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jueves, 16 de abril de 2015

Última grabación de Lorin Maazel: Réquiem de Verdi en Múnich

Parecía que su decepcionante Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich junto a Sol Gabetta registrado en 2011 iba a ser la única grabación de Lorin Maazel con la Filarmónica de Múnich, pero de pronto Sony Classical nos sorprende sacándose de la manga la que oficialmente viene a ser la última grabación oficial del desaparecido maestro: Réquiem de Verdi grabado en vivo los días 6, 7 y 9 de febrero de 2014. El doble compacto ya se encuentra a la venta en Internet, supongo que también en las tiendas, aunque lo que yo he escuchado es la descarga a 44 KHz / 24 bit pasada por mí mismo a DVD: suena de escándalo, tanto por la transparencia y el equilibrio de planos como por la apabullante gama dinámica, por no hablar del relieve de la percusión tan decisiva en esta página.

Maazel Verdi Requiem

Quizá la ingeniería tenga que ver con la impresión que deja la escucha: lo que ofrece Maazel es puro espectáculo. Del bueno, porque su técnica de batuta es (era) descomunal, pero espectáculo al fin y al cabo. Uno se percata nada más arrancar la interpretación de manera extremadamente lenta –letárgica incluso– y en un casi inaudible “ultrapianísimo”, para pasar en el Dies Irae a desplegar la mayor carga decibélica posible. No radica el asunto, en todo caso, en el mero contraste dinámico, sino en la sinceridad: uno queda deslumbrado por la fuerza y el poderío de las masas corales y orquestales conducidas por el maestro, también por su capacidad para el refinamiento y el matiz –se escuchan aquí y allá figuras melódicas que generalmente pasan desapercibidas–, por no hablar de la magia sonora que es capaz de hacer brotar en determinados momentos –asombroso el arranque del Lux Aeterna–, pero la emoción no termina de brotar, ni en lo que se refiere al desgarro dramático de los números más encrespados ni en esa particular mezcla de espiritualidad –no necesariamente religiosa– y sensualidad que desprenden los pasajes íntimos. Incluso el fraseo resulta a veces un tanto artificial, por momentos redicho, carente de la naturalidad que demanda el universo verdiano.

La verdad es que quienes hemos tenido la oportunidad de escuchar en directo al viejo Maazel interpretar a Verdi nos lo veíamos venir. La Aida y la Traviata que ofreció en Valencia albergaban cosas de muchísimo interés, pero la primera, siendo orquestalmente fascinante, carecía de verdadero aliento teatral y parecía buscar antes el lucimiento de la batuta que en otra cosa, mientras que la segunda, sencillamente, llegó a ser un aburrimiento. En ninguno de los dos casos el resultado sonaba a Verdi, esto es, a esa particular mezcla de frescura y cantabilidad a partes iguales que, con mayor (Muti, Solti) o menor (Giulini, Barenboim) dosis de aspereza sonora, es necesaria en la obra que ahora nos ocupa, el genial Réquiem. No quiero con esto decir que la traducción de Maazel, que se extiende a lo largo de 92 generosos minutos, sea floja o carezca de interés. En absoluto: resulta brillantísima y en algún número, especialmente en el Agnus Dei, alcanza cotas muy notables de inspiración. Lo que ocurre es que impresiona más que conmueve, y por ello no termina de hacer justicia a la excelsitud de los pentagramas.

Anja Harteros repite la excelsa recreación que ya ofreció con Barenboim en 2012; que en el Libera me se quede muy justa en el grave y pille el sobreagudo por los pelos importa poco frente a semejante despliegue de talento. Daniela Barcellona, aun demasiado lírica para su parte, está asimismo magnífica. Wookyung Kim, además de cantar muy bien, posee una voz de tenor francamente bella; mucho más que la de Kaufmann, quien con Barenboim resultaba mucho más convincente en lo que la expresión se refiere: mientras que el muniqués casi llegaba a escupir a la divinidad, el coreano resulta en exceso piadoso. Georg Zeppenfeld luce un buen instrumento y se muestra centrado en lo expresivo: muy bien, pero solo eso. Sin problemas el Philharmonischer Chor München y con buen nivel, pero lejos de las grandes formaciones europeas, la que fuera orquesta de Celibidache.

