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miércoles, 20 de mayo de 2020

Sinfonía de Bizet: discografía comparada

Georges Bizet escribió su Sinfonía cuando estudiaba en el Conservatorio de París allá por 1855. Contaba tan solo diecisiete años. Le salió una enorme obra maestra, como le ocurrirá mucho más adelante a Shostakovich –con dos años más de edad– al componer su Sinfonía nº 1. La diferencia es que mientras el ruso se mostrará iconoclasta y un punto gamberro, el francés se atiene a las más estrictas convenciones académicas. Da igual: la calidad de una obra artística no se mide tanto por su capacidad para avanzar en la forma (¿fue Bach acaso un rompedor?), sino por algo muchísimo menos cuantificable como es la inspiración. Y aquí el joven Bizet rebosa de ella.



1. Beecham/Orquesta Nacional de la Radiodifusión francesa (EMI, 1959). Aun británico por los cuatro costados, el baronet ofrece la interpretación francesa por excelencia, aquella que reúne todos los tópicos que asociamos con la música decimonónica del país vecino. Y lo hace con plena musicalidad, enorme convicción y perfecta sintonía con la partitura que tiene por delante. Hay aquí morbidez y suavidad tímbrica, en buena medida por la particular sonoridad de una orquesta con unas maderas y unas trompas herederas de una tradición hoy perdida, sin que eso suponga caer en excesivas ingravideces o perder a un músculo que a Beecham le gusta bien robusto. Igualmente encontramos elegancia, encanto y coquetería, más no cursilería ni trivialidad. Sentido del humor suave, un punto irónico. Y un fraseo fluido, elegante y pleno de cantabilidad, quizá sin particular jovialidad en los movimientos extremos por optar por una visión más bien madura, poética y concentrada. Cierto es que se echa de menos la increíble poesía que conseguirá Haitink en el Adagio, pero a cambio tenemos un trío del tercer movimiento de todo punto sublime. (10)



2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Como era de esperar en el Lenny de la primera mitad de los sesenta, se trata de una interpretación ante todo juvenil y extrovertida, llena de vida, de frescura, de inmediatez y de goce por hacer música. Esto no significa que falten claridad, atención al detalle y capacidad para hacer volar las melodías, pero sí que es cierto que se pueden echar de menos hondura y ese peculiar sentido de “lo francés”. El Finale, en cualquier caso, resulta tan bullicioso –un punto rossiniano– que terminamos recibiendo la contagiosa comunicatividad de Lenny como un auténtico soplo de vida. (9)



3. Martinon/Sinfónica de Chicago (RCA, 1968). Interpretación musculada antes que ligera –aunque la orquesta toca con enorme limpieza–, no especialmente bulliciosa ni chispeante, que destaca por la calidez y sensualidad que el maestro francés, haciendo gala de un evidente idiomatismo, sabe poner de relieve. En este sentido sobresale el Adagio, de un lirismo ensoñado y embriagador pero nada blando, dirigido con concentración y beneficiado de un oboe maravilloso. También es de destacar el Scherzo, robusto y con empuje, pero alternando con pasajes poéticos de elevada poesía. La sonoridad de la orquesta adquiere toques difuminados apropiados para lo francés, aunque en parte puede deberse a una toma algo borrosa –excesiva reverberación– realizada en el Medinah Temple. (9)



4. Marriner/Academy (Decca, 1973). Interpretación clásica en todos los sentidos, muy bien delineada y con esa distinción típicamente inglesa que aquí sienta muy bien, añadiendo unas gotas de humor también británico. Falta la sensualidad y el vuelo lírico de otros maestros, pero a cambio el segundo movimiento ofrece de manera muy convincente cierto resulto amargo y un clímax un tanto dramático. El cuarto movimiento es más bien ligero y trepidante, pero no alberga tanta poesía. La toma sonora, algo reverberante. (9)



5. Barenboim/Orquesta de París (EMI, 1976). Lejos de la morbidez tímbrica típicamente francesa y apostando por una sonoridad musculada, aunque en absoluto exenta de transparencia, y fraseando de una manera tan natural como amplia que le permite paladear con gran cantabilidad las melodías, el de Buenos Aires propone una recreación que, como en su Mozart, sabe aunar la elegancia, la concentración y el equilibrio clásicos con una buena dosis de energía y de fuerza expresiva. Pero no lo hace optando por la chispa y la extroversión juveniles de un Bernstein, sino por un enfoque maduro y reflexivo que aporta en el Andante no solo una gran elevación poética, sino también un punto de amargor –como había hecho ya Marriner– de lo más interesante. A destacar igualmente el toque rústico del Scherzo y la sensibilidad de su Trío. Lo menos logrado es el Finale, no del todo ágil y sin el carácter bullicioso que necesita. Estaría bien que EMI recuperase la cuadrafonía de la toma. (9)



6. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1977). He aquí la interpretación de referencia, un prodigio del clasicismo más depurado, elegante a más no poder y refinadísimo sin el menor asomo de amaneramiento o trivialidad, sino administrando perfectamente las tensiones y ofreciendo toda la agilidad y transparencia necesarias sin caer en lo virtuosístico: todo respira convicción expresiva. El primer movimiento sabe aportar las gotas inquietantes que están en la partitura, aunque puede que le falta un punto de chispa. El segundo, lento y muy concentrado, es increíblemente hermoso y se beneficia de un oboe musicalísimo. El tercero sabe aportar un punto rusticidad sin perder elegancia y sobriedad. El cuarto está admirablemente desmenuzado y sin prisa alguna, aportando un enorme vuelo lírico cuando corresponde y sabiendo ofrecer músculo sin resultar masivo; quizá se podría pedir un punto más de sentido del humor, nunca el fuerte de Haitink. En cualquier caso, la maravillosa formación holandesa redondea al alza los resultados. Toma sonora de calidad, aunque un punto distorsionada y más reverberante de la cuenta. (10)



7. Bychkov/Orquesta de París (Philips, 1990). El director ruso acierta por completo en los tempi de la página, como también en la sonoridad –en absoluto masiva, tampoco demasiado leve– y en el carácter, que debe alcanzar un peculiar equilibrio entre lo bullicioso, lo distendido, lo reflexivo y lo sensual sin quedarse en lo frívolo ni en lo epidérmico. El problema es que su batuta, al menos en aquellos años mozos, era mucho antes la de un artesano que la de un verdadero artista, y aquí se limita a concertar con mera solvencia –no hay especial refinamiento, antes al contrario– sin apenas levantar el vuelo poético. Todo resulta más que correcto, pero la sensación de rutina se termina imponiendo. Espléndida toma realizada en la Sala Pleyel. (7)



