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sábado, 2 de septiembre de 2023

Sinfonía nº 1 de Gustav Mahler: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN

2.IX.2023 

Esta entrada la publiqué el 3 de enero de 2020.

Ahora añado las grabaciones de Solti 1964, Mehta 1974 y 1980, Muti, Abbado 1989 y Boulez,

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No es esta la música que más me gusta del compositor bohemio. Su último movimiento me resulta un monumental ladrillo y, en general, aprecio cierta impostura expresiva: a mí me parece que el tremendo éxito que suele cosechar entre el público no se debe tan solo a la belleza de las melodías que extrae de sus Lieder eines fahrenden Gesellen o la enorme brillantez orquestal desplegada, sino en la tramposa manera de dar gato por liebre, es decir, de hacer pasar por complejo, profundo y psicoanalítico un mensaje en que realidad es más simple que un ocho. En cualquier caso, hay muchísimas cosas interesantes en esta partitura como para dejarla a un lado, así que allá vamos.



1. Barbirolli/Orquesta Hallé (Pye, 1957). Es esta una lectura concentrada y poética –verdaderamente mágica la introducción–, ajena a la retórica vacua y al efectismo, que aun sin ser de lo mejor que ha hecho en este repertorio, da buena cuenta de la vigencia de los planteamientos mahlerianos de Sir John. El primer movimiento despliega lirismo de la mejor ley. El segundo, expuesto con lentitud y cierta sorna en el tratamiento de las maderas, interesa por ofrecer más retranca que impulso o frescura. En el tercero, por el contrario, se hubiera agradecido una dosis superior de sarcasmo. Y en el cuarto Barbirolli logra el milagro de no aburrirnos gracias a un perfecto dominio de la arquitectura y a su capacidad para descubrirnos los aspectos más góticos de la página. A la hora de la verdad, el único reparo serio viene por parte de las manifiestas insuficiencias de la orquesta: la repetición de algunos pasajes no hubiera venido nada mal para dejar testimonio fonográfico de una interpretación más depurada. Tampoco la toma, primera estereofónica que recibe esta partitura, está a la altura de las circunstancias. (8)



2. Walter/Sinfónica de Columbia (Sony, 1961). Un introducción particularmente tierna y bucólica, en la que la llamada de la naturaleza no resulta inquietante sino seductora, y en la que hay detalles magistrales –admirables pizzicati– que revelan la espléndida técnica del maestro, da paso a una interpretación en perfecta consonancia con la idea que tenemos de Bruno Walter como “maestro amable”; o mejor aún, con la etiqueta de “moralista” que le aplicaba Klemperer a la hora de calificar su Mahler, en contraposición a la de de “inmoral” que el de Breslau –genio y figura– se aplicaba a sí mismo. Lo es al menos en el primer movimiento, espléndido visto desde semejante óptica, y también en un segundo más que correcto en cuyo trío sorprende no encontrar portamentos en los lugares esperados, pero sí donde no suelen hacerse. La marcha fúnebre, paladeada con una lentitud que le viene muy bien, se encuentra ricamente matizada y no es ajena a la ironía. El gran pinchazo de la interpretación, hasta aquí de alto nivel, se encuentra en un Finale desganado, falto de continuidad y lastrado por alguna chapucilla por parte de una orquesta que se queda un tanto corta. La toma sonora ha resultado ser muy notable tras el último reprocesado. (8)



3. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1962). Una pena tener que sacar a relucir el tópico, pero lo cierto es que el maestro holandés, además de ofrecer una admirable perfección técnica a la hora de levantar el edificio sinfónico, hace gala de un distanciamiento expresivo que no solo evita cualquier blandura, preciosismo o concesión de cara a la galería, lo que resulta perfecto, sino que también se queda a medio camino en una música que parece pedir a gritos mayor compromiso, mayor creatividad y mayor intensidad poética. Dicho esto, se aprecia aquí unas ganas de comunicar digamos que “juveniles” –Haitink contaba treinta y tres años– que no siempre se harán presentes en sus posteriores acercamientos al mundo mahleriano, por lo que a la postre nos encontramos con una honestísima interpretación que, además, tras el reciente reprocesado suena francamente bien para la época. (8)


4. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA, 1962). Correctamente construida, bien diseccionada e irreprochablemente tocada, esta interpretación sirve como testimonio de que en fechas relativamente tempranas –todavía estaba por llegar el boom discográfico mahleriano– ya existían planteamientos que apostaban por un lirismo ensoñado y algo suavón para esta música, aunque tampoco se pueda hablar aquí de blandura ni de narcisismo. El maestro austríaco arranca sin conseguir la magia sonora deseable, para seguidamente desgranar aquello de “Ging heut’ margen übers Feld” con delectación, sensualidad y un punto quizá excesivo de suavidad, justo como pasa en el trío de un Scherzo que, por lo demás, resulta notable. Lenta y misteriosa la marcha fúnebre, no muy atenta a los aspectos “vulgares” tan decisivos en este universo musical. El Finale es correcto, solo eso: no hay excesos, pero tampoco se consiguen continuidad en las tensiones ni la electricidad que otras batutas aquí alcanzan. La toma es espléndida, a despecho de una gama dinámica no del todo amplia. (7)


5. Solti/Sinfónica de Londres (Decca, 1964). En plena primera madurez de su carrera, un Solti de increíble virtuosismo demuestra hasta qué punto se puede inyectar nervio, electricidad y brillantez a esta música sin renunciar a lo que tiene de poético, pero también sin caer en el menor amaneramiento. Y lo hace, claro está, haciendo gala de un portentoso control de los medios, de una concentración impresionante y de una atención plena tanto a la arquitectura global como al detalle. Un poco más de imaginación no le hubiera venido mal, en líneas generales, pero en contrapartida la marcha fúnebre es un hallazgo: sensual antes que inquietante, muy cálida y también con una buena dosis de retranca. (9) 

 


6. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1966). Esta de Lenny no tiene nada que ver con las otras interpretaciones de esta misma época aquí comentadas: frescura, jovialidad, encanto, pleno goce hedonista de melodías, ritmos y colores, arrebatos de entusiasmo –tremendo el arranque del cuarto movimiento–, flexibilidad y creatividad en la agógica… Pero también encontramos una tendencia nada disimulada hacia el preciosismo y el más insufrible amaneramiento, que se hace bien presente en el Trío del Scherzo. Por otra parte, tampoco hay especial intensidad poética en esta recreación vistosa, sin la menor duda, pero un tanto superficial. (8)



