domingo, 24 de septiembre de 2017

Alain Altinoglu debuta con la Filarmónica de Berlín

El maestro de ascendencia armenia Alain Altinoglu (París, 1975), titular del Teatro de la Moneda desde enero del pasado año, ha debutado al frente de la Filarmónica de Berlín con un atractivo programa integrado por obras de Ravel, Bartók, Debussy y Roussel que pude seguir la tarde de ayer en directo a través de la Digital Concert Hall. Con molestos saltos en la transmisión y una marcada compresión dinámica que me obligaba a bajar y subir el volumen continuamente, dicho sea de paso. Tampoco la realización visual estuvo esta vez muy fina. Sea como fuere, vamos a por la interpretación.



Me dejó frío la Rapsodia española: magníficamente tocada (¡faltaría más!), dicha con irreprochable gusto y sin excesos, pero más inquieta que inquietante, más distanciada que misteriosa, corta en sensualidad y en vuelo poético, amén de lineal en el trazo, parca en matices, no del todo bien diseccionada. Preludio a la noche y Malagueña pasaron sin pena ni gloria; mejor Habanera y vistosa Feria, pero sin llegar en ningún momento a enganchar.

Siguió el Concierto para viola de Belá Bartók, una de las últimas piezas escritas por el genial compositor, ahora en una nueva edición y orquestación –la página no llegó a ser completada por su autor– a cargo del viola Csaba Erdélyi que conocía aquí su estreno europeo. Confieso que no conocía la partitura, así que no puedo apuntar las diferencias con anteriores ediciones. Sí señalar que la batuta me pareció muy digna, aun por debajo de la soberbia labor de Máté Szűcs, primer atril de la formación berlinesa: intenso, directo y sincero, atento a la vertiente dramática de la obra y especialmente inspirado en lo que ésta alberga de vuelo lírico. Admirable igualmente al subrayar el poderoso sentido del humor de la escritura y todo lo que ésta guarda del folclore magiar. Chacona bachiana de propina.

A continuación se estrenaba mundialmente una suite orquestal del Peleas y Melisande de Debussy realizada por el propio director. El esfuerzo se agradece, porque permite escuchar en concierto una música que rara vez se hace en el foso. Los resultados son notables en lo que a la partitura se refiere, pero la dirección no me ha convencido: como pasara con Ravel, fría y sin magia. Parece claro que Altinoglu adora este repertorio, pero mi impresión es que no logra transmitir nada con él.

La sorpresa llegó con la suite nº 2 de esa excelente e infravalorada música que es el
Bacchus et Ariane de Roussel, pues esta recibió por parte del podio y de un orquesta entregadísima –visiblemente satisfecha con el maestro al terminar– una interpretación formidable por su fuerza, colorido, incisividad y sentido del ritmo. No muy francesa, esa es la verdad, y por ello mismo no del todo sensual ni curvilínea, pero lleva de vida, de garra dramática y de comunicatividad.


sábado, 23 de septiembre de 2017

Peer Gynt por Leppard

Raymond Leppard grabó tres discos con música de Edvard Grieg para el sello Philips, dos con la English Chamber Orchestra y uno con la Philharmonia, este último ya en digital. Acabo de escuchar el primero de todos ellos en la recuperación que el sello Pentatone ha realizado en formato SACD del original cuadrafónico, una toma correspondiente al mes de noviembre de 1975 que recogió las dos suites de Peer Gynt y de las Cuatro danzas noruegas. Grandes interpretaciones.


