lunes, 26 de septiembre de 2016

Bartók según Dorati: sensualidad antes que expresionismo

Gracias a una tienda de segunda mano he conseguido por un precio de risa este disco registrado por Decca en 1983 en el que el maestro de Budapest Antal Dorati se pone al frente de la Sinfónica de Detroit para interpretar dos obras de quien fuera su profesor de piano: el mismísimo Bela Bartók. Esto en principio supone un rigor absoluto en el estilo, pero tras la audición el asunto no me ha quedado tan claro: no he encontrado aquí con tanta claridad como con otros directores –pienso en un Reiner o un Solti– ese sentido rítmico tan peculiar que subraya los vínculos de este universo sonoro con el folclore magiar, ni tampoco esa incisividad tímbrica ni esa garra dramática a la que estamos acostumbrados, sino más bien un muy notable interés por la sensualidad y por el misterio que dicen cosas nuevas sobre este repertorio. Eso sí, funcionando mucho mejor en la primera de las obras incluidas en el compacto que en la segunda.


Efectivamente, la versión completa del ballet El mandarín maravilloso recibe una interpretación de primer nivel, a la altura de las de Boulez, Dohnanyi, Abbado y Chailly. O casi. He comparado con la citada de Abbado, registrada tan solo un año atrás por DG, y lo cierto es que Dorati no llega a conseguir la extrema garra dramática y la trepidante inmediatez expresiva de su colega; en contrapartida, ofrece un sentido tímbrico más sensual que pone de relieve el parentesco de esta obra con el impresionismo, y alcanza quizá unos clímax más atmosféricos, densos y opresivos. Lástima que flojee un poco el final, a partir de la sección coral: la concentración y el misterio podían ser aún mayores.

La interpretación de la Música para cuerdas, percusión y celesta sobresale de nuevo por un muy desarrollado sentido atmosférico, quizá más sensual que opresivo aunque no por ello menos interesante; también sabe ser refinada en las texturas y mostrarse atenta al tejido contrapuntístico. El problema es que aquí Dorati, el contrario que en el Mandarín, no solo se desentiende en exceso de las aristas tímbricas y expresivas de la partitura, sino que además no parece dominar algo tan decisivo en esta página como es el manejo de las tensiones. Así ocurre en un primer movimiento donde no se notan el “ascenso” y el “descenso” en torno al gran clímax central, y también en un movimiento conclusivo falto de empuje rítmico, de fuelle y de garra. Los centrales están mucho mejor, aunque el segundo resulte un poco laxo y en el tercero se puedan preferir enfoques más inquietantes. Disco grande a medias, en definitiva.

viernes, 23 de septiembre de 2016

San Silvestre 2015 con Rattle y la Mutter

Sir Simon Rattle decidió dedicar el concierto de San Silvestre –31 de diciembre– de 2015 al repertorio francés. Inapropiado en principio para su personalidad, a la postre el resultado sería artísticamente de lo más satisfactorio. Se abrió el programa con la obertura de L'Étoile de Emmanuel Chabrier, página dedicidamente menor pero simpática en la que Rattle ya demuestra saber compatibilizar la alegría y el desparpajo con la voluptuosidad lírica (¡qué violonchelos!) y el refinamiento en el color.


Aparece a continuación nada menos que Anne-Sophie Mutter para recrear Introduction et Rondo Capriccioso de Camille Saint-Säens. Como era de temer, la violinista alemana encuentra en la introducción la ocasión propicia para desplegar todo un catálogo de sus más insufribles amaneramientos, pero cuando llega el Rondó propiamente dicho, y a pesar de alguna que otra frase en exceso preciosista, demuestra que sabe poner su increíble virtuosismo, tal vez el más grande conocido en semejante instrumento, al servicio de la expresión sincera, fraseando con una garra, una inmediatez y una fuerza expresiva que nos hacen olvidar de inmediato todos los reparos referidos. Rattle acompaña de manera impecable, con convicción y con su habitual entusiasmo y frescura digamos que juveniles, pese a que hace ya tiempo que peina canas.

