Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Las funciones de la Aida de Giuseppe Verdi que se están desarrollando en Sevilla, la primera de las cuales fue la de ayer sábado que ahora comento, se ofrecen en una nueva producción escénica del Teatro de la Maestranza, en colaboración con otros teatros y festivales, que hasta ahora no había podido estrenarse, por lo que se supone que lo primero es hablar de ella. No me parece justo hacerlo, porque la noche fue de dos señoras que, con sus insuficiencias e irregularidades, se elevaron hasta altas cotas de canto verdiano. Aida y Amneris, obviamente. Hay doble reparto: diríjanse de cabeza al primero, porque a las dos cantantes hay que escucharlas.
Marigona Qerkezi es una soprano nacida en Kosovo que posee una voz de lírica no ancha algo justa para el papel, lo que significa que –como todos los cantantes congregados para la ocasión, dicho sea de paso–se quedó algo corta en la zona grave. Pero posee una voz hermosa y esmaltadísima, un legato de primer orden, un fiato amplio, una admirable capacidad para regular el sonido y, en general, una línea elegante y belcantista. Por todo lo dicho me recordó, y bastante, a Montserrat Caballé en este papel, obviamente sin sus mágicos e inigualables filados. ¿Matizó en lo expresivo? Desde luego, y sin caer ni en narcicismos ni en excesos. El único problema llegó en O patria mia, que por culpa de algunos problemas de emisión en los pianísimos le salió mucho menos bien que Ritorna vincitor: la apreciable diferencia de los aplausos del público en una y otra aria lo dejaron claro. Luego recuperó el nivel previo. A nivel global, y dejando aparte sus problemas para moverse, y por ello para actuar, firmó una interpretación de primer nivel. Les juro a ustedes que nunca pensé que iba a escuchar en directo a una Aida con un nivel vocal, técnico y expresivo semejante.
Ketevan Kemoklidze es georgiana. Mezzo lírica, demasiado lírica para Amneris, con lo que ello supone. ¿Importó mucho? A mí, en absoluto. Me gusta su timbre, me gusta su técnica y, sobre todo, me gusta su mezcla de elevadísimo temperamento y control belcantista. Por otra parte, ya saben que una Amneris se mide por su capacidad a la hora de afrontar la escena del juicio, que no es solo lo mejor de esta ópera sino una de las cumbres de Verdi. En ella Kemoklidze estuvo tremenda, y si no me creen, a las pruebas me remito. Dotada de un hermoso físico, ofreció al mismo tiempo la que fue, con diferencia, mejor actuación escénica de la noche.
Me dejó muy confundido Alejandro Roy al comenzar la función, porque esta no es la voz que recordaba: ahora es mucho más ancha en el centro –no en el grave–, se ha oscurecido en su timbre y ha adquirido un squillo impresionante, pero el asturiano parece haber perdido el dominio de la línea belcantista del que antaño hacía gala. Lo diré de otra forma: su Celeste Aida me llegó a irritar, por deficiente técnica y tosquedad, por no hablar de los desencuentros con la batuta. A partir de ahí, ofreció un Radamés eminentemente heroico, centrado en el carácter militar del personaje, en el que hubo agudos tremendos que se disfrutaron mucho y, en general, un temperamento encendido que se agradeció para su personaje. La faceta amorosa quedó desatendida en una interpretación monolítica que tendió a lo verista, por no decir al verismo mal entendido.
Buena voz, más por emisión y homogeneidad que por timbre, la de un Ernesto Petti que hizo lo que la mayoría de los intérpretes de Amonasro, retratarle antes como jefe guerrero que como padre dispuesto al chantaje emocional. Estupendo Insung Sim, que otorgó a su Ramfis un tono sombrío que encajó muy bien con la visión del personaje en esta propuesta escénica. Correcto Manuel Fuentes como el Rey, muy bien Néstor Galván en su breve intervención como el Mensajero y de apreciable interés Patricia Calvache haciendo la sacerdotisa.
Desigual la batuta de Daniele Callegari. Le encontré dos importantes virtudes: extrajo un sonido muy sedoso de la cuerda de la Sinfónica de Sevilla y no optó por el numerito efectista. Ya está. El tratamiento de los planos sonoros no ofreció claridad, hubo apreciables desajustes con el escenario y la inspiración poética fue irregular. Concretando un poco más, se mostró ajustado en los dos primeros actos y acertó por completo en los dos ballets, pero luego fue evidenciando una seria falta de concentración. Y que nadie replique que Muti también iba rápido, porque el disco demuestra lo contrario. En los últimos actos Callegari no solo corrió sino que se precipitó, no dejó a la música respirar y se mostró incapaz de destilar poesía; el sublime dúo final estuvo dirigido de manera abiertamente mediocre. En la orquesta hubo algún primer atril que me gustó poco, a mi entender por falta de entendimiento con un foso que quizá no dio las instrucciones adecuadas. Lo siento, pero no me puedo olvidar de la magia sonora que extrajo Lorin Maazel hace años de la Orquesta de la Comunidad Valenciana en aquella tan discutible y poco verdiana como fascinante recreación de 2010. El Coro del Teatro de la Maestranza sí que cumplió con nota en su muy exigente labor bajo la batuta de Daniel Sampil.
De la producción escénica les contaré algo mañana. De momento adelanto que globalmente me ha gustado, pese a no pocos elementos de escasa fortuna. Pero claro, ¿cómo poner en escena una ópera con semejante libreto sin que uno se parta de risa en 2026 viendo estatuas de cartón piedra y esclavos bailando con coreografías que parecen de Giorgio Aresu? Creo que Paco Azorín al menos ha logrado sortear el ridículo.
No voy a escribir crónica sobre la Sexta de Mahler que ofreció el pasado jueves la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, por razones que quienes siguen este blog conocen a la perfección. La verdad, me gustaría explicar cómo fue esta Trágica desde el punto de vista estético, es decir, considerándola a la luz de las muy diferentes maneras de abordar el universo de este compositor desde el podio, porque me parece a mí que los críticos "oficiales" no lo han hecho en absoluto, pero así están las cosas. No por mi culpa, sino por la señora encargada de las relaciones públicas de la formación hispalense.
Lo que sí voy es a escribir la reflexión que a mí y a mi acompañante nos vino a la cabeza: habida cuenta de la sustancial diferencia de cómo sonó el otro día la ROSS bajo la batuta de György Ráth con respecto a cómo lo hizo bajo Lucas Macías hace unos meses en la Quinta –compramos más o menos los mismos asientos, así que la acústica no cuenta–, tengo la impresión los responsables de escoger al nuevo titular, Jordi Tort y el Consejo de Administración, se han equivocado. El de Valverde del Camino en absoluto me parece ningún mediocre, pero con el húngaro –a quien vengo escuchando con esta orquesta desde allá por 1991– el asunto funciona técnicamente mejor.
Por otra parte, tampoco la manera de programar de Macías es estimulante: en la próxima temporada estará la inmensa Tabea Zimmermann, pero poco más hay que destacar en ella. Menos mal que sigue habiendo aviones.
La Sinfónica de Sevilla interpreta esta semana el Tercero de Rachmaninov, con Anna Vinnitskaya como estrella solista. Una vez más, me lo perderé. Jordi Tort y María Jesús Ruiz, gerente y relaciones públicas, piensan que no soy absolutamente nadie en la crítica musical. También lo piensan, desde el muy principio, los estirados críticos de la "gran prensa" hispalense y el que fue alma mater del núcleo duro que se formó hace algunos años, no otro que Justo Romero. Lo cierto es que, para desesperación de algunos del citado grupo, yo podía haber estado entre los críticos de la prensa escrita y estar haciendo ahora mismo reseñas semanales de cada uno de los conciertos. Alguien se interpuso. Y ese alguien era quien yo consideraba mi mejor amigo.