8. Plasson/Capitole de Toulouse (EMI, 1993). El director parisino apuesta por ofrecer una lectura dicha desde la más absoluta ortodoxia de "lo francés", concepto este que, como él mismo ha confesado en alguna ocasión, resulta de los más resbaladizo porque el difícil equilibrio entre densidad y levedad, tensión y laxitud, emoción e indolencia. A mí entender, aquí el maestro se escora un punto –solo un punto– más de la cuenta hacia la ligereza tanto sonora como expresiva, lo que se traduce en una interpretación elegante y muy bien trazada, pero también un tanto indolente, por no decir aséptica. Lo que mejor le funciona es el Allegro vivace conclusivo, muy ágil y magníficamente desmenuzado. (7)



9. Dutoit/Sinfónica de Montral (Decca, 1995?). El maestro suizo da buena cuenta tanto de su excelencia técnica como de su contrastada sintonía con este repertorio ofreciéndonos una interpretación perfectamente delineada, de irreprochable estilo y perfectamente equilibrada entre agilidad, frescura y lirismo. Solo falta –y esto, por desgracia es también habitual en Dutoit– ese último punto de inspiración que separa lo muy notable de lo verdaderamente grande. En este caso, una pizca más de picardía y, sobre todo, de efusividad poética. La orquesta realiza una labor sobresaliente y se encuentra recogida de manera formidable por los ingenieros de Decca. (8)



10. Prêtre/Sinfónica de la SWR de Stuttgart (Hänssler). El Allegro con brio inicial lo interpreta el veterano maestro con demasiado brío. El Allegro vivace conclusivo, pues lo mismo, demasiado vivace, aunque en el primer caso aportando un enorme entusiasmo y en el segundo desplegando una extraordinaria efervescencia, al tiempo que trabaja a la orquesta con limpieza admirable para la velocidad adoptada. En cualquier caso, lo grande de esta luminosa y sensual interpretación se encuentra en un Adagio paladeadísimo en el que el dominio de la agógica de Prêtre hace milagros y en un Scherzo cuyo trío destila una enorme poesía. La toma, en vivo, es de gran calidad. (8)



11. Paavo Järvi/Orquesta de París (Erato, 2009). Francamente despistado el maestro estonio en sonoridad y expresión, amén de un tanto primario a la hora de modelar a la orquesta, particularmente en un Allegro inicial rígido, amazacotado, demasiado nervioso y un tanto contundente, por no decir bastorro, ajeno a la mezcla de luminosidad, ligereza bien entendida y elegancia que la página necesita. Muchísimo mejor el segundo movimiento, dicho sin especial inspiración pero al menos fraseado con flexibilidad y sentido del canto. Los dos últimos están dichos con nervio e incuestionable entusiasmo, pero de nuevo la escasa sintonía con el estilo y el trazo en exceso agresivo y poco refinado de la batuta terminan lastrando el resultado. Por si fuera poco, los ingenieros de Erato estuvieron mucho menos afortunados que sus compañeros de Philips a la hora de lidiar con la acústica de la sala Pleyel. (6)


martes, 24 de diciembre de 2019

El cascanueces, suite: discografía comparada

Por estas fechas suelo traer a este blog alguna versión de El cascanueces, la última de las cuales fue la muy notable de Dudamel. En esta ocasión he decidido prescindir del ballet completo para decantarme por una comparativa de las suites. No hace falta decir que solo he podido escuchar unas pocas de las muchísimas grabaciones que existen, aunque quizá sí sea necesario recordar que eso de las puntuaciones del uno al diez no es más que una convención para entendernos. Ni esto es un concurso ni yo soy un profesor de conservatorio. ¡Feliz Navidad!



 1. Celibidache/Filarmónica de Londres (Decca, 1948). Decepciona el joven Celi –treinta y seis años– en una obertura pimpante y frivolona, como también en un Vals de las flores discutible en su planteamiento agógico, pero acierta por completo en el resto de las piezas, llenas de frescura y de animación, además de expuestas con trazo depurado y apreciable energía, lo que no impide al maestro remansarse en una danza árabe de perfume embriagador. Eso sí, poco que ver con lo que el rumano hará cuarenta y tres años (!) más tarde. (8)



2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1951). El de Parma fue con frecuencia un músico de fraseo seco, rítmica machacona y alicorta inspiración, pero lo cierto es que su desarrollado sentido del humor incisivo y un punto agrio –ahí está su magnífico Falstaff–, unido a la incuestionable electricidad y sentido teatral de su batuta, le hacen acertar en buena parte de los números de esta música deliciosa. Y lo hace particularmente en los dos primeros, dichos con frescura y entusiasmo, como también en la danza china. La árabe no posee magia ni sensualidad –conceptos estos ajenos al universo toscaniniano–, pero funciona con más que corrección. La de los mirlitones podría estar más matizada, si bien posee la suficiente retranca; quizá ayude la nasalidad de las maderas de la orquesta neoyorquina, que por lo demás no puede ocultar su alarmante mediocridad. En la danza del Hada del azúcar y en el Vals de las flores, por desgracia, hace su aparición el Toscanini más lineal, grosero e insensible. (7)



3. Karajan/Philharmonia (EMI, 1952). Un auténtico placer descubrir que Karajan, a sus cuarenta y cuatro años, se mostraba bastante más centrado en esta música que en ocasiones posteriores. También menos personal, o al menos con más ganas de ser ortodoxo. La obertura y la danza árabe está dichas con sensualidad y adecuadamente paladeadas. La marcha y la danza rusa, llenas de fuerza, aunque también en exceso rápidas y lineales. Muy divertidas y atentas al recochineo de las maderas la danza árabe y la de los mirlitones. Expansivo y voluptuoso el Vals de las flores, antes que impregnado de magia poética. Delicada sin preciosismos el Hada del azúcar. Aunque en líneas generales se pueda ofrecer mayor riqueza en matices y personalidad, el propio Karajan demostrará en el futuro que hacerlo puede ser para peor. Correcto sonido monofónico. (8)



4. Beecham/Royal Philharmonic (EMI, 1954). En los dos primeros números el baronet se toma las cosas con calma, procurando paladear la música, pero el resultado es más bien pesadote y carece de gracia. En las dos siguientes las cosas funcionan con mera corrección. La danza árabe está llevada con prisas y carece de poesía. Sorprendentemente, danza china y mirlitones son un hallazgo: tratadas con lentitud pero esta vez para bien, rebosan mala leche y humor negro, anticipando en cierto modo lo que hará muchísimos años después Barenboim en su filmación del ballet completo. El Vals de las flores estaría francamente bien si no fuera porque Sir Thomas lo remata de manera desafortunada. Toma monofónica decente sin más. (7)