7. Giulini/Sinfónica Chicago (EMI, 1971). Para muchos críticos una verdadera referencia, esta es una lectura presidida por el buen gusto, por la total ausencia de efectismo y de cursilería, por la naturalidad en el desarrollo y por el profundo sentido lírico y humanista esperable en Giulini. Se puede preferir una versión más ácida, con más nervio y con más sentido del humor, pero la propuesta resulta tan coherente como sincera, y se encuentra fabulosamente planificada y ejecutada. Si no le otorgo la máxima calificación es solo porque el propio Giulini se superará a sí mismo poco más tarde. (9)



8. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1972). Aunque solo han pasado seis años desde su registro con Nueva York y el concepto sigue siendo el mismo, la presencia de la Wiener Philharmoniker conduce a unos resultados netamente superiores a los de entonces. Y no solo por la superlativa calidad de la más famosa formación austríaca, sino porque junto a ella Lenny parecía llegar a un punto de encuentro entre su propia personalidad y la de la orquesta, o lo que es lo mismo, entre lo dionisíaco y lo apolíneo, entre temperamento y belleza sonora. Ofrece de esta forma un magnífico primer movimiento, comunicativo a más no poder dentro de su irreprochable ortodoxia, y un cuarto fulgurante en el que la batuta hace cantar a la cuerda de manera prodigiosa, saca todo el brillo a la sección de metales y logra mantener la tensión a lo largo de estos veinte minutos en otras ocasiones soporíferos. El segundo estaría muy bien si no fuera porque los amaneramientos de la grabación para CBS vuelven a hacerse presentes. En la marcha fúnebre desconcierta por completo un contrabajo que parece apostar por el feísmo sin saber muy bien a dónde va, y –en general– el director no logra sacarle todo el partido a la página a pesar de un portentoso dominio de la agógica. La filmación es un placer, por motivos que todos conocemos: ¡ver a Bernstein dirigiendo Mahler! La toma sonora adolece de una molestísima compresión dinámica que fastidia de manera considerable la audición. (9)

 

 

9. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1974). Las maneras del Mehta joven –treinta y ocho años– le sientan de maravilla a una obra como esta. También a unos oídos como los nuestros, que tras muchos desmanes cometidos en este repertorio a lo largo de las últimas décadas desean encontrar sana rusticidad en lugar de ultrarrefinamiento –lástima que no renuncie a los portamentos del Trío del Scherzo-, ímpetu juvenil en lugar de blanda ensoñación, potencia expresiva en vez de grandes contrastes decibélicos. El de Bombay nos entrega todo eso sin renunciar al trazo cuidadoso, pero también es cierto que se queda un tanto corto en lo que a perfume poético y emotividad se refiere, manteniéndose en una superficial brillantez sin explorar detrás de las notas. La toma es francamente buena para la fecha. (8)


10. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, 1976). Nueva vuelta de tuerca por parte de un Giulini que nos ofrece una lectura lentísima, maravillosamente paladeada, en la que la cantabilidad, la elegancia sin almíbar y el sentido humanista se imponen por encima de los aspectos épicos y humorísticos de la escritura, pero en la que –en cualquier caso– se alcanzan una hondura, una belleza y una emotividad extremas, particularmente en el canto de los lieder. Impresionante todo el arranque, y en absoluto retórico el final, pleno de grandeza y sin pesadez. Hay fallos en la ejecución, pero la orquesta de Karajan rinde al nivel que en ella se espera. La toma ofrece, venturosamente, una amplia gama dinámica que permite disfrutar sin problemas de la que quizá sea la más convincente lectura de todas las escuchadas. (10)




11. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD Dreamlife, 1980). El enfoque lírico del maestro checo resta retórica, pesadez y escándalo gratuito al cuarto movimiento, logrando incluso que sus momentos más introvertidos no se hagan eternos, lo que se sienta estupendamente a esta flojísima música (¿lo peor del Mahler sinfónico?), pero lo cierto es que en el resto de la partitura, que sí alberga cosas de interés, Kubelik no solo no acierta a inyectar toda la fuerza y la convicción necesarias, sino que termina evidenciando, con múltiples detalles personales aquí y allá, cierta tendencia no ya a lo contemplativo, sino también a lo suavón –Trío del Scherzo, melodía de la canción “Die zwei blaue Augen von meinen” en el tercero– que no resulta de recibo. Tampoco la orquesta, solvente sin más, se encuentra en la mejor forma posible. La realización visual es correcta, pero la toma sufre de una fuerte compresión dinámica que impide percibir la música como es debido. (7)

 

12. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1980). Solo han pasado seis años desde su registro en Israel, pero aquí Mehta ya es otro músico, menos extrovertido y más personal, más creativo, pero no precisamente exento de irregularidades, entre otras cosas porque esta vez le va a abrir la puerta a la blandura. Sabe crear misterio y expectación en el arranque, navega luego con sensata ortodoxia y alcanza un final del primer movimiento lleno de fuerza y brillantez. Bueno sin más el segundo: en el Trío no solo no evita los portamentos, sino que además cae en una desafortunada cursilería. Paladea de manera muy insinuante la marcha fúnebre, también con mayor lentitud; le resulta mucho antes misteriosa que irónica, pero en el lied central se le va la mano. Justo lo que pasa en determinados pasajes en exceso contemplativos del último movimiento, por lo demás lo mejor de la función: brillantez, fuerza y convicción a tope, todo ello haciendo rendir a una orquesta no especialmente buena al máximo de sus posibilidades. Buena grabación digital. (8)


13. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1981). Nada que ver el lo que hacen aquí los portentosos chicagoers con lo que hicieron diez años atrás bajo la batuta de Giulini. No esperemos encontrar el vuelo lírico, la cantabilidad humanística, la ternura ni la efusividad del de Barletta. La del milanés es una lectura mucho menos profunda y reflexiva, más a flor de piel, más vistosa e inmediata, llena de color, de frescura, de sentido del humor –desenfadado, sin mucha retranca– y de brillantez venturosamente ajena al exceso y al efectismo. Solo algún detalle curso en el Trío del segundo movimiento –no obstante delicioso– anuncia la lamentable posterior evolución de Abbado en este repertorio. (9)


 

