viernes, 2 de diciembre de 2016

Barenboim y su nuevo piano en Ibermúsica: entre toses y fotografías

El primer movimiento de la Sonata D. 664 de Schubert trascurrió sin molestia alguna. Pero a poco de finalizar el mismo a alguien se le ocurrió desenvolver un caramelito de envolvorio crujiente. Tomándose las cosas con calma, diríase que con sadismo. Verás ahora como empiezan todos a toser, pensé yo. Efectivamente: el caramelo sirvió de recordatorio al personal de que estamos en otoño y en un concierto de Ibermúsica, y que por tanto hay que toser repetidamente y haciendo el mayor ruido posible. Así fue. Imposible disfrutar del segundo movimiento de la sonata. En la siguiente pausa, gran parte (repito: gran parte) del público se lanzó a toser como si muchos estuvieran poseídos por el espíritu de la tísica Violeta Valery. Barenboim, que ya había lanzado alguna mirada jupiterina de lo más significativa, repitió su habitual gesto de llevarse a la boca un pañuelo para recordar algo obvio para cualquier persona con un mínimo de educación: si no es posible contener una tos durante un concierto, sí que se puede amortiguar el sonido. A partir de ese momento los ruidos aminoraron de manera considerable, aunque siguió habiendo puntuales aportaciones sonoras del personal.


Ya en la segunda parte del programa, al terminar la penúltima de las páginas previstas, Barenboim miró con semblante no precisamente amable a alguien que se encontraba en el pasillo del patio de butacas. Giré la cabeza y confirmé lo que imaginaba: ahí estaba un fotógrafo profesional, tal vez de alguna agencia importante o de la propia Ibermúsica. Y el maestro odia las fotografías durante los conciertos. De ahí la prolongada pausa que algunos no terminaron de entender: el de Buenos Aires debió de ir a dar instrucciones para advertir que si había una cámara suelta por ahí, él no seguía tocando. No es novedad tal actitud entre los pianistas: algo parecido pasó con Ivo Pogorelich no hace mucho en Úbeda, por no hablar del numerito que montó Zimerman hace años cuando salió corriendo detrás de un periodista. Cosas de divos, pero que hay que respetar. El problema es que hay gente que no respeta. En los aplausos finales, alguien le sacó una foto con su móvil. Barenboim hizo un gesto de taparse la cara para no ser deslumbrado por el flash y a continuación movió la mano en un muy evidente NO a las fotografías. Pero medio minuto después, pese a la inequívoca advertencia, otra persona volvió a tomar una instantánea a tan solo unos metros del escenario. Esta vez el artista se cabreó muchísimo, lanzó su perorata habitual en estos casos (“hay tres razones para no tomar fotos...”) y nos dejó –un vez más– sin propinas. Hubo larga y paciente firma de autógrafos, pero la verdad es que Barenboim no estuvo muy simpático pese a que nos acercábamos con la mayor  admiración y aún mayor respeto.

Perdonen el largo prolegómeno, pero las circunstancias que rodearon este concierto fueron determinantes para entender por qué salí con un regusto agridulce del mismo. Porque se trató de un enorme recital. Con cosas que estuvieron solo muy bien, otras que fueron excelentes y algunas sencillamente irrepetibles, de esas que solo se escuchan una vez en la vida. Ya comenté las interpretaciones de Barenboim de estas mismas obras en disco. En directo los resultados caminaron por los mismos derroteros, con algunas diferencias de mayor o menor importancia.

Así por ejemplo, en la referida Sonata nº 13 de Schubert hubo matices nuevos en el primer movimiento, mientras que el segundo –estropeado por las toses– se destiló una enorme belleza, pero sin que globalmente se mejorasen los resultados algo decepcionantes de la grabación, más dramática que poética, realizada por Deutsche Grammophon. Alguien en el intermedio me aseguraba que el problema estaba en el nuevo piano, en que el maestro no acababa de dominar sus posibilidades. No me parece a mí que se encuentre ahí el quid de la cuestión: en el disco referido usó su piano de toda la vida y resbaló de la misma manera. Y en la Sonata en La mayor nº 19, D. 959 que vino a continuación el instrumento no pareció ser problema alguno, porque al igual que en el CD los resultados fueron descomunales: todo un derroche de acentos, de claroscuros sonoros y expresivos (¡tremendo el tercer movimiento!), para alcanzar la perfecta fusión entre equilibrio formal, belleza sonora y sentido trágico que demanda la música schubertiana.

