta mayor gama dinámica. (9)



17. Rozhdestvensky/Sinfónica de la BBC (Ica Classics, 1980). En la línea de un Herrmann pero sin llegar a sus extremos, el maestro ruso ofreció en concierto una interpretación muy personal, espléndidamente desmenuzada y de tímbrica muy incisiva, que puso de relieve los aspectos más siniestros de la partitura. Su Marte es hosco, opresivo y especialmente siniestro, con detalles muy creativos. Venus lento, primorosamente paladeado, emotivo y sin asomo de blandura o narcisismo. Mercurio rápido, nervioso y escurridizo. Júpiter más solemne que alegre, con buen aliento lírico y un tratamiento incisivo de las maderas. Saturno arranca con una atmósfera gótica y concluye con gran nihilismo. Urano áspero y amargo. Neptuno, antes que ser místico, ofrece un inquietante distanciamiento. Discreta la orquesta y floja la toma sonora, con un coro que suena demasiado lejos. Aun así, otro nueve y medio. (9)



18. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). Aquí Karajan es mucho más claramente él mismo, por lo general para bien: su empeño en crear enormes contrastes dinámicos y por ofrecer un refinamiento extremo son bienvenidos en una página como esta siempre que se evite el mero narcicismo. Y Don Heriberto, en esta ocasión, lo evita. Bien es verdad que Marte y Júpiter han perdido un poco de la fuerza e inmediatez de la grabación vienesa, pero a cambio Venus se ha despojado de portamentos innecesarios, Mercurio ha ganado en refinamiento, Saturno y Urano han desarrollado mayor sentido de lo ominoso y Neptuno, más lento ahora (8’47’’ frente a los 7’37’’ de antaño), alcanza una magia tanto sonora como poética que no encuentra parangón en ningún otro registro. La orquesta realiza toda una exhibición, formidablemente recogida por una toma sonora que, con independencia de los trucos de mesa de mezcla que pueda utilizar, termina siendo absolutamente sensacional. Disco obligatorio. (10)


19. Maazel/Orquesta Nacional de Francia (Sony, 1981). Lo que coloca a esta versión en primera línea es la recreación de Marte: lenta pero muy tensa, absolutamente sombría y atmosférica –mucho antes que violenta–, opresiva como pocas, que culmina en un desenlace particularmente apocalíptico y abrumador. Es ahí donde Maazel da buena cuenta de su genialidad y –alargando al máximo la coda– de su técnica de batuta. El resto está muy bien, pero en una línea mucho más ortodoxa y menos creativa, con tempi más bien ligeros, sin querer caer en la retórica ni cargar las tintas, y haciendo gala de un buen sentido del color y de las texturas. Mercurio ofrece así la agilidad deseada y se encuentra espléndidamente desmenuzado, Venus no resulta demasiado ensimismado, pero ofrece momentos de punzante lirismo. Júpiter se aleja de la pesadez –podría alcanzar mayor cantabilidad–, Saturno emociona sin ser muy sombrío y el humor de Urano es más juvenil que amargo. A destacar el estático tratamiento del coro en un Neptuno más místico que nunca. Lástima que haya algún exceso decibélico y que la orquesta no sea de primera. (9)


 

20. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1986). Este registro alcanzó en su momento una espléndida acogida entre los aficionados, deslumbrados quizá ante las bondades de su portentosa toma sonora. Lo cierto es que Dutoit dirige con gran solvencia técnica, brillantez y refinamiento, mostrándose siempre centrado en lo expresivo y bien lejos de la retórica barata, pero –como le suele ocurrir al suizo– sin ese último punto de imaginación y, sobre todo, de emoción que le haga alcanzar la excepcionalidad. (8)



21. John Williams/Boston Pops (Philips, 1986). Lamento decirlo, por ser enorme admirador de su faceta de compositor, pero Williams parece confundir esta obra con su Star Wars y se limita a dirigir con entusiasmo y brillantez, procurando que esta nunca caiga en excesos, al tiempo que desatiende por completo los matices expresivos, camina de pasada sobre los aspectos más interesantes de la partitura y desaprovecha la fabulosa orquesta y una toma sonora –de volumen muy bajo– que ofrece una gama dinámica increíblemente amplia. El resultado es tan vistoso como superficial. A olvidar. (6)



22. Previn/Royal Philharmonic Orchestra (Telarc, 1986). Al igual que hizo con su justamente célebre Segunda de Rachmaninov, Previn repitió la grabación con la Sinfónica de Londres para EMI de los setenta una década más tarde con la Royal Philharmonic para Telarc, ya en digital. En esta ocasión, al contrario de lo que ocurrió con la partitura del ruso, no hubo cambios de concepto. Si acaso, se evidencia aquí menor compromiso expresivo e inspiración que en su realización para el sello británico, siempre dentro del alto nivel que garantizan el dominio de los recursos orquestales que posee el maestro y su siempre admirable buen gusto. La toma sonora no es todo lo espléndida que se pudiera pensar: escuchada en DVD-Audio, la de EMI no es en absoluto inferior. Un disco muy bueno, pero inútil. (8)


 
23. Groves/Royal Philharmonic (varios sellos, 1987). Una lectura de alto nivel en la que Sir Charles, adoptando unos modos muy británicos, ofrece esa elegancia y esa nobleza tan particulares en el fraseo al tiempo que sabe ser elocuente sin caer en arrebatos y brillante –incluso brillantísimo– sin perder la compostura. Ahora bien, se puede reprochar algún exceso decibélico, y echarse de menos una dosis adicional de imaginación y compromiso expresivo, excepción hecha de un Neptuno lentísimo y fascinante. Es la opción más barata del mercado –ha conocido varias ediciones a precio de saldo–, y una de las que mejor suenan. Recomendable. (8)



