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viernes, 13 de marzo de 2020

Streaming frente al coronavirus: enorme concierto de Rattle en Berlín

Hoy se ha declarado el estado de alarma en España y nos preparamos todos para afrontar una situación a la que no esperábamos enfrentarnos. Sinceramente, que los melómanos no podamos disfrutar de conciertos en directo no tiene la menor importancia frente a los problemas que nos vienen encima. En cualquier caso, las nuevas tecnologías nos permiten estar en contacto y, en el caso de la música, asistir a representaciones ofrecidas a puerta cerrada y retransmitidas vía streaming de manera gratuita a todo el planeta: la Sinfonía nº 2 de Mahler por Heras-Casado en homenaje a las víctimas del terrorismo, la nueva Carmen de Barenboim, la recuperación de Aquiles en Esciros en el Teatro Real… Iniciativas que me supongo serán costosas en lo económico, pero que permiten a los artistas ofrecernos trabajos que ya estaban preparados y, lo más importante, transmitir solidaridad y hacernos sentirnos más unidos en torno a la música en unos momentos en los que necesitamos precisamente eso, unidad y solidaridad.


La Filarmónica de Berlín ha sido una de las instituciones que han llevado adelante esta maravillosa acción ofreciendo en su Digital Concert Hall para todo el mundo, sin necesidad de estar abonado, el programa que estaba previsto para esta semana –la Philharmonie se encuentra cerrada al público– con Simon Rattle a su frente: Sinfonía de Berio y Concierto para orquesta de Bartók. Lo he seguido hoy viernes. Ha habido algún salto importante en la transmisión en el tercer movimiento de la primera obra, circunstancia entiendo que disculpable dada la elevada cantidad de público que debía de estar siguiendo el streaming, pero a pesar de ello he disfrutado muchísimo. Porque Sir Simon y su antigua orquesta han rozado el cielo.

Sinfonía de Berio es una obra que me fascina desde hace muchos años. Hace pocos días pude repasar las grabaciones de Boulez y Chailly. Soberbias ambas, en una línea muy virulenta e incisiva que me recuerda no poco al registro en vivo del propio autor con la Concertgebouw. Esta de Rattle ha sido diferente: menos combativa, también menos hermética, al tiempo que más atenta a la sensualidad y al misterio que asimismo alberga esta partitura que Rattle, probablemente con razón, etiqueta en su locución previa al concierto como una de las más geniales de la segunda mitad del siglo XX. Desde el punto de vista técnico, el maestro británico obra un verdadero prodigio, particularmente en esa increíble desconstrucción del Scherzo de la Segunda de Mahler que es el tercer movimiento: parece imposible que se escuchen tantísimas cosas en un tejido polifónico tan complicado como este, y si los magníficos Neue Vocalsolisten Stuttgart no parecen tan portentosos como otros grupos vocales que han registrado la obra, la Filarmónica de Berlín ofrece un nivel superlativo, diríase que insuperable.

Nivel que se mantiene en el Concierto para orquesta de Bartók, hasta el punto de que me atrevo a afirmar que nunca he escuchado una interpretación tan increíblemente bien tocada como esta. Ni siquiera las de Solti con la Sinfónica de Chicago han llegado tan alto. De no dar crédito, lo juro. La batuta explora todos y cada uno de los recovecos de la partitura y los profesores de la orquesta, sin público en la sala, tocan como si les fuera la vida en ello. En cuanto a la interpretación propiamente dicha, resumo mi parecer de manera simple: a los movimientos primero y tercero, aun planteados con apreciable dramatismo, les falta un punto de densidad, atmósfera y concentración para llegar a lo más alto, mientras que el segundo, el cuarto y especialmente el quinto son los que más me gustan de cuantos he escuchado. Rattle se encuentra en su salsa desplegando desparpajo, ironía y sentido del humor, como también jovialidad y brillantez en grado superlativo, mientras que todos y cada uno de los solistas de la Filarmónica de Berlín –faltan muchas caras conocidas, pero da igual: los segundos de a bordo no son menos buenos– intervienen con absoluta implicación expresiva.

¿Hace falta decir más? Sí: mañana sábado día 13 se repite la transmisión. Ni se les ocurra perdérsela.

