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jueves, 24 de junio de 2021

James Conlon en Sevilla: agua de mayo

Un director de prestigio y solidez: James Conlon. Una orquesta en su mejor momento: la JONDE. Dos cumbres del repertorio sinfónico tradicional: Cuartas de Schumann y Brahms. El concierto de ayer miércoles 23 de junio en el Teatro de la Maestranza fue para un servidor como agua de mayo. Hacía mucho tiempo que no escuchaba cosas así en directo. Tal vez sea un espejismo, tal vez las nuevas variantes del coronavirus se sigan cebando con nosotros en el futuro, pero de momento hemos recuperado cierta impresión de normalidad y hemos disfrutado del evento. No es poco.

Ante todo, hay que descubrirse ante la espléndida labor de la Joven Orquesta Nacional de España, a la que solo hay que reprochar algunas imprecisiones pasajeras de las trompas y –esto sí es grave– las limitaciones de unas trompetas que no terminaron de empastar en casi ningún momento. Pero la madera estuvo francamente bien, mientras que la cuerda sonó con una tersura, un empaste y hasta una voluptuosidad sorprendentes si se tiene en cuenta que no se encontraba especialmente nutrida. Mucho mejor, desde luego, que la de la Sinfónica de Sevilla en su estado actual. Mención especial para algunos solistas, sobresaliendo el primer violín, que ofreció un impresionante solo en el segundo movimiento de Schumann, además de flauta y oboe. Tampoco estuvo nada mal el violonchelo. Bravísimo por todos ellos.

Aun lejos de lo genial, James Conlon es la profesionalidad personificada. Me asegura alguien que lo conoce que “es una de las personas más cultas, educadas y consideradas” (sic) que ha encontrado en su vida. Su técnica –a la antigua, marcándolo todo– es espléndida, e intachable su musicalidad. Ahí está su ciclo Zemlinsky en EMI para demostrarlo. Tampoco debe extrañar que sea uno de los directores favoritos de Plácido Domingo. Sus interpretaciones en el Maestranza fueron notables, más vistosas que reflexivas –se nota que es norteamericano–, pero de sólido trazo horizontal –ni morosidades ni precipitaciones–, adecuada claridad, apreciable intensidad y elevada comunicatividad. Tenemos que olvidarnos de los grandísimos recreadores de estas páginas, de Fürtwangler a Barenboim pasando por Klemperer, Böhm o Giulini. También de aquella singularísima Cuarta de Brahms que ofreció Celibidache en este mismo escenario hispalense, ¡hace ya veintinueve años!

En cualquier caso, podemos puntualizar. El acorde inicial de la Sinfonía nº 4 de Schumann fue mórbido antes que rotundo. El primer movimiento estuvo expuesto de un solo trazo, con limpieza y una agilidad netamente schumanniana en la que no hubo espacio para densidades protobrahmsianas –las que sí hay con los directores arriba citados–, pero tampoco para ese excesivo nerviosismo y esa ligereza mal entendida que hoy se ha puesto de moda. Esa misma tendencia suele convertir el segundo movimiento en una frivolidad: Conlon supo evitarla sin necesidad de optar por la lentitud, y se benefició de un solo de violín formidable. Solvente, pero un tanto rígido y escaso de poesía el tercero. La celebérrima y dificilísima transición, uno de los grandes retos de todo el repertorio sinfónico para cualquier batuta, estuvo muy bien planteado en su arranque, alcanzó el clímax con mucha corrección y no logró ofrecer la limpieza adecuada en su agilísimo remate. El movimiento conclusivo fue lo menos logrado, porque aquí Conlon, por única vez en todo el concierto, se mostró desconcertante y hasta caprichoso en la agógica. No es que no sepa hacer las cosas –todo lo contrario, las hace estupendamente–, sino que no parecía tener claro qué quería hacer. Faltaba, como diría mi admirado Pedro González Mira, una idea expresiva detrás.