Las danzas de la ópera Le Cid, de Massenet, las recrea el maestro de manera verdaderamente prodigiosa, ofreciéndonos chispa, salero, color y un muy logrado ambiente festivo –sin duda uno de los puntos fuertes del arte directorial de Rattle–, pero también elegancia, sensualidad, refinamiento bien entendido y ese especial perfume de lo francés imitando a lo presuntamente español que debe evitar tanto la excesiva levedad que a veces asociamos tópicamente con lo primero como el desmelene de la percusión que todavía hoy algunos entienden como propio de lo segundo. Lógicamente, con la excelencia de los resultados tiene mucho que ver la musicalidad de los profesores de la orquesta, que tocan francamente motivados. Nunca imaginé que de esta música se lograra sacar semejante partido.

Vuelve la Mutter para ofrecer Tzigane, pero aquí la partitura le ofrece menos espacio para sus veleidades sonoras. Antes al contrario, demanda al solista sonar con rusticidad zíngara, con temperamento ardiente y con una agilidad arrolladora. Anne-Sophie sabe hacer perfectamente lo primero (¡qué manera de modelar su violín para obtener todo tipo de colores y de texturas!), pone toda la carne en el asador en lo que a lo segundo se refiere y en cuanto a lo tercero, a los dedos, ofrece un espectáculo como pocas veces se ha escuchado. Rattle trabaja con los pinceles finos que demanda Ravel, demuestra enorme sensiblidad para el color y acompaña a la solista con enorme fuerza expresiva, redondeando así una interpretación magistral.


Continua la velada con la suite de Les Biches, infravalorada pero deliciosa página de Francis Poulenc. La sintonía de la personalidad de Sir Simon con ella, justamente esa misma que le convierte en formidable intérprete de Haydn, es total y absoluta. Hay aquí frescura, chispa, desparpajo, jovialidad y muchísimo sentido del humor, este último con su conveniente toque de sorna y rusticidad bien entendida; también hay elegancia, delectación melódica, refinamiento –todo se encuentra minuciosamente expuesto– y una perfecta comprensión del lenguaje del neoclasicismo. Todo ello, por descontado, con la complicidad de una orquesta cuyos miembros se lo pasan en grande. El resultado es sensacional, con permiso de la soberbia grabación del ballet completo que realizara Georges Prêtre allá por 1980.

Finaliza el programa oficial con La Valse. Como era de esperar, el maestro británico lleva la obra a su terreno y en lugar de decantarse por resaltar los aspectos más atmosféricos y turbulentos de la página raveliana, ofrece una recreación extrovertida, luminosa, cálida y entusiasta, también poética y siempre comunicativa, riquísima en el sentido del color y muy sensatamente matizada, con su punto justo de decadentismo –se pasa quizá en alguna frase aislada–, pero sin perder de vista el trazo global. Solo en la recta final de la obra se pueden echar de menos algunos matices en el fraseo y juegos agógicos por los que optan otros directores y de los que Rattle, con la mirada puesta en el empuje y la decisión, decide prescindir. La orquesta, trabajada una minuciosidad que permite discernir todos y cada uno de los trazos de la escritura, rinde de manera impresionante.

Una fogosa Danza húngara nº 1 de Brahms ofrecida como propina cierra este programa editado en Blu-ray por Euroarts con excelente calidad de imagen y sonido, este último en una resolución superior a la de la mayoría de los BR con imágenes.

martes, 20 de septiembre de 2016

El Dvorák lírico y luminoso de Marin Alsop

Muy interesante la grabación de las cuatro últimas sinfonías de Antonín Dvorák a cargo de Marin Alsop y la Sinfónica de Baltimore, registradas por el sello Naxos entre 2007 y 2009 y editadas en Blu-ray Pure Audio. Muy interesante pero no referencial. Y es que la directora norteamericana ofrece lecturas de gran belleza sonora, fraseadas con una naturalidad, una fluidez y una elegancia pasmosas, aunque quizá no del todo bien diseccionadas en lo que al entramado orquestal se refiere, en las que se hace una apuesta por la vertiente más lírica y luminosa de este autor. La distensión bien entendida, la efusividad y lo contemplativo –e incluso la ensoñación, sin llegar en modo alguno a lo otoñal– alcanzan aquí, por ende, mucha más presencia que la rusticidad, el empuje y el carácter escarpado que también demanda estas partituras.


