Esto último me sorprendió especialmente. De su fogosa batuta esperaba una de esas interpretaciones rápidas, vehementes y de elevado sentido teatral, a la manera de un Markevitch o un Solti, y no fue así. Hernández Silva, a quien considero como el mejor de los directores asentados actualmente en España, se sirvió de tempi lentos y un fraseo muy amplio para prestar enorme atención al vuelo melódico, no se dejó llevar por el nerviosismo, planificó bien los ascensos hacia unos clímax muy poderosos y quiso atender a la atmósfera ominosa de la página, particularmente en un arranque muy bien llevado, en la sección intermedia del segundo movimiento –no todos los directores que saben llenar de desazón ese pasaje– y en un Adagio lamentoso denso, lleno de negrura aun optando por una visión antes lírica que escarpada. Este último culminó con una coda en la que los contrabajos, tratados desde el podio con enorme plasticidad, latieron con ese carácter agónico que necesita la página, justo lo que no logró –hace ahora casi dos décadas, pero me acuerdo perfectamente de la ocasión– Yuri Temirkanov con la Sinfónica de Sevilla en este mismo escenario. El público se confundió al aplaudir tras la marcha, pero corrigió el equívoco reaccionando con justificado entusiasmo al terminar la interpretación.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Mostrando entradas con la etiqueta Hernández-Silva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hernández-Silva. Mostrar todas las entradas
lunes, 20 de noviembre de 2017
La Filarmónica de Málaga, otra vez: mal Dvorák, bien Tchaikovsky
Lo pasé mal el sábado por la noche durante la interpretación del Concierto
para violín de Dvorák que ofreció la Filarmónica de Málaga en el Teatro
Villamarta bajo la dirección de mi admirado Manuel Hernández Silva. No logré
disfrutar de la labor de Andrea Sestakova, concertino de la orquesta que
desempeñó en esta ocasión el papel de solista. La encontré bajo mínimos desde el
punto de vista técnico, sobre todo en lo que a la afinación se refiere. Sufrí
por la música y sufrí por ella. Porque me dio la impresión de que esta señora,
que ha sido alumna nada menos que de Leonid Kogan, es una profesional seria y
trabajadora que ha hecho un favor a su orquesta atreviéndose con esta nada fácil
partitura. Y no pudo con ella, porque esa noche le fallaron los dedos. Claro que quizá yo esté por completo equivocado: el
público la aplaudió, sus compañeros golpearon los atriles y el maestro Hernández
Silva, seguramente el responsable de haber contado con la artista, dio muestras
de satisfacción. Me limito a decir lo que a mí me pareció. Solo añadiré que fue
en el hermosísimo Adagio donde Sestakova se mostró más centrada tanto en lo
técnico y lo expresivo, logrando plena sintonía con una batuta que dirigió el
primer movimiento de manera amplia y solemne, quizá con excesiva gravedad,
convenciendo mucho menos en un tercero en el que se echaron de menos luminosidad ,
frescura y sabor folclórico.
Me gustó bastante la Sinfonía Patética de Tchaikovsky. Cierto que eché
de menos un trazo más fluido y, sobre todo, una matización mucho mayor de la
gama dinámica. También hubiera sido deseable mejorar el empaste de los
trombones, si bien es cierto que los metales de la Filarmónica de Málaga se
mostraron mucho más seguros de lo habitual –mucho más que una semana atrás en El Puerto– y que la cuerda lució un perfecto
empaste, independientemente de algún que otro desajuste entre las familias
instrumentales. Pero a la postre estuvimos ante una muy buena recreación de la
obra tchaikovskiana, porque el maestro venezolano hizo gala de las dos más
importantes virtudes para recrear esta página: intensidad dramática y
cantabilidad en el fraseo.
Esto último me sorprendió especialmente. De su fogosa batuta esperaba una de esas interpretaciones rápidas, vehementes y de elevado sentido teatral, a la manera de un Markevitch o un Solti, y no fue así. Hernández Silva, a quien considero como el mejor de los directores asentados actualmente en España, se sirvió de tempi lentos y un fraseo muy amplio para prestar enorme atención al vuelo melódico, no se dejó llevar por el nerviosismo, planificó bien los ascensos hacia unos clímax muy poderosos y quiso atender a la atmósfera ominosa de la página, particularmente en un arranque muy bien llevado, en la sección intermedia del segundo movimiento –no todos los directores que saben llenar de desazón ese pasaje– y en un Adagio lamentoso denso, lleno de negrura aun optando por una visión antes lírica que escarpada. Este último culminó con una coda en la que los contrabajos, tratados desde el podio con enorme plasticidad, latieron con ese carácter agónico que necesita la página, justo lo que no logró –hace ahora casi dos décadas, pero me acuerdo perfectamente de la ocasión– Yuri Temirkanov con la Sinfónica de Sevilla en este mismo escenario. El público se confundió al aplaudir tras la marcha, pero corrigió el equívoco reaccionando con justificado entusiasmo al terminar la interpretación.
Esto último me sorprendió especialmente. De su fogosa batuta esperaba una de esas interpretaciones rápidas, vehementes y de elevado sentido teatral, a la manera de un Markevitch o un Solti, y no fue así. Hernández Silva, a quien considero como el mejor de los directores asentados actualmente en España, se sirvió de tempi lentos y un fraseo muy amplio para prestar enorme atención al vuelo melódico, no se dejó llevar por el nerviosismo, planificó bien los ascensos hacia unos clímax muy poderosos y quiso atender a la atmósfera ominosa de la página, particularmente en un arranque muy bien llevado, en la sección intermedia del segundo movimiento –no todos los directores que saben llenar de desazón ese pasaje– y en un Adagio lamentoso denso, lleno de negrura aun optando por una visión antes lírica que escarpada. Este último culminó con una coda en la que los contrabajos, tratados desde el podio con enorme plasticidad, latieron con ese carácter agónico que necesita la página, justo lo que no logró –hace ahora casi dos décadas, pero me acuerdo perfectamente de la ocasión– Yuri Temirkanov con la Sinfónica de Sevilla en este mismo escenario. El público se confundió al aplaudir tras la marcha, pero corrigió el equívoco reaccionando con justificado entusiasmo al terminar la interpretación.
