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jueves, 4 de diciembre de 2025

Don Juan de Gluck: discografía comparada

Este fin de semana Jordi Savall pone en riesgo su vida: enfrentarse a los muy fieros Berliner Phiharmoniker para hacer, entre otras cosas, Don Juan de Gluck. ¿Se lo comerán vivo, habida cuenta de que la técnica de batuta del de Igualada, a todas luces enorme músico, dista de ser excepcional? Mientras hacemos nuestras apuestas, podemos hacer un repaso sobre la escasa discografía de esta apasionante partitura.
Ojo con el asunto de las ediciones. La versión original se estrenó en el Burgtheater de Viena y constaba solo de unos pocos números, justo los que coreografió y bailó Gasparo Angiolini en aquel 17 de octubre de 1761: reparen en que nos hallamos un año por delante del estreno de Orfeo y Eurídice. Con el paso del tiempo se fueron añadiendo números al núcleo original hasta duplicar la duración del evento y acercarse a los tres cuartos de hora, perdiendo sobre la marcha concisión y enriqueciéndose con músicas más decorativas que alejaron la acción dramática de la idea inicial de prescindir de todo aquello que resultara superfluo. Esto es, lo mismo que le sucederé a la citada ópera llegue a su versión de París. En cuando a la cuestión interpretativa, tengo claro que prefiero a Gluck con un director historicista que con otro tradicional, aunque en lo que a los instrumentos se refiere guardo mis dudas.


1. Moralt/Sinfónica de Viena (Westminster, 1950?). Rudolf Moralt conocía a la perfección la tradición vienesa, pero obviamente esta era la que había llegado a 1940 –fecha en la que su batuta pasa a la Staatsoper–, lo que significa que su manera de abordar este repertorio se encuentra excesivamente deformada por el paso del tiempo. De ahí que encontremos números sonados de manera más masiva de la cuenta, expuestos sin suficiente agilidad ni impulso rítmico, y desde luego no muy atentos a la teatralidad que demanda la partitura, junto a otros cargados de energía bien controlada o paladeados con admirable delectación melódica. Siempre, en cualquier caso, muy bien expuestos y sonados de manera impecable por una orquesta que ya evidenciaba espléndido nivel. Lo menos bueno es el clave, más bien monótono. Que yo sepa, no ha pasado a compacto: solo se puede escuchar en esta transferencia realizada a YouTube. (7)


2. Marriner/Academy of St. Martin in the Fields (Decca, 1967). Mucho más ajustada estilísticamente que la de Moralt, esta interpretación tuvo suerte de contar con una orquesta de tamaño ajustado y depuración sonora excepcional, y especialmente con un maestro capacitado de manera especial para este repertorio. Marriner ofreció un clasicismo diáfano, de enorme elegancia y cantabilidad, pero -mucho ojo- no aéreo ni en exceso grácil, sino bien tensado y con su punto justo de músculo. Eso sí, siempre desde una óptica expresiva en la que se evidencia cierto espíritu rococó en su atención a la sensualidad, a la chispa e incluso a la frivolidad bien entendida, como también al alejamiento de los grandes claroscuros y de cualquier tipo de aspereza. El clave ha envejecido mal: imaginativo pero en exceso coqueto, muy en la línea de lo que se hacía con este instrumento en las agrupaciones británica de los sesenta y setenta. Da un poco de pena saber que el responsable es nada menos que Simon Preston. Si no fuera por él, la versión se llevaría más "nota". La toma necesita un nuevo reprocesado. (8)


3. Gardiner/English Baroque Soloist (Erato, 1981). Los tempi son muy parecidos a los de Marriner (44:32 frente a los 45:16 de su colega), pero el concepto es muy distinto. No es solo la utilización de instrumentos originales, de sonoridad adecuadamente rústica, sino la adopción de un fraseo mucho más incisivo en el que la atención no se centra ya en los aspectos melódicos de la música, sino en los puramente rítmicos, lo que tratándose de un ballet no es ningún disparate. Por lo demás, el relativamente joven Gardiner -iba a cumplir los treinta y ocho- aporta una dosis importante de fuerza, garra y tensión al tiempo que apuesta por esa severidad digamos que neoclásica que siempre ha caracterizado su acercamiento a este repertorio. La verdad, se hubiera agradecido menor rigidez y algo más de sensualidad y vuelo lírico en esta irregular interpretación que culmina, como no, en un descenso a los infiernos estremecedor. (8)


4. Weil/Tafelmusik (Sony, febrero 1992).
Sonoridad en exceso afilada –influye la toma, no muy allá– para una interpretación historicista relativamente rápida (43:35), muy ágil y dicha con ganas, marcada e incisiva en los acentos, que pierde de manera considerable por su tendencia al fraseo saltarín y a la expresividad frivolona. No posee la sensualidad ni la delectación de un Marriner, como tampoco la fuerza dramática de un Gardiner. Dicho de otra manera, aporta poco o nada. Como curiosidad: meses más tarde de realizar este registro, el propio Bruno Weil dirigiría un Don Juan más famoso, el de Mozart, en la propia ciudad del mito por los fastos de la Expo’92. (7)


5. Noseda/Orquesta desconocida (YouTube). Selección de veinticuatro minutos extraídos de la versión larga –se omiten secuencias como la muerte del Comendador, la primera aparición de la estatua y el fandango– en la que el irregular Gianandrea Noseda se muestra no solo voluntarioso, sino también inspirado, apostando por una lectura tradicional y equilibrada, no muy coqueta pero tampoco severa, menos aún dramática. Resulta más bien soleada, cálida, vitalista y con su punto de sal y pimienta, sonada con 
agilidad sin renunciar a un punto adecuado de músculo, aunque también sabe apostar por un rico clave al continuo y por el sentido del ritmo. Se escucha con placer. (8)