Así las cosas, el grado de satisfacción del oyente tendrá mucho que ver con el tipo de Dvorák que uno esté esperando oír. También con las características particulares de cada una de las sinfonías. La Sexta es quizá la que mejor funciona. Frescura, espontaneidad y un fraseo muy cantable son sus mejores armas, sobresaliendo un Finale lleno de fuerza y de garra. En la Séptima, al tratarse de la sinfonía más dramática de las cuatro, las cosas no funcionan igual de bien. La Octava es espléndida, aunque personalmente echo de menos tensión y rusticidad en el movimiento conclusivo. La Novena finalmente, conoce una interpretación eminentemente juvenil, es decir, rápida en los tempi, fresca y de gran fuerza comunicativa, que apuesta por los aspectos más épicos de la partitura, aunque en contrapartida no termine de atender a los numerosos pliegues expresivos que alberga en sus pentagramas.

La cuestión de la toma sonora me deja muy confuso. Octava y Novena suenan de manera muy satisfactoria, con gran naturalidad aunque también con los metales algo lejanos. Las otras dos sinfonías, por el contrario, presentan una sonoridad algo difusa, evidencian un zumbido en el fondo y al reproducirse en DTS-HD Master Audio resaltan en exceso los sonidos graves. Tras comprobar que no existe correspondencia entre las fechas de grabación, no he encontrado explicación para semejante problema.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Debussy por Van Immerseel: levedad

No hay que extrañarse: si Jos Van Immerseel y sus chicos de Anima Eterna ya han grabado a Falla y a Gershwin, ¿por qué no van a llevar al disco la música de Debussy? A mi entender, la arriesgada propuesta de interpretar este repertorio con instrumentos de época –de época del compositor francés, se entiende– y con una articulación históricamente informada, en combinación con la extraordinaria sensibilidad tímbrica que demuestra el director y al enorme refinamiento de su trazo, se salda con unas lecturas de sensualísimo colorido y relevadoras texturas, fraseadas con un carácter curvilíneo y elegante de lo más adecuado, pero también en exceso aéreas, por momentos erróneamente ingrávidas, adordanas con algunos detalles discutibles –los portamentos chirrían al oyente actual– y un tanto faltas de garra, de carácter, de variedad expresiva.


Esto ya queda bien de manifiesto en el Preludio a la siesta de un fauno: la flauta resulta asombrosamente aérea, y toda la lectura alcanza una levedad tan extrema que, pese a la extrema belleza formal de la recreación, se echan de menos más carne sonora y más sustancia expresiva. Nada que ver con el milagro de Haitink aquí comentado.

En el caso de La mer, el principal problema radica en las serias dificultades que muestra el maestro belga –en este y en todos los repertorios que aborda– a la hora de administrar tensiones y, por tanto, de darle continuidad a la interpretación y conducirla de manera apropiada a los clímax: al final del primer movimiento le falta fuerza, mientras que la tormenta resulta por completo deslavazada. En contrapartida, el carácter irisado de la superficie del mar agitada por la brisa resulta fascinante, además de tímbricamente reveladora.


Queda el tríptico Images. Es Iberia –la pieza central del mismo, aquí colocada en último lugar– la página que sale mejor parada: sin ser precisamente el colmo de la chispa y el desparpajo, el fino trazo de la batuta termina triunfando dentro de la levedad generalizada. En Gigues y Rondes de printemps, por desgracia, los tempi escogidos hacen que la tensión se venga abajo.

