Mostrando entradas con la etiqueta Orquesta de Valencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Orquesta de Valencia. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de enero de 2016

Dausgaard sacar el mejor partido de la Orquesta de Valencia

En la entrada anterior, a tenor de un Blu-ray con interpretaciones de Brahms, Dvorák, Sibelius y Nielsen, mostraba mis dudas acerca de las bondades interpretativas de Thomas Dausgaard, planteándome interrogantes sobre los resultados de su concierto previsto para ayer viernes 15 frente a la Orquesta de Valencia. Al final ha sido un éxito considerable, y ha quedado perfectamente explicado por qué este señor, que desde el punto de vista expresivo no tiene cosas muy interesantes que decir, ha adquirido la reputación de la que ahora goza: bajo su batuta, la formación del Turia ha sonado de manera mucho más satisfactoria de lo que suele, dejando claro que alberga un importante potencial que solo puede salir a la luz cuando se ponen a su frente maestros con una gran técnica a sus espaldas. En este sentido, bravísimo por Dausgaard y por unos músicos que supieron estar a la altura dando lo mejor de sí mismos.

Me sorprendió la obertura La bella Melusina, no lo mejor de Mendelssohn pero sí una obra de enorme belleza, porque sabiendo que el maestro danés suele interpretar este repertorio dejándose influir al menos en sus grabaciones al frente de la Orquesta de Cámara Sueca por la escuela de los instrumentos originales, esperaba una lectura de tempi rápidos y articulación historicista. Pues no: la realización de Dausgaard fue no solo por completo tradicional, sino también admirablemente certera a la hora de alcanzar ese difícil equilibrio entre ligereza, calidez, carácter bullicioso y vuelo lírico que demandan las creaciones del autor alemán. El resultado fue notabilísimo.


El solista de lujo de la velada fue Bruno Schneider, quien comenzó interpretando el hermoso Larghetto para trompa y orquesta de Emmanuel Chabrier, dirigido por Dausgaard con enorme vehemencia, haciendo gala de un legato prodigioso y de unos difuminados acongojantes, a despecho de algunos roces que apenas tuvieron importancia. Magníficamente secundado por María Rubio, solista de la propia Orquesta de Valencia, ofreció a continuación el Concierto para dos trompas atribuido a Joseph Haydn derrochando de nuevo un sonido de increíble belleza, maleable a más no poder, y una gran sensibilidad para el matiz. La batuta dirigió con aseada corrección, de nuevo en una línea tradicional sin espacio para el historicismo, en cualquier caso sin poder hacer mucho frente a una partitura según las notas al programa escritas por Rosa Solà podría ser de Michael Haydn o de Antonio Rossetti bastante escasa de verdadera inspiración. Por eso mismo, pese al enorme arte de Schneider, me aburrí un poco.

Primera sinfonía de Elgar para concluir. El recuerdo de la referencial e insuperable interpretación de Daniel Barenboim me impide expresar especial entusiasmo ante la escuchada en Valencia, pero tampoco se puede negar a Dausgaard la muy apreciable calidad de su lectura, francamente bien planificada, ajena por completo a la pesadez, la retórica vacua y los excesos victorianos, y desde luego muy hermosa, sincera, cálida y elocuente en el Adagio; como único reparo, el final del cuarto movimiento resultó en exceso lineal y se perdió un tanto de la grandeza y del carácter visionario que necesita. La orquesta, ya digo que a un nivel muy superior al que en ella es habitual, estuvo bien modelada planos sonoros, texturas por un Dausgaard que sabía perfectamente lo que se hacía. La cara de entusiasmo de los todos artistas al terminar dejaba clara la sintonía entre ellos y la satisfacción por un trabajo bien realizado.

sábado, 14 de junio de 2014

Réquiem de Verdi en Valencia: un coro sensacional para una interpretación a olvidar

Ya desde la primera intervención a capella quedó bien claro por dónde iba a discurrir la interpretación del Réquiem de Verdi que ofreció ayer viernes 13 de junio, convertido en casual homenaje al tristemente fallecido Rafael Frühbeck de Burgos, la Orquesta de Valencia en el Palau de la Música de la capital: un coro absolutamente de lujo, el Philharmonia Chorus, que no será ya el mítico de tiempos de Wilhelm Pitz pero demuestra mantener la herencia intacta, manejado por una batuta (¡esos reguladores diseñados a hachazo limpio!) vulgar a más no poder, la de un Yaron Traub que ha firmado aquí el peor trabajo que le he escuchado al frente de la formación de la que después de muchos años sigue siendo titular.


No encuentro nada positivo que destacar de su labor. Ni siquiera se puede hablar en esta ocasión de comunicatividad primaria pero efectiva, de inmediatez expresiva o de seductora brillantez, que son las cosas que se suelen decir cuando la interpretación ha sido basta pero al menos ha llegado al oyente: su labor se limitó a hacer que orquesta y coros sonaran lo más fuerte posible en los momentos más espectaculares, y punto. No se debe confundir esto con la teatralidad a flor de piel, el sentido operístico y la electricidad apabullante de un Muti o un Solti (brillantísimos recreadores de la página en una línea muy distinta a la honda reflexión de un Giulini, un Karajan o un Barenboim): el maestro israelí se mostró no solo epidérmico, ajeno tanto a la poesía humanística como a la atmósfera ominosa y al sentido al mismo tiempo rebelde y suplicante de la página, sino también muy tosco a la hora de frasear, de modelar los planos sonoros, de marcar tensiones, de planificar los contrastes... ¡Qué lástima tener un coro así para una interpretación tan de andar por casa! ¡Qué desperdicio!

Maria Guleghina estuvo muy en la línea del director, es decir, a pepinazo limpio y sin detenerse en sutilezas; vocalmente anduvo accidentada (fatal el siempre peligrosísimo sobreagudo antes de la fuga final), y en lo expresivo confundió la obra verdiana con la que a esa misma hora la soprano de Odesa debería haber estado cantando -pues eso sí que lo hace muy bien- con Zubin Mehta unos metros más abajo del Turia: la Turandot de Puccini.

Del tenor César Augusto Gutiérrez solo puedo decir que se mostró sensible en lo expresivo, porque técnica e instrumento no me parecen suficientes para su parte. Enrico Iori fue el típico bajo tremolante, pero al menos fue sonoro y estuvo muy en estilo. En realidad, del cuarteto solo brilló mi siempre admirada mezzo grancanaria Nancy Fabiola Herrera, muy justita en el grave pero cantante y artista de mucha clase, además de una bellísima señora. Suyos fueron los únicos momentos emotivos de una velada decididamente a olvidar.

sábado, 29 de marzo de 2014

Noche andaluza con la Orquesta de Valencia


Batuta granadina, solista malagueño y compositores de Sevilla y Córdoba. No se sabe muy bien qué hace el pobre de Cesar Franck en la segunda parte del programa, la verdad, en esta velada netamente andaluza que nos ofreció ayer viernes 28 de marzo la Orquesta de Valencia bajo la dirección del maestro Miguel Ángel Gómez Martínez, quien desde luego dejó bien claro que no es ningún bulo eso de que posee una de las mejores técnicas de batuta del suelo hispano: la formación levantina sonó mucho mejor de lo que suele habitualmente, por lo que no caben en ese sentido sino felicitaciones a los músicos y su director.

