Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Me encuentro cansado. Cansado y dolorido, tanto del cuerpo como de lo demás. Por eso me voy a tomar unas vacaciones de este blog, no sin antes decir algo sobre la Carmen de Prêtre y la Callas, aquella que se grabó en la sala Wagram de París en julio de 1964: la he vuelto a escuchar aprovechando que ahora está en Dolby Atmos, a ver si así me entero de algo. Y creo que por fin empiezo a comprender de qué va la cosa.
Me ha gustado lo que hace María Callas, aunque a medias. Para empezar, no creo que esté tan mal de voz como se ha dicho. Personalmente me molestan los graves entubados, pero los consabidos cambios de color no me importan gran cosa. Expresivamente resulta de lo más interesante: su gitana es intensa, se enamora al cien por cien y sufre plenamente, sabe ser rebelde, desprende no poco sarcasmo y se muestra valiente a más no poder –"empoderada" se dice ahora– cuando corresponde en defensa de su libertad. ¿El problema? Carmen debe desprender un sano, natural y atrayente erotismo, y ahí la soprano griega se queda muy corta. Ni rastro de sensualidad, de picardía, de carácter seductor.
Nicolai Gedda me parece un Don José modélico. Su voz en algún momento no me resulta tímbricamente agradable, pero canta con un gusto exquisito, es un consumado estilista y posee una técnica portentosa: ofrece algunos reguladores que ponen los vellos de punta. ¿Muy francés? Desde luego, pero no me parece que eso sea un problema precisamente: se muestra elegante (¡maravillosa el aria de la flor!), más no distante ni escaso de intensidad dramática.
Con una voz más bien pequeña e impersonal, Andréa Guit compone una digna Micaela. Solo eso. De voz autoritaria y expresión más bien vulgar, poco matizada, el Escamillo de Robert Massard. Bien los comprimarios, aceptables orquesta y coros.
Georges Prêtre dirige con manifiesto entusiasmo y un estilo muy francés –le ayuda la sonoridad de las maderas–, pero se muestra sumamente irregular: a veces tan vistoso como epidérmico, en otras ocasiones adecuadamente fogoso, frívolo y hasta saltarín en más de un momento, precipitados en algún número, cuidadoso y con detalles personales en buena parte de la ópera... No sé qué pensar de él. Lo que sí creo percibir globalmente es que se trata de una versión con muchas cosas interesantes, pero en la que uno va por su lado. ¿Mi versión favorita? Ni idea, por no decir ninguna: me parece que todas cojean por algún lado. Abbado, quizás.
Revisión sustancial de esta entrada publicada originalmente en abril de 2013.
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Conviene advertir que esta es una música nada fácil de grabar: empastar órgano y orquesta es cosa complicada, por
lo que algunas compañías optan por registrar al instrumento aparte y
luego unirlo con el resto de la toma. Y no se me olvide recordar que ese
no es el único instrumento “obbligato” de la obra: el piano ejerce un
papel igual de importante en la segunda mitad de la página.
Compuesta en 1866, sus partes son en principio dos:
Adagio – Allegro moderato – Poco adagio
Allegro moderato – Presto – Maestoso – Allegro
En realidad, la estructura es mucho más clásica que lo que parece:
introducción lenta, primer movimiento rápido, movimiento lento, scherzo y
vibrante final. Los cuatro movimientos de toda la vida, en definitiva, por lo que aquí seguiremos semejante división para no confundir al personal.
1. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1956). Enérgica y poderosa interpretación, dicha con ganas y sin excesos, pero bastante ajena al idioma de la música francesa, lo que significa poco sutil y no muy sensual. El tratamiento de la orquesta, eso sí, es digno de toda admiración. Correcto el órgano de Edward Power Biggs. El sonido monofónico resulta satisfactorio gracias al reciente reprocesado, pero podía haber sido ya estéreo. (7)
2. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1959). Muy buena lectura de línea
ortodoxa, bien llevada, con energía, aunque sin toda la poesía posible. Funciona
sin problemas el primer movimiento, si bien algo tosco, o al menos no del todo
depurado. Al segundo le faltan morbidez en el fraseo, sensualidad y
espiritualidad; en contrapartida; se subrayan los ribetes amargos que posee la página.
Magnífico el tercero, poderoso y con mucha garra. Al final, tan fogoso como bien
controlado, le sobra algo de grandilocuencia. Nada en particular sobre el órgano
de Berj Zamkochian. Buen sonido para la época, con amplia gama dinámica en SACD.