¿Merece la pena escuchar el disco, pues? Pese a los importantes reparos señalados, yo creo que sí. Se escuchan demasiadas cosas interesantes aquí como para desdeñarlo. Les voy a añadir un aliciente: la toma sonora realizada por los ingenieros de Zig Zag Territories es la mejor que nunca he escuchado en este repertorio. Un prodigio.

jueves, 15 de septiembre de 2016

El principito según Osborne, una obra maestra

Aproveché ayer mi última tarde libre –hoy arranca mi horario docente nocturno– para ir al cine a ver El principito/The Little Prince. Permítanme que les recomiende la película con entusiasmo. Me ha parecido bellísima en lo visual, fascinante incluso en la mayor parte del metraje, además de altamente emotiva. Su director, Mark Osborne, no solo demuestra gran inteligencia a la hora de diferenciar los dos planos de narración usando la animación digital para la historia principal y el stop-motion (es decir, filmación real de muñecos animados, a la manera de las antiguas películas de Ray Harryhausen) para los flashbacks con la historia escrita en los años cuarenta por Saint-Exupéry; también hace gala una enorme habilidad para realizar una narración puramente cinematográfica, esto es, la que no pone en primer plano los diálogos y deja que hablen por sí mismos el encuadre, el montaje, el color, las texturas y el propio tempo del relato.


Demuestra Osborne, asimismo, gran sabiduría a la hora de omitir todo aquello que resulta prescindible y de recurrir a la elipsis en el momento en que la lágrima está a punto de desbordarse, mientras que cuando llega la hora de ofrecer, en el último tercio de la cinta, una cierta dosis de acción y de espectacularidad para contentar a la mayor cantidad de público posible –esta no es una obra para niños, aunque serán muchos los que acudan acompañados por sus padres–, sabe no caer en la trampa de la montaña rusa, esto es, del montaje aceleradísimo y de la yuxtaposición de una persecución tras otra. Antes al contrario, demuestra una gran habilidad para convertir esos momentos trepidantes en una parte sustancial de una historia a la postre muy profunda y delicada que no es otra que la aceptación de la muerte, la de los demás y la de nosotros mismos, como parte de nuestra propia existencia. Y de la necesidad de llenar nuestra vida de belleza, de sensibilidad, de fantasía y de cariño frente a la cada vez más extendida creencia (¡terribles tiempos neoliberales estos que estamos viviendo!) de que hay que centrarse en "lo esencial", es decir, en generar riqueza y hacer que funcione el sistema, y dejar a un lado todo lo que sea "prescindible", precisamente todo aquello que nos convierte en verdaderos seres humanos.

Una original y muy hermosa banda sonora compuesta al alimón por Hans Zimmer –nada que ver con sus bodrios para Gladiator o Piratas del Caribe– y Richard Harvey, a la que quizá le sobren las canciones interpretadas por Camille, redondea una película que no solo engancha la vista de principio a fin, sino que ofrece además una intensidad poética que logra emocionarnos profundamente. En fin, una de las más bellas y emotivas películas que he disfrutado en los últimos años. Estoy deseando volver a verla, pero esta vez en inglés.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Nézet-Séguin dirige Bartók y Shostakovich

Unos días antes de ofrecer el sensacional concierto en la Waldbühne comentado en la entrada anterior, concretamente el 23 de junio de este mismo año, Lisa Batiashvili, Yannick Nézet-Séguin y la Filarmónica de Berlín ofrecían un programa muy distinto en la Philharmonie de la capital alemana que puede disfrutarse a través de la Digital Concert Hall cuya suscripción tantas veces he recomendado, siempre y cuando dispongan ustedes de una buena conexión de la señal hasta su equipo de música de toda la vida. En mi caso, lo dije en su momento, lo hago a través de un reproductor de Blu-ray marca Sony.


