sábado, 23 de julio de 2016

Una triste historia

Me daba ayer Ángel Carrascosa la noticia del fallecimiento del crítico musical jerezano José Luis de la Rosa Retamero, corresponsal durante largo tiempo de la revista Ritmo y colaborador semanal en Diario de Jerez (obituario). Tenía tan solo cincuenta y nueve años de edad.



Conocí a José Luis hace ahora dos décadas justas. Fuimos amigos cordiales durante bastante tiempo. Nos parecíamos muy poco en lo personal, pero compartíamos un temperamento inflamable y la pasión por la música clásica en general, y por Beethoven –y su mejor intérprete, Barenboim– en particular. También compartíamos el vicio de acumular discos y más discos en las estanterías.

Poco a poco, y con el Teatro Villlamarta como decisivo trasfondo, la relación se fue deteriorando seriamente. Al final la situación estalló y nos convertimos en enemigos irreconciliables. No tiene sentido ahora entrar en los porqués. Simplemente diré que la noticia me ha dejado muy triste. Descanse en paz.

jueves, 21 de julio de 2016

Sinfonía alpina, de Richard Strauss: discografía comparada

Richard Strauss escribió Eine Alpensinfonie entre 1911 y 1915; no coincide en el tiempo, por tanto, con sus más conocidos poemas sinfónicos, pues el genial compositor ya había dado a la luz obras como Salome, Elektra y Rosenkavalier. Sería más bien contemporánea de Ariadne auf Naxos, lo que nos habla de un artista en plena madurez que domina como nunca nadie lo ha hecho los recursos de la gran orquesta sinfónica.

Hay varías líneas interpretativas posibles. La más ortodoxa consiste en seguir el programa y realizar una descripción de un amanecer en los Alpes bávaros, el camino a través de prados, bosques y cascadas, la llevada a la cumbre para contemplar el impresionante paisaje y el posterior descenso en medio de una terrorífica tormenta –si ustedes han escuchado tronar en la alta montaña saben de qué les hablo–, para concluir en un atardecer meditativo y filosófico. La otra, que no resulta excluyente con la anterior, interpreta el hilo argumental como una metáfora de la vida humana: nacimiento, juventud, plena madurez –la cumbre–, tormentos de la vejez y abandono de este mundo. Al mismo tiempo, están los directores que potencian los aspectos más líricos y ensoñados de la partitura, mientras otros se muestran partidarios de marcar aristas y de hacer la interpretación lo más escarpada posible. La siguiente selección de grabaciones aspira a recoger todas esas posibilidades.

Sobre las puntuaciones, debo apuntar que en más de un caso he dudado mucho a la hora de poner una nota. Quizá debería haber recurrido a usar decimales, pero no me gusta hilar tan fino. Lo que sí debo dejar claro es que esta es la comparativa en la que más importancia le he dado a la calidad de la orquesta, cosa que ustedes comprenderán a la perfección habida cuenta de las características de la partitura de la que estamos hablando, extremadamente exigente en lo que a virtuosismo, brillantez y maleabilidad se refiere.


 

1. Böhm/Staatskapelle de Dresde (DG, 1957). Karl Böhm fue el más grande straussiano del siglo XX, y aunque a finales de los cincuenta todavía no había alcanzado su mayor grado de inspiración interpretativa, nos encontramos aquí ante una dirección de considerable nivel. Dirección amplia y poderosa que es llevada con perfecto pulso, absoluto control y mucha decisión hacia clímax de grandeza abrumadora y un punto opresiva: la visión del maestro es antes dramática que descriptiva. La tormenta resulta terrorífica, y a partir de ahí se podía pedir un punto más de emotividad poética en la reflexión final. En cualquier caso, el único reparo serio es la relativa calidad de la orquesta, que por mucho que fuera la que había estrenado cuarenta y dos años atrás la obra, suena bastante destemplada –particularmente en los metales– para quienes estamos acostumbrados a las increíbles máquinas de hacer música de hoy día. La toma es monofónica, pero de buena calidad. (8)



2. Kempe/Royal Philharmonic (Testament, 1966). Aun encontrándonos ante una interpretación dicha con ganas, de una pieza, irreprochable idioma straussiano y ajena a efectismos, lo cierto es que la batuta del maestro nacido en Dresde se muestra algo lineal, no aprovechando muchos pasajes que requieren mayor vuelo lírico y necesitando un tratamiento orquestal de mayor plasticidad. La claridad no está siempre conseguida, mientras que el final no resulta todo lo inquietante que debiera. En lo que se refiere a la orquesta londinense, los metales resultan algo estridentes y desabridos. La grabación es buena en lo tímbrico, pero se queda corta en gama dinámica y no equilibra bien los planos sonoros. (7)



3. Kempe/Staatskapelle de Dresde (DVD Audio EMI, 1971). Aun más lograda que su registro con la Royal Philharmonic, esta grabación no se mantiene hoy tan vigente como su enorme prestigio nos pudiera hacer pensar. Además de que la orquesta que estrenó la partitura sigue estando en baja forma, flaqueando sobre todo por unas trompetas más bien estridentes, por parte de Kempe las inspiración se muestra algo irregular: las melodías no están del todo paladeadas, hay una cierta falta de aliento poético y al tramo final se le podría sacar más partido. En cualquier caso, el maestro muestra un desarrollado instinto del color y de las texturas –a destacar el incisivo y sarcástico tratamiento de las maderas–, sabe construir el edificio sin vacilaciones y ofrece momentos de una enorme intensidad emocional, particularmente en el desgarrado clímax tras finalizar la tormenta. La toma sonora presenta distorsión, pero gana mucho cuerpo en el hoy descatalogado DVD audio, sobre todo en lo que al registro grave se refiere, poderosísimo, si bien apenas se nota la cuadrafonía salvo en las trompas fuera del escenario, que suenan verdaderamente distanciadas, y la escena de las vacas, que pasan “por delante” de la orquesta. Supongo que el nuevo reprocesado de Warner habrá mejorado las cosas en CD. (8)


4. Solti/Sinfónica de la Radio Bávara (Decca, 1979). Nadie puede negar a Solti haber sido uno de los grandes expertos en el sonido straussiano, y desde luego en este registro –en Múnich y no con su orquesta de Chicago, curiosamente– lo demuestra con creces ofreciendo un increíble dominio de las texturas, brillantez a raudales y una vitalidad portentosa. Pero lo cierto es que, tras un amanecer muy conseguido, el maestro da una de cal y una de arena alternando pasajes de enorme garra con otros lastrados por la precipitación –le dura solo 44’19’'– en los que las melodías no se desarrollan con la cantabilidad, la grandeza ni la emotividad que la partitura demanda. Eso sí: soberbiamente grabada, la orquesta funciona a pleno rendimiento bajo la batuta de un maestro que extrae de la misma unos colores más incisivos de lo que en ella es habitual. (7)



5. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). En el momento más inspirado de su carrera, y también en el de mayor dominio del idioma straussiano –poco después vendría su genial Rosenkavalier–, el de Salzburgo firmó uno de los mejores discos de su carrera con esta interpretación que no es personal ni creativa, pero sí irreprochable en la comprensión de la obra. Karajan encuentra el punto justo de elegancia y decadentismo, sin blanduras pero también mostrándose ajeno a los excesos, sabiendo ser descriptivo, pintoresco y amable sin renunciar a lo dramático –tremenda la tormenta– ni a lo trágico –el final desprende el adecuado amargor–. Todo ello lo plasma en sonidos con la mayor perfección imaginable, tanto en lo que al trazo se refiere –acenso y descenso planificados con absoluta naturalidad– como en lo que respecta al equilibrio de planos –se escucha todo–, al tratamiento del color –riquísimo, con portentosa sensualidad straussiana– y a la plasticidad de las texturas, expuestas con un preciosismo y refinamiento al alcance solo de las más geniales batutas. La Filarmónica de Berlín, redonda en sonoridad y con un registro grave aquí de lo más adecuado, es la ideal para esta obra. (10) 



6. Previn/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1983). Una interpretación de línea digamos “objetiva”, directa, decidida y entusiasta, admirablemente trazada, irreprochable en el idioma y brillante en el punto justo –no hay exceso alguno–, como tampoco de melifluidad o carácter en exceso contemplativo. Alguna frase podía estar un poco más paladeada, y el último cuarto de la obra podía alcanzar aún más magia y profundidad –al final se le podía sacar más partido–, pero en conjunto es una recreación de muy alto nivel, lo que tiene mucho que ver con la fantástica ejecución de la orquesta: quizá por ella le podemos poner sobresaliente al resultado, y no el notable alto que en realidad merece la batuta. La toma no es del todo clara ni natural en lo tímbrico, aunque alcanza gran gama dinámica en la tormenta. (9)





7. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony, 1983). Extrañamente el de Salzburgo muestra aquí cierta desconcentración que le lleva a no ofrecer toda la grandeza posible ni a desgranar las melodías con la mayor cantabilidad, ni siquiera a ser todo lo claro que acostumbra: el registro en estudio es sin duda superior. En cualquier caso, Karajan termina ganando la partida por su sentido del color, su brillantez, su elocuencia y, claro está, por la espectacularidad de una impresionante tormenta. La gama dinámica del DVD es realmente amplia. (9)


 

8. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1985). Como es habitual, el maestro holandés no se muestra creativo ni personal, pero sí perfecto en la arquitectura, irreprochable en la musicalidad, ortodoxo en el estilo y, en esta ocasión, muy sincero. La arquitectura está perfectamente trazada, los aspectos descriptivos están muy conseguidos, el clímax central alcanza fuerza sin retórica, la tormenta despliega mucha fuerza y la meditación final, ya que no muy filosófica, exhibe serena belleza. El final es más sobrio y digno que pesimista. La orquesta, fabulosa: como en el anteriormente citado registro de Previn, es por el esplendor orquestal –y no tanto por la batuta– por lo que esta interpretación se merece el sobresaliente. (9)



9. Maazel/Radio Bávara (RCA, 1988). Interesantísima aportación de un Maazel que deja de lado la delectación melódica, la ensoñación lírica y la grandiosidad épica para subrayar los aspectos más escarpados, dramáticos y sombríos de la partitura. La tormenta es más electrizante y terrible que poderosa, mientras que final resulta particularmente descorazonador e inquietante. Ahora bien, el enfoque es resulta tan unitaleral que en algún momento se echa en falta algo más de poesía. Sin duda espléndida –como con Solti– la orquesta muniquesa, aunque la batuta procura que suene más rústica que propiamente straussiana. Magnífica la toma sonora, asombrosa si se escucha en Dolby Surround. (9)



10. Blomstedt/Sinfónica de SanFrancisco (Decca, 1989). El maestro de origen sueco se muestra aquí antes como un sólido y sensato kapellmeister de espléndida técnica e irreprochable musicalidad –no hay espacio para melifuidades ni para excesos– que como un verdadero recreador de lo que se le pone por delante. Todo está en su sitio, el trazo es perfecto –nada de nerviosismo– y los clímax alcanzan una electricidad y fuerza dramática impactantes; pero el lirismo, la sensualidad y el carácter humanístico que también se encuentran en la partitura parecen escapársele en buena medida. Una visión, en cualquier caso, que termina siendo atractiva por su carácter escarpado y el regusto amargo que desprende, aparte de por la espléndida toma sonora con que los ingenieros de Decca realzan los buenos mimbres de la Sinfónica de San Francisco. (8)



11. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). Nos encontramos aquí ante una visión eminentemente humanística y filosófica, muy alejada de lo descriptivo y pintoresco, lo que quiere decir que alcanza sus mejores momentos en todo el tramo final, de una hondura y belleza admirables, pero también que se queda algo corta de sentido del color, de constrastes y de matización de las intervenciones solistas en otros momentos. Tales insuficiencias por parte de la batuta las compensa la ejecución orquestal difícilmente superable de una orquesta que aquí suena de modo magnífico, pero muy alejada de la opulencia y la delectación sonoras.  (9)




12. Ozawa/Filarmónica de Viena (Philips, 1996). Esta interpretación deja bien claras las características directoriales del maestro japonés: fraseo fluido, flexible y muy elegante, agilidad bien entendida, tímbrica rica –antes suave que incisiva–, brillantez controlada a la perfección y, en el lado negativo, tendencia a lo superficial y lo descafeinado, o al menos a ofrecer interpretaciones más bien complacientes y no muy ricas en pliegues expresivos. En este sentido, el primer tercio de la obra resulta un tanto naif y pintoresco, antes que verdaderamente poético. Poco a poco Ozawa se va centrando y alcanza picos de tensión muy impactantes, para luego ofrecer una tormenta de gran vistosidad y clímax particularmente terrorífico. La sección final, hermosísima pero de nuevo no muy honda ni conmovedora. Menos mal que está la orquesta vienesa para arregar un poco las cosas. (8)



13. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (DVD y YouTube Euroarts, 1998). La orquesta que estrenó la obra, ahora sí en espléndida forma pese a ciertas inseguridades en los metales, se pone al servicio de la infravalorada batuta del director veneciano para ofrecernos una interpretación eminentemente colorista y descriptiva, de desarrollado sentido del color y de las texturas, elevada brillantez –en absoluto grandilocuente– y gran atención a los efectos pintorescos y onomatopéyicos, en la que sólo hay que reprochar cierta falta de dimensión filosófica en los minutos finales. Como ven, el propio sello Euroarts la ha subido íntegra a YouTube. Disfrútenla. (9)



14. Thielemann/Filarmónica de Viena (DG, 2000). Thielemann se mira en el espejo de Karajan para construir una lectura descriptiva y colorista antes que inquietante, suntuosa en la sonoridad, refinada pero también de enorme opulencia, cantada con amplio aliento lírico e idóneo idioma straussiano. El problema es que el maestro berlinés, además de no posser el increíble virtuosismo de su ídolo a la hora de tratar las texturas, tiende en exceso a lo bucólico y ensoñado en los momentos más líricos, hasta el punto de que en algunas frases resulta no solo en exceso ternurista, sino también un tanto empalagoso, por no decir blandengue. La espléndida orquesta no parece terminar de sonar como ella suele, aunque esto puede ser debido a una toma sonora que, aun ofreciendo una enorme potencia durante la tormenta, no llega a la máxima categoría posible para la época. (8) 



15. Wit/Staatskapelle Weimar (Naxos, 2005). El maestro polaco nos ofrece una singular recreación, de perfecto idioma pero en una línea mucho antes contemplativa que dramática, opción que termina produciendo algunos desequilibrios. Maravillosa resulta la primera mitad de la obra, ascendiéndose a la cumbre con una sensualidad, una comunicatividad y una nobleza admirables, cantando las melodías con una extraordinaria concentración y una gran dulzura –sin caer en el empalago– y no dejándose llevar por la descripción pintoresquista, sino optando más bien por una serena reflexión; de ahí que se pueda echar de menos mayor riqueza tímbrica y atención a las texturas. El clímax es magnífico: sereno y grandioso. A partir de ahí la batuta pierde algo de tensión interna, no siendo del todo inquietante el paisaje de calma previo a la tempestad y echándose de menos en esta última mayor electricidad, virulencia e incisividad. Eso sí, no hay la menor concesión efectista. El final vuelve a ser muy noble y hermoso, aun sin el regusto amargo y la hondura trágica de otras lecturas. La orquesta se comporta muy bien. (8)




16. Luisi/Staatskapelle de Dresde (Sony, 2007). De nuevo la Staatskapelle en una interpretación que es un prodigio por su arquitectura global, por su claridad, por su colorido, por sus texturas, por su carácter descriptivo más no pintoresco, y asimismo por la capacidad para resultar brillante sin caer en la retórica. Quizá el amanecer resulte algo más nervioso de la cuenta y sobre alguna frase algo empalagosa en la primera parte. La tormenta está llena de fuerza, al mismo tiempo que el maestro logra de maravilla que se escuchen todos y cada uno de los detalles instrumentales. Sólo cabe pedir un poco más de reflexión filosófica en la sección final, justo lo que era el punto fuerte de un Barenboim. El final, más que siniestro, es seco y distante. La orquesta está ahora mejor que nunca, ofreciendo una sonoridad muy hermosa y mostrándose cuajada de solistas muy musicales. Fantástica la toma, sencillamente una de las mejores grabaciones de la música de Strauss que se hayan realizado. Intenten conseguir el SACD: ahí luce en todo su esplendor. (9)




17. Bychkov/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). El idioma es irreprochable, el pulso está bien sostenido –los tempi son rápidos–, no hay excesos ni melifuidad y la brillantez está garantizada, pero Bychkov se muestra bastante impersonal (¿a alguien le sorprende?), poco creativo e incapaz de destilar poesía en los pentagramas, siendo el resultado más bien plano y echándose de menos compromiso y variedad expresiva. Tampoco atiende mucho a la disección del entramado orquestal. Eso sí, impresionante la Filarmónica de Berlín, que aporta mucho a la interpretación. (7)



18. Haitink/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2008). Esta interpretación en vivo no es mejor que la anterior en estudio a cargo del mismo director, pero sí complementaria. La jornada ya no es la de un hombre maduro en plenitud de facultades, sino la de un anciano en el ocaso de su vida. Se ha perdido buena parte de la fuerza y la jovialidad de entonces, también de la fascinación ante el paisaje y del goce ante lo pintoresco. A cambio nos ofrece el maestro holandés una mayor dosis de sensualidad, lirismo y poesía, adoptando una visión más serena, contemplativa e incluso ensoñada, más paladeada y trabajada con mayor plasticidad y sentido atmosférico. El arranque resulta particularmente brumoso. Hay alguna intervención solista algo blanda al llegar a la cima, muy ensoñada. La tormenta tiene menos fuerza que antes. El final, amplio y con una buena dosis de dulce melancolía, también con un punto de misticismo panteísta, mira hacia el último Strauss, el de los Cuatro últimos lieder, y se disuelve en las mismas espesas brumaas del principio. La toma sonora es un poco turbia, como suele ocurrir con las realizadas en el Barbican Hall, pero en un reproductor de SACD nos ofrece un relieve y una espacialidad admirables, así como la posibilidad de escuchar las trompas “off-stage” por los canales traseros. (9)




19. Luisi/Staatskapelle de Dresde (YouTube, 2009). Repetición de la jugada –o casi: es un poco más rápida y hay alguna que otra pifia propia del directo– por parte de Luisi y la formación de la que entonces era titular en los Proms de 2009. Hay imágenes y el vídeo es gratuito, pero esta filmación de la BBC dista de poseer la asombrosa calidad sonora del registro de estudio dos años anterior, que recomiendo con mayor entusiasmo. (9)



20. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2010). El joven maestro deja de lado toda elucubración filosófica para ofrecer una interpretación juvenil, extrovertida y de marcado carácter narrativo, decidida pero fraseada con amplitud –sin caer en las premuras de un Solti–, de sonoridad muy adecuada para el compositor y de incuestionable musicalidad. Ahora bien, se encuentra realizada con más atención al trazo global, irreprochable, que al detalle y al cuidado por exponer todo el entramado polifónico, lo que implica que hay líneas que no se oyen del todo bien, con indepenencia de que las texturas estén adecuadamente tratadas. A destacar la buena planificación de tensiones hacia la cumbre, culminando en una intensísima Visión. La tormenta es nerviosa y no poco violenta. Muy concentrado el final. La orquesta, recogida de manera no particularmente brillante por los ingenieros de sonido, funciona de manera espléndida en esta toma en público. (9)



