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sábado, 29 de agosto de 2026

Rapsodia española, de Ravel: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN - 29.VIII.2026

A la entrada original del 21 de septiembre de 2015 añado ahora Ormandy en estéreo, Giulini/Philharmonia y Barenboim/2022. Aunque he vuelto a escuchar alguna otra y realizado ligeras reformas en el texto, pasa lo de siempre: la mayoría de los comentarios me parecen anticuados y desearía volver de nuevo a la mayoría de las grabaciones para volver a valorar. Tarea imposible, claro. Mejor dicho: inconveniente. Es preferible realizar comparativas nuevas que volver una y otra vez sobre lo mismo.

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Compuesta entre 1907 y 1908, primero para dos pianos e inmediatamente después para orquesta, Rapsodie Espagnole fue la primera gran obra sinfónica de Maurice Ravel, y también la partitura en la que comienza a dejar clara su admiración por lo que ocurría al sur de los Pirineos.

Siendo una obra de corte impresionista –la Iberia de Debussy es ligeramente posterior–, parece claro que la creación de una atmósfera difusa y la sensualidad del color deben ser dos de los principales objetivos de toda interpretación. Pero no es menos importante encontrar el punto adecuado de equilibrio entre esa elegancia refinada tan particular que habitualmente asociamos con “lo francés”, por un lado, y el carácter más racial, más rústico si se quiere, que pide la idea de “lo español” presente en la partitura. Y tampoco se debe dejar de indagar en los fascinantes aspectos oníricos, por momentos tenebrosos, que se esconden en los pentagramas, al tiempo que se ofrece el imprescindible toque festivo y se despliega una paleta sinfónica que también busca, todo hay que decirlo, llegar por la vía más directa y seductora a los sentidos: la del puro espectáculo sonoro.

No me ha resultado fácil realizar la siguiente comparativa. Algunas interpretaciones las he tenido que escuchar varias veces y, aun así, no me ha quedado del todo claro hasta qué punto funcionan. También es cierto que he leído por ahí recomendaciones a algunos críticos famosos que no me han convencido en absoluto. En cualquier caso, las siguientes notas pueden servir como aproximación a una discografía en la que, a mi entender, pocos directores han terminado de dar en la diana. Uno de ellos por encima de los demás, pero lastrado por orquestas que no son ninguna maravilla: Sergiu Celibidache. He dudado mucho si dejar a Previn/RPO y Barenboim en el nueve o subirles al diez; una nota intermedia quizá sea lo más justo.

Los cuatro movimientos de la obra, de los cuales el tercero no pertenece a las fechas arriba indicadas sino que se remonta a 1895, son lo siguientes:
  1. Prélude à la nuit.
  2. Malagueña
  3. Habanera.
  4. Feria. Assez animé.



1. Walter/Sinfónica de la NBC (Arbiter, 1940). Tiene su morbo escuchar al maestro berlinés, recién exiliado a EEUU huyendo del régimen nazi, poniéndose al frente de la orquesta de Toscanini para interpretar un repertorio en principio poco afín a su sensibilidad. Pero lo cierto es que la toma sonora, inevitablemente pobre para esta música, permite entrever a un Walter magníficamente encaminado en el estilo, lleno de buena voluntad y plagado de intuiciones propias de una gran batuta, al que solo le falta pulir una serie de detalles y otorgarle mayor unidad al conjunto. (8)



2. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Con la excepción de una Feria llena de vida, color y brillantez, el salzburgués se limita a hacer una exhibición de virtuosismo, equilibrio y refinamiento sin lograr transmitir la sensualidad y la atmósfera que emanan de los pentagramas. Tampoco la toma sonora le ayuda precisamente. ¿Por qué tantos se empeñan en reivindicar al Karajan de esta época? Luego fue mucho mejor director. (7)




3. Furtwängler/Filarmónica de Viena (DG, 1954). Tampoco era Furt un director que frecuentase precisamente este repertorio, pero el maestro deja aquí constancia su categoría como la más genial batuta de su tiempo con una recreación llena de misterio y de poesía, surcada por extrañas ráfagas de fuerza controladas por una técnica de batuta absolutamente magistral y, sobre todo, dicha con un sentido de la flexibilidad y la imaginación que ejemplifican de manera perfecta el concepto de la dirección de orquesta como “arte de la transición” (Barenboim dixit) que tenía el inolvidable director alemán. Lástima que entonces la orquesta tuviera por entonces sus más y sus menos. (8)


Ravel Rapsodia Monteux Boston

4. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1956). Una toma sonora increíble para la época –alucinante la audición en SACD, aunque haya que sufrir el tráfico rodado junto al Boston Symphony Hall– recoge esta interpretación llena de vida y de color, elegante en su punto justo, dicha con la adecuada concentración pese a que los tempi son más bien ágiles y trabajada con pinceles finos frente a una orquesta que, sin alcanzar en modo alguno el portentoso virtuosismo que tendrá en la época de Ozawa, era ya entonces espléndida. Falta un punto de sensualidad y atmósfera, pero eso lo ofrecerá el maestro francés en un acercamiento posterior. (9) 


Reiner Chicago Sound

5. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1956). Otra toma de calidad asombrosa nos trae a un Reiner sorprendentemente lento –al maestro de origen húngaro nunca le fue eso de dilatar los tempi– en Prélude à la nuit –que suena más contemplativo que inquietante– y en la sección central de Feria, pero lo cierto es que la morosidad no le permite conseguir del todo esa atmósfera sensual y seductora que esta música necesita y que al maestro no le resultaba muy afín. Tampoco resulta muy poético ni imaginativo. Sí que nos ofrece, eso desde luego, un espléndido sentido de lo teatral, una brillantez tan comunicativa como por completo ajena al escándalo gratuito y un soberbio trabajo de planificación –claridad impresionante, aunque algún detalle se le escapa– con una orquesta que ya entonces empezaba a ser extraordinaria. (8)


Ravel Rapsodia Ansermet

6. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1957). Tal vez parte de la sensación se deba a lo desangelado de la temprana toma estereofónica, pero lo cierto esta recreación resulta algo seca, nerviosa y deslavazada, incluso no del todo conseguida en el estilo, cosa extraña porque en aproximaciones algo posteriores del maestro suizo a este repertorio sí que conseguirá por completo ese particular perfume poético, atmosférico y evanescente, de lo que habitualmente conocemos como “lo francés”. Tampoco las resoluciones técnicas están realizadas con la mejor depuración sonora –lógico, la orquesta no es ninguna maravilla–, aunque aquí y allá pueda distinguirse algún detalle tímbrico poco habitual, como puede ser la trompeta en la primera sección de Feria. (7)


Ravel Rapsodia Barbirolli

7. Barbirolli/Hallé Orchestra (Criterion, 1958?). Interpretación atractiva por la incisividad con que está tratada la orquesta y por la garra de los momentos extrovertidos, pero en la que terminan pesando más las limitaciones de la orquesta, la falta de verdadero misterio y, sobre todo, el excesivo nerviosismo de un Sir John que no acierta con el tono poético de la partitura. La toma sonora es muy pobre. Solo para curiosos. (7)


Ravel Rapsodia  Monteux LSO

8. Monteux/Sinfónica de Londres (Decca, 1961). Nada menos que ochenta y seis años tenía el maestro parisino cuando realizó esta grabación, la verdad es que sin mucho acierto: su batuta se muestra muy centrada en el estilo pero irregular, pasando de un Preludio rápido y más bien aséptico a una Malagueña misteriosa pero algo pesadota y a una Habanera atmosférica y sensual, para terminar con una Feria con chispa, no del todo poética, en la que las tensiones se distribuyen de manera desigual; sorprendentemente seco el final de la coda. (7)

 
Ravel Rapsodia Cluytens

9. Cluytens/Orquesta de la Asociación de Conciertos del Conservatorio (EMI, 1962). suele decirse que este Ravel es uno de los más “auténticos” del disco, esto es, de los que mantienen viva la tradición francesa de la época de Ravel. Puede ser. A nivel tímbrico, la orquesta del Conservatorio de París ofrece una tímbrica distinta del sonido estándar que hoy impera a uno y otro lado del océano; singular, por cierto, el instrumento de madera grave que no sé si es el contrafagot o el sarrusofón prescrito por Ravel. A nivel propiamente interpretativo, la batuta del maestro flamenco recrea la obra de manera particularmente curvilínea, trabajando con mucha plasticidad los colores y consiguiendo ese sabor francés tan característico sin detrimento de recrear Feria con brillantez y garra de sabor más español. Ahora bien, a veces el fraseo es algo más parsimonioso de la cuenta –sobre todo en Malagueña–, y hay pasajes un poco rebuscados, faltos de la naturalidad y de la fluidez que otros directores en principio menos idiomáticos han resuelto con mayor lógica musical e inspiración. Excelente el reprocesado de 2011: si se escucha en el formato audio de alta calidad, se puede disfrutar de una toma sonora francamente satisfactoria para la época. (9)
 


10. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1963). El maestro de Budapest se toma las cosas con calma, paladea la música y la traza con una considerable dosis de sensualidad. No le termina de funcionar el enfoque en el primer número: se beneficia de los soberbios primeros atriles de la orquesta, pero Ormandy no matiza lo suficiente y a la postre resulta algo parco en misterio. La Malagueña, lenta y falta de impulso, resulta sin embargo atractiva por su carácter insinuante. Magnífica la Habanera, muy atmosférica. Feria encuentra el punto de equilibrio entre brillantez y sensualidad, sin dejarse llevar por los tópicos. Notable recreación, en definitiva, aunque hay que hacer constar que con el paso de los años se irán escuchando recreaciones de mayor transparencia, depuración sonora y brillantez. (8)



11. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1966). Adoptando unos tempi lentísimos que le facilitan realizar un soberbio, literalmente insuperable análisis de líneas y texturas, pero sin descuidar la tensión interna del discurso –la concentración es enorme–, el de Barletta ofrece una lectura extremadamente depurada en lo sonoro y abiertamente “antirromántica” en su estética: como en su Debussy de años atrás con la misma orquesta, su apuesta fue la de encontrar un lenguaje interpretativo propio para el repertorio impresionista que pusiera de relieve la novedad del lenguaje, y para ello puso el estatismo, el peso de los silencios y el distanciamiento expresivo por delante de otras consideraciones, pero sin olvidar esa mezcla de elegancia y naturalidad en el fraseo que caracterizan su batuta. Podrán preferirse lecturas más coloristas y animadas, pero esta es modélica en su línea. Extraño que cuando Giulini vuelva a la obra lo hará de manera distinta y mucho menos convincente. Impresionante el reprocesado de 2025: suena de escándalo. (9)

