Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Recuerdo que fue en 1989 cuando leí el libro sobre Leonard
Bernstein escrito por Peter Gradenwitz. Una de las cosas que más me llamó la
atención fue la discrepancia en torno a su lectura de Tristán e Isolda por parte de dos figuras tan significativas como
Karl Böhm y Dietrich-Fischer Dieskau: el primero afirmaba haber escuchado Tristán por primera vez, mientras que el
segundo consideraba que su colega y amigo había cometido un inmenso error.
Nunca escuché la grabación oficial, entre otras cosas porque la edición de
Philips ocupaba cinco compactos y estaba fuera de mi alcance; también
porque los críticos expertos afirmaban que el resultado era soporífero.
Han
pasado nada menos que veintinueve años (¡me parece que fue ayer!), y por fin he
tenido la oportunidad. Me ha animado que, además de escuchar, ahora se puede
asimismo ver, porque CMajor ha editado en Blu-ray la filmación realizada por la
Radio de Baviera de aquellos conciertos que tuvieron lugar en la Herkulessaal
de Múnich a lo largo de 1981: 13 de enero el primer acto, 27 de abril el
segundo y 10 de noviembre el tercero. En versión semiescenificada: los
cantantes se sitúan detrás de la orquesta y con un telón de fondo más o menos
evocador del lugar de la acción, vestidos “a la medieval” y prescindiendo de
partitura, aunque sin apenas interactuar entre ellos.
Mi opinión es que, efectivamente, la dirección de Lenny es
un error. “Mirad cuánta belleza había en esta partitura, menos mal que he llegado
yo para sacarla a la luz”, parece querer decirnos. Y así, frente una orquesta
no especialmente buena como es la de la Bayerischen
Rundfunks, el norteamericano decide ofrecer sonoridades de asombrosa
belleza, desplegar un fraseo flexible a más no poder y seducirnos con una
voluptuosidad, un colorido y una atmósfera de sensualidad suprema, pero
quedándose exclusivamente en el puro hedonismo, ese que tanto le gustaba y que
a veces le atrapaba hasta el punto de hacerle olvidar “lo otro”: el servicio a
la partitura. No, no se trata de que sus tempi sean en general muy lentos, a
veces lentísimos, porque su técnica de batuta le permite administrar con
astucia las tensiones y conseguir clímax muy encendidos. Es cuestión de
concepto: más que un dilatado polvo entre Tristán e Isolda, lo que aquí tenemos
es un monumental ejercicio de onanismo made
in Bernstein. Que haya momentos magistrales, como el final del acto primero
o la arrebatadísima conclusión del dúo de amor –justo antes de la aparición de
Melot–, y que en líneas generales la hora larga que duran los delirios de
Tristán esté dirigida de manera admirable, no inclina la balanza en el lado
positivo: la teatralidad se pierde entre blanduras y preciosismos varios, la
sinceridad brilla por su ausencia y el estilo Wagner no aparece por ningún
lado.
Dicho esto, entiendo que es infinitamente mejor acercarse a
esta lectura en la filmación que en los correspondientes compactos, por una
razón muy sencilla: se ve a Lenny. No todo el tiempo, porque tiene que
compartir cámara con los cantantes, pero sí lo suficiente como para disfrutar
de lo lindo. No hace falta añadir más, porque quienes hayan visto a Bernstein
moverse en el podio saben de qué estoy hablando. Aunque también es cierto que
aquí hay alguien que se beneficia en la misma medida de la presencia de
cámaras: Hildegard Behrens. ¡Qué
actriz! Al contrario que sus compañeros, ella actúa el personaje de principio a
fin, no con los parcos movimientos escénicos posibles en semejante contexto, pero
sí con un rostro lleno de expresividad. Como cantante apenas resulta menos intensa,
y además conoce a la perfección los pliegues psicológicos del personaje. Eso
sí, hay que advertir que en el primer acto aparece tocada en lo vocal: ya saben
que esta señora duró dos telediarios. A su mismo nivel de excelencia la
Brangania de Yvonne Minton. Su
instrumento, maravillosamente timbrado, no es el más oscuro y sensual posible,
lo que nos perfila un personaje más candoroso e inocente de lo que en otras
ocasiones escuchamos; por lo demás, su
canto es de una depuración exquisita.
El fugaz y malogrado Peter
Hofmann –falleció en 2010– ofrece en
el primer acto realiza una dignísima labor. En el segundo, pese a algunos
problemas, cumple de manera satisfactoria. Y en el tercero, con la voz fresca
por no haber tenido que cantar en las horas anteriores (¡ya quisieran la
mayoría de los tenores que abordan el rol hacerlo en tres meses diferentes!) y
aun teniendo que recurrir a la presencia de atril y partitura, da la sorpresa
poniendo su bella voz al servicio de una recreación ciertamente no agónica,
pero sí muy esforzada y meritoria.