Turina abría el programa con La procesión del Rocío. Puedo repetir sin problemas lo que dije en la entrada anterior sobre la interpretación discográfica del mismo maestro.

«Un alivio escuchar por una vez a un director que arrincona los tópicos folclóricos para deleitarse con sosiego –se trata de la interpretación más lenta de todas– en las hermosas melodías de Turina y en los aspectos más ensoñados, diríase que pseudoimpresionistas, de una página que definitivamente ofrece más posibilidades de las que hasta ahora parecía. Además, el maestro granadino hace uso de pinceles finos, traza con cuidado y planifica con claridad: por fin se escucha el clímax de la procesión con grandeza y sin el habitual barullo. Eso sí, le faltan la gracia y el salero de un Arbós y un Argenta.»
En suma, una interpretación de primera fila para una partitura de segunda. Y no de segunda sino de tercera me parece la obra que vino a continuación, los Nocturnos de Andalucia del cordobés Lorenzo Palomo, compositor que por cierto fue titular de esta misma orquesta en los años setenta. Algunos la criticarán por eso que los pedantorros llaman falta de compromiso con la modernidad, porque bien es cierto que la obra, una especie de Stravinsky neoclásico con aires folclóricos hispanos, podía estar escrita hace ochenta años. Tal vez no falten quienes la alaben justamente por lo contrario, por su deseo de llegar al gran publico en una época en la que todavía hay demasiados compositores empeñados en caminar exclusivamente por sus propias vías, aun a costa de que nadie les siga. Yo no voy a entrar en semejante debate, porque soy de los que piensan que cualquier lenguaje es válido siempre que haya inspiración de por medio. Y eso, justamente, es lo que falta en este largo y aburrido concierto para guitarra en el que, no obstante, se salva la enorme belleza lírica y nocturnal del penúltimo movimiento.

La dirección de Gómez Martínez fue sin duda irreprochable, quizá menos stravinskiana que la de Frühbeck de Burgos en Naxos. En aquel registro el solista era el inmenso Pepe Romero, quien en Valencia ha vuelto a demostrar que su técnica a la hora de extraer los más variados colores de la guitarra es tan grande como su sensibilidad. Si no hubiera sido por él y por la excelente labor de batuta y orquesta, la audición se hubiera convertido en un monumental ladrillo.

Obra maestra absoluta en la segunda parte, la Sinfonía de Cesar Franck. Me gustó como Gómez Martínez trazó el primer movimiento: decidido, vibrante, altamente dramático y de gran inmediatez comunicativa, a despecho de que, además de pasar de largo ante pasajes que deberían haber estado mucho más aprovechados, en general pareciese mucho antes epidérmico que sincero. Las cosas fueron a peor en los otros dos: ni rastro del lirismo, la sensualidad y el humanismo que debe destilar el segundo, mientras que en el tercero todo sonó muy fuerte y muy vistoso, con pocos matices y escasa sensibilidad. Más bien vulgar y machacón, vaya. Una pena.

sábado, 1 de junio de 2013

Sensacional Khachaturian de Khachatryan en Valencia

Hace poco hablé en este blog de Sergey Khachatryan y su manera de abordar el concierto para violín de Beethoven. Pues bien, ayer viernes 31 ofreció junto a la Orquesta de Valencia el muy vistoso y comunicativo, pero también ruidoso y algo superficial, que Aram Khachaturian escribió en 1940 con dedicatoria a un David Oistrakh que inmortalizó la página en una tremenda recreación para el sello EMI. El violinista armenio -compatriota del compositor, pues- lo grabó en 2003 para el sello Naive junto a la Sinfonia Varsovia y el maestro Emmanuel Krivine.


De esa interpretación apunté en mi bloc de notas lo siguiente:
"Dirección muy notable, bien llevada, menos incisiva que la del propio compositor, y con gran sentido de la sensualidad y la calidez en el segundo movimiento, aunque no logra soslayar la vulgaridad de la escritura en algunos tuttis. Solista espléndido, muy comunicativo y sincero además de pletórico en virtuosismo, que frasea con tanta cantabilidad como concentración y acierta en el sabor popular de la obra sin resultar superficial".
Pues bien, semejante descripción se queda cortísima con respecto a lo que pudimos escuchar ayer en el Palau de la Música de Valencia. Pudo influir la escucha en directo (¡no hay disco comparable con el fenómeno de la música en vivo!), pero mi impresión es que el aún joven artista ha profundizado más aún en la obra en estos diez años transcurridos desde la referida grabación: intensísimo y con no poca angustia vital -aunque no nerviosismo ni excesiva carga de aristas- su primer movimiento, cantado con un lirismo al mismo tiempo evocador y desgarrado el segundo, y luminoso pero no ajeno a los acentos lacerantes el tercero, su recreación se benefició además de un sonido de enorme maleabilidad en volumen, colores y texturas, que es ahí -y no principalmente en la agilidad digital, que de esa también la hubo- donde se demuestra el virtuosismo de un solista. A mi entender, a la altura de Oistrakh. El acompañamiento de Yaron Traub, no muy atento a los aspectos más nocturnales del movimiento central, fue eficaz y se mantuvo venturosamente ajeno a los aspectos más efectistas de la escritura.

De propina, una canción armenia recreada por Khachatryan con una concentración asombrosa y una cantabilidad de gran hondura al tiempo que transida de dolor. ¿Fue consciente el público valenciano de haber asistido a la actuación de un verdadero prodigio del violín? No estoy seguro, porque aunque los aplausos fueron intensos, lo fueron más aún en una Quinta de Tchaikovsky dirigida por el maestro israelí con ardor, sinceridad y ningún interés por los amaneramientos sonoros ni por los decibelios gratuitos, pero un tanto tosca en su planificación y no muy bien tocada por la Orquesta de Valencia, cuyos metales no parecían estar precisamente en el mejor de sus momentos.

