domingo, 8 de diciembre de 2019

Tosca en La Scala con Chailly, Netrebko y Livermore: para el recuerdo

Ayer sábado estuve en el cine asistiendo a la retransmisión en directo de la "Prima della Scala": Tosca de Puccini con Chailly y Netrebko en nueva producción de Davide Livermore. Me gustó muchísimo. Intentaré explicar telegráficamente el porqué.


Davide Livermore triunfó con la producción escénica que todos estábamos deseando ver: por completo fiel al libreto mas no por ello convencional, espectacular pero con los medios abundantísimos: debe de haber costado una millonada al servicio del drama, lujosa a más no poder sin caer en el recargamiento, y sobre todo cinematográfica, tremendamente cinematográfica. En el primer acto llegan a molestar, eso sí, los excesos de movimiento de las plataformas, aunque en contrapartida el Te Deum resulta impactante y ofrece una atmósfera mefistofélica con referencia indisimulada al desfile de moda eclesiástica de Fellini de lo más atractiva. En el segundo se agradecen el ensañamiento en el asesinato de Scarpia y la abundancia de sangre, mientras que del tercero queda para la memoria la terrible imagen de la protagonista y cayendo al vacío y gritando desesperada, en una resolución muy parecida a la de la muerte de Javert en el musical Los Miserables. Casualmente, ya escribí aquí que aquélla sería ideal para visualizar el suicidio de Floria Tosca: se ve que Livermore ha tenido la misma idea. El vestuario de Gianluca Falaschi, nada "historicista" pero lleno de significaciones, fue otro de los aspectos más singulares de la que, a la postre, creo que es la mejor producción escénica de este título que he visto.



Riccardo Chailly ofreció una dirección teatral a más poder, llena de fuego y de sinceridad, rica en las texturas y nada ampulosa, ni preciosista, ni amanerada. Eso sí, podía haber paladeado más algunas frases y haber subrayado los aspectos "góticos" de la partitura: ya se sabe que últimamente al maestro le ha dado por las prisas. Interesantísima, aunque no siempre para bien, el uso de una nueva edición de la partitura que recupera aquí y allá diversos compases amputados. Me gusta más así el apuñalamiento de Scarpia, más largo y feroz, mientras que extender considerablemente la coda solo puede funcionar con una escena como esta, en la que se puede ver a la protagonista cayendo lentamente al vacío. En una producción "normal", la dilatación de la música resultaría anticlimática.

Anna Netrebko, suntuosa de medios vocales, resultó en exceso impertinente y poco sensual en el primer acto, tanto en lo canoro como en lo escénico, echándose de menos matices psicológicos que hicieran un retrato más completo de la celosa diva. En el segundo estuvo magnífica ofreció frases estremecedoras y en el tercero estuvo absolutamente sensacional. Enorme.


Francesco Meli es un tenor "a la antigua", mucho antes para lo bueno que para lo menos bueno, que de todo hubo. Su canto fue cálido, valiente, brillante en el agudo y un tanto exhibicionista. En el primer acto se movió todo el tiempo desde el mezzoforte hacia arriba sin apenas atención al matiz, mejorando muchísimo en el resto de la ópera. Su "E lucevan le stelle" fue magnífico.

Luca Salci no tiene la voz más oscura posible. Tampoco precisamente la línea más depurada ni elegante. Pero compone con tanta inteligencia como convicción a Scarpia, sin necesidad de caer en truculencias ni de poner cara de villano de opereta. Los demás cantantes ofrecieron un nivel algo pobre para la ocasión, pero el conjunto funcionó.


Los aspectos negativos de la retransmisión estuvieron en una realización televisiva poco conseguida y en una gama dinámica considerablemente recortada. ¿Todavía no ha conseguido la tecnología emitir a los cines un sonido en condiciones? Ojalá que la filmación salga en Blu-ray, y que lo haga con las pertinentes correcciones audiovisuales, porque merece muchísimo la pena: una Tosca para el recuerdo.

viernes, 6 de diciembre de 2019

Portada maravillosa, contenido excepcional: Jeux de Miroirs

Perdónenme ustedes que no tenga tiempo todavía para comentar prometo hacerlo más adelante el contenido del disco dedicado a Maurice Ravel protagonizado por Josep Pons, Javier Perianes y la Orquesta de París que Harmonia Mundi acaba de lanzar, aunque adelanto que me ha parecido excepcional en lo que a la labor del pianista onubense se refiere. Pero sí puedo apuntar algo sobre la portada, fotografía de "Igor Studio" y maquetación del "Atelier harmonia mundi". Si lo que el mismo equipo hizo con el registro Falla de Heras-Casado me pareció ridículo, esta otra es una de las mejores carátulas que he visto en un disco clásico, no solo por la calidad y el atractivo puramente visual de la fotografía, sino también por su relación conteptual con el programa propuesto.


