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viernes, 15 de abril de 2016

Monográfico Philip Glass en la Nacional: más de lo mismo

Carta blanca a Philip Glass en la Orquesta Nacional de España, arrancando con el programa que pude escuchar en Madrid el pasado domingo por la mañana. The Light, Concierto para dos pianos y orquesta y Sinfonía nº 8, obras todas ellas del compositor norteamericano, integraban el programa. Confieso que acudí bastante más interesado en la presencia de las hermanas Katia y Marielle Labèque que en las partituras propiamente dichas. Se subió al podio el maestro Dennis Russel Davies, favorito del autor y desde luego ideal para la ocasión: ofreció interpretaciones formidables e hizo sonar a la orquesta como en sus mejores días. Pero la calidad del programa, a mi entender, resultó desigual.


Escrita en 1987, mismo año de su Concierto para violín, el poema sinfónico The Light es puro Glass en el sentido de que no hay intención alguna de bucear en diferentes atmósferas expresivas a la manera de una obra más o menos tradicional: su interés se centra exclusivamente en generar sugerentes texturas sonoras a partir de la repetición una y otra vez, sutiles variaciones mediante, de unas determinadas células melódicas y rítmicas. Dado que el propio planteamiento de la obra implica la necesidad de desarrollarse durante un extenso periodo de tiempo, hemos de reconocer que lo que ante unos oídos más o menos tradicionales puede parecer excesiva divagación, no es en realidad sino el propio espacio temporal que la partitura demanda para desarrollarse. Bien, se puede aceptar o no. En el caso de entrar en el juego y de ofrecer nuestra complicidad –y nuestra paciencia–, lo cierto es que esta partitura llega a enganchar, lo que no impide que uno termine preguntándose si tras esta atractiva superficie de diseños geométricos hay algo que convierta a esta experiencia en algo más que un adictivo juego caleidoscópico.


Estreno en España del Concierto para dos pianos, precisamente encargo de la OCNE junto con la Filarmónica de Los Ángeles, la Orquesta de París, la Sinfónica de Gotemburgo y la Filarmónica Borusan de Estambul. A mi entender han (hemos) malgastado el dinero: un ladrillo considerable. Da igual que en esta partitura Glass, superadas todas las etiquetas y asumiendo plenamente su condición de postmoderno, se pliegue hasta cierto punto a los conceptos clásicos de la composición y ofrezca intenciones digamos "expresivas". El problema, sencillamente, es que la inspiración no aflora ni aun contando con la baza de las Labèque, tan sensacionales aquí como siempre; de propina, las dos hermanas ofrecieron otra pieza del autor que tampoco me terminó de motivar.


La misma intencionalidad expresiva existe en la obra que ocupaba la segunda mitad del programa, la Sinfonía nº 8; al menos, parece haberla en los dos últimos de sus tres movimientos, porque el primero –que se extiende a lo largo de casi veinte minutos– parece una mera repetición de la fórmula de The Light. Para David Rodríguez Cerdán, autor de las notas al programa, nos encontramos ante "una efusiva celebración del sinfonismo absoluto y también de la propia vida"; el mismo experto afirma que "no es solamente hasta la fecha la mejor sinfonía de Glass, sino que descuella también como una de las obras maestras de su catálogo". Yo no sabría decirles, la verdad, porque mi ignorancia sobre el referido catálogo es grande. Solo puedo apuntar que a ratos me interesó y a ratos me aburrió. Como la mayoría de las obras de Glass que escucho.

miércoles, 6 de febrero de 2013

El americano perfecto, de Glass: cultura de suplemento dominical

Hoy miércoles 6 de febrero ofrece el Teatro Real -con filmación en directo a través de Medici.tv- la última función de The Perfect American, la obra de Philips Glass sobre Walt Disney encargada por Mortier para la New York City Opera que finalmente, tras abandonar el belga su cargo por problemas presupuestarios, ha conocido estreno mundial en Madrid. Del nutrido catálogo de óperas del compositor minimalista el firmante de estas líneas solo conocía Sataygraha, concretamente en la filmación de hace dos años del Met: lo consideré un bodrio monumental y una verdadera tomadura de pelo. Este nuevo título no me ha parecido tan rematadamente malo, pero aun así una pérdida de tiempo. Permítanme que no gaste mucho más en él dedicando solo unas líneas que toman como base la función que vi el pasado viernes 1.

