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martes, 31 de marzo de 2020

Mozart, Haydn y Beethoven como compañeros

Puede que alguien se pregunte cómo estoy. Pues perfectamente, gracias. Tras dos semanas y media de encierro con mi madre y nuestros dos gatos, ando sin problemas de salud –salvo algún sustillo carente de importancia– y bien de ánimos. Quizá con esto último tengan que ver tres factores importantes: numerosa labor docente on-line que me mantiene ocupado, una terraza con amplias vistas a la naturaleza y la inmejorable compañía de tres señores cuya música es toda una bendición espiritual.


No diré que sean los más grandes compositores de la historia –probablemente lo sean, al lado de Bach–, pero sí que su labor creativa es –de nuevo junto con el Kantor de Leipzig y muy al lado de Schubert– la que más ha profundizado en la naturaleza del ser humano, con todas sus grandezas y sus miserias, con sus aspiraciones y con sus sufrimientos. También la que más nos lleva a reconciliarnos con nosotros mismos. Durante estos días su música me acompaña de manera especial. Sobre todo su creación de cámara, que he descuidado en exceso durante años. Cosas como el Archiduque por Zukerman, Du Pré y Barenboim son de las más conmovedoras que uno puede escuchar en su vida. Y de las más hondas.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Dos parejas para Saint-Säens: Du Pré/Barenboim y Rostropovich/Giulini

Vamos a repasar dos versiones del precioso Concierto para violonchelo nº 1 de Camille Saint-Säens: la de Du Pré con Barenboim y la New Philharmonia registrada para EMI en 1968, y la de Rostropovich con Giulini y la Filarmónica de Londres grabada para el mismo sello en 1977, originalmente cuadrafónica –he tenido la suerte de escucharla en ese formato– y unos meses anterior en el tiempo a la filmada por estos artistas para la televisión. Las dos son maravillosas.

 
En la primera de ellas Barenboim ofrece una dirección ardiente y poderosa, pero en todo momento controlada, maravillosamente desmenuzada, sonada con gran atención a los timbres incisivos de las maderas y a la cuerda grave, por ende, robusta y no muy francesa. En cualquier caso, vibrante y sincera a más no poder- En el segundo movimiento, al estar desgranado sin prisas, evita cualquier carácter pimpante sin perder su elegancia y delicadeza. Claro que lo verdaderamente descomunal es una Du Pré de bellísimo sonido, muy variada en lo expresivo y muy sincera, intensa y comunicativa. Lo más interesante de ella es que no se queda en la vertiente lírica de la obra: de hecho, antes resulta doliente y desgarrada –sin perder las formas– que reflexiva o humanística. Poco hay que decir sobre su increíble virtuosismo: el tercer movimiento es de oírlo para creerlo. Muy buena la reciente remasterización en alta definición.



En cuanto a Slava, ya se sabe: el suyo es un violonchelo cálido, cantable, humanista a más no poder, también tierno y acariciador. Ofrece un gran poso reflexivo que no está reñido con el ardor, aunque aquí la pasión está siempre muy controlada y regida por la elegancia, todo ello a través de un diálogo fluido y equilibrado, más que enfrentado, con la masa orquestal. Giulini dirige siguiendo esos mismos parámetros, que son los suyos propios, aunque sabe también ser poderoso, dramático y por momentos escarpado dentro de un enorme control de los medios. En este sentido, el trabajo con la orquesta es espléndido, transparente y detallista dentro de una muy calculada arquitectura global.

¿Y si comparamos? Rostropovich es más cálido pero carece de la intensidad, la variedad expresiva y el hondo dolor de Du Pré; el sonido del de Baku es más profundo, más sensual, y por ende más francés, careciendo a su vez del desgarrador registro agudo de su colega, a la postre aún más intensa, más sincera y más profunda. Barenboim dirige con mucho más ardor, es más tempestuoso, y desde luego no menos claro que Giulini, mientras que la visión del italiano es más ortodoxa con el estilo, menos robusta, más luminosa; menos dionisíaca si se quiere, aunque no carezca precisamente de garra dramática.