"Como en un espejo, esta grabación yuxtapone las versiones originales para piano de dos de las obras maestras de Ravel (Le Tombeau de Copuerin y Alborada del gracioso) con sus respectivas orquestaciones. El Concierto en sol combina las dos facetas, tanto cuando el piano se integra en el sonido global como cuando desempeña su papel solista", reza la contraportada. El fotógrafo sienta a los dos protagonistas a una mesa con superficie de cristal y hace que en la mitad superior de la imagen las manos del director, firmes y apuntando en una dirección clara, dialoguen con las manos cruzadas del pianista, más iluminadas y casi en posición central; en la parte inferior se reflejan los rostros de los artistas, en este caso con más visibilidad para Pons que para Perianes, en un apasionante juego tanto de diagonales visuales como de referencias cruzadas. En el centro va el título del disco: Jeux de Miroirs. Y precisamente, como sabrán casi todos ustedes, se llama Miroirs la suite pianística de la que procede la Alborada.

Para mí, una obra maestra de las portadas del disco clásico. ¡No olviden que ya pueden escuchar el disco en las plataformas habituales de streaming!

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Barenboim, Argerich y la WEDO 2015

Con motivo del vigésimo aniversario de la Orquesta del West-Eastern Divan, Medici TV saca a la luz algunas filmaciones de la orquesta fundada por Daniel Barenboim que habían circulado poco hasta ahora. Entre ellas, la de un concierto que se ofreció junto a Marta Argerich en el Teatro Colón de Buenos Aires en 2015 integrado por obras de Beethoven y Tchaikovsky.

Fascinante el Concierto para piano nº 2 del de Bonn, porque nos permite comprobar como, una vez más, el mayor intérprete beethoveniano de los últimos cien años no solo no logra llevar a su terreno a la señora Argerich, sino que en cierto modo se amolda a las personalísimas maneras de hacer de su admirada colega. Al menos es lo que ocurre en un primer movimiento que, sin ser muy distinto al que le conocíamos de ocasiones anteriores, parece sonar ahora más nervioso e inquieto, dotado de una desazón ocurre en toda la introducción orquestal de lo más atractiva. El resultado es un Allegro con brio que suena menos noble y reflexivo, más dionisíaco, pero no por ello precisamente gozoso sino más bien agitado, altamente dramático, sin que eso signifique la pérdida del control ni por parte del director ni de la solista, extraordinaria en todos los sentidos.


En el Adagio es Barenboim quien parece marcar la dirección. Él siempre rozó aquí el cielo, y aunque esta vez quizá no paladee la música con la poesía increíble que otras veces le hemos escuchado, despliega ese humanismo, esa cantabilidad y ese equilibro entre vuelo lírico y reflexión que solo los más grandes son capaces de destilar. Ni que decir tiene que maneja con enorme plasticidad a la WEDO y la hace respirar (¡qué maderas!) de manera por completo beethoveniana. ¿Y la Argerich? Pues aquí serena su natural carácter felino y, luciendo ese sonido "duro" pero moldeable al cien por cien que la caracteriza y un fraseo riquísimo en acentos, hace música con intensidad y sinceridad proverbiales. En el arranque del tercer movimiento, ahí sí, se le va la mano y cae un tanto en el virtuosismo mecánico, pero en seguida su piano y la batuta sintonizan plenamente y, con un Barenboim muy atento a la jocosidad un punto rústica de la página, se alcanzan unos resultados llenos de efervescencia. En homenaje a Pía Sebastiani, los dos artistas ofrecen a continuación una sublime interpretación a dos pianos de Bailecito, de Carlos Guastavino: aroma porteño servido de la más excelsa manera posible.

Sinfonía nº 4 de Tchaikovsky en la segunda parte. Ninguna novedad conceptual ofrece aquí el maestro frente a sus testimonios anteriores, aunque quizá sea en esta ocasión cuando sus aportaciones ofrezcan una síntesis más redonda y equilibrada hasta redondear una interpretación quizá no genial, pero a todas luces modélica. En este sentido, el primer movimiento es toda una lección de desarrollo orgánico en la arquitectura y de cómo planificar tensiones para alcanzar clímax de enorme fuerza sin recurrir a efectismos. El segundo, una vez más con Barenboim mucho antes incandescente que ensoñado, está dicho con enorme sensualidad y una plasticidad enorme en el tratamiento de la cuerda. Un prodigio la regulación dinámica de los pizzicatos en el tercero, irónico más que distendido, por no hablar de la claridad de las maderas en un trío que suena mordaz y bastante ruso. Y qué decir del Finale, de nuevo especialidad de la casa: imposible ofrecer una más lograda convergencia entre arrebato y control. La orquesta funciona estupendamente poniendo lo mejor de sí misma, aunque Barenboim hace un poco de trampa y se trae de refuerzo al mismísimo Mathieu Dufour, por entonces flautista de Chicago y ahora en la Filarmónica de Berlín.


