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miércoles, 25 de enero de 2017

Gavrilov interpreta Chopin: Baladas y Sonata nº 2

Curioso compacto este, registrado para Deutsche Grammophon en septiembre de 1991, en el que Andrei Gavrilov interpreta las Cuatro Baladas y la Sonata nº 2 de Frédéric Chopin. Y digo curioso porque muy pocos años antes había grabado un disco con exactamente el mismo repertorio para el sello EMI. ¿Para qué la repetición? No tengo idea. Tampoco conozco aquel primer registro, así que vamos a por este otro, un tanto decepcionante. Y es que como lección de virtuosismo –agilidad digital, amplitud y regulación de las dinámicas, planificación de las tensiones, belleza sonora– estas lecturas parecen insuperables, mas en lo que a sensibilidad se refiere, lo cierto es que el pianista moscovita no termina de sintonizar con la poesía chopiniana.


En las Baladas aborda los pasajes íntimos con concentración en el fraseo y delicadeza en absoluto meliflua, pero sin toda la sensualidad, emotividad y humanismo que esta música pide. Más a gusto se muestra en los pasajes tempestuosos, muy contrastados con los anteriores y atentos a subrayar los aspectos más angulosos de la escritura chopiniana, expuestos con una nitidez pasmosa. En la Balada nº 1, por cierto, debemos destacar la atrevida manera que tiene de resaltar los aspectos más angulosos y modernos de los acordes finales, casi anunciando la música del Prokofiev que tanto ama el pianista.

Se puede decir algo parecido con respecto a la Sonata para piano nº 2. La técnica de Gavrilov –no solo en lo que a dedos se refiere– es impresionante, pero la óptica expresiva no termina de convencer. Diríase incluso que menos que en las Baladas. Los dos primeros movimientos resultan en exceso angulosos, nerviosos inclusos, mientras que la Marcha fúnebre, increíblemente bien planificada en dinámicas y tensiones, no resulta del todo atmosférica ni visionaria, como tampoco lo suficientemente emotiva en su bellísimamente tocada sección central. Al breve Presto conclusivo, dicho con insólita limpieza y subrayando aristas, le otorga un aire especialmente caleidoscópico que subraya su insultante modernidad.

La toma es soberbia, pero no estoy seguro de poder recomendar con entusiasmo el disco.¿Mis versiones favoritas? Zimerman para las Baladas, Kissin para la Sonata.

sábado, 8 de octubre de 2016

Rattle y Gavrilov en 1977: inmadurez y genialidad

Al hilo del nombramiento de Sir Simon Rattle como futuro titular de la London Symphony, el sello Warner se apresta a reeditar, mediando una nueva remasterización en HQ, el primer disco del maestro de Liverpool con la célebre formación británica, registrado por EMI en los estudios de Abbey Road en el mes de julio de 1977, cuando el director contaba tan solo con ¡veintidos años! Concierto para piano nº 1 de Prokofiev y Concierto para la mano izquierda de Ravel en los atriles. Como solista, el hoy desaparecido Andrei Gavrilov –le escuché en 2008 en el Villamarta, regular de dedos–, solo unos meses más joven que su colega. Los resultados son irregulares y, como intentaré explicar, tienen mucho que ver con la corta edad de los dos artistas, para lo bueno y para lo no tan bueno.


La interpretación del Prokofiev resulta personal y muy atractiva, pero a mí no me acaba de convencer, sobre todo por parte de la batuta. En perfecta comunión con un solista dotado de un virtuosismo descomunal que no excluye la variedad en el toque, Rattle propone una interpretación juvenil en todos los sentidos, brillante y fogosa a más no poder, de una incandescencia fuera de serie, dispuesta a colorear timbres y a marcar aristas, también a subrayar el humor grotesco que anida en la partitura, y desde luego a desplegar garra dramática y lirismo doliente en el segundo movimiento. Lo que ocurre es que, por desgracia, este “ardor juvenil” implica también mucho de velocidad y precipitación, de nerviosismo incluso, de fuegos artificiales que se ponen por encima del sentido atmosférico y de la reflexión que también demandan las notas. De inmadurez, en definitiva.

El Concierto para la mano izquierda de Ravel funciona bastante mejor, aunque lo cuerto es que recibe una recreación poco o nada idiomática desde el punto de vista de la ortodoxia raveliana. Los dos artistas proponen una visión particularmente tensa y encrespada, incluso virulenta, de progresión amenazadora e implacable, apremiante en su sentido del ritmo y con claroscuros muy marcados tanto por la batuta como, especialmente, por un piano de sonoridad poderosísima, temperamento encendido y virtuosismo espectacular. Por ventura, la planificación del vehemente Rattle resulta minuciosa, atenta al color y a las texturas, y aunque el fraseo no es precisamente relajado tampoco cae –como sí ocurría en Ravel– en el exceso de nervio, encontrándose los clímax perfectamente estudiados para que las descargas alcancen una fuerza dramática espectacular. En fin, discutibilísimo pero genial. La toma sonora, que equilibra de manera muy convincente –asunto nada fácil– solista y orquesta, se ve magnificada por la escucha en HD, formato éste que libera y otorga toda su significación a los decisivos registros más graves de la partitura.