La segunda parte se inició con la Balada nº 1 de Chopin: tan discutible en lo estilístico como en el disco, también igualmente llena de musicalidad, de emoción y de valentía, pero menos limpia en la ejecución –hubo pasajes emborronados que supongo harían escandalizarse a a quienes siguen confundiendo interpretación con agilidad–, y también menos convincentemente planificada en sus juegos agógicos. Aquí el maestro dio vía libre a la inspiración del momento, pero no convenció tanto como lo hizo en su grabación On My New Piano.


Dos páginas de Liszt para terminar. Lo comentaba con unos amigos esa misma noche: Barenboim puede no tener los dedos que necesita el autor de la Sinfonía Fausto, pero sí tiene su sonido, ora denso y poderoso a más no poder, ora atento a la más sutil filigrana. También tiene su elasticidad en el fraseo, su planteamiento orgánico de tensiones y distensiones, su carácter visionario en los pasajes más encendidos. Y su sensibilidad para recrear atmósferas rebosantes de sensualidad y de misterio, de lirismo agónico marcadamente romántico. Ideal para una obra maestra de la categoría de Funérailles. En la portentosa interpretación del disco no alcanzó el nivel de la histórica grabación de Arrau. En Madrid sí (¡qué fuerza abrumadora consigue ahora en el gran clímax central, perfectamente preparado aun dando la impresión de ofrecer un discurso por completo espontáneo!). Creo que es una de las mayores cosas que he escuchado jamás en directo al piano. Y que pocas interpretaciones así escucharé en mi vida de cualquier partitura compuesta para el referido instrumento. Tras los aplausos de rigor y la prolongada pausa derivada de la presencia del fotógrafo, un Vals Mephisto nº 1 quizá aún más alucinado que el del CD –puro romanticismo gótico, ideal para el de Buenos Aires– puso fin a un concierto de enorme altura.

¿Y el nuevo piano? Pues bien, gracias. A mí me gusta mucho como suena, sobre todo en su cálido registro grave de ricos armónicos, pero tampoco me parece que sea una revolución trascendental. Se agradecerá mucho, en cualquier caso, que lo siga usando en otros repertorios y que deje testimonio fonográfico de la experiencia. Me encantaría, por ejemplo, escucharle con el mismo el tercer libro de los Années pe pèlerinage. Y más aún algo de Debussy.

PD. Por descontado que no realicé fotografía alguna. La que he colocado arriba se la he tomado prestada al Facebook de Ibermúsica. Gracias.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ligeti y Benzecry en la Nacional


Cuando residía en la Sierra de Segura iba con una cierta regularidad a Madrid y Valencia y podía disfrutar música sinfónica en directo. Este año es imposible: trabajo por las tardes y los fines de semana nada hay en muchos quilómetros a la redonda, salvo alguna excepción aislada como la soporífera Novena de Beethoven del otro día en el Villamarta. Acudir puntualmente a Madrid el fin de semana pasado para escuchar a Barenboim me ofrecía la oportunidad de recuperar mi antigua costumbre de escuchar conciertos matinales de la Orquesta Nacional de España. Conciertos que habitualmente retrasmitía Radio Nacional de España y que al parecer ahora ya no recogen sus micrófonos: desdichada decisión, sea quien fuere el que la haya tomado (ignoro si las exigencias económicas vienen de una parte o de la otra).