Bernd Weikl y Hans Sotin, Kurwenal y Marke
respectivamente, son de lo mejorcito que había por aquellas fechas, aunque ya
se sabe que su incuestionable solvencia no lograba disimular la sensación de
monotonía que producían como intérpretes. Mediocre el Melot de Heribert Steinbach, espléndido el
pastor de Heinz Zednik y formidable
el joven marino de Thomas Moser.
La calidad de imagen es buena para la época. La realización
televisiva no es gran cosa: había pocas cámaras, por lo que muchos planos se
repiten, aunque también es cierto que se ofrecen algunos detalles –fundido en
el instante de la muerte de Tristán– de considerable acierto. La toma ofrece
una muy buena definición tímbrica, pero no es del todo clara y, esto es más
grave, sufre de compresión dinámica, lo que obliga a hacer uso del mando a
distancia para regular el volumen y escuchar determinados momentos –final del
acto primero– con cierta propiedad. Aunque la traducción no sea la mejor
posible, se agradece muchísimo que haya subtítulos en castellano.
En Amazon
España el BR se vende a 60 euros, pero yo lo adquirí en Berlín por 35. Si lo
encuentran a este precio, mi recomendación es clara: cómprenlo. Eviten los CDs,
porque sin imágenes se pierde uno lo mejor.
Como también voy a ver Rosenkavalier en Múnich, en producción de Otto Schenk y con Kirill Petrenko dirigiendo, he vuelto a una filmación que adoramos la inmensa mayoría de los melómanos: la que se realizó en marzo de 1994 en la Ópera de Viena, dirigiendo Carlos Kleiber y con otra producción distinta del propio Schenk, que por cierto también había sido filmada contando con la batuta del berlinés unos cuantos años antes y editada en doble DVD por el mismo sello que esta que ahora comento, Deutsche Grammophon.
¿Qué quieren que les diga a estas alturas de semejante maravilla? Pues miren por dónde, quizá le pueda poner algunas pegas al mítico maestro: hay momentos en las que claramente se precipita –comenzando por el mismo arranque– y no deja a la música respirar como debe, y resulta muy cierto –creo que ha sido Ángel Carrascosa uno de los pocos en señalarlo– en los que se echa mucho de menos ese particular sentido del decadentismo bien entendido, esa magia sonora y, sobre todo, esa atención a los aspectos más melancólicos de la partitura que se encontraban en la descomunal, increíble grabación de Karajan de los años ochenta para DG. Dicho esto, lo de Kleiber es asombroso por su mezcla de electricidad y elegancia, por la flexibilidad de su fraseo (¡qué dominio de la agógica!), por la manera en la que maneja colores para pasar de lo sensual a lo incisivo y burlesco en cuestión de segundos, por el desarrolladísimo sentido teatral de que hace gala en todo momento, y también por un sentido del humor que sabe ser refinado y rústico al mismo tiempo, distinguiendo bien a Ochs y su mundo del de la Mariscala. Pero lo es, sobre todo por su asombroso dominio del idioma vienés, es decir, de esos valses vieneses a los que Richard Strauss homenajea de manera tan anacrónica como sugerente a lo largo de toda esta auténtica obra maestra de la lírica. Aun con los reparos antedichos, un prodigio.
De la Mariscala de Felicity Lott, solo les diré que la primera vez que vi este video me emamoré de ella, y aún lo sigo estando. Su canto resulta todo lo exquisito y matizado que debe, pero lo más impresionante es el rostro, bellísimo, de esta señora: no se puede ser más elegante y más expresiva al mismo tiempo. Todos y cada uno de sus gestos faciales están calculados, en perfectísima sintonía con la música, para explicar la psicología del personaje. Si la Schwarzkopf sigue siendo la perfección absoluta en el rol desde el punto de vista vocal, Dame Felicity es la número uno en el plano dramático. Solo por verla a ella ya merece la pena tener en la estantería este vídeo.
Pero hay más, claro. Por ejemplo, una excelsa Anne Sophie von Otter que desprende juventud y sano erotismo como Octavian. O una Barbara Bonney algo apurada en las notas más agudas pero deliciosa haciendo de Sophie. Por no hablar del inmenso Ochs de Kurt Moll, irreprochable en lo vocal y fantástico como actor. Estupendo nivel en los secundarios, entre los que sobresalen Gottfried Hornik y Heinz Zednik como Faninal y Valzacchi respectivamente.
La producción me gusta mucho: tradicional a más no poder, respetuosa con el libreto punto por punto, suntuosa y algo más recargada de la cuenta pero muy bella en lo visual, y bien resuelta en lo que a personajes y situaciones se refiere. Entiendo que a dia de hoy cosas como esta puedan resultar un tanto anticuada, pero en una obra como El caballero de la rosa, precisamente un rendido homenaje a los tiempos pasados, disfrutar visualmente con esta Viena del segundo tercio del XVIII tan lujosamente recreada resulta un verdadero placer.