Verán ustedes, hace ya unos cuantos años quedó un puesto libre en un célebre periódico sevillano, y la oportunidad se me ofreció directamente a mí. Se me ofreció, que casualidad, justo en la misma mañana en que yo me incorporaba a un instituto de Úbeda. Se invitó entonces a esa persona a incorporarse, y quedamos en que cuando yo volviese a esta tierra compartiríamos la responsabilidad. Volví. Y esa persona me dijo que no. Que nada de compartir. Que el puesto era suyo y solo suyo. Ya entraba gratis en todas las películas que les daba la gana en los cines de Sevilla –repito: en todas–, pero quería también la totalidad de la música más o menos clásica en Maestranza, Espacio Turina y Femás: sinfónico, ópera, antigua, contemporánea, jazz y hasta ballet. Así ha sido hasta el día de hoy, y lo seguirá siendo. No creo que exista en España un crítico tan extremadamente acaparador.
Yo no protesté entonces. Le tenía un enorme cariño y profesaba por él una admiración inmensa. Solo me atreví a sugerirle que, para mejorar los resultados de sus críticas, hiciera como yo: audiciones comparadas de las obras más famosas. Recuerdo que se lo dije en un restaurante de Madrid. Montó en cólera. Que yo estaba loco por escuchar tantas grabaciones, que eso a él no le hacía falta, que qué me había creído. Incluso me dijo una mentira sobre la arriba citada María Jesús Ruiz para terminar de abrir la herida entre ella y yo. Consiguió esto último: jugada perfecta.
Luego ocurrieron cosas más graves, pero esas pertenecen al ámbito estrictamente privado. Solo quiero, necesito, contar lo que a la crítica musical se refiere. En fin, yo perdiéndome lo que me gusta. Mientras, él disfruta de lo lindo entrando gratis –a mí cada vez que voy desplazamiento y aparcamiento me cuestan un huevo– y escribiendo reseñas que tiran mucho de Wikipedia, porque de distinguir entre interpretaciones la cosa anda escasita. Eso sí, me parece bastante más fiable en sus gustos que los de la kale barroka, de aquí a Lima.
El jueves me quedaré en casa con mis discos. El viernes tendrán ustedes la reseña de alguien que ama el Tercero de Rachmaninov muchísimo menos que yo y que, con seguridad, no se ha sumergido en su discografía -aquí tienen lo que hice con la mejor de mis voluntades- dedicándole el tiempo que yo lo he echado. Si acaso, habrá escuchado alguna cosa esa misma tarde mientras hacía alguna otra labor. Dedicará media crítica a contar las circunstancias en que se escribió la obra, en cuáles son sus movimientos y tal. Hablará de la película Shine, sin duda. Y colará: ése es justo el problema.
Por cierto, he escuchado el Tercero de Vinnitskaya con la Filarmónica de Berlín disponible en la Digital Concert Hall. La señora toca divinamente, con naturalidad y sin rigideces, evidenciando facilidad pasmosa. Supera a muchos pianistas célebres que aquí caen en el mecanicismo, pero no llega al olimpo reservado a quienes ustedes y yo sabemos: Ashkenazy, Argerich, Gavrilov, Kissin, Lang Lang, quizá Trifonov... ¡Y Lugansky, que lo toca mañana en Bilbao! Apúntenlo los bilbaínos, por favor.
Pues sí, me ocurre lo de siempre con la ROSS. Al menos, lo de los últimos años. Desde que una persona decidió que yo no merecía lo mismo que otros críticos.
Compré una entrada de balcón por 33 euros. Cogí mi coche en Jerez. Me gasté unos 20 euros en gasolina. Aparqué en el subterráneo habitual. Me tomé una tarda de queso con tocino de cielo en La despensa de Palacio.
Me disgusté con la cálida, pero terriblemente flácida obertura de Egmont que hizo György Ráth. Disfruté mucho con la singular -aquí discografía comparada-, muy lírica e inspirada recreación del Segundo de Bartók por Juan Pérez Floristán. Me aburrí a medias con la otoñal Quinta de Tchaikovsky que quiso ofrecer el maestro húngaro, en parte porque la dirección solo estuvo realmente inspirada en el movimiento central, en parte por el calor sofocante que hacía en la sala.
Salí admirado por la sonoridad de la cuerda de la Sinfónica y preocupado por unos metales que no empastaron en todo el concierto. Pagué los 9 euros del aparcamiento y, después de un susto que no viene al caso, me volví a mi casa. Si la ROSS quiere una crítica en condiciones, que la señora de Comunicación haga justicia a las muchísimas horas de trabajo que he dedicado a la orquesta a lo largo de no pocos años.
El programa de esta semana de la Sinfónica de Sevilla incluía el bonito y agradable Concierto para cuatro guitarras de Joaquín Rodrigo y la soberbia Sinfonía nº 2 de Rachmaninov bajo la dirección del ya veterano György Ráth. Compré mi entrada barata para la función del jueves, asistí al concierto y me volví para no escribir nada. Me hubiera gustado hacerlo, porque creo que merecía la pena decir algo sobre los tempi escogidos para los movimientos extremos por el maestro húngaro, sobre los portamentos del segundo y sobre la labor del oboe en el tercero, como también del enfoque interpretativo global; muy distinto del que con la misma formación ofrecía Pedro Halffter, dicho sea de paso.
Sin embargo, mantengo mi determinación de no hacer más difusión de los eventos de la ROSS mientras la orquesta me siga ninguneando como crítico musical. Se ve que no les parece interesante ofrecer visiones alternativas a las de una crítica local especializada en otros repertorios bien distintos, degustadora de maneras muy concretas de acercarse a la música y, en definitiva, entregadísima a la kale barroka. Pues vale. Ahí les dejo esta comparativa discográfica de la obra del ruso, que tengo que actualizar, y una maravillosa versión en vídeo a cargo del tantas veces minusvalorado André Previn.
Todavía conmocionado por una horrenda noticia que tiene mucho que ver con la música en Jerez –no voy a hablar de ella: ha salido en la prensa nacional–, me decido a tomar ayer viernes el coche a Sevilla para asistir al segundo concierto del programa de abono de esta semana de la ROSS, que ofrecía dos de esas obras que amo de manera muy especial: Concierto para piano nº 1 de Belá Bartók y Petrushka de Stravinsky. Dirigía la coreana Eun Sun Kim y tocaba el sevillano Juan Pérez Floristán. Compré mi entrada barata en segunda fila, escuché el concierto, vi una cofradía y me volví a Jerez.
Cumplo una vez más mi promesa de no escribir una reseña del concierto, a pesar de que creo tener cosas que aportar sobre el mismo. El motivo lo he explicado mil veces, y lo seguiré explicando: después de años escribiendo sobre la orquesta, la encargada de las relaciones públicas decidió echarme de la nómina de críticos oficiales bajo la razón –o excusa quizá– de que escribo en un blog. Supongo que nada le importa que este alcance ahora mismo 3.282.638 visitas, o que un servidor conozca estas obras –perdón por la inmodestia, pero es la verdad– bastante mejor que todos los "críticos oficiales" sevillanos, que además de haberme "hecho la cama" durante años con incuestionable éxito, andan en otros mundos musicales muy distintos. La decisión de esta señora me parece de todo punto desacertada, como también la manera en la que sus superiores de la orquesta han decidido seguir ninguneándome. Me tomaré la libertad de seguir reivindicando lo que creo haberme ganado con mucho esfuerzo.
Dicho esto, quiero dejar unas líneas para dejar constancia de mi admiración por Gilles Midoux, excelente percusionista que lleva en la orquesta desde su fundación y que ofrecía ayer, según se nos comunicó, el último de sus conciertos. Todavía recuerdo el recital de percusión que junto con otro magnífico compañero nos ofreció allá por 1991 o 1992 en la Sala Apolo, en aquellos deliciosos conciertos de música de cámara a los que íbamos cuatro gatos. Sea para él la jubilación lo que la etimología señala: verdadero júbilo. Se lo merece.