En la Sinfonía nº 4 de Brahms no se apreciaron semejantes desequilibrios en el discurso. No hubo creatividad en ningún sentido, ni en el bueno ni en el malo. Pero sí una seguridad en el trazo a prueba de bombas y una considerable sensatez en la expresión. Eché de menos un sonido más propiamente brahmsiano, pero eso es algo que hoy día solo consiguen unos señores llamados Barenboim, Nelsons y Dudamel –quizá también Muti, no así Mehta–. Conlon no explora los pliegues expresivos del primer movimiento, pero sabe conducir con naturalidad los pentagramas hacia una intensísima sección final. El Andante moderato es bajo su batuta eso, un andante; sin sumergirse en brumas ni densidades, el maestro fraseó con sentido del canto y alcanzó un buen equilibrio entre lirismo y sentido trágico, sin miedo de marcar los picos de tensión. Brillante y enérgico el Scherzo. En la descomunal passacaglia conclusiva optó por un enfoque antes épico que dramático, lo que equivale a decir que concedió excesivo relieve a los metales y se quedó un tanto en la superficie; tampoco le vamos a regatear que consiguió con creces dotar de unidad, tensión interna y comunicatividad a la página. Yo dejé a un lado aquel Celibidache de 1992 y disfruté mucho.

martes, 22 de junio de 2021

Bernard Herrmann y las manos de James Conlon

La única grabación completa que se ha grabado de esa maravilla que es la banda sonora de Bernard Herrmann para Vertigo de Alfred Hitchcockme repito: una de las obras cumbre de la Historia del Arte– es la realizada por James Conlon al frente de la Orquesta de la Ópera de París –de la que entonces era titular– en 1998. Está estupendamente dirigida por el maestro norteamericano, quien mañana miércoles –dicho sea de paso– se presenta en Sevilla al frente de la JONDE. Y es, además, la versión la mejor grabada. Lo curioso es que no se trata de un registro comercial.

En realidad, la iniciativa parte de un proyecto artístico del británico Douglas Gordon llamado Feature Film. En este enlace pueden encontrar más información, que les resumo: Gordon realiza una filmación de la cara y las manos –nada más, a la orquesta ni se la intuye– del maestro mientras dirige, luego realiza una edición teniendo muy en cuenta tanto la partitura como el montaje de la película, y finalmente proyecta el resultado en una pantalla de gran tamaño, en un caso –hay dos versiones– de manera doble –Madeleine y su reflejo, claro está–, en otro acompañando a una copia muda del celuloide. Más tarde se editó un libro de fotografías en el que se incluía un CD ¡con la música en un solo corte! Y ahí quedó la cosa.

Luego los aficionados han troceado la pista única y han hecho circular incesantemente el registro de manera corsaria. Así lo conseguí yo en su momento, y así se lo comenté a ustedes aquí mismo. Lo que ocurre es que hace algunos años un alma caritativa ha tenido la bondad de subir no ya el audio, sino el vídeo a YouTube, así que ahora lo tenemos fácil: no solo podemos escuchar en su integridad esta música cautivadora, sino que también podemos ver las manos y el rostro del maestro Conlon mientras dirige.

La cuestión es, ¿merece la pena contemplar tan singular filmación, o basta con escuchar el audio? A mi modo de ver, sí que merece la pena. Y mucho. Porque lo que hace Douglas Gordon tiene valor por sí mismo. Lejos de la neutralidad –necesaria neutralidad– de la inmensa mayoría de filmaciones de maestros en el podio, el artista adopta una posición subjetiva en la que el punto de partida es exactamente el mismo que el del genial cineasta británico: la expresión no viene dada por la interpretación de los actores, sin por el uso del lenguaje cinematográfico. Aquí la gestualidad de Colon es lo de menos. Lo importante es cómo están filmados esos gestos. Cuáles son esos planos, cómo están montados, qué relación tienen con la dramaturgia –en este caso, con la partitura, que cuenta con su propio hilo dramático–, cómo dialogan con el objeto representado… Todo ello planteado como un verdadero tour de force, porque de lo que se trata es de hacer esto limitándose al rostro, a los brazos y a las manos de un señor que dirige una orquesta invisible durante más de hora y cuarto, contando con el único comodín de algunos breves interludios de filmación más o menos abstracta como transición. Gordon sabe sacar provecho de todo, y hasta se permite jugar con la profundidad de campo.

