Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Dice Daniel Barenboim que la gran mayoría de los críticos equivocamos el concepto de lo que debemos hacer. Que nos empeñamos en valorar hasta qué punto nos convencen las intenciones expresivas del artista de turno, cuando en realidad nuestra misión no sería expresar nuestro mayor o menos acuerdo con los objetivos planteados, sino valorar en qué medida se han alcanzado esos objetivos. Pues bien, en esto estoy en radical, profundo y militante desacuerdo con el de Buenos Aires. Lo que él considera que es labor del crítico debe quedar reservado para músicos profesionales de cierto nivel y restringirse a círculos muy concretos: conservatorios, teatros y agencias. No es algo que interese al melómano en general, ni que le aporte nada en particular salvo a los que confunden música con virtuosismo. Ya saben, que si tal artista resolvió con fortuna las notas picadas de tales compases, si se desenvolvió bien en la zona de paso... Todas esas cosas a que suelen leerse a críticos pedantes y que, siendo importantísimas en lo técnico, no son en realidad la música, sino el medio que esta encuentra para materializarse. No, señor Barenboim, no debe usted confundir a un crítico con un profesor de conservatorio, porque entonces convertimos al intérprete en un mero ejecutante, cuando en realidad es propiamente un artista con cosas que decir y con cosas que (re)crear. Usted el primero, dicho sea de paso, aunque tantas veces se haya empeñado en quitarse a sí mismo la etiqueta de "autor".
Perfecto ejemplo de la necesidad de diferenciar claramente entre intenciones y resultados, y de cómo lo primero termina siendo mucho más decisivo que lo segundo, es este disco en el que Yuja Wang, Andris Nelsons y la Sinfónica de Boston interpretan los dos conciertos para piano de Dimitri Shostakovich, un registro de Deutsche Grammophon que forma parte de la gran caja dedicada al autor de La nariz protagonizada por el maestro letón, y que ahora acaba de salir aislado. Director y solista, que dejan muy claro lo que quieren –volveremos enseguida sobre ello–, materializan sus ideas de manera portentosa. Es difícil tocar mejor que como lo hace la pianista china. Pulsación extremadamente limpia, por mucho que pueda correr. Sonido de extrema plasticidad, que logra aligerarse al máximo pero también se muestra capaz, aun sin ofrecer mucha densidad armónica, de enfrentarse a la masa orquestal. Fraseo flexible, rico en inflexiones expresivas tanto en la agógica como en la dinámica. Mucha belleza sonora. Efervescencia a tope. Y mucha, muchísima brillantez.
Ahora bien, ¿qué nos han querido decir nuestros artistas sobre las obras en cuestión? Porque interpretar no es solo poner las notas en su sitio. Es investigar, decir algo interesante, sea profundizando en lo ya sabido o aportando cosas nuevas. En el Concierto nº 1 Andris Nelsons, con independencia de la excelencia de su concertación y todo eso, dice cosas no ya interesantes, sino interesantísimas: en esta página en principio gamberra y desenfadada hay mucho más dolor del que parece. Nos lo deja bien claro en un Andante y un Moderato cargados de pathos, amargor y desazón, como también en un movimiento conclusivo que no suena a cine mudo o a dibujos animados, sino a esa locura a la que, en el universo expresionista en general y shostakoviano en particular, termina conduciendo la desesperación. Yuja Wang va un poco por su cuenta, sin enfrentarse al concepto del maestro, pero aportando esa efervescencia, esa vitalidad, esa chispa y ese descaro que, pese a lo antes dicho, resultan imprescindibles en esta música. Su fraseo felino, a veces rapidísimo pero siempre elástico, recuerda no poco a Martha Argerich, aunque con un toque mucho menos percutivo que el de la de Buenos Aires y ofreciendo algunos momentos de delicadeza extrema que no siempre resultan convincentes. Más reparos se pueden poner al trompetista Thomas Rolfs: toca increíblemente bien, pero no termina de destilar sarcasmo y tampoco sabe destilar ese aroma a tabaco y alcohol que ha de poner en evidencia los toques jazzísticos de la página. Sea como fuere, una de las grandes versiones de la página (aquí la discografía comparada).
En el Concierto nº 2 Yuja Wang parece imponer su concepto sobre el director. Mal asunto. En los movimientos extremos se queda en lo lúdico y aprovecha para realizar un indisimulado exhibicionismo -el clímax posee nervio antes que desgarro-, mientras que en el Andante ofrece sonoridades levísimas, un fraseo perfumado y una expresión contemplativa que cae en lo kitsch:
tan solo un hilo musical. De belleza extrema, eso sí, pero hilo musical al fin
o al cabo. Andris Nelsons trabaja de madera formidable con las
carnosas maderas de Boston y se muestra mucho más sensato que la solista en la expresión, y ahí se queda: esta vez no indaga en los pliegues de la música. ¿Resultado? Una versión tan vistosa como superficial de una música que merece muchísimo más.
Completando el compacto, Yuja ofrece una breve selección de preludios y fugas del autor. He realizado la comparación con el referencial registro de Alexandre Melnikov, con el resultado esperable: ella, que pone imaginación a la hora de tratar las líneas polifónicas sin por ello perder claridad, resulta más fresca, juguetona y efervescente, también más coqueta y delicada, ganando a su colega en lo que electricidad y brillantez se refiere, pero él indaga mejor en los pliegues expresivos y resulta más atrevido a la hora de plantear tensiones.
Total, que si hacemos caso de Barenboim este disco solo puede calificarse como sensacional, pero si pensamos que la clave está en la manera de mirar la música, para el autor de estas líneas no encontramos ante una versión del Primero de enorme interés y una del Segundo que, aun muy bella y vistosa, reduce esta música a una agradable nadería.
La primera vez que escuché la Sinfonía Turangalila de Olivier Messiaen fue en directo, en el Teatro de la Maestranza allá por abril de 1993. Yo no había aún cumplido los veintidós, así que supuso todo un trauma: de inmediato se convirtió en una de mis obras preferidas del siglo XX. La interpretación debió de contribuir lo suyo, pues allí estaban Riccardo Chailly, la Filarmónica de La Scala, Jean Yves Thibaudet y Takashi Harada. En la firma de autógrafos le pregunté al maestro si iban a grabarla obra, y con una enorme sonrisa me replicó que ya estaba grabada, con los mismos solistas y la Orquesta del Concertgebouw. Compré el disco en cuanto salió, y luego la edición en SACD. Comprenderá el lector que, con todas estas circunstancias, para mí es esa y no otra la versión por excelencia de la genial partitura. Poco a poco fui llegando a otras propuestas interesantísimas, como la muy impresionista de André Previn –que tengo en formato cuadrafónico– o la salvajada expresionista de Kent Nagano; de estas y de unas cuantas más hablé por aquí en una discografía improvisada.
He vuelto a escuchar la de Chailly, y me reafirmo en mi opinión: es la referencia absoluta gracias a su capacidad para sintetizar con el equilibrio más adecuado las diferentes facetas de la partitura, amén de por la soberbia ejecución de los holandeses. También he querido acercarme al vídeo de Gustavo Dudamel y la Simón Bolívar disponible en YouTube, que no es el que se filmó en la Philharmonie de Berlín –antaño disponible en la Digital Concert Hall– sino otro con Yuja Wang en lugar de Thibaudet. Gran recreación particularmente por la mezcla de sensualidad y entusiasmo que emana de la batuta. Todo este repaso, para realizar una audición en condiciones del registro que, de momento solo en formato digital, acaba de lanzar Deutsche Grammophon con Andris Nelsons, la Sinfónica de Boston y la citada pianista china. Primera grabación, por cierto, de la orquesta que encargó la obra: no es detalle baladí.
Vamos al grano, que llevo ya demasiadas líneas sin decir nada. Desde el punto el vista técnico, esta es una recreación colosal. Las hay igual de increíblemente bien tocadas, pero no mejor: es imposible. Hay una todavía más satisfactoriamente diseccionada, la de Cambreling, si bien aquella no llega al nivel de ejecución de lo que aquí consiguen un Andris Nelsons y una Sinfónica de Boston en la cima del virtuosismo. Todo increíblemente bien expuesto, amén de recreado con una amplísima gama de colores –la orquesta sabe sonar tanto curvilínea como incisiva– y haciendo gala de un envidiable sentido de las texturas.
Desde el punto de vista expresivo encuentro algunos reparos. Las grandes virtudes en este terreno son el indesmayable vigor rítmico, la brillantez bien entendida y la atención a los aspectos conflictivos de esta música: hay tensiones, hay angulosidades e incluso hay violencia, si bien lejos del carácter angustioso y obsesivo de Nagano. Tambien hay delicadeza y refinamiento. Ahora bien, la sensualidad, la atmósfera impresionista y –por qué no decirlo– la espiritualidad que anidad en los pentagramas no se encuentran atendidas al cien por cien, al tiempo que se evidencia, sobre todo en la segunda parte de la obra –también en el arranque del cuatro movimiento–, una tendencia al nerviosismo que no me resulta convincente. Reparos menores, en cualquier caso, frente a un reparo mayor: el carácter frivolón que Andris Nelsons imprime al Finale.
Yuja Wang estaba magnífica con Dudamel merced a un su toque agilísimo, poco denso –en la antípoda de la visceralidad percutiva de Aimard con Nagano–, plagado de sutilísimas inflexiones idóneas para recrear lo que con mucha mala leche Celibidache llamaba "música de pajaritos, pío pío". La pianista china parece encontrarse todavía más a gusto con Nelsons: su fraseo felino tendente al nerviosismo encaja bien con la idea que el maestro letón parece tener de esta música. La joven Cécile Lartigau me ha gustado muy especialmente en las ondas Martenot.
¿Toma de sonido? En el Dolby Atmos que ofrece la plataforma Stage + es la mejor de todas, incluyendo el portentoso SACD de Chailly arriba citado. Total, que aun con todos los reparos expuestos este es un registro a conocer. A ver si escucho algunos discos más y actualizo la discografía comparada.