PD. La fotografía procede de la web de la orquesta.
Jueves y viernes de esta semana la Sinfónica de Sevilla ha ofrecido Fairy Tale de Sofia Gubaidúlina, el Concierto para flauta de Carl Nielsen y La consagración de la primavera de Igor Stravinsky bajo la dirección de Nuno Coelho. Vicent Morelló Broseta ha sido el solista. Una vez más, la señora de Relaciones externas de la orquesta ha decidido que un servidor no era digno de consideración, así que fui, compré mi entrada, escuché el concierto y me volví.
De esta manera, las actividades de la formación hispalense se quedan otra vez sin reseña en este blog, que no es poco leído. ¿Me fastidia? Mucho. Primero, porque creo no conocer precisamente mal este repertorio (por aquí anda mi discografía comparada del ballet de Stravinsky). Segundo, porque he defendido mucho a esta orquesta durante bastantes años, pero me encuentro con que estoy fuera de la nómina de críticos oficiales por decisión unilateral de una persona que me detesta, mientras que sí que cuenta con unos señores que de manera muy activa ha atacado a la formación e incluso sueñan con que esta se disuelva y sea sustituida por la Barroca de Sevilla para el repertorio que va hasta el primer tercio del siglo XIX –ya se lo andan pidiendo– y con una Bética Filarmónica reforzada para el resto.
"Olvídate, esa señora estará ahí hasta su jubilación", me decía alguien. Pues sí. Pero yo pienso seguir ejerciendo mi derecho al pataleo ad aeternam, piensen lo que piensen.
Recuerdo muy bien la primera vez que György Rath se puso al frente de la Sinfónica de Sevilla: programa Gershwin en la Sala Apolo en marzo de 1991. También me acuerdo de lo mucho que disfruté –yo tenía diecinueve años– a pesar de que la pianista dejó bastante que desear. Tras numerosas visitas, el maestro húngaro volvía esta semana para hacer un homenaje musical a su tierra con un programa atractivo a más no poder: Los preludios de Liszt, el Concierto para piano nº 2 de Liszt –con Eldar Nebolsin–, el Concierto rumano de Ligeti y la suite de El mandarín maravilloso de Bartók. Saqué mi entrada –en primera fila, que es más barato– y me fui para el Teatro de la Maestranza. Pero no voy a escribir reseña alguna.
¿Por qué? Por lo de siempre: agravio comparativo. La directora de relaciones externas de la orquesta decidió hace años dejar de invitarme, es decir, de considerarme como un crítico más, a pesar de que llevaba siguiendo a la ROSS desde su mismísima fundación y escribiendo en ella en diferentes medios digitales desde 1998. Decisión unilateral y de la que nunca he recibido explicación alguna por su parte. Alguien, quizá de su entorno, me escribió anónimamente eso de que "no se puede invitar a un blog, porque entonces cualquiera se abre uno y pide invitaciones". Pues miren ustedes, mi blog no está precisamente recién abierto. Lleva desde 2008 y es muy leído. Y yo no soy un fulano que quiere que le inviten por todo el morro: llevo en esto de la crítica musical muchísimo tiempo, tengo infinidad de publicaciones en revistas especializadas –críticas de discos sobre todo, pero también entrevistas y artículos de divulgación–, he escrito no pocas notas al programa y me parece haber demostrado que sé de lo que hablo. Además, tengo un libro de Barenboim en el que –perdonen la inmodestia– creo que queda claro que, con mis aciertos y con mis errores, se evidencia que puedo matizar bastante entre una interpretación y otra incluso cuando pertenecen a un mismo artista.
Pese a todo, la citada responsable prefiere contar solo con otros medios, a pesar de que algunos de ellos no tengan más lectores que el mío. Hace poco tiempo una persona intentó ejercer de mediadora entre Dña. María Jesús Ruiz y un servidor. Misión imposible: ella se cierra en banda y con indisimulada animadversión hacia mi persona. "Esa barrera está ahí y no hay nada que hacer", me decía un amigo antes del concierto. Pues sí. "Hasta que se jubile, no tienes nada que hacer", me refería otro en el intermedio. Cierto, salvo una cosa: seguir protestando en este blog, que es lo que hago. Por lo demás, disfruté del concierto más que otras veces al no tener que estar pensando qué tendría que escribir al día siguiente.
Varios amigos me han pedido que les escriba por WhatsApp cómo estuvo el concierto de ayer de la ROSS dirigido por Giacomo Sagripanti en el Villamarta. Aunque me dije a mí mismo que no pensaba escribir la crítica, vayan aquí unas líneas telegráficas para responder a su requerimiento.
Sinfonia da Requiem de Britten. Magnífico el primer movimiento, altamente gótico, en el que destacó el estudio minucioso de los golpes de arco. Mediocre el segundo, sin garra ni electricidad. Bien a secas el tercero.
Cuarta de Mahler. Magnífica dirección, no personal ni reveladora, pero sí de perfecta ortodoxia, sensata a más no poder, ajena a blanduras y muy equilibrada entre los diferentes planos expresivos de la música. Muy bien la soprano Lucía Martín-Cartón.
Sinfónica de Sevilla en baja forma durante el Britten y muchísimo mejor con Mahler: excelente empaste y sonoridad de la cuerda. Muy bien la concertino.
La falta de concha acústica perjudicó seriamente a maderas, viento y percusión para quienes estábamos en el patio de butacas; en contrapartida, desde esa ubicación se escuchó estupendamente a la soprano.
Hubo sobretítulos en castellano. Notas al programa inexistentes, ni en formato físico y ni a través de código QR. Público abundante y entusiasmado.
Quede bien claro que escribo desde la tristeza y la decepción. Por ello voy a andarme sin paños calientes y sin pelos en la lengua. Ahora bien, prometo que voy a releer este texto atentamente antes de publicarlo, porque no quiero caer en exageraciones derivadas del cabreo.
La Sinfónica de Sevilla va cuesta abajo y sin frenos. “Huele a muerto”, me ha escrito un amigo. Está mal en lo técnico, como pude comprobar hace poco personalmente en la Quinta de Prokofiev (leer reseña): cierto es que Marc Soustrot, acertadísimo en lo expresivo, dirigió con graves problemas para sostener el discurso horizontal y clarificar el vertical, pero las inseguridades y la pobreza sonora de la orquesta se deben en buena medida a ella misma. En los años noventa fue una de las mejores de España. Ahora bien, el nivel de nuestras formaciones ha subido considerablemente en las dos ultimas décadas, mientras la hispalense va cada vez peor. Lo sé porque la llevo escuchando desde sus primerísimos conciertos, y también porque puedo comparar: desde aquella sobredosis del Maestranza durante la Expo’92 hasta ahora he escuchado una enorme cantidad de conciertos sinfónicos en directo. Aquí, allí y más allá. A las mejores del mundo y a alguna de las peores. Viajo mucho. Sé lo que hay por ahí. La ROSS no solo no es lo que era, sino que ya no da la talla para una ciudad como Sevilla, que es –o debería ser– un referente cultural para toda España.
Si las cosas andan mal en el plano puramente técnico, en lo que a proyecto artístico se refiere la cosa está peor. La programación presentada esta mañana ha sido un jarro de agua fría. La ha confeccionado una persona a la que aprecio muchísimo: Juan Luis Pérez. Por eso me duele especialmente decir que es mediocre. ¿Qué los medios económicos son mínimos? Desde luego. ¿Qué está muy bien que se recupere aquel Primero de Bartók con Floristán suspendido por la huelga, o que se hagan cosas como la acongojante Sinfonía de Réquiem de Britten, el Concierto para flauta de Nielsen o el Concierto Rumano de Ligeti? Sin duda. Pero los programas apenas cuentan con batutas de fuste internacional, los grandes solistas brillan por su ausencia y, lo peor de todo, resulta complacientes y escasos de imaginación. ¿De verdad hay que ofrecer otra vez la castaña nazi-fascista de los Carmina Burana por aquello de hacer taquilla? ¿Y qué me dicen del Concierto de Aranjuez y el Concierto andaluz de Rodrigo? Caspa en estado puro.