El programa del pasado día 27 se llamaba El mestizaje, título que a mi entender solo convenía a su primera parte. Y la más interesante a la postre, porque la interpretación de la Sinfonia nº1 de Schumann que ofreció el maestro Clemens Schuldt pudo disfrutarse, estuvo correctamente trazada –sin precipitaciones y sin ese excesivo nerviosismo que aqueja a algunas interpretaciones schumannianas–, y estuvo dotada de vida, de animación y de comunicatividad, pero se quedó bastante alicorta en lo que a poesía se refiere y tampoco evidenció la depuración sonora deseable. Lo de antes es lo que tuvo mucho interés.


En primer lugar, por el placer de escuchar el Concert Romanesc de Ligeti, una obra temprana que además de resultar muy valiosa para conocer las raíces del genial artista húngaro, es una preciosidad en sí misma: folclore magníficamente llevado a la orquesta por un compositor que instrumenta de maravilla y ya empieza a intuir los novedosos senderos que más tarde recorrerá. Schuldt la dirigió de manera irreprochable y obtuvo de la Nacional un sonido bastante más satisfactorio que el de la última ocasión en que la pude escuchar en directo.

En segundo lugar, por lo mucho que se pudo disfrutar del Concierto para violín de Esteban Benzecry, un señor que nació en 1970 en Lisboa, se crió en Buenos Aires y se nacionalizó francés, pero que –como explica Benjamín G. Rosado en sus notas– mezcla en su música tanto “lo uno” como “lo otro”, es decir, lo porteño y lo parisino. Y también “lo de más allá”, en este caso más acá: el flamenco es directa referencia en el primer movimiento de esta página, que surgió como pieza independiente cuando era compositor residente en la Casa de Velázquez de Madrid. Los aromas del tango impregnan de manera muy evidente el segundo movimiento, para ofrecer en el tercero unas “evocaciones de un mundo perdido” que no es otro que el de la América precolombina, aquí recreada de manera muy pictórica, diríamos que cinematográfica. Sí, lo están adivinando. Esta es una música muy fácil de escuchar, hecha con la evidente intención de gustar a todo el mundo, y probablemente alberga poca sustancia bajo su brillante superficie, pero se encuentra estupendamente escrita, utiliza los recursos con enorme sabiduría, resulta inteligente en su eclecticismo y es de un irreprochable buen gusto: nada que ver con algunos bodrios igualmente interculturales que se escuchan por ahí.

Claro que no podemos restarle méritos a la excelencia de la interpretación, con un Schuldt y una ONE totalmente entregados al virtuosismo sin mácula y a la intensidad expresiva del violinista serbio Nemanja Radulović, precisamente la persona para la que fue escrita la partitura. Su sonido afilado y su temperamento volcánico –recuerda no poco a Malikian, también por la pelambrera– se ven bien acompañados por una gran capacidad para cantar la música con sensibilidad y delectación melódica, pero sin rastro de de narcisismo. Disfrute total.

PD. Los de la OCNE dejan hacer fotografías, obviamente sin flash. Sabia decisión.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Desconcierto: Rosa Torres-Pardo sigue loca, pero para bien

Confieso que he escuchado poco a Rosa Torres-Pardo, no por falta de interés sino por no haber tenido la oportunidad. Hace ya casi dos décadas le vi en el Villamarta un recital con obras de Prokofiev, Stravinsky y Falla –llevado al disco por las mismas fechas– que me pareció sensacional, de una pianista fuera de serie. Años más tarde le escuché aquel disco Albéniz The Caterpillar Songs que nos hizo a algunos pensar que esta señora se había vuelto loca. Y le perdí la pista. Pues bien, el pasado sábado 26 la vi en el Teatro de la Zarzuela presentando un espectáculo llamado Desconcierto que confirma que sigue mal de la cabeza... pero esta vez para bien. Porque fue una velada musicalmente discutible, muy arriesgada, pero llena de originalidad, de inteligencia y de buen gusto.