En definitiva, una interpretación es más arriesgada y radical, por ello más discutible, la otra se mueve dentro de la más admirable ortodoxia, pero las dos son imprescindibles.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Jackie, a tumba abierta

Breves lineas para avisar a quien no lo sepa que la BBC nos ha sorprendido con la recuperación y difusión gratuita de este Concierto para violonchelo de Dvorák que se ofreció en solidaridad con el pueblo checoslovaco –los tanques rusos habían sofocado pocos días atrás la Primavera de Praga– en el Royal Albert Hall en septiembre de 1968 con un Daniel Barenboim en una de sus muy raras ocasiones frente a la Sinfónica de Londres y Jacqueline Du Pré demostrando un extraordinario compromiso expresivo con la obra. Diríase que en esta ocasión en exceso, porque la intensidad es tal que la afinación vacila en el primer movimiento y la fogosidad no ya espiritual, sino literalmente física de Jacqueline se lleva por delante una cuerda de su instrumento al iniciar el tercero: hay que parar la interpretación y volver a empezar de nuevo.



En perfecta sintonía con el enfoque de su esposa, y por ende adoptando un enfoque muy distinto al de Celibidache un año antes con la propia Du Pré en el sobrenatural registro comercializado por DG y Teldec, menos rico en concepto y menos atento a la disección de la obra pero considerablemente más escarpado, Barenboim dirige con auténtica garra y obtiene un formidable rendimiento de una orquesta que se muestra en óptima forma y cuenta con solistas de excepción: se puede reconocer al enorme Jack Brymer. En cualquier caso, es lo de Jackie lo que deja al oyente profunda huella. Les aseguro que resulta difícil escuchar una interpretación solista no ya en esta obra, sino en cualquier repertorio, tan a tumba abierta como la presente.

La toma de sonido es monofónica, relega a la orquesta y sufre alteraciones en el volumen, pero aun así el testimonio es impagable. Por favor, vean y descarguen cuanto antes el YouTube. No se arrepentirán.

lunes, 5 de junio de 2017

El concierto para violonchelo de Dvorák por Du Pré

Escribir comparativas discográficas con muchas versiones resulta pesado y aburrido. Haré algunas más –tengo varias de ellas a punto de finalizar–, pero a partir de ahora procuraré que esas comparaciones sean solo entre dos o tres registros de una misma obra: a veces así se descubren cosas interesantes. Por ejemplo, el sublime Concierto para violonchelo de Dvorák en las dos grabaciones de Jacqueline Du Pré, la de noviembre de 1967 junto a Sergio Celibidache y la Sinfónica de la Radio de Suecia editada tanto por DG como por Teldec –obviamente un registro en vivo–, y la de 1970 junto a Barenboim y la Sinfónica de Chicago lanzada por EMI.

 
La primera de ellas es una maravilla. La colaboración entre dos personalidades tan poderosas podía haber terminado en un choque de trenes, pero lo cierto es que ocurre todo lo contrario. Poca veces se habrá escuchado en esta obra un diálogo tan rico entre batuta y solista, tan absoluta comunión a la hora de jugar con la flexibilidad de los tempi –por lo general muy lentos: la lectura se extiende hasta los 45’20– para permitirse mutuamente paladear las melodías hasta el límite, haciéndolo con una naturalidad admirable y derrochando una inspiración prodigiosa que logra el milagro de llegar al punto justo de equilibrio entre extroversión e introversión, entre frescura juvenil y melancolía, entre brillantez épica y pathos dramático. La sinceridad de las emociones es plena en todo momento, culminando en una coda a la que Celi sabe dotar de la grandeza amarga que necesita. Únicamente las posibilidades de una orquesta cumplidora pero con limitaciones –discreto solo de trompa en la introducción– emborronan un poco la excelsitud de una interpretación de conocimiento obligado.


Con su sonido luminoso –tan diferente del de Rostropovich, otro grandísimo intérprete de esta página– y su fraseo incandescente sometido al más absoluto control, Jacquie sigue en 1970 haciendo verdaderos prodigios con la partitura. Por desgracia, ahora las cosas no funcionan de manera tan superlativa como con Celibidache debido a un Barenboim dramático y escarpado a más no poder, y por ello mismo revelador en más de un momento, pero no tan atento a las posibilidades líricas de la página, más monolítico en su enfoque, y por ende menos inspirado que el maestro rumano. Ni que decir tiene que la Sinfónica de Chicago está fabulosa, pero los ingenieros de sonido la dejaron un tanto atrás y la recogieron con cierta distorsión que permanece incluso en la reciente remasterización a 96/24.