Como primera propina llega el Vals triste de Sibelius, uno más de los muchos extraordinarios testimonios de Barenboim interpretando esta música; ciertamente lo hace no de la manera más siniestra posible, ni de la más alucinada en el clímax, pero logrando mezclar voluptuosidad, anhelo y amargor con perfecto control de los medios y enorme concentración.

La sorpresa viene en el segundo bis. Barenboim anuncia que la obertura de Ruslán y Ludmila de Glinka la va a dirigir quien ha sido su asistente en estos conciertos, un chico al que augura un futuro prometedor: Lahav Shani. El maestro no regatea en elogios hacia el joven israelí y hace a todo el público del Teatro Colón decir en alto su nombre: Lá-hav-Sha-ni. La interpretación es sensacional, arrebatadora pero muy bien cantada, así que la velada termina por todo lo alto, con el respetable entusiasmado y la Argerich aplaudiendo con satisfacción entre bambalinas.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Adiós a Jansons

Finalmente hemos perdido a Mariss Jansons. Más de dos décadas se ha llevado luchando contra sus problemas de corazón, demostrando una enorme fortaleza de la que ha sabido servirse para seguir dedicándose a lo que más le gustaba, hacer música, en todo momento con las más grandes orquestas y los más reputados solistas. Desde siempre los testimonios dejaron constancia de que se trataba de una gran persona, o al menos de un artista educado, afectuoso y muy alejado del prototipo del "maestro iracundo" que tan ridículo prestigio parece seguir teniendo para algunas mentes. No, nada tiene que ver el chillarle mucho a los músicos y tener arrebatos de cólera con la excelencia artística. Aunque habría que recordar también que la amabilidad, aunque contribuye a crear un buen clima de entendimiento, tampoco garantiza grandes resultados.

En este sentido, y sin cuestionar una técnica de batuta a todas luces excelsa, discrepo abiertamente con los que han visto en él a un enorme artista. En su obituario para El País, Pablo L. Rodríguez afirma que "Su secreto artístico residía en una personal aleación de la influencia rusa de Yevgueni Mravinski y alemana de Herbert von Karajan, para quienes trabajó como asistente". Permítanme que, en mi ignorancia, no reconozca en modo alguno el influjo de estos dos maestros de tan poderosa personalidad. También dice que "su huella en el mundo sinfónico ha sido inmensa". Tampoco lo veo: una cosa es haber dirigido muchísimo y otra muy distinta haber dejado huella.


Sencillamente, porque Jansons no ha tenido ninguna huella que dejar. Si por algo se distinguía la batuta del letón es por su carácter neutro, por su apatía intelectual, por ver en las notas sonidos y nada más que sonidos. Alguien dirá que eso mismo es lo que hacía el gran Bernard Haitink, uno de sus antecesores en la Concertgebouw. Pues sí, pero con la diferencia de que el holandés, aun siempre objetivo y negándose a aportar una mirada personal, procuraba comprometerse a fondo en lo expresivo. A mí me parece que Jansons no lo hacía así. O al menos, que lo hacía solo en contadas ocasiones, con partituras con las que parecía tener una conexión muy especial.

Una de ellas fue la Sinfonía litúrgica de Arthur Honegger, una soberbia, escalofriante música que grabó con excelentes resultados para EMI en 1993 al frente de su Filarmónica de Oslo y que repitió en 2004 frente a la citada Concertgebouw. La propia orquesta editó el resultado en un SACD sobre el que ya dije algo por aquí. Hoy he descubierto que hay vídeo disponible en YouTube. Lo he visto y he vuelto a quedar conmocionado. Y no solo por la temperatura que alcanzan las partes más escarpadas y terroríficas de la obra, sino también por la profundísima belleza de sus secciones líricas. Este es, sin duda, el Mariss Jansons que quiero recordar. Descanse en paz.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Sensualísimo Albinoni por Banchini

Iba a ir hoy a Prado del Rey agradable pueblo a los pies de la Sierra de Grazalema a escuchar a la Barroca de Sevilla, pero una inoportuna enfermedad me hace quedarme en casa. Una pena, porque el programa es precioso y me había preparado el concierto a través de mi querida plataforma Tidal. Al menos la preparación me ha servido para acercarme a algunos discos interesantes, por un motivo u otro. Por ejemplo, al que tiene a Lina Tur Bonet dirigiendo y encargándose de la parte solista del Concierto para violín "Grosso Mogul" RV 208 de Vivaldi, un huracán de tensión, de contrastes y de fuerza expresiva aderezado con todos los para mí molestísimos tics del "BarroKo radiKal". La Onofri ibicenca, vamos.