El programa arranca con el Concierto para violín n º 1 de Belá Bartók. Como era de esperar, la violinista georgiana ofrece, armada de un sonido carnoso y de extraordinaria belleza –su registro grave es increíble– una interpretación lírica ante todo, fraseada con una cantabilidad fuera de serie y un elevadísimo perfume poético, dicha además con un gusto exquisito y mucha atención a los aspectos folclóricos de la página, pero no muy interesada por su vertiente más dramática y aristada. ¿Qué significa esto en la práctica? Pues que está maravillosa en el Andante sostenuto, emotivo y sincero a más no poder, mientras que en el Allegro giocoso se queda en un tanto corta en aristas, en tensión dramática y en sentido de lo burlesco, por mucho que en contrapartida haga volar sus melodías con una poesía inesperada.

Nézet-Séguin se pliega al enfoque de la solista y paladea con delectación el primer movimiento –sin dejar de ofrecer un clímax con apreciable fuerza– para en el segundo plantear la interpretación mucho antes desde la luminosidad y el cálido lirismo folclórico que desde el sarcasmo y la mala leche. En fin, es una opción como otra cualquiera y está impecablemente realizada. Hay propina, pero no he sido capaz de descifrar el nombre que pronuncia la violinista georgiana.

Sinfonía nº 13, Babi-Yar. Es decir, la única de las de Shostakovich que se ha mostrado dispuesto a dirigir Daniel Barenboim, aunque no existe testimonio sonoro de aquella ocasión. ¿Y cómo la hace Yannick? Pues aunque la imponente sonoridad de la orquesta berlinesa, tan grave y oscura, resulte la ideal para ofrecer una versión netamente opresiva y mussorgskiana, lo cierto es que el maestro canadiense decide no cargar las tintas en los aspectos atmosféricos, como tampoco en la corrosividad que destilan los pentagramas (¡imposible olvidar la virulenta interpretación de Rozhdestvensky!), decidiéndose más bien por una lectura directa al grano, sincera y muy expresiva, concentrada cuando debe, encrespada en los momentos clave y con un punto más que suficiente de ironía y sentido del humor al llegar el momento. Lo hace, además, demostrando una impresionante plasticidad en el manejo de las masas sonoras y paladeando las melodías con el lirismo nihilista, pero no por ello seco ni falto de humanismo, que es propio del autor.  

Mikhail Petrenko tampoco es la voz más negra posible, pero canta con absoluta suficiencia técnica y se muestra centrado en lo expresivo. Los hombres del Rundfunkchor Berlín, imponentes. A la postre, espléndida interpretación.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Waldbühne 2016 con Nézet-Séguin y Batiashvili: tres referencias

Una pena que todo el arranque de este concierto de la Filarmónica de Berlín ofrecido el pasado 26 de junio en la Waldbühne se encuentre boicoteado por el molesto canto de una chicharra, porque la interpretación que de la obra más famosa de Smetana ofrece el aún joven pero muy ascendente Yannick Nézet-Séguin es un prodigio de cantabilidad, de refinamiento bien entendido, de dominio de las texturas –verdaderamente mágicas– y de vuelo poético, siempre en una línea antes lírica que tempestuosa o rústica que va a ser la que marque toda la velada. En cierto modo, esta lectura de El Moldava recuerda al mejor Karajan, es decir, al menos exhibicionista y al más sincero, concretamente al de 1983 con la misma orquesta (DVD Sony) y al de 1985 con la Filarmónica de Viena (DG). Como aquellas, la presente se sitúa al máximo nivel posible: no las conozco igual de extraordinarias.



El grueso del programa lo integran obras de Antonin Dvorák. Aunque no se desdeñen las sonoridades escarpadas ni los acentos dramáticos, esta versión de su Concierto para violín resulta ante todo lírica, cálida y sensual, impregnada de esa ternura, de ese amor por la naturaleza, por la vida y por el ser humano que, entre otras características, define la música del autor. Y esto viene dado no solo por la excelente dirección de Yannick, que frasea de manera flexible y natural, sino también por el violín de sonoridad carnosa de una Lisa Batiashvili que canta las melodías con una emotividad y una convicción fuera de serie, derrochando belleza sin rozar siquiera el amaneramiento y sabiendo llenar de tensión los clímax de la página. La orquesta, imponente, redondea una interpretación de referencia.