En homenaje al maestro José María Cervera Collado, Traub cerró el concierto con una cálida aunque algo primaria recreación del no por celebérrimo menos hermoso Intermezzo de Cavalleria Rusticana.

lunes, 13 de febrero de 2012

Traub, De Maistre y la Orquesta de Valencia para Manos Unidas

Siento muy escasa simpatía por las altas jerarquías católicas, pero creo que dentro de la Iglesia hay un buen número de personas que merecen un reconocimiento mucho mayor del que generalmente reciben. Por ejemplo los misioneros, entre ellos el sacerdote que el pasado viernes 10 presentó en el Palau de la Música el concierto que la Orquesta de Valencia ofrecía en Beneficio de Manos Unidas, y más concretamente de las Mercedarias encargadas de trabajar con mujeres y niños de Mozambique. Apareció vestido con sencillez, por descontado que sin “uniforme”, fue humilde en su breve alocución y no tuvo reparos en confesar que hacían campañas de uso del preservativo (¡si le oyera Ratzinger!) para combatir al VIH, afirmando que según las cifras que manejan éste alcanza casi al 40 por ciento de la población del país africano. Este cura y estas monjas, junto con diferentes seglares de la ONG, se dejan la vida –casi literalmente- en atender a quienes realmente más lo necesitan, así que nosotros lo mínimo que podemos hacer es comprar una de estas entradas –considerablemente más caras que las de un concierto de abono de la misma orquesta- para tener derecho, al menos, de mirarles a los ojos sin que se nos caiga la cara de vergüenza. Lástima que esos chorizos que tan católicos aparentaron ser para forrarse con los sobrecostes de la visita del Papa a Valencia no se pasaran por el Palau: supongo que aún estarían celebrando la absolución del “honorable” Francisco Camps. Así es la vida.

Xavier-de-Maistre-Valencia

Dirigía el evento el titular de la orquesta, Yaron Traub. Comenzó con las Danzas Polovsianas de Borodin -que en principio no estaban en cartel-, y lo hizo muy bien: interpretación brillante pero no pachanguera, dicha con convicción y bien planificada a pesar de alguna pifia por parte de la orquesta. La obra que vino a continuación, el Concierto para arpa de Henriette Renié (1875-1956), me pareció un bodrio considerable por su mortal síntesis de falta de inspiración y mediocridad en la escritura. Si la audición se hizo soportable, incluso grata por momentos, fue por la sensacional intervención de Xavier de Maistre, el prestigioso arpista de la Filarmónica de Viena. Puede tocarse aun mejor –hubo algún pasaje emborronado-, pero no desde luego con mayor musicalidad, pasión, control y capacidad para descender a la sutileza sin perder de vista el trazo global. Traub dirigió con enorme solvencia.

Quinta de Tchaikovsky en la segunda parte. Espléndida labor por parte de la batuta: quizá lo mejor que le he escuchado al maestro israelí. No fue una interpretación ni rápida ni lenta, ni dramática ni épica, ni rústica ni elegante, ni rusa ni occidental. Fue una mezcla de todo con cada elemento en su punto justo; es decir, ortodoxia y sensatez al cien por cien. El trazo fue firme, sin arrebatos ni pérdidas de pulso, pero sin caer tampoco en la rigidez ni en lo cuadriculado, pues el fraseo resultó siempre natural, elegante, dirigido sin prisas pero con decisión hacia los clímax y paladeando sin narcisismos las bellísimas melodías de la partitura. El sonido que Traub extrajo de le la orquesta fue además muy adecuado, con carnosidad en las maderas y plasticidad en la cuerda grave. Puedo reprochar, si acaso, un tercer movimiento sin toda la poesía deseable, así como cierta precipitación en la coda final, pero el resultado global fue superior al que con esta obra consiguen ciertos directores de mayor renombre.

El público -se notaba que no muy preparado: la media habitual de toses, móviles y ruidos varios se multiplicó por cinco- no aplaudió todo lo que semejante recreación se merecía. Aun así, se ofreció como propina una buena interpretación, bastante menos ruidosa y precipitada de lo habitual, de la Danza del sable de Kachaturian. Lo mejor del concierto, en cualquier caso, no estuvo en la música.

martes, 21 de junio de 2011

La Orquesta de Valencia cierra temporada

Dos circunstancias dieron al traste con las ilusiones que me llevaron al concierto con que el pasado viernes 17 de junio la Orquesta de Valencia cerraba temporada. La primera, la sustitución de las Danzas Sinfónicas de Rachmaninov por dos páginas de Tchaikovski de mucho menor interés, el Capricho Italiano y la insufrible Obertura 1812. La segunda, que como la tarde anterior me desplacé hasta Baeza para escuchar a Pascal Rogé (enlace) y me acosté tarde, el cansancio acumulado pudo conmigo durante la primera parte del concierto. Como además la refrigeración del Palau de la Música dejaba muchísimo que desear, no disfruté casi nada de la interpretación de Las campanas, una obra maestra que pocas veces se hace, seguramente porque no es fácil encontrar tres solistas vocales y un coro que se defiendan bien en ruso.

En cualquier caso más o menos me enteré -y tomé notas- de cómo estuvo la interpretación: muy digna. Yaron Traub parece entender bastante bien el universo de Rachmaninov, ofreciendo el decadentismo necesario sin caer en blanduras ni amaneramientos, al tiempo que hace sonar a la orquesta con el punto justo de equilibrio entre rusticidad y elegancia. Si algo hubo que reprochar fue que el primer movimiento incurriera en excesos decibélicos y que el tercero resultara algo masivo y un tanto de cara a la galería. Muy sensual el segundo, y bien el cuarto a pesar de que la magia que debe tener su acongojante conclusión no hiciera acto de presencia.

Entre los solistas hubo desigualdades: al tenor Donald Litaker apenas se le escuchaba en tercera fila (imaginen más lejos), mi admirada Elena de la Merced lució un timbre muy esmaltado (sin evidenciar sus habituales durezas en el agudo) y el joven bajo Denis Sedov realizó una irreprochable labor en su expresivamente muy comprometida parte. El Orfeón Universitario de Valencia salió además más que airoso, así que el público valenciano pudo conocer en buenas condiciones una obra a la que se le debería prestar muchísima más atención. Justamente lo que no ha hecho quien preparó el programa de mano: la ausencia de traducción de los textos cantados (de Edgar Allan Poe, nada menos) resulta imperdonable.

En la segunda parte, quien esto suscribe mucho más despejado y los músicos de la orquesta ya sin sus chaquetas (deberían haberles dado permiso para quitárselas antes: con esa calor no se puede trabajar), Yaron Traub optó por la comunicatividad antes que por el refinamiento. El Capricho Italiano estuvo llevado con buen pulso, mucha vida y una gran dosis de brillantez y luminosidad; los matices en la dinámica y la imaginación estuvieron ausentes. En cuanto a la 1812, en la que los violines primeros chirriaron en algún momento de manera considerable, hay que elogiar el buen equilibrio de planos y la sabiduría del maestro israelí a la hora de evitar blanduras en las secciones líricas. El final, entusiasta a más no poder pero no descontrolado, incluyó cañonazos pregrabados que hicieron levitar al respetable: ya se sabe lo que a los valencianos les gusta una buena mascletá.

sábado, 28 de mayo de 2011

La Canción de la Meier

Escuché ayer decir a un veterano crítico eso de que "la Meier ya no es lo que era". Siento no compartir la apreciación: obviamente su edad se deja notar en algunas limitaciones vocales -y en un físico bastante mermado en su belleza, no vamos a ocultarlo-, pero sigue siendo la enorme artista que siempre ha sido. Para mí es la mejor cantante del mundo. De ahí que me parezca merecidísima la Medalla de Oro del Palau de la Música que, en un ritual que incluía entrada de la mezzo en la sala flanqueada por un par de uniformados -con plumeros en la cabeza- y discurso de las autoridades de rigor. Y de ahí también que, independientemente de la Tosca por Mehta de esta tarde, me haya merecido la pena viajar a Valencia solo por escuchar a la Meier cantando La Canción de la Tierra.