Por lo demás, las referencias a los inolvidables títulos de crédito de Saul Bass están clarísimas: los primeros planos de ojo y boca, los movimientos geométricos en espiral repetidos una y otra vez, la dialéctica entre estatismo y el movimiento, la boca –y aquí también la oreja– como pozos sin fondo que no son sino metáforas de la pasión destructora… Solo en las dos escenas de amor –la de las cocheras de la misión y la del hotel– Gordon se aparta del lenguaje de Hitchcock y Bass para optar por una planificación extremadamente acelerada que, lejos de lo “videoclipero”, funciona bastante bien. En fin, no insisto en las recomendaciones: escuchen y vean por sí mismos.

miércoles, 20 de junio de 2018

Domingo vs. Nucci

Dicen por ahí que Plácido Domingo es un monumental fraude en los papeles baritonales escritos por Verdi. Las mismas voces afirman que Leo Nucci, un año más joven que el tenor madrileño, sí que conserva las verdaderas esencia del canto verdiano. Y además es un barítono de verdad. Pues vale.



Aquí tienen estas dos versiones de la sublime aria "Pietà, rispeto, amore" de Macbeth a cargo de los dos citados artistas. La primera procede de una filmación de la Ópera de Los Ángeles realizada en 2016, y en ella Domingo se encuentra acompañado por James Conlon. La segunda es de ahora mismito y ha sido subida a YouTube por la Ópera de Lieja, donde se siguen ofreciendo estas funciones bajo la batuta de Paolo Arrivabeni protagonizadas por Leo Nucci.



Escuchen las dos, por favor. ¿Hace falta decir más?


sábado, 2 de abril de 2011

Ullmann y Zemlinsky en DVD: El enano y El jarrón roto

ULLMANN: El jarrón roto. ZEMLINSKY: El enano.
Dixon, Dunleavy, Johnson, Anthony. Coro y Orquesta de la Ópera de Los Ángeles. Dir. James Conlon.
Arthaus 101 527
DVD 122’
DDD
Ferysa
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El jarrón roto es una breve comedia, simpática pero menor, que escribió Viktor Ullmann poco antes de ser encerrado en Terezin (moriría dos años más tarde gaseado en Auschwitz); recuerda un poco a La nariz, de Shostakovich, sin llegar ni mucho menos a su grado de acidez y surrealismo. El enano había sido escrita por Zemlinsky mucho antes, recibiendo su estreno de la mano de Otto Klemperer en 1922. Basada en un relato de Oscar Wilde inspirado a su vez en Las meninas, nos encontramos frente a un drama con no pocos parentescos temáticos -lo señala el propio James Conlon en sus magníficas notas- con Salomé. La música, de embriagadora sensualidad, alcanza altas cotas de emotividad en el momento en el que el protagonista descubre la verdad de su naturaleza: no es más que un bufón que sirve de juguete a la caprichosa infanta de España.

Las dos obras reciben en esta filmación de marzo de 2008 unas notables interpretaciones apoyadas en la sensatez de la doble producción escénica a cargo de Darko Trensjak (inspirada en el cuadro velazqueño en el caso de Zemlinsky) y, sobre todo, en la magnífica labor de batuta de James Conlon. Correctas las voces, sobresaliendo la infanta de Mary Dunlevay y defraudando el barítono James Johnson en su doble papel de Don Estoban y del juez Adam. El enano de Rodrick Dixon queda muy por debajo en lo vocal de David Klueber (protagonista de la grabación en audio del propio Conlon, en EMI), pero convence en su labor escénica. Como no hay alternativas, DVD obligatorio.