Tras una cancelación en Valencia por culpa de la demoníaca DANA y una actuación en el Teatro Real de Madrid, llegaba a Sevilla la gira de la Mahler Chamber Orchestra con Yuja Wang anunciada como solista y directora. Al final no fue exactamente así: la artista china no dirigió ni el Concierto DumbartonOaks de Stravinsky ni Le toumbeau de Copuerin de Ravel, mientras que en el Concierto en sol del francés y la Suite de jazz de Tsfasman se limitó a algunos movimientos de brazos con la misma precisión y validez artística de los que usted y yo podemos hacer delante del equipo mientras escuchamos música. ¿Se echó de menos un director? Muchísimo, aunque no en todo el concierto.
La excepción fue DumbartonOaks. Un servidor se había tragado unos días antes cinco versiones seguidas de esta maravillosa obra del periodo neoclásico de Stravinsky. La experiencia fue interesantísima –leer aquí resultado– y me dejó claro que por muy “camerística” y presuntamente impregnada del “espíritu Conciertos de Brandemburgo” que se encuentre la página, un director puede dar visiones tan diversas como enriquecedoras de la escritura: belleza extraordinaria con Colin Davis, diversión con el propio Stravinsky, agresividad con Chailly, sensualidad con Dutoit y una perfecta combinación entre densidad y tensiones contrapuntísticas de la mano de Pierre Boulez, que firma la visión que a mí más me atrae.
Temía que los de la Mahler Chamber se quedase en la trivialidad. Pues no, en absoluto. Acercándose un tanto a la visión grabada por el compositor pero ofreciendo una dosis muy superior de depuración sonora y expresividad, los músicos nos presentaron una interpretación maravillosamente barroca. ¿Barroca en qué sentido? Pues en el de la teatralidad: cada una de las líneas estuvo altamente singularizada en lo expresivo, como si nos encontrásemos ante diferentes personajes dialogando entre sí, aportando cada uno de ellos una opinión que replicaba la del contrario y dotando así a la obra de intensos claroscuros y un alto voltaje expresivo. Nada de hacer la música amable, aunque sí que hubiera mucho de jovialidad, de sentido del humor e incluso de placer en el acto de hacer música. Las tensiones estuvieron bien marcadas –ataques incisivos sin necesidad de caer en el exceso– y la efervescencia conoció control. Desde el punto de vista técnico aquello fue impresionante. ¡Menuda plantilla de instrumentistas! Mis más encendidos aplausos para todos ellos, especialmente para quien parece que realmente dirigía el asunto, el concertino José María Blumenschein, a la sazón primer violín de la Sinfónica de la WDR de Colonia.
Apareció Yuja Wang vestida tal y como era de esperar, con raja hasta la cintura. Los fans no quedarían defraudados. Esta señora fue durante años un lamentable producto del marketing: figura escultural, vestidos de diseño, relojes de lujo y mucho, muchísimo dinero puesto sobre la mesa por Deutsche Grammophon para promocionar a una artista dotada de una agilidad y limpieza digitales absolutamente pasmosas, de un sonido capaz de adelgazarse hasta límites insospechados y de un sentido del ritmo envidiable, pero cortísima en expresividad, tendente al puro mecanicismo y muy interesada en correr lo más posible –aplausos por la vía fácil– a costa de la propia música. Fueron muchos, muchísimos los engañados por semejante fraude, pero ya se sabe lo mucho que gusta al personal la música a base de ligerezas y brillanteces varias. Ya saben, concebir el hecho musical como una experiencia densa y exigente, de esas que hacen pensar, queda fuera de paladares acostumbrados a la trivialidad, particularmente cuando algunos –o muchos– intérpretes de la escuela HIP han acostumbrado los oídos a recibir con entusiasmo detalles delicados, aéreos y gráciles, así como vertiginosas cascadas de notas de deliciosa efervescencia. Yuja Wang no tendrá nada que ver con la escuela historicista, pero es producto de los tiempos que corren.
Dicho esto, la pianista ha mejorado de manera ostensible en los últimos años. Comparen las versiones sueltas de Rachmaninov grabadas con Abbado y Dudamel con el ciclo completo hecho con el maestro venezolano hace poco: siguen detectándose frases mecanográficas aquí y allí, pero ahora el toque es mucho más rico, las dinámicas se encuentran más matizadas, los acentos ofrecen mayor variedad y están más sensatamente puestos.
Pero para que las cosas le salgan bien a Yuja hace falta un director que encauce el asunto. Y es justo lo que le ha venido pasando con la obra que traía a Sevilla, el sublime Concierto en sol de Ravel, que en su momento le pudimos escuchar en estos lares a Alicia de Larrocha con Rafael Frühbeck de Burgos. Como intenté explicar en la discografía comparada, Wang no dio lo mejor de sí misma con Lionel Bringuier en su registro para DG ni en el vídeo con el mismo director, pero luego lo hizo muchísimo mejor bajo la excelente dirección de Klaus Mäkelä. En el Maestranza dirigía –es un decir– ella misma, así que las cosas se quedaron a medio camino. Hubo mucha belleza en su pianismo, como también detalles mágicos –arranque del segundo movimiento–, delicadeza y una buena dosis de desparpajo, agilidad y sabor jazzístico en los movimientos extremos, pero se echó de menos un sonido más poderoso –desde mi asiento en un extremo lateral del teatro a veces no se la escuchaba bien–, un mayor sentido de los contrastes –todo muy bonito, quizá demasiado– y, sobre todo, un vuelo poético más elevado. Tanta ligereza termina hartando. La orquesta parecía otra: hubo imprecisiones –arranque del tercer movimiento– e inseguridades varias, los solistas intervinieron como cohibidos –muy bien el corno inglés en el Adagio– y el conjunto se resintió de falta de unidad. Faltaba, claramente, alguien que tuviera una idea clara de la obra y supiera cómo encauzar a todos para obtenerla. Faltaba un director.
¡Y vaya si faltó en Le tombeau de Couperin! Fue una mediocre interpretación, soberbiamente tocada pero dicha con mucho despiste. Ya sé que hay grandes maestros que se han estrellado contra ella, incluyendo nombres como los de Barenboim o Solti, pero precisamente por eso hacía más falta que nunca alguien que supiera algo sobre el estilo y la expresividad apropiadas para Ravel. Sí, en el Preludio se recrearon con brillantez y mucha limpieza las referencias clavecinísticas, mientras que el Rigaudon conclusivo ofreció contrastes y un sabroso sentido del ritmo, pero la sección central de este último y los otros dos movimientos fueron abiertamente malos por superficiales y asépticos, incluso rutinarios. ¿Dónde están la sensualidad, la ternura, la efusividad ravelianas? Escuchen a Cluytens, Ozawa o Previn. Mejor aún, a Celibidache con la Filarmónica de Múnich. No hay color.
Volvió Yuja Wang –con vestido distinto y todavía más bello que el de la primera parte– para interpretar la Suite de jazz de Alexander Tsfasman (1906-1971). Por nombre y contexto es imposible no pensar en la mal llamada Suite de jazz nº 2 de Shostakovich. Ya saben, frivolidad del realismo socialista y todo eso. Pero la diferencia es sustancial: lo de Dimitri Dmítrieviches pura delicia, esto de Tsfasman más bien una castaña pilonga. Por si fuera poco, Doña Yuja soltó aquello de “¡a correr se ha dicho!”, porque lo que le interesaba es insistir en que ella es la más rápida al oeste de Texas. Así las cosas, la orquesta pasó como una apisonadora ante las posibilidades líricas de partitura, ante su voluptuosidad y decadentismo, y se limitó a ofrecer un colchón de lujo –virtuosismo y limpieza insuperables– para que la Wang, con el ritmo en los huesos y los dedos tan ágiles como siempre, hiciera lo que más le gusta. Bicheen ustedes un poco por las plataformas de streaming y verán como esta partitura, por muy mediocre que sea, se puede hacer mejor.
Dos propinas. La primera –tontamente– no logré identificarla, pero me ayudó un colega: el Danzón nº 2 de Arturo Márquez. Ahí Yuja estuvo maravillosa. De la segunda no tengo ni idea, pero sirvió para ofrecer más de aquello que muchos habían venido buscando: fuegos artificiales.
Con motivo de la gira por España en la que Yuja Wang va a tocar y dirigir esta obra al mismo tiempo, actualizo esta entrada repasando la referencial grabación de Ciccolini/Martinon y añadiendo cinco grabaciones más, entre ellas dos vídeos de la citada pianista china.
14.VI.2022
Vuelvo a escuchar la grabación de Michelangeli con Gracis, ampliando el comentario, e incorporo las de Weissenberg/Ozawa, Rogé/Dutoit, Ousset/Rattle y Pérez Floristán/Pérez.
14.XII.2019
Esta entrada se publicó originalmente el 31 de mayo de 2012. De las 16 interpretaciones entonces comentadas pasamos a 32, incluyendo ahora las de Bernstein '46, Bernstein '58, Haas/Paray, De Larrocha/Foster, Argerich/Abbado/LSO, Lortie/Frühbeck, De Larrocha/Slatkin, Grimaud/López Cobos, Grimaud. Zinman, Achúcarro/Varga, Stephano Bollani/Chailly, Say/Carlos Miguel Prieto, Perianes/Orozco Estrada, Yuja Wang/Lionel Bringuier, Seong-Jin Cho/Rattle y Perianes/Pons. Además, he vuelto a escuchar las de François/Cluytens, Argerich/Abbado/Berlín, Ciccolini/Martinon, y Bernstein/Nacional de Francia, modificando en mayor o menor medida los comentarios; a la de François/Cluytens le he bajado un punto.
Quizá sea el momento de recordar que esto de otorgar puntuaciones no es más que un pequeño juego. Cuantificar numéricamente las excelencias de una ejecución puede ser muy adecuado, al menos si lo hace un músico profesional altamente cualificado. Pero hacerlo con las de algo tan subjetivo como una interpretación resulta de lo más resbaladizo salvo que se tome simplemente como eso, un mero divertimento; o al menos, como una convención para entendernos entre los aficionados.
