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martes, 30 de enero de 2018

Oscuro y aburrido Fausto en el Villamarta

Si la tarde del sábado 27 me aburrí soberanamente con la Tosca del Met en el cine, la del domingo lo hice con el Fausto del Villamarta en directo. Pero esta vez la culpa no fue de la interpretación, sino más bien del señor Charles Gounod. A mí esta ópera me gusta solo a ratos. La encuentro débil –incluso ridícula– en su libreto e irregular en su inspiración. Cierto es que hay algunas melodías pegadizas, a veces incluso muy hermosas. Que la orquestación es muy notable y que la escritura evidencia la profesionalidad de quien fue un músico importante. Pero el conjunto se resiente de superficialidad, de preciosismo de cara a la galería y de escasa garra dramática. Compárese con ese Verdi relativamente menor que es Un ballo in maschera, estrenado el mismo año de 1859: no hay color. Así las cosas, o se ofrece una recreación musical de primera fila, o uno termina desinteresándose lo que escucha. Y la del Villamarta a mí me pareció muy meritoria para el presupuesto con que ahora cuenta el teatro jerezano, pero en modo alguno excepcional.


La función giraba en torno a la estrella local, Ismael Jordi, que se ofrecía a debutar el papel en su tierra antes de hacerlo en el Real. Ya no es una joven promesa a la que hay que estimular. Hace tiempo que canta papeles de protagonista en teatros de primerísima categoría junto a artistas de relevancia. Por eso mismo he tenido que realizar una profunda reflexión sobre qué debo escribir y cómo debo decirlo. Ismael ha evolucionado y yo también lo he hecho.

Miren ustedes, debo confesar que a mí cada día me interesa menos la manera de entender el canto en la que lo bello prima sobre lo expresivo. Una cosa es cantar bonito –Ismael canta muy, pero que muy bonito– y otra muy distinta construir un personaje a través no solo de la belleza, sino también de una serie de acentos expresivos que hagan psicológicamente creíble las diferentes situaciones del libreto. Pasé años haciéndome creer a mí mismo que me gustaba Alfredo Kraus, hasta que perdí la vergüenza y logré confesar que siempre he encontrado al tenor canario frío, distante y un punto redicho. Ismael fue alumno de Kraus y es heredero de esa escuela, circunstancia que ha quedado bien clara en su encarnación de Fausto.

Su “Salut!, demeure chaste et pure”, de una belleza sobrecogedora, fue una buena demostración de la herencia de Kraus, de quien nuestro tenor fue alumno aventajado: se canta más con la inteligencia que con la voz, siendo posible soslayar las limitaciones canoras para ofrecer ese canto ligado mórbido y sensual, un punto distinguido –tan diferente de la inmediatez y la carnalidad italianas–, que exige la ópera francesa. Me gustó muchísimo Ismael en el aria: estilo perfecto, belleza en los labios y gusto exquisito. Pero ahí quedó la cosa. Me aburrí con él durante el resto de la función. Y no solo por la inadecuación de una voz bonita pero pequeña, sin carne suficiente en el centro y corta en el grave para este papel, sino también por lo insulso de su canto. Vuelvo a lo de antes: no es lo mismo ofrecer un aria hermosísimamente cantada que levantar psicológicamente un personaje para el que se carece de autoridad vocal y de variedad expresiva. Por si fuera poco, su actuación escénica dejó muchísimo que desear. Ni lo que se escuchaba ni lo que se veía resultaba mínimamente creíble.

Alexander Vinogradov, al igual que Ismael, despertó enormes aplausos entre el respetable. Lo entiendo, porque su voz es soberbia, amén de por completo adecuada para el personaje. Y el bajo ruso cantar, lo que se dice cantar, canta estupendamente. Tenerle en Jerez –la primera vez que le escuché fue haciendo Daland con Barenboim– es un verdadero lujo. Pero Mefistófeles necesita una cantidad de matices que a este señor se le escapan: ironía, sarcasmo, chispa, crueldad… Tiene que resultar al mismo tiempo atractivo y repelente, algo nada sencillo de conseguir. Moverse por la escena sí que lo hizo estupendamente, y en este sentido fue el rey de la función.