6. Antonini/Il Giardino Armónico (Alpha, 2013). Giovanni Antonini es el primero y hasta ahora único que se decide a grabar la versión original de 1761, interesantísima por resultar mucho más escueta y centrada en el drama. Lógicamente, tratándose de quien se trata, la manera de tratar a la partitura incorpora todo ese nervio, esa agilidad felina, esa garra y esa imaginación desbordante que desprenden sus interpretaciones del repertorio barroco. Es la suya, por tanto, una mirada realizada desde el exceso, a todas luces discutible; pero también una mirada reveladora en la tímbrica, en el fraseo y en los efectos teatrales que redescubre literalmente la partitura para decirnos muchísimas cosas nuevas sobre ella al tiempo que –era inevitable– olvidamos otras que no son menos interesantes. Al final, la audición es toda una experiencia. Rico clave al continuo, y excelente idea la incorporación de castañuelas en el fandango. Aplausos para los ingenieros de los estudios Teldex. (8)


7. Antonini/Il Giardino Armónico (YouTube, 2014). Repetición de la jugada, esta vez sin castañuelas, y nada menos que en Palacio de Esterházy. Lástima que imagen y sonido anden desincronizados, porque la interpretación vuelve a ser tan discutible como reveladora. (8)


8. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2022). El maestro de Igualada se decide por la versión larga de treinta y dos movimientos, que interpreta con rapidez (42:44), sentido teatral y mucha energía, pero también tomando una decisión sumamente arriesgada: además del habitual clave al continuo, en este caso un formidabilísimo Luca Guglielmi, incorpora a un exuberante Josep María Martí a la guitarra y el chitarrone. El sabor meridional está ahí, pero a mí me parece que esta música así no funciona: a veces suena emborronada, y en el caso de la fundamental bajada a los infiernos incluso llega a perderse de vista a la cuerda, sepultada por metales y continuo. Tampoco es que la orquesta sea muy allá, ni que tenga a su frente a un director realmente experimentado en lo sinfónico: la manera en que Savall la modela es más bien primaria, a base de contrastes toscos y acentos poco sutiles, oscilando entre la bronquedad y cierto carácter frívolo sin detenerse mucho a extraer el potencial poético de la música. Eso sí, hay excelentes detalles tímbricos –el tratamiento de los pizzicati, por ejemplo– y una sana rusticidad que le sienta bien a la música. Veremos qué hace poniéndose al frente de la Filarmónica de Berlín. (7)


9. Antonini/Filarmónica Checa (YouTube, 2023). Selección de un cuarto de hora de la edición original de la partitura en la que Antonini insiste en los mismos parámetros, pero cambiando a su relativamente pequeño conjunto de instrumentos originales por una orquesta no poco nutrida y “moderna”: la mismísima Filarmónica Checa. Y al final resulta que como mejor suena esta música de Gluck es así, con una formación “tradicional” tocando con articulación netamente historicista y atendiendo plenamente a los aspectos más teatrales de la partitura, con todo lo que ello supone de nervio, incisividad y atrevimiento en los claroscuros. Suena así, por otra parte, menos barroca y más claramente Sturm und drang, lo que parece encajar bien con la voluntad última de un Antonini que, en cualquier caso, no renuncia a su arrolladora personalidad. (9)

lunes, 21 de marzo de 2022

Memorable encuentro entre Antonini y la Barroca de Sevilla

Gran acontecimiento tener la oportunidad de escuchar en una sola velada las cuatro Suites orquestales de J. S. Bach: pocas veces al melómano se le presenta una ocasión así. La combinación entre Giovanni Antonini y la Orquesta Barroca de Sevilla parecía dar mucho juego, así que hice el esfuerzo de acercarme al Festival de Música Antigua de la capital andaluza. Acerté, porque fue una velada de muy alto nivel interpretativo. Tomé algunas notas.


Me pareció magnífica la Suite nº 1 BWV 1066. Ya le había escuchado –en vídeo– esta obra a Antonini, nada menos que al frente de la Filarmónica de Berlín (reseña aquí). La verdad es que a este señor le han sentado estupendamente las experiencias con orquestas “modernas”: aunque conserva el vigor, el entusiasmo y el desarrolladísimo sentido de los contrastes que en su momento le permitieron redescubrirnos el mundo del barroco italiano, ya no necesita recurrir a fraseos más o menos frívolos ni a salidas fuera de tono. Fue la suya una visión sensata, plenamente ortodoxa dentro de la corriente HIP y muy musical, en la que su soberbio sentido del ritmo y su hedonismo bien entendido –puro disfrute vital de la música– nos hicieron gozar del primer al último número. Un acierto contar con una plantilla orquestal particularmente nutrida para lo que ahora se lleva, y formidable su complicidad con una OBS técnicamente espléndida y entregadísima en lo expresivo. Sensacional aquí el trío de maderas.

La Suite nº 2 se benefició de todas las virtudes arriba enumeradas, así como del muy considerable virtuosismo de la flauta de Rafael Ruibérriz de Torres. Nos obstante, hubo cosas que no me convencieron: final precipitado –exceso de fuego, falta de control– de la Bourreé, fraseo excesivamente enfático de la Polonesa y Badinerie de tempo desmadrado, claramente dicha de cara a la galería. ¿Y de verdad le hacía falta al solista ornamentarla tanto, ya desde los primeros compases?

La Suite nº 3 BWV 1068 la había grabado Antonini en 2001 con sus chicos de Il Giardino Armónico. Por aquí escribí el otro día algo sobre aquella versión, a todas luces notabilísima y solo empañada por el violín Enrico Onofri. En Sevilla estaba otra que tal baila, Lina Tur Bonet, una señora a la que le he perdido todo el respeto desde su disco Sonata lunática. Lo cierto es que ella estuvo muy bien en la sección fugada de la obertura. Pero claro, luego venía el Aria. Antonini decidió en esta ocasión alternar entre los dos primeros atriles y el ripieno, lo que le dio a la violinista ibicenca oportunidad de ofrecer solo unos pocos ornamentos, algunos muy sensatos y otros –siempre en mi opinión, claro está– de pésimo gusto. El clave de Alejandro Casal ornamentó muchísimo en la celebérrima página, creo que con considerable acierto.