24. Colin Davis/Filarmónica de Berlín (Philips, 1988). Sir Colin se pone al frente de la orquesta que todavía era la de Karajan para ofrecer una interpretación menos personal y apabullante que la de este, también menos inspirada, pero no menos soberbiamente expuesta, dotada de una “distinción británica” muy adecuadas para la partitura y, por descontado, dicha con enorme sinceridad expresiva. Marte resulta antes implacable que ominoso. Elegancia enorme la de Venus, aunque aún se podría sacar mayor partido a la página. que no están reñidos con la fuerza expresiva. Flaquea un tanto Mercurio, falto de chispa y electricidad. Soberbio Júpiter, lleno de grandeza y solemnidad sin la menor grandilocuencia. Excelente Saturno. En Urano vendría bien un mayor sarcasmo, mientras que en Neptuno hay que destacar de manera especial la mágica intervención de las mujeres del Coro de la radio de Berlín, bajo la dirección de Dietrich Knothe. La toma no es en absoluto tan buena como la de Karajan: la aventaja en equilibrio de planos, pero la tímbrica es algo dura y no posee toda la pegada posible. (9)


25. Levine/Sinfónica de Chicago (DG, 1989). Al frente de un instrumento de una potencia, brillantez y virtuosismo insuperables, el norteamericano se vuelca en el puro espectáculo sonoro en una lectura decibélica, sonada con excesiva robustez y brocha gorda, vulgar y dicha de pasada. Hace gala de su habitual mal gusto, particularmente en Marte, completamente desmadrado, en buena parte de Júpiter y en los clímax de Saturno y Urano, aunque en este último sí acierta en el cómico tratamiento de las maderas. Los pasajes más introvertidos los recrea por el contrario con mucha corrección, sin pasarse con el azúcar, pero podían estar mucho más aprovechados en su colorido y en su potencial vuelo lírico. Magnífica la grabación, como también la portada. (6)

26. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Teldec, 1989?). Otra vez Mehta haciendo gala de una artesanía de primerísima calidad con una interpretación admirablemente expuesta, muy sensata en lo expresivo, pero falta de ese último punto de compromiso e imaginación que distingue un producto de irreprochable eficacia de aquel en el que hay arte verdadero. A destacar, en cualquier caso, la admirable plasticidad del tratamiento de la cuerda –por ejemplo, en la sección central de Marte–, la amplitud y naturalidad del fraseo –los tempi son algo más reposados que en su versión de Los Ángeles– o la manera particularmente evanescente y dulce de abordar Neptuno. La grabación es muy buena, pero no todo lo que podía haber sido. Incluso en el último número hay algún empalme en exceso evidente. (7)

 

 

27. Eduardo Mata/Sinfónica de Dallas (Sion, 1990). Ante todo sorprende la manera en la que la carátula subraya las presuntas cualidades de la toma sonora cuando en realidad nos encontramos ante una grabación turbia, confusa y afectada por una extraña reverberación. Por lo demás, al optar aquí el malogrado director mexicano por la lentitud de los tempi, podemos escuchar un Venus particularmente sensual, un Saturno muy atmosférico y un Neptuno embriagador, pero la tensión interna no brota y la interpretación termina resultando deslavazada, incluso desganada. Tampoco logra la batuta extraer todo el colorido deseable de una orquesta no muy allá. (7)

 

28. Svetlanov/Orquesta Philharmonia (Phoenix-Brilliant, 1991). Un verdadero placer escuchar a Svetlanov al frente de una orquesta occidental de primera y recogido por una toma sonora de verdadero lujo. Nada que ver con sus testimonios del mundo soviético. Por lo demás, esta grabación –editada originalmente por Phoenix Music– pertenece ya a la última y más personal etapa del maestro ruso, que aquí opta por unos tempi de marcada lentitud y una gran atención a los aspectos atmosféricos y ominosos de la obra, siempre dibujando el entramado orquestal con pinceles muy finos –todo meridianamente expuesto– y sin dejarse llevar por la espectacularidad gratuita. Desdichadamente, con semejante lentitud la tensión no termina de ser toda la deseable, mientras que en lo que a la expresión se refiere, dentro de esa misma línea digamos que trágica y siniestra se echa de menos la creatividad admirable de Bernard Herrmann, mucho más arriesgado; a Svetlanov, siendo su trabajo en muchos sentidos admirable, le falta un último punto de inspiración. Cameo de lujo en Neptuno para The Sixteen y Harry Christophers. (8)

 

29. Gardiner/Philharmonia (DG, 1994). El trazo es firme, la claridad muy notable y la objetividad irreprochable, pero Gardiner se muestra no ya en exceso ortodoxo e impersonal sino bastante distanciado en lo expresivo, siendo el resultado un frío producto de laboratorio; nada nuevo en el maestro británico. No convence el violín solista en Venus, por sus excesivos portamentos. Como era de esperar, fabuloso el Monteverdi Choir. Increíble la grabación, sin necesidad de poner en primer plano celesta o arpas. En tiempos circuló una edición en SACD. (7)



