miércoles, 17 de septiembre de 2014

Una banda sonora de Gustavo Dudamel

Era lógico que al realizar una película sobre la figura de Simón Bolívar se contratase a Gustavo Dudamel como asesor musical, siendo este no solo el gran astro venezolano de la música clásica a nivel internacional sino también el titular de, precisamente, la orquesta que lleva el nombre del célebre personaje histórico. Lo que nadie se esperaba es que el joven maestro terminase convirtiéndose también en el compositor de la banda sonora, que por cierto ha editado Deutsche Grammophon con una toma realmente excepcional.

Dudamel Libertador

¿Y cómo es esta música, estilísticamente hablando? Pues ahí tenemos otra sorpresa, porque está escrita desde la más absoluta ortodoxia de los blockbusters más o menos históricos norteamericanos, de manera más concreta siguiendo el modelo establecido por James Horner en Braveheart (Mel Gibson, 1996), precisamente otro relato de libertador: hay aquí gran orquesta, coro, niño solista con intervenciones de aire fúnebre, flauta y ritmos étnicos, melodías épicas punteadas por los metales, momentos líricos con ribetes místico-trascendentes a cargo de la cuerda… Lo cuenta el propio Dudamel en su página web:

“Hice una elección consciente en basar el motivo principal de Bolívar en una progresión similar a la famosa Fanfarria para el hombre común de Aaron Copland, porque quería reflejar el personaje de Bolívar primero como un hombre - un hombre común - y no de inmediato como un héroe.
(…) Asocié la flauta con el motivo de amor de Simón y María Teresa, así como (después) el de Manuela. La flauta, sobre todo porque aquí se escribió para un tipo especial de flauta de madera de América del Sur, para mí expresa el alma del pasado, un sentimiento de añoranza (…). Estos dos motivos musicales se establecen desde el principio, tanto en la película como en mi Suite, con las cuerdas ascendiendo con contra-melodías líricas y la percusión haciendo acentos marciales. (…) Es un enfoque minimalista, muy sutil, que permite que las imágenes cuenten la historia mientras se escuchan acordes sostenidos y notas largas, por lo general en los registros más bajos, para construir tensión.”

Todo ello lo lleva a cabo el maestro con un lenguaje perfectamente accesible por todos los públicos, un formidable dominio de los medios y exquisito gusto que, por momentos, llega a alcanzar una notable inspiración. Hasta ahí, perfecto. Pero esta música tiene un problema no dentro –habría que ver cómo funciona en la película– sino fuera de la pantalla, que a mi entender es el mismo que el de la mayoría de la música de cine actual: su falta de personalidad. No me refiero al uso de todos los códigos y convenciones arriba referidos, porque por su propia naturaleza las bandas sonoras han de recurrir en mayor o medida a ellos, sino a la capacidad de ofrecer una expresión con identidad reconocible, atractiva y que despierte nuestro interés más allá de la función utilitaria en la pantalla grande.

Ya digo que les pasa a todos, o casi todos: hasta los años noventa del pasado siglo la mayoría de los maestros que escribían para Hollywood poseían una identidad más o menos reconocible, pero desde entonces a esta parte se ha llegado a tal grado de asimilación de la herencia del pasado inmediato, el de las dos últimas décadas del siglo XX, que todo suena a una mezcla entre John Williams, Jerry Golsmith, James Horner, Alan Silvestri, Danny Elfman, Hans Zimmer, James Newton-Howard y Howard Shore. Incluso esos mismos compositores (con la excepción del difunto Goldsmith y de un Williams siempre fiel a sí mismo) hace ya tiempo que comienzan a parecerse los unos a los otros.

¿Y cómo es que Dudamel, ajeno a las academias de composición por la que han desfilado los jóvenes autores de bandas sonoras, ha adquirido tanto el enorme dominio técnico como la personalidad indiferenciada de los mismos? Pues alguien podría decir que siendo titular de la Filarmónica de Los Ángeles bien se le puede haber pegado algo de Hollywood, pero a mi me parece la respuesta podría estar en la labor de “adaptación y orquestación” de la partitura a cargo del veterano William Ross, que quizá haya sido decisiva en los resultados.

