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martes, 26 de julio de 2016

El Così fan tutte de Haneke, o la Escuela de la crueldad

En febrero de 2013 presentaba Gerard Mortier uno de sus proyectos estrella para el Teatro Real: Così fan tutte a cargo del prestigioso cineasta austríaco Michael Haneke y bajo la batuta de Sylvain Cambreling. Yo no fui, temiéndome lo peor. Ahora he podido ver el Blu-ray editado por el sello Cmajor –asombrosa calidad audiovisual– y, la verdad, no es tan malo como yo pensaba ni como me contaron a posteriori, pero desde luego me parece una propuesta fallida, además de lo que no debe ser la ópera y, para nuestra desgracia, cada vez lo es más: un vehículo al servicio del ego del director escénico.



A nivel teatral no voy a negar el talento de Haneke a la hora de montar, mediando muchísimas horas de ensayo, un excelente espectáculo escénico: existe un concepto claro, este se encuentra muy bien materializado, la dirección de actores es espléndida –pensada mucho antes para la pantalla del reproductor doméstico que para el público de la sala– y hasta la escenografía y la iluminación son de enorme belleza. No hay caprichos ni provocaciones. Y, sin embargo, el resultado no puede ser más opuesto al espíritu de la música.

Miren ustedes, Così fan tutte es una comedia de trasfondo profundamente amargo en la que los aspectos más sombríos se encuentran revestidos de una sonrisa amable y melancólica, con espacio incluso para el cachondeo autorreferencial –"Come scoglio" es, directamente, una parodia de la opera seria– e incluso para la astracanada. Haneke, interesado mucho antes en demostrar su "poderosa personalidad"  que en servir a esos dos mindundis llamados Mozart y Da Ponte, decide transformar la obra en un drama existencialista: Don Alfonso y Despina son unos amargados que han fracasado como pareja y viven en una situación de tensión interna entre ellos tan extrema que solo encuentran alivio –algo así como una justificación de su propio fracaso– manipulando a los más jóvenes hasta conducirlos al engaño, la traición y el desencanto. Por parte de él, no hay deseo de ilustrar a los chicos desde la experiencia de la edad. Por la de ella, no se evidencia esa mezcla de picardía, interés pecuniario y desprejuiciado erotismo que encontramos en la obra original. Lo que los dos desean, y lo consiguen, no es ni más ni menos que hacer el mayor daño posible a quien tienen a su alrededor.

¿Les suena esta idea dramática? Confieso que yo no me di cuenta hasta que el mismo Haneke lo reconoce, a instancias del entrevistador, en el documental complementario: la obra teatral Quién teme a Virginia Wolf es directa fuente de inspiración. Así las cosas, la "escuela de los amantes" de Da Ponte se transforma en una escuela de la crueldad. El amargor y el odio se convierten en el motor de todo lo que se ve sobre el escenario. No hay espacio alguno para otro tipo de sentimiento. Y no es eso, en modo alguno, lo que la música pide, como tampoco lo hace el libreto: dado el carácter digamos "realista" –este término lo usa el propio cineasta– de la propuesta escénica, las secuencias más claramente cómicas –empezando por la aparición de los dos galanes disfrazados– chirrían de manera muy considerable, por mucho que cambien el imán con que el falso doctor "cura" a los amantes por una Tablet.


Lo coherente con esta propuesta escénica tan discutible hubiera sido una dirección musical que dejara a un lado los aspectos más "rococós" de Così y subrayase el amargor lírico y las tensiones dramáticas que también se encuentran en la partitura. O al menos, una dirección seca y austera. Pues no: el señor Cambreling, soberbio recreador de otros repertorios, realiza una lectura plana, anémica y rutinaria, fraseada con cierto buen gusto y con atención a la claridad, eso es cierto, pero más bien gris. Y además con influencias historicistas no del todo bien asimiladas, intentando llegar a ese complicado punto de encuentro entre la tradición y las nuevas vías interpretativas sin saber muy bien cómo hacerlo. El resultado, todo lo contrario de la visión de Haneke: un Mozart de cajita de música. La Sinfónica de Madrid suena por debajo de su nivel habitual: con una cuerda tan deshilachada –culpa de Cambreling– no se puede hacer esta música.

Por si fuera poco,  Haneke y Cambreling deciden que la mayoría de las grabaciones existentes de este título –y de todo Mozart, como mínimo– realizan mal los recitativos y que ellos nos van a descubrir la verdad: hay que cantarlos con las estructuras, los ritmos y las cadencias propias del lenguaje hablado, otorgando peso propio a unos silencios que han de ser más abundante y más largos que nunca. El resultado, a mi entender, es pretencioso y grotesco a más no poder. ¿De verdad creen necesario sustituir la fuerza expresiva del canto, del buen canto, por las fórmulas propias del teatro?

La respuesta es afirmativa, porque exactamente esa idea, la de que es más importante el teatro que la música, es la que primó a la hora de seleccionar a los cantantes: creo que fue el propio Mortier el que dejó muy claro que se seleccionaban antes por su físico y por sus cualidades escénicas que por su talento vocal. Cualquier aficionado a la ópera, sea de los "carcas" o de los "progres", sabe perfectamente que la definición psicológica de un personaje viene marcada por la vocalidad de este, por la fuerza expresiva de la partitura y, lógicamente, por la interpretación musical del cantante de turno. Si cuenta con el físico apropiado y es un gran actor, muchísimo mejor. Con frecuencia, incluso, la fuerza escénica de un artista determinado puede hacernos personar sus limitaciones vocales. Pero lo que no vale es quedarse con voces anodinas solo por el hecho de que dan bien el tipo: con la excepción del notable Don Alfonso de William Schimell, el elenco seleccionado por Mortier, Hakene y Cambreling no pasa de lo aceptable. Quizá Anett Fritsch sea una digna Fiordiligli: lo pasa mal en "Come scoglio", como casi todas, pero canta un "Per pietà, bein mio" de exquisito gusto. Paola Gardina es una muy correcta Dorabella. Y Andreas Wolf hace un aceptable Guglielmo. Pero el Ferrando de Juan Frascisco Gatell y la Despina de Kerstin Avemo da mucha pena escucharlos.

En fin, un producto audiovisual para los fans de Haneke, que son muchos. Quienes busquen a Mozart y Da Ponte, que acudan a la soberbia realización escénica de Nicholas Hytner que comenté aquí mismo hace años. O la mucho más gamberra, pero maravillosa, de Doris Dörrie, que cuenta con un sensacional Barenboim a la batuta.

domingo, 9 de marzo de 2014

Fúnebre casualidad

Les aseguro que ha sido casualidad. Tengo por costumbre escuchar un poco de música antigua ya bien entrada la noche: la sensibilidad parece especialmente preparada para tal repertorio  a esas horas. Así estoy escuchando muy poco a poco, entre otras cosas, una maravillosa caja de quince compactos llamada A Secret Labyrinth en la que Sony Classical recoge la mayor parte de las grabaciones que para dicho sello realizaron el Huelgas Ensemble y su director Paul Van Nevel. Tocaba hoy música del francés Antoine Brumel (h. 1460-h. 1520). Su Dies Irae, concretamente.


La música empezó a sonar y quedé profundamente estremecido, tanto por la fascinante hondura de la obra como por la excelencia de una interpretación que saber aunar la pureza formal renacentista –portentoso el equilibrio entre las voces–, también una admirable belleza sonora, con la emotividad que las piden las circunstancias. Entonces caí en la cuenta de que estaba escuchando polifonía franco-flamenca y de que se trataba de una misa de difuntos, justo el mismo día en que se ha difundido la noticia del fallecimiento de Gerard Mortier. Interpreten como quieran lo que para mí no es más que una fúnebre casualidad convertida en involuntario homenaje al gestor belga, pero no se pierdan esta increíble música que alguien tuvo a bien en su momento colocar en YouTube. Descanse en paz.

Falleció Mortier

O al menos es lo que se anuncia en el blog Parterre Box, que en estas cosas no se suele equivocar. Yo siento la noticia doblemente: por la persona y por la música en Madrid. Y es que, a pesar de esos muy evidentes defectos de los que aquí no he dejado de hablar cuando lo he considerado oportuno, Gerard Mortier ha hecho muchas más cosas positivas que negativas por el Teatro Real, y las podía haber seguido haciendo. Me gustaría destacar una virtud por encima de cualquier otra: partir de la creencia de que a la ópera no se va principalmente a pasar el rato, con todo lo que de ello se deriva a la hora de programar.

mortier

Asimismo quiero lamentar que en estos últimos meses algunos hayan hecho leña del árbol caído. Y que, al igual que algunos medios se instalaran en una cómoda actitud de complacencia hacia todo lo que hacía el gestor belga, determinados críticos le torpedearan desde el principio con un odio, una saña y una capacidad para la manipulación como pocas veces he visto en el mundillo musical. No hace falta decir nombres, como tampoco aclarar que semejantes señores son los mismos a los que, mucho antes de la llegada de Mortier a nuestras latitudes, he considerado como realmente peligrosos para el progreso de la música en nuestro país.

Le echaremos de menos, Don Gerard. Al menos algunos.

viernes, 4 de octubre de 2013

Dos editoriales: Mortier y el futuro del disco

He leído en la red los respectivos editoriales de la revista Scherzo (aquí) y Ritmo (aquí). Me siento muy poco identificado con ellos, y creo que merecen unos comentarios.