Este es un Grieg de enorme belleza y depuración sonoras; elegante a más no poder y dicho con tempi amplios que permiten paladear hasta el límite las sublimes melodías del compositor, aportando Leppard esa imprescindible mezcla de humanismo, hondura reflexiva y pathos dramático que convierten la mera puesta en sonidos, por hermosísima que sea, en una verdadera experiencia musical. ¿Reparos? La sección central de la Danza árabe la encuentro más rápida y nerviosa de la cuenta, mientras que en algunos números echo de menos un poco más de carácter –Danza de Anitra–  como también de rusticidad e incluso de carácter escarpado –Retorno de Peer Gynt–, aunque uno no puede menos que maravillarse ante el control de las dinámicas y de los planos sonoros de los que hace gala el maestro, por no hablar de la contrastada calidad de los profesores de la English Chamber. En cuanto a las piezas más líricas de las suites, particularmente el Amanecer y la Canción de Solvej, son una auténtica maravilla: es difícil alcanzar una fusión más perfecta entre perfección formal y emotividad sincera, sin espacio para la blandura, la dulzonería o el narcisismo.



La joya del disco son las Cuatro danzas noruegas op. 35, una música que parte de un original pianístico para cuatro manos y en la que, de manera sorprendente, Leppard sí está dispuesto a zambullirse de lleno en la animación, la rusticidad bien entendida, la incisividad sonora, el sentido del humor y el sanísimo sabor folclórico que esta deliciosa música desprende, si bien es nuevamente en los pasajes más líricos donde el inolvidable maestro londinense alcanza la mayor elevación poética.

A la toma sonora le falta un punto de definición tímbrica –cuerda algo ácida–, pero la transparencia, el equilibrio y el sentido espacial que ofrece el SACD multicanal son dignos de admiración, por no hablar de una amplísima gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien alto.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Ballets de Tchaikovsky por Karajan

Este Blu-ray Pure Audio contiene las suites de los ballet de Tchaikovsky que Herbert von Karajan grabó junto a la Filarmónica de Viena para Decca, en 1961 la de El cascanueces y en 1965 las dos restantes. Los resultados, para mi gusto, son desiguales, y desde luego muy desequilibrados frente a la maravilla de Rostropovich –precisamente con la orquesta del salzburgués, la Filarmónica de Berlín– hace poco aquí comentada.


La suite de El cascanueces no me ha convencido: introducción algo pesadota y sin mucha gracia, marcha muy bien expuesta pero tampoco muy centrada en la expresión, hada del azúcar pimpante y caprichosa –las maderas apenas se oyen–, danzas características dichas de manera un tanto lineal o pasando un tanto de largo… Karajan solo parece encontrarse a gusto en el Vals de las flores, cuando puede desplegar todo su sentido de la opulencia sonora haciendo cantar a la maravillosa cuerda de la Filarmónica Vienesa.

En las suites grabadas cuatro años más tarde el nivel es muy superior, sorprendiendo gratamente por ofrecer toda esa dosis de sensualidad, brillantez y belleza sonora (¡qué violonchelos los de Viena!) que es de esperar en un director y una orquesta semejantes sin que se perciban caídas en el narcismo ni en el amaneramiento. Antes el contrario, y aun siempre dentro de una línea voluptuosa, digamos que occidentalizada, que no tiene mucho que ver con la aspereza y la rusticidad más propiamente rusas, y apreciándose asimismo una en absoluto disimulada búsqueda de la espectacularidad, hay que reconocer que la comunicatividad, el ardor sincero y el vuelo lírico más intenso son protagonistas de estas recreaciones.

Me ha gustado especialmente la suite de El lago de los cisnes: es posible que todavía se pueda alcanzar un grado más de creatividad e inspiración en algún número concreto, pero el nivel es francamente alto. En La bella durmiente el maestro patina seriamente en un vals no solo no muy sensual ni ensoñado, sino también un poco machacón, pero el resto es una maravilla por su perfecta planificación e intensidad expresiva, sin olvidar el sentido del humor en la aparición del Gato con botas.