21. Harding/Orquesta Saito Kinen (Decca, 2012). El tantas veces pretencioso y mediocre Harding nos da aquí la monumental sorpresa con una lectura de perfecto idioma, excelente trazo, buen aunque no excepcional trabajo con las texturas –espléndida la cascada– y muy considerable inspiración poética, que se encuentra llena de grandeza sin retórica en sus clímax y, en el plano conceptual, alcanza un admirable equilirio entre lo descriptivo y lo filosófico: tras una tormenta muy lograda, toda la sección final se eleva a cotas realmente emotivas de amarga reflexión sobre la condición humana. Lo menos extraordinario es quizá la sección digamos paisajística, donde sobra algún portamento y hay ciertos coqueteos con el ternurismo, aunque sin llegar a caer en él. Espléndida la orquesta (¡con Baborák como primera trompa!). La toma sonora, siendo más que notable, no es la mejor de las posibles, aunque en HD audio la percusión alcanza un relieve abrumador. (9)



22. Maazel/Philharmonia (audio en YouTube, 2014). El maestro franco-americano contaba ochenta y cuatro años –quedaban tan solo cuatro meses para su fallecimiento- cuando ofreció en el Royal Festival Hall de Londres esta Alpina que recogieron los micrófonos de la BBC y algún alma caritativa ha subido –no hay imágenes en movimiento, claro- a YouTube. Les recomiendo vivamente que la escuchen –las distorsiones y saturaciones de la toma son soportables-, porque se trata, sencillamente, de la mejor dirección de todas las aquí presentadas. ¿Diferencias de su grabación oficial en Múnich? Pues aparte de la extrema lentitud que ahora alcanza (66’50’’, todo un récord), lentitud que no supone merma alguna en la extraordinaria tensión interna de la interpretación (¡qué técnica de batuta!), el sentido de lo dramático y de lo escarpado del que hacía gala veintiséis años atrás se ve ahora ampliamente enriquecido con conceptos como la sensualidad, la delectación melódica, la nobleza y, sobre todo, la reflexión humanística y filosófica, todos ellos desarrollados en grado superlativo y expuestos en lo puramente sonoro con un lenguaje straussiano de libro, además de con una asombrosa claridad en las texturas. Cierto es que los metales de la orquesta no siempre superan las terribles demandas de la partitura, pero lo de la batuta es tan genial que el resultado no se puede calificar con menos nota de la máxima permitida. (10)




23. Thielemann/Staatskapelle de Dresde (Blu-ray Cmajor, 2014). Estaba cantado que la orquesta que estrenó la obra tenía que volver a grabarla con su nuevo titular, un Christian Thielemann que demuestra su sintonía con el universo de Richard Strauss en una recreación que, insistiendo en la línea más narrativa que profunda de un Karajan, evita caer en el excesivo ternurismo de su grabación de 2000 con la Filarmónica de Viena mientras que sigue ofreciendo colorido, elocuencia y muy acertados matices expresivos. A pesar de ello, y tratándose de una lectura de gran categoría, las cosas no terminan de alcanzar el mayor nivel posible: la introducción resulta algo nerviosa, a la salida del sol le falta grandeza, hay algún que otro momento en el que falla la concentración y, en general, se echan de menos el refinamiento de las texturas, la poesía y la magia sonora del citado Karajan. La orquesta rinde de manera formidable, aunque los metales no son comparables a los de las mejores formaciones europeas. La imagen es espléndida en Blu-ray, pero sorprendentemente la toma sonora no alcanza la calidad increíble de la interpretación de la misma orquesta con Luisi. (8)




24. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Con una orquesta sin duda superior a la de Birmingham, aunque no exenta de algunas leves vacilaciones propias del directo, Nelsons vuelve a demostrar su excelencia a la hora de interpretar la obra ofreciendo un trazo global perfecto, fuerza expresiva controlada con mano maestra, apreciable sentido narrativo y brillantez tan comunicativa como ajena a la retótica. Ahora, quizá, la Visión resulte menos extrovertida y algo más madura que antes, y si el resultado final no llega a la altura de las más grandes recreaciones fonográficas de la pieza sea porque –como en su grabación para Orfeo– se echa de menos un trabajo aún más minucioso con los detalles y con las texturas; también porque sobra alguna frase algo más sentimental de la cuenta en la primera parte de la obra y, sobre todo, porque la meditación final resulta un punto más resignada, digamos religiosa en el sentido más tópico del término, de lo que hubiera sido preferible. La toma sonora no ayuda: se queda algo corta a la hora de recoger la amplia gama dinámica que exige la partitura. (9)

jueves, 14 de julio de 2016

El Rosenkavalier de Carlos Kleiber y Otto Schenk en Viena

Como también voy a ver Rosenkavalier en Múnich, en producción de Otto Schenk y con Kirill Petrenko dirigiendo, he vuelto a una filmación que adoramos la inmensa mayoría de los melómanos: la que se realizó en marzo de 1994 en la Ópera de Viena, dirigiendo Carlos Kleiber y con otra producción distinta del propio Schenk, que por cierto también había sido filmada contando con la batuta del berlinés unos cuantos años antes y editada en doble DVD por el mismo sello que esta que ahora comento, Deutsche Grammophon.


¿Qué quieren que les diga a estas alturas de semejante maravilla? Pues miren por dónde, quizá le pueda poner algunas pegas al mítico maestro: hay momentos en las que claramente se precipita –comenzando por el mismo arranque– y no deja a la música respirar como debe, y resulta muy cierto –creo que ha sido Ángel Carrascosa uno de los pocos en señalarlo– en los que se echa mucho de menos ese particular sentido del decadentismo bien entendido, esa magia sonora y, sobre todo, esa atención a los aspectos más melancólicos de la partitura que se encontraban en la descomunal, increíble grabación de Karajan de los años ochenta para DG. Dicho esto, lo de Kleiber es asombroso por su mezcla de electricidad y elegancia, por la flexibilidad de su fraseo (¡qué dominio de la agógica!), por la manera en la que maneja colores para pasar de lo sensual a lo incisivo y burlesco en cuestión de segundos, por el desarrolladísimo sentido teatral de que hace gala en todo momento, y también por un sentido del humor que sabe ser refinado y rústico al mismo tiempo, distinguiendo bien a Ochs y su mundo del de la Mariscala. Pero lo es, sobre todo por su asombroso dominio del idioma vienés, es decir, de esos valses vieneses a los que Richard Strauss homenajea de manera tan anacrónica como sugerente a lo largo de toda esta auténtica obra maestra de la lírica. Aun con los reparos antedichos, un prodigio.


