Mostrando entradas con la etiqueta Concertgebouw. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Concertgebouw. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de mayo de 2013

Nelsons y Concertgebouw en Lucerna (II): Beethoven y Rimsky-Korsakov

El segundo de los programas que Andris Nelsons y la Orquesta del Concertgebouw ofrecieron en septiembre de 2011 en el Festival de Lucerna (aquí comenté el primero de ellos) estuvo dedicado a Beethoven y Rimsky Korsakov, contando como solista con Yefin Bronfman en el Quinto concierto para piano del sordo genial. Los resultados volvieron a ser de alto nivel, pero vayamos por partes.

Nelsons Bronfman Concertgebouw Lucerna BR

Ligeramente influido por las interpretaciones historicistas –vibrato un punto moderado, articulación afilada, timbales de baqueta dura, el maestro letón ofrece de la obertura de Las ruinas de Atenas –una obra muy menor, para qué vamos a negarlo– una interpretación luminosa y ágil en el buen sentido, que sin renunciar a los claroscuros teatrales propiamente beethovenianos, sabe ser ligera e incluso galante ofreciendo siempre una enorme musicalidad. La orquesta ya deja buena muestra de su nivel, muy en particular el oboe en su solo.

En el Emperador la dirección de Nelsons es vitalista, teatral y de una fogosidad magníficamente controlada, apostando por la vertiente más épica de la obra sin desatender –aunque no profundizando especialmente en ellos- sus aspectos más filosóficos. Bronfman hace gala de un sonido poderoso y de un temperamento encendido que casa muy bien con el enfoque de la batuta, pero le falta una vuelta de tuerca a la hora de matizar el fraseo, resultando un tanto seco y lineal. La orquesta, de nuevo absolutamente sensacional, hace subir puntos a esta en cualquier caso muy notable interpretación, tras la cual el pianista de origen ruso ofrece un espléndido Estudio op. 10 nº 8 de Chopin.


Scheherazade (o como demonios se escriba en castellano) conoce en la segunda parte una interpretación de perfecta ortodoxia, en el punto justo de equilibrio entre lo ruso y lo digamos “occidental”, no muy escorada como le ocurre a otros hacia lo protoimpresionista, que alcanza el grado máximo de perfección merced a un Nelsons de técnica soberbia que derrocha sensualidad, colorido, capacidad para la narración y garra dramática, así como atención al matiz expresivo, sin necesidad de inventar nada, de caer en la excentricidad (¡ay, Celibidache!) o de abandonarse al narcisismo.

Todo en esta interpretación es admirable, pero se podría destacar, por decir algo, cómo gradúa las tensiones desde un comienzo muy sensual y ensoñado hasta unos clímax de enorme grandeza en el primer movimiento; cómo matiza con sutileza las dinámicas en el segundo; cómo consigue esa difícil mezcla de ternura y pasión en el tercero; o cómo ofrece una agilidad y claridad extremas en el festín en Bagdad. En este sentido hay que quitarse el sombrero ante el virtuosismo insuperable de la orquesta holandesa, cuajada además de solistas de musicalidad asombrosa. Solo el violín, magnífico, vacila un poquito justo al final. En cualquier caso, una de las grandes interpretaciones de la página, muy cerca, por ejemplo, de otra ya mítica con la misma formación del Concertgebouw, la de Kondrashin (Philips).

Ah, la calidad de audio en Blu-Ray es un verdadero prodigio. Si tiene usted equipo multicanal, no encontrará interpretaciones mejor sonadas que estas. Impresionante.

miércoles, 2 de julio de 2008

La Concertgebouw en Granada

La primera vez que escuché a la Concertgebouw en directo fue en la Expo’92, con un doble programa bajo la dirección de Riccardo Chailly. De nuevo con el milanés la vi unos años más tarde, también en el Maestranza, con una sensacional Séptima de Mahler. Y el pasado verano le pude disfrutar un par de conciertos en los Proms londinenses con su antiguo titular Bernard Haitink.