La Suite nº 4 volvió a derrochar entusiasmo, alegría, sabor dancístico y espíritu plenamente barroco, pero aquí me parece que orquesta y director estaban algo cansados. Hubo algunos desajustes y las trompetas no estuvieron siempre finas en sus intervenciones. Los oboes esta vez me convencieron menos, aunque detrás de ellos deslumbró el fagot de Alberto Grazzi, una parte que no siempre se escucha como es debido. El movimiento conclusivo me pareció un error, por precipitado y –por ello– no del todo claro, pero no cabe duda de que se cerraba una velada musical para el recuerdo.

Ah, muy buena la entrada que compré en primera fila del primer piso: hay una barra delante que molesta la visión, pero a cambio se obtiene una acústica sensacional. Y nada de tragarse el clave en primer plano, como ocurre en algunas grabaciones de estudio.

jueves, 17 de marzo de 2022

Suite orquestal n.º 3 de J. S. Bach: discografía comparada

Venga, como este sábado espero escuchar las cuatro Suites orquestales de J. S. Bach a Antonini con la Barroca de Sevilla, vamos a por una comparativa de la más famosa de la serie, la n.º 3, BWV 1068. Si todas las versiones escogidas son H.I.P. no se debe en absoluto a que desdeñe las lecturas tradicionales: simplemente, he intentado facilitarme las cosas. Tal vez en el futuro amplie esta lista con interpretaciones "de las otras".

Dos cosas antes de continuar. Una, recordar que el intérprete se puede plantear aquí diversas posibilidades: número de instrumentistas de cuerda, repetición o no de la sección fugada de la Obertura, violín solista en esta última y en la celebérrima Aria, diseño del bajo continuo, etc. Segunda, que esto de poner puntuaciones no es más que un juego para que todos nos divirtamos. La música está abierta a muchas posibilidades y simplemente quiero comentarles a ustedes cuáles me gustan más y cuáles menos. Las cosas serias se las dejo a los musicólogos, que para eso están.


1. Pinnock/The English Concert (Archiv, 1978). Tal vez revolucionaria para la época, la propuesta de un entonces jovencísimo Pinnock resulta hoy un dechado de sensatez, ortodoxia y buen gusto. Los aspectos puramente formales apuestan por la nueva línea HIP, pero la admirable tradición británica de la “tradición renovada” de un Leppard o un Marriner se hacen aquí presentes en una lectura admirablemente expuesta, equilibrada tanto en la forma como en la expresión, muy fluida en el fraseo –no es necesario acentuar claroscuros–, elegante al tiempo que sensual y dotada de una enorme musicalidad. Un acierto el Aria (4’49’’), en manos de un Standage que canta con delectación y ornamenta con buen gusto. Pinnock aporta carácter bullicioso con un clave que, como era habitual en Archiv, está grabado con excesiva presencia. (9)

 

 

2. Kuijken/La Petite Bande (Deutsche Harmonia Mundi, 1981). Notable propuesta belga para el momento en el que salió al mercado, rigurosa en su planteamiento HIP pero en todo momento muy sensata, dicha sin prisas y con buena caligrafía, que en lo expresivo resulta más solemne y menos luminosa que la de Pinnock. Las Gavotas quedan más severas de la cuenta y, en general, se echan de menos sensualidad y frescura. Espléndida labor la del clavecinista Robert Kohnen. La toma podría ser mejor. (8)

 

 

3. Harnoncourt/Concentus Musicus Wien (Teldec, 1984?). El berlinés, que ya había grabado la obra muchos años atrás –no he podido escuchar la grabación– es fiel a sí mismo y deja bien claras sus señas de identidad: sonoridad áspera, fraseo seco e incisivo, contrastes marcados, excesos de los metales y una cierta agresividad general que, siendo atractiva, relega lo que esta música tiene de sensualidad y de vuelo lírico. En este sentido, el Aria se resiente de una rigidez y una frialdad alarmantes. Tampoco acierta el maestro mucho en la construcción de la arquitectura: las secciones fugadas –hay repetición– del primer movimiento arrancan con una flacidez considerable, y el diseño no queda del todo claro. También las Gavotas sufren altibajos en las tensiones. Formidables, por el contrario, los dos movimientos conclusivos gracias a su impulso rítmico. La orquesta no suena equilibrada, y tampoco es ninguna maravilla. (6)

 

 

4. Hogwood/The Academy of Ancient Music (Decca, 1985). Escuchar este registro después del de Harnoncourt resulta revelador. La orquesta es apreciablemente superior, el equilibrio de planos es mucho más convincente, el fraseo resulta mucho más fluido y elegante. Se pierde en pesadez y en agresividad, se gana en elegancia, chispa y luminosidad. El oyente disfruta mucho más de la música. La fuga, bastante mejor delineada, es pura efervescencia. Flojea de manera muy considerable el Aria, quizá por demasiado british. Por cierto, de lo más haendeliana la trompeta en el tercer movimiento. Formidable el clave del propio Hogwood, y excelente la grabación. (8)

 