De la Mariscala de Felicity Lott, solo les diré que la primera vez que vi este video me emamoré de ella, y aún lo sigo estando. Su canto resulta todo lo exquisito y matizado que debe, pero lo más impresionante es el rostro, bellísimo, de esta señora: no se puede ser más elegante y más expresiva al mismo tiempo. Todos y cada uno de sus gestos faciales están calculados, en perfectísima sintonía con la música, para explicar la psicología del personaje. Si la Schwarzkopf sigue siendo la perfección absoluta en el rol desde el punto de vista vocal, Dame Felicity es la número uno en el plano dramático. Solo por verla a ella ya merece la pena tener en la estantería este vídeo.

Pero hay más, claro. Por ejemplo, una excelsa Anne Sophie von Otter que desprende juventud y sano erotismo como Octavian. O una Barbara Bonney algo apurada en las notas más agudas pero deliciosa haciendo de Sophie. Por no hablar del inmenso Ochs de Kurt Moll, irreprochable en lo vocal y fantástico como actor. Estupendo nivel en los secundarios, entre los que sobresalen Gottfried Hornik y Heinz Zednik como Faninal y Valzacchi respectivamente.


La producción me gusta mucho: tradicional a más no poder, respetuosa con el libreto punto por punto, suntuosa y algo más recargada de la cuenta pero muy bella en lo visual, y bien resuelta en lo que a personajes y situaciones se refiere. Entiendo que a dia de hoy cosas como esta puedan resultar un tanto anticuada, pero en una obra como El caballero de la rosa, precisamente un rendido homenaje a los tiempos pasados, disfrutar visualmente con esta Viena del segundo tercio del XVIII tan lujosamente recreada resulta un verdadero placer.

La única nota negativa la pone la edición: el formato de la imagen es 19:9, pero viene sin mejora anamórfica, lo que significa que hay que hacer zoom con el televisor y se pierde definición. La toma sonora, sin ser la mejor posible, es bastante buena, y se ofrecen los muy peculiares subtítulos de Angel-Fernando Mayo. En fin, si no conocen este vídeo, véanlo inmediatamente: se trata de una de las cuatro o cinco mejores filmaciones de ópera que existen.

Y ahora, abandono el blog por unos días mientras estoy de viaje. Hasta pronto.


martes, 12 de julio de 2016

El ángel de fuego por Gergiev y Freeman

Una espléndida oferta –159 euros un vuelo directo desde Jerez, ida y vuelta– me ha hecho improvisar un viaje a Múnich en el que voy a tener la oportunidad de ver en directo, además de Rosenkavalier y Holandés errante, uno de mis títulos rusos favoritos: el Ángel de fuego, de Sergei Prokofiev, página  explosiva y turbulenta al mismo tiempo que, como ustedes sabrán, sirvió de base al genial autor de Pedro y el lobo para escribir su Sinfonía nº 3 de la que aquí presenté una discografía comparada. Desdichadamente, la ópera quedó sin estrenar en vida del compositor: hubo que esperar hasta mediados de los cincuenta.


Como la producción que espero presenciar en la capital bávara es "de las raras", he querido repasarme los diálogos volviendo a ver un vídeo que conozco, por retrasmisión televisiva, desde hace bastante tiempo: la filmación realizada en 1993 en el Teatro Kirov por Valery Gergiev y sus huestes, en una coproducción con el Covent Garden que dirigió escénicamente David Freeman. La edición comercial la realizó Arthaus en DVD y cuenta, dato importantísimo, con subtítulos en castellano.

Saben quienes leen de vez en cuando mi blog que me gusta bien poco Valery Gergiev, pero debo  reconocer que aquí el maestro moscovita ofrece una realización notable, porque no solo domina a la perfección el idioma sonoro de Prokofiev, sino que además se mueve muy a gusto en el mundo de explosiones sonoras propuesto por el compositor. Su dirección resulta además encendida, altamente teatral y muy vistosa, enganchando al oyente desde el primer momento. Ahora bien, y como era de esperar en un director de semejante pelaje, hay muy evidentes caídas en el efectismo y en la brutalidad gratuita (¡qué diferencia con los picos de tensión magistralmente planificados por Muti en su grabación de la sinfonía!). Tampoco consigue la riqueza tímbrica que pide la partitura –es necesaria aún mayor incisividad-, ni llega a profundizar –aunque tampoco descuida este aspecto– en el vuelo lírico de la página. Resulta interesente comparar su lectura con la de Neeme Järvi en DG: el maestro estonio carece de su garra y de su teatralidad, pero a cambio ofrece una planificación mucho más cuidadosa, un más desarrollado sentido de lo atmosférico y una clara renuncia a la vulgaridad.


El elenco está encabezado, en el rol de la alucinada y sexualmente histérica Renata, por una Galina Gorchakova absolutamente sensacional tanto en el plano vocal como en el expresivo, por no hablar de su buena planta escénica. Junto a ella, Sergei Leiferkus realiza una labor francamente irreprochable, aunque el personaje tampoco dé mucho de sí. El larguísimo elenco de secundarios es de alto nivel y resulta homogéneo, sobresaliendo la adivina de Larissa Diadkova.

Espléndida la propuesta escénica de David Freeman, imaginativa y personal, pero muy respetuosa tanto con el argumento como con el espíritu de la obra, sacando muy buen partido a la idea de que una serie de bailarines encarnen a los demonios que atormentan a la protagonista. Cojea un poco, todo hay que decirlo, por una escenografía poco atractiva y por un vestuario (¡menuda Alemania del siglo XVI!) que huele a naftalina; tampoco el maquillaje está conseguido. La toma sonora, realizada en estéreo convencional y a un volumen muy bajo por los ingenieros de Philips –hay doble CD–, es muy buena y ofrece la suficiente gama dinámica. La imagen, sin embargo, se mueve en el estándar de la época, un 4:3 muy lejos de lo que hoy consigue la alta definición. Por descontado, la filmación de Brian Large es espléndida.

En resumidas cuentas, un DVD no solo altamente recomendable, sino obligatorio. La citada versión de Järvi es globalmente superior,  eso es cierto, pero se pierden la escena y los subtítulos. Lo dicho, no se lo pierdan.

domingo, 10 de julio de 2016

Excelente Falstaff por Mehta y Michieletto

Hacía tiempo que quería traer aquí este Falstaff de Verdi a cargo de Zubin Mehta, la Filarmónica de Viena y Damiano Michieletto ofrecido en el Festival de Salzburgo de 2013 y editado por el sello Euroarts. Muy, pero que muy recomendable: yo diría que una de las mejores interpretaciones que ha conocido este título tanto en audio como en vídeo.