Así las cosas, solo hay dos posibilidades.
UNA, dejar morir a la orquesta. Me consta de buena tinta que los políticos han tenido –y probablemente siguen teniendo- esa solución encima de la mesa. Se procedería a su disolución. Luego se crearía otra más pequeña, más barata y menos problemática desde el punto de vista de sindical, o directamente se la sustituiría por otra u otras. Sospecho que la demonización del comité de empresa y de los propios músicos que algunos medios andan realizando va en esa dirección. Posiblemente algunas personas se frotan las manos pensando que van a colocar a esa orquesta con la que ellos, o sus cónyuges, se encuentran directamente relacionados. O que el presupuesto de la ROSS se va a dedicar a más cuerda de tripa y –peor aún– a hacer más óperas. De “tema sevillano”, faltaría más.
DOS, incrementar sustancialmente el presupuesto por parte de las administraciones públicas, atender las justas demandas de los músicos y plantear un proyecto artístico muchísimo más imaginativo y en el que se cuente con batutas y solistas de cierto renombre. También me parece importante aparcar el tema de la titularidad: se postulan algunos de los contratados para esta temporada –ya se ha leído por ahí algún artículo adulatorio anticipándose al advenimiento del Mesías–, pero estas cosas hay que tomárselas con mucho tiempo y después de un importante trabajo juntos, no a partir de un par de programas de abono o de una ópera. Añadamos a esto la necesidad de contratar nuevos miembros del más alto nivel posible y, no lo olvidemos, el asunto más problemático: animar a la jubilación anticipada a los profesores que no dan la talla. Así de claro. Defiendo al comité de empresa en sus reivindicaciones salariales y profesionales –yo mismo estoy afiliado a Comisiones Obreras, lo digo con orgullo–, pero precisamente por respeto a aquellos trabajadores que demuestran un alto nivel de cualificación hay que reconocer que otros no están a la altura del trabajo en equipo que hay que desempeñar. Y no me vengan con milongas, porque –lo dije antes– a esta orquesta la he escuchado muchísimo, al igual que tengo muy trabajadas a algunas otras, particularmente las de Madrid y Valencia. La mejoría y estabilización de la ROSS también pasa por un filtro de calidad.
Supongo que no hará falta que se lo diga: la vía uno se impone con claridad, por desgracia para todos los amantes de la música sinfónica. Que, pese a lo que digan los desvergonzados manipuladores de turno, seguimos siendo muchísimos.
Tenía clarísimo que no iba a escribir nada sobre el concierto de ayer jueves 16 de mayo de la Sinfónica de Sevilla bajo la dirección de Marc Soustrot, pero tras consultar con la almohada he decidido hacerlo. Eso sí, yendo al grado sobre lo que me preocupa.
Disfruté del sublime Concierto para clarinete KV 622 que hizo al maestro francés: un Mozart maravillosamente tradicional, cálido y fraseado con amplitud, que me recordó al que hacía Klaus Weise con esta misma orquesta. Más ensimismado de la cuenta, eso sí, y con alguna caída de tensión, pero lo disfruté. A la peligrosísima kale barroka hispalense seguro que le horrorizaría: esas cosas solo le gustan con cuerda de tripa, marchando con prisas y fraseando a saltitos. Más me gustó todavía la labor de JoséLuis Fernández Sánchez, a la sazón discípulo del primer atril de la orquesta a quien se rendía homenaje tras su fallecimiento, Piotr Josef Szmyslik. Tocó no ya con solvencia técnica, sino también con enorme musicalidad. Recibió muy merecidos aplausos.
El problema fue la Quinta de Prokofiev, obra que adoro de manera muy especial. A mi entender, Marc Soustrot –a quien le escuché en el mismo Maestranza una blandísima Tercera de Mahler hace unos meses– acertó en el concepto: tempi más lentos que la media, marcado carácter atmosférico, clímax mucho antes opresivos que épicos, lirismo punzante y perfecta mezcla de cantabilidad y sarcasmo en el Finale. Pero la orquesta no pudo técnicamente con la obra, particularmente en lo que a la sección de metales se refiere. Tampoco la batuta, no vayamos a quitarle responsabilidad: abundaron los desajustes –en los compases finales el maestro tuvo que correr para pillar a los músicos que se habían adelantado–, hubo pifias, faltó empaste –trombones en el último movimiento–, se echó de menos tensión interna y, en líneas generales, la ROSS sonó de manera pobre, escasa de virtuosismo y de brillantez. Sí, ya sé que no puedo comparar con las increíblemente maravillosas versiones que le escuché en directo a Esenbach con la Philadelphia Orchestra y a Rozhdestvensky con la Sinfónica de Berlín, pero que la Sinfónica de Sevilla no pueda con esta obra emblemática del repertorio me parece preocupante.
¿Soluciones? Ciertamente el asunto es complicado, pero de lo que estoy por completo seguro es de que la peor de todas es la que proponen las hordas liberales: pegar grandes tijeretazos económicos a la orquesta. Si reducimos plantilla y funcionamos a base de aumentos puntuales, el nivel técnico lo que hará será empeorar y la formación hispalense caminará hacia la disolución. Claro que a lo mejor es eso precisamente lo algunos están buscando.
El Teatro de la Maestranza ha dado dos pasos decisivos a lo largo de su historia lírica –que se remonta a 1991, cuando se hicieron Rigoletto con Kraus y Tosca con Domingo– en lo que a renovación del repertorio se refiere. Uno tuvo lugar en 2006, cuando por voluntad de Pedro Halffter se llevó a escena la Lulu de Alban Berg, rompiendo así con el extremo conservadurismo de la etapa de José Luis Castro; aún queda por estrenarse Wozzeck a orillas del Guadalquivir, todo hay que decirlo –y con ella, muchas óperas importantes de la primera mitad del siglo pasado–, pero al menos se dejó bien claro al público sevillano que la historia de la ópera no se acaba en Turandot, y se abrió la puerta a que se pudieran ver algunas cosas más cercanas en el tiempo. El segundo se ha dado esta misma semana con algo a lo que todo teatro dispuesto a ocupar un lugar en el panorama internacional debe aspirar: el estreno mundial de una ópera de encargo propio. Bueno, en este caso la propuesta inicial partió de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla por iniciativa de su anterior titular, John Axelrod, pero el Maestranza la hizo propia invitando al compositor Alberto Carretero, que es sevillano y catedrático en el conservatorio de la ciudad, a reconvertir el proyecto original en una ópera. Bravísimo.