viernes, 30 de junio de 2017
Hernández Silva con la Academia de Estudios Orquestales: puro fuego
Enorme honestidad y valentía la de Manuel Hernández-Silva al escoger el
programa del concierto de la Academia de Estudios Orquestales de la Fundación Barenboim-Said ofrecido ayer jueves en la Sala Turina de Sevilla: Sinfonía
Júpiter de Mozart y Cuarta de Schumann. Dos partituras extremadamente
difíciles de tocar con auténtica limpieza, y no precisamente menos fáciles de
interpretar por parte del director. O sea, de las que dejan por completo al
descubierto las insuficiencias tanto de la batuta de turno como de la orquesta,
en este caso una formación de jóvenes andaluces que refuerzan con estas jornadas
sus estudios –algunos andan todavía en el conservatorio, otros ya han salido de
él– y que en no pocos casos actúan por vez primera ante el público con un
repertorio sinfónico. Circunstancia esta última que hay que tener muy en cuenta
a la hora de valorar su labor: no se les puede pedir lo mismo que a la Sinfónica
de Sevilla que a esa misma hora actuaba en el Maestranza, orquesta de la que
precisamente forman parte la mayoría de sus maestros de la referida Academia.
Medio en serio medio en broma, casi podíamos llamar a este conjunto “Joven
Sinfónica de Sevilla”.
Pues bien, y siempre teniendo en cuenta la referida circunstancia, creo que los resultados desde el punto de vista técnico han sido muy positivos. Injusto y ridículo sería ocultar que hubo irregularidades. Se deslizaron sonoridades ácidas en los violines, y en algún momento –final de la transición de la introducción al Allegro en la obra de Schumann– estos anduvieron muy desmadejados. Las trompetas, que realizaron su labor sin una sola nota falsa, sonaron demasiado fuertes en Mozart. Y los grandes solos del segundo movimiento de la sinfonía del alemán fueron desiguales: al oboe le traicionaron los nervios en su diálogo con un violonchelo –una chica– que estuvo muy correcto, mientras que ya en solitario, el primer violín resolvió francamente bien su difícil y bellísima parte.
Aquí acaban los reparos. Porque el conjunto sonó de manera bastante satisfactoria, poco titubeante y muy disciplinado, equilibrado entre sus secciones y, sin duda espoleado por la batuta, con muchísima entrega expresiva. Soy testigo de que hace años la Orquesta Joven de Andalucía –la que dirigió el mismísimo Barenboim en Marbella, sin ir más lejos– no alcanzaba semejante nivel. Si tenemos en cuenta que la propia OJA estuvo muy bien en Jerez hace tan solo unos meses, la conclusión parece clara: aunque haya aún mucho camino por recorrer, el nivel medio de los jóvenes instrumentistas andaluces se encuentra ahora mejor que nunca. Y eso se debe tanto a la constancia de los chavales como al profesorado de los conservatorios, pero también a la posibilidad de completar sus estudios con proyectos de diferente naturaleza, entre ellos éste de la Fundación Barenboim-Said que patrocina la Junta de Andalucía. Por tanto, se merecen también un fuerte aplauso los profesores salidos de la ROSS y el propio maestro Hernández-Silva.
Me queda hablar de la labor puramente interpretativa de este último. Me gustó bastante en la primera parte y regular en la segunda. Fue el suyo un Mozart de esos “de la gran tradición”, por completo ajeno a las maneras históricamente informadas que, me temo, algunos intentan imponer en Sevilla frente a la deseable convivencia entre las dos líneas. Y dentro de esa “gran tradición”, que a su vez ofrece muchísimos senderos que recorrer (¿qué tienen que ver entre ellos el Mozart de Furtwängler, Klemperer, Böhm, Kubelik o Marriner?), Hernández-Silva ofreció una Sinfonía nº 41 poderosa, con músculo –que no masiva–, rotunda, llena de fuego y de pasión, mucho antes interesada por el pathos que por la belleza sonora, y desde luego un punto protobeethoveniana. Vamos, una Júpiter propiamente jupiterina. No estuvo, sin embargo, tan atento a los aspectos líricos de la página: al segundo tema del primer movimiento o al sublime Andante cantabile, aunque fraseados sin rigidez y con su adecuado punto de sensualidad, se les podía haber sacado más partido. Tampoco jugó lo suficiente con las gradaciones dinámicas ni atendió del todo al equilibrio de planos, algo con lo que seguramente tuvo que ver la deficiente acústica que la pequeña sala presenta para una orquesta de estas dimensiones: todo sonaba demasiado fuerte. Triunfó el maestro, en cualquier caso, por su temperamento verdaderamente irresistible y su fuerza comunicativa.
La Cuarta de Schumann me pareció diferente a la que le escuché en enero de 2015 al frente de la OJA. Si en aquella percibí el punto de equilibrio exacto entre lirismo y pasión, salvo en un cuarto movimiento que entonces me pareció en exceso clásico, esta me ha parecido puro fuego, para lo bueno y para no lo tan bueno. Y si la Júpiter pide ante todo potencia expresiva, la página del autor de Genoveva exige también una delicadeza, una levedad bien entendida y una agilidad que en manos de algunos directores terminan convirtiéndose en frivolidad y cursilería. Por completo alejado de semejantes veleidades, Hernández-Silva cayó en el otro extremo: su lectura resultó temperamental a más no poder y tuvo unos muy adecuados acentos dramáticos, y hay que elogiar cómo su batuta consiguió que los chavales tocaran con una pasión desbordada, pero con frecuencia el fraseo fue cuadriculado –sobre todo en el primer movimiento– y la tosquedad hizo acto de presencia. El hermosísimo segundo movimiento estuvo bien cantado, aunque a mí me gusta con ese sabor agridulce tan difícil de conseguir. La dificilísima transición al cuarto estuvo resuelta solo con dignidad, mientras que la gran coda final fue furtwaengleriana a tope, dicho sea como el mayor de los elogios posibles.