Me ha hecho muchísima ilusión escuchar por primera vez en directo a Isabel Rey, una señora del canto seria, profesional y musicalísima. Obviamente su instrumento ya no es el de hace veinte años: ha perdido esmalte y sufre en el agudo. Pero también se ha ensanchado, ganando el peso y el cuerpo necesarios para cantar a Margarita. Se desenvolvió con suficiencia en el aria de las joyas, evitó riesgos innecesarios y se mostró en todo momento irreprochable en el estilo, amén de sensible y cuidadosa. Como además es muy buena actriz, logró realizar un retrato completo y bastante digno de su personaje, al que para mi gusto aún le faltaba una dosis de emotividad, de fuerza expresiva, para terminar de convencer.

Francamente bien Alexandra Rivas como Siebel. Entiendo que la punta metálica de su voz pueda desagradar, pero expresivamente la encontré entregadísima, por completo convincente. Además, quizá por su larga experiencia en papeles travestidos, la mezzo vienesa –vinculada desde hace mucho al Villamarta– resulta de lo más creíble haciendo de chico. ¡Brava! Xavier Mendoza cantó de manera aceptable a Valentín y lo encarnó admirablemente en lo escénico. Gran dignidad en Mireia Pintó y Pablo López, Marta y Wagner respectivamente. Sin embargo, no fue la noche del Coro del Teatro Villamarta: hubo momentos muy buenos por su parte, pero también considerables desajustes y apreciables insuficiencias canoras, sobre todo en la parte masculina de la agrupación. Al público no le pareció así, porque lesaplaudió muchísimo.

La Filarmónica de Málaga, a mi entender la menos satisfactoria de las cuatro grandes orquestas andaluzas, ofreció una de sus mejores actuaciones en su ya muy larga lista de representaciones en el foso del Villamarta. Con ello debió de tener mucho que ver la presencia del veterano maestro brasileño Luiz Fernando Malheiro, que la hizo sonar con suficiente empaste y apreciable belleza. Su fraseo, además, fue amplio y cantable, atento a las posibilidades melódicas de la escritura orquestal, irreprochable en el estilo y de exquisito gusto. Eché de menos un toque adicional de chispa, de nervio y de entusiasmo, de convicción expresiva, pero todo estuvo en su sitio y la musicalidad se encontraba garantizada.

Me resulta extremamente difícil valorar la puesta en escena, porque me pareció ver en ella triunfos considerables junto evidentes insuficiencias y errores garrafales. El planteamiento de Alfonso Romero (web oficial), aun con algunos elementos más o menos simbólicos, es mayormente naturalista. Pero naturalista de muy exiguo presupuesto, lo que significa que hay que prescindir de escenografía y echar mano de proyecciones sobre telones, de cuatro elementos de atrezo y de una iluminación que consiga efectos dramáticos. Si todo eso no se hace muy bien, la sensación de pobreza termina imperando, y eso es justo lo que aquí ocurre: un telón que subía y bajaba, una farola comprada en “los chinos”… Y oscuridad, muchísima oscuridad. Visualmente esta producción de los Amigos Canarios de la Ópera me parece feísima.

Luego está la cuestión del concepto. Romero apuesta por dejar a un lado el confort del libreto original para optar por la pesadilla alucinada, lo que me parece un completo acierto. Pero de nuevo esas cosas hay que saber hacerlas. El género del terror resulta harto difícil de llevar a la práctica, porque la línea que separa lo horrendo de lo ridículo es muy delgada. Creo que fue muy desagradable, y por ello adecuado, ver cómo Margarita ahoga en la bañera a su hijo y luego intenta suicidarse rebanándose el cuello. También fue una idea brillantez visualizar la paliza que previamente Valentín ha propinado a su hermana. No fueron pocas las cosas que estuvieron fenomenalmente resueltas y demostraron talento teatral. Pero otras no funcionaron. Mefistófeles nunca llegaba a dar miedo. Con su cara pintada recordaba más bien al Joker de los Batman de Christopher Nolan, mientras que sus dos demoníacos asistentes, con las cabezas enfundadas en sacos, eran un trasunto del Scarecrow –el personaje de Cillian Murphy– de la misma serie. La orgía satánica de Walpurgis parecía montada por una escuela de ursulinas: Fausto acariciaba a las chicas con la misma lascivia con que yo acaricio a mi gato –ninguna, no se vayan ustedes a pensar–, mientras que entre los demonios deambulaba el payaso de It. Más referencias cinematográficas: en la escena final en la cárcel, aquí un ciertamente inquietante hospital psiquiátrico, colgaban del techo numerosos ganchos que parecía referencia directa a Hellraiser.