La única nota negativa la pone la edición: el formato de la imagen es 19:9, pero viene sin mejora anamórfica, lo que significa que hay que hacer zoom con el televisor y se pierde definición. La toma sonora, sin ser la mejor posible, es bastante buena, y se ofrecen los muy peculiares subtítulos de Angel-Fernando Mayo. En fin, si no conocen este vídeo, véanlo inmediatamente: se trata de una de las cuatro o cinco mejores filmaciones de ópera que existen.
Y ahora, abandono el blog por unos días mientras estoy de viaje. Hasta pronto.
He tenido la oportunidad de ver en un mismo día dos filmaciones de la magnífica obra póstuma de Leos Janácek, Desde la casa de los muertos. La primera, la reciente producción (julio 2007) del Festival de Aix-en-Provence dirigida en lo musical por Pierre Boulez y en lo escénico por Patrice Chéreau, en la que ha sido su tercera colaboración mutua tras el polémico Anillo de Bayreuth y la mítica Lulu de la Ópera de París allá por los años setenta. La segunda corresponde al Festival de Salzburgo de 1992, contando con una propuesta escénica de Klaus Michael Grüber y el protagonismo musical de Claudio Abbado.
El equipo francés gana por goleada. La dirección de Boulez, tensa, sobria, incisiva y decididamente “antirromántica”, aunque no por ello inexpresiva, obtiene un extraordinario rendimiento de la Orquesta de Cámara Mahler y del fantástico Coro Arnold Schoenberg. Abbado, por su parte, extrae un riquísimo colorido de la simpar Filarmónica de Viena y hace gala de una brillantez incontestable, pero su recreación -más bien premiosa en los tempi- adolece de un excesivo nerviosismo y no logra desplegar (al contrario que el “frío” Boulez) la emotividad necesaria; el milanés tiende, además, a la aparatosidad y al escándalo gratuito.
El trabajo de Chéreau, inteligente y minucioso, es una verdadera lección de teatro, pero también de teatro al servicio de la música, es decir, de ópera: hay aquí singulares aportaciones, pero ni un solo capricho gratuito ni una concesión de cara a la galería. La producción de Salzburgo, que muchos pudimos ver en 2005 en el Teatro Real madrileño, es sin duda más hermosa plásticamente merced a a la espléndida labor de Eduardo Arroyo (y de Vinicio Celi en la luminotecnia, no le olvidemos), pero la dirección de actores de Güber palidece al lado de la de Chéreau: ni los personajes están tan ricamente definidos ni las situaciones están tan bien explicadas.
El equipo vocal de la producción de Salzburgo (que, al contrario que la de Aix, aún espera su trasvase a DVD, aunque se ha visto por el canal Classica) cuenta con la lujosa presencia del grandísimo Nicolai Ghiaurov: lujosa pero testimonial, porque el personaje de Alexander Petrovic Gorjancikov, hilo conductor de la trama y trasunto del propio Tolstoi -autor en el que se basa libreto confeccionado por Janácek-, canta más bien poco. No lo hace mal Olaf Bär en Aix. En el rol del joven prisionero Aljeja encuentro preferible, por razones dramáticas, a un tenor (Eric Stoklossa, en la producción francesa) que a una soprano (Elzbieta Szmytka en la austriaca).
El resto del elenco es, por lo demás, algo superior el festival francés, llevándose la parte del león, en los decisivos personajes de Skuratov y Siskov repectivamente, el magnífico John Mark Ainsley y ese reciente descubrimiento que es Gerd Grochowski, aunque no es menos acongojante la presencia escénica (vocalmente está acabado) de Heinz Zednik, el Loge del Anillo arriba citado, encarnando al viejo prisionero. En Salzburgo está francamente bien el Siskov de Monte Pederson, aunque nuestra simpatía se la lleva ese enorme recreador de personajes que es Philip Langridge como Skuratov.
¿Conclusión? Si la producción de Salzburgo saliese en DVD sería una compra recomendable, pero la edición que tiene que figurar en las estanterías de los amantes de la ópera (de la ópera de verdad, no de una o dos grandes voces exhibiendo poderío sobre un galimatías orquestal y moviéndose sin rumbo por la escena) es la de Boulez y Chéreau. Por cierto, aprovecho para insistir en que el regista y cineasta francés sigue viviendo en Sevilla (acompañó a su amigo Barenboim en su reciente estancia del West-Eastern Divan), pero aún no ha realizado ninguna producción operística en el Maestranza. Sea la decisión suya o de Pedro Halffter, salimos perdiendo todos.