miércoles, 10 de febrero de 2016

Danzas eslavas por Dohnányi

Como ya anuncié al comentar la interpretación de Rafael Kubelik, tenía que repasarme estas Danzas eslavas de Dvorák registradas en agosto de 1989 por Christoph von Dohnányi y su Orquesta de Cleveland para Decca. La memoria no me ha fallado: es una interpretación igualmente extraordinaria que, aun no siendo opuesta a del maestro checo, resulta distinta y complementaria.


Las interpretaciones de Kubelik son más rústicas, festivas y vibrantes, más cercanas al espíritu popular y de baile que da pie a estas maravillosas páginas, mientras que las del ex-marido de la Silja resultan más propiamente sinfónicas, están más paladeadas –74 minutos en total frente a los 70'54'' de las de DG–, también mejor diseccionadas y, sobre todo, poseen una carga mayor de vuelo lírico, melancolía y voluptuosidad, sin que eso signifique en modo alguno narcisismo o rebuscamiento. Escuchese la última de las danzas para comprobar hasta qué punto vuela la poesía de Von Dohnányi, por lo demás un verdadero maestro a la hora de modelar a la magnífica orquesta de la que por entonces era titular.

Punto y aparte merece la toma sonora, probablemente una de las mejores realizadas por Decca en aquellos años: transparente, carnosa, natural y brillante en el mejor de los sentidos. Busquen el disco, porque merece la pena.

martes, 9 de febrero de 2016

Harold en Italia por Gardiner

Empieza bien este Harold en Italia grabado por Gardiner y su Orchestre Révolutionnaire et Romantique en Londres en septiembre de 1994: sobria, decidida y con marcados acentos dramáticos. Por desgracia, en pocos minutos queda en evidencia las habituales limitaciones del maestro británico a la hora de resultar atmosférico o sensual, así como su tendencia a la sequedad, a la contundencia en los tutti y al distanciamiento expresivo. Tampoco es que la viola de Gérard Caussé –que había grabado previamente la página con Plasson– sea el colmo de la poesía. Aun así, bien.


La marcha de los peregrinos defrauda por su carácter un tanto frívolo, lúdico incluso, carácter que le sienta mucho mejor al tercer movimiento, dicho con frescura y encanto. El cuarto, finalmente, está dicho con brillantez y muy buen trazo, cerrando así una interpretación notable que gustará bastante a los más interesados por los instrumentos originales. Otra cosa es para algunos paladares resulte poco atractiva la sonoridad de estos, e incluso llegue a molestar la articulación historicista: me sé de más de uno que se puede poner de los nervios con las notas sin apenas vibrar de la viola.

Lo más interesante del disco es el infrecuente complemento. Tristia se compone de tres páginas para coro y orquesta escritas por Berlioz en diferentes momentos de su vida y sin relación directa entre sí, la primera de ellas sobre un poema de Tomás Moro y las otras dos inspiradas en Hamlet: muerte de Ofelia y marcha fúnebre final. La presencia del increíble Monteverdi Choir –los pianísimos hay que oírlos para creerlos– hacen que la interpretación, pese a su distanciamiento, resulte fascinante. Y tampoco vamos a negar que la seca electricidad de la que hace gala Gardiner sea de lo más adecuada para la tercera pieza del tríptico.

lunes, 8 de febrero de 2016

Los conciertos para piano de Prokofiev por Bavouzet y Noseda

Mi especial interés en Prokofiev me ha hecho acercarme a la integral de los cinco conciertos para piano y orquesta grabados por el pianista galo Jean-Efflam Bavouzet –primera cosa que le escucho– y el maestro italiano Gianandrea Noseda junto a la espléndida BBC Philharmonic entre 2012 (Primero, Tercero, Cuarto) y 2013 (Segundo, Quinto) para el sello Chandos. No ha merecido mucho la pena, la verdad.


Ya empieza decepcionando el Primero con un arranque plano y sin retranca, apreciándose que ni solista ni batuta van a sintonizar con el estilo de Prokofiev. Efectivamente, la lectura se decanta por un virtuosismo más o menos amable y apolíneo bastante insustancial, a la postre aburrido, aunque tampoco debemos desdeñar el lirismo que ambos procuran extraer –sin conseguirlo del todo– del segundo movimiento.

El segundo es una obra que exige un virtuosismo extraordinario –el piano es aquí protagonista muy por encima de la orquesta–, y hay que reconocer que Bavouzet toca con agilidad suficiente, frasea con flexibilidad –nada de mecanicismo ni de carreras de cara a la galería– y ofrece una línea sensual que resalta los aspectos más evocadores de esta página. En contrapartida, pasa un tanto de largo ante los más siniestros y dramáticos, y tampoco sintoniza con la peculiar ironía del autor; en general, necesita mayor variedad de acentos, contrastes más marcados y una dosis superior de chispa y garra. A Noseda, que descubre texturas muy interesantes en el primer movimiento, le pasa algo parecido.

Donde el maestro parece mostrarse más centrado es en el Tercero, y eso que un arranque particularmente suave y evocador hace pensar que la batuta se va a decantar por una visión mayormente lírica de la página. Por fortuna, poco a poco vamos descubriendo que no es así y Noseda se preocupa por ofrecer también las aristas tímbricas y la incisividad expresiva que demanda el universo de Prokofiev; aunque en general se va a echar de menos una idea clara del conjunto, termina enganchando hasta culminar en un final adecuadamente intenso. Interesa bastante menos la labor de Bavouzet, en general correcto pero poco variado en lo expresivo y con tendencia a quedarse en el mero virtuosismo.

De nuevo en el Cuarto la batuta se decanta antes por los aspectos líricos que por los incisivos o dramáticos, sin que tampoco termine de ser del todo intenso en ninguno de los dos aspectos, mientras que el pianista vuelve a mostrarse tan correcto y sensato como insuficiente a la hora de servir a Prokofiev. Necesita un toque más variado, más rico en colores, más comprometido en la expresión.