Muy en resumen, perfecto testimonio de que el desaparecido Maazel fue un director de técnica excepcional pero un intérprete de enorme irregularidad. Está bien que se haya comercializado, más aún contando con una ingeniería de sonido sensacional. A ver si hay suerte y este u otro sello nos regalan alguna que otra toma radiofónica de estos últimos años en los que  (hay que decirlo: por pura codicia) al maestro permaneció alejado del mundo del disco.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Aida en Les Arts: Amneris se merienda al elenco

Acudí otra vez al Palau de Les Arts sin saber muy bien si me voy a un teatro de primera, de segunda o de tercera división. De primera es (sigue siendo, no sabemos dentro de unos meses) la Orquesta de la Generalitat, como también el correspondiente Coro, y de primera son las dos carísimas batutas de la casa, Lorin Maazel y Zubin Mehta. De segunda son algunos elencos -inexplicables si tenemos en cuenta que la intendente presume de ser experta en voces- y la escasa funcionalidad del bellísimo edificio de Santiago Calatrava: mi asiento de ayer viernes 19 de noviembre, lateral de tercer piso, casi acabó con mi espalda. Y de tercera son la desastrosa comunicación con el público, repetidamente despreciado por los gestores de Les Arts, y las numerosas faltas de profesionalidad que han sido denunciadas por mi colega bloguero Atticus en un texto que suscribo punto por punto (enlace). En cualquier caso, de poco sirve lamentarnos ahora: habida cuenta de que el gobierno central, por lamentables motivos políticos, ha negado desde siempre el pan y la sal al proyecto del honorable President Francisco Camps, y que la Comunidad Valenciana anda a su vez entrampadísima (¿creían ustedes que todo esto iba a salir de la nada?), es posible que el proyecto estalle dentro de poco y haya que empezar de cero. Ojalá que no sea así, pero para remediarlo hace falta un radical cambio de rumbo.


Dicho esto, me lo he pasado bien en la Aida. Y eso que elenco, más bien discreto, fue devorado por una maravillosa Daniela Barcellona a la que el cambio de repertorio le ha sentado estupendamente. Es verdad que su voz resulta demasiado lírica para encarnar a la hija del faraón: es preferible un instrumento más pastoso y más sólido en el grave (hubo considerables cambios de color). Pero la línea es excelente, evidenciando un excepcional control de la respiración, un legato de enorme elegancia, unos agudos segurísimos y una expresividad siempre certera, alejada de la ferocidad y de cualquier recurso más o menos truculento. Su Amneris sonó a Verdi, ciertamente, pero a un Verdi emparentado -como no podía ser menos, viniendo la mezzo de donde viene- con el Bel Canto, lo que me parece un acierto. A ver si en las funciones que les veremos en diciembre le saca aún más punta a un personaje que acaba de debutar.

No me gustó la Aida de Indra Thomas.Tampoco suscribo las afirmaciones durísimas que se han escrito sobre ella (enlace), pero debo señalar que alguien que ha visto todas las funciones me aseguraba que en la de ayer es en la que mejor ha estado. Lo más satisfectorio, a mi juicio, una voz de buena calidad, con cuerpo y esmalte, aunque no del todo adecuada a la esclava etíope (quizá la culpa fue de Verdi, que pide muchísimo tanto por arriba como por abajo). Lo peor, una dicción ininteligible que esta señora debería haber corregido mucho antes de atreverse a salir a un escenario. Aparte de esto, la línea de la Thomas fue muy irregular, alternando momentos buenos, dichos con sensibilidad y buen estilo verdiano, incluso ofreciendo pianísimos de gran belleza, con otros en los que la afinación fue más que dudosa o en los que, sencillamente, la voz parecía habérsela tragado la tierra. Por si fuera poco es una mediocre actriz.

Jorge de León me gustó muchísimo en el dúo final, donde lució una voz bellísima e hizo gala de una enorme sensibilidad. En el resto de la función el instrumento no parecía el mismo. Dio las notas, sí, pero las dio con una técnica limitada, con agudos que no sonaban desahogados y con una escasa capacidad para apianar, no digamos para matizar en lo expresivo. Su entrada en el tercer acto fue penosa. Dicen las malas lenguas que a todo esto se le llama "técnica Leoz", y que el resultado es "poder" de manera aceptable con papeles más o menos pesados durante unos pocos años para luego perder la voz sin remedio; que la nómina de quienes han sufrido evolución semejante termina, de momento, con Carlos Álvarez; y que el joven tinerfeño debería abandonar inmediatamente maestro y agencia si quiere explotar el enorme potencial que tiene. Yo, desde luego, lo tengo muy claro: quiero a un Jorge de León que haga una carrera sólida y duradera, porque tiene muchísimo que ofrecer. Por ello le pediría que se aplicara la sensatez que hasta ahora no parece evidenciar.


