Ya de camino para mi tierra, y después de ver anoche la Lucia de Lammermoor del Maestranza, acudí esta misma mañana a la clausura de Festival de Música Antigua de Sevilla. Lo protagonizaba la Orquesta Barroca de la localidad, por suerte en un recinto mucho más adecuado para sus dimensiones y características que las habituales iglesias medievales o barrocas. El gran Christophe Coin se encargaba de la dirección y del violonchelo en un programa con obras de Haydn, Boccherini y un tal Cayetano Brunetti (1744-1798), compositor italiano que reside en Madrid desde su adolescencia y trabaja en la corte de Carlos III para finalmente convertirse en director de la Real Cámara en tiempos de Carlos IV.
Tras algún ligerísimo desajuste en el arranque, la OBS deslumbró con un sonido poderoso, firme en el grave, ácido sin pasarse en el agudo y dotado de una rusticidad bien entendida que no dejó de recordar, en su conjunto, al del Ensemble Baroque de Limoges del que es titular el músico francés, lo que vino a confirmar la flexibilidad de la admirable orquesta sevillana. Coin dirigió con impresionante brío y sentido dramático la obertura de L’isola disabitata de Haydn; al menos en sus secciones extremas, porque la central se me antojó un punto pimpante. Al final se impuso la más intensa sobriedad neoclásica.
Vino a continuación el Aria Accademica nº 2 “Se non ti moro allato”, para soprano y cuerda, de Luigi Boccherini. La música no me pareció estimulante, la verdad, pese a que Raquel Andueza lució una voz de calidad, especialmente hermosa en el centro. Suprimida del programa –por su extensión- la Sinfonía nº 23 del citado Brunetti, vino a continuación el Concierto nº 1 para violonchelo de Haydn. ¡Esto sí que es música! Rostropovich –esta obra estuvo siempre vinculada a él desde su descubrimiento en 1961- estuvo muy mal de dedos cuando la ofreció hace años en el Maestranza. Lo de Coin, enorme chelista, ha estado mucho mejor: su intensidad y sinceridad, siempre dentro del enfoque sobrio que le caracteriza, fueron admirables. Además, no puedo dejar de aplaudir la manera en la que, alejándose de esos apriorismos que tanto le gustan a los barrokeros radikales, hizo gala de un vibrato (¡y de unos portamenti!) propios del intérprete más descaradamente romántico. Debo añadir, en cuanto a su faceta de director, que le salen mucho mejor los pasajes enérgicos que aquellos en los que tiene que hacer gala de cantabilidad, sensualidad y humanismo. El adagio, en este sentido, me parece que no estuvo del todo bien aprovechado. Tampoco se lo debió de parecer a la delegada de Cultura del Ayuntamiento, Sánchez Estrella (enlace), que se pasó todo ese movimiento navegando con su móvil.
En la segunda parte vino por fin Brunetti. Me esperaba un ladrillo. Ya saben: descubrimiento histórico de un compositor de primera categoría injustamente olvidado, rescatado por unos músicos intrépidos, con merecidas ediciones de la partitura (a cargo del erario público, cómo no) por parte de los investigadores de turno… y perfectamente olvidable pese a los elogios varios más que predecibles en la prensa amiga. Pues no. Es música de segunda, eso desde luego, pero de buena calidad, bien escrita y con gancho. Me gustó mucho el aria Involarmi il mio tesoro, fresca, vitalista y llena de encanto, y que me recordó mucho (¿demasiado?) al “Guarda un po', mio caro Figaro” que canta Susanna en el arranque de Le Nozze. Estupenda también la escena Non so piu dov’io sia, si bien a la Andueza se le vieron aquí las limitaciones.
Muy interesante, cerrando el programa oficial, la Sinfonía nº 22 con violonchelo solo El maniático, cuyo contenido programático nos explicó el propio Coin en muy estimable castellano. Sin ser ni mucho menos Haydn, hay en la partitura del compositor italiano –o madrileño- un desparpajo, una imaginación y un sano espíritu iconoclasta que, contando una interpretación tan comprometida como la de Coin –espléndido su sentido de los claroscuros- y la OBS, la escucha se convierte en una delicia. El cuarto movimiento de la Sinfonía n 23 anteriormente eliminada, interpretado con enorme vitalidad, cerró un concierto de gran nivel. Se aplaudió bastante.
Lo mejor, que Sánchez Estrella –algo bueno tenía que decir alguna vez de esta señora- se ha comprometido –me consta de fuentes oficiales- a incrementar de manera sustancial su aportación al Festival. Lástima que no le pegue un tirón de orejas a Fami Alquai (director del encuentro, músico excepcional y gestor caracterizado en ser muy generoso con los amiguetes y consigo mismo) por ciertas prácticas de las que les hablaré próximamente. ¿O se han creído que me voy a callar lo de las autoprogramaciones y la “doble vida”, como músico y como “voz de su amo”, del señor Juan Ramón Lara?