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Ravel compuso su soberbio Concierto en sol entre 1929 y 1931, al mismo tiempo que su no menos extraordinario Concierto para la mano izquierda. Sin embargo, y a diferencia del citado en último lugar, sobre cuya atmósfera opresiva y dramática caben pocas dudas, la obra que nos ocupa resulta sorprendentemente poliédrica.
Así las cosas, son los intérpretes los que han de decidir hasta qué punto deben subrayar su sabor jazzístico –fruto de las experiencias del autor en Estados Unidos–, su perfume francés que entronca con el impresionismo pero también con la peculiar elegancia de la música de nuestro país vecino, o más bien las aristas de corte "expresionista" que recorren los dos movimientos extremos y –aunque en principio no parezca tan claro–, el clímax dramático del bellísimo Adagio assai central, una de las piezas más hermosas compuestas por el autor de la Pavana para una infanta difunta. ¿Difuminar los colores o tratar con agresividad los timbres? ¿Aplicar un sentido del humor chispeante u optar por el sarcasmo? ¿Cantar las melodías con ternura o frasear con desazón?
Lo cierto es que, optando por unas decisiones u otras, todas las interpretaciones que hemos logrado escuchar alcanzan un nivel muy considerable. En las que falla el solista, ahí están el director y la orquesta –aquí importantísima– para compensar sus insuficiencias. Y viceversa.
1. Bernstein/Orquesta Philharmonia (Sony, 1946). Un Lenny que aún no había cumplido los veintiocho se puso al frente de la formidable orquesta londinense, recién fundada, para ofrecer una interpretación fresca y vitalista, maravillosamente paladeada en un Adagio que alcanza un clímax muy intenso, pero aun algo inmadura a la hora de resolver determinados pasajes –los tutti suenan confusos, en gran medida por la toma– y no del todo desarrollada en el estilo raveliano. Curiosamente, lo que más interesa es el muy sensible y matizado toque pianístico de un Bernstein que sabe no quedarse tan solo en la efervescencia. La toma beneficia mucho antes al piano que a la orquesta. (7)
2. Benedetti Michelangeli. Gracis/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). El peculiarísimo artista italiano marcó a sus treinta y siete años un hito aún hoy inalcanzado en esta obra, quizá no en el aspecto expresivo –se han escuchado pianistas más cálidos y comunicativos aún–, pero sí en la agilidad del toque, refinamiento del color, exquisitez en la creación de texturas y elegancia en el fraseo. Los movimientos extremos resultan así más diáfanos que con ningún otro solista, y el central resulta cautivador dentro de su sobria distinción. La dirección es muy sólida, pero no está a la altura. En cualquier caso, hay que destacar cómo en el último movimiento las maderas de la orquesta de Klemperer aportan, aparte de virtuosismo insuperable, una incisividad y una ironía que lo apartan de la mera distensión lúdica. La toma sonora, ya estereofónica, convence tras el último reprocesado. (9)
3. Bernstein/Sinfónica de Columbia (Sony, 1958). Doce años después de
su grabación londinense, Bernstein se toma las cosas con un poco de más
tiempo –en los dos primeros movimientos, no así en el tercero– y paladea
aún mejor la música sin perder las virtudes de antaño. Eso sí, la
orquesta es muy inferior a la Philharmonia, si bien se encuentra mucho
mejor recogida por una toma que ha demostrado ser francamente buena tras
la última remasterización. (8)
4. François. Cluytens/ Orchestre de la Société des Concerts du Conservatoire (EMI, 1959). Lo que mejor se ha conservado de este registro es la dirección de Cluytens, que saca buen partido de la muy adecuada sonoridad de la orquesta –en lo técnico no precisamente impecable– y la hace sonar en los movimientos extremos –no siempre del todo aprovechados– con la incisividad, la extroversión y el carácter digamos gamberro, un punto vulgar y canalla, que probablemente necesita, para por el contrario paladear con el concentración el segundo movimiento –lástima que ante el clímax pase de largo– y hacer cantar a las maderas con apreciable belleza. La intervención de Samson François es mucho menos interesante, no ya por su excesiva libertad en el fraseo o por la irregularidad de la inspiración, sino también porque dista de poseer la depuración sonora que tan solo dos años antes y para el mismo sello había mostrado Benedetti Michelangeli. A la postre, solo se salva un tercer movimiento dicho con adecuada efervescencia. La toma resulta aceptable gracias al nuevo reprocesado, sobre todo si se realiza la audición en alta definición, pero ésta no logra solucionar los desequilibrios de planos y la chata gama dinámica del original. (7)
5. Entremont. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1964). Enorme sorpresa: han pasado cincuenta y nueve años desde este registro y sigue sin superarse la recreación que del primer movimiento, contando con la complicidad de unos Philadelphians que acercan esta música más que nunca a Gershwin, ofrece un Ormandy incisivo y colorista a más no poder, con el ritmo en los huesos, implicadísimo en la expresión –también en el sentido del humor– e increíblemente claro y detallista. El joven Entremont –rondaba la treintena– ya evidenciaba plena sintonía con este repertorio –que no especial inspiración: eso no era lo suyo– y escogió junto con el veterano maestro un tempo muy sensato en el Adagio para que la música volara con libertad. Excelente el breve Presto conclusivo, siempre en la línea del primero. (9)
6. Haas. Paray/Orquesta Nacional de la RTF (DG, 1965). Siendo esta una interpretación francesa por los cuatro costados, no lo es solo en lo que a la levedad bien entendida, de la sensualidad, del color un punto difuminado y de la delicadeza se refiere, sino también en su particular tratamiento de lo lúdico, su frescura algo frívola, del sentido de lo curvilíneo en el fraseo e incluso de una tímbrica más incisiva y variada de lo que en un principio se pudiera pensar. En este sentido, aciertan plenamente tanto una Monique Haas de toque de gran naturalidad y apreciable sensibilidad como un Paul Paray que otorga gran animación a los movimeintos extremos mientras que sabe extraer una hermosísima poesía del sublime Adagio assai, a pesar de llevarlo un punto menos lento de la cuenta. Por desgracia, no parece haber total entendimiento entre director y solista, ya que en el primer movimiento esta última no logra paladear como es debido ciertos pasajes de debería sonar muchísimo más atmosféricos y sugerentes. Sea como fuere, se trata de una realización de mucha mayor altura que la del Concierto para la mano izquierda que los dos artistas grabaron al mismo tiempo. (8)
7. Argerich. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1967). Veintiséis años tenía la pianista porteña en esta su primera grabación de la obra (luego vendrían muchas más entre radio, televisión, discos y DVD), dejando ya muy claro su acercamiento incisivo e incluso agresivo a la partitura, evidenciando al mismo tiempo ese sonido percutivo, pero no por ello ajeno a los matices, que la hacen siempre reconocible. En cualquier caso, esta personalísima grabación no acaba de convencer plenamente ni por parte de ella ni por la de Abbado: un primer movimiento muy vitalista, dicho con un extraordinario sentido del ritmo, también algo nervioso y sin mucho idioma, da paso a un segundo lleno de concentración y de belleza –maravilloso aquí el toque de Argerich– y un tercero dicho con una fuerza arrolladora, también con una muy apreciable incisividad, pero de nuevo algo violento y sin todo el encanto posible; parece que los dos artistas quisieran mirar al Prokofiev que grabaron al mismo tiempo antes que al universo sonoro del propio Ravel. Hay que destacar la enorme claridad que el maestro milanés aporta a la lectura, así como la muy aristada sonoridad con la que hace sonar a la que era, por encima de cualquier otra consideración, la opulenta orquesta de Herbert von Karajan. La grabación, con un importante soplido de fondo, suena muy bien en alta resolución, resaltando la toma la sequedad y las aristas de la propia interpretación. (8)
8. Weissenberg. Ozawa/ Orquesta de París (EMI, 1970). Frente a una orquesta no del todo virtuosística pero ideal para esta música por sonoridad y por estilo, el joven Ozawa se muestra no solo elegante y depurado en su labor de batuta, sobresaliendo en este sentido lo bien que paladea todo el Adagio, sino también –y sobre todo– muy vitalista, entusiasta y atento al sabor jazzístico que necesita la partitura. Mucho menos interesante la labor del solista, pulquérrimo en el toque, pero más bien monocorde y mucho más atento a los fuegos artificiales que a la enorme poesía que albergan los pentagramas. (7)
9. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1971). El jazz, como no podía ser menos, es el ingrediente esencial de la aproximación del norteamericano a esta partitura en su doble faceta de pianista y director, ofreciéndonos aquí una lectura extrovertida y llena de fuerza que sobresale por la incisividad en los movimientos extremos, resultando el último particularmente electrizante. El segundo es muy poético y sensual, lo que no le impide a su clímax alcanzar una tensión y una rebeldía reveladoras. Eso sí, en algún momento se puede echar de menos mayor claridad, circunstancia que compensa la increíble calidad de la orquesta. Lástima que el registro, que conoció tan solo una edición limitada, se encuentre hoy descatalogado. (10)
10. De Larrocha. Foster/Filarmónica de Londres (Decca, 1972). Como era de esperar, lo más grande de esta interpretación se encuentra en un Adagio assai que permite a la extraordinaria Alicia hacer derroche de concentración, musicalidad y vuelo poético, siempre con un toque de extraordinaria belleza que sabe no quedarse en lo meramente superficial, ofreciendo adecuados claroscuros tanto sonoros como expresivos que enriquecen su enfoque mayormente apolíneo. En el resto está francamente bien, aunque no es ella la solista más efervescente ni más jazzística posible: su sensibilidad, por así decirlo, se mueve en la más estricta ortodoxia raveliana. Lawrence Foster dirige con propiedad, sin dejar de atender a las aristas de los movimientos extremos –a veces se le va la mano en los decibelios–, pero en el central se abandona a la ensoñación (¿adormecido por el exquisito canto de la solista?) y no termina de atreverse a subrayar su clímax dramático. Tampoco la orquesta se encuentra en su mejor momento. Magnífica la toma para la época. (8)