 
Martinon Chicago

12. Martinon/Sinfónica de Chicago (RCA, 1968). Pocos años antes de sus magistrales grabaciones de Ravel frente a la Orquesta de París, el maestro francés llevó al disco algunas piezas del referido autor frente a una Chicago Symphony ya formidable que, en conjunción con una batuta tan brillante como detallista, dio una verdadera lección de virtuosismo y precisión. Ahora bien, hay que reconocer que esta Rapsodia, siendo muy atractiva por su chispa y comunicatividad, sobre todo en Feria, resulta en exceso nerviosa en los movimientos impares; en este sentido, el Preludio y sus subsiguientes reapariciones ofrece excesiva agitación y desprende escasa sensualidad. Martinon se tomará la grabación en París con más sosiego en todos los movimientos y allí sí, con una orquesta mucho menos virtuosística pero más idiomática, los resultados serán formidables. (8)
 

Ravel Rapsodia Munch EMI

13. Munch/Orquesta de París (EMI, 1968). Valiéndose de unos tempi mucho más lentos que los de su versión en Boston (16’36’’ frente a 14’54’’) y de una orquesta menos brillante pero perfecta para este repertorio –admirables las maderas– como es la de París, un Munch de setenta y siete años da la absoluta lección de idioma con una lectura perfecta en el tratamiento del fraseo y del color, sensuales y embriagadores en grado sumo, que va desde un Preludio de atmósfera bien cargada y lleno de embrujo hasta una Feria elegante y con garra, pasando por una Malagueña dicha con salero y una Habanera de tan sutiles como magistrales matices agógicos. Quizá se podría sacar más partido del algún pasaje y aclarar un poco más las texturas, pero el conjunto es un verdadero paradigma de lo francés. La muy notable toma sonora, realizada en la célebre Salle Wagram, contribuye a cargar de atmósfera la realización. (9)
 
 
Ravel Boulez CBS

14. Boulez/Orquesta de Cleveland (Sony, 1969). El tópico tiene base: con Boulez nos encontramos ante un prodigioso análisis de timbres, texturas y planos sonoros, también con una enorme objetividad. Pero no se puede decir esta vez que la interpretación sea fría, porque tiene vida y tensión interna. En todo caso, distanciada y misteriosa antes que sensual, perfumada o chispeante. No es el ideal, pero desde semejante prisma resulta irreprochable. (8)
 
 
Ravel Rapsodia Haitink CD

15. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1973). Perfecto organizador de la arquitectura, exacto y objetivo probablemente hasta el exceso, al maestro holandés no se le mueve un pelo en esta recreación admirablemente planificada y soberbiamente tocada, dicha con la sensibilidad apropiada y con el más exquisito gusto, pero un tanto falta de alma, de vida, o al menos de sal y pimienta. A destacar, en cualquier caso, el carácter especialmente obsesivo que adquieren el Preludio y la Habanera bajo la batuta de Haitink; en el lado negativo, la sección central de Feria, resulta demasiado parsimoniosa. La toma sonora no posee la mejor tímbrica posible, pero sí una amplia gama dinámica. (8) 
 
 
Ravel Rapsodia Bernstein NYP

16. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1973). Interpretación de excelente trazo global, aunque más atenta a la comunicatividad que al detalle, más emocionante que sensual o atmosférica, pero en todo caso muy notable. Pierde un poco el último movimiento, que podría ser más emotivo y también más cuidadoso en las texturas. La portada del vinilo original es de traca. (8)
 
 
Ravel Rapsodia Ozawa

17. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1973?). Con Ozawa al frente de una Boston Symphony de cualidades excepcionales alcanzamos el cénit en lo que a elegancia y refinamiento en el tratamiento de colores y texturas se refiere, verdadero punto fuerte del maestro oriental, como lo es también su fraseo sinuoso y fluido, ideal para esta música, amén de su espléndida capacidad concertadora. Ahora bien, el Preludio resulta nervioso antes que atmosférico, mientras que Feria cae puntualmente en el escándalo gratuito. (9)


 

18. Martinon/Orquesta de París (EMI, 1974). Impagables las maderas francesas en una lectura caracterizada precisamente por su cuidadoso y absolutamente idiomático tratamiento de colores y texturas, además de por la perfecta conjunción que consigue la batuta entre elegancia, sentido del misterio y fuerza expresiva; el Preludio resulta algo más nervioso de la cuenta –no tanto como en su grabación con Chicago, desde luego–, pero el resto es formidable y culmina con una Feria particularmente extrovertida y colorista. (9)


Ravel Rapsodia Skrowaczewski

19. Skrowaczewski/Orquesta de Minnesota (1974). Verdadera sorpresa escuchar una interpretación tan notable en este repertorio a un director como Stanislaw Skrowaczewski –cincuenta y un años por entonces, y todavía hoy en activo–, tan centrada en el estilo y tan certera a la hora de ofrecer sensualidad embriagadora. Eso sí, su lectura es algo más brumosa de la cuenta –puede influir la grabación- y se echa de menos una disección más detallada de las texturas. Tampoco las tensiones están del todo aquilatadas: algo alicaída la Habanera. (8) 
 
 
Ravel Rapsodia Celibidache DG

20. Celibidache/SWR Stuttgart (DG, 1976). Otro mundo. El maestro rumano fue un genio del color, de la plasticidad orquestal, de la sensualidad y de la atmósfera, lo que le convertía en un intérprete ideal de este repertorio aunque fuera al frente de orquestas tan limitadas como la de Stuttgart. Fue además un músico personal y creativo como pocos, que cuando lograba no sucumbir a sus propias extravagancias o no se empeñaba en experimentos estilísticos muy discutibles, alcanzaba cotas inigualables de genialidad. Es el caso. En el Preludio, llevado con lentitud extrema sin merma alguna de la concentración, Celibidache subraya los aspectos más modernos de la música emparentándola con la abstracción debussysta: por momentos parece que estamos escuchando el primer movimiento de los Nocturnos. Malagueña está dicha con fluidez y mucho salero. Habanera derrocha un perfume embriagador. Y Feria es una explosión de colorido y alegría –podía estar un poco más paladeada melódicamente– dicha con pinceles muy finos y una gran matización en las dinámicas. En este sentido, es una suerte que el reprocesado realizado por DG respete la amplia gama de la toma radiofónica, aunque en cuestión de planos sonoros ésta diste de ser precisamente una maravilla. (10)
 
 
Ravel Rapsodia Muti

21. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1979). Un verdadero ejercicio de virtuosismo por parte de orquesta y director donde se revelan interesantes detalles de la orquestación, pero en el que se echan en falta mayor sensualidad y sentido del misterio, así como mayor imaginación y personalidad. No es lo mejor del maestro italiano en el repertorio impresionista. (8) 



22. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). El de Barletta nos ofrece una interpretación perfecta en el estilo, depurada en lo sonoro y de expresividad exquisita pero no por ello escasa en sal y pimienta, en la que sorprende un primer movimiento mucho antes nervioso que lleno de brumas –acertadas intervenciones de las maderas– y defrauda una coda más bien precipitada, incluso un punto ruidosa. (8) 
 

Ravel Rapsodia Maazel Francia

23. Maazel/Orquesta Nacional de Francia (Sony, 1981). Interpretación elegante, de trazo fino y perfume francés conseguido más en la levedad bien entendida con que suena la orquesta, obviamente jugando en casa, que en lo que a sensualidad y atmósfera embriagadora se refiere. En este sentido, la interpretación resulta más luminosa y colorista que sensual, seductora y llena de misterio. Sobra, además, algún amaneramiento en Malagueña. (8)
 
 
Ravel Rapsodia Dutoit

24. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1981). El maestro suizo no es probablemente un director genial, pero sí un intérprete de Ravel de considerable altura, como demuestra en esta Rapsodia admirablemente idiomática, dicha ya que no con particular creatividad o inspiración, sí con entusiasmo bien controlado, exquisito gusto, apreciable comunicatividad y irreprochable equilibrio entre trazado global –nada de nerviosismo aquí– y atención al detalle, todo ello contando con la complicidad de una estupenda Sinfónica de Montreal a la que hace sonar con levedad, refinamiento y sensualidad en su punto justo. Excelente la toma. (9)

 

25. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1985). Interpretación vistosa pero muy superficial, dicha de pasada, fuera de estilo, sin sensualidad, sin misterio y sin todo el refinamiento deseable. Solo se salva Feria: aun con las mismas insuficiencias, luciendo brillantez y entusiasmo que en el final terminan convirtiéndose en efectismo. La grabación podía ser mejor. (6)
 
 
Ravel Rapsodia Previn RPO

26. Previn/Royal Philharmonic (EMI, 1985). Lenta, introvertida y atmosférica recreación, de gran refinamiento tímbrico y admirable claridad, llevada siempre con elegancia y un gran olfato para el “embrujo” seductor, consiguiendo empaque sinfónico en el último movimiento sin dejarse llevar por la brillantez ni el decibelio, y eso que la gama dinámica es muy amplia y está muy bien recogida. (9)



27. López-Cobos/Sinfónica de Cincinnati (Telarc, 1988). Interpretación bien trazada, cuidadosa y dicha con buen gusto, pero un tanto escasa de atmósfera, de sensualidad y de vuelo poético. También bastante impersonal, a decir verdad. Los efectismos de la toma sonora en Feria no pueden ocultar la etiqueta de “Made in USA”. (7)


Ravel Rapsodia Karajan DDD

28. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1987).  Karajan demuestra su absoluto dominio de la orquesta con una interpretación de una exactitud y perfección técnica impecables, de sonoridad hermosa, refinada en el mejor de los sentidos, brillantísima –sin excesos– cuando debe y trazada con enorme fluidez, pero en el plano creativo el salzburgués resulta un tanto desconcentrado –Preludio– e indiferente, incapaz de destilar toda la poesía que proponen los pentagramas, y cuando aparece algún detalle personal aislado –Malagueña– se consigue más rebuscamiento que inspiración. La toma sonora es portentosa. (8)


Ravel Rapsodia Svetlanov

29. Svetlanov/Orquesta Sinfónica Académica del Estado (Russian Disc, fecha indeterminada). Una toma sonora plagada de deficiencias apenas impide disfrutar de esta recreación muy sugestiva, de carácter curvilíneo y tímbrica mucho más refinada de lo esperable en una orquesta rusa, que triunfa en una Habanera muy sensual y cojea por una Feria alicaída en las tensiones. (8)



30. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1991). Pocas veces se ha tocado esta partitura con semejante perfección y ha sido recogida con semejante naturalidad y transparencia, sin necesidad de meter los micrófonos encima de cada instrumento y logrando una enorme espectacularidad sin darle excesivo relieve a la percusión. Todo ello, además, con limpieza asombrosa y un brillo en el agudo insuperable. Barenboim ofrece enorme concentración en el Preludio –impresionante el regulador con que se abre–, se desenvuelve con tanta elegancia como sentido del misterio en los dos siguientes números y triunfa por completo en una Feria llena de garra, de chispa y de sentido español, pero trazada con pinceles y cantando sus melodías con naturalidad y efusividad admirables. Falta un último punto de sensualidad y de creatividad, pero el virtuosismo de los “chicagoers” compensa semejantes limitaciones. (9)