PS. Me entero hoy domingo que al final no se producirá el estreno a puerta cerrada de Aquiles en Esciros, debido a las excepcionales circunstancias que concurren en la capital de España. Al mismo tiempo, se incrementa el número de orquestas y teatros de ópera europeos y norteamericanos que anuncian streamings gratuitos de diferentes eventos.

sábado, 29 de junio de 2019

Sensacional segundo disco de Michael Barenboim

En junio de 2017 comenté el primer disco en solitario de Michael Barenboim (París, 1985). Escribí entonces que podríamos encontrarnos ante una nueva gran figura del violín. Su segundo disco, grabado en la Jesus-Christus-Kirche de Berlín en junio de 2017 y editado –como el anterior– por el sello Accentus, lo corrobora plenamente. Porque estamos no solo ante un señor que toca con un virtuosismo apabullante, sino también ante un artista con personalidad definida y con cosas interesantísimas que decir.


El programa lo integran obras de cuatro compositores italianos: el barroco Giuseppe Tartini, el romántico Niccoló Paganini y los contemporáneos Luciano Berio y Salvatore Sciarrino. Criterio interpretativo clarísimo: encontrar los nexos en común entre todos ellos. O mejor aún: hacer sonar a los dos “antiguos” rigurosamente “modernos”, despojándolos de la retórica propia de su época y subrayando los aspectos más visionarios de su escritura.

Se abre el disco con los Seis caprichos de Sciarrino. Gestados en 1976, me parecen una música descomunal. ¿Intelectual? No diría yo eso. ¿Fría? Tampoco, aunque sí despojada de “sentimientos”. Las líneas del violín, ora sutilísimas, ora llena de fuerza, dialogan con el tapiz de fondo del silencio estableciendo tensiones inquietantes a más no poder. La dificultad para el solista parece extrema, tanto a la hora de colorear el instrumento como a la de dar las notas con la más milimétrica exactitud. También a la hora de frasear con concentración. Pero lo más difícil es imitar lo casi inimitable, es decir, el presunto tratamiento electrónico del sonido del solista, que no es tal: aquí lo que hay es violín puro y duro, sin intervención de la ingeniería. Michael Barenboim casi consigue convencernos de lo contrario, es decir, de que escuchamos el producto del trabajo de un especialista en música electroacústica. El dominio de los recursos técnicos del violín (¡increíbles reguladores!), su manera de canalizar la electricidad interna, su atención al más matiz, su muy atmosférico juego con los silencios y, sobre todo, su capacidad para la sugerencia expresiva (“expresión”, que no “emociones románticas”), dejan bien claro que nos hayamos ante un fuera de serie.

Viene a continuación la célebre sonata de Tartini El trino del Diablo, que he comentado en una entrada anterior. Baste ahora recordar que es la de Barenboim junior la que más me gusta de cuantas he escuchado. Ajena en buena medida a lo barroco, pero mucho más alejada aún de lo “romantizado”, su lectura resulta intemporal y deja bien claros los lazos con la abstracción angulosa, tensa y visionaria de Sciarrino. También con la Sequenza VIII para violín solo de Berio que continua el programa. La página corresponde a 1977, pero no tiene mucho que ver con la del compositor que abre el disco: esta es menos esencial, menos abstracta, porque lo que nos encontramos es una especie de (neo)expresionismo en el que el dolor, la tensión y los acentos lacerantes se ponen en primer plano. La relación con la escarpadísima recreación de la Sonata para violín de Belá Bartók que Michael registró en su primer disco resulta evidente. El artista no hace concesiones y la música se escucha con el corazón en un puño. He comparado con la interpretación grabada por Jeanne-Marie Conquer para DG: la formidable violinista francesa ofrece una interpretación más angulosa, y quizá también con mayor electricidad interna (en parte por ir más rápido: 12’53 frente a 13’51), pero a mí me parece que Michael Barenboim no solo resulta más “comunicativo”, por momentos visceral, sino que también explora mejor los recovecos expresivos de la página –atmósfera, misterio– e incluso domina aún mejor la técnica, ofreciendo timbres más variados y adelgazando el sonido hasta límites impensables.