En lo que a las tomas sonoras se refiere, la de 1961 deja bastante que desear: desequilibrada en los planos y con demasiada distorsión para los oídos de un oyente actual. Las otras dos resultan mucho más equilibradas y naturales. Obviamente siguen evidenciando su edad, porque ni la definición tímbrica ni la amplitud de la gama dinámica son las deseables, pero el Blu-ray audio –he hecho la comparación con el CD– aporta cuerpo, carne y relieve a la reproducción.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El Shostakovich del anciano Rozhdestvensky

El melómano bruckner13 nos hace un favor a todos los amantes de la música de Shostakovich subiendo a Vimeo un par de audios de singular interés: Gennadi Rozhdestvensky dirigiendo la primera y la última sinfonías del compositor soviético frente a la Staatskapelle de Dresde en un concierto celebrado el 22 de junio de 2017, es decir, hace tan solo unos meses. Morbo enorme descubrir cómo hace este repertorio a sus ochentaiséis años de edad el que ha sido uno de los dos mejores directores –el otro fue Rostropovich– de la música del autor de La nariz. La audición supone toda una sorpresa, porque las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de su justamente célebre integral para el sello Melodiya.


Y es que el maestro parece haber entrado por completo en eso que llamamos fase “de anciano director”, esa misma a la que han sido ajenas personalidades como la de Kubelik, Solti o Haitink –este último de momento, veremos si cambia cuando llegue a los noventa–, pero que resulta evidente en maestros como Furtwängler, Klemperer, Böhm, Giulini y, sobre todo, Celibidache. Los tempi se ralentizan, las tensiones se relajan –en ocasiones en exceso, con Rozhdestvensky también–, el sentido de la atmósfera se impone sobre la vehemencia, y la expresividad pierde garra dramática para dar paso a una desmaterialización en la que los aspectos más abstractos y espirituales de la música –no necesariamente religiosos– se ponen en primer plano.

Buen ejemplo de lo expuesto es esta Primera de Shostakovich lentísima (41’1'' frente a los 36’06'' de Celibidache/Múnich, ahí es nada) en la que no hay ni rastro de la electricidad ni de la virulencia expresionista con que abordaba esta música en los años setenta y ochenta –impagables testimonios en Brilliant y Melodiya–. Tampoco queda mucho de ese humor corrosivo marca de la casa; ahora es más irónico y distanciado, aunque no precisamente amable. Sí que permanecen el sentido de la negrura, del dolor y del patetismo del tercer movimiento en una recreación que termina siendo extremadamente sombría, mucho antes otoñal que juvenil, como si el director quisiera conectar con el carácter esencializado y la atmósfera mortuoria de la Sinfonía nº 15 que ofrecerá en la segunda parte del concierto.

En cierto modo, se podría decir que esta es la interpretación de una obra que en su momento fue literalmente “de conservatorio” –aunque ya de una asombrosa madurez–, realizada mirándola desde el final de la vida del compositor, y por ende filtrándola por todas sus amargas experiencias vitales. El resultado es no poco fascinante, por momentos revelador, aunque no se puede decir que sea una lectura redonda: para hacer plena justicia a esta música hacen falta picos de tensión mucho más marcados –al maestro se le va el pulso–, mayor variedad expresiva y una buena dosis de esa mala leche del Rozhdestvensky de antaño. El final del cuarto movimiento, pesante y carente de desgarro, deja un mal sabor de boca al concluir una recreación que, pese a sus desigualdedes, debe ser escuchada por todo shostakoviano que se precie.


En la escalofriante Decimoquinta el maestro se aleja muchísimo de su rabiosa, tremenda grabación de los 1983 para Melodiya, adopta una extrema lentitud (54’03'' de duración total y 19’13'' el segundo movimiento, superando el récord absoluto de los 17’25'’ de Vasily Petrenko) y se acerca muchísimo a los dos últimos testimonios de Kurt Sanderling, con la Orquesta de Cleveland y con la Filarmónica de Berlín respectivamente. Y apenas con menor grado de genialidad: en el primer movimiento se podrá preferir el carácter de implacable denuncia –auténtico dedo en la llaga, y hurgando para producir el mayor dolor posible– que tenía su registro soviético, pero la fantasmagoría de los otros tres, nihilista a más no poder pero recreada sin caer en lo lastimero ni en lo mortecino, resulta escalofriante, siempre con la colaboración acertadísima de los solistas de la formación sajona.