Ravel Rapsodia  Boulez Berlín

31. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Al frente de una orquesta sensacional, superior sin duda a la Orquesta de Cleveland de los sesenta, Boulez no repite su grabación anterior sino que, aun siempre desde su proverbiales objetividad y distanciamiento, aporta parámetros nuevos. En este caso, unos tempi considerablemente más lentos –sobre todo en la Habanera: 3’27'' frente a los 2’42’’ de entonces– que permiten una claridad analítica todavía mayor, hasta el punto de revelarse detalles que apenas podemos percibir en otras interpretaciones, pero también hacen que el resultado sea algo parsimonioso y se pierdan vitalidad e inmediatez. A la postre, aquí sí se puede hablar de la frialdad del músico francés. La toma sonora es una de las mejores que haya recibido esta obra en disco compacto. (8) 
 
 
Ravel Rapsodia Celibidache Munich

32. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Blu-ray Euroarts, 1994). El espectacular juego agógico y dinámico de los primeros compases, un prodigio tanto de técnica de batuta como de atrevimiento, ya deja bien claro que nos vamos a encontrar una interpretación muy especial. Y así es. Desarrollando con mayor finura y sensibilidad, también mayor atrevimiento, las ideas ya presentes en su grabación en Stuttgart, Celi ofrece una lectura lentísima y personalísima, matizada hasta el límite, de prodigiosa tímbrica, elevada sensualidad y desarrolladísimo sentido del misterio, bordeando a veces el amaneramiento –Habanera–, pero haciendo al mismo tiempo reveladores descubrimientos. El perfume español está plenamente conseguido sin caer en tópicos. Admirables los solistas, aun tocando, como toda la orquesta, al límite de sus posibilidades. (10) 
 
 
 Ravel Rapsodia  Maazel Viena

33. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1996). De nuevo el maestro de origen francés hace gala de una prodigiosa combinación de elegancia, claridad, refinamiento y sentido del color, ofreciendo texturas aéreas y unas veladuras sorprendentes con la que tiene mucho que ver la sonoridad de la increíble orquesta vienesa. Su enfoque, tiene además salero y brillantez, aunque sea más festivo que otra cosa y pase un poco de largo ante los pliegues más inquietantes de la obra: se echa de menos mayor atención a la atmósfera y a las sonoridades graves. Hay por otra parte algún que otro amaneramiento marca de la casa, sobre todo en Feria: las languideces “de siesta” suenan un poco forzadas. (9)


Ravel Rapsodia Previn LSO

34. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1997). André Previn vuelve a demostrar un increíble dominio de la orquesta en colores, texturas y volúmenes sonoros –interesantes reguladores en el Preludio–, y acierta por completo a la hora de poner de relieve los aspectos inquietantes de la partitura, pero en comparación con su lectura con la Royal Philharmonic se ha perdido un punto de sensualidad; incluso en Feria hay una relativa caída de tensión en su sección central. La toma sonora, portentosa. (8)



35. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, San Silvestre 1997). Refinamiento y sentido del color son dos de las grandes virtudes de Abbado, que lucen plenamente en esta más que notable recreación en la que la fabulosa orquesta despliega todo su potencial tanto técnico como expresivo. Los resultados son abiertamente superiores a los que el maestro consiguió junto a la Sinfónica de Londres, sobre todo porque ahora la batuta sí que acierta a la hora de destilar sensualidad y atmósfera. Una pena que por momentos bordee el decadentismo y que en Feria, aun siendo quizá lo mejor de su recreación, tienda al exceso efectista. El audio de la filmación se ve afectado por una molesta compresión dinámica. La versión en CD no presenta este problema, pero tampoco es ninguna maravilla técnica. (8)


  

36. Barenboim/Filarmónica de Viena (VPO, 2005). Catorce años después de su grabación en Chicago, Barenboim vuelve a resultar concentrado y un punto siniestro en el Preludio, elegante sin amaneramientos en Malagueña, muy atmosférico en Habanera –claramente más lenta que antes– y brillante en una Feria ahora algo más rápida (¿un punto precipitada en el arranque?) y quizá todavía más garbosa y chispeante. La toma sonora en vivo, realizada en la Musikverein vienesa el 23 de octubre de 2005, no es ni mucho menos la que realizó el sello Erato. (9)


Ravel Rapsodia Van Immerseel

37. Van Imerseel/Anima Eterna (Zig-Zag, 2006). Ravel con instrumentos originales. Originales de cuándo, habría que preguntarse, tratándose de una obra de 1908. Vale, es cierto que por aquel entonces todavía se utilizaban cuerdas de tripa y que hay fuertes discusiones entre los estudiosos acerca de cómo se aplicaba el vibrato, pero lo cierto es que en este disco las diferencias no son ni mucho menos tan importantes como en otros repertorios: hay aquí y allá algunos detalles tímbricos novedosos –madera grave– que pueden resultar muy atractivos, pero lo cierto es que este Ravel, y esta Rapsodia en concreto, es en gran medida la que todos conocemos. En cualquier caso, lo importante aquí es que el tantas veces aburrido Van Immerseel se muestra muy afín al lenguaje raveliano, dirige con sensatez y buen gusto y acierta en las diferentes atmósferas expresivas –por ejemplo, el carácter obsesivo de Habanera– que propone la partitura, aunque sin terminar de calar a fondo en todas sus posibilidades poéticas. Modélica la labor de los ingenieros de sonido. (8)

 

38. Josep Pons/Nacional de España (DG, 2011?). Interpretación de irreprochable idioma impresionista, muy cálida, sensual y difuminada, rica en el color, dicha con elegancia y trazada con pinceles finos. Por desgracia la flacidez, la carencia de tensión interna, se convierte en protagonista, al tiempo que en el segundo movimiento molesta alguna frase en exceso amanerada y la sección central de Feria cae abiertamente en la blandura. Hay que destacar, no obstante, el espléndido trabajo de las maderas de la Nacional en un Preludio muy bien paladeado y de gran plasticidad. Efectista el final. (7) 



 39. Juanjo Mena/BBC Philharmonic (YouTube, BBC Proms 2011). El maestro vasco trabaja con pinceles finos, buena atención a las líneas instrumentales y apropiado refinamiento en la tímbrica, luciendo además buen pulso y sabiendo no caer en la blandura ni en la evanescencia excesiva, pero su aproximación resulta demasiado rápida y nerviosa, carece de la suficiente sensualidad, y está pensada de cara a la galería en el cuarto movimiento. La retransmisión televisiva tiene una dinámica chata. Lástima que haya desaparecido el vídeo. (7)

 
Ravel Rapsodia Slatkin

40. Slatkin/Orquesta Nacional de Lyon (Blu-ray audio Naxos, 2011). Resulta difícil entender por qué el sello Naxos ha lanzado estos registros en Blu-ray Audio, porque ni la grabación, difusa y sin cuerpo, tiene mucha potencialidad de la que hacer gala, ni las interpretaciones pasan de una discreta corrección a la que le falta mucho en cuestión de colorido, de matices y de inspiración para rivalizar con la mucha competencia que hay en el mercado. Aquí resulta particularmente flojo el Preludio; el resto, eficacia de brocha gorda. (5)
 
 

41. Barenboim/Orquesta del West-Eastern Divan (Peral Music, Teatro Colón, 3 agosto 2014). El enorme desarrollo de la sensualidad que ha conocido el maestro porteño en estos últimos años le ha permitido conseguir un pleno dominio del idioma raveliano más ortodoxo, incluyendo una apreciable delectación melódica y elevada atención a las texturas difuminadas. Por eso mismo su visión de la obra es menos personal, digamos que menos negra, que en su recreación con la Filarmónica de Viena, pero también es más indiscutible y, habida cuenta de su buen sentido de la atmósfera y la asombrosa plasticidad con que manera a una orquesta plenamente entregada a él –pero que no es comparable a Chicago o Viena–, ciertamente magnífica. Lástima que la toma no sea mejor. (9)

 


42. Barenboim/Orquesta del West-Eastern Divan (YouTube, BBC Proms 2014, actualmente no disponible). Interpretación unos días posterior a la de los mismos intérpretes en el Teatro Colón, con similares resultados. Es decir, admirables. (9) 



43. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts y Digital Concert Hall, 31 diciembre 2018). El de Buenos Aires vuelve a demostrar cómo ha mejorado su dominio del idioma del impresionismo –mucho más sensual ahora que en los tiempos de Chicago, también más hábil a la hora de manejas texturas–, solo que ahora con una orquesta no solo muy superior a la WEDO, sino sencillamente insuperable en la que uno no puede dejar de rendirse de asombro tanto en lo que se refiere a su sonoridad global, modelada con singular plasticidad por una batuta de técnica portentosa, como a la contrastada calidad de todos y cada uno de sus solistas. A destacar el sutilísimo tratamiento de las dinámicas gracias a unos reguladores verdaderamente mágicos y a como Barenboim es capaz de revelar, ralentizando el tempo y con la complicidad de los grandísimos Emmanuel Pahud y Albrecht Mayer, fascinantes posibilidades en algún pasaje del cuarto movimiento. (10)



44. Barenboim/Orquesta del West-Eastern Divan (Medici TV, 2022). El maestro insiste una vez más en una muy paladeada recreación en la que se suman de manera magistral, como en ninguna otra de sus recreaciones anteriores, la atmósfera cargada y la negrura con que suele abordar la página y ese sentido expresivo del color, esa sensualidad y ese idioma raveliano que solo ha conseguido en los últimos años. Siendo excelsa la inspiración de la batuta, la lectura pierde un poco por la sonoridad global de la orquesta, en absoluto comparable a la Filarmónica de Berlín, si bien sus asombrosos primeros atriles realizan una labor no menos matizada y certera en la expresión que la de sus colegas. (9)

jueves, 2 de julio de 2026

Riccardo Muti en Granada: por debajo de lo exigible

Demasiados prolegómenos ya con las dos anteriores entradas: vamos directamente a qué me pareció al concierto de Riccardo Muti del pasado domingo 5 de junio en el Festival de Música y Danza de Granada. Aviso que durante los días previos escuché una vez y otra, en el coche o a través de los auriculares, sus grabaciones de las mismas obras de Giuseppe Verdi, Manuel de Falla y Maurice Ravel que se iban a tocar. Quería saber exactamente cómo había evolucionado el arte del director napolitano.