De los soldados vestidos a la manera de la I Guerra Mundial con la bomba atómica de fondo, ni hablemos. Aunque sí tenemos que dejar testimonio de la extrema ridiculez de la escena de la iglesia, en la que varios personajes –incluidos el Cristo y la Virgen de una Piedad– asustaban a la chica mostrando ojos de un rojo intenso fosforescente y labios de las mismas características. El final, que presentaba a Margarita ahorcándose para seguidamente reencontrarse con su hijo en el más allá, dejaba igualmente que desear. A la postre, parece que no fue el pobre Gounod el único culpable de que la velada se me hiciera eterna.

martes, 31 de octubre de 2017

Un disco para ser feliz: Gaité Parisienne por Dutoit

Esta mañana he vuelto a escuchar –no sé cuántas veces van ya– la interpretación que Charles Dutoit y la Sinfónica de Montreal grabaron de esa maravilla que es Gaité Parisienne, el conjunto de valses, polcas, marchas y otras danzas de Jacques Offenbach recopiladas y arregladas por Manuel Rosenthal. Y confirmo la impresión inicial: se pueden hacer lecturas más trepidantes (¡irresistible la selección grabada por Bernstein!), también más sensuales y de más emotivo lirismo (la del propio Rosenthal en Naxos), pero no alcanzar un más admirable punto de equilibrio entre todos los componentes de esta música, ni hacerlo con un estilo más apropiado que el que aquí derrocha el maestro suizo.

 
Hay en este disco brío a raudales, pero siempre controlado por una gran elegancia y una apreciable depuración sonora. Hay también humor desenfadado, chispa y brillantez, también cierto espíritu gamberro, mas en perfecta sintonía con ese vuelo melódico, esa coquetería bien entendida y ese refinamiento que consideramos propio de "lo francés", aportando asimismo la batuta una ligereza sonora que por ventura no confunde con la levedad ni la cursilería. La escucha se realiza de un tirón, sin realizar el mínimo esfuerzo intelectual, simplemente dejándose llevar por la fuerza rítmica y melódica de estas páginas, por su comunicatividad y su desenfado, como también por su buenísima factura técnica y por su elevada inspiración. Música en absoluto profunda, ni para ir más allá de un maravilloso rato de audición, pero magnífica música. De la que hace más feliz, de la que inyecta ganas de vivir. Y esa recompensa resulta impagable.

El compacto se completa con la música de ballet del Fausto de Gounod. Confieso que esta danzas más o menos infernales –lo que se dice demoníaca en realidad es solo la última, porque en el resto hay mucho de delicadeza y coquetería– no me interesan particularmente, pero así interpretadas, con tan formidable mezcla de elegancia, vuelo melódico y sentido teatral, resultan una verdadera delicia. De nuevo se podrá ir más allá en sensualidad y o en garra dramática, pero no superar la ortodoxa perfección de Dutoit.

El registro se realizó allá por septiembre de 1983 en la iglesia de St. Eustache de Montreal con la calidad habitual de la que hacía gala Decca en aquellas latitudes. No hay mucho más que decir: disco imprescindible.

martes, 23 de diciembre de 2014

Roméo et Juliette en el Real: pasarlo bien

Cuando le pregunté a dos amigos si les vería en el Roméo et Juliette que está ofreciendo en versión de concierto el Teatro Real, los dos me dijeron –por separado– exactamente lo mismo: que ni locos iban a escuchar una ópera como esa. Mi postura es bastante menos radical, aunque tampoco soy un gran admirador de la obra de Charles Gounod. En esta partitura hay cosas que me gustan mucho, como la mayor parte del segundo acto o el aria de la poción, junto con otras que no me terminan de enganchar –el dúo final carece de la inspiración de los anteriores– y otras que me interesan más bien poco. Sea como fuere, este título es de esos en los que a uno se le seduce más por la belleza en sí misma que por la intensidad de las emociones, y de las que uno sale antes tarareando las melodías que dándole vueltas a la cabeza; por ende, es comprensible que a algunos les irrite lo que a otros muchos les parece maravilloso.