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Artículo publicado en el número de marzo de 2011 de la revista Ritmo

PS. Justo después de visionar este DVD la emoción me llevó a dejar unas líneas en este blog (enlace) sobre el recibimiento que algunos críticos sevillanos le propinaron a la idea de Pedro Halffter de programar conjuntamente El enano y Una tragedia florentina. Pues bien, añadamos ahora que el Liceu anuncia una programación teóricamente más conservadora para la próxima temporada con motivo de la crisis, e incluye en ella el mismo doblete Zemlinsky que se vio junto a la Torre del Oro (como también esa maravilla que es El Gran Macabro, dicho sea de paso). Está claro que el concepto de "modernidad" no es el mismo en Barcelona que en Sevilla. Sea como fuere, el acierto a la postre fue para el Maestranza, que marcó el gol de estrenar en España ambas partituras. Mal que le pese a algunos.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Clásicos del siglo XX en EMI: de una tacada

Artículo publicado en el número de diciembre de 2010 de la revista Ritmo.
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Muy alto el nivel interpretativo de esta nueva entrega de la barata serie de dobles compactos dedicados a clásicos del siglo XX, ideal para hacerse de una tacada con obras no siempre fáciles de reunir. En el doble dedicado a Gustav Holst sólo desentona -por Júpiter y Neptuno- la en cualquier caso notabilísima lectura de Los planetas a cargo de Sir Adrian Boult (1978, cuarta y última de las que grabó), muy atractiva por su tratamiento de las texturas y por su admirable toma sonora. Todo lo demás es extraordinario, sobresaliendo las lecciones de André Previn en una entusiasta, colorista y muy “cinematográfica” lectura de The perfect fool y en una recreación de Egdon Heath lenta, concentrada y de un adecuado misticismo. Muy sensual registro del grupo 2 de los Himnos del Rig Veda a cargo de Sir Charles Groves, y una delicia la Suite nº 2 para banda militar. Notabilísimo también -y muy británico- Norman del Mar en las obras que le corresponden. En todo caso quien se lleva la palma es Sir Malcolm Sargent con su St Paul’s Suite, una asombrosa demostración de que la alegría y la luminosidad no están reñidas con la densidad y la tensión sonoras, revelándonos en el tercer movimiento insólitos ribetes dramáticos.

Más interpretaciones de lujo para música menor -y yo añadiría que bastante menos poética y más primaria que la de Holst, por no decir otra cosa- las encontramos en el volumen dedicado a Aram Khachaturian. Las suites de Spartacus y Gayaneh registradas por el compositor en 1977 con la Sinfónica de Londres que aquí se presentan son preferibles a las que grabó en 1962 para Decca, y no solo porque las selecciones -muy parecidas- están mejor hechas, sino porque la batuta consigue una mayor depuración técnica, lima estridencias -le ayuda una toma sonora de mayor naturalidad- y se muestra más atenta a la sensualidad; la celebérrima Danza del sable es buen ejemplo de lo dicho. Para la suite de Masquerade se ha recurrido a un registro de 1959 hasta ahora inédito en compacto en el que el compositor Alfred Newman, no todo lo elegante y refinado que debiera, inyecta entusiasmo y pasión desbordantes. Los conciertos para piano y violín, registrados con discreto sonido monofónico bajo la irreprochable dirección de Sir Adrian Boult y el propio Khachaturian respectivamente, se encuentran defendidos por un Mindru Katz de sonido poderoso y enorme sinceridad y por un David Oistrakh -puro fuego controlado- que canta las melodías con una calidez incomparable. Cristina Ortiz firma ágiles y un punto nerviosas versiones de varias piezas para piano solo.