Que el punto de partida dramático sea una leyenda hispalense –con punto de partida absolutamente real– le da al asunto más gancho popular, aunque también se presta a que algunos despistados salgan con tópicos y confusiones históricas de extrema gravedad, como hablar de “oscuridades medievales” y cosas así. Verán ustedes, los dos primeros tercios del medioevo europeo fueron relativamente tolerantes en lo religioso, al menos durante el emirato y el califato de Córdoba, aunque también en los reinos del norte. Mientras en Al-Ándalus la intolerancia llegó con los almohades –caso Maimónides–, en territorio cristiano la convivencia se enturbió en el siglo XIV, y el hostigamiento a los judíos en España solo fue grave a partir de los pogromos de 1391, que comenzaron precisamente en Sevilla. En cuanto a la Inquisición Española, no es medieval en absoluto, sino moderna: su creación por parte de los Reyes Católicos en 1478, aunque responda al antisemitismo acumulado por el pueblo durante los cien años anteriores, forma parte del proceso de transformación de una monarquía medieval en lo que fue la primera de las monarquías autoritarias que van a caracterizar a toda la Edad Moderna. De tinieblas medievales, nada de nada. Por cierto, que no tengo muy claro si el ajusticiamiento de Diego Susón –el padre de la protagonista– y de otros presuntos judaizantes tuvo que ver con la intolerancia religiosa eclesiástica o más bien con la –por lo demás, por completo justificada– rebeldía de los conversos sevillanos ante los que les venía encima, justo como ocurrirá en Zaragoza tras el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués en 1483. Pero claro, hablarle de todo ello a los inquisidores de hoy, a esos que exigen que nuestras artes se ajusten a unos determinados valores que conduzcan a la población a la moral políticamente correcta y eviten la representación cinematográfica o escénica de comportamientosdesviados (¡estos nuevos Torquemadas han llegado a pedir que se relegue a la pobre Butterfly por aquello del presunto carácter heteropatriarcal de la trama!), resulta poco menos que inútil ante la cantidad de prejuicios grabados a machamartillo en su imaginario.
Pero bueno, volvamos a lo nuestro. En la producción de La Bella Susona se ha aspirado a la obra de arte total. Dicho de otra manera, tanto el libreto como la parte escénica tenían que ser obras de arte en sí mismas, no unas meras herramientas al servicio de la música. Esto tiene sus riesgos, y en esta ocasión la cosa ha flojeado por la parte del texto. No son pocos precisamente los melómanos que se quejan de la vertiente literaria de nada menos que El anillo del nibelungo, que solo funciona en compañía de su corespondiente música. A mí me parece que aquí ha pasado algo de eso. Planteando la historia como una serie siniestras fantasmagorías en flashback que visualiza Susona desde el convento en el que decidió recluirse tras traicionar a su padre por amor a un cristiano, el escritor hispalense Rafael Puerto descarta cualquier intento narrativo para desplegar una poesía digamos que “surrealista” en la que se plantean metáforas y asociaciones de imágenes que por momentos resultan muy sugerentes, pero que a mí en general me sobraban. Como no soy crítico literario precisamente, les pongo un ejemplo para que ustedes juzguen por sí mismos, porque mi incapacidad para entender esta poesía resulta grande:
“Y suben mil ladrillos un mensaje de la rosa de los vientos, ocho veces eres libre como Minerva, pues quien en tosca conciencia vive no te verá luna, por edicto del sol en este gran río profundo”.
Triunfo rotundo de la parte visual merced al inteligente trabajo escénico de Carlos Wagner, al tan sencillo como exquisito vestuario de Alejandro Andújar –responsable también de la parca escenografía– y, sobre todo, a la conjunción entre la iluminación de Albert Fayra y los vídeos de Francesc Isern. Felizmente, nada de la Sevilla real se vio allí. Intemporalidad absoluta para una obra marcadamente psicológica en el que el río negro y opresivo –se entiende que es el Guadalquivir, a escasos metros del teatro, pero podría ser cualquier otro– se convierte en macabra metáfora.
¿Y la música? Habrá melómanos poco afines a la creación más o menos contemporánea que habrán pensado que lo que allí se escuchaba era rabiosamente moderno. Para nada: Alberto Carretero ha optado por un eclecticismo el que se percibe el pleno conocimiento y la asimilación –en una escena me parecía escuchar la Notation para orquesta nº 2 de Boulez– de las diferentes vanguardias de los últimos años. Y no lo digo como reproche, sino todo lo contrario. Dictaminar que un compositor de nuestros días tiene que seguir por tal o cual senda so pena de ser considerado como poco comprometido –bien con la modernidad, bien con las necesidades del público– resulta –una vez más– una actitud inquisitorial. Que cada uno escoja cómo quiere escribir, siempre que lo haga con lo que justamente ha demostrado el autor sevillano: con pleno dominio de la técnica, coherencia y potencia a la hora de estimular los sentidos. En el muy inquietante, atmosférico y expresivamente denso juego entre sonidos orquestales y electroacústica diseñado por Carretero no solo no se notaban costuras, sino que había personalidad, fuerza y ganas de comunicar. Al menos, en lo que salía del foso y se escuchaba por los altavoces.
La parte vocal no funcionó a la misma altura: canto melismático que no terminaba de ofrecer la variedad que demandaban las diferentes escenas y que terminaba resultando bastante cansino. Ahí creo que Susona pincha como ópera, un género que, por definición y al margen de la mayor o menor importancia que el compositor de turno conceda a la orquesta, se basa en la fuerza expresiva de la voz. También me parece que al coro no se le sacó todo el provecho debido. Dicho esto, yo escucharía en mi casa repetidamente una larga suite orquestal de esta música y la disfrutaría –la sufriría, en el buen sentido– una barbaridad, quizá más que en el Maestranza: una señora que tenía cerca no paraba de buscar petróleo en su bolso y me estropeó algunos de los mejores momentos de la función.
Sin olvidarnos de la ingeniería sonora a cargo de Sylvain Cadara, que venía del mismísimo IRCAM, hay que elogiar el gran trabajo de Nacho de Paz empuñando la batuta. Sí, ya se que en este tipo de música no hay que “interpretar”, sino más bien que colocar los sonidos en su sitio –cosa nada fácil–, pero la convicción expresiva del maestro de turno y de la orquesta siempre se nota. ¡Ya lo creo que se nota! Y aquí tanto el director como la ROSS se merecieron un fuerte aplauso, no menor que el de la esforzadísima soprano protagonista, Daisi Press, que se tuvo que dejar la piel tanto vocal como escénicamente en su larguísima parte.
Entre el resto del elenco destacó el tenor José Luis Sola, de voz clara y bien emitida. El instrumento grande y pastoso de Luis Cansino era en principio ideal para Abel Susón, pero el barítono madrileño venía de cancelar en el Villamarta por enfermedad y no estaba en óptimas condiciones: el vibrato era excesivo. El contratenor Federico Fioriro me gustó bastante más en su segunda intervención que en la primera. Marina Pardo, con sus defectos y virtudes de siempre: voz densa, emisión engolada, expresividad intensa.
El aforo ocupado del teatro fue casi la totalidad del mismo: mucho es para el riesgo de la propuesta, así que hay que felicitarse. No hubo desaprobación alguna, y sí considerables aplausos para los responsables de la creación; eso sí, estos jugaban en casa. Ahora les toca acudir al Auditorio de Tenerife, porque la propuesta se ha llevado a cabo en coproducción. Si ustedes tienen la oportunidad, no se la pierdan. Con todos sus desequilibrios, es hora y cuarto de creación que logra inquietar y hacer pensar.
PD. Las estupendas fotos son de Guillermo Mendo y provienen del Facebook oficial del teatro.