(8)
3. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1962). Solo han pasado seis
años, pero los intérpretes repiten para aprovechar las ventajas de la
estereofonía: el órgano sale ganando de manera muy, pero que muy
considerable. La interpretación quizá haya perdido un poco de fuelle –no
estoy nada seguro– en el primer movimiento y ganado un poquito de
refinamiento, siendo a la postre más o menos la misma. (7)
4. Prêtre/Orchestre de la Societé des Concerts du Conservatoire (EMI-HDTT, 1964). Dejando a un lado las limitaciones de la orquesta y centrándonos en la labor de
la batuta, lo más flojo de esta versión es el primer movimiento, algo pesadote y
sin mucha garra dramática. En el segundo, por el contrario, el joven Prêtre
acierta frasear con voluptuosidad, sentido cantable, concentración y una
morbidez muy francesa, si bien en una línea antes sensual que interesada por la
espiritualidad. El tercero está muy bien y el Finale está dicho sin prisas y
posee la adecuada grandeza, aunque no sea especialmente entusiasta e incluso
resulte un poquito hinchado. Al órgano de St Etienne du Mont, su maestro Maurice
Duruflé. La toma sonora es más bien estridente y confusa; la remasterización en alta resolución del sello HDTT compensa parcialmente dichas insuficiencias. (7)
5. Martinon/Orquesta Nacional de la ORTF (Erato, 1966). Interpretación
ortodoxa en su línea francesa, pero no por ello trivial ni hedonista. Puede impresionar por su potencia expresiva, pero se resiente de una orquesta no muy
allá –la toma acentúa su aspereza– y de una batuta que no termina de acertar en
el primer movimiento: tras una espléndida introducción arranca sin especial fuerza, para luego resultar adecuadamente incisivo pero también un punto
nervioso, desarrollándose sin toda la unidad deseable. El segundo es por el
contrario portentoso, emotivo a más no poder y muy sabio a la hora de combinar a
partes iguales carnalidad y espiritualidad. Decidido el tercero, con garra y
cierta rusticidad sonora bien conjugada con la elegancia gala. Grandioso como debe
ser el final, aunque la coda resulta un poco más escandalosa de la cuenta,
circunstancia que puede deberse a unos ingenieros de sonido que le dieron
excesivo protagonismo a la lujosa presencia de nada menos que Marie-Claire Alain
al órgano. (9)
6. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1970). Sin haber cumplido aún los treinta y cuatro, un Zubin Mehta con muchísimas ganas de hacer música pone toda la carne en el asador demostrando convicción y entusiasmo, encauzando estos ingredientes bajo un perfecto control de la arquitectura y sabiendo aportar una buena dosis de brillantez sin dejarse llevar por el mero espectáculo. En cualquier caso, no le hubiera venido más un poco más de fuerza en la primera parte y de sensualidad en la segundo –magníficamente paladeada, por lo demás–. Tercera y cuarta son espléndidas. Bien el órgano de Anita Priest. (8)
7. Martinon/Nacional de la ORTF (EMI, 1972-75). Orquesta y director
volvieron a grabar la obra con motivo de su integral de las sinfonías para el
sello EMI. La interpretación sigue los pasos de la anterior, con
la excepción de un segundo movimiento que ha perdido algo de carnalidad y
voluptuosidad, quizá también de emotividad, para orientarse claramente a la
espiritualidad; en cualquier caso, los resultados son bellísimos. El primer
movimiento ha ganado ahora en unidad, aunque cosas mejores se hayan escuchado, y
la segunda mitad de la obra ofrece quizá mayor depuración sonora. También la
toma, sin ser precisamente ninguna maravilla –seca y con escaso relieve–, se
encuentra ahora más lograda por equilibrar mejor el órgano, en este caso el de
Bernard Gavoty en los Inválidos, donde se realizó –nada de “corta y pega” a
posteriori– la grabación orquestal. (9)
8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1976). Conociendo a Lenny,
uno podía esperarse una interpretación dionisíaca, extrovertida y voluptuosa,
llena de garra y gozosa a la hora de recrearse en melodías y colores. Pues no:
tras un primer movimiento sin mucha tensión interna, incluso algo desganado a
ratos, viene un Poco Adagio de una hondura mística –más que sensual– sobrecogedora en la que el maestro parece estar pensando en los
adagios mahlerianos que por la misma época interpretaba al frente de la
Filarmónica de Viena. Tras un “Scherzo” no del todo conseguido, la sección final
vuelve a apostar por la trascendencia espiritual sin caer, por fortuna, en la
retórica vacua ni el efectismo insincero. Lástima que ni la orquesta ni la toma
sonora sean muy allá. (8)
9. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1976). Frente a una orquesta
increíble que, además de una enorme brillantez en los metales,
aporta asombrosa precisión –a las maderas hay que oírlas para creerlas en el
primer movimiento–, Barenboim luce su ya entonces enorme técnica de batuta
trazando la arquitectura con absoluta solidez, equilibrando planos aun en los
momentos más decibélicos –que en esta obra son tremendos– y aportando esa visión
dramática, escarpada y sincera que entonces tenía de la música. Ahora bien, el
maestro todavía se autoexigía una apreciable sobriedad en lo que a hedonismo
sonoro se refiere y no se desenvolvía del todo bien con el color propio del
repertorio francés; por eso mismo en el Poco adagio, concentrado y bellísimo, y
quizá también en algunas frases del –por lo demás, portentoso– movimiento que le
antecede, se echa de menos esa dosis de sensualidad carnal que sí han conseguido
otros directores más idiomáticos. La segunda mitad de la obra, con un Barenboim
inflamadísimo pero siempre con los medios bajo control, es toda ella
excepcional: pocas veces o nunca se habrá escuchado semejante grado de
“espectáculo sonoro” con tanta grandeza interna pero sin ápice de retórica. El
final es insuperable. Por si fuera poco, el órgano de la
Catedral de Chartres, a cargo de un notable Gaston Litaize, se encuentra magníficamente
acoplado por los ingenieros de sonido. Si la toma sonora en CD era magnífica, en audio de alta resolución parece sensacional, impactando con unos graves poderosísimos. Más aún en Dolby Atmos. (9)
10. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Telarc, 1980). Ochenta años tenía ya el
mítico director de origen húngaro cuando fue el encargado de realizar la primera
grabación digital de la Sinfonía con órgano. No funcionaron las cosas
demasiado bien, al menos en una primera parte un tanto flácida y desganada, amén
de alicorta en contrastes y aliento dramático. En la segunda el nivel sube de
manera considerable, gracia sobre todo a la suntuosa sonoridad –cálida,
poderosa, empastadísima, redonda y brillante al mismo tiempo– de su orquesta, en
cuyas posibilidades se recrea buscando descaradamente, y con
