martes 14 de julio de 2009

El Minotauro, de Birtwistle: una admirable ópera del siglo XXI

Aprovechando la rebaja veraniega del 50% en numerosos lanzamientos de Opus Arte, sello británico caracterizado por su inmejorable calidad audiovisual y sus elevadísimos precios, me compré el doble DVD de The Minotaur, ópera escrita por Harrison Birtwistle (n. 1934) sobre libreto de David Harsent estrenada en el Covent Garden el 15 de abril de 2008. Hace nada, vamos. Acerté con la compra.

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He aquí un modelo de lo que puede (¿debe?) ser la ópera del siglo XXI. Por un lado, un libreto sólido, inteligente, que no se acompleja de ser tachado de conservadurismo por recuperar un mito de la antigüedad clásica, y que sabe fusionar aspectos narrativos y conceptuales ofreciendo multiplicidad de lecturas para quien lo demande, pero también “narración” pura y dura a quienes no quieran ver más que una historia bien contada.

Por otro, una música que no es ni “antigua” ni “moderna”, que sabe beber de las fuentes sin caer ni mucho menos en el eclecticismo y sin dejar de poseer una marcada personalidad; una música que está magníficamente orquestada y que, aun renunciado a toda concesión de cara a la galería para volcarse en el servicio al drama, resulta por encima de todo fresca y comunicativa: la voluntad de enganchar con el público, al contrario de lo que ocurre con otros muy “comprometidos” (léase “subvencionados”) creadores de hoy, resulta evidente.

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Obra tensa y violenta, por momentos un pelín discursiva y no del todo bien trabada en sus dos líneas argumentales (la que se refiere a Ariadna y Teseo, por un lado, y la que se ocupa del Minotauro, por otro) esta en cualquier caso admirable ópera se beneficia de una puesta en escena sobria, inteligente y muy sangrienta de Stephen Langridge, de un apasionado Antonio Pappano que no duda en subrayar las numerosas aristas de la partitura (¡impresionante la percusión en un equipo con subwoofer y DTS!), de un coro espléndido y de un sólido equipo de cantantes encabezado por Christine Rice (pobre en el grave pero muy elegante, musical y voluntariosa) y el cada día más valorado Johan Reuter (no hace mucho Nick Shadow en el Real -enlace-). Incuso el gran Philip Langridge tiene un suculento papelito.

Claro que quien se lleva el gato al agua es Sir John Tomlinson, el Minotauro propiamente dicho. Lejos de las insuficiencias vocales que afectaban a su Haendel, su Mozart o su Wagner, el bajo (más que barítono-bajo) británico ofrece, en este rol específicamente escrito para sus particularidades, monólogos espeluznantes, de una sinceridad desgarradora, que se convierten en una magistral lección de cómo fundir drama y canto. Y en eso consiste, precisamente, la auténtica Ópera.

lunes 13 de julio de 2009

Barenboim en Granada 2009 (y III): Bruckner

El año pasado Daniel Barenboim clausuró el Festival de Música y Danza de Granada con interpretaciones de las tres últimas sinfonías de Anton Bruckner absolutamente excepcionales (enlace). De ahí las relativamente frustradas expectativas de esta Cuarta de la noche del 12 de julio que, siendo globalmente admirable, ha presentado ciertas irregularidades y se ha manifestado más limitada en cuanto a concepto.

¿Y qué quiere decir esto último? Pues que Barenboim se mostró como el genio de la batuta que es en los momentos más escarpados y visionarios de la página, a los que hizo sonar con una fuerza dramática y un carácter visionario impresionantes, pero no terminó de ofrecer ese fraseo efusivo, cálido y digamos “humanístico” que reclaman otros pasajes; incluso por momentos se evidenció cierta falta de concentración en esta interpretación algo más nerviosa de la cuenta en el trazo y tirando a rápida en lo tempi (sesenta y dos minutos).

Lo mejor, para mi gusto, el clímax de primer movimiento, verdaderamente visionario, así como todo el Finale, trazado con una convicción abrumadora. El Andante quasi Allegretto, como era de esperar en Barenboim, resultó mucho antes inquietante que ensoñado, y albergó en este sentido una desazón muy atractiva. El scherzo estuvo muy bien, pero solo eso.

La orquesta, adecuadísima por su sonoridad y cuajada de solistas muy musicales, tuvo diferentes tropiezos -no sólo en los metales- que fastidiaron en más de un momento la audición. La batuta, eso sí, la modeló con asombroso virtuosismo, admirable claridad y mucha atención a los matices dinámicos, desde el pianísimo más inaudible hasta el forte más abrumador. De todas formas la Staatskapelle de Berlín está muy por debajo de esa Filarmónica de Viena con la que Barenboim ofreció en los Proms de 2007 (existe toma radiofónica) una lectura más radical y discutible aún en su planteamiento, pero paradójicamente mucho más convincente que esta de Granada.

Barenboim y sus chicos se fueron corriendo sin esperar a que acabasen los aplausos. Está claro que tenían mucha prisa. El año que viene ofrecerán en el Carlos V las sinfonías Quinta y Sexta de Bruckner y, posiblemente, alguno de los conciertos de Chopin.

domingo 12 de julio de 2009

Moriscos y trovadores de Levante

Se han cerrado los conciertos matinales del 58 Festival de Música y Danza de Granada con un recital que intenta evocar “el pasado del legado poético y musical del levante peninsular, musulmán y cristiano (ss. XII_XIII)” en el marco del hermoso Hospital Real, contando con la colaboración al alimón de la Capella de Ministrers, que ya había actuado el día anterior (enlace), y del Ensemble Akrami de Tetuán.

La primera parte lo ocuparon estos últimos, bajo la dirección de Mohamed Amin El Akrami, ofreciéndonos una selección de hermosa poesía levantina de tiempos andalusíes, un repertorio bastante desconocidos que ellos se encargaron hace no mucho de llevar al disco junto a Carles Magrener y su grupo. Las interpretaciones me parecieron convincentes, aunque de la voz de Abderrahim Abdelmoumen sobresale más su sensibilidad que su fuerza expresiva.

Ya en la segunda parte, los chicos de Magraner nos llevaron al mundo del amor cortés con una precioso ramillete de piezas de Berenguer de Palou y Ponç D’Ortafà. Interpretativamente me convencieron solo a ratos, sobre todo en los momentos más abiertamente líricos, en los que se pudo disfrutar del buen hacer de la soprano Pilar Esteban y del hermoso sondo del arpa de Juan Manuel Rubio. Otros momentos me parecieron, no sólo por enfoque sino también por realización, un tanto típicos y vulgares: ya se sabe, el medievo a base de arabescos de la flauta y percusión brutal.

En cualquier caso, buenos músicos y precioso repertorio. Al final, como era de esperar, tocaron los dos grupos juntos y se ganaron el entusiasmo del respetable. Lo peor, la larga y fatigosa cola bajo el sol para acceder -gratuitamente- al concierto. Deberían abrir antes las puertas.

Barenboim en Granada 2009 (II): Carter, Wagner

Las entradas para el concierto del sábado 11 se agotaron el mismo día que se pusieron a la venta a pesar de incluir en el programa la larga y dura Symphonia: Sum Fluxae Preti Spei de Elliot Carter. Daniel Barenboim le agradeció al público su fidelidad antes de comenzar y además prologó la interpretación con unos minutos de explicaciones sobre la partitura. Parece que sirvió de algo: se aplaudió sin especial entusiasmo, pero desde luego bastante más que tras el adagio de la Décima de Mahler del día anterior (enlace).

La interpretación caminó por un sendero muy distinto al de la portentosa grabación discográfica (Deutsche Grammophon) a cargo de Oliver Knussen. Con el siempre personal Barenboim hubo menos visceralidad, ciertamente también menos garra y menos tensión interna; el colorido fue menos virulento e incisivo, y la claridad no fue tan grande.

A cambio, el argentino acentuó la componente “impresionista” del Allegro scorrevole (que interpretó en primer lugar y no en el tercero, toda vez que los tres movimientos fueron concebidos como piezas independientes y se prestan a semejante tipo de intercambio), al que otorgó de una enorme sensualidad. Profundizó de manera asombrosa en el carácter gótico del Allegro tenebroso central, que sonó abrumadoramente atmosférico, denso y ominoso. Y otorgó a las aristas stravinskianas de la Partita (un encargo del propio Barenboim en su etapa de Chicago) una densidad dramática alejada del mero racionalismo. En suma, una interpretación muy personal que descubre nuevas perspectivas en semejante obra maestra.

Wagner en la segunda parte del programa. Hasta los más acérrimos enemigos de Barenboim reconocen su magisterio en Tristán e Isolda. Menos mal. Del Preludio y Liebestod ofreció una versión menos encendida y visionaria que en otras ocasiones, pero también más sensual, refinada y mística de lo que acostumbra. Una interpretación, pues, en la línea más reciente en la que aborda el de Buenos Aires estos pentagramas (enlace).

A destacar la increíble plasticidad del tratamiento de la orquesta, que aquí se mostró fabulosa en lo técnico y sublime por sonoridad. En cualquier caso, me quedo con la irrepetible interpretación que el propio Barenboim ofreció hace pocos años aquí mismo, en el Palacio de Carlos V, al frente de la Orquesta del West-Eastern Divan (lo único del programa que no se editó en DVD, dicho sea de paso, aunque sí se retransmitió por televisión).

Por el contrario, la recreación del Preludio del acto I de Maestros Cantores me ha gustado más aún que las que le he escuchado últimamente al frente de su formación multicultural, porque la he encontrado más controlada y mejor planificada: se ha perdido quizá fogosidad pero se ha ganado en transparencia, atención al detalle, creatividad e incluso en vuelo lírico. Por descontado, no rastro de pompa y grandilocuencia. Excelente interpretación. Se aplaudió mucho, pero no hubo propina.

sábado 11 de julio de 2009

Cantigas y Sibilas valencianas

Entre Barenboim y Barenboim granadino tengo por costumbre asistir a los espectáculos, gratuitos pero de larga e incómoda cola, que se ofrecen sábados y domingos por la mañana en diferentes recintos históricos de la capital nazarí. Me ha tocado hoy sábado 11 de julio un programa de “Música Angélica” (sic) medieval hispana integrado por dos Cantigas de Santa María, diferentes Misterios Asuncionistas levantinos -entre ellos el de Elche-, un par de páginas del Llibre Vermell y un fragmento de la Sibila Valenciana, todo ello a cargo de la Capella de Ministrer con Carles Magraner a su frente.

Buenos músicos, sin duda. Por ello y por la belleza del repertorio me lo pasé bien en el concierto, a pesar de que los planteamientos interpretativos desprenden un inequívoco aroma “años setenta” que convierte a Magraner y sus chicos en primos hermanos de un Jordi Savall: basta comparar su Cuncti simus concanentes (uno de los más célebres fragmentos del Llibre Vermell) con el que grabó el de Igualada hace ya tres décadas para advertirlo.

En fin, tuvimos en la bellísima iglesia del Monasterio de San Jerónimo la consabida reunión de instrumentos variopintos (incluyendo zanfoñas, campanas, trompetas y algunos otros hoy demonizados por los más puristas) para ofrecer, mediando arreglos bastante discutibles desde el punto de vista historicista, una recreación fantasiosa y colorista del medievo, algo blanda a ratos, desde luego bastante tópica, pero en todo momento atractiva.

La gran baza del concierto fue, sin duda, la presencia del Cor de la Generalitat Valenciana, a la sazón en Granada para el estreno de Sánchez Verdú sobre el que ya aquí escribí algo (enlace). Una agrupación de lujo, sin duda, aunque es de justicia aplaudir las notables intervenciones de la soprano Pilar Esteban, la estrella vocal de la Capella,desde luego muy preferible a una Montserrat Figueras. El éxito de público fue grande, a pesar de que la pésima acústica del recinto no ayudó precisamente al disfrute. Mañana, más.