5. Malko/Philharmonia (EMI, 1955). Sin ser particularmente personal ni creativo, el maestro ucraniano ofrece una interpretación muy bien paladeada y desmenuzada, lenta pero de pulso sostenido, mucho antes lírica que extrovertida, pero en cualquier caso muy centrada en lo expresivo, rica en colorido y con apreciable encanto. Sonido estéreo muy bueno para la época. (9)



6. Markevitch/Philharmonia (Testament, 1959). Optando por tempi rápido y un colorido muy ruso, Markevitch hace una demostración de cómo la fuerza, la brillantez, la sana rusticidad y el entusiasmo no están reñidos con la frescura, la luminosidad, el encanto y el cuidado en la planificación. Por desgracia pinchan la danza Árabe y el vals, demasiado rápidos y sin toda la delectación debida. Trepidante y arrebatadora la danza rusa, y con mucho sentido del humor la de los mirlitones. Sonido magnífico para la época. (8)




7. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1960). Interpretación llena de frescura, de animación y de sentido del humor, pero no muy paladeada ni llena de matices, a veces apresurada –danzas china y oriental–, en general dicha de cara a la galería, sin profundizar en ella. El Vals de las flores arranca con un solo de arpa más bien basto y luego está llevado con un aire festivo sin sensualidad valsística. (7)



8. Knappertsbusch/Filarmónica de Viena (Decca, 1960). Hans el Rubio ofrece una interpretación maravillosamente paladeada, expuesta con claridad meridiana, atenta al color y a la expresión de cada línea melódica, llena de gracia y de picardía como también de sensualidad, quizá algo más delicada de la cuenta en el Hada del azúcar, pero en cualquier caso muy certera en el espíritu de la página. Lástima que, decidido a seguir al pie de la letra la indicación allegretto de la danza árabe, se pierdan el misterio y la magia poética que esa pieza necesita. (9)



9. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1961). Solo un año después de la maravillosa versión de Kna, la formación austriaca vuelve a la carga con resultados muchos menos felices por culpa de un Karajan que ya es aquí plenamente Karajan, más para lo malo que para lo bueno. Introducción algo pesadota y sin mucha gracia, marcha muy bien expuesta pero no muy centrada en la expresión, Hada del azúcar pimpante y caprichosa –las maderas apenas se oyen–, danzas características dichas de manera un tanto lineal o pasando un tanto de largo… El cachondeo de la Danza china está bien, pero a la postre el salzburgués solo parece encontrarse a gusto en el Vals de las flores, cuando puede desplegar todo su sentido de la opulencia sonora haciendo cantar a la maravillosa cuerda vienesa. Tampoco la toma sonora ayuda mucho, desequilibrada en los planos y con demasiada distorsión para los oídos de un oyente actual, incluso en el Blu-ray Pure audio. (7)



10. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (Sony, 1972). Interpretación bienhumorada, dicha con desparpajo, en la que sobresale una obertura miniatura lenta, soberbiamente expuesta y poseedora de la perfecta mezcla entre calidez, ternura y encanto sin cursilería. La marcha, por el contrario, es rápida –quizá en exceso– y efervescente. La danza del hada del azúcar, espléndida, incluye la coda final que tiene en el ballet. Irreprochables las danzas rusa, árabe y china. La de los mirlitones, demasiado rápida. Sorpresa desagradable en el Vals de las flores, interpretado con el fuego y la voluptuosidad adecuadas, pero con una seria modificación en la partitura: en las dos veces que se hace la repetición del tema principal, Ormandy sube de tono el mismo. La toma sufre distorsiones. (7)



11. Stokowski/Filarmónica de Londres (Philips, 1973). Tras una introducción animada y con gracia que parece anunciar que el maestro quiere ofrecer lo mejor de sí mismo, Stokowski comienza a hacer de las suyas, sobre todo con una marcha de una rapidez que resulta un verdadero disparate: a la orquesta le cuesta trabajo seguirle, y pese a su virtuosismo llena a sonar embarullada. Igualmente deplorable un Hada del azúcar que no es solo el colmo de las libertades y los más antimusicales caprichos en el fraseo, sino que además presenta en su arranque unas figuras de la cuerda que son añadido de la batuta a la orquestación original. Las danzas características se muestran bastante más centradas en la expresión, aunque don Leopoldo las adorna aquí y allá con amaneramientos varios. El Vals de las flores resulta rígido, marcial incluso –timbales en exceso marcados– y con muy poco encanto. La toma sonora, eso sí, es un verdadero milagro. (4)



12. Ozawa/Orquesta de París (Philips, 1974). Adoptando unos tempi más bien amplios –decididamente lenta la obertura– y valiéndose de una técnica de batuta descomunal, un Ozawa de treinta y ocho años consigue diseccionar el entramado orquestal de esta obra con una claridad pasmosa, haciéndolo además con ese enorme refinamiento y ese riquísimo sentido del color que le caracterizan, todo ello para entregarnos una lectura que es una reivindicación del Tchaikovsky más amable, elegante y sensual, el más poético y embriagador (¡formidable la danza árabe!), pero sin rastro de blandura ni de narcisismo. Se podrán echar de menos acercamientos más briosos y de humor más irónico, pero en su línea digamos que más francesa que rusa –ideal la orquesta parisina para las maneras de Ozawa– el resultado es formidable. Solo decepciona el Vals de las flores, entusiasta pero escaso de voluptuosidad. La toma sonora es francamente suena para estar realizada en la complicada Sala Wagram. (9)



13. Rostropovich/Filarmónica de Berlín (DG, 1978). Puede que la obertura resulte un poco pimpante, pero el resto es una verdadera maravilla. Por todo, empezando por la ejecución, continuando por la claridad, el sentido del color y la naturalidad del fraseo, y terminando por la enorme inspiración de una batuta emocionante, sincera, luminosa y también de enorme cantabilidad, que sabe matizar con creatividad y compromiso ofreciendo el mayor aliento poético posible, todo ello sin recrearse lo más mínimo en la belleza sonora ni en el músculo de la orquesta de Karajan. A destacar los maravillosos rubatos de la madera en el Hada del azúcar y los incandescentes violonchelos de un Vals de las flores memorable. La toma sonora fue siempre espléndida, pero la reciente remasterización en HD y una audición en el mismo formato recupera los agudos –incluyendo el siseo de la cinta– que se habían perdido en las dos encarnaciones en disco compacto. (10)



14. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1980?). Interpretación fresca, extrovertida, con garra y su adecuado punto de humor. También ofrece una buena dosis de concentración y de sensualidad en la danza oriental, además de brillantez y trazo claro. Falta, en cualquier caso, un punto de imaginación, atención al detalle y personalidad, algo en lo que Mehta nunca ha brillado especialmente. El Vals de las flores resulta poco ensoñado o sensual, pero sí muy impulsivo y apasionado. (9)




15. Mravinski/Filarmónica de Leningrado (CD Philips y DVD Dreamlife, 1982). En lugar de interpretar la suite tradicional, el mítico director ruso ofrece los veintidós minutos finales del primer acto del ballet –prescinde del coro de niños, que en sus primeras frases es sustituido por los oboes–, añade el maravilloso paso a dos del segundo acto y termina con el último número de la partitura. Y lo hace de una manera muy personal: Mravinsky obvia lo aspectos más amables de esta música, aporta toda tensión dramática todo lo posible y alcanza clímax de insólita incandescencia. La peculiar sonoridad de la orquesta, con esos metales broncos y poco empastados propios de la era soviética, contribuye a subrayar la singularidad de los resultados, que globalmente son interesantísimos salvo en el vals conclusivo, un tanto rígido y machacón. La delicada coda, sin embargo, se encuentra muy conseguida. El DVD tiene sonido monofónico, no así el CD. (9)



16. Marriner/Academy of S. Martin in the Fields (Philips, 1982). Desmintiendo su fama de director más bien sosaina en este repertorio, Sir Neville ofrece una interpretación efervescente, bulliciosa y refrescante, que rebosa de chispa y sentido del humor sin descuidar la sensualidad en la danza árabe y, por descontado, desplegando la depuración sonora esperable en él y sus chicos. Lástima que flojee el Vals de las flores, impetuoso pero un tanto rígido. La toma fue la mejor hasta ese momento, y aún hoy sigue resultando espléndida. (9)


 
17. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1982). En la última de sus grabaciones aparece el Karajan más depurado en lo sonoro. También el más lírico y elegante en la expresión, el más equilibrado, muy lejos de la excesiva efervescencia de algunos números de su registro de 1952 y sustituyendo el pícaro sentido del humor de entonces por otro más amable, pero en cualquier caso ofreciendo belleza sonora y magia poética como solo él sabía hacerlo. Pero hay dos problemas. El menor, una tendencia al amaneramiento y a la blandura que es marca de la casa, y que se evidencia sobre todo en el Vals de las flores. El mayor, la rapidez y el nerviosismo –sobre todo esto último– de una Danza árabe que le dura tan solo 2’46, frente a los 4’01 de su grabación con la Philharmonia, los 2’59 con la Filarmónica de Viena o los 3’22 de su registro en Berlín de 1966 (que no he escuchado). La toma es excelente. (8)
 

 

18. John Williams/Boston Pops (Philips, 1983). Pocos meses más tarde de terminar su memorable partitura para El retorno del Jedi, el norteamericano daba cuenta de sus buenas dotes para la batuta con esta entusiasta recreación que, lejos de ser “hollywoodiense” en el peor sentido del término, convence por su perfecto equilibrio entre animación, sentido del humor y buen gusto, además de por una espléndida disección del entramado orquestal para la que cuenta con la complicidad de una ingeniería de sonido que recoge a la perfección a una orquesta que no es otra que la Sinfónica de Boston. En cualquier caso, para estar a la altura de los grandes recreadores de la página sería necesaria una personalidad más clara a la batuta, mayor riqueza en los matices –a veces Williams resulta un tanto lineal– y, sobre todo, un más elevado vuelo poético. En este sentido, la danza árabe se queda algo corta en sensualidad, como también un Vals de las flores más apasionado que voluptuoso. (8)



19. Svetlanov/Sinfónica de la URSS (Warner, 1983). Frente a las irregularidades de la selección de El lago de los cisnes que se ofrece en el mismo disco, el maestro moscovita nos entrega aquí una recreación de la más admirable ortodoxia, diseccionada de manera admirable y dicha con atención no solo al encanto y a la sensualidad que esta música necesita, sino también a sus aspectos más irónicos e incluso a su humor negro. Lo más interesante, en cualquier caso, se encuentra en una danza árabe lentísima y en un Vals de las flores distinto a lo habitual, mucho antes elegante y ensoñado que fogoso. Se incluye una, esta sí, incandescente recreación del sublime paso a dos del ballet completo. Lástima que la orquesta no sea la mejor posible: la cuerda es espléndida, pero los metales no solo no andan muy empastados, sino que además resultan un punto verbeneros. Tampoco la toma, aun ofreciendo una amplísima gama dinámica, es la mejor posible. (8)



20. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1986). La efervescencia, la vivacidad y el carácter bullicioso de la batuta, poseedora de una técnica colosal que es capaz de trabajar con pinceles finísimo a una orquesta que ha tocado esta obra con mayor virtuosismo que ninguna otra, logran un gran triunfo en los dos primeros números, pero a partir de ahí queda en evidencia que la sensualidad, la ternura, el encanto y el sentido del humor no eran el fuerte de Sir Georg. En cualquier caso, la musicalidad de un Solti siempre directo, fresco y comunicativo le permiten salir más que airoso del empeño. Toma sensacional. (8)


21. Kogan/Sinfónica Estatal de Moscú (Alto, 1990). Hijo del mítico Leonid Kogan y sobrino de Emil Gilels, el maestro Pavel Kogan ofrece una lectura entusiasta, animada, llena de dinamismo y por momentos –danza rusa– de los más trepidante, dotada además de un sentido del humor que –venturosamente– no es solo amable sino también un punto socarrón. Por desgracia, se queda corto en encanto, delicadeza, sensualidad y vuelo poético, algo que en esta música resulta imperdonable. Tampoco hay mucha atención a las gradaciones dinámicas ni al matiz expresivo. (8)


22. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1991). Una lectura ágil, animada y efervescente, trazada con pinceles finos –increíble el virtuosismo de la orquesta– y brillante en su punto justo, pero más nerviosa de la cuenta en la marcha, insípida en la danza árabe y en exceso liviana en un Vals de las flores bastante desaprovechado y rematado de manera efectista. La verdad es que, aun demostrando una técnica soberbia, en ningún momento Abbado llega a conectar con el espíritu de esta música. Y es que el milanés, a principios de los noventa, ya estaba dejando de ser el gran director que había sido para convertirse en el campeón de la ligereza mal entendida. (7)



