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lunes, 23 de febrero de 2026

Noseda y la London Symphony Orchestra en Sevilla: reflexiones a posteriori

El concierto se había ofrecido dos veces en el Barbican de Londres dentro de la programación de abono: la segunda función es la que retransmitió Stage+ y pueden ustedes ver en espléndida imagen 4K si están suscritos a la misma. Luego la London Symphony y Gianandrea Noseda empezaron su gira y ofrecieron este mismo programa en Valencia, recalando más tarde en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Como en esta otra entrada ya realicé un comentario de los resultados de lo que se puede ver en la plataforma arriba citada, no puedo añadir mucho más sobre lo dicho entonces, toda vez que las cosas han discurrido de manera similar. 

 

Divertimento de El beso del hada magnífico, emotivo e irónico al mismo tiempo sin traicionar el neoclasicismo de Stravinsky. Concierto para piano nº 2 de Chopin dirigido con mucha solidez y fabulosamente tocado por un Seong-Jin Cho que se decidió por una interpretación eminentemente lírica, apolínea en el mejor de los sentidos, muy ágil y un punto aérea, ricamente matizada sin caer en preciosismos vacuos y, en cualquier caso, más hermosa (¡hermosísima!) que emotiva. Luego vino una propina de la que hablaré al final. En la otra mitad del programa, Sinfonía nº 2 de Borodin enérgica y bronca, rápida en los tempi, sanamente rústica, quizá también -lo añado ahora- más rígida de la cuenta, pero cargada de electricidad y fabulosamente desmenuzada. También hubo propina: Polonesa de Eugenio Oneguin de Tchaikovsky

Lo que sí quiero es verter aquí las reflexiones que no dejaron de llegar a mi mente mientras escuchaba el concierto. Reflexiones que de manera inevitable giraban en torno a la muy sustancial diferencia con lo que solo cuarenta y ocho horas antes escuché en el mismo teatro a la Sinfónica de Sevilla bajo la batuta de György Ráth. A ver, no es que el nivel en directo de la London Symphony me fuera desconocido. Si no me fallan las cuentas, primero la escuché en los Proms con Gergiev, también con Haitink y López Cobos en Granada; más tarde en el Barbican con Colin Davis y la Uchida, unos cuantos años después en Úbeda con Temirkanov, luego otra vez en el Barbican con Rattle y Kozhukhin, y finalmente en Madrid con Pappano y Alice Sara Ott. ¿Por qué me ha deslumbrado ahora de manera especial? Con independencia de que Noseda ha realizado un trabajo técnicamente superlativo, hay una fácil explicación: en todos esos casos quien a ustedes se dirige iba a un "acontecimiento especial" en un sitio poco habitual, pero ahora era el Maestranza "de toda la vida" a solo dos días de escuchar a la orquesta "de siempre", con la misma acústica y todo eso. Lo siento, pero la diferencia entre una formación y la otra es brutal.

Mucho ojo, no quiero caer en la estupidez de "lo que tenemos no vale un pimiento, lo bueno es lo de fuera". La ROSS sonó bien con Räth, salvando una sección de metales que, a pesar de realizar una labor maś que meritoria en el dificilísimo Segundo de Bartók -justo lo que escuché con Rattle en el Barbican, aquí tienen una muestra-, no terminaron de empastar. Por otra parte, la London Symphony no es una orquesta cualquiera. Pasados los tiempos de gloria de la Philharmonia de Klemperer y Muti, hoy es la mejor de las tierras británicas. En Europa solo la superan las tres grandes: Berlín, Viena y Ámsterdam, citadas sin orden de preferencia. Es equiparable a las dos Staatskapelle, como también a la maravilla que hay en Leipizig, por mucho que no posea la personalidad de ninguna de ellas. Es aún mejor que a las grandes formaciones de la radio alemana. No es inferior a la Orquesta de París -que se encuentra en un momento de dulce-, se muestra más homogénea y segura que la Filarmónica Checa, y supera ampliamente a lo que hay en latitudes meridionales, España incluida. Finalmente, debemos recordar que detrás de la LSO no se encuentra solo una de las ciudades más musicales del mundo, sino también muchísimo dinero respaldando el proyecto.

