martes, 11 de diciembre de 2018

Karajan desencadenado: las sinfonías de Beethoven en Blu-ray Audio

Deutsche Grammophon reedita la cuarta de las seis integrales (entre audios y vídeos) de las sinfonías de Beethoven registradas por Herbert von Karajan, es decir, la que grabó con la Berliner Philharmoniker en la Philharmonie de la capital alemana entre 1975 y 1977. Y lo hace con verdadero lujo, en dos Blu-rays Pure Audio con tres pistas: estéreo a 24bit/192 kHz, surround 5.1 a 24bit/192 kHz y Dolby Atmos a 24bit/48 kHz. Para esta última hace falta una instalación con dos altavoces en el techo; en mi caso tengo siete más el subwoofer, pero los dos adicionales están colocados detrás, no arriba, así que no puedo decirles.


Pero sí he comparado las otras dos, y la mejoría con respecto a los antiguos CD es considerable. No por el surround: al contrario que la integral de Kubelik, soberbiamente trasvasada por Pentatone a SACD –salvo la Heroica–, este ciclo no era originalmente cuadrafónico, así que los productores de la reedición se han limitado, como en el reciente rescate de la integral de Bernstein con la Filarmónica de Viena, añadir una ligera reverberación para hacer el sonido más confortable. El cambio viene por la tremenda presencia que adquieren todas las familias instrumentales, por su relieve y su inmediatez, por su tremenda pegada. Particular importancia tiene el peso enorme que adquieren las frecuencias más bajas, liberando la tremenda sonoridad de la cuerda grave berlinesa en la que el maestro siempre se apoyó, por no hablar de la enorme, tremebunda gama dinámica que ahora alcanzan estos registros, acentuando más aún los tremendos contrastes entre pianísimos y fortísimos tan caros al maestro. Dicho de otra manera, esta edición en Blu-rays Pure Audio no hace sino subrayar los rasgos sonoros más propiamente karajanianos, y precisamente en una época, la segunda mitad de los setenta, en la que el de Salzburgo alcanzó las cotas más altas de desmadre. Karajan más Karajan que nunca. Karajan desencadenado.


Pero bueno, ¿cómo son estas interpretaciones?. Ustedes ya saben de qué va el asunto. Y yo, aunque de esta integral creo que con anterioridad no había escuchado ninguna sinfonía, también lo sabía antes de empezar la audición: versiones de sonoridad robusta que se recrean en la belleza más inmediata y apuestan por la brillantez antes que por la reflexión filosófica. Dicho esto, he tomado notas para matizar.

La Sinfonía nº 1 es quizá la que sale mejor parada: interpretación poderosa y amplia, de sonoridades ora opulentas y musculadas, ora de sensuales y refinadas a más no poder, dicha con entusiasmo y con momentos muy teatrales –francamente operístico el arranque del cuarto movimiento–, que pone en evidencia la evolución de Karajan desde parámetros toscaninianos hacia la suntuosidad de la última época. Quizá supera a sus registros inmediatamente anteriores –el audio en DG y la filmación para Unitel– y hasta convencería por completo si no fuera porque se nota demasiado la autocomplacencia en los grandes contrastes sonoros y la falta de un mensaje más o menos claro: este es un Beethoven que no mira al pasado sino al futuro romántico, pero a la postre su espíritu combativo es antes burgués que revolucionario con todas las consecuencias.

En la Sinfonía nº 2 es una verdadera lástima que Karajan no deje explayarse todo lo que debería a un Larghetto hermoso pero demasiado rápido, porque el resto de la interpretación es un prodigio de fuerza (¡tremendos los movimientos extremos!), de comunicatividad y de lenguaje beethoveniano.

Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento de la Heroica resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. No tan bien funciona la marcha fúnebre: sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria, sino más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El Scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera parte del Finale resulta luminosa, jovial y optimismo a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado.

Una introducción maravillosamente sensual pero también un punto desmayada nos advierte que Karajan, frente a las magníficas dos realizaciones anteriores con la misma orquesta, se encamina poco a poco hacia una visión en exceso autocomplaciente de la Sinfonía nº 4. Y efectivamente, esta es una lectura soberbiamente tocada y de incuestionable lenguaje beethoveniano, pero que oscila entre momentos de excesiva corpulencia y otros de una languidez un punto narcisista, o por lo menos carente de poesía sincera.

La Sinfonía nº 5 es presunta especialidad de la casa, pero lo cierto es que no termina de convencer. Muy en la línea de su filmación para Unitel algo anterior, Karajan no logra repetir el importantísimo logro de su registro de 1962. Sobran rigidez, marcialidad, y retórica vacua, faltan calidez, flexibilidad y, sobre todo, convicción expresiva. El conjunto resulta en exceso teatrero y volcado en el puro espectáculo. Como advertíamos al principio, la audición en el Bluy-ray no hace sino acentuar los contrastes dinámicos extremos propuestos por el maestro, aunque a cambio en los pasajes más recogidos ofrece una limpieza y una presencia sonora de un detallismo –pizzicati del tercer movimiento– digno de admiración.

