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sábado, 15 de febrero de 2020

Sensacional Agrippina con Emelyanychev y DiDonato

He terminado por fin la Agrippina registrada en mayo de 2019 por el sello Erato contando con la dirección de Maxim Emelyanychev al frente de Il Pomo d’Oro y la mismísima Joyce DiDonato en el rol titular. Confirmo que la audición de esta obra se me hace cuesta arriba: tres horas cuarenta y cinco minutos de arias da capo son mucha tela cuando la música no es de la máxima calidad. Y aquí encontramos páginas maravillosas junto con otras que no albergan especial interés, aunque he de reconocer la maestría del joven Georg Friedrich Händel a la hora de disimular su intensa labor de “corta y pega” adaptando páginas previas a los personajes y las circunstancias de libreto del Cardenal Vincenzo Grimani. Agrippina alberga considerables bellezas, mas no es ninguna obra maestra.


Ahora bien, confirmo igualmente que este nuevo registro supera con mucho el que comenté el otro día de Gardiner grabado para Philips a principios de los noventa. Y es que el tiempo no pasa en balde. Lo confieso: aunque me parece ha predominado un gusto un tanto hortera entre algunos de los intérpretes que han renovado la praxis historicista en estos últimos veiticinco años, empezando por el –para mí– espantoso Enrico Onofri que dirige la Agrippina de esta noche en el Maestranza, lo cierto es que se han aportado cosas muy importantes que a las sucesivas generaciones de los Raymond Leppard, Christopher Hogwood, Trevor Pinnock y el citado Gardiner, todos ellos –no por casualidad– de pura estirpe británica, se le habían escapado. Me refiero a la “italianidad”. Al sentido de la carnalidad, del arrebato pasional, del claroscuro intenso, de la sensualidad extrema, de la ornamentación exuberante, de la pérdida del equilibrio… ¿Conocen ustedes el barroco romano, ese mismo entre el cual se movió el joven Händel antes de componer esta ópera? Yo sí. Volví a zambullirme en él hace tan solo unos días, y aunque esta vez fuera con las limitaciones que implica llevar a cerca de sesenta alumnos, una vez más quedé deslumbrado por la mezcla de monumentalidad, hipertrofia y sentido teatral que lo caracterizan.

Todo eso es lo que ofrece en este registro Maxim Emelyanychev. Sí, el mismo señor que firmó una Sinfonía Heroica que es una perfecta mezcla de incompetencia en la planificación y de mal gusto expresivo (escribí sobre ella aquí). Pero entre Händel y Beethoven media un abismo: en Agrippina el discípulo predilecto de Teodor Currentzis da la campanada ofreciendo ese arrebato pasional y esa teatralidad desbordante que esta música necesita. Seguramente su realización le parecerá muy excesiva a quienes aún andan aferrados al “estilo Leppard”. A mí me ha parecido portentosa, aunque no voy a dejar de reconocer que en más de un momento hubiera preferido menor brusquedad y que se puede apreciar –entrada de Poppea– alguna cursilería. La orquesta está francamente bien, destacando un absolutamente sensacional continuo que encabeza el propio Emelyanychev al clave y al órgano.

Bueno, ¿y qué tal nuestra querida mezzo norteamericana? Pues deslumbrante, portentosa en todos los sentidos. No solo es una cuestión de cómo sabe sacarle partido a su voz –espléndida, sin ser especialmente privilegiada–, sino también, y sobre todo, de lo que quiere hacer con ella. Su encarnación de la esposa de Claudio atiende a todas las facetas del personaje –no solo es hipocresía–, está cuajada de inflexiones expresivas y rebosa sinceridad. Joyce DiDonato es una de las más grandes cantantes de nuestro tiempo.

A decir verdad, en el elenco congregado para este registro ganan las féminas. Elsa Benoit es una magnífica Poppea: luminosa, frívola y sensual, pero no pizpireta ni cursi. Y Marie-Nicole Lemieux está estupenda en su breve cameo final como la diosa Juno. Pero los señores no alcanzan semejante nivel, quizá con la excepción de Franco Fagioli encarnando a un Nerón de gran solidez. Jakub Józef Orliński está muy bien Ottone, pero no me puedo olvidar de Michael Chance. A Luca Pisaroni le encuentro vocalmente incómodo en el rol de Claudio. Andrea Mastroni, Carlo Vistoli y Biagio Pizzuti realizan una más que solvente labor. En cualquier caso, lo importante es que todo el equipo vocal, bien espoleado por Emelyanychev, tiene bien claro no se está haciendo oratorio sino ópera: todos caracterizan muy bien a sus personajes y teatralizan a la perfección las situaciones.