14. Markevitch/Gewandhaus de Leipzig (Tahra, 1982). Adoptando tempi rápidos y haciendo gala de esa electricidad que caracteriza su batuta, el maestro ucraniano acierta al ofrecer un Mahler fresco, vibrante y por completo alejado del preciosismo, no digamos ya de los amaneramientos, pero no termina de redondear su propuesta. El primer movimiento, sin dulzonería alguna, funciona estupendamente. En el segundo pincha el Trío, ligero en todos los sentidos, trivial y un punto cursi. El tercero necesitaría más sosiego y sentido del misterio, como también mayor retranca. Y el Finale se ve felizmente despojado de toda retórica y ofrece una rusticidad sonora de lo más refrescante, pero de nuevo algunos pasajes podrían estar más paladeados. Tampoco la orquesta parece en óptima forma, ni la batuta logra ofrecer la mayor depuración sonora posible, incurriendo incluso en algún desajuste. La toma deja bastante que desear para la época, incluso siendo de origen radiofónico. (7)


15. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1983). La gran aportación de este registro es una toma sonora sensacional, claramente superior a la ya muy buena conseguida por DG dos años antes en el registro de Abbado. Claro que no es solo por la soberbia labor de los ingenieros del sello británico por lo que la CSO suena aquí con mayor virtuosismo, redondez, riqueza tímbrica y depuración sonora, sino también por la perfección maestra con la que la trata su titular, un Solti en el momento más equilibrado de su carrera que sabe ofrecer no solo su habitual dosis de extroversión, incisividad y sentido teatral, sino también, como ya ocurriera en su lectura al frente de la London Symphony, delectación melódica –tempi muy deliberados–, sensualidad, atmósfera y sentido del misterio. Se ha perdido un poco de la frescura y del nervio de la ocasión anterior, pero lo compensa la soberbia respuesta de la formación norteamericana, brillante a más no poder sin que haya lugar para el exceso. (9)

 

 

16. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1984). Siendo esta la única grabación mahleriana del maestro napolitano, podría esperarse una interpretación poco comprometida, realizada únicamente para lucir el tremendo fulgor de la orquesta. Pues no: Muti le pone muchísimas ganas al asunto y aborda la partitura haciendo gala no solo de su habitual intensidad, sino también de su muy loable deseo de apartarse de blanduras, preciosismos y amaneramientos. Puede ser que, por ello mismo, haya quienes prefieran que el lied del primer movimiento hubiera estado más paladeado, más atento a los efluvios poéticos, aunque a mi entender es mejor caer en este extremo de la vitalidad juvenil que en el contrario. En la misma línea el Scherzo, entusiasta a más no poder y dotado de un “descaro” muy conveniente; los portamentos del Trío se los podría haber ahorrado. Misteriosa y sin prisas la marcha fúnebre, pasando luego a un Finale fulgurante en el que, eso sí, en las secciones lentas se pierde un poco el pulso. Las fuerzas de Philadelphia lucen con una mezcla de brillantez y aspereza que le sienta de maravilla a la sección conclusiva. Lástima que la toma deje que desear. (9)


17. Bernstein/Orquesta del Concertgebouw (DG, 1987). Por fin una toma sonora a la altura de las circunstancias para disfrutar de la sensacional orgía tímbrica que Lenny despliega en esta espléndida interpretación, sólo empañada –ay, una vez más– por lentitudes y amaneramientos en el segundo movimiento. Esta es, en cualquier caso, la grabación del norteamericano que hay que escuchar. (9)



18. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1987). Conociendo sus maneras interpretativas, podría esperarse del maestro oriental una versión algo más suave de la cuenta, más lírica que dramática y quizá algo descafeinada. Pues no: aunque están aquí el refinamiento, la elegancia y la sensibilidad para el timbre que en él son habituales, Ozawa ofrece una interpretación ante todo fluida y natural, que se desarrolla sin la menor parsimonia, con tanta frescura como control, ajena a preciosismos, decadente solo en el punto justo, brillantísima cuando debe serlo y comprometida en todo momento. Se pueden echar de menos el lirismo humanista de un Giulini o un Tennstedt, la electricidad de un Solti o el sentido de los contrastes de un Bernstein, pero lo cierto es que globalmente esta interpretación, soberbiamente tocada por los de Boston y admirablemente registrada por los ingenieros de Philips, termina siendo de enorme altura. (9)


19. Colin Davis/Radio Bávara (Novalis, 1988). Perfecta en su trazado y ejecución, de un encomiable buen gusto propio de Sir Colin, muy equilibrada entre todos los componentes de la partitura, sin caídas en la blandura ni en el efectismo, pero aún así se trata de una interpretación necesitada de un punto más de implicación, variedad expresiva y “locura”. Demasiado british. (7)

 

20. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1989). Pianísimos imposibles, fortísimos tan atronadores como redondos y limpios, riquísimo colorido, infinita capacidad para el matiz… Difícil no caerse del asombro ante la técnica del maestro milanés enseñoreándose con la que ya era su orquesta, dispuesta a dar lo mejor de sí misma y conseguir, como queda en evidencia en esta toma en vivo, la rendición incondicional del respetable. Sin embargo, Abbado ya no es el mismo de antes: ahí están, aunque no terminen de estropear su –a la postre– notabilísima recreación, esas sonoridades algo ingrávidas en la cuerda, esas frases que tienden a lo relamido, esos detalles narcisistas que son propios de la menos buena etapa del maestro; de todos ellos, es el muy discutible juego agógico y dinámico en arranque del tema del Scherzo lo que más llama la atención. (8)

 


21. Tennstedt/Sinfónica de Chicago (EMI DVD y CD, 1990). La formación norteamericana vuelve aquí a estar sensacional, pero en esta ocasión no luce como en ocasiones anteriores su potencial para lo espectacular –el final, no obstante, es para descubrirse– porque el maestro alemán construye una interpretación antirretórica, decidida a borrar lo menos interesante de la música mahleriana para quedarse con la belleza de sus melodías, paladeadas con delectación sin caer apenas –quizá el primer movimiento resulta contemplativo en exceso, y algo más dulce de la cuenta "Die zwei blauen Augen"– en el narcisismo, y afirmando que en esta música hay mucho de mensaje humanista que es necesario rescatar. En este sentido, es esta una versión “de anciano director”, serena y trascendida, dicha con tanto lógica como naturalidad, ricamente matizada sin que la flexibilidad apenas se note y dispuesta a llegar mucho antes al corazón que a los sentidos. Nada que ver con Solti y Abbado, pues, y sí mucho con Giulini. Lástima que la toma sonora del DVD no ofrezca toda la gama dinámica posible. (9)



22. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1991). No es esta una interpretación personal y creativa. Tampoco resalta los valores más poéticos de la página, ni se interesa por los pliegues más inquietantes de la misma. Sí que ofrece frescura, animación, sinceridad y entusiasmo controlado por una batuta que planifica estupendamente y trabaja a la orquesta, más que meritoria, con claridad y atención al detalle. Pero lo más importante, habida cuenta de lo que hacen demasiados directores, quizá sea la absoluta ausencia de blandura, dulzonería y amaneramiento, como también de planteamientos de cara a la galería. Bertini nos ofrece la partitura despojada de retórica, de trivialidades y de otras molestias adherencias. Música desnuda interpretada con plena convicción. Una toma sonora sensacional, realizada en vivo en el Suntory Hall de Tokio, redondea una interpretación perfecta para acercarse por primera vez a la obra. (9)



23. James Judd/Filarmónica de Florida (Harmonia Mundi, 1993). Uno no sabe muy bien para qué se graban cosas como esta. Primer movimiento muy correcto, aunque con tendencia a exagerar los pianísimos. Segundo sin mucha fuerza y con un trío blando y excesivamente ensoñado, cuando no amanerados y narcisista. Tercero con una sección central muy lánguida. En el cuarto están muy bien las partes extrovertidas, brillantes sin escándalo gratuito, pero las lentas sufren de nuevo de excesiva languidez. El bajo volumen al que se realizó la grabación permite obtener una amplísima gama dinámica. De hecho, quizá sea la toma, que además ofrece una enorme naturalidad, lo único interesante de esta edición junto con la propina: una ensoñada lectura de Blumine, el segundo movimiento sabiamente eliminado por el compositor. (5)


24. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1995). He aquí una lectura excepcional por su absoluta claridad, desarrolladísimo sentido del color, elevada poesía y absoluta ausencia de retórica. El primer movimiento es extremadamente lírico y emotivo; el segundo más reposado de lo común pero lleno de frescura; el trío refinado y leve sin caer en el amaneramiento; el tercero nada humorístico y sí muy misterioso; el cuarto está lleno de fuerza sin caer en el efectismo ni el desbordamiento. En conjunto, una versión relativamente introvertida, pausada, poética, quizá más madura que juvenil, pero en todo caso reveladora. Hay que conocerla. (10)

25. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1998). La batuta-bisturí de Boulez, el virtuosismo inconmensurable de los chicagoers y la sensacional labor del ingeniero de sonido Rainer Maillard –es la versión que mejor suena en CD– nos entregan la más increíble radiografía sonora de esta música que uno pueda concebir. Se escucha todo, absolutamente todo, con una limpieza, un equilibrio de planos y una minuciosidad extraordinaria, pero sin que la atención al detalle haga olvidar una arquitectura de lógica y solidez a prueba de bombas. Expresivamente, Boulez nos desconcierta moviéndose entre su habitual rigor –la mayor parte de la página-, inesperada frivolidad –el Trío lo recrea con inconveniente ligereza– y una emotividad poética –última aparición del “Ging heut’ margen”– no menos inesperada. (9)

 



26. Eschenbach/Orquesta de París (YouTube, 2007). Interpretación sobria, directa, de un solo trazo, distanciada tanto del “romanticismo” como de enfoques más o menos expresionistas, poco interesada por el sarcasmo pese a no obviar los aspectos sombríos de la pieza, pero necesitada de un punto más de calidez, emotividad e imaginación para destacar. No es lo mejor de este globalmente magnífica integral que, según me contó el propio Eschenbach, intentaron de manera infructuosa que se editara comercialmente. Al menos está el YouTube. (8)



27. Harding/Orquesta del Concertgebouw (RCO Blu-ray, 2009). El "desperezarse" del arranque está maravillosamente plasmado merced a una técnica de batuta superlativa –el maestro hará gala de ella a lo largo de toda la interpretación– y de una cuerda de asombrosa maleabilidad, pero al llegar a la maravillosa melodía de “Ging heut' Morgen über's Feld” Harding opta por una suavidad extrema que encuentro contraproducente; a partir de ahí, comienza un tira y afloja en el que se alternan pasajes muy bien planteados con otros en exceso ensimismados. El segundo movimiento está francamente bien, aunque en el trío, aun no excediéndose en los portamenti como hacen otros, vuelve el exceso de dulzura. En el tercero la atmósfera y el misterio se imponen por encima de la ironía; eso sí, al llegar “Die zwei blauen Augen” (¿lo adivinan?) la batuta cae en una dulzonería ya insoportable. El Finale, aun de nuevo con más de un devaneo con la blandura, convence por el soberbio espectáculo sonoro, perfectamente planificado y sin escándalo gratuito, que plantean Harding y los portentos de Amsterdam. En definitiva, una recreación tan desconcertante como lo es el propio artista británico. (8)



28. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Dudamel confunde ensoñación con languidez, delicadeza con excesiva suavidad y lirismo con cursilería. Así las cosas, el arranque resulta adecuadamente misterioso, pero en cuanto aparece en los violonchelos eso de “Ging heut' Morgen über's Feld” el azúcar empieza a hacer estragos. Y no, la culpa no es de Mahler. El segundo movimiento empieza bien, sobrando quizá algún detalle rebuscado que no hacía ninguna falta; al llegar al trío, otra vez el maestro se pone repipi. En el tercero sobra suavidad y se echa de menos sentido del humor sarcástico; lo de “Die zwei blauen Augen” ya es el colmo del empalago. En el cuarto Dudamel domina increíblemente bien las tempestades orquestales y, con la fuerza y comunicatividad que le caracterizan, consigue momentos portentosos, pero de nuevo las languideces entre todos esos picos llegan a resultar insoportables. Puede verse aquí. (6)