Barenboim en Granada 2009 (I): Mendelssohn, Mahler, Beethoven

Se preguntan algunos con insistencia por qué tiene que ser Daniel Barenboim, al frente de su Staatskapelle de Berlín, quien en los últimos años clausure el Festival de Granada con dos o tres conciertos en el Palacio de Carlos V. La respuesta es simple: porque se lleva estupendamente con la cúpula del PSOE, porque la Junta de Andalucía -que organiza y financia estos conciertos al margen de la directiva del Festival- está dispuesta a gastarse el dinero… y porque el de Buenos Aires es, fallecidos Celibidache y Giulini y retirado Sanderling, el mejor director del mundo. Otra cosa es que conozca sus irregularidades. En el concierto que ha ofrecido esta noche, 10 de julio de 2009, las ha habido.

Mendelssohn. Sorprende escucharle un compositor que frecuenta poco, y más aún con una obra escasamente conocida, la obertura de Ruy Blas. La interpretación debió de parecerles un horror a quienes piensen que Mendelssohn es ante todo un compositor grácil, aéreo y delicado. A mí me ha gustado mucho su corpulenta y sanguínea lectura, quizá más robusta de la cuenta y no del todo clara.

Mahler. Por fin le escuchamos el Adagio de la Décima, una obra a la que ha llegado hace poquísimo. Gran chasco. Me ha parecido una interpretación flácida, deslazada y carente de la aspereza y la rebeldía que son necesarias para dotar a la obra de sentido. Por descontado que la sobriedad del enfoque es muy de agradecer, como también muchos detalles -los pizzicatti de los violines, algunas intervenciones de las maderas- propios de su genio, pero creo que ni Barenboim ni su orquesta -de hermosísimo sonido pero un tanto fallona- han estado a la altura de las circunstancias. Lo peor, un clímax al que se llegó sin la suficiente tensión y un final inadecuadamente resignado. Total, una interpretación no lenta (veintiséis minutos) pero sí morosa y aburrida, muy por debajo de las maravillas que el propio Barenboim hizo aquí con Séptima y Novena.

Beethoven. Gran interpretación del Tercer Concierto presidida por la naturalidad, la riqueza de concepto y el profundo humanismo de Barenboim en su doble faceta de director y pianista. Aun así, y siendo siempre el nivel altísimo, hay pasajes que a él mismo se los he escuchado aún mejor dirigidos. Sublime el Largo central. Al piano ha estado formidable, sobresaliendo su increíble manera de resolver los trinos -nada mecánica, siempre llena de sentido- y el creativo tratamiento de la cadenza. Lástima que el piano, sin tapa para facilitar las labores directoriales, no se escuchara bien desde el patio de butacas.

Chopin. El éxito arrollador el público le animó a conceder una propina. Ahora mismo no sé decir el número del Nocturno, pero sí corroborar que se ha tratado de una de las más hermosas, sentidas y matizadas interpretaciones de una página de Chopin que quien suscribe haya escuchado. El concepto, además, parece ahora más rico que cuando hace lustros Barenboim, escorándose en exceso hacia la sobriedad y la negrura, grabó la serie completa para Deutsche Grammphon. Debería volver a grabarla. Cuanto antes.

viernes 10 de julio de 2009

Fascinante Sánchez-Verdú: Libro de las estancias

El estreno de su ópera El Viaje a Simorg (Teatro Real, mayo 2007) fue uno de los mayores chascos de mi vida de melómano: esperaba una obra excepcional y me encontré con que el compositor algecireño se limitaba a ofrecer "más de lo mismo", solo que extendiéndose a lo largo de casi una hora y tres cuartos y -pese a algunos momentos acongojantes- menos inspiración de lo que en él es habitual. La presentación anoche (se estrenó anteayer, el miércoles 8 de julio) de su concierto-instalación Libro de la estancias, un encargo del Festival de Granada que luego viajará a Valencia en calidad de coproducción, se ha convertido por el contrario en una de las más fascinantes experiencias musicales de mi vida.


Aprovechando las peculiaridades acústicas y plásticas -un enorme cubo de alabastro- de la Sede Central de Caja Granada, José M. Sánchez-Verdú ha diseñado siete diferentes texturas sonoras valiéndose de dos ensembles instrumentales y vocales formados por miembros de la estupenda Orquesta Ciudad de Granada y del fabuloso Cor de la Generalitat Valenciana (dirigido uno de ellos por Joan Cervero y otro por él mismo); de un conjunto de metales y percusión escondido en las más remotas alturas de la inmensa sala; de un piano preparado a cargo de Isabel Puente; de las voces fascinantes de sus queridísimos Carlos Mena y Marcel Pérès; y de la lujosísima participación del Experimentalstudio des SWR de Friburgo, que incluía a su vez la presencia del auraphon, integrado por ocho gongs y tam tams repartidos por toda sala. Un atractivo diseño de luces a cargo de Miguel Serrano aporta una riqueza adicional a una obra en la que el público está invitado a desplazarse continuamente por la sala buscando diferentes perspectivas visuales y sonoras.

El motivo de inspiración, ni que decir tiene, parte del encuentro entre las culturas cristiana e islámica (término este último más apropiado que el de "árabe" que usa el compositor, dicho sea de paso) en la propia ciudad de Granada. La geometría y la palabra, como en el arte musulmán, desempeñan un papel fundamental en una obra muy atenta al peso de los silencios. ¿Más de lo mismo, de nuevo? No, afortunadamente.

Por descontado que las señas de identidad de Sánchez-Verdú están ahí, pero en esta ocasión -y no sólo por las particulares características de esta obra- hay una clara intención de, partiendo de sus inquietudes habituales y usando sus recursos de siempre, explorar nuevas y fascinantes posibilidades estéticas. Una única pega: pasados veinte minutos se borra un tanto el deslumbramiento inicial, pues digamos que "se le pilla el truco" a la obra, pero aun así uno continúa, durante la hora larga en la que se extiende, absorto en el cúmulo de sensaciones contradictorias ofrecidas por el -sin dudas genial- compositor andaluz. Lo dicho: una experiencia como pocas recuerdo. Una obra maestra.

miércoles 8 de julio de 2009

Los conciertos de Beethoven, por Kissin y Colin Davis

Entre septiembre y octubre de 2007 los ingenieros de EMI Classics grabaron en los míticos estudios de Abbey Road, con espléndida toma sonora, los cinco conciertos para piano y orquesta de Beethoven. Protagonizaban el registro el anciano Sir Colin Davis (tercera integral de su discografía) y el aún joven Evgeny Kissin (primer acercamiento completo la colección). Lleva ya unos meses circulando por España, pero parece que no se le ha hecho mucho caso a la edición. Como acabo de terminar de disfrutarla, dejo aquí tres o cuatro apuntes para quien pueda interesarle el asunto.

Beethoven_Kissin
Primero. Dudo mucho que nadie haya nunca tocado -que no interpretado- mejor estos cinco conciertos que Kissin. Ni siquiera monstruos de la técnica como Pollini o Zimerman. La agilidad que demuestra el ruso, la increíble limpieza de la digitación, la maleabilidad y riqueza de su tan bello como poderoso sonido, difícilmente encuentran parangón. Pero no por ello se trata, ni muchísimo menos, de interpretaciones cuadriculadas o meramente virtuosísticas: la flexibilidad e imaginación que demuestra en su fraseo, la manera de enriquecer cada frase melódica con claroscuros y la clara voluntad de descubrir cosas nuevas -sin ponerse por delante del compositor- nos dejan bien claro que Kissin es mucho más que una máquina de insólita perfección ante el teclado.

Segundo. Pese a todo lo dicho y a la enorme musicalidad que Kissin exhibe en todos y cada uno de los movimientos de estos conciertos, nuestro pianista no termina de lograr la más absoluta sintonía con el universo de Beethoven. Al menos, en comparación con lo que actualmente hace Daniel Barenboim en estas obras: a mi modo de ver, la reciente grabación en DVD realizada por el de Buenos Aires marca la cima absoluta tanto en lo que se refiere al piano como a la dirección. En cualquier caso el nivel es altísimo y Kissin ofrece aportaciones del mayor interés, como los acentos desolados de los movimientos lentos del Primero, el Tercero y el Cuarto, este último de una extraña pero fascinante esencialidad.

Tercero. Al frente de una fabulosa Sinfónica de Londres, Sir Colin Davis ofrece la dirección en él esperable: noble, elocuente, muy sincera, elegantísima -pero ajena a la cursilería o la blandura- y muy equilibrada en los diferentes aspectos expresivos, procurando atender por igual a lo épico, a lo lírico, a lo dramático y a lo jubiloso, lo que también significa que su visión no resulta especialmente personal y que se mantiene alejado de “densidades filosóficas” y a grandes tensiones y conflictos. Admirable trabajo, en cualquier caso.

Cuarto. Matizando un un poco, podemos añadir que el más grade logro de esta integral es un Emperador de admirable equilibrio entre los aspectos apolíneos y los dionisiacos de la partitura. Lo menos convincente son los dos movimientos que cierran los dos primeros conciertos, llevados a un tempo de locos por la batuta y con un solista más bien precipitado; y también un Tercero afectado por una extraña sensación de distanciamiento, sobre todo en el Allegro con brio inicial, distanciamiento que también afecta al Allegro moderato del Cuarto. El resto es estupendo.

Con todos los reparos que se quiera, la conclusión está clara: una integral que hay que escuchar.

martes 7 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (y III): las voces

Ya he dejado mi opinión sobre la propuesta escénica (enlace) y la labor de batuta (enlace) del Ring del Palau de Les Art que presencié entre el 22 y el 30 del pasado mes de junio. Toca por fin decir algo sobre los cantantes. Aun con sus desequilibrios, lógicos habida cuenta de que nos encontramos ante quince horas de música que demandan un elenco de voces tan variado como exigente, fue admirable el conjunto canoro congregado sobre el antiguo cauce del río Turia. Superior probablemente a lo que se escucha hoy en Bayreuth, y muy difícil de superar por cualquier teatro de primera.

Los protagonistas

Un sensacional descubrimiento Jennifer Wilson. Dicen que ha madurado mucho desde el Sigfrido del pasado año. Aún le queda por madurar, pues no en balde cantantes menos dotadas en lo canoro que ella han sabido decir con su canto más cosas aún sobre la valquiria. Pero en cualquier caso la joven, oronda (¡perdón!) y simpatiquísima soprano norteamericana tiene todas las papeletas para convertirse en la gran Brunilda de la primera mitad del siglo XXI.

Su voz, robusta y bien timbrada, de enorme volumen, es francamente extensa, conociendo insuficiencias en el grave pero alcanzando un agudo poderosísimo y espectacular. Su fiato es amplio, su legato espléndido e incuestionable su capacidad para plegarse a las inflexiones líricas: fabulosa en sus “dúos” con Sigfrido. Siendo cierto que tiene aún que bucear en los aspectos más torturados del personaje, amen de madurar mucho como actriz, sus prestaciones en el Palau de les Arts fueron espléndidas.

Irregular Juha Uusitalo. Le encontré cansado y muy ajeno al drama en el Rheingold del 22 de junio. El barítono finlandés me pareció fabuloso, entregadísimo y perfectamente cómodo en lo vocal en la narración del segundo acto de Walküre la noche del 24. Volvió a cansarse en los “adioses” y ofreció en el Siegfried del 27 un notable Wanderer cuya vocalidad más grave no pareció producirle especiales trastornos.