Un fiasco la Sinfonía nº 6: todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Tampoco es que se trate, como alguna vez se ha dicho, de una Pastoral pastoril”. No, no es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía se halla ausente. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, eso es verdad, pero sin duda sobrecogedora.

Tal vez la mejor de las recreaciones que Karajan realizó de la Sinfonía nº 7 sea la de la presente integral. Cierto es que, como en el resto de las sinfonías, vuelven a echarse de menos tanto vuelo poético como carácter verdaderamente visionario en una recreación que también resulta un punto lineal, no todo lo flexible e imaginativa que podía haber sido. Pero también es verdad que la que la portentosa técnica del maestro y el músculo por entonces sin parangón de la orquesta berlinesa se ponen al servicio de una admirable síntesis entre emoción sincera y brillantez bien entendida. Un espectáculo, esta vez en el mejor sentido del término.

El primer movimiento de la Sinfonía nº 8 es magnífico, por su soberbiamente delineada arquitectura y por su carácter gozoso, sin excluir el adecuado carácter combativo y tempestuoso del genial clímax escrito por el de Bonn. Los movimientos intermedios están francamente bien, a falta de un punto más de sal y pimienta en el segundo y de encanto en el tercero. Y el cuarto es un descalabro: no solo precipitado sino también rígido y cuadriculado, incluso machacón.

Queda la Sinfonía nº 9. El motivo en la cuerda con que arranca la obra está expuesto con una increíble claridad, como si Karajan quisiera borrar todo rastro de misterio del mismo. Y así parece ser en el desarrollo, desatento al peso de los silencios –una constante en sus diferentes interpretaciones fonográficas de la página– y volcado en extremar las dinámicas de lo fortísimo a lo casi inaudible, pero construyendo la arquitectura de tensiones y distensiones de manera tan milimétrica como lineal. El resultado apabulla, mas carece de sinceridad. Algo mejor funciona el Scherzo, dicho con virtuosismo insuperable y bien recorrido por nervio interno, aunque a la postre igualmente mecánico; las trompetas, como en toda la interpretación, adquieren excesivo protagonismo. El Adagio molto e cantabile ofrece una belleza sonora suprema y está maravillosamente fraseado, pero entre tanto hedonismo la reflexión y la hondura (¿dónde están el lirismo agridulce y los clímax punzantes de Furtwängler y de otros grandes recreadores de la obra?) apenas se entrevén.

El Himno a la Alegría ofrece una doble fuga magistral, pero aquí el de Salzburgo apenas puede disimular su tendenciosidad ideológica y se lanza en plancha no ya a por la marcialidad y la afirmación épica sin rastro de sentido trágico, de elevación espiritual o de carácter visionario, sino a por el decibelio puro y duro, hasta rematar en un final que es puro bombo y platillo. Regular los Wiener Singverein, y sensacional el cuarteto: Anna Tomowa-Sintow, Agnes Balsta, Peter Schreier y José van Dam.

Lo dicho: Karajan elevado a la enésima potencia. Por lo bueno y por lo malo, no se lo pierdan.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Gergiev vuelve a Berlín: Impresionismo en el punto de mira


He quedado sorprendido esta tarde al presenciar la entrada de Valery Gerviev en el concierto de la Filarmónica de Berlín que he podido seguir en directo a través de la Digital Concert Hall: mitad calvo, mitad canoso. Cierto es que le he visto envejecer tanto en filmaciones como en vivo, pero no me lo esperaba tan estropeado. ¡Qué diferencia con la imagen que tengo de él de aquellas portadas de los discos de Philips de sus mejores tiempos, o de aquél autógrafo que me firmó allá por 1992 en Sevilla! Pero centrémonos: programa integrado por Debussy, Rimsky-Korsakov, Prokofiev y Stravinsky, con la clara intención de subrayar los lazos que unen a los citados autores en general y las obras programadas en particular, y siempre con el Impresionismo en el punto de mira.


Preludio a la siesta de un fauno para empezar: muy buena realización del maestro ruso, quien sin ofrecer una recreación particularmente inspirada ha sabido destilar importantes dosis de erotismo y planificar muy bien las tensiones. Memorable la flautista –desconozco el nombre, no estoy seguro de que fuera Jelka Weber– y fatal el gran Albrecht Mayer por una metedura de pata histórica que invalida toda la versión. Duda que la suban al archivo sin arreglarla.

Muy hermosa la suite de El gallo de Oro, dicha con rico sentido del color y apostando por subrayar los aspectos más sensuales de esta música, difuminando aristas y mirando de manera decidida al mundo francés: quizá por eso se echada de menos un punto de intensidad dramática.