23. Celibidache/Munich (EMI, 1991). Aquí sí que está ya el Celi analítico y personalísimo, riquísimo en el colorido, a veces extravagante en sus decisiones, pero siempre provocando una fascinación muy especial. La obertura es ahora un verdadero prodigio de delicadeza bien entendida, de candidez y de encanto. De la marcha, perfectamente diseccionada, se puede decir lo mismo. La danza del Hada del azúcar jamás se ha escuchado con tanta magia, ni tan lenta. El tempo es bastante “normal”, sin embargo, en la danza rusa, mientras que en la árabe se baten todos los récords de duración desprendiendo una magia poética inigualable. La danza china está llena de recochineo. La de los mirlitones, dicha muy pausadamente, matizando de manera portentosa y buceando en los pliegues expresivos menos risueños, anuncia lo que hará Barenboim con esta página. Un espléndido Vals de las flores pone punto y final a una recreación poco menos que histórica en la que solo hay que lamentar que la toma, de origen radiofónico, adolezca de compresión dinámica. (10)



24. Levine/Filarmónica de Viena (DG, 1992). Parece mentira que un director como Levine grabara tanto y con tan grandísimas orquestas. Esta suite es todo un rosario de muestras de sus peores señas de identidad: precipitación, frivolidad, cursilería –danza oriental–, tosquedad generalizada, contrastes vulgares, incapacidad para desplegar sensualidad, encanto o magia poética… El Vals de las flores, sin rastros de voluptuosidad ni de verdadero sentido valsístico (¡menos mal que nunca le llamaron para Año Nuevo!), es merecedor de pasar al museo de los horrores musicales. (3)



25. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DVD TDK, 1993). Dos años después de realizar su admirable registro del ballet completo en Boston, el maestro oriental vuelve a la suite y revalida su enorme sintonía con esta partitura con una lectura que es un modelo de ortodoxia en su perfecta combinación de frescura, delicadeza, colorido, sentido del humor y poesía. A destacar un tratamiento de los fagotes lleno de recochineo –nada habitual en Ozawa– de las maderas en la danza china –mucho más lenta que en su grabación para DG, y todavía más lograda–, como también la mezcla de intensidad y elegancia en el Vals de las flores. En el lado negativo, una celesta bastante mecánica y prosaica en el hada del azúcar. La toma sufre una considerable compresión dinámica. (9)



26. Van Immerseel/Anima Eterna (Zig-Zag, 2000). Salvo una danza oriental sosa, poco sensual y con poca atmósfera, nos encontramos ante una notable recreación, cuidada y muy bien tocada, que necesita mayores matices, más creatividad y más compromiso expresivo para ser tenida en cuenta. El vals, en este sentido, no posee mucho encanto. Lo de los instrumentos originales es lo de menos: poco relevante aportan. (7)



27. Norrington/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (Hänssler, 2008). No es cuestión de que la cuerda de la formación alemana –nada del otro jueves– suene con poco vibrato, sino de que Norrington, independientemente de sus puntos de partida más o menos historicistas, es un director más bien mediocre, y si esta vez no llega a hacer gala –salvo en algún detalle– de su tendencia a la cursilería y no llega a sacar los pies del plato, lo cierto es que la inspiración brilla por su ausencia y el resultado es más bien gris, monótono e incluso aburrido, cuando no –danza rusa– de una alarmante flojera. A ignorar. (5)

viernes, 6 de septiembre de 2019

Sinfonías de Schubert por Sir Thomas Beecham

Tienen fama estas grabaciones de las Sinfonías nº 3, 5 y 6 de Franz Schubert a cargo de Sir Thomas Beecham y la Royal Philharmonic Orchestra editadas por EMI. De hecho, Arturo Reverter las puso por las nubes en el famoso especial “La música sinfónica en disco” que editó la revista Scherzo allá por 1994. A mí me han parecido sumamente irregulares.


La grabación más antigua es la de la Sexta: se remonta nada menos que a 1955, aunque suena en un estéreo muy notable para la época. Interpretativamente me ha gustado bastante. El movimiento inicial me parece todo un acierto, enfocado siempre desde el sentido del humor risueño y un poco pícaro que caracterizaba a Sir Thomas –se sentirá defraudado quien busque drama–, y en el punto de equilibrio justo entre agilidad y musculatura. El Andante se encuentra paladeado con adecuada delectación pero parece un punto gangoso, lo que no impide que alguna frase sea muy bella. Magnífico el Scherzo, soberbiamente expuesto y diseccionado; convence menos el trío. Y el Allegro moderato conclusivo resulta bienhumorado, pero también más lento de la cuenta, escaso de electricidad e incluso un punto suavón; por fortuna, cuando llega la hora de encresparse Beecham no regatea en potencia sonora y expresivo.

Las otras dos sinfonías se grabaron entre 1958 y 1959 con espléndida toma sonora. Aquí los resultados son muchísimo más desiguales. La irregularidad del Baronet queda bien de manifiesto en esta Tercera sinfonía difícil de valorar globalmente debido a sus desequilibrios. El primer movimiento resulta poderoso y robusto antes que ligero, lo que en principio no es mala idea, pero hay algún parón en exceso dilatado y en las frases del oboe hace acto de presencia un sentido del humor bastante discutible, en exceso frivolón. Lento, gangoso y blando el Allegretto, aunque al menos está bien desmenuzado. Pesadote y fuera de estilo el Menuetto, aunque su trio sí posee calidez y encanto. El Presto vivace, finalmente, resulta un punto más masivo de la cuenta, pero al menos está dicho con energía y convicción.

Algo mejor la Quinta sinfonía. Un arranque no ya más leve de la cuenta, sino bastante alicaído, hace pensar que nos vamos a encontrar ante una mediocre interpretación. No es exactamente así. Cierto es que la sonoridad resulta excesivamente robusta, que los contrastes escasean y que se impone cierta blandura o, cuanto menos, un enfoque expresivo en exceso amable, poco dado al conflicto y a las tensiones, lo que resta riqueza a esta música que esconde mucho más de lo que aparenta. Pero también es verdad que Sir Thomas ordena muy bien los planos sonoros. Que trabaja con plasticidad a su orquesta. Que sabe cantar las melodías, aun manteniéndolas ajenas a ese sabor agridulce que Schubert necesita, con una perfecta mezcla de elegancia y delectación. Y que en el último movimiento se anima un tanto. No está mal.