Además, y al contrario que en registro de Melodiya, en el cuarto movimiento paladea mejor la música –hace caso omiso, como Sanderling, del tempo indicado por el compositor– y logra no precipitarse en su fascinante coda. Y en general los picos de tensión, sin ser ni mucho menos tan rabiosos como los del disco de los ochenta, ofrecen la potencia dramática que les faltaba a los de la Sinfonía nº 1 de la primera parte del mismo concierto. Una experiencia tremenda.

La orquesta, ni que decir tiene, destila su contrastada belleza sonora, particularmente en la cuerda grave, si bien es cierto que a lo largo de todo el concierto sufre alguna vacilación y que en el primer movimiento de la Decimoquinta (minuto 2:10-20:15) cae en algún serio desajuste. La toma sonora es francamente buena: sufre de la compresión dinámica propia de las retransmisiones radiofónicas, pero esta no resulta muy exagerada, al tiempo que el ingeniero de sonido consigue extraordinaria definición tímbrica y gran relieve. Muchas gracias, bruckner13.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Tardes melancólicas

Tras la presentación al alumnado el pasado viernes, comienzan hoy las clases de enseñanza secundaria del curso 2017/18. Al igual que el anterior, voy a trabajar exclusivamente en la educación de adultos, lo que significa hacerlo en horario vespertino. Son muchas las ventajas, y no pocos los inconvenientes. Nada de levantarse temprano, pero a cambio se llega a casa bien entrada la noche. Conviene cenar durante el recreo. El tiempo de descanso es el de la mañana, lo que significa no relajarse del todo: el número de horas libres es el mismo, pero antes de acudir al trabajo uno permanece "en tensión" y no desconecta del todo. Sí, las clases habrá que preparárselas en una hora del día o en otra, pero no da igual hacerlo tomando el café y las galletas sabiendo que no se acudirá a clase hasta el día siguiente, que siendo consciente de que hay que ir allá en tan solo unas horas. El ambiente en el aula es mucho menos tenso con adultos. Bueno, siempre hay quien no para de charlar, o reivindica que le aprueben sin alcanzar unos mínimos, pero lo cierto es que no se masca ese ambiente de enfrentamiento total en el que en todas partes se está convirtiendo la enseñanza secundaria debido a unos menores cada día más hiperprotegidos y más subidos a la parra.


Ya les digo que hay aspectos positivos y negativos en esta decisión. Sea para bien o para mal, comienzan esas tardes largas y melancólicas impartiendo clases en el mismo centro educativo donde yo mismo fui alumno no hace tanto.

¿Y por qué les cuento esto? Primero, para que sepan que de lunes a viernes no podré atender el blog por la tarde, solo por las mañanas. Las entradas programadas –tengo muchas en la nevera escritas desde agosto, con la intención de disponer de más tiempo ahora para mi trabajo en el instituto– saldrán a las tres de la tarde. Segundo, para deja constancia de que este curso también me toca prescindir de mucha música en directo. Y de teatro, y de cine. También de ópera en cine, aunque el ciclo del Metropolitan en los Yelmo es los sábados y sí que podré acudir con regularidad.

¿Viajes musicales? A Sevilla sábados y domingo, cuando haya algo. Lo de Madrid y Valencia se ha acabado casi por completo: en mi exilio en la Sierra de Segura no era complicado, pero desde Jerez resulta demasiado lejos y demasiado caro. No obstante, me gustaría ver Die Soldaten en el Real y Peter Grimes en Les Arts. Estoy a la expectativa de una posible visita de Barenboim y la WEDO a Andalucía, pero no he logrado averiguar nada al respecto. Tengo claro que el de Buenos Aires es en la actualidad el artista que me puede proporcionar más gratas experiencias musicales, así que tengo que hacer todo lo posible para escucharle. Su recital pianístico en Madrid cae en muy mala fecha: tendría que pedirme un día de asuntos propios, lo que duplicaría el ya muy considerable precio de la entrada de Ibermúsica. Veremos.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Janowski vuelve a la Filarmónica de Berlín