11. Ciccolini. Martinon/Orquesta de París (EMI, 1974). Como en casi todo el Ravel que grabó con la Orquesta de París, Martinon destila las más sublimes esencias ravelianas sabiendo ofrecer toda la sensualidad, el refinamiento y el vuelo poético que este repertorio necesita al mismo tiempo que atiende a la rítmica, la angulosidad y los claroscuros que, por muy ortodoxo que se quiera ser en “lo francés”, tampoco hay que descuidar. Ofrece así unos movimientos extremos que saben ser a la par curvilíneos y efervescentes, difuminados e incisivos, impresionistas y jazzísticos. Alcanza el cielo en un Adagio assai que se dilata hasta unos increíbles 10’56’’ con concentración suprema para ofrecernos la más conmovedora mezcla de ternura, delicadeza, melancolía y amargor que uno se pueda imaginar. Todo ello lo consigue con la complicidad de una orquesta que no es la de mayor virtuosismo que pueda uno imaginarse –de hecho, la trompeta se queda corta–, pero sí la que posee unas maderas ideales para esta música. Aldo Ciccolini sabe sazonar la poesía del primer movimiento con cierto perfume jazzístico sin caer en el nerviosismo, pero a ratos pierde un poco de fuelle e incluso parece tocar con cierta dificultad. En el segundo, perfectamente sintonizado con el director, está verdaderamente admirable, mientras que resuelve el tercero no con especial agilidad, pero sí con la adecuada efervescencia. El nuevo reprocesado en alta definición ofrece mayor limpieza que el que hasta ahora ha circulado, pero la toma original no está a la altura. (10)
12. Bernstein/Nacional de Francia (DVD Kultur y YouTube, 1975). La cuarta y última grabación de Lenny no solo no ha perdido fuerza, frescura y efervescencia (¡tremendo el movimiento conclusivo!), sino que ha alcanzado ya la madurez estilística y se dilata hasta los 10’26 (9’15 le duraba en su primer registro) en un Adagio maravillosamente paladeado que alcanza un clímax a medio camino entre lo erótico y lo doliente al que se llega y del que se desciende mediante una planificación admirable. Se agradece la sonoridad francesa en la orquesta, aunque precisamente en las serias limitaciones de esta última se encuentra el único aspecto negativo de la que es, en cualquier caso, una importante recreación. La toma sonora en el DVD dejaba bastante que desear. En la recuperación en alta resolución realizada por Warner, aun siendo el volumen muy bajo, suena muchísimo mejor. (9)
13. Benedetti Michelangeli. Celibidache/Sinfónica de Londres (YouTube, 1982). El italiano repite su enorme logro de veinticinco años atrás –qué manera de modelar el sonido, qué claridad, qué elegancia– ahora junto a un director, este sí, que no solo domina de manera portentosa el lenguaje raveliano, con todos sus colores y texturas puestos aquí de relieve como pocas veces se han escuchado, sino que además se compromete por completo en lo expresivo para hacer justicia a toda la jovialidad, la frescura, el encanto, el carácter travieso, la no escasa ironía y el –por descontado– conmovedor vuelo lírico que albergan los pentagramas. A la excelencia de los resultados no son ajenas las intervenciones llenas de intención de los solistas de la Sinfónica de Londres, en esta que es una de las escasísimas oportunidades de escuchar a Celi al frente de una formación de primera fila. No hay aún hay edición comercial, pero aquí está el vídeo en YouTube para remediarlo. (10)
14. Rogé. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1982). El maestro suizo siempre mostró una enorme afinidad con Ravel, y aquí lo demuestra con una recreación en la que no solo sabe ofrecer elegancia en el fraseo, colorido refinado, sensualidad y un carácter aéreo bien entendido, sino también una buena dosis de efervescencia, incisividad y hasta aspereza cuando es necesario. Pascal Rogé toca con virtuosismo y no menor conocimiento del estilo, redondeando una interpretación más que notable a la que le falta un punto de poesía para alcanzar la excepcionalidad. (8)
15. Argerich. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1984). Han pasado diecisiete años desde su grabación en Berlín y los dos artistas, respaldados por una toma sonora muy superior a la de entonces, demuestran haber madurado de manera considerable su concepto de la obra, ahora claramente más raveliano, como también más pródigo en inspiración. Han limado las excesivas angulosidades y asperezas de antaño, han relajado un tanto el impulso rítmico digamos que juvenil del que hicieron gala –se ha perdido quizá un poco de garra– y exploran con mucha más atención las atmósferas misteriosas y sensuales que propone la partitura, algo a lo que no son ajenos los tempi ahora menos rápidos –salvo en el tercer movimiento, casi idéntico– que deciden adoptar. La pianista ofrece un toque de mayor variedad, así como un fraseo menos nervioso y más imaginativo. La batuta, por su parte, no solo se interesa por las aristas sino que también sabe obtener sonoridades aterciopeladas de la espléndida orquesta londinense. (9)
16. Lortie. Frühbeck de Burgos/Sinfónica de Londres (Chandos, 1989). Queda claro que el maestro burgalés se siente a gusto en esta música, que recrea de manera idiomática y con atención tanto a sus aspectos más vistosos como a su vena poética, pero los resultados son algo irregulares. En el primer movimiento busca el máximo contraste entre las secciones efervescentes y las introvertidas pero no termina de dotar al conjunto de unidad. En el segundo apuesta por un tempo francamente lento (10’44’’) sin lograr mantener la tensión, mientras que en el tercero obtiene una rica variedad tímbrica respondiendo bien al espíritu dinámico que la música exige. Louis Lortie hace gala de un toque sensible, natural e idóneo para Ravel, demuestra gran agilidad evitando el virtuosismo meramente mecanicista y despliega poesía sincera, faltando solo una vuelta de tuerca en la expresión para equipararse con los grandes recreadores de la partitura. (8)
17. Argerich. Dutoit/Orquesta Nacional de Francia (YouTube, 1990). Dutoit acierta plenamente con una dirección extrovertida y con gancho, de colorido rico e incisivo, gran vitalidad rítmica y adecuado sentido del humor y de la ironía, pero también cálida y sensual en el Adagio assai. Su antigua esposa, siempre ágil, vitalista y pletórica de virtuosismo, se mueve por los mismos parámetros que en otras ocasiones, convenciendo en el segundo movimiento pero no tanto en los dos extremos: no son solo electrizantes sino también más nerviosos de la cuenta. La orquesta no está muy fina. (8)
18. Ousset. Rattle/Orquesta de la Ciudad de Birmingham (EMI, 1990). Francamente lograda la dirección de Rattle en los movimientos extremos, bulliciosa e incisiva, mucho antes jazzística que impresionista, siempre clarificadora y de muy rico sentido del color. Como contraste, un Adagio particularmente lento y ensoñado en el que Cécile Ousset hace gala de apreciable sensibilidad, a despecho de un toque no del todo variado y de cierto distanciamiento expresivo. (9)
19. De Larrocha. Slatkin/Sinfónica de San Luis (RCA, 1991). Diecinueve años después de su grabación junto a Foster, la pianista barcelonesa vuelve a dar una verdadera lección de belleza, de sensibilidad, de poesía y de estilo raveliano –también de agilidad digital, aunque eso se da por supuesto–, esta vez acompañada por un Leonard Stalkin más bien plano y poco atento a la claridad, a las texturas y al colorido, aunque siempre correcto y centrado. En este sentido, hay que agradecer que frasee con amplitud el segundo movimiento y deje volar con total libertad la poesía infinita de Doña Alicia. La toma sonora, más bien turbia y difusa, no está a la altura. (8)
20. Grimaud. López Cobos/Royal Philharmonic (Denon, 1992). No deja de causar sorpresa la extraordinaria labor que realiza en esta ocasión maestro de Toro, ofreciendo una lectura particularmente angulosa e incisiva –la trompeta del arranque recuerda a Petrushka–, llena de vitalidad, de frescura y de energía bien controladas, canalla cuando debe –tremendos los vientos jazzísticos en la sección central del primer movimiento–, pero también riquísima en el color, elegante a más no poder en el fraseo y de una claridad asombrosa. Solo se puede reprochar que en el segundo movimiento, cantado con una depuración sonora exquisita, el clímax central suene antes nervioso que verdaderamente arrebatado. La todavía joven Grimaud que toca con enorme sensibilidad y mucho empuje, pero que aún tendrá que madurar el concepto, amargo y dramático, que ofrecerá en recreaciones posteriores. La toma sonora se beneficia de una amplísima gama dinámica, aunque precisamente por ello hay que poner el volumen bien alto. (9)
21. Zimerman. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1994). Esta grabación fue muy esperada en su momento. Como todos imaginábamos, el pianista polaco deslumbra con los resultados, y uno no sabe si destacar antes que nada su claridad digital, su sentido del ritmo o la capacidad de su sonido para pasar de la más refinada sutileza a una potencia considerable. La batuta ofrece la claridad y objetividad esperables, pero en el primer movimiento se echa de menos sabor jazzístico y en el segundo mayor calidez. El tercero es prodigioso. (9)
22. Thibaudet. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1995). El pianista francés, ágil a más no poder pero sin dejarse llevar por el nerviosismo, da una lección de estilo con un sonido rico en tímbrica y pulsación, delicado y plegado a sutilezas, y un fraseo tan elegante como sensual. Quizá le falta un punto de inspiración, de compromiso expresivo. Dutoit vuelve a estar formidable. (9)