Hay propinas por parte del solista, grabadas asimismo en Abbey Road en las mismas fechas. De las piezas para piano extraídas del Romeo y Julieta por el propio Prokofiev, el pianista moscovita ofrece las nº 2 y 9, Escena y Danza de las jóvenes con lirios: esta última aún mejor –bastante mejor: más creativa, personal e inspirada– que en el registro de la selección completa realizado por el mismo artista en 1992 para Deutsche Grammophon. Y la Pavana para una infanta difunta sorprende porque al indispensable refinamiento que exige esta página aporta un temperamento no ya doliente, sino terriblemente encrespado, muy en la línea de lo que hace con el Concierto para la mano izquierda. En el referido disco del sello amarillo volverá a grabar esta obra, y lo hará tomándose las cosas con más calma (7'48 frente a los 6'24 del registro de EMI que comento), paladeando las melodías con aún mayor cantabilidad y aportando una todavía más desarrollada depuración sonora, pero con un grado algo menor de carga dramática del que aquí hace gala.

En fin, un disco no ya espléndido sino obligatorio, pero no por el concierto de Prokofiev sino por el de Ravel y las propinas.

sábado, 5 de abril de 2014

Dos geniales Gaspard: Pogorelich y Gavrilov

Prometí no hace mucho escribir sobre dos sensacionales versiones de Gaspard de la Nuit, y aquí están. Las dos se hallan publicadas por Deutsche Grammophon, y ambas se encuentran protagonizadas por pianistas hoy un tanto venidos a menos en lo que a fama y grabaciones se refiere: Ivo Pogorelich (Belgrado, 1958) y Andrei Gavrilov (Moscú, 1955). Las conozco desde hace tiempo, y al repasarlas me han vuelto a deslumbrar.


La del artista croata se registró en 1982 y sigue siendo uno de los más asombrosos ejemplos de virtuosismo al teclado que jamás se hayan escuchado, tanto por su capacidad para desplegar los más variados colores como para ofrecer una tan amplia como matizada gama dinámica, por no hablar de la increíble agilidad digital: lo de la dificilísima Scarbo hay que oírlo para creerlo. Pero dejando a un lado la técnica, en lo expresivo se trata de una recreación heterodoxa y genial, poco idiomática (léase “poco francesa”) pero admirable, en la que sobresale una extraordinaria tensión sonora que en modo alguno perjudica la claridad y la atención al detalle, que son absolutas.

Concretando un poco, en Ondine ofrece Pogorelich unas texturas de verdadera fascinación sonora. Le gibet, desgranado con lentitud, le sale más misterioso que obsesivo. Scarbo alcanza enorme electricidad sin excederse en nerviosismo: la más absoluta concentración preside toda esta asombrosa lectura. ¿No me creen? Pues consulten aquí la filmación disponible en YouTube realizada en Londres al año siguiente, o escuchen abajo la grabación de DG propiamente dicha.


Armado de un sonido muy moldeable, particularmente poderoso en los fortísimos, y de una claridad digital no inferior a la del su colega, Gavrilov ofrece una interpretación bastante más rápida que la de Pogorelich –apenas en Ondine, mucho en Le Gibet–, también menos tendente a las dinámicas en piano, menos rica en colores, en texturas y en fascinación sonora, pero más teatral, más dramática, también más hosca y sombría, más rusa si se quiere; en cualquier caso, tan poco francesa como la anteriormente comentada. Así las cosas, en Ondine se echa en falta algo de poesía, mientras que Le Gibet destila negrura y el retrato de Scarbo resulta particularmente dramático y trágico, con momentos de auténtica rabia. En resumen, una interpretación algo desequilibrada pero reveladora y genial, que sin duda hay que conocer.


Hay complementos, con Prokofiev como denominador común. Gavrilov ofrece la Sonata nº 6, la primera de las “de guerra”, en una genial interpretación por su fuerza expresiva, tensión interna, sentido de la atmósfera, vuelo lírico y carácter visionario. Una visión tan arrebatadora como inquietante, servida siempre con el mayor virtuosismo imaginable: de nuevo claridad digital, gama dinámica y paleta de colores son para caer de asombro.

Aunque el acoplamiento original era el de Ravel/Prokofiev, la reedición de este disco en la serie The Originals añade La Sonata nº 2 de Chopin. De nuevo Pogorelich vuelve a dar en el clavo con una alucinante demostración de cómo se pueden conseguir la máxima tensión y una arrolladora fuerza expresiva sin perder lo más mínimo de control, consiguiendo una irreprochable arquitectura y atendiendo a todos los matices posibles.

Gavrilov, por su parte, ofrece la suite de Romeo y Julieta, el breve Preludio op. 12 y la impactante Sugestión diabólica. Se trata en todos los casos de un Prokofiev descomunal, una lección no solo de virtuosismo y de estilo, sino también de sensibilidad e imaginación. Impresionante la manera de modelar el sonido, desde fortísimos abrumadores hasta texturas de un refinamiento cristalino, siempre dentro de un carácter ruso muy evidente. Realmente hay que escuchar con atención este Romeo. Resulta asombroso el manejo del fraseo y cómo se pueden acumular las tensiones, con geniales sforzandi en Máscaras. Y emotivas a más no poder, ensoñadas pero también desgarradoras, las escenas líricas, muy particularmente la despedida de los amantes, cuyo clímax está fraseado y tratado en las texturas de manera rematadamente genial. Escúchenlo, por favor.


De propina, Gavrilov añade la Pavana para una infanta difunta en interpretación muy personal, poco sensual o ensoñada, no muy poética, pero llena de desazón, con clímax muy trágicos, poderosos y hasta cierto punto desgarrados, hasta alcanzar un final muy rotundo. Admirable.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...