Ross ha sido orquestador de compositores como John Williams, Alan Silvestri, James Horner o Alan Menken, además de componer él mismo algunas bandas sonoras: recordemos que fue responsable de arreglar los temas de originales de Williams para Harry Potter y la Cámara de los Secretos. Quizá por eso mismo la cita a Copland no suena directamente al autor de Primavera Apalache, sino a John Williams cuando imita a éste. Claro que hay otros referentes, porque los esquemas rítmicos punteados por acordes de la cuerda recuerdan no poco a los diseños “con sintetizadores” –aun trasvasados a la orquesta– de Hans Zimmer y su escuela. Personalmente no me interesan estas secciones de la partitura del venezolano: me quedo con el Dudamel de corte lírico y nostálgico, porque me parece más sincero y más inspirado.

La Orquesta Simón Bolívar realiza un excelente trabajo, lo mismo que el Coro Nacional Juvenil y los Niños Cantores de Venezuela, así como el flautista étnico Pedro Eustache. Dudamel pone su batuta al servicio de sí mismo y los resultados, como era de esperar, son formidables. ¿Recomiendo la grabación? A medias: las dos veces que la he escuchado (una de ellas con sonido “alta definición”, otro día les hablaré de eso) me he aburrido a ratos, pero también he encontrado momentos muy emotivos.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Regreso a Mahagonny

He decidido estrenar la nueva ubicación –ya en Jerez– de mi equipo de música viendo el Blu-ray editado por BelAir de la producción de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny que inauguró oficialmente la malograda era Mortier en el Teatro Real. Ya hablé de ella en su momento, primero a partir de una toma radiofónica y luego de la función en directo a la que asistí, pero en esta filmación, que se corresponde con el día del estreno y se retransmitió en su momento en cines, son distintos los dos cantantes principales.


Como Jim MacIntyre vi a Christopher Ventris, pero en el vídeo está Michael Köning, que me ha gustado menos por su voz poco interesante, su expresividad limitada y su pobre capacidad actoral. Elzbieta Szmytka, por el contrario, se quedaba bastante más corta que aquí lo hace Measha Brueggergosman, floja en la célebre “Alabama Song” con que irrumpe en escena pero más tarde artista de muchos quilates, no tanto en el plano vocal como en lo que a intención expresiva y verdad escénica se refiere, aspectos en los que está francamente bien.

El resto es idéntico: notables actuaciones de Jane Henschel, Donald Kaasch y Willard White como los tres dueños de la ciudad, absolutamente sensacional y reveladora la batuta de Pablo Heras-Casado, que saca petróleo de la partitura de Kurt Weill haciendo que suene particularmente expresionista, visceral y dramática, y admirable la puesta en escena de Alex Ollé y Carlus Padrissa, quienes saben ser tan originales como sensatos y ofrecen no tanto el cúmulo de efectos esperable en La Fura como teatro de buena calidad, sabiendo sintonizar además con el pesimista mensaje de Bertolt Brecht. Por supuesto, el público más mojigato del Real intentó montar el numerito al terminar la función.



En este blog comenté otra dos filmaciones comercializadas, la de Salzburgo de 1998 y la de San Francisco de 2007. En la primera hay que rescatar la actuación escénica –no la musical– de Catherine Malfitano, y en la segunda brillan con luz propia unas extraordinarias Audra McDonald y Patti Lupone como Jenny y la Begbick respectivamente. En cualquier caso la del Teatro Real, aun sin cantantes del nivel de los citados, resulta globalmente mucho más recomendable, sobre todo porque desde el podio el maestro granadino nos demuestra que la música de Kurt Weill posee bastante más sustancia de la que aparenta. La realización visual es buena, ofreciéndonos la oportunidad de apreciar una muy trabajada dirección de actores (¡soberbio el tenor John Easterlin!). Magnífica la toma sonora, en surround auténtico DTS HD Master Audio. Hay subtítulos en castellano, aunque no contenidos extra. Da igual: recomendación plena de una obra y una producción más vigentes aún hoy que hace cuatro años. ¿Acaso resulta difícil reconocer en las contradictorias pancartas que salen al final el maremagnum ideológico que estamos viviendo en la actualidad?