Para cerrar ya estas líneas, compartir plenamente el discurso final del maestro sobre la importancia de apoyar la formación de estos jóvenes (¿habrá habido, quizá, quienes voluntariamente hayan decidido darle poca difusión a este evento?). También sobre la terrible situación en su Venezuela natal y sobre la necesidad de alcanzar la paz mediante el diálogo en Oriente Medio: la recaudación del concierto iba dirigida a UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina.
Pues bien, y siempre teniendo en cuenta la referida circunstancia, creo que los resultados desde el punto de vista técnico han sido muy positivos. Injusto y ridículo sería ocultar que hubo irregularidades. Se deslizaron sonoridades ácidas en los violines, y en algún momento –final de la transición de la introducción al Allegro en la obra de Schumann– estos anduvieron muy desmadejados. Las trompetas, que realizaron su labor sin una sola nota falsa, sonaron demasiado fuertes en Mozart. Y los grandes solos del segundo movimiento de la sinfonía del alemán fueron desiguales: al oboe le traicionaron los nervios en su diálogo con un violonchelo –una chica– que estuvo muy correcto, mientras que ya en solitario, el primer violín resolvió francamente bien su difícil y bellísima parte.
Aquí acaban los reparos. Porque el conjunto sonó de manera bastante satisfactoria, poco titubeante y muy disciplinado, equilibrado entre sus secciones y, sin duda espoleado por la batuta, con muchísima entrega expresiva. Soy testigo de que hace años la Orquesta Joven de Andalucía –la que dirigió el mismísimo Barenboim en Marbella, sin ir más lejos– no alcanzaba semejante nivel. Si tenemos en cuenta que la propia OJA estuvo muy bien en Jerez hace tan solo unos meses, la conclusión parece clara: aunque haya aún mucho camino por recorrer, el nivel medio de los jóvenes instrumentistas andaluces se encuentra ahora mejor que nunca. Y eso se debe tanto a la constancia de los chavales como al profesorado de los conservatorios, pero también a la posibilidad de completar sus estudios con proyectos de diferente naturaleza, entre ellos éste de la Fundación Barenboim-Said que patrocina la Junta de Andalucía. Por tanto, se merecen también un fuerte aplauso los profesores salidos de la ROSS y el propio maestro Hernández-Silva.
Me queda hablar de la labor puramente interpretativa de este último. Me gustó bastante en la primera parte y regular en la segunda. Fue el suyo un Mozart de esos “de la gran tradición”, por completo ajeno a las maneras históricamente informadas que, me temo, algunos intentan imponer en Sevilla frente a la deseable convivencia entre las dos líneas. Y dentro de esa “gran tradición”, que a su vez ofrece muchísimos senderos que recorrer (¿qué tienen que ver entre ellos el Mozart de Furtwängler, Klemperer, Böhm, Kubelik o Marriner?), Hernández-Silva ofreció una Sinfonía nº 41 poderosa, con músculo –que no masiva–, rotunda, llena de fuego y de pasión, mucho antes interesada por el pathos que por la belleza sonora, y desde luego un punto protobeethoveniana. Vamos, una Júpiter propiamente jupiterina. No estuvo, sin embargo, tan atento a los aspectos líricos de la página: al segundo tema del primer movimiento o al sublime Andante cantabile, aunque fraseados sin rigidez y con su adecuado punto de sensualidad, se les podía haber sacado más partido. Tampoco jugó lo suficiente con las gradaciones dinámicas ni atendió del todo al equilibrio de planos, algo con lo que seguramente tuvo que ver la deficiente acústica que la pequeña sala presenta para una orquesta de estas dimensiones: todo sonaba demasiado fuerte. Triunfó el maestro, en cualquier caso, por su temperamento verdaderamente irresistible y su fuerza comunicativa.
La Cuarta de Schumann me pareció diferente a la que le escuché en enero de 2015 al frente de la OJA. Si en aquella percibí el punto de equilibrio exacto entre lirismo y pasión, salvo en un cuarto movimiento que entonces me pareció en exceso clásico, esta me ha parecido puro fuego, para lo bueno y para no lo tan bueno. Y si la Júpiter pide ante todo potencia expresiva, la página del autor de Genoveva exige también una delicadeza, una levedad bien entendida y una agilidad que en manos de algunos directores terminan convirtiéndose en frivolidad y cursilería. Por completo alejado de semejantes veleidades, Hernández-Silva cayó en el otro extremo: su lectura resultó temperamental a más no poder y tuvo unos muy adecuados acentos dramáticos, y hay que elogiar cómo su batuta consiguió que los chavales tocaran con una pasión desbordada, pero con frecuencia el fraseo fue cuadriculado –sobre todo en el primer movimiento– y la tosquedad hizo acto de presencia. El hermosísimo segundo movimiento estuvo bien cantado, aunque a mí me gusta con ese sabor agridulce tan difícil de conseguir. La dificilísima transición al cuarto estuvo resuelta solo con dignidad, mientras que la gran coda final fue furtwaengleriana a tope, dicho sea como el mayor de los elogios posibles.