El resto, irregular. Algo tremolante pero muy cumplidor fue el Ramfis de Giacomo Prestia, que al menos logró sonar a Verdi. Muy mediocre Gevorg Hakobyan como Amonasro (aunque en diciembre Marco Vratogna puede hacerlo aún peor). Bien el Faraón de Marco Spotti, el Mensajero del Valenciano Javier Agulló y la Sacerdotisa de Sandra Dernández. Mención muy especial para el Coro de la Generalitat y para su director Francesc Perales, que hicieron muchísimo por subir el nivel de la velada. Lo mismo se puede decir de la orquesta, dirigida por un Maazel muy en su línea de los últimos tiempos, es decir, discutibilísimo pero genial.

Es difícil explicar cómo fue su dirección. Quien conozca su grabación de La Scala de 1985 (Chiara, Pavarotti y Dimitrova, sensacional esta última) puede hacerse una idea, porque fue una especie de borrador de lo que hemos escuchado en Valencia. Aquí el maestro ha ido mucho más allá en sus rasgos más personales, para lo bueno y para lo malo. ¿Sonó a Verdi? No. ¿Tuvo teatralidad y carácter narrativo? Tampoco. ¿Cayó en la ampulosidad y en la brillantez por sí misma? Pues sí. Pero... ¡qué increíble despliegue de timbres y texturas! ¡Qué manera de desmenuzar la partitura hasta el último detalle! ¡Qué magia la desplegada en los coros sacerdotales! ¡Qué habilidad para mantener la tensión interna en tempi de semejante lentitud, muy particularmente en el hiper-celibidachano dúo final! En fin, cosas de Maazel.

De la producción de David McVicar ya se ha hablado mucho por ahí. A mí, como su reciente Vuelta de tuerca en el Real (enlace), me ha gustado bastante, sin entusiasmarme. Me parece un acierto haber renunciado por completo a la iconografía egipcia, que resultaría inevitablemente kitsch para un espectador de hoy, para en su lugar haber recreado una civilización imaginaria mezcla de muchas otras en la que brilla con luz propia el imaginativo y fastuoso vestuario de Moritz Junge. La escenografía de Jean-Marc Puissant, eso sí, resultaba más bien fea, y en exceso oscura la por lo demás muy cuidada e interesante iluminación de Jennifer Tipton. Las coreografías en plan samurai de David Greeves para la marcha triunfal me llamaron particularmente la atención porque la idea es casi idéntica (sables aquí en lugar de estacas) a la que ofreció Stefano Poda para resolver la misma escena en la producción -de origen mallorquino, si no recuerdo mal- que vimos hace años en Jerez de la Frontera. A la dirección de actores propiamente dicha se le podía haber sacado muchísimo más partido.

Total, una Aida con suficientes elementos de interés, pese a la pareja protagonista, como para desplazarse a Valencia. Una lástima que me encontrara muy cansado en el cuarto acto y no pudiera disfrutarlo como es debido. Espero hacerlo en diciembre y sacarle todo el jugo a la tremenda escena del último acto de la tremenda Barcellona, y resolver por fin el misterio que todos tenemos en mente: si el futuro titular de Les Arts, Omer Wellber, es un gran director de ópera.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Troyanos en Valencia: aburridos y abucheados

Comenzó la función a las ocho. Terminó a la una de la madrugada. Cinco horas en total, incluyendo dos descansos de treinta minutos cada uno. Y es que Les Troyens es una ópera larga. Larga y desigual. O se hace muy, pero que muy bien, o en determinados momentos puede pesar como una losa. En el Palau de Les Arts las cosas no funcionaron como es debido. En el segundo intermedio quedaron muchísimos huecos libres en el patio de butacas. Al final de la representación hubo desbandada general. Los pocos que no se marcharon corriendo aplaudieron sin muchas ganas al elenco canoro, con enorme -y merecido- entusiasmo a Daniela Barcellona y con -a mi entender, inmerecida- calidez a Valery Gergiev. Carlus Padrissa y sus compañeros de La Fura dels Baus se llevaron un monumental abucheo en el estreno de esta nueva producción que pronto se verá en San Petersburgo.