No tengo mucho que añadir a lo que ya escribí en este blog sobre cómo recrea su parte (enlace): expresivamente estuvo sublime. Solo debo reconocer que en "De la belleza" reservó tanto sus recursos que en los exigentes pasajes en staccato -los jinetes y tal- apenas se la escuchó en segunda fila, y por lo visto nada en el piso superior del Palau; que pasó más de un apuro en el grave; y que la primera pareja de "Ewig" sonó algo agria. Por lo demás, ya digo, sensacional, hoy por hoy insuperable por ni una sola artista. Del tenor Thomas Mohr puedo decir que tuvo la voz adecuada. Ahí acaban sus virtudes: pobre legato, fiato insuficiente, línea tosca y sin flexibilidad. Donde mejor estuvo fue en "El borracho en primavera", pese a un puntual uso del falsete. "De la juventud", insufrible.

La Orquesta de Valencia no tuvo una buena noche ayer viernes 27. Cuanto más la escucho a ella y a su titular, más me da la impresión de que Yaron Traub no logra extraer el mejor partido posible: el maestro tiene las ideas bastante claras sobre cómo debe sonar Mahler, y además me parece que son ideas muy acertadas (más expresionismo que decadentismo), pero tiene que trabajar mucho más cosas como las entradas, el empaste de cada una de las secciones, el equilibrio de planos sonoros y la acumulación de tensiones. La dirección de Das Lied von der Erde fue buena, sin más. El escalofriante Adagio de la Décima Sinfonía que la precedió resultó más irregular: comenzó estupendamente y, tras un galimatías en los primeros violines en torno al minuto 16 -duró 25-, se llegó a los clímax sin tensión suficiente, y a partir de ahí se impusieron la rutina y hasta el aburrimiento. Claro que, ¿cuántas veces se tiene la oportunidad de escuchar en directo eso de "Die Sonne scheidet hinter dem Gebirge" en la voz de Waltraud Meier? Pues eso mismo. Noche inolvidable.

lunes, 7 de marzo de 2011

Las Carmelitas de Gómez Martínez en Valencia

De Miguel Ángel Gómez Martínez siempre se han dicho dos cosas: que posee una técnica de batuta extraordinaria y que en lo interpretativo suele resultar bastante soso. Yo le he escuchado unas cuantas veces, no muchas, a lo largo de un dilatado período de tiempo, y la impresión que me ha dado es justamente esa. Por eso mismo no esperaba gran cosa de estos Diálogos de Carmelitas en versión de concierto ofrecidos por la Orquesta de Valencia. Pues bien, me equivoqué: en esta ocasión en director granadino volvió a demostrar la primera de las afirmaciones haciendo sonar a la formación levantina mucho mejor de lo que suele (¡cuánto potencial desperdiciado hay en ella!), pero por suerte no corroboró la segunda, esto es, su tendencia al tedio. Todo lo contrario, fue la suya una dirección llena de emoción y carácter teatral en la que además tuvo la osadía -bendita osadía- de apartarse de la línea digamos "oficial" según la cual Poulenc ha de sonar "típicamente francés", es decir, refinado, sensual y un tanto hedonista, para llenar los pentagramas de tensión dramática y un cierto carácter alucinado que le sientan estupendamente a esta partitura, acercándose en este sentido a quien -de lejos- mejor la ha interpretado, que no es otro que Riccardo Muti en la filmación de la genial propuesta escénica de Robert Carsen (DVD imprescindible, dicho sea de paso). La orquesta, como apuntábamos arriba, estuvo muy bien, y la Coral Catedralicia de Valencia realizó un muy correcto trabajo.

Para la ocasión se congregó un elenco con nombres internacionales de cierta relevancia, pero paradójicamente quien mejor estuvo fue, en el rol principal, la soprano local Isabel Monar, una cantante muy estimable que me parece un tanto infravalorada, por no decir desaprovechada. Cierto es que el rol de Blanche de la Force le viene un poquito grande -hubo agudos gritados-, pero su canto tuvo estilo, comprensión del personaje -incluyendo su evolución psicológica- y emoción. Desde el punto de vista puramente vocal la mejor fue sin duda la reputada mezzo Iris Vermillion, aunque no la vi muy centrada como Madre María de la Encarnación. Y en cuanto a intención expresiva se refiere, sobresalió la Priora de la veterana Kathryn Harries, aunque debo dejar constancia de que si bien yo, sentado en primera fila, no tuve problema a la hora de disfrutar de su voz, según me contaron desde el Paraíso apenas fue audible. Lástima, porque como digo hubo mucha intención en sus decisivas intervenciones.

Del resto no se pueden decir muchas cosas buenas. Fue una sorpresa encontrarse a María Cristina Kiehr como Sor Constance. Una sorpresa desagradable, deberíamos añadir, porque su actuación, por decirlo suavemente, estuvo llena de problemas técnicos. Sin llegar a tales extremos, Janice Watson resultó también muy decepcionante como la nueva Priora. El veterano Anthony Michaels-Moore se limitó a cumplir como el Marqués y Roger Padullés, este sí, hizo un buen trabajo como el Caballero de la Force. El resto de los papeles estuvieron en manos de miembros de la Coral Catedralicia, que resolvieron la papeleta con más voluntad que acierto; como no son profesionales, creo que huelgan los reproches. Al final hubo aplausos relativamente cálidos para la frialdad habitual del público valenciano, que ha podido finalmente disfrutar en su ciudad del estreno de este título fundamental de la ópera del siglo XX.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Daniel Barenboim: de Valencia a Madrid con Liszt y Schubert

Se cerró anoche en Valladolid la pequeña gira por España que ha ofrecido en su faceta de pianista Daniel Barenboim con partituras de Liszt y Schubert, dos autores que no ha frecuentado especialmente a lo largo de su ya prolongadísima carrera; al menos, no tanto como a Mozart o Beethoven, que son piezas angulares de su repertorio. Los dos programas que le he escuchado, los conciertos de Liszt en Valencia y dos sonatas schubertianas en Madrid, han dejado bien claro que el de Buenos Aires no se encuentra en su mejor momento en cuanto a dedos, lo que quedó meridianamente claro en las hipervirtuosísticas partituras del autor de la Sinfonía Fausto, pero sí en una fase de particular madurez, creatividad e inspiración. La que le convierte, a mi modo de ver, en el más grande –por completo, profundo y comprometido- intérprete musical de nuestros días.