La música grande de verdad llega con los dos cuartetos de György Ligeti, maravillosamente bartokiano el primero, personalísimo y genial el segundo. El Cuarteto Artemis (registro de 1999 prestado por Virgin) se enfrenta a ellos con un sonido delgado -algo raquítico el primer violín- y ágil, también con un apreciable estilo, pero evidenciando desigualdades: bastante inquieta y nerviosa la interesante versión del nº 1, que aporta mucha “guasa” en la sección más irónica, y menos lograda la del nº 2, carente de la tensión sonora, la imaginación y el virtuosismo de las tres referenciales grabaciones del Arditti. Como complemento se incluye el disco de páginas a cappella grabado en 1988 por el Groupe Vocal de France bajo la dirección de Guy Reibel, versiones algo frías pero que nos permiten maravillarnos con la evolución del compositor desde unos comienzos de raíces folclóricas hasta la madurez magistral de Lux aeterna. Correctas Ramifications, y sensacionales las Seis bagatelas para quinteto de viento por Tuckwell y sus muchachos.

Gran idea la de recuperar el CD en el que James Conlon recrea interesantes páginas orquestales del cada día más revalorizado Franz Schreker manteniéndose atento a la clarificación de texturas y ajeno al peligro del decadentismo, aunque quizá sin destilar toda la sensualidad que debiera. Completando el lanzamiento se ofrecen la Sinfonía de Cámara del mismo autor en interpretación extrovertida y angulosa de un Franz Welser-Möst que debería haber paladeado la obra con mayor reposo y atención a la claridad; las Variaciones sobre una canción húsar de Franz Schmidt por Hans Bauer, quien acierta sobre todo en la mágica introducción de carácter impresionista; y los Dos estudios sobre Doktor Faust de Busoni, dirigidos con estilo más británico que germánico -con más elegancia que atmósfera- por Daniell Revenaugh. De propina, Fischer-Dieskau y Thomas Hampson poniendo todo su arte al servicio de dos hermosas páginas de Schreker.

Finalmente nos encontramos con un precioso doble dedicado a Vaughan Williams de altísimo nivel interpretativo en el que sobresale la concentrada objetividad de Bernard Haitink acompañando a unos inspiradísimos Sara Chang e Ian Bostridge en La alondra elevándose y On Wenlock Edge, respectivamente, un cálido Sir Adrian Boult defendiendo la Norfolk Rhapsody nº 1 y la Serenade to Music, un Vernon Handley que ofrece sendas lecciones de estilo en Las avispas y Flos Campi y, sobre todo, un Sir John Barbirolli conmovedor en la Fantasía sobre Greensleeves y genial en su visionaria recreación de la Fantasía Tallis, aunque quien nos termina dando la sorpresa es un juvenil y extraordinariamente cálido Anthony Rolfe Johnson en las Songs of Travel. Menos expresivo que su colega resulta Ian Partridge en el ciclo On Wenlock Edge, que se ofrece en su versión camerística original. En cualquier caso, si no tiene este repertorio en su discoteca, doble imprescindible.