El primer editorial es uno de los más feroces ataques al defenestrado Gerard Mortier que he visto en la prensa. ¿Que el autor del texto tiene mucha razón en buena parte de las cosas que dice? Desde luego. Lo que no me ha parecido afortunado es la dureza del tono y el tremendo ninguneo hacia la figura del gestor belga, maximizando lo peor de su gestión en el Teatro Real madrileño y minimizando sus aciertos. De acuerdo en que este es un señor pagadísimo de sí mismo, que ha abusado del erario público y que ha tomado decisiones artísticas abiertamente desafortunadas, pero también es una persona inteligente y arriesgada que ha aportado muchas cosas positivas a la ópera en Madrid; limitándonos a los resultados artísticos de sus producciones –que no es lo único a valorar, porque también hay que tener en cuenta aspectos como elección de repertorio, proyección internacional o rentabilidad a largo plazo, entre otros muchos-, no parece que la etapa Mortier vaya a ser inferior a la de su predecesor Antonio Moral; el fundador de Scherzo no ha callado ante la prensa, dicho sea de paso, su deseo de haber seguido al frente del teatro madrileño, aunque a mi entender donde mejor está es en el Centro Nacional de Difusión Musical, en el que desarrolla un trabajo absolutamente extraordinario. Volviendo a Mortier, no tengo duda de que su legado más importante se verá con claridad conforme van pasando los años, aunque parte de él (por ejemplo, la apreciable mejora del nivel de los cuerpos estables del teatro) puede perderse con un Joan Matabosch que a mí, en principio, me hace muy poca gracia como sucesor.

Mortier Matabosch

En cuanto a Ritmo –revista en la que, por cierto, Matabosch colaboró hace tiempo escribiendo críticas de los espectáculos del Liceo–, su editorial es una última vuelta de tuerca a un asunto que debería haber quedado atrás hace tiempo, aunque haya vuelto a cobrar relieve por el cierre de Diverdi y Harmonia Mundi Ibérica: las distribuidoras echan el cerrojo, las grandes superficies reducen brutalmente el espacio dedicado a la venta de discos en soporte físico, empuja con fuerza la difusión de contenidos a través de la red… y la gente se dedica a piratear impunemente CD y DVD. ¡Venga ya, hombre, otra vez con esa historia! Miren ustedes: el personal se compra los discos que puede, y los que no puede, que cada vez son más porque los sueldos menguan y menguan sin parar, se los busca “por ahí”. Si de pronto las compañías encontraran la manera de impedir que se piratease, poco iba a subir su cifra de ventas.

Porque el melómano no puede, por ejemplo, pagar los 46 euros que en España pide Ferysa (la distribuidora que pertenece al dueño de Ritmo) por un Blu-ray con sesenta y cinco minutos de Bruckner por Daniel Barenboim, salvo que esa sea su única compra de música al mes. Y, sobre todo, porque en los últimos años se ha incrementado espectacularmente la cantidad de conciertos, recitales y óperas disponible de manera legal y gratuita en la red, hasta el punto de que hoy tenemos mucho más material audiovisual a nuestra disposición que antes. Ya no es necesario comprar el compacto que sacan los grandes o pequeños sellos discográficos para conocer una buena interpretación de tal sinfonía, de tal ballet o incluso de tal pieza más o menos infrecuente. Vaya este maravilloso vídeo del canal de YouTube Avro Klassik como botón de muestra.


El futuro es el gratis total para el consumidor, o quizá la realización de pagos modestos (pienso en Spotify, en la Digital Concert Hall y en Medici.tv) para tener a cambio una gran cantidad de material disponible en la red. Cierto es que la tecnología no está del todo aún preparada –los televisores ya van adquiriendo de un modo u otro conexión a la red sin solucionar los problemas del ancho de banda y la compresión dinámica–, pero ese es el camino. Los artistas no podrán exigir los carísimos derechos de reproducción que percibieron en la edad dorada del compacto (oh, qué pena) y las discográficas dejarán de llenarse los bolsillos reeditando material que lleva lustros amortizados.

Los artistas más listos serán los que sepan colocar mejor –o sea, con más premura y mayor calidad audiovisual– su mercancía, esto es, los que logren convertirse en los más reproducidos y/o descargados. Ya hay por ahí orquestas, directores y solistas que lo están haciendo de manera inteligente; obviamente no van a ganar el pastón de antes, pero les seguirá entrando un dinero que vendrá a través del patrocinio, de la publicidad y de otras vías alternativas, además de soportes nuevos como los Blu-ray video y audio, o con las descargas en HD. Y a partir de ahora los músicos de renombre no serán los escogidos por las casas discográficas –con acierto o sin él, porque mucho mediocre se hartó de grabar discos en los años ochenta y noventa–, sino aquellos que encuentren mayor respaldo del público.

No, la reproducción doméstica de música clásica no ha muerto: está más viva que nunca. Simplemente está sufriendo su mayor proceso de metamorfosis desde que se inventó el sonido grabado. Ya no va a depender de los empresarios que se empeñan en aferrarse a un modelo al que, por suerte o por desgracia, para lo bueno y para lo malo, le queda poquísimo tiempo de vida. Al futuro no se llega clamando al cielo por la situación del mercado e invocando el furor divino contra quienes osan descargarse contenidos de aquí y de allá. No se llega dando marcha atrás, sino caminando hacia adelante a través de un sendero aún por explorar. Todo lo demás es perder el tiempo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Vuelve el Barbero al Teatro Real, y el de la batuta se lo carga

Soy de los que piensan que la clave de la interpretación musical de una ópera no está tanto en los cantantes como en el director de orquesta, que es –o debería ser– mucho más que el “guardia de tráfico” que se encarga de regular la interactuación entre el foso y las voces: es el maestro el que tiene que trabajar a fondo durante los ensayos para que los solistas hagan una piña bajo una misma idea estilística y expresiva, al igual que el director de escena no debe dejarles a su aire –esto suele pasar con demasiada frecuencia– sino realizar una minuciosa labor para que las cosas funcionen teatralmente como es debido. Si falla la batuta y los cantantes tienen que actuar por intuición y sin el soporte de una orquesta bien tensada, además de tratada con buen sentido dramático, o estos son primeras figuras o la cosa se hunde.

Barbero de Sevilla Sagi

Es justamente lo que está pasando en el Teatro Real en las funciones de El barbero de Sevilla que anda ofreciendo: en mi caso me refiero a la que presencié el sábado 21 de este mes. Contrató el defenestrado Mortier a Tomas Hanus, maestro checo que realizó una bochornosa labor sobre la genial partitura rossiniana. Le admito una virtud: al menos no hizo que Rossini sonara con esa excesiva levedad, por no decir cursilería, con la que algunos directores (pienso ahora en Gómez Martínez en su fallida grabación con la Garança) se empeñan hoy en interpretarlo. Y ahí se acaba lo bueno. Por lo demás fue la suya una dirección de obvia incompetencia técnica: este señor no tiene ni idea de cómo mantener el pulso, no sabe marcar contrastes y se muestra incapaz de ofrecer –salvo algunos detalles aislados no siempre convincentes– matices expresivos que hagan salir de la más absoluta linealidad a su lectura. Peor aun: no hubo un solo crescendo en toda la velada, lo que en Rossini es poco menos que pecado mortal. Imaginen el resultado. A un servidor, que tiene al Barbero por una de las óperas más absolutamente maravillosas jamás compuestas, le resultó soporífero a más no poder.

Así las cosas, el discreto elenco de cantantes congregados no pudo hacer nada, no solo porque tuvieron que luchar contra el tedio que emanaba del foso, sino también porque no tenían a nadie que les decía cómo hacer las cosas, ni siquiera en unos recitativos muy poco currados en los que el señor del fortepiano, por cierto, metió más de una morcilla. Hubo, en cualquier caso, cosas destacables, Me refiero sobre todo a la actuación de Serena Malfi, voz de mezzo lírica muy hermosa manejada de manera sensible, aun faltando una mayor personalidad que puede que le dé el tiempo; me sorprendió su manera de ornamentar “por abajo” la línea melódica en varias ocasiones.

También es bella (ahora, no antes: en el Elvino que le escuché en Sevilla en 2006 sonaba horrenda) la voz de Dmitry Korchak, pero aquí no termina de haber tanta desenvoltura técnica ni expresiva, por lo que los resultados fueron irregulares: cantó de manera mediocre el “Ecco ridente”, ofreció un bellísimo canto ligado en “se il mio nome” y se atrevió (¡sorprendentemente!) con el temible “Cesa di più” para resolverlo de manera solo aceptable, muy lejos de la prodigiosa limpieza en las agilidades de Juan Diego Flórez cuando estrenó esta misma producción en 2006. Mi impresión es que este chico tiene talento, pero si quiere seguir interpretando a Rossini tiene que mejorar considerablemente determinados aspectos técnicos.

Barbero de Sevilla Sagi Madrid septiembre 2013

Malo el Fígaro de Mario Cassi: lo que hace este chico a mí me parece que está más cerca del grito que del canto. A Bruno de Simone hace años le vi en directo algunas cosas muy dignas, pero ahora el instrumento le suena muy pálido y en lo expresivo se ha mostrado (como ya le ocurría en la citada grabación de Gómez Martínez) soso a más no poder. Dmitri Ulyanov lució su poderosa voz en “la calumnia” pero escasa sintonía con el estilo. Buena la Berta de Susana Cordón, única cantante que repetía del estreno de esta misma producción escénica, la debida a Emilio Sagi.

Me gustó muy poco su propuesta en aquel entonces, cuando estuve escuchando a los dos repartos, y siguió sin gustarme las dos veces que he visto luego la filmación, que comenté aquí mismo. No diré que esta vez lo del regista asturiano me haya convencido, pero no puedo dejar de alabar la belleza plástica del resultado, ni su buen pulso teatral, ni la ironía a la hora de manejar tópicos, ni su habilidad para ser al mismo tiempo original y respetuosa. Tampoco había percibido cómo el escenario va cambiando gradualmente de tonalidad ante de la explosión de color final. Un acierto, además, haber suprimido la enorme estupidez de levantar el escenario en el final del primer acto para “mostrar las posibilidades” del Real. Pero siguen los mismos problemas: todo lleno de figurantes haciendo gracietas sin ton ni son, coreografías fuera de lugar, final del primer acto mal resuelto (¿a qué viene hacer pajaritas de papel?) y personajes no muy bien delineados; graciosísima Berta, aunque muy pasada de rosca y por ello sin terminar de encajar con el resto.