En la Sexta sinfonía del autor checo el maestro vuelve a apostar por el lirismo, la sensualidad y la evocación paisajística, incluso por la ensoñación bien entendida –ni rastro de blandura, nada de decadentismo, ni una sola caída de pulso–, haciendo gala de un excepcional dominio de la agógica que le permite moldear el fraseo de la orquesta, bellísima en su sonoridad, para ofrecer numerosas inflexiones tan sensatas como llenas de sensibilidad poética, llegando incluso a descubrir las posibilidades de algunos pasajes –memorable el trío del Scherzo– sin dejar de ser vibrante, entusiasta y luminoso en un Finale tan ardiente como bien controlado. Otra referencia.



De propina, una formidable Danza eslava nº 8 del mismo autor y el acostumbrado Berliner Luft, este último con mega-rubato muy conseguido y sorpresa en el atuendo del maestro: esta pieza la tienen completa en YouTube. El concierto íntegro pueden disfrutarlo en la Digital Concert Hall de la formación alemana.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Berg por Zukerman y Boulez: un monumento del sonido grabado

Interrumpo las entradas automatizadas –seguirán saliendo desde la nevera cada tres días, más o menos, porque ahora mismo sigo muy ocupado– para traer una música que lleva una semana viniéndome a la cabeza una y otra vez: el Concierto para la memoria de un ángel de Alban Berg. No sé si el mejor concierto para violín de la historia de la música, pero sí uno de los que más me gustan. Y una pieza clave para entender la verdadera esencia de la Segunda Escuela de Viena, dicho sea de paso.


Traigo esta música en la lectura –que vuelvo a escuchar mientras escribo– registrada por Pinchas Zukerman, Pierre Boulez y la London Symphony en 1984 para CBS, una escalofriante recreación que alcanza una intensidad, una rebeldía y un desgarro sobrecogedores sin merma ninguna de la perfección arquitectónica, del análisis del entramado orquestal ni de la belleza sonora. Podría quizá ser aún más sensual y atmosférica, pero desde luego no más tensa ni emocionante. Su audición resulta toda una experiencia. La verdad, no me extraña que fuera ninguneada desde las páginas de Scherzo por el mismo crítico que más palos le ha dado a Daniel Barenboim desde la referida revista: hay gente que se resiste para reconocer la genialidad cuando la tiene delante de sus narices. Procuren no hacerles mucho caso y escuchen esta grabación si aún no la conocen, porque se trata de uno de los monumentos de la historia del sonido grabado.



jueves, 8 de septiembre de 2016

Con menos música... aún

Cuando en el pasado mes de mayo supe de mi traslado definitivo a Jerez, avisé por aquí que el cambio en mi vida iba a ser a mejor pero con algunas desventajas, entre ellas que iba a disfrutar de menos música en directo. Pues bien, voy a tener todavía menos de la prevista: por circunstancias que ahora no hacen al caso, me incorporo al horario nocturno de mi centro educativo, lo que significa que voy a tener que renunciar a todos los espectáculos de Jerez y de Sevilla que se celebren de lunes a viernes. No es que haya muchas cosas interesantes de música en el Villamarta –de teatro sí, lástima–, pero por lo pronto me va a resultar imposible asistir a un solo concierto de la ROSS. A ver cómo me las apaño para escuchar lo que más me gusta: música sinfónica en vivo. De momento, a pan y agua.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El Schumann renovado de Paavo Järvi

Muy interesante el Blu-ray editado por CMajor que recoge las filmaciones realizadas en 2011 de las cuatro sinfonías de Schumann a cargo de Paavo Järvi y la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen, una edición a la mayor gloria –en ningún momento se oculta la intención promocional– de la estupenda orquesta alemana y de su director titular. Interesante por el larguísimo documental de hora y media, e interesante también por la propuesta interpretativa del maestro estonio, aunque sus planteamientos teóricos sean, para mi gusto personal, mucho más interesantes que los resultados expresivos propiamente dichos.