Arrancó el programa –francamente breve, mejor así dado el calor que se sufría en la colina de la Alhambra– con la Sinfonia de Nabucco. En ella quedó claro el nivel de la orquesta: la Orquesta Joven Luigi Cherubini es una muy correcta y digna formación de jóvenes. Nada más, nada menos. Poco que ver con el mamarracho de la Arturo Toscanini de Parma que dirigía Lorin Maazel. Dicho esto, la chavalería de Muti evidenciaba ciertas desigualdades, sobresaliendo –me lo decía un colega en el intermedio– un notable viento-madera frente a una cuerda y unos metales sin interés. Tocó bien, con ganas y mucha atención a una batuta que durante toda la velada desplegó amplia gestualidad para atender hasta el mínimo detalle, pero también hubo desajustes y una falta de transparencia que, hay que advertirlo, en parte puede deberse a la acústica del Palacio de Carlos V. Tengo que dejar constancia de un factor relevante: yo me encontraba en platea, bajo la fabulosa bóveda anular diseñada por Pedro Machuca, y en ese espacio el sonido empasta mejor pero pierde nitidez, al tiempo que resulta un tanto mate. La impresión desde el patio de butacas, a cielo descubierto, sería bien distinta.

En cuanto a la interpretación en sí misma, no fue radicalmente distinta a la excepcional que grabó el maestro en 1977. Tuvo nervio, fuerza dramática y cantabilidad. Sonó a Verdi. ¡Qué menos con Muti en el podio! Eso sí, cuarenta y nueve años no pasan en balde. Su recreación ha perdido la incisividad y la sana aspereza de corte toscaniniano de los tiempos con la Philharmonia, mientras que ha ganado en suntuosidad sinfónica. Vamos, que Muti estuvo más cerca de su muy odiado Riccardo Chailly en la recreación que le escuché hace algunas semanas en La Scala que de él mismo medio siglo atrás. Y ya que comparamos, hay que escoger: por una vez y sin que sirva de precedente, me quedo con Chailly.

Muti se dirigió al público para reivindicar Las Cuatro estaciones. Que es un error cortar este ballet cuando se lleva a escena Las vísperas sicilianas, porque de una grand opéra francesa se trata. Lleva razón. Que es la obra orquestal más importante de Verdi. También la lleva. Pero tengo mis dudas de que sea una gran música. Dudas serias. No es un coñazo como La peregrina del Don Carlos francés, pero esta media hora resulta de digestión pesada. De hecho, solo tiene sentido ofrecerla en concierto si la hace el mejor director verdiano del mundo: justo el caso.

Contamos con nada menos que tres registros a cargo de Riccardo Muti. El primero es el de 1980 con la Philharmonia: todavía con el vigor rítmico, la electricidad y ese sonido incisivo de la orquesta londinense que caracterizaba sus realizaciones verdianas de los años anteriores, pero añadiendo una dosis adecuada de flexibilidad y, sobre todo, una enorme cantabilidad melódica. En 1989 volvió a dejar su visión del ballet, esta vez dentro de la grabación de la ópera completa en el Teatro alla Scala: pierde un poco de vigor rítmico y gana algo de sensualidad, mientras que se ve lastrada por las obvias insuficiencias de la formación milanesa. Saltamos al 1 de mayo de 2025 en Bari, nada menos que con la Filarmónica de Berlín. Ahí el maestro evoluciona hacia posiciones más netamente sinfónicas, con la colaboración de una orquesta superlativa y sus maderas de auténtico lujo, tan decisivas en esta página.

¿Y en Granada? Ha pasado solo un año, pero la cosa ha evolucionado de manera significativa, justo en el mismo sentido que lo había venido haciendo. Tempi ligeramente más lentos, pérdida total de la electricidad y el carácter incisivo de tiempos londinenses, articulación mórbida, sensualidad más desarrollada… Se echa de menos el pulso rítmico de antaño, pero ahora el maestro alcanza tal grado de poesía que me quedo con esta última de sus cuatro entregas en lo que a la labor de batuta respecta. Imposible sacar más música de esta partitura, particularmente del último número, El otoño. La Orchestra Giovanile Luigi Cherubini en absoluto es capaz de ofrecer el empaste, la depuración sonora, la brillantez y –sobre todo– la agilidad de la Philharmonia y los Berliner, pero sus insuficiencias no son mayores que las de los milaneses de 1988, e incluso se debe aplaudir a las maderas en sus intervenciones en La primavera. En fin, no quiero ni imaginar qué ocurriría si Muti grabara ahora mismo esta obra con la Filarmónica de Viena: lo mismo hasta cambiábamos nuestra opinión sobre la partitura.

La segunda parte del concierto fue mucho más desigual. En 1979 Muti grabó al frente de los Philadelphians las dos suites de El sombrero de tres picos en interpretación de tempi rápidos, incisiva en el fraseo, rústica en el mejor de los sentidos, con garbo y con duende, al tiempo que alejada de la voluptuosidad y de la exploración de la atmósfera. En Granada solo hizo la Suite nº 2, y aquí es donde más claramente se ha apreciado la evolución del maestro. La recreación de Los vecinos, perdiendo algo de la garra de entonces, ha ganado muchísimo en sensualidad, en carácter curvilíneo, en delectación melódica y, a la postre, en inspiración poética, todo ello desde un prisma indisimuladamente impresionista que prosiguió en la Farruca. Magníficamente dirigida esta, arriesgadísima a la hora de plantear con extrema amplitud el accelerando que cierra la página, se vio lastrada por un corno inglés que empezó fraseando con amplitud y cantabilidad para luego venirse abajo en su dificilísima parte. No importó demasiado, porque a pocos les sale realmente bien ese remate. Lo que sí importó fue el lío que orquesta y maestro se armaron en la Jota conclusiva: falta de agilidad en el fraseo, discontinuidad en las tensiones, suciedad generalizada, tendencia al decibelio –Muti pedía matices dinámicos, la orquesta respondió a ellos con tosquedad– y una manifiesta ausencia de electricidad y brillantez.

Bolero de Ravel para terminar. Mala elección, dada la orquesta con la que se contaba. Me viene a la mente la ocasión en que Muti vino a Sevilla con la orquesta de La Scala y no se le ocurrió otra cosa que hacer los Cuadros de una exposición: a medida que se sucedían los números, fueron quedando al descubierto las insuficiencias de los primeros atriles de una formación que estaba en muy baja forma. Pus aquí lo mismo, solo que esta vez los problemas fueron en un cincuenta por ciento responsabilidad del director.

La grabación de Muti en Philadelphia de 1982 era lentísima (17’09’’) y solo se ponía interesante a partir de la entrada de los violines, aportando el maestro una carga de aspereza e incluso dramatismo que sustituía a la sensualidad propia de esta página. La de Granada ha sido mucho más ortodoxa en el tempo –aproximadamente 15:45, lamento no tener duración exacta– y en la expresión, porque aquí la batuta sí quiso modelar con carácter curvilíneo y difuminado las intervenciones solistas. La realización es lo que no salió bien, a pesar de encontrarse apoyada por un soberbio trabajo de la caja principal. Don Riccardo no logró graduar de menos a más el volumen las intervenciones solistas: a veces llegó a ocurrir lo contrario. Los primeros atriles se mostraron solventes y esforzados, solo eso. El trombón metió la pata de manera puntual, pero demasiado audible. La cuerda entró sin brillo ni emoción. La incorporación de la segunda caja resultó demasiado forzada, cosa que ya ocurrió en el Bolero que le escuché a Muti en Londres nada menos que con la Sinfónica de Chicago. El genial cambio de tonalidad que propone Ravel al final de la partitura pasó sin pena ni gloria. Aceptable interpretación, sin más.

¿Mal concierto? En absoluto. Pero sí desigual, y por debajo de la brillantez que el nombre de Riccardo Muti lleva asociado.

martes, 30 de diciembre de 2025

Decepcionante debut de Guggeis con la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said en el Maestranza

No quedan lejos aquellos tiempos en los que varios críticos sevillanos bramaban en contra de la existencia de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said. Lo hacían incurriendo en pura demagogia: ya tenemos en Andalucía una orquesta de jóvenes, así que si el dinero que se invierte en esta Fundación creada por el PSOE con fines puramente propagandísticos decían ellos se repartiera entre nuestros muy necesitados conservatorios, otro gallo nos cantaría. Pero claro, hubo cambio político en la Junta de Andalucía y el presidente derechista Juanma Moreno ha protegido desde el primer día a la orquesta, así que ahora todos a aplaudirla; que qué buenos nuestros jóvenes andaluces y tal. Prueba palpable de que la única razón de los antiguos ataques era de índole político, cosa que en Sevilla suele ocurrir cuando de música se trata. ¡Si aún recuerdo cómo Antonio Burgos llamó a Barenboim “el gachó ese de la orquesta de la Alianza de Civilizaciones”!

En fin, a estas alturas queda claro, y en el concierto de ayer en el Teatro de la Maestranza volvió a quedarlo, que la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said posee un notabilísimo nivel, se encuentra a la misma altura de la Joven Orquesta de Andalucía, rivaliza con una Sinfónica de Sevilla que lleva ya demasiados años de capa caída y es netamente superior a la Filarmónica de Málaga. ¿Mérito? Del talento de los jóvenes por un lado. De la mayoría de los profesores de nuestros conservatorios por otro. También del profesorado congregado por la Fundación, que incluye dos miembros de la Filarmónica de Berlín, uno de la Staatskapelle la maravillosa Cristina Gómez Godoy, otro de la London Symphony, otro de la Scottish Chamber, etc. Finalmente, mérito de la batuta encargada de dar unidad y sentido a todo lo trabajado, en este caso el joven Thomas Guggeis.

Pero aquí nos toca distinguir entre trabajo técnico y calidad interpretativa. En lo primero, Guggeis ha demostrado un nivel formidable: su gestualidad controla todo, consigue un buen equilibrio de planos, administra con solidez las tensiones, sabe poner acentos, estimula a los músicos y logra dotar de electricidad interna, animación y brillantez a la música. En lo segundo, confirma lo que ya advertí cuando comenté el concierto de su debut con la Filarmónica de Berlín: le queda muchísimo para madurar.

De hecho, las Variaciones sobre un tema de Haydn que abrieron el programa me parecieron muy mediocres. No es solo que aquello no le sonase a Johannes Brahms. El maestro bávaro quiso ver en la partitura una más o menos efervescente y bienhumorada música, sin ser capaz de intuir, ni siquiera de lejos, las posibilidades poéticas que albergan las notas. Se limito a leerlas sin diferenciar el carácter de cada una de las variaciones. Ni sensualidad en el fraseo, ni densidad armónica en el sonido, ni potencia dramática cuando corresponde. Menos aún ternura, humanismo, sabor agridulce… Solo banalidad. Muy pobre la sección conclusiva, carente de esa mezcla de nobleza y grandeza bien entendida que necesita. Sin rodeos: una mala versión.