Ah, la nueva ubicación de mi equipo finalmente no ha resultado satisfactoria en lo que a música se refiere. Para películas la cosa sí va bien, pero para la música clásica ruidos vecinales no permiten una audición sin sobresaltos. Mientras busco soluciones, tendré que seguir sin escuchar apenas discos. Por eso mismo, entre otras razones que ahora no hacen al caso, este blog seguirá inactivo durante un tiempo. Les ruego que sepan excusarme.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Intermedio con Rózsa

Circunstancias de muy diversa índole, entre ellas el hecho de que hasta hoy mismo no he terminado de instalar mi equipo de música en su nueva ubicación, me impiden de momento escribir en este blog. Permítanme, en cualquier caso, cubrir este intermedio con un vídeo que me ha encantado.

Se trata de uno de los “YouTubes” promocionales del último disco del violinista británico Daniel Hope, dedicado a músicas más o menos relacionadas con Hollywood. La página en cuestión es el tema de amor de la película El Cid, western –así lo clasifican los especialistas, y yo estoy de acuerdo– sobre la figura de Rodrigo Díaz de Vivar que filmó Anthony Mann en 1961 y cuya partitura corrió a cargo del húngaro Miklós Rósza. Música reaccionaria, llaman a esto algunos críticos. Música decadente, afirman otros. Pues vale. A mí me parece bellísima.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Cambio de aires: vuelta a Jerez

Este es un día importante en mi vida, porque en él se cierra, al menos de manera temporal, el periodo que he pasado en la Sierra de Segura y vuelvo, en principio también de manera temporal, a mi casa de toda la vida. El instituto serrano en el que he ejercido la docencia a lo largo de estos últimos seis años, sufriendo los efectos de los recortes y de la menguante natalidad, se ha visto obligado a prescindir de algunos profesores, de tal modo que ha surgido la oportunidad de que sea yo uno de los desplazados por falta de horario. Concursando en las listas de interinidad –que es como tenemos que pedir nuevo destino los funcionarios en esta circunstancia–, he conseguido recalar en el instituto de mi misma calle, que conozco porque ya ejercí en él hace unos años. Esta misma mañana me he incorporado. Mi plaza sigue estando oficialmente en la sierra segureña y, salvo que participe exitosamente en un concurso de traslados, cabe la posibilidad de que vuelva en un futuro cercano a tierras jiennenses; en cualquier caso, durante el curso 2014/15 voy a estar en mi barrio y en mi casa, con todo lo que eso conlleva. También en el plano musical.


Estos años han sido para mí de conciertos “a la carta” entre Madrid y Valencia: seleccionaba lo más interesante de cada localidad y procuraba escoger los fines de semana en los que coincidían más espectáculos atractivos. Así las cosas, pasaban muchos días sin música en directo para luego, cada vez que cogía el coche, pegarme el atracón. Ahora me veo obligado a volver al sistema de menú: esto es lo que hay, si lo quieres bien y si no te quedas sin comer. Y menú entre Sevilla y Jerez, claro, porque la capital de España queda –por los costes del desplazamiento, muy superiores a los cincuenta euros de gasolina desde la Sierra Segureña– en gran medida descartada. Como pueden ustedes imaginar, poco tienen que ver el Maestranza y el Villamarta actuales con el Teatro Real de los años de Mortier o los de Les Arts de Maazel y Mehta (otra cosa es que en Madrid y Valencia la cosa también esté cayendo en picado). Ya veré como me lo monto: a lo mejor lo más sensato es pasar de ciertas propuestas locales –no sé si estoy preparado mentalmente para volver a ver producciones de Paco López y escuchar al Coro del Villamarta– y ahorrar para tomar el avión en algún puente.