El asunto consistía en unir el piano de la madrileña con el arte de la cantaora onubense Rocío Márquez en torno a las figuras de Granados, Albéniz, Lorca, Falla y Turina, dando la oportunidad de confrontar las Goyescas pianísticas con las tonadillas igualmente goyescas del catalán, como también los referentes populares de la Suite Iberia El Vito y La Tarara– con sus respectivas versiones originales recogidas por el autor de Yerma... Más algo de flamenco, una canción sefardí y El amor brujo, todo ello agitado en la coctelera no sin antes incluir una serie de poemas del granadino Luis García Montero en la voz del actor Alfonso Delgado, que todos conocemos por haber sido protagonista del lacrimógeno anuncio de Lotería del año pasado.


Podía haber sido un cóctel muy indigesto, pero no lo fue. Alfonso Delgado –que se memorizó los poemas– estuvo magnífico, no solo por la poderosa tímbrica de su voz sino también por su saber decir. Sus intervenciones se superponían con la música, eso es verdad, pero integrándose con ella con sensatez y en perfecta armonía gracias al arte de quien presumo directora artística del espectáculo, una Torres-Pardo que no solo supo dialogar de maravilla con sus compañeros, sino que además sigue siendo una espléndida pianista: aun sin el grado de depuración sonora y de elevación poética de la inolvidable Alicia de Larrocha, sintoniza de manera perfecta con el repertorio español destilando garbo, garra y temperamento. Disfruté mucho con su piano, aunque a mí quien más me gustó fue Rocío Márquez, quien tras flamenquizar de manera poco convincente las tonadillas de Granados recreó con enorme acierto las canciones populares lorquianas y demostró ser –lástima que no se ofreciera la obra completa– una intérprete ideal de El amor brujo. Escénicamente, además, es una chica fascinante, no solo por su irresistible belleza sino por su muy seductora manera de moverse, con frescura, con arte y sin la menor pretenciosidad. ¡Qué enorme diferencia en este mismo repertorio con la sobrevaloradísima Estrella Morente, insípida en lo vocal y afectadísima en sus movimientos! El tango Volver –sí, Carlos Gardel aflamencado– puso punto y final a una velada merecidamente aclamada por el público. Mientras sea para cosas como ésta, bienvenida sea la locura de la Torres-Pardo.

Una cosa más: ¡a ver si cuidamos las notas al programa! Currículo de los artistas y una breve introducción a lo que se va a escuchar –máxime con una propuesta tan compleja como la presente– me parecen el mínimo exigible en un recinto como La Zarzuela.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Barenboim, de gira con Schubert, Chopin y Liszt

A estas alturas ya saben ustedes que Daniel Barenboim está de gira por España con su nuevo piano, ése inspirado en un instrumento que en su momento fue de Franz Liszt: el miércoles estuvo en Zaragoza, ayer jueves actuó en Barcelona y el domingo hará lo propio en Madrid, un acontecimiento para el que tengo entrada –no precisamente barata, se trata de Ibermúsica– desde hace meses. Schubert, Chopin y Liszt en el programa. ¿Qué podemos esperar? Con un músico como Barenboim, siempre dispuesto a probar cosas distintas y a dejarse llevar por la inspiración del momento, eso no es del todo predecible, pero sí que podemos hacernos una idea escuchando los discos que ha grabado en fechas muy recientes con estas mismas obras. Y haciendo comparaciones con los más reputados artistas: al de Buenos Aires hay que ponerle el listón en lo más alto, sencillamente porque en la actualidad es el más grande.


Se ha de iniciar el programa con la Sonata nº 13, D. 664 de Franz Schubert, registrada en la reciente integral editada por Deutsche Grammophon. No es esta página lo mejor de la misma, aunque sí que resulta muy representativa del modus operandi barenboiniano: cargar las tintas sobre los aspectos dramáticos que tanto le gustan, aportando momentos muy encendidos y clímax de gran tensión, sobre todo en un tercer movimiento valiente y decidido. Pero también hay que decir que Allegro moderato inicial podría estar más paladeado y albergar mayores dosis de calidez y encanto. Incluso de matices expresivos: la comparación con la descomunal grabación de Sviatoslav Richter de 1979 –tampoco la de Arrau es precisamente manca– le deja en evidencia. ¿Se verá el maestro más inspirado en el recital madrileño?