Escrita entre 1906 y 1907, la Segunda Sinfonía de Rachmaninov es hoy una de las favoritas del público, pero no tanto entre los presuntos especialistas. Por fortuna, ya no ocurre lo que en tiempos pasados, cuando se amputaban compases alegremente hasta abreviar de manera sustancial su duración. A continuación recojo mis apuntes sobre las grabaciones que he venido escuchado. Entre ellas, solo las tres primeras (Sanderling '56, Ormandy '59 y Svetlanov '73) ofrecen cortes. Las demás presentan la partitura en su integridad. Son sus movimientos: 1. Largo — Allegro moderato; 2. Allegro molto; 3. Adagio; 4. Allegro vivace
1. Sanderling/Filarmónica de Leningrado (DG, 1956). Al frente de una magnífica orquesta, Sanderling ofrece una muy hermosa, sincera, encendida y entusiasta versión de enfoque mucho antes extrovertido que melancólica u otoñal, pero en cualquier caso ajena al efectismo y la vulgaridad. El problema es que la fogosidad de la batuta supone a veces cierta precipitación e incluso falta de claridad, echándose de menos un fraseo más paladeado en determinados pasajes, empezando por la propia introducción. Buen sonido monofónico. (8)
2. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS-Sony, 1959). En el que fue probablemente el primer registro estereofónico de la pieza, el ya veterano maestro de origen húngaro dio buena cuenta de su profundo conocimiento de la música del autor –recuérdese que habían colaborado juntos– con una lectura tan viril, fogosa y brillante como la de su colega Sanderling, pero fraseada con mayor concentración –solo se desborda un tanto el último movimiento–, mejor diseccionada y dotada de una adecuada voluptuosidad a la que no es ajena la asombrosa calidad de la orquesta de la que era titular. En cualquier caso, a la interpretación le falta un último punto de magia poética. El solo
de clarinete del tercer movimiento no resulta del todo emotivo. La toma sonora sí que está a la altura. (8)
3. Svetlanov/Bolshoi (Mobile Fidelity, 1973). Al frente de la orquesta del mítico teatro de la que pocos años antes había sido titular –magnífica la cuerda, menos bien el resto– un Svetlanov ya entrado en la cuarentena pero aún lejos de las particularidades creativas –entre la genialidad y el amaneramiento– de su última etapa, registró una lectura algo desequilibrada, no del todo poética, que resulta muy atractiva por su nervio, electricidad y carácter escarpado, lo que no le impide ofrecernos un adagio admirablemente paladeado y de especial electricidad. Lástima que en el último movimiento haya un tanto de barullo y que la toma sonora, opaca y con escasa gama dinámica, no sea la mejor posible. (8)
4. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (RCA, 1973). Haciendo uso por fin de la edición completa de la partitura, el maestro iguala y hasta por momentos supera su lectura catorce años anterior arriba comentada. Ya desde la concentrada introducción se observa como gran virtud de esta nueva interpretación el sonido áspero y rocoso de la orquesta, basado en una sensacional cuerda grave, así como la gran atención de la batuta a la hora de diseccionar la escritura. Magnífico el primer movimiento, con voluptuosidad y decadentismo en su punto justo. Admirable también el segundo pese a que hay portamenti algo excesivos. El tercero no es particularmente lento ni nostálgico, pero sí muy emocionante, alcanzando clímax de gran intensidad. Irreprochable el cuarto, enérgico pero sin excesos. (9)
5. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1973). En la que fue su segunda grabación de la obra, el joven maestro ofreció una interpretación de lo más ortodoxa que supo conjugar la parte melancólica de la partitura con la más extrovertida, todo en su punto justo, haciendo gala de un gusto exquisito y construyendo muy bien la arquitectura de la obra. Particularmente extraordinario es el Allegro vivace conclusivo, tan lleno de fuerza como ajeno a efectismos o precipitaciones, amén de inmejorablemente paladeado y transparente a más no poder. En los movimientos anteriores, sin duda magníficos, hay quien puede echar de menos un punto extra de emotividad. En cualquier caso, un clásico de indispensable conocimiento. (10) 6. Ormandy/Philadelphia (DVD Euroarts, 1979). La solvencia y elocuencia de la batuta son innegables, como también su conocimiento del estilo, su sinceridad y su loable alejamiento de lo amanerado, pero por desgracia en esta filmación Ormandy se muestra mucho más acertado en los movimientos pares, brillantes, encendidos y muy bien trazados, que en los otros dos, que le quedan un tanto superficiales y rutinarios, necesitando de una mayor dosis de imaginación, personalidad y atención al matiz expresivo. (8)
7. Ashkenazy/Concertgebouw (Decca, 1981). Beneficiada por una soberbia orquesta y una extraordinaria toma sonora, nos encontramos ante una lectura de gran ortodoxia en un planteamiento a medio camino entre el del Previn de los setenta y el de Maazel, es decir, lírica y emotiva sin ser otoñal, pero también con nervio, tensa y escarpada, así como dotada de un toque de rusticidad muy adecuado. Por fortuna la intensidad de la batuta, evidente en todo momento, no le conduce al descontrol ni estropea una estupenda planificación. (9)
8. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1982). Dueño de una técnica portentosa que logra trabajar a la orquesta de Karajan con enorme depuración sonora, clarificando texturas y construyendo las tensiones de manera admirable, Maazel ofrece una arriesgada, personal y reveladora interpretación que deja a un lado la vertiente más sensual, melancólica y ensoñada de la partitura para centrarse en sus aspectos más aristados, impetuosos e incluso rebeldes. De esta manera, los dos primeros movimientos suenan con cierta aspereza y están dicho desde el dramatismo más extrovertido, mas siempre bajo control; por descontado, no hay un solo portamento, y sí una intensidad llena de anhelo. Las mismas características presiden un tercer movimiento mucho menos decadente que lo habitual, pero lleno de apasionamiento y magia poética. El nivel sólo baja un tanto en el último, algo precipitado y sin el suficiente vuelo lírico en determinados pasajes, aunque lleno de brillantez. Espléndida la toma. (9)
9. Previn/Royal Philharmonic (Telarc, 1985). La crítica española se dividió un tanto ante esta interpretación absolutamente otoñal, plácida y melancólica. Sin duda rezuma un exquisito gusto y se muestra ajena a la retórica y a la dulzonería, aunque hemos de reconocer que se puede echar de menos una mayor dosis de fuerza, incisividad y variedad expresiva en los dos primeros movimientos. El Adagio es por el contrario sublime, de una lentitud, concentración y vuelo lírico incomparables, aun siempre en una línea más serena que rebelde. El cuarto es espléndido, muy ortodoxo y de gran claridad, dicho sin apresuramientos, si bien podríamos echar de menos mayor electricidad si lo comparamos con lo que el propio Previn había hecho para EMI. (9)
10. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Pickwick, 1988). Intensísima y apasionada pero al mismo tiempo perfectamente construida lectura, en una línea áspera, viril y sin la menor concesión no ya a la blandura, sino también a la ensoñación o a la melancolía, aunque no por ello deje de ser poética y comunicativa. Lo menos extraordinario es el segundo movimiento. Admirable la orquesta, cuyas grabaciones con el maestro ruso se revalorizan cada día que pasa. (9)
11. Sanderling/Orquesta Philharmonia (Teldec, 1989). Tras una introducción radicalmente opuesta a la de su grabación anterior, es decir, lenta y muy gótica, Sanderling desgrana una interpretación puramente otoñal y melancólica, de extraordinario vuelo lírico y altamente contemplativa, pero intensa y llena de emoción sincera. Lo mejor es el primer movimiento, lentísimo y de sublime belleza, matizado minuciosamente pero sin narcisismos. Los dos siguientes son magníficos, y el Allegro vivace sorprende por su lentitud y alejamiento del júbilo gratuito, estando aun así lleno de tensión y brillantez. Imprescindible. (10) 12. Bychkov/Orquesta de París (Philips, 1990). Resulta interesante el arranque, muy lento, como si la partitura se estuviera desperezando. Por desgracia cuando llega el Allegro moderato la batuta sigue como dormida, tardando bastante en encontrar energía. Sobran además portamenti y molesta el estrépito del final, particularmente un timbalazo de lo más hortera. Bychkov basa la interpretación del segundo movimiento en acelerar las partes dinámicas y ralentizar las introvertidas, acercándolas en exceso a lo ensoñado. El tercero resulta más bien dulzón y carece de progresión dramática hacia los clímax. El cuarto está bien, y estaría mejor con más arrebato y menos excesos de la percusión. La orquesta defrauda: violín de sonido debilucho y clarinete áfono. La claridad tampoco es la deseable. (5)