evidentes excesos, la mayor espectacularidad posible. (7)
11. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1982).No hay nada de lo que asombrarse: el objetivo del
maestro salzburgués no es otro que ofrecer una combinación de sensualidad y
brillantez, ambas en el más alto grado posible, para dar como resultado una
interpretación extremadamente hedonista en la que se alternan brumas “germánicas”,
sonoridades aterciopeladas, metales en exceso brillantes –por no decir
prepotentes– y opulencias varias ante las que resulta difícil resistirse, pero
que también nos dejan cierta sensación de superficialidad. En cualquier caso,
el primer movimiento está francamente bien pese a no ser el
más dramático posible; el Poco adagio resulta más contemplativo que anhelante;
virtuosismo a tope pero también cierta tendencia al nerviosismo en el Presto
del tercero, y decibelios a discreción en un final en el que Pierre Cochereau se
arriesga en el órgano de la Catedral de París a apostar por registraciones
arcaizantes. La toma es francamente buena, sobre todo por su amplia gama
dinámica. (8)
12. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1982). Cierto es que al primer movimiento le falta un poco de gancho, que el segundo comienza algo frío, que el tercero resulta no solo muy aéreo sino también algo más rápido de la cuenta, y que al final le faltan grandeza e impacto dramático, pero en conjunto esta interpretación es irreprochable por la excelente línea francesa que sabe seguir –refinada y ligera en el buen sentido–, por lo magníficamente expuesta que está, por el buen pulso global, por su exquisita sensibilidad para el timbre y, en definitiva, por su mezcla de convicción, idioma y buen gusto que la presiden. La toma sonora es, además, de una considerable calidad, aunque al órgano de Peter Hurford, en el que se oyen cosas nuevas, se le concede quizá excesiva preeminencia. (8)
13. Barenboim/Sinfónica de Chicago (YouTube, 1983). Esta toma radiofónica nos
permite reencontrarnos con Barenboim y Chicago siete años después de su registro
oficial, que sonaba muchísimo mejor, aunque aquí el órgano, con David Shrader a
su cargo, está lógicamente en la sala. Las cosas no han cambiado mucho: el
primer movimiento ha perdido un poco de la tensión sonora, el carácter
apremiante y la tensión dramática de entonces, y el segundo ha ganado, quizá, un
poco de emotividad. Los dos últimos, llenos de fuerza, siguen siendo
sensacionales. (9)
14. De Waart/Sinfónica de San Francisco (Philips, 1984). Interpretación
solvente pero poco inspirada, sin mucha electricidad ni poesía, y sí algo
blanda. Lo mejor es un decidido tercer movimiento. La orquesta no es gran cosa.
El órgano de Jean Guillou pasa sin pena ni gloria. A olvidar.
(7)
15. Ozawa/Orquesta Nacional de Francia (EMI, 1985). El maestro oriental se mostró siempre muy afín a las maneras “francesas” de interpretar la música, pero a veces se pasó de la raya. Es el caso: aquí confunde sensualidad con excesiva ensoñación, morbidez con blandura, elegancia con falta de carácter, aunque no vamos a negar que su dilatadísimo Poco Adagio (10’) rebosa belleza en lo puramente formal. En el último movimiento, unos cuantos excesos terminan de estropear la interpretación. Tampoco la toma está a la altura, en buena medida por la problemática acústica de la Salle Wagram. El órgano, como en la versión de Barenboim, es el de la Catedral de Chartres, en este caso con Philippe Lefèvre. (6)
16. Levine/Filarmónica de Berlín (DG, 1987). Luce aquí mejor la
Berliner Philharmoniker que en la interpretación del propio Karajan para el
mismo sello, no solo por una toma sonora más conseguida –sobre todo por el
equilibrio con el órgano– , sino también porque el tantas veces mediocre Levine
logra compaginar “densidad germánica” con una enorme agilidad y una gran
dosis de brillantez marca de la casa, para conseguir, en el que es uno de sus
mejores registros sinfónicos, una interpretación de excelente pulso,
considerable temperamento dramático, asombrosa claridad y calurosa –pero siempre
controlada– extroversión en los momentos más jubilosos. Lástima que en el Poco
adagio, muy hermoso y bien paladeado, se escapen detalles más empalagosos de la
cuenta. (9)
17. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1994). El maestro estonio arranca la obra de manera satisfactoria, con los dos lánguidos "suspiros" muy conseguidos, para después ir desgranando el Allegro moderato sin prisas y con convicción. Lento y muy lírico el Poco adagio, maravillosamente desgranado y de embriagadora belleza, aunque demasiado contemplativo y carente de la adecuada desazón. El Scherzo pone en evidencia las relativas limitaciones tanto de la orquesta como de su director, no del todo preocupado por la depuración sonora. El Maestoso conclusivo presenta el tema principal antes con ensimismamiento que con emotividad, para después ofrecer más ampulosidad que grandeza; muy excesivo el calderón final. Wayne Marshall cobra una presencia muy excesiva nada menos que frente al órgano de la Abadía de Saint-Ouen en Rouen, de sonoridad arcaizante; en parte la culpa la tiene una toma bastante desequilibrada. Tampoco es que los ingenieros de EMI captaran del todo bien a la orquesta. (7)
18. Mehta/Filarmónica de Berlín (Teldec, 1995). Veinticinco años después de su registro en Los Ángeles, el maestro indio vuelve a la carga con la misma dosis de entusiasmo y brillantez que en la ocasión anterior, pero paladeando menos la música (el segundo movimiento pasa de 9’33’’’ a 8’31’’) y quedándose muy corto en sensualidad y poesía. La orquesta, obviamente, es muy superior. La toma sonora, algo metálica, posee una gama dinámica muy amplia y recoge de manera formidable el trabajo al órgano de Daniel Chorzempa. (7)
19. Eschenbach/Orquesta de Philadephia (Ondine, 2006). Con Olivier
Latry inaugurando el órgano de la sala de la fabulosa formación norteamericana,
Eschenbach ofrece una interpretación muy bien dicha pero no del todo
convincente. El primer movimiento, más que correcto, requiere mayor garra y
tensión interna. El segundo está muy bien paladeado, pero la lentitud termina
haciéndolo moroso. Busca el contraste con el tercero, que termina siendo
precipitado y en exceso nervioso. Bien sin más el cuarto, volcado claramente
hacia una espectacularidad particularmente evidente si se reproduce la capa SACD.
(7)
20. Chung/Filarmónica de Radio Francia (YouTube, Proms 2008). Interpretación
tópicamente francesa en la que son admirable el sentido del color, el
refinamiento y la morbidez del fraseo, al menos en el segundo movimiento, pero
en la que hay que reprochar seriamente la tendencia a ofrecer sonoridades
relamidas y a dejar de lado la tensión sonora, la garra y el dramatismo.