La primera parte se ha de prolongar de manera considerable con la Sonata en La mayor nº 19, D. 959, la penúltima del autor. Y aquí sí que Barenboim alcanza la mayor altura posible. Como era de esperar, plantea un primer movimiento contrastado, lleno de claroscuros sonoros y expresivos, pero sin que se pierdan el equilibrio, la elegancia y la belleza digamos “clásica”. Algo así como la cuadratura del círculo, o la demostración de que resultar apolíneo no significa incurrir en el distanciamiento, la insipidez o la desatención a los aspectos dramáticos de la música. En el Andantino hubiéramos esperado una recreación más lenta y desolada, también más amarga, pero lo cierto es que Barenboim se atiene al tempo y el carácter marcados por la partitura a la vez que frasea con una cantabilidad para derretirse, lo que no le impide precisamente alcanzar momentos muy encendidos, incluso tempestuosos, cargados de malos presagios. El Scherzo arranca con una frescura, una elegancia y una luminosidad necesarias después de todo lo escuchado, aunque al llegar a la sección central vuelven los acentos dramáticos, bien subrayados por un Barenboim valiente y siempre atento lirismo amargo que subyace en la creación schubertiana. No menos decidido y contrastado el Rondó final, impregnado de una nobleza sensual en el fraseo –emotivo a más no poder el tema lírico– y de una grandeza que en buena medida apuntan hacia el universo brahmsiano.


La Balada nº 1 de Chopin que ha de abrir la segunda parte la ha grabado el pasado año en su disco En mi nuevo piano. Cuando escuché por primera vez el compacto fue lo que menos me entusiasmó del mismo. Poco más tarde Ángel Carrascosa compartió la misma percepción (lean aquí su reseña), y me hizo ver cierta falta de estilo en la lectura. Repetidas audiciones no han hecho sino convencerme de que se trata de una extraordinaria lectura, aunque ciertamente no termine de sonar a Chopin. ¿En qué sentido? Hay quizá demasiado músculo, excesiva densidad sonora –tremendo el peso de los acordes–, descuidándose un tanto esa peculiar mezcla de delicadeza y galantería que caracterizan a la música del polaco. Los rubatos no son del todo chopinianos, y la sección central no está fraseada con el sabor a vals al que estamos acostumbrados. Dicho esto, ¡qué interpretación más paladeada y sensible, qué sensualidad más embriagadora, qué derroche de imaginación en el fraseo! Y sobre todo, ¡qué capacidad para llenar de significado expresivo todas y cada una de las inflexiones y de los acentos! Seguiré maravillándome ante los prodigios que lograron Arrau, Zimerman y Kissin en esta página, pero lo de Barenboim, aun siendo discutible, no me despierta menor admiración.

El sonido del maestro, su fraseo extremadamente orgánico, su variedad del sonido tanto en volumen como en colores y su portentoso sentido para las tensiones armónicas sí que resultan por completo adecuados para el universo de Franz Liszt. Por eso resultan impresionantes los resultados en Funerailles, página de la que en el referido disco con su nuevo piano ofrece una interpretación que recuerda no poco a la increíble de Claudio Arrau (Philips, 1982) por su enfoque mucho antes atmosférico y luctuoso que encrespado, apostando por una sutilísima planificación y por un lirismo digamos que “humanista” altamente reflexivo. Con todo, Barenboim no llega a desplegar la imaginación y la fuerza visionaria de que hizo gala su colega en su citada recreación, menos densa y opresiva que ésta pero también más emotiva, y probablemente uno de los más geniales trabajos de la carrera del inolvidable pianista chileno.