Confieso que disfruté mucho la noche del sábado 20 –segunda función–, y lo hice porque la interpretación fue de enorme altura. Principal responsable de que esta música sonara a gloria fue Michel Plasson, quien a sus ochenta y un años dio una lección soberana de cómo aunar la ligereza elegante y perfumada tan típicamente francesa con la garra dramática: él mismo ha hablado en alguna entrevista de lo difícil que es encontrar ese equilibrio que, precisamente, en el Real consiguió a las mil maravillas frente a una Sinfónica de Madrid que pocas veces ha sonado mejor. Hubo además en su batuta colorido, brillantez, sentido teatral y una mágica concentración en los momentos de mayor inspiración lírica de la obra; únicamente en el vals de Juliette, rígido y sin sensualidad, defraudó Plasson un tanto, pero eso apenas importó frente a la enorme categoría de su trabajo, que a mi entender se podría calificar de insuperable si no fuera porque existe por ahí el milagro de Yannick Nézet-Séguin en Salzburgo.

Con Roberto Alagna me pasa como con Gounod: a ratos me gusta mucho y a ratos me resulta irritante. A mí me parece que en Madrid estuvo francamente bien de voz, y que sus obvios defectos canoros son los mismos que los de hace quince años, cuando después de un arranque fulgurante en su carrera (pienso en el Don Carlo con Pappano, o en el mismo Roméo con la Vaduva), empezaron los cambios de color, las desafinaciones, los estrangulamientos, la desatención a los matices, los falsetes y los gimoteos innecesarios. De todo ello hubo en la función del sábado, pero insisto en que no es problema de instrumento, sino de técnica y de buen gusto. Dicho esto, reconozco que me resulta difícil resistirme ante la calidad de su instrumento, ante su dominio del estilo –siempre con la levedad, la sensualidad y la morbidez necesarias– y, sobre todo, ante su enorme comunicatividad. Tiene Alagna además mucho magnetismo escénico, y este personaje se lo conoce al dedillo, así que no tuvo ningún problema en triunfar de manera rotunda entre el respetable. Yo también le aplaudí con ganas.

Tras un vals muy insulso –parte de la culpa fue de Plasson–, Sonia Yoncheva nos fue desarmando poco a poco con su voulptuosa voz y su bien controlado temperamento dramático. De menos a más, claramente, pero siempre con apreciable altura. En cualquier caso, como ya se evidenció en su espléndida Violetta en Valencia, aun debe pulir algunos aspectos técnicos, particularmente en lo que a cuestiones “belcantistas” se refiere. También hay que reconocer que aquí su estilo francés no fue ni mucho menos tan certero como el de su colega, aunque en todo momento formaron una pareja con gran sintonía escénica: aunque se trataba de una versión de concierto, todos cantaron sin partitura e interactuaron entre sí con bastante habilidad.

Importante nivel el de los secundarios: Marianne Crebassa (Stéphano), Mikeldi Atxalandabaso (Tybald), Antonio Lozano (Benvolio), Joan Martín-Royo (Mercutio), Damián del Castillo (Paris), Toni Marsol (Grégorio), Laurent Alvaro (Capulet), Roberto Tagliavini (Fray Laurent) y Fernando Radó (Duque) conformaron, con sus más y sus menos, un muy notable equipo. Cameo de lujo de Diana Montague como Gertrude. Entregadísimo y más que notable Coro Intermezzo, siempre bajo la dirección de Andrés Máspero, en sus importantes intervenciones.

A la postre fue una velada en la que todos nos lo pasamos estupendamente. Ustedes ya saben que a mí lo que a mí me gusta en la ópera es sentir otra clase de sensaciones, pero tampoco está nada mal disfrutar de bellas melodías, gozar del puro placer sensorial de escuchar buenas voces, deleitarse con los colores de la orquesta y salir diciendo “qué bonito”. Vamos a reconocerlo: una gran velada musical.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Recital de Isabel Rey y Celso Albelo en Valencia

Aprovechando mi visita a la ciudad del Turia para disfrutar de las funciones de Walkyria y Traviata ya comentadas, tuve la oportunidad de asistir a la celebración del 70 aniversario de la Orquesta de Valencia que se materializó en el Palau de la Música el pasado viernes 8 de noviembre con un recital lírico de Isabel Rey y su “hijo artístico” –así lo definió la soprano madrileña– Celso Albelo, con obras de Donizetti, Gounod, Bizet y Verdi –este ocupando toda la segunda parte– en los atriles. Fue una velada larga y exitosa, aunque con irregularidades.