Una cosa más. Jaqueline tenía veinticinco años de edad cuando realizó el registro con su marido, y tan solo veintidós en su genial recreación junto a Celibidache. ¡Cuántas maravillas nos hubiera legado la violonchelista británica si su enfermedad se hubiera retrasado tan solo una década! ¡Qué tristísima pérdida!

lunes, 9 de mayo de 2016

Revisitar un clásico: Haydn y Boccherini por Du Pré y Barenboim

Conviene repasar los clásicos: Concierto para violonchelo nº 1 de Haydn y Concierto para violonchelo nº 9 en Si bemol mayor de Boccherini –arreglo decimonónico de Friedrich Grützmacher– en interpretación de Jacqueline Du Pré, Daniel Barenboim y la English Chamber Orchestra registrada por el sello EMI en abril de 1967, y ahora disponible en descarga de alta definición que mejora de manera sensible la primera encarnación en compacto (que era la que yo tenía). La revisión ha merecido la pena.


Nada nuevo que decir sobre Du Pré. Su sonido es bellísimo. Su fraseo cantable a más no poder, y muy rico en vibraciones: olvídense los radicales del historicismo. Su expresividad, tan intensa como contenida, de regusto agridulce –nada de blanduras– y por completo ajena al narcisismo. Pero de Barenboim sí se puede decir algo, y es que su visión del clasicismo es hoy bastante más rica que antaño, y por eso mismo ahora más convincente.

Y es que, a sus veinticuatro años de edad pero rebosante de talento, el de Buenos Aires estaba empeñado en luchar contra una visión superficial de este repertorio –me refiero a Mozart fundamentalmente, pero también a este Haydn y a este Boccherini–, ofreciendo interpretaciones severas y sin concesiones, parcas en chispa, en sensualidad y en coquetería. Directas a la esencia de la expresión, pero que por ello mismo en exceso unidireccionales. Los movimientos extremos de estos dos conciertos, para concretar, resultan en exceso serios: hoy día seguramente los abordaría con más riqueza de concepto, reconociendo que la hondura espiritual no está en absoluto reñida con la capacidad para reír con la música, para desplegar chispa y picardía, incluso para caer en alguna frivolidad bien entendida.

En contrapartida, los respectivos movimientos lentos son un prodigio, muy particularmente en el caso de Boccherini, un Adagio non troppo impregnado de hondura, de carácter reflexivo y de no poca desolación. Marcado por el pathos, ciertamente, pero sin la menor tentación de romantizar en exceso la página: la contención prima en todo momento tanto en lo que a la batuta como en lo que a la solista se refiere.

La English Chamber está formidable, resultando muy atractiva la fusión entre el carácter camerístico de la formación británica y el músculo sonoro tan caro a Barenboim; este último, en cualquier caso, frasea procurando no caer en la pesadez ni en veleidades más o menos románticas, sino teniendo muy en cuenta aspectos como la agilidad y la severidad puramente neoclásicas.

Una última reflexión: Barenboim tenía veintuatro años y la Du Pré tan solo veintidós cuando se realizó este registro. Qué enorme talento, maravillosamente madurado desde entonces hasta la actualidad en el caso de él, injustísimamente truncado el de ella. ¡Cuánto se perdió con su enfermedad!

miércoles, 2 de mayo de 2012

Klemperer y Du Pré en EMI Signature: merece la pena repetir

Ya Ángel Carrascosa dio cuenta en su blog (enlace) de la manera desconcertante en que EMI Classics ha seleccionado los primeros títulos de su Signature Collection, destinada a recuperar en formato Super Audio CD –en discos compatibles con un reproductor normal, aunque sin beneficiarse de las características del sistema– títulos míticos del sello británico. No voy a insistir en ello. Pero sí que quiero realizar algunos comentarios en función de lo que he visto y escuchado en los dos ejemplares que he adquirido: Mendelssohn y Schumann por Otto Klemperer, y Elgar y Delius por Jacqueline Du Pré. Adelanto ya que la valoración es positiva.