El libreto de Rudy Wurlitzer -sobre la novela de Peter Stephan Jungk- es infumable, no solo por la carencia de tensión dramática sino también, y sobre todo, por la extrema vulgaridad de los textos, llenos de frases que se pretenden lapidarias y en realidad son más simples que un ocho. Los personajes están trazados con brocha gorda y las situaciones se simplifican de la manera más maniquea posible: el creador que se considera más famoso que Jesucristo frente al sindicalista que le tacha de no ser más que un empresario aprovechado, y cosas por el estilo. Todo ello, por si fuera poco, pretendiendo ofrecer un discurso sesudo, complejo y lleno de interrogantes sobre el ego artístico, la relación entre el creador y sus colaboradores, el “hacerse a uno mismo” típicamente norteamericano y otras cuestiones a todas luces apasionantes, pero tratadas aquí con la profundidad propia de un suplemento dominical, de esos a todo color con las fotos muy grandes.

La música es puro Glass. No voy a regatearle una poderosísima personalidad, como tampoco la capacidad para generar texturas fascinantes a partir de la superposición y repetición de patrones rítmicos. No voy a ser yo, que admiro profundamente cómo el arte islámico alcanza con fórmulas parecidas extraordinarias alturas artísticas, quien niegue las posibilidades de este sistema. Lo que ocurre es que estamos hablando de ópera, es decir, de un género en el que orquesta y voz humana han de alcanzar una dialéctica con la escena en la que ambas partes se enriquezcan mutuamente, y eso aquí no existe: la música de una secuencia se puede intercambiar con la de otra completamente distinta en lo argumental, por lo que al final la partitura se termina convirtiendo en ese papel pintado, meramente decorativo, del que hablaba Stravinsky cuando se refería a la música de cine. Ciertamente no se llega en The Perfect American a los extremos de sopor de Sataygraha, e incluso hay momentos muy sugestivos (¡soberbio el arranque!), pero a la postre el resultado es mediocre.

De disimular tales carencias se encarga la muy notable propuesta escénica de Phelim McDermott, visualmente atractiva, solvente en la dirección de actores y con algunas soluciones sugerentes. La orquesta estuvo irreprochablemente dirigida por Dennis Russel Davies, aunque los metales de la Sinfónica de Madrid no siempre respondieron con la precisión y brillantez que la obra demanda. Christopher Purves -Walt Disney- y el resto del equipo -a destacar la presencia de Marie McLaughling- realizaron una buena labor apechugando con sus muy anodinas e inexpresivas líneas vocales. Total, un espectáculo tan vistoso y bien realizado como superficial que pretende ofrecer alta cultura cuando en realidad lo que está vendiendo es trivialidad. Lo dicho: puro suplemento dominical.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Philips Glass en Úbeda

En el marco del XXI Festival Internacional de Música y Danza Ciudad de Úbeda pude asistir (domingo 24 de mayo) a uno de los concierto de cámara que está ofreciendo Philips Glass en una gira española en la que le acompañan la cellista Wendy Sutter y el percusionista Mick Rossi. El veterano compositor estadounidense (ya claramente “arrugado”: ¡qué rápido nos hacemos viejos!) cambió el programa como le dio la gana, y como su vocalización al hablarle al publico es deficiente no me enteré muy bien de qué piezas nos estaban ofreciendo.

Vaya por delante que conozco poco y mal la obra de Glass, pero a tenor de lo escuchado en esa magnífica obra de Vandelvira que es la iglesia del Hospital de Santiago se confirma la impresión que ya tenía: cuanto más “comercial”, “cinematográfica” si se quiere, es su música, mayor interés reviste, y cuanto más “elucubradora”, más pesada y pretenciosa se vuelve.

Así, sus partituras para el cine (no pillé ni un solo nombre) se apegan todas a unas mismas fórmulas tan tramposas como seductoras, y quizá por eso mismo tienen su aquél. Pero páginas como sus recientes Song and poems for cello, en presunto homenaje a Bach, son un muermo insoportable, aunque el propio el compositor se las cree a pies juntilla: a dos metros de distancia de donde estaba mi asiento, Glass las escuchaba, absorto, con los ojos cerrados. O quizá se estaba durmiendo, vayan ustedes a saber.

Wendy Sutter, de soberbia técnica y precioso sonido, sacó toda la música posible de las irregulares partituras que se le ponían por delante. Mick Rossi, admirable percusionista, mostró también unas espléndidas facultades al piano. Pero el propio Glass anda más bien torpe al teclado y, aunque le puso ganas al asunto, no se lució precisamente con la selección de sus Metamorphosis. El concierto fue largo: una hora cuarenta y cinco minutos sin intermedio. Yo me lo pasé bien a ratos y en otros momentos me aburrí. En cualquier caso, una presencia de lujo para Úbeda. ¿Alguien lo duda?

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...