Ya en la segunda parte, Gergiev se mostró como el director mediocre que suele ser en la selección de La Cenicienta: insufribles portamentos, languideces varias y escasa incisividad caracterizaron una interpretación globalmente fallida en la que solo interesó, por su voluptuosidad y ensoñación bien encaminadas, el paso a dos entre el príncipe y la protagonista. Fatal el Vals de la medianoche, mal cerrado con unas campanadas dichas sin el carácter ominoso que merecen.

Nada en particular en la suite de El pájaro de fuego: todo en su sitio, por descontado que con memorables solos por parte de la orquesta –aquí sí estuvo formidable Mayer–, dentro de una lectura de nuevo con el mundo impresionista en el punto de mira, y que por ende convenciendo más en los momentos líricos que en los dramáticos. Muy digna interpretación, en cualquier caso, cerrando un concierto muy irregular.

Escalofriante Música fúnebre

Conocía la Musique funèbre de Lutoslawski en dos realizaciones, la grabación del propio compositor para EMI y la filmación de Haitink al frente de la Filarmónica de Berlín. En ninguna de las dos, aun siendo soberbias, había quedado tan hondamente impresionado como en el registro de Christoph von Dohnányi y la Orquesta de Cleveland realizado por Decca en 1990 que escuché anoche y he vuelto a escuchar esta mañana: una recreación particularmente sombría y atmosférica por descontado que llena de tensión cuando corresponde, pero dicha con una depuración sonora exquisita y sin precipitarse un pelo, sino atendiendo plenamente al peso dramático de los silencios. He visto que está en YouTube y aquí se la dejo a ustedes: mientras escribía estas líneas he repasado la de Haitink y efectivamente, esta del maestro alemán me gusta todavía más.



La Sinfonía nº 10 de Shostakovich que constituye el plato fuerte del disco está muy buen, pero solo eso: aquí Dohnányi nos muestra su faceta habitual de maestro antes gran profesional de la batuta que la de artista personal o inspirado, ofreciendo una lectura de formidable solidez y magnífico trazo, certera siempre en la expresión y despojada de cualquier retórica vacua, a la que le falta un punto más de compromiso expresivo –atmosfera siniestra, rebeldía, sarcasmo y mala leche– para terminar de funcionar. La toma es excelente en lo tímbrico, pero se echa de menos un punto más de gama dinámica

Lo dicho: escuchen a Lutoslawski. De escalofrío.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Trifonov viaja a Rachmaninov

Hace ahora más de dos años que comenté la primera entrega del ciclo Rachmaninov que están grabando para Deutsche Grammohopon Daniil Trifonov y Yannick Nézet-Séguin junto a la Orquesta de Filadelfia: me pareció muy notable, sin más. Ahora ha salido una segunda, así que antes de escucharla he visto el Concierto para piano nº 3 que tenía en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín en la compañía de Sir Simon Rattle, correspondiente a la velada de San Silvestre de 2016 de la formación alemana. La interpretación me ha gustado mucho. Mejor dicho: me ha interesado bastante: por distinta y por admirablemente realizada.



Sentado impasible ante el teclado, tocando con facilidad insultante y haciendo gala de una limpieza sonora extrema, el pianista ruso logra ofrecer a sus veinticinco años una interpretación no solo magníficamente tocada, sino también original en su concepto mayormente apolíneo; tenso y contrastado, pero ajeno al arrebato y a las altas temperaturas emocionales, sobre todo en un primer movimiento quizá más distante de la cuenta. Perfecto por el contrario el segundo, en perfecta sintonía con un Rattle extremadamente sensual y voluptuoso, cargado de esa nostalgia propia del autor pero sin caer en decadentismos. El tercero, desgranado con enorme amplitud –en general, toda la interpretación es más bien lenta– sin que resulte pesante, ambso artistas vuelven a guardar distancias, para triunfar por todo lo alto en una entregadísima recapitulación final. La excelencia de la orquesta –formidables solos de Pahud y compañía tras la cadenza– contribuye a redondear los resultados.


Y vamos ya por el nuevo disco, que bajo el título Destination Rachmaninov ofrece los Conciertos para piano nº 2 y 4. El primero de los citados se ha grabado en el mes de abril de este mismo año 2018.  Se encuentra en la línea del nº 3, pero me ha gustado menos: el pianista ofrece una interpretación nuevamente apolínea, clásica en el mejor de los sentidos, de una impresionante depuración sonora, de apabullante claridad –la lentitud de los tempi ayuda– y muy bien planificada en sus tensiones, pero también algo más distante de la cuenta, en exceso alejada de la pasión. El maestro canadiense se amolda al concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de su batuta, pero lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un absoluto control de lo que tiene por delante.


