Mostrando entradas con la etiqueta Gallardo-Domas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gallardo-Domas. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de julio de 2019

La vida breve por Maazel y Del Monaco, en Bluy-ray

El sábado 17 de abril de 2010 (¡madre mía, cómo pasa el tiempo!) tuve la oportunidad de ver en el Palau de Les Arts de Valencia un programa doble integrado por La vida breve y Cavalleria rusticana a cargo de Lorin Maazel en lo musical y de Giancarlo del Monaco en lo escénico. Titulé mi crónica en este blog “Inspiración y pretenciosidad”, adjudicando el primer adjetivo a la interpretación del título de Mascagni y el segundo a la de Manuel de Falla. Advertí entonces que este último se filmaba esa misma noche para su edición comercializada. Hasta esta misma mañana no he podido disfrutar del Blu-ray editado por CMajor.


Resumo lo entonces escrito. Haciendo gala de tempi lentos pero sosteniendo perfectamente el pulso y sin caer en excentricidades –o sea, todo lo contrario de lo que haría un rato más tarde en Cavalleria–, un Maazel de soberbia técnica y pinceles muy finos ofrece una interpretación atmosférica, sensual y de gran hondura trágica que, amén de descubrirnos –literalmente– las maravillas que contiene la orquestación falliana, da buena cuenta de la fuerza expresiva de muchos pasajes de esta desigual pero, ahora queda claro, interesantísima partitura. La comparación con las dos realizaciones discográficas más difundidas, las de Frühbeck de Burgos y García Navarro, deja a aquellas muy atrás. La Orquesta de la Comunidad Valenciana y el Coro de la Generalitat están espléndidos.

Cristina Gallardo-Domâs, hoy desdichadamente retirada de la ópera, ofreció una sensacional recreación de Salud, muy sólida en lo vocal y de una expresividad tan intensa como sincera, sin arrebatos más o menos raciales, pero también sin caer en una excesiva fragilidad. Victoria de los Ángeles y Teresa Berganza no llegan, por diferentes motivos, a la altura de la soprano chilena. Añadamos que ahora en la filmación se puede apreciar su soberbio trabajo actoral, lleno de exigencias en una propuesta escénica que le hace estar todo el tiempo sobre las tablas, toda vez que buena parte de la acción parece desarrollarse en la mente de la protagonista.

Están bastante bien Jorge de León y Felipe Bou como Paco y el tío Salvaor, respectivamente, y mejor todavía la abuela de María Luisa Corbacho. A la cantaora Esperanza Fernández se la oye mucho mejor en la grabación que en directo, mientras que Isaac Galán logra llamar la atención en el brevísimo rol de Manuel.

El irregular Giancarlo del Monaco logra convencer plenamente con una propuesta opresiva y onírica, en buena medida conceptual, llena de ideas felices y capaz de ser personal sin atentar en ningún momento contra la dramaturgia de Carlos Fernández Shaw, bien apoyado por la inquietante luminotecnia rojiza de Wolfgang von Zoubeck, el hermoso vestuario de Jesús Ruiz y las ortodoxas coreografías de Goyo Montero, aceptando sin problemas lo "folclórico" pero sin caer en el tópico ni en lo meramente decorativo.

El Blu-ray ofrece una soberbia calidad de imagen y una toma sonora de gran calidad. Los subtítulos en castellano son apoyo importantísimo para disfrutar de un visionario a todas luces obligatorio. No se lo pierdan.

domingo, 7 de julio de 2013

El Domingo y Pablo Neruda

Me saqué entrada para Il Postino sin haber escuchado la obra: la presencia de mi admirado Plácido Domingo, al que me temo no le queda ya demasiada vida vocal, me justifica acudir al Teatro Real desde Jerez el próximo 20 de julio. Pero ahora he podido finalmente escuchar esta ópera con música y libreto del recientemente fallecido compositor mexicano Daniel Catán (1949-2011), encargada precisamente por Domingo para la Ópera de Los Ángeles, en el DVD editado por Sony Classical a partir de las filmaciones realizadas, bajo la dirección técnica de Brian Large y con sonido surround auténtico, en octubre de 2010. He quedado moderadamente satisfecho.


La gracia de esta ópera es que está completamente fuera de su tiempo. Está escrita por un mexicano en el siglo XXI, pero podría pertenecer perfectamente a algún italiano cien años anterior, con su marcado melodismo, sus texturas orquestales de ribetes impresionistas y su interés pleno por el “bien sonar”. Música “para todos los públicos”, en definitiva, sin apenas pliegues inquietantes, marcadamente conservadora, que se escucha con tanta facilidad como se olvida, pero que produce innegable placer durante las dos horas y media que dura, siempre y cuando no ande uno con prejuicios trasnochados sobre la necesidad de “compromiso estético”: tan nefasto resulta el desprecio a esta línea retro por parte de algunos, como el rechazo a los lenguajes bastante más avanzados por parte de los melómanos que no han sabido pasar de Puccini.