En fin, fiasco total por culpa del mal tino de Mortier a la hora de escoger a la batuta. ¿Mostrará aquí su sucesor Matabosch mayor inteligencia o castigará al público del Real con las mismas batutas de cuarta fila que ha hecho desfilar durante estos últimos lustros por el Liceu?

sábado, 14 de septiembre de 2013

Moral, Mortier, Matabosch… La historia se repite

Lo que está sucediendo estos días en el Teatro Real –el asunto va para largo– no es sino la historia de siempre en lo que a gestión cultural en España se refiere: hay un cambio de gobierno y, tras un tiempo de tira y afloja, se dinamita el trabajo realizado durante el periodo anterior, se larga de mala manera a las personas que hasta entonces estaban al frente de las instituciones y se colocan a dedazo limpio a otras nuevas.

Así se rompió con Antonio Moral –cierto es que terminaba su contrato, pero liquidaron buena parte de la programación planificada– para sustituirlo por Gerard Mortier. Y así se le da la patada ahora a este último enfermo pero no difunto, como él mismo ha recordado– para colocar a Joan Matabosch. En realidad, de este modo ha venido funcionando el teatro de ópera madrileño desde antes de su reapertura (¿se acuerdan de Lissner/Ros-Marbá?), y me temo que así lo seguirá haciendo en este país de democracia reciente, inmadura y mediocre. Los políticos podrán acertar, o no, en cada uno de los giros de timón, pero está claro que estas no son las formas.

En cualquier caso, lo que hace que esta destitución resulte no solo lamentable desde el punto de vista de la gestión, sino también repugnante desde la perspectiva humana, es el hecho de que se haya realizado con Mortier enfermo de cáncer y residiendo en el extranjero para recibir tratamiento de quimioterapia, teniendo encima que enterarse de su despido por la prensa. Que él mismo haya acelerado con sus amenazas el devenir de los hechos no es justificación alguna para semejante villanía, aunque al menos ésta ha servido –el caso está teniendo lógica repercusión en el extranjero– para que por ahí fuera se enteren de la chulería y la poquísima categoría humana de nuestra clase política. Por una vez voy a estar de acuerdo con Norman Lebrecht: “El Teatro Real se ha cubierto a sí mismo y a la ciudad de Madrid de vergüenza e ignominia” (leer artículo completo).

martes, 11 de junio de 2013

Wozzeck vuelve al Real: triunfo del foso con Cambreling

Estuve el sábado 1 de junio en el Wozzeck de Alban Berg que ofrece estos días el Teatro Real. Tercera vez que veo en directo esta acongojante obra maestra absoluta. Las otras dos ocasiones tuvieron lugar en 1997 con pocos días de diferencias entre ellas. Una fue precisamente en el Real: solvente batuta de Josep Pons, muy excesiva puesta en escena de Calixto Bieito procedente del Liceu (editada en DVD) y notables Jochen Schmeckenbecher y Angela Denoke encabezando el elenco. La otra fue en Lisboa, bien dirigida por Eliahu Inbal, protagonizada por un espléndido Dietrich Henschel y con una tan sobria como fascinante propuesta escénica de Stéphane Braunschweig.


Ojalá hubiese sido esta última la que Mortier hubiese traído a Madrid en este retorno Wozzeck a su escenario, porque la de su admirado Christoph Martaler, procedente de la Ópera de París, me ha convencido tan poco como la de Bieito: el espectáculo está irreprochablemente trabajado desde el punto de vista teatral, pero el regista no tiene en cuenta la diferenciación dramática de cada una de las escenas. Dicho de otra manera: atiende poco al libreto y menos aún a la música. Además, deja evaporarse el intimismo que precisan determinadas situaciones, interfiere gran parte del tiempo con su decisión de colocar a unos niños jugando alrededor de la cantina castrense en la que decide ubicar la acción, a veces cae en la más molesta obviedad (Marie y el Tambor Mayor follando delante de todo el mundo) y, por si fuera poco, no sabe cómo resolver momentos tan fundamentales como la muerte del protagonista o el final con los niños.

Sin embargo, funcionó de maravilla el foso bajo las órdenes de otro nombre muy de Mortier, el de Sylvain Cambreling. Por lo pronto en lo técnico: la Sinfónica de Madrid, salvando quizá a los metales en el gran clímax entre las dos últimas escenas, sonó con un nivel impresionante para tratarse de una obra de semejante dificultad, y desde luego muchísimo mejor que en el reciente Don Giovanni dirigido por Alejo Pérez. Pero es que además el ya veterano maestro francés ofreció una espléndida interpretación que me recordó mucho a una de mis preferidas, la de Dohnányi de 1980: de enorme rigor arquitectónico y gran claridad, reveladora de infinitos detalles en las texturas instrumentales, fraseada con naturalidad –sin nerviosismo alguno, error en el que caía, por ejemplo, un Abbado– y alejada en lo expresivo tanto del romanticismo tardío como del expresionismo más ácido y visceral, pero sin quedarse en el mero análisis intelectual. Digamos que es la suya una interpretación que mira antes a Schoenberg y a Webern que al propio Berg. Obviamente se pueden preferir acercamientos más incandescentes (pienso ahora en Barenboim y Currentzis, por citar dos grandes trabajos discográficos en DVD), pero el de Cambreling me parece incuestionable en su línea. ¿Por qué no se limita Mortier a traerle para estas cosas que hace maravillosamente en lugar de colárnoslo también para las que interpreta con manifiesta mediocridad? No, no hace falta que contesten.


Aunque ya algo mayor y con alguna relativa limitación en lo vocal, estuvo muy bien Simon Keenlyside en el rol titular. Cantó con buena línea, sin apartarse del sprechgesang pero aportándole detalles “tradicionales” interesantes, como unos reguladores muy expresivos, sabiendo además ser sutil en la definición psicológica del personaje evitando tanto el carácter monolítico como la truculencia de otros intérpretes del rol. Además estuvo espléndido en lo escénico. Nadja Michael, de voz poderosísima e innegable implicación expresiva, sacó buen provecho expresivo de las asperezas de su zona aguda, aquí no del todo inconvenientes, un poco en la línea de la Silja; eso sí, se echó de menos la sensualidad que aportan las Marie mezzosopranos. Franz Hawlata, que asumió el rol titular en el referido DVD del Liceu, se ocupaba ahora del Doctor: cada día resulta más insoportable escucharle, aunque al menos le puso ganas al asunto. El Capitán y el Tambor mayor fueron los mismos que la otra vez en el Real: Gerard Siegel y Jon Villars respectivamente, a mi entender mucho mejor el primero que el segundo. Muy correcto el Andrés de Roger Padullés, mientras que el Primer aprendiz de Scott Wilde se quedó en lo aceptable.

Total, una en su conjunto muy buena interpretación musical, bastante más que eso en lo que al foso se refiere, que no se ve acompañada por una escena de la misma altura. Aun así, recomiendo vivamente a quienes tengan la oportunidad –quedan aún unas cuantas funciones– que no dejen de acudir al Real. Teniendo en cuenta la ola de conservadurismo programador que se nos ha venido encima con la excusa de la crisis, podría ser esta la última oportunidad de escuchar Wozzeck en España en bastantes años.

domingo, 24 de febrero de 2013

Así hacen todos

No saqué entrada para el Così fan tutte de Michael Haneke (bueno, de Mozart y Da Ponte, ustedes ya me entienden) no solo por mis actuales estrecheces económicas, sino también oliéndome la tostada: con un elenco a priori poco estimulante, una batuta nada afín al salzburgués y un cineasta que vino en plan divo imponiendo multitud de caprichos, me temía lo peor.

Haneke Cosi

Pues bien, me la jugué y parece que he acertado, pues he charlado -de viva voz y por “guasap”- tras el estreno de hoy sábado 23 con tres amigos diferentes, dos de Madrid y uno de Sevilla, los tres por cierto muy fiables, y me han dicho cosas muy parecidas. Bueno, con respecto al señor Sylvain Cambreling, exactamente lo mismo: que su dirección ha sido “pésima” (según uno), “una mierda” (dice otro) y “lo peor que jamás he escuchado en ópera mozartiana” (el tercero). Y añaden todos ellos que flácida, sin vida, fuera de estilo y muy defectuosa en lo técnico, con la orquesta completamente perdida. Merece la pena copiarles -con permiso del autor, claro- lo que me ha escrito uno de ellos:
“Musicalmente no me creo que esto sea la capital de España: la orquesta es una basura y el director un puto batutero de mierda que no indica nada a los cantantes, que no hace matices ni saca provecho de una partitura tan excelsa. Encima lo hace todo lentísimo, como un oratorio: ha alargado el primer acto quince minutos respecto a una interpretación estándar.”
Los cantantes, escogidos al parecer por su físico más que por sus cualidades vocales. Las parejas de amantes les han parecido correctas o menos que eso, mediocre el Don Alonso e impresentable la Despina. Encima los recitativos han sido al parecer rarísimos, con parones interminables que cortaban toda la tensión.

¿Y la escena? Pues al parecer ni disparatada, ni provocativa ni rompedora. En eso coinciden, aunque luego mis amigos se dividen: a uno de ellos le ha resultado aceptable, con ideas interesantes y otras fuera de lugar, al segundo sencillamente no le ha gustado y al tercero le ha parecido muy normalita en lo que a dirección de actores se refiere y poco acorde con las intenciones originales de los autores.

¡Tanto jaleo con el señor Haneke para esto! En cuanto a Cambreling… Miren ustedes, yo no he estado en el Così y por ende no le puedo criticar directamente. Lo que sí censuro es que a Mortier le haya importado un pito que en París acumulase críticas negativas con su Mozart. Así hacen todos; o si no todos, al menos muchos. Así hacen gestores, agentes y cantantes: imponer por el morro a sus amigos aun sabiendo que se van a cargar una función. Vamos, lo mismo que en política. Y luego pasa lo que pasa.

miércoles, 23 de enero de 2013

Españolísima caspa

Ya han salido las primeras críticas del estreno anoche de The Perfect American en el Teatro Real. Ni fu ni fa, como era de esperar. A mí me parece que la ópera de Philips Glass no me va a gustar, pero aun así he aprovechado el Parsifal en versión de concierto, que en principio sí promete, para sacarme una entrada. Ya les contaré.