23. Kocsis. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Philips, 1995). Esta extrovertida, rápida y algo precipitada interpretación, en cualquier caso realizada con audible entusiasmo y contrastada depuración técnica, podrá gustar más o menos, pero lo que está claro es que no suena a Ravel en ningún momento. Tampoco posee tintes jazzísticos. Más bien suena, por momentos, a ese Bartók que tanto aman pianista y director, pero no al Bartók torturado sino más bien al folclórico y luminoso, con su peculiar sentido del vigor rítmico y del colorido. Por otra parte, las ágiles pinceladas de la batuta tratan las texturas de manera distinta a la de la mayoría de los directores y logran llamar nuestra atención en determinados pasajes. El segundo movimiento es hermoso, pero no muy emotivo. Admirable la toma sonora. (8)
24. Grimaud. Zinman/Sinfónica de Baltimore (Erato, 1997). Cinco años después de su grabación con López Cobos, Hélène Grimaud sigue profundizando en su visión y nos ofrece un Adagio assai recreado con una concentración, una sensibilidad, una depuración sonora y una elevación poética verdaderamente exquisitas, impregnando al movimiento de un amargor con el que, aun renunciando a ofrecer un clímax dramático acentuado, parece sintonizar bastante bien un David Zinman que, eso sí, no puede ocultar su condición de batuta más bien primaria y no muy atenta ni a la claridad ni a las posibilidades expresivas que ofrece la obra. López Cobos lo hacia bastante mejor. Particularmente insatisfactorio el tercer movimiento, más bien desvaído. (8)
25. Achúcarro. Varga/Sinfónica de Euskadi (Claves, 2000). Excepcional intérprete de Ravel, el pianista vasco hace gala de un toque tan transparente como compacto, en absoluto difuminado, muy valiente cuando debe, sin perderse en evanescencias impresionistas pero tampoco cayendo en la trampa del nerviosismo jazzístico. Lo suyo es, sencillamente, una mezcla perfecta de virtuosismo, pasión y sensibilidad, aunque también es justo reconocer que aquí no alcanza el enorme vuelo poético que consigue en otras grabaciones ravelianas de su madurez. Quizá ello se deba a la labor de un Gilbert Varga que realiza un trabajo cuidadoso con la muy notable orquesta y se muestra bastante centrado en lo expresivo sin terminar de resultar creativo ni inspirado. La grabación es excelente. (8)
26. Yundi Li. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DG, 2007). El director oriental hace gala de su proverbial sentido del color y de las texturas, pero se muestra aquí menos sensual y más dinámico de lo esperado; vitalista, muy jazzístico y un punto agresivo; quizá también algo más ruidoso de la cuenta. El joven pianista realiza una buena labor, pero se queda bastante corto en poesía en el segundo movimiento, contagiando un tanto al propio Ozawa. La orquesta está fabulosa, sobresaliendo sus formidables maderas. (8)
27. Argerich. Temirkanov/Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo (DVD Euroarts, 2009). En el que por el momento es su último registro de la obra, la siempre felina Marta Argerich, algo menos impresionante en lo que a dedos se refiere, continua fiel a su pianismo nervioso, percutivo, electrizante y poco dado a la sensualidad, pero también capaz de paladear con concentración las melodías en el Adagio assai. Notable la dirección de Temirkanov, muy centrado tanto en lo estilístico como en lo expresivo y atento a subrayar con ácido humor el descaro de las intervenciones solistas. Formidables la imagen y el sonido. (8)
28. Grimaud. Vladimir Jurowski/Chamber Orchestra of Europe (YouTube, 2009). Sobrada de agilidad, de electricidad y de garra, y haciendo gala de un sonido más incisivo que aterciopelado, pero en cualquier caso muy bello y maleable, Grimaud profundiza en el lado más doloroso de la partitura con una interpretación que, sin renunciar a la delicadeza propia del compositor, se singulariza por su carácter sombrío y regusto amargo; lo más interesante es que eso la de Aix-en-Provence lo consigue no solo en el movimiento central, de clímax particularmente encrespado y punzante, sino también en los dos extremos. La dirección de Jurowski, no muy raveliana, apunta en la misma dirección subrayando aristas e interesándose más por el nervio interno que por la sensualidad. La orquesta está francamente bien, sobresaliendo el solo del flauta del santanderino Jaime Martín. (8)
29. Grimaud. Sokhiev/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). La pianista francesa vuelve a repetir su acercamiento sombrío, anguloso y dramático, lo que no le impide ofrecer detalles extraordinariamente conmovedores en un segundo movimiento que poco a poco va acumulando tensión hasta alcanzar un clímax muy doliente. Por desgracia la dirección es gris, rutinaria incluso, si bien los soberbios solistas de la orquesta hacen mucho por subir el nivel en sus intervenciones. (8)
30. Aimard. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 2010). El compositor y director francés repite –esta vez con toma sonora no ya magnífica, sino histórica– su dirección de tímbrica incisiva y claridad inigualable, si bien la objetividad bouleziana prima por encima de los aspectos sensuales de esta página. Aimard se muestra nervioso y desconcentrado en el primero, quizá intentando resaltar los aspectos más modernos de esta música, pero pasando por encima de toda su poesía. Muy concentrado por el contrario el segundo –admirable el clímax preparado por Boulez–, aunque no lo suficientemente poético. Mejora en un tercero que, en cualquier caso, se entrega en exceso al virtuosismo. (8)
31. Bollani. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2011). La elección de un pianista de jazz deja bien claro el punto de partida de esta interpretación en la que, extrayendo un excelente partido a una orquesta que, irreconocible, suena perfecta en estilo, Chailly dirige con un entusiasmo y una frescura encomiables, ofreciendo en el ritmo y en la tímbrica sin necesidad de renunciar a la elegancia raveliana y sabiendo remansarse de manera adecuada –aunque manteniendo voluntariamente las distancias– en el Adagio assai. En cualquier caso, lo que más impresiona es la efervescencia de un tercer movimiento admirablemente desmenuzado, siempre en perfecta complicidad con un Stephano Bollani que toca estupendamente, con dejes jazzísticos pero sin excesivo nerviosismo, aunque carente de esa inspiración de los más grandes intérpretes de esta parte. (9)
32. Say. Carlos Miguel Prieto/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (YouTube, 2013). La poderosa personalidad del pianista turco marca esta interpretación matizada y creativa al teclado, sí, pero muy sensata, sensible y nada precipitada, además de certera en un estilo a medio camino entre el “impresionismo clasicista” y el jazz, sin que esto último implique nerviosismo. Más que correcta la dirección, aunque es más bien al pianista a quien se debe la emoción del clímax del segundo movimiento. (8)
33. Perianes. Orozco Estrada/Sinfónica de Galicia (YouTube, 2013). Cuatro años antes de su grabación oficial con Pons, el pianista onubense demuestra ya una enorme sintonía con esta obra, y mucho más que eso en un Adagio assai en el que roza el cielo. Difícil es tocar con más sensibilidad, paladeando la música con esa extraordinaria concentración que le caracteriza, recreándose en la pura belleza del sonido sin acercarse narcisismo y dejando, al mismo tiempo, que la poesía vuele lo más alto posible. En el primer movimiento se olvida por completo de lo jazzístico y elude ese nerviosismo en que caen numerosos pianistas, mientras que releva aquí y allá el misterio, el lirismo y magia que alberga su parte en perfecto contraste con la vitalidad que desprende la orquesta. En el tercero sí que se puede echar de menos un último punto de efervescencia y vitalidad, quizá por el deseo de Perianes de evitar el virtuosismo más externo para permitir que se escuche todo, cosa que ciertamente consigue. Andrés Orozco Estrada, al frente de una orquesta de incuestionable nivel pero que no es de primera, traduce magníficamente el movimiento inicial, al que dota de vida y colorido, pero no despliega en el segundo la sensualidad y la inspiración que sí alcanza el piano. En perfecta sintonía con este, decide en el tercero priorizar la claridad frente a otras consideraciones. (8)
34. Yuja Wang. Lionel Bringuier/Tonhalle Zurich (DG, 2015). La pianista oriental encaja perfectamente con el espíritu de los movimientos extremos y, bien respaldada por una batuta que subraya los aspectos más incisivos de la partitura, ofrece una recreación efervescente a más no poder, llena de chispa y de nervio bien entendido, ideal para su toque agilísimo y de limpieza absoluta, aunque –como era de esperar– algo mecánica en los pasajes más puramente virtuosísticos. Flojea el sublime Adagio assai central, dicho con concentración e incuestionable belleza, pero en exceso distante en lo expresivo. (8)
35. Yuja Wang. Lionel Bringuier/Academia de Santa Cecilia (YouTube, 2016). Los dos artistas repiten, esta vez con una orquesta bastante discreta, una aproximación efervescente e incisiva en grado superlativo, tocada con limpieza extrema por la pianista oriental, pero que sigue dejando de lado los aspectos más sensuales de la escritura. En cualquier caso, está hecha con tanto entusiasmo que engancha de principio a fin. Sonido monofónico. (7)
36. Argerich. Krivine/Nacional de Francia (YouTube, 2017). La de Buenos Aires sigue en su línea temperamental, nerviosa y contrastada, haciendo gala de un toque que, sin dejar de ser poderoso, ofrece ricos matices y atiende a la imprescindible sutileza raveliana, al tiempo que el fraseo –a estas alturas de su carrera– sabe alejarse de lo mecánico y mantiene la comunicatividad en todo momento. Eso sí, el Adagio no está todo lo paladeado que debiera y nuestra artista aún podrá dar una nueva vuelta de tuerca. Emmanuel Krivine sabe modelar muy bien las curvas de las maderas sin por ello dejar de insistir en los toques jazzísticos. (8)
37. Seong-Jin Cho. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray BP, 2017). Grata impresión la que causa el joven coreano, no el más poético ni apasionado de los pianistas posibles, pero sí concentrado en el fraseo, sensible en el toque, ágil sin caer en lo equivocadamente aéreo y por completo afín a la más ortodoxa estética raveliana. En esta misma se mueve un Rattle sensual y detallista, siempre risueño en el sentido del humor y atento al perfume jazzístico de la pieza, aunque sin muchas ganas de marcar aristas ni de acentuar tensiones: su visión, ante todo, es cálida y luminosa. Impagables las maderas berlinesas en sus decisivas intervenciones en un Adagio assai desgranado con delectación. La filmación, de toma sonora comprimida, se realizó en Hong Kong el 10 de noviembre de 2017. (9)