El Concierto nº 4 se grabó en vivo el mismo año que la Rapsodia Paganini del anterior disco, en 2015. Y es en esta página en la que más acierta el pianista ruso, más comprometido aquí en lo expresivo, menos distante, aunque no por ello menos dominador de los medios: el equilibrio al que llega entre control y pasión es perfecto, como también lo es su manera de atender a los aspectos más dramáticos del Largo, muy bien respaldado por un Nézet-Séguin que paladea la música con holgura y sabe ofrecer la pátina nostálgica y sombría que necesita el movimiento. El resultado es una de las mejores lecturas que conozco de la página, aunque por detrás de la maravilla de Ashkenazy con Previn.

 Como propina del disco, tres números de la Partita para violín BWV 1006 de Bach en transcripción de Rachmaninov, interpretados por Trifonov con pulcritud extrema. Estaremos atentos a su devenir artístico.

jueves, 6 de diciembre de 2018

El desigual Debussy de Harmonia Mundi

Heterogénea, incoherente y desigual la serie Debussy que está presentando Harmonia Mundi, circunstancia de la que da buena cuenta este volumen que incluye las tres sonatas más una serie de piezas tardías para piano solo. Arranca con la Sonata para violín y piano en interpretación de Isabelle FaustAlexander Melnikov: Sasha está estupendo haciendo gala de una muy rica pulsación y de un perfecto estilo impresionista, pero la tantas veces desconcertante Faust, de sonido hermosísimo y técnica a prueba de bombas, se lo pasa en grande de portamento en portamento. El resultado es un Debussy meramente ornamental, sobrecargado de curvas art nouveau, amable mucho antes que evocador, en el que la complacencia en lo sensorial se pone por encima de la evocación poética.


Muchísimo mejor la Sonata para flauta, viola y arpa a cargo de Magali Mosnier, Antoine Tamestit y Xavier de Maistre; aunque el viola arranca con un portamento algo exagerado, aquí se aprecian un sentido de las tensiones, de las aristas y del compromiso expresivo que se echaba en falta en la obra anteriormente citada, lo que no impide a los artistas ofrecer la luminosidad, la delicadeza y la depuración sonora que sin duda esta música también necesita.

La Sonata para Violonchelo y piano cuenta con un Javier Perianes formidable, muy entregado, hermosísimo en el toque al tiempo que valiente e intenso, pero aquí vuelven de nuevo los portamentos (¡qué suplicio!), esta vez de la mano de un Jean-Guihen Queyras cuyo sonido increíblemente bello no disimula su tendencia a lo autocomplaciente. Magnífico él, como también el pianista onubense, a la hora de recrear el humor negro del segundo del sorprendente segundo movimiento.

Tanguy de Williencourt se encarga de las piezas para piano solo. Está francamente bien en la Berceuse héroïque, en la Pièce pour l'oeuvre du ‘Vêtement du blessé y en Les Soirs illuminés par l'ardeur du charbon, pero la Élégie no la hace ni “lent” ni “douloureux”. Lo dicho, un disco extraño. Como el resto de la serie.

Sobre el ascenso de VOX

La brutal irrupción de VOX en el panorama político español a través de las elecciones andaluzas del pasado domingo me animan a dejar por escrito unas reflexiones que nada que tienen que ver con la música, pero que considero oportunas en este espacio personal. Se ha hablado de ascenso del fascismo. Posiblemente la etiqueta "fascista" no es la que mejor le sienta al referido partido, pese a que algunos de sus líderes añoran de manera abierta a Franco. Tampoco creo que la mayoría de sus votantes sean "fascistas" propiamente dichos.

Pero sí que es cierto que tanto afiliados como simpatizantes, espoleados por la justa indignación ante la corrupción de los partidos tradicionales, por el miedo al terrorismo y por el odio ante el separatismo catalán, entre otras cosas, son decididos partidarios de medidas de un egoísmo atroz (retirada de ayuda a los inmigrantes) y de una tristísima intolerancia (violencia de género, LGTB) mediante las cuales están dispuestos a dejar sufrir a miles de personas simplemente porque "los españoles estamos los primeros" o porque "Dios, la naturaleza y la tradición" lo quieren así. Medidas, además, entre las cuales se incluyen algunas de un populismo y una simplicidad aplastantes (cierre de Canal Sur, devolución de las competencias en sanidad y educación) y guiños clarísimos a los que añoran la dictadura de Franco (anulación de la Ley de Memoria Histórica).

Como remate del pastel, guinda neoliberal (aquí vale mezclar todo, desde la retórica españolista hasta la versión más terrorífica del capitalismo) con una brutal bajada de impuestos que, como se dará cuenta cualquiera que piense un poquito, supondrá una puñalada para los más pobres y pondrá en muy serio peligro el estado del bienestar. Todo ello adornado con banderas, muchas banderas de España, que ya se sabe que la alusión a las emociones primarias es mucho más efectiva que el razonamiento.