Para cerrar ya estas líneas, compartir plenamente el discurso final del maestro sobre la importancia de apoyar la formación de estos jóvenes (¿habrá habido, quizá, quienes voluntariamente hayan decidido darle poca difusión a este evento?). También sobre la terrible situación en su Venezuela natal y sobre la necesidad de alcanzar la paz mediante el diálogo en Oriente Medio: la recaudación del concierto iba dirigida a UNRWA, la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina.
miércoles, 28 de junio de 2017
Un concierto recomendable: Hernández Silva, o la tradición vienesa
Hay personas empeñadas en transmitir una idea negativa de la Fundación Barenboim-Said y, por ende, de la Junta de Andalucía que la constituyó allá por julio de 2004. Lo hacen afirmando que el presupuesto –importantísimo en un primer momento, ahora drásticamente menguado– que la Junta reserva para ella se invierte casi con exclusividad en los dos conciertos anuales que Daniel Barenboim tienen comprometidos en tierras andaluzas al frente de la Orquesta del West Eastern Divan. Su razonamiento es implacable: por muy buenos que fuesen dichos conciertos –que para ellos a veces no lo son, o incluso pueden calificarse abiertamente de malos–, gastar semejante cifra en solo dos veladas musicales es un disparate en una comunidad con necesidades culturales mucho más importantes. Luego añaden la guinda demagógica de los conservatorios de música desatendidos por la administración pública –circunstancia que probablemente sea cierta– y de los grupos de intérpretes locales que a duras penas sobreviven entre el desinterés de nuestra clase política –cosa que también ocurre, aunque en algunos casos se podría hablar justo de lo contrario–, y ya está el cóctel servido. Cóctel molotov, claro. Algunos incluso lo adornan con aquello de que "Barenboim viene a llevárselo calentito" para darle todavía más fuerza.
Por descontado que cada uno es libre de defender el modelo cultural que le parezca más oportuno, como también de admirar a Barenboim o de no hacerlo. Pero lo que no se puede hacer es mentir tan descaradamente como algunas de estas personas lo hacen. Y con semejante maldad. Lo de menos es que, como se ha repetido hasta la saciedad, el de Buenos Aires y su orquesta multicultural no cobren un euro por sus actuaciones. Lo grave es que también ocultan que, además de sufragar los gastos meramente organizativos de los referidos conciertos y de los encuentros que en tiempos pasados venían asociados a los mismos, la Fundación Barenboim-Said hace muchísimas otras cosas con su dinero. Un dinero que va destinado, por ejemplo, a talleres musicales y conciertos en Palestina; a másteres universitarios y clases magistrales que cuentan con la participación de numerosos músicos establecidos en nuestra comunidad autónoma y de algunas estrellas de fama internacional –desde el gran Asier Polo hasta mi odiado Enrico Onofri, por ejemplo–; también cursos de iniciación musical en Andalucía y hasta siete publicaciones en castellano del malogrado Edward Said. En la lista habría que incluir igualmente la Academia de Estudios Orquestales que celebra mañana jueves la clausura de este curso con un concierto en la Sala Joaquín Turina de Sevilla que ahora les quiero recomendar.
Y lo hago por un doble motivo. El primero, valorar con nuestros propios oídos si la labor realizada por la referida academia y sus maestros ha dado sus frutos. La segunda, tener la oportunidad de escuchar al maestro venezolano Manuel Hernández-Silva. He escrito muchas veces sobre él, casi siempre para bien. Le considero una de las mejores batutas asentadas ahora mismo en España. Hace un par de años le escuché una de las dos obras que tocará en este programa, la Cuarta sinfonía de Schumann. Escribí en este blog lo siguiente:
PS. Toda la información sobre las actividades de la Fundación Barenboim-Said la he tomado de su web oficial, que les recomiendo consulten para comprobar que no miento.
Por descontado que cada uno es libre de defender el modelo cultural que le parezca más oportuno, como también de admirar a Barenboim o de no hacerlo. Pero lo que no se puede hacer es mentir tan descaradamente como algunas de estas personas lo hacen. Y con semejante maldad. Lo de menos es que, como se ha repetido hasta la saciedad, el de Buenos Aires y su orquesta multicultural no cobren un euro por sus actuaciones. Lo grave es que también ocultan que, además de sufragar los gastos meramente organizativos de los referidos conciertos y de los encuentros que en tiempos pasados venían asociados a los mismos, la Fundación Barenboim-Said hace muchísimas otras cosas con su dinero. Un dinero que va destinado, por ejemplo, a talleres musicales y conciertos en Palestina; a másteres universitarios y clases magistrales que cuentan con la participación de numerosos músicos establecidos en nuestra comunidad autónoma y de algunas estrellas de fama internacional –desde el gran Asier Polo hasta mi odiado Enrico Onofri, por ejemplo–; también cursos de iniciación musical en Andalucía y hasta siete publicaciones en castellano del malogrado Edward Said. En la lista habría que incluir igualmente la Academia de Estudios Orquestales que celebra mañana jueves la clausura de este curso con un concierto en la Sala Joaquín Turina de Sevilla que ahora les quiero recomendar.
"Más que correcta su interpretación de la Cuarta sinfonía de Schumann, obra difícil donde las haya: la misma tarde del concierto escuché a un director de la categoría de Christian Thielemann estrellarse literalmente contra ella, y pocos días antes comprobé como el gran George Szell no lograba en absoluto ofrecer los admirables resultados que lograba con otras sinfonías del mismo autor.