Lo que ahora quiero referir es la carcajada que he soltado esta mañana cuando he leído en una de las referidas críticas (enlace) la acusación de que esta ópera no se debería haber estrenado en Madrid porque la temática queda "lejos de nuestros intereses, cultura y estatutos fundacionales y sería mucho más interesante proponer encargos sobre temas hispanos e hispanoamericanos más propios". ¡Toma castaña!

Que sí, que ya sabemos que el texto está publicado en uno de los más retrógrados diarios nacionales. Y que el crítico en cuestión fue el mismo que puso a parir el nombramiento de Pinamonti para la Zarzuela por el mero hecho de ser italiano y no español. Lo que me preocupa no es que este señor piense como piense (o sí me preocupa: ¡menudo provincianismo el de nuestra crítica musical!), sino que la referida argumentación procediera, presuntamente, de todo un Patronato del Teatro Real. Pura caspa hispánica.

Al final resulta que Mortier, con todos sus aciertos y desaciertos, va a ser algo así como el sarampión: una fase tan molesta como necesaria para superar tanto la inmadurez como la cortedad de demasiados aficionados a la ópera. Curiosamente, de los que se autodenominan como "auténticos aficionados". Les dejo con una propuesta de obra lírica con temática verdaderamente apropiada para nuestros intereses. ¡Viva España!



PS. La música en cuestión es de Teddy Bautista. Manda...

viernes, 18 de enero de 2013

Toneladas de basura contra Mortier

Creo haber dejado claro en este blog que no soy en absoluto incondicional de Gerard Mortier. Por descontado que valoro positivamente muchas de sus ideas y de sus propuestas, pero no son pocas de sus actuaciones las que me parecen conducidas por la soberbia, la pedantería y una molestísima pose de presunto progresismo de cara a la galería. Una de cal y otra de arena ha sido hasta ahora -como con Antonio Moral y con Sagi- la línea que define su programación para el Teatro Real, en cualquier caso con menos polillas ahora que antes, lo que no deja de ser sano.

Tahull

Dicho esto, quiero lamentarme de la enorme cantidad de basura que la peña anti-Mortier, desde siempre muy activa, está lanzando en los últimos meses. Unos les recriminan decisiones que jamás se les ocurriría echarle en cara a sus amadísimos (¿por qué será?) Helga Schmidt o Giancarlo del Monaco, aunque en ocasiones se comporten de manera similar. Otros magnifican sus errores y minimizan sus aciertos; o confunden estos últimos con los éxitos de taquilla, cuando en realidad un teatro pagado en buena medida con dinero público no debería priorizar (aunque sí tener en muy cuenta) la rentabilidad de la programación, sino la capacidad para ofrecer variedad y descubrir nuevos horizontes al mismo tiempo que se satisfacen los gustos y la demanda ya existentes. Otros, finalmente, lanzan tremendos rebuznos para atacar -muchas veces sin haberlos escuchado- los títulos escogidos por el gestor belga. No hace mucho tropecé con una afirmación verdaderamente asnal: la Historia de la Pintura alcanzó su cénit en el Barroco para corromperse irremediablemente con todos los “ismos”. Todo ello dicho, por descontado, con la chulería de la que en estos últimos tiempos hace gala el pensamiento ferozmente conservador que asola el país.

Kandinsky

En fin, por mi parte no puedo más que seguir dando lo mejor que puedo mis clases de Historia del Arte en el Instituto (llegando al final del temario, es decir, explicando la mayoría de los "ismos"), y dejarles a ustedes un par de obras pictóricas que le parecen sensacionales a este pobre licenciado que se dedica al Gótico y el Mudéjar y considera a Velázquez el mejor pintor de todos los tiempos.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Suor Angelica más Il Prigionero, gran idea

Hace mucho que conozco Suor Angelica. ¿Pastelosa, cursi y lacrimógena? Pues si los “expertos” lo dicen, así será. Yo no tengo problema alguno en reconocer que no solo me encanta, sino que me emociona intensamente si la interpretación es buena. Il Prigionero, de Luigi Dallapiccola (1904-1075), no la he escuchado hasta esta misma tarde, concretamente en la espléndida interpretación dirigida por Esa-Pekka Salonen para Sony Classical. Me ha gustado muchísimo. Y debo decir que la idea que ha tenido Gerard Mortier de presentarlas juntas en el Teatro Real -tengo entrada para el día 3- me parece ahora felicísima.


Las relaciones entre ambas son acusadas. Para empezar se trata de obras breves en un acto, de unos cuarenta y cinco minutos la de Dallapiccola y rondando la hora la del autor de Tosca. Ambas están en la lengua de Dante (aquí tienen el libreto en castellano de Il Prigionero). Las dos presentan como protagonistas a personajes encarcelados: en una se trata de un flamenco rebelde en tiempos de Felipe II encerrado en la cárcel de la Inquisición en Zaragoza, en la otra tenemos a una joven de familia noble que lleva siete años en un convento por haber cometido esa al parecer terrible falta que es quedarse embarazada siendo soltera. En ambos casos la Iglesia Católica ejerce de represora y hasta de verdugo aun ofreciendo la apariencia de ser refugio y consuelo. Los relatos presentan una relación materno-filial como uno de los principales ejes dramáticos de la acción. Y en las dos historias -así lo afirma con enorme lucidez el director de escena Lluis Pascual en el vídeo promocional del teatro madrileño- las correspondientes víctimas sufren la intensa tortura de alimentar la esperanza para no desembocar en otra cosa que en la muerte como liberación, independientemente de que la redención final que viene del cielo en el caso de Angélica nos ofrezca un final mucho menos siniestro.


Luego se supone que desde el punto de vista del lenguaje formal las dos obras son muy distintas. Pues sí, pero no tanto. La de Puccini, estrenada en 1918, es muchísimo menos arcaizante de lo que algunos indocumentados llenos de prejuicios pueden pensar, sobre todo por el tratamiento de la armonía. La de Dallapiccola, compuesta entre 1944 y 1948, es en gran medida dodecafónica, pero la línea de canto tiene poco que ver con el Sprechgesang de la Segunda Escuela de Viena y bastante con la tradición lírica italiana; desde luego se escucha bien, sin necesidad de realizar esfuerzo alguno si se está medianamente acostumbrado a escuchar música del siglo XX. Por otra parte, las dos obras descansa su peso no en la voz (¡y eso que el aria destinada a Suor Angelica es de  una belleza sobrecogedora!) sino en el foso, presentando ambas una orquestación magistral en el tratamiento del color y, sobre todo, de las texturas. Lo dicho, una gran idea juntar las dos óperas. Estoy deseando verlas seguidas en escena.

Ah, un par de detalles curiosos con respecto a Il Prigionero. El primero: Mortier es flamenco en tierra española, como el protagonista, aunque a él no le persigue la Inquisición sino La Razón, que por cierto es un diario de corte poco menos que inquisitorial hacia quienes “piensan distinto”, y cuyo Gran Inquisidor de la lírica invita al gestor a marcharse con la mismas buenas maneras que el personaje correspondiente en la ópera conduce al pobre prisionero a la hoguera.

El segundo: el “malo” en la sombra de esta ópera, aunque no le veamos nunca en escena, es nuestro Felipe II, que aquí aparece con el nombre con que bien le conocemos los amantes de Verdi: Filippo.

viernes, 10 de agosto de 2012

¿Homofobia o carcundia?

Anda la peña anti-Mortier dando la vara con el Moisés y Aarón que ofrecerá el Real el próximo septiembre. Por descontado que no hay que hacerles ningún caso, porque a unos señores que califican de experimento o de capricho la programación de este título lo que habría que hacer es mandarles a recibir algunas lecciones de arte contemporáneo antes de que sigan rebuznando. Pero hay una cuestión que me irrita particularmente, y es el filón que han encontrado en la presencia en el podio de Sylvain Cambreling, según dicen todos antigua pareja del actual director del teatro madrileño, quien no ha podido escapar -ni ahora ni antes- de la acusación de amiguismo.

Comprendo que, desde el punto de vista exclusivamente artístico, se le puedan poner pegas a la batuta del veterano director francés en Mozart, por ejemplo, pero no desde luego dirigiendo a Messiaen (espléndida su integral discográfica, y admirarable su San Francisco en el Madrid Arena); probablemente tampoco interpretando a Schoenberg. Cierto es que los resultados están por ver, pero que el mismo espectáculo del que se ofrecerán dos sesiones en la Plaza de Isabel II vaya después al caro y exquisito Festival de Lucerna deja bien claro que la categoría del evento no ofrece lugar a muchas dudas.

Cambreling 

Si, vale, Mortier y Cambreling son buenos amigos y presuntamente fueron más que eso. Soy el primero que rechaza visceralmente -no es la primera vez que lo hago constar- cualquier clase de enchufismo a quienes no tienen talento. Lo que no me parece bien es que el personal guarde un sigiloso silencio en casos más o menos vistosos de amistades perfectamente heterosexuales, con o sin agencias comunes de por medio, y sin embargo se insista una y otra vez hasta el hartazgo -ya comenzaron antes de llegar Mortier a Madrid- sobre el señor Cambreling, cuyo talento es por cierto muy considerable en el repertorio que domina, y que por ende no se puede equiparar con los artistas mediocres colocados (¡o incluso impuestos!) aquí y allá por el mero hecho de tener excelentes relaciones con fulanito de tal. Por no hablar de los colocados vía filiación política, claro está.

¿Qué hay detrás de todo esto? Solo pueden ser dos cosas. La primera, la homofobia que vuelve a recorrer la sociedad española: la bochornosa circunstancia de que el Partido Popular haya eliminado de los contenidos de la Enseñanza Secundaria el rechazo a las actitudes homófobas es buena prueba de ello. La segunda, el consabido desdén a todo lo que suene más o menos “moderno” por parte de la carcundia que anida en una parte de los aficionados a la lírica (mejor dicho: de los que se consideran a sí mismos verdaderos aficionados a la ópera, en contraposición a los que tenemos un abanico temporal de gustos más amplio). Como el belga y el francés son presuntos abanderados de la modernidad (otra cosa es que lo sean realmente: habría mucho que discutir ahí), se abre la veda con cualquier munición que se tenga a mano: ¡a por ellos!