5. Goebel/Musica Antiqua Köln (DG, 1985). El alemán registró su interpretación dos meses más tarde que Hogwood. Ambos coinciden en la rapidez de los tempi, en la vitalidad desbordante y en la efervescencia de su enfoque, pero también hay diferencias importantes. El alemán opta por una plantilla reducida y, paradójicamente, busca una sonoridad más poderosa y contrastada, se interesa más por marcar el ritmo –a veces resulta mecánico–, pierde en elegancia y se atreve más con los timbres y acentos. La incorporación de dos claves, nada menos que Andreas Staier y Henk Bouman, es un hallazgo. El problema está en el Aria (4’35’’), aquí concebida desde un estricto camerismo en el que el propio Goebel se adelanta a su tiempo ofreciendo toda clase de ornamentaciones y amaneramientos propios del movimiento HIP posterior. Confieso que, después de muchos años repetidas audiciones de este disco, me he terminado acostumbrando. (8)

 

 

6. Koopman/Orquesta Barroca de Ámsterdam (Erato, 1988?). El maestro holandés parece querer alcanzar una síntesis entre las diferentes propuestas de sus colegas, por no decir entre las diversas facetas de esta partitura y sus deudas con las diferentes tradiciones musicales europeas. Y lo hace con enorme acierto, inyectando convicción sin necesidad de dejarse llevar por el impulso vital –es decir, dejando a la música respirar con holgura– y haciendo gala de un fraseo plenamente barroco en el que no hay cabida a excentricidades. En el Aria (5'34'') quiere llegar a un compromiso entre la tradición y el movimiento HIP, pero le queda algo fría. La orquesta es formidable, si bien el equilibrio de planos no está del todo conseguido. En parte es culpa de la toma, no la mejor posible. (9)

 

7. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 1990). La Obertura comienza amplia y solemne, como si el de Igualada quisiera mirar a la pompa versallesca. Y es que, como era de esperar, Don Jordi no podía sino mirar hacia el mundo francés, lo que en esta página, claro está, resulta por completo plausible. El maestro hace sonar a la orquesta con la carnosidad que a él le gusta, otorgando especial presencia a las maderas y procurando que las trompetas suenen con rusticidad. Al violín de Fabio Biondi, de sonido un tanto áspero, le concede protagonismo en los fugatos, pero después incurre en la presunta contradicción –en realidad, no tiene por qué ser tal– de encargar el Aria al ripieno. Esta la plantea con enorme lentitud (6’01’’) y sin apenas ornamentación, como si quisiera complacer a los oídos más tradicionales; se agradece la intención, pero el fraseo resulta pesante. Llenos de ímpetu, de goce vital y de frescura los movimientos restantes, bien sostenidos por el clave de Pierre Hantaï. (8)

 

 

8. Pinnock/The English Concert (DG, 1993-94). El genial clavecinista británico se mantiene dentro del mismo concepto expresivo, apolíneo y luminoso, pero esta vez el el conjunto de violines y no el solista el que se encarga de la fuga –ahora con repertición– de la Obertura y del Aria, cálida y noblemente cantada: quizá sea la mejor de todas las HIP que he escuchado. La orquesta alcanza ahora mayor belleza y depuración sonoras, y quizá sea todavía más equilibrado el tratamiento instrumental. La toma vuelve a realizarse en el Henry Wood Hall, esta vez con resultados óptimos. (10) 

 

9. Brüggen/ Orchestra of the Age of the Enlightenment (Philips, 1996?). El veterano maestro se pone al frente de la portentosa formación británica para ofrecer una interpretación irreprochable en el estilo, pulquérrima en la exposición, de perfecto equilibrio tanto en lo sonoro como en lo expresivo, vitalista sin necesidad de extremar los tempi, natural el fraseo y por completo ajena a cualquier suerte de excentricidad y amaneramiento. El reparo se encuentra esa habitual adustez, por no decir distanciamiento expresivo, que caracterizaban a Brüggen: a su visión le falta un poquito de alma. Formidable la toma. (8)

 

 

10. Antonini/Il Giardino armónico (Teldec, 2001). El travieso Antonini y sus chicos aportan frescura, desparpajo, sentido de los contrastes, variedad en el fraseo y un sentido muy italiano de la voluptuosidad en una recreación dionisíaca y desprejuiciada que tiene –lógicamente– muchísimo de italiano, y que por ende ofrece una visión renovada, pero no por ello más certera, de esta obra maestra. Muy plausible la propuesta de alternar entre violín y ripieno en el Aria (4’40’’), pero aquí Enrico Onofri, que había estado magnífico en la fuga y que no alcanza los niveles de extravagancia de los que hace gala en la actualidad, nos regala algún que otro suspiro y amaneramientos. Rico e imaginativo el continuo. (8) 

 

 

11. Suzuki/Bach Collegium Japan (BIS, 2003). El clavecinista oriental –exuberante al continuo– plantea una introducción lenta y solemne para la Obertura, buscando el máximo contraste posible con un vivace rapidísimo, a mi entender equivocado. Aunque los japoneses tocan muy bien, la música no respira –tampoco lo hace el violín de Natsumi Wakamatsu– y la claridad se resiente. El ritmo excesivamente marcado hace mecánica al Aria (4’44), fraseada sin cantabilidad y ajena a toda poesía. Las danzas están planteadas con sensatez y animación, sin nada en particular que destacar. Tampoco es que las líneas instrumentales queden del todo clarificadas, lo que en parte se puede deber a una toma sonora más bien turbia. (7) 

 

12. Koopman/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). El maestro repite su concepto, pero esta vez nada menos que al frente de la Berliner Philharmoniker, a la que hace sonar (¡milagroso!) como si fuera su propia orquesta, con una rusticidad muy adecuada. De nuevo el Aria, en la que limita mucho el legato, puede resultar no todo lo cálida y emotiva, pero el resto es un prodigio de fuerza, teatralidad, entusiasmo, sentido de los contrastes y fuerza expresiva. Estupendísima interpretación. (9)

 

