miércoles, 2 de septiembre de 2015

Las sinfonías de Schumann por Otto Klemperer

No hace mucho escribía por aquí acerca de las sinfonías de Schumann por George Szell. Lo hago ahora sobre las grabaciones de éstas, más algunas oberturas, a cargo de otro director no menos adusto y riguroso que el de origen húngaro: Otto Klemperer. El de Breslau realizó los registros entre 1960 y 1969 para el sello EMI al frente de su soberbia Orquesta Philharmonia, New Philharmonia al terminar el ciclo. ¿Resultados? Excepcionales en la nº 1 y con desigualdades, pero siempre interesantes, en el resto.


La grabación más antigua es la de la Sinfonía nº 4, que ya comenté por aquí a propósito de su edición en SACD: “interpretación de un solo trazo, poderosísima, impetuosa, encrespada, llena de tensión interna, pero de un absoluto control de la arquitectura y dotada del asombroso análisis de texturas esperable en Klemperer. Eso sí, como también es marca de la casa, el de Breslau no se recrea mucho en la parte lírica de la obra, echándose de menos un mayor poso de poesía y espiritualidad en el segundo movimiento”.

A 1965 corresponde el registro de la Sinfonía nº1, Primavera: un milagro en el que las sonoridades rocosas de Klemperer se amoldan, sin renunciar a su poderosísima personalidad, a la ligereza y transparencia que demandan el mundo schumanniano. El temperamento del de Breslau, severo, filosófico y lleno de grandeza interior, nos revela numerosísimos pliegues expresivos de la obra, siempre poniendo la tensión dramática y el lirismo amargo –asombroso en este sentido el segundo movimiento– por encima de cualquier otra consideración. ¿Y la chispa y la frescura juvenil que demanda esta obra? Pues filtradas por habitual sentido del humor sarcástico klemperiano. Ni que decir tiene que la transparencia es absoluta; posiblemente nunca se haya escuchado con semejante claridad el entramado orquestal, en lo que tiene mucho que ver una New Philharmonia en estado de gracia.

La Obertura Manfred, curiosamente, se grabó entre octubre de 1965 y febrero de 1966. No se notan las costuras: típica interpretación de Klemperer, marmórea pero llena de fuerza, cerebral, muy controlada y sin mucha efusividad lírica. En cualquier caso, el sentido trágico de la página está perfectamente recreado.

En la Sinfonía nº 2, grabada en 1968, uno de nuevo se queda pasmado ante el prodigio que Klemperer realiza analizando texturas y construyendo el edificio de tensiones. Ahora bien, lo cierto es que aquí la habitual renuncia del de Breslau al lirismo termina pasando factura en un tercer movimiento ciertamente dramático, pero sin la intensidad ni la hondura que demanda la sublime página. Tampoco termina de convencer el segundo, que debería sonar con mayor inmediatez. Admirables los extremos, aun siempre desde la adustez llena de fuerza contenida que caracterizaba al anciano director.

Por las mismas fechas se grababa la Obertura Genoveva. El de Breslau ve en ella, por descontado, mucho antes severidad que encanto o vuelo lírico, pero la fuerza dramática que le imprime –pathos llenos de claroscuros, pero sin que se le mueva un pelo– resulta irresistible; por no hablar de la manera en la que, al mismo tiempo que se subrayan los rincones más oscuros de la obra, está explicada la polifonía orquestal. Con Klemperer, cerebro y corazón van de la mano.


La Renana corresponde ya a 1969. Ni que decir tiene que el por entonces muy anciano Klemperer ofrece una interpretación lenta pero llena de fuerza, maravillosamente diseccionada, sonada con esa mezcla de densidad sonora y ligereza que solo él era capaz de conseguir, y dotada de una grandeza sin asomo de retórica. Desdichadamente, y de nuevo debido a su particular personalidad, no termina de acertar en el punto de poesía sencilla, luminosa y delicada de los movimientos segundo y tercero; en contrapartida, se siente extraordinariamente a gusto en la atmósfera solemne y opresiva del cuarto.

La Obertura Fausto comparte las características que la Renana que se registró a la par. Ahora bien, ¿hace falta decir que Klemperer se mueve como pez en el agua en la atmósfera fáustica de la página? Resultados memorables, claro.