38. Perianes. Pons/Orquesta de París (Harmonia Mundi, 2017). Aunque parezca mentira, el de Nerva es todavía capaz de darle una vuelta de tuerca más a su interpretación y llevarla, armado de un sonido hermosísimo y de un toque de lo más variado, hasta lo más alto posible. Y lo hace no solo en un primer movimiento más paladeado, más creativo y más poético que el que registró con Orozco Estrada, sino también en un Adagio assai que seguramente, en lo que a la parte pianística se refiere –en la orquestal ahí sigue el milagro irrepetible de Martinon– apenas encuentra parangón. En el tercer movimiento de nuevo pueden preferirse enfoques más efervescentes, pero lo que está claro es que Perianes no busca triunfar de cara a la galería, sino hacer música. Josep Pons comienza defraudando: el arranque suena algo alicaído, sin el vigor rítmico ni la incisividad en el timbre que deberían hacer que sonara un tanto “a Petrushka”. Pero luego no solo va evidenciando una perfecta sintonía con el enfoque lírico e introvertido del solista, sino que demuestra enorme capacidad para generar atmósferas, crear mágicas texturas y bucear en los pliegues expresivos de los pentagramas. En el segundo mantiene a la perfección el pulso y construye con perfecta lógica; el lacerante clímax central no resulta tan apasionado como el de Orozco Estrada, pero sí que se alcanza con una planificación más depurada y mayor naturalidad. Además, Pons permite respirar con holgura a los maravillosos solistas de la orquesta parisina, cuyas maderas siguen siendo las ideales para esta obra. En el Presto conclusivo deja a su aire a los solistas de la orquesta con resultados superlativos: no pueden ser todos ellos más acertados en la expresión, llena de burla e ironía sin perder elegancia ni sabor francés. Una toma sonora memorable redondea unos resultados de referencia. (10)
39. Argerich. Shani/Filarmónica de Israel (Medici TV, 2020). Habida cuenta de la diferencia con la filmación con Krivine tan solo tres años anterior, parece claro que la Argerich de los últimos años es la mejor: toca casi igual de increíblemente bien que antes –hay algún despiste aislado–, mantiene la mayor parte de esa mezcla de electricidad y flexibilidad que le caracteriza, rebaja carácter percutivo en el toque y añade una dosis de concentración, léase de madurez, que le permite destilar la poesía que las notas esconden detrás de tanta brillantez. Quizá no sea cosa solo de ella: le ayuda un Lahav Shani que no está dispuesto a dejarse llevar por las prisas –con él sí paladea el Adagio como es debido–, mantiene el control y realiza una formidable labor de clarificación orquestal. (9)
40. Pérez Floristán. Juan Luis Pérez/Sinfónica de Sevilla (YouTube, 2021). El joven pianista sevillano hace gala de una técnica plena, equivalente a la de los grandes pianistas, y una muy considerable sensibilidad a la hora de recrear el concierto, acertando además en el punto de equilibrio entre lo lírico y lo jazzístico, incluso por momentos buscando el contraste entre ambas facetas. Todavía le falta, en cualquier caso, una vuelta de tuerca en lo que se refiere a variedad en la pulsación, como también a la hora de extraer poesía de determinadas frases. Su progenitor dirige con la profesionalidad y el buen gusto que le caracterizan, pero anda muy lejos de los mayores recreadores de la página. El arranque, sin ir más lejos, es francamente flojo, también por culpa de una trompeta que, como el resto de los primeros atriles de la formación sevillana, se quedan muy a medio camino de cumplir con las tremendas exigencias técnicas, estilísticas y expresivas que demanda la partitura. Los ingenieros de sonido tampoco les hacen mucha justicia que digamos. (6)
41. Wang. Mäkelä/Orquesta de París (YouTube, 2023). Paso adelante de Doña Yuja. Sigue siendo ella misma, claro, pero ahora el Adagio sí que es el de una gran pianista: muy paladeado, rico y sensible en los matices, delicado en el mejor de los sentidos y lleno de emoción. El clímax no pretende ser lacerante, pero tampoco eso es imprescindible. Eso sí, en el último movimiento le hubiera venido bien algo menos de prisa y más de flexibilidad en el fraseo. Klaus Mäkelä se pone a su servicio –tengo entendido que por entonces eran pareja– en una recreación muy juvenil, vistosa y extrovertida a más no poder. La orquesta tiene buen nivel, pero hay algunos desajustes propios del directo que –obviamente– no estaban en el depuradísimo registro en estudio de Josep Pons. (9)
Mucho me temo que su calificación como "director de orquesta más sexi del planeta" (sic, leer aquí), su afición al deporte, su tendencia a lucir bíceps en las redes sociales y su trabajo extra haciendo publicidad de relojes y perfumes de lujo está mistificando de manera considerable la percepción de la auténtica valía musical de Lorenzo Viotti (Lausana, 1990), en este preciso momento dirigiendo a la Filarmónica de Viena en Granada. Lo mejor es dejarse de prejuicios y escuchar atentamente estos vídeos, aunque les aviso de un grave problema: todos ellos sufren de comprensión dinámica, particularmente un Ravel en el que hay que estar subiendo y bajando constantemente el volumen.
Vámonos a 2019. Vídeo en YouTube con la Sinfónica de Viena y Yuja Wang. Concierto para piano de Schumann en los atriles. Ya saben, la partitura que a casi nadie le sale realmente bien y con la que se han estrellado muchos de los grandes. Viotti concierta de manera irreprochable. La china toca increíblemente bien. Y entre ambos se establece una interesantísima competición: la de ver quién de los dos está más despistado. Él alterna trivialidad, cursilería y buenos detalles en una recreación tan pulcra como falta de unidad, mientras ella combina de manera no menos incomprensible nerviosismo, ligereza mal entendida, amaneramiento, detalles de gran sensibilidad y frases de enorme categoría. El tercer movimiento es el que sale mejor parado por parte de ambos.
Saltamos a octubre de 2023, un concierto con Filarmónica de los Países Bajos también disponible de manera gratuita y legal en la red. Comenzó el programa con la Sinfonia da Requiem de Benjamin Britten. Interpretación sensacional: magníficamente trazada, expresiva y sincera, con su toque de elegancia británica, pero no dejando que este se imponga sobre los aspectos más dolientes de la página. Quizá la transición entre el segundo y tercer movimiento podía estar mejor resuelta, pero a la postre creo que el resultado solo cede ante el inolvidable Barbirolli (leer comparativa discográfica).
Siguió el retorcido y fascinante Concierto para la mano izquierda de Ravel,
muy exigente para los primeros atriles de la orquesta: lo hicieron muy bien, aunque se nota que la cuerda no es de primerísima. Lorenzo Viotti ofrece una
interpretación particularmente negra en la que destacaría en
tratamiento de las texturas en el arranque y la agresividad con que
plantea el "tema bélico". Faltan quizá un poco de voluptuosidad y
sensualidad, por no decir de idioma raveliano, reproche que no se puede
hacer a un Bertrand Chamayou que deslumbra por virtuosismo y
sensibilidad en el toque. Su monumental cadenza la resuelve con mano –nunca mejor dicho– maestra.
La segunda parte se abre con La tempestad de Tchaikovsky: la obra basada en Shakespeare, mucho ojo, no La tormenta, que es un poema sinfónico distinto. La tendencia a la dulzonería en el arranque de la escena de amor es el único reproche que se le puede poner a esta interpretación de muy buena planta, sólido trazo, excelente idioma y buena sensibilidad para colores y texturas. Ciertamente no llega al nivel de intensidad y de contrastes de las más grandes recreaciones, pero al director suizo se le nota muy cómodo en este repertorio. La orquesta, salvando algún ligero accidente al inicio, se comporta francamente bien dentro de un nivel "de segunda".
De La isla de los muertos de Rachmaninov ya hablé: una hermosa e interesante recreación que no logra convencer debido a que la lentitud considerable de la batuta no va acompañada de una adecuada progresión de las tensiones. Viotti arriesga, pero falla.
Terminamos pegando un salto atrás, al 29 de febrero de 2020 para concretar. Sustitución a última hora de Yannick Nézet-Séguin al frente de la Filarmónica de Berlín y en compañía de Elina Garança para hacer la Tercera sinfonía de Mahler. Sin rodeos: los tres primeros movimientos son los que más me gustan de todos cuantos he escuchado. Vale, ahí está Horenstein, pero con una orquesta inferior. Y tampoco me parece que Viotti se aleje de lo que hizo el director nacido en Kiev, ni en calidad ni en concepto. Es el suyo un Mahler "expresionista", incisivo y vibrante en la tímbrica, muy decidido en la arquitectura, desinteresado por preciosismos y lleno de fuerza expresiva firmemente controlada. Claro, con esos planteamientos el primer movimiento le sale sin problemas, pero lo que interesa es que cuando llegan las florecillas, los pajarillos y los otros animalitos logra borrar de un plumazo toda blandenguería contemplativa sin que por ello la música resulte sosa ni aburrida. Una auténtica maravilla, a la que no es precisamente ajena la musicalidad increíble de los primeros atriles berlineses: aplausos especiales para la trompa de postillón, bien escondida incluso para la cámara –un acierto no sacarla–.
Los otros tres movimientos son magníficos, "solo" eso: les falta sensualidad para alcanzar el mayor nivel posible. Por lo demás, lo tienen todo: concentración el lied –Albrecht Mayer ofrece los complicadísimos glissandi del oboe requeridos por Mahler–, sentido de lo inquietante el coro angelical –muy áspero su clímax, como debe ser– y gran intensidad emotiva el monumental Finale. La Garança, exquisita en el canto y musicalísima en la expresión; también un poquito distanciada. Sensacionales los coros. ¿Versión de referencia? Pues sí. Y si no me creen, suscríbanse a la Digital Concert Hall y escúchenla, aunque tampoco se hagan especiales ilusiones en lo que a la tecnología se refiere: aunque hay imagen 4K y sonido Dolby Atmos, también sufre un poco de compresión dinámica. Suban el volumen en el clímax final, por favor.