29. Roth/Les Siècles (Harmonia Mundi). Tenemos aquí la recuperación de la segunda versión, cuando todavía la partitura era Titán pero con los pentagramas ya sustancialmente revisados. Roth la materializa haciendo uso de instrumentos de la época y la ubicación geográfica del compositor, atendiendo a lo que este conoció en su experiencia en Viena. Resulta muy atractiva la sonoridad de las maderas. Discreta la de los metales. La cuerda de tripa, al menos la aguda, parece insuficiente para lo que pide la partitura, amén de no resultar muy ágil ni exacta. Pero esto último no es culpa de los instrumentos sino de Les Siècles, una formación lejísimos del nivel de grandes orquestas que han dictado leccciones magistrales en esta música. En cuestiones de empaste y claridad, Roth tampoco parece ninguna maravilla, e incluso en los tutti más explosivos de los movimientos extremos hay más barullo de la cuenta. La articulación ofrece muchos dejes historicistas, resultando irritante en determinados planteamientos, como el fraseo de la cuerda en el arranque del lied del primer movimiento o el contrabajo (¡inaguantable!) al comenzar la marcha fúnebre. Pero no es historicismo, sino pura cursilería, el modo en que está fraseado el lied "Die zwei blauen Augen". Como es también culpa de Roth, no del planteamiento “históricamente informado”, el rosario de gangosidades y blanduras varias que el director nos va regalando aquí y allá. En realidad, lo único realmente bueno es el Scherzo, dicho con un impulso y una frescura como pocas veces se haya escuchado; no así su trío, afectado por blanduras varias. Ah, se me olvidaba: como se trata de Titán, y no propiamente de la Sinfonía nº 1, hay que aguantar Blumine. (5)

jueves, 1 de julio de 2021

Sinfonía nº 4 de Robert Schumann: discografía comparada

Robert Schumann estrenó su Sinfonía en Re menor en 1841, cuando contaba treinta y un años de edad. Fue la segunda que completaba. La página estaba llena de ideas extraordinarias y albergaba –sigue albergando– enorme interés, pero lo cierto es que no terminaba de ser redonda. En 1852 realizaría una muy sustancial revisión que la convertiría en lo que hoy conocemos como Sinfonía nº 4, una obra maestra absoluta de todo el sinfonismo centroeuropeo. No debe extrañar que los grandes –y no tan grandes– directores la hayan grabado una y otra vez, intentando resulver los complejísimos problemas de interpretación que alberga.

Y es que Schumann es uno de los compositores más difíciles de poner en sonidos. Paavo Järvi afirma en el documental que completa la interpretación que abajo comentamos que que la tradición interpretativa yerra a la hora de plantear un Schumann más denso y empastado de lo que realmente es; un Schumann que mira en exceso a Brahms y que no deja a la vista todas las singularidades de su tantas veces discutida escritura sinfónica. Singularidades que son fruto tanto de su particular temperamento como de su talento creativo, pero que a veces han sido vistas como debilidades. Lo cierto es que a muchos nos cuesta asimilar este Schumann esquizofrénico que él propone: quizá estamos demasiado acostumbrados a las densidades de Furtwängler, Böhm, Celibidache y Barenboim. En cualquier caso, estos maestros han demostrado mejor que muchos otros que la música de Schumann necesita un trazo flexible y un sentido plenamente orgánico del desarrollo, de manera muy particular en esta Op. 120 en la que los cuatro movimientos se encuentran magistralmente entrelazados. La mayoría de los directores, por desgracia, no solo no saben atender esta condición, sino que además incurren en la rigidez, la precipitación e incluso la machaconería.

Por lo demás, esta página alberga uno de los momentos de más difícil resolución de todo el repertorio: la transición del tercer al cuarto movimiento. Una técnica de batuta de primera para trazar el genial crescendo y una sensibilidad muy especial para otorgar grandeza al clímax resultan imprescindibles para sacar a la luz todo lo que los pentagramas esconden.


1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1953). Es posible que a este justamente mítico testimonio le falte un punto de refinamiento en el tratamiento de la orquesta y de carácter meditativo en la expresión, pero lo cierto es que, tras un arranque fascinante y telúrico, resulta imposible sustraerse ante semejante ciclón furtwangleriano, un prodigio de fuerza dramática y de creatividad –que no de capricho: los famosos "tirones" del maestro están usados con moderación y muchísimo sentido– que ponen en primer plano los aspectos más visionarios de esta música. Imprescindible conocerlo. (10)

 

 

2. Cantelli/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). El malogrado director italiano deja bien clara la influencia de su maestro Toscanini en una interpretación rigurosa, seria y dotada de nervio interno, pero también muy seca y rígida, machacona incluso, carente de misterio, de sensualidad y de vuelo poético. La reciente recuperación a 192 kHz evidencia que la toma monofónica no pasaba de lo correcto. (7)

 

 

3. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1960). Interpretación de un solo trazo, poderosísima e llena de tensión interna, por momentos encrespada y hasta rebelde, pero siempre marcada por un absoluto control de la arquitectura y dotada del asombroso análisis de texturas esperable en Klemperer. Eso sí, como también era de esperar, el de Breslau no se recrea mucho en la parte lírica de la obra: se echa de menos un mayor poso de poesía y espiritualidad en el segundo movimiento. Muy buena la remasterización en SACD. (9)

 

4. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1960). Se agradece que la interpretación sea tensa y dramática, pero el maestro se deja llevar por el exceso de nervio y la música no respira como es debido, perdiendo aliento poético y concentración, resultando incluso cuadriculada, cuando no atropellada. Así las cosas, solo convence plenamente un scherzo afilado y vigoroso. (7)

 

5. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DG, 1963). Se percibe aquí una cierta contradicción entre el enfoque apolíneo, o al menos clasicista, de un maestro que siempre fue un dechado de equilibrio y naturalidad, y la sonoridad masiva de la orquesta de Karajan, que no parece la ideal para plasmar un concepto que demanda menos densidad y mayor efervescencia. Siendo, por todo lo antedicho, preferible la grabación posterior del maestro en Múnich, hay aquí que admirar la calidez, la poesía y el humanismo que desprende la batuta, particularmente en un paladeadísimo segundo movimiento en el que la cuerda berlinesa –carnosa a más no poder– y unas maderas sensacionales cantan con emoción alejándose de la trivialidad en que caerán otras interpretaciones. Por no hablar de la grandeza que desprende la transición entre los dos últimos movimientos, maravillosamente planificada. (8)


6. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1971). Interpretación decidida y con empuje, tocada de ese equilibrio entre nervio y densidad que necesita la música de Schumann, pero también un tanto rígida, incluso machacona por momentos, amén de tendente a lo rebuscado en algunos pasajes del movimiento conclusivo. Más tarde el propio Karajan lo hará mejor. Sonido solo bueno, incluso en la reciente recuperación en alta resolución. (8)

 

7. Sawallisch/Staatskapelle Dresde (EMI, 1972). Una idiomática, sólida, bien trazada y emocionante realización en la que sobresalen la plasticidad del tratamiento orquestal y la comunicatividad carente de devaneos, pero que se queda un tanto en la superficie. Necesita una disección más analítica, una mayor diferenciación expresiva de cada uno de los movimientos y una idea clara detrás del conjunto. La transición al cuarto movimiento resulta un tanto insulsa. (8)