Hernández-Silva consiguió, al menos en los tres primeros movimientos, encontrar los dos delicadísimos puntos de equilibrios que demanda esta música: entre ligereza y densidad por un lado, y entre fogosidad y vuelo lírico por otro. En el cuarto movimiento la cosa no funcionó tan bien: creo que la transición –que podría haber empezado aún más piano– debería rematar de manera más visionaria, para seguidamente poner fuego (pero fuego controlado, ojo, que muchos se precipitan) donde Hernández-Silva se mostró ante todo fluido y elegante, digamos que excesivamente clásico. Por lo demás hubo en su lectura naturalidad y excelente gusto, siempre teniendo en cuenta que el maestro atendió antes a que la orquesta sonara bien que a ofrecer los numerosos detalles expresivos que demanda esta obra maestra. Lo dicho: más que correcta."La otra obra va a ser nada menos que la Sinfonía Júpiter. Va a ser difícil superar el nivel de la lectura que ofreció Barenboim con la WEDO recientemente en el Maestranza, pero podría tratarse de una importante recreación, a tenor del Don Giovanni que le escuché en 2006 en Córdoba. Entonces me referí a la suya como "una batuta musical y llena de vida, quizá no muy ominosa en los momentos más visionarios ni especialmente creativa, pero sí perfectamente equilibrada entre los aspectos dramáticos y humorísticos de la partitura, centradísima en el idioma y desbordante de teatralidad, entusiasmo, vuelo lírico y pasión". Añadiría ahora lo que pude conocer más tarde: Hernández Silva tiene una formación vienesa cien por cien. O sea, Mozart-Mozart en la mejor tradición centroeuropea, esa misma que detestan (¡qué casualidad!) algunos de los que con más saña atacan a la West-Eastern Divan. Mi recomendación queda hecha. Y, como estos días trabajo en horario matutino, me podré pasar por allí. Ya les contaré.
PS. Toda la información sobre las actividades de la Fundación Barenboim-Said la he tomado de su web oficial, que les recomiendo consulten para comprobar que no miento.
domingo, 23 de abril de 2017
Málaga acierta con Hernández Silva
He escuchado muchas veces a la Orquesta Filarmónica de Málaga en el
Villamarta, la mayoría de ellas en su foso de ópera, pero nunca había sonado tan
bien (¡qué cuerda tan empastada!) como lo hizo la noche de ayer sábado 23, con
Lalo, Gershwin y Márquez en los atriles, bajo la dirección de Manuel
Hernández Silva (web oficial). Mucho mejor, sin ir más lejos, que el pasado febrero en el
Teatro Cervantes con Díez Boscovich en el homenaje
a John Williams. No cabe la menor duda de que los malagueños han acertado
prorrogando su titularidad hasta 2020, porque el maestro de Caracas posee una
técnica muy sólida que saca excelente partido de una formación ciertamente
desigual, a veces problemática, que necesita una batuta con riendas firmes, gran
seguridad, ideas muy claras y –no menos decisivo– buen talante para que los
músicos que la integran estén a la altura de las circunstancias.
Al margen de las cuestiones puramente técnicas, fue un buen concierto en lo
interpretativo. Bueno sin más. Tampoco es que se pueda hacer mucho con la
Sinfonía española de Lalo, pintoresquismo más bien banal que necesita una
interpretación de primera fila para ocultar la mediocridad de algunos de sus
temas. A mi entender, Hernández-Silva y el violinista Svetlin Roussev
alcanzaron ese nivel en un Intermezzo maravillosamente paladeado, sensual y
emotivo a más no poder, con un ritmo de habanera capturado a la perfección. El
resto fue más que solvente: el solista hizo gala de virtuosismo sobrado y buen
gusto, mientras que la batuta convención, paradójicamente, por no resultar muy
francesa, es decir, por no empeñarse en resultar indolente y difuminado,
ofreciendo por el contrario una muy apetecible dosis de músculo, de empuje y de
densidad tanto sonora como expresiva. Roussev regaló una propina virtuosística
de sabor eslavo que no logré identificar.
Muy bien trazada, más acertada con el ritmo que con el color y quizá no del todo depurada en lo sonoro, la interpretación de Un americano en París, en cualquier caso dicha con manifiesto entusiasmo y gran comunicatividad. Francamente bien primer violín y trompeta en sus decisivos solos. Lo mejor del concierto vino con el Danzón nº 2 del compositor mexicano Arturo Márquez, sencillamente ideal para las maneras de hacer de un Hernández-Silva festivo a tope al que su formación vienesa no logra disimular su procedencia: no se puede ser más idiomático ni más entusiasta. ¿Hay ya alguna duda en que, como se asegura por ahí, este señor fue el maestro de Dudamel? La Filarmónica de Málaga le siguió absolutamente rendida a sus pies. De propina ofrecieron la Conga del Fuego de Arturo Márquez –encore favorita de Dudamel–, dicha con las mismas virtudes que la pieza anterior aunque aquí con evidentes excesos de la percusión: deberían calibrar mejor la acústica del Villamarta. El público se desbordó de entusiasmo y todo el mundo se fue contento.
Muy bien trazada, más acertada con el ritmo que con el color y quizá no del todo depurada en lo sonoro, la interpretación de Un americano en París, en cualquier caso dicha con manifiesto entusiasmo y gran comunicatividad. Francamente bien primer violín y trompeta en sus decisivos solos. Lo mejor del concierto vino con el Danzón nº 2 del compositor mexicano Arturo Márquez, sencillamente ideal para las maneras de hacer de un Hernández-Silva festivo a tope al que su formación vienesa no logra disimular su procedencia: no se puede ser más idiomático ni más entusiasta. ¿Hay ya alguna duda en que, como se asegura por ahí, este señor fue el maestro de Dudamel? La Filarmónica de Málaga le siguió absolutamente rendida a sus pies. De propina ofrecieron la Conga del Fuego de Arturo Márquez –encore favorita de Dudamel–, dicha con las mismas virtudes que la pieza anterior aunque aquí con evidentes excesos de la percusión: deberían calibrar mejor la acústica del Villamarta. El público se desbordó de entusiasmo y todo el mundo se fue contento.
sábado, 10 de enero de 2015
La OJA en Jerez con Hernández-Silva
Tuvo lugar ayer viernes el primero de los dos conciertos que la Joven Orquesta de Andalucía, que se encuentra celebrando su vigésimo aniversario, ofrece esta temporada bajo la dirección del excelente maestro venezolano Manuel Hernández-Silva. Los frutos artísticos me parecieron francamente positivos, pero encontré un serio problema que me impidió disfrutar como es debido de un programa, Cuarta de Schumann y Cuarta de Tchaikovsky, que me apetecía muchísimo. La gran plantilla de la OJA no cabía en el escenario del Teatro Villamarta, por lo que hubo que eliminar la concha acústica que tan excelentes resultados suele dar con las formaciones de mediano tamaño. Como consecuencia, las maderas y los metales se escuchaban en la lejanía, o sencillamente no se escuchaban.