En fin, así está la cosa en España. En música y en mil asuntos más.

jueves, 15 de marzo de 2012

Furia(s) desatada(s)

No saqué entrada para C(h)oeurs. Sencillamente, no tengo dinero para viajar tanto. Menos ahora, cuando la última reparación de mi automóvil me ha dejado en números más rojos que una granada partida por un cuchillo de plata, que diría la Salomé de Wilde y Strauss. No diré que me apena mucho perderme la propuesta coreográfica sobre coros de Verdi y Wagner planteada por Alain Platel para el Teatro Real, sobre todo después de que hasta la crítica más pro-Mortier (o sea, Vela del Campo en El País) ha coincidido en que se trata de un espectáculo fallido. Pero lo cierto es que C(h)oeurs empieza a caerme simpático por motivos extra-artísticos. Me refiero, claro está, a la utilización que “los de siempre” están haciendo de los abucheos -por lo visto tremendos- recibidos por los artistas tras las dos primeras representaciones.

Sí, ya sabíamos cómo son “las furias”, pero lo cierto es que nunca las había visto tan agresivas. Tan desatadas. Tan… eso mismo: furiosas. ¿Es coincidencia que el ataque más repugnante y manipulador venga de la prensa más derechista? Me parece que no. Como tampoco estoy seguro de que la única razón de las protestas del público tenga que ver con las debilidades del producto o con su carácter presuntamente provocador (¡mira que escandalizarse por desnudos a estas alturas!). Quizá hubo quien estaba esperando la ocasión perfecta –la calidad de las óperas vistas esta temporada no daba pie a ello- para atacar a Gerard Mortier. Quizá también hubo más de uno -y más de dos- que protestaron porque la cosa iba de revoluciones callejeras y de 15-M: ya se sabe que Madrid vota masivamente a Esperanza Aguirre. Y alguno dirá que música y política no se deben mezclar, que la primera está “muy por encima” de la segunda, olvidando –no sé si con ignorancia o con alevosía- que gran parte de los coros del primer Verdi poseen una fortísima carga ideológica que no pasó precisamente inadvertida para el público de su tiempo. Lo dicho: es muy posible que C(h)oeurs sea un espectáculo peor que mediocre, pero yo empiezo a sentir simpatías por él.

jueves, 2 de febrero de 2012

Mortier frente a Helga

La sorpresa ha sido grande: el Partido Popular ha apostado por renovar a Gregorio Marañón al frente del Teatro Real y, por tanto, garantizar la continuidad de Gerard Mortier como director artístico. Esperaba lo contrario. Antes de reinaugurar la ópera madrileña, el PP ya había destrozado el proyecto diseñado por Stéphane Lissner (solo se salvaron Peter Grimes y Zorrita astuta, las producciones a la postre más aplaudidas) para sustituirlo por otro menos ambicioso y acorde con la pereza mental conservadora. La campaña contra Mortier ha sido, por otra parte, todo lo feroz, sectaria y manipuladora como podía esperarse de los mismos medios de comunicación que durante años han boicoteado al gobierno socialista y desde las últimas elecciones se han convertido en descaradísimos panfletos de la derecha. Y algunos de los primeros pasos de Mariano Rajoy al frente del ejecutivo han confirmado el afán revanchista tanto de la España nacionalcatólica como de esas hordas neoliberales en estrecha connivencia con los primeros: repárese en la supresión de la Educación para la Ciudadanía o en el proyecto para terminar de llenar de cemento y chiringuitos nuestras costas, por no hablar de la reforma laboral que se intenta demorar hasta que el PP consiga en marzo extender sus tentáculos por Andalucía. Todo apuntaba, insisto, a que el proyecto Marañón-Mortier iba a ser sustituido por otro “para todos los públicos”.

Pero por una vez los políticos han optado por mantener un proyecto que funciona. ¿En qué sentido funciona? Pues miren ustedes: orquesta y coro han aumentado de manera considerable su calidad, los títulos se adentran en territorios hasta ahora no muy atendidos por el público madrileño, están viniendo registas de primera línea que -guste más o menos lo que hagan- hasta ahora no habían pisado el Real y se está consiguiendo una repercusión mediática -crónicas en la prensa internacional, emisiones vía satélite, DVDs de producción propia- anteriormente impensable. El número de patrocinadores privados sigue siendo muy apreciable a pesar de la que está cayendo. El índice de ocupación es elevado. Y además se está logrando sustituir al público más reaccionario -los abonados que se han dado de baja ante tanta “modernidad”- por un buen número de gente joven que compra su entrada a última hora a bajo precio. Sí, ya sé que esto último no es bueno para las finanzas del Real, pero si se quiere garantizar el futuro de la lírica lo que hay que hacer es permitir que se acerquen las nuevas generaciones, y no convertir los teatros en cotos exclusivos de la burguesía.

Mortier Temporada 11_12

Esto no quiere decir que todo en esta nueva etapa del Real sea positivo. El gestor belga ha cometido numerosos errores, algunos de ellos muy importantes, y quien esto suscribe no lo ha dejado de escribir en este blog cuando le ha parecido oportuno. Su egolatría, por ejemplo, actúa casi siempre en su contra. La mediocridad en las publicaciones -los libretos, vamos- es evidente, incluyendo algunos favores a amigos artistas, aunque esto último parece que se debe más al siniestro Miguel Muñiz -ése sí podría caer- que al propio Mortier. Por no hablar del descuido de la cuestión económica, que podría pasarle factura, nunca mejor dicho, a medio plazo. La reciente dimisión del administrador Alfredo Tejero habla claro. ¿A qué esperan en el Real para recortar gastos suntuarios y privilegios varios?

Lo que me sorprende -bueno, en realidad no tanto- es que algunos de quienes más se rasgan las vestiduras por los aspectos sombríos del Real hacen la vista gorda ante circunstancias similares en la capital del Turia. Si la Comunidad Valenciana es el Imperio de la Corrupción -la sangría de sus múltiples vampiros ha dejado las arcas vacías-, el Palau de Les Arts es el Feudo del Despilfarro. ¿Alguien se cree que el sueldo de Helga Schmidt y sus gastos adicionales son menores que los de Mortier? Lorin Maazel creó una orquesta de primera categoría -con salarios a tono-, pero lo que el veterano maestro se metió en el bolsillo es de escándalo. Y ya me dirán lo que cobra Mehta por alcanzar el mismo nivel artístico que otros directores menos conocidos pero más baratos. Claro que lo que se lleva la pasta es el mantenimiento de unos espacios absolutamente sobredimensionados para las verdaderas necesidades de Valencia, una circunstancia que además no tiene arreglo: el ex-presidente Francisco Camps se olvidó de los números -menos de los que le interesaban- y creó un gigante con los pies de barro.

Luego hay otras cuestiones que los aficionados conocemos bien pero la prensa calla sigilosamente. Es el caso de la continuas modificaciones en la programación, muy superiores en número a la de cualquier teatro de categoría, realizadas la mayoría de las veces sin apenas reflejo mediático ni mediar justificación. La comunicación con el público es muy espesa, particularmente en lo que a la venta de entradas se refiere. La web es un desastre. Las publicaciones no es que sean menos interesantes que las del Real, es que han quedado reducidas a la mínima expresión en lo que a textos se refiere. El catering, carísimo y a veces inoperante. Y las facilidades para el público joven son menores que las del Real.

Santa_Jelga

Si estas cosas referidas en último lugar pasaran en el reino de Mortier el escándalo sería mayúsculo. Pero ocurren en Casa Helga, una señora poco menos que canonizada por algunos. Desde luego no le podemos regatear determinados méritos, pero a nuestro juicio carece de la brillantez, la inteligencia, el riesgo y la capacidad de provocación -en el buen y en el mal sentido, todo hay que decirlo- de su colega. Tampoco posee su don de gentes y su educación. Quienes acudimos regularmente a las firmas de autógrafos lo sabemos bien. Mortier estará todo lo endiosado que se quiera, pero se acerca a los aficionados -a cualquiera que se le pone por delante- con una naturalidad y una simpatía admirables. También con una enorme capacidad de convicción. La teutona, pues lo que ustedes ya saben: Alemania pura. La manera en la que se mueve y con la que mira lo dicen todo. Esto no sería importante si no fuera por dos circunstancias decisivas. La primera, que crear un buen ambiente de trabajo es fundamental para sacar un proyecto adelante. El imperio del terror se ha demostrado que no funciona (en el Teatro Villamarta de mi tierra eso lo saben bien). La segunda, que solo con cordialidad, diálogo, saber estar y una gran capacidad de seducción se pueden conseguir y fidelizar patronos privados. No sé si me explico.

Pero Helga Schmidt, por cierto tan hábil como Mortier a la hora de ganarse el apoyo de ciertas firmas, parece ser vista por algunos como un modelo de gestión. La explicación es fácil: su proyecto es tan vistoso como acomodaticio, por no decir rancio. Obviamente hay calidad, porque los cuerpos estables son excepcionales y algunas batutas y voces son de fuste, pero el interés de sus propuestas es menor. El belga entiende que la misión de un teatro público -o sea, pagado por todos- es dinamizar la cultura: proponer, descubrir, arriesgar, provocar, incluso incomodar… Hacer pensar, en definitiva. Frau Schmidt lo que pretende es, por el contrario, ofrecer a la alta burguesía lo que esta busca, espectáculos más o menos vistosos que incluyan nombres célebres -en compositores e intérpretes- y que permitan pasar un rato agradable, distendido y con glamour. Que el personal vuelva a su casa pudiendo presumir de haber estado en ese sitio lleno de gente distinguida viendo una ópera conocida a cargo de artistas de los que salen en la tele. ¿Un proyecto de izquierdas frente a un proyecto de derechas? Pues más o menos. Por eso mismo me sorprende la decisión del PP con respecto a Mortier. Y le felicito por ello.