8. Böhm/Sinfónica de Londres (Andante, 1975). Dando una lección de personalidad y de técnica de batuta, el de Graz ofrece un fraseo amplio y majestuoso, marmóreo y muy bello, aunque siempre severo y de tensión interna muy contenida, maravillándonos con la plasticidad del manejo de la masa orquestal, muy sutilmente matizada, flexible sin que se pierda la arquitectura. Todo está desmenuzado haciendo uso de tempi lentos sin perder la tensión interna. Poderosos y de aliento trágico los movimientos extremos sin perder la sobriedad propia de Böhm, enérgico el tercero y maravillosamente paladeado el segundo. Espléndida la transición al cuarto. Lástima que el registro se encuentre descatalogado. (9)


9. Muti/Orquesta New Philharmonia (EMI, 1976). El joven Muti –a pocos meses de cumplir los treinta y cinco– demuestra su fabulosa técnica trazando una arquitectura de extraordinaria solidez en la que no hay espacio para precipitaciones ni morosidades, todo está clarificado con perfección pasmosa, las tensiones se encuentran administradas con absoluta lógica y se consigue ese dificilísimo punto de encuentro entre la agilidad que necesita Schumann y el músculo –bien apoyado en la cuerda grave– que tanto le gusta al maestro, todo ello dentro de una visión vibrante y dramática, aunque marcada por el autocontrol. Sin embargo, algo no termina de funcionar: el fraseo no resulta del todo flexible, se echa de menos imaginación en los acentos, la poesía del bien paladeado segundo movimiento –cosa extraña: el violín defrauda seriamente– no acaba de desprender humanismo y la transición al cuarto, diseñada con una minuciosidad y una concentración que nos hacen caer del asombro, no es del todo visionaria. En el futuro el maestro tendrá la ocasión de madurar su visión de la obra. (8)


10. Barenboim/Sinfónica Chicago (DG, 1977). Planificando de manera excelente y en perfecta sintonía con una orquesta gloriosa, el de Buenos Aires ofrece una interpretación marcada por  la garra y por el empuje, mayores de las que hará gala años más tarde en esta misma obra, pero sin alcanzar el lirismo, la poesía y la imaginación que llegará cuando madure su visión de la música shumanniana: aquí llega a resultar un punto soso en los movimientos centrales. (8)

 

11. Kubelik/Sinfónica de la Radio de Baviera (Sony, 1978). Ya sin el condicionante que suponía la singularísima personalidad de la Filarmónica de Berlín, el maestro checo acierta plenamente en un estilo menos protobrahmsiano o incluso protowangeriano –reconozcámoslo, la transición al cuarto movimiento no es ahora tan visionaria– y más propiamente schumanniano al conseguir ese equilibrio tan difícil entre ligereza y densidad, entre frescura juvenil y carácter reflexivo. Y lo hace trazando la arquitectura con una naturalidad admirable, con pulso firme pero abierto a numerosas inflexiones, fraseando con agilidad sin que el resultado sea en exceso aéreo, trabajando con mucha plasticidad la masa orquestal, cantando las melodías con frescura y aportando los imprescindibles tintes épicos. Un clásico, en todos los sentidos. (9)

 

12. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1978). El maestro repite e incluso mejora –maravillosa la sonoridad de la Wiener Philharmoniker– su interpretación con la London Symphony, volviendo a ofrecer una lectura marmórea, severa y rigurosa, pero de extraordinaria fuerza interior, de un dramatismo tan controlado como profundo, en la que la lentitud de los tempi en absoluto resta fluidez al desarrollo, y el lirismo amargo del segundo movimiento se encuentra maravillosamente conseguido. Se podrán preferir versiones más electrizantes, más incisivas y más a flor de piel, pero en su línea esta es difícilmente superable salvo, quizá, por una transición entre los dos últimos movimientos sin la increíble fuerza visionaria que alcanzan en este pasaje Furtwängler y Barenboim. La toma es espléndida. (10)


13. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1981). Hay que admirar la excelsitud en la exposición de todos y cada uno de los planos instrumentales, la belleza nada meliflua que el maestro es capaz de extraer de su orquesta y el perfecto equilibrio entre agilidad y densidad sonora que necesita esta música. Pero lo cierto es que Haitink defrauda un tanto en la primera parte de la obra, quizá por adoptar unos tempi en exceso premiosos y, queriendo apartarse de lo otoñal, opta por la extroversión y el empuje, sobrando algo de nervio en el primer movimiento y echándose de menos algo más de hondura, de calidez y de humanismo en el Andante. A partir de ahí las cosas funcionan a pedir boca, con un scherzo vibrante, una transición irreprochable que culmina con la adecuada grandeza y un Finale de nuevo muy fogoso, pero sincero y muy bien controlado. Excelente la toma, aunque a volumen bajísimo. (9)

 

14. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1984). Es esta una lectura extrovertida, hermosa y muy comunicativa, en la que maravilla la técnica de Bernstein tanto por su dominio de la agógica como por la bellísima sonoridad que obtiene de una orquesta tersa, empastada y perfectamente equilibrada. El problema es que no parece haber una idea que tenga en cuenta la vertiente más amarga de la obra: el maestro parece centrado en buscar la belleza. En cualquier caso, los movimientos impares son espléndidos. El segundo parece algo más dulce de la cuenta, y un poco parsimonioso en su fraseo, desprendiendo cierta artificiosidad. El cuarto, muy luminoso y entusiasta, presenta algunos caprichos que rozan lo amanerado. Fogosísima la coda. (8)

 

15. Leinsdorf/Sinfonieorchester des Südfunks (DVD Arthaus, 1984). Interesa ver a Leinsdorf, a sus setenta y dos años de edad, ensayando la página con conocimiento de lo que se trae entre manos y cierta circunspección no exenta de ironía en sus comentarios; incluso de cierta mala leche, como cuando se refiere a los directores que se dedicar a la expresividad facial sin lograr –según él– que la orquesta suene como debe. E interesa verle dirigir en el concierto llevando a la práctica lo que afirma durante los referidos ensayos: el maestro vienés es de esos que, aun sin batuta, lo marca absolutamente todo. Pero interesan muchísimo menos los resultados puramente musicales, en este caso una lectura de la primera versión de la partitura, la de 1841, fraseada con enorme fluidez pero más bien rutinaria en lo expresivo, ya desde una introducción llevada con prisas y especialmente en un segundo movimiento por completo aséptico; lo mejor quizá sea el tercero, llevado con garra y cierta rusticidad no inconveniente. Por otro lado, convence muy poco la manera de subrayar las líneas de trompetas y trompas, desequilibrando ese particular "equilibrio desequilibrado" de la orquestación schumanniana y otorgándole un brillo enfático que en esta partitura parece fuera de lugar. La filmación es buena. El testimonio también se encuentra en Blu-ray, editado por Euroarts. (6)