13. Temirkanov/San Petersburgo (RCA, 1991). El primer movimiento consigue a la perfección la atmósfera brumosa, melancólica y anhelante de la partitura sin caer en la blandura, ofreciendo además un admirable sentido del color, sobre todo para los tonos ocres, pero falla la arquitectura, no siempre tensa, culminando en un final algo bruto. El Allegro molto, llevado con rapidez y energía, se encuentra rubateando con acierto, pero sin mostrar siempre toda la imaginación deseable. Muy cálido, emotivo y ensoñado el Adagio, beneficiado por la bellísima sonoridad de la cuerda, aunque hay algunas frases demasiado tímidas. Espléndido finalmente el Allegro vivace, lleno de fuerza y también de poesía, con flexibilidad en su punto justo, aunque no con toda la claridad posible. (8)
14. Dutoit/Orquesta de Philadelphia (Decca-Newton, 1993). Magnífica interpretación de línea lírica, serena y ensoñada, muy poética, no necesariamente otoñal, pero en cualquier caso sin asomo de blandura. El primer movimiento, lento y muy sensual, poco escarpado, asombrosa por la plasticidad con que está trabajada la orquesta, lo que no le impide llevar buen pulso y evitar lo decadente. Muy ortodoxo el segundo, no particularmente electrizante, sobresaliendo la belleza y sensualidad con que está paladeado el tema lírico. El Adagio no resulta particularmente agónico ni intenso, pero destila belleza por los cuatro costados, progresando con naturalidad y pulso firme, sin necesidad de forzar nada. Allegro vivace de nuevo muy ortodoxo, pero también alejado del escándalo gratuito, procurando poner de relieve los aspectos más líricos sobre los épicos y estando siempre guiado por la emotividad sincera. (9)
15. Gergieg/Orquesta del Kirov (Philips-Newton, 1993). Sigo sin ver qué tiene Gergiev para llegar a donde ha llegado. En este Rachmaninov, descatalogado hace tiempo y ahora recuperado por Newton Classics, el estilo es el correcto y el planteamiento expresivo acierta al no descuidar ni la parte lírica ni la más extrovertida, pero la batuta dirige con brocha gorda y escaso sentido de la cantabilidad. El resultado es una versión poco tensa en el primer movimiento y en conjunto bastante superficial e insincera, adornada además con diversos efectismos para aparentar emoción. La toma sonora no está a la altura de lo deseable en un sello como Philips. (6)
16. Pletnev/Nacional Rusa (DG, 1993). En esta ocasión el otras veces mediocre Pletnev se muestra muy aseado y solvente, ofreciendo una interpretación que sabe aunar elegancia y temperamento sin caer en blanduras ni efectismos, si bien se echa en falta una visión más clara del contenido expresivo, más calidez y una mayor atención al matiz, sobre todo en un Adagio rutinario y precipitado. (7)
17. Jansons/San Petersburgo (EMI, 1993). El maestro letón decide olvidar las brumas y ofrecer una lectura extrovertida, brillante y de buen pulso, pero termina confundiendo semejante planteamiento con dejar a un lado tanto el análisis del entramado orquestal como el aliento lírico de la partitura, pasando de prisa y corriendo sobre sus múltiples bellezas, especialmente en los dos primeros movimientos, que interpreta de manera rutinaria y con tendencia al escándalo gratuito. En el Adagio por fin aparece la emoción, aunque le suene más a Tchaikovsky que a Rachmaninov y, a la postre, no termine de profundizar en él. Mucho mejor el cuarto movimiento, dicho con tanta brillantez como entusiasmo. (7)
18. Svetlanov/Sinfónica Estatal de la Federación Rusa (Canyon, 1995). Relativa decepción para tratarse de un artista que en sus últimos años nos dejó verdaderas joyas interpretativas. La obra está muy bien dicha, y además con evidente entusiasmo, gran claridad y sin precipitaciones, pero la emoción auténtica no surge y demasiadas excentricidades y amaneramientos, aun sin llegar a lo narcisista, se interponen entre el oyente y la partitura. Lo único que termina de convencer es un cuarto movimiento realmente brillante. (7) 19. Previn/Sinfonica de Londres (MP3 Andante, 2002). Este registro estuvo distribuido legalmente a través de la red, con sonido muy mejorable, por la desaparecida página "Andante". Lo incluimos porque se trata de una extraordinaria lectura, aunque curiosamente se encuentra mucho más cercana a la que hizo Previn en los setenta que a la de los ochenta, lo que quiere decir que no es especialmente melancólica al tiempo que alcanza una buena dosis de tensión interna, fuerza dramática y apasionamiento, más incluso que su grabación con la misma orquesta. Elocuencia, idioma y perfección en la arquitectura están garantizadas. Muy apasionado el Adagio, menos sereno y concentrado que el de Telarc, pero quizá más emocionante aún. Sensacional el final de la obra, con un clímax poderoso y dramático como quizá ningún otro. (10)
20. Iván Fischer/Festival de Budapest (Channel Classics, 2003). La batuta coloca todo en su sitio, procura ser transparente, ofrecer elegancia y no caer en excesos, pero los dos primeros movimientos resultan muy rutinarios e insípidos, pasando Fischer por encima de todas las bellezas de la partitura. Incluso hay portamentos excesivos y una sonoridad algo liviana que no encaja con la necesaria rusticidad de este autor. En el Adagio le pone más empeño, pero la flexibilidad de la agógica es más insincera que otra cosa. El cuarto sí está muy bien. (6)
21. Pedro Halffter/Sinfónica de Sevilla (RTVE, 2006). El pabellón español queda bien alto con este interpretación extrovertida, emotiva y fogosa, que no descontrolada, un tanto en la línea de la de Maazel pero sin llegar a resultar tan aristada ni electrizante, aunque a cambio se encuentre más atenta a la vertiente poética de la partitura. Sobresale en este sentido un Adagio sublime que alcanza un raro equilibrio entre apasionamiento anhelante, vuelo lírico y ensoñación poética. El cuarto pocas veces se ha escuchado tan jubiloso, si bien con unos tempi algo más reposados se podía haber ganado en claridad. Los pares, dentro de su magnífica ortodoxia, no aportan nada en especial, e incluso el segundo puede resultar algo cuadriculado. La orquesta se encuentra trabajada con notable plasticidad, pero las maderas se quedan algo cortas. La grabación es corta de dinámicas, sufre saturaciones en los tutti y está plagada de clicks. (9)
22. Paavo Jarvi/Sinfónica de Cincinnati (Telarc, 2006). El sobrevalorado maestro estonio se toma demasiado a pecho su deseo de borrar todo rastro de decadentismo, brumosidad y ensoñación de la partitura, hasta el punto de que los los primeros movimientos, pese a estar trazados con empuje y con una sonoridad rocosa que resulta atractiva, resulta precipitados y muy superficiales. Mucho mejor el Adagio, intenso, dramático y bien paladeado, aunque sin atmósfera y a la postre no del todo emotivo. El cuarto posee mucha fuerza, pero de nuevo hay pasajes leídos de manera superficial. En conjunto, una versión que intenta ser renovadora pero que por eso mismo no acierta en el estilo, y a la que además le falta una idea clara detrás. La toma sonora es algo borrosa. (7)
23. Bychkov/Sinfónica de la WDR de Colonia (DVD Arthaus, 2007). Todo está en su sitio, el idioma es el correcto, la batuta se muestra entusiasta y la orquesta un muy digno nivel, aun no siendo gran cosa el oboe. El problema es que, como ya ocurriera en la grabación del maestro para Philips, a la que en cualquier caso mejora, tras una espléndida introducción no se acaba de alcanzar el vuelo poético deseado, y se cae puntualmente en portamentos discutibles y algunas otras blanduras. Además la dirección es algo gruesa, sobre todo en una verbenera coda. (7)