Liszt en Valencia

En el Palau de la Música de la ciudad del Turia actuó junto a la Orquesta de Valencia por mediación del titular de la misma, Yaron Traub, antiguo asistente del maestro. El artista tocó los dos conciertos con enorme esfuerzo físico, lo que creo que no le sienta mal a estas partituras. El concepto de “lucha” del intérprete contra la materia es, como el propio Barenboim ha señalado en sus escritos, una parte indispensable de la interpretación en un Beethoven, y me parece que la misma idea se puede aplicar a Liszt. Otra cosa, claro está, es que hubiera una importante cantidad de imprecisiones, roces y notas falsas. ¿Importó? Muy poco, porque la manera en que el artista buceó en las múltiples facetas expresivas de las partituras fue portentosa. No solo atendió, como en él era de esperar, a los tintes oscuros, turbulentos y hasta macabros de la escritura lisztiana, sino que además hubo mucho de sensualidad, de vuelo lírico y de emotividad, como también de carácter épico y triunfal, aunque esto último sin la menor retórica. Y todo ello jugando muy peligrosamente con el delicado equilibrio entre mente y corazón, arriesgándose a cometer tropiezos con tal de conseguir los fines expresivos necesarios; lo importante no es la perfección formal, sino el concepto, por lo que no cabe una sola frase musical que no tenga un “significado” más allá de la brillantez sonora. El resultado, con todos los reparos de ejecución que se quieran poner, fue absolutamente genial. Quizá Arrau, en su increíble grabación con Sir Colin Davis, haya llegado aún más lejos en lo que a poesía se refiere, pero no en riqueza de concepto, densidad filosófica e incandescencia emocional.

La enloquecida, furiosísima y arrebatadora coda del Primer concierto –ofrecido en segundo lugar- arrancó encendidos aplausos que fueron correspondidos por tres propinas en las que de nuevo Barenboim hizo gala de un fraseo de impresionante naturalidad en su respiración, una riquísima paleta de colores y una potencia creativa inigualable: la Consolación nº 3 de Liszt, el onírico Vals olvidado No. 1 del mismo autor y nada menos que la Polonesa Heroica de Chopin, página en la que de nuevo se arriesgó muchísimo –con los comprensibles tropiezos- con el fin de arrojar mil y una luces nuevas sobre tan manoseada partitura. ¡Qué manera tan distinta, lírica y digamos “humanística”, de enunciar el celebérrimo tema principal! Increíble.

Yaron Traub, por su parte, realizó la noche del viernes 18 de febrero el más convincente trabajo que le he escuchado hasta la fecha, dirigiendo con enorme solvencia los dos conciertos y acertando con las piezas orquestales que completaban la sesión. Les Préludes de Liszt estuvieron muy bien trazados y ofrecieron un enfoque ante todo épico y extrovertido sin caer en la ampulosidad; un poco más de sensualidad no le hubiera venido mal. En cuanto a la obertura de Maestros Cantores, el resultado me recordó -salvando las distancias- a mi versión favorita, la de Barenboim con la Orquesta de París: lenta, muy bien paladeada en sus melodías, mucho antes lírica que chispeante y conducida con singular grandeza hacia un final cálido y sin pizca de retórica. Sobraba, eso sí, alguna excentricidad. Por otra parte Traub debe trabajar más aún determinados aspectos técnicos, toda vez que la orquesta, en la que los violines estaban colocados acertadamente de manera antifonal, presenta serias limitaciones. No obstante hay que quitarse el sombrero ante el chelista Iván Balaguer, impresionante en el bellísimo solo del Segundo concierto lisztiano.

Schubert en Madrid

La tarde del domingo 17 le escuché el recital Schubert que ofreció en el Auditorio Nacional. No pudo haber mayor diferencia con lo presenciado esa misma mañana en el mismo recinto madrileño, es decir, el Tercero de Rachmaninov por Yuja Wang ya comentado por aquí (enlace): frente a la aséptica e insensible perfección técnica de la pianista china, la imperfecta poesía del de Buenos Aires. O sea, la música de verdad –emoción más reflexión, a partes iguales- frente al más vacío virtuosismo al servicio de la nada. En cualquier caso lo más apasionante para quienes admiramos desde hace mucho el arte de Barenboim es ver cómo están cambiando sus maneras de ver las cosas. No sólo es que interprete ahora el Schubert pianístico mucho mejor que antes (¡pianista en decadencia, dicen algunos!), sino que en líneas generales su concepto de la interpretación musical es ahora más rico y, al mismo tiempo, más esencial. La evolución comenzó a notarse con su Clave bien temperado y la última grabación de las Sonatas de Beethoven, y se puede detectar en su Tristán milanés, en sus más recientes interpretaciones de Bruckner, en su Chopin filmado en Varsovia o en este Schubert. En las notas al programa Luis Gago se preguntaba si en estas sonatas D. 894 y D. 958, antepenúltima y penúltima de su autor respectivamente, podrían corresponder a ese “Late Style” del que hablaba Edward Said en su libro póstumo (editado en castellano por la Fundación Barenboim-Said, dicho sea de paso). Y yo me permito preguntarme ahora si el de Buenos Aires, tras sesenta años de carrera, ha entrado ya en su particular estilo tardío. Un estilo que estaría caracterizado por una parcial -y solo parcial- renuncia a ese denso y profundo sentido trágico que tantas veces le ha llevado a no hacer concesiones, para enriquecer el concepto con aspectos tales como la delicadeza, la ternura y, por qué no, la espiritualidad trascendida. Tal vez triunfa finalmente en Barenboim el espíritu sobre una materia “desmaterializada” en su divina imperfección formal, como en Miguel Ángel o en El Greco al final de sus vidas. O como en un Furtwaengler, un Celibidache o un Giulini, podríamos añadir.