En lo que al formato doméstico se refiere, en mi vivienda de la sierra, grande y cómoda aunque muy fría, tenía una estancia de mediano tamaño con un digno equipo de siete canales correctamente instalado. En Jerez no es fácil adaptar semejante configuración, menos aún cuando necesito una conexión a internet de buena velocidad, con un módem cercano al equipo para ver los conciertos de la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín. También he de estudiar como reagrupo mi colección de discos hasta ahora dividida en dos. Por otro lado, resulta bastante probable que disminuya mi dedicación a escuchar música, porque ahora que retorno a mi tierra tengo la oportunidad de avanzar de manera considerable en mis investigaciones sobre gótico y mudéjar en la zona. Además, el médico me ha dicho que dedique tiempo a hacer deporte. Uf.

En cualquier caso, vuelvo a mi casa, a mi familia, a mi gato y a mi tierra. La tierra de los inviernos suaves (¡qué triste ha sido para mí el frío serrano!), de “la calor” tremenda a partir de mayo, de las playas maravillosas, del vino, de la manzanilla, de la Semana Santa, la Feria, los caballos y los señoritos. Vuelta a Jerez.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Londres, ciudad sin discos

Cuando en 1997 visité por primera vez la capital británica, Londres era aún el paraíso del disco. Mi segunda estancia allí tuvo lugar en 1997: había cerrado el inmenso Virgin Megastore de Oxford Street, como lo hicieron todos los establecimientos de la cadena a nivel mundial, pero las demás tiendas seguían en funcionamiento. En estancias más recientes he ido viendo cómo iban cerrando algunas de las más emblemáticas, hasta el punto de que este verano de 2014 lo que me he encontrado es, comparando con el panorama de hace pocos años, un desierto para comprar discos.

HMV_Oxford_Street

Tower Records, enorme y bien surtida tienda situada en Picadilly Circus, es una de las ausencias más notables; su sección de clásica era una de las más visitadas en la capital. El HMV de la misma plaza también ha cerrado, al igual que el de Covent Garden. La tienda especializada en lírica –no recuerdo el nombre– que estaba junto a la English National Opera asimismo ha pasado a mejor vida. La maravillosa tienda “Classical Music Exchange” de Nottin Hill, donde podían encontrarse verdaderos chollos de segunda mano, se ha trasladado al sótano del local de al lado (38 Nottin Hill Gate, muy cerca de la boca de metro), reduciendo de manera considerable sus existencias; eso sí, me he llevado un montón de discos sin caja ni carátula trasera por 50 peniques cada uno.

La gran desgracia, de la que ya tenía noticias, es el reciente cierre de los dos HMV de Oxford Street, uno de los cuales tenía en el sótano la tienda “de referencia” en Londres en lo que a música clásica se refiere. Cierto es que la propia HMV ha abierto un nuevo local en la misma calle, pero el fondo de catálogo es irrisorio en comparación con el anterior. Por no hablar de la cualificación del personal: pregunté si tenían las Sonatas de Schubert por Barenboim y me pidieron que les tecleara en el ordenador el nombre del compositor austríaco.

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Sorprendentemente, sigue resistiendo un local que yo no conocía: Harold Moores Records, en pleno Soho Londinense (Great Marlborough Street, para concretar). Establecimiento a la antigua usanza, cuidadoso en su catálogo y con trato personalizado, que además de recordar a las antiguas tiendas especializadas de otros tiempos, conserva un sabor “londinense auténtico” de lo más atractivo. Eso sí, los precios no son los más estimulantes para un turista de presupuesto ajustado. Arriba les he dejado una foto: si se pasan por allí, no dejen de echar un vistazo.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Abbado y la Novena de Bruckner: una hermosa despedida