Llevaba largo tiempo la Filarmónica de Berlín sin contar con la presencia de Marek Janowski, hasta que la anterior temporada tuvieron que echar mano de él para una sustitución a última hora. Debió de gustarles su trabajo –Réquiem de Verdi–, porque esta vez sí que han incluido al maestro de Varsovia en su programación de abono. Y lo han hecho con un programa integrado por obras de Pfitzner y Bruckner que acabo de ver en directo a través de la Digital Concert Hall.


De Pfitzner se han interpretado los preludios correspondientes a cada uno de los tres actos de su ópera Palestrina. Me ha gustado mucho cómo Janowski aborda el dramatismo del acto segundo, pero en los otros dos he echado en falta esa mezcla de sensualidad y misticismo agridulce que, mirando con descaro al mundo de Parsifal, imprimía Christian Thielemann en su registro para DG, que escuché esta misma tarde. Ahora bien, Janowski tiene a su disposición una orquesta superior a la de su colega, a la que da verdadero gusto escuchar, y se beneficia de una toma sonora muy preferible –aun sin ofrecer tanta amplitud dinámica– a la que realizaron en su momento los ingenieros del sello amarillo.

Me ha aburrido la Cuarta sinfonía de Anton Bruckner. Los dos primeros movimientos me han parecido gélidos: increíblemente bien planificados, tensos y claros en la polifonía, atentamente matizados en la dinámica, por completo ajenos al preciosismo y al amaneramiento,pero sin alma. Ni vuelo lírico, ni poesía panteísta, ni delectación contemplativa, ni inquietud ante lo desconocido. Todo suena con una perfección aséptica, incapaz de conmover.

Mucho mejor el Scherzo, no precisamente efusivo pero sí vibrante y decidido. El Finale empezó francamente mal, nervioso y apresurado, pasando luego a secciones en las que el maestro hizo gala de un fraseo "pastoril" a todas luces inapropiado. Poco a poco se fue centrando y logró picos de tensión de admirable incandescencia, siempre beneficiados por el fulgor increíble de unos metales potentísimos y de una cuerda robusta a más no poder, pero aun así el movimiento no pudo evitar serias irregularidades en su arquitectura, culminando sin grandeza ni fuerza visionaria. A la postre, una mediocre recreación que no hace sino confirmar el tópico: Janowski es más un solvente kapellmeister que un verdadero intérprete.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Irregular Dvorák de Szell

Teniendo muy buen recuerdo de la Séptima de Dvorák y de las Danzas eslavas a cargo de George Szell y Orquesta de Cleveland, me he acercado con mucho interés al SACD editado por Sony Classical en que los mismos intérpretes se encargan de las dos últimas sinfonías del autor checo, grabaciones de 1958 y 1959 respectivamente que suenan bastante bien para la época. Y me he llevado un relativo chasco. Este es un Dvorák fresco, impulsivo, directo, dicho con ganas y sin rodeos, sanamente rústico y ajeno a contemplaciones otoñales. También a preciosismos sonoros, lo que no impide que la claridad sea formidable (¡qué manera de trabajar la masa orquestal!). Pero es también un Dvorák muy irregular en lo expresivo.


La Sinfonía nº 8 es la que menos me ha gustado de las dos: un tanto seca, escasa de sensualidad y de aliento poético, con demasiadas frases dichas de pasada y una inspiración que vuela corto. Sorprende desfavorablemente que la coda del segundo movimiento esté dirigida de manera pimpante, y que la que concluye la sinfonía resulte no ya en exceso festiva, sino precipitada y verbenera.