Pero también he llegado a un disco que me ha parecido maravilloso, por las obras y por la interpretación: Sinfonie a cinque, Op. 2 de Tomaso Albinoni por Chiara Banchini y el Ensemble 415. De la música poco les puedo decir, porque mi ignorancia sobre el compositor italiano es absoluta. Bueno, apuntaré que todavía se encuentra aquí presente el espítito Seicentista –lógico, la colección se publicó en 1700– al tiempo que va tomando forma el germen –no lo digo yo, lo dicen los especialistas– de lo que luego va a ser el género de la sinfonía.

En cuanto a la interpretación, solo soy capaz de señalar que estas sonatas a cinco están dichas con enorme cantabilidad y una sensualidad desbordante (¡pura Italia!), con ensoñación bien entendida sin que las tensiones aflojen, al tiempo que expuestas con apreciable depuración sonora –fugas muy bien delineadas– y apoyadas en un bajo continuo sencillamente exquisito en el que sobresale la tiorba de Evangelina Mascard. Se podía pedir, si acaso, algo más de vivacidad y de contrastes en alguno de los movimientos rápidos, pero aun así creo que el resultado es excelente. Por supuesto, la óptica es historicista: difícil traducir satisfactoriamente esta música de otra forma.

He disfrutado muchísimo, y por ello invierto tiempo en escribir estas lineas y recomendarles a todos ustedes la audición. 

lunes, 18 de noviembre de 2019

Sansón y Dalila en el Maestranza (II): una propuesta escénica irregular

Continúo con el Sansón y Dalila de Saint-Säens que vi el pasado día 16 en el Maestranza hablando de la vertiente escénica, una coproducción con el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida dirigida por Paco Azorín. Al público sevillano de la noche del sábado le gustó poco: en cuanto el regista salió a saludar, la intensidad de los aplausos –que ya había menguado al salir el director musicaldescendió de manera muy apreciable e incluso se escucharon unos abucheos ciertamente localizados filas superiores de Principal, me parece, pero tampoco responsabilidad de una única persona. A mí la propuesta me desconcertó en el primer acto, me gustó mucho en el segundo y me irritó considerablemente el tercero. La verdad es que comparto parcialmente el cabreo, aunque no estoy seguro de que sea por las mismas razones que tenían los que abuchearon.


Soy de los que no consideran que “actualizar” a tiempos recientes la acción escénica o alterar la dramaturgia original no es en sí mismo ni bueno ni malo. Lo que importa es, por un lado, el valor dramático, ideológico, estético que tenga la idea que sirve como punto de partida; por otro lado, se encuentra el cómo está materializada esa idea, lo que tiene mucho que ver con el talento del regista de turno y de su equipo, como también con la manera en que dialoga esa idea con la partitura musical. El punto de partida de Azorín, que traslada el drama desde la Gaza veterotestamentaria hasta la actual, y por ende a los tristísimos enfrentamientos entre hebreos y musulmanes en Oriente Próximo, es hablar sobre xenofobia, marginación, totalitarismo religioso y rechazo al diferente en unos momentos en los que semejante tipo de reflexión es más necesaria que nunca: los lectores de mi blog ya conocen mi preocupación por el hecho de que más de tres millones y medio de españoles (10% de los electores, y nada menos que el 23% aquí en Jerez de la Frontera) haya votado al neofranquismo de VOX, convirtiendo a uno de los países más progresistas de Europa en uno de los que tienen una ultraderecha más fuerte en el Parlamento.


En realidad, el planteamiento es muy similar al de la producción que Carlus Padrissa y los chicos de La Fura dels Baus realizaron en Valencia en enero de 2016, precisamente con el mismo protagonista con que han contado las representaciones sevillanas, Gregory Kunde. Aquí mismo dejé mis impresiones, similares a las que me ha dejado la producción del Maestranza: muy buenas ideas de por medio, pero sin funcionar globalmente y con cosas que molestaban demasiado. Empezando por la resolución de la bacanal: si entonces sacaban a presuntos miembros del público, los desnudaban, los colgaban y los destripaban haciéndoles chorrear sangre por todo el escenario, en esta ocasión hacen danzar en ropa interior a los prisioneros, los vejan y los van degollando uno a uno. Pura provocación. No dialoga con la partitura, resulta innecesariamente repulsiva y no solo no nos hace tomar partido en contra de la violencia, sino que nos hace ponernos en contra del director escénico de turno. Es lo mismo que ocurría, por poner un ejemplo muy cercano, en la efectista y desagradable escena de las furias del Orfeo de Gluck que el sevillano Rafael Villalobos, otro narcisista interesado mucho antes en llamar la atención sirviéndose de la partitura que en construir algo interesante fuentes bien informadas me aseguran que acaba de destrozar nada menos que Winterreise, ofreció en el Villamarta el pasado mes de enero.