Como supongo le ha pasado a muchos melómanos, conocí esta obra a través de la acongojante Variación XVIII. Más concreamente, a partir de su utilización en la bonita película Somewhere in Time. Más tarde descubrí que su uso en la cinta había sido un error monumental: Rachmaninov escribió estas Variaciones sobre un tema de Paganini op. 43 nada menos que en 1934, mucho después del momento en que transcurre la acción. En cualquier caso, hoy se sigue contando entre mis obras favoritas del siglo XX, y desde luego en una de las más amadas por eso que conocemos como "gran público", por mucho que algunos músicos extraordinarios –Barenboim entre ellos– y mucho crítico pedantorro consideren que nos encontramos ante un compositor sobrevalorado. ¡Ellos se lo pierden!
1. Rachmaninov. Stokowski/Philadelphia (Naxos, 1934). El valor histórico de esta grabación es incalculable, pues corresponde al año y a los intérpretes del estreno. En ella el compositor se muestra al piano muy ágil y virtuosístico, así como encendido y brillante, pero su fraseo resulta excesivamente nervioso y no logra ahondar en la vertiente más lírica y emotiva de su propia obra. La batuta se muestra en la misma línea, sabiendo no dejar de lado la parte más rebelde y aristada de la página, todo ello al frente de una orquesta ya espléndida. (7)
2. Rubinstein. Susskind/Orquesta Philharmonia (RCA, 1947). Con ya sesenta años a sus espaldas, el mítico pianista polaco supera al propio Rachmaninov con un fraseo no menos viril, decidido y apasionado, tampoco menos ágil, pero sí más concentrado, lírico y atento a los diversos pliegues expresivos de la obra, independientemente de que aún se puedan encontrar mayores matices en determinados pasajes y que en alguna variación –la XV, por ejemplo– resulte en exceso virtuosística. Susskind dirige a la espléndida orquesta con intensidad, nervio, adecuado carácter teatral y apreciable sentido de los contrastes, pero también con irregularidades. A destacar, en cualquier caso, el carácter trepidante e implacable de la variación IX, o la turbulenta atmósfera gótica de la XVII, mientras que se desaprovechan otras no menos desasosegantes como la XVI. Emotiva a más no poder la celebérrima XVIII por parte de los dos artistas. (8)
3. Rubinstein. Reiner/Chicago (RCA, 1956). La conjunción entre Reiner y Chicago garantizan una ejecución tan depurada como brillante, así como una interpretación directa y con garra, pero lo cierto es que la inspiración conoce ciertos altibajos: demasiado rápido el Dies Irae de la variación VII frente a una número XII muy atmosférica y paladeada, por ejemplo. A sus sesenta y nueve años, Rubinstein vuelve a hacer gala de una admirable conjunción entre virilidad y poesía, pero de nuevo en la variación XV se deja llevar por el mecanicismo. La XVIII está admirablemente dicha por parte de los dos artistas. Buena calidad la de la toma, que probablemente ganaría con un nuevo reprocesado. (8)
4. Entremont. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (Sony, 1958). La orquesta y el director más vinculados a Rachmaninov ofrecen una interpretación rápida, bulliciosa en el mejor de los sentidos, muy efervescente y de apreciable incisividad tímbrica, virtuosística a más no poder –increíble el tratamiento y la labor de las maderas–, pero solo a ratos atenta a la voluptuosidad, a la atmósfera y a la intensa melancolía del compositor, llegando a dejarnos a medio camino en la variación XVIII. El pianista francés, que aún no había cumplido los veinticuatro años, muestra entusiasmo pero se focaliza en correr lo más posible para hacer gala de agilidad digital, quedándose muy en la superficie. Un ocho para la batuta, seis para el piano. La toma de sonido es francamente buena para la época. (7)
5. Merzhanov. Rozhdestvensky/Sinfónica Estatal (Russian Revelation, 1959). A sus veintiocho años ya enorme recreador de este repertorio, el director moscovita obvia toda delectación sonora y se centra en los aspectos más sarcásticos, turbulentos y siniestro de la página, evidenciando siempre variedad e incisividad tímbrica, atendiendo a la claridad y ofreciendo unos cuantos hallazgos personales; desconcierta un poco la variación XVIII, ardorosa e hiriente mucho antes que melancólica. Admirable asimismo Victor Merzhanov, tan ágil como poderoso al teclado, aunque sin la elevada inspiración de su joven colega. (9)
6. Graffman. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1964). Lejos de la vehemencia un tanto primaria –más atención que a la globalidad que al detalle– que caracterizaban a Lenny en aquellos años, el norteamericano ofrece una dirección muy controlada y cuidadosa, bien paladeada, atenta a la significación de los colores y dotada de apreciable continuidad, aunque también algo distanciada en lo expresivo. Al menos en el primer tercio de la obra, en el que solo el humor negro de la variación V parece animarle; luego se va implicando y sabe ofrecer el apasionamiento y la brillantez que la obra necesita. A nivel muy inferior el solista, de toque pulcro y en absoluto rígido, pero sí bastante neutro. Francamente buena la toma. (7)
7. Ashkenazy. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1971). Perfectos conocedores del lenguaje de Rachmaninov, Previn y Ashkenazy nos entregan una versión no solo maravillosamente dicha, rica en acentos expresivos y de extraordinaria comunicatividad, sino que además alcanza un idóneo equilibrio entre todos los aspectos de la partitura, desde lo jovial y chispeante –la efervescencia es irresistible, sin conocer el nerviosismo del propio Rachmaninov al teclado– hasta lo dramático y ominoso –evitando cargar las tintas–, pasando por un lirismo ensoñado, sensual y evocador, pero en absoluto blando, evanescente o meramente contemplativo, sino lleno de intensidad. Todas las posibles trampas interpretativas, pues, están sorteadas por completo en esta versión que sería de referencia absoluta de haberse dado una última vuelta de tuerca en alguna o varias de las direcciones apuntadas. Aun así, de las mejores. Sonido admirable en el reciente trasvase a alta resolución. (10)
8. Orozco. De Waart/Royal Philharmonic (Philips, 1972). Dueño de un toque poderoso y de una apreciable agilidad digital, el joven artista cordobés evidenció pleno virtuosismo y apreciable entusiasmo a la hora de abordar la página, pero todavía se mostraba inmaduro a la hora de profundizar en las notas; incluso en alguna variación se dejó llevar por los fuegos artificiales sin vislumbrar sus posibilidades expresivas. Edo de Waart dirige con decisión y finura de trazo sin limitarse al espectáculo, aunque también se queda a medio camino en lo que a poesía se refiere. Muy buena la toma. (7)
9. Vásáry. Yuri Ahronovitch/Sinfónica de Londres (DG, 1977). Interpretación relativamente lenta, reposada pero no carente de tensión interna, que se aleja de la extroversión y del virtuosismo más brillante para decantarse por atender a los aspectos más melódicos y ensoñados de la partitura, algo que queda claro en una Variación XVIII en la que el pianista se muestra muy a gusto reteniendo el tiempo y la batuta deja cantar con delectación a la cuerda de la magnífica orquesta. De esta forma, y aunque todo está magníficamente expuesto y el enfoque resulte seductor, se echa de menos la incisividad y la chispa –a esta le falta una dosis de sal y pimienta– de otras interpretaciones más ricas en concepto, mientras que la atmósfera no resulta del todo siniestra y cargada de malos presagios. (7)
10. Cecile Licad. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1983). El toque de la pianista filipina es bonito, ágil y sensible, pero en exceso aéreo, poco valiente y escasamente interesado por los aspectos más escarpados de la obra, como tampoco por su peculiar humor negro. Abbado no solo no evidencia afinidad al estilo, sino que además se muestra considerablemente soso y desganado, empezando a animarse solo en las variaciones más oníricas y alcanzando (¡por fin!) la intensidad adecuada en la variación XVIII. Tampoco su labor concertadora es la mejor posible. Ingeniería de sonido pobre para la época. (7)
11. Ousset. Rattle/Ciudad de Birmingham (EMI, 1984). A sus veintinueve años de edad, Rattle demuestra no solo oficio sino también musicalidad muy apreciable en una interpretación sensata y sólida, pero no del todo inspirada. Ni termina de cogerle el punto al humor negro de la obra, ni logra dotar de continuidad a sus secciones, ni alcanza toda la intensidad expresiva posible. Las variaciones XII y XVI –esta última marcada Allegretto– resultan demasiado lentas, aunque precisamente en la XVII el tempo le permite explorar mejor su atmósfera turbia y en la decisiva XVIII ofrecer el gran vuelo lírico que demanda. Esta es justo lo que mejor se le da a Cécile Ousset, por encajar de perlas con su pianismo sensible y refinado, femenino en el sentido más tópico del término, poco interesado por la vertiente más dramática y combativa de esta poliédrica página. (7)
12. Ashkenazy. Haitink/Philharmonia (Decca, 1986). Quince años después de su registro con Previn, un Ashkenazy de nuevo impresionante en lo técnico, pero sin que se note en absoluto la exhibición de virtuosismo –tal es la sinceridad que imprime a su interpretación–, da la vuelta de tuerca que entonces faltaba profundizando en los aspectos aspectos melancólicos, oníricos y ominosos de la partitura, hasta el punto de que algunos pasajes son verdaderos descubrimientos. En este sentido, muestra perfecta sintonía con la batuta de un Haitink igualmente atento a generar atmósferas, musical a más no poder, aun sin la chispa, la efervescencia ni el perfecto idioma de un Previn. Sea como fuere, se trata de la otra gran referencia discográfica, con lo que tiene no poco que ver el virtuosismo de una Philharmonia manejada con admirable claridad y sentido del color por el siempre riguroso maestro holandés. (10)