Vals Mephisto nº 1 para terminar. En principio, una locura. Ni por dedos –su agilidad digital resulta más que suficiente para abordar esta obra, pero no es excepcional– ni por temperamento artístico puede Barenboim ofrecer una de esas interpretaciones incisivas y electrizantes, de corte demoníaco, por las que optan otros pianistas. Lo que hace en el disco, y suponemos que hará en directo, es ofrecer una recreación marcadamente gótica, de amplísimo vuelo lírico y profundo arrebato pasional, en la que los colores adquieren plena significación, se juega con la agógica con total libertad y los matices expresivos parecen infinitos, a veces de una exquisitez extremas (increíbles trinos casi al final de la página!) pero sin espacio alguno para el preciosismo sonoro. Se aporta, además, un punto de humor socarrón muy conveniente, aunque desde luego es la sección central, con todo lo que tiene de poesía ensoñada, vehemente y voluptuosa, lo que más parece interesar a nuestro artista. Aquí es Kissin (no conocía ese registro de 2003: gracias a Ángel por la recomendación) la referencia, por ser quizá el pianista que mejor logra sintentizar la vertiente más angulosa y mefistofélica de esta música con el componente onírico, anhelante y de gran aliento poético que también demanda la partitura, pero Barenboim vuelve a demostrar que sigue saliendo airoso de los más terribles desafíos gracias a una inteligencia musical de primerísimo orden.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un ejemplo del Schubert de Brendel

Breves notas para comentar un compacto que me compré en una conocida tienda de segunda mano madrileña por el ridículo precio de un euro: Alfred Brendel interpreta a Schubert, concretamente la monumental sonata D. 960 –como saben, la última del autor– y la Fantasía Wanderer, grabaciones que el sello Philips editaría en 1972. Más tarde el pianista austríaco repetiría y repetíría para el mismo sello, dicen los expertos –yo le he escuchado poco Schubert– que con menor fortuna que en estos sus primeros años discográficos.


La Sonata nº 21, D. 960 recibe lectura apolínea en el buen sentido, muy hermosa y equilibrada, de expresividad íntima y recogida mas no exenta del amargor que la partitura demanda, si bien es cierto que Brendel rechaza acentuar contrastes y prefiere quedarse en una moderación que no termina de enganchar. En cualquier caso, resulta difícil no dejarse seducir ante la poesía de altos vuelos que logra en el Andante sostenuto, o por los múltiples detalles que, aquí y allá, revelan lo gran artista que es.

Bastante mejor la Wanderer, una interpretación realmente espléndida en la que, aun sin perder esa elegancia que caracteriza sus maneras de hacer, el artista despliega entusiasmo y pasión bien controlada en perfecto equilibrio con el lirismo introvertido que la obra también demanda.El disco merece la pena por ella. Por cierto, el CD ofrece el mismo acoplamiento que el LP original, hace poco ha sido reeditado para goce de los numerosos amantes del vinilo.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Currentzis y Kopatchinskaya: el peor Tchaikovsky jamás grabado

La repetidamente premiada violinista Patricia Kopatchinskaya, el personalísimo director Teodor Currentzis y la orquesta MusicAterna grabaron el Concierto para violín de Tchaikovsky durante los meses de abril y mayo de 2014, registro que ahora edita para Sony Classical acoplado con Las Bodas de Stravinsky en grabación realizada en el Teatro Real de Madrid en octubre del año anterior. El resultado es un disco que no va a dejar indiferente a nadie: mi opinión ya la conocen ustedes por el título de esta entrada. Ahora intentaré justificarla.


Lo que singulariza esta interpretación de la partitura tchaikovskiana no es, en absoluto, la presunta intención historicista a la hora de recurrir a instrumento originales –cuerdas de tripa, vientos "de época"–, sino la idea que comparten los dos protagonistas a la hora de extremar sin medida todos los contrastes posibles, tanto sonoros como expresivos: desde el pianísimo más inaudible hasta el fortísimo atronador, de lo mórbido a lo terriblemente áspero, de lo empalagoso a lo rústico, de lo lánguido hasta la fogosidad desbordada… Por si fuera poco, la violinista adorna su parte con cuantas ocurrencias pasen por su mente, sin miedo a fragmentar cada cinco segundos el discurso musical y sin ofrecer ninguna idea expresiva concreta más allá de las notas. Y el maestro se toma todas las libertades en el fraseo que considera oportunas, ofreciendo tirones de tempo y acelerones injustificados cada dos por tres, poniendo en primer plano líneas secundarias y cayendo en la más grosera machaconería en los momentos que no se decide por ser grácil y delicado. A la postre, una interpretación ridícula, grotesca y pedante en grado superlativo. Dudo que exista en el mundo discográfico algo tan abominable en semejante repertorio.