La dirección de Gergiev no fue tan mala como podía haber sido, habida cuenta de cómo se las gasta el maestro ruso (enlace): en Valencia no hubo apresuramientos, caídas de tensión ni delicadeza mal entendida. Horribles solo fueron el coro inicial -desmadejado y frivolón- y la escena de la tormenta -de una vulgaridad extrema-. El resto fue pura rutina, con las cosas en su sitio pero sin inspiración. Todo sonó plano, indiferenciado, vulgar. Ni rastro de la sonoridad particular que exige la música de Berlioz. La fabulosa orquesta sonó bastante menos bien que cuando la dirigen Mehta o Maazel. Eso sí, lo hizo “a la Gergiev”, con esa bronquedad en los metales que le caracteriza.

Magnífica Daniella Barcellona debutando el muy exigente papel de Dido. Solo en su gran escena final mostró ciertas desigualdades en el instrumento, perdonables habida cuenta la enorme lección de estilo, de musicalidad y de entrega dramática que ofreció la mezzo italiana. Me gustó bastante menos Elisabete Matos, pues su habitual tosquedad canora y sus insuficiencias en la zona grave no son lo más adecuado para cantar a Cassandre; puso, en cualquier caso, toda la carne en el asador y compuso un correcto retrato del atormentado personaje.

Muy mediocre Stephen Gould, calante y desafinado todo el tiempo. Su dúo de amor -fabulosa Barcellona- fue insufrible, lo mismo que su escena del quinto acto; seguramente lo hará mejor Lance Ryan en las dos funciones que le corresponden. El otro “galán” de noche, Chorèbe, estuvo discretamente servido por Gabriele Viviani. El resto, muy normalito: las voces del Anillo del pasado verano estuvieron bastante mejor escogidas. Gran labor, en su exigente y decisiva parte, del Coro de la Generalitat, con algunas desigualdades que entiendo hay que achacar a Gergiev.

La Fura ofreció un espectáculo desigual. Me pareció muy inteligente usar el gusano (en referencia a los troyanos informáticos) como leitmotiv iconográfico de la producción, y en este sentido hicieron gala de una enorme imaginación en sus sucesivas transformaciones en diferentes elementos escenográficos. El acto III alcanzó una asombrosa espectacularidad (lamento no tener fotos) y en el IV hubo momentos de mágica belleza. La iluminación, en general bastante oscura, estuvo utilizada con sabiduría.

El problema, como ocurría con la Tetralogía, es que la propuesta de Padrissa y los suyos fue mucho antes una yuxtaposición más o menos lograda de estampas de gran fuerza plástica y de recursos visuales impactantes que la materialización de una idea dramática concreta. Claro, en el Anillo estaba detrás la poderosísima dramaturgia wagneriana y la cosa funcionó de maravilla, mientras que aquí no había nada en absoluto. Y de nuevo la dirección de actores brilló por su ausencia: hay funciones escolares de fin de curso que están mejor dirigidas.

Por otra parte, los recursos de La Fura empiezan a resultar manidos: estos Troyanos fueron más de lo mismo. El narcisismo y el amaneramiento empiezan a hacer mella en las propuestas operísticas del grupo catalán, que además hizo esta vez gala de una mirada irónica sobre el libreto que en ocasiones funcionó y otros momentos chirrió de manera considerable. A destacar el horroroso vestuario de Chu Uroz y la ridícula coreografía de las danzas a cargo de María Jesús Sánchez, aunque un par de ellas vinieron a solucionarlas, positivamente, dos bailarines del Marinski traídos por Gergiev.

El que la acción estuviera trasladada a una Tierra invadida por los ordenadores (a la manera de Terminator) en los primeros actos y a una nave espacial en los restantes, para terminar Eneas y los suyos buscando agua en Marte, a mí me pareció lo de menos, aunque seguramente fue esto lo que movió al respetable a abuchear al grupo, creo que de manera inmerecida: a pesar de los reparos expuestos, hubo un trabajo imaginativo, personal y audaz que cuanto menos hay que respetar.

De todas formas creo que no le ha venido mal su primer abucheo al Palau de Les Arts, un teatro que ha conocido éxitos justificadísimos pero que anda un poco subido a la parra. Circunstancias como la ausencia de libreto con la traducción o -sobre todo- el que los espectadores no se pudieran enterar de quién cantaba esa noche (Barcellona/Simeoni, Gould/Ryan) hasta que leyeran el programa de mano que se entregaba a la entrada, son de un cutrerío inaceptable para un teatro que gracias a su asombrosa orquesta y a producciones como la de su Anillo se encuentra ya en primera división. Que tome nota Helga Schmidt.

lunes, 23 de febrero de 2009

Un Tancredi de primera en el Maestranza

Me lo pasé estupendamente el pasado viernes 20 de febrero: con este Tancredi el Maestranza ha demostrado poder estar a la altura de los teatros de primera. Aquí van unos apuntes sobre la función.