Habida cuenta de la línea interpretativa de los conciertos anteriores, podía preverse que en el muy anguloso, incisivo y fragmentario Concierto nº 5 los dos artistas podrían estrellarse, pero no es así y a la postre nos entregan una notable interpretación, centrada en lo expresivo y dicha con intensidad, aristada en su punto justo y muy bien expuesta; en todo caso, queda lejos la batuta del colorido y la garra de un Rozhdestvensky, y más aún el pianista del certero sonido, la imaginación y la asombrosa capacidad para las texturas –increíble cuarto movimiento– de Victoria Postnikova.

Precisamente el matrimonio ruso firmó para el sello Melodyia la que sigue siendo la interpretación de referencia pese a las deficiencias de su toma sonora. Esta de Chandos, que por cierto tampoco cuenta con un sonido todo lo extraordinario que era de esperar, no pasará a la historia.

domingo, 7 de febrero de 2016

Danzas eslavas por Kubelik

Primera vez en muchos años que escucho el que fue hace tiempo uno de mis discos favoritos, y primera vez que lo hago en compacto: las dos colecciones de las maravillosas Danzas eslavas de Dvorák grabadas por Rafael Kubelik al frente de su Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara en diciembre de 1973 y junio de 1974 en la Herkulessaal de Múnich para Deutsche Grammophon. Ha vuelto a entusiasmarme.


La interpretación deja bien claras las señas de identidad del maestro, que resultan ideales para esta música: fluidez, naturalidad, elegancia por completo ajena a amaneramientos y una dosis muy considerable de frescura, desparpajo y entusiasmo. Los tempi son rápidos, eso desde luego, pero las melodías están muy bien paladeadas y vuelan con un lirismo luminoso y sincero que llegan de inmediato al oyente. Además Kubelik ofrece, como no podía ser menos, un sabor checo con su punto justo de rusticidad sonora y carácter de danza: no son las suyas versiones sinfónicas, opulentas, hiperrefinadas ni profundas, sino ante todo ágiles, directas y comunicativas, festivas cuando deben sin merma de la finura de trazo, además de magníficamente planificadas y tocadas.

¿Alguna insuficiencia? Quizá en alguna de las danzas se podría adoptar un enfoque más introvertido, melancólico y emotivo. Tendré que volver a escuchar un día de estos la grabación –escandalosamente buena en lo que a toma de sonido se refiere– de Christoph von Dohnányi en Decca, para comparar.

sábado, 6 de febrero de 2016

Los dos Harold de Maazel

En dos días consecutivos he tenido la oportunidad de escuchar sendas versiones del Harold en Italia de Berlioz a cargo de Lorin Maazel: la que grabó para Decca en 1977 con la Orquesta de Cleveland, de la que por entonces era titular, y la toma en vivo que editó Deutsche Grammophon en 1985 –el registro será del año anterior, supongo– con nada menos que la Orquesta Filarmónica de Berlín, formación con la que estaba estrechando unos lazos que decidiría romper más adelante, cuando los músicos no cuentan con él para convertirle en sucesor de Karajan.


En la grabación de Cleveland, por cierto de notable sonido, la gran técnica del maestro queda clara en el excelente trazo global, el magnífico tratamiento de los planos y la irreprochable sonoridad de la magnífica orquesta. Su olfato musical, en la convicción y la sinceridad expresiva –nada de amaneramientos ni excesos– que desprenden su aproximación. Por desgracia, en inspiración poética se queda algo corto, no terminando de profundizar en las diferentes atmósferas tan diferentes entre sí que propone la partitura. En la misma línea, notable pero no muy elevada ni emotiva, se encuentra la viola de Robert Vernon, nombrado poco antes primer atril de la formación norteamericana.


La interpretación de Berlín resulta algo diferente, porque aquí Maazel se toma las cosas con bastante más calma (41’45’’ frente los 40’07’’ de antes, aunque el segundo movimiento vaya ahora más rápido) y otorga un toque meditativo, sensual y melancólico a la obra que le viene muy bien. Claro que la diferencia no viene dada solo por los tempi, sino también por la idiosincrática sonoridad de la orquesta y por la musicalidad de sus solistas, particularmente de un Wolfgang Christ de sonido aterciopelado y elevado vuelo lírico. Se podrán preferir enfoques más extrovertidos y fogosos –pienso en Menuhin con Colin Davis, 1962–, pero esta interpretación me parece excelente y se completa con una muy buena obertura de El carnaval romano.

viernes, 5 de febrero de 2016

Praetorius, un gran disco

Pablo Heras-Casado parece tener dos personalidades distintas, cada una de ellas adscrita a un sello diferente: mientras para Harmonia Mundi anda regalándonos bodrios considerables –su Schumann es de juzgado de guardia–, para Archiv graba maravillas como El maestro Farinelli –disco que en realidad debería llevar el título mucho menos comercial de “Música en tiempos de Fernando VI”– o este que quiero recomendar ahora llamado Praetorius, que se dedica a tres compositores alemanes del primer tercio del XVII que comparten apellido: Hyeronimus Praetorius, su hijo Jacob y un tal Michael que ningún vínculo de sangre guarda con los anteriores. De Hamburgo los dos primeros y de Dresde el tercero de ellos.


No voy a comentar el disco, primero porque de este repertorio no sé nada, y segundo porque el propio maestro granadino nos pone al día admirablemente en el vídeo que pueden ustedes localizar en este enlace. Pero sí diré que los dos Magnificat y los nueve motetes que se incluyen son obras de enorme belleza que nos aclaran muchísimo sobre la transición entre Renacimiento y Barroco en tierras alemanas; que el Coro y la Orquesta Baltasar Neumann (¡qué tiempos aquellos en los que los escuchábamos en el Teatro Villamarta!) se mueven en su excelso nivel acostumbrado; que Heras-Casado demuestra un excepcional dominio de las masas corales, dejando bien claros cuáles fueron sus inicios como director en tierras andaluzas, y que acierta al subrayar las deudas con los Gabrielli mediante interpretaciones muy sensuales que se apartan de la presunta severidad germánica; y que la toma sonora es magnífica y sabe dejar en segundo plano, pero con buena presencia, a un conjunto de instrumentistas que saben dar prioridad a las voces y ornamentar con inteligencia cuando lo encuentran necesario.