Siendo la música de Catán muy agradable, flojea un tanto el libreto, probablemente porque la película El cartero (y Pablo Neruda) en que al parecer está inspirada, que desconozco, no ofrece la suficientes posibilidades dramáticas para desarrollar una trama operística. En cualquier caso la emotividad que desprende sabe ser agridulce sin caer en lo lacrimógeno. El final, con la muerte en flashback del joven cartero durante un mitin obrero, está muy bien resuelto, aunque no conceda protagonismo a un Plácido/Neruda convertido, lógicamente, en rey de la función. Por cierto, que no deja de resultar sorprendente que una persona de ideología tan conservadora como el tenor madrileño sienta semejante apego por una obra de muy obvias simpatías por la izquierda y por un personaje en su momento por completo vinculado al comunismo.



Interpretativamente Domingo se encuentra en su salsa, porque la partitura se escribió para él y con sus actuales posibilidades vocales en mente. Está estupendo, y más que solvente como actor. Brilla junto a él el tenor norteamericano, de origen siciliano, Charles Castronovo, emotivo y comprometido. Cumple sin problemas Amanda Squitieri como Beatrice Russo, el objeto de los desvelos amorosos del protagonista (que es cartero, ojo, no el poeta). Entre el resto del elenco se encuentran nada menos que Cristina Gallardo-Domâs, Nancy Fabiola Herrera y Vladimir Chernov, este último desenvolviéndose perfectamente en el idioma del libreto, que no es otro que el castellano: opción poco “realista” cuando en realidad tenía que haber sido el italiano, pero adecuado para incorporar los versos reales de Neruda en el texto.

La batuta de Grant Gershon parece francamente notable, aunque es posible que en Madrid Pablo Heras-Casado, si arriesga mucho en lo expresivo, puede extraer un punto más de tensión dramática a una partitura que, la verdad, tampoco da especial juego dentro de su agradable simplicidad. La puesta en escena de Ron Daniels, sensata y bien realizada. Lo dicho: para todos los públicos.

martes, 3 de mayo de 2011

Luisa Fernanda por Olmos y Soler

Hace tiempo me llegó un rumor según el cual Daniel Barenboim rechazó dirigir Luisa Fernanda tras leer la partitura que Plácido Domingo le había pasado con el propósito de cantar el título en compañía del maestro y de Rolando Villazón. Bien, comprendo que el de Buenos Aires, que por cierto se está preparando para la próxima temporada cosas como Oro, Walkyria, Tristán, Wozzeck, Lulu y -agárrense- Barbero (!), no sintiera particular aprecio por la partitura de Moreno Torroba, pero confieso que a mí me gusta mucho: sus melodías resultan inspiradísimas y dramáticamente funciona, pese a que al personaje titular se lo devora el rol de Vidal Hernando, que es quien se lleva la parte del león con sus maravillosas romanzas. Sabiendo que los resultados no podían ser comparables a los obtenidos hace unos años en el Teatro Real en las funciones protagonizadas por el citado Domingo, me lo pasé bien en la velada del pasado sábado 30 de abril en el Teatro de la Zarzuela, quizá precisamente por no esperar demasiado de ella.

La nueva producción preparada por Luis Olmos (ya lo he dicho alguna otra vez: qué lamentable tendencia la de ciertos gestores a este lado y al otro de los Pirineos la de autocontratarse en su faceta de director escénico) me pareció correcta y funcional, realizada con sensatez, sin caer en el tópico, pero lastrada por una escenografía basada exclusivamente en proyecciones de escaso valor plástico. La dirección de actores, por desgracia, fue un tanto descuidada. En los diálogos, bastante menos recortados que en la producción de Sagi para el Real -donde se redujeron a la mínima expresión-, se optó por eliminar el verso en buena medida, lo que resta acartonamiento al libreto pero resulta muy discutible desde una óptica ortodoxa. El vestuario le ha quedado a Pedro Moreno menos inspirado que en otras ocasiones. Vamos, una producción no mala pero sí bastante por debajo de lo deseable.