Menos interés guarda el Sigfrido de Lance Ryan. Parece que el tenor del año pasado no fue gran cosa, y que por ello se ha decidido repetir la grabación en DVD e inmortalizar así al joven canadiense en las dos últimas jornadas. Cumplió sobradamente luciendo un instrumento que es de genuino tenor heroico y dosificándose con prudencia para no llegar agotado al final, pero tiene la voz algo atrás, cala y desafinen alguna ocasión y, sin ser frío, no es el colmo de la expresividad. En cualquier caso, estuvo muy por encima de los Sigfrido-aulladores de los últimos lustros. Y eso ya es mucho.

Los demás

Repasemos el resto de los cantantes, empezando por las chicas. Espléndida, pese a algunas asperezas en el agudo, la altísima Anna Larson en el rol de Fricka. Notabilísima la Freia de Sabina von Walther. Sólida la Erda de Daniela Denschlag. Digno el pájaro del bosque de Marina Zyatkova. Admirable la Waltraute de Catherine Wyn-Rogers. Exhibición de voz y estilo por parte de Elisabete Matos en el desagradecido rol de Gutrune. Estupendas dos de las tres Ondinas -la otra chillaba-, y mejor aún las Nornas. Irregular el equipo de valquirias. Y sensacional la Sieglinde de Eva-Maria Westbroeck, sin el punto de calidez de la Meier (que es mezzo, no lo olvidemos), pero fantástica en lo vocal y apuntando muy buenas maneras en lo expresivo.

Los chicos. Mediocre como cantante y como actor el tosco Alberich de Franz-Josef Kapellmann. Muy notable el Loge de John Daszak, que por culpa de la regie tuvo que cantar todo el tiempo en patinete. Magnífico el Mime de Niklas Björling Rygert en Oro, que supo cantar y no graznar, y no tan interesante Gerhard Siegel en el mismo rol en Sigfrido. Irreprochable Stephen Milling haciendo (en el segundo ciclo, que es el que presencié) los dos Fafners. Discreto el Gunther de Ralf Lukas.

¿Y qué decir de Matti Salminen? Está ya mal de voz, pero quien ha sido uno de los tres mejores bajos wagnerianos de la segunda mitad del XX (los otros fueron Talvela y Moll, claro) conserva intactas toda la autoridad vocal, la capacidad para el matiz y la presencia escénica que lo hicieron grandísimo. Si estuvo sólo correcto como Fasolt, dio verdadero miedo como Hunding (el día 24, sustituyendo a un indispuesto Milling) y ofreció una verdadera lección de todo -técnica, estilo, expresión- en su mermado pero aun así referencial Hagen. Al fin y al cabo se trata de un verdadero mito viviente del canto. Claro que no fue él el único que hubo en este Anillo.

… y Plácido

Dicen los grandes expertos en voces que hay en este país que Plácido Domingo está acabado desde hace más de dos décadas. Si ellos lo dicen, así será. Pero a mí, en mi ignorancia, me dio la impresión de que este señor conserva a sus sesenta ocho años (setenta y cuatro dicen las malas lenguas) exactamente el mismo timbre de toda la vida, sin rastro de deterioro; que como Siegmund se mostró pletórico hasta que, a partir de un winterstürme con menos legato de lo que en él es habitual, la falta de fiato le fue dejando sin recursos; que pese la escasez de aliento terminó con dignidad el primer acto de Walküre para dar una auténtica lección en el acto II.

Y que cuando hay sobre la escena alguien que sabe realmente lo que es cantar, que posee una voz bellísima, que frasea de manera maravillosa, que procura en todo momento enriquecer la línea vocal con las más apropiadas inflexiones expresivas y que sabe desenvolverse por la escena sin importarle la inexistencia de una buena dirección actores, todo el aparato visual desplegado por los fureros queda en segundo plano para que la Ópera con mayúsculas haga presencia en el escenario. Lástima que nos de Unitel no grabaran esta función (¿falta de recursos económicos, o más bien escasez de confianza de Helga Schmidt y su equipo en el tenor madrileño?) para incluirla en los DVDs.

Muy en resumidas cuentas: pese a todos los reparos apuntados, un Anillo de un nivel tan alto que difícilmente veré uno mejor en directo. Una gozada total. Enhorabuena a todos los implicados.

lunes 6 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (II): el foso

En mi entrada anterior (enlace) ya manifesté estar de acuerdo con todos en que montar dos ciclos consecutivos del Anillo es un logro monumental, y más aún para un teatro con sólo tres años de vida. El que los resultados musicales haya sido, poniendo el listón en lo más alto y teniendo en mente a las grandes referencias del ayer y del hoy (los Kna, Solti, Barenboim y compañía), globalmente muy notables, otorgan los más prestigiosos laureles al ambicioso Palau de Les Arts y a todo su equipo. Pero ahora hay que matizar.

Irregular Mehta

Desconcertante la dirección de Zubin Mehta, por dos motivos. Uno de ellos, que en lugar de ofrecernos la sobredosis de opulencia orquestal, más impactante que refinada, en la que el maestro hindú es especialista, renunció a toda brillantez y usó pinceles finísimos para clarificar texturas y explicar pormenorizadamente cada uno de los leitmotivs. Hasta aquí, estupendo.

El otro motivo fue la extrema irregularidad de la que, aun siempre moviéndose dentro de semejantes parámetros, hizo gala su batuta. Ya dije en este blog (enlace) que no me gustó su Oro del Rin. Sólo la aparición del DVD grabado hace dos años dirá si es que Mehta concibe así el prólogo de la Tetralogía o, más bien, ensayó el título con escasa motivación para concentrarse en las tres jornadas.

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Sea como fuere, su dirección de la noche del lunes 2 de junio me pareció lenta, flácida, deslavazada y aburrida, amén de muy escasamente matizada tanto en los aspectos expresivos como en los descriptivos, lo que resulta muy grave en una ópera en la que pasan tantísimas cosas. Que se escucharan detalles que con otros directores habitualmente pasan desapercibidos sirvió de poco ante semejante desaguisado.

Muchísimo mejor las otras tres entregas, dichas con más entusiasmo y sentido teatral, si bien Mehta se volcó mucho antes en los aspectos líricos que en los épicos, y no digamos que en los dramáticos. Así las cosas, el maestro rozó el cielo en los “dúos” de amor de Walkyria, Sigfrido y Ocaso, ilustró con buen talento de narrador pero más bien escasa imaginación las andanzas de Siegmund y Sigfrido -qué poco fuelle en la escena de la forja-, acompañó con enorme corrección las narraciones de Wotan y las Nornas y se quedó corto a la hora de exponer el desgarro y el carácter visionario de los momentos más tremendos de las jornadas. ¡Cómo eché de menos la tremenda fuerza dramática, visceral e incendiaria, que su íntimo amigo Barenboim consigue precisamente en esos pasajes!

Orquesta y coro de lujo

Impresionante la orquesta. Decir, como se ha dicho, que la Orquestra de la Comunitat Valenciana toca mejor que la Filarmónica de Viena es una exageración. Pero no lo es en modo alguno afirmar que es una igual de buena o superior a las que hay en un Covent Garden o un Metropolitan de Nueva York. Tal es la calidad de la agrupación que han formado el empeño de Helga Schmidt, el oído prodigioso de Lorin Maazel y el talonario de cheques del gobierno autónomo valenciano, que en lugar de apostar por la chapuza (o sea, lo que se hecho hasta ahora en el Teatro Real de Madrid y se va a seguir haciendo en época de Mortier) ha sido consciente de que para tener un teatro de ópera de la mejor categoría hay que formar una orquesta de primera.

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Tremendo el Cor de la Generalitat Valenciana: esta formación, que no es nueva sino que tenía ya más de dos décadas a sus espaldas, ha demostrado con su tan breve como decisiva intervención en Ocaso -aquí sí que no hay la menor duda- ser superior a los coros de Viena, Londres, Milán y Nueva York. Un auténtico lujazo del que seguramente la mayoría de los valencianos no son conscientes. No hace falta decir que, desigualdades de batuta aparte, escuchar un Anillo ejecutado por semejantes fuerzas orquestales y corales es un auténtico placer para los sentidos.

Como el post está quedando demasiado largo, dejo los cantantes para una tercera y última entrada sobre el Anillo del Les Arts.

domingo 5 de julio de 2009

El anillo del Nibelungo en el Palau de Les Arts (I): la escena

Se ha escrito mucho, muchísimo, sobre la unánimemente aplaudida producción de El anillo del nibelungo que acaba de cerrar, tras ir presentándose a lo largo de tres temporadas y en coproducción con el Maggio Musicale Fiorentino, el valenciano Palau de Les Arts. Internet está llena de análisis y comentarios, por lo general más interesantes los de blogs y foros que los que corresponden a críticas “oficiales” de la prensa. Poco puedo aportar yo ahora, pero intentaré dejar algunas impresiones personales sobre el ciclo que he presenciado -no llegué a conocer antes ninguna entrega suelta- entre los día 22 y 30 de junio del presente año.

Anillo_Valencia_1
Pero antes he de insistir en una idea fundamental: la sola capacidad de ofrecer en nueva producción propia dos ciclos consecutivos de la Tetralogía, y de hacerlo con una orquesta y un coro formidables y contando con batuta, cantantes y director escénico de renombre, es una demostración de fuerza que coloca a cualquier teatro en primera fila de la lírica mundial, aunque solo tenga tres años de vida. De ahí que los reparos que se le puedan poner a los resultados, y por mi parte bien que se los voy a poner, han de entenderse partiendo de la base de que a un teatro que se propone llegar a la mayor altura hay que ponerle el listón en lo más alto.

Más espectáculo que emoción

Impactante, plásticamente muy creativa, sensata y bellísima la propuesta escénica coordinada por Carlus Padrissa. Pero no me acabó de emocionar. Como ocurre con otros trabajos de La fura dels baus -grupo teatral al que pertenece el director-, esta realización responde a un concepto, muy propio de los tiempos que corren, en el que la concatenación de imágenes y sonidos impactantes, esto es, el puro espectáculo audiovisual, se impone muy por encima de la reflexión.

Un concepto derivado de la cultura del consumo masivo y de la estética a ella asociada, que no es otra que la del videoclip y el spot televisivo, que necesitan enganchar al espectador con impulsos impactantes para que permanezca atento a lo que ocurre en pantalla y -sobre todo- no cambie de canal. Eso es lo que hoy impera en los blockbusters cinematográficos: una estética tan primaria como efectiva, y en cualquier caso fabulosamente realizada.

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Padrissa nos ofrece, así, un bombardeo de bellísimas imágenes diseñadas por ordenador por un tan inteligente como inspirado Franc Aleu; nos ofrece personas colgadas boca abajo y numerosas acrobacias fureras perfectamente integradas en la dramaturgia; nos ofrece grúas parecidas a las que usó Wagner para hacer que se desplacen por los aires dioses y valquirias; nos ofrece paneles escénicos en movimiento continuo que en un abrir y cerrar de ojos, con la ayuda de las proyecciones, nos trasladan a cualquier lugar de la acción; nos ofrece, además, un fascinante vestuario que, sin duda inspirado en las tres últimas entregas de la saga Star Wars, ha sido portentosamente materializado por Chu Uroz.

Nos ofrece esto y muchas cosas más. Pero, ¿qué hay detrás de todo ello? Pues poca cosa, a mi modo de ver, porque si quitamos toda esta maravillosa parafernalia de encima lo que nos encontramos es con una concepción escénica más bien convencional y no poco superficial.