PD: la foto de Doña Helga se la he robado descaradamente a Atticus de su siempre recomendable blog (enlace).

miércoles, 25 de enero de 2012

Iolanta y Perséphone en el Real

Programa doble con Iolanta y Perséphone en el Teatro Real. Cuchillos afilados desde hace meses: que si las obras valen poco, que si habría que haberlas hecho en versión de concierto, que si Mortier se cree que nos va a enseñar algo, que si Peter Sellars viene a provocar, que si se van a quedar las butacas vacías con la que está cayendo, que si... Los de siempre ya no saben qué argumentar para que el nuevo gobierno eche cuanto antes el belga y el Teatro Real vuelva a ofrecer una programación basada en el sota, caballo y rey. Lo conseguirán, pero  mientras tanto nosotros estamos disfrutando de funciones de apreciable altura, entre ellas las de los tres títulos precedentes (Elektra, Pelléas y Lady Macbeth) y estas que ahora se ofrecen en la Plaza de Isabel II. La de ayer martes, por cierto, también por el canal televisivo Mezzo, buena muestra -lo es también la filmación del concierto del 1 de mayo de la Filarmónica de Berlín- de que por fin la ópera madrileña está empezando a conseguir el eco mediático necesario a nivel internacional, algo que hasta hace poco resultaba casi impensable. Comento la función del pasado sábado, que presencié después de haber realizado una entrevista al director musical de la producción, Teodor Currentzis (enlace).

Persephone Sellars Madrid

Me gustó mucho la labor del griego en Iolanta, pues desgranó con enorme sentido melódico -tomándose su tiempo pero sin perder tensión interna- sus bellísimas melodías, evitó tanto la blandura como el efectismo e inyectó un amplio aliento espiritual a la partitura, que sin ser lo mejor de Tchaikovsky contiene música suprema, particularmente el dúo de amor entre los protagonistas.Currentzis la reivindicó de manera inmejorable y logró que los melómanos salieran radiantes habiendo descubierto (menudos papanatas los que creen que nadie les puede enseñar nada, menos aun Mortier) una obra magnífica. La inclusión antes del final de un bellísimo fragmento de la Liturgia de San Juan Crisóstomo del propio Tchaikovsky me pareció una idea excelente, ofreciendo además una buena oportunidad para demostrar la estupenda forma en que se encuentra el Coro Intermezzo, que sin duda ha demostrado ser la elección apropiada para esta nueva etapa del Teatro Real.

Iolanta Sellars Teatro Real

Ekaterina Sherbachenko se encargó del rol titular: voz interesante, algo justita por arriba –muy mal el agudo al final del dúo-, pero bastante musical y en cualquier caso afortunada a la hora de recrear la delicadeza e ingenuidad del personaje. Junto a ella, Pavel Cernoch puso un instrumento de discutible atractivo al servicio de una recreación de adecuado apasionamiento. Estuvo estupendo Dmitry Ulianov en la hermosa aria del rey René, resultó algo basto Alexej Markov como Robert, evidenció sus tablas el veterano Willard White como Ibn-Hakia y convencieron las tres féminas encargadas de encarnar a las cuidadoras de Iolanta. Espoleados todos por la controlada incandescencia de la batuta, puede decirse que pese a las desigualdades canoras nos encontramos ante una notable recreación de la partitura. Como dije arriba, el público salió encantado.

Si Tilson Thomas (RCA, 1997) reivindicaba los valores tan puramente stravinskianos del ritmo y la incisividad mientras Nagano (Virgin, 1991) se había centrado en el estudio de colores y texturas, tratadas siempre con asombrosa elegancia, Teodor Currentzis descubrió los aspectos más atmosféricos y espirituales de Perséphone con una lectura lenta, de trazo difuminado y enorme sensibilidad. Desdichadamente el griego no logró inyectar la tensión interna necesaria para soslayar la innegable debilidad de los pentagramas. Reconozcámoslo: aunque están ahí la escritura maestra de Stravinsky y su poderosísima personalidad, se desprende cierta sensación de rutina, por no decir de falta de inspiración, y sin un pulso de lo más firme y un imparable impulso rítmico por parte de la batuta la audición se hace un poco cuesta arriba. Currentzis ahí se quedó corto, aunque obtuvo un extraordinario rendimiento del coro –gran protagonista musical de la obra- y se benefició del buen hacer de Paul Groves, como siempre algo apurado en el agudo pero bastante superior a los tenores de las dos grabaciones arriba citadas. Cumplió con corrección la actriz Dominique Blanc en el rol titular.

Peter Sellars

Defraudó Peter Sellars, pero en el buen sentido: en su propuesta escénica –coproducción con el Bolshoi- no hubo ni provocación, ni escándalo, ni caprichos, ni soflamas políticas ni discursos paralelos. Solo pudo chocar, para las sensibilidades más conservadoras, que la vestimenta fuese “moderna” y que la escenografía se basase en unos cuantos marcos de puertas y telones abstractos pintados por George Tsypin. Por lo demás fue la de Iolanta una realización sensata, cuidadosa, que recurría antes a la colocación de los personajes en el escenario y a la fuerza dramática de la iluminación –recuérdese que el libreto gira en torno al descubrimiento de la luz- que en la dirección de actores. Muy por encima de lo conseguido en el título de Tchaikovski, aun recurriendo a la misma escenografía, lo ofrecido por el regista norteamericano en Perséphone ha sido para quien esto suscribe una de las cosas más bellas que ha visto en el Teatro Real. Sellars supo integrar los dos conceptos manejados por el compositor ruso, el del teatro clásico y el de la espiritualidad cristiana, a través de una visión bastante personal de poderosísimo magnetismo plástico e inteligente manejo tanto de las masas corales como de los dos protagonistas, tenor y recitadora, sumando a todo ello las fascinantes coreografías de cuatro bailarines camboyanos cuyos hipnotizadores movimientos rimaban a la perfección con la sinuosidad de la partitura. Por cierto que la idea de desdoblar a Perséfone en dos, la que actúa y la que baila, no era de Sellars sino del propio Stravinsky. Al público pareció no entusiarmarle el resultado. Yo salí fascinado. Al final tuve la oportunidad de pedirle un autógrafo a Peter Sellars: ¡vaya tipo pintoresco y divertido!

sábado, 14 de enero de 2012

Macbeth por Currentzis y Tcherniakov

Como dentro de poco tendré la oportunidad de escuchar a Teodor Currentzis en el Teatro Real, he decidido dejarme llevar por las críticas altamente positivas de Ángel Carrascosa (enlace) y Pablo Vayón (enlace) y adquirir el Blu-ray editado por BelAir del Macbeth que dirigió en la Ópera de París, a petición de Mortier, en abril de 2009. Bien, las cosas muy negativas que dije del director griego en este blog (enlace) las sigo manteniendo, pero he de reconocer que su trabajo en este emblemático título verdiano me ha gustado mucho. Es la suya una dirección fogosa, electrizante, implacable, de altísimo contenido teatral y de una rusticidad sonora de lo más adecuada, pero también flexible y lírica cuando debe. Como dijo Ángel, el modelo –clarísimo- es el de Riccardo Muti, bastante más que el de Claudio Abbado, por citar a dos enormes recreadores de la magistral partitura. Un trabajo formidable, desde luego, en el que hay incluso momentos geniales, lo que no me va a impedir poner un reparo: en más de una ocasión a Currentzis se le va la mano en contundencia, y da la impresión de que lo hace no tanto dejándose llevar por el temperamento sino más bien por deseos de epatar al personal. En ese sentido me recuerda a James Levine, y no lo digo precisamente como elogio. La orquesta se comporta, pero sin llegar a deslumbrar.

Verdi Macbeth Currentzis Tcherniakov

Dimitris Tiliakos me parece un Macbeth digno sin más: canta con muy buen gusto pero se queda corto tanto en lo vocal -sobre todo por abajo- como en lo psicológico. Violeta Urmana me hubiera sorprendido de no ser porque le escuché el papel en Sevilla allá por 2004 (con Carlos Álvarez y el horroroso director enchufado por el barítono malagueño, Daniel Lipton). No hay mucha novedad con respecto a entonces: sin alcanzar las cumbres expresivas de Callas y Verret, la cantante lituana -instrumento de primera magnitud, técnica soberbia- compone una Lady Macbeth de asombrosa perfección, sin apenas desigualdades y siempre poderosísima, amén de por completo ajena a cualquier tipo de exceso o truculencia. Ferrucio Furlanetto está tan gastado que a veces resulta desagradable escucharle, aunque sí posee esa nobleza en el canto y esa línea verdiana de las que carece el protagonista. El tenor Stefano Secco hace un más que correcto Macduff, pero hubiera convencido más sin gimoteos en su aria.

Lo que no me ha gustado es la propuesta escénica de Dmitri Tcherniakov. Esta es la tercera producción que le veo al moscovita. Me interesó la de El jugador: la dramaturgia Prokofiev encaja bien con las maneras de hacer de este señor. En Eugenio Oneguin (enlace) me convenció muy poco. Lo de Macbeth es aun peor, pero no porque la acción se traslade al siglo XX, las brujas sean paseantes o la Lady no pase de ser una marujona, sino porque existe una fragrante contradicción entre lo que se escucha, un universo sonoro romántico, desatado y marcadamente gótico, y lo que se ve, un melodrama burgués aburrido y trivial, por muy bien resuelto que esté -admirable la dirección de actores- y por muy atractivas ideas teatrales que presente. Estamos ante teatro de gran calidad, pero no ante una buena traducción de Verdi, Piave y Shakespeare. Una vez más, Tcherniakov monta su discurso paralelo y decide servirse a sí mismo.