Existen dos grabaciones oficiales de la Novena de Bruckner a cargo de Claudio Abbado, ambas en vivo y editadas en disco compacto por Deutsche Grammophon. La primera se realizó en 1996 con el maestro frente a la Filarmónica de Viena. La segunda corresponde al Festival de Lucerna, lógicamente con la orquesta del mismo a su servicio, y recoge conciertos ofrecidos entre los días 21 y 26 de agosto de 2013: este último pondría punto y final a su trayectoria artística. ¿Hay obra más idónea para despedirse de este mundo que el Adagio de esta inacabada y genial partitura? Otra cosa es la manera que tiene el milanés de traducir los pentagramas, claro, pue la creciente obsesión por la belleza sonora que marcó su labor desde mediados de los ochenta no parece muy recomendable para enfrentarse a una música escrita tan a tumba abierta. Comparemos las interpretaciones.


La de 1996 deja bien clara la enorme categoría de Abbado como virtuoso de la batuta, pero cuestiona su capacidad para recrear a Bruckner. Esto ya queda en evidencia en la propia sonoridad de la orquesta, ocho años atrás idónea en la absolutamente referencial grabación de Giulini para DG, y ahora carente de la densidad, la calidez y las cualidades digamos “organísticas” que asociamos a este repertorio. Tampoco parece el maestro sintonizar con el contenido expresivo. En este sentido, el primer movimiento está trazado con fluidez, fraseado con refinamiento y sonado con enorme belleza (¡excepcional Wiener Philharmoniker!), asombrando igualmente el dominio de reguladores y planos sonoros, pero carece del carácter agónico y altamente emotivo que piden a gritos las notas. Todavía más decepcionante el Scherzo, que Abbado plantea erróneamente desde un punto de vista épico en lugar de dramático: muy brillante, pero se pierde su esencia terrorífica. Lo mejor es el Adagio, admirablemente cantado y dicho con mayor sinceridad que los movimientos precedentes; aun así, los clímax son más decibélicos que visionarios y el final, muy bello, no nos llega a acongojar.


Sabiéndose gravemente enfermo, ¿consigue Abbado “creerse” la obra en los que iban a ser los últimos conciertos de su vida? Pues sí, lo consigue. La sonoridad sigue siendo más ligera de la cuenta, e incluso hay más de una frase que bordea lo relamido, pero el primer movimiento está dicho con más calor y más sinceridad, además de con superior delectación: 26’47’’ frente a los 25’05’’ de antes. En el Scherzo se pasa de los 10’06 de Viena a 11’03’’ en Lucerna, perdiendo el excesivo nerviosismo de antaño y sustituyendo el enfoque épico por uno abiertamente aterrador, con resultados mucho más convincentes. También mejora el Adagio: en el gran clímax ahora Abbado sí que siente la desesperación ante la muerte, para después ofrecer una coda (¿la mejor música jamás compuesta?) donde por fin logra trascender la enorme belleza sonora desplegada. Puede no convencer su visión del más allá, a la postre serena y confiada, sin el poso de amargura que otros directores han sabido encontrar, pero no deja de ser confortador que el maestro nos haya dejado de esta manera.

sábado, 30 de agosto de 2014

Sobre la acústica en los Proms

Cierro los comentarios sobre mi visita a los BBC Proms 2014 con unas líneas en torno a la siempre discutida acústica de los conciertos, toda vez en en esta ocasión, al realizar el viaje a Londres acompañado por mi madre, no opté por las entradas en la “arena” –cinco libras tan solo, pero hay que guardar cola y estar de pie durante todo el espectáculo–, sino por más o menos cómodas butacas situadas en diferentes puntos del Royal Albert Hall. Menos mal que compré la mayoría el mismo día en que se pusieron a la venta, porque se agotaron en seguida.

Proms 2011

En breve: es verdad que las características de la emblemática sala no favorecen precisamente la audición –si ustedes han escuchado discos allí grabados saben de qué les hablo–, pero todo depende a la postre de dónde uno se ubique. En los conciertos de Haitink y Barenboim, precisamente los mejores desde el punto de vista interpretativo (¡mecachis la mar!), nos tuvimos que conformar con asientos muy alejados del escenario, en la sección superior del graderío (“Circle”) y en el extremo opuesto a los músicos. Demasiado lejos, la verdad. No terminé satisfecho.