Shéhérazade es Maurice Ravel imitando a Debussy. La versión de Guggeis fue muy ágil y vistosa, certera a la hora de ofrecer la levedad que esta música necesita, como también a la de ofrecer una cierta dosis de incisividad y de nervio que le convienen. Se quedó corto en sensualidad, atmósfera y concentración. Sensacional la flauta de Sofía Fernández Araujo, que volverá a estar formidable en las cruciales intervenciones de la segunda parte del programa. Más vale que una orquesta española le haga un contrato ya mismo (¡pero ya!) antes de que la pillen por ahí fuera. Buena labor la de Corinna Scheurle, mezzo lírica de graves suficientes, algo apurada en el agudo, que supo otorgar variedad expresiva a su parte en lugar de quedarse en una languidez ensoñada que no resulta del todo conveniente. Por cierto, error grave por parte de la Fundación y el Maestranza de no incluir en el programa la traducción de los textos: el personal no se enteró de nada, se aburrió y montó una marimorena de toses y objetos voluminosos caídos con estruendo.

Solvente sin más la Quinta sinfonía de Shostakovich. Bien construido el primer movimiento, que evitó el grave peligro de la blandura que acechan a su arranque y su conclusión; le faltó sentido de la atmósfera y carácter opresivo, así como retranca en la marcha. Espléndido el Allegretto, particularmente rítmico e incisivo. Apreciable el esfuerzo de la concertino en su difícil parte. Correcto el Largo, certero en la expresión y tenso en los clímax, pero solo eso; como las toses destruyeron los mejores momentos de la música, yo no disfruté en modo alguno.

Francamente bien el Finale de la sinfonía, en el que el carácter extrovertido de la batuta supo inyectar electricidad interna. Podía haber estado mucho más trabajado en la expresión, eso es cierto, pero el maestro hizo diana en lo más difícil, en aquello que se le escapa a muchos directores: la dificilísima y fundamental coda. ¡Y menudo timbalero el de la orquesta! Otro chico para firmar ya un contrato.

Fotografías: Manuel Vaca.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Argerich a los diecinueve (y II)

Canceló una vez más Martha Argerich en Sevilla, pero a mí me queda pendiente el otro testimonio discográfico de la tan colosal como irregular pianista argentina correspondiente al año 1960: un doble cedé editado por Deutsche Grammophon en 2016 con tomas radiofónicas de solo aceptable sonido monofónico. ¿Imprescindible? En absoluto. Pero sí necesario para confirmar dos cosas: que esta señorita tenía ya una técnica descomunal y una personalidad arrolladora a sus diecinueve años –algunos de los registros los hizo con tan solo dieciocho–, pero también que aún le quedaba un largo camino hasta la madurez. Justo la que ha alcanzado en los últimos lustros.

Seguimos el orden por el que han apostado en los dos discos, así que comenzamos con MozartSonata para piano nº 18, K 576. La artista ofrece frescura, animación y efervescencia en los dos movimientos extremos, sin que ello signifique quedarse en lo decorativo: hay tensiones, claroscuro y valentía en los acentos en esta recreación que, decididamente, no ha de gustar a los más radicales defensores de los HIP. El punto débil se encuentra en el Adagio, dicho desde un clasicismo mal entendido, es decir, desde la asepsia y el distanciamiento. Escúchese a Barenboim, por favor.

Particularmente significativo es el registro de la Sonata nº 7 de Beethoven, por ser de los poquísimos testimonios de Argerich tocando música para piano solo del de Bonn. El primer movimiento resulta, en principio, ideal para el temperamento felino de nuestra artista. Lo es, pero en comparación con lo que años más tarde harán Barenboim y Giles –he invertido tiempo para escuchar a estos y con otros nombres importantes–, su agitación resulta más externa que interna: la falta de afinidad con el sonido y la expresión de Beethoven se deja notar en quien, al fin y al cabo, es todavía una chavala. Dicho esto, hay que admirar la limpieza, agilidad y variedad de un toque (¡qué diferencia con Kempff, no digamos ya con Backhaus!) con toda la valentía que la música demanda.

La sombra de los citados Barenboim y Gilels vuelve a ser poderosa en el Largo. Argerich no toca con semejante concentración ni con un espíritu tan desolado. A cambio, ofrece mayor emotividad y mayor belleza sonora, como también enorme atrevimiento en los fortísimos dentro de un enfoque descaradamente romántico. No menos se aparta de lo apolíneo en un Menuetto que en sus dedos se llena de efervescencia y palpitación antes que de elegancia clásica. Correcto sin más el movimiento conclusivo. ¡Lástima!

El segundo disco se abre con la Toccatta de Sergei Prokofiev, obra percutiva y demoníaca sencillamente ideal para que Argerich haga de ella misma. Ahora bien, y como indican las excelentes notas de la carpetilla a cargo de Gregor Williams, la versión grabada en estudio cuatro meses más tarde para su debut en DG, comentada en la anterior entrada, estará expuesta con mayor control y depuración sonora.

Sigue el programa con Maurice Ravel. Curiosísimo escucharle a los dieciocho Gaspard de la Nuit, el primero de los no sé cuántos que tiene grabados. La limpieza de su fraseo es una enorme baza a su favor a la hora de interpretar esta endiabladamente difícil página. El carácter incisivo de su toque, no tanto. Pero le pone voluntad y consigue una notable recreación de Ondine, para luego contener su tendencia al nerviosismo en Le gibet, una pieza en cuyo carácter atmosférico y obsesivo podrá profundizar en posteriores grabaciones: ahora va demasiado rápido. En Scarbo se suelta la melena derrochando nervio e incisividad, para lo bueno y para lo malo.

Muy atractiva la recreación de la Sonata para piano nº 3 de Prokofiev, pura Argerich de 18 años: temperamental, poderosa e incisiva, de imparable nervio interno, y por eso mismo tan adecuada como unilateral para esta página que posee más facetas que la puramente explosiva. No me ha dado tiempo de repasar su grabación posterior en la Concertgebouw.

En la deliciosa Sonatine de Ravel, la de Buenos Aires no se mueve en los parámetros de un clasicismo apolíneo y distinguido, sino que inyecta una buena dosis de valentía, pasión, contrastes a la partitura. ¡Qué efervescencia tan arrebatadora la del tercer movimiento! Pero claro, Martha es todavía demasiado joven para las sutilezas ravelianas, de tal modo que se deja llevar por el nerviosismo y no consigue frasear con la elegancia que la música necesita. Claramente mejor su registro de estudio de 1974.

Hay propina, ya de 1967 pero aún con sonido monofónico: la Sonata nº 7 de Prokofiev. Ya saben, la segunda de sus tres célebres “sonatas de guerra”, y por ende una de esas ocasiones en la que la partitura justifica plenamente que la fiera ande libre, rugiendo y devorando todo cuanto encuentra a su paso. Sonido poderoso a más no poder, temperamento encrespadísimo, electricidad a tope… y una limpieza digital pasmosa. Claro que Argerich es también capaz de modelar el toque para explorar texturas sutiles y ofrecer los detalles más exquisitos, así que lo que resulta es una interpretación extrema, tanto en lo sonoro como en lo expresivo. El problema es que tras tan impresionante espectáculo no se percibe la sinceridad que, sin necesidad de tan aparatoso despliegue de medios, conseguía quien estrenara la pagina, un Sviatoslav Richter más emotivo y, sobre todo, más doliente: los clímax del segundo movimiento le suenan a la de Buenos Aires algo externos. 

¿A quién recomendar este doble disco? Al melómano en general, en absoluto: hay interpretaciones mejores con sonido más satisfactorio. Pero diría que es impresindible para quienes se sienten afines a las maneras de Argerich y, por descontado, a quienes deseen valorar cómo ha evolucionado su arte pianístico.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Argerich a los diecinueve (I)

Se supone que el próximo viernes 12 de diciembre Martha Argerich hará en el Teatro de la Maestranza, junto a Charles Dutoit y la Sinfónica de Sevilla, el Concierto en sol de Maurice Ravel. Y escribo lo de “se supone” porque esta señora ya ha dejado plantado dos veces al público hispalense. Aun estando a la expectativa –la entrada me ha costado una fortuna, dicho sea de paso–, parece buen momento de repasar qué hacía la de Buenos Aires a los diecinueve años, porque tenemos dos testimonios comercializados que dan buena cuenta de cómo se las gastaba allá por 1960.

Esta entrada se centra en el primero de ellos: debut discográfico en Deutsche Grammophon, un registro de julio del referido año realizado en Hannover. Comienza con el Scherzo nº 3 de Chopin, en el que la pianista ya da buena cuenta de su personalidad: fraseo ágil, incisivo, flexible y rico en contrastes, temperamento encendido y una cierta esquizofrenia que parece querer apuntar hacia el mundo de Robert Schumann, aunque en realidad lo que hace es poner de manifiesto la tendencia de Argerich a combinar la concentración con lo muy arrebatado. ¿Una pianista de temperamento musical bipolar? Sería una manera inexacta de decirlo, pero por ahí van los tiros.

Para las dos Rapsodias op. 79 de Johannes Brahms quiso contar con la ayuda de Nelson Freire, presente en las sesiones de grabación. No creo que le influyera demasiado, porque lo que se escucha es puro Argerich. La Nº 1 arranca con excesivo nerviosismo para luego alternar entre un lirismo de buena ley y ataques violentos, percutivos en lo sonoro. Los contrastes se extreman todo lo posible. No me convence, la verdad, por mucho que la densidad de su sonido pianístico resulte adecuada para el compositor de Hamburgo. Más lograda la Nº 2, expuesta con línea fluida natural y flexible que se ve enriquecida por preciosas irisaciones que dejan claro el dominio de la paleta tímbrica por parte de Argerich.

La breve y tremenda Toccata op. 11 de Prokofiev parece escrita para nuestra artista, que se suelta la melena al tiempo que logra mantener el más severo control de los medios. De ahí pasa a un universo diametralmente opuesto, el de los Jeux d’eau de Maurice Ravel. Aquí lo percutivo se convierte en ligereza bien entendida –el sonido mantiene un grado de corporeidad–, lo tremendo deviene en pura delicadeza. Por lo demás, el nervio de Argerich dibuja a la perfección el bullicioso discurrir del agua con pinceles inconfundiblemente impresionistas.

Más Chopin: la genial Barcarola op. 60. Hay que descubrirse ante la claridad de texturas que consigue Argerich, como también ante la flexibilidad de un fraseo ideal para conseguir el “balanceo” que la música pide, pero lo cierto es que nuestra artista va demasiado rápido y no termina de levantar el vuelo poético.