Magnífico de nuevo Latry. (7)
21. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Esta interpretación es bien diferente de la que ofrecieron idénticos intérpretes en la misma sala veinte años atrás. Felizmente, desaparece el nerviosismo por parte de la batuta para dar paso a un fraseo más lento y sensual que paladea los pentagramas con bastante más poesía, al tiempo que se atiende de manera más satisfactoria al análisis de los planos sonoros. El tercer movimiento, beneficiado de una orquesta que está todavía mejor que antes y de una batuta virtuosística como pocas, es un prodigio. El cuarto rebosa grandeza y brillantez sin quedarse en el mero espectáculo. La toma sonora, sin poseer la gama dinámica de la de Teldec, está ahora globalmente más lograda. A la postre, una de las versiones más recomendables de esta partitura. (9)
22. Pappano/Orquesta de la Academia de Santa Cecilia (Warner, 2016). Siempre comunicativo y brillante en el mejor de los sentidos, el maestro londinense ofrece un primer movimiento lleno de fuerza, muy sincero y rico en matices expresivos a pesar de que la batuta atiende al trazo global antes que al detalle. Muy hermoso el Poco adagio, quizá no el más emotivo posible, pero certero al alcanzar el punto justo de equilibrio entre lo sensual y lo agridulce sin que haya escoramiento hacia la blandura; impresionante la manera de desvelar los pizzicati de la cuerda generalmente desapercibidos. Rápido, efervescente y lleno de nervio el Scherzo, mas no por ello excesivamente aéreo, ni menos aún trivial: la tensión dramática se masca en cada momento. Solo notable el Finale: la primera exposición del tema lírico no está del todo conseguido ni globalmente se alcanza la fuerza visionaria de las más grandes versiones, entre otras cosas porque la orquesta se queda algo corta. La toma resulta algo áspera y evidencia en exceso su procedencia del vivo. En Dolby Atmos sí que suena muy bien, y con aplausos por los canales traseros. (8)
Georges Bizet escribió su Sinfonía cuando estudiaba en el Conservatorio de París allá por 1855. Contaba tan solo diecisiete años. Le salió una enorme obra maestra, como le ocurrirá mucho más adelante a Shostakovich –con dos años más de edad– al componer su Sinfonía nº 1. La diferencia es que mientras el ruso se mostrará iconoclasta y un punto gamberro, el francés se atiene a las más estrictas convenciones académicas. Da igual: la calidad de una obra artística no se mide tanto por su capacidad para avanzar en la forma (¿fue Bach acaso un rompedor?), sino por algo muchísimo menos cuantificable como es la inspiración. Y aquí el joven Bizet rebosa de ella.
1. Beecham/Orquesta Nacional de la Radiodifusión francesa (EMI, 1959). Aun británico por los cuatro costados, el baronet ofrece la interpretación francesa por excelencia, aquella que reúne todos los tópicos que asociamos con la música decimonónica del país vecino. Y lo hace con plena musicalidad, enorme convicción y perfecta sintonía con la partitura que tiene por delante. Hay aquí morbidez y suavidad tímbrica, en buena medida por la particular sonoridad de una orquesta con unas maderas y unas trompas herederas de una tradición hoy perdida, sin que eso suponga caer en excesivas ingravideces o perder a un músculo que a Beecham le gusta bien robusto. Igualmente encontramos elegancia, encanto y coquetería, más no cursilería ni trivialidad. Sentido del humor suave, un punto irónico. Y un fraseo fluido, elegante y pleno de cantabilidad, quizá sin particular jovialidad en los movimientos extremos por optar por una visión más bien madura, poética y concentrada. Cierto es que se echa de menos la increíble poesía que conseguirá Haitink en el Adagio, pero a cambio tenemos un trío del tercer movimiento de todo punto sublime. (10)
2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Como era de esperar en el Lenny de la primera mitad de los sesenta, se trata de una interpretación ante todo juvenil y extrovertida, llena de vida, de frescura, de inmediatez y de goce por hacer música. Esto no significa que falten claridad, atención al detalle y capacidad para hacer volar las melodías, pero sí que es cierto que se pueden echar de menos hondura y ese peculiar sentido de “lo francés”. El Finale, en cualquier caso, resulta tan bullicioso –un punto rossiniano– que terminamos recibiendo la contagiosa comunicatividad de Lenny como un auténtico soplo de vida. (9)
3. Martinon/Sinfónica de Chicago (RCA, 1968). Interpretación musculada antes que ligera –aunque la orquesta toca con enorme limpieza–, no especialmente bulliciosa ni chispeante, que destaca por la calidez y sensualidad que el maestro francés, haciendo gala de un evidente idiomatismo, sabe poner de relieve. En este sentido sobresale el Adagio, de un lirismo ensoñado y embriagador pero nada blando, dirigido con concentración y beneficiado de un oboe maravilloso. También es de destacar el Scherzo, robusto y con empuje, pero alternando con pasajes poéticos de elevada poesía. La sonoridad de la orquesta adquiere toques difuminados apropiados para lo francés, aunque en parte puede deberse a una toma algo borrosa –excesiva reverberación– realizada en el Medinah Temple. (9)
4. Marriner/Academy (Decca, 1973). Interpretación clásica en todos los sentidos, muy bien delineada y con esa distinción típicamente inglesa que aquí sienta muy bien, añadiendo unas gotas de humor también británico. Falta la sensualidad y el vuelo lírico de otros maestros, pero a cambio el segundo movimiento ofrece de manera muy convincente cierto resulto amargo y un clímax un tanto dramático. El cuarto movimiento es más bien ligero y trepidante, pero no alberga tanta poesía. La toma sonora, algo reverberante. (9)