Estos registros han conocido varias ediciones en CD. Para quien no los tenga lo más sencillo es hacerse con la caja “Sinfonías y oberturas románticas”, diez compactos en total, de la nueva edición Klemperer lanzada por EMI-Warner. Ahora bien, ya dije que la Cuarta se encuentra en SACD con sonido mejorado, y ahora debo añadir que buceando por Internet se pueden encontrar reprocesados en alta definición (a 96/24) realizados en 2011 de las sinfonías nº 1 y 3, así como de las oberturas Manfredo y Fausto: la Primavera suena aún mejor que antes, mientras que en las otras páginas se otorga un relieve muy superior a las frecuencias graves, mas sin solucionar la distorsión tímbrica de la Renana.

lunes, 31 de agosto de 2015

Salomé con Rattle y la Filarmónica de Berlín, en concierto

Es la Filarmónica de Berlín, sobre el escenario y no en el foso, la gran protagonista de esta Salome de Strauss en versión de concierto que se ofreció en la Philharmonie el 28 de marzo de 2011 bajo la dirección de su director titular, y que se encuentra disponible en la Digital Concert Hall de la formación alemana. Experiencia sensorial única escuchar la increíble orquestación de Richard Strauss en estas condiciones, con los instrumentos a la vista luciendo una perfección técnica, una suntuosidad y un sonido tan rotundo y empastado como brillante que convierten a la Berliner Philharmoniker en la que quizá seas la orquesta más adecuada en todo el orbe terrestre –con permiso de la no poco straussiana, aunque más plateada y femenina, Filarmónica de Viena– para tocar esta ópera genial.


La dirección de Sir Simon Rattle me ha parecido notabilísima. Por un lado por el concepto, muy en la línea Karajan, sin perder de vista la II escuela de Viena pero teniendo en cuenta sobre todo lo mucho que esta partitura debe al romanticismo tardío, e incluso al impresionismo. Por otro lado por la realización técnica: todo está fabulosamente planificado, la claridad es admirable, el empaste es perfecto y el colorido ofrece una riqueza abrumadora, sin quedarse en lo opulento y lo sensual sino también dando paso a lo incisivo. Los solistas de la Filarmónica de Berlín, por descontado, intervienen con el mayor acierto expresivo.

En suma, una labor sinfónica de altísimos vuelos, que solo cojea un poco por la Danza de los siete velos –algo precipitada al arrancar, y luego con alguna languidez– y por el final, no del todo visionario. El citado Karajan, en su portentosa grabación con la Filarmónica de Viena, sigue siendo el mayor intérprete de esta partitura, pero Rattle queda cerca, junto a maestros como Böhm y Sinopoli, y creo que supera a quien grabó la obra para Sony con esta misma orquesta berlinesa, Zubin Mehta, de atractivo enfoque expresionista pero algo parco en colorido y sensualidad.

Elenco de mucha altura. Emily Magee posee una voz algo impersonal pero de calidad, con centro rico en armónicos y agudos muy notables, seguros y sin cambios de color; el instrumento se queda corto por abajo para atender a las tremendas exigencias de Strauss, pero aun así es suficiente. Como intérprete muestra algo limitada a la hora de expresar la evolución del personaje, sobre todo cuando tiene que hacer de “niña pija aburrida”; cuando le entran las calores en la entrepierna va convenciendo cada vez más hasta llegar a una escena final donde está realmente espléndida, sin las sutilezas de una Behrens –mi Salomé favorita, también con Karajan– pero llena de fuerza expresiva.

Iain Paterson realiza una más que digna labor como un Jochanaan, aunque me quedo con el extraordinario Herodes de un Stig Andersen que se mete por completo en el personaje sin tener que graznar en exceso ni entregarse a la sobreactuación. Hanna Schwarz lleva ya bastantes años haciendo de Herodías, pero nunca ha terminado de calar en su diabólica personalidad; tampoco está ya para muchos trotes, aunque en cualquier caso cumple de manera sobrada. Sensacional el Narraboth de Pavol Breslik y estupendo el paje de Rinat Sahan. Alto nivel asimismo en el resto.