 

Dicho esto, la comparación nos hace poner los pies en la tierra. Los melómanos no llenaron el Maestranza para escuchar a la London, mientras que la Sinfónica de Sevilla cuenta con suficientes abonados para realizar dos funciones por programa. Ahora bien, los que estuvieron reaccionaron con un entusiasmo delirante -incluyendo palmas por sevillanas-, nada habitual en los conciertos sinfónicos. Sencillamente, se dieron cuenta de que aquello era aplastantemente superior en lo técnico a lo que se escucha cada semana a la ROSS. La cuerda es una gloria bendita, un conjunto maravillosamente homogéneo que suena con singular tersura y ductilidad. Las maderas, muy notables en lo expresivo, tocaron con agilidad y limpieza portentosa el segundo movimiento de la sinfonía de Borodin. La percusión, no muy importante en este programa, estuvo muy medida. Y los metales dieron todos ellos una tremenda lección: potencia, redondez, equilibrio entre ellos, empaste con la orquesta... ¡Qué trombones en Borodin, cielo santo!

¿A qué quiero llegar con esto? Uno: es imprescindible que las grandes formaciones europeas sigan desfilando por el Maestranza, una iniciativa que está marcando de manera altamente positiva la labor de Javier Menéndez como director del teatro. Dos: la Sinfónica de Sevilla tiene que aspirar a más. Necesita condiciones laborales estables y atractivas para que los mejores músicos no vuelen a otros sitios. Necesita añadir nuevos músicos del máximo nivel posible. Necesita solistas invitados de altura que hagan atractivo el proyecto. Y necesita, sobre todo, un trabajo técnico intenso, echando las horas que haga falta -pagadas, por supuesto- con directores de primera.

Echen un vistazo, por ejemplo, a la Filarmónica de Gran Canaria: mientras György Ráth ofrecía con la ROSS una mediocre obertura de Egmont, allí tenían a Ton Koopman haciendo la Militar de Haydn. Miren su programación y examinen la relación de batutas y solistas. ¿Acaso Las Palmas de Gran Canaria, con 381.000 habitantes, es una ciudad más grande y rica que Sevilla, que cuenta con 688.000? ¿Qué demonios ocurre en la ciudad de la Giralda? ¿Qué les pasa a nuestros políticos, a nuestros potenciales patronos, a los programadores, a todos los implicados en general? ¿Escaso presupuesto? ¿Corta agenda de contactos por parte de los directores artísticos? ¿Desinterés de los empresarios? ¿Conformismo del público? Quizá todo ello a la vez. Nunca podremos aspirar por aquí, ni sería remotamente sensato plantearlo, a financiar una orquesta de primerísima fila, pero el nivel que ahora tenemos con la ROSS que queda en lo correcto. Los que estuvimos el sábado en el Maestranza lo percibimos con meridiana claridad, y luego bien que lo comentamos.

Más pies en la tierra: la London Symphony tampoco es infalible. La propina tchaikovskiana estuvo dirigida por Noseda con muchísima garra -y alguna frase mas dulce de la cuenta en la cuerda-, pero en ella la claridad de texturas no fue óptima, mientras que la sección de metales no empastó con la debida corrección. Nadie es perfecto,salvo quizá esa Filarmónica de Berlín que podemos escuchar casa semana a través de la Digital Concert Hall y que raramente comete fallo. Y cuando los hay, dicho sea de paso, bien que los corrigen en la edición posterior, justo como hace la London Symphony en el sello LSO Live. Lógico y natural.

 

Se me quedaba en el tintero la propina del solista: Vals Op. 64 nº 2 de Chopin, nada menos. Fue lo mejor de la noche. Ahí el surcoreano no se conformó con ofrecer belleza infinita dentro de la más estricta ortodoxia chopiniana, como había hecho durante el concierto. Seong-Jin Cho quiso también crear, ofrecer una opinión personal. Por ello, adoptando un tempo lento (¡nada de exhibicionismo!) y especialmente flexible, se decidió a jugar con la agógica y la dinámica para ofrecer una recreación matizada con tanta creatividad como acierto en la que, comprendiendo a la perfección el carácter orgánico del discurso musical, nos reveló la confesión más íntima y sincera de la escritura chopiniana.