¿Lo peor de todo? Los votantes de VOX están envalentonados. También los que han votado al PP y a Ciudadanos, que necesitan desesperadamente pactar con ellos para gobernar en mi comunidad autónoma. Me han llegado mensajes de WhatsApp por parte de votantes confesos de VOX cachondeándose del PSOE, un poco como diciendo "ahora os jodéis, rojeras". En las redes me han salpicado los espumarajos de personas supuestamente cultas y progresistas cuyo odio hacia el PSOE de Andalucía, que comprendo perfectamente aunque no comparto, les hace perder cualquier miedo ante el avance de VOX, supuestamente como un "mal menor" frente al "mal mayor" del chiringuito socialista, sus eventuales aliados de extrema izquierda y la amenaza del soberanismo catalán: justo igual, por cierto, que los alemanes de los años 30 se mostraban condescendientes ante el ascenso nazi por la corrupción e impotencia de la república de Weimar y por el peligro bolchevique.

En mi entorno personal ya he presenciado enfrentamientos por este tema. Los simpatizantes de VOX lo tienen claro: ellos sí son verdaderos demócratas, los de izquierda no. Ahora saben que son muchos los que piensan como ellos. No van a tener miedo de decirlo, ni de ponerse chulos. Y, habida cuenta de que en el distrito de mi instituto han arrasado los votos de la derecha, ya no podré llamar en clase "ultraderecha" a VOX al igual que he desde siempre llamado "ultraizquierda" a Podemos. Porque estos señores son capaces de ponerme una denuncia.

Malos tiempos los que están por venir. Y los votantes de VOX, no los catalanes, ni la corrupción, ni los inmigrantes, ni los terroristas, son los principales culpables de ello.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Barragán, Ioniţă y Pérez Floristán

Fue portentoso el recital de Pablo Barragán, Andrei Ioniţă y Juan Pérez Floristán que los tres artistas ofrecieron el pasado 1 de diciembre ante un público, el del Teatro de la Maestranza, justificadamente emocionado. Con respecto a la segunda parte del programa, la Sonata nº 2 para clarinete y piano y el Trío para clarinete, violoncelo y piano de Johannes Brahms, poco puedo añadir a lo escrito por mí la noche antes en este mismo blog a partir del disco grabado este verano por los artistas. Pero sí puedo decir algo sobre la primera, dedicada a Robert Schumann: Papillons, las tres Romanzen op. 94 para clarinete y piano y las Fantasiestücke Op. 73 para violonchelo y piano.


En el autor de la Sinfonía Renana quedó bien clara la categoría de Pérez Floristán, a quien sin ningún temor, y a raíz de las cosas que últimamente le he ido escuchando, de Liszt a Gershwin pasando por Rachmaninov, quiero situar entre los mejores pianistas del mundo. Sí, vale, aún tiene que ampliar repertorio y demostrarnos qué es capaz de hacer en determinadas piezas clave, pero no es fácil hacer un Schumann de semejante nivel, con un sonido tan apropiado –más que en Brahms, en el que el sevillano se queda algo corto en densidad– y un tan admirable equilibrio entre lo musculoso y lo alado, entre la ensoñación y el arrebato, entre la poesía lírica y el tormento dramático, sin caer en las fáciles trampas del nerviosismo (¡basta ya de entenderle como un compositor eminentemente esquizofrénico!) o de su extremo contrario, la sosería disfrazada de apolínea elegancia. Y eso lo supo plasmar con soberbia técnica, haciendo gala de una pulsación de infinita riqueza de matices, amén de con una formidable agilidad, pero sobre todo evidenciando  una enorme convicción expresiva. No es ninguna tontería ofrecer una interpretación tan notable de Papillons –fíjense en que mi amigo Carrascosa en esta página solo le pone un 9 a Arrau, y a nadie un 10–, aunque fue en las dos piezas en las que se convertía en acompañante cuando Pérez Floristán dio lo mejor de sí mismo.

Dentro del mismo nivel de excelencia se movió Barragán, un señor que no solo no intenta seducirnos con esas amas de la sensualidad tímbrica y el fraseo curvilíneo del que justamente es uno de los instrumentos más seductores que existen, sino que apuesta fuerte, arriesga muchísimo –por ello mismo hay algún resbalón muy aislado– y ofrece interpretaciones a tumba abierta en la que lo único que interesa es la fuerza expresiva de las notas. Ya lo escribí al referirme a su Brahms: la teatralidad de su línea, repleta de acentos y claroscuros, recuerda a las inflexiones de la voz humana. Todo ello, como su compañero, desde un perfecto control de la arquitectura y sin dejarse llevar por el arrebato. Un artista colosal, al que venturosamente le queda toda la vida por delante.