Desde el punto de vista audiovisual, esta Salome es menos buena: la toma sonora, siendo más que notable, adolece de un poco de compresión dinámica, y la planificación de la imagen no termina de acertar desde el punto de vista dramático. Aun así, muy recomendable.

sábado, 29 de agosto de 2015

La resurrezione de Haendel con Haïm y la Berliner Philharmoniker

Sí, ya sé que he llegado tarde: primera vez en mi vida escucho La resurrezione, oratorio de ribetes operísticos –ya saben, la ópera estaba por entonces prohibida en Roma– escrito en 1708 por un chaval de veintitrés años llamado George Frideric Haendel para su patrón Francesco Maria Ruspoli. Lo he hecho gracias mi suscripción a la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín, que recoge la interpretación ofrecida el 31 de octubre de 2014 bajo la dirección de la clavecinista y directora parisina Emmanuelle Haïm, quien por cierto ya había grabado la obra en 2009 junto a su orquesta de instrumentos originales Le Concert d’Astrée para el sello Virgin. Coinciden dos de los solistas de aquella oportunidad: Camilla Tilling y Sonia Prina.


La obra presenta algunas irregularidades en su inspiración, pero contiene tanta belleza que las dos horas de audición resultan un placer: pese a su juventud, Haendel domina a la perfección la escritura vocal y hace gala de una apreciable fantasía a la hora de instrumentar –se aprovechó de la orquesta nutrida y de calidad que ponía a su disposición Ruspoli–, siempre dentro de un pleno dominio del estilo propio del barroco italiano que más tarde se convertiría en uno de los pilares de su lenguaje maduro. Convencional resulta el libreto de Carlo Sigismondo Capece, que se mueve en un doble plano: por un lado la lucha entre Lucifer y un Ángel, por otro los diálogos entre María Magdalena, María Cleofás y San Juan entre el entierro de Cristo y la Resurrección propiamente dicha. En cualquier caso, la maestría de Haendel se impone frente a cualquier circunstancia.

Interpretación de primera fila. Solo hay que lamentar el destemplado y estridente, a menudo puro grito, registro sobreagudo de Camilla Tilling, por lo demás solvente en las complicadas agilidades de su parte y sensible encarnando al Ángel. Menos bien se le dan las coloraturas a Christopher Purves, pero el barítono inglés, de cavernoso registro grave, se muestra extraordinariamente expresivo –incluso en su gestualidad– encarnando a Lucifer. Irreprochable y deliciosa la Magdalena de Christiane Karg, pese a alguna tirantez puntual por arriba, tan correcto como sensible el San Juan de Topi Lehtipuu y sensacional –por completo en su elemento– la contralto Sonia Prina como María Cleofás.

La dirección de Emmanuelle Haïm me ha parecido espléndida: ligeramente moderada en lo que a la articulación y la ligereza se refiere con respecto a su anterior comparecencia frente a la misma orquesta, ya comentada en este blog, la intérprete llega a un formidable punto de encuentro entre el rigor historicista y la sonoridad de la Filarmónica de Berlín, cuyos solistas ofrecen en sus diferentes intervenciones un nivel de musicalidad insuperable. Por no hablar de cómo suena la cuerda, con un empaste y una firmeza con la que pocas orquestas de instrumentos originales (¡y de las tradicionales, claro!) pueden rivalizar.

Vigor, agilidad, brillantez, sentido cantable y  teatralidad son las virtudes de que hace gala la señora Haïm, sensata y musicalísima en todo momento, además de formidable en uno de los dos claves usados para la ocasión. No se lo pierdan.

jueves, 27 de agosto de 2015

Gremlins 2, con más música

Si en 1984 Joe Dante marcó con Gremlins un pequeño hito en el cine digamos de “terror para todos los públicos”, seis años más tarde nos sorprendió convirtiendo a Gremlins 2 en una descacharrante autoparodia llena de referencias cinematográficas, de transgresiones metalingüísticas y de no poca mala leche, aunque en el fondo el juguete fuera mucho menos gamberro de lo que aparentaba. Inolvidable, en cualquier caso, el momento en el que los bicharracos invaden la cabina de proyección y, literalmente, ¡queman su propia película para hacer sombrar chinescas en nuestra pantalla!


Jerry Goldsmith, por su lado, intentó en el título original llevar más lejos que nunca en su carrera la integración de los sintetizadores en la orquesta; no terminó de lograrlo, y de hecho la tímbrica chirriaba un poco, pero ofreció dos temas memorables, el muy tierno de Gizmo y el gamberro Gremling rag. En la segunda parte, y habiendo escrito por medio títulos tan inspirados como Supergirl, Legend o Lionheart, alcanza ya la plena madurez en la fusión entre electrónica y sonido orquestal, y lleva a su máxima expresión una idea que había venido experimentando en sus partituras para Link y Hoosiers: añadir ritmos electrónicos pop atractivos para el público juvenil.