5. Barenboim/Orquesta de París (EMI, 1976). Lejos de la morbidez tímbrica típicamente francesa y apostando por una sonoridad musculada, aunque en absoluto exenta de transparencia, y fraseando de una manera tan natural como amplia que le permite paladear con gran cantabilidad las melodías, el de Buenos Aires propone una recreación que, como en su Mozart, sabe aunar la elegancia, la concentración y el equilibrio clásicos con una buena dosis de energía y de fuerza expresiva. Pero no lo hace optando por la chispa y la extroversión juveniles de un Bernstein, sino por un enfoque maduro y reflexivo que aporta en el Andante no solo una gran elevación poética, sino también un punto de amargor –como había hecho ya Marriner– de lo más interesante. A destacar igualmente el toque rústico del Scherzo y la sensibilidad de su Trío. Lo menos logrado es el Finale, no del todo ágil y sin el carácter bullicioso que necesita. Estaría bien que EMI recuperase la cuadrafonía de la toma. (9)
6. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1977). He aquí la interpretación de referencia, un prodigio del clasicismo más depurado, elegante a más no poder y refinadísimo sin el menor asomo de amaneramiento o trivialidad, sino administrando perfectamente las tensiones y ofreciendo toda la agilidad y transparencia necesarias sin caer en lo virtuosístico: todo respira convicción expresiva. El primer movimiento sabe aportar las gotas inquietantes que están en la partitura, aunque puede que le falta un punto de chispa. El segundo, lento y muy concentrado, es increíblemente hermoso y se beneficia de un oboe musicalísimo. El tercero sabe aportar un punto rusticidad sin perder elegancia y sobriedad. El cuarto está admirablemente desmenuzado y sin prisa alguna, aportando un enorme vuelo lírico cuando corresponde y sabiendo ofrecer músculo sin resultar masivo; quizá se podría pedir un punto más de sentido del humor, nunca el fuerte de Haitink. En cualquier caso, la maravillosa formación holandesa redondea al alza los resultados. Toma sonora de calidad, aunque un punto distorsionada y más reverberante de la cuenta. (10)
7. Bychkov/Orquesta de París (Philips, 1990). El director ruso acierta por completo en los tempi de la página, como también en la sonoridad –en absoluto masiva, tampoco demasiado leve– y en el carácter, que debe alcanzar un peculiar equilibrio entre lo bullicioso, lo distendido, lo reflexivo y lo sensual sin quedarse en lo frívolo ni en lo epidérmico. El problema es que su batuta, al menos en aquellos años mozos, era mucho antes la de un artesano que la de un verdadero artista, y aquí se limita a concertar con mera solvencia –no hay especial refinamiento, antes al contrario– sin apenas levantar el vuelo poético. Todo resulta más que correcto, pero la sensación de rutina se termina imponiendo. Espléndida toma realizada en la Sala Pleyel. (7)
8. Plasson/Capitole de Toulouse (EMI, 1993). El director parisino apuesta por ofrecer una lectura dicha desde la más absoluta ortodoxia de "lo francés", concepto este que, como él mismo ha confesado en alguna ocasión, resulta de los más resbaladizo porque el difícil equilibrio entre densidad y levedad, tensión y laxitud, emoción e indolencia. A mí entender, aquí el maestro se escora un punto –solo un punto– más de la cuenta hacia la ligereza tanto sonora como expresiva, lo que se traduce en una interpretación elegante y muy bien trazada, pero también un tanto indolente, por no decir aséptica. Lo que mejor le funciona es el Allegro vivace conclusivo, muy ágil y magníficamente desmenuzado. (7)
9. Dutoit/Sinfónica de Montral (Decca, 1995?). El maestro suizo da buena cuenta tanto de su excelencia técnica como de su contrastada sintonía con este repertorio ofreciéndonos una interpretación perfectamente delineada, de irreprochable estilo y perfectamente equilibrada entre agilidad, frescura y lirismo. Solo falta –y esto, por desgracia es también habitual en Dutoit– ese último punto de inspiración que separa lo muy notable de lo verdaderamente grande. En este caso, una pizca más de picardía y, sobre todo, de efusividad poética. La orquesta realiza una labor sobresaliente y se encuentra recogida de manera formidable por los ingenieros de Decca. (8)
10. Prêtre/Sinfónica de la SWR de Stuttgart (Hänssler). El Allegro con brio inicial lo interpreta el veterano maestro con demasiado brío. El Allegro vivace conclusivo, pues lo mismo, demasiado vivace, aunque en el primer caso aportando un enorme entusiasmo y en el segundo desplegando una extraordinaria efervescencia, al tiempo que trabaja a la orquesta con limpieza admirable para la velocidad adoptada. En cualquier caso, lo grande de esta luminosa y sensual interpretación se encuentra en un Adagio paladeadísimo en el que el dominio de la agógica de Prêtre hace milagros y en un Scherzo cuyo trío destila una enorme poesía. La toma, en vivo, es de gran calidad. (8)
11. Paavo Järvi/Orquesta de París (Erato, 2009). Francamente despistado el maestro estonio en sonoridad y expresión, amén de un tanto primario a la hora de modelar a la orquesta, particularmente en un Allegro inicial rígido, amazacotado, demasiado nervioso y un tanto contundente, por no decir bastorro, ajeno a la mezcla de luminosidad, ligereza bien entendida y elegancia que la página necesita. Muchísimo mejor el segundo movimiento, dicho sin especial inspiración pero al menos fraseado con flexibilidad y sentido del canto. Los dos últimos están dichos con nervio e incuestionable entusiasmo, pero de nuevo la escasa sintonía con el estilo y el trazo en exceso agresivo y poco refinado de la batuta terminan lastrando el resultado. Por si fuera poco, los ingenieros de Erato estuvieron mucho menos afortunados que sus compañeros de Philips a la hora de lidiar con la acústica de la sala Pleyel. (6)
Esta entrada se publicó originalmente el 21 de abril de 2012. Como mañana parto con mis alumnos hacia Roma, me ha parecido oportuno realizar una actuación de esta discografía incluyendo los registros de Kertész, Marriner, Maazel'04, Prêtre, Battistoni y Rizzi'07. He vuelto a escuchar el de Ozawa, reformando de manera sustancial el comentario. En el resto he realizado modificaciones menores, sin alterar las puntuaciones previas.