En el War Requiem estuvimos a la misma altura, pero mucho más cerca de la escena: la visión es desde un lado pero la experiencia auditiva, sin ser buena para captar sutilezas, resulta bastante más convincente, y desde luego adecuada para una página con un despliegue de masas sonoras tan acongojante. En el que dirigió Edward Gardner tuvimos asientos mucho más bajos, en los palcos, y además encima del escenario: allí todo se escuchaba francamente bien. Eso sí, el precio es aplastantemente superior al de las otras ubicaciones.

Para la “late night” con Laura Mvula sí que estuvimos de pie en la “arena”. Aquí el inconveniente fue el sonido amplificado, dadas las características del espectáculo. Cuando se trata de música clásica no se escucha mal allí. ¿Recomendaciones? Si tienen tiempo y fuerzas, hagan cola y aguanten de pie. Si no, confórmense con lo que su presupuesto les permita y luego, como yo estoy haciendo, escuchen en su casa las tomas radiofónicas y sáquenle mayor partido a lo que disfrutaron en directo.

jueves, 28 de agosto de 2014

El encanto de los Proms nocturnos: late night with Laura Mvula

Las personas que nunca han asistido a los BBC Proms tal vez no sepan que hay días en que se ofrecen no una sino dos sesiones en el Royal Albert Hall, adelantando la hora de inicio de concierto digamos “importante” para dejar así un hueco para un recital nocturno caracterizado por su relativa brevedad –no hay intermedio– y por dar paso a intérpretes y/o repertorios alternativos. Tienen su encanto, porque el ambiente es distinto, con un público hasta cierto punto diferente –ojo, también hay mucha persona mayor que se queda a los dos espectáculos–; asimismo hay mucha menor saturación en la “arena” –las localidades de pie, siempre a cinco libras-, donde por fin se puede uno desplazar con tranquilidad sin hacinarse con otros cientos de melómanos. La experiencia es de lo más recomendable.

BBC Proms Laura Mvula

En mi reciente visita a los Proms solo asistí a una “late night”, aprovechando que tenía alojamiento al ladito del Royal Albert Hall (el Beit Hall, típico colegio mayor con servicios justitos y precios asequibles). Acudí el martes 19 de agosto sin saber muy bien qué tipo de música me iba a encontrar. Sigo sin saberlo, porque en las canciones de Laura Mvula (Birmingham, 1987) se produce una mezcla entre blues, soul, góspel, música ligera y no sé cuántos géneros más, todo ello partiendo de una formación eminentemente clásica y evidenciando unas, a mi entender, marcadísimas raíces en el folclore del África negra. No diré que el resultado sea muy personal, pero sí que resulta atractivo. La chica, además, canta estupendamente y en alguna pieza resolvió sin problemas la parte del piano.

El programa de la velada consistía en la presentación de su segundo álbum, que no es sino una nueva grabación del primero, Sing to the Moon, esta vez con acompañamiento orquestal. Teniendo en cuenta que entre el uno y el otro ha pasado tan solo un año, de 2013 a 2014, queda en evidencia la rapidez con que ha saltado a la fama esta chica y el fuerte respaldo del mundo discográfico en un momento no precisamente dado a realizar experimentos. El excelente recibimiento por parte del público del Royal Albert Hall termina de dejar claro que nos encontramos ante toda una estrella en potencia.

Ahora bien, no todas sus canciones resultan igual de interesantes: algunas me hicieron pasar un rato entretenido, otras me aburrieron y algunas me gustaron mucho, particularmente las últimas –ya se sabe que en estas ocasiones lo mejor se deja para el final–, aunque a decir verdad con quien mejor me lo pasé es con la invitada de la noche, la estadounidense Esperanza Spalding, que además de cantar a dúo una de las canciones de Mvula nos deleitó con la estupenda Cinnamon Tree, de su propia cosecha. De paso, rivalizó con su colega en lo que a dimensiones de peluca se refiere.