Sea como fuere, su interpretación de las dos sonatas fue sensacional. Los tempi, más bien lentos, permitieron paladear las melodías con la mayor cantabilidad posible, pero el pulso no se vino abajo en ningún momento. El fraseo fue siempre natural, fluido, elegante, y estuvo matizado con tanta flexibilidad como sutileza, atendiendo particularmente al peso de los silencios y de los acordes. El toque fue riquísimo en su pulsación, tanto en dinámica como en colorido (¡qué mano izquierda!), sin necesidad de exagerar los contrastes pero sin caer tampoco en la tentación de buscar la belleza sonora en sí misma. Muy sensible el pedal, elegantísimo el legato, pero sin rastro de dulzonería. E impresionante la planificación de las tensiones en cada movimiento y hasta en cada frase, todo ello sin que el equilibrio digamos “clásico” y el sentido de lo apolíneo se resintieran lo más mínimo. Interpretaciones excelsas, pues, en las que quisiera destacar el tercer movimiento de la Sonata en Sol Mayor y los dos extremos de la Sonata en Do Menor, realmente creativos. En las propinas, el Momento musical nº 3 y el Impromptu Nº 2, páginas que había grabado para DG en los años setenta, quedó bien claro lo mucho que ha profundizado en el mundo schubertiano un Daniel Barenboim que es cada día un pianista más genial y admirable. Lástima que, como les contaré en una próxima entrada, apenas pude disfrutar de tan excelso recital por culpa de la energúmena que me tocó al lado. ¿Cómo es posible tener tanta belleza delante y llevarse todo el tiempo navegando por internet con el móvil?

sábado, 18 de diciembre de 2010

Walter Weller y una sorpresa al violín: Alina Pinchas

No es Walter Weller (web oficial) un director por el que sienta aprecio. Lo que le conozco, que es su integral de las sinfonías de Prokofiev en Decca y unos Gurrelieder en Valencia de hace años (enlace), me muestran a un director más bien pedestre, funcionarial en el peor sentido del término y caracterizado por la brocha gorda. ¿Para qué demonios voy entonces a su concierto de ayer viernes 17 de diciembre en el Palau de la Música valenciano? Hombre, en parte porque cuando viajo por ahí me gusta disfrutar de todos los espectáculos que puedo, y en parte porque el programa era una preciosidad.

Walter Weller 

Lo que más ilusión me hacía era escuchar por primera vez en directo una obrita maestra que se toca poquísimo, no sé por qué: la obertura de Las alegres comadres de Windsor, de Otto Nicolai, una verdadera delicia que, eso sí, requiere una batuta con un espectacular dominio de la agógica. ¿Han escuchado las grabaciones de Kna y Kleiber? Pues eso. Walter Weller ofreció una lectura correcta sin más, con un sentido del humor más rústico que elegante, lo que no me parece del todo mal. A la Orquesta de Valencia, de la que es director asociado, la encontré en baja forma, precaria en el empaste y escasa en tersura y agilidad.

A continuación el maestro austríaco dirigió con mucha corrección -y escasa finura- el Concierto para violín de Korngold, una obra que me gusta muchísimo (enlace). Aquí vino la sorpresa de la noche, en forma de chica muy joven, guapa y de apariencia frágil que, de cerrar los ojos y limitarnos a escuchar su violín, pensaríamos que se trata de algún ruso grandote y con cara de mala leche. Y que conste que Alina Pinchas (n. 1988) empezó nerviosa, con problemas en la digitación que, aunque la cosa mejoró en pocos minutos, reaparecieron puntualmente a lo largo de la obra.

Alina Pinchas

Pero estas insuficiencias importaron poco, porque la agilidad se puede mejorar, pero “lo otro” ya está ahí. ¿Y qué es “lo otro”? Pues un sonido de una carnosidad increíble, repleto de armónicos, y una musicalidad de primer orden en la que no hay espacio ni para la dulzonería, ni para el amaneramiento, ni para la búsqueda de la belleza sonora en sí misma, ni siquiera -encontrándonos ante una obra de enorme virtuosismo- para el despliegue de fuegos artificiales, sino tan solo para la tensión interna, el fuego controlado y la hondura expresiva. La emoción sincera presidió un admirable acercamiento a la partitura -me tocó el corazón en el Andante- que, cuando se pulan algunos pasajes, va a ser de primera magnitud. Dramática, arrebatadora, genial la propina de Ysaÿe (cuarto movimiento de la Sonata nº 2).

Sinfonía del Nuevo Mundo en la segunda parte del programa. Lectura no especialmente lenta por el reloj (42 minutos) pero sí al oído, porque Weller no logró tensar la arquitectura en ningún momento. Tampoco hubo elegancia, ni colorido, ni claridad ni -desde luego- creatividad alguna. Pero sí que acertó el anciano maestro en dos cosas: la sonoridad rústica que debe ofrecer la orquesta -algo imprescindible en Dvórak- y el carácter dramático -mucho antes que épico- de la pieza. No fue, por tanto, una interpretación de cara a la galería, de esas en plan pintoresco -primer movimiento-, dulzón -segundo- y trompetero -cuarto-, sino un acercamiento muy bien planteado que cree sinceramente en la fuerza expresiva de una obra que contiene bastante más de desgarrada confesión personal de lo que aparenta. Si Weller hubiera conseguido una mayor emotividad en el celebérrimo Largo se hubiera tratado de una lectura globalmente muy estimable, pese a su tosquedad. No fue así, pero el público aplaudió mucho.

sábado, 12 de junio de 2010

Meier-Kundry en Valencia

La descoordinación entre el Palau de la Música y el Palau de Les Arts hizo que coincidieran el pasado jueves 10 de junio el segundo acto de Parsifal en versión concierto que programaba la Orquesta de Valencia con el estreno de una Salomé con Zubin Mehta en el feudo de Doña Helga Schmidt. Realicé el viaje de ida y vuelta en el día a la capital levantina por ver a mi adorada Waltraud Meier cantando Kundry, ya que el título de Strauss tendré la oportunidad de verlo la semana que viene. Me mereció la pena la paliza: ha sido una de las cosas más memorables que he visto en mi vida, y no solo por la mezzo alemana sino por todo el trío vocal.

A Simon O’Neill le he escuchado un par de veces junto a Barenboim y su West-Eastern Divan, una haciendo de Siegmund (enlace) y otra de Florestán (enlace). Me interesó bastante en los dos casos, pero esta vez me ha gustado más aún: puede que no sea exactamente un tenor dramático, pero su voz me ha parecido ahora más llena en el centro y más brillante en el agudo, luciéndose –su fiato es muy extenso- con un “Amfortas! Die wunde!” de antología. Y aunque empezó un poco reservón, terminó ofreciendo un Parsifal idiomático, vocalmente sólido y muy entregado en lo expresivo, tanto que no recuerdo a nadie claramente preferible desde tiempos de Kollo, e incluyo aquí a Jerusalem, a Domingo y a quien es hoy intérprete oficial del rol, Christopher Ventris, que fue precisamente quien lo cantó en el Palau de Les Arts bajo la dirección de Maazel el pasado año (enlace).

A Roman Trekel le conozco dos admirables recreaciones videográficas de dos grandes caracteres mefistofélicos de la ópera mozartiana, Don Alfonso y el Conde Almaviva. Aun no en su mejor momento vocal, en Valencia supo ofrecernos un Klingsor muy autoritario y muy sombrío, de los que meten auténtico miedo, pero huyendo de las exageraciones y truculencias que nos suelen regalar algunos intérpretes -históricos o recientes- del rol. Lástima que, como el tenor, tuviera que utilizar atril y partitura.