 

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza 

domingo, 17 de julio de 2022

Repertorio ruso por André Cluytens

Con enorme curiosidad por ver cómo hacía André Cluytens este repertorio, me he acercado a una grabación de noviembre de 1958, en aceptable sonido estereofónico –se disfruta sin problemas en la reciente recuperación en HD–, en la que el maestro flamenco se ponía al frente de la Orquesta Philharmonia para hacer Capricho español, En las estepas del Asia Central y Noche en el Monte Pelado.


El resultado suena a tópico, pero me parece claro: lo hacía “a la francesa”. Al menos en la obra de Rimsky-Korsakov, expuesta sin prisa alguna, con fraseo mórbido y desplegando un perfume tímbrico embriagador, pero sin descuidar por ello el carácter festivo. Rusticidad “rusa” no demasiada, y claridad tampoco no toda la posible, pero a la postre me ha gustado muchísimo.

Mucho menos la página de Borodin: demasiado blanda y no del todo poética en las secciones líricas, seca y machacona en las épicas. En cuanto al Monte de Mussorgsky arreglado por Rimsky, me parece bastante bien llevado en la parte tempestuosa –buen equilibrio entre fuerza dramática y finura de trazo– para luego dejarse llevar por una ensoñación seguramente excesiva, pero muy hermosa: el solo de flauta resulta mórbido a más no poder. Lo dicho, muy francés.

domingo, 19 de junio de 2022

Recuperación de un Barenboim excepcional: repertorio ruso en Chicago

Este fue uno de los primeros discos compactos que tuve en mi vida: Daniel Barenboim dirigía a la Sinfónica de Chicago Romeo y Julieta de Tchaikovsky, Capricho español y La gran pascua rusa de Rimsky-Korsakov y Noche en el monte pelado de Mussorgsky en el arreglo de Rimsky. Se trataba, en realidad, del trasvase a soporte digital de un vinilo editado en 1977, pero suprimiendo las Danzas polovtsianas de Borodin por la página de Tchaikovsky, esta grabada ya con sonido digital; sensacional interpretación, ciertamente, pero el programa quedaba alterado. Las Danzas salieron luego en diferentes ediciones, una de ellas suprimiendo los dos minutos iniciales (Danza de las doncellas polovtsianas: gracias a Ángel Carrascosa por el dato).


Pues muy bien, el pasado viernes Deutsche Grammophon nos sorprendía con la edición, solo vía streaming, del elepé original con sonido sustancialmente mejorado: si antes sonaba francamente bien, ahora lo hace de escándalo. Si lo escuchan en Dolby Atmos –hay que tener equipo preparado a tal efecto y estar suscrito a una plataforma con este sistema–, ya ni les cuento.


Volver a estas interpretaciones que tengo tan “requeteescuchadas” ha sido un verdadero placer. Primero, por disfrutarlas en condiciones sonoras mejores que las de antes. Segundo, por confirmar que este señor, a sus treinta y cinco años, dirigía maravillosamente bien este repertorio.

Lo más interesante es que no son estas lecturas altamente temperamentales, de esas de director joven en las que priman el impulso, la brillantez y la comunicatividad. Lo que me ha maravillado, y de eso no me daba cuenta cuando estaba estudiando en Sevilla y me compré el disco, es cómo Barenboim se esfuerza por diseccionar todos y cada uno de los elementos del entramado sinfónico. Lo que hace con Chicago no es precisamente potenciar la opulencia y la brillantez que la formación de Solti podía ofrecer, allá por los años setenta, mejor que ninguna otra –hoy la cosa está más igualada–, sino más bien aprovechar su virtuosismo extremo para alcanzar una limpieza y una claridad que con ningún otro director –repito: con ninguno– se haya conocido. Por no hablar de la administración de tensiones: repárese en cómo empieza la Noche… sin demasiada electricidad y va acumulando energía hasta un clímax lleno de fuerza, para inmediatamente después ir reposando no bruscamente, sino de manera gradual. En lo expresivo hay repertorios en los que el maestro tendría aún que madurar –a su impulsivo Bruckner con la misma orquesta aún le sobraba nerviosismo y le faltaba poso reflexivo–, pero en lo que a técnica de batuta se refiere, este joven ya la poseía en grado superlativo. ¡Y no pocos críticos musicales, los que en su momento fueron más significativos de la revista Scherzo, sostuvieron desde entonces hasta los años noventa que era un pianista metido a director! No se puede ir más allá en sordera y fata de sensibilidad.