Estas vinieron fundamentalmente por parte del tenor tinerfeño. A este señor solo le había escuchado una vez en mi vida, en el Rigoletto del Teatro de la Maestranza del verano pasado. Me gustó bastante entonces, pero esperaba que lo hiciera más aun en el repertorio que se dice que es el suyo, el propiamente belcantista. Pues no. En los dúos del Elisir d’amore y de La fille du régimen estuvo bien a secas, en la “Furtiva lagrima” me resultó más bien basto, y sí me entusiasmó en el nada fácil “Tombe de gli avi miei… Fra poco a me ricovero” de Lucia. En cualquier caso, donde me pareció más cómodo fue en Verdi: bien en el “Parmi veder le lacrime” de Rigoletto, más que notable en el dúo “Dio, ti ringrazio” de I Masnadieri y soberbio en “La mia letizia infondere”de I Lombardi, que cerró con un portentoso regulador. Sin haberle escuchado antes, ya les digo, mi sensación es que la voz le está cambiando y que, pidiéndole un repertorio más “cañero”, la técnica no termina de encontrar su camino, mientras que por temperamento sí que parece mucho más adecuado para los arrebatos verdianos que para las sutilezas de un Nemorino. Materia prima no le falta, así que si Albelo resuelve esta encrucijada, su futuro en nuevos repertorios puede ser altamente prometedor. De propina –la única de la velada– fue una “donna è mobile” brillantísima pero clavadita –en Sevilla no me lo pareció tanto– a las que ofrecía Alfredo Kraus.


Muchos menos altibajos hubo en las intervenciones de Isabel Rey. La voz sigue siendo muy bella en el centro –el agudo es claramente metálico–, su técnica es solvente y canta con una musicalidad a prueba de bombas. Le faltan esa personalidad y esa creatividad que hacen a un cantante realmente artista, eso es cierto, pero esta señora es la eficacia personificada: en el recital de Valencia nunca bajó de lo muy bueno. Si acaso en el aria de Micaela, correcta pero perjudicada por la referida dureza de la parte superior de la tesitura. Pero estuvo francamente bien en los dúos de Donizetti y Verdi con Albelo, aportanto enorme elegancia frente al temperamento de su colega, fue una digna Amelia de Simon Boccanegra (cada día me fascina más el “Come in quest’ora bruna”) y estuvo estupenda en el Fausto de Gounod, tanto en la canción del rey de Thulé como en la emblemática aria de las joyas. Brava. Por cierto, la Rey tiene ya sus años pero lució un tipo espléndido magníficamente subrayado por un precioso vestido blanco.

Empuñaba la batuta el joven Lorenzo Coladonato, quién abrió la velada con lo que parecía una fulgurante interpretación de la Obertura 1812 de Tchaikovsky: todo fuego, tensión sonora, rusticidad y cañonazos. El problema es que la partitura en los atriles era la sinfonía de Don Pasquale. Algo parecido ocurrió después, cuando la orquesta tocó la sinfonía de La fille du régimen (¡qué música más mediocre!) y el maestro parecía estar dirigiendo la Marcha eslava. La obertura de La forza del destino sí que sonaba a Verdi, pero a un Verdi basto y brutal a más no poder. Acompañando a los dos cantantes se mostró considerablemente más centrado, y aunque hubo alguna vulgaridad (“Dio, ti ringrazio” de I Masnadieri) también hizo gala de una buena dosis de teatralidad y de intensidad expresiva.