Falta una dirección de actores en condiciones (hubo momentos de función escolar de fin de curso, como la agresión de Sigfrido a Brunilda al final del primer acto del Ocaso) que haga creíbles a los cantantes, y falta sobre todo una concepción de las diferentes situaciones dramáticas que nos explique los porqués de los diferentes personajes. Y se echa de menos, por paradójico que parezca cuando hablamos de La fura, “fisicidad” en la escena: a veces las voces parecían deambular en una versión de concierto ilustrada con espectaculares decorados multimedia.

Un Anillo para el siglo XXI

¿Quiero decir con todo esto que no me gustó la producción? No, en absoluto. Sólo digo que me entró mucho antes por la vista que por el corazón, lo que en Wagner (ya saben, el de la obra de “arte total”) significa quedarse a medio camino. Ahora bien, pese a semejante reparo conceptual creo que nos encontramos ante un Anillo importante. Más aún, ante un Anillo que va a marcar un antes y un después en los acercamientos escénicos a la Tetralogía. Por dos razones.

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La primera, la renuncia tanto al discurso político y filosófico explícito -innecesario, porque el Ring es filosofía pura- como a la reinterpretación del régisseur de turno y a la provocación gratuita: la propuesta de Padrissa, sin carecer en modo alguno de personalidad, tiene como único y exclusivo centro la dramaturgia wagneriana. Y semejante conservadurismo se convierte en los tiempos que corren en la más sensata, saludable y renovadora rebeldía.

La segunda razón, no menos importante, es la utilización masiva de la tecnología multimedia para visualizar, por primera vez desde que se estrenó el Anillo, buena parte de todo aquello que Wagner imaginó pero no pudo ver materializado. En los últimos cinco o diez años ha avanzado tanto el diseño por ordenador que ahora podemos ver muchas cosas que hasta hace nada eran impensables. Momentos como el descenso al Nibelheim o el posterior retorno al mundo de los dioses adquieren así, a través de unos zooms al estilo del Google Earth, una espectacularidad verdaderamente impactante.

Estos medios ofrecen, además, unas grandes posibilidades didácticas, pues permiten incorporar flashbacks en las largas narraciones que repasan los sucedido en entregas anteriores, otorgando así mayor unidad a las cuatro entregas. Me consta que personas que se acercaban a Wagner por primera vez en su vida no tuvieron problema alguno en seguir el hilo argumental a lo largo de las quince horas de la Tetralogía; tratándose de lo que se trata, ese logro es ya muchísimo.

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Otra cosa es que cuando el desarrollo argumental no ofrece posibilidades de lucimiento el espectador se puede sentir algo defraudado: es comprensible que la fascinación que produce El oro del Rin no se repita con tanta intensidad en las posteriores entregas, y que sea entonces cuando empiece a echarse de menos una dirección de actores verdaderamente trabajada que otorgue entidad dramática a lo que se está viendo sobre la escena.

Sea como fuere, las limitaciones de este Anillo tienen fácil arreglo. Basta con que Padrissa (que no es ningún genio: ahí está su bodrio de Flauta Mágica) se baje un poco de la parra y trabaje a fondo la dirección escénica con personas que realmente sepan de teatro-teatro. Es la única manera de que, en sucesivas reposiciones, adquiera una auténtica dimensión dramática su extraordinario, fascinante y -por las razones antedichas- histórico trabajo volcado en la vertiente plástica.

En las próximas entradas diré algo sobre la dirección musical (enlace) y el equipo de cantantes de este Anillo valenciano.

sábado 4 de julio de 2009

El Concierto Macabro de Bernard Herrmann, por fin en DVD

He tenido que aguardar dieciocho años (desde la aparición en compacto de la grabación de Joaquín Achúcarro y Charles Gerhardt para RCA) para ver Concierto Macabro, película cuyo título español, sustituyendo al original Hangover Square, hace referencia a la página escrita por Bernard Herrmann para los once minutos finales de la misma. Dirigida en 1945 con sobria corrección por John Brahm, la obra ahora acaba de conocer por fin una edición en DVD. La espera ha merecido la pena: la edición (Impulso-Twentieth Century Fox) es bastante buena y la película se disfruta bastante, gracias muy especialmente a la magistral música de Herrmann.

La cinta ha de gustar a quienes, como le ocurría al muy anglófilo compositor neoyorquino, les fascinen las historias góticas ambientadas en un Londres victoriano -de principios del XX, en este caso- donde los salones elegantes y la gente bien educada encubren un submundo más sórdido y oscuro -tanto en un plano social como en el interior de la mente humana- donde se entremezclan la pasión amorosa, el engaño, la locura y el asesinato. La línea argumental, por lo demás bastante previsible pero bien llevada, recuerda no poco a la del Doctor Jekyll, relato que tan sólo cuatro años antes conocía la célebre -aunque mediocre- adaptación de Victor Fleming protagonizada por Spencer Tracy.

En la cinta de John Brahm tenemos a un bondadoso e inocente compositor (Laird Cregar) que padece una enfermedad mental que, bloqueando su consciencia cada vez que se ve alterado por un ruido ensordecedor, hace que se desaten impulsos criminales ante quienes se interponen en su camino. Una seductora artista de vodevil (la bellísima Linda Darnell) en busca de canciones de éxito le apartará no sólo de su novia (Faye Marlowe), sino también de la composición del concierto para piano que ha de darle fama internacional. Los crímenes se sucederán sin que un psicólogo de Scotland Yard (George Sanders) al que el protagonista acude en busca de ayuda pueda apenas hacer nada por evitarlo.

Con semejantes mimbres por delante, la partitura de Herrmann exhibe ese lirismo acongojante y concentrado que es propio del autor (muy poco después llegaría su obra maestra absoluta, El fantasma y la señora Muir), pero es ante todo un catálogo de sonoridades oscuras, incisivas, virulentas y morbosas que tanto le fascinaban. No hay rastro aquí de cuerdas melifluas a lo Alfred Newman, jefe musical de la Fox, pues Herrmann hace gala de su habitual orquestación, sobria pero muy imaginativa, en la que la madera grave desempeña un papel fundamental.

Claro que donde el compositor dio lo mejor de sí fue en el Concierto macabro propiamente dicho, bellísimo y acongojante si se lo examina como partitura autónoma, y en absoluto falto de personalidad a pesar de encontrarse inspirado, por necesidades en guión, en Sergei Rachmaninov. Pero es que además este concierto es un verdadero hito de la escritura para la pantalla grande, toda vez que tiene que funcionar al mismo tiempo como música diegética (el protagonista estrena por fin su obra justo cuando está a punto de ser apresado) y como música incidental, encajando con las diferentes incidencias del guión. No me extiendo más para no reventar la película, pero sí debo dejar constancia de que pocas veces se ha llegado a un más alto grado de fusión entre música diegética e imagen, muy especialmente en el largo y escalofriante plano final. Una maravilla.

viernes 3 de julio de 2009

Zedda’s boys (& girls) en Valencia

Prolongué un día mi estancia en Valencia (aún tengo que comentar aquí el Anillo) para asistir a la velada de presentación de los alumnos -cantantes y pianistas acompañantes-, del Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo integrado en el Palau de Les Arts, organismo que dirige Alberto Zedda con la asistencia de José Miguel Pérez Sierra. La gala duró tres horas -con dos intermedios-, se celebró en el Teatre Martín i Soler, se vio perjudicado por una amplificación con problemas y contó, se notaba demasiado, con abundante presencia de familiares de los artistas.

Para quienes no teníamos ni idea de qué nos íbamos a encontrar allí, la velada tuvo el atractivo de la sorpresa, a ver qué ocurría cada vez que uno de estos jóvenes abría la boca. Hubo de todo, lógicamente, pero el nivel medio -para tratarse de estudiantes- fue alto. Todos ellos, sin excepción, cuentan con buena materia prima, unos vocal y otros “artística”, y todos ellos tienen que pulir -unos más y otros menos-determinadas cuestiones técnicas y se enfrentan a un largo camino por recorrer. En cualquier caso, se podrían destacar algunos nombres.

A mí quien más me gustó fue una chica llamada Maite Alberola, que se marcó un dúo con Germont notabilísimo por voz, por estilo y por entrega: no sé cómo resolvería esta joven soprano el primer acto de Traviata, pero por lo aquí escuchado parece que estamos ante una futura gran Violetta. En la romanza de La tempranica volvió a demostrar un arte sobrado. Procuraré estar muy atento a este nombre, porque promete lo suyo.

Me interesó bastante la soprano Susana Martínez, buen instrumento y prístina dicción al servicio de una artista con estilo. Me impactaron la voz impresionante y el volcánico temperamento de María Luisa Corbacho, que si estudia mucho se convertirá en una gran mezzo. Me gustaron las buenas dotes escénicas y la expresividad vocal de la soprano Irina Ionescu. Y me agradó la voz bien timbrada, con mucho esmalte, de Dolores Lahuerta, soprano con soltura en las agilidades y un tanto en la línea de María Bayo.

Entre los chicos el único que me llamó la mucho atención fue Hans Ever Mogollón: aunque no tenga aún los agudos de Ah! mes amis (¿para qué la canta, entonces?) hizo gala de una voz de calidad, de un amplio fiato y de una gran calidez expresiva que no necesita recurrir a trucos ni excesos para conmover. Los demás, chichos y chicas, pues con sus virtudes y sus limitaciones, lo mismo que los pianistas. Yo me limito a decir quiénes me han gustado más, que será el tiempo quien les vaya poniendo en su sitio.

Enhorabuena a todos, y a seguir adelante. Los aficionados les esperamos ilusionados con la confianza, eso sí, de que ninguno de ellos caiga en la trampa de creerse las cosas cuando sus amigos les dicen que valen mucho: si lo hacen, estarán acabados. Mucho ojo, que el camino está lleno de trampas.

PS. Acaban de concederle a Maite Alberola el premio al "mejor cantante revelación" del Teatro Campoamor. Enhora buena a ella, a todos los galardonados y especialmente al "mejor cantante de zarzuela", que no es otro que mi paisano Ismael Jordi.

miércoles 1 de julio de 2009

Homenaje a Karajan: blando Ozawa, insoportable Mutter

BEETHOVEN: Concierto para violín. TCHAIKOVSKY: Sexta sinfonía, “patética”.
Anne-Sohie Mutter, violín. Orquesta Filarmónica de Berlín. Dir: Seiji Ozawa.
Medici Arts, 207218
DVD - 113'
DDD
Ferysa
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El 28 de enero de 2008 se celebró en Viena un concierto conmemorativo de los cien años del nacimiento de Herbert von Karajan. En él participaron dos figuras muy vinculas al maestro en sus últimos años: Anne-Sophie Mutter y Seiji Ozawa. Junto a ellos, una soberbia Filarmónica de Berlín que ni en la Sala Dorada del Musikverein pierde su peculiar sonoridad. Medici Arts lo edita ahora con calidad audiovisual superlativa. Por desgracia, los resultados interpretativos dejaron que desear.

Se veía venir en el caso de la Mutter, pues su última grabación del concierto de Tchaikovsky y algunos de sus Mozarts recientes nos presentaban a una violinista que, consciente de poseer unas facultades técnicas sobrehumanas, camina hacia la pretenciosidad más narcisista.

Dirigida por un Ozawa blando, lánguido y ajeno por completo a los conflictos dramáticos de la pieza, Mutter nos ofrece un catálogo de amaneramientos que hacen la audición insoportable, especialmente a partir de la cadenza (Kreisler) del primer movimiento, si bien uno puede echar unas risas en las últimos compases del segundo (“toca como una gallina”, decía Celibidache) y despertarse un poco en el Allegro final, lo menos deplorable de la interpretación.