24. Ashkenazy/Sinfónica de Sidney (Exton, 2007). Interpretación rápida, directa, sincera, realizada de un solo trazo, ajena a amaneramientos y de una comunicatividad admirable. El primer movimiento comienza un punto adusto, ajeno a brumas, pero luego termina convenciendo por su fuerza interior. Maravilloso un Adagio extrovertido, magníficamente trazado en sus tensiones y emocionante a más no poder. Los movimientos pares están llenos de entusiasmo. Por desgracia la batuta, muy atenta a clarificar todas las líneas, no logra paliar las evidentes insuficiencias de la orquesta, y de ahí que la grabación del maestro con la Concertgebouw siga siendo preferible. (9)
25. Pappano/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (EMI, 2009). Como también se ha visto en su grabación de los conciertos para piano, el maestro no termina de sintonizar con Rachmaninov. Por ejemplo, el primer movimiento está muy bien tensado pese a su lentitud, y se encuentra muy atento a las sonoridades graves, pero resulta en exceso pulido, amén de algo más delicado de la cuenta en las secciones líricas. Con todo, hay en él algún interesante descubrimiento en la orquestación. No le queda mal el segundo, a pesar de sus abundantes portamenti y de unas transiciones algo caprichosas. El problema llega con el Adagio, excesivamente delicado, frágil y hasta blando, careciendo de verdadera intensidad. Magnífico, eso sí, un Allegro vivace tan impetuoso como brillante. La toma sonora no es gran cosa. (7)
26. Sokhiev/Filarmónica de Berlin (Berliner Philharmoniker Digital Concert Hall, 2010). ¿Qué habrán visto en el joven Sokhiev? El sonido de esta orquesta es ideal para la obra, pero el vuelo poético no despega en ningún momento y la sensación de rutina se impone. Falta estilo, falta implicación emocional, falta efusividad, falta esa particular morbidez en el fraseo. Solo es admirable el cuarto movimiento, brillante y poderoso, dicho con entusiasmo. Por otra parte, hay que celebrar la claridad general y reprochar algún portamento fuera de tiesto a estas alturas. (7) 27. Rattle/Filarmónica de Berlín (DVD Euroarts, 2011). Como ya escribí cuando comenté este concierto ofrecido en el Teatro Real de Madrid, "Rattle lo ha hecho bastante mejor que Tugan Sokhiev con esta misma formación. Personalmente solo reprocharía la tendencia de la batuta a endulzar aún más lo que ya de por sí es dulce, amanerando alguna frase aislada o acentuando –segundo movimiento– e incluso añadiendo –cuarto– algunos portamenti. Por lo demás, una interpretación 'romántica' en el buen sentido, magníficamente trazada, intensa y comunicativa, muy bien paladeada en el sublime Adagio y sabiendo ser brillante sin caer en el efectismo en el Allegro vivace conclusivo". (9)
28. Pappano/Staatskapelle de Dresde (Symphony y YouTube, 2018).Gran mejoría del maestro londinense con respecto a su grabación en Roma. El concepto cálido y eminentemente lírico sigue ahí, pero desapareció el exceso de delicadeza del primer movimiento. También lo hicieron los portamenti del segundo, cuyas transiciones se encuentran ahora mejor resueltas. Aunque siga adoleciendo de cierta falta de intensidad, se supera igualmente en un Adagio que ahora sabe no caer en la blandura, mientras que el arte de Pappano vuelve a brillar en un Finale de vigor bien controlado en el que la tendencia del maestro a atender más a la arquitectura global –soberbia– que al detalle no le impide ofrecer una recreación de trazo fino. La suntuosa sonoridad de la formación sajona hace mucho por los resultados. (8)
28. Nézet-Seguin/Orquesta de Philadelphia (DG, 2018). El maestro canadiense realiza la apuesta más fuerte y arriesgada: la de la dulzura, la ensoñación y el decadentismo. Elementos imprescindibles en la música del autor, pero que con solo un punto de más pueden echar por tierra los resultados. Yannick se arriesga, decía. Y acierta, porque no llega –se queda muy cerca– a lo blando ni a lo empalagoso, al tiempo que trata a la orquesta con una plasticidad verdaderamente asombrosa y un dominio de la agógica –de flexibilidad extrema– propio de los más grandes maestros. Hay belleza, mucha belleza en su lectura, pero también sinceridad expresiva, de manera particular en un inspiradísimo tercer movimiento, y aunque personalmente prefiero enfoques con un poco más de rusticidad y menos portamentos, he escuchado con muchísima emoción su propuesta, que pasa a convertirse en una de mis favoritas. La toma es increíble, sobre todo si la audición se realiza en Dolby Atmos. (9)
29. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2021). El maestro ruso ofrece una soberbia demostración de técnica de batuta no ya a la hora del empaste, la afinación y el equilibrio de planos, sino a la de planificar reguladores, controlar tensiones, desplegar colores y ofrecer toda suerte de matices, todos ellos increíblemente bien llevados a la práctica. Pero también incurre en ese gusto por las sonoridades en exceso ingrávidas, a esa tendencia a lo blando y a lo desmayado, a ese preciosismo insincero y falto de carácter, que en cierto modo le emparenta con el peor Abbado, esto es, precisamente el de su titularidad berlinesa. En cualquier caso, la sangre no llega al río como sí lo hace en otras recreaciones del actual titular, la musicalidad de los solistas queda fuera de toda duda y el cuarto movimiento –mucho más logrados que los restantes– es a todas luces magnifico. (8)
Sí, estuve anoche en la Tercera de Mahler de Marc Soustrot y una especialmente espléndida Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en el Teatro de la Maestranza. Tengo mucho, muchísimo que decir sobre ella. Sin embargo, aunque no me resisto a felicitar calurosamente a la mezzo Astrid Nordstad, no voy escribir nada.
Las razones ya las saben ustedes, porque las expuse por última vez aquí, pero se las repito: me parece una falta de respeto y un insulto que la orquesta siga sin invitarme y sin embargo le siga facilitando entradas a quien ha escrito un artículo como el que pueden ustedes leer a continuación.
Que conste que pongo el enlace no para quienes me leen desde Sevilla, que conocen perfectamente la línea de Juan José Roldán Valdés, sino para quienes me siguen desde fuera y puedan creer que exagero. La lectura confirma todo lo que he dicho hasta ahora: este señor ha escuchado la Tercera de Mahler por primera vez en su vida (¡dice que la obra suele durar 90 minutos, que es lo que le dura a Solti pegándose patadas en el culo!), no conoce las líneas interpretativas mahlerianas –me parece que es lo menos que se puede pedir a alguien que escribe sobre conciertos sinfónicos de manera regular desde hace muchos años– y, como no encuentra nada que decir sobre la interpretación, rellena las lineas con una relación de los datos que cualquier melómano sabe de esta sinfonía, tomados de las notas al programa o de cualquier rincón de la red. Lo peor es que le salen las cosas así de mal por una razón muy simple: porque nunca le ha dado la real gana de escuchar discos de manera más o menos sistemática –es decir, comparando y analizando– ni de leer revistas especializadas. O sea, por flojo.
¿Cuál es el problema, señora María Jesús Ruiz, responsable de Relaciones Externas? ¿Que yo escribo en un blog bastante leído que se llama Ya nos queda un día menos y él en un simple portal de noticias que lleva el nombre del desaparecido Correo de Andalucía, pero que en absoluto es el referido diario? ¿O es que, sencillamente, me detesta personalmente, quizá bajo el influjo de su reverenciado Roldán Valdés, que en su momento hizo bastante para ponerme en contra de usted?
En fin, para mí todo esto resulta de los más triste. Muy especialmente después de haber sido el único que ha defendido a la ROSS durante esta reciente crisis. Los demás críticos participaron en la campaña contra ella o callaron ladinamente, quizá para no quedar mal con el Teatro de la Maestranza cuando este se las veía y se las deseaba para hacer Tosca. Yo no puedo hacer nada, porque este asunto parece no tener remedio –creo que María Jesús Ruiz es funcionaria y, como tal, seguirá ahí de por vida dejándome fuera–, pero la continuaré denunciando una y otra vez mientras me queden fuerzas.