El resultado, la partitura de Gremlins 2: la nueva generación, fue una obra maestra llena de inventiva, de garra y de sentido del humor, más original que ninguna otra de Goldsmith en lo tímbrico –soberbio trabajo orquestador de su habitual Arthur Morton– y deliciosa en sus dos nuevos temas, el siniestro asociado con el doctor que encarna Christopher Lee y el muy lírico –en exceso, pues los personajes se prestan a trazos más caricaturescos– dedicado al matrimonio Futterman. Por supuesto, olvídense ustedes de toda seriedad: esta es ante todo música para divertirse, y quien no esté dispuesto a asumir que en más de un momento suena a versión pop de La consagración de la primavera, mejor que no pierda el tiempo. Yo, desde luego, me lo sigo pasando en grande.

Desdichadamente, la edición discográfica realizada por Varése Sarabande se atenía a las rácanas duraciones con que por entonces solían editarse las bandas sonoras. Inesperadamente, con motivo del 25 aniversario del filme el sello norteamericano nos sorprende con una nueva edición extendida hasta la hora y diecisiete minutos. ¿Merece la pena?

Para quienes admiramos a Goldsmith, rotundamente sí: aunque en la edición de 1990 no faltaba nada importante, aquí hay mucha más música que, lejos de resultar repetitiva, nos entrega más y más hallazgos del inolvidable compositor. Se incluyen además todas las referencias musicales del desmadradísimo final de la película –de Gershwin a Wagner pasando por Kander y Ebb–, además de la secuencia de los dibujos animados escrita por Fred Steiner y los breves fragmentos diegéticos a cargo de Alexander Courage. La música de Goldsmith, además, se incluye por fin en el orden correcto de aparición en la película. Total, una fiesta.

Ah, una curiosidad: en 1993 escuchamos a Goldsmith en persona en el Teatro de la Maestranza dirigir los títulos finales de esta partitura. ¡Qué tiempos aquellos!

martes, 25 de agosto de 2015

Pressler con Bychkov y la Filarmónica de Berlín

La presencia de un Menahem Pressler de noventa añitos es sin duda el mayor atractivo del programa, disponible en la Digital Concert Hall, que ofreció la Filarmónica de Berlín el 11 de enero de 2014 bajo la batuta de Semyon Bychkov. Concierto para piano nº 17, KV 543, de Mozart en los atriles. A su edad, no posee el pianista del mítico Beaux Arts una agilidad digital precisamente irreprochable. Tampoco el artista, cuyo sonido es hermoso pero no muy variado, se muestra interesado por indagar en los aspectos más dolientes y profundos de la partitura, que en el Andante los hay en cantidad. Pero sí que se muestra amplio y noble en el fraseo, coqueto en el mejor de los sentidos, cálido, sensual y profundamente humano. Emociona.


Bychkov acompaña sin mucho estilo mozartiano y escaso aliento poético, pero al menos le pone ganas al asunto y cuenta con unas maderas de ensueño. Claro que si se quiere saber hasta qué punto pueden llegar éstas en sus intervenciones en el segundo movimiento, así como hasta dónde lo hace una dirección realmente comprometida, hay que escuchar lo que Daniel Barenboim consigue con la misma orquesta en su grabación para Teldec. O la no menos sublime de Bernstein con la Filarmónica de Viena en DVD. Volviendo al concierto berlinés, Pressler ofrece de propina el Nocturno nº 20 de Chopin: no muy doliente pero de gran belleza.

Sinfonía nº 11 de Shostakovich en la segunda parte. Ya saben, El año 1905. Con una orquesta como la Filarmónica de Berlín ya se tiene la mitad del camino andado a la hora de interpretar una partitura que exige ante todo virtuosismo, un sonido tan robusto como compacto y brillantez bien entendida. Ahora bien, Bychkov solo resuelve una parte de los otros problemas que plantea: consigue que las tensiones no decaigan –algo bien difícil, la página es larga y reiterativa–, evita caer en lo quejumbroso y sabe no pasarse de rosca en los momentos más decibélicos, pero no termina de generar el ambiente opresivo, angustioso que la obra demanda –la escena de la matanza resulta más espectacular que terrorífica–, mientras que en el tercer movimiento se echan de menos hondura trágica y grandeza humanística.