Una toma sonora de lujo redondea una grabación de referencia. Creo que se tardará mucho en que se lance al mercado un registro de similar nivel artístico.

martes, 18 de junio de 2019

Deplorable Beethoven por Emelyanychev

En noviembre de 2014 le escuché a Maxim Emelyanychev un Don Giovanni en el Teatro de la Maestranza que me gustó mucho. Destaqué en este mismo blog algunos de sus valores:desinterés tanto por la belleza sonora en sí misma como por la delicadeza mal entendida (…), elevado sentido de los contrastes, vigor controlado, rusticidad muy desarrollada, tímbrica atrevida, electricidad en el fraseo y, sobre todo, una teatralidad desbordante”. Vuelve esta semana el joven –treinta y un años de edad– maestro ruso a ponerse al frente de la Sinfónica de Sevilla (Beethoven, Mendelssohn, Schumann), así que me ha parecido oportuno escuchar su último disco, disponible en las plataformas de streaming habituales. Se grabó en septiembre de 2017. En él, imitando a su mentor Teodor Currentzis, se pone al frente de una orquesta propia para abordar “con modos historicistas, ma non troppo”, repertorio tradicional puro y duro: Heroica y Variaciones Haydn. Me ha parecido un horror. Matizando un poco: una inaceptable mezcla de vulgaridad e incompetencia por parte de un chico que va de "soplo de aire fresco", pero que en realidad no tiene nada nuevo que aportar. Lo que dice ya lo han dicho otros con anterioridad, y con mejores maneras.


En principio, el planteamiento de este Beethoven es muy similar al de Harnoncourt: orquesta reducida de instrumentos modernos, pero con trompas y trompetas naturales, un equilibrio de planos que favorece a vientos y percusión frente a la cuerda, y una articulación “históricamente informada” de gran incisividad en la que interesa mucho antes el vigor rítmico que el legato o la delectación melódica. Vale. Con semejantes maneras, incluso optando por una plantilla toda ella historicista, se puede hacer bien la Heroica: Frans Brüggen lo consiguió en sus dos grabaciones. Incluso Herreweghe, otras veces deplorable en este repertorio, salió relativamente airoso en su diálogo con la partitura. Emelyanychev no. Se limita a correr todo lo posible inyectando fuerza, vigor y mucha electricidad (¡muchísima!), pero sin detenerse en otras consideraciones. No es solo que las melodías no estén cantadas con holgura ni delectación; que no haya rastro de humanismo ni de hondura reflexiva; que no se aprecie ese particular lirismo agridulce que esta música necesita. Estas ausencias son en buena medida voluntarias y, aun pareciéndome censurables, no son lo peor de esta interpretación.

Lo grave, lo que revela el auténtico valor de Emelyanychev como director de este repertorio, es que el imponente mural beethoveniano está pintado con brocha gorda. ¿Planificación? ¡Anda ya! La exposición es de una vulgaridad aplastante. El tratamiento orquestal es opaco, incluso confuso en los fortísimos. El tratamiento agógico y dinámico, de una tosquedad que echa para atrás. Las tensiones no avanzan con sentido orgánico: cuando hay que alcanzar un clímax, se limita indicar sus músicos que toquen lo más fuerte posible. Las transiciones están descuidadas. Los silencios (¡estamos hablando de la Heroica!) no tienen peso. Los matices son escasos, aunque para aparentar expresividad el director coloca aquí y allá acentos “cortesía H.I.P.” que pueden ser muy convenientes en el mundo barroco, pero que aquí resultan forzados. Los timbales sobreactúan a discreción, mientras que las trompas rajan que da gusto. Sí, rajan con frecuencia: esta Heroica está mal tocada, algo hoy día inadmisible en un disco grabado en estudio, por mucha trompa natural que se utilice.


En fin, los dos primeros movimientos de la obra me parecen recreados de manera deplorable. Reconozco, sin embargo, haber disfrutado relativamente del tercero: la frescura y el descaro con que el maestro lo aborda llegan a enganchar, pese a los “problemillas” de las trompas. Y el cuarto no sería del todo malo si no fuera porque Emelyanychev se reserva lo más horripilante para él: cuando el tema es cantado por los primeros atriles de la cuerda (a partir de 0:46), estos se ponen en plan “historicismo pleno” y emiten un sonido idéntico al de una camada de gatos exigiendo su desayuno. Puro maullido.

¿Qué puedo decir del Brahms? Emelyanychev desea renunciar a la tradición y moverse por esa “tercera vía” que no se sabe muy bien lo que es. Él tampoco parece tenerlo del todo claro, aunque resulta evidente que su principal deseo es evitar toda densidad tanto sonora como expresiva. Con todo, a ratos se muestra moderadamente ortodoxo. En otros momentos pone en primer plano líneas secundarias para llamar la atención, e inyecta teatralidad e incisividad para subrayar contrastes, pero sin alcanzar nunca esa particular concentración que necesita la poesía brahmsiana. En la sublime variación nº 4 intenta mostrarse sensato, para en la siguiente quedarse a medio camino entre la efervescencia y el exceso de nervio. En cualquier caso, los problemas principales son los mismos que en Beethoven: la tosquedad generalizada, la escasa sutileza de los matices y, por descontado, el discreto nivel de una orquesta cuyas trompas siguen cantando que da gusto y cuya cuerda, más aquí que en la Heroica, evidencia grandes limitaciones. Vale ya de tripa y de articulación filológica: escúchese cómo ha tocado esta misma música la Filarmónica de Viena y cómo lo hacen estos señores de la Nizhny Novgorod Soloists Chamber Orchestra. ¿Van a seguir tomándonos el pelo?

Una cosa más. Si usted, admirador de Emelyanychev, piensa que el autor de estas líneas es un imbécil y un ignorante, probablemente tenga razón. Pero en ese caso es vuesa merced el que ha cometido el primer error: ¡leer el blog equivocado! Pruebe mejor aquí, por ejemplo.

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