Buscando hacer de espejo con los seis caprichos de Sciarrino, el artista cierra el compacto con otros tantos Caprichos de Paganini, los números 1, 6, 17, 16, 9 y 24, para concretar. Michael los toca con pleno dominio técnico –algo solo al alcance de los mejor dotados–, pero lo interesante aquí es cómo hace esas piezas: buscando qué tienen en relación con Berio y, sobre todo, con Sciarrino. Lo consigue plenamente, sobre todo en los dos primeros (nº 1 y 6). Nuestro artista los aborda desde una perspectiva diametralmente opuesta a la que adoptó Julia Fischer en su no menos impresionante grabación para Decca, con la que he querido realizar las pertinentes comparaciones. El joven Barenboim apuesta por la severidad y por la tensión. Nada de galantería, sensualidad o de seducción al espectador, nada de “expresividad romántica” –ustedes me entienden–, aunque sí se detectan animación y cierto humor sarcástico –nº 16 y 17– dentro de este enfoque digamos que “viril” y dramático. Por lo demás, los acentos son ricos y el fraseo ofrece flexibilidad dentro de la lógica: repárese en la exposición del tema del celebérrimo nº 24.

¿Es que no voy a poner un solo reparo? Uno sí: como he escrito repetidas veces, el sonido de Michael Barenboim, sin ser en modo alguno feo, no es el que más me gusta. En modo alguno semejante circunstancia me impide calificarle como uno de los violinistas más interesantes de la actualidad. Estoy deseando escucharle mañana Beethoven en Sevilla.

martes, 24 de julio de 2012

Nézet-Séguin vuelve a Berlín: talento por madurar

El concierto del 16 de junio de 2012 de la Filarmónica de Berlín empezó, como otros de la misma temporada, dando paso a uno de los solistas de la excepcional formación alemana. En esta ocasión, Walter Seyfarth se encargaba de ofrecer la Sequenza IX para clarinete solo de Luciano Berio, realizando el artista una demostración no solo de técnica, lo que ya se daba por supuesto, sino también de musicalidad en el más alto grado; ahora bien, el que la línea resultase más sensual que aristada puede que no fuera la única opción posible, aunque quizá sí la más directa para llegar al público de la Philharmonie.


En cualquier caso, el protagonista de la velada fue Yannick Nézet-Séguin, quien a mi modo de ver volvió a demostrar dos cosas: que su talento es enorme… y que aún le queda un recorrido para madurar. De hecho, no me terminó de convencer el Tchaikovsky que ofreció en la primera parte. De Romeo y Julieta el maestro construyó una versión de amplio calado sinfónico; dicha en un solo trazo, perfectamente delineada en sus tensiones hacia la segunda escena de amor, brillante en su punto justo y por completo ajena tanto a la blandura como a cualquier clase de devaneo sonoro, siempre dentro de un enfoque más sombrío que sensual, es decir, más en la línea de la primera grabación de Barenboim que de la última de Bernstein, ambas en DG, por citar dos interpretaciones de referencia. Desdichadamente el resultado, siempre dentro de un nivel notable al que no es ajeno la excelencia de la orquesta, se vio lastrado por una extraña sensación de frialdad, de distanciamiento expresivo, incluso de falta de ideas, que puso en evidencia la falta de madurez a la que antes me refería.

Las cosas funcionaron mejor en Daphnis et Chloè de Ravel, del que en esta ocasión no ofreció la suite nº 2, como hizo en su disco para EMI, sino el ballet completo. Allí el director canadiense demostró no solo su perfecto dominio de colores y texturas, sino también una perfecta comprensión del idioma raveliano con una interpretación que supo ser al mismo tiempo extrovertida y lírica, teatral y refinada, no particularmente sensual pero tampoco brumosa en exceso, y en cualquier caso dicha con evidente entusiasmo sin menoscabo de un perfecto control de los medios a su disposición.

Sobraron, eso sí, algunos detalles en exceso decadentes, y se echó en falta un plus de creatividad, circunstancias compensadas con los solos llenos de musicalidad de los profesores de la orquesta. Espléndid el Coro de la Radio de Berlín. Merece la pena, pues, pasarse por la Digital Concert Hall para ver el concierto, aunque a mi modo de ver la recreación de Riccardo Chailly aquí comentada es aún superior a ésta a pesar de contar con fuerzas orquestales bastante menos suntuosas que las berlinesas.

martes, 29 de mayo de 2012

Céline Moinet, un descubrimiento

CÉLINE MOINET, oboe.Obras de J. S. Bach, Berio, Britten, Carter y C. P. E. Bach.
Harmonia Mundi, HMC 902118
64’ 31’’
DDD
Harmonia Mundi Ibérica
**** R
A S

Celine Moinet Harmonia Mundi
Primer oboe de la Staatskapelle de Dresde desde junio de 2008, Céline Moinet (Lille, 1984) demuestra en este debut discográfico ser una artista enorme categoría. En la Partita en la menor BWV 1013 de J. S. Bach, originalmente escrita para flauta travesera, exhibe un perfecto dominio de la respiración para enriquecer las notas con multitud de acentos sin perder de vista el trazo polifónico. En la Sequenza VII de Luciano Berio hace gala de un asombroso virtuosismo a la hora de desplegar la más increíble gama de colores y texturas.