30. Levi/Sinfónica de Atlanta (Telarc, 1997). Versión rápida, directa, honesta y bien realizada, desde luego ajena a la blandura y al narcisismo, pero bastante pobre en variedad expresiva, color, imaginación y personalidad, resultando Yoel Levi bastante expeditivo, cuando no rutinario. Solo algunos detalles aislados en Venus o Saturno despiertan nuestro interés. En contrapartida, Urano resulta bastante ruidoso. La toma sonora podría ser mejor. (7)



31. David Lloyd-Jones/Royal Scottish National Orchestra (Naxos, 2001). Marte decibélico y en exceso brutal, por no decir vulgar. Muy bien Venus, hermosa y sin blanduras. Mercurio más intenso que ágil y refinado. Júpiter hinchado y vulgar en la sección central, y más bien ruidoso en la final. Saturno comienza admirablemente, muy misterioso, con una frase inicial de los violines muy arrastrada y sugerente, pero luego la percusión vuelve a hacer de las suyas. Claro que donde esta está verdaderamente descontrolada, hasta el punto de no dejar escuchar el resto de la orquesta, es en un Urano vulgarísimo. Muy correcto pero sin particular magia Neptuno. Sin problemas la orquesta y espléndido el coro. La reproducción en DVD-Audio ofrece un gran relieve a las frecuencias graves, aunque la grabación original no es del todo clara. (6)



32. Colin Davis/Sinfónica de Londres (LSO Live 2002). Como ocurriera con su anterior testimonio con la Filarmónica de Berlín, Sir Colin ofrece una interpretación no genial pero sí perfecta, muy equilibrada en todos sus componentes, sean estos dramáticos, líricos o humorísticos, sincera siempre y por completo ajena a la grandilocuencia y al efectismo, como también a la blandura o la mera ensoñación. Suena un poco menos bien. (9)



33. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2006). Sir Simon intenta seguir los pasos de Karajan, pero carece de su talento y las cosas se quedan a medio camino. Marte bien a secas, aunque hay una transición resuelta de manera poco convincente. Venus y Mercurio están muy bien, sin particular magia. Júpiter correcto, no muy lírico y con algún efectismo, aunque se descubre algún detalle nuevo en la orquestación. Lento, carente de pulso y sin fuerza dramática Saturno. Urano soso, sin humor. Bien Neptuno, aunque podría haber mayor sentido del color y de las texturas. Total, una interpretación de “rutina de altura” en la que solo interesa la inclusión del Plutón de Colin Matthews, más las propinas ("asteroides") del segundo disco. (8)


34. Andrew Davis/Filarmónica de la BBC (Chandos, 2010). Una toma sonora espaciosa, natural y de amplia gama dinámica, modélica en suma, es la gran baza de esta lectura en general muy bien trazada -flojea Júpiter, falto de tensión interna-, perfecta en el idioma y puesta en sonidos con incuestionable buen gusto, pero más bien parca en matices, carente de verdadera inspiración y dicha un tanto de pasada. Sólida, pero plana y aburrida. Sólo para obsesionados por la alta fidelidad. (7)


35. Heras-Casado/Nacional Danesa (Youtube, 2010). Pese a que la orquesta se queda muy corta en todas sus secciones, el maestro granadino ofrece una interpretación con toda la brillantez y el colorido que la partitura demanda pero sin un gramo de retórica, trazada además con buen pulso y evidente entusiasmo. Marte posee la garra dramática necesaria sin caer en lo enfático. Venus resulta menos contemplativa y más emocionante de lo que suele, aunque a violín y violonchelo, como ocurre en tantas y tantas interpretaciones, les sobren portamentos. Mercurio resulta muy ágil. En Júpiter hay que admirar su grandeza sin grandilocuencia y su emotivo lirismo. Bien a secas Saturno, seco e implacable, aunque no todo lo opresivo que pudiera ser. En Urano el director evita caer en lo meramente lúdico y atiende a la mala leche de la página. A Neptuno le faltan el misterio, la magia sonora y el refinamiento que han sido capaces de obtener los grandes alquimistas sonoros arriba relacionados. (8)

 

36. Salonen/Philharmonia Orchestra (Blu-ray Signum, 2012). La personalidad del maestro sueco queda bien en evidencia en una lectura que deja de lado los aspectos más atmósfericos de la obra y pasa por encima de su potencial poético para ofrecer una interpretación seca y angulosa, incisiva y marcada por el nervio, por momentos más violenta de la cuenta y, en cualquier caso, atractiva por su tímbrica descarnada y por su asombrosa claridad. Distinta y reveladora, pues, aunque mucho más partido expresivo se le puede sacar a la partitura. Sin solución de continuidad, tras Neptuno se ofrece Worlds, Stars, Systems, Infinity, un encargo al compositor Joby Talbot que este resuelve con fórmulas digamos que cinematográficas llenas de atractivo y de inspiración. La realización visual, pese a contar con nada menos que treinta y siete cámaras y ofrecer en Blu-ray la posibilidad de alternar el ángulo de visión, no resulta muy atractiva. La toma sonora sí que es extraordinaria, y el ingeniero de sonido juega indisimuladamente con el sonido surround a la hora de ubicar el coro femenino. (8)

 