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HOLST: A Somerset Rhapsody. Brook Green Suite. The Perfect Fool. The Planets. Suite nº 2 for Military Band. St. Paul’s Suite. Egdon Heat. Hymns from the Rig Veda. A Choral Fantasia.
Solistas. Orquestas. Dirs: Norman del Mar, André Previn, Eric Banks, Sir Malcolm Sargent, Sir Charles Groves, Imogen Holst.
EMI 6 27898 2
2 CDs. 143’17’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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KHACHATURIAN: Spartacus (suite). Gayaneh (suite). Masquerade (suite). Concierto para piano. Concierto para violín. Cuatro piezas de “Imágenes de la infancia”.
Mindru Kazt, piano. Cristina Ortiz, piano. David Oistrakh, violín. Orquestas. Dirs: Aram Khachaturian, Sir Adrian Boult, Alfred Newman.
EMI 6 27890 2
2 CDs. 151’16’’
ADD
EMI-Hispavox
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LIGETI: Cuartetos para cuerdas nº 1 y 2. Ramificaciones. Seis bagatelas. Lux Aeterna. Tres fantasías sobre Friedrich Hölderlin. Cuatro canciones húngaras. Tres canciones folclóricas húngaras. Canciones de Matraszentimre. Dos canciones húngaras.
Cuarteto Artemis. Quinteto de vientos de Barry Tuckwell. Orquesta de Cámara de Lausana. Dir: Louis Auriacombe. Groupe Vocal de France. Dir: Guy Reibel.
EMI 6 27905 2
2 CDs. 115’04’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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SCHREKER: Sinfonía de cámara. Intermezzo. Vorspiel zu einem Drama. Romantische Suite. Die Dunkelheit sinkt schwer wie Blei. Vorspielm zu einer grossen Oper. In einem Lande ein bleicher Köning. SCHMIDT. Variaciones sobre una canción hussar. BUSONI. Dos estudios sobre Doktor Faust.
Solistas. Orquestas. Dirs: Franz Welser-Möst, James Conlon, Fabio Luisi, Hans Bauer, Daniell Revenaugh.
EMI 6 27973 2
2 CDs. 148’39’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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VAUGHAN WILLIAMS: Fantasia on a Theme by Thomas Tallis. Fantasia on Greensleeves. The Wasps. The lark Ascending. Flos Campi. Five variations of “Dives and Lazaru”. Norfolk Rhapsody nº 1. On Wenlock Edge. Silent Noon. Songs of Travel. Serenade to music.
Solistas. Orquestas. Dirs: Sir John Barbirolli, Vernon Handley, Bernard Haitink, Sir David Willcocks, Sir Adrian Boult.
EMI 6 27910 2
2 CDs. 155’38’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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lunes, 4 de octubre de 2010

Mahagonny en DVD: Salzburgo y San Francisco

A la espera de que se distribuya internacionalmente -si es que lo hace- la filmación en el Metropolitan de Nueva York de 1979 con la Stratas y la Varnay (¡nada menos!) bajo la dirección de Levine que acaba de aparecer en edición limitada (enlace), sólo hay de momentos dos interpretaciones en DVD de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny de Kurt Weill. La primera corresponde al Festival de Salzburgo de 1998. Un proyecto de Mortier, pues, como lo es el que actualmente puede verse en Madrid. La propuesta escénica era de Peter Zadek y frente a la Sinfónica de la Radio de Viena se ponía Dennis Russel Davies. Dos nombres importantes en el elenco: Catherine Malfitano y Gwyneth Jones. La filmación, impecablemente realizada por Brian Large, ofrece una espléndida calidad de imagen, pero por desgracia ninguna de sus ediciones (Arthaus en Europa, Kultur en EEUU) cuenta con subtítulos en castellano.

La segunda se ofreció en la Ópera de los Ángeles bajo la dirección de su titular James Conlon en 2007, y en ella se pretendía reunir al regista y la diva que habían triunfado por todo lo alto en una singular producción de Sweeney Todd, John Doyle y Patti Lupone, aunque quien se terminó llevando el gato al agua fue Audra McDonald en el rol de Jenny Smith. Todos cantan aquí en inglés el texto de Bretch, al contrario que en la representación salzburguesa. El DVD de Euroarts cuenta venturosamente con traducción castellana y aporta sonido DTS 5.1 auténtico (con micrófonos recogiendo el sonido ambiente), por lo que se convierte en la primera opción de compra. Aun así pienso que se deben conocer los dos, porque Malfitano y McDonald ofrecen visiones muy distintas, complementarias y fascinantes del personaje de la prostituta.