Probablemente si me hubiera comprado la entrada no en la fila siete sino mucho más atrás, se hubiera escuchado algo mejor, pero estaba claro que donde había que haber estado era arriba, lugar donde los planos sonoros se equilibran de manera mucho más satisfactoria. Pero aquí había otro límite: como el público jerezano parece haberle dado la espalda a esa cosa rara que es la música clásica y ha dejado de acudir a los conciertos, la dirección del Villamarta ha decidido no vender las entradas de las dos plantas superiores salvo en ocasiones con alta demanda. Este no era el caso, así que tocó sufrir: yo tuve, literalmente, que imaginarme muchas de las líneas de las maderas.
Aunque la acústica fuera insatisfactoria sí que se pudo apreciar que las cosas funcionaron musicalmente muy bien. Por dos razones. Primera, el buen nivel de la formación andaluza, que en la plantilla de esta temporada evidencia solvencia técnica y homogeneidad. La cuerda es buena, particularmente violas y violonchelos; las maderas, cuando se escuchaban, parecían virtuosísticas y musicales; los metales no rajaron en ningún momento, cosa bien difícil en la exigente partitura de Tchaikovsky. La concertino demostró madera de líder, aunque a decir verdad a mí me pareció un tanto verde para el hermoso y difícil solo de la sinfonía de Schumann.
La segunda razón del éxito estuvo en la calidad de la batuta de Hernández Silva (web oficial), un señor que me ha gustado mucho cada vez que le he escuchado pero al que, pese a los muchos años que lleva en Andalucía, no le han hecho ningún caso en ciertos centro musicales: que yo sepa, jamás ha dirigido a la Sinfónica de Sevilla ni ha sido reclamado para el foso del Villamarta. ¿Por qué será? Por fortuna, después de su etapa frente a la Orquesta de Córdoba ha sido designado titular de la Filarmónica de Málaga, al tiempo que la Junta ha decidido contar con él como director musical de la OJA.
Más que correcta su interpretación de la Cuarta sinfonía de Schumann, obra difícil donde las haya: la misma tarde del concierto escuché a un director de la categoría de Christian Thielemann estrellarse literalmente contra ella, y pocos días antes comprobé como el gran George Szell no lograba en absoluto ofrecer los admirables resultados que lograba con otras sinfonías del mismo autor.
Hernández-Silva consiguió, al menos en los tres primeros movimientos, encontrar los dos delicadísimos puntos de equilibrios que demanda esta música: entre ligereza y densidad por un lado, y entre fogosidad y vuelo lírico por otro. En el cuarto movimiento la cosa no funcionó tan bien: creo que la transición –que podría haber empezado aún más piano– debería rematar de manera más visionaria, para seguidamente poner fuego (pero fuego controlado, ojo, que muchos se precipitan) donde Hernández-Silva se mostró ante todo fluido y elegante, digamos que excesivamente clásico. Por lo demás hubo en su lectura fluidez, naturalidad y excelente gusto, siempre teniendo en cuenta que el maestro atendió antes a que la orquesta sonara bien que a ofrecer los numerosos detalles expresivos que demanda esta obra maestra. Lo dicho: más que correcta.
La excelencia llegó con la Cuarta de Tchaikovsky, una partitura que he tenido la oportunidad de escuchar en directo a dos orquestas de jóvenes con resultados espléndidos: a la propia OJA con un tal Daniel Barenboim y a la Simón Bolívar con otro tal Claudio Abbado. Aún mejor la del milanés que la del de Buenos Aires, por cierto, entre otras cosas porque la plantilla andaluza de aquel año evidenció serias limitaciones. La de 2015 ha resuelto las cosas mucho mejor que la de entonces –empaste, agilidad, brillantez de los metales– bajo la dirección de un Hernández-Silva muy inspirado, todo fuego pero bajo absoluto control
En el primer movimiento –tan complicado de levantar, como quise explicar en mi comparativa discográfica– construyó muy bien las tensiones y distensiones sin que hubiera puntos muertos, aunque me hubiera gustado una mayor matización de las gradaciones dinámicas. Notable el Andantino, dicho con naturalidad y sin falsos sentimentalismos. Prodigiosos los pizzicati del Scherzo, dichos por la agrupación no solo con enorme virtuosismo, incluyendo los matizadísimos reguladores indicados por la batuta, sino también con gran frescura, ligereza bien entendida y sentido del humor; el Trío, sonando allá a lo lejos, me interesó menos. El Finale fue decidido, de una pieza, dicho con muchas ganas aunque de manera un tanto monolítica; la coda resultó ardiente a más no poder, incluyendo un muy efectista acelerón que fue seguido por los chavales de manera admirable. La propina no se hizo esperar: Conga del fuego nuevo de Arturo Márquez interpretada por todos, batuta y orquesta, con una frescura, una fuerza, una chispa y unas ganas de hacer músicas envidiables. El público, enloquecido.
Como colofón, breve discurso de un Hernández-Silva visiblemente satisfecho apuntando dos ideas: que tenemos que estar muy orgullosos de la OJA y que ésta es un patrimonio inmaterial de enorme valor que no podemos perder bajo ningún concepto. Las suscribo al cien por cien.
Probablemente si me hubiera comprado la entrada no en la fila siete sino mucho más atrás, se hubiera escuchado algo mejor, pero estaba claro que donde había que haber estado era arriba, lugar donde los planos sonoros se equilibran de manera mucho más satisfactoria. Pero aquí había otro límite: como el público jerezano parece haberle dado la espalda a esa cosa rara que es la música clásica y ha dejado de acudir a los conciertos, la dirección del Villamarta ha decidido no vender las entradas de las dos plantas superiores salvo en ocasiones con alta demanda. Este no era el caso, así que tocó sufrir: yo tuve, literalmente, que imaginarme muchas de las líneas de las maderas.