¿Mis versiones favoritas? Para la Tercera, Colin Davis. Para la Quinta, Karl Böhm con la Filarmónica de Viena. Y para la Sexta, tanto Solti en DVD como Colin Davis.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Beecham, Bizet y la esencia de lo francés

Gran interpretación de esa delicia que es la Sinfonía de Georges Bizet (¡escrita a los diecisiete años!) a cargo de Sir Thomas Beecham y la Orquesta Nacional de la Radiodifusión francesa registrada por EMI en 1959 (hay una versión un año anterior, monofónica, que no conozco. Grande e interesantísimo, porque aun británico por los cuatro costados, el baronet ofrece la interpretación francesa por excelencia. Es decir, aquella que reúne todos los tópicos que asociamos con la música decimonónica del país vecino, pero haciéndolo con plena musicalidad, enorme convicción y perfecta sintonía con la partitura que tiene por delante.


De este modo, encontramos aquí morbidez y suavidad tímbrica, en buena medida por la particular sonoridad de una orquesta con unas maderas y unas trompas peculiarísimas, herederas de una tradición hoy perdida, pero sin que eso suponga caer en excesivas ingravideces o perder a un músculo que a Beecham le gusta robusto. Hay también elegancia, encanto y coquetería, más no cursilería ni trivialidad. También un sentido del humor suave, un punto irónico, así como un fraseo fluido, elegante y pleno de cantabilidad, sin particular jovialidad en los movimientos extremos por optar por una visión más bien madura, poética y concentrada. Cierto es que yo echo de menos –he vuelto a escucharla– la increíble poesía que ofrecerá Bernard Haitink en el Adagio de su extraordinario registro de 1977, pero a cambio nos encontramos con un trío del tercer movimiento de todo punto sublime.

El disco se completa con las dos suites de La Arlesiana que grabó Beecham frente a la Royal Philharmonic en noviembre de 1956 con un estéreo muy notable para la época, aunque hoy bastante envejecido. Aquí el maestro no convence tanto como en la otra página, echándose de menos un punto de tensión interna, nervio y garra, también de brillantez –la Farandole queda un poco apagada–, justo los ingredientes que ofrecerá Claudio Abbado en su memorable registro. Pero aun así es imposible resistirse ante este derroche de sensualidad sonora y efusividad poética, siempre en perfecta sintonía con una orquesta, la suya propia, a la que sabe hace sonar con ese colorido pastel que esta música necesita.

miércoles, 11 de junio de 2014

Sinfonía nº 3 de Schubert: discografía comparada

Schubert compuso su Tercera sinfonía en 1815, cuando contaba solo dieciocho años de edad. Obra juvenil, por tanto, en gran medida de tanteo, que debemos enmarcar dentro del estilo clásico aun siendo conscientes de que ya en este momento hay quien transita senderos completamente nuevos: Beethoven tiene ya tras de sí ocho sinfonías y no tardará en empezar la Novena, que conocerá su estreno en 1824. Ahora bien, una cosa es abordarla con el apropiado espíritu clasicista y otra muy distinta convertirla en una frivolidad: como veremos, hay grandes nombres que se estrellan en el intento.

Para contarles algo sobre la partitura, nada mejor que traer unas líneas de Gonzalo Badenes, escritas en las notas al programa para un concierto recogidas en el libro póstumo Programa de mano (págs. 753-754):
“(…) en esta sinfonía Schubert no ahonda en las innovaciones formales de la obra precedente. Sin embargo, y éste sí que es un rasgo permanente y progresivo en la articulación del lenguaje shubertiano, los movimientos extremos de la sinfonía (…) ofrecen ejemplos de composición basada no en temas, sino en figuras breves y en el proceso puramente armónico. La reiteración del ritmo con puntillos o la ampliación de los periodos modulatorios introducen una dimensión nueva dentro del esquema de la forma sonata, a la cual Schubert permaneceré fiel durante un largo trecho de la forma sinfónica.”
Más abajo, el malogrado crítico valenciano sigue apuntando:
“El Menuetto vivace combina el carácter popular del Ländler austriaco y el talente más cortesano del Minuetto, con el común denominador de una ligereza y una brillantez totalmente vienesas. Muy italiano resulta el Presto vivace, con su aire de tarantella que favorece la profusión de acordes, y con ella el citado atematismo. En suma, estamos ante una obra vitalista, impregnada por el ardor de la juventud y rebosante de una orquestación sencilla pero de absoluta eficacia expresiva”.
La comparativa discográfica que presento a continuación, lógicamente incompleta –el autor de este blog no dispone de todo el tiempo que quisiera ni es capaz de conseguir siempre las grabaciones que desea–, ofrece algunas pinceladas sobre las posibilidades interpretativas de la obra y las dificultades que esta encierra. Ruego disculpen ustedes que no hayan aparecido en la lista nombres como los de Böhm, Kertesz o Wand, entre otros.

Advierto que las puntuaciones –de uno a diez, como siempre– pueden irritar mucho a dos grupos de aficionados: los fans de Carlos Kleiber y los amigos de Pablo Heras-Casado. A los primeros, decirles que Kleiber hijo es un director que me gusta en general muchísimo, con excepciones como la presente. A los segundos, que aquí siempre he hablado muy bien del joven maestro granadino –con una excepción: precisamente esta obra cuando la ofreció en un concierto en Granada– y que hasta ahora le he considerado como un director con un talento extraordinario. Eso sí, tras esta Tercera schubertiana y la Segunda de Mendelssohn –también para Harmonia Mundi– de la que hablaré en otro momento, empiezo a mirarle con no poca desconfianza.

Los movimientos de la Sinfonía nº 3 de Schubert son los siguientes:
  • I. Adagio maestoso – Allegro con brio
  • II. Allegretto
  • III. Menuetto. Vivace
  • IV. Presto. Vivace


1. Beecham/Royal philharmonic (EMI, 1958-59). La irregularidad del sobrevalorado Baronet queda bien de manifiesto en esta interpretación difícil de valorar globalmente, tales son sus desequilibrios. Así, el Allegro con brio resulta poderoso y robusto antes que ligero, lo que en principio no es mala idea, pero hay algún parón en exceso dilatado y en las frases del oboe hace acto de presencia un sentido del humor bastante discutible, en exceso frivolón por no decir otra cosa; lento, gangoso y blando el Allegretto, aunque al menos está bien desmenuzado; pesadote y fuera de estilo el Menuetto, aunque su trio sí posee calidez y encanto; el final resulta un punto más masivo de la cuenta, pero al menos está dicho con energía. (6)