Mis grabaciones favoritas siguen siendo las dos de Rostropovich, sobre todo la primera de ellas (con la Nacional de Washington, 1992). Esta de Bychkov está muy bien, pero sólo eso.

sábado, 22 de agosto de 2015

Mozart y Mahler para Dudamel

Mozart y Mahler para Gustavo Dudamel y la Orquesta Filarmónica de Berlín en una filmación realizada los días 12 y 13 de junio de este mismo año, disponible en la Digital Concert Hall. Orquesta muy nutrida y articulación tradicional para interpretar la Serenata nº 9, Postillón, de Mozart: suficiente para que se rasguen las vestiduras los fundamentalistas del historicismos. Pero a mí la interpretación de Dudamel me ha encantado: muy cálida y cantable, llena de encanto y de coquetería bien entendida, vigorosa cuando debe y, esto resulta importantísimo en Mozart, atenta a lo que en su música –en este caso, en el Andantino– hay de doliente melancolía, incluso de patetismo.

Por lo demás, la arquitectura está maravillosamente delineada dentro de los más ortodoxos cánones del clasicismo, a lo que no es ajeno el virtuosismo de una orquesta todo lo robusta y poderosa que se quiera, pero flexible, transparente y equilibrada en su empaste como pocas. Los solistas son para derretirse, y el postillón propiamente dicho, fenomenal.

Dudamel Berlin 2015

De la Primera Sinfonía de Mahler había escuchado a Dudamel una interpretación del año 2009 con la Orquesta de la Radio de Francia que me gustaba poco. Esta otra me parece algo mejor, sobre todo porque la orquesta es fabulosa y el maestro la maneja con una plasticidad y un dominio de los planos sonoros formidables, pero dista asimismo de convencerme. ¿El problema? Conceptual: Dudamel confunde ensoñación con languidez, delicadeza con excesiva suavidad y lirismo con cursilería. Así las cosas, el arranque resulta adecuadamente misterioso, pero en cuanto aparece en los violonchelos eso de “Ging heut' Morgen über's Feld” el azúcar empieza a hacer estragos. Y no, la culpa no es de Mahler.

El segundo movimiento empieza bien, sobrando quizá algún detalle rebuscado que no hacía ninguna falta; al llegar al trío, otra vez el maestro se pone repipi. En el tercero sobra suavidad y se echa de menos sentido del humor sarcástico; lo de “Die zwei blauen Augen” ya es el colmo de la dulzonería. En el cuarto Dudamel domina increíblemente bien las tempestades orquestales y, con la fuerza y comunicatividad que le caracterizan, consigue momentos portentosos, pero de nuevo las languideces entre todos esos picos llegan a resultar insoportables. Lo siento, no me gusta Mahler así interpretado.

Como curiosidad: mi madre estuvo entre el público, aunque en la filmación sólo se la ve muy de lejos.

Adiós a Daniel Rabinovich

Anoche mismo soñé con su fallecimiento. Esta tarde nos ha llegado la noticia: Daniel Rabinovich ha muerto. No creo en las dotes premonitorias, así que se trata de pura casualidad. O quizá no tanto, porque hace algún tiempo que me llevaba temiendo lo peor, a tenor del silencio que el resto de los integrantes de Les Luthiers mantenían con respecto al estado de salud de su compañero, que venía cancelando sus actuaciones durante los últimos meses, y sobre todo por el hecho de que en la fotografía promocional de su nueva gira latinoamericana aparecieran fotografiados sus reemplazantes en lugar de él.

Problemas cardíacos, al parecer. Da lo mismo: con tan solo 71 años de edad, Daniel Rabinovich abandona este mundo. Nos quedamos sin un humorista excepcional y excelente músico. Y un melómano de los de verdad, añadiría yo, que tuve la oportunidad de verle hace años entre el público del Teatro Villamarta, en compañía del también luthier Jorge Maronna, disfrutando del mítico Cuarteto Melos.

He sido entusiasta del grupo argentino desde principios de los ochenta –tendría yo diez o doce años-, cuando mi padre nos ponía en el coche la casete de Mastropiero que nunca. Desde entonces Les Luthiers me han acompañado toda mi vida: además de conocerme todos sus vídeos, he tenido la oportunidad de disfrutarles en directo en repetidas ocasiones, cuatro de ellas en Sevilla, dos en Jerez –la última el pasado octubre, aún con Rabinovich–, una en Granada y cuatro o cinco más en Madrid. Ya pueden imaginar lo que me ha entristecido su desaparición. Quizá tengamos aún la oportunidad de verles en el futuro, pero sin Daniel ya no será en modo alguno lo mismo. Descanse en paz.