Esperaba poco -a tenor de lo que se ha escrito por ahí- de la dirección del nuevo titular de la Zarzuela, Cristóbal Soler, pero lo cierto es que a mí no me ha parecido lamentable. Su dirección fue briosa, animada y alegre, por momentos algo pimpante, al tiempo que no muy fina ni atenta al detalle, además de no muy bien coordinada entre foso y escena. En cualquier caso tendré que escuchar más veces al joven maestro valenciano para tener clara su valía. La orquesta y el coro estuvieron regular: no hay más cera que la que arde.

Me ha hecho feliz volver a ver en escena, tras la Vida breve valenciana (enlace), a mi admirada Cristina Gallardo-Domâs. De ella se dijo que había estado muy mal vocalmente en las primeras funciones. En la que yo vi desde luego no fue así, aunque debo reconocer que el arte musical de la soprano -y no mezzo- chilena solo emocionó en aquello de "cállate, corazón", y que su gestualidad es mucho más apropiada para el melodrama italiano que para la zarzuela castiza. El que no tuvo salvación posible fue José Manuel Zapata, incómodo, afalsatedo y poco atento al matiz expresivo. ¿Qué le pasa a este chico? Correctísima María Rey-Joly como la Duquesa Carolina, buena cantante que no parece superar su relativa sosería. En cuanto a Juan Jesús Rodríguez (otro andaluz: si el tenor era granadino el barítono venía de tierra onubense), confirmo mi opinión de que se trata de un artista con una voz de primera pero un tanto primario en lo expresivo, aunque ahora debo añadir que en los diálogos estuvo sensacional, muy por encima de sus compañeros de reparto. Él y el adecuadamente histriónico Aníbal de Julián Ortega se encargaron de subir de manera considerable el nivel teatral de esta -insisto- correcta, digna y aceptable representación.

lunes, 19 de abril de 2010

Vida Breve y Cavalleria en Valencia: inspiración y pretenciosidad

El doblete Vida breve y Cavalleria rusticana que ha ofrecido el Palau de Les Arts, que he visto en la función del sábado 17, se ha movido por parte de Lorin Maazel y Giancarlo del Monaco entre lo inspiradísimo y lo pretencioso, en una velada que tuvo momentos de gran atractivo y otros más bien soporíferos, concentrándose los primeros en el título de Falla y los segundos en el de Mascagni. Todo ello, claro está, al margen del buen nivel de las dos protagonistas vocales, de la contrastada calidad de la orquesta de la casa, y de un coro que realizó una labor irreprochable en una velada de lo más exigente en lo que él respecta, más aún con los tempi impuestos por el octogenario director musical.



Del Monaco


En la deslavazada obra del gaditano, el hijo del célebre tenor opta por eliminar todo costumbrismo del infumable libreto de Carlos Fernández Shaw y por cubrir sin la menor referencia pintoresquista los extensos pasajes orquestales vacíos de dramaturgia. Se arriesga además a entender La vida breve como una creación "a las puertas del marxismo y del existencialismo" y a ofrecer "un psicodrama, casi freudiano, sobre la situación del alma humana". Le sale muy bien, en líneas generales: hay momentos donde la relación entre música y escena debería ser más coherente, pero dada la irregularidad del material de partida es difícil sacarle mayor provecho al asunto.

La escenografía, obra del propio del Monaco, es tan simple como hermosa, como sugestiva la iluminación de Wolfgang von Zoubeck. Los hallazgos son numerosos (el ventilador que baja progresivamente, la sombra del tío Salvador, incluso la discutida presencia de la cantaora crucificada) y generan una atmósfera claustrofóbica del mayor atractivo. Todo el conjunto se beneficia, además, de una correcta y elegante coreografía de Goyo Montero, de un precioso vestuario de Jesús Ruiz y de las grandes virtudes dramáticas de Cristina Gallardo-Dômas, cuya gestualidad, desde mi ubicación en lo más alto de la sala, no pude más que intuir.

La propuesta de Del Monaco para Mascagni, procedente del Teatro Real, hace por el contrario hace aguas por los cuatro costados. Cierto es que cuando escuché las declaraciones del regista en el documental que acompaña al DVD no me disgustó tanto como cuando la vi en Madrid, ya que me quedaron claras algunas de las buenas ideas que hay en la producción, como la de concebir el nicho central que ocupa Santuzza como la madriguera de una loba acorralada. Pero el conjunto sin embargo sigue sin funcionar, y no por la transformación de la plaza siciliana en una cantera de mármol, sino por el aburrimiento que desprende el desfile interminable de campesinos y disciplinantes, por el tratamiento del coro a modo de tragedia griega (lo que en este caso equivale a decir que no había dirección de masas) y por las pocas cosas interesantes que se dice sobre cada uno de los personajes. Liliana Cavani explicó de manera mucho más meridiana la tragedia en una producción mucho más convencional cuya filmación circula por ahí y debería editarse cuanto antes en DVD (entre otras cosas porque la dirección de Muti es sensacional, dicho sea de paso).