37. Harding/Sinfónica de la Radio de Baviera (BR, 2022). No sé si será por el contacto “con las alturas” que le permite su trabajo como piloto de aviación profesional o, más bien, la madurez que concede la edad, pero lo cierto es que Harding consigue aunar el concepto siniestro de Herrmann -sin llegar a su genial radicalidad- con la magia tímbrica e inspiración poética de un Karajan -sin alcanzar tampoco su grado de seducción- y ofrecer, de esta forma, una de las más interesantes grabaciones de esta página. Yo diría que la mejor, junto a las dos citadas. A destacar la manera en la que el maestro sostiene el pulso a pesar de la lentitud de los tempi (56’48’’, frente a los 49’36’’ de Previn LSO o los 52’ de Karajan/Berlín, aunque habría que restar medio minuto de “coro difuminándose”), como también la enorme emotividad que bajo su batuta adquiere el tema lírico de Neptuno, aunque basta con los estudiadísimos reguladores del minuto inicial de Marte, particularmente siniestro y mascadísimo hasta el primer clímax, para darse cuenta de que estamos ante una interpretación muy especial. Fabulosas las señoras del coro muniqués, y formidabilísima la grabación a pesar de que la acústica de la Herkulessaal no sea la mejor posible. (10)

miércoles, 29 de agosto de 2012

Reveladores Holst y Britten de Rozhdestvensky con la BBC

Notas de urgencia sobre el disco que acabo de terminar: Los planetas y la Guía de orquesta para jóvenes por Rozhdestvensky al frente de la Sinfónica de la BBC, en la breve etapa en la que fue titular de la misma, grabados en directo en marzo de 1980 en el Royal Festival Hall -deficiente acústica- y en junio de 1991 en Japón -suena peor aún- y recuperados ahora, al parecer después de un concienzudo proceso de restauración que ha hecho lo que ha podido por el sello Ica Classics. Me ha entusiasmado.


El maestro ruso hizo con la obra de Holst lo mismo que con Shostakovich: indagar en sus aspectos más amargos y siniestros, todo ello haciendo gala de un muy rico sentido del color, gran creatividad a la hora de frasear y sacando petróleo de una orquesta que por entonces no era precisamente para tirar cohetes. Heterodoxia total, pues, para una interpretación arriesgada, personal y con mucho de imaginación, sin llegar a los extremos de genialidad que en esta misma línea ofreció en su momento Bernard Herrmann, pero también sin resultar tan discutible en determinados momentos.

Con Rozhdesvensky Marte es hosco, opresivo y especialmente siniestro; su Venus es lento, primorosamente paladeado, muy emotivo y sin asomo de blandura o narcisismo. Mercurio es por el contrario rápido, nervioso y escurridizo. Júpiter más solemne que alegre, con buen aliento lírico y un tratamiento incisivo de las maderas. Saturno arranca con una atmósfera muy gótica y concluye con gran nihilismo, como debe ser. Áspero y amargo Urano. Neptuno, más que místico, ofrece un inquietante distanciamiento. Si no fuera por la orquesta y por la toma sonora, esta interpretación la pondría en el podio de honor junto a las de Previn con la Sinfónica de Londres y la de Karajan con la Filarmónica de Berlín, que siguen siendo -sobre todo la última citada- favoritas de quien suscribe, sin menoscabo de mi afinidad con el citado Herrmann.

Lástima que el Britten tampoco suene lo suficientemente bien, porque se trata de una recreación sensacional por su claridad, por su tímbrica coloreada e incisiva, por el entusiasmo con que está llevada y, sobre todo, por la imaginación y personalidad que despliega un Rozhdestvensky que destila las mejores esencias humorísticas de la obra desde un punto de vista particularmente sarcástico y burlón. El resultado es revelador (¡nunca se había escuchado “tanta música” en esta obra eminentemente didáctica!) y arrebatador. Disco para no perderse.

domingo, 27 de febrero de 2011

Los Planetas de Holst por Bernard Herrmann, al fin en CD

El registro se realizó entre el 23 y el 25 febrero de 1970 en el desaparecido Kingsway Hall de Londres, contando con el brillante y un tanto efectista sistema 4 Phase que por entonces utilizaba Decca. Las sesiones de grabación, que se vieron perturbadas por el hundimiento del techo de la sala sobre el órgano, dejaron entrever cierta desgana por parte de la Filarmónica de Londres, que tan solo unos días más tarde volvió a grabar la partitura, esta vez para Philips y bajo la admirable dirección de Bernard Haitink, con resultados técnicos muy superiores. La crítica la recibió con uñas afiladas, y pronto esta personalísima lectura de The Planets sufrió el ostracismo, hasta el punto de que ocho años después el mismo sello británico volvía a utilizar a la Filarmónica de Londres para realizar una nueva grabación, esta vez con Sir Georg Solti, que marginara definitivamente a la que comentamos. Incluso se cuenta que cuando el propio compositor y director neoyorkino preguntó en una tienda por los ejemplares de su particular visión de la obra maestra de Gustav Holst, le respondieron -muy para su disgusto- que no la tenían porque no la consideraban recomendable. Y ahí quedaron las cintas guardadas, sin pasar a CD, hasta que este mismo mes de febrero de 2011 la división australiana de Decca se ha dignado, por las presiones de algunos grupos de aficionados, a trasvasar el registro a formato digital.


Hace años encontré un ejemplar del LP, de la manera más inesperada, en una tienda de segunda mano de Ciudad Real. Desde el primer momento quedé encantado, pues pude reconocer en la interpretación muchas de los rasgos de la inconfundible personalidad de Herrmann como compositor, al que tanto admiro. Escuché una y otra vez el vinilo, hice comparaciones con otras lecturas e incluso escribí por ahí algún artículo del que ahora no estoy satisfecho. Y esperé hasta ayer mismo, cuando por fin he recibido el doble compacto que incluye, entre otras cosas, el tan deseado trasvase a CD. Vuelta a escuchar, no me cabe la menor duda: aunque hay interpretaciones claramente mejor ejecutadas e interpretadas de modo admirable, sobresaliendo entre ellas la digital de Karajan, esta de Bernard Herrmann es quizá la más personal, creativa y reveladora de cuantas conozco, además de un singular monumento a la interpretación musical.