Un gran disco. Si pueden, escúchenlo en la descarga HD audio: merece la pena.

jueves, 4 de febrero de 2016

Un recuerdo de la infancia: Peer Gynt por Fjeldstad

Hay cosas que a los mayores nos resultan indiferentes pero que a los niños les puede llamar poderosamente la atención. Seguro que ustedes albergan en algún rincón de su memoria objetos de su infancia que por algún motivo u otro ejercían sobre su mente un particular magnetismo. A mí me pasó, siendo todavía muy pequeño, con la portada de un disco en la colección de mi padre que ponía Peer Gynt – Oivin Fjeldstad – Orquesta Sinfónica de Londres. Cuando aprendí a leer los dos primeros nombres me quedaba contrariado por resultarme impronunciables, pero lo que realmente me atraía era la imagen de la portada, precisamente una ilustración de la obra de Ibsen en la que se ve al protagonista en la corte del Rey de la Montaña. No sabía de que iba el rollo, claro, pero la combinación de esa imagen con el contenido del disco, que en casa se ponía bastante, me debió dejar huella.


El vinilo aún lo conservamos, y precisamente lo tengo en este momento a mi lado. La portada es muy parecida a la que he tomado de internet, solo que la edición es española –discos Columbia– y de sonido monofónico, aunque el original fuera estéreo. La grabación, para ser concretos, se realizó en el hoy desaparecido Kingsway Hall de Londres entre el 17 y el 19 de febrero de 1958, con una toma digna para la época pero también un punto distorsionada y estridente incluso en la edición que he tenido la oportunidad de escuchar ahora, la realizada en Japón reprocesando el original a 96 kHz/24-bit. Se tuvo a bien incluir más música de la habitual: además de las Suites nº 1 y 2, se añadieron el Preludio y la burlesca Danza de la hija del Rey de la Montaña, aunque ésta colocada al final. Lo que no hay son solistas vocales ni coro.

¿Qué he ha parecido la interpretación? Pues desde luego no llega a la altura de aquella con la que muchos años más tarde de conocer el referido vinilo aprendí a amar esta música, la de Barbirolli para el sello EMI, pero aun así me ha parecido muy notable. La mayor virtud del maestro noruego es que su Grieg suena precisamente a eso, a Grieg, con toda su sana rusticidad y evitando pulir en exceso las texturas y ofrecer narcicismos sonoros. Pero tampoco es que se trate de una interpretación basta, en modo alguno: la música está bien paladeada en lo melódico, el fraseo es muy natural, se revelan detalles interesantes en la orquestación –en la Danza árabe, por ejemplo- y la celebérrima Cueva del Rey de la Montaña está tratada con adecuada sorna y planificando un amplísimo accelerando desde el arranque hasta su apoteósico final.

Un disco recomendable, desde luego, y muy superior al tan cacareado de Thomas Beecham, quien quitando su muy británico sentido del humor ofrece una recreación más bien pesadota y prosaica, dicho sea de paso. Eso sí, Barbirolli sigue siendo para mi gusto el número uno en esta música maravillosa. ¿El problema? La del Baronet se encuentra por todas partes, pero las de Fjeldstad  y Barbirolli son difíciles de localizar.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Don Juan de Strauss, discografía comparada

Estrenada en Weimar en noviembre de 1889, Don Juan no solo fue el primer gran éxito del entonces jovencísimo Richard Strauss, sino que se ha convertido por derecho propio en una de los grandes poemas sinfónicos de todo el repertorio. Sus registros fonográficos son innumerables, y por ello en este repaso, aunque no precisamente breve, serán muchos nombres destacados que queden fuera. Aun así, tengo la esperanza de que este pequeño juego resulte de utilidad para los lectores a la hora de acercase a la discografía, como también a la hora de reconocer el modus operandi de algunas destacadas batutas.

Dos conclusiones generales: el nivel medio es francamente bueno, y la precipitación derivada de la excesiva incandescencia suele ser el error habitual en el que caen buena parte de las interpretaciones. Adelanto que la de Solti/Chicago es la que más me gusta de todas, aunque no la única que me parece de primerísima categoría.



1. Mengelberg/Orquesta del Concertgebouw (Pearl, 1938). El maestro que recibiera en su momento la dedicatoria de Vida de Héroe parece en principio una batuta ideal para el universo straussiano, y de hecho deja bien claro su olfato evitando precipitarse –los tempi no son tan rápidos como se acostumbraba en aquellos años– y ofreciendo detalles que evidencian personalidad, incluyendo esos célebres portamentos que hoy suenan fuera de tiesto, pero lo cierto es que junto a momentos francamente buenos la poesía no termina de brotar, sobre todo en una escena de amor más bien insulsa y lastrada por un oboe de sonido desagradable que parece ir a su aire. Tampoco la claridad y el equilibrio de planos son los deseables –algunos instrumentos quedan inadecuadamente en primer término–, aunque ahí hay que contar con las limitaciones de una toma sonora que, aun siendo de estudio y estando bien tratada por Mark Obert-Thorn para la reedición por el sello Pearl, evidencia su larga edad. (7)



2. Furtwaengler/Filarmónica de Berlín (varios sellos, 1942). La primera de las ocho grabaciones que se conservan de Furt –solo una de ellas en estudio– se realiza en plena Guerra Mundial, reflejando las maneras del genial director en aquella etapa: interpretación encendida a más no poder, altamente teatral, demoledora por su sinceridad, muy arriesgada –larguísimo el silencio antes de la disolución final–, brillantísima al tiempo que sin retórica alguna, pero con frecuencia precipitada, hasta el punto de bordear el descontrol. La escena amorosa central, como era de esperar, ofrece un atractivo regusto amargo. (8) 


3. Richard Strauss/Philharmonia Orchestra (Testament, 1947).  Esta toma recientemente rescatada, a la que le faltan demasiados compases, procede de las últimas apariciones en público del propio compositor dirigiendo su música. Su deficiente sonido apenas deja entrever una interpretación sincera, musical, paladeada sin precipitaciones y –obviamente– por completo idiomática, además de tocada con un nivel técnico superior a la media de la época (¡bendita Philharmonia!), pero un tanto lineal y no muy inspirada. Decididamente, el compositor no es el mejor intérprete de sí mismo. (7) 