13. Kuijken/La Petite Bande (Accent, 2012). En las notas de la carpetilla, el maestro belga confiesa arrepentirse del tamaño, según él, excesivamente grande de la orquesta que utilizó tres décadas atrás, y que “cautivado por el rico sonido de la Orquesta Lully de Versalles” intentó interpretar a Bach haciendo uso del mismo concepto sonoro”. Sin embargo, ahora “no hay ya ninguna justificación –ni histórica ni musical– para un número tan grande de ejecutantes”. La ventaja de este nuevo registro se encontraría “especialmente en la transparencia de las texturas”. Yo añadiría que, además, se gana en fluidez, en depuración sonora e incluso en variedad expresiva, como también en imaginación y en sentido de los contrastes. Por otra parte, esta vez Sigiswald decide lucir sus dotes como violín solista tanto en la Obertura –espléndida– como en el Aria, muy bien cantada por su parte pero lastrada por el clave muy mecánico de Benjamin Alard. (8)

 

14. Alessandrini/Concerto Italiano (Naive, 2018). Optando por la plantilla más reducida posible, Alesandrini nos ofrece una recreación extremadamente bulliciosa y animada, sin duda muy mediterránea, llena de luz y tocada con evidente entusiasmo, pero lastrada por ese fraseo excesivamente ligero y algo pimpante, digamos que “a saltitos”, que a algunos melómanos nos molesta al enfrentarnos a determinadas interpretaciones HIP. Lo cierto es que en la mayoría de los anteriores testimonios de esta lista no hacía su aparición. Aquí sí, empañando de manera considerable -molestísimo el violín de Boris Begelman- nada menos que el Aria, bastante rápida (3’53’’) y trivial, formidablemente apoyada -eso sí- por el clave del propio director. Soberbia la Bourrée. (7)

viernes, 21 de diciembre de 2018

Reflexiones sobre Il Giardino

Il Giardino Armonico alcanzó su fama internacional cuando allá por 1994 se publicó su lectura de Las cuatro estaciones, que iba muchísimo lejos no solo de las tradicionales versiones de I Musici –aun hoy admirables, sobre todo la de Carmirelli–, sino también de la espléndida recreación de Fabio Biondi en el sello Opus 111, hasta entonces la mejor de las históricamente informadas. El revuelo fue considerable, en cierto modo como el que armara años atrás Reinhard Goebel con sus Suites y Brandenburgos bachianos.

 

Yo llegué tarde a las propuestas de Giovanni Antonini y su equipo. Cuando lo hice, creo que ya a finales de los noventa, no me asustaron en absoluto. Cierto es que en ellas había mucho de radicalidad en los contrastes, de creatividad mezclada con excentricidad y de provocación, pero aquello me encajaba con la idea que yo tenía de qué era el Barroco, un movimiento con frecuencia calificado con las etiquetas del exceso, del mal gusto y del efectismo. ¿Por qué no devolver a este estilo lo que le pertenece? Igual que no se puede interpretar de la misma forma a Verdi que a Wagner, a Schubert que a Mahler, no parece adecuado recrear las músicas de la primera mitad del XVIII desde esa elegancia y ese sentido del equilibrio con que se hace Haydn o Mozart. La intensidad de los claroscuros, el movimiento vertiginoso, el sentido de la curva y la contracurva, la abundancia en la ornamentación y los efectos teatrales son intrínsecos a la sensibilidad barroca. No en todo momento ni en todo lugar, eso hay que tenerlo muy en cuenta, pero aun así los chicos de Il Giardino dieron pasos adelante que, al menos desde el punto de vista teórico, supusieron un muy atractivo avance en nuestro conocimiento y disfrute de este repertorio.

Pero a medida que fueron pasando los años empecé a percibir que algo me chirriaba. Diría que literalmente: el violín de Enrico Onofri. Creo que fue en su primera aparición en el Teatro Villamarta, hace ya unos cuantos años, cuando empecé a detestar a este señor. Sus ridículas poses de “músico en trance” para aparentar inspiración contrastaban con lo desagradable de su sonido y la discreta musicalidad de sus interpretaciones, en las que los contrastes extremos no eran sino grosería, el fuego tosquedad, el lirismo blandura, la ornamentación puro amaneramiento. Cuando comencé a escucharle en su faceta de director de orquesta se confirmaron mis sospechas: Onofri hace gala de un mal gusto que echa para atrás. Ya he escrito alguna vez que el peor Haydn que he escuchado en mi vida –una infumable Sinfonía nº 88– se lo escuché a él en el Maestranza dirigiendo a la ROSS. Antonini no me parecía mal flautista pese a su tendencia a lo cursi, pero al escuchar sus discos empuñando la batuta me pasó, salvando las distancias, algo parecido: ¿hace un mediocre Bethoven porque no acierta al aplicar en el de Bonn criterios propios de un repertorio muy distinto, o más bien porque es un músico de sensibilidad primaria?

Y así he llegado a un momento en el que no sé si me gustan o no las cosas de Il Giardino Armonico, que precisamente vuelve esta noche al Villamarta para ofrecer, por suerte sin Onofri, un programa titulado Si suona a Napoli! Como compré entrada, me he animado a escuchar un disco que tenía pendiente, el de los conciertos con laúd y mandolina de Antonio Vivaldi. Luca Pianca y Duilio Galfetti son solistas de los respectivos instrumentos.


El Concierto "con molti instrumenti" RV 558 arranca con toda esa agresividad "rockanrolera" que asociamos al grupo; la incisividad, la energía y el sentido teatral que se despliega son enormes, como también el ímpetu rítmico y los contrastes dinámicos. Uno no puede resistirse y desde el primer instante se deja enganchar por la radical propuesta, si bien una simple comparación con la sensata, mesurada pero ciertamente algo timorara lectura de Pinnock deja bien claro que con Antonini y los suyos la sensualidad y la elegancia, características no precisamente ajenas al universo barroco veneciano, se pierden en aras del efecto más directo e inmediato.