Espero que ningún amigo del violonchelista se dedique a escribirme mensajes agresivos –ya me ha pasado con algún artista local al que prefiero olvidar–, pero en honor a la verdad –si oculto mi opinión, lo escrito arriba queda falto de validez– debo reconocer que Andrei Ioniţă me ha gustado menos que sus compañeros, sobre todo por algo que ya se intuía en el disco Brahms y que en Schumann ha quedado muy en evidencia: sus excesos en los portamenti, que en más de una ocasión le hacen sonar quejumbroso, por no decir blandengue. Ahora bien, nadie le puede negar que posee una muy sólida técnica y que sintoniza de maravilla con sus dos amigos a la hora de entender los momentos más arrebatados de uno y otro compositor: particularmente memorable el último movimiento del Trío brahmsiano.

Una propina de Ginastera, en arreglo del propio Pérez Floristán, cerró una velada interpretativamente excelsa que, dejando por fin al margen los merecidos elogios a los artistas, nos permitió disfrutar en directo de una música maravillosa que debería escucharse muchísimo más de lo que se hace.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Krenek y Ullmann en el Maestranza: tiempos sombríos

En junio de 2016 pude ver en el Teatro Real de Madrid este espectáculo en torno al Emperador de la Atlántida de Viktor Ullmann, en arreglo y orquestación de Pedro Halffter y bajo la propuesta escénica de Gustavo Tambascio, con la diferencia de que en la primera parte se ofrecía entonces El canto del amor y muerte del corneta Christoph Rilke, del mismo autor, y esta vez se ha optado por la breve ópera de Ernst Krenek El dictador. No tengo tiempo de repetir lo que entonces escribí: vamos a por lo que me ha parecido ahora.

En primer lugar, siento con mayor claridad que la versión que más me gusta no es la del propio Ullmann, sino la de Halffter. Vuelta a escuchar la grabación de Lothar Zagrosek (Decca), me parece que el original no es tan incisivo ni cabaretero como algunos pensábamos. Que esta música está pidiendo a gritos “otra cosa”: una profundización en el vuelo lírico, en los contrastes sonoros y en el pathos trágico implícito en los pentagramas. Justo lo que hace con sus arreglos el maestro madrileño, potenciando así los aspectos más interesantes de esta música desigual que solo alcanza verdadera inspiración en los dos números finales, que han logrado dejarnos con el corazón en un puño.

En segundo lugar, quizá deba replantearme mi negativa opinión sobre el desaparecido Gustavo Tambascio, al que desdichadamente asocio a dos óperas que considero musicalmente horrorosas: el Quijote de Manuel García y el Segismundo de Tomás Marco. Este trabajo con Ullmann comparte con aquellas producciones su esteticismo y su tendencia a la cursilería, pero no hay que negarle inteligencia a la hora de evitar tópicos, capacidad para sugerir y habilidad para darle ritmo a la acción. En lo puramente visual el trabajo es de un extraordinario atractivo, aunque aquí el mérito le corresponde a la escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, la luminotecnia de Felipe Ramos y los figurines de Jesús Ruiz.

La partitura de El dictador me parece mediocre. Incluirla en el programa sirve ante todo para satisfacer la curiosidad de quienes estamos interesados por las “músicas degeneradas”. Si a lo largo de esa media hora lo pasé bien fue por la divertida puesta en escena de Rafael Rodríguez Villalobos, un chico al que conozco desde tiempo inmemorial pero con el que no tengo ningún contacto desde hace bastantes años, dicho sea de paso, y del que me había formado una mala opinión como director de escena a tenor de lo que parece ser la naturaleza de sus producciones: regista como provocador y centro de la función, por descontado. Dicho esto, me parece muy bien –mejor dicho, muy mal, por lo tarde que le ha llegado el ofrecimiento– que el Maestranza haya contado con él, y me ha gustado mucho lo que ha hecho con el título. Ciertamente convertir a María en la Unión Europea y al dictador inspirado en Mussolini en el no menos gorrinoide Donald Trump puede resultar demasiado obvio, pero no ha dejado de resultar oportuno: ayer 395.000 andaluces votaron a la ultraderecha de VOX. Por lo demás, el conjunto está realizado con inteligencia, dinamismo y buen sentido del humor, sin cargar las tintas en lo grosero y haciendo gala de una enorme capacidad para la dirección de actores. Veremos si Rafa no se pasa de la raya en ese Orfeo de Gluck para el que le han dado carta blanca en el Villamarta.

Por pura casualidad tanto el Orfeo como la Eurídice de esa próxima producción estaban en el elenco de este programa doble: José Luis Sola encarnó de manera muy satisfactoria a Arlequín mientras que Nicola Beller Carbone cumplió sobradamente como María en la página de Krenek y como Tambor Mayor en la de Ulllmann. También convenció en su doble papel Natalia Labourdette. Martin Gantner se mostró irregular prestando voz a los dos tiranos, aunque sin los serios problemas de quien se ocupara del emperador en Madrid: en el Maestranza hemos salido ganando. Formidables Sava Vemic encarnando a la Muerte y el onubense David Lagares como el Altoparlante. Muy bien el ya veterano pero siempre estimable Vicente Ombuena interpretando a los soldados de ambos títulos: ¿falla alguna vez el tenor valenciano? Buen trabajo el de la orquesta bajo la dirección de Halffter, aunque como siempre su batuta acertó antes a la hora de desarrollar atmósferas que a la de construir tensiones.