Es esta una lectura con mucha retranca, tanto que en más de un momento podría uno pensar que esta es la versión que hubiera hecho Otto Klemperer si el de Breslau se hubiese querido acercar -circunstancia harto improbable- a la partitura de Holst. Los tempi son lentos, lentísimos -algo menos en Neptuno-, alcanzando la duración total el récord de los 57 minutos, lo que no impide que la tensión está perfectamente sostenida. El análisis del entramado orquestal es de auténtico cirujano, atendiendo de manera particular a las maderas, tratadas además con un colorido muy singular que -a diferencia de Klemperer, que insistía en la tímbrica incisiva- resalta las sonoridades más oscuras, justo como ocurre con la escritura orquestal del propio Herrmann. No hay interés alguno por la brillantez, ni por el espectáculo sonoro, al tiempo que los aspectos épicos de la obra quedan por completo relegado ante los más atmosféricos, misteriosos y turbulentos. El lirismo se administra con cuentagotas. Y el humor, por descontado, es de una negrura sin concesiones.

¿Una versión “gótica” de The Planets? Pues algo así. Puro Herrmann, en cualquier caso, aunque no se trata exactamente de una “apropiación”, toda vez que el compositor de Vertigo encontró en la música británica en general, y en esta creación en particular, una importante fuente de inspiración de su propia obra. La comunicación entre ambos universos expresivos es, por tanto, bidireccional, independientemente de que la manera en la que el propio Holst interpretaba su obra tenga bien poco que ver -particularmente en los tempi- con lo que hace Herrmann.


En esta recreación hay, sea como fuere, algunos altibajos. Marte resulta atmosférico, ominoso y agobiante, más que desgarrador, y tal vez defraude a los que vayan buscando brillantez sonora. En Venus nos encontramos con un punzante lirismo que por momentos nos traen a la mente pasajes de la más inspirada creación del propio Herrmann, su banda sonora para El fantasma y la señora Muir. Mercurio, no todo lo alado que debiera, revela detalles interesantísimos en el entramado de las maderas.

Lo menos logrado quizá sea Júpiter, emotivo pero algo hinchado en la “elgariana” sección central. Saturno se abre con una introducción escalofriante en la que los violines suspiran con doliente emoción; está claro que aquí es donde nuestro artista se encuentra más cómodo, ofreciendo una lectura particularmente desolada y, de nuevo, más siniestra que rebelde. Lo mejor llega con Urano: ni jovialidad, ni brillantez, ni leches, solo un marcadísimo humor negro que saca un partido insólito de las maderas -la relación con El aprendiz de brujo queda más clara que nunca- y conduce a un clímax de una rabia y desesperación abrumadoras. Tras tanta negrura, Neptuno resulta cálido y hasta consolador.

Total, una lectura personalísima y discutible que podrá entusiasmar o podrá disgustar, pero que todo amante de la música de Holst (¡y no digamos los fans de Herrmann!) deben escuchar. Las piezas que se incluyen en el otro CD que ofrece esta edición de Eloquence Australia no alcanzan semejante interés, pero son dignas de conocer.

La grabación realizada en 1961 por Sir Adrian Boult de la música de ballet de The perfect fool no posee el refinamiento ni la magia sonora de Previn (enlace), pero se encuentra dotada de una rusticidad sonora -algo socarrona- muy atractiva. Menos bien está la de Egdon Heath por el propio Boult: sincera, alejada de la flema y el distanciamiento británicos, pero sin mucha magia. A Moorside Suite es música menor pero muy bella que recibe una interpretación algo sosa por parte de Elgar Howarth y la Grimethorpe Colliery Band. Algo parecido puede decirse de las dos Suites para banda militar a cargo de Frederic Fenell y el Eastman Wind Ensemble, una añeja grabación que se remonta nada menos que a 1955. Y ya en fechas más recientes, concretamente en 1992, el sobrevalorado Christopher Hogwood dirige con frescura, agilidad y luminosidad, pero también cierta tendencia a lo pimpante, una marcada trivialidad y detalles de cursilería marca de la casa, la St Paul’s Suite y A Fugal Concerto frente a la excelente St Paul Chamber Orchestra.

El doble CD puede adquirirse (a mí han tardado tan solo seis días en enviármelo) en MDT (enlace). No sueñen con encontrarlo en las tiendas españolas, porque en Europa solo se vende, que yo sepa, a través de esta página. Insisto: no se lo pierdan.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Clásicos del siglo XX en EMI: de una tacada

Artículo publicado en el número de diciembre de 2010 de la revista Ritmo.
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Muy alto el nivel interpretativo de esta nueva entrega de la barata serie de dobles compactos dedicados a clásicos del siglo XX, ideal para hacerse de una tacada con obras no siempre fáciles de reunir. En el doble dedicado a Gustav Holst sólo desentona -por Júpiter y Neptuno- la en cualquier caso notabilísima lectura de Los planetas a cargo de Sir Adrian Boult (1978, cuarta y última de las que grabó), muy atractiva por su tratamiento de las texturas y por su admirable toma sonora. Todo lo demás es extraordinario, sobresaliendo las lecciones de André Previn en una entusiasta, colorista y muy “cinematográfica” lectura de The perfect fool y en una recreación de Egdon Heath lenta, concentrada y de un adecuado misticismo. Muy sensual registro del grupo 2 de los Himnos del Rig Veda a cargo de Sir Charles Groves, y una delicia la Suite nº 2 para banda militar. Notabilísimo también -y muy británico- Norman del Mar en las obras que le corresponden. En todo caso quien se lleva la palma es Sir Malcolm Sargent con su St Paul’s Suite, una asombrosa demostración de que la alegría y la luminosidad no están reñidas con la densidad y la tensión sonoras, revelándonos en el tercer movimiento insólitos ribetes dramáticos.