Dos cosas más a destacar. Una, la manera en la que Barenboim frasea con naturalidad y sin prisa alguna, paladeando de maravillosa manera todas las melodías –un poco menos el celebérrimo tema lírico de Príncipe Igor–, pero cuidándose mucho de no perder el pulso, y sin dejar tampoco (¡faltaría más, teniendo a los chicagoers a su servicio!) de ofrecer toda la “caña” que estas músicas piden. Dos, el enorme instinto a la hora de no occidentalizar demasiado esta música, es decir, de no suavizar texturas, caer en preciosismos sonoros, buscar contrastes dinámicos excesivos o “brahmsificar” la sonoridad, para dejar que cierta rusticidad bien entendida, incluyendo cierta “chulería” en los metales, se ponga de manifiesto. En fin, un enorme, grandísimo disco felizmente recuperado después de muchos años. Escúchenlo una y otra vez.

domingo, 22 de octubre de 2017

Festival Reiner

Hace poco escribí una entrada sobre un CD con obras de Wagner y Richard Strauss que me permitió hablar tanto de los puntos fuertes y como de las limitaciones de Frizt Reiner. Quizá di entonces una impresión no del todo positiva de quien un servidor y muchos melómanos más consideramos un enorme director, así que traigo hoy un disco llamado Festival, muy breve de duración, que se grabó allá por 1959 con un repertorio que pone en primera plana las mejores virtudes del maestro al frente de una Sinfónica de Chicago impresionante por su seguridad y virtuosismo.

Repertorio, efectivamente, de grandes explosiones orquestales, ese que permite que la batuta ofrezca electricidad, dinamismo, colorido, sentido del ritmo, teatralidad y brillantez en grandes dosis. Lo interesante es que Renier lo hace con tanta atención al trazo global, de una firmeza asombrosa, como al más minúsculo detalle: todo está magníficamente desmenuzado, las dinámicas están bien matizadas y no hay concesión al efectismo vacuo. Reiner deja claro que el fulgor orquestal en absoluto tiene por qué significar vulgaridad ni chabacanería, y si algo podemos aquí reprocharle no interesarse por sacar todo el provecho de los aspectos más melódicos de las músicas que tiene por delante, ni sus posibilidades para destilar sensualidad y atmósfera. Da igual: uno termina deslumbrado.


Concretando un poco, el disco se abre con esa dinámica, colorista y deliciosa página que es la obertura de Colas Breugnon, de Kabalevsky, dicha con un brío perfectamente controlado que nos engancha desde la primera a la última nota. La Marcha eslava de Tchaikovsky conoce una fogosa, dramática y tensa interpretación, también con su cierto sentido del humor y un punto de vulgaridad, aunque aquí Barenboim haya sacado, con la misma orquesta, mayor partido a su tema lírico y a los aspectos más sombríos de la partitura. Que los tiene.

La Marcha polovtsiana de Borodin (no confundir con las danzas de la misma ópera, El principe Igor) rebosa incisividad e irónico sentido del humor, pero también posee ese carácter musculado, rústico y amenazante que necesita. Noche en el Monte Pelado alberga tanta electricidad que a ratos puede resultar un tanto precipitada, pero en cualquier caso posee una enorme fuerza, un carácter muy demoníaco y furioso, y una sonoridad rústica que apunta más a Mussorgsky que a Rimsky. Eso sí, la segunda sección no resulta todo lo lírica ni sensual que debiera, dando la impresión de que quisiera Reiner no romantizar la obra. Aquí está particularmente gloriosa la orquesta, de la que el maestro extrae una tímbrica incisiva muy adecuada.¡Y qué decir de la obertura de Ruslán y Ludmila! Habrá quien prefiera un acercamiento más elegante y equilibrado, pero es difícil resistirse ante el gancho de Reiner y los chicagoers. Puro fuego.