También la traslación temporal chirría de manera considerable, por una sencillísima razón: en la actual franja de Gaza, y dejando a un lado el terrorífico asunto de Hamas, es Israel el opresor antes que el oprimido. Azorín intenta conciliar esta realidad con el libreto y se forma un lío monumental. ¿Son los refugiados con que arranca la acción israelíes o palestinos? El regista afirma en el libreto que “buscan la libertad del pueblo hebreo”, pero las fuerzas represoras con las que seguidamente se enfrenta Sansón más bien parecen sugerirnos lo contrario. Luego los mismos personajes parecen ser palestinos, con Dalila entre ellos; la vestimenta del sumo sacerdote no deja lugar a dudas. Parece que por fin queda clara la identificación de unos con otros, pero eso no encaja con la realidad actual: ¿son acaso los israelíes unos refugiados que sufren el acoso del aparato represor de la potencia palestina? Transcurre el segundo acto sin sobresaltos en este sentido, pero cuando arranca el tercero una proyección nos informa de que Sansón es prisionero no de los filisteos, sino de su propio pueblo israelí (!), que considera que le ha traicionado al dejarse seducir por el enemigo. Minutos después llega la bacanal, y claro, de quien es reo el protagonista no es sino de los filisteos/palestinos. Estos invocan a Dagon matando a unos prisioneros que ya no se sabe muy bien lo que son, si lo uno o lo otro, aunque con esas capuchas sobre las cabezas más bien nos recuerdan a las infortunadas víctimas del mismísimo Estado Islámico. Cerrando la ópera, caen las gigantescas letras de ISRAEL que han servido como única escenografía del espectáculo, mientras que la reportera que ha ido filmando toda la acción y ha sido degollada minutos antes “resucita” cámara en ristre, como queriéndonos insinuar (¡qué sutileza!) que el conflicto sigue en pie y que no podemos permanecer impasibles ante los testimonios que de él nos llegan. Al menos Azorín no convierte, como sí hizo Padrissa, al viejo hebreo en un terrorista suicida, porque eso hubiera liado todavía más el asunto.


Dicho todo esto, hay que reconocer valores muy importantes en la producción. Azorín resuelve bastante bien la acción teatral, y saca un soberbio partido de la escenografía las referidas letras gigantes diseñada por él mismo. La iluminación de Pedro Yagüe es soberbia. La coreografía escénica de Carlos Martos de la Vega, responsable de mover no solo al coro sino también a una enorme masa de figurantes, funciona bastante bien. Y el diseño audiovisual de Pedro Chamizo sabe ser tan funcional como atractivo sin convertirse en molesto protagonista ni caer en el efectismo.

Asimismo, hay que destacar los interesantes perfiles psicológicos con que, en consonancia con la inteligente actuación vocal de Nancy Fabiola Herrera, se enriquece al personaje de Dalila, aquí menos cruel y más dubitativa de lo usual, probablemente enamorada de Sansón además de comprometida con el sufrimiento de su pueblo. Mucho menos partido se saca al protagonista masculino, quizá porque Gregory Kunde no es buen actor.

Bueno, ¿y qué opino del carácter “inclusivo” de esta producción, es decir, de la decisión de haber contado para la figuración con numerosísimas personas provenientes de colectivos de discapacitados y otros “marginados” sociales? A mí me parece una idea absolutamente maravillosa, y por ella hay que hay que felicitar tanto a Azorín como a Mérida y al Maestranza. Pero esto no hace mejores ni peores en lo artístico aunque sí más humanos, más comprometidos y más solidarios los resultados de esta producción escénica, a mi entender en exceso irregular.

PD: las magníficas fotografías vuelven a ser de Julio Rodríguez.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Sansón y Dalila en el Maestranza (I): el triunfo del coro

Ando justo de tiempo. Permítanme dejar la producción escénica para la siguiente entrada y hablar ahora de la vertiente musical de la función de Samson et Dalila segunda de las tres programadas que tuve la oportunidad de disfrutar anoche en Sevilla. Y que empiece por donde es de justicia hacerlo, destacando el enorme triunfo del Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza y de su director Íñigo Sampil. Son muchísimas ya las representaciones operísticas que llevo escuchadas a este grupo de señores y señoras con quienes no guardo la menor relación personal, dicho sea por si las moscas, y puedo asegurar que este ha sido el mayor de sus triunfos. Pocas veces les he escuchado cantar tan homogéneos, empastados y bien afinados. Y pocas también las ocasiones en las que se han enfrentado a una partitura con intervenciones tan largas y decisivas como esta de un Saint-Säens que pensó primero en oratorio y después en ópera. Respirando con holgura gracias a los tempi lentos marcados por Jacques Lacombe desde el foso después volveré sobre la batuta, nos ofrecieron intervenciones todas ellas formidables; entre ellas quisiera recordar la increíblemente hermosa que las voces masculinas realizaron de “Hymne de joie, hymne de déliverance”, que quizá marcó el punto más alto de una representación de buen nivel musical, aunque no exenta de desigualdades.
 