Aunque la acústica fuera insatisfactoria sí que se pudo apreciar que las cosas funcionaron musicalmente muy bien. Por dos razones. Primera, el buen nivel de la formación andaluza, que en la plantilla de esta temporada evidencia solvencia técnica y homogeneidad. La cuerda es buena, particularmente violas y violonchelos; las maderas, cuando se escuchaban, parecían virtuosísticas y musicales; los metales no rajaron en ningún momento, cosa bien difícil en la exigente partitura de Tchaikovsky. La concertino demostró madera de líder, aunque a decir verdad a mí me pareció un tanto verde para el hermoso y difícil solo de la sinfonía de Schumann.
La segunda razón del éxito estuvo en la calidad de la batuta de Hernández Silva (web oficial), un señor que me ha gustado mucho cada vez que le he escuchado pero al que, pese a los muchos años que lleva en Andalucía, no le han hecho ningún caso en ciertos centro musicales: que yo sepa, jamás ha dirigido a la Sinfónica de Sevilla ni ha sido reclamado para el foso del Villamarta. ¿Por qué será? Por fortuna, después de su etapa frente a la Orquesta de Córdoba ha sido designado titular de la Filarmónica de Málaga, al tiempo que la Junta ha decidido contar con él como director musical de la OJA.
Más que correcta su interpretación de la Cuarta sinfonía de Schumann, obra difícil donde las haya: la misma tarde del concierto escuché a un director de la categoría de Christian Thielemann estrellarse literalmente contra ella, y pocos días antes comprobé como el gran George Szell no lograba en absoluto ofrecer los admirables resultados que lograba con otras sinfonías del mismo autor.
Hernández-Silva consiguió, al menos en los tres primeros movimientos, encontrar los dos delicadísimos puntos de equilibrios que demanda esta música: entre ligereza y densidad por un lado, y entre fogosidad y vuelo lírico por otro. En el cuarto movimiento la cosa no funcionó tan bien: creo que la transición –que podría haber empezado aún más piano– debería rematar de manera más visionaria, para seguidamente poner fuego (pero fuego controlado, ojo, que muchos se precipitan) donde Hernández-Silva se mostró ante todo fluido y elegante, digamos que excesivamente clásico. Por lo demás hubo en su lectura fluidez, naturalidad y excelente gusto, siempre teniendo en cuenta que el maestro atendió antes a que la orquesta sonara bien que a ofrecer los numerosos detalles expresivos que demanda esta obra maestra. Lo dicho: más que correcta.
La excelencia llegó con la Cuarta de Tchaikovsky, una partitura que he tenido la oportunidad de escuchar en directo a dos orquestas de jóvenes con resultados espléndidos: a la propia OJA con un tal Daniel Barenboim y a la Simón Bolívar con otro tal Claudio Abbado. Aún mejor la del milanés que la del de Buenos Aires, por cierto, entre otras cosas porque la plantilla andaluza de aquel año evidenció serias limitaciones. La de 2015 ha resuelto las cosas mucho mejor que la de entonces –empaste, agilidad, brillantez de los metales– bajo la dirección de un Hernández-Silva muy inspirado, todo fuego pero bajo absoluto control
En el primer movimiento –tan complicado de levantar, como quise explicar en mi comparativa discográfica– construyó muy bien las tensiones y distensiones sin que hubiera puntos muertos, aunque me hubiera gustado una mayor matización de las gradaciones dinámicas. Notable el Andantino, dicho con naturalidad y sin falsos sentimentalismos. Prodigiosos los pizzicati del Scherzo, dichos por la agrupación no solo con enorme virtuosismo, incluyendo los matizadísimos reguladores indicados por la batuta, sino también con gran frescura, ligereza bien entendida y sentido del humor; el Trío, sonando allá a lo lejos, me interesó menos. El Finale fue decidido, de una pieza, dicho con muchas ganas aunque de manera un tanto monolítica; la coda resultó ardiente a más no poder, incluyendo un muy efectista acelerón que fue seguido por los chavales de manera admirable. La propina no se hizo esperar: Conga del fuego nuevo de Arturo Márquez interpretada por todos, batuta y orquesta, con una frescura, una fuerza, una chispa y unas ganas de hacer músicas envidiables. El público, enloquecido.
Como colofón, breve discurso de un Hernández-Silva visiblemente satisfecho apuntando dos ideas: que tenemos que estar muy orgullosos de la OJA y que ésta es un patrimonio inmaterial de enorme valor que no podemos perder bajo ningún concepto. Las suscribo al cien por cien.
lunes, 4 de junio de 2012
Perianes y Hernández Silva, genialidad a la francesa
Concierto redondo el que clausuraba el pasado sábado 2 de junio la vigésimo cuarta edición del Festival de Música Ciudad de Úbeda. Por todo: por la en general espléndida labor de la Orquesta Ciudad de Granada, por la notabilísima y por momentos genial dirección de Manuel Hernández Silva y, sobre todo, por un Javier Perianes inspiradísimo pese a que ha tenido que ensayar y tocar inmediatamente después del desdichado fallecimiento de su madre el miércoles de la misma semana: toda una muestra de entereza y profesionalidad por su parte, dicho sea de paso.
Falla, Ravel y Debussy en los atriles, en enfoque interpretativo marcadamente impresionista todos ellos, incluido el español. Por eso mismo el Concierto en Sol que abrió la velada no sonó en esta ocasión nada jazzístico, ni incisivo, ni descarado, sino mayormente sensual, difuminado, elegante y emotivo, más propiamente "raveliano" que nunca, tanto por parte de la batuta como por la del solista, ofreciendo este último un segundo movimiento de verdadero infarto; tampoco le salieron precisamente mal los dos extremos, toda vez que supo alejar el fantasma del virtuosismo superficial para otorgar pleno sentido a cada una de las frases. A destacar los maravillosos trinos, muy naturales y nada mecánicos, tan increíblemente difíciles de hacer. ¿Se los habrá enseñado Barenboim?