4. Krauss/Filarmónica de Viena (Testament, 1950). Por mucho que la orquesta muestre una muy bella y adecuada sonoridad, esta es una versión muy desequilibrada, prodigiosa en los momentos épicos pero superficial y sin voluptuosidad los líricos, dichos deprisa y de pasada. En fin, tampoco es el director favorito del compositor quien mejor acierta a revelar lo inspirado de su escritura. Un mito a revisar. (6) 



 
5. Furtwaengler/Filarmónica de Berlín (Audite, 1954). En su último testimonio fonográfico, muy bien remasterizado por Audite a partir de las cintas originales de la RIAS –nada que ver con el bodrio del sello Virtuoso, que además estaba erróneamente datado en 1953–, Furt parece encontrar definitivamente el equilibrio adecuado entre brillantez sonora, garra dramática, ardor viril, concentración meditativa y sensualidad en el fraseo, todo ello haciendo gala de la sinceridad expresiva y de la fuerza comunicativa que siempre caracterizaron al maestro. Otra cosa es que, con la misma orquesta, su odiado Karajan añada a todo esto en el futuro una dosis mayor de refinamiento y magia sonora. (9)



6. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1954). Sorprende esta interpretación por ser menos vistosa y encendida de lo esperable en Reiner, decidido a interesarse por los aspectos amorosos de la página y a ofrecer unas texturas mórbidas y aterciopeladas de enorme atractivo. Por desgracia, el maestro no alcanza aquí la deseable concentración: la primera mitad de la obra resulta algo rápida y superficial, mejorando bastante en la segunda. A la postre, se queda a medio camino. (8)



7. Klemperer/Sinfónica de la Radio de Colonia (Medici Arts, 1956). A mediados de los cincuenta todavía estaba en proceso de formación ese director genial que será Klemperer en la década siguiente, y por eso no es fácil detectar su poderosa personalidad, salvo en su humor amargo y proverbial renuncia a la ensoñación poética, en esta en cualquier caso encendida, desafiante y dramática recreación. Bastante rápida (16’09’’), por cierto, y no solo para tratarse del maestro que se trata. La toma sonora, monofónica y de origen radiofónico, es aceptable. (8)



8. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1957). Hay extroversión, electricidad, incandescencia y sentido teatral a tope en esta recreación rápida, directa y muy incisiva, de claridad admirable y una chispa no poco sarcástica que le sienta muy bien a la obra. Por desgracia, el maestro incurre en la rigidez, la sequedad y la precipitación, resultando incapaz de aportar la voluptousidad, el sentido sensual y la variedad expresiva que demanda la partitura. Ni siquiera en la gran escena de amor central, donde remansa el tempo de manera considerable, logra destilar las imprescindibles esencias poéticas. La toma sonora es notable para la fecha, al menos en SACD. (7)



9. Böhm/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). He aquí por parte de Böhm una muestra indudable de pleno dominio del idioma, de control de la orquesta sin concesión alguna al mero hedonismo y de fogosidad perfectamente controlada, en cualquier caso atendiendo más a los aspectos épicos y fogosos del héroe que a los más líricos. En interpetaciones posteriores del propio Böhm, menos ardientes pero más amorosas que la presente –la sección central no es tan poética como en las interpretaciones de Viena más adelante comentadas– se invertirán los términos. A la coda, por ciert, le podría sacar más partido. (9) 



10. Celibidache/Orquesta de la Radio de Colonia (Orfeo, 1958). Tan solo dos años después de la interpretación de la misma orquesta con Klemperer –capturada con excesiva lejanía en esta discreta toma del 5 de octubre de 1958–,  y únicamente limitado por la naturaleza de la referida formación, un Celibidache que es ya perfecto dominador de los recursos directoriales –impresionante la plasticidad con la que maneja a la agrupación renana– supera sensiblemente al veterano maestro de Breslau ofreciendo una lectura de inspiración excelsa: elocuente, cálida y de fogosidad bien controlada, perfecta en lo que al equilibrio entre carácter épico, sensualidad y dramatismo se refiere –ya está aquí la impresionante pausa antes de la coda que mantendrá hasta el final de su carrera– y de un trazo no por firme menos flexible y natural en el canto de las melodías. En cualquier caso, y aunque deja ya claro que es uno de los grandes recreadores de la página, Celi aunque aún tendrá en el futuro que decir más cosas sobre el asunto. (9) 



11. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1960). Solo han pasado cuatro años desde su toma radiofónica en Colonia, pero aquí Klemperer ya es claramente Klemperer. Quiero decir, el Klemperer genial e incomparable de su última etapa, sin prisas en los tempi (17’15’’ frente a los 16’09’’ de entonces) pero de una fuerza arrolladora; majestuoso en el fraseo aun ofreciendo su característica sobriedad marmórea; analítico hasta extremos impensables –se revelan muchísimos detalles que pasan desapercibidos en la mayoría de las interperetaciones– sin que la minuciosidad le haga perder el absoluto rigor de una arquitectura global delineada con mano maestra; rico e incisivo en el timbre; virtuosístico a más no poder y brillante en el mejor de los sentidos, aun siempre ajeno al exhibicionismo y al preciosismo banal; y amargo, doliente y desesperanzado en grado superlativo, de tal modo que las escenas de amor suenan con un registo muy agridulce –nada de ensoñaciones poéticas–, las festivas lo hacen con no poco sarcasmo y las épicas marcadas por el pesimismo que no busca sino la autoaniquilación. Demasiado radical, en cualquier caso, como para ponerle la máxima nota. La Philarmonia, increíble. Lástima que la toma sonora no sea ninguna maravilla. (9) 



12. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1960). Haciendo un verdadero derroche de adrenalina y virtuosismo, ahora sí que el maestro de Budapest y la formidable orquesta norteamericana ofrecen la lectura en ellos esperable, fogosa a más no poder, llena de sentido teatral, colorista en el mejor sentido –la tímbrica es rica y adecuadamente incisiva– y siempre de una enorme inmediatez expresiva. El problema, por desgracia, es el mismo de seis años atrás: aunque no deja de paladear con sosiego los momentos amorosos, con frecuencia Reiner se precipita, frasea con rigidez y no es capaz de combinar la formidable electricidad que sale de su batuta con una buena dosis de esa sensualidad voluptuosa que también demandan los pentagramas. Tanto ardor juvenil, a la postre, termina eclipsando los aspectos más introvertidos de esta música. La toma sonora es de calidad, pero posee un punto de estridencia que llega a molestar. (8) 



13. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1960). Esta grabación se sitúa en el punto de inflexión entres las dos maneras de hacer de Kajaran, una primera etapa no muy personal, un tanto rígida, que en cierto modo se inserta en la línea marcada por un Toscanini, y una segunda en la que se desarrollan la flexibilidad y los aspectos hedonistas de la música hasta alcanzar grande cumbres de refinamiento, aunque a veces también de narcisismo. Se entiende de este modo que el brillo, el colorido y el idioma están asegurados en esta fosa y muy notable lectura, pero que en comparación consigo mismo Karajan resulte un todavía un tanto juvenil, por no decir un pelín nervioso, necesitando mayor concentración para paladear mejor los temas líricos y conseguir toda la magia sonora que la obra demanda. Buen sonido en el SACD que he manejado. (8)



14. Maazel/Filarmónica de Viena (Decca, 1964). Es esta una versión juvenil para lo bueno y para lo malo: impetuosa, vibrante, de rico sentido del color, pero bastante precipitada y dicha un tanto de pasada. Solo en la escena de amor el joven Maazel se remansa adecuadamente, aun así lejos de alcanzar la sensualidad de sus recreaciones posteriores. La toma sonora no es gran cosa. (7) 



15. Kempe/Royal Philharmonic (Chesky, 1964). El maestro de Dresde se mete en cuerpo y alma en la piel del seductor y ofrece, admirablemente secundado por la espléndida toma sonora de K. E. Wilkinson, una interpretación fresca, juvenil y ardiente a más no poder, trazada con vivacidad, riquísimo sentido del color, elevado carácter narrativo y gran sensibilidad para las texturas. Ahora bien, semejante incandescencia debería haber sido controlada por un mayor poso reflexivo, porque algunos pasajes –al principio y al final, fundamentalmente– resultan un poco más nerviosos de la cuenta, por momentos atropellados. En cualquier caso, la aproximación es brillante y comunicativa de principio a fin, amén de por completo idiomática, y se encuentra admirablemente puesta en sonido por una orquesta en plena forma. (8) 



16. Solti/Covent Garden (DVD Ica Classics, 1967). Aunque ya se apunta la flexibilidad del Solti de los setenta y ochenta, sobre todo en la sección lírica central, todavía en esta fogosísima, incisiva, teatral y rutilante recreación el exceso de fuego hace que el maestro se precipite un tanto y no deje respirar a la música cuando debe, resultando un punto cuadriculado. La orquesta evidencia limitaciones. Si sumamos a todo esto que la toma de sonido discreta, queda claro que es una filmación ane todo para coleccionistas. (8) 


 
17. Klemperer/Filarmónica de Viena (Testament, 1968). Esta vez en concierto, el de Breslau vuelve a hacer de las suyas con una interpretación muy personal, nada chispeante y poco elegante, más bien sombría, llena de fuerza interior y de una sonoridad rotunda y poderosa, mas no opulenta. A destacar la sonoridad amarga de las maderas, que no deja de recordar a las de la su propia Philharmonia Orchestra. Verdadero milagro tratándose nada menos que de la Wiener Philharmoniker. (9)



18. Celibidache/Radio Sueca (DG, 1970). Nuevo acierto de Celi con esta encendida y juvenil versión, llena de voluptuosidad, que alcanza las más altas cotas de belleza en el tema de amor de la sección central  –regusto amargo muy interesante, como hacen otros maestros–, pero que también consigue momentos extraordinariamente encendidos, como el clímax antes de la disolución final; esta es más bien lenta, aunque no particularmente siniestra. Si no fuera por la mediocridad de la orquesta, sería una interpretación de primerísimo rango. (9)



19. Kempe/Staatspakelle de Dresde (EMI, 1970). Como en su registro seis años anterior, frescura, fogosidad, colorido y brillantez bien entendida son las señas de una intepretación plena de idioma, elocuente a más no poder, pero también algo lineal, no del todo imaginativa y en exceso incandescente, hasta el punto de que algunos momentos resultan desaprovechados. Por ejemplo, el clímax final y la siniestra coda, dichos un tanto de pasada. (8)



20. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD Euroarts, 1970). Interpretación de altísimo nivel, perfecta en el idioma y en la misma línea de su grabación con Berlín para DG, es decir, ardiente pero controlada al mismo tiempo, colorista sin caer en el hedonismo, viril y por completo ajena a narcisismos, aunque ahora algo menos lograda en las secciones épicas para centrarse más bien, aun sin redondearlas del todo, en las líricas. La toma sonora es monofónica y parece no recoger bien el timbre de los solos de violín y clarinete. Impagables los ensayos. (9) 



21. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1972). Doce años después de su registro en Viena, y ahora ofreciendo un fraseo menos nervioso y más aquilatado, el maestro que seguramente ha sido el mayor de los directores straussianos se encuentra en plena madurez y logra finalmente ofrecer una lectura a la altura de su talento en la que se consigue el pleno equilibrio entre los aspectos épicos, los amorosos y los dramáticos de la página derrochando colorido y entusiasmo con mayor control e imaginación que antes. Aun así, Karajan todavía tendrá que decir su última palabra. (9)