La Metropole Orchestra, por su parte, realizó un formidable trabajo a las órdenes de Jules Buckley, lo mismo que el conjunto Electric Vocals, aunque a mi entender la amplificación del todo el conjunto no estaba conseguida; incluso llegaba a resultar molesta para quienes nos encontrábamos en la “arena” del Royal Albert Hall. La toma radiofónica, que he escuchado varias veces y disfrutado de manera considerable, resulta en este sentido bastante más agradable que el directo.

Por cierto, el espectáculo no fue filmado por la BBC, pero hay vídeos piratas en YouTube que les recomiendo vean antes de que los hagan retirar.

domingo, 24 de agosto de 2014

War Requiem con Nelsons en los Proms

En 1997 escuché en directo en los Proms el War Requiem de Britten en interpretación a cargo de Andrew Davis, la Sinfónica de Birmingham y un elenco conformado por Eva Urbanová, Hans Peter Blochwitz y Thomas Hampson. Me gustó bastante pero no terminé de emocionarme, en parte por el terrible calor que ese día se sufría en el Royal Albert Hall, en parte porque tenía aún demasiado presente la conmoción que me había producido mi primera audición de la obra, en 1992 con Rostropovich frente a la Royal Philharmonic en el Teatro de la Maestranza. Diecisiete años después (¡juraría que han pasado muchos menos!) he vuelto a escuchar la obra en el referido festival organizado por la BBC, de nuevo Sinfónica de Birmingham. Tampoco esta vez me ha acabado de emocionar, tratándose de una obra que me impresiona muy profundamente.

Nelsons War Requiem Proms 2014

Lo diré sin rodeos: creo que Andris Nelsons, probablemente el más grande director de su generación, no termina de acertar con esta obra. Y en la velada del pasado jueves 21 de agosto lo he percibido aún más claramente que en el Blu-Ray que ya comenté aquí. Esta vez intentaré explicarme de manera más breve: la concertación es excelente, el idioma irreprochable y el gusto exquisito, pero al maestro se le va el pulso con la lentitud de los tempi, y no sabe o no quiere ofrecer el carácter escarpado que la obra pide a gritos, optando más bien por una visión contemplativa que no termina de funcionar. Eso sí, fue absolutamente acongojante el uso del gran órgano del Royal Albert Hall para el clímax del “Libera Me”, como también lo fue la concentración con la que Nelsons fue descendiendo desde éste hasta disolverse en un escalofriante silencio que, con los brazos alzados, logró prolongar durante más de un minuto.

Los solistas vocales ofrecieron muy buen nivel. Toby Spence manejó con gran sensibilidad su voz no precisamente grande, Hanno Müller-Brachmann –ya en la filmación referida– estuvo sin duda estupendo, mientras que Susan Gritton, más cómoda en el agudo que en el grave, defendió sin truculencias ni excesos su difícil parte.

Lo alucinante, a mi entender, fue el trabajo del BBC Proms Youth Choir. Un coro “de bolos”, sí, formado para esta ocasión especial por jóvenes coristas de las islas británicas. ¡Qué coro! Por supuesto que tener a su frente a un monstruo de la dirección coral como Simon Halsey, aclamadísimo al terminar la interpretación, tuvo mucho que ver con la excelencia de los resultados, pero está claro que donde hay materia prima da igual que una formación sea o no “de bolos”: lo importante no es el tiempo que toquen o canten juntos, sino cómo suenen. Y estos lo hicieron de manera admirable. Poniendo nota: un siete y medio para la batuta, un ocho y medio para los cantantes y un diez para orquesta y coros.