La orquesta, que debería haber sido verdadera protagonista de la noche, no siempre se movió a gusto bajo los arrebatos de la batuta, por lo que su manifiesta profesionalidad se vio puntualmente empañada por algún desajuste –flojitos los primeros violines– más o menos notorio. Los aplausos fueron grandes y merecidos para el violonchelista Mariano García, espléndido en la sinfonía de Don Pasquale y, sobre todo, en el preludio de I Masnadieri. Un lujo contar con un solista como él. En cuanto a las notas al programa, me remito a lo que dije en una entrada anterior. Qué cruz.

sábado, 31 de julio de 2010

Recomendable Fausto por Bonynge


GOUNOD: Fausto.
Franco Corelli, Nicolai Ghiaurov, Joan Sutherland.
Orquesta Sinfónica de Londres. Richard Bonynge, director.
Decca, 4705632
3 CDs, 190'17''
ADD
Universal
***

Muy recomendable resulta este Fausto de 1966, grabado con espléndido sonido y respetando la partitura casi en su integridad. Al frente de una estupenda orquesta y un coro excepcional, Bonynge demuestra moverse como pez en el agua en esta elegante, vistosa y superficial página. Ghiaurov está soberbio, y no sólo por sus -en este momento- admirables medios vocales, sino porque sabe atender, como la batuta, a todos los elementos de la partitura: humor, refinamiento y galantería al tiempo que drama e incluso terror. Lástima que Corelli se halle más bien ausente y que la Sutherland sea una Marguerite insípida.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de febrero de 2003 de la revista Ritmo sobre el segundo lanzamiento de la serie "The Opera Compact Collection", editada por Decca.

jueves, 28 de enero de 2010

Romeo y Julieta de Gounod en Salzburgo: dos descubrimientos

En julio de 2008 se presentaba en el Festival de Salzburgo una nueva producción de Romeo y Julieta que pretendía repetir el éxito comercial de la célebre Traviata de 2005 -bastante sobrevalorada a mi modo de ver, dicho sea de paso- volviendo a presentar la pareja formada por Ana Netrebko y Rolando Villazón. Para decepción de quienes pensaban forrarse con el merchandising, la soprano rusa tuvo que cancelar la actuaciones por su embarazo. Aun así el éxito artístico fue monumental, merced en gran medida a dos descubrimientos.

El primero fue el de Nino Machaizde, que dio aquí el espaldarazo a una carrera internacional que ahora mismo continúa en Valencia con las funciones de Lucia di Lammermoor. Nacida en 1983, la cantante georgiana cuenta con una preciosa voz de lírico-ligera, unas aceptables dotes de actriz y un físico realmente impresionante: no se ve aquí si tiene un muslamen pata negra como el de su colega Netrebko, pero su rostro es más bello y fascinante aún.

Lo importante no es eso, claro, sino que canta bastante bien, con un legato muy hermoso y un fraseo sensual, resolviendo de manera más que plausible las agilidades y, aun siendo preferible un instrumento con más peso en el grave, sale airosa de la terrible aria de la poción. En el momento de escribir estas líneas no sé cómo le ha salido la Lucia valenciana, pero a tenor de lo escuchado en este DVD a la chica cabe augurarle una estupenda carrera.





El otro descubrimiento, de mayor calibre aún, es el director canadiense Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 1975), que parece creer a pies juntillas que la más bien pastelosa e irregular partitura de Gounod es una obra maestra, recreándola con una sinceridad, una fuerza y una teatralidad pasmosas, sin menoscabo de la belleza sonora y de ese punto de indefinible elegancia que debe poseer el repertorio francés. Los resultados, a los que contribuye la excelencia de la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo y del Coro de la Ópera de Viena, son abiertamente geniales. Basta escuchar el preludio del acto segundo, o el coro del tercero, para calificarle de director de primerísima fila.

Por mi parte, he escuchado una gran cantidad de grabaciones radiofónicas de este chico y tengo claro que se trata del mejor de los directores jóvenes de la actualidad, por encima de los Dudamel, Petrenko e incluso Jurowski; su Bruckner es particularmente excepcional, a la altura de un Barenboim. Las orquestas se han dado cuenta de su talento y pronto debutará con la Filarmónica de Viena, mientras que la publicidad del festival salzburgués ya le presenta como una de las figuras estelares del próximo verano.

Volviendo al DVD que nos ocupa, Villazón se supera a sí mismo con respecto a la grabación realizada en Oviedo por RTVE (enlace). No solo la técnica resulta ahora mucho más depurada, sino que sabe administrar mejor el ardor que le caracteriza para definir correctamente la evolución de su personaje. Por descontado, su labor irritará a los puristas de la técnica vocal de tiempos pasados y a los guardianes de la presunta línea canora francesa. A mí, que no soy incondicional del artista (enlace), me ha gustado mucho, porque el mexicano canta con calidez, arrojo y sinceridad. Aun así, no voy a dejar de reprocharle su tendencia a cantar en mezzoforte, o de señalar que en el dúo del cuarto acto me parece algo destemplado y fuera de lugar. Como actor lo encuentro espléndido.