Ni que decir tiene que su registro con el propio Karajan es muy superior a éste, y mejor aún la toma radiofónica con Solti que circula por Internet. De propina, una pretendidamente esencial interpretación de la sarabande de la Partita nº 2 de Bach.

La Sinfonía Patética está bastante más lograda, pero no se salva de irregularidades. El modelo es aquí el propio Karajan: belleza sonora, elegancia, refinamiento y arquitectura se ponen por encima de los aspectos expresivos. Lo que ocurre es que lo que en el salzburgués era superficie “con contenido”, en el maestro oriental se queda en mero envoltorio. Al menos en un primer movimiento muy característico de Ozawa, es decir, elegantísimo y de elevada sensibilidad tímbrica pero en exceso blando; la comparación con lo que en la misma sala hizo Karajan lustros atrás al frente de la Filarmónica de Viena (DVD Sony) salta a la vista.

El Allegro con grazia posee admirable cantabilidad pero no permite entrever el drama. El tercer movimiento está muy bien trazado y, venturosamente, apuesta por la musicalidad mucho antes que por el mero estruendo sonoro, si bien se echan de menos un poco más de garra y carácter visionario.

El nivel sube (de ahí las tres estrellas de la calificación global) en un magnífico movimiento conclusivo que se beneficia de la sonoridad robusta, oscura y empastadísima de la orquesta berlinesa y de un Ozawa, aquí sí, de una sinceridad emocional a la altura de las circunstancias.
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Artículo publicado en el número de julio-agosto de 2009 de la revista Ritmo.

martes 30 de junio de 2009

Discografía de las sinfonías de Brahms (X): Levine, vulgaridad y mal gusto

La curiosidad me han llevado a localizar (mejor dicho, a descargar en el siguiente enlace, porque los compactos se venden sólo en Japón) la primera de las dos integrales brahmsianas que grabó James Levine. El registro se realizó entre 1975 -Primera sinfonía- y 1976 -resto-, y contó con la baza de una Sinfónica de Chicago de admirable brillantez. Con semejante orquesta, pensé yo, y perteneciendo a la buena época del director norteamericano, los resultados no podían ser malos. Me equivoqué.

Este es un muy mediocre ciclo Brahms. Su única virtud, la que siempre ha tenido Levine y que tan bien le ha venido en su faceta de director de ópera: un elevado sentido teatral. Y ahí queda la cosa, porque por lo demás nos encontramos ante versiones con mucho músculo, muy vistosas, pero altamente insinceras en los aspectos dramáticos y por completo superficiales -cuando no asépticas- en los más líricos, trufadas además por numerosos detalles de mal gusto que son marca de la casa. La orquesta está fabulosa, pero no suena a Brahms.


Tras una introducción plana y contundente, Levine nos ofrece una Primera Sinfonía cuadriculada, carente por completo de flexibilidad en el fraseo, poco atenta a la variedad en la gama dinámica y muy parca en matices expresivos. Pura rutina, pero la Segunda es peor. La manera de hacer que los violonchelos toquen en stacatto el tema “de la canción de cuna” resulta de mal gusto. En el Adagio non troppo no sólo el fraseo de los chelos es prosaico, sino que la sección de instrumentos suena mal. Su clímax, como en general ocurre en todas estas versiones, se basa en el puro decibelio. Metal y percusión están tratados por la batuta con exceso de énfasis y mal gusto.

La menos mediocre de estas cuatro lecturas es la de la Tercera Sinfonía, de nuevo carente de sensualidad, calidez y poesía, especialmente en un tercer movimiento sin rastro de lirismo, pero al menos dicha con bastantes ganas. El Allegro con brio es enérgico y tiene mucha garra, aunque a ratos falta claridad y su conclusión está desaprovechada. El segundo movimiento posee un adecuado regusto amargo, y en el cuarto se revela algún detalle interesante en la orquestación. Lástima que el final esté dicho completamente de pasada.

La Cuarta es el colmo de la brutalidad, superficialidad y el efectismo. La increíble brillantez de la orquesta y la innegable energía de la batuta permiten levantar un poco el nivel, mas la comparación con la interesante lectura que realizó bajo la batuta de Frizt Reiner en 1962 (Chesky), y no digamos que con la genial de Giulini de 1969 (enlace), deja a Levine en el lugar que le corresponde: el de la vulgaridad y el mal gusto. Comprenderá el lector que después de semejante experiencia no me queden ganas de escuchar la integral que el norteamericano grabó ya en los noventa con la Filarmónica de Viena para Deutsche Grammophon. Hasta ahí podíamos llegar.

lunes 29 de junio de 2009

Mehta dirige Haydn, Mozart y Schubert en Valencia

Entre entrega y entrega del segundo ciclo del Anillo –evento que espero comentar cuando se acabe-, tuvo la oportunidad Zubin Mehta de ofrecer un a concierto sinfónico en el auditorio del Palau de Les Arts, un espectacular espacio sobre la sala de representaciones operísticas que también cuenta con diseño de Calatrava.

Al final la cosa no fue para tirar cohetes en lo interpretativo, pero sirvió para confirmar el extraordinario nivel de la orquesta formada por Lorin Maazel para el teatro valenciano. Hacer Wagner es todo un reto, pero donde de verdad se calibran virtudes y limitaciones de una agrupación sinfónica es en el Clasicismo, y muy particularmente en Mozart, compositor que suele dejar "con el culo al aire" a orquesta, directores y -por descontado- cantantes.

La Orquesta de la Comunidad Valenciana superó la prueba con nota alta en esta velada del 26 de junio gracias a su sonido tan empastado como flexible y a la musicalidad de sus solistas. Maderas y cuerda grave me parecieron particularmente admirables. Que en algún momento hubiera algún desajuste no empaña el magnífico nivel de esta formación cuajada de intérpretes de primera. Helga Schmidt debería programar muchos más conciertos sinfónicos en las próximas temporadas. Eso sí, escogiendo bien obras e intérpretes, pues tener nombres de categoría no implica necesariamente calidad.

Mehta
Fue el caso del Concierto para piano nº 27 de Mozart, poco interesante por el planteamiento plano, distanciado y meramente "ornamental" de su aproximación. Todo sonó muy bien pero sin la menor fuerza dramática y sin apenas elevación poética. El joven pianista chino Jue Wang, nítido en la pulsación y agilísimo en el fraseo, anduvo siempre por su cuenta -qué manera tan digamos "peculiar" de medir el compás- y se quedó igualmente la superficie de la hermosísima partitura. Un muermo.

Sin embargo la Sinfonía nº 22 de Haydn, "el filósofo" -que abría la velada- estuvo muy bien planteada y expuesta por un director algo soso pero atento a todos los planos sonoros y al desarrollo horizontal del discurso. Fue una muy buena interpretación en la que, tratándose de Mehta, sorprendieron la moderación del vibrato en las cuerdas y la utilización de un clave para el bajo continuo.

Si irregular fue la primera parte de la velada no lo fue menos La Grande de Schubert que ocupó la segunda. Del maestro hindú conozco dos interpretaciones de la obra, una con la Filarmónica de Viena en Salzburgo de 1985, espléndida aunque menos satisfactoria en los dos movimientos iniciales que en los conclusivos, y otra con la Staatskapelle de Dresde de hace nada (toma radiofónica de 2008), muy basta y superficial. Esta de Valencia estuvo a medio camino entre ambas.

Fue muy correcto el primer movimiento, por cierto llevado siempre al mismo tempo (en las grabaciones referidas ofrece la introducción lenta, al modo tradicional). Flojo el Andante con moto, rígido y superficial, sin poesía en su desarrollo y sin garra dramática en un clímax que buscó impactar a través de la corpulencia y el decibelio. Notable el Scherzo, que incluso ofreció detalles creativos en el trío. Y esplendido el Allegro vivace conclusivo, dicho con entusiasmo y magníficamente desmenuzado por la batuta a pesar de esa rotundidad sonora que tanto le gusta.

En resumidas cuentas, una espléndida orquesta al servicio de un Mehta tan desigual como en su sobrevalorado Anillo. Esperemos que en el futuro (qué demacrado aparecía el maestro) haya muchas más posibilidades de apreciar la faceta más positiva del veterano director.

jueves 25 de junio de 2009

¿Era Wagner un cabrón? Apuntes para su biografía

Esta breve introducción biográfica la escribí para acompañar el libreto de las representaciones de Tristán e Isolda que se ofrecieron en el sevillano Teatro de la Maestranza en mayo de 2009.
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Ningún compositor ha sido nunca tan negativamente valorado en lo que a su vida privada se refiere como Richard Wagner (Leipzig, 1813 – Venecia, 1883). No debería extrañarnos: un artista tan egocéntrico, tan megalómano, tan narcisista y -sobre todo- tan rematadamente genial tiene por fuerza que levantar pasiones. No sólo en contra, claro, pues no son pocos los admiradores que, dejándose arrastrar por la turbadora belleza de su creación, han querido justificar los aspectos más sombríos de su accidentada peripecia vital. Estos son los que en cualquier caso más han llamado la atención, y aquí los vamos a aprovechar para acercarnos a la biografía del artista.

El primer gran reproche que se le ha realizado es su poca sensatez a la hora de administrar las fortunas propias y ajenas. Al principio Wagner, que procedía de una modesta familia sajona de clase media, no fue precisamente un hombre adinerado. Tras unos años juveniles de aprendizaje y tanteo en los que pasó de ser un aspirante a dramaturgo a convertirse en un compositor de formación en buena medida autodidacta -aunque recibió clases del Cantor de Santo Tomás Theodor Weingig-, vivió un período de auténtica penuria económica como director del coro del teatro de Wuzburgo, primero, del de Magdeburgo después, y finalmente de los de Köningsberg y Riga. Del calamitoso estreno en 1836 de La prohibición de amar apenas pudo obtener beneficio. Y hasta tal punto crecieron sus deudas que en 1839 decidió huir a Francia para no tener que hacer frente a sus acreedores. Su primera esposa, la actriz Minna Planer, le siguió en una tempestuosa travesía por el Báltico que le servirá de inspiración para la imaginería de El Holandés Errante.

En la capital francesa las cosas no fueron mejor. Las esperanzas de estrenar allí la ópera que se traía entre manos, Rienzi, se vieron pronto frustradas, y aunque respirar la atmósfera artística parisina sería saludable para su formación intelectual, Wagner y su esposa llegaron a pasar hambre durante estos tres años.

El problema es que una vez consagrado como creador gracias al triunfal estreno de Rienzi en Dresde en 1842, que fue seguido de la presentación de su mucho más personal Holandés Errante en 1843 y de Tannhäuser dos años después, los problemas económicos seguirían persistiendo. Y no sólo porque Wagner no estaba dispuesto renunciar a las mejores condiciones artísticas para las producciones de sus obras, sino también porque el compositor iba pronto a acomodarse a un estilo de vida burgués que sólo se vería consolidado cuando, mucho tiempo después, el joven rey Luis II de Baviera se aprestase a hacerse cargo de sus innumerables deudas.

En el plano político Richard Wagner ha recibido también numerosos ataques. Es precisamente este periodo de Dresde el que más se ha prestado a controversia. El compositor había sido nombrado segundo maestro de capilla vitalicio de la Corte Real de Sajonia, pero no dudó en arriesgar no su posición participando activamente en las algaradas que pusieron en jaque a diversas monarquías absolutas europeas entre 1848 y 1849. Se sabe que Wagner -cumplía treinta y seis años por entonces- no sólo repartió propaganda revolucionaria, sino que llegó a preparar y distribuir bombas de mano. Fue además amigo -y vecino- del mismísimo Mihail Bakunin, con quien pudo intercambiar numerosas experiencias filosóficas, estéticas y políticas.