Estas vinieron ante todo por parte del referido Lacombe. El maestro canadiense, ya lo dije antes, optó por tempi deliberados que permitieron a la música respirar con amplitud, bucear en las atmósferas y recrearse en las hermosísimas melodías que trufan la partitura. Por otra parte, acertó en la esencia de “lo francés” gracias a un fraseo mórbido y a una sonoridad difuminada de colores rebosantes de sensualidad. Pero desdichadamente desatendió algo tan fundamental como la tensión interna: su lectura resultó un tanto flácida nada que ver con la lentitud: escúchese a Barenboim, escasa de fuelle, poco contrastada y ajena a la garra dramática imprescindible en determinados números. Tampoco hubo suficiente brillantez: la bacanal quedó desdibujada. A la postre, un trabajo no desdeñable pero sí a medio camino.


Fue un lujo para el Maestranza contar con Gregory Kunde, una de las pocas figuras que hoy “pueden” con el rol de Sansón, para el que sencillamente no hay voces o, si las hay, cantan de manera pedestre. Cierto es que el tenor norteamericano ya es mayor, que su instrumento ha perdido esmalte, que evidencia desigualdades aunque su zona central, es curioso, la he encontrado mejor que en otras ocasiones y que tampoco es el colmo de la expresividad, pero no es menos verdad que su canto está marcado por una técnica tan ortodoxa como sólida una suerte que venga del belcantismo y que dice sus frases con gran clase e irreprochable gusto.

 

Nunca entenderé por qué Nancy Fabiola Herrera no despierta entre otros aficionados el entusiasmo que a mí me suscita casi siempre. De acuerdo con que haya por ahí voces de mezzo más personales y suntuosas, también con que hubo en su labor de ayer sábado algún agudo gritado circunstancia que no pasa de lo anecdótico. También estoy de acuerdo, y esto sí que resulta relevante, que su voz no es en absoluto la de Dalila. ¡Pero menudo Arte, con mayúsculas, el de esta señora! Por todo: elegancia, fraseo mórbido y sensualísimo, atención a los acentos, equilibrio entre belleza canora y expresividad… Comprende además al personaje en toda su complejidad, léase humanidad, sin vulgarizar su potencia sexual ni potenciar en demasía su sed de venganza. No es su Dalila una bruja, sino una mujer que se mueve entre el deseo, el sacrificio por sus ideales y la rebeldía. Por si fuera poco, la grancanaria es una señora despampanante que, embriagadora mujer y soberbia actriz, llena el escenario con su mera presencia. Bravísima.

 
Una sorpresa el joven ubetense Damián del Castillo, al que debo de haber escuchado muchas veces sin que ahora mismo logre situarle del todo. Digo lo de sorpresa porque menuda voz de barítono sólida, homogénea, robusta en el grave, riquísima en armónicos tiene este chico. ¡Y qué buena técnica! Su sumo sacerdote se mostró, además, por completo entregado en lo expresivo. Si se anda con prudencia y no baja la guardia, gran carrera la que tiene por delante. Alejandro López y Francisco Crespo, Abimelech y viejo hebreo respectivamente, se movieron a nivel muy digno.

De la puesta en escena de Paco Azorín, tan bienintencionada como llena de contradicciones, espero hablar en la próxima entrada. Mientras tanto, les recomiendo encareridamente que vean las maravillosas fotos realizadas por Julio Rodríguez, que como siempre me permite usar algunas de ellas en este pequeño rincón de la red.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Sansón y Dalila por Barenboim

No, no voy a dejar que este blog muera por culpa de algunas personas que han hecho oir su VOX para acusarme de cosas absolutamente inadmisibles. Por eso mismo me decido a escribir una entrada sobre la grabación que he escuchado hoy: Sansón y Dalila de Saint-Säens en la grabación de Deutsche Grammophon que en 1978 dirigió Daniel Barenboim, quien precisamente hoy viernes 15 de noviembre cumple 77 años y en estos días se prepara para encabezar unas representaciones de este bellísimo oratorio, perdón, de esta bellísima ópera, con las huestes de su Staatsoper berlinesa. Mañana sábado, por cierto, espero escucharla en directo en el Teatro de la Maestranza.