Para terminar, fuegos artificiales con la Rapsodia húngara nº 6 de Franz Liszt. Aquí el sonido poderosísimo de Argerich y su capacidad para combinar lo delicado con lo atronador son grandes bazas, pero también hay que admirar una increíble capacidad para administrar tensiones hasta alcanzar un final de rotunda espectacularidad. Todo ello con diecinueve añitos.

jueves, 30 de octubre de 2025

La Valse, de Ravel: discografía comparada

Se ha repetido hasta la saciedad: Maurice Ravel escribió La Valse cuando, finalizada la Primera Guerra Mundial, habían caído los grandes imperios. Entre ellos, el austrohúngaro de la Viena que conoció los valses de la dinastía Strauss, como también los del Rosenkavalier de Richard Strauss. ¿Homenaje lleno de admiración? ¿Burla del país vencedor al vencido? ¿Espejo grotesco y expresionista de la realidad hecha añicos por la espeluznante conflagración? Todas las cosas a la vez, posiblemente, pero también un genial experimento sobre el ritmo, los reguladores dinámicos y la superposición de planos sonoros, así como sobre las posibilidades expresivas de colores y texturas.

No hace falta decirlo: para hacer justicia a esta música hace falta virtuosismo supremo por parte de orquesta y batuta, como también atención suficiente a los múltiples ángulos de esta música particularmente poliédrica en lo que a la expresión se refiere. En cualquier caso, cada director podrá poner de relieve unos aspectos sobre otros, y de eso precisamente es de lo que aquí se va a intentar hablar.

Verán que hay comentarios que son muy breves: son audiciones realizadas hace tiempo que no he podido repasar, pero aun así esta vez he preferido dejar las anotaciones por si a alguien les sirvieran de utilidad. No hagan mucho caso a las puntuaciones, por favor: lo importantes es descubrir qué es lo que cada intérprete ha intentado hacer con esta fascinante, soberbia música que permanece por completo vigente en unos momentos históricos parecidos a los que conoció el compositor.



1.    Markevitch/Orquesta Philarmonia (EMI, 1952). Interpretación rapidísima (11’10’’), angulosa e inquietante, sacudida por ráfagas de electricidad y cargada de malos presagios, en la que el maestro ucraniano se deja llevar más de una vez por la precipitación y no logra frasear con ese especial sentido de la morbidez y de la sensualidad que también necesita esta música. En cualquier caso, los clímax alcanzan una fuerza espectacular y las texturas reciben un formidable tratamiento. Aceptable sonido monofónico. (8)



2.    Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1955). Una toma estereofónica sensacional para la época nos permite disfrutar a tope del impresionante el tratamiento tímbrico y de texturas que realiza el maestro alsaciano en una interpretación decididamente burlesca, virulenta y hasta macabra en la sonoridad, por momentos agresiva, apasionada siempre, pero que relega en exceso la sensualidad, la delectación, las brumas y el refinamiento que esta música necesita. No ayudan los tempi escogidos, más bien premiosos, ni un fraseo que no llega a ofrecer esa ondulante flexibilidad ni ese peculiar balanceo genialmente imaginados por Ravel. (7)



3.    Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (YouTube, 1957). La calidad audiovisual del documento es francamente pobre, pero da igual: ahí están, en persona, el mítico maestro –elegantísimo gesto– y su no menos mítica orquesta, a quienes tanto hemos escuchado y a los que tan pocas veces hemos visto, haciendo el repertorio que les era más afín. Se intuye una interpretación tan idiomática como personal, muy atmosférica y particularmente flexible en la agógica, atenta tanto al trazo global como a la claridad de las texturas, en la que no acaban de convencer algunos detalles hacia el final. Habrá que esperar algunos años para que nos dejen un testimonio con sonido a la altura de las circunstancias. (8)



4.    Barbirolli/Orquesta Hallé (Criterion, 1959). Interpretación extrovertida y brillante, de tímbrica muy incisiva y texturas más bien descarnadas, trabajadas con pincel fino, que se aparta de la sensualidad y la atmósfera francesas para optar por una visión decidida, con mucha fuerza y garra dramática. La precaria toma sonora estereofónica impide terminar de valorar los resultados. (9)



5.    Reiner/Sinfónica de Chicago (CSO, 1960). El estilo extrovertido, incisivo, electrizante y teatral de Reiner no es, en principio, el más adecuado para acercarse al repertorio impresionista, y además hay que reconocer que esa sensual morbidez apropiada repertorio se encuentra aquí ausente. Sin embargo, a la postre que el maestro no solo sintoniza con el espíritu enrarecido de esta página, que paladea con lentitud y de manera deliberada, sino que añade un apreciable dominio de texturas y enorme plasticidad a la hora de regular el sonido orquestal en toda su gama dinámica, haciendo gala además de flexibilidad y atención al matiz. Lástima que la toma sonora, en vivo, sea menos que discreta. (8)



6.    Cluytens/Orquesta de la Asociación de Conciertos del Conservatorio (EMI, 1962). Siendo francés a rabiar el Ravel del flamenco Clyutens con la orquesta parisina, no es esta una interpretación particularmente evanescente o ensoñada. Tampoco son lo suyo el decadentismo o pasarse con el rubato. Al contrario, esta es una lectura decidida, entusiasta, de un fuego muy bien controlado y de una brillantez bien equilibrada con el imprescindible sentido de la sensualidad y del color propio –aquí sí– de lo francés. Falta un último punto de imaginación, y se podrán preferir enfoques que subrayen los aspectos más oscuros de la obra, pero el resultado es inobjetable. Espléndido el reprocesado en alta resolución, con graves y agudos de gran relieve. (9)



7.    Munch/Sinfónica de Chicago (DVD Vai, 1963). Lectura muy vistosa y colorista, dicha con ganas, con detalles de gran clase, pero algo tosca a ratos. No interesa, habiendo dejado Munch un testimonio de audio mil veces superior en lo que a calidad técnica se refiere. (6)



8.    Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1963). Ahora sí, esta vez la toma sonora nos deja disfrutar de una interpretación francesa a más no poder, léase sensual, elegante y llena de brumas. Quizá se excede en la búsqueda de la morbidez, mientras que no siempre logra establecer continuidad entre las tensiones, pero hay que descubrirse ante un magnífico trabajo de análisis orquestal y una inspiración poética considerable. La orquesta, como era de esperar en una obra de tan exigente virtuosismo, se queda algo corta. (9)



9.    Monteux/Sinfónica de Londres (Philips, 1964). Le faltaban tan solo unos meses a Monteux –ochenta y nueve años– para fallecer. Por desgracia, no está a la altura de su perfecto conocimiento del mundo sonoro y expresivo de Maurice Ravel. Obviamente su visión resulta más francesa que vienesa y se encuentra dicha con apreciable sensualidad, pero no logra ofrecernos una planificación convincente del flujo y reflujo de las tensiones, por lo que el resultado es deslavazado y carece de la garra apropiada; incluso el final se desinfla. Tampoco las texturas, difuminadas pero no muy claras, están todo lo trabajadas que debieran. He podido escucharla en SACD: el sonido, con abundante soplo, es bueno sin más. (7)



10. Martinon/Sinfónica de Chicago (RCA, 1967). Quizá condicionado por las características de la formación norteamericana, el maestro ofrece una interpretación mucho antes impulsiva que atmosférica, más brillante que misteriosa, en la que los aspectos inquietantes de la página quedan relegados por el fulgor orquestal, en cualquier caso controlado de manera admirable por una batuta sensible al color, atenta al detalle, muy clarificadora y capaz de tratar las masas sonoras con admirable plasticidad. Lástima que la toma se quede algo corta en gama dinámica. (9)



11. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1970). El joven maestro indio –aún no había cumplido los treinta y cuatro– hace gala de un pleno control de la orquesta y de un desarrollado sentido del espectáculo, pero su falta de sintonía con Ravel en general y con esta obra en particular queda de manifiesto en una interpretación considerablemente prosaica, incluso un tanto vulgar en su sensibilidad, en la que además molesta la manera en la que se han puesto de relieve determinadas líneas en los metales que no deberían subrayarse de semejante manera. Quizá sea en parte culpa del ingeniero de sonido, cuyos micrófonos procuran clarificar las texturas de la página por delante de la labor de batuta. (6)



12. Karajan/Orquesta de París (EMI, 1971). A pesar de la sensación de insinceridad que desprende el exhibicionismo de un Karajan especialmente creativo y especialmente narcisista en esta interpretación repleta de detalles rebuscados, lo cierto es que el resultado termina enganchando no solo por la capacidad del Salzburgués para desplegar la más variada gama de colores y texturas, sino también por la sorprendente manera de conectar con la atmósfera siniestra y enrarecida de la obra. La orquesta francesa, por lo demás, resulta mucho más adecuada que la suya de Berlín para este repertorio, aportando la dosis de sensualidad aquí imprescindible. (8)



13. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1974). Ya en un arranque recreado de manera particularmente inquietante se anuncia que no se va a poder hablar aquí de ese Boulez objetivo y distanciado; antes al contrario, vamos a encontrarnos con una lectura singular, muy creativa, a veces parsimoniosa en el fraseo, por momentos quizá algo rebuscada, en cualquier caso cargada de fuerza, en la que el autor de El martillo sin dueño demuestra un gran dominio de la agógica –eso no es siempre habitual en él– y una gran sensibilidad para las texturas –esto sí, claro, por no hablar de su proverbial claridad– que se ponen al servicio de una visión siniestra y retorcida de la obra. Muy buen sonido en SACD. En formato cuadrafónico mejora de manera considerable en claridad y ofrece detalles espectaculares, pero que parte del metal y de la percusión suenen a los lados del espectador no resulta hoy de recibo. (9)



14. Martinon/Orquesta de París (EMI, 1974). Sensacional lectura, en el punto justo de equilibro entre brumas y extroversión, carácter siniestro y brillantez, sensualidad y robustez sinfónica, abandono y fuerza telúrica. El sentido del color es extraordinario –ayudan las maderas de la orquesta, aunque ésta no sea la de mayor virtuosismo posible– y hay mucha imaginación, aunque quizá algún pasaje sea un poco más rápido de la cuenta. Buena remasterización cuadrafónica. Siete más antes de su brillante grabación en Chicago, Martinon vuelve a la carga al frente de una orquesta cuyas características le llevan a ofrecer una lectura menos virtuosística –las maderas dejan un tanto que desear– pero quizá más idiomática, aunque con el mismo empuje y entusiasmo. La toma es menos buena que antes: deberían realiza un nuevo reprocesado y recuperar la cuadrafonía original. (9)



15. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1974). Diecinueve años después, Ozawa hace con la misma orquesta una versión opuesta a la de Munch, es decir, mucho más sensual y mórbida, de fraseo más amplio, más curvilínea en el fraseo y sin efectismos sonoros. Más ortodoxa, sensata y musical, en definitiva. La orquesta está mejor, y el tratamiento que le ofrece la batuta es de un refinamiento digno de admiración. Dicho esto, se echan de menos las aristas y el humor negro del maestro alsaciano, como también la atmósfera enrarecida que han logrado destilar otros intérpretes. (8)