 
2. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Como era de esperar, el de Salzburgo apuesta por un ropaje sonoro marcadamente germánico, denso y robusto pero no precisamente falto de claridad, hermosísimo en cualquier caso. Y lo hace para ofrecer una interpretación que posee interesantes acentos dramáticos, sobre todo en una introducción admirable, pero a partir de ahí se echan de menos el nervio, la chispa y la agilidad bien entendida que están pidiendo a gritos los pentagramas. No solo eso: el fraseo resulta un tanto falto de fuelle, de tensión interna, y el sentido del humor que ofrece Karajan resulta en exceso amable, falto de carácter. Se echan de menos vitalidad, frescura, empuje… Quizá en el Menuetto sube un poco el nivel, aunque su trío vuelve a resultar en exceso pulido. La toma sonora, excelente para la época. (7)



3. Markevitch/Gewandhaus de Leipzig (Tahra, 1978). Interpretación muy personal que sobresale por su sonoridad rústica en el buen sentido, poco apolínea y mucho menos relamida, así como por su enfoque mucho antes dramático que luminoso. Muy bien trabajada la orquesta, no del todo fina, revelando algunos detalles nuevos. La introducción es excepcional, lo mismo que la transición al Allegro con brio, que se desarrolla con fuerza y sin devaneos, si bien le faltan encanto y sensualidad que enriquezcan su dramatismo. Interesantísimo el segundo movimiento, tratando al tema b de modo inhabitual, lento y con cierta ironía, demostrando además un sutil sentido de la agógica. Rústico el tercero, con un trío de sentido del humor algo socarrón. Sombrío y de nuevo dramático el cuarto, quizá demasiado. El sonido es discreto para la época, pero aun así se trata de una interpretación a conocer. (8)


  
11. Carlos Kleiber/Filarmónica de Viena (DG, 1978). La introducción, con irritantes figuras ingrávidas y cursis en los violines, ya nos pone en alerta. En el Allegro con brio Kleiber hijo deja bien claro que en lo que a electricidad se refiere no le gana nadie, pero el resultado parece un punto superficial. En el segundo movimiento se imponen la ligereza mal entendida, el fraseo pimpante y hasta la cursilería: un verdadero horror. El Menuetto empieza bien pero en el trío hacen acto de presencia, otra vez, la coquetería y la trivialidad: espíritu vienés visto desde el peor de los tópicos. El final es toda una exhibición de nervio, de garra, de agilidad y de técnica de batuta: ¡qué manera de diseccionar el entramado orquestal! Demasiado tarde. (6) 

 

6. Carlos Kleiber/Sinfónica de Chicago (varios sellos, 1978). Esta grabación pirata –mediocre toma sonora– sigue la misma línea de la realizada un mes antes en la Musikverein de Viena. La orquesta no es tan adecuada, pero su excelencia no es precisamente menor: impresionantes las maderas. (6)



7. Marriner/Academy of St. Martin in the Fields (Philips, 1984). Un Marriner mucho más entusiasta que en otras aproximaciones suyas a este compositor ofrece una versión transparente, ágil y elegante, pero también con fuerza y tensión interna, que sólo pierde un poco en el segundo movimiento, algo soso. Le secunda a la perfección en sus planteamientos una orquesta de enorme virtuosismo y musicalidad fuera de lo común. ¡Esto sí que es clasicismo bien entendido! (9)



8. Barenboim/Berlín (CBS-Sony, 1984). Desde la introducción queda claro que se va a tratar de una interpretación densa y vigorosa en lo sonoro, atenta a la atmósfera, de gran concentración y sutilmente matizada en la agógica: Barenboim, como siempre, haciendo que los compositores clásicos miren al futuro. Tenso, brioso, entusiasta y de carácter heroico el primer movimiento. Sereno y cálido aunque no del todo elegante el segundo. Más robusto y lento de la cuenta el tercero, aunque el trío está paladeado con una cantabilidad asombrosa. Muy bien el cuarto, lleno de fuerza más que de electricidad, aunque desde luego se hayan escuchado lecturas más ágiles y espiritosas. Lástima que la toma sonora no sea algo mejor. (9)



9. Escher/Orquesta de la Suiza Italiana (Silverline DVD, 1986). Cristoph Escher plantea en los dos primeros movimientos un Schubert de clasicismo equivocadamente amable y distendido, y aunque intenta resultar elegante y equilibrado el resultado es bastante soso. Los dos últimos están dirigidos con mucho más brío, aunque aquí la orquesta se queda corta en agilidad y refinamiento. Mediocridad pura para un DVD que se vende a precio de saldo. (5)
 

 

10. Abbado/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 1987). Como era de esperar, el milanés se mueve como pez en el agua en esta obra de espíritu rossiniano y ofrece una recreación ágil, animada, llena de vida y color, rica en claroscuros, dotada del adecuado sentido del humor y muy bien aderezada de sal y pimienta, además de dicha con todo el virtuosismo esperable en una batuta como la suya. Ahora bien, igualmente se evidencia aquí su tendencia, creciente a lo largo de los años ochenta hasta convertirse en seña de identidad del Abbado posterior, de ofrecer sonoridades ingrávidas en la cuerda, contrastes dinámicos excesivos y una buena dosis de preciosismo sonoro para, al mismo tiempo, resultar un tanto trivial en los pasajes más líricos. Así las cosas, se comprenderá que lo que menos bien le sale sea el segundo movimiento, no todo lo cálido que debiera, y lo mejor un cuarto de irresistible impulso. (8)




11. Muti/Filarmónica de Viena (EMI, 1988). He aquí una notabilísima lectura que convence por la admirable fusión entre el músculo habitual en la batuta de Muti y el refinamiento de la orquesta vienesa, así como entre la transparencia y agilidad “rossinianas” y el enfoque dramático que busca el maestro. Flojea el segundo movimiento, paladeado sin mucha sensualidad y con un carácter que se acerca –sin llegar a los extremos de Kleiber, claro– a lo pimpante. El primero resulta antes dramático que luminoso. El tercero posee atractiva rusticidad y un trío con un agudo sentido del humor, no exento de cierta sorna. Ágil y lleno de fuerza el último. (8)
 


12. Roy Goodman/The Hanover Band (Nimbus-Brilliant, 1990?). Pese a encontrarnos ante una orquesta de instrumentos originales y a un director curtido en el campo del barroco, no hay aquí la menor radicalidad historicista –la articulación resulta más bien moderada– y sí mucho de sensatez, de musicalidad y de buen idioma shubertiano, entendiendo la ligereza como eso, ligereza, no ingravidez ni cursilería, y aportando luz, inmediatez y vivacidad a la interpretación. Ahora bien, lo que sí se nota es que Goodman no es un director de primera, pues frente a las virtudes señaladas también se evidencian la escasez de sensualidad, de poesía y de verdadera inspiración –más bien rutinario el segundo movimiento–, así como un trazo antes de brocha gorda que detallado, sensación a la que puede contribuir, y mucho, una toma sonora en exceso reverberante y con serios desequilibrios. La edición de Brilliant Classics no ofrece las fechas de grabación, que deben de corresponder a finales de los ochenta o principios de los noventa. (7)