El Concierto para viola de amor y laúd destaca por la labor de Pianca; "el otro" obviamente es Onofri, si bien en este caso moderado y sensato en sus intervenciones. El problema es aquí Antonini, que en el primer movimiento hace frasear a los violines a base de saltitos a cual más repipi y amanerado.

El celebérrimo Concierto para mandolina RV 425 recibe una buena interpretación, quizá fraseada con más nerviosismo de la cuenta en el movimiento inicial y no del todo poética por parte de Galfetti en el Largo. Onofri y Pianca, el primero de ellos centrado pero no muy expresivo, son los protagonistas de la Sonata a trío RV 85.

En el Concierto para laúd RV 93 disfruto muchísimo la labor de Pianca, sobre todo en el Largo, aunque también me parece espléndido –rico pero sensato– el clave elaborando el continuo. La Sonata a trío RV 82 permite al laudista explayarse de manera maravillosa en el Larghetto. Y espléndido, para cerrar el disco, el Concierto para dos mandolinas RV 532, chspeante y con un Andante ricamente matizado por Wofgang Paul y Duilio Galfetti. A la postre me lo he pasado bien.

domingo, 9 de julio de 2017

Isabelle Fausto y Mefistófeles Antonini

Tengo previsto escuchar en directo el próximo domingo en Londres el Concierto para violín nº 3 de Mozart interpretado por Isabelle Faust, Bernard Haitink y la Chamber Orchestre of Europe. Movido por una curiosidad no poco morbosa, he escuchado la interpretación de la misma obra recientemente registrada para Harmonia Mundi por la violinista alemana junto a Giovanni Antonini y sus chicos de Il Giardino Armonico, dentro de un doble compacto que ofrece la integral de los conciertos para violín del salzburgués.


¿Resultados? Ni más ni menos que los esperados. Un Mozart lleno de vida, de entusiasmo y de color; un Mozart efervescente y contrastado a más no poder que rehúye los tópicos del presunto equilibrio y el distanciamiento neoclásico para decantarse por los claroscuros y por la teatralidad apostando por una enorme valentía en el fraseo. Pero también (¡cómo no!) un Mozart trivial, en exceso lúdico, coqueto en el peor sentido de la palabra y repleto de detalles de no ya de amaneramiento, sino de abierta cursilería. Y muy alicorto a la hora de lanzarse al vuelo poético: el sublime Adagio no solo no emociona lo más mínimo, sino que está lleno de sonoridades insoportables por parte de la señora Faust, aquí dispuesta a imitar los peores defectos de quien hubiéramos esperado en este disco, no otro que el horripilante Enrico Onofri.

"Este chico sigue sin tener ni idea de interpretación históricamente informada y odia visceralmente los instrumentos originales", pensarán los lectores de la kale barroka que se pasen por aquí. Pues miren ustedes, la grabación de Andrew Manze de 2005 me parece más sensata que ésta, no tanto por su labor solista –más bien inexpresiva– como por su muy notable dirección frente a The English Concert. Y la ya antigua de Simon Standage con Christopher Hogwood la encuentro sencillamente espléndida: a despecho de alguna frase en exceso repipi en el primer movimiento por parte del malogrado Chris, he ahí un Mozart "de verdad", ciertamente mucho antes ágil, luminoso y risueño que otra cosa –imposible olvidar la hondísima poesía de la Mutter con Karajan–, pero lleno de musicalidad y sin el menor deseo de llamar la atención a base de presuntos hallazgos. Por descontado que Standage no renuncia a una articulación plenamente historicista, pero es la musicalidad personificada: él sí que vuela en el Adagio. Y el clave al continuo resulta muy bienvenido.

La cosa en realidad es más sencilla de lo que parece: se puede hacer un gran Mozart y un mal Mozart tanto desde la tradición como desde lo "históricamente informado". Lo que importa es lo voluntariosos e inspirados que estén los artistas de turno. Y aquí la señora Faust(o), en otras ocasiones enorme violinista, se deja arrastrar por ese singular Mefistófeles –simpático y seductor, materializador de mil placeres, pero demonio al fin y al cabo– que es Giovanni Antonini.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿hasta qué punto cambiará la solista sus maneras de hacer para acomodarse a los radicalmente distintos planteamientos del veteranísimo Haitink? ¡Qué ganas de ver lo que ocurre!

PD. Por si a alguien se le ocurriera iniciar un debate sobre el tema, que sepa que mañana salgo de viaje a Inglaterra y desde entonces me limitaré a darle entrada a los comentarios, pero nada más. Dejo un par de entradas programadas para los días de mi ausencia.

lunes, 28 de abril de 2014

Antonini con la Nacional: la fiera se amansa

Me llevé una sorpresa ayer domingo 27 con la interpretación del Concierto para violonchelo de Schumann a cargo de la Orquesta Nacional de España con Giovanni Antonini y la joven Sol Gabetta: esperaba una dirección pedante y fuera de estilo, probablemente precipitada y/o trivial, de cara a la galería, pero con una solista de gran musicalidad que compensase los desmanes de la batuta. Pues no, estaba completamente equivocado. El líder de Il Giardino Armonico amansó su fiereza y ofreció una recreación no solo ajena a las influencias historicistas (¡quién lo diría!), sino muy ortodoxa, sensata y musical, de trazo sólido –sin precipitaciones ni altibajos en la tensión–, arquitectura bien delineada y adecuado equilibrio entre los aspectos expresivos de la sublime partitura.

Sol_Gabetta

La que me pareció fuera de tiesto fue la violonchelista argentina: extrajo de su Guadagnini un sonido de incuestionable belleza y fraseó con enorme cantabilidad, pero su visión de la obra resultó excesivamente dulce y ensoñada, además de ajena a los aspectos dramáticos de la misma. Todo muy bonito, sí, pero muy superficial, y por ende poco emotivo. La propina, sorprendentemente, fue con orquesta: una transcripción de Après un rêve de Fauré en la que Gabetta se le fue otra vez la mano con el tarro de la miel.