La presentación es muy atractiva: tapa dura conteniendo en fundas de cartón los dobles CD –los hay también triples– y libretos de hojas gruesas todas en color y bien maquetadas. Los datos técnicos están en su sitio y se incluyen reproducciones de las portadas y contraportadas originales de los vinilos. Hay que añadir que en todo momento se han respetado los contenidos originales de aquéllos, y de ahí que los compactos ronden los 50 o 55 minutos cada uno. A mí me parece bien así, incluso aunque se desaproveche casi media hora de música, porque el precio al que se vende el producto es razonable para tratarse de SACDs. La inclusión de fotografías de algunas de las cintas originales resulta ilustrativa, pues sobre ellas se anotaron a bolígrafo las diferentes remasterizaciones a las que éstas han ido siendo sometidas (incluyendo las realizadas en exclusiva para Japón). En la parte negativa, hay que lamentar que los artículos se incluyan solo en inglés, francés y alemán, y que no se reproduzcan –ni siquiera en su idioma original– los textos cantados.

El sonido. Pues vamos a ver, se nos dice que todos los reprocesados son nuevos, que se han realizado acudiendo a las cintas originales y que se han usado los más sofisticados sistemas de edición para acercarse en todo lo posible al sonido de las mismas y corregir los posibles defectos. Yo he comparados las sinfonías de Mendelssohn y Schumann, de 1960, así como el concierto de Elgar, de 1965, con las primeras remasterizaciones para compacto que realizó EMI, y puedo aseverar que la mejoría se nota. No me parece tan espectacular como, por ejemplo, la que ha experimentado el Mahler de Klemperer editado por EMI France –absolutamente indispensable la compra, por si alguien aun no lo sabe-, pero la audición es ahora más satisfactoria. Lo que más se nota es el aumento del soplido de fondo, lo que lejos de ser un inconveniente –salvo para los catetos– demuestra que en anteriores ediciones se habían ecualizado en plan bestia los agudos, merendándose así un montón de armónicos y dejando al sonido mate y sin relieve.

Ahora se ha sido mucho más respetuoso y las cintas han recuperado su brillo original. No solo eso, sino que la orquesta suena con más cuerpo y plasticidad, también quizá con algo menos de distorsión, aunque las limitaciones del paso del tiempo se dejan notar. La gama dinámica es además ahora más amplia (tremendo el “ascenso” inicial en el concierto de Elgar). Ahora bien, todo esto se aplica a una reproducción en un lector de SACD; si usted no tiene el aparato correspondiente notará sin duda la mejoría del reprocesado, pero no los presuntos beneficios que se corresponden con este sistema.


Las interpretaciones, salvo –para mí- las de Delius, son viejas conocidas. El Mendelssohn de Klemperer es excepcional. Eso sí, personalísimo y sin mucho que ver con la “gran tradición” (el de Breslau fue en sus últimos años un antirromántico de libro), aunque tampoco -menos aún- con la ligereza frívola de ciertos acercamientos recientes. Es el suyo un Mendelssohn pausado, de sonoridades robustas pero en absoluto gruesas, porque la claridad es asombrosa, como lo es también el análisis de texturas y de planos sonoros, a lo que contribuye el excepcional virtuosismo de una Philarmonia Orchestra que por entonces no conocía rival. En lo expresivo, pues ya se sabe: edificios de total solidez donde no hay espacio ni para el arrebato ni para el apresuramiento, tampoco para la blandura o el narcisismo, pero donde cada una de las frases está imbuida de una tensión dramática arrolladora.

Concretando un poco, la obertura de Las Hébridas solo conoce rival en la interpretación de Celibidache/Múnich y en la del propio Klemperer con la Orquesta de la Radio Bávara (EMI la primera, pirata la segunda: la he dejado en YouTube aquí arriba). Esta de 1960 es una lectura de enorme vuelo poético, aunque el de Breslau no baja la guardia y alcanza en los pasajes tempestuosos una fuerza impresionante. En la Escocesa, haciendo gala de su habitual sonoridad granítica, Klemperer construye un edificio austero pero lleno de fuerza que tiene poco que ver con la vivacidad y la luminosidad que se asocian con este autor, al tiempo que descubre los aspectos más amargos de la partitura. El primer movimiento quizá resulte algo moroso y no alcance todo el impulso posible, pero en compensación la coda final es la más lenta, mejor cantada y más emocionante de cuantas se han escuchado. Solo el propio Klemperer ha llegado aún más lejos en el resto de la partitura, aunque cambiando “por todo el morro” el final de Mendelssohn por el suyo propio: me refiero a la grabación de 1969 con la Orquesta de la Radio Bávara, tan indispensable como la presente.