Por cierto, ¿no va siendo ya hora de que salga en DVD la filmación de Pappano que quedó tan bien parada en la comparativa discográfica que hice de esta obra?

jueves, 21 de agosto de 2014

Barenboim y la WEDO en los Proms, 2014: sensualidad

La "noche andaluza" que nos han preparado Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan Orchestra para la tarde de hoy miércoles 20 de agosto en los BBC Proms ha empezado con la obertura de Las bodas de Figaro: interpretación risueña, cálida, luminosa y con cierta picardía, muy alejada del Mozart dramático, severo y a veces excesivamente adusto que el mismo director hacía hace lustros aquí mismo en Londres junto a la English Chamber Orchestra; queda clara la evolución del maestro porteño en busca de nuevos enfoques interpretativos, en este y otros repertorios.

  
Siguieron los encargos estrenados hace unos días en el Teatro Colón en la visita de la WEDO a Buenos Aires, ambos de unos doce minutos de duración. Ayan Adler opta en Resonating Sound por un vocabulario convencionalmente "moderno" basado en la tímbrica y la elasticidad de las masas sonoras. Kareem Rouston deja clara en Ramal su experiencia como autor de bandas sonoras cinematográficas con una música más asequible que la de su colega. Ninguno de los dos aporta realmente nada nuevo –la sensación a déjà vu es inevitable–, pero los dos han escrito sus partituras con excelente dominio técnico y han muestran notable inspiración. Se han disfrutado.

Evolución interpretativa, decíamos mas arriba. Ya lo hemos explicado en muchas ocasiones en este blog: Barenboim va perdiendo carácter escarpado y se interesa bastante más por lo amoroso, lo cantable y lo sensual. Esto último, obviamente, resulta ideal para Ravel, el compositor que ha protagonizado la segunda parte de la velada. En discos el maestro se había entendido de manera desigual con él, a veces acertando de manera considerable y en otras ocasiones patinando relativamente. Hoy se ha superado a sí mismo en todas las partituras en el atril: soberbia la Rapsodia Española (ya era magnifica su recreación con la Sinfónica de Chicago); con algún desajuste pero excelsa en su sección central la Alborada del Gracioso; muy efusiva la Pavana para una infanta difunta; y decidido, emocionante y en general muy bien trazado –hubo algún "escalón" en exceso evidente, como suele ocurrir en demasiadas ocasiones– el Bolero, acogido con el esperable entusiasmo por los prommers. Lógicamente, esta ultima obra fue un examen para los solistas de la formación multicultural: los hubo buenos, muy buenos y extraordinarios, entre ellos el responsable de la caja.

Tras semejante repertorio francés "a la andaluza", la propina estaba cantada: suite nº 1 de Carmen. Ya se la he escuchado varias veces a estos mismos artistas y creo que en esta ocasión es donde han estado mejor, sobre todo porque Barenboim parece por fin dar del todo su brazo a torcer, reconociendo que esta música hay que interpretarla no a la alemana sino a la francesa, preferiblemente subrayando esa repetimos el conceptosensualidad no poco hedonista con que Bizet anticipa, en cierto modo, el mundo raveliano. Cerrando la suite, la celebérrima obertura fue interpretada con el maestro sentado en un rincón dirigiendo no la orquesta sino al público, que tocaba las palmas como si estuviera en la Marcha Radetzky. Nos lo pasamos en  grande, claro.


Reveladora la "propina extra": aunque Barenboim ya había grabado El firulete –arreglo de José Carli– con la Filarmónica de Berlín y la Sinfónica de Chicago, esta lectura ha sido aún mejor, porque los chicos de la WEDO, que un rato antes habían demostrado enorme maleabilidad para sonar dentro de la más pura ortodoxia raveliana, han hecho gala de una sintonía absoluta con el carácter popular, un punto canalla, lleno de frescura y sentido del humor, de esta deliciosa música. El maestro es sin duda responsable último de los resultados artísticos, pero está claro que los integrantes de esta orquesta, sean judíos, musulmanes o andaluces, poseen un talento fuera de serie, independientemente de que hubiera alguno de esos resbalones que tanto gustan a los críticos tipo Beckmesser para poner una marca en su pizarrita.