Este registro fue el primero que conocí. Hacía muchísimos años que no lo escuchaba, y debo decir que ahora me ha causado una impresión todavía mayor que la de entonces. Ante todo por la sensacional dirección que al frente de la Orquesta de París, de la que por entonces era titular, ofrece un Barenboim interesadísimo por la parte espiritual, religiosa si se quiere, de una partitura que alcanza mucha más profundidad de la que aparenta. También es capaz el maestro de desplegar una sensualidad y un erotismo de la mayor graduación y que, aun sin esa levedad que generalmente asociamos con "lo francés", enlaza perfectamente con lo que esta música necesita. Todo ello lo consigue fraseando con enorme delectación, respirando con verdadero sentido melódico cada una de las frases y atendiendo especialmente a la creación de atmósferas. Claro que también encontramos aquí, cuando llega la parte "operística" de la partitura, al Barenboim más característico, el dramático e inflamado, aunque controlándose a sí mismo gracias a una enorme concentración interior. Tampoco falta brillantez precisamente: la Bacanal resulta arrebatadora sin dejar por ello, como en toda la obra, de trabajar a la orquesta con la máxima depuración sonora.

Plácido Domingo no es el cantante más idiomático posible para  el repertorio francés, ni en el rol de Sansón posee esos acentos lacerantes de los que hacía gala Vickers, pero es difícil resistirse ante su hermosísima voz llena de carne, ante su musicalidad extrema y ante su temperamento al mismo tiempo ardiente e introvertido. Su actuación va de menos a más: algo plano en el primer acto, notable en el segundo y portentoso en el tercero, que es en el que puede lucir más ricas inflexiones expresivas: reconozcamos (¡qué le vamos a hacer!) que su parte no es la más inspirada de la partitura.

La de Dalila sí que alcanza la excelsitud, eso por descontado. Espero que me perdonen ustedes que no me entusiasme aquí Elena Obraztsova: su voz es suntuosa y muy adecuada para las exigencias del rol (¡imprescindible no quedarse corta por abajo!), pero su emisión típicamente eslava la veo inconveniente en este papel, su dicción es ininteligible y su conexión con el personaje resulta solo parcial. La suya me parece una mujer voluptuosa pero no del todo sutil ni seductora. No la encuentro lo suficientemente erótica. Sea como fuere, hay mucho que admirar y que disfrutar en su actuación.

Algo parecido me pasa con Renato Bruson: le admiro muchísimo en otros repertorios pero aquí, aun estando muy bien hay frases sutilísimas, no me parece que nos ofrezca lo mejor de sí mismo. El Coro de la Orquesta de París me ha parecido formidable, lo mismo que la toma sonora. A la postre, un registro operístico de primera magnitud, muy especialmente por la batuta. Feliz cumpleaños a Don Daniel.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Hay que frenar a VOX

VOX es un monstruo. Es el MAL, con mayúsculas. El MAL normalizado, cotidiano, aceptado y hasta aplaudido por nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo. Colándose por las rendijas de la democracia –muy imperfecta, y por ende con numerosas grietas– con la intención de destruirla. Los regímenes totalitarios nunca se han impuesto exclusivamente haciendo uso de la fuerza. A veces, incluso, esta no les ha sido necesaria. Han ido cangrenando poco a poco los diferentes estratos de la sociedad aprovechando las insuficiencias del sistema, recurriendo a las consignas más primarias (NOSOTROS frente a ELLOS, la PATRIA, etc.), manipulando la realidad –la historia pasada y el presentemediante análisis tendenciosos y, sobre todo, nutriéndose del miedo. Miedo a lo que es "de fuera", miedo a "lo distinto", miedo a que en un contexto de crisis tengamos que ser solidarios en lugar de velar cada uno por "lo nuestro". No hay que irse demasiado atrás, no es imprescindible mirar a Hitler. Basta con observar a nuestro alrededor: Trump, Putin, Le Pen, Brexit... Sí, también Quim Torra. Todas estas caras, aun con obvias diferencias entre sí, son manifestaciones del mismo fenómeno.

Mañana domingo los españoles nos la jugamos. Son miles de personas a nuestro alrededor las que van a votar a VOX, partido al que en modo alguno podemos blanquear. Nunca han ocultado su marcado carácter neofranquista. Su machismo, su homofobia, su racismo y su xenofobia. Tampoco su profunda insolidaridad. Ni su deseo de imponer ideas, aun disfrazándolo de todo lo contrario: su defensa de "la libertad" no es sino el deseo de censurar determinadas maneras de pensar o de comportarse. Las últimas encuestas, realizadas presuntamente desde Andorra, le otorgan un espeluznante número de escaños a los neofascistas.