La que obviamente no utilizó ningún tipo de apoyo (¿cuántas veces ha cantado ya el personaje?) fue la mezzo. Si en la arriba citada producción valenciana de Werner Herzog y Lorin Maazel tuvimos a una Violeta Urmana difícilmente igualable desde el punto de vista vocal, en esta ocasión nos hemos derretido ante una Waltraud Meier que, sin poseer un instrumento de tan considerable calidad (por anchura, volumen y extensión), ha ofrecido una Kundry de antología, evidenciando esa perfecta compresión del personaje de la que ha hecho gala en sus seis o siete grabaciones del título postrero wagneriano, abordándolo –lo que no parece mala idea- desde un prisma sensual y acariciador, y no ofreciendo una hechicera más o menos diabólica.

La voz posee un timbre bellísimo, el legato desprende una morbidez desarmante, la dicción es perfecta y su tan minuciosa como sutil manera de matizar en lo expresivo es la propia de una auténtica señora de la escena. Además la he encontrado mejor en lo vocal que las últimas veces que la he visto en directo o escuchado en retransmisiones, pues aunque el grave no le queda precisamente holgado, en los agudos ha mostrado una gran seguridad: tremebundo ese vocalmente disparatado “lachte” que Wagner escribió pensando no se sabe muy bien en qué. Supo además reflejar toda la acción interior de su Kundry mediante una gestualidad comedida pero muy sincera, sin verse lastrada por la gran rigidez que afectó a sus dos compañeros.

La Orquesta de Valencia cumplió con discreción. No me sonaron bien los primeros violines (mi ubicación en primer fila, justo delante de la Meier, pudo tener algo que ver con ello), pero en general funcionaron de manera aceptable bajo la dirección de un Yaron Traub más atento al equilibrio de planos y a sostener el pulso que a la sensualidad o a la garra dramática de la genial partitura: la inspiración no llegó a aparecer por ningún lado. Ni punto de comparación con el trabajo increíble de Barenboim en Sevilla hace algunos años (enlace) en aquellas inolvidables funciones de la Staatsoper Berlinesa. El Coro Catedralicia de Valencia no funcionó mal, y entre las muchachas-flor (Eugenia Enguita, Raquel Lojendio, María José Suárez, Christiane Roncoglio, Beatriz Días, Mireia Pintó) hubo de todo, bueno y malo. Daba igual: los tres cantantes transformaron lo que podía haber sido una velada musical del montón en una experiencia emocionante en grado sumo. En el público, de todo: algunos salieron corriendo y otros aplaudimos y braveamos hasta reventar.

Ah, en cuanto la eliminación de Metamorfosis de Richard Strauss de la primera parte del programa sin previo aviso y sin disculpa alguna (esta vez no había ni hojilla en el programa de mano), pues un verdadero cutrerío made in Palau de la Música de Valencia. ¡Menuda falta de profesionalidad!

No dejen de leer los comentarios escritos en sus respectivos blogs por Maac y Atticus.

sábado, 29 de mayo de 2010

Stogards con la Orquesta de Valencia

Ayer viernes 28 de mayo escuché al violinista y director finés Jon Storgards, para mí un ilustre desconocido, al frente de la Orquesta de Valencia. Schumann y Sibelius en los atriles. Se abrió la velada con una buena recreación de la obertura de Genoneva, muy ortodoxa, realizada de un solo trazo y bastante centrada, aunque necesitara quizá una mayor variedad expresiva y personalidad. La agrupación respondió con una cuerda bien empastada. A continuación, una transcripción bastante infrecuente: el sublime Concierto para violonchelo en versión para violín. No me convence el resultado, la verdad, pese a que Storgards realizó una musical, virtuosística y a la postre irreprochable labor solista y en su faceta de director consiguió, cosa nada fácil, que la orquesta sonara Schumann. Un poco más de incisividad y diferenciación tímbrica no le hubiera venido mal.


Tras un comienzo magnífico, muy prometedor, la Quinta de Sibelius recorrió el sendero de la mera discreción. Lo mejor que se puede decir de su lectura es que anduvo muy centrada en lo expresivo, logrando Storgards no caer ni en lo dulce o excesivamente ensoñado ni en la ampulosidad grandilocuente. El fraseo fue natural y la sobriedad expresiva se ajustó al contenido abstracto de los admirables pentagramas; en este sentido habría que destacar un segundo movimiento nada pastoril, sino más bien recogido y meditativo. Por desgracia el maestro se mostró muy insuficiente a la hora de tratar las complicadas tensiones de la obra, evidenciando un pulso no ya irregular, sino abiertamente desmayado, y eso que los tempi no se salieron de la estricta ortodoxia. A los clímax se llegó sin preparación alguna y el resultado fue muy deslavazado. La orquesta evidenció insuficiencias: la cuerda no ejecutó con toda la limpieza posible las células motívicas que articulan el discurso y los metales sonaron de manera excesivamente bronca y sin empaste. Esperaba más de ella.

sábado, 17 de abril de 2010

La Orquesta de Valencia falta el respeto a su público

16 de abril de 2010. Palau de la Música en los Jardines del Turia. La Orquesta de Valencia ofrece bajo la dirección de Lü Jia, actual titular de la Sinfónica de Tenerife, una velada integrada por obras de Ravel, Dutilleux y Rachmaninov. Se abre el programa de mano (mal editado, pues la hoja central está colocada al revés y la lectura pasa del castellano al valenciano). En él se descubre un papelito que reza, en dos idiomas, lo siguiente: "AVISO. Por razones técnicas, la Orquesta de Valencia no interpretará la Rapsodia española de Ravel en el concierto de hoy". Así, por todo el morro. Que hayan surgido problemas de última hora es disculpable. Que no se haya colocado otra pieza en sustitución de la misma ya es más feo. Pero lo que me parece una auténtica falta de respeto es que en la hojilla no aparezca algo así como "les rogamos disculpen los inconvenientes causados" o que, en su defecto, una voz en off o incluso algún responsable administrativo en persona hubieran pedido disculpas a un público en el que no pocos vendrían atraídos por escuchar la página raveliana. Bochornoso.


Así las cosas, se empezó directamete con el Concierto para violonchelo de Henri Dutilleux. Caras largas y comentarios sarcásticos entre el público ("mal empezamos", escuché a una señora tras los primeros compases) para una página de enorme belleza, sobre todo en el cuarto de sus cinco movimientos. Eso sí, muy exigente para el oyente, como también para la orquesta. Por fortuna el director chino realizó una irreprochable labor en la que consiguió que la partitura quedara meridianamente expuesta, si bien en una línea más impresionista que expresionista, lo que a mí no es lo que más me gusta: eché de menos garra dramática. En perfecta sintonía con la batuta, el gran Asier Polo demostró que la obra no le ofrece ningún escollo técnico (engrosó y adelgazó el sonido a placer) y que es capaz de destilar de ella una enorme carga de sensualidad. Muy hermosa -y quizá un pelín falta de carácter- la allemande bachiana ofrecida como propina.