Maazel

Soberbio trabajo del maestro norteamericano en la obra de Falla. Valiéndose de tempi reposados (unos 72 minutos) pero sin perder la tensión en ningún momento, Maazel diseccionó la partitura con un sentido del color, de la atmósfera y de la elegancia prodigioso, como también con una gran cantabilidad, evidenciando -entre otras cosas- su sintonía tanto con el mundo pucciniano como con el impresionista, con los que esta página guarda cierto parentesco. Faltaba quizá un punto de españolismo en su lectura, pero por otra parte la opción es coherente con el planteamiento escénico de Del Monaco. Dudo que se escuche en el futuro una Vida breve mejor dirigida. Como orquesta y coro eran estupendos, el disfrute estuvo garantizado.

En Cavalleria rusticana Maazel empezó en la misma línea, con lentitud no exagerada y con un enorme sentido de la atmósfera, del color y de la poesía. Todo parecía que iba a ir maravillosamente. Pero a partir de la entrada de Alfio el maestro se empeño en ralentizar de manera considerable los tempi, hasta el punto de alcanzar todo un récord: noventa y dos minutos, reloj en mano, le duró la obra de Mascagni. Como su técnica de batuta es extraordinaria, con semejante parsimonia realizó una disección de la partitura de esas que no se olvidan. Ahora bien, una cosa es construir un apasionante edificio sinfónico y otra muy distinta hacer ópera, de tal modo que algunos momentos funcionaron muy bien -que es lo que ocurrió en su igualmente lenta Madama Butterfly- y otros resultaron un verdadero disparate desde el punto de vista dramático, es decir, de lo que ocurría en la escena; el coro "a casa" resultó en este sentido irritante a más no poder. Bellísimo, concentrado e irreprochable, por el contrario, aunque no menos personal, el célebre intermezzo. Tras su interpretación fue justamente aclamado por el respetable, aunque uno puede preferir enfoques no tan contemplativos (me cuesta trabajo no citar de nuevo a Muti, que hace sonar a esta página con acongojante rebeldía).




Los cantantes


Para mí ha sido muy emocionante ver recuperada física y artísticamente a Cristina Gallardo-Dômas, que ha hecho una Salud bellísimamente cantada, sincera a más no poder, de irreprochable estilo, andaluza en su punto justo y perfectamente equilibrada entre el vuelo melódico y el desgarro verista sin ofrecer ninguna concesión de cara a la galería. Que se quedara algo corta en el grave es lo de menos. Se sometió además a las terribles exigencias de un Del Monaco que le obligaba a permanecer todo el tiempo en escena y a reaccionar en lo expresivo ante todas las situaciones. Estoy deseando, para verla de cerca, que salga el DVD que se filmó esa misma noche del sábado 17.

Jorge de León hizo un meritorio trabajo en el ingratísimo papel de Paco, lo mismo que Felipe Bou como el Tío Salvaor, aunque de justicia es subrayar la excelente abuela de la cada día más prometedora María Luisa Corbacho. La cantaora Esperanza Fernández, que lógicamente no cuenta con una técnica vocal preparada para cantar sin micrófono en grandes espacios, se quedó algo corta en volumen. Lo dicho, un DVD para comprarse en cuanto salga.

No se ha grabado, por el contrario, Cavalleria rusticana, toda vez que ya circula por ahí el del Teatro Real. La Santuzza de Anna Smirnova me ha recordado precisamente a la que en Madrid hizo Violeta Urmana, pues su vocalidad, por lo demás marcadamente eslava, posee una pasta densísima, una tesitura de gran extensión y una proyección apabullante. Incluso diría que la rusa ha superado a la lituana en el aspecto expresivo, componiendo un personaje de enorme -aunque controlado- apasionamiento. Impresionante. Junto a ella tuvo muy poco que hacer Aleksandrs Antonenko, un Turiddu de buena voz pero más bien tosco, poco matizado. Muy solvente Gevorg Hakobyan como Alfio. Sobresalió de nuevo María Luisa Corbacho, esta vez como Mamma Lucia.

En resumen: una Vida breve no perfecta pero sí difícilmente superable en su conjunto, y una Cavalleria aburrida que mereció la pena por la Santuzza y por la singularidad del planteamiento de un Lorin Maazel a ratos genial y a ratos enervante. Si quieren otra opinión, no dejen de leer el blog de Atticus (enlace).

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...