Hay una obra que se desmarca del resto: Marcha miniatura de la Suite nº 1 de Tchaikovsky. Una verdadera delicia, una filigrana en la que el maestro deja muy claro que delicadeza y encanto no son sinónimos de blandura ni de trivialidad. En fin, no se pierdan este disco. Y a ser posible, escuchen la versión en SACD: suena de escándalo. Si no, en Spotify lo tienen.

lunes, 13 de febrero de 2012

Traub, De Maistre y la Orquesta de Valencia para Manos Unidas

Siento muy escasa simpatía por las altas jerarquías católicas, pero creo que dentro de la Iglesia hay un buen número de personas que merecen un reconocimiento mucho mayor del que generalmente reciben. Por ejemplo los misioneros, entre ellos el sacerdote que el pasado viernes 10 presentó en el Palau de la Música el concierto que la Orquesta de Valencia ofrecía en Beneficio de Manos Unidas, y más concretamente de las Mercedarias encargadas de trabajar con mujeres y niños de Mozambique. Apareció vestido con sencillez, por descontado que sin “uniforme”, fue humilde en su breve alocución y no tuvo reparos en confesar que hacían campañas de uso del preservativo (¡si le oyera Ratzinger!) para combatir al VIH, afirmando que según las cifras que manejan éste alcanza casi al 40 por ciento de la población del país africano. Este cura y estas monjas, junto con diferentes seglares de la ONG, se dejan la vida –casi literalmente- en atender a quienes realmente más lo necesitan, así que nosotros lo mínimo que podemos hacer es comprar una de estas entradas –considerablemente más caras que las de un concierto de abono de la misma orquesta- para tener derecho, al menos, de mirarles a los ojos sin que se nos caiga la cara de vergüenza. Lástima que esos chorizos que tan católicos aparentaron ser para forrarse con los sobrecostes de la visita del Papa a Valencia no se pasaran por el Palau: supongo que aún estarían celebrando la absolución del “honorable” Francisco Camps. Así es la vida.

Xavier-de-Maistre-Valencia

Dirigía el evento el titular de la orquesta, Yaron Traub. Comenzó con las Danzas Polovsianas de Borodin -que en principio no estaban en cartel-, y lo hizo muy bien: interpretación brillante pero no pachanguera, dicha con convicción y bien planificada a pesar de alguna pifia por parte de la orquesta. La obra que vino a continuación, el Concierto para arpa de Henriette Renié (1875-1956), me pareció un bodrio considerable por su mortal síntesis de falta de inspiración y mediocridad en la escritura. Si la audición se hizo soportable, incluso grata por momentos, fue por la sensacional intervención de Xavier de Maistre, el prestigioso arpista de la Filarmónica de Viena. Puede tocarse aun mejor –hubo algún pasaje emborronado-, pero no desde luego con mayor musicalidad, pasión, control y capacidad para descender a la sutileza sin perder de vista el trazo global. Traub dirigió con enorme solvencia.

Quinta de Tchaikovsky en la segunda parte. Espléndida labor por parte de la batuta: quizá lo mejor que le he escuchado al maestro israelí. No fue una interpretación ni rápida ni lenta, ni dramática ni épica, ni rústica ni elegante, ni rusa ni occidental. Fue una mezcla de todo con cada elemento en su punto justo; es decir, ortodoxia y sensatez al cien por cien. El trazo fue firme, sin arrebatos ni pérdidas de pulso, pero sin caer tampoco en la rigidez ni en lo cuadriculado, pues el fraseo resultó siempre natural, elegante, dirigido sin prisas pero con decisión hacia los clímax y paladeando sin narcisismos las bellísimas melodías de la partitura. El sonido que Traub extrajo de le la orquesta fue además muy adecuado, con carnosidad en las maderas y plasticidad en la cuerda grave. Puedo reprochar, si acaso, un tercer movimiento sin toda la poesía deseable, así como cierta precipitación en la coda final, pero el resultado global fue superior al que con esta obra consiguen ciertos directores de mayor renombre.