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Primero de los tres poemas sinfónicos que conforman el “Tríptico Romano” de Ottorino Respighi, Fuentes de Roma fue compuesto en 1916 y conoció su estreno al año siguiente bajo la batuta de Antonio Guarnieri, si bien fue con Arturo Toscanini con quien esta página alcanzó un éxito singular. Nadie hay quien dude que la gran virtud de la obra es su portentosa orquestación, pero suele repetirse el tópico de que se trata de una partitura conservadora, convencional y pensada de cara a la galería. No es del todo cierto: aun alejada de las más atractivas experiencias de la vanguardia del momento, la obra está impregnada de una poesía que va más allá de la mera tarjeta postal, si bien solo los más grandes directores han sabido sacar a la luz los aspectos más inquietantes de la misma, mirando hacia el expresionismo más que hacia el tardorromanticismo o el impresionismo. Sobre el presunto carácter cinematográfico de la creación, poco hay que decir: por aquellas fechas la música de cine estaba en pañales.
La obra visita cuatro fuentes de la Ciudad Eterna "en la hora en que el carácter de cada una se armoniza mejor con el paisaje que la rodea”. Son por tanto cuatro sus secciones. “La fuente de Valle Giulia al alba” ofrece una brumosa atmosfera pastoral que usualmente es recreada tendiendo en exceso a lo bucólico, si bien las batutas más arriesgadas apuestan por destacar sus aspectos angulosos e incisivos. “La fuente del tritón por la mañana” describe el agitado y elegante movimiento de los seres marinos representados en la célebre obra de Bernini. Tras unas pocas calles llegamos a “La fuente de Trevi al mediodía”, donde el poderoso cortejo de Neptuno impacta por su fuerza al visitante dejando un rastro de espuma a su paso; aquí la demanda de recursos orquestales es elevadísima, al tiempo que en el formato discográfico solo una toma de gama dinámica muy amplia es capaz de recoger la espectacularidad ideada por Respighi. Una transición portentosa –el compositor domina a la maravilla la orquesta– nos lleva hasta “la fuente de Villa Medici al atardecer” que, entre cantos de pájaros y campanas de iglesia, cierra la partitura de la manera más melancólica.
1. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1951). Quien se encargó de hacer triunfar esta obra por todo lo alto registró para el disco una interpretación muy atractiva por su carácter anguloso, incisivo y altamente teatral, amén de por su apreciable claridad. Le falta concentración en el primer movimiento y, en general, un poco de magia sonora, pero en cualquier caso el pulso firme y la ausencia de devaneos sonoros del maestro se terminan imponiendo. La toma sonora, obviamente, no está a la altura de las circunstancias. (8)
2. Ormandy/Philadelphia (Sony, 1957). El estéreo –fundamental para la presente partitura– llegó con esta lectura de enfoque ortodoxo, menos incisiva y más hedonista que la de Toscanini, que se encuentra excelentemente trazada y bien desarrollada en lo que al sentido del color y de las texturas se refiere. A destacar la ensoñación del primer movimiento y la excelente transición del tercero al cuarto. El sonido hubiera sido estupendo para la época si no fuera por la estrechez de la gama dinámica. (9)
3. Reiner/Chicago (RCA, 1959). La mejor toma hasta el momento –recomendable escucharla en SACD– llega con esta realización soberbiamente tocada en la que el inolvidable Reiner, aunando la incisividad de Toscanini con la plasticidad de Ormandy, ofrece una altísima dosis tanto de brillantez como de poesía sin caer en efectismos ni en devaneos sonoros. Un clásico que apenas ha envejecido con el tiempo. (9)
4. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury-Newton, 1960). A precio muy barato se ha recuperado esta visión que, como ya hiciera Toscanini en su momento, se aleja de las brumas impresionistas para optar por la incisividad, la extroversión y cierto carácter nervioso, lo que no impide que la fuente de Villa Medici esté tratada con la concentración adecuada. Como además Dorati hace gala de un buen olfato para las texturas y de una gran brillantez, el resultado es francamente notable, y aún lo sería más con una dosis superior de poesía. La toma sonora resulta demasiado seca, aunque ofrece a cambio una amplia gama dinámica. (8)
5. Ansermet/Suisse Romande (Decca, 1963). Lejos de caer en la ensoñación hedonista, el director suizo ofrece una lectura extrovertida, colorista y muy narrativa, quizá no del todo paladeada pero maravillosamente tratada en lo que a timbres y texturas se refiere –en línea más incisiva que vincukada al impresionismo–, trazada con buen pulso y dicha con irreprochable musicalidad. (8)
6. Munch/New Philharmonia (Decca, 1966). La calidad de la orquesta es indiscutible, pero el director alsaciano frasea con escasa naturalidad y poco refinamiento, resultando las sonoridades más bien pedestres, incluso amazacotadas. Se equivoca, además, al ofrecer un primer movimiento en exceso bucólico, y no logra otorgar de fluidez y elegancia al resto. Encima la toma sonora, muy inferior a la de la propia Decca para Ansermet, presenta evidentes distorsiones y un estéreo demasiado artificioso, típico del sistema Phase 4. (6)
7. Kertész/Sinfónica de Londres (Decca, 1968). El maestro de Budapest desmiente esa impresión que da a veces de ser algo primario en el tratamiento de la orquesta ofreciendo una interpretación no solo trazada de manera irreprochable, sino también admirablemente trabajada en lo que a líneas, texturas y colores se refiere, algo fundamental en una página como la presente. Lo que nunca fue es un director particularmente poético, por lo que se mueve más a gusto es en la rusticidad del Tritón –tímbrica aristada, impulso rítmico– y en la grandeza imponente y un punto opresiva –de nuevo muy adecuado el sonido algo agreste de los metales– que en la sensualidad de los movimientos extremos. Espléndida interpretación, en cualquier caso, grabada con enorme acierto por el gran Kenneth Wilkinson en el tristemente desaparecido Kingsway Hall londinense. (9)
8. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1974). Repiten las huestes de Philadelphia con una admirable interpretación de línea ortodoxa, sensual y contemplativa mas no otoñal, que sabe ser descriptiva, rica en el color y muy elegante. Asimismo, se encuentra magníficamente trazada, amén de matizada con atención y acierto tanto en el fraseo como en las intervenciones solistas. La grabación posee más cuerpo y una gama dinámica algo mayor que la que los mismos intérpretes realizaron para CBS, pero ofrece una molesta distorsión que no sabemos si se podría arreglar con un nuevo reprocesado en manos de Sony, que posee ahora los derechos de la antigua RCA. (9)
9. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1977). No podía el de Salzburgo resistirse a utilizar esta partitura para hacer gala de su dominio de la masa orquestal y de la asombrosa calidad de la Filarmónica de Berlín. En este sentido, como lección de técnica orquestal esta interpretación es impresionante, sobresaliendo el clímax de la fuente de Trevi por su capacidad para desarrollar suntuosidad, claridad, colorido y las más variadas texturas. Por desgracia, y como era de esperar, el enfoque de la batuta resulta excesivamente narcisista, poco sincero y nada natural, incluso algo relamido. Karajan en estado puro. La toma sonora es extraordinaria. (8)
10. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1977). El maestro oriental ofrece una lectura absolutamente ortodoxa, esto es, descriptiva y colorista ante todo, muchísimo antes contemplativa, evocadora y poética que inquietante o dramática. En cualquier caso, equilibra de manera impecable atmosférico y expresión, y luce en su plenitud una extraordinaria capacidad para desplegar refinamiento tímbrico y modelar con exquisita plasticidad a la soberbia orquesta norteamericana, ofreciendo desde el pianísimo más sutil hasta el forte más atronador sin perder nunca la transparencia y el equilibrio de planos sonoros. Faltando quizá un último punto de inspiración y de magia poética, se encuentra a un paso de las más grandes lecturas. Existe una edición japonesa en SACD que se puede conseguir en ciertos lugares de la red: su sonido es increíble por naturalidad y transparencia. (9)
11. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1982). A principios de los ochenta el aún joven Dutoit se dedicó a grabar multitud de discos en Montreal en los que, en pleno descubrimiento del sonido digital, lo que más sobresalía era la increíble naturalidad, transparencia y definición tímbrica conseguida por los ingenieros de Decca, por encima de unas interpretaciones que dentro de su solidez rara vez llegaban a lo más alto. Es el caso de esta notabilísima recreación a la que le falta un último punto de vuelo poético: a Villa Medici se le podía haber sacado mucho más partido. (8)
12. Muti/Philadelphia (EMI, 1984). El maestro italiano no se encuentra aquí especialmente poético ni inspirado, porque donde dio la campanada fue en los dos otros poemas sinfónicos de Respighi, particularmente en Fiestas. En cualquier caso triunfa por su sentido del color, su incisividad, su sentido teatral y su buen pulso. La sensacional orquesta, no menos brillante que con Ormandy, hace subir el nivel. Lástima que la toma sonora no esté a la mayor altura posible. (9)
13. Marriner/Academy of St. Martin in The Fields (Philips, 1990). Nadie puede discutir la depuración sonora que, en este y cualquier otro repertorio, alcanzaban Sir Neville y sus chicos, pero lo cierto es que aquí decepcionan seriamente con una interpretación no solo en exceso evanescente y ensoñada, sino también considerablemente deslavazada –la batuta apuesta por tempi muy lentos sin saber cómo mantener la tensión interna–, por no decir flácida, blanda y aburrida. Ni siquiera la ingeniería sonora está a la altura. A olvidar. (6)
14. Bátiz/Royal Philharmonic (Naxos, 1991). Con muy buen sonido nos ofrece Naxos esta notabilísima recreación realizada en un solo trazo, ortodoxa y ajena a devaneos, estupendamente dicha –pese a algún desajuste que se podía haber arreglado– y llena de vida, aunque en comparación con las más grandes lecturas resulta mucho antes espectacular –la batuta del mexicano se muestra brillante en grado sumo– que poética. (8)
15. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1991). Haciendo gala de una fascinante paleta de colores, el maestro veneciano propuso una visión personal, mirando un tanto al expresionismo, en la que el primer movimiento resulta más nervioso e inquietante de lo acostumbrado y el último se cierra con un regusto amargo. Todo ello haciendo gala de una técnica de batuta impresionante: basta escuchar cómo realiza la transición de Trevi a Villa Medici y la manera en la que poco a poco va ralentizando el tempo en este último movimiento (¡lentísimo!) para darse cuenta de qué clase de director podía llegar a ser Sinopoli. La toma sonora, quizá la mejor de la que se ha beneficiado nunca este título, terminan de hacer imprescindible este disco. (10)
16. Rizzi/Filarmónica de Londres (Teldec, 1992). Es quizá el infravalorado Rizzi –milanés de nacimiento– quien ha logrado la mejor interpretación dentro de una línea sensual y hedonista, poco interesada por los aspectos más inquietantes de la partitura y ajena a la creatividad, pero en cualquier caso maravillosamente planificada, sabiamente matizada, riquísima en las texturas e impregnadas de poesía. Pocas veces se ha escuchado tan sugestiva en sus brumas la fuente de Valle Giulia, se han captado tan bien las espumas que rodean al Tritón, ha sonado Trevi tan poderosa y ha resultado Villa Medici tan concentrada. La magia sonora no alcanza los niveles de un Sinopoli o un Svetlanov, pero casi. Lástima que la toma de sonido, aun dotada de amplia gama dinámica, resulte un tanto turbia. (10)