Más interpretaciones de lujo para música menor -y yo añadiría que bastante menos poética y más primaria que la de Holst, por no decir otra cosa- las encontramos en el volumen dedicado a Aram Khachaturian. Las suites de Spartacus y Gayaneh registradas por el compositor en 1977 con la Sinfónica de Londres que aquí se presentan son preferibles a las que grabó en 1962 para Decca, y no solo porque las selecciones -muy parecidas- están mejor hechas, sino porque la batuta consigue una mayor depuración técnica, lima estridencias -le ayuda una toma sonora de mayor naturalidad- y se muestra más atenta a la sensualidad; la celebérrima Danza del sable es buen ejemplo de lo dicho. Para la suite de Masquerade se ha recurrido a un registro de 1959 hasta ahora inédito en compacto en el que el compositor Alfred Newman, no todo lo elegante y refinado que debiera, inyecta entusiasmo y pasión desbordantes. Los conciertos para piano y violín, registrados con discreto sonido monofónico bajo la irreprochable dirección de Sir Adrian Boult y el propio Khachaturian respectivamente, se encuentran defendidos por un Mindru Katz de sonido poderoso y enorme sinceridad y por un David Oistrakh -puro fuego controlado- que canta las melodías con una calidez incomparable. Cristina Ortiz firma ágiles y un punto nerviosas versiones de varias piezas para piano solo.

La música grande de verdad llega con los dos cuartetos de György Ligeti, maravillosamente bartokiano el primero, personalísimo y genial el segundo. El Cuarteto Artemis (registro de 1999 prestado por Virgin) se enfrenta a ellos con un sonido delgado -algo raquítico el primer violín- y ágil, también con un apreciable estilo, pero evidenciando desigualdades: bastante inquieta y nerviosa la interesante versión del nº 1, que aporta mucha “guasa” en la sección más irónica, y menos lograda la del nº 2, carente de la tensión sonora, la imaginación y el virtuosismo de las tres referenciales grabaciones del Arditti. Como complemento se incluye el disco de páginas a cappella grabado en 1988 por el Groupe Vocal de France bajo la dirección de Guy Reibel, versiones algo frías pero que nos permiten maravillarnos con la evolución del compositor desde unos comienzos de raíces folclóricas hasta la madurez magistral de Lux aeterna. Correctas Ramifications, y sensacionales las Seis bagatelas para quinteto de viento por Tuckwell y sus muchachos.

Gran idea la de recuperar el CD en el que James Conlon recrea interesantes páginas orquestales del cada día más revalorizado Franz Schreker manteniéndose atento a la clarificación de texturas y ajeno al peligro del decadentismo, aunque quizá sin destilar toda la sensualidad que debiera. Completando el lanzamiento se ofrecen la Sinfonía de Cámara del mismo autor en interpretación extrovertida y angulosa de un Franz Welser-Möst que debería haber paladeado la obra con mayor reposo y atención a la claridad; las Variaciones sobre una canción húsar de Franz Schmidt por Hans Bauer, quien acierta sobre todo en la mágica introducción de carácter impresionista; y los Dos estudios sobre Doktor Faust de Busoni, dirigidos con estilo más británico que germánico -con más elegancia que atmósfera- por Daniell Revenaugh. De propina, Fischer-Dieskau y Thomas Hampson poniendo todo su arte al servicio de dos hermosas páginas de Schreker.

Finalmente nos encontramos con un precioso doble dedicado a Vaughan Williams de altísimo nivel interpretativo en el que sobresale la concentrada objetividad de Bernard Haitink acompañando a unos inspiradísimos Sara Chang e Ian Bostridge en La alondra elevándose y On Wenlock Edge, respectivamente, un cálido Sir Adrian Boult defendiendo la Norfolk Rhapsody nº 1 y la Serenade to Music, un Vernon Handley que ofrece sendas lecciones de estilo en Las avispas y Flos Campi y, sobre todo, un Sir John Barbirolli conmovedor en la Fantasía sobre Greensleeves y genial en su visionaria recreación de la Fantasía Tallis, aunque quien nos termina dando la sorpresa es un juvenil y extraordinariamente cálido Anthony Rolfe Johnson en las Songs of Travel. Menos expresivo que su colega resulta Ian Partridge en el ciclo On Wenlock Edge, que se ofrece en su versión camerística original. En cualquier caso, si no tiene este repertorio en su discoteca, doble imprescindible.