 

13. Harnoncourt/Concertgebouw (Teldec, 1992). El carácter incisivo, teatral y ágil del maestro berlinés le sienta muy bien a los movimientos extremos de la obra, sobre todo al Presto conclusivo, de una electricidad asombrosa. El segundo es correcto pero un tanto soso, falto de calidez. El tercero, adecuadamente rústico, se pasa un poco de violento, aunque el trío está lleno de encanto. Puro Harnoncourt, quien no deja de hacer sonar a la maravillosa orquesta con la sequedad en él esperable. (7) 


 
 
14. Colin Davis/Staatskapelle Dresden (RCA, 1994). El añorado maestro británico, siempre en la mejor línea clásica, ofrece la incuestionable interpretación de referencia con una combinación perfecta de músculo y refinamiento, vigor y cantabilidad, siempre haciendo gala de un fraseo maravilloso, cálido y natural, sutilmente matizado y de una enorme claridad. Vigoroso su Allegro con brio inicial; calidísimo el segundo movimiento, en el que los solistas de la formidable orquesta alemana hacen gala de una asombrosa musicalidad; tercero clásico y elegante antes que rústico, de humor más risueño que el de Muti. El cuarto no ofrece tantísima electricidad como el del referido maestro o el de un Kleiber, pero resulta más transparente aún y hace gala de la mejor elegancia schubertiana. Impresionante la toma sonora. (10)




15. Brüggen/Siglo XVIII (Philips, 1994). Como ya demostrara Roy Goodman, los instrumentos originales no parecen en absoluto inadecuados para la partitura, como tampoco lo son precisamente la rusticidad, teatralidad, sentido del color y vivacidad de que hace gala el maestro holandés, que sabe ofrecer ligereza sin caer en lo liviano. Desdichadamente Brüggen incurre en algunas irregularidades. El primer movimiento, por ejemplo, le queda estupendamente. El segundo lo dice con buen humor y sabiendo subrayar los parentescos rossinianos, pero le falta un punto de vuelo lírico; como suele ocurrir, el maestro holandés resulta un tanto frío y distanciado. Rústico y un algo violento el scherzo, siendo el trío un descubrimiento por su encanto sano y nada relamido. El cuarto está lleno de nervio y garra, aunque podía estar dicho con menos precipitación. (8) 
 


16. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (YouTube, 2001). Armado de esa portentosa técnica de batuta que ya le conocemos, y por ende ofreciendo trazo firme, perfecta planificación e irreprochable claridad –admirable la manera de diseccionar todos los planos sonoros, obteniendo siempre el mejor rendimiento posible de una orquesta ya de por sí espléndida–, Maazel apuesta decididamente por alejarse de todo lo que pueda resultar excesivamente delicado, amable o coqueto en una lectura marcada por la sobriedad, la intensidad y el perfecto equilibrio entre elegancia, vuelo lírico y sentido de lo dramático, lo que no impide que haya frases cantadas con mucha sensualidad en el segundo movimiento, una buena dosis de encanto en el trío del Menuetto y mucha vivacidad en un final dicho con enorme virtuosismo, pero sin precipitaciones ni efectos de cara a la galería. Falta, precisamente por el rigor del enfoque, un punto más apreciable tanto de nobleza como de picardía, pero aun así el resultado es admirable por su enorme musicalidad apartada de cualquier tópico. Muy probablemente el vídeo –de deficiente calidad audiovisual- que se encuentra en YouTube se corresponde con el audio editado comercialmente por el sello de la propia orquesta, que no he podido escuchar. (9)
 
 

17. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). La robustez de la Berliner Phiharmoniker no solo no es un problema para Mehta en esta obra necesitada de ligereza sonora bien entendida, sino que el maestro indio aprovecha tal circunstancia para construir una versión con garra y empuje dramático, amén de admirablemente delineada y dicha con irreprochable gusto y un total alejamiento de la frivolidad. Por desgracia hay también por parte de la batuta cierta sosería, cierta falta de encanto, sobre todo en los movimientos intermedios, si bien las soberbias maderas de la orquesta berlinesa hacen mucho por remediar tal insuficiencia. (8)



18. Heras-Casado/Orquesta Barroca de Friburgo (Harmonia Mundi, 2012). No se puede echar la culpa de los pobres resultados artísticos de esta grabación –realizada con magnífica toma sonora,en el Auditorio Manuel de Falla– a los instrumentos originales, porque Roy Goodman y Frans Brüggen los utilizaron en esta partitura de manera mucho más apropiada. No, la culpa la tiene el maestro granadino, a cuyo muy discutible gusto, derivado quizá del disparatado intento de llegar a una fusión entre los planteamientos sonoros de un Harnoncourt y los expresivos de un Carlos Kleiber, se deben el fraseo cuadriculado y machacón, los desequilibrios en la planificación, el regodeo en los grandes contrastes decibélicos sin sentido, los excesos de la percusión, la coquetería frívola y hasta cursi del segundo movimiento y del trío del Menuetto, los detalles de cursilería fuera de lugar (¡Schubert no se puede frasear como Rameau!), el desinterés por los aspectos sensuales y cantables de esta música, las brusquedades varias y, en fin, la vulgaridad del trazo general. Ni siquiera el último movimiento, efectista y espasmódico, se salva de la quema. (5)



19. Karl-Heinz Steffens/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 11 noviembre 2013). Sin que haya ninguna influencia historicista de por medio, y sin renunciar tampoco a la personalidad de la Berliner Philharmoniker –muy aprovechada su portentosa cuerda grave–, el antiguo clarinetista de la orquesta alemana ofrece desde el podio una interpretación ágil, luminosa y risueña, de corte no poco rossiniano, que destaca por la increíble claridad en la articulación y por la excelencia de su trazo pero carece de la calidez, la efusividad y el humanismo que otros directores han sabido extraer de los pentagramas, sobre todo en un segundo movimiento en el que, sin llegar ni mucho menos a los extremos de un Carlos Kleiber, resulta un tanto frívolo y pimpante. Sus antiguos compañeros de atril frasean con enorme encanto, y su complicidad con ellos –bien visible en la filmación– es absoluta. (7)


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