¿Y Les Noces? Pues aquí el director griego ofrece lo mejor de sí mismo y ofrece una interpretación de una frescura, una inmediatez y un impulso dionisíacos irresistibles, subrayando además los aspectos más puramente folclóricos de la obra con la plena complicidad de un equipo de cantantes y un coro de perfecto idiomatismo, dispuestos además a olvidar la ortodoxia clásica para comportarse como en una verdadera fiesta popular. El resultado tiene poco que ver con la subyugante interpretación de Leonard Bernstein de 1977 (DG), donde se contó con cantantes occidentales de tradición clásica y con cuatro pianos de auténtico lujo (Argerich, Zimerman, Katsaris y Francesch) para ofrecer una recreación particularmente concentrada, llena de misterio y de sentido de lo inquietante, además de sostemida por una angulosidad rítmmica que se echa de menos en esta de Currentzis, que deja a los pianos un tanto en segundo plano para lanzarse en plancha ante los aspectos más impulsivos de esta música.

Mi recomendación es que procuren escuchar el disco, por lo bueno y por lo horroroso. Sobre todo por esto último: es necesario conocer hasta qué punto puede llegar la pretenciosidad de algunos artistas.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Los críticos más solventes del país

Bueno, los críticos más solventes del país (España, se entiende) según el autor del artículo, Gonzalo Alonso. ¿Imaginan de quiénes se puede tratar? Pueden encontrar el texto en este enlace.

PD: el señor que aparece fotografiado en primerísima fila se llama Gonzalo Alonso.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La Novena mecánica

En parte por la escasez de tiempo libre, en parte por miedo –no saben ustedes lo que es sentirse despreciado, cuando no odiado, por los músicos locales–, no he escrito nada sobre la Novena de Beethoven que se ofreció el pasado domingo 13 de noviembre para celebrar el XX aniversario de la reapertura del Teatro Villamarta. Lo digo ahora: la interpretación más mecánica que un servidor jamás haya escuchado en directo de cualquier obra sinfónica.

Responsable del resultado fue Carlos Aragón, quien dirigió sacando buen rendimiento a la Orquesta de Córdoba –violines en exceso ácidos en el Scherzo– y alejándose de cualquier exceso de cara a la galería –cuarto movimiento muy controlado–, pero con una frialdad extrema derivada de la casi total ausencia de matices agógicos y expresivos. No hubo juego de tensiones y distensiones (¡imperdonable en esta obra!), no tuvieron peso los silencios, no se encontró rastro de cantabilidad –pese a que el Adagio molto y cantabile estuvo dicho sin prisas–, la flexibilidad brilló por su ausencia... El sentido del misterio, de lo dramático, de lo reflexivo y de lo épico no hicieron su aparición en ningún momento. Siempre en mi opinión, claro está: el público aplaudió con entusiasmo, no solo al final de la obra sino también en medio del Scherzo y del Himno a la Alegría.


El Coro del Teatro Villamarta realizó una dignísima labor bajo la dirección de su nuevo titular, Joan Cabero, como también lo hizo la Coral de la Universidad de Cádiz con Juan Manuel Pérez Madueño. El barítono José Antonio López lució una voz poderosa y de timbre hermosísimo, aunque más bien corta por abajo ante las demandas de su parte. Demandas que no son precisamente menos exigentes (¿en qué demonios estaría pensando Beethoven?) en lo que toca al tenor, en este caso un Manuel de Diego muy poquita cosa ante el terrible reto al que se enfrentaba. Mucho mejor que la de su colega corría la voz de Ángeles Blancas, pero el estado de misma no es precisamente óptimo y en el agudo –de nuevo el de Bonn pidiendo lo imposible– sufrió lo suyo. A María Luisa Corbacho no logré escucharla en ningún momento.