El público -se notaba que no muy preparado: la media habitual de toses, móviles y ruidos varios se multiplicó por cinco- no aplaudió todo lo que semejante recreación se merecía. Aun así, se ofreció como propina una buena interpretación, bastante menos ruidosa y precipitada de lo habitual, de la Danza del sable de Kachaturian. Lo mejor del concierto, en cualquier caso, no estuvo en la música.

viernes, 23 de julio de 2010

Tchaikovsky, Rimsky y Borodin por Van Immerseel

Me dicen unos sabios colegas que Jos van Immerseel es grande. Bien, me he puesto manos a la obra y he vuelto a escuchar con atención el disco Tchaikovsky que, grabado con espléndida toma sonora en Bruselas el 6 de septiembre de 2000, editó el sello Zig-Zag y difundió en España el diario El País en esa colección que, dicho sea de paso, inyectó no poco dinero a la distribuidora Diverdi. Y también me he escuchado el compacto registrado en junio de 2004 en Brujas con las obras más conocidas de Borodin y Rimsky Korsakov. Repertorio ruso para el músico flamenco, pues, para interpretar al frente de su orquesta de instrumentos originales Anima Eterna y con la declarada intención de decir cosas nuevas sobre estas obras tan manoseadas en las que a veces, en palabra del propio Van Immerseel, “se puede escuchar cómo la tradición y la rutina conducen a la deformación”.


Me ha gustado la suite de El cascanueces. Salvo una danza oriental más bien sosa, poco sensual y con poca atmósfera, y un vals sin especial encanto, nos encontramos ante una notable recreación, cuidada y muy bien tocada, que necesita mayores matices, más creatividad y más compromiso expresivo para llegar a esa excepcional que alcanzan un Rostropovich o un Celibidache. La Cuarta del propio Tchaikovsky ofrece menos interés. El primer movimiento resulta deslavazado, alternando momentos logrados con otros sin pulso: hay que planificar mejor las tensiones e inyectar más rebeldía. El segundo es correctísimo pero se muestra por completo indiferente en lo expresivo; al menos no hay blanduras ni amaneramiento. Al scherzo le faltan desparpajo y sentido del humor. El cuarto está bien, no cae en efectismos, pero de ahí no pasa. En suma, una versión correcta, que no saca los pies del plato pero que termina aburriendo de manera considerable. Nada que ver con lo que lograron Abbado y Karajan con la Filarmónica de Viena, o Böhm con la Sinfónica de Londres.


En Scheherezade el trazo es cuidadoso, la orquesta responde muy bien –excelente el violín de Midori Seiler- y la batuta procura equilibrar brillantez, sensualidad y refinamiento en su grado justo, mas la poesía no aparece por ningún lado: el resultado es de una frialdad glacial. Hacen falta imaginación, efusividad, colorido, entusiasmo... Justo lo que consiguen Reiner, Rostropovich y Kondrashin, firmantes de las que para mí son las interpretaciones señeras. Con La gran Pascua Rusa la orquesta tiene la oportunidad de lucir su virtuosismo, al tiempo que la batuta evidencia otra vez su aséptica corrección. La cosa no mejora en Borodin, con unas Danzas Polovtsianas dignas sin más y unas Estepas del Asia Central cuadriculadas, insípidas y soporíferas.

¿Y dónde queda el uso de los instrumentos originales? Miren, me gusta el sonido de las arpas decimonónicas y los metales históricos aportan un colorido interesante en La gran Pascua Rusa, pero no me parece que el uso de esta sin duda espléndida orquesta que es Anima Eterna nos descubra gran cosa ni desde el punto de vista tímbrico ni en lo que al equilibrio de planos se refiere, porque al final es lo que escuchamos es, paradójicamente, lecturas presididas esa rutina contra la que dice actuar el director. Van Immerseel será grande, pero en este repertorio a mí no me lo parece. Ni tampoco en Beethoven, ni en Schubert ni en Liszt, dicho sea de paso. De momento me quedo tan solo con su Ravel, del que ya hablé positivamente en este blog (enlace).

martes, 10 de noviembre de 2009

Scheherazade por Gergiev, en disco

Esta noche las huestes del Kirov (o del Marinski, o como quiera que se llame) se reúnen en Valencia con su director Valery Gergiev para ofrecer tres veladas de ballet que incluyen Scheherazade en la segunda parte del programa. No puedo acudir, pero me ha parecido el momento oportuno para escuchar el disco a cargo de los mismos intérpretes y dejar aquí mis impresiones. Claro que quien haya tenido la paciencia de leer lo que he escrito sobre el director ruso en estos últimos días se hará idea de qué va a ir la cosa.