 

16. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Altus, 1986). En este testimonio japonés Celi ofrece una interpretación esencial en la que se produce una muy particular mezcla de espiritualidad, sensualidad y belleza sonora que no solo no conduce al amaneramiento, sino que, y a pesar de que la articulación es más bien blanda, se encuentra recorrida por un pulso muy bien sostenido y una gran fuerza dramática. En el cuarto movimiento, ciertamente, se echa de menos una dosis mayor de electricidad y empuje, pero a cambio la transición al mismo resulta genial. ¡Qué grandeza visionaria! Los desajustes son lo de menos. Toma un tanto difusa, pero con mucho cuerpo. (9) 

 

17. Karajan/Filarmónica de Viena (DG, 1987). No sale uno de su asombro al comprobar cómo Karajan hacía sonar a la Wiener Philharmoniker a la manera de su propia orquesta berlinesa, con densidad y mucho músculo, aunque sin perder ni un ápice de su increíble belleza aterciopelada en la cuerda ni la plata del metal. Sea como fuere, lo importante es que nos encontramos aquí ante una formidable interpretación, suntuosa y muy volcada en los efectos puramente sonoros –no podía ser de otra forma con Don Heriberto–, no muy atenta a los aspectos “góticos” de la página, pero llena de vida, de fuego bien controlado y de sinceridad, en un enfoque sorprendentemente juvenil mucho antes que otoñal que funciona de manera especial en un primer movimiento que logra el punto de equilibrio perfecto entre arrebato y vuelo lírico. El segundo ofrece belleza a raudales sin rastro de blandura, aunque se pueden preferir lecturas que subrayen mejor los aspectos amargos de la escritura. El tercero vuelve a ser arrollador y, tras una mágica transición, solo en el cuarto hay que lamentar ciertos amaneramientos que delatan la tendencia al preciosismo del gran maestro; amaneramientos que, por cierto, ya estaban en su grabación berlinesa de 1971 para DG. Toma sonora formidable. (9)


18. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1988). No hay grandes diferencias entre esta interpretación y la de los mismos intérpretes dos años atrás. De nuevo muy interesante el arranque de la obra, difuso mas no ingrávido. El primer movimiento es algo menos lento. En el cuarto otra vez se echa de menos una dosis mayor de nervio, pero a la postre nos volvemos a encontrar ante una interpretación colosal. La orquesta, reconozcámoslo, se queda algo corta. (9)

 

19. Norrington/The London Classical Players (EMI, 1989). Sir Roger es el primero en hacer Schumann con instrumentos originales. Y demuestra, sin radicalidad alguna en lo que a la articulación se refiere, que le sientan bastante bien. El problema es el británico es un director normalito desde el punto de vista técnico y tendente a la ligereza mal entendida en lo expresivo, por lo que los resultados terminan siendo irregulares. De esta manera, tras un primer movimiento francamente satisfactorio –algún pasaje podía estar mejor resuelto–, nos llega un segundo movimiento que se zampa en un santiamén (3’10’’) con un fraseo trivial y amanerado. En los tríos del tercero vuelven ingravideces y frivolidades –el calificativo de repipi le viene como anillo al dedo–, para tras una transición resuelta de manera algo chapucera, llegar a un movimiento conclusivo correcto sin más. (6)


20. Muti/Filarmónica de Viena (Philips, 1993). Diecisiete años después de su aún inmaduro registro londinense, Muti vuelve a la carga sin variar sustancialmente el concepto, pero aportando esa flexibilidad y esa emotividad que entonces se echaban en falta. Mucho tiene que ver con el resultado la sonoridad mórbida de la formación vienesa, que contrarresta la relativa dureza de la batuta y enriquece con su sensualidad la relativa dureza de la batuta. (9)


21. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (DG, 1994). El gran punto negro de esta globalmente ortodoxa y sensata interpretación es un segundo movimiento llevado con ciertas prisas y considerablemente aséptico, indiferente en lo expresivo. El primero está bien planteado, sin poseer especial garra ni inspiración poética; el tercero resulta muy notable y el cuarto, tras una transición más que buena, resulta un punto más nervioso de la cuenta, aunque vistoso y con cierta garra. Toma algo reverberante. (7)

 

22. Harnoncourt/Filarmónica de Berlín (Teldec, 1995). Tras registrar la versión original con la Chamber Orchestra of Europe, Herr Nikolaus hace uso de la que fuera orquesta de Karajan para dejar testimonio de su visión de la edición revisada. Y lo hace sin deseo alguno de romper con la tradición, de mostrarse radical o de ofrecer –salvo algún detalle amanerado en el movimiento conclusivo– grandes novedades. El resultado es un híbrido entre la sonoridad poderosa y musculada de la formación berlinesa –que el maestro en modo alguno pretende alterar: nada que ver con los experimentos de su titular Abbado– y esos ataques secos, es sentido teatral, ese ímpetu rítmico y –también– esa tendencia a la marcialidad y esas dificultades para extraer poesía que son marca de la casa. (7)

 

23. Herreweghe/Orchestre des Champs Élysées (Harmonia Mundi, 1996). Nos sorprende el belga con una recreación acertadamente impetuosa y dramática, muy lejos de blanduras y de otros devaneos sonoros, a la que la rusticidad de los instrumentos originales, tratados aquí sin esa detestable tendencia a la ingravidez y a la blandura que el maestro ha ido desarrollando en los últimos años, le sienta de maravilla a esta música. Lo menos bueno es quizá el segundo movimiento, no del todo sensual ni emotivo, aunque la batuta sí que acierta con el regusto amargo que debe poseer. El resto es espléndido, aunque en general se podía pedir un punto más de flexibilidad en la agógica, también de depuración sonora, así como una transición entre los últimos movimientos con más sentido de la atmósfera y de la fuerza visionaria. La toma sonora es magnífica. (8)

 