En la Segunda Sinfonía de Rachmaninov hay que elogiar el fantástico trabajo técnico de Lü Jia, que hizo sonar a la orquesta muchísimo mejor de como lo ha hecho las últimas veces que la he escuchado, prueba de que la formación valenciana sigue albergando un potencial que necesita buenos directores para lucir como es debido. Hubo empaste, precisión, brillantez sonora y una enorme claridad en su lectura, y ya por eso merece nuestro aplauso.

Ahora bien, debo reconocer que su manera de abordar la obra no me gustó, pues tras una introducción magnífica, donde la cuerda grave ofreció un impresionante sonido, el maestro se volcó en la espectacularidad, ofreciendo una recreación con mucho brío pero también un tanto nerviosa, considerablemente decibélica y por momentos tendente al puro efectismo, olvidando por completo la dosis imprescindible de atmósfera, de voluptuosidad y, sobre todo, de sensualidad que la obra debe emanar. Hay que agradecer que no hubiera la menor tentación de blandura y cursilería, pero a mi modo de ver la interpretación, tan brillante como superficial y poco emotiva, se quedó a mitad de camino. Tras una coda más bien verbenera, el público reaccionó con considerable entusiasmo.

sábado, 13 de marzo de 2010

La Orquesta de Valencia hace Piazzola, Ginastera y Tchaikovsky

He recalado en la capital del Turia para asistir al concierto de hoy sábado de Lorin Maazel, pero aproveché para asistir ayer día 12 de marzo para escuchar a la Orquesta de Valencia en el Palau de la Música. Dos circunstancias me han dado mucha pena. La primera, confirmar que la formación valenciana no atraviesa su mejor momento: se nota que hay alguna gente muy buena en ella, pero la sonoridad global deja que desear, particularmente en unos violines que sonaron sin empaste alguno. La segunda, percibir la elevada media de edad de los abonados: dar un solo concierto de abono (en Sevilla la ROSS ofrece dos por programa) en una sala no especialmente grande, y encontrarse todo lleno de personas muy mayores, no anuncia nada bueno para el futuro de la música en esta ciudad que en otros aspectos resulta tan moderna y dinámica.

Dicho esto, me lo pasé bien en el concierto. Se abrió la velada con la versión para cuerdas de La Muerte del Ángel, de Astor Piazzola, que recibió una interpretación entusiasta por parte de la orquesta bajo la dirección de un total desconocido para mí, Isaac Karabtchevsky, veterano director brasileño que a continuación dirigió con enorme sensatez e irreprochable estilo una obra estupenda, el Concierto para arpa de Alberto Ginastera. Claro que aquí quien se lució fue la solista Gwyneth Wentink, que hizo sonar a su instrumento con adecuada “rusticidad” e interpretó con un entusiasmo, una concentración y una capacidad para establecer tensiones sonoras realmente admirable. De propina pudo lucir una sensibilidad mucho más refinada con la Sarabanda de William Croft.

Primera sinfonía de Tchaikovsky, “sueños de invierno”, en la segunda parte del programa. Fue la de Karabtcheski una lectura muy lenta: casi cincuenta minutos, más de cinco por encima media de las versiones en compacto (espero ofrecer pronto una comparativa discográfica en este blog). Fue lenta y algo parsimoniosa, particularmente en un segundo movimiento paladeado con delectación y quizá más ensoñación de la cuenta. Pero fue también una lectura de irreprochable arquitectura, magníficamente desmenuzada -se escuchó todo- y conducida sin altibajos hacia un final ajeno a la retórica y el efectismo. Un buen trabajo, sin la menor duda. El maestro brasileño y la orquesta no tienen culpa de que hace pocos meses le escucháramos en el otro Palau, en el Les Arts, la misma obra a Lorin Maazel y su estupenda Orquesta de la Comunidad Valenciana. Y claro, esa es otra historia si hablamos de estilo, belleza sonora, refinamiento, matices y garra dramática (enlace).

sábado, 16 de mayo de 2009

Meier se quita una espina en Valencia

Hace ahora poco más de un año pasé uno de los peores momentos que recuerdo en mi vida de melómano: mi adoradísima Waltraud Meier, para mi gusto la más admirable cantante de ópera del panorama internacional, se quedó sin voz cuando cantaba el tercero de los Cuatro Últimos Lieder de Strauss en el Teatro de la Maestranza. Fuero unos segundos terribles, interminables, y aunque la mezzo resolvió el resto del recital (Joseph Breinl la acompañaba al piano) con su enorme sabiduría, me quedó un regusto amargo que permaneció en mi paladar cuando le vi por la televisión su Siegliende con Barenboim y la Orquesta del West-Eastern Divan en Ravello.

Ayer, viernes 15 de mayo, Meier se sacó la espina. En el Palau de la Música de la Ciudad del Turia y muy correctamente acompañada por la Orquesta de Valencia y su titular Yaron Traub, cantando de nuevo la obra postrera de Richard Strauss, la excepcional cantante parece haber ya superado su bache vocal. Por descontado que la voz no es la de antaño, y las desigualdades -en el grave, sobre todo- se hacen bien patentes. Pero ahí están la cremosidad del instrumento, la morbidez de su legato, la claridad de la dicción, la sabiduría a la hora de controlar la respiración y, en general, la lucidez a la hora de administrar recursos que la caracterizan.

Que, de nuevo, la Meier evidenciara ser menos sutil y expresiva en el campo del lied que en la ópera importa poco. Fue la suya una recreación hermosísima en lo puramente canoro, estilísticamente impecable y dotada de ese distanciamiento digamos "aristocrático", de "llama fría", que suele venir asociado con su arte. Un acercamiento no exactamente otoñal pero sí "metafísico", pues, mucho antes espiritual que terrenal, lo que parece sentarle muy bien a esta música. De propina, un "Morgen" igualmente más allá del bien y del mal. Yo lo escuché con lágrimas en los ojos.

La Novena de Bruckner de la segunda parte no tuvo el menor interés. Yaron Traub, asistente de Barenboim en Bayreuth, dirigió con buenas intenciones expresivas y sin sacar los pies del plato, pero se mostró incapaz de dotar de continuidad al discurso, flácido y deslavazado ya desde la introducción. La Orquesta de Valencia, que me pareció en baja forma (¿quizá por las deserciones al Palau de Les Arts?), se quedó corta a la hora de satisfacer las demandas de la genial partitura. Me aburrí mucho, y eso que se trata de una de mis obras favoritas. Ahora bien, la espera mereció la pena, porque la paciente Meier aguardó una hora extra en el Palau para atender a los muchos aficionados que la aguardábamos. La artista tiene mucha clase, pero de diva, afortunadamente, ni un pelo.

PS. Acabo de descubrir que hay una foto del nuevo look de la Meier en el blog de Maac (enlace).
PS2. En el blog de Atticus hay otra crónica del recital (enlace). Parece que todos coincidimos en la excelsitud de la Meir y en la mediocridad de la orquesta valenciana y de su director.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...