Pero en la reciente visita al Festival de Granada la orquesta holandesa me ha impresionado aún más. La cuerda es fabulosa, muy especialmente qué cuerda grave. Menudas maderas. Y qué metales. El empaste global es igualmente portentoso. Hace unos meses estuve en Londres escuchando a la Sinfónica de Chicago y puedo dar fe de que la justamente mítica formación norteamericana no es mejor. Igual de extraordinaria sí, y desde luego más brillante, pero no mejor, porque la del Concertgebouw, además de precisión y redondez, ofrece una musicalidad en cada uno de sus solistas fuera de lo común.

Desgraciadamente canceló por motivos de salud Mariss Jansons -músico sobrevalorado pero de indiscutible talento- para ser sustituido en el Carlos V por el mucho menos interesante Neeme Järvi, que apechugó con todo el programa inicialmente previsto, incluyendo las páginas de Schumann. Ay. La obertura Euryanthe le salió bastante digna, ya que no inspirada, pero la Sinfonía Primavera dejó mucho que desear. Concretando, el segundo movimiento resultó hermoso y aseado, mientras que el estonio destrozó de manera inmisericorde el resto de la partitura con una brocha gorda, un mal gusto -metales y percusión en primer plano- y una precipitación realmente alarmantes, dando como resultado una lectura rápida, mecánica, machacona e insensible. Un horror.

Le quedaron mucho mejor los Cuadros de una exposición, no sé muy bien si porque a Järvi le va lo colorista -desde luego dirigió con atención al detalle, sin efectismos baratos y con un fino olfato descriptivo- o porque la partitura se presta mucho más al lucimiento de los solistas: maderas, tuba y saxo, de matrícula de honor. Sobre todo este último.

Al día siguiente, la Sinfonía Turangalila. La gigantesca plantilla salió al escenario mientras el público aplaudía ante la noticia -medio aforo masculino llevaba al pinganillo en la oreja- de que la selección española de fútbol había ganado no sé qué competición. Los músicos no sabían a qué se debía en realidad tal entusiasmo ante su salida al ruedo. Algunos en el público se llevaron luego una plancha: las señoras que tenía detrás de mí empezaron a cuchichear, a lamentarse y más tarde a reírse ante las “cosas raras” que se escuchaban en la orquesta. “Ya está bien de moderneces”, venían más o menos a decir. Qué borricas. Algunos se fueron antes de que la obra terminara. ¿Para qué demonios se sacan entradas para una sinfonía con nombre de culebra? Deberían haberse quedado viendo el fútbol. Por suerte la inmensa mayoría de los allí presentes aplaudimos a rabiar.

Grande, grandísima interpretación. Y eso que la batuta de Järvi, centradísima y muy eficiente, no tuvo ni mucho menos la personalidad, el sentido del color y la capacidad para generar tensiones de un Chailly, a quien le escuché por vez primera esta obra maestra en directo con la Filarmónica de La Scala en un concierto de esos que dejan huella. Pero bueno, un orquestón como éste para una partitura semejante es un verdadero lujo de esos que se tienen muy de higo a breva. Un disfrute total.

Jean-Yves Thibaudet, que ya hizo la obra en Sevilla en aquél concierto con Chailly, estuvo deslumbrante. Y para mí fue entrañable tener delante las Ondas Martenot de Cynthia Millar, a la que tantísimos discos de música de cine he escuchado. No pude resistirme a pedirle un autógrafo. Y al pianista también: el disco de su Turangalila con esta misma orquesta y Chailly, quizá la versión de referencia junto a la genial pero muy discutible de Nagano. Total, que me acordaré mucho de esta velada granadina dedicada a Messiaen, a pesar de que estuvo amenizada por los cohetes de algunos golfos que decidieron tomar la ciudad con la excusa del triunfo futbolero.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...