Estas Noches en los jardines de España de Perianes me han gustado más que las del disco de Harmonia Mundi. La diferencia la ha marcado la batuta: mientras Josep Pons optó por la brillantez, la angulosidad, el nervio y un carácter digamos racial que sonaba bastante insincero, Hernández Silva ha apostado por el impresionismo puro y duro, sonando los pentagramas más sensuales, embriagadores y llenos de embrujo que nunca. ¿Es esta mejor opción? No necesariamente, pero lo que está clarísimo es que el pianista onubense se siente más a gusto en ella, porque con esta batuta su pianismo, algo constreñido y no del todo inspirado en el compacto referido, respiró en la velada ubetense con toda la naturalidad, elocuencia y hondura deseables, permitiendo paladear las melodías con mayor aliento poético y matizar mucho más a conciencia. Los resultados, excepcionales.
De propina ofreció Perianes el Nocturno nº 20 de Chopin. No exagero: la interpretación fue extremadamente genial. Más tarde me enteré de que era la pieza preferida de su madre.
La segunda parte se abrió, tras entrega de premios e inevitable desfile de políticos, con la orquestación de la Petite Suite de Debussy. No es lo mejor del autor, seguramente. ¡Pero vaya recreación! Es verdad que los movimientos pares sonaron un poco espesitos, pero en los impares, sobre todo en el primero, parecía que estuviesen dirigiendo Giulini o Celibidache, tal fue el grado de sensualidad, humanismo, ternura y poesía que consiguió Hernández Silva extraer de los pentagramas -manteniendo el pulso pese a la lentitud- con la colaboración de una orquesta ideal para esta música.
Lo menos impresionante, la breve Suite nº 1 del Sombrero de tres picos que cerró la noche: comenzó estupendamente, con una atmósfera sensualísima, llena de embrujo, pero más adelante se echaron de menos nervio e incisividad, aquí más necesaria que en las Noches... También hubiera sido adecuada una dosis mayor de depuración sonora y un tratamiento mucho más expresivo del solo de fagot, único momento en el que se pudo reprochar algo a la espléndida sección de maderas de la orquesta granadina. Aun así, notable recreación que cerró un concierto soberbio.
Falla, Ravel y Debussy en los atriles, en enfoque interpretativo marcadamente impresionista todos ellos, incluido el español. Por eso mismo el Concierto en Sol que abrió la velada no sonó en esta ocasión nada jazzístico, ni incisivo, ni descarado, sino mayormente sensual, difuminado, elegante y emotivo, más propiamente "raveliano" que nunca, tanto por parte de la batuta como por la del solista, ofreciendo este último un segundo movimiento de verdadero infarto; tampoco le salieron precisamente mal los dos extremos, toda vez que supo alejar el fantasma del virtuosismo superficial para otorgar pleno sentido a cada una de las frases. A destacar los maravillosos trinos, muy naturales y nada mecánicos, tan increíblemente difíciles de hacer. ¿Se los habrá enseñado Barenboim?
Estas Noches en los jardines de España de Perianes me han gustado más que las del disco de Harmonia Mundi. La diferencia la ha marcado la batuta: mientras Josep Pons optó por la brillantez, la angulosidad, el nervio y un carácter digamos racial que sonaba bastante insincero, Hernández Silva ha apostado por el impresionismo puro y duro, sonando los pentagramas más sensuales, embriagadores y llenos de embrujo que nunca. ¿Es esta mejor opción? No necesariamente, pero lo que está clarísimo es que el pianista onubense se siente más a gusto en ella, porque con esta batuta su pianismo, algo constreñido y no del todo inspirado en el compacto referido, respiró en la velada ubetense con toda la naturalidad, elocuencia y hondura deseables, permitiendo paladear las melodías con mayor aliento poético y matizar mucho más a conciencia. Los resultados, excepcionales.
De propina ofreció Perianes el Nocturno nº 20 de Chopin. No exagero: la interpretación fue extremadamente genial. Más tarde me enteré de que era la pieza preferida de su madre.
La segunda parte se abrió, tras entrega de premios e inevitable desfile de políticos, con la orquestación de la Petite Suite de Debussy. No es lo mejor del autor, seguramente. ¡Pero vaya recreación! Es verdad que los movimientos pares sonaron un poco espesitos, pero en los impares, sobre todo en el primero, parecía que estuviesen dirigiendo Giulini o Celibidache, tal fue el grado de sensualidad, humanismo, ternura y poesía que consiguió Hernández Silva extraer de los pentagramas -manteniendo el pulso pese a la lentitud- con la colaboración de una orquesta ideal para esta música.
Lo menos impresionante, la breve Suite nº 1 del Sombrero de tres picos que cerró la noche: comenzó estupendamente, con una atmósfera sensualísima, llena de embrujo, pero más adelante se echaron de menos nervio e incisividad, aquí más necesaria que en las Noches... También hubiera sido adecuada una dosis mayor de depuración sonora y un tratamiento mucho más expresivo del solo de fagot, único momento en el que se pudo reprochar algo a la espléndida sección de maderas de la orquesta granadina. Aun así, notable recreación que cerró un concierto soberbio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich
En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...
-
Me permito rendir un pequeño homenaje a Beethoven en su 250 cumpleaños con esta breve comparativa de la Novena que he improvisado recogiendo...
-
La revista Scherzo publica, en lectura bajo pago , un artículo sobre los mayores directores brucknerianos y las mejores grabaciones de las s...
-
ACTUALIZACIÓN, 7.VI.2025 La entrada es del 7 de mayo de 2013 y la actualizo ahora con una buena cantidad de interpretaciones adicionales, en...