Hay mucho más en este Roméo et Juliette. Con la excepción de un meramente correcto Tybalt de Juan Francisco Gatell, todos los secundarios alcanzan un espléndido nivel: Mikhail Petrenko como Fray Lorenzo, Russel Braun como Mercutio, Susanne Resmar como Gertrude y la notable Cora Burggraaf como Stéphano. Gran sorpresa encontrarse al wagneriano Falk Struckmann como Capuleto; lo hace estupendamente, por cierto.

La producción, que traslada la acción al siglo XVIII sin por ello aportar o restar nada en particular, es obra de Bartlett Sher. La renuncia a la escenografía para dejar visibles las arcadas del célebre auditorio salzburgués resta vistosidad a la propuesta, que además se encuentra pobremente iluminada. Por fortuna la dirección de actores es buena, las situaciones están bien resueltas y no hay salidas de tono. Funciona bien.

En resumidas cuentas, y a mi modo de ver, una función notable en los escénico y sencillamente fabulosa en lo musical. El doble DVD, que por cierto suena y se ve maravillosamente (imagen en HD y sonido surround auténtico) se lo recomiendo a todo el mundo salvo a los que no soportan a Villazón. Si tuviera mucho dinero, y no es precisamente el caso, no dudaría en ir a Salzburgo este verano: se repone la producción con Nézet-Séguin y parecido elenco, con Beczala como Romeo y Machaizde y la Netrebko alternándose como Julieta.

viernes, 19 de junio de 2009

Romeo Villazón, Julieta Arteta

Gounod: Romeo y Julieta.
Ainhoa Arteta, Rolando Villazón, Carlos Marín, Stephano Palatchi, José Ruiz, Alfonso Echeverría, Alexandra Rivas, Soraya Chaves.
Coro de la Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Reynald Giovaninetti, director.
RTVE Música CD 651593
DDD
***Romeo_Julieta_Villazon_Arteta

He aquí un muy estimable live operístico Made in Spain, tomado en Oviedo el pasado enero. Paradójicamente, quien menos bien está es su razón de ser: la presencia de la muy comercial Ainhoa Arteta. Con un instrumento que ha ganado cuerpo y calidez al tiempo que perdido esmalte y homogeneidad, se muestra técnicamente insegura y tan escasamente creativa como suele, si bien ofrece momentos mucho más que dignos, curiosamente los más dramáticos.

El joven mexicano Rolando Villazón puede y debe mejorar su técnica, pero canta con tal arrojo y efusividad -nada que ver con el tópico de lo francés- que no ha de extrañar que Barenboim le haya escogido para ser el Alfredo de su primera Traviata. La decisiva intervención de magníficos secundarios como Alexandra Rivas, Carlos Marín y, sobre todo, Stephano Palatchi, redondea a la alza el nivel canoro.

Quien termina galvanizando el resultado es el veterano Reynald Giovaninetti. Al frente de una buena orquesta y un coro menos que discreto, se queda algo corto de brillantez en los conjuntos -flojo el primer acto-, pero sabe ser dramático sin resultar cargante y obtiene momentos de arrebatador lirismo en los números más inspirados de esta deslavazada partitura.
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Artículo publicado en el número de diciembre de 2002 de la revista Ritmo.

PS. Este Romeo, grabado con deplorable toma de sonido por los ingenieros de RTVE Música en el Teatro Campoamor de Oviedo los días 15, 17 y 19 de enero de 2002, fue el primer registro comercial de Rolando Villazón. Conocía entonces su estreno la mediocre producción del título de Gounod realizada por el Villamarta, que hasta doce meses después no llegaría al teatro de Jerez (enlace).

Por aquél entonces Villazón no era famoso. El equipo jerezano participante en las funciones ovetenses venía hablando maravillas de él, pero su participación en el Villamarta quedaba descartada: el joven tenor ya tenia todas las fechas ocupadas en teatros de categoría. En 2004 llega el recital de arias italianas con Marcello Viotti en el sello Virgin que le da fama internacional. El resto es historia.

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