El maestro indio repite su magnífica dirección de siete años atrás en Florencia ya comentada por aquí, tan animada y espiritosa, tan rica en el color y tan bien diseccionada, tan atenta a todos lo cada uno de los efectos teatrales de los geniales pentagramas, solo que ahora tiene al frente a una orquesta aplastantemente superior al la del Maggio Musicale. Los resultados, soberbios. Hay que ir a la grabación de Bernstein para encontrarse con algo aún mejor.

Ambrogio Maestri vuelve a ser el espléndido Falstaff que ya conocimos en la filmación de Muti, soberanamente actuado además, cosa que ocurre asimismo con la Alice de Fiorenza Cedolins. Elisabeth Kulman es una notabilísima Quickly, menos rotunda en el grave que lo habitual, y quizá también menos irónica, pero magníficamente cantada. Notabilísima la Nanetta de Eleonora Buratto, aunque en su aria se podrían pedir algunos matices belcantistas que serían apropiados. Irreprochable la Meg de Stephanie Houtzeel. Flojea el Ford de Massimo Cavalletti, y no solo por ser algo más lírico de la cuenta. El Fenton de Javier Camarena, de voz bellísima y carnosa, cálido y en absoluto afectado en la expresión, es una verdadera maravilla, quizá el mejor que se haya escuchado.

La propuesta de Michieletto resulta muy arriesgada, al ubicar la acción en la Casa Verdi de Milán –la residencia para cantantes retirados fundada por el compositor– y convertir al protagonista en una antigua gloria de la lírica que rememora sus triunfos pasados encarnando, precisamente, al Falstaff verdiano. Obviamente a partir de ahí surgirán numerosas contradicciones con el libreto, pero lo cierto es que la mayoría de las mismas las resuelve el regista de manera muy satisfactoria, con tanta inteligencia como sensatez. La dirección de actores está calculada al milímetro y extrae un espléndido rendimiento de todos y cada uno de los cantantes, particularmente de los citados Maestri y Cedolins. A destacar la concepción particularmente erótica de los personajes femeninos, Quickly incluida. Visualmente la producción es asimismo muy atractiva, sobre todo por la luminotecnia de Alessandro Carletti. El resultado global es francamente dinámico y divertido, aunque también muy poético, por su aire otoñal lleno de ternura y melancolía.

La filmación de Karina Fibich desconcierta debido a los numerosos planos tomados desde el lateral derecho de la caja escénica, aunque por lo demás la realización es buena y se beneficia de una gran calidad de imagen en Blu-ray. La toma sonora está realizada a muy bajo volumen pero termina siendo muy satisfactoria, incluyendo además una pista con surround auténtico. Hay subtítulos en castellano. Lo dicho, absolutamente recomendable.

viernes, 8 de julio de 2016

Noche folclórica con Axelrod: vulgaridad y trazo grueso

Acudí ayer a Sevilla para escuchar el último programa de abono de la ROSS. Justo cuando me bajaba del tren, un amigo me mandaba un WhatsApp preguntándome qué me parecía John Axelrod. Le respondí que aún no lo tenía claro, porque le he escuchado pocas cosas Candide en La Scala y algunos conciertos en el Maestranza–, pero que de momento me daba la impresión de ser un director "muy norteamericano: vistoso y encendido pero algo basto". Pues bien, el resultado artístico de la velada no hizo sino confirmar mi impresión y subrayar la parte más negativa de la misma.


Comenzó el concierto, que iba de tema hispano y folclórico, con la Sinfonía sevillana de Joaquín Turina, no precisamente la mejor obra del autor pero sí una página agradecida que se escucha con placer si se saben extraer sus bellezas. Axelrod lo consiguió en un segundo movimiento paladeado con concentración, sensualidad y vuelo poético, pero no en los dos extremos, en los que dejó bien claras cuáles iban a ser las señas de identidad de sus lecturas: mucha vehemencia, mucha vida y mucha espectacularidad, pero con trazo considerablemente grueso –texturas espesas, amazacotadas–, tendencia al decibelio descontrolado y evidentes caídas en el efectismo. Todo sonó mucho, pero sonó regular y muy de cara a la galería.

Venía a continuación un estreno mundial encargo de la ROSS: Arabescos, para violín y orquesta, del cordobés Lorenzo Palomo. Obra ecléctica, magníficamente escrita, en la que el compositor arrincona caso por completo sus señas más o menos nacionalistas –aún así, hay alguna que otra pincelada que podría haberse ahorrado– para ofrecer fuerza expresiva y marcados acentos dramáticos. Desdichadamente, tras diez minutos empieza a agotar sus ideas, y como en total dura veintidós, a la postre termina aburriendo. Alxerod hizo aquí un trabajo técnico formidable, pero quien deslumbró fue Alexandre Da Costa (Montreal, 1979), un señor que en tiempos llegó a ejercer de concertino de la ROSS y que ahora ha demostrado ser un solista de bandera, no ya por su sonido homogéneo, denso y de una firmeza asombrosa, sino por su capacidad para inyectar tensión, intensidad y sinceridad a una obra recién salida del horno.

Vino luego la Sevilla de Albéniz, en orquestación de Frühbeck de Burgos. La interpretación fue vulgar a más no poder (¡qué arranque, cielo santo!), estruendosa y chabacana, llena de contrastes dinámicos extremos y con una percusión desatada. El maestro burgalés, no precisamente el colmo de la finura como director, lo hacía muchísimo mejor.

Volvió Da Costa para los Aires gitanos y la Habanera –arreglo de Bizet– de Sarasate, dos páginas que necesitan no solo un violín de virtuosismo supremo sino también un intérprete de un fuego y una sinceridad tales que nos hagan creer que son más que pirotecnia. Pues bien, este señor lo consiguió con creces ofreciendo recreaciones verdaderamente espectaculares, pero también llenas de expresividad. De los mejores solistas que recuerdo junto a la Sinfónica de Sevilla, así de claro. Vida breve de propina, bien acompañado por un Axelrod colorista y entusiasta.

Tras un intermedio en el que parte del público se marchó pensando que el concierto había terminado –la primera parte resultó larguísima–, llegaron las Suites nº 1 y 2 del Sombrero de tres picos. Aquí Axelrod pareció dar lo mejor de sí mismo: aunque es cierto que siguió prestando más atención al trazo global que al detalle, y también que hubo un muy serio despiste en las maderas en La tarde, la batuta controló su tendencia al efectismo e hizo gala de un sentido del ritmo, de una jovialidad y hasta de una autenticidad folclórica encomiables. La Farruca, extraordinaria. ¡Qué fuerza y qué garra! Pero llegó la jota final: aquí el maestro volvió a desmelenarse y montó la Obertura 1812. Un horror. 