La Sinfonía del Nuevo Mundo está mejor, pero no se encuentra ajena a desequilibrios. Así, frente a un primer movimiento tan correcto como neutro, le sigue un Largo que no es sensual ni muy emotivo, cosa impensable en el adusto maestro húngaro, pero sí concentrado, hermoso y profundo. El Scherzo está bien planteado, pero resulta algo soso, mientras que en el Finale Szell acierta tanto al subrayar su vertiente dramática como a la hora de planificar con rigor para no precipitarse; los hirientes gritos del metal en la conclusión podrían sonar aún más angustiosos, pero a cambio la batuta nos ofrece con anterioridad algunos detalles creativos en el fraseo de los violonchelos muy interesantes por añadir desazón y anhelo a esta música.

En definitiva, disco sin particular interés. Para la Octava me quedo con la mágica interpretación de Giulini al frente de la Orquesta del Concertgebouw, sin desdeñar la memorable del director italiano en Chicago. Para la Novena no lo tengo tan claro. Quizá la de Böhm, que por cierto se ve mucho mejor ahora en Blu-ray que en el DVD que comenté hace ya tiempo. De momento, sigo preparando una discografía comparada a ver si encuentro mi versión de cabecera.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Una experiencia mística: Celi y la Misa de Bruckner

Me he sorprendido a mí mismo descubriendo que llevaba muchos años sin escuchar la fascinante Misa nº 3 en fa menor de Anton Bruckner. He vuelto a ella esta misma tarde, y lo he hecho en las mejores condiciones posibles: el registro editado en CD por EMI que recoge dos conciertos de Sergiu Celibidache y la Filarmónica de Múnich celebrados en la Philharmonie de la capital bávara, concretamente el 6 y el 9 de marzo de 1990. No se debe confundir con la filmación de los ensayos –sin incluir la interpretación completa– que circula en DVD y en YouTube, que tengo el gusto de dejarles aquí mismo. Lógicamente, lo que les recomiendo es localizar el audio y escuchar la misa en su integridad, y en esta misma interpretación. Porque es toda una experiencia.

Aquí se puede hablar más que nunca de un Bruckner catedralicio. Más concretamente, de una catedral gótica. El genial compositor diseña una arquitectura inmensa, pero de una rara perfección en su estructura, con unas líneas tectónicas perfectamente estudiadas que sostienen con firmeza el edificio sin que este transmita sensación de pesadez. La luz se filtra por las vidrieras generando sutilísimos matices cromáticos que contribuyen a que el interior se llene de misticismo al mismo tiempo estremecedor, solemne e inquietante.

Celibidache hace aún más grande esa arquitectura, recrea con insólita naturalidad la estructura de fuerzas internas y acentúa la experiencia sensorial de este monumento, trátese de la súplica fervososa –Kyrie–, la exaltación visionaria –Et resurrexit– o la contemplación lírica del encuentro entre lo divino y lo humano –increíblemente bello Benedictus–, bien secundado por una orquesta al borde de sus límites y por un coro, el Philharmonischer Chor de Múnich, que canta con sorprendente unción sagrada. En el cuarteto flojean un Peter Straka un tanto incómodo y un Matthias Hölle monolítico y engolado, pero Doris Soffel y, sobre todo, Margaret Price, son para caer de rodillas.

Lo dicho, una experiencia. Mística, y de las de verdad.

martes, 12 de septiembre de 2017

Más Bruckner por Barenboim, magnífico y gratuito

Dicen que al disco –el de música clásica, se entiende– le queda poco de vida. Es cierto. Mas la posibilidad de escuchar en el salón de casa interpretaciones recientes a cargo de grandes y no tan grandes intérpretes actuales, en absoluto se acaba. Antes al contrario: el lugar del disco físico viene a ser ocupado por las retransmisiones vía satélite y el streaming, sea éste de pago o no. Con frecuencia lo hacen incorporando imágenes, no solo el audio. La Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín es un ejemplo modélico de lo que se puede obtener rascándose el bolsillo, pero cada vez son más las orquestas y las salas de concierto que ofrecen en sus respectivas plataformas filmaciones de visionado gratuito. Lo hace la Orquesta del Concertgebouw, por poner un ejemplo muy destacado, y lo va a hacer con más frecuencia la Sinfónica de Londres gracias al empeño de su nuevo titular, Sir Simon Rattle. La Philharmonie de París también se ha apuntado al carro, aunque dejando las grabaciones solo por un tiempo limitado.