El respetable reaccionó –función del domingo 2 de diciembre– de manera extremadamente fría tras la página de Krenek y con moderado entusiasmo tras la de Ullmann. Un señor mayor, supongo que indignado, se levantó cuando María se quedaba en bragas y sujetador. Otro lo hizo mientras los figurantes se iban desnudando para entrar en la cámara de gas en la última escena. Muy probablemente este es el público que verá con agrado la anunciada marcha de Halffter, y el mismo al que, espero que no se cumplan las peores predicciones, el nuevo responsable del Maestranza obsequiará con mayor dosis de zarzuela, presuntamente atrevidas de recuperación del repertorio lírico hispano (¡horror!) y portazo total a “rarezas germánicas”. Todo muy acorde con los sombríos tiempos que nos vienen en lo político.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Portentoso Brahms de Barragán y Floristán

Mañana sábado 1 de diciembre ofrece el Teatro de la Maestranza un recital del clarinetista Pablo Barragán, el violonchelista Andrei Ioniţă y el pianista Juan Pérez Floristán integrado por obras de Schumann en la primera parte y de Brahms en la segunda, correspondiendo esta última con el compacto grabado por los mismos intérpretes para el sello granadino IBIS, lanzado este mismo año: se omitirá la Sonata para clarinete nº 1 y se tocarán la Sonata nº 2 y el Trío para clarinete, violoncelo y piano. Gracias a la plataforma Tidal –me permito recomendarles a ustedes la suscripción– acabo de escuchar el disco, y he quedado mudo del asombro.


En realidad tenía que haberlo imaginado, porque tanto a Floristán como a Barragán –de este último hace tan solo un par de meses– he dedicado en este mismo blog encendidos elogios. Su interpretación de las dos sonatas es portentosa: tengo recientísimas las versiones de Werner Fuchs y Elena Bashkirova –filmaciones del año 1996 editadas por Euroarts– y les puedo asegurar que estas no les van a la zaga. Los andaluces andamos a veces algo acomplejados y podría parecernos exagerada la afirmación de que un chaval de Sevilla y otro de Marchena tocan a Brahms con el mismo acierto que intérpretes internacionales de enorme altura. Pues así es.

¿Y cómo son estas versiones? Pues apasionadas ante todo, llenas de fuerza, de convicción y de comunicatividad, dentro de un enfoque en el que los aspectos líricos, aun estupendamente atendidos, no tienen la primacía, sino que se encuentran bien equilibrados con los más dramáticos, alcanzando incluso momentos verdaderamente tempestuosos. En este sentido, nuestros intérpretes parecen no mirar tanto ese mundo de la nobleza y la calidez brahmsiana como el de la agitación de Robert Schumann: tiene todo el sentido que en el programa de Sevilla sea el autor de la Renana quien ocupe la primera parte.

Sobre los artistas ni puedo concretar mucho. Si en otros clarinetistas podemos encontrar subyugante el control del fiato o la sensualidad de su línea, en Barragán sobresale la enorme cantidad de inflexiones expresivas con que interpreta, otorgando a su fraseo unas cualidades expresivas, diríase incluso que teatrales, que recuerdan un tanto a las de la voz humana. Floristán destaca por el empuje, la decisión y la fuerza con que aborda su parte, alejándose por completo de la neutra “rutina de acompañante” –llamémosle así- y compartiendo protagonismo al cien por cien con el clarinete; ni que decir tiene el pleno dominio de los recursos técnicos del piano está por completo garantizado.

El rumano Andrei Ioniţă sintoniza con sus colegas en lo apasionado de Brahms, y aunque por momentos hay algún detalle en el fraseo que no me ha convencido, encuentro muy atractivo el intenso dolor con que aborda su parte en el Trío: los tres artistas tienen bien claro que la música, o al menos esta música, no es para deleitarnos con sonidos más o menos hermosos, sino para interpretarla a tumba abierta. Así lo hacen y los resultados, perdonen que insista, son magistrales. Queda claro que mañana hay que pasarse por Sevilla. Clarísimo.

jueves, 29 de noviembre de 2018

El arrollador Edgardo de Celso Albelo

Tras el concierto de la Filarmónica de Gran Canaria en Las Palmas pasé un par de días en Tenerife, una isla en la que jamás había estado y que me ha parecido fascinante, sobre todo teniendo en cuenta que he podido vivir en directo (¡y menuda vivencia!) aquellas cosas que yo mismo me veo obligado a imaginar en mis clases de geografía. Tampoco están mal la arquitectura y el arte que he visto, aunque en estas líneas lo que me corresponde es decir algunas cosas sobre la Lucia de Lammermoor organizada por la Ópera de Tenerife a la que asistí el sábado 24 en el auditorio diseñado por Santiago Calatrava, un edificio poco menos que fascinante desde el punto de vista plástico.