La orquesta evidenció desigualdades. Espléndida la cuerda, bien las maderas, estupendas las trompas y menos bien el resto de los metales, particularmente unos trombones que no empastaron en ningún momento y que sobreactuaron en más de una ocasión con la total complicidad del podio. "Con este concierto, los grandes músicos de la ROSS nos dejarán muy claro no solo lo que es una Sinfonía sevillana, sino también lo que significa una nueva era", dice el maestro en el programa de mano. Pues sí, queda bien claro lo que va a ser esta nueva era con Axelrod de titular.

miércoles, 6 de julio de 2016

Nelsons dirige Wagner y Bruckner

¡Menudo pájaro el señor Christian Thielemann! El año pasado los damnificados fueron Kirill Petrenko y su novia –Anja Kampe–, y esta año ha sido el otro director que se puso por delante del alemán en la competición por el trono de la Filarmónica de Berlín, Andris Nelsons, quien hace tan solo unos días renunciaba a dirigir la nueva producción de Parsifal en el Festival de Bayreuth en el que se ha hecho fuerte su colega. Pero no nos quedamos del todo sin hacernos una idea de cómo Nelsons aborda la obra postrera de Wagner, porque en la Digital Concert Hall de la formación berlinesa le podemos ver dirigiendo el Preludio y los Encantamientos del Viernes Santo.


Me ha gustado la interpretación. Me ha gustado bastante, aunque tampoco ha llegado a entusiasmarme: muy bella, refinada sin llegar a lo decadente –hay más de un portamento que no era necesario hacer, pero que tampoco molesta–, dicha con tanta fluidez como concentración, más terrenal que mística –lo que está muy bien– y por ello mismo impregnada de una muy atractiva desazón, pero sin toda la magia poética que puede ofrecer la partitura. Ya tendrá tiempo de profundizar en la obra.

La segunda parte del concierto, que corresponde al 29 de abril de este mismo año, ofrece nada menos que la Tercera sinfonía de Bruckner (versión de 1889). En ella Nelsons demuestra dos cosas. Primera, que posee una técnica de batuta sensacional: no solo el sonido es el ideal para el compositor –aunque con ello tiene mucho que ver la personalidad de la Berliner Philharmoniker, claro–, sino que la polifonía es perfecta y el trazo global un prodigio, con la arquitectura de tensiones admirablemente planificada –el fraseo es muy natural– y con unos crescendi calculados al milímetro, mas sin caer en el menor efectismo ni resultar hinchado en los clímax. Segundo, que es capaz de aportar una mirada personal sobre la obra: quien aquí busque espiritualidad o, al menos, poesía contemplativa, puede resultar decepcionado, porque el maestro letón ofrece una interpretación abiertamente dramática –que no escarpada, ni virulenta– que desprende un regusto particularmente amargo, sobre todo en el Adagio. El tercer movimiento es el único que no termina de convencerme: el Scherzo podría ser más visionario, y su trío resulta un punto más ligero en sonoridad y expresión de la que parece conveniente. En cualquier caso, confirmación de que Andris Nelsons también brilla en Anton Bruckner.

¿Queda alguna duda de que nos encontramos ante el mejor director "joven" del momento? ¡Ya le gustaría al envidioso Thielemann llegarle a la suela de los zapatos!

martes, 5 de julio de 2016

Exitoso debut de Juanjo Mena con la Filarmónica de Berlín

Bueno, pues al final he encontrado tiempo para ver, a través de la Digital Concert Hall, el debut de Juanjo Mena (Vitoria, 1965) al frente de la Filarmónica de Berlín que tuvo lugar el pasado mes de mayo, ofreciendo un programa integrado por obras de Debussy, Ginastera y Falla en los atriles. Debut quizá no deslumbrante ni revelador, pero sí bastante satisfactorio.

El concierto comienza con una Iberia de Debussy expuesta con trazo seguro, admirable claridad y una gran atención a las texturas, dicha con animación y comunicatividad, además de por completo ajena a efectismos. Eso sí, siempre en una línea antes extrovertida y vitalista que reflexiva o ensoñada, lo que significa que se puede preferir un poco menos de nervio y una dosis mayor de sensualidad y de magia sonora, particularmente en el segundo movimiento. En cualquier caso, el resultado es de considerable nivel.


Sigue el Concierto para arpa de Alberto Ginastera. Estrenada por Zabaleta, Ormandy y la Orquesta de Fildelfia en 1965, se trata de una página estupendamente escrita y de muy apreciable inspiración, sobre todo por su misterioso e inquietante segundo movimiento. Mena sintoniza de maravilla con la escritura rítmica y angulosa de la obra, pero quien deslumbra es Marie-Pierre Langlamet, a la sazón solista de la propia orquesta. De propina, una deliciosa página de Prokofiev
 
En la segunda parte, nada menos que El sombrero de tres picos. Haciendo uso de pinceles finos y contando con la complicidad de algunos solistas sensacionales, particularmente del soberbio Albrecht Mayer al oboe (otros no tanto: al fagot le falta recochineo), el maestro vasco ofrece una interpretación más que notable en la que sabe ofrecer vitalidad, entusiasmo y un muy desarrollado sentido del ritmo y del color, atreviéndose en este sentido a subrayar asperezas y tensiones sin por ello renunciar al trazo claro y refinado, ni tampoco al fraseo elegante, ofreciendo algunos momentos –el minué de la Danza del corregidor– verdaderamente deliciosos.

Ahora bien, en comparación con el milagro que realizó allá por 1964 Rafael Frühbeck de Burgos, aún hoy no igualado por nadie, hay que reparar en que Mena podría aún haber destilado algo más de sensualidad, haber enriquecido el fraseo con mayores matices y haber evitado la precipitación en la jota final, un poco rígida. Mención especial merece Raquel Lojendio, sencillamente la mejor cantante (¡qué gracia, qué estilo, qué salero!) que haya escuchado en esta parte, con la excepción, en una línea opuesta, de la inolvidable Victoria de los Ángeles. Eso sí, la soprano tinerfeña podía haber ayudado as la orquesta a decir los “oles” de una manera mucho menos germánica

lunes, 4 de julio de 2016

Sinfonías 6 y 12 de Shostakovich por Petrenko

Vasily Petrenko ya concluyó su integral sinfónica de Shostakovich junto a la Royal Liverpool Philharmonic para el sello Naxos, pero yo no he logrado aún escuchar todas las entregas. Voy ahora a por el último disco que ha llegado a mi poder, el que incluye las sinfonías nº 6 y 12, grabadas respectivamente en junio de 2010 y en julio de 2009. Las obras son muy diferentes entre sí, y también lo terminan siendo las interpretaciones.