Primero. Maravillosa idea hacer este título, por idénticas razones a las que hacen que programar Busoni, Zemlinsky o Schreker sea una idea igualmente estupenda: aquí hay música de mucho interés que todo teatro que aspire a algo más que a llenar butacas tiene la obligación de dar a conocer. Ahora bien, sería un error pensar que es este repertorio belcantista lo que “realmente gusta” al público sevillano: el respetable se mostró mas bien frío -salvando a unos pocos pero muy ruidosos incondicionales de la Devia- a lo largo de la función. Lo dicho, hay que programar más Rossini, como también más de “lo otro”. El público necesita ser educado, le pese a quien le pese.

Segundo. Una preciosidad la propuesta escénica de Yannis Kokkos, una coproducción con otros centros líricos que ya se vio en su momento en el Teatro Real. Ágil, luminosa, colorista, imaginativa -pero sin salidas de tono-, muy respetuosa con la música (¡gran virtud en nuestros días!) y muy inteligente a la hora de plantear una acción basada en el teatro de marionetas, una idea no especialmente original (hace unos años vimos algo parecido en la Maruxa de Francisco López en el Villamarta) pero muy adecuada en una obra que si hoy se abordase desde una perspectiva realista caería en el más absoluto de los ridículos. La dirección de actores podía haber estado un poco más trabajada.

Tercero. Un acierto total contar con la Orquesta de Granada para permitir a la ROSS irse de gira por Europa. Se dice que la formación ha vivido en las últimas temporadas una cierta crisis debido a los cambios de titularidad, pero en su intervención en el foso del Maestranza no se ha notado tal cosa: su empaste, agilidad y musicalidad para el repertorio clásico siguen siendo excepcionales en el panorama español. Y alguno de los solistas (sección de metales, no quiero concretar más) son aplastantemente superiores a los de la Sinfónica de Sevilla. Lástima que la dirección de Maurizio Benini, de muy buen gusto, atenta al equilibrio de planos y acertadísima a la hora de trazar los peculiares “crescendi” rossinianos, careciese de la vitalidad y fuerza dramática deseable.

Cuarto. Las chicas. Triunfo total de Daniela Barcellona. Puede que su voz -hermosísima pero más bien lírica- no sea la más adecuada para Tancredi, pero su dominio del estilo y su musicalidad son excepcionales. No hace falta decir más. La idolatrada Mariella Devia llegó como sustituta -gran cambio a mejor- en el rol de Amenaide. Su instrumento ahora -sesenta años a sus espaldas- vale más bien poco, pero su arte sigue estando ahí… cuando quiere o puede. En el primer acto se mostró muy fría e incluso vocalmente se mojó poco: a veces ni se la oía. En el segundo acto destapó el tarro de las esencias y puco lucirse con una espléndida zona aguda, un notable manejo de la coloratura, un excelente gusto a la hora de ornamentar en los da capo (no como otras que yo me sé) y, sobre todo, un legato de esos para derretirse al instante: su “Di mia vita infelice… No, che il morir non è”, de auténtico infarto, fue una de las cosas más bellas desde el punto de vista vocal que he escuchado en el Maestranza.

Quinto. Los chicos. Un lujo tener a Gregory Kunde como Argirio. Aunque la edad no perdona y la voz se resiente en su emisión, excepción hecha de una zona aguda brillante y poderosa, el estilazo rossiniano y el apasionamiento expresivos nadie se los quita al veterano tenor, a quien por cierto no hubiera estado nada mal tener en el reciente Doktor Faust (en su DVD junto a Thomas Hampson está increíble). Poderoso y eficaz, más que refinado o adecuado al estilo, el Orbazzano de Wojtek Gierlach.

Sexto. Los demás. Me gustó el Roggiero de Alexandra Rivas, y más aún la Isaura de Anna Tobella, que apunta buenísimas formas; ambas son chicas jóvenes y guapas, de bellas voces y artistas prometedoras. El coro (masculino) comenzó menos que regular y fue mejorando hasta completar su labor de manera espléndida. Total, una espléndida noche belcantista.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...