Mientras el celebérrimo ideólogo anarquista iba a parar a un campo de concentración en Siberia, una orden de búsqueda y captura por parte de la policía sajona mantuvo a nuestro artista doce años en el exilio. Y sin embargo el autor de Lohengrin, obra que es estrenada en Weimar por su gran amigo Franz Liszt ante la forzada ausencia del compositor, no tendrá reparos más adelante en mostrarse como decidido partidario del absolutismo y en arrimarse a la sombra del citado Luis II.

¿Pura conveniencia? ¿Paulatina sustitución de los “impulsos juveniles” por el “pragmatismo de la madurez”? Quizá no deberíamos olvidar que nuestra actual división mental entre progresismo y conservadurismo no se corresponde con la del siglo XIX, y menos aún con la de una Alemania que aún aspiraba a la unificación y en la que los movimientos revolucionarios estaban mucho más marcados por las aspiraciones nacionalistas que por las reivindicaciones democráticas.

De Zúrich a Venecia, pasando por Bayreuth

Graves son las acusaciones de antisemitismo que ha recibido el compositor. Y resulta difícil rebatirlas puesto que su actitud queda bien patente en El judaísmo en la música (1850), uno de los diversos ensayos que va a tener la oportunidad de escribir durante su exilio en Zúrich. Incluso un músico tan entregado a la creación wagneriana como el argentino-judeo-español-palestino Daniel Barenboim ha llegado a afirmar que su carácter antisemita superaba con mucho a lo que era habitual en la época, y no tiene problemas en manifestar tanta admiración por el Wagner-compositor como desprecio por el Wagner-individuo.

Claro que el mismo Barenboim tampoco dura a la hora de recordarnos que “en el siglo XIX, en Alemania el antisemitismo era casi una necesidad para los que eran nacionalistas cómo Wagner”. Además, diferentes investigadores han subrayado como el artista nunca rechazó la colaboración con destacadas personalidades del mundo hebreo, y que de hecho será un director judío, Hermann Levi, quien tendrá la oportunidad de estrenar su última obra.

Los asuntos de faldas dejaron también huella en su biografía. Lo cierto es que fue él el primer traicionado: Minna llegó a fugarse con otro hombre tan sólo unos meses después de la boda. Al final la pareja se reconcilió y, como apuntamos más arriba, ambos vivieron juntos la huída de Riga a París, pero la convivencia no iba a ser muy feliz desde entonces.

De hecho, lo que se le ha censurado a Wagner en el célebre affaire con Mathilde Wesendonck que marcó la etapa de exilio en Suiza no es que mantuviera relaciones extramatrimoniales (en 1850 había ya tenido una breve aventura con la joven Jessie Laussot), sino que lo hiciera con la bella esposa de quien tanta confianza había puesto en su persona: el rico comerciante Otto Wesendonck, que no sólo le había ofrecido su amistad y una vivienda (“El Asilo”), sino que además le había prestado un gran apoyo económico para solucionar sus elevadas deudas.

Si el apasionadísimo romance llegó a consumarse en lo físico nunca lo sabremos, pero lo cierto es que éste nos legó los Wesendonck lieder (1857-58) y empujó a Wagner a aparcar temporalmente la composición de su gigantesca tetralogía del Anillo del Nibelungo para consagrarse a Tristán e Isolda. La intervención de una encolerizada Minna obligará al compositor a terminar su nueva partitura alojado en Venecia en la más absoluta soledad y torturado por enfermedades diversas. Completaba la obra el seis de agosto de 1859.

Tras una breve estancia parisina donde conoce un fracaso histórico con la versión revisada de Tannhäuser, Wagner logra ser amnistiado por la policía alemana y se ve así libre para recorrer libremente Europa. Y en su periplo por todo el continente, desde Francia hasta Rusia, Wagner va a seguir mostrando una particular debilidad por el sexo femenino: rotas por completo las relaciones con Minna, Friederike Meyer en Francfort y Mathilde Maier en Maguncia van a ser sus aspiraciones para rellenar un hueco que al final ocupará la esposa de su más querido discípulo, el director de orquesta Hans von Bülow.

Ya buena amiga suya desde los tiempos de la Wesendonck (comparte con aquélla una gran diferencia de edad con su marido), la joven Cosima Liszt -hija natural del genial compositor y pianista- no va a dudar ni un momento a la hora de entregarse a Wagner: en solo cuatro años (1865-69) le da tres hijos, mientras von Bülow -que está al tanto de la situación- estrena finalmente su Tristán y una más reciente creación, Los Maestros Cantores de Núremberg. Sólo en 1870 Richard y Cosima formalizarán la relación uniéndose en matrimonio.

Aún queda una figura importante en su vida: la del citado rey Luis II. Que el monarca bávaro estaba platónicamente enamorado de Wagner -ya antes de conocerle en persona adoraba su música- es algo comúnmente aceptado por los historiadores. Que el compositor accediera a alimentar su pasión parece más improbable, aunque no faltan quienes sostienen que el autor de Lohengrin era un homosexual reprimido. Lo que sí es cierto es que nuestro artista se benefició de las circunstancias: en cuanto el joven Luis accede al trono en 1864 -tenía tan solo dieciocho años-, se ofrece inmediatamente a saldar las enormes deudas de Wagner, a ofrecerle un sueldo anual y a planificar el estreno de todas sus futuras obras.

El lujo del que Wagner empieza a vivir rodeado, las intrigas políticas en las que él mismo pretende participar y la por entonces escandalosa relación con Cosima -aún no divorciada de von Bülow- le hacen caer pronto en desgracia ante la corte, hasta el punto de que unos meses más tarde Luis II se ve obligado a hacerle abandonar Baviera e instalarse, junto a su pareja, en una villa en Lucerna. Allí compondrá, para celebrar el nacimiento de su cuarto hijo, el Idilio de Sigfrido.

En cualquier caso las ayudas del monarca continuaron, y su intervención de última hora va a ser decisiva para completar las aportaciones de numerosos patrocinadores privados en la inauguración, en 1876, del Festival de Bayreuth, donde Wagner culmina el sueño imposible de cualquier compositor: un teatro consagrado en exclusiva a su obra. Allí precisamente podrá ofrecer en su integridad y con gran lujo artístico el Anillo, con Luis II y el káiser del recientemente creado Imperio Alemán entre los asistentes, además de Bruckner, Tchaikovsky, Saint-Saëns, Liszt y los Wesendonck. Y allí estrenará en 1882 su última y más depurada creación, Parsifal, compuesta con especial parsimonia por un artista que ha de que lidiar con las enormes deudas que arrastraba su festival y con una serie de fatigosas enfermedades que terminarían llevándole a la tumba, aunque aún tiene tiempo para un encendido romance epistolar -incluyendo algún encuentro personal de naturaleza sospechosa- con la escritora francesa Judith Gautier.

¿Fue Wagner una persona poco recomendable? No es el momento de realizar valoraciones morales. Lo que sí podemos es corroborar que, con todas sus grandezas y miserias, seguirá generando innumerables controversias la vida de quien debemos calificar, desde la perspectiva que nos otorga nuestro siglo XXI, como uno de los más geniales artistas que ha conocido la Historia de la Cultura Occidental. Richard Wagner falleció en Venecia, a donde había retornado buscando la luz del Mediterráneo, el 13 de febrero de 1883. Sus restos descansan hoy en el jardín de Wahnfried, su villa de Bayreuth.

martes 23 de junio de 2009

El Oro del Rin: Karajan frente a Mehta

Vengo de Valencia decepcionado por el Oro del Rin (espero ver el ciclo del Anillo valenciano completo) que ofreció anoche Zubin Mehta en el Palau de Les Arts. El maestro hindú, haciendo uso de unos tempi más bien lentos y un pincel muy fino, intentó analizar y explicar pormenorizadamente cada uno de los recovecos de la genial partitura renunciando a la opulencia sonora, a los grandes contrastes dinámicos y a la más superficial brillantez orquestal. Si quisiésemos usar el manido y equívoco término, diríamos que Mehta procuró ofrecer un Wagner “camerístico”.

No le salió. El resultado fue, a mi modo de ver las cosas, una lectura flácida, deslavazada y aburrida de la obra wagneriana, carente por completo de tensión interna e indiferente a las diferentes situaciones dramáticas del libreto. No hubo en su trabajo de batuta la menor intención expresiva. La orquesta sonó maravillosamente, eso sí, y se escucharon muchos detalles que normalmente pasan desapercibidos, pero a costa de desnaturalizar la obra. Y es que para que estos “experimentos” salgan bien hay que tener un talento inmenso y ponerle muchísimas ganas… o llamarse Herbert von Karajan.

Karajan_Oro_Rin
Por eso mismo he querido traer hoy este DVD, cuya pista de audio recoge el Oro del Festival de Pascua de Salzburgo dirigido por el inolvidable maestro en 1973 junto a su Filarmónica de Berlín. Aunque los tempi son muy normales (noventa minutos, casi un cuarto de hora menos que Mehta), él sí consiguió llevar a la práctica lo que se ha intentado hacer en Valencia.

¿Karajan renunciando al decibelio y al narcisismo sonoro? Pues sí. Hay mucho de “camerístico” en este trabajo de disección orquestal admirable por sus texturas nítidas, riquísimo colorido y gama dinámica increíblemente matizada, que sólo en el final llega a esa acumulación de efes que tantísimo le gustaba al salzburgués. Pero rastro de amaneramiento, ni uno. Y la progresión dramática, la atención a retratar a los personajes y la adecuación entre el tratamiento de lo musical y las diferentes situaciones que se viven en escena son, al contrario que con Mehta, admirables. Se pueden preferir enfoques mucho más viscerales, como el de Barenboim recién comentado en este blog (enlace), pero lo de Karajan es impresionante.

El elenco está francamente bien. Thomas Stewart se queda algo corto en lo vocal pero es un Wotan capaz, Peter Schreier hace un magnífico Loge, Gerhard Stolze es un irreprochable Mime y la Fassbaender -aunque más lírica de la cuenta- luce una hermosísima línea como Fricka. El borrón es el Alberich de Zoltán Kelemen. Dioses, gigantes y ondinas están muy bien. La escena, del propio Karajan, no se filmó hasta 1978, siento este Oro lo único que se conserva en imágenes de su Ring salzburgués. Absolutamente fiel al libreto y a las convenciones de la tradición, sobre la escena debió de resultar muy convincente, pero visto desde la televisión y con una mentalidad de siglo XXI, este teatro de cartón piedra puede mover a la risa.

De todas formas, la recomendación está clara. Karajan dirige de maravilla el Oro (ojo: del resto de la Tetralogía, que sólo conozco parcialmente, no hablo), así que hay que escuchar cómo lo hace. Y mejor hacerlo con imágenes y subtítulos que en la edición solo audio, aunque ésta tenga a un discutido Fischer-Dieskau como Wotan. Y en cuanto Mehta, ya daré cuenta de él cuando termine este Anillo del Turia.

lunes 22 de junio de 2009

Sobre el próximo West-Eastern Divan 2009

Hoy lunes 22 se ponen a la venta las entradas para los dos espectáculos que ofrecerán Daniel Barenboim y su West-Eastern Divan Orchestra en el Teatro de la Maestranza. Dos, y no uno: las actuaciones en la comunidad autónoma que alberga y patrocina esta institución cultural (o sea, la que pone los billetes) hasta ahora se repartían entre dos ciudades distintas de su territorio.

El domingo 2 de agosto de 2009 se ofrecerá un programa sinfónico de enorme interés. De Les Préludes de Franz Liszt tiene Barenboim dos grabaciones, una en audio y otra en vídeo, y las dos son absolutamente sensacionales. En cuando al Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda, no ha falta insistir en que el de Buenos Aires está ya, por fin, reconocido como el más grande intérprete de la genial partitura wagneriana desde tiempos de Furtwängler.