Total, un Macbeth con una dirección musical y una Lady de primerísimo nivel, pero solo eso. ¿Merece la pena? No tengo del todo claro si he invertido bien mi dinero, la verdad. Un dato que puede inclinar la balanza del lado positivo: aunque la edición de la partitura es la revisada, sin duda superior a la original (enlace), se incluye el hermoso “mal per me” de 1847 que canta -en calzoncillos en esta producción- el agonizante Macbeth. Se me olvidaba decir que Mortier –si no le quitan de en medio los del Partido Popular- traerá a Currentzis para dirigir este mismo título en Madrid, lo que es buenísima noticia, y además en una propuesta escénica diferente a esta que él mismo encargó. Estaremos atentos.

domingo, 15 de mayo de 2011

Libera me, Mortier...

No me uno a quienes piden la dimisión de Gerard Mortier, porque sigo pensando que, a pesar de su enorme egolatría y de la decepcionante programación presentada para la próxima temporada (enlace), el belga puede aún aportar cosas muy interesantes al Teatro Real. Hay decisiones, sin embargo, que me parecen disparatadas por su parte, una de las cuales es contratar para varios títulos al director griego Teodor Currentzis, quien fue entrevistado ayer por -cómo no- El País (enlace) y en el momento de escribir estas líneas está terminando su concierto de presentación en la Plaza de Isabel II. Hasta ahora no había escuchado nada de él, pero el foro "Una noche en la ópera" (enlace) me puso en alerta de cómo se las gasta este señor. Escuchen, por favor, cómo dirige la obertura de Don Giovanni.



Efectivamente, una interpretación historicista, pero de las malas: caprichosa, desmadejada y desde luego bastante mal tocada, aunque no podemos regatearle imaginación y deseos de decir cosas nuevas. Pero el mal gusto le puede. Comprueben ahora cómo intenta mostrarse "históricamente informado" en la obertura de La forza del Destino al frente de su horrorosa orquesta Musica Aeterna. Seguro que a los pedantes les encanta.




¿Han sobrevivido? Atrévanse ahora con el Dies Irae del Réquiem verdiano y tiemblen al recordar que está contratado para dirigir en el Teatro Real nada menos que Macbeth y Don Carlo, entre otras cosas. Cierto es que la toma sonora acentúa los defectos de la interpretación, pero creo que queda bastante claro lo que a este chico le gusta el chimpún.



Les prometo que me voy a poner manos a la obra y que voy a escuchar y comentar la grabación más aplaudida de este director, su registro de Dido y Eneas en el sello Alpha. Lo mismo me llevo una grata sorpresa, pero de momento solo puedo decir "Liberame, Mortier, de Teodor Currentzis".

domingo, 10 de abril de 2011

Creemos en la resurrección de los muertos

No hace falta que Gerard Mortier insista en la huella que le ha dejado su educación jesuítica. Se nota a la legua. Sobre todo en lo que a la resurrección de los muertos se refiere. Lean, lean lo que le dice a Gemma Pajares (periodista a la que le recomendamos escuche más ópera y vea menos películas de mamporros protagonizadas por Jean-Claude Van Damme) en la entrevista que aparece en La Razón (el subrayado es mío, claro) cuando le preguntan sobre la escuela de canto que quiere crear:

"(...) invitaríamos a grandes cantantes para impartir clases de técnica y estilo. Entrarían aquí Teresa Berganza, Pilar Lorengar, una artista con un gran estilo aristocrático y estupenda mozartiana, Raúl Giménez. Me gustaría contar también con José Van Damme y Juan Pons."

Si la enorme soprano zaragozana aparece por la Plaza de Isabel II será un acontecimiento para no perdérselo. Lo juro. Que se vaya preparando Iker Jiménez. Por mi parte, le propongo a Mortier que le pida a John Corigliano que vaya escribiendo una nueva ópera, "Los fantasmas del Real". La podría protagonizar Miguel Fleta. ¡Menudo bombazo!

http://www.larazon.es/noticia/9450-decir-que-los-cantantes-carecen-de-estilo-no-es-provocar

jueves, 17 de marzo de 2011

Mortier, progre “de pega”

No me ha gustado la programación que ha presentado el pasado martes Gerard Mortier para el Teatro Real. Por descontado que hay cosas muy interesantes, pero el conjunto no convence. Y eso que estoy de acuerdo con el belga en algunas cuestiones trascendentales. Por ejemplo, en que hay que renovar sustancialmente el repertorio. En que la ópera belcantista se encuentra sobrevalorada (¡ese Donizetti!) y tiene más presencia de la que debería. En que la lírica española -me refiero a épocas pretéritas, no a la creación contemporánea- alberga poquísimo interés, zarzuela aparte. En que hay que ofrecer líneas transversales que enriquezcan las perspectivas del público operístico. Y, sobre todo, en que la asistencia a un evento lírico debe ir mucho más allá del mero entretenimiento. No se trata en que las puestas en escenas deban contener un “mensaje” más o menos político, al estilo del teatro centroeuropeo que se puso de moda durante el periodo soviético y tanta influencia sigue teniendo en muchas producciones, sino más bien de que lo que veamos y escuchemos nos haga pensar; al igual que no tienen nada que ver el Beethoven de Furtwängler y el de Karajan (el primero busca la síntesis entre la filosofía y la emoción mientras que el segundo se decanta por la seducción de los sentidos), se debe apostar por cantantes, batutas y registas que tengan más interés por profundizar en el universo expresivo propuesto por el compositor y su libretista que por ofrecer un espectáculo vocal superficial y deslumbrar con puestas en escena tan suntuosas como vacías. Hasta ahí, perfecto.

Pero una cosa es lo expuesto y otra cosa muy distinta ningunear el repertorio tradicional para apostar no ya por la creación del siglo XX, lo que está muy bien habida cuenta del maltrato que habitualmente sufre, sino por lo marginal (Mercadante, Alfano), por lo extravagante (un remix de Monteverdi orquestado, un ballet sobre Verdi y Wagner), por la modernidad ecléctica más comercial (Golijov) o por lo provocador (el título encargado al líder del grupo "Antony and the Johnsons"). Por no hablar de la repetición de títulos ya vistos (Strauss, Shostakovich) cuando aún quedan muchísimos territorios en el siglo XX por explorar, y no digamos en los siglos XVII y XVIII.

Late en el fondo de esta propuesta un espíritu en buena medida tendencioso y simplificador: lo tradicional equivale a lo conservador, y por tanto a lo que hay que rechazar, mientras que lo progresista es lo que llama la atención por inhabitual o provocativo. Vamos, algo muy parecido a lo que le ocurre al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que intenta con determinados golpes de efecto más o menos “progres” (incluyendo enfrentamientos con la iglesia católica, a la que en realidad se sigue financiando desde el Estado) enmascarar una política económica casi tan neoliberal (o sea, tan de derechas) como la de los tiempos de su antecesor José María Aznar.

De todas formas lo peor de lo que ha hecho Mortier no es la programación en sí misma, sino lo que esta va a traer como consecuencia: una reacción en toda regla en el momento en el que el Partido Popular llegue al poder. Alguien dirá que estoy jugando peligrosamente con futuribles. Pues miren, precedentes hay. Cuando en los tiempos de Felipe González los socialistas preparaban la reapertura del teatro madrileño, el titulo inaugural era un Parsifal dirigido por Lorin Maazel y protagonizado por Plácido Domingo. En el momento en el que los populares ocuparon el gobierno, se apresuraron a sustituir el título wagneriano por una Vida Breve (¡menuda diferencia cualitativa en la partitura!) con un elenco de andar por casa y la gris dirección de García Navarro, director que gracias a sus vínculos con el partido logró arrebatar la titularidad al maestro inicialmente previsto, Antoni Ros Marbá. Al mismo tiempo, de la temporada organizada por Stéphane Lissner solo quedaron la bellísima producción de Zorrita Astuta a cargo de Nicholas Hytner y el Peter Grimes de Pappano, que terminaron convirtiéndose en los espectáculos más exitosos dentro de una nueva programación, mucho más previsible y rutinaria, preparada por Juan Cambreleng y el citado García Navarro.

Así que todo apunta a que, jaleados por la jauría de melómanos y críticos conservadores, que son legión, y usando como punta de lanza el progresismo “de pega” de Gerard Mortier, tras la previsible victoria del PP tendrá lugar una reacción que, si en aspectos de política social se nos antoja detestable y dañina, en lo que a la música culta se refiere, y más concretamente en lo que afecta al Teatro Real, conducirá a un retroceso que nos dejará en el siglo XIX, y no tanto en el repertorio sino -eso es lo grave- en lo que al concepto de lo que debe ser la ópera respecta. Las consecuencias las pagaremos durante lustros.

lunes, 24 de enero de 2011

Gala de cumpleaños de Plácido Domingo en el Real

La gala de homenaje a Plácido Domingo por su setenta (…o setenta y pico) cumpleaños que se celebró el pasado viernes 21 de enero en el Teatro Real de su Madrid natal tuvo momentos de gran emoción, pero estuvo lejos de satisfacer las expectativas despertadas ante la anunciada participación de "cantantes de todo el mundo”. Cierto es que resulta imposible congregar si quiera a la mitad de los grandes nombres junto a los que ha colaborado nuestro artista, pero se echaron de menos demasiadas figuras clave en su dilatada trayectoria; no necesariamente subiéndose al escenario, porque algunos ya no están para muchos trotes, pero sí al menos con su presencia en la sala, como hicieron Angela Gheorghiu (esta podía haber cantado: caprichos de diva), Elena Obratzsova o Jaume Aragall. Habría quienes por problemas de agenda o por enfermedad no pudieron asistir, y de hecho a última hora se dieron de baja gente como Matti Salminen, Samuel Ramey o Anja Harteros, pero es muy probable que a más de uno le corroyera la envidia o sencillamente se plantease que por qué a Plácido sí se le había hecho una gala y a otros -o a ellos mismos- no. Tampoco es difícil imaginar que hubo quienes no lograron dejar de lado sus diferencias con el organizador artístico del evento, Gerard Mortier. Y hay quien ha afirmado que a este no le ha dado la gana de llamar a determinados nombres que bien hubieran querido acudir. De confirmarse esto último, habría que poner seriamente en duda la profesionalidad del gestor belga, quien de momento está acumulando en su experiencia madrileña tantos aciertos como desaciertos.