Y ahora, a esperar que no tarden mucho en editar comercialmente su última filmación junto a Les Luthiers: La historia del soldado y el Carnaval de los animales con Daniel Barenboim, Marta Argerich y un puñado de músicos de la West-Eastern Divan. Casualidades.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Primer disco de Nelsons en Boston: Décima de Shostakovich

Andris Nelsons debuta discográficamente con la Sinfónica de Boston y Deutsche Grammophon en esta grabación en directo, realizada en abril de 2015, de la Décima Sinfonía de Dmitri Shostakovich. El sello amarillo ya anuncia, con el título de Bajo la sombra de Stalin, los registros de las sinfonías Quinta a Novena. Paralelamente, C Major ha editado en DVD y Blu-ray la Octava con la Orquesta del Concertgebouw, y avisa que poco a poco irá apareciendo ¡el ciclo completo de las sinfonías del autor! De hecho, Cuarta y Quinta se anuncian para el próximo octubre. Si a esto añadimos que Nelsons tenía grabada desde hace algún tiempo la Séptima en Birmingham y que en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín ya hemos conocido interpretaciones suyas de la Sexta y la Octava, queda claro cuál es uno de los compositores favoritos del aún joven maestro letón.


Confieso que le temía un poco a los resultados, sobre todo en el movimiento inicial, a tenor de sus recreaciones de la Octava en Berlín y Ámsterdam: la primera me parece un tanto blanda y despistada y la segunda, aunque sin duda más conseguida, tampoco acaba de convencerme. Aquí, sin embargo, no hay problema alguno: el Moderato inicial, particularmente difícil de construir con un tempo tan lento como el de Nelsons (25'39'' frente a los 22'35'' de Karajan o los 21'25'' de Previn, para que se hagan una idea), está trazado de manera irreprochable en sus tensiones y distensiones, mientras que el resto se encuentra dicho con intensidad bien controlada, atención al detalle y mucha sinceridad expresiva.

Estilísticamente, además, la interpretación es certera, sin necesidad de cargar las tintas en la virulencia expresionista tanto como un Rozhdestvensky pero sin caer tampoco en las sonoridad ´"romántica" de la por otra parte extraordinaria recreación de Karajan de 1981: aquí la aspereza sonora, la agresividad, lo atmosférico y el humor sarcástico se aplican en cantidad suficiente, con moderación pero sin llegar a lo descafeinado. El final, por ventura, no lo aborda Nelsons con especial triunfalismo sino más bien con acertada ambigüedad, pese a que en la carpetilla afirme que "con la repetición frenética de D-S-C-H, escucho a Shostakovich decir a Stalin tú estás muerto pero yo todavía vivo, todavía sigo aquí". Cuestión esta que sigue sometida a debate, claro: hace algunos años escribí sobre ello para la Filarmónica de Gran Canaria. En cualquier caso, interpretación de muy alto nivel: aunque las interpretaciones digitales de Karajan y Previn, que he vuelto a escuchar para la ocasión, me siguen pareciendo las referencias, ésta se sitúa solo un escalón por debajo.

El disco de Nelsons se completa con una abrumadora, tremebunda interpretación de la Passacaglia de la ópera Lady Macbeth, dicha desde el podio con la más absoluta convicción y tocada por la orquesta al nivel que en ella se espera, es decir, de manera portentosa. Lástima que la toma sonora –he escuchado la grabación en la descarga HD, no en el compacto– recoja algo de ruido del público y resulte algo más reverberante de la cuenta. También es un poquito áspera, pero eso no le viene precisamente mal a este compositor.

lunes, 17 de agosto de 2015

Octava de Bruckner con Blomstedt en Berlín

Hace ya tiempo que el maestro estadounidense –de origen sueco– Herbert Blomstedt dejó de grabar para las grandes compañías discográficas, pero la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín nos permite poder seguirle la pista en estos últimos años de su muy longeva carrera: ochenta y siete añitos tenía cuando –sin batuta– dirigía el pasado 10 de enero a la formación alemana nada menos que la Octava de Bruckner (edición Haas, para los puntillosos).