13. Gavrilov. Muti/Philadelphia (EMI, 1989). Gavrilov hereda parte del fraseo ágil y nervioso del propio Rachmaninov, siendo aún más virtuosístico y alcanzando mayores dosis de concentración y vuelo lírico. Muti dirige con tanto entusiasmo como claridad, sentido del color e imaginación al frente de una orquesta soberbia sin caer nunca en el efectismo. Eso sí, se echa de menos mayor profundización en la vertiente melancólica y siniestra de la partitura. (8)
14. Feltsman. Mehta/Filarmónica de Israel (CBS, 1988). Sin ser en modo alguno la más sensual, voluptuosa o poética posible, la dirección de Mehta resulta atractiva por la combinación entre carácter bullicioso, incisividad y humor sarcástico, subrayado este último por el timbre nasal de la formación israelí. Interesa bastante menos la labor de un Vladimir Feltsman tan correcto como aburrido, monocorde en el toque y plano en la expresión, que solo en las variaciones más tenebrosas parece implicarse un poco. La toma, realizada en vivo en Tel Aviv, deja bastante que desear pese a su amplia gama dinámica. (7)
15. Jablonski. Ashkenazy/Royal Philharmonic (Decca, 1991). Extrañamente, el pianista que mejor ha entendido esta partitura ofrece en su faceta de director una interpretación irregular, de amplio vuelo lírico en los pasajes intimistas y muy atenta a los aspectos más siniestros de la página, pero un tanto superficial, incluso precipitada en las variaciones extrovertidas; no obstante, hay que agradecer en estas últimas la claridad de la batuta y su tímbrica incisiva. El solista, sobrado de virtuosismo, siempre ágil y limpísimo en el toque, sigue los mismos parámetros del director. (8)
16. Alexeev. Temirkanov/San Petersburgo (RCA, 1992). En perfecta sintonía con un pianista de toque ágil, fluido y efervescente, ese gran intérprete de Rachmaninov que es Temirkanov ofrece una idiomática, hermosa e inspirada interpretación que, a todas luces, va de menos a más, comenzando un tanto triviual y centrándose a partir de la variación XI. A partir de las XIII y XIV, llenas de fuerza, el nivel medio es altísimo, destacando muy particularmente la atmósfera gótica de la XVII y el romanticismo de la XVIII. (9)
17. Rudy. Jansons/San Petersburgo (EMI, 1992). Como tantas veces ocurría con el maestro letón, la dirección es correcta
pero no termina de profundizar en la obra: necesita mayor
intensidad emocional. Hay además apreciables caídas de tensión. Bien el
pianista, aunque por momentos tienda a lo mecánico y no matice lo
suficiente, resultando algo aséptico. (7)
18. Thibaudet. Ashkenazy/Cleveland (Decca, 1993). Irregular y deslavazada interpretación caracterizada por sus tempi rápidos, por su agilidad y por su falta de concentración en pasajes clave, así como por su relativa falta de idioma y de vuelo poético. En cualquier caso hay que alabar a la batuta –una vez más– su claridad e incisividad, y al pianista su innegable virtuosismo. La decimocuarta variación está muy bien. Portentosa la orquesta, como también la grabación. (7)
19. Pletnev. Abbado/Filarmónica de Berlín (CD DG y Digital Concert Hall, 31 diciembre 1997). Pocos solistas tan flojos en esta obra como Pletnev, ciertamente no nervioso ni efectista, pero sí incapaz de conectar con el espíritu de la pieza, levantar el vuelo poético –en la XVIII parece intentarlo– o descender al matiz expresivo. Su sonido es plano, monocorde, y tiende a lo percutivo. Su fraseo carece de sensibilidad. Por mucho que dé estupendamente las notas, aburre a más no poder. Bien a secas Abbado, cuya dirección ágil y precisa, rica en el color y atenta a clarificar texturas, consigue hacer justicia a las secciones más efervescentes de la música. Atmósfera y emotividad se quedaron por el camino. La toma no es ninguna maravilla. (6)
20. Lugansky. Oramo/Ciudad de Birmingham (Warner, 2003). Solista y director coinciden en ofrecer una interpretación ante todo ágil y espiritosa, que no rehúye precisamente los aspectos más lúdicos de la página, aunque por fortuna los mejores momentos los consiguen, aunque parezca paradójico, con la introvertida lentitud que imprimen a la variación XII y lo admirablemente conseguida que está la atmósfera turbulenta e inquietante de las XVI y XVII. La XVIII podría ser más emotiva. (9)
21. Lang Lang. Gergiev/Mariinsky (DG, 2004). Un pianista rebosante de talento pero extremadamente irregular como es Lang Lang no podía dar lo mejor de sí junto a un director como Gergiev. Y efectivamente, pese a su variadísimo toque, a su capacidad para regular las dinámicas y a su asombrosa agilidad, en general no termina de comulgar con el espíritu de la obra, e incluso en algunas variaciones llega a resultar insustancial, cuando no mecánico y hasta precipitado. De la dirección solo se puede destacar la XVII variación, dicha con todo el sentido de la atmósfera que necesita. El resto resulta tan vistoso como rutinario, por no hablar de las languideces varias con que el maestro intenta recrear, sin éxito, el melancólico lirismo de la página. También la toma deja que desear. (8)
22. Matsuev. Gergiev/Mariinsky (Mariinsky, 2009). Aquí Gergiev se encuentra algo más sensato y musical que con Lang Lang, e incluso parece más centrado estilísticamente, aunque a la postre el resultado no es sino anodino y rutinario. Aseada corrección, pues, justo lo mismo que ofrece un Matsuev de enorme agilidad musical, pero indiferente en lo expresivo. Termina aburriendo. (7)
23. Yuja Wang. Abbado/Mahler Chamber Orchestra (DG, 2010). Pianista solvente, agilísima y ajena a devaneos sonoros, que sabe frasear con elegancia y sin precipitarse, pero de sonido algo pequeño y poco inspirada en lo expresivo. La batuta del milanés una vez más solo se preocupa de ofrecer sonoridades muy pulidas y ofrece una dirección superficial, plana y aburrida, incluso por momentos –variación XII– algo redicha. (6)
24. Simon Trpceski. Vasili Petrenko/Royal Liverpool Philharmonic (Avie, 2010). Grata sorpresa encontrarse con una dirección de tan alto nivel, llena nervio, rica en el color y brillante en el mejor de los sentidos, aunque también muy atenta a la disección de planos sonoros y capaz de encontrar la máxima concentración para generar esas atmósferas ominosas tan propias del compositor. Hay algún detalle personal discutible, pero en conjunto el resultado es muy satisfactorio. A nivel expresivo algo inferior, el pianista despliega sobrado virtuosismo y variedad en el toque. Lástima que los dos artistas se precipiten en la variación XXII. La toma dista de estar a la altura. (8)
25. Yuja Wang. Dutoit/NHK (YouTube, fecha indeterminada). El maestro suizo, siempre tan afín a Rachmaninov, ofrece la espléndida dirección que en él era de esperar, muy en estilo y potenciando los aspectos más líricos y sensuales de la música del autor –hay enormes hallazgos en algunas variaciones– aunque por eso mismo no se muestre especialmente escarpado o dramático. La Wang vuelve a ser todo agilidad, pero esta vez se muestra muy expresiva e incluso llena de convicción. Sonido discreto, imagen mediocre y con una grave falta de sincronización con el sonido todo el tiempo. Solo para curiosos. (9)
26. Trifonov. Nézet-Séguin/Orquesta de Filadelfia (DG, 2015). Lógico que la orquesta que encargó la obra quisiera grabarla con su nuevo titular, un Nézet-Séguin que por un lado acentúa contrastes –subrayando los aspectos más atmosféricos y ominosos, dichos con tempi muy reposados, al mismo tiempo que los más trepidantes– y por otro intenta conferir la mayor unidad posible haciendo gala de una gran capacidad para las transiciones y buscando una idea para la arquitectura de tensiones y distensiones. No lo consigue del todo, y tampoco alcanza la mayor inspiración posible, pero los resultados son de alto nivel merced a la gran calidad de su batuta y al perfecto dominio de la portentosa orquesta. El problema está en Daniil Trifonov, que toca con cantabilidad y buen gusto, paladeando las melodías e interesándose por las atmósferas, pero sin mucha riqueza de colores y acentos en su toque, al que le falta no solo sal y pimienta, sino también una dosis mayor de emotividad. La toma sonora es espléndida. (8)
27. Alexei Volodin. Nott/Orchestre de la Suisse Romande (YouTube, 2017). El de San Petersburgo demuestra poseer una técnica colosal, no solo en lo que a agilidad digital se refiere –impresionante–, sino también en la maleabilidad del sonido, en la graduación de las dinámicas, en la riqueza de colores, en la imaginación para aportar acentos y matices, en la capacidad para alcanzar grandes picos de tensión… Pero su sintonía con la partitura no llega a ser completa: hay grandes dosis de efervescencia y de animación, también una buena atención a los aspectos más siniestros y dramáticos, pero a veces el nervio interno se transforma en nerviosismo, cuando no en virtuosismo más exterior que otra cosa, mientras que al lirismo con que hace cantar al piano, notable, resulta antes delicado que sensual, preciosista más que poético. Quizá lo hubiera hecho mejor con una batuta distinta a la de Jonathan Nott, soberbio a la hora de clarificar texturas y colorear intensamente la tímbrica pero un tanto apresurado, poco atento a la enorme variedad expresiva que esta música necesita; vistoso pero superficial, en definitiva. (7)
28. Abduraimov. Gaffigan/Sinfónica de Lucerna (Sony, 2019). El joven maestro neoyorkino James Gaffigan demuestra una técnica francamente solida a la hora de tratar a la orquesta, pero lo cierto es que la pone al servicio de un concepto discutible en el que no solo lo ágil, sino también lo aéreo, lo carente de densidad tanto sonora como conceptual, se pone por delante de otras consideraciones. La música fluye, elabora texturas de lo más sugerentes y resulta siempre vistosa, pero no emociona. El pianista, pleno de solvencia, sintoniza por completo con la propuesta y se queda igualmente a mitad de camino. (7)