Las Seis Metamorfosis sobre Ovidio de Britten nos revelan la cantabilidad con que es capaz de frasear y su perfecta manera de sacar a la luz esa elegancia melancólica tan propia del autor. En Inner Song de Elliot Carter se muestra capaz de humanizar una escritura especialmente hermética como es la del compositor estadounidense. Para terminar, con la Sonata en la menor de C. P. E. Bach, escrita en su momento para la flauta de Federico II de Prusia, nos demuestra que es posible compaginar coquetería con hondura expresiva alcanzando un perfecto equilibrio clásico y la mayor belleza sonora.

Enhorabuena a Harmonia Mundi por marcar un gol de este calibre.
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Esta fue la última crítica discográfica escrita por mí para Ritmo, concluyendo así mis once años de colaboración. Ha sido publicada en el número de mayo de 2012.

sábado, 29 de octubre de 2011

El concierto de Heras-Casado con la Filarmónica de Berlín

Visionado por segunda vez el debut de Pablo Heras-Casado al frente de la Berliner Philharmoniker (enlace), confirmo dos cosas. Una, que este señor tiene un talento que le chorrea por las orejas. Dos, que es el tipo de director que a mí me gusta, esto es, un maestro personal, arriesgado, con cosas que decir, e interesado mucho ante por el drama, la tensión sonora y el planteamiento de conflictos que por seducir al personal con sonoridades más o menos melifluas, más o menos grandilocuentes.

Casado-DCH

Su Mendelssohn, en este sentido, está muy lejos de la cursilería blanda, superficial y amanerada con que hoy nos obsequian no solo directores de la calaña de Thomas Fey, sino también gente tan seria y talentosa como un Riccardo Chailly: a mi modo de ver la Tercera de Heras-Casado está muy por encima de la que grabó hace poco el italiano en Leipzig. Le falta al granadino, eso sí, un último punto de emotividad y lirismo en el primer movimiento, sobrándole quizá algo de brutalidad en el segundo, pero da gusto escuchar los dos últimos planteados de esta manera amarga, dramática, punzante y hasta rebelde. De hecho, por seguir con las comparaciones, tanto esta Escocesa como su no tan interesante pero en cualquier caso muy notable interpretación de Las Hébridas me parecen más convincentes que la de un antiguo titular de la Filarmónica de Berlín, un tal Karajan, quien haciendo gala de una magia sonora a la que ni Heras-Casado ni la mayoría de sus colegas de hoy pueden acceder, se dejó llevar por un narcisismo sonoro y una insinceridad a las que el maestro andaluz permanece venturosamente ajeno.

Magnífica su recreación de la Cuarta Sinfonía de Karol Szymanowski, admirable página de carácter concertante que debería estar mucho más presente en los atriles de las orquestas. El enfoque de Heras-Casado es muy diferente del que ofreció el actual titular de la formación berlinesa al frente de la Sinfónica de Birmingham (EMI, 1996), pues sustituye la sensualidad por el drama, y el hedonismo en las texturas por timbres incisivos y escarpados, ofreciendo así una visión más bien amarga de una partitura que para Rattle parecía más bien jubilosa. A la excelencia de los resultados no se muestra ajeno Marc-André Hamelin, pletórico de virtuosismo y en perfecta sintonía con el planteamiento del director. De propina, el pianista canadiense ofrece una breve mazurca del propio Szymanowski.

Lo que más me ha vuelto a impresionar ha sido lo que ha hecho el de Granada con las Quatre dédicaces de Luciano Berio, una página que, según leo en la red, no es sino el título dado por Pierre Boulez en 2007 a un grupo de piezas independientes escritas entre 1978 y 1988. Músicas densas, herméticas, sin concesiones, que son recreadas con un enorme sentido de la tensión sonora sin caer en el distanciamiento expresivo ni en la mera intelectualidad. Que el formidable nivel de la orquesta berlinesa sea en gran medida responsable del éxito no impide que aplaudamos a Pablo Heras-Casado con el mismo entusiasmo que, como dijimos en su momento (enlace), lo hizo el público de la Philharmonie el pasado 22 de octubre.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...