16. Skrowaczewski/Orquesta de Minnesota (Vox, 1974). A sus cincuenta años de edad, el maestro polaco hace gala de apreciable plasticidad en el tratamiento de las masas sonoras y de muy buena técnica a la hora de hacer que la discreta formación norteamericana suene de la manera curvilínea, elegante y sensual que esta música requiere, todo ello para ofrecer una interpretación particularmente brumosa y atmosférica, globalmente muy atractiva, que solo pierde un tanto en un final no todo lo frenético ni visionario que podría haber sido. Buen sonido. (7)



17. Bernstein/Nacional de Francia (DVD Kultur y Sony, 1975). La orquesta francesa, sin ser precisamente de primera, aporta en cuerda y madera una morbidez particular ideal para este repertorio, al tiempo que el maestro norteamericano aporta extroversión, voluptuosidad y algunos apuntes de genialidad aquí y allá, pero los pinceles que usa son más bien gruesos y no logra trazar la arquitectura con la solidez necesaria, siendo el resultado final vistoso pero un tanto deslavazado. La brillantez, la extroversión y el colorido por parte de la batuta están garantizados en esta versión con chispa, empuje y garra, pero el trazo resulta un tanto deslavazado, alternándose momentos muy conseguidos con otros más bien toscos. Hay además algún detalle muy discutible. (7)



18. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1979). El maestro va ahora menos rápido que en Los Ángeles y atiende mejor a los aspectos decadentes de la página, a la que vuelve a recrear con brillantez considerable, pero su escasa o nula empatía con los pentagramas vuelve a quedar en evidencia. La toma resulta metálica y estridente. (7)



19. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Filarmónica de Múnich, 1979). La partitura experimenta aquí un redescubrimiento, tantas son las cosas nuevas que se escuchan: los tres primeros minutos son un verdadero prodigio en lo que a disección del tejido orquestal se refiere. De verdad que hay que escucharlo para creerlo. ¡Menuda técnica de batuta tenía este señor! Otra cosa es que a lo largo de toda la interpretación se aprecie más de un detalle rebuscado, incluso caprichoso, que quiebra el trazo global y llama en exceso la atención. Como en tantas otras ocasiones, hay que entrar en el juego de Celi para disfrutarlo plenamente. Tras varias audiciones lo he conseguido y he quedado atrapado por la expresividad que Celi obtiene de las maderas muniquesas, por su dominio de la flexibilidad agógica y por su capacidad para sonar con levedad y morbidez sin caer en lo trivial. Y también, como no podía ser menos, por su incomparable sentido de la atmósfera, que en combinación con un desarrollado humor negro permite al maestro ofrecer una recreación no por sensual menos inquietante. Buen sonido en alta resolución. (10)



20. Maazel/Orquesta Nacional de Francia (Sony, 1981). Sin ser tan creativo ni tan personal como en grabaciones posteriores –tampoco tan caprichoso–, ya en esta su primera grabación Maazel demuestra, soberbia técnica de batuta mediante, ser capaz de trazar la obra de manera fluida y elegante, de trabajar las texturas con claridad y morbidez al mismo tiempo y de realizar numerosos descubrimientos, aunque siempre dentro de una óptica más luminosa y extrovertida que atmosférica o impresionista, pese a contar aquí con una orquesta de incuestionables cualidades francesas. El sabor vienés, en cualquier caso, lo desarrollará más claramente en su grabación con la Wiener Philharmoniker. (9)



21. Barenboim/Orquesta de París (DG, 1981). Aunque a la interpretación no le faltan elegancia ni sensualidad, y a su vez la orquesta aporta –como ya hizo con Karajan y Martinon– una tímbrica ideal para la obra, Barenboim hace de sí mismo y, dirigiendo con evidente parsimonia para que se escuchen todas y cada una de las pinceladas sonoras de la partitura –quizá las grandes explosiones podrían ser más claras aún–, se interesa de manera especial por las brumas, la atmósfera enrarecida y el sentido de lo macabro. La apuesta resulta de extraordinario atractivo, si bien hay que lamentar que el Buenos Aires no logra inyectar toda la brillantez, la extroversión y el impulso dancístico que la obra también demanda. Los ingenieros de sonido acertaron al grabar a volumen bajo para recoger una amplia dinámica, pero no tanto a la hora de atender a los registros graves. (9)



22. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1981). Siempre cómodo en este repertorio, el maestro suizo nos entrega una interpretación admirable por su idiomatismo, sensualidad, sentido de la atmósfera y perfecto equilibrio entre brillantez, elegancia, decadentismo y carácter siniestro, planificando de manera irreprochable las tensiones –la mayoría de los directores no aciertan a la hora de otorgar unidad a la página– desde la laxitud inicial hasta la apoteosis final. Cierto es que falta un punto adicional de personalidad, de carácter creativo, pero el resultado es digno de toda admiración. Impresionante el trabajo de los ingenieros de Decca. (9)



23. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1981). Dentro del irregular ciclo Ravel de Abbado con la LSO brilla con luz propia esta interpretación en la que el maestro aún hace gala de esa pasión que caracterizaba sus dos primeras y más brillantes épocas como director. Pasión hasta el punto de llegar a desbordarse un poco en algún momento puntual, pero que casi todo el tiempo se encuentra controlada con una enorme técnica de batuta capaz de flexibilizar el fraseo sin perder el sentido orgánico ni de caer en lo narcisista sí que hay más de un decadentismo, lo que en esta página parece apropiado, como también de ofrecer un análisis del tejido polifónico para quitarse el sombrero. Aunque quizá no sea solo cosa suya: los ingenieros que realizaron el registro en el Kingsway Hall firmaron un trabajo formidable. En cualquier caso, una de las mejores interpretaciones de la línea “no gótica”, extrovertida y vitalista, en la antípoda de un Barenboim pero no por ello menos válida. (10)



24. Abbado/Sinfónica de Londres (YouTube, 1982). Unos meses después de su registro en estudio Abbado y los suyos hacen la misma maravilla, pero esta vez en directo y con testimonio solo de audio recogido por una toma con limitaciones. Solo para curiosos. (9)



25. Previn/Filarmónica de Viena (Philips, 1985). Por fin la orquesta de valses por excelencia haciendo esta partitura. Y ciertamente la lectura es muy vienesa, aunque la visión evanescente -que no siniestra-, voluptuosa y algo decadentista que ofrece André Previn no parece mirar tanto a la Viena de la dinastía Strauss como a la de Richard, Gustav y Alban, lo que tampoco es ningún disparate: hacia los años finales de ese imperio recién desaparecido es quizá hacia donde miraba Maurice Ravel. Claro está, Previn no se olvida de este último y ofrece un cierto grado de ligereza “francesa” –sonora, no expresiva– que le sienta bien a la página, por mucho que habrá a quienes el resultado les parecerá en exceso falto de esas brumas y ese carácter opresivo que otros maestros han querido imprimir. No es mi caso: me parece una propuesta de enorme atractivo, solo empañada por ciertos pasajes un tanto redichos. (9)



26. Plasson/Orquesta del Capitolio de Toulouse (EMI, 1986). Artesanía de calidad es la que nos ofrece un Plasson que se siente como pez en el agua en el estilo y que quiere –y sabe– pasar de lo insinuante a lo vistoso aportante un punto adecuado de hedonismo y suficiente flexibilidad en un trazo de pulso sostenido. La orquesta, que funciona bien pero deja claro que no es de primera, suena no solo con sensualidad, sino también con las aristas pertinentes: el maestro es consciente de que esta música oculta su trasfondo. Sobre la claridad de texturas poco se puede decir, porque las grabaciones realizadas por esos años en la Halle aux Grains deja que desear. (8)



27. López-Cobos/Sinfónica de Cincinnati (Telarc, 1988). Notable interpretación, dicha con propiedad y excelente gusto, con sentido de la elegancia francesa pero sin pasarse en evanescencias, como tampoco en efectos de cara a la galería. Eso sí, quitando algún detalle creativo muy aislado que no termina de convencer, el resultado es un tanto impersonal, incluso rutinario, carente del suficiente misterio y sin mucho arrebato en los clímax, incluso poco trabajada en la arquitectura de tensiones y distensiones. La toma ofrece graves impresionantes, pero no termina de ser transparente. (7)


28. Mehta/Filarmónica de Berlín y Filarmónica de Israel (CD Sony y Digital Concert Hall, 1990). En el literalmente histórico encuentro entre las dos orquestas –algo así como una petición de perdón de los alemanes a los judíos– Mehta no solo consiguió que “aquello” sonara bien, sino que firmó una más que notable de la página raveliana: ágil, fluida, flexible dentro de lo sensato, bien delineada en los planos sonoros y en el punto justo de equilibrio entre voluptuosidad y pasión. (8)



29. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). El enorme compositor y director galo insiste en su visión lenta (todavía más: 13’42’’ frente a los 13’01’’ de su registro en Nueva York), siniestra y retorcida de la obra, de nuevo con un fraseo tan creativo como rebuscado que descubre nuevas perspectivas al tiempo que hace perder unidad en el trazo. La claridad, como no podía ser menos, es portentosa, como lo es la ejecución por parte de una orquesta tratada de manera algo monocroma, pero con la levedad que demanda el repertorio francés. La toma posee profundidad, relieve y dinámica. (9)



30. Mauceri/Orquesta del Hollywood Bowl (Philips, 1993). Lógico que en un disco dedicado a los valses escritos para la gran pantalla la interpretación sea ante todo extrovertida, enérgica y vistosa. Pero obviamente no es lo mismo dirigir música cinematográfica que Ravel. Al director le faltan sentido del misterio, magia en las texturas, continuidad en el trazo, elegancia y refinamiento bien entendido. (7)



31. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1996). Recreación personalísima, muy discutible en cuanto a concepto, por su carácter hiper-decadente, sus estiradísimos rubatos y la gran cantidad de detalles personales al borde del capricho, pero en la que son incomparables su sentido del color, su elegancia, su claridad y su brillantez ajena al escándalo. La óptica, eso sí, se aparta de lo sombrío y de lo atmosférico y –como Previn, estirando más el chicle– se acerca mucho a lo vienes, incluso a lo mahleriano. Incomparable la sonoridad de la orquesta, recogida por una soberbia la toma de sonido. (9)



32. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 31 diciembre 1996). Una verdadera exhibición por parte de la orquesta y batuta en lo que a virtuosismo se refiere, porque no se puede imaginar una lectura más rica en coloridos y texturas, más sutil en su flexibilidad, más brillante y al mismo tiempo refinada. Pero claro, este Abbado no es el de antes: su tendencia al amaneramiento y el narcisismo se hace ahora presente: hay varios detalles decadentistas que cantan más de la cuenta. El final tiene garra, pero sucumbe al efectismo. Imagen 16:9 sin la calidad de imagen y sonido de las grabaciones actuales. (8)