Precisamente desde la gran sala Pierre Boulez de la capital francesa nos han llegado en directo dos nuevas filmaciones brucknerianas de Daniel Barenboim y la Stastskapelle de Berlín, Octava y Novena, ofrecidas en directo respectivamente el sábado y el domingo pasados y ahora mismo disponibles para todos ustedes. Si las descargan a su ordenador, pueden llevarlas a través de un pendrive a su equipo de música y disfrutarlas en condiciones, aunque les advierto que hay compresión dinámica y cierta pixelación de vez en cuando, incluso cuando se ha logrado bajar la retransmisión de mayor calidad (cosa que no es fácil: tuvo que ayudarme un experto).

No he visto aún la Octava. Ojalá sea tan extraordinaria como la del viernes 31 de septiembre en Berlín aquí comentada. Sí la Novena, que me ha parecido no menos admirable. De nuevo me ha gustado tanto o más que la correspondiente filmación del sello Accentus de 2010, aunque los reparos que le pongo son exactamente los mismos que a aquella, y siempre en comparación con la irrepetible, extremadamente genial grabación de Giulini con la Filarmónica de Viena, que tengo en los altares como mi disco favorito de todos los tiempos. Pero concretemos sobre los reparos a lo de París.

En el primer movimiento, la exposición inicial del bellísimo tema lírico tras el gran clímax inicial y las diferentes reapariciones del mismo podrían ser más emotiva, más humana, y también más agridulce; es decir, justo como lo hizo el maestro italiano. Obviamente tampoco se trata de caer en la parsimonia exasperante de Celibidache en la menos lograda de sus realizaciones brucknerianas, pero creo que un poco más de sosiego al referido tema no le hubiera venido mal. En el mismo movimiento –minuto 37'30 de la filmación parisina, que por cierto arranca mucho antes de que lo haga el concierto propiamente dicho–, el maestro quiebra la continuidad en el trazo al recurrir al nerviosismo para preparar uno de los grandes clímax. Este alcanza una potencia ante la que es difícil resistirse, pero después del mismo vuelve el de Buenos Aires a caer en cierta falta de concentración. Y a la conclusión del tercero se le podría sacar más partido, aunque quizá sea porque Barenboim lo ve como lo que realmente es: el final de un movimiento tras el cual vendría otro de carácter muy distinto, pero no la nihilista conclusión de una sinfonía que, a pesar de las abrumadoras pruebas en contra, muchos siguen queriendo ver.

Expuestos los reparos, poco queda que decir que no haya escrito un servidor en numerosas ocasiones: he aquí otra prueba más del absoluto magisterio bruckneriano de Daniel Barenboim. Este sigue abordando al autor con el ardor, el carácter combativo y la fuerza visionaria de los lejanos tiempos de Chicago, incorpora la unidad de trazo, la sensualidad y el vuelo lírico del la mayoría de aquellas grabaciones excesivamente juveniles carecían en grado suficiente y que sí logró en su posterior integral para Teldec, y más recientemente añade, con la complicidad de la formidable Staatskapelle de Berlín, una fluidez, una elegancia, y diría también una ligereza y una luminosidad bien entendidas, que convierte a sus recreaciones en poco menos que modélicas e indiscutibles, por atender a toda la pluralidad de enfoques que este universo sonoro permite. El final del primer movimiento, todo el Scherzo y la mayor parte del Adagio de esta Novena alcanzan la categoría de lo insuperable. No se la pierdan. Aquí tienen el enlace.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Susanna Mälkki con la Filarmónica de Berlín