17. Maazel/Sinfónica de Pittsburg (Sony, 1994). A estas alturas de su carrera Maazel había grabado ya dos veces los Pinos, pero nunca se había acercado discográficamente a las Fuentes. La de Valle Giulia le queda muy lenta y personal, clarísima pero también algo rebuscada. Muy elegante la danza de náyades y tritones. Trevi resulta brillante y un tanto estridente, quizá en exceso espectacular debido en parte a una grabación –realizada a volumen muy bajo– que pone en primer plano a los metales. Villa Medici la aborda más rápido de lo esperado, sin perder el pulso y sin narcisismos. Por lo demás, se trata de una interpretación no muy sensual, pero admirable por su claridad. (8)
18. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1995). No sabemos si se será por una toma sonora un tanto confusa, por las limitaciones de la orquesta o por la incapacidad del irregular Jansons para destilar poesía sonora, pero lo cierto es que esta interpretación suena más bien pálida, pobre en colorido y en claridad, ayuna de tensión interna –mediocre Valle Giulia, tan ensoñada en su “desperezarse” que pierde el pulso– y a la postre rutinaria, aséptica y aburrida. La fuente de Villa Medici es la que sale mejor parada. (6)
19. Gatti/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (RCA, 1996). El primer registro a cargo de la orquesta romana por excelencia nos ofrece una visión dulce, brumosa y ensoñada en la que se liman todas las aristas y se difumina lo más posible la paleta de colores, que llega a resultar en exceso impresionista. Ensoñadísima la fuente de Valle Giulia, elegante y en exceso refinada la del Tritón, adecuadamente grandiosa Trevi y difuminada e hiperdecadente Villa Medici. El resultado es tópico, blando y aburrido. (7)
20. Svetlanov/Sinfónica de la Radio Sueca (Weitblick, 1999). Al frente de una orquesta que no es de primera pero que realiza un gran trabajo, el maestro ruso ofrece una lectura lenta, muy paladeada, de riquísimo sentido del color, fraseo muy flexible y exquisitas texturas, que resulta ortodoxa en su carácter contemplativo pero heterodoxa por su creatividad. La fuente de Valle Giulia suena particularmente sensual. La refinada orquestación de la fuente del Tritón se encuentra desmenuzada de manera inmejorable. Lentísima y muy discutible, pero reveladora, la transición a la fuente de Trevi, que por lo demás adquiere la grandeza deseable. Melancólico y algo doliente, pero no excesivamente ensoñado ni difuminado, el paisaje romano –con el Vaticano al fondo– desde Villa Medici. La grabación es espectacular. (10)
21. Maazel/Filarmónica Arturo Toscanini (YouTube, 2004). El marco de la Villa Adriana en Tívoli es bellísimo, pero el aire libre deja muy al descubierto las limitaciones de una orquesta discreta con la que tiene que apechugar un Maazel que, pese a todo, logra trabajar bien las texturas y levantar con solidez el edificio al tiempo que demuestra su buen olfato musical. Con una filmación y una toma en condiciones, este documento tendría quizá mayor valor del que aparenta. (7)
22. Ashkenazy/Filarmónica de la Radio de Holanda (Exton, 2004-05). Con una toma de sonido no tan extraordinaria como era de esperar, ni siquiera en la capa SACD, se ofrece esta recreación de sólido trazo e irreprochable gusto que, estando admirablemente expuesta, no desprende en absoluto el entusiasmo que en su gestualidad suele ofrecer Ashkenazy sobre el podio, sino que más bien cae en cierta rutina. La orquesta tampoco es nada del otro jueves. Prescindible. (7)
23. Pappano/Santa Cecilia (EMI, 2007). Pappano jamás se muestra como un director genial o particularmente creativo, pero rara vez ha dejado de ofrecer una solidez asentada en el mejor oficio y el más irreprochable buen gusto. De este modo, al frente de su orquesta romana –mejor aquí que con Gatti– logra ofrecernos una ensoñada, poética y sensualísima interpretación, lenta y muy hermosa en los movimientos extremos. Se puede quizá reprochar un punto de narcisismo en Valle Giulia, pero también hay que elogiar la elocuencia y fluidez del Tritón y Trevi, aun sin llegar a las cotas de genialidad de otros maestros. (9)
24. Chailly/Filarmónica de Berlín (DVD y Blu-ray Euroarts 2011). Al aire libre y con excesivo ruido entre el público nos ofrece el maestro milanés una recreación muy sensata, magníficamente realizada, que sobresale por su rico sentido del color, por la naturalidad de su arquitectura y por su sensualidad, tendiendo quizá hacia lo impresionista. La calidad de la orquesta contribuye a la excelencia de los resultados. (9)
25. Pretrê/Filarmónica de la Scala (Sony DVD, 2011). El anciano maestro la una interpretación impresionista por excelencia, muy francesa, sensual, elegante y refinada, altamente ensoñada pero sin llegar a la blandura. Para descubrirse su dominio de la agógica, que le permite ofrecer algún interesantísimo hallazgo en el Tritón, así como muy personales y creativas transiciones. Eso sí, se echa de menos por parte de la batuta una mayor tensión dramática, mientras que la orquesta se queda algo corta. (9)
26. Battistoni/Sinfónica de Tokio (Denon, 2014?). Es esta una lectura de gran solidez: muy bien planificada, de tímbrica rica e incisiva, expuesta con nervio e inmediatez sin que falle la concentración en los dos movimientos extremos, y llena de garra y empuje en los centrales. En cualquier caso, resulta más vistosa que poética, más efectista que personal, comprometida o verdaderamente inspirada. Toma sonora muy brillante en HD Audio. (8)
27. Rizzi/Sinfónica de Galicia (YouTube, 2017). Sorprende el italiano al apartarse del enfoque marcadamente impresionista de su registro veinticinco años anterior, y decepciona al parecer un tanto desconcentrado e incapaz de destilar la magia poética de aquella ocasión. Se trata, en cualquier caso, de una notable lectura, sobresaliente en el movimiento conclusivo –aquí Rizzi sí que da la talla–, que se beneficia de la espléndida técnica de la batuta y de la enorme profesionalidad de esa estupenda orquesta que es la Sinfónica de Galicia. Calidad de imagen y sonido excepcionales. (8)