Me resulta inevitable comparar este Donizetti con el que hace muy poco pude escuchar en el Maestranza, máxime cuando la joven Leonor Bonilla, triunfadora de las funciones sevillanas, se encuentra muy vinculada a la ópera tinerfeña. En Santa Cruz la protagonista es Irina Lungu, cantante de prestigio que cantaba por primera vez el rol de Lucia. Los resultados han sido igualmente de alto nivel, pero con una gran diferencia con su colega: mientras Bonilla fue de más a menos, Lungu lo hizo de menos a más. La soprano sevillana se merienda con patatas a la rusa en “Regnava nel silenzio”, y creo que no únicamente porque su voz resulta ahí más flexible, sino también por un legato mucho más hermoso, un uso más sensible de los difuminados y una muy superior expresividad. Lungu cantó bien, pero la encontré fría e inexpresiva. En los enfrentamientos con Enrico y Raimondo –ofrecidos en su integridad, venturosamente– empezó a centrarse y pudo ir haciendo gala de una voz que, a la postre, es mucho más adecuada para el personaje –más carne en el centro y más peso en el grave- que la de Bonilla. Por eso mismo Lungu sí que estuvo a la altura en el fundamental sexteto, mientras que en toda la escena de la locura se encontró a sí misma y, pese a algunos muy puntuales resbalones canoros, demostró ser una gran artista ofreciendo una interpretación que, sin desdeñar las inflexiones propias del belcantismo, no se quedó en la mera belleza del canto, sino que supo atender a los matices psicológicos y transmitir sinceridad expresiva.
 

Celso Albelo jugaba en casa, si bien su abrumador éxito estuvo plenamente justificado desde el punto de vista artístico. Su Edgardo es muy diferente del de José Bros: si el catalán supera con inteligencia, técnica y musicalidad enormes las limitaciones de su instrumento, el canario triunfa luciendo una voz que es una maravilla por su volumen, homogeneidad y riqueza de armónicos, y haciendo gala de una línea de canto valiente, muy “echada para adelante”, en buena medida exhibicionista –lo que incluye algunas meteduras de pata, todo hay que decirlo–, pero con una virilidad, una vehemencia y una fuerza expresiva ante las que resulta difícil resistirse. Si controlase su tendencia a lucirse y corrigiese esas poses escénicas de tenor a la antigua usanza, mejoraría aún más su arrollador Edgardo.

No me gustó el Enrico de Andrei Kymach, barítono ucraniano cuyo magnífico instrumento se encuentra desaprovechado desde el punto de vista técnico y expresivo debido a un fraseo más bien tosco, incluso primario. Mucho mejor el Raimondo de Gabriele Sagona, jovencísimo bajo de voz lírica pero bastante sólida que llegó con el tiempo justo para sustituir –desde la primera de las tres funciones, la mía era la última– al cantante inicialmente previsto, demostrando un muy considerable potencial. Excelentes la Alisa de Vittoria Vimercati y el Normanno de Klodjan Kacani.

El coro estuvo muy correcto, aunque la gran baza de los cuerpos estables es la Sinfónica de Tenerife, a la que es una gloria escuchar en el foso: nada que ver con el sufrimiento que tenemos que padecer en todas y cada una de las funciones operísticas del Teatro Villamarta de mi tierra. Ni con la mera solvencia de un Teatro Real o de un Liceo, dicho sea de paso. Otra cosa es la labor de Christopher Franklin, maestro que me pareció muy interesante dirigiendo Peter Grimes en Les Arts y que en Lucia, a mi entender, se limitó a concertar con enorme técnica y sin caer en la menor vulgaridad. No estuvo mal, pero se le puede sacar más partido a la obra maestra de Donizetti.


El regista Nicola Berloffa defiende con inteligencia en el programa de mano su propuesta escénica. El problema es que leyéndole convence por completo, pero viendo los resultados lo hace bastante menos. Desconcierta la ambientación, y no tanto porque la acción se traslade a la Escocia de los años cuarenta del pasado siglo como por la pérdida de esa atmósfera romántica que la música necesita: sustituir la fuente, el castillo o la torre en medio de una tormenta por las diferentes salas de una vivienda termina resultando prosaico. Tampoco la dirección de actores fue del todo buena. Algo acartonada, más bien. Lo que sí funcionó de maravilla fue la escena de la locura, aprovechando el carácter giratorio de la escenografía para hacer deambular a Lucia por todas las estancias, lúgubre y sugestivamente iluminadas.

Muy en resumen, estupenda orquesta y digna batuta al servicio de un elenco de considerable altura –con el borrón del Enrico–, más una puesta en escena que se queda a medio camino pero que no llegó nunca a molestar. Ya quisiéramos escuchar habitualmente este repertorio con semejante nivel medio.