De la Sinfonía Fantástica, que por cierto Barenboim retoma este mes de junio con la Orquesta de La Scala tras años de ausencia en su repertorio, tiene tres grabaciones. La primera y la tercera, con las orquestas de París y Chicago respectivamente, ofrecen momentos muy arrebatados pero distan de ser interpretaciones redondas. La que realizó al frente de la Filarmónica de Berlín, por el contrario, es sencillamente fabulosa.

Barenboim_WEDO
El lunes 3 de agoto, como señalé en primicia en este blog (enlace), Fidelio en versión de concierto. Con un repartazo integrado por Simon O’Neill (grata sorpresa en el primer acto de Walkyria el pasado año), John Tomlinson, Peter Mattei y la mismísma Waltraud Meier, ya mayorcita pero Leonora descomunal (enlace). Barenboim, como ya demostró en su grabación discográfica con Domingo y la propia Meier, dirige la partitura con una densidad dramática insuperable. El Orfeón Donostiarra pone la guinda al pastel.

¿Bolos veraniegos con una orquesta de niños? A los indocumentados que siguen afirmando tal cosa habría que recordarles que esa orquesta contaba el año pasado con varios primeros atriles de la Filarmónica de Berlín y de la Radio Bávara, y que este mismo año los espectáculos que se verán en el Maestranza pasarán luego, con las entradas a precio de escándalo y casi agotadas a día de hoy, al Festival de Salzburgo, pasando seguidamente a Bayreuth y a los Proms, por señalar las citas más relevantes.

Ah, una cosita más. Dicen algunos listillos que Barenboim y la WEDO vienen a España “a hacer caja”. Habría que recordarles lo que Barenboim dijo -creo que con excesiva timidez- en rueda de prensa hace años: ni uno solo de los músicos que participan en el West-Eastern Divan recibe compensación económica alguna. La sustancial cifra que pone la Junta de Andalucía, más el dinero que luego pagan en Madrid o San Sebastián por la realización de los conciertos, se destina a sufragar los gastos, necesariamente elevados, que suponen la estancia de los artistas en nuestra tierra y sus posteriores desplazamientos, y en general a financiar todo el funcionamiento de la Fundación Barenboim-Said. Que conste.

sábado 20 de junio de 2009

El Anillo de Kupfer y Barenboim, veinte años después

Este mes de junio se cumplen veinte años, ahí es nada, del estreno de la producción del Anillo wagneriano a cargo de Harry Kupfer y Daniel Barenboim -primer acercamiento de ambos a la Tetralogía- en el Festival de Bayreuth. La polémica estuvo servida en su momento. Hoy, con todo lo que ha llovido, las cosas se pueden analizar desde otro punto de vista.

Anillo_Barenboim_Kupfer

Hagamos un breve repaso sobre la grabación que conservamos en DVD, realizada -como es norma en la Colina Verde- en sesiones especiales sin público una vez ya rodada la producción: a 1991 pertenecen Das Rheingold y Götterdämmerung y al año siguiente corresponden Die Walküre y Siegfried. Se trató, por cierto, de la primera filmación operística realizada en alta definición y con auténtico sonido “surround” (es decir, con micrófonos en la sala para los canales traseros): su superioridad a otros registros de la época se deja notar.

La escena

Afirmaba Kupfer que quería conseguir un Anillo intemporal. Pues no es precisamente la mejor manera haciendo referencia, justo ante de que suenen las primeras notas, al accidente nuclear de Chernóbil (que había tenido lugar en 1986) de manera más o menos velada. Tampoco lo es presentarnos, mientras suena la sublime música del epílogo, a un grupo de televidentes contemplando con total indiferencia el fin del mundo en sus aparatos, por mucho que Barenboim afirme que el regista se adelantó a su tiempo con el 11-S. La presencia de los dos niños cogidos de la manita mientras suena el motivo de la redención y Alberich contempla la bajada del telón, moralina pura, sigue molestando muchísimo.

Visualmente es una producción fea, lo que no implica necesariamente que sea inadecuada. Por ejemplo, a los dos primeros actos de Sigfrido les viene muy bien esta estética de lo degradado. El final de esa misma ópera, sin embargo, o el del Oro del Rin, necesitan una vertiente visual mucho más poética y evocadora. Por otra parte, la utilización del láser ofrece buenísimos resultados para representar la superficie del rio.

Oro_Barenboim_Kupfer

El vestuario, lejos de resultar intemporal, queda muy anclado en ciertas estéticas centroeuropeas de los ochenta. Además es feo de narices. Las walkyrias van horrorosas. ¿Preferible esto a la estética naif de la producción de Otto Schenk para el Met, que por cierto se filmó por estas mismas fechas? No estoy del todo seguro.

De lo que sí estoy seguro es que que, pese a los reparos apuntados, la producción convence plenamente gracias a su excepcional dirección de actores. Kupfer, por lo general muy atento a la aparición de los diferentes leitmotivs, mueve a los personajes con enorme sentido dramático y proverbial lucidez (¡ese sombrío Hagen controlándolo todo desde su atalaya), y además trabaja minuciosamente la gestualidad de cada uno de los cantantes para que éstos den lo mejor de sí.

Hay cierta exageración en el primer acto de La Walkyria, con una tensión entre Siegmund y Hunding en exceso forzada, pero otros momentos son de infarto, como ocurre con todo el final de la referida ópera, que gracias a una Evans y -sobre todo- a un Tomlinson excepcionales en su faceta de actores, alcanza una altísima temperatura emocional.

Por lo demás, el tan criticado funambulismo que exige a la protagonistas del drama no parece fuera de lugar: será incómodo para el canto, pero se evita a cambio ese estatismo que tanto puede molestar a los ojos de un espectador de finales del siglo XX, acostumbrados a una acción escénica muy alejada de las convenciones decimonónicas.

Los cantantes

Presuntamente el equipo es de una aceptable medianía “para lo tiempos que corren”. Para mí, y reconociendo que no estas son las voces del Nuevo Bayreuth, es un elenco bastante notable. El punto negro es Tomlinson, un bajo que tuvo aquí cantar de bajo-barítono. El propio cantante reconoce en la entrevista que acompaña estos DVD que lo suyo son los Fafner, Hunding y Hagen, y que se incorporó el personaje por deseo expreso de Barenboim. ¿Resultado? Un Wotan tosco y artificial en el canto, muy incómodo en el prólogo y en la primera jornada, bastante menos -lógicamente- como Viandante, pero en cualquier caso voluntarioso en lo expresivo, amén -lo dije más arriba- de estupendo actor.

De Anne Evans se suele hablar mal, pero a mí me gusta. Y mucho. Desde luego no tiene la voz de Brunilda, pero esta señora matiza el personaje en todos sus recovecos, atendiendo por igual a la ternura con Wotan, a su perplejidad transforma en pasión con Sigfrido, a su terrible cólera de mujer despechada en el Ocaso y a su redentora entrega final. Quienes encuentren estrictamente necesarios agudos vibrantes, graves sólidos y todo un generoso despliegue de medios vocales, que busquen en otra parte.

Walkyria_Barenboim_Kupfer

Al resto del elenco, salvando el discreto Gunther de Bodo Brinkmann, es difícil ponerle grandes reparos. Jerusalem estaba en su mejor momento y ofrece un Sigfrido de gran nivel. Graham Clark, auténtico histrión, hace un Loge demasiado agrio en lo vocal -lo que por otra parte encaja con la ácida visión que del personaje ofrece Kupfer- para luego triunfar (en Sigfrido) con un Mime sensacional. Gran Alberich de Günter von Kannen. La Erda de Birgitta Svendén es estupenda. Poul Elming y Nadine Secunde son una muy correcta pareja de Welsungos. Mathias Hölle compone un muy temible Hunding. Philip Kang cumple como Fafner para luego hacer un sólido Hagen (lástima no haber tenido a Salminen). Y Waltraud Meier, finalmente, está fabulosa recreado a Waltraute en el Ocaso.

Barenboim

Fue el de Barenboim -retransmisión radiofónica de 1992 de esta misma producción- mi primer Anillo completo. Me gustó muchísimo entonces, claro está. Ahora menos, porque le encuentro el mismo defecto que a su primer Tristán: la concentración en determinados puntos clave, que alcanzan una fuerza dramática verdaderamente extraordinaria, le lleva a olvidarse del arco global de las tensiones y a desatender otros pasajes no menos importantes (por ejemplo la introducción a la marcha fúnebre, que por las mismas fechas él mismo hacía mucho mejor en disco y en concierto).

Por el contrario, hay pasajes tan incandescentes que en ellos tiende a precipitarse, sin paladear del todo la partitura, e incluso por momentos puede resultar en exceso contundente. Como además Barenboim, ni que decir tiene, se mueve más a gusto en los momentos oscuros, trágicos y desgarrados que en los líricos, y además tiende a plantear la relación entre Sigfrido y Brunilda desde una óptica mucho más carnal que metafísica, la desigualdad está servida.

baren
Ahora bien, son muchas más las virtudes que las insuficiencias de su labor. El lenguaje wagneriano es inequívoco. El olfato para el color, especialmente para las sonoridades oscuras (¡tremebunda la escena de Fafner!), es portentoso. La renuncia al espectáculo epidérmico enfatizando metales y percusión (tipo Levine en el Met) se agradece muchísimo. La sinceridad, incluso visceralidad de su dirección, ofrece muchos momentos arrebatadores. Y el sentido trágico, terrible y nihilista del drama está perfectamente captado por un director que ha sabido cultivar como nadie -no me refiero al Anillo sino a la música en general- la herencia filosófica de Wilhelm Furtwängler

¿Haría hoy mejor Barenboim la Tetralogía? Sin duda. La comparación entre este relativamente flojo primer acto de Walkyria y el que ofreció en versión concierto en Sevilla el pasado verano, igualmente lírico pero mucho más emocionante, no deja lugar a dudas. Esperemos que su próximo acercamiento en Berlín y en La Scala, con Pape haciendo de Wotan, se lleve al DVD. En cualquier caso me permito recomendarle a todo buen aficionado que se deje de prejuicios y no se pierda este Anillo que, con dos décadas a sus espaldas, tiene todavía mucho que ofrecer.

viernes 19 de junio de 2009

Romeo Villazón, Julieta Arteta

Gounod: Romeo y Julieta.
Ainhoa Arteta, Rolando Villazón, Carlos Marín, Stephano Palatchi, José Ruiz, Alfonso Echeverría, Alexandra Rivas, Soraya Chaves.
Coro de la Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias. Reynald Giovaninetti, director.
RTVE Música CD 651593
DDD
***Romeo_Julieta_Villazon_Arteta

He aquí un muy estimable live operístico Made in Spain, tomado en Oviedo el pasado enero. Paradójicamente, quien menos bien está es su razón de ser: la presencia de la muy comercial Ainhoa Arteta. Con un instrumento que ha ganado cuerpo y calidez al tiempo que perdido esmalte y homogeneidad, se muestra técnicamente insegura y tan escasamente creativa como suele, si bien ofrece momentos mucho más que dignos, curiosamente los más dramáticos.

El joven mexicano Rolando Villazón puede y debe mejorar su técnica, pero canta con tal arrojo y efusividad -nada que ver con el tópico de lo francés- que no ha de extrañar que Barenboim le haya escogido para ser el Alfredo de su primera Traviata. La decisiva intervención de magníficos secundarios como Alexandra Rivas, Carlos Marín y, sobre todo, Stephano Palatchi, redondea a la alza el nivel canoro.