Afirma Järvi en el referido documental que la tradición interpretativa yerra a la hora de plantear un Schumann más denso y empastado de lo que realmente es; un Schumann que mira en exceso a Brahms y que no deja a la vista todas las singularidades de su tantas veces discutida escritura sinfónica, singularidades que son fruto tanto del particular temperamento del compositor como de su talento creativo. Por eso mismo decide apartarse un tanto de esa tradición y apostar por un enfoque en el que primen las aristas sonoras y se haga patente el carácter “neurótico” y contrastado de la personalidad del creador.

El maestro materializa la idea en lo sonoro ofreciendo un Schumann renovado en la articulación, ágil e incisivo, limitado en el vibrato, atento más al staccato que al legato y dotado de un nuevo equilibrio de planos que resta peso a la cuerda para otorgar relieve a los vientos y la percusión. Es decir, un Schumann parecido a su Beethoven con la misma orquesta, en buena medida deudor de las experiencias historicistas pero sin la necesidad de recurrir a los instrumentos originales ni de forzar las cosas: Järvi se aleja tanto de los excesos como de la machaconería, y busca una apropiada síntesis entre ímpetu, elegancia y sentido teatral. No nos movemos aquí en el terreno de un Gardiner ni de un Harnoncourt, por mucho que esta propuesta esté claramente en deuda con las de ellos.

Ahora bien, sea por estar nuestros oídos acostumbrados a un tratamiento sonoro muy distinto, sea por la habitualmente limitada inspiración del hijo de Neeme, lo cierto es que el resultado no destila la particular poesía schumanniana, todo lo elegante y aérea que se quiera, desde luego, pero también sensual, cantable y emotiva. Así ocurre ya desde la Sinfonía nº 1: la obra adquiere una vitalidad y electricidad que encajan muy bien con el sobrenombre de Primavera, pero la sequedad, el escaso vuelo poético y la ausencia de contrastes expresivos terminan produciendo un resultado monocorde e incluso aburrido, pese a la enorme vitalidad aparente de la recreación.

En la Sinfonía nº 2 flojea el sublime tercer movimiento, frío e insustancial a más no poder. El cuarto, aunque también carente de calor lírico, sí que está bastante bien. La Renana, por el contrario, recibe una globalmente notable interpretación que cojea por un tercer movimiento más bien insípido y por un quinto que arranca de manera un tanto trivial; el primero ofrece la brillantez y el impulso que necesita, mientras que el ambiente catedralicio del cuarto está conseguido de manera satisfactoria.

En la Sinfonía nº 4 lo más flojo es el segundo movimiento, aunque además se evidencia cierta rigidez generalizada y se echa de menos carácter visionario tanto en la introducción de la obra como en la transición al último movimiento. Lo dicho: los resultados son más interesantes en la teoría que en la práctica.

La calidad de imagen es soberbia. La toma sonora está francamente bien, pero aquí hay que advertir que el surround no parece auténtico y que en la Sinfonía nº 2 molesta un zumbido que parece proceder de los aparatos eléctricos del muelle –sí, un muelle– donde está realizada la filmación. Hay subtítulos en castellano. En fin, si lo pueden conseguir por bajo precio, un producto recomendable.

¿Mis versiones favoritas? Les recomiendo que echen un vistazo al listado de Ángel Carrascosa: aunque no he escuchado tantas grabaciones como él y discrepo en algún caso concreto, estoy bastante de acuerdo con sus puntuaciones. También pueden leer lo que escribí aquí sobre las integrales de Szell y Klemperer.