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HOLST: A Somerset Rhapsody. Brook Green Suite. The Perfect Fool. The Planets. Suite nº 2 for Military Band. St. Paul’s Suite. Egdon Heat. Hymns from the Rig Veda. A Choral Fantasia.
Solistas. Orquestas. Dirs: Norman del Mar, André Previn, Eric Banks, Sir Malcolm Sargent, Sir Charles Groves, Imogen Holst.
EMI 6 27898 2
2 CDs. 143’17’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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KHACHATURIAN: Spartacus (suite). Gayaneh (suite). Masquerade (suite). Concierto para piano. Concierto para violín. Cuatro piezas de “Imágenes de la infancia”.
Mindru Kazt, piano. Cristina Ortiz, piano. David Oistrakh, violín. Orquestas. Dirs: Aram Khachaturian, Sir Adrian Boult, Alfred Newman.
EMI 6 27890 2
2 CDs. 151’16’’
ADD
EMI-Hispavox
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LIGETI: Cuartetos para cuerdas nº 1 y 2. Ramificaciones. Seis bagatelas. Lux Aeterna. Tres fantasías sobre Friedrich Hölderlin. Cuatro canciones húngaras. Tres canciones folclóricas húngaras. Canciones de Matraszentimre. Dos canciones húngaras.
Cuarteto Artemis. Quinteto de vientos de Barry Tuckwell. Orquesta de Cámara de Lausana. Dir: Louis Auriacombe. Groupe Vocal de France. Dir: Guy Reibel.
EMI 6 27905 2
2 CDs. 115’04’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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SCHREKER: Sinfonía de cámara. Intermezzo. Vorspiel zu einem Drama. Romantische Suite. Die Dunkelheit sinkt schwer wie Blei. Vorspielm zu einer grossen Oper. In einem Lande ein bleicher Köning. SCHMIDT. Variaciones sobre una canción hussar. BUSONI. Dos estudios sobre Doktor Faust.
Solistas. Orquestas. Dirs: Franz Welser-Möst, James Conlon, Fabio Luisi, Hans Bauer, Daniell Revenaugh.
EMI 6 27973 2
2 CDs. 148’39’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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VAUGHAN WILLIAMS: Fantasia on a Theme by Thomas Tallis. Fantasia on Greensleeves. The Wasps. The lark Ascending. Flos Campi. Five variations of “Dives and Lazaru”. Norfolk Rhapsody nº 1. On Wenlock Edge. Silent Noon. Songs of Travel. Serenade to music.
Solistas. Orquestas. Dirs: Sir John Barbirolli, Vernon Handley, Bernard Haitink, Sir David Willcocks, Sir Adrian Boult.
EMI 6 27910 2
2 CDs. 155’38’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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jueves, 30 de septiembre de 2010

Mucho ojo con Pablo Heras-Casado

Había leído bastantes cosas sobre el joven director andaluz Pablo Heras-Casado (Granada, 1977), pero jamás había tenido la oportunidad de escucharle. Su currículum es impresionante (web oficial), y por ello me desconcertaba el hecho de que apenas dirigiera no ya en Andalucía, sino en España en general. Por otro lado la magnífica entrevista realizada por Pablo J. Vayón (parte 1) (parte 2) nos muestra a una persona inteligente y con las ideas muy claras, si bien al leer que su principal mentor es “Harry Christophers, que para mí es un maestro de la música, por encima de cualquier consideración de género”, un escalofrío me recorrió desde la nuca hasta bastante más abajo.

Pues bien, gracias al grupo de correo Concertarchive (enlace) he podido escuchar un par de retransmisiones radiofónicas que nos muestran, con una excepción que luego comentaré, a un director de muchísimo calibre. Entusiasmado, le pasé las grabaciones a Ángel Carrascosa -una de ellas, la de Chopin, sin decirle quiénes eran los intérpretes- y le encantaron: en su blog ha dejado unos comentarios cuya lectura es muy recomendable (enlace). Y como precisamente hoy el granadino debuta en el Teatro Real con Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny no quiero dejar de ofrecer aquí mis propias impresiones sobre los dos conciertos referidos, a la espera de poder ir yo mismo a la obra de Weill y escuchar por fin a Heras-Casado en directo.

El primero de los conciertos referidos tuvo lugar en Copenhague el 8 de abril de 2010, debut del granadino al frente de la solvente -pero en absoluto excepcional- Sinfónica de la Radio Nacional Danesa. Se abrió el programa con una página poco conocida de Nielsen, Pan y Syrinx, de la que el joven maestro ofreció una lectura brillante y llena de fuerza, atenta a los aspectos expresionistas de esta música y con unas intervenciones solistas muy bien intencionadas en lo expresivo. Lo único que hay que lamentar es que la retransmisión radiofónica, como suele ocurrir en estos casos, comprima la gama dinámica.

A continuación venía el Segundo Concierto de Chopin (el primero en el tiempo, y el menos valioso de los dos). No recuerdo haber escuchado una dirección tan extraordinaria como la de Pablo Heras-Casado. Paladeando la partitura con lentitud y enorme concentración, y desmenuzando la escritura con tal minuciosidad que se escuchan cosas nuevas, el granadino ofrece una visión viril, decidida, tensa y dramática, totalmente alejada del preciosismo o la delicadeza mal entendida, en cuyo segundo movimiento nos conmueve en lo más profundo al tiempo que abre angustiosos interrogantes en su sección central.

El pianista es el turco Hussein Sermet. Nunca le había escuchado, la verdad, aunque se trata de un señor ya maduro con una buena trayectoria a sus espaldas. Me ha dejado de piedra: su manera de aunar sobriedad y cantabilidad, desmenuzando cada nota con sentido (nada que ver con lo mecánico o con el virtuosismo de cara a la galería) e inyectado una enorme fuerza interior es la de un grandísimo intérprete de Chopin. Me ha gustado muchísimo el modo en que plantea los dos movimientos extremos, con virilidad y decisión (puede que alguien eche en falta un poco más de emotividad en el primero de ellos y de sentido del humor en el último), pero donde roza el cielo -ya lo dijo Carrascosa en su comentario- es en el Larghetto, que en sus manos alberga, en perfecta sintonía con la batuta, una palpitación y hasta un dolor interno fuera de lo común. Para mí no hay duda: si esta interpretación saliese en disco compacto o en DVD sería mi favorita de la discografía. Y filmada debe de estar, porque en Youtube tienen ustedes completa la segunda parte del programa, de la que aquí les dejo una muestra.