Quien termina galvanizando el resultado es el veterano Reynald Giovaninetti. Al frente de una buena orquesta y un coro menos que discreto, se queda algo corto de brillantez en los conjuntos -flojo el primer acto-, pero sabe ser dramático sin resultar cargante y obtiene momentos de arrebatador lirismo en los números más inspirados de esta deslavazada partitura.
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Artículo publicado en el número de diciembre de 2002 de la revista Ritmo.

PS. Este Romeo, grabado con deplorable toma de sonido por los ingenieros de RTVE Música en el Teatro Campoamor de Oviedo los días 15, 17 y 19 de enero de 2002, fue el primer registro comercial de Rolando Villazón. Conocía entonces su estreno la mediocre producción del título de Gounod realizada por el Villamarta, que hasta doce meses después no llegaría al teatro de Jerez (enlace).

Por aquél entonces Villazón no era famoso. El equipo jerezano participante en las funciones ovetenses venía hablando maravillas de él, pero su participación en el Villamarta quedaba descartada: el joven tenor ya tenia todas las fechas ocupadas en teatros de categoría. En 2004 llega el recital de arias italianas con Marcello Viotti en el sello Virgin que le da fama internacional. El resto es historia.

jueves 18 de junio de 2009

Por qué "odio" a Villazón

Me acusa un buen amigo de profesar odio a Rolando Villazón -por algunos comentarios sarcásticos que he realizado en privado- y me pide explicaciones al respecto. Le respondo, desde este blog, que de odio nada de nada. Al contrario, como persona me cae estupendamente. Pero no puedo dejar de comentar, con toda la ironía que haga falta, cómo el cantante ha ido transformándose en una enorme pompa de jabón hasta estallar en plenas narices de sus apasionados seguidores.

Antes debo dejar bien clara una cosa: el tenor mexicano siempre me ha parecido un muy buen cantante, y algunas de las cosas que ha hecho me han gustado muchísimo, al mismo tiempo que -también desde siempre- le he visto limitaciones tanto en el plano técnico como en el expresivo. Sobre la cuestión ya escribí hace meses en otro lugar de la red, Forum Clásico, y allí remito (enlace) a quienes tengan curiosidad. Ahora lo que me corresponde es hablar no de Villazón como artista, sino como ejemplo de lo que no debería ser una carrera lírica.


El fenómeno Villazón tiene mucho de "Operación Triunfo", es decir, de la búsqueda del éxito y la fama inmediatos explotando al máximo un potencial preexistente -que puede ser, y en el caso del mexicano lo es, bastante importante- sin reparar en la falta de una base sólida y de una planificación sensata de la trayectoria. Por utilizar una expresión por completo ajena al mundo de la lírica pero bastante de moda, el cantante no ha tenido en cuenta el "desarrollo sostenible". No ha temido agotar sus recursos intentando, y son sus propias palabras, "tenerlo todo: éxito, diversión y actuar en todas partes". Ahora se arrepiente, cuando las consecuencias saltan a la vista.

Villazón cuenta (contaba) con una voz de gran calidad, un ardiente temperamento expresivo y una comunicatividad de la mejor ley. Los aplausos, a mi modo de ver justificadísimos, no le tardaron en llegar. El alicaído mundillo discográfico encontró un filón que explotar. El artista hizo caso a esos mortales cantos de sirena que son los elogios indiscriminados y se olvidó no sólo de algo tan importante como es la diferenciación de personajes y estilos, sino de lo más básico: tener una técnica suficiente para abordar repertorios muy variados (y no siempre adecuados para la naturaleza de su voz), así como para cantar con tanta frecuencia como ese fenómeno inimitable, pero por él claramente imitado, que es Plácido Domingo. El resultado está ahí: segunda retirada de Villazón. Y esta vez va para largo.

Si semejante actitud me irrita es, precisamente, porque ha echado a perder a un cantante que podía haber dado muchísimo de sí. Y porque sigue echando a perder a muchos artistas presas de semejante "star-system". Por no salir de España, ahí está Carlos Álvarez, al que se puede aplicar casi todo lo anteriormente dicho sobre el mexicano.

Otro caso, este mucho más cercano a quien suscribe, y salvando las distancias artísticas que se quieran, es el de mi paisano Ismael Jordi. De nuevo un enorme potencial en manos de un artista que se siente comodísimo entre los referidos cantos de sirena y que poco a poco pierde el contacto con la realidad para dejar la técnica a un lado, olvidarse de la expresión (Nemorino forever) y adentrarse en repertorios que definitivamente no le van; Ismael sigue en activo y con la voz en buena forma, pero la grabación radiofónica de su reciente Traviata en Amsterdam (¡qué cabaletta, cielo santo!) es de las que dejan a uno seriamente mosqueado.

¿He aclarado por qué "odio" a Villazón? Dicho esto, no niego cierta rechifla (del tipo "ya te lo decía yo") al confirmar lo que muchísimos aficionados decíamos de este tenor: como siga por este camino acabará mal. Pero es que todos somos humanos...

martes 16 de junio de 2009

Barenboim en Schönbrunn

La noche del pasado 5 de junio ofrecía la Filarmónica de Viena su tradicional concierto en los jardines del palacio de Schönbrunn, con asistencia multitudinaria de aficionados vieneses y retransmisión televisada a cerca de sesenta países. Dirigía el evento Daniel Barenboim, quien no en balde ha arrasado con su Concierto de Año Nuevo: 100.000 compactos y 50.000 DVD se han vendido ya del evento, mal que le pese a quienes afirman que Barenboim es (la descalificación la leí hace años en la revista Scherzo) un “correcto pianista metido a director” (sic).

Dejo aquí unos apuntes sobre el concierto, que por cierto, según anuncia la propia web de la orquesta (enlace), va a ser editado comercialmente este mismo mes por Universal. La cosa va de temática nocturnal.

Pequeña música nocturna. Una interpretación de sonoridades robustas, aunque en absoluto carentes de transparencia o elegancia, que sin duda le parecerá pesadota y fuera de estilo a los que les gusta un ese Mozart grácil, ingrávido, pimpante, afectado y hasta cursi que han puesto de moda muchos intérpretes recientes. A mí, aun tratándose por momentos de una interpretación demasiado seria, me ha encantado. La bellísima tímbrica de la Filarmónica de Viena (salvando ciertos problemas de empaste en los violines, sobre todo en el tercer movimiento) hace mucho por la excelencia de los resultados.

Noches en los jardines de España. Admirable la dirección, aunque no lo será para quienes prefieren una línea impresionista, afrancesada si se quiere, antes que el enfoque “romántico”, y desde luego muy español, que adopta nuestro artista, quien en cualquier caso hace gala de una elevado sentido del misterio y de un incontestable temperamento dramático: el clímax del primer movimiento es desgarrador. Revela además detalles orquestales muy interesantes. Por desgracia el Barenboim pianista (que nunca interpretó con limpieza ejemplar esta partitura) se muestra en esta ocasión torpe de dedos, lo que para muchos descalificará en gran medida su labor. No, desde luego, para quienes admiramos su calidez, su atención al matiz expresivo y hasta su “duende” en el fraseo.

Noche en el Monte Pelado. En la versión original de Mussorgsky, no en la de Rimsky. De esta edición de la partitura ya había por ahí al menos dos interpretaciones espléndidas en disco, las de Claudio Abbado. Barenboim no consigue el grado de limpieza de éste ni trata a las maderas de un modo tan incisivo, pero a cambio ofrece una sonoridad increíblemente oscura (¡de la Filarmónica de Viena, nada menos!) y genera una atmósfera opresiva a más no poder, lo que le viene muy bien no sólo a esta obra sino a la música de su autor en general. Tremendo.

Las mil y una noches. Buena interpretación, rotunda y muy alejada de la frivolidad. Ya se sabe que en principio no es un vals vienés lo más adecuado a Barenboim como director, pero en el referido Concierto de Año Nuevo (enlace) ya demostró ser capaz de interpretar de manera muy convincente a Johann Strauss II con un marcado carácter sinfónico sin caer en la pesadez ni en la excesiva opulencia.

Im Fluge. Una polca rápida del misma autor, interpretada con gran acierto como primera propina.

Barenboim_Firulete

El firulete. Barenboim acostumbra a ofrecer esta divertida pagina de José Carli en sus conciertos. En esta ocasión, además de dirigirla estupendamente, divirtió al respetable marcándose él mismo unos pasos de tango (ver foto) para explicar, precisamente, en qué consiste un firulete.

Sangre vienesa. Ahí es nada, una de las páginas más emblemáticas del “rey del vals” interpretada por un Barenboim en estado de gracia que, sin renunciar a la corpulencia y la fuerza dramática que al él le gustan en este repertorio, sonó totalmente idiomático con unos rubatos que, al contrario que en otras ocasiones, le salieron de maravilla. ¡Gran concierto!

lunes 15 de junio de 2009

La Pasión según San Juan de Pärt, un auténtico calvario

Pärt: La Pasión según San Juan.
The Hillier Ensemble. The Western Wind Choir, The Evangelist Quartet. Paul Hillier, director.
Arthaus, 100 248
DVD 74’
Ferysa
****

La Pasión del estonio Arvo Pärt (1981) cuenta con un punto de partida de innegable atractivo -una original mezcla entre muchas músicas-, pero a los quince minutos de audición deja las cartas al descubierto: lo que parecía economía de medios deviene pobreza creativa, y hasta los amantes de la más dura monodia medieval nos vemos arrastrados al aburrimiento. De todas formas, ya se sabe el tirón comercial que alcanza el misticismo “para apaciguar el espíritu”.

Los intérpretes son los mismos que los del disco oficial de ECM, el Hilliard Ensemble de los buenos tiempos encabezado por el Cristo excepcional de Michael George, más un apañado grupo de cinco instrumentistas. Como es de esperar, el DVD resulta una opción mucho más atractiva, pues la imagen ayuda a hacer la escucha llevadera (aunque apenas se recree en el interior de la catedral de Durham) y se incluyen subtítulos en castellano y latín. Merece la pena la inversión adicional, si es que a usted le interesa esto del “minimalismo sacro”.

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Artículo publicado en el número de febrero de 2002 de la revista Ritmo.

domingo 14 de junio de 2009

Imprescindible Boris con Salminen en el Liceu

MUSSORGSKY: Boris Godunov (versión de 1869).
Salminen, Asawa, Arnet, Toczyska, Langridge, Shagidullin, Halfvarson, Lindskog, Kotcherga, Zapata, Mentxaka.
Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. Coro Vivaldi. Pequeños Cantores de Cataluña. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceo. Dir: Sebastian Weigle.
TDK DVWW-OPBORIS
152’
**** R

He aquí una obra maestra absoluta, el Boris Godunov en su versión original de 1869 -esto es, con la orquestación del propio Mussorgsky y sin el acto polaco- servida de manera difícilmente superable para tratarse de una función en directo. Y eso que la batuta de Sebastian Weigle, que obtiene un extraordinario partido de orquesta y coros, aún podía ser más opresiva, atmosférica e idiomática.

Pero en todo caso se trata de una dirección muy sólida y bien encaminada que se pone al frente de un equipo de cantantes-actores de auténtico lujo (¡cómo están todos, cielo santo!) capitaneado por un Matti Salminen inmenso en lo físico, en lo vocal, en lo interpretativo y en lo escénico. Por no hablar de la portentosa dirección escénica de Willy Decker, moderna y creativa pero siempre al servicio de Mussorgsky, o de la sugerente luminotecnia de David Finn.

Total, DVD imprescindible a pesar de la tomadura de pelo de TDK: no incluir la pista de sonido en DTS que sí se anuncia en la carátula del producto.

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Artículo publicado en el número de noviembre de 2006 de la revista Ritmo.