La de la Sexta me parece más bien fallida. El Largo inicial está muy bien planificado y posee la adecuada dosis de misterio, pero antes que transmitir esa desolación punzante, teñida de inquietud y de sentido de lo ominoso, que han sabido recrear los grandes traductores de la página, ofrece un cierto carácter sensual que aunque puede resultar atractivo, yo no encuentro adecuado. Con los dos movimientos restantes ocurre algo parecido: se encuentran muy bien expuestos, evitan el exceso nerviosismo y no caen en la tentación del espectáculo de cara a la galería, pero el maestro no sabe, o no quiere, entrar en el mundo de ironía, incisividad, virulencia y risas que ocultan llanto propuesto por el compositor. Todo suena descomprometido, incluso en exceso amable, ajeno al trasfondo de mala leche que la partitura alberga. En definitiva, un Shostakovich domesticado.

Bastante mejor funciona la Sinfonía nº 12, “el año 1917”. Y es que  ante una obra tediosa, insincera y escasa de inspiración, el joven maestro ruso se decide por los tempi rápidos –al menos en los movimientos extremos–, por el nervio y por el sentido narrativo. Con ello se pierde en densidad, en atmósfera ominosa y en ese carácter opresivo que tanto le convienen a la partitura, pero al mismo tiempo se gana en agilidad, en teatralidad y en inmediatez expresiva, evitando lo retórico y lo hinchado. De esta forma, y haciendo gala tanto de un excepcional dominio tanto de las fuerzas orquestales como del idioma shostakoviano –acierta al no romantizar la sonoridad–, Petrenko nos ofrece momentos muy atractivos por su vehemencia y electricidad, junto con otros algo más ligeros de la cuenta que podrían estar más aprovechados.

¿Merece la pena el disco, pues? Teniendo en cuenta que la toma de sonido no es la mejor de las posibles –ni siquiera escuchando la descarga HD– y que Naxos hace tiempo que dejó de ser la opción más barata del mercado, me parece a mí que no. Si quieren una integral Shostokovich a muy bajo precio y excelemente grabada, opten por Barshai. Y si buscan "lo mejor", seleccionen entre los grandes intérpretes de este repertorio. En este caso concreto, Rosotropovich para la Sexta –preferible a Bernstein– y Rozhdestvensky para la Decimosegunda.

sábado, 2 de julio de 2016

Morentente y Perianes en el Maestranza: un disco que venderá muchísimo

Hace pocos años, las "prueba de diagnóstico" que realiza la Junta de Andalucía en el curso de Segundo de ESO incluyeron un examen sobre competencias en cuestiones musicales. Me pareció sonrojante gran parte del contenido del mismo –ya se sabe, Andalucía es igual a flamenco–, pero la pregunta que más me pareció fuera de lugar fue la que se incluía en un crucigrama: "apellido de una gran Estrella del flamenco hija de Enrique". ¿De verdad, señores de la Junta, creen ustedes que conocer a Estrella Morente es uno de los indicadores que nos permiten evaluar los conocimientos musicales de un chaval de trece o catorce años? Pues parece que no estamos de acuerdo en este asunto, porque en mis clases de música les hablaba a los alumnos de gente como Bach, Mozart o Beethoven, mas no de la cantaora granadina.

Lo diré con claridad: no me gusta Estrella Morente. Tampoco conozco a nadie en mi entorno a quien le guste. Pero cuenta con una legión de seguidores y, al parecer, con el respaldo de nuestra clase política, que ha visto en ella una especie de punta de lanza de la promoción más allá de Despeñaperros de nuestra presunta identidad musical. Supongo que con su celebridad tiene que ver la decisión por parte de Harmonia Mundi de editar un disco dedicado a Falla y García Lorca juntando su voz con el piano de Javier Perianes, disco que aunque tardará aún algunos meses en hacer su aparición, se presentaba el pasado jueves 30 en el Teatro de la Maestranza. Y allí, comprando una entrada a última hora, hice acto de presencia.



Lo que me encontré fue lo mismo que en Úbeda en 2012, cuando ya tuve la oportunidad de escucharle a la Morente las Canciones populares españolas: una voz bonita pero de tamaño imposible para un auditorio, y que por tanto tiene que cantar amplificada, en manos de una diva con todas las de la ley –en Sevilla haciendo gala de una gestualidad ridícula en grado superlativo– que en este repertorio intenta llegar a un punto de encuentro entre su propia personalidad y lo que presuntamente demandan las partituras recopiladas por Federico García Lorca, con el resultado de que se alternan momentos de enorme belleza, por lo general los más intimistas, con otros más bien sosos, dichos sin gracia y sin salero, sin variedad de acentos expresivos, trufados aquí y allá por descontroles varios y alguna salida de tono.

Lo mismo se puede decir de las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla. Y que conste de que no soy de los que piensan que esta música no se debe hacer en plan folclórico. Todo lo contrario: hace años se las escuché en directo –y sin micrófono– a Rocío Jurado y me gustó mucho. No es problema de estilo sino de voz, de personalidad, de sinceridad en la expresión. De arte, en definitiva. Insisto en que la Morente no carece de sensibilidad y llegó a ofrecer momentos muy apreciables, alguno de ellos subyugante, pero a nivel global su interpretación no me convence. Y el "ay" con que cerró el "Polo" es una de las cosas más desafortunadas que yo jamás haya escuchado en un teatro.

Se preguntarán ustedes por qué acudí a este recital si no me gusta la Morente. Fácil: por Javier Perianes. Solo por escucharle en solitario las Cuatro piezas españolas de Manuel de Falla ya mereció la pena el viaje a Sevilla. Una versión impresionante, variada a más no poder en la expresión, riquísima en la paleta de colores, concentradísima en el fraseo (¡increíble, mágica la "Montañesa"), en la que el onubense puso de relieve las conexiones con el mundo de Chopin y Debussy que tan bien conoce sin dejar de incluir clarísimos acentos hispanos aquí imprescindibles: difícil resulta escuchar una fusión entre lo "racial" y lo "europeo" tan acertada. Por supuesto, siempre desde esa óptica de amplio aliento lírico y extrema belleza sonora que caracteriza al de Nerva.

Acompañó Perianes a la Morente con enorme talento, poniendo orden y derrochando musicalidad, aunque a mí lo que me soprendió fue la manera en la que nos hizo escuchar a Stravinsky en el fragmento de El amor brujo –"Canción del fuego fatuo", por descontado– que se ofreció de propina, precisamente la página en la que la cantaora estuvo más convincente. El público, todo en pie y entusiasmado cerrando una velada de la que el personal parecía salir radiante. El disco venderá muchísimo.