 
22. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1973). Ya en plenitud de facultades como director, es decir, más flexible, menos nervioso y más concentrado a la hora de paladear los pasajes líricos que en su filmación con el Covent Garden, Solti nos ofrece una recreación de auténtica referencia marcada por su electricidad, su brillantez incisiva –nada de opulencia de cara a la galería– y, sobre todo, su altísima temperatura dramática. Todo aquí se desarrolla con un ardor que abrasa –siempre controlado mediante una planificación perfecta–, con una vehemencia desesperada que, pasando por una sección de amor central que mezcla sabiamente erotismo y amargor, conduce al protagonista a una carrera autodestructiva que termina inevitablemente en la aniquilación total: los compases finales, secos y tajantes, no pueden resultar más significativos. Ni que decir tiene que la Sinfónica de Chicago, trabajada siempre con trazo fino desde el podio, responde a las tremendas demandas de la batuta con virtuosismo supremo. Todavía hoy sigue siendo la versión de referencia. (10) 



23. Celibidache/Radio de Stuttgart (DG, 1976). Algo más poético ahora pero no tan electrizante como con la Radio Sueca, el rumano vuelve a ofrecer una idiomática y sincera recreación en la que sobresale, como no podía ser menos, el tema de amor, si bien la transición al mismo es algo brusca y éste comienza de manera excesivamente ensimismada. La orquesta tampoco es ninguna maravilla. En conjunto, algo menos bien que antes. (8) 



24. Böhm/Filarmónica de Viena (WP Live, 1978). Si pusiéramos decimales, esta sería una interpretación para un nueve y medio, pues en ella el de Graz redondea su aproximación a la obra ofreciendo momentos épicos espléndidos –sin resultar especialmente visionarios– y ua escena de amor asombrosa, de un lirismo y una elevación poéticas inigualables. El final está particularmente conseguido. Lástima que el disco sea dificilísimo de encontrar. (9) 


 
25. Previn/Filarmónica de Viena (EMI, 1980). Aunque parezca un tópico, la mirada de Previn apunta hacia el Hollywood que él tan bien conocía. Este un Don Juan tan cinematográfico, esto es, abiertamente descriptivo, vitalista, extrovertido y directo, que se mueve muy a gusto entre la brillantez y la incisividad tímbricas, pero sin que esto signifique banalidad, decadentismo mal entendido o efectos de cara a la galería. Ahora bien, lo cierto es que se detectan algunas irregularidades en lo que a la inspiración de la batuta se refiere; el fraseo, siendo natural y flexible, no termina de ser todo lo poético e imaginativo que debiera, y frente a una escena de amor muy bien paladeada, o una enorme inflamación en los pasajes épicos que vienen inmediatamente detrás de la misma, hay momentos en que se echa de menos el nivel de los más grandes recreadores de la página. La impresión, en parte, se puede deber a una toma sonora un punto seca y plana, como era habitual en la EMI de la época, no terminando de recoger la singular belleza tímbrica de la formidable orquesta. (8) 


 
26. Maazel/Orquesta de Cleveland (CBS-Sony). El maestro ha madurado y ofrece por fin una versión elocuente, apasionada y plena de idioma a la que sólo le falta un poco más de magia e imaginación en determinados momentos clave no del todo paladeados –el final–, así como de carácter visionario, para ser excepcional. (8)


 
27. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1983). Karajan llega a su propia cima interpretativa con una versión brillantísima y elocuente a más no poder, tocada de manera inmejorable –minuciosa hasta el menor detalle sin perder el sentido de la arquitectura– y con la mayor belleza sonora posible, amén sde con un colorido de enorme riqueza. Es además sincera en lo expresivo, encontrándose trazada con energía en los momentos épicos pero también con el más sentido lirismo en los amorosos, destilando una sensualidad altísima y consiguiendo en su punto justo ese sentido de lo decadente que no le viene nada mal a esta musica. Modélica, pues dentro de lo que podríamos denominar "ortodoxia straussiana", y por ende complementaria a las visiones de un Klemperer y un Solti. (10) 



 
28. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony, 1984). Filmada en Osaka, esta es una interpretación muy parecida a la de estudio del año anterior, brillante y con el decadentismo y la retórica adecuados, de rico colorido y enorme elocuencia, aunque con una sección lírica central quizá no tan concentrada y mágica, y con algún desajuste. Además, se encuentra peor grabada. (9) 



29. Muti/Filarmónica de Berlín (Philips, 1989). La orquesta que todavía –pocos meses le quedaba a su frente– era de Karajan volvió a demostrar su absoluta idoneidad para el repertorio straussiano, esta vez bajo la batuta de un Muti menos refinado y hedonista que el salzburgués, pero no menos poderoso, vibrante y dominador, sin que por ello se descuiden el trazo global, soberbio, ni se dejen de cantar las melodías de manera exquisita. Se echan de menos, eso sí, el carácter visionario de un Furtwaengler, la sensualidad amorosa de un Celibidache, el sentido teatral de un Solti… y la magia sonora del citado Karajan, claro está. (8)



30. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Artist, 1989). De un concierto ofrecido en Chicago el 16 de abril de 1989 procede esta toma de muy mediocre sonido –la distorsión llega a resultar insoportable– en la que Celibidache ha remansado el ardor de sus registros de los años setenta y, al frente de una orquesta superior a la que tuvo en las anteriores ocasiones, a la que modela con pinceles finísimos, y haciendo gala de una asombrosa sensibilidad para las texturas, construye una interpretación dicha con grandeza, fuerza muy bien controlada y una muy especial sensualidad amorosa en la escena de amor central, que cada vez concibe de manera más platónica y ensimismada. Amargor y desesperación quedan relegados frente a los aspectos más espirituales de la partitura. (9)



31. Sinopoli/Staatskapelle Dresden (DG, 1991). Al frente de una orquesta ideal y bien ayudado por una soberbia toma sonora, Sinopoli ofrece una lectura personalísima y llena de genialidad, más oscura de lo habitual –lacerante violín solista–, aunque no menos vistosa y comunicativa. El sentido del timbre y de las texturas se encuentra desarrolladísimo, mientras que el fraseo, algo nervioso, nunca pierde el sentido de la arquitectura global. La disolución final suena especialmente siniestra. Imprescindible. (10)