Pese a que la orquesta se queda corta, nos encontramos ante una interpretación de Los Planetas planteada con toda la brillantez y el colorido que la partitura demanda -pero sin un gramo de retórica-, y trazada además con buen pulso y evidente entusiasmo, ya que no con particular personalidad. Marte posee la garra dramática necesaria sin caer en lo enfático. Venus resulta menos contemplativa y más emocionante de lo que suele, aunque a violín y violonchelo les sobren portamentos. Tras un ágil y animado Mercurio, en Júpiter hay que admirar su grandeza sin grandilocuencia y su lirismo emocionante, nada hinchado. Seco e implacable -aunque no del todo opresivo-, Saturno se ve lastrado por una sección de metales en baja forma. En Urano el maestro acierta a evitar lo meramente lúdico, aunque aún se le puede sacar mayor partido a la página, mientras que en Neptuno se pueden echar de menos el misterio, la magia sonora y el refinamiento que son capaces de obtener los grandes alquimistas sonoros (Karajan a la cabeza de ellos) que se han enfrentado a esta página. En cualquier caso nos encontramos ante una muy notable recreación de la celebérrima partitura de Holst, claramente por encima de la media.

El otro concierto es aún más reciente, del 22 de agosto pasado, y tuvo lugar nada menos que en el Concertgebouw de Amsterdam. Desdichadamente la Orquesta Filarmónica de Cámara de la Radio de Holanda se ve lastrada por serias limitaciones que quedan por completo en evidencia en una obrita genial e increíblemente difícil de interpretar: la Sinfonía Clásica de Prokofiev. Los violines, en concreto, resultan lamentables. En cuando a la dirección, es de admirar su planteamiento decidido y con excelente pulso, elegante pero no blando, ágil pero no pimpante. En cualquier caso, insisto, la obra se las trae, y Pablo Heras-Casado no se cuenta entre los poquísimos maestros (Guilini, Celibidache y, en menor medida, Rostropovich, Ozawa y Muti) que han salido airosos del empeño. En el primer movimiento no ha prestado la atención debida a todas las líneas melódicas, algunas de las cuales apenas se escuchan. El segundo lo resuelve con corrección, pero falta poesía. Mejor sin duda el tercero, más bien ligero pero no superficial, aunque sin toda la retranca que debería. Algo parecido ocurre en el cuarto: la mala leche de la partitura se le escapa.

El programa continuaba con el Segundo concierto de Beethoven, contando como solista con un viejo conocido de la melomanía: Stephen Kovacevich. El veterano pianista californiano ofrece un sonido hermoso, frasea con cantabilidad y presta atención al matiz, pero su enfoque resulta superficial, de un clasicismo amable y delicado que elude los elementos más densos de esta música, por lo que a la postre resulta plano y un tanto aburrido. La batuta de Heras-Casado sigue la misma línea de un Beethoven ajeno a grandes conflictos, pero sabe evitar la frivolidad y la timidez expresiva del pianista, ofreciendo una lectura que alberga fuerza, calidez y comunicatividad.

Quinta de Schubert para completar el programa, nada menos. De entrada sorprende escucharle un Schubert así a alguien vinculado al mundo historicista o semi-historicista. Es decir, un Schubert absolutamente en la tradición, alejado de cualquier planteamiento que derive de algún modo u otro de los instrumento originales. Un Schubert que podía estar realizado por cualquiera de las más célebres batutas de los años sesenta o setenta, un Schubert que, de no estar firmado por quien lo firma, es decir, por un señor que ha trabajado polifonía renacentista y se declara discípulo de Harry Christophers, sería inmediatamente condenado por esos talibanes que de entrada anatematizan cualquier interpretación no receptiva -en todo o en parte- a la renovación filológica de los últimos lustros.

Pero lo importante, en fin, no es que el Schubert de Pablo Heras-Casado sea tradicional, porque eso no lo hace mejor ni peor, sino que es un Schubert magnífico dentro de un clasicismo bien entendido, es decir, de perfecto equilibrio entre forma y fondo, denso en lo sonoro al tiempo que ágil en la articulación, alejado tanto de la pesadez como de esos sonidos livianos ahora tan de moda, cuidadoso con las diferentes voces y, sobre todo, dotado de una calidez, un legato y un vuelo lírico para derretirse; destacan en este sentido el segundo movimiento y el trío del tercero, de una belleza conmovedora. Todo ello, además, sin dejar de lado el aliento dramático que de manera subterránea recorre estos pentagramas, situándose así lejos de intérpretes (¡y críticos!) que quieren ver únicamente amabilidad galante en la música schubertiana. Puede que le falte a la interpretación algo más de tensión interna en general, así como un punto de sal y pimienta, para llegar a lo excepcional, pero que un señor de treinta y tres años, andaluz por más señas, sea capaz de ofrecer una Quinta de Schubert a la altura -o casi- de los grandes maestros resulta poco menos que asombroso. Así que mucho ojo con Pablo Heras-Casado: podemos estar ante una de las grandes batutas del siglo XXI.

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