Catherine Malfitano, una señora no precisamente guapa pero de irresistible atractivo físico, es un auténtico putón verbenero: su manera de mirar o de llevarse la comida a la boca nos dejan bien claro que nos encontramos ante una zorra sin complejos. Sexo puro y duro, y de primerísima calidad además. Claro que el personaje no se queda ahí, porque la artista norteamericana, más actriz que cantante, nos va relevando sus pliegues psicológicos a medida que la acción avanza para ofrecernos al final a una Jenny muy débil y humana que llega a llorar de verdad (¡inmenso animal escénico!) en la escena de la ejecución del protagonista.



Lo de Audra McDonald en San Francisco es bien diferente. Dejando muy al descubierto -brevísimo vestuario- un cuerpo escultural, de lo más asombroso que se ha visto nunca en una soprano, y armada de unas dotes dramáticas no precisamente menores que las de su colega, pues no en vano la artista californiana es actriz profesional además de cantante, nos ofrece una Jenny que no es tanto para tirársela como para enamorarse perdidamente de ella: preciosa, bellísima y perfecta, casi angelical pese a sus formas explosivas, pero a la postre mucho más fría y carente de sentimientos. Una auténtica muñeca sin corazón, pues, en consonancia con la visión escénica de John Doyle. Vocalmente está fabulosa, mucho mejor que la Malfitano.

Algo hay que decir de las otras dos señoras en sus respectivas encarnaciones de Leocadia Begbick. La gran Gwyneth Jones no está bien de voz (su instrumento ya estaba seriamente deteriorado en los setenta), pero se mueve con mucha clase en la escena. Preferible encuentro a Patti Lupone en San Francisco, no tanto por cuestiones musicales como porque la escena aprovecha bastante mejor su inmenso talento escénico: su encarnación de la viuda es, con toda propiedad, mucho más malévola y divertida.

Ninguno de los dos tenores es para tirar cohetes. En Salzburgo el malogrado Jerry Hadley empezaba ya a evidenciar (¡qué afinación!) su declive vocal, si bien le pone mucha voluntad al asunto. En San Francisco Anthony Dean Griffey ofrece una encarnación muy sólida pero que no pasará a la historia de Jimmy. Sobre el resto no hay mucho que decir: los dos elencos resultan bastante notables, siendo de justicia destacar en Salzburgo el Pennybank de ese estupendo actor –metido ahora a director escénico- que es Dale Duesing.

Dennis Russel Davies ofrece una irregular labor de foso que acierta en los momentos más “canallas”, como toda la escena del sexo en el segundo acto con la banda sobre el escenario, pero se queda bastante corta en tensión y variedad expresiva: termina haciendo la música de Weill más aburrida de lo que ya es. Convence más James Conlon, que aborda la partitura desde un prisma más propiamente sinfónico y mantiene la convicción en todo momento, si bien un poco más de aroma arrabalero no le hubiera venido nada mal.

En lo que a las direcciones escénicas respecta, creo que también San Francisco sale ganando, aunque en ambos casos nos encontramos con propuestas de gran sensatez que intentan servir mucho antes a Weill y Bretch que a divismo ocurrente del regista. Tampoco hay miedo por parte de ninguno de ellos a la hora de asumir el mensaje ese contenido político del libreto que tanto parece molestar a muchos (¡como si en los Mozart/Da Ponte o en el Verdi juvenil no hubiese cargas ideológicas de profundidad en contra de las autoridades del momento!). La labor salzburguesa de Peter Zadek, apoyada por una interesante escenografía de de Richard Pediuzzi que homenajea al fascinante pintor Giorgio De Chirico, es quizá la que sigue más fielmente las ideas originales de Bretch, si bien a mi modo de ver sobran las citas literales a McDonalds o la Estatua de la Libertad. Falta en su trabajo un punto de imaginación y, sobre todo, de ironía y mala leche. Justo quizá lo que ofrece, mirando antes al terreno del musical que al de la ópera, la muy notable propuesta californiana de John Doyle.