24. Thielemann/Orquesta Philharmonia (DG, 2001). Thielemann apuesta por la tradición centroeuropea de tempi amplios y densidades sonoras, pero no logra construir la arquitectura ni encontrar una articulación adecuada. El resultado es algo pesadote, viéndose lastrado por determinadas frases morosas y otras un tanto blandas, sobre todo en los movimientos extremos, faltos de la agilidad y el vigor que necesita esta música. Bien pero no del todo profundo ni cálido el segundo, y más bien soso el tercero. La toma sonora podría ser mejor. (6)

 

25. Barenboim/Staatskapelle Berlín (Warner, 2003). En su intento de llegar a un equililbrio entre impulso dramático y reflexividad, el maestro puede parecer un poco rígido y y falto de imaginación en los movimientos primero y tercero, aunque en este haya transiciones memorables. El segundo está maravillosamente paladeado y desprende un adecuado sabor amargo, optando el maestro por cierta espiritualidad digamos “otoñal” antes que por la ternura. Lo que es genial es la transición al cuarto, desde un pianísimo inaudible hasta la máxima exaltación que uno se pueda imaginar, siempre con ese punto de “goticismo bruckneriano” que tanto le gusta a Barenboim; toda una lección de técnica de batuta. Magnífico, lleno de empuje controlado, el movimiento conclusivo, que desemboca en una coda arrebatadora a más no poder. En definitiva, una versión mucho más madura que la que hizo en Chicago, aunque todavía el maestro tendrá que ofrecer su más impresionante recreación de la página. Formidable toma a cargo de los estudios Teldex. (9)


26. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Blu-ray Euroarts, 2006). La interpretación engancha por su entusiasmo, vitalidad y brillantez, así como por la bellísima pero nada meliflua sonoridad de la orquesta. El problema es que Chailly dirige más bien de cara a la galería, sin una idea clara detrás, fraseando con cierta rigidez e incluso precipitación, sin detenerse mucho en matices. Tampoco hay suficiente garra dramática en los movimientos extremos ni emoción en el segundo, mientras que sobra furor en un tercero demasiado vigoroso. (7)


27. Paavo Järvi/Deutsche Kammerphilharmonie Bremen (Blu-ray CMajor, 2011). Poniendo en practica las ideas que recogíamos al principio de esta entrada, el maestro estonio decide apartarse un tanto de esa tradición y apostar por un enfoque en el que primen las aristas sonoras y se haga patente el carácter “neurótico” y contrastado de la personalidad del compositor. La idea la materializa ofreciendo un Schumann renovado en la articulación, ágil e incisivo, limitado en el vibrato, atento más al staccato que al legato y dotado de un nuevo equilibrio de planos que resta peso a la cuerda para otorgar relieve a los vientos y la percusión. Es decir, un Schumann deudor de las experiencias historicistas, pero sin la necesidad de recurrir a los instrumentos originales ni de forzar las cosas, alejándose de la machaconería y de los excesos y buscando una apropiada síntesis entre ímpetu, elegancia y sentido teatral. Ahora bien, lo cierto es que el resultado no destila esa particular poesía todo lo elegante y aérea que se quiera, pero también sensual, cantable y emotiva, que necesita esta música. En el caso de esta sinfonía esto se evidencia claramente en el segundo movimiento, pero además se evidencia cierta rigidez generalizada y falta de carácter visionario tanto en la introducción de la obra como en la transición al cuarto movimiento. (8)


28. Nézet-Séguin/Chamber Orchestra of Europe (DG, 2012). Yannick posee un enorme talento, pero con esto de las experiencias HIP se suele armar un lío. En esta obra, justo el esperable: recreación cuadriculada, machacona y precipitada. Muy enérgica, eso sí, extrovertida y volcánica, pero sin rastro de sensualidad, misterio, poesía o ternura. Tampoco es que los matices dinámicos le interesen mucho. Ni siquiera cuida del todo la transición del primer movimiento; la del tercero al cuarto no desprende la suficiente grandeza. (6)

 

29. Rattle/Filarmónica de Berlín (Berliner Philharmoniker, 2013). Queda clara la intención de Rattle de resultar original tanto por la elección de la versión original de 1841 como por el intento de llegar a una fusión entre señas de identidad historicista y la tradición interpretativa, navegando Sir Simon entre dos aguas sin saber muy bien como desenvolverse entre ellas. Además, el maestro británico quiere dejar clara su impronta personal con numerosísimas aportaciones en el fraseo, acentos novedosos, inesperados tirones de tempo y protagonismo de determinadas líneas que generalmente quedan en segundo plano. El resultado es una Cuarta de Schumann verdaderamente nueva, pero que no siempre acaba de convencer, sobre todo en lo que al sentido expresivo se refiere: independientemente de todas las referidas singularidades, Rattle apuesta por la extroversión y la vehemencia, apresurándose en exceso y no terminando de indagar en los pliegues más escondidos de la obra. (7)


30. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Aparte del hecho de insistir en la versión original de la partitura, Rattle se vuelve a enredar a la hora de aunar tradición e historicismo. El enfoque es ante todo vibrante, entusiasta, extrovertido, pero la sonoridad musculada de la orquesta no casa bien con el vibrato moderado ni con la articulación ligera que el maestro intenta imprimir, como tampoco el fraseo en exceso nervioso y a veces –cuarto movimiento– pimpante ofrece coherencia expresiva con semejante exhibición de vehemencia. Tampoco aparecen por ninguna parte la elegancia, la transparencia sonora y la sensualidad que demandan esta música. De trasfondo trágico, ni hablemos. (7)

 

31. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2019). El de Buenos Aires da una vuelta más de tuerca sobre el enfoque de su registro para Teldec dieciséis años anterior. El resultado, no ya la mejor de sus interpretaciones, sino la más redonda y convincente de todas las escuchadas. ¿Schumann gótico? Yo diría que no, al menos no en el grado de un Böhm o un Celibidache. Barenboim mira al futuro, pero –como le suele ocurrir en estos años de ancianidad– también al pasado. De hecho nos ofrece ahora un primer movimiento clásico y equilibrado a más no poder. El segundo ofrece asombrosos descubrimientos. Impecable el tercero. La transición al cuarto culmina de manera todavía de manera más grandiosa y visionaria que en su registro con la Staatskapelle, que ya es decir, y en el Finale la batuta despliega una enorme energía sin que en ningún momento se pierda el control. El público estalla en aplausos durante el acorde final tras una coda arrebatadora –controlada al milímetro– con perfecta consciencia de haber escuchado algo histórico. (10)

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