La manera más inmediata de frenar su avance –pararles "de verdad" es mucho más complicado– es ir a votar mañana. Y votar a la izquierda, nos convenzan mucho o poco esos partidos y sus respectivos líderes. Nadie puede mirar hacia otro lado y hacer como el que no se da cuenta: meter la papeleta de Ciudadanos o del Partido Popular es darle alas al monstruo. Muchos de ustedes lo harán, aun así. Me gustaría que reflexionaran un par de veces antes de decidirse. Por eso escribo estas líneas, y por eso mismo copio y pego en este blog un texto –abiertamente más lúcido y certero que el mío redactado por Cibrán Sierra Vázquez. Lo he encontrado en el Twitter de Antonio Moral a través del de Juan Pérez Floristán, dos de las pocas personas del ámbito de la música culta a las que estoy viendo "mojarse" en esta cuestión, nada más y nada menos que la preservación de los valores más admirables de nuestra civilización. ¡Bravo por ellos!



TEXTO DE CIBRÁN SIERRA VÁZQUEZ

Queridos amigos y amigas,

vuelvo a Facebook una vez más porque no puedo quedarme callado. Porque no dispongo de otro medio para compartir públicamente mis pensamientos y, dada la coyuntura actual, no puedo confinarlos al inútil ámbito de lo privado.

Este domingo nos jugamos mucho. Mucho más de lo que pensamos. Mucho más que un parlamento, mucho más que un gobierno. Nos jugamos la normalización de la barbarie. Arriesgamos que un grupo político que sin tapujos desprecia el pluralismo político, la diversidad cultural, racial, religiosa, sexual y lingüística, la libertad de prensa y asociación, y el derecho a la desobediencia civil –bases todas de una auténtica democracia– se valga de esa misma democracia que en el fondo detesta para acceder a las instituciones y desde allí dinamitar los derechos y libertades que a tantas generaciones costó conseguir. Es deber de toda la ciudadanía que verdaderamente valora la democracia no tolerar a los que se sirven de ella, como parásitos, para insultarla y sabotearla desde dentro. Es deber de cada uno de nosotros no permitir que se vuelva normal, como ocurrió hace un siglo, que por vías democráticas accedan al poder los que acabarán por minar la libertad, la igualdad y la fraternidad que dan sentido a una convivencia civilizada. No podemos olvidar la historia de Europa. Recordemos lo que ocurrió. Mirando hacia otro lado, relativizando al monstruo, sólo se le alimenta de manera irreversible. La apatía y la indiferencia son el alimento fundamental del fascismo.

Por eso, no importa que seas republicano o monárquico, socialdemócrata o liberal, progresista o conservador, creyente o ateo, autonomista o centralista, independentista o federalista… cuando la decisión es entre democracia o barbarie, todas esas líneas, otrora importantes, se trasladan a un segundo plano.

Y precisamente por eso, este domingo hay que ir a votar. Hay de derrotarles con el arma que más detestan… las urnas. La sinrazón sólo se derrota con la fuerza de la razón. Por eso, en estas últimas horas, en casa, en el trabajo, con los amigos, con la familia, en las redes sociales y por todos los medios posibles, los que amamos la democracia, los que respetamos el esfuerzo de tantas generaciones por dejarnos una sociedad europea libre, pacífica, plural, abierta, ilustrada y civilizada, debemos activarnos para concienciar a los demás de lo importante que es ir este domingo a votar, en conciencia, por una opción que rechace frontal y rotundamente a quienes jamás aceptarán a quienes no sean o piensen como ellos, a quienes sólo quieren servirse de nuestra tolerancia para implantar la intolerancia.

Comparte este texto, si quieres, o escribe el tuyo propio, pero no te quedes inmóvil, ni pienses por asomo que la democracia, como sistema, se protege por sí misma. La democracia sólo la protegen y sólo la pueden salvar los auténticos demócratas. Normalizar y aceptar la barbarie, como una opción más, permitir que se instalen en el sistema y lo fagociten paso a paso es abrir las puertas a un proceso que puede resultar irreversible. Y cuando sea demasiado tarde, de nada servirá lamentarnos.
Pues eso!!! 👍

Texto de Cibrán Sierra Vázquez

jueves, 7 de noviembre de 2019

Motivos musicales para temer a VOX

Lo siento, no me he podido resistir.


PD. Para quienes no son de aquí, VOX es el partido fascista, xenófobo, racista, homófobo, machista y, en definitiva, ultraderechista, que amenaza con ascender peligrosamente hasta el tercer puesto en las elecciones generales del próximo domingo. Y luego nos preguntamos por qué "gente normal" votó a Hitler...