Una cosa más: la acústica en la segunda fila de platea en el lado derecho del teatro es pésima. Pero no, no fue por esto por lo que tenor y mezzo me resultaban poco audibles: a los demás les escuchaba perfectamente. Digo pésima acústica por lo emborronado del sonido, por el desequilibrio de los planos, por el exceso graves... La visibilidad era muy reducida, aunque esto sí que lo advertían al comprar la entrada. En cualquier caso, circunstancias que me hicieron aún más dura una de las veladas musicales más aburridas que he vivido en el Villamarta. Impresión absolutamente subjetiva, desde luego. Como también la de un público que, ya les digo, se lo pasó en grande.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Beatrice Rana, más que virtuosismo

Quiero hoy hablarles a ustedes de Beatrice Rana, una jovencísima pianista italiana –nació en 1993– que estudió con Benedetto Luppo y que, tras un par de discos para otros sellos, debuta en Warner junto a nada menos que Antonio Pappano y su Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia interpretando dos pesos muy pesados: el Segundo de Prokofiev y el Primero de Tchaikovsky. El registro se realizó en Roma en julio de 2015 y ofrece resultados artísticos un tanto irregulares, más satisfactorios en el primero de los autores citados que en el segundo, pero de considerable altura: esta chica ofrece mucho virtuosismo, pero va más allá de eso.


En Prokofiev, nuestra artista no solo satisface plenamente las terribles demandas de esta partitura en lo que a potencia, densidad y agilidad se refiere. También atiende con enorme acierto a la cargada atmósfera de la partitura, indaga en las posibilidades expresivas de todos los pasajes, matiza de manera rica y variada, demuestra apreciable sensibilidad lírica y, sobre todo, sabe poner de relieve la mezcla de intensa melancolía, humor corrosivo e intensidad dramática que se esconde detrás de las cascadas de notas y de las grandes explosiones sonoras de esta página juvenil y llena de atractivo. Hay que irse a Ashkenazy, a Postkinova o a Kissin para encontrar algo aún mejor. Por su parte, Pappano demuestra una vez más su plena sintonía con el idioma de Prokofiev –sonoridad incisiva al tiempo carnosa, sentido del ritmo y cantabilidad–, y atiende con el mismo acierto que la solista a las diferentes facetas de la partitura, todo ello haciendo gala del empuje y el entusiasmo diríamos que latino que caracterizan su batuta. Además, logra que la orquesta romana rinda al límite de sus posibilidades.


En Tchaikovsky, como decía más arriba, las cosas no funcionan igual de bien. Tras una introducción verdaderamente fulgurante, arrebatadora, en el que la batuta despliega toda su fogosidad, sinceridad y capacidad para comunicar, Pappano propone un primer movimiento extrovertido y brillante, al tiempo que sabe paladear con concentración, sensualidad y sentido cantable los momentos más recogidos. Quizá contagiada por la vehemencia de la batuta, la joven pianista no termina de aprovechar los pasajes más rápidos, convenciendo mucho más cuando llega la hora de indagar en el lirismo al mismo tiempo tierno y amargo de la partitura.

En el segundo movimiento pinchan los dos artistas, interpretándolo de manera excesivamente liviana y coqueta, banal incluso, y cayendo en una efervescencia meramente virtuosística en la sección central. En el tercero vuelve el arrebato temperamental, para lo bueno y para lo malo, alternándose pasajes muy logrados con otros en los que el piano sucumbe al más superficial virtuosismo, aunque éste sea de primera y el sonido pianístico, por ventura, resulte francamente rico y adecuadamente poderoso, algo que se pone bien de manifiesto si se escucha esta grabación en la descarga HD, lo que siempre beneficia al registro grave.

En fin, una pianista llena de talento que aún tiene que madurar. No conviene perderla de vista.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Dios habla con sus fieles (y además de sabio, demuestra ser un cachondo)

Barenboim en estado puro, no tengo nada que añadir. Bueno, sí: fíjense en que hay subtítulos en castellano. Escojan esa opción en el botón "configuración" y luego activen los subtítulos.