Misa en Do menor de Mozart en la segunda parte, nada menos, en edición con reconstrucciones de Heltmur Eder. Aquí Antonini sí que dejó entrever su procedencia historicista, pero solo en la moderación del vibrato y en la relativa agilidad de la articulación, porque a decir verdad fue la suya una interpretación de nuevo muy sensata que supo destacar el clasicismo de la obra sin interés alguno por subrayar sus deudas con el pasado barroco y rococó, aunque desde luego –eso hubiera sido imposible con semejante director– sin mirar al futuro; por eso mismo, precisamente, quien escribe estas líneas echó de menos el pathos que otros directores (Leppard, Bernstein) imprimen al genial Kyrie. En cualquier caso fue una notable recreación, dicha con vitalidad y empuje, en la que los valores teatrales de la partitura, diríase que operísticos, se pusieron por encima de los espirituales.

La soprano Aida Garifullina, a despecho obvias insuficiencias en el grave, realizó una aceptable labor, como también lo hizo su compañera Gaëlle Arquez. Los solistas masculinos suelen pasar desapercibidos en esta obra, y eso lo que pasó con el tenor Topi Lehtipuu –primera vez que le escucho en directo– y con el bajo Sebastian Pilgrin. El Coro Nacional de España realizó un buen trabajo al tiempo que la orquesta sonó de manera formidable, no solo por la incuestionable dedicación de un Antonini que se debe de haber entregado muy a fondo como principal director invitado de la temporada: ¡que maravilla el progreso de la ONE a lo largo de estos dos últimos años! Eso sí, el ritual de que el concertino salga a recibir aplausos antes de afinar me sigue resultando un poco ridículo, la verdad.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Antonini dirige Haydn y Beethoven a la ONE

Con un Auditorio Nacional a rebosar, cosa no muy frecuente en las sesiones de los domingos a las 11:30, se ha presentado esta mañana Giovanni Antonini por primera vez al frente de la Orquesta Nacional de España. Sorprendió la ortodoxia de su recreación de la Sinfonía nº 102 de Haydn: para tratarse del líder de Il Giardino Armonico, su aproximación resultó de una sensatez inesperada, y si no fuera por la muy sensible reducción del vibrato en la cuerda, nadie diría que nos encontramos ante un músico del campo historicista, y menos aún de un director tachado con frecuencia de personal y creativo, cuando no de extravagante. No hubo agresividad en la articulación, ni fraseos pimpantes, ni caprichos en los tempi ni contrastes excesivos. Un Haydn, para entendernos, que podría estar firmado perfectamente por un Frans Brüggen.

Dicho esto, ¿fue una buena versión? Pues yo creo que sí, pero tampoco para tirar cohetes. Tras una introducción muy prometedora vino un Vivace menos rápido de lo esperado y no todo lo vibrante que debía; incluso el pulso se perdió en algún momento. Mejor el Adagio, fraseado con calma y amplitud. El Scherzo acertó plenamente en el sabor rústico de la escritura, como es propio en la escuela historicista, y en él Antonini no encontró ninguna necesidad de caer (ay, Minkowski) en la brutalidad gratuita. Animado aunque sin todo el gancho posible -por mucho que el maestro gruñese a la Celibidache- el Presto final. Bien, en definitiva, aunque se han escuchado cosas mejores. ¿Qué cosas? Pues algunas de la que ciertos pedantes no quieren ni oír hablar: Klemperer/New Philharmonia, Bernstein/Viena, Davis/Concertgebouw… Ya saben.

La Segunda Sinfonía de Beethoven fue muy parecida a la que ofreció junto a la Filarmónica de Berlín que hemos comentado en una entrada anterior (enlace), así que baste ahora con añadir dos cosas. Una, que en directo los reparos que pusimos a la grabación (y le seguimos poniendo a esta lectura madrileña) quedan en segundo plano ante la exhibición de vitalidad, sentido teatral y convicción desplegada por Antonini. Dos, que la Nacional de España, pese a sus pifias e insuficiencias, realizó un espléndido y muy meritorio trabajo a la hora de plegarse a las demandas de maestro, respondiendo a un nivel muy estimable con una sonoridad por completo distinta a la que acostumbra. Creo que en conjunto se trató de una muy disfrutable e interesante versión, aunque seguro que a a mi amigo Ángel Carrascosa (blog) le hubiera dado un soponcio ante un Beethoven hecho de semejante forma.

Entre las dos sinfonías, Antonini dirigió -en la misma línea que en resto del concierto, aunque sobrasen algunos detalles amanerados- el Concierto para pianoforte Hob. XVIII:11 de Haydn, es decir, el único famoso de los de su autor. Para mí fue un chasco, porque esperaba muchísimo del gran Andreas Staier. Lo curioso es que mientras escribo estas líneas escucho su grabación para Harmonia Mundi, dirigida por Gottfried Von Der Goltz, y ahí me gusta bastante. ¿Dónde ha estado el problema? Pues en el instrumento, claro. El fortepiano le sienta muy bien a la manera en que Staier ve esta música, pero el Steinway del Auditorio Nacional le viene grande, confundiendo belleza sonora con blandura, encanto con frivolidad y equilibrio con timidez expresiva. Es verdad que después de haber escuchado en disco hace tan solo unos días los horrores de Gerrit Zitterbart con Thomas Frey (Hänssler) y -peor aún- de Ronald Brautigam con Lars Ulrik Mortensen (BIS), lo de Staier y Antonini me ha sabido a gloria, pero uno está ya harto de tanto espíritu “rococó” en una música que pide a gritos otra cosa. ¡Un buen pisotón al pedal, coño!

jueves, 2 de diciembre de 2010

Giovanni Antonini dirige… ¡a la Filarmónica de Berlín!