 
32. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1991). Pocas interpretaciones podrán encontrarse tan incandescentes, impetuosas y brillantes como esta, dirigida por un Barenboim que resalta el lado más juvenil e impetuoso del personaje ofreciendo una brillantez sin rastro de retórica y exigiendo, con su inflamadísimos tempi, auténticas locuras a una orquesta que es capaz de dar todo lo que pide y más. Eso sí, con tanto ardor amatorio hay algún pasaje –última sección épica– algo precipitado, mientras que las escenas amorosas, expuestas con la adecuada concentración, no alcanzan el grado de sensualidad y plasticidad sonora que el propio Barenboim, haciendo gala de un concepto más rico y de mayor olfato para las texturas, ofrecerá años más tarde con la Filarmónica de Berlín. (9) 



33. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca). Ciertamente defraudan los primeros minutos de la obra, tan fogosos que el fraseo resulta en exceso nervioso y falto de cantabilidad. Tras la primera escena de amor, muy bien paladeada aunque no del todo emotiva, el maestro se va centrando y acierta a ofrecer una recreación teatral y vibrante, rica en el sentido del color y muy acertada a la hora de evocar el espíritu de la pieza. Lástima que la disolución final no esté del todo aprovechada. Espléndida la ingeniería. (8)


 
34. Maazel/Filarmónica de Nueva York (DG, 2005). El resultado es aquí todo lo idiomático y solvente que es de esperar en Maazel, pero como parece lógico en un maestro ya anciano, antes que la parte épica sobresale ahora la más sensual: la escena de amor, paladeada hasta el límite, resulta verdaderamente sublime. El final no es especialmente dramático ni visionario, aunque el pizzicatto desila un curioso humor negro. (9)


 

35. Luisi/Staatakapelle de Dresde (Sony, 2008). Esta visión eminentemente juvenil y apasionada, llena de vida y color, por desgracia no logra controlar su propio temperamento y termina resultando algo nerviosa, dejando de paladear la partitura con el sosiego que merece –sobre todo en la sección inicial– y cayendo por momentos en la precipitación. Se echa de menos calidez en la sección amorosa y misterio en la coda final. Eso sí, la orquesta responde a las mil maravillas con un virtuosismo, una riqueza de colorido y una belleza sonora apabullantes. (8)




36. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Vuelta a escuchar esta interpretación, y haciéndolo justo después de ver las filmaciones de Neeme Järvi y Dudamel con la misma orquesta que más abajo se reseñan, tengo que hacer aún más positiva mi impresión inicial. No solo nos encontramos ante una lectura fogosa, sincera, rica en matices y magníficamente controlada que sobresale por el tierno y –al mismo tiempo– doliente lirismo de la sección central, sino que además sabe ser épica sin caer en lo hinchado y ofrece una enorme carga de voluptuosa sensualidad en el fraseo y en la plasticidad con que se trata a la orquesta berlinesa, aquí mucho más sólida en el empaste y más rica en colores, así como más musical y expresiva en las intervenciones solistas, que con los directores indicados. (10)



37. Neeme Järvi/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Parece mentira que se pueda aburrir en una obra como esta, pero el director estonio casi lo consigue poniendo el piloto automático en todas las partes líricas de la página –no hay rastro de emotividad– y resultando sin duda vistoso, pero también bastorro, cuando no hinchado o fuera de lugar (¡esos timbales!) en los épicos. Menos mal que están la orquesta y sus formidables solistas para arreglar un poco las cosas. (7)



38. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2011). Nelsons deja bien clara su enorme estatura straussiana con una interpretación fogosísima pero muy bien controlada, vibrante y comunicativa, de colorido rico y adecuadamente incisivo, dicho en el punto justo entre brillantez y refinamiento yendo al grano sin perderse en hedonismos sonoros, que además sabe ofrecer ese regusto amargo que sin duda pide al obra; impresionante el peso del silencio antes del final. Solo se echa de menos una dosis mayor de erotismo y calidez en los pasajes amorosos. (9)



39. Jansons/Filarmónica de Viena (Blu-ray Euroarts, 2012). La perfección técnica y la bellísima sonoridad de la que quizá sea la orquesta más adecuada para esta obra son la mayor baza de esta interpretación dirigida por Jansons con su habitual solidez y profesionalidad, pero sin ese grado de inspiración extra que necesita para terminar de convencer. Se echan de menos un fraseo más voluptuoso, unas texturas más ricas en color, unos clímax más encendidos… Quizá sea por la falta de estímulo desde el podio por lo que los solistas no parecen todo lo efusivos que debieran. (8)




40. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Este en un Don Juan adecuadamente fresco, cálido, elocuente y comunicativo, pero no se puede comparar con lo que un Böhm, un Karajan o un Barenboim han logrado con la misma orquesta, ni en tensión y carácter exultante ni en vuelo lírico –pese al sobresaliente oboe de Albrecht Mayer–, ni en refinamiento tímbrico. Ni siquiera en claridad. Y la manera de subrayar algunos pasajes de los metales no convence. (8)

 

41. Dudamel/Filarmónica de Berlín (DG, 2013). Edición paralela a la de la Digital Concert Hall, aunque no queda del todo claro si se trata de la misma toma. En cualquier caso, nos encontramos de nuevo ante una interpretación muy bien trazada, apreciable por su sensualidad y perfecto control de los medios, pero algo más suave de la cuenta, falta de la incisividad, del fuego y del sentido dramático que han alcanzado los grandes recreadores de la página, por lo hablar de esa especialísima magia sonora que aquí no termina de brotar. (8)

lunes, 1 de febrero de 2016

¡Me muero, me sale una hernia!

Bueno, mañana martes es el día: me operan de una hernia inguinal. Intervención sencilla que no posee la menor relevancia, pero para mí una experiencia terrorífica habida cuenta del pánico que me produce todo lo que tenga que ver con laboratorios, quirófanos, extracciones y temas quirúrgicos en general. También la excusa perfecta para poner aquí, por si alguien no lo conoce, este vídeo desternillante de una de mis cantantes favoritas sacado de aquella gala homenaje a Leonard Bernstein que vi por la tele cuando joven nunca se emitió íntegra ni se editó comercialmente, lástima y me dejó una huella que todavía dura.