Pues sí, me parece una floja versión de la suite sinfónica de Rimsky la que aquí nos encontramos. La introducción, con un violinista (Sergei Levitin) pretencioso y afectado, ya deja un mal sabor de boca. No convence el primer movimiento, en exceso ampuloso y muy poco natural. Los dos siguientes están bien, pero su poesía es escasa y su magia más bien ninguna. Puro Gergiev el cuarto: fogoso, extrovertido y brillante a más no poder, pero terriblemente tosco y planteado con excesiva teatralidad, muy de cara a la galería. Desde luego el maestro sabe lo que hace, porque no serán pocos los que se dejen seducir por semejante desmadre efectista.

La orquesta, por descontado, es de buena calidad, y Gergiev la hace sonar con una rusticidad presuntamente muy rusa que algunos encontrarán atractiva. Yo no lo tengo tan claro a ese respecto. De lo que sí estoy seguro es de que hay versiones de la obra mucho mejores, entre ellas las de Reiner, Markevitch, Rostropovich, Ozawa/Boston, Kondrashin y Celibidache (ni Beecham, ni Karajan ni Barenboim estaría en mi lista, lo siento).

El disco Philips se completa con una prosaica lectura de En las estepas de Asia Central (Borodin) y con otra temperamental y muy basta -otra vez Gergiev en estado puro- de Islamey (Balakirev). La confusa, sucia y reverberante toma sonora, inadmisible para datar de 2001, acentúa los peores defectos de la batuta. Es dudoso que en la edición en Super Audio CD mejore mucho la cosa.

sábado, 28 de marzo de 2009

Una maravillosa horterada: Kismet con Gemiagni, Ramey & Co.

Aunque me gusta bastante el género (más que la zarzuela, sin ir más lejos), no soy precisamente un experto en musicales. Tanto es así que no conocía Kismet, una horterada pergeñada por unos tales Robert Wright y George Forrest sobre temas del mismísimo Alexander Borodin -las Danzas Polovsianas en primer plano, claro está- sobre un delirante argumento ambientado en la Bagdad del siglo XI (“A Musical Arabian Night”) que debió de dar pie en Broadway a un tan lujoso como cateto despliegue de escenografía, vestuario y chicas voluptuosas. Arrasó en los Tonys de 1953 y fue pronto llevada al celuloide (con Howard Keel y la dirección de Vincente Minelli: tampoco he visto la película).

Kismet_Gemignani

Pues bien, hete aquí que he podido escuchar (¡gracias, Amazon, por vender barato discos de segunda mano!) la grabación realizada por Sony Classical en 1990 y me lo he pasado realmente en grande. La idea, vuelvo a repetirlo, es una horterada monumental, pero está realizada de manera tan brillante que el resultado termina enganchando; la belleza melódica de Borodin tiene mucho que ver con ello. Y la interpretación contenida en este disco es sencillamente un prodigio.

Elemento fundamental, sin duda, la batuta de Paul Gemignani, quien al frente de una prodigiosa Sinfónica de Londres hace gala de una brillantez, un colorido, una chispa y un swing realmente excepcionales. Los Ambrosian Singers (si no fueron el mejor coro del mundo, poco les faltó) estuvieron maravillosos. Y los cantantes realizaron todos ellos una excepcional labor in que se notase que sus voces fueron grabadas en Nueva York sobre un registro previo de las partes orquestales.

Un Samuel Ramey ya algo mayor pero artistazo como él solo delineó al mendigo-poeta protagonista con una línea vocal envidiable pero sin sonar a cantante de ópera metido en camisa de once varas. Julia Migenes destiló con picardía y sensualidad toda el erotismo de su personaje. El malogrado Jerry Hadley y una deliciosa Ruth Ann Swenson, por entonces los dos aún bien de voz, compusieron a la parejita de enamorados evitando totalmente la cursilería. El actor Dom DeLuise (sí, el que hacía pareja con Burt Reynolds) es un villano gracioso pero afortunadamente no bufonesco. Y Mandy Patinkin tiene una breve pero divertidísima aparición casi al final de la partitura. Una impresionante toma sonora redondea un disco de esos para dejarse de prejuicios y pasárselo en grande.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...