Aunque la gala se retransmitió en semi-directo por Televisión Española y ha podido verse en diferentes cadenas europeas, me voy a molestar en especificar las intervenciones que se sucedieron, toda vez que el programa -que era una sorpresa y no logramos saber hasta que tuvimos acceso a la sala- no se encuentra recogido por ningún lado. Tras una correcta presentación de un Iñaki Gabilondo algo frío pero muy en su sitio, sin intentar acaparar protagonismo, la Orquesta Sinfónica de Madrid y el Coro Intermezzo dejaron bien claras sus insuficiencias técnicas a la hora de interpretar a Wagner: muy flojo el “Freudig begrüssen” de Tannhäuser. Seguidamente apareció Deborah Polaski para dejarnos helados, con su voz fea, un vibrato descontrolado y escasa sensibilidad para encarnar a la Mariscala, con el bellísimo monólogo “Da geht er hin” del Rosenkavalier, aunque al menos hay que reconocer la voluntad para el matiz que mostró quién ha sido una soberbia Elektra o, en el mismo Teatro Real, una gran Sacristana de Jenufa. Ya desde este Strauss Domingo empezó a llevar el compas con la mano o la cabeza, cosa que continuó haciendo durante toda la velada.

Angela Denoke, quien estaría presente más por Mortier que por Plácido, hizo gala de su habitual eficacia -y sólo eso- con un “Ich sah das Kind” de Parsifal bastante soso y con algunos apuros por arriba. ¡Qué diferencia con lo que le escuchamos en Valencia hace unos meses a Waltraud Meier! ¿Por qué no estuvo la inmensa mezzo alemana en la gala, señor Mortier? Menos mal que se ofreció a continuación una estupenda recreación del “Du bist der Lenz” del primer acto de La Walkyria a cargo de una entregadísima Anja Kampe, porque si no Wagner hubiera salido mal parado de esta gala.

Como única representación del repertorio francés, Paul Groves y Bryn Terfel ofrecieron el hermoso “Au fond du temple saint” de Los pescadores de perlas. El público les aplaudió bastante, aunque a mí lo único que me interesó de esta interpretación fue la soberbia labor del director musical de toda la gala, un James Conlon que, habiéndose mostrado muy aseado y bastante lírico en el repertorio alemán, hizo aquí ostentación de una delicadeza y sensualidad admirables. Pero en la obertura de La forza del destino que vino a continuación para abrir la parte consagrada al mundo italiano se mostró más bien funcionarial: los que hemos tenido la fortuna de escuchar en directo esta soberbia página a Muti y a Barenboim nos quedamos con un agridulce sabor de boca.

El nivel subió con el “Credo in un Dio crudel” de Otello: verdad es que Juan Pons ya no tiene la voz en condiciones para recrear a Yago, pero el barítono menorquín sabe muy bien qué es Verdi, cómo hay que frasearlo y cómo ofrecer la inflexión dramática adecuada en cada momento sin caer en truculencias. Tremenda Dolora Zajick en el “O don fatale” de Don Carlo; a mí me hubiera gustado un mayor legato en las secciones extremas, pero la mezzo terminó triunfando con una voz poderosa, esmaltadísima, y una enorme garra dramática. Conlon ofreció aquí interesantes detalles en el tratamiento de las maderas. Cerrando de manera brillante la primera parte, el tantas veces bastorro Bryn Terfel recreó con su portentoso instrumento y una gran veracidad el impresionante “Te Deum” (¡qué música!) de la Tosca pucciniana.

La segunda parte se abrió con un “Va, pensiero” de Nabucco donde, esta vez sí, el desigual Coro Intermezzo, estupendamente dirigido, dio la talla con una sensual recreación de la celebérrima página. El ya no tan joven René Pape, pese a algunas desigualdades en la emisión, recreó con arte inmenso el acongojante “Ella giammai m’amò” de Don Carlo; algunas frases fueron para pasar a la historia. El vídeo que ya se encuentra colgado en Youtube les permite a ustedes comprobarlo por sí mismos.

La guapa Inva Mula le hincó el diente a Leoncavallo recreando con buen gusto y algún desliz el “Qual fiamma avea nel guardo… Stridonò lassù” de I Pagliacci, para que a continuación el prometedor Lado Ataneli hiciera gala de poderío vocal -más que de atención al matiz- en el “Nemico della patria” del Andrea Chénier. Tras este Giordano, la sorpresa de la noche llegó con Ainhoa Arteta. “Bienvenida”, le gritó una señora, en referencia a su prolongada ausencia en el Real. Bien, es verdad que la soprano tolosana nunca fue gran cosa, pero ahora está cantando mucho mejor que antes. En esta gala se enfrentó nada menos que con el “Sola, perduta, abbandonata” de la Manon Lescaut pucciniana y, pese a las insuficiencias en el grave, ofreció una fuerza expresiva que hasta ahora no habíamos encontrado en la mediática artista.

Aun estando enfermo y no en plenitud de facultades, José Bros se atrevió a cantar L'alba separa dalla luce l'ombra, de Paolo Tosti, y lo hizo con excelente gusto belcantista. La joven soprano búlgara Sonya Yoncheva, vencedora de la última edición de Operalia (el concurso de canto fundado por Domingo), le puso mucha picardía a "Meine Lippen sie küssen so heibs" de Giuditta, de Lehár. La zarzuela tuvo una sola representación, lo que resulta inexplicable teniendo en cuenta la personalidad del homenajeado. En cualquier caso Ana María Martínez nos trajo la música de Moreno Torroba recreando muy dignamente "Tres horas antes del día" de La marchenera.

Lo más divertido de la velada llegó con Erwin Schrott. Cantar, lo que se dice cantar, cantó regular, pero le puso muchísima gracia e intención al aria del catálogo de Leporello mientras llevaba en la mano... ¡el programa del concierto! Y no se limitó a eso, sino que fue enseñando las fotos de Domingo con diferentes señoras del canto. Las risas entre el público dejaron bien claro el guiño hacia lo que todos sabemos sobre el tenor madrileño, quien más tarde o más temprano tiene que terminar haciendo el Don Giovanni. El de Mozart, quiero decir, que el personaje ya se lo sabe muy bien.

A continuación se realizó el estreno mundial de PLA-CI-DO, un regalo del compositor Tan Dun a Plácido Domingo "por encargo de Gerard Mortier", según rezaba la hojilla que nos entregaron. ¿Significa esto que lo pagó el belga de su bolsillo? Porque si no es así, debería poner “por encargo del Teatro Real". La obra, una previsible mezcla de música china y sinfonismo más o menos hollywoodiense, se escuchó con simpatía y se olvidó de inmediato, aunque el oscarizado compositor oriental, presente en la sala, se llevó su ración de aplausos.

Para cerrar el apartado musical de la velada se acertó al escoger la fuga final del Falstaff verdiano, "Tutto nel mondo é burla". En ella reaparecieron Pons, Ataneli, Groves, Mula y Zajick, a los que se añadieron Maite Alberola, Xavier Moreno, Natascha Petrinsky, Miguel Ángel Zapater y, de manera testimonial pero significativa, el gran Raúl Giménez. Claro que la sorpresa estaba por llegar: Teresa Berganza. Una de sus grandes compañeras, sí, pero también una de sus más deslenguadas rivales. En su discurso, emocionado y emocionante, estuvo inmensa. Fue sin duda el momento más emotivo de la noche, rematado con un divertido “Happy birthday to you” con que la mezzo madrileña quiso imitar a Marilyn Monroe.

A partir de ahí se sucedieron interminables y merecidísimos aplausos a Plácido por parte de quienes habíamos ido desde todas partes del mundo (había muchísimo extranjero) a acompañar al cantante en tan merecido homenaje. Su discurso, deshilvanado y al borde del llanto, nos mostró la cara más débil y humana de un artista que siempre se ha mostrado un tanto hermético. Y aún tuvo fuerzas para salir al balcón a saludar al público que había aguantado las gélidas temperaturas de la noche madrileña para seguir el espectáculo desde una pantalla gigante colocada a tal efecto. Encima cantó un chotis al aire libre a menos de cero grados. Genio y figura...

La nota gris de la velada lo puso el asunto de los programas de mano. Todo el mundo pudo hacerse con la ridícula hojilla en la que figuraban las obras a interpretar y el nombre de los cantantes (no así el del pobre James Conlon, quien debió de sentirse muy ofendido). Pero muchos nos quedamos sin el otro programa, el “bueno”, con varias páginas de fotos y algún artículo de circunstancias: luego me enteré que un buen número de ellos había sido repartido entre periodistas, así que parece que nos los quitaron a quienes habíamos pagado nuestra entrada (no precisamente baratas: a mí me salió por 68 euros y tuve que estar todo el tiempo de pie) dejándonos con un palmo de narices. Sorprende la falta de previsión, pese a que ya sabíamos de la incompetencia de la Jefa de Publicaciones, Ruth Zauner. Claro que tampoco nos quedamos sin una gran edición, porque por lo que pude hojear el resultado era de una fealdad y pobreza de contenido supinas. Fíjense si sería malo el programa que la circunstancia ha sido reconocida hasta por el hagiógrafo oficial de la era Mortier, el crítico de El Pais Juan Ángel Vela del Campo. Por cierto, que en su crónica (enlace) añadía otra cosa: “Las imágenes retrospectivas que se proyectan al principio y al final del concierto unen la música a la vida y dan otro alcance más profundo y emotivo al acto. El primer reportaje audiovisual, procedente de los viejos fondos de Televisión Española, es impagable.”. Pues bien, ¿saben ustedes qué pudo leerse en los créditos finales de la retransmisión televisiva? "Asesor artístico vídeos: JUAN ÁNGEL VELA DEL CAMPO” (compruébenlo). Sin comentarios.

PD. No dejen de leer la crónica de Papagena (enlace), y no olviden que en Youtube tienen la gala en su integridad gracias a Teresa59 y su Blog Villazonista (enlace).

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