Creo que no hay más que añadir: el DVD de Euroarts es el que hay que tener, pero el de Salzburgo no resulta desdeñable.

domingo, 11 de enero de 2009

Vértigo a lomos de la Mula: Conlon dirige Herrmann

Hasta ahora no he escrito nada en este blog sobre la creación de quien, como confieso en mi perfil, sigue siendo mi compositor favorito: el norteamericano Bernard Herrmann (1911-1975). No sé, quizá sea por la dificultad de hablar sobre una música con la que, siendo seguramente de segunda fila, me siento identificado como con pocas. O quizá no haya sido más que casualidad. Sea como fuere, voy al grano: alguien ha colgado en el Emule una de las más inencontrables grabaciones de la obra cinematográfica de este compositor.

Me estoy refiriendo al registro que James Conlon hizo en 1999 al frente de la que por entonces era su orquesta, la de la Ópera de París, de la partitura completa -se incluyen fragmentos de pocos segundos- que escribió el neoyorquino para esa obra maestra absoluta no ya de Alfred Hitchcock, sino de toda la historia del cine, que es Vértigo. El compacto se ofrecía en un solo corte y dentro de un libro lleno de fotografías del propio Conlon, y asociado a una instalación que al parecer se ofrecía por aquellas fechas en la capital francesa. Ni yo ni muchos otros fans de Herrmann pudimos hacernos en su momento con un ejemplar del hoy descatalogadísimo libro escrito por Douglas Gordon.


Pues bien, algún alma caritativa ha tenido la paciencia de trocear la pista única original en las cuarenta y dos piezas de que consta la partitura y subirlas al Emule ([Nachoherrmann-401]Bernard.Herrmann.-.Vertigo.-.Complete.Score.-.Orchestre.de.l'Opéra.de.Paris). Viene en MP3, pero aún así el sonido es espléndido. ¿Merece la pena, existiendo ya dos ediciones casi completas de esta música, la banda sonora original dirigida por Muir Mathieson y la regrabación digital de Joel McNeely? Rotundamente sí, por tres motivos: es la única que contiene el score en su integridad, es quizá la que mejor suena y está estupendamente interpretada.

Aquí, no obstante, hay que hacer una salvedad. Conlon, por motivos que se me escapan, procura ser fiel a los tempi de la película, lo que significa que desde el punto de vista puramente musical a veces se precipita un tanto y, con su fraseo nervioso y afilado, no siempre deja respirar a la música todo lo que debe. La comparación con la breve suite que grabó en 1968 para Decca el propio Herrmann resulta en este sentido reveladora: páginas tan importantes como el preludio y la escena de amor -o la primera aparición de Madeline, que el compositor no incluyó en su selección- podían estar más paladeados.

Ahora bien, el director neoyorquino dirige con un entusiasmo y un sentido teatral encomiables, y hace gala además de un rico sentido del color y de gran sabiduría a la hora de tratar a la madera grave de esa manera tan peculiar que requiere la música herrmaniana. Además hace una apuesta muy interesante por resaltar los momentos más escarpados de la partitura, lo que beneficia particularmente a las dos escenas de la torre, que nunca han sonado con tanta garra y fuerza dramática.

Bueno, ¿y la música? Supongo que quien haya leído hasta aquí ya sabe de qué va la cosa, pero por si acaso, repetir que nos encontramos -salvando las siderales distancias- ante el Tristán del siglo XX, una partitura en torno al amor y la muerte, atmosférica y agónica como pocas, en la que Herrman hizo gala de toda su sabiduría como melodista, como orquestador y como hombre de gran sensibilidad audiovisual, para elaborar una música perfecta para las imágenes, desde luego, pero también válida por sí misma. Aquí está la prueba de ello.

Para el muy interesado, aquí va un par de links sobre esta grabación, uno en inglés (enlace) y otro, con menos contenido, en castellano (enlace).

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...