Ah, como dicen que en los primeros días de convalecencia resulta muy difícil estar sentado, he dejado preparada una discografía del Don Juan de Strauss para permanecer unos días alejado del blog. Hasta pronto.

domingo, 31 de enero de 2016

Dignísimo Otello en el Villamarta: este es el nivel

Para mí, lo más significativo de la función del Otello verdiano que ofreció anoche el Villamarta fue percibir con claridad, por las reacciones murmullos, interjecciones ante las diferentes pericias narradas por Boito a partir del original de Shakespeare, que gran parte del público congregado se acercaba por primera vez a semejante obra maestra absoluta, impresión que corroboraban los comentarios que se escuchaban a la salida. Por eso mismo, a quienes se preguntan qué sentido tiene que un ayuntamiento por completo arruinado invierta dinero en algo como la ópera, habría que responderles que nada más y nada menos que dar a conocer las grandes creaciones del arte escénico a una ciudad que por mucho tiempo ha vivido alejada de la música clásica. Entre otras cosas.

Cuestión diferente es preguntarse si el apoyo de Ministerio de Cultura y Junta de Andalucía ha estado a la altura de las circunstancias, si las empresas privadas jerezanas han querido comprometerse, si el Ayuntamiento ha supervisado correctamente la gestión de sus menguantes aportaciones, o si desde la cúpula del teatro se han administrado con rigor los recursos disponibles: Hacienda acaba de disolver la Fundación Teatro Villamarta por el déficit acumulado. Lo cierto es que esta podría ser la penúltima propuesta operística queda aún la nueva producción de Cavalleria/Pagliacci que dirige, faltaría más, Francisco López que se ve en Jerez por mucho tiempo.


Los resultados han sido un modelo del nivel al que debe aspirar al Villamarta, nivel que a veces se supera con creces y a veces queda demasiado lejos, por mucho que los responsables del teatro y algunos artistasse crean con derecho a recibir críticas siempre positivas o, cuanto menos, piadosas. Pero esta vez, insisto, se ha alcanzado ese nivel: una función llena de dignidad, atendible en todo momento, de gran equilibrio global entre los diferentes aspectos artísticos, que permitió disfrutar con garantías y sin sobresaltos, a veces incluso con emoción, de la genial creación de Verdi y Boito. Aunque sin alardes.

El punto flaco del Villamarta está siempre en los "cuerpos estables", esto es, en su coro que es fijo y en las tres o cuatro orquestas que más frecuentan su foso, en esta ocasión una Filarmónica de Málaga de sonido pobretón y con algunos solistas violonchelo que han dejado que desear. Expresivamente, sin embargo, terminaron convenciendo gracias al buen trabajo de Joan Cabero con las voces y de Carlos Aragón a la batuta. Este último dirigió con convicción, buen pulso y desarrolladísimo sentido teatral, aunque también de manera algo metronómica, sin atender mucho a las atmósferas y cayendo a veces en el desmadre de cara a la galería: deficientes los finales de los actos segundo y tercero. Su atención a los cantantes fue plena.

Estos últimos, supongo, han debido de hacer un gran esfuerzo para sacar estas funciones adelante, y sospecho que han trabajado mucho antes por amor al arte y por solidaridad con el teatro que por otra cosa, lo que les hace merecedores de todo nuestro respeto. Dicho esto, tampoco vamos a ocultar sus limitaciones, en este caso la de un Albert Montserrat que, habiendo sido barítono en tiempos pasados, sufre tiranteces y estrangulamientos cuando se trata de llegar a la franja superior; pero su voz posee un peso muy adecuado para el moro, se beneficia de un fiato muy considerabe y su expresividad, poco desarrollada en los aspectos amorosos del personaje, sabe crecerse en un acto IV lleno de convicción y entrega. Ya es mucho en un rol como este.

Yolanda Auyanet no posee una voz que a mí me resulte particularmente atractiva, pese a su buen volumen y apreciable esmalte. Sin embargo, ofreció una Desdémona que fue de menos a más, un tanto anodina en el primer acto el dúo resultó frío tanto por ella como por él–, y luego con la temperatura in crescendo hasta culminar en una Canción del sauce y un Ave María de mucha clase, por línea impecable importa poco o nada algún sobreagudo tirante y musicalidad exquisita. Una pena que los aplausos rompieran la magia del momento.

Excelente el barítono José Antonio López, Yago de voz muy sonora y homogénea que supo ser malvado y "echado para adelante" sin caer en las truculencias y excesos que a veces tenemos que soportar en el personaje. En alguna que otra frase pudo quizá haber matizado aún más, haber ofrecido más sutilezas y claroscuros, pero lo compensó con una actuación escénica francamente notable, de auténtico profesional. Leo que en el Liceo este papel lo está haciendo el horroroso Vratogna y se me abren las carnes: ¿cómo es que no han contado con este señor que es mil veces mejor cantante?

La Emilia de María Ogueta me pareció excelente. El siempre eficaz Emilio Sánchez, ya algo mermado, hizo un muy correcto Casio. Aceptable el Roderigo de Manuel de Diego y decepcionante mi siempre admirado Luiz Álvarez en el rol de Ludovico: su voz, aun de la nobleza adecuada para el personaje, me pareció cansada, y además su situación en el escenario no le favorecía en absoluto. También se quedó corto el Montano de Andrés Bey.

La producción escénica venía del Teatro Principal de Palma de Mallorca y corría a cargo de Alfonso Romero: tradicional en todos los sentidos, modesta en sus medios y en sus dimensiones, pero francamente sensata pese a algún detalle ridículo, como el de visualizar la imaginaria infidelidad de Desdémona con Casio y muy bien llevada a cabo, con correctísima dirección de actores y espléndida dirección de masas, sacando además un excelente partido teatral del barco giratorio diseñado por Miguel Massip que hacía las veces de escenografía. Convencía menos el vestuario de María Miró, que podía recordar a algunas producciones de zarzuela, pero el aspecto visual fue equilibrado por la buena luminotecnia de Lia Alves, que nos regaló unos preciosos efectos en la gran escena de Desdémona del acto IV.

Lo dicho: gran equilibrio escénico y musical en una obra complicadísima de llevar a buen puerto. Difícilmente se puede hacer más con menos. Este es, sin duda, el nivel al que debería aspirar siempre el Villamarta.