De la Italiana se nos ofrece una interpretación reposada, bien paladeada –sin detenerse demasiado en el segundo movimiento-, nada impetuosa ni arrebatada, pero de pulso perfectamente sostenido y una elevadísima cantabilidad, calidez y vuelo lírico, todo ello sin renunciar a la sobriedad propia de Klemperer y a su particular tratamiento de las maderas. Aquí sin embargo hay, a juicio de quien suscribe, dos directores que aún han conseguido resultados superiores, si bien en una línea muy diferente. El primero es Solti en su grabación de 1985 para Decca. El otro es Barenboim, del que circula una retransmisión radiofónica de 2009 al frente de la Filarmónica de Viena de una genialidad inigualable. Aun así, lo de Klemperer sigue siendo antológico.

 

La Cuarta de Schumann que completaba en su momento y vuelve a completar ahora a la Italiana sigue siendo una de las grandes: interpretación de un solo trazo, poderosísima, impetuosa, encrespada, llena de tensión interna, pero de un absoluto control de la arquitectura y dotada del asombroso análisis de texturas esperable en Klemperer. Eso sí, como también es marca de la casa, el de Breslau no se recrea mucho en la parte lírica de la obra, echándose de menos un mayor poso de poesía y espiritualidad en el segundo movimiento. Por eso las interpretaciones de Furtwängler con la Filarmónica de Berlín (Decca, 1953) y de Böhm con la Sinfónica de Londres y la Filarmónica de Viena (Andante 1975 y DG 1978 respectivamente) me siguen pareciendo aun superiores a esta maravilla.

Del disco Elgar grabado por Barbirolli entre 1964 y 1965 con la Sinfónica de Londres poco hay que decir, porque se trata de uno de los lanzamientos más famosos jamás realizados por el sello británico. En las Sea Pictures –grabadas el primer año citado– el maestro paladea las melodías con concentración y atención al detalle, sin caer en lo melifluo y haciendo gala de un lirismo elegante y de altos vuelos. Junto a él, una Janet Baker tan sutil como variada en la expresión –de lo delicado a lo extático pasando por lo ensoñado y suavemente doloroso–, hace gala de una voz subyugante y un fraseo tan sensual como exquisito. Los resultados son excepcionales, aunque el logro histórico es el Concierto para violonchelo, quizá la cumbre más alta alcanzada por Jacqueline Du Pré en su breve carrera. La verdad es que uno no sabe si admirar más la longitud del arco, la belleza del sonido, la sensualidad del legato o la intensísima pero siempre controlada emotividad, de una tristeza honda y llena de melancolía, que caracterizan a su arte. La dirección  de Barbirolli, superior a la de Barenboim en la filmación dos años posterior, está a la altura: lenta, concentrada, de enorme aliento lírico y con una buena dosis de espiritualidad.

 

El vinilo dedicado a Frederick Delius fue registrado en Abbey Road en 1965 con la Royal Philharmonic Orchestra dirigida por Sir Malcolm  Sargent. Yo no lo conocía, y la verdad es que tampoco me perdía algo indispensable: las interpretaciones parecen espléndidas, pero la música, siendo muy hermosa, no es de primera fila. Con las Songs of Farewell, dichas por el maestro británico con el punto decadentista justo, viene el único fiasco técnico de los dos títulos comentados, porque la Royal Choral Society está mal recogida por los ingenieros, sonando con distorsiones y saturación. No hay problema alguno con la breve pieza orquestal A Song before Sunrise, recreada por Sargent con admirable intensidad, ni con el Concierto para violonchelo, donde la Du Pré vuelve a dar una lección de cómo aunar belleza e emoción.

Resumo: si usted no tiene estar interpretaciones de Mendelssohn, Schubert y Elgar, corra a comprar estos discos. Si ya los tiene, la mejoría técnica hace que merezca la pena repetir, sobre todo si dispone usted de un reproductor de SACD. Dicho queda.

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