Obviamente Blomstedt juega con ventaja, porque no hay una sola orquesta en el mundo –incluidas Viena, Concertgebouw, Chicago y todas las que ustedes quieran– más adecuada para semejante partitura. Su empaste denso y prieto, su perfecto equilibrio entre masas sonoras, su robustísima cuerda grave y sus metales redondos, poderosos, pero nunca excesivamente brillantes o con afán de protagonismo, convierten la audición en toda una experiencia.

Por supuesto, esto no serviría de nada sin una cabeza rectora que sabe lo que se hace, y aquí tenemos a un Blomstedt que construye la magna catedral sonora con absoluta perfección, sin languideces ni puntos muertos, fraseando con sutil flexibilidad, cantando las melodías con holgura, evitando toda pesadez y alcanzando los clímax, jamás retóricos ni hipertrofiados, con absoluta lógica y naturalidad.

El problema es que Blomstedt, maestro serio y profesional donde los haya, rara vez termina comprometerse con lo que toca y ofrecer interpretaciones de auténtica referencia. Yo echo de menos un grado más de terror ante el abismo, de anhelo de encontrar respuesta en el más allá, de súplica agónica… También de sensualidad terrena, de profundidad mística y de exaltación visionaria. La coda final, por otra parte, suena más épica que trágica: no es lo que a mí más me convence.

En definitiva, una gran interpretación de “kapellmeister” de los de toda la vida, pero no una de las que hacen plena justicia a la obra como una de las más geniales sinfonías que se hayan compuesto. ¿Mis versiones favoritas? Karajan con la Filarmónica de Viena en San Florián, Giulini con la Filarmónica de Berlín, Celibidache con la Filarmónica de Múnich y Barenboim con la Staatskapelle de Berlín.

domingo, 16 de agosto de 2015

Anthéron en Aix

Todos los veranos hago algún viaje al extranjero, siempre buscando arte en cantidad y, a ser posible, música. Este año ha tocado Provenza en compañía de un amigo que es enorme, grandísimo experto en pintura gótica, y que había planificado todo al milímetro para aprovechar el tiempo al máximo: creo que nunca en mi vida he visto tal cantidad de obras de arte en tan poco tiempo. Ha sido una paliza física y psicológica monumental, pero ha merecido la pena: el arte romano, el románico y el gótico de esa tierra son extraordinarios.

Para música en principio no había lugar, entre otras cosas porque los festivales de Aix-en-Provence y Orange (¡enorme, apabullante el teatro romano en el que la Caballé ofreciese aquella Norma de referencia!) ya habían terminado. Sí que estaba desarrollándose el festival pianístico de La Roque d’Anthéron, pero no quedaban entradas para el día que fuimos allí para ver la abadía cisterciense de Silvacane. Sin embargo, el martes 4 de agosto tuvimos la oportunidad de asistir a uno de los numerosos espectáculos satélite del referido festival, concretamente el que tuvo lugar en el patio del Museo Granet –interesantísima colección de arte, dicho sea de paso– de la propia Aix-en-Provence.


El pianista era un completo desconocido para mí, Éric Vidonne, profesor del Conservatorio de París. En la primera parte abordó Beethoven: sonatas nº 10 y 25 que me parecieron interpretadas de manera mecánica, ajenas al estilo y dentro de un clasicismo mal entendido, esto es, superficial y con tendencia a lo pimpante. Me pareció bastante más centrado en las Variaciones sobre un tema de Paisiello y en el Rondo a capriccio en Sol mayor del mismo autor, pero no pudo evitar que mi amigo y yo nos aburriéramos de manera considerable. Tampoco el público –media de edad extremadamente avanzada– parecía entusiasmado.

Liszt para la segunda parte: primero esa pequeña genialidad que es La lúgubre góndola II y luego la inmensa Sonata en Si menor. Obviamente Vidonne se las vio y se las deseo con las inmensas dificultades técnicas de esta última, y tampoco supo dotar de continuidad a la misma, pero aquí sí que mostró estilo, concentración y fuerza expresiva. Los resultados fueron dignos, y eso no es poco en obras como las semejantes. No hubo propina: lo contrario hubiera sido pecaminoso tras el estremecedor final de la partitura lisztiana.

Por lo demás, me gustaría en el futuro asistir a los festivales de Aix y Orange, pero con los precios que allí se gastan (me dicen que Aix-en-Provence es una de las más caras ciudades de Francia, y por lo que he visto me lo creo) lo encuentro difícil a corto o medio plazo. Quizá cuando salgamos de la crisis… Y ahora, permítanme que vuelva a las entradas programadas de antemano.