33. Abbado/Filarmónica de Berlín (DVD RM, 2002). Esta filmación realizada en la Trienal de Colonia recoge una lectura de amplísima gama dinámica, colorista y espectacular, de admirable tratamiento de las texturas, pero otra vez de enfoque algo más decadente de la cuenta y sin mucho misterio. Seduce más que convence. ¡Qué lástima! (8)



34. Ashkenazy/Sinfónica de la NHK de Tokio (Exton, 2003). Soberbio pianista e irregular director, Ashkenazy consigue un perfecto equilibrio entre brillantez y sensualidad en esta interpretación colorista, entusiasta y sólida en el trazo, a la que le falta un más desarrollado sentido del misterio y mayor refinamiento en las texturas para alcanzar lo excepcional. (8)



35. Van Imerseel/Anima Eterna (2006). Lectura más elegante que brumosa y atmosférica, muy sensual y refinada, en la que se revelan nuevos e interesantes detalles, pero a la que sobra algún efectismo. (7)



36. Mehta/Filarmónica de Israel (DVD Euroarts, 2006). Interpretación muy correcta pero escasa de elegancia, de idioma y de sensualidad, que termina resultando un tanto ruidosa. (7)



37. Nézet-Séguin/Filarmónica de Rotterdam (EMI, 2007). En su primera grabación para un sello importante, el por entonces joven director canadiense –treinta y dos años– quiere dejar constancia la calidad de su técnica de batuta. Lo consigue con una interpretación atentísima a líneas y texturas, ágil y vistosa en el buen sentido, rubateada con imaginación y cargada de efervescencia, frescura e incluso chispa, sin que esto último se convierta en sinónimo de frivolidad. Eso sí, hubiera enriquecido los resultados atendiendo mejor a la atmósfera y moderando ciertas decisiones en el fraseo que llegan a resultar amaneradas, cuando no cargantes. Personal e interesantísimo el planteamiento de las tensiones en el tramo conclusivo, conduciendo hasta una coda especialmente fogosa y alucinada. (8)



38. Dudamel/Orquesta Simón Bolívar (YouTube, 2007). Empieza de manera admirable el maestro venezolano, atendiendo a la atmósfera enrarecida, la tímbrica inquietante y el fraseo insinuante que la música demanda. Luego, sin ofrecer especial brillantez ni incisividad, procura frasear de manera sensual y voluptuosa, pero no “a la vienesa” sino “a la francesa”, ofreciendo ensoñación, balanceo y delectación melódica sin hacer –al contrario que otros maestros– en los rebuscado o preciosista. Las tensiones las acumula de manera imperceptible pero sólida caía un final al que, a pesar de algún momento mejorable, se llega con lógica y fuerza expresiva. La orquesta se comporta de manera maravillosa, redondeando una interpretación que se encuentra muy, pero que muy cerca de las más grandes. (10)



39. Dutoit/Orquesta de Philadelphia (sello de la orquesta, 2008). Aquí el maestro se muestra bastante más personal que en su grabación oficial para Decca, más flexible e imaginativo, más interesado en bucear en los pliegues expresivos de la partitura –sobre todo en la atmósfera de sus minutos iniciales–. Alcanza a la postre mayor grado de poesía y de capacidad de fascinación, aunque en contrapartida perdiendo un poco de fuerza y hacen su aparición algunos narcisismos más decadentes de la cuenta. La toma en vivo presenta algunos problemas, si bien hay que destacar la potencia de las frecuencias graves. (9)



40. Chung/Filarmónica de Seúl (YouTube, 2009). Aunque se encuentra entre paisanos, el veterano maestro de Corea saca a relucir su enorme experiencia con la música francesa para ofrecer, con su batuta ágil, detallista, clarificadora y un punto nerviosa, una recreación de irreprochable idiomatismo, brillante cuando debe, rica en el colorido y las texturas, pero no todo lo sensual y misteriosa que debiera, y con algunos detalles más decadentes de la cuenta. La filmación, llevada a cabo por un realizador poco experto en formato 4:3, precede en varios meses a la grabación oficial de DG realizada con motivo de una gira internacional de la orquesta. (8)



41. Chung/Filarmónica de Radio Francia (YouTube, 2010). Maderas muy francesas al servicio de una batuta igualmente idiomática para una interpretación sensata, cuidadosa y entusiasta a la que le falta un punto de personalidad, quizá también del sentido de la atmósfera, para ser de primera. Dicho esto, la pobre calidad audiovisual del testimonio –fuerte compresión dinámica– no permite apreciar como corresponde la labor del maestro coreano y su orquesta. (8)



42. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Interpretación fresca, directa, admirablemente trazada –quitando algún amaneramiento aislado que convence poco–, dicha con atención a las texturas, rico sentido del color y un gusto irreprochable, pero no del todo desarrollada en lo que a misterio, sensualidad y magia sonora se refiere. Alto nivel, en cualquier caso, a lo que no son ajenas las bondades de los Berliner Philharmoniker. (8)



43. Nelsons/Sinfónica de Boston (Blu-ray CMajor, 2012). Registrada en el Festival de Tanglewood pocas semanas después de su interpretación en Berlín, esta lectura vuelve a ofrecer extremado virtuosismo, riquísimo colorido y excelente trazo desde un prisma caracterizado por la frescura, la brillantez bien entendida y el entusiasmo controlado, que al mismo tiempo aporta su punto imprescindible de decadentismo. La claridad parece aún mayor que la de entonces, aunque quizá esto se deba a la sensacional toma del Blu-ray. ¡Atención a las líneas de los contrabajos! Eso sí, aun podría Nelsons dar una vuelta de tuerca a su lectura: tras un comienzo no especialmente atmosférico pero asombroso en lo que al tratamiento de la orquesta se refiere, queda en evidencia una cierta discontinuidad en el trazo, echándose de menos un punto extra tanto de intensidad como de tensión dramática. (9)



44. Roth/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). El maestro parisino parece ponerse como meta esa continuidad en la arquitectura tan difícil de lograr en esta página, y para ello renuncia parcialmente a las libertades del fraseo aquí tan acostumbradas, así como –también de manera parcial– al decadentismo y a la evanescencia. Consigue su objetivo, ciertamente, pero a costa de que la lectura resulte un tanto rígida, parca en vaporosidad, vuelo poético y en magia sonora, como también en esa sensualidad y esa ensoñación valsística aquí imprescindible. Y todo ello, sorprendentemente, para insertar en el clímax antes de la sección final y parón caprichoso e inaceptable que diluye toda la tensión acumulada. ¿Alguien lo entiende? En cualquier caso, hay que aplaudir el brío y el carácter decidido de la batuta, así como el acierto de poner muy de relieve los aspectos más ásperos, inquietantes e incluso retorcidos de la primera parte de la página. (8)



45. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 31 diciembre 2015). Como era de esperar, el maestro británico lleva la obra a su terreno y en lugar de decantarse por resaltar los aspectos más atmosféricos y turbulentos de la página, ofrece una recreación extrovertida, luminosa, cálida y entusiasta, también poética y siempre comunicativa, riquísima en el sentido del color y muy sensatamente matizada, con su punto justo de decadentismo –se pasa quizá en alguna frase aislada– pero sin perder de vista el trazo global. Solo en la recta final de la obra se pueden echar de menos algunos matices en el fraseo y juegos agógicos por los que optan otros directores y de los que Rattle, con la mirada puesta en el empuje y la decisión, decide prescindir. La orquesta, trabajada pinceles muy finos que permiten discernir todos y cada uno de los trazos de la escritura, rinde de manera impresionante. (9)



46. Vasily Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Ya desde un arranque soberbiamente trabajado en la tímbrica y en la expresión –decididamente siniestra– se aprecia la gran afinidad del maestro de San Petersburgo con la música de Ravel, a la que sabe dotar del fraseo curvilíneo, el rico colorido y la sensualidad que le corresponde, mas sin caer en lo decadente o en lo hedonista, sino dotando a la música de pulso y sentido dramático. Solo le falta resolver mejor la continuidad entre algunos pasajes –algo harto complicado en esta obra, a decir verdad– para alcanzar lo excepcional. Toma de calidad, pero con compresión. (8)



47. Mehta/Filarmónica de los Ángeles (Blu-ray CMajor y Symphony, 2019). Alternándose en el podio con Salonen y Dudamel para celebrar el centenario de la formación norteamericana, Mehta escogió esta página tan querida por él y nos ofreció una recreación diferente de las suyas anteriores. Más redonda, al menos, por encontrarse más atenta a la sensualidad, al misterio y a la poesía que emana de los pentagramas sin por ello descuidar la brillantez que tanto le gusta al maestro indio. Lástima que la toma sonora juegue en su contra; la imagen sí que es excelente. (8)



48. Shani/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 31 diciembre 2021). No conozco ninguna versión expuesta con mayor claridad que la escuchada en esta velada de San Silvestre. Tampoco conozco ninguna otra que alcance mayor equilibrio expresivo que esta: las hay más siniestras, también más francesas o más vienesas, sin duda más expresionistas, pero pocas que atiendan con semejante acierto a todas las facetas de la genial partitura de Ravel. Lástima que la coda resultara un poco lineal, porque globalmente puede considerarse una versión de referencia. (10)



49. Mäkelä/Orquesta de París (Decca, 2024). Ayudado por una soberbia toma de sonido, el joven maestro finlandés ofrece un maravilloso análisis del entramado orquestal: si realizan la audición con auriculares, percibirán en la introducción cosas que generalmente apenas se intuyen. Además, Mäkelä ofrece elegancia, refinamiento –salvando algunos pasajes un poco rebuscados–, fluidez, animación y brillantez bien entendida. El problema es que es uno de los directores que menos se interesa por la parte enrarecida y turbulenta de la obra, hasta el punto de que parece estar dirigiendo un vals “de los de verdad”, de la dinastía Strauss. No parece lo adecuado para esta música, la verdad, pero la realización es tan buena que se merece el aplauso. (8)



50. Mallwitz/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). En su debut con los Filarmónicos Berlineses, la directora alemana Joana Mallwitz demuestra técnica e ideas, pero su versión de La valse deja bastante que desear. Apasionada en el concepto e incisiva en la sonoridad, a la batuta le pueden las prisas y le vence la frivolidad, dando como resultado una lectura precipitada, saltarina a ratos, volcada en la brillantez al mismo tiempo que desatenta al misterio y la sensualidad que la página necesita. Las texturas –compárese con la recreación de Lahav Shani– no se encuentran del todo analizadas, y muchos momentos claves pasan sin pena ni gloria. La orquesta, eso sí, está divina. (7)

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