Mi anterior reproductor de Blu-ray Sony era demasiado antiguo y solo me permitía ver los conciertos de la Digital Concert Hall en diferido. Me he comprado uno nuevo y he quedado contentísimo: además de reproducir muchos más formatos de audio, ahora sí que puedo disfrutar las retransmisiones de la Filarmónica de Berlín en directo. La calidad de imagen es igualmente espléndida –se produce alguna pixelación al principio, cuando se va ajustando el "caudal" de información–, mientras que la toma sonora ofrece el relieve y la naturalidad que son propias de esta plataforma. Eso sí, se percibe una compresión dinámica que, sin ser en modo alguno alarmante, llega a molestar en algunos momentos de la Sinfonía nº 2 de Sibelius que ha ocupado la segunda parte del programa con el que he estrenado el gadget: el que se ha ofrecido esta misma noche con Susanna Mälkki (Helsinki, 1969) al frente de la mítica formación alemana. Una señora a la que nunca había escuchado –ha sido durante años directora del Ensemble InterContemporain– y en la que creo detectar una poderosa personalidad, para lo bueno y para lo no tan bueno.


Se ha abierto la velada con Tanzwalzer de Ferrucio Busoni, infrecuente página que desconcierta al mismo tiempo que fascina, y en la que se han detectado ciertas similitudes con La Valse de Ravel. En ella la directora finesa deja buena muestra de sus señas de identidad: gestualidad más bien robótica
–no diría yo que sugerente– pero clara y precisa, sonoridades muy compactas, pulso de enorme firmeza, trazo no del todo flexible, cierta desatención a la variedad en las dinámicas y, ya en el plano expresivo, un franco desinterés por la delectación sonora para centrarse en los aspectos más tensos de la música.

Así las cosas, en el Concierto para violín nº 2 de Belá Bartók para Mälkki se olvida del vuelo lírico, la sensualidad y el refinamiento que también anidan en los pentagramas, e incluso se permite pasar de largo ante las sugerentes atmósferas oníricas del segundo movimiento, mientras subraya con apreciable intensidad dramática los conflictos, la rabia y la desesperación bartokianas, siempre con un marcado sentido del ritmo y texturas incisivas. Hay además bastante sentido del humor, pero no precisamente amable, sino más bien sarcástico, por momentos gamberro, siempre contando con la complicidad de los profesores de la orquesta y ante el regocijo del solista convocado para la ocasión, nada menos que Gil Shaham.

Poco que decir sobre la increíble labor del violinista estadounidense. O mucho: su virtuosismo es absoluto, diríase que insuperable, y su compromiso expresivo es extremo. De su violín sale auténtico fuego. Eso sí, al contrario de lo que le ocurre a la batuta, el ardor no le impide desplegar una riqueza de matices diríase que inagotable y hacer gala de enormes sutilezas solo al alcance de un músico que domina todos los secretos del instrumento y posee una musicalidad colosal. Bach de propina: espléndido, pero a tenor de lo que he escuchado en la reciente integral no estoy muy seguro de comulgar con sus presupuestos.

A estas alturas estaba claro cómo iba a ser la Segunda de Sibelius: tensa, poderosísima, escarpada a más no poder, mirando al futuro mucho antes que al pasado romántico –o sea, todo lo contrario que Rattle con la misma orquesta–, pero también algo escasa de aliento espiritual, de flexibilidad y de imaginación, también de matices, particularmente en un primer movimiento que vuela corto. Fenomenal sin embargo el segundo, optando por un dramatismo no tanto ominoso como terrible e impactante; todo ello sin dejar de cantar las melodías con holgura y lacerante intensidad. Ágil, nervioso e implacable el tercero, sin bajar la guardia en unos interludios pastorales que permiten el lucimiento –sobrio y musicalísimo– de la madera berlinesa. Lo que menos me ha gustado es el cuarto, por la manera premiosa de abordar el tema principal, al que le faltan grandeza y aliento épico. En cualquier caso, la batuta va al meollo del asunto y hace rugir a la cuerda de la orquesta con una fuerza y una sinceridad incuestionables. El público termina aplaudiendo con comprensible entusiasmo.