¡Cómo cambia el mundo de la interpretación! Hace tan solo unos lustros Giovanni Antonini era poco menos que el enfant terrible del Barroco -desconcertaba incluso a algunos partidarios de los instrumentos originales- y hoy le tenemos al frente de la mismísima Filarmónica de Berlín. Y no por primera sino por tercera vez. Y encima dirigiendo no solo repertorio barroco y clásico, como en ocasiones anteriores, sino también a Beethoven. Si están interesados en el asunto, pueden ver y escuchar el concierto que el controvertido flautista y director italiano ofreció el pasado 23 de septiembre en la Philharmonie berlinesa a través de la Digital Concert Hall (enlace) a la que les recomiendo -por una cuestión de ahorro- abonarse. Les dejo aquí mis impresiones sobre una velada que, a mi modo de ver, fue de más a menos.

Me gustó mucho la Suite Orquestal nº 1 del Cantor de Leipzig: un Bach de corte obviamente historicista que, sin resultar particularmente inspirado, se muestra muy sensato (nada de guiños de cara a la galería) y ofrece una atractiva combinación entre la teatralidad y extroversión "italianas" esperables en Antonini con la densidad "germánica" que saben aportar los músicos de la orquesta. Falta quizá el sabor "francés" que debe ofrecer esta partitura, pero aun así el resultado es muy estimulante. Muy rico además el clave al continuo. Otra cosa es que algunas sensibilidades puedan echar de menos el colorido peculiar de los instrumentos originales. Nadie negará, en cualquier caso, que es una gozada escuchar a la portentosa Filarmónica de Berlín ofreciendo, como ya hizo con Pinnock y Koopman (enlace), semejante muestra de flexibilidad.

Muy interesante la Sinfonía nº 3 de C. P. E. Bach, que recibe aquí una lectura particularmente teatral y contrastada, llena de claroscuros, más atenta al drama que al lirismo, en la que se subrayan acertadamente los aspectos más atrevidos de esta música. Ahora bien, con tanta búsqueda del contraste made in Giardino Armonico sobra quizá alguna ingravidez y falta algo de profundidad.

Lo que menos me ha terminado interesando ha sido Beethoven, cosa que ya me esperaba a tenor de lo que le conocía en disco a Antonini (enlace). Y que conste que no tengo nada en contra de esta manera de plantear las sinfonías del genial sordo, prima hermana de la que hoy practican, con mayor o menos fortuna, un Paavo Järvi, un Herreweghe o incluso -en una línea distinta, considerablemente más lúdica- el titular de la propia Berliner Philharmoniker, Sir Simon Rattle. Por el contrario, me resultan atractivas la teatralidad, la insicividad, el claroscurismo y hasta el "descaro" tímbrico y rítmico de estas aproximaciones tan herededas en un modo u otro de las de Harnoncourt.

Lo que ocurre es que, frente a sus colegas, el en todo momento encendido y vistoso Antonini resulta un tanto cuadriculado, incluso tosco, no atendiendo todo lo debido a la claridad y confundiendo, en un segundo movimiento sin el vuelo lírico debido, la elegancia con la coquetería. Eso sí, la altísima musicalidad y el virtuosismo de los músicos de la orquesta realizan aportaciones muy positivas al resultado, con lo que a la postre nos encontramos ante una recreación que, careciendo del poso humanista adecuado y ofreciendo una teatralidad más bien insincera, que se queda en la forma sin profundizar en el contenido, puede "dar el pego" ante ese tipo de público que busca antes mostrar su "selecto paladar" rechazando los presuntamente rancios, burgueses y convencionales modos de la tradición que emocionarse ante la gran música bien hecha.

Por cierto, que este fin de semana (3 al 5 de diciembre) Giovanni Antonini ofrecerá en Madrid la misma sinfonía al frente de la Orquesta Nacional de España. Confieso que ya tengo entrada: pese a todos los reparos expuestos, pienso que puede ser una experiencia interesante. Además estará allí el gran Andreas Staier haciendo Haydn. A quien esté en la capital le recomiendo no perdérselo.

lunes, 19 de octubre de 2009

Antonini dirige Beethoven: nada nuevo

Compré este doble Super Audio CD el pasado mayo en un mercadillo en la puerta del Pergamonmuseum de Berlín. Me hice con él en parte atraído por la alta calidad sonora que este sistema ofrece (mi equipo reproduce SACDs de hasta seis canales), en parte por el morbo de ver qué demonios hace con las sinfonías Tercera y Cuarta de Beethoven el director de ese grupo gamberro, renovador, interesantísimo pero quizá un tanto sobrevalorado que es Il Giardino Armonico. Por fin me he sentado a escuchar la grabación en condiciones y ya tengo en la respuesta: Giovanni Antonini no solo no hace nada que ya no hubieran hecho otros, sino que además lo hace peor.

Las lecturas, grabadas respectivamente en 2006 y 2007 por los ingenieros de Sony Classical, son por descontado de corte historicista. Renegando de la densidad y del carácter digamos “gótico” de buena parte de la tradición centroeuropea, Antonini apuesta por la premura de los tempi, la moderación del vibrato, la ligereza de texturas, la pujanza rítmica, la incisividad tímbrica y una apreciable sequedad en el fraseo, demandas a las que la esforzada Kammerorchester Basel, formación de instrumentos originales no siempre impecable, responde con solvencia.

Hasta ahí, nada que objetar. Se trata al fin al cabo de una opción coherente y ya otros han obtenido plausibles resultados con ella en las sinfonías beethovenianas, fundamentalmente Frans Brüggen (enlace) y, en menor medida dada su irregularidad, John Eliot Gardiner, aparte del siempre desconcertante Nikolaus Harnoncourt, quien aun usando instrumentos en su mayoría modernos siguió parecida senda.

Con estos dos últimos nombres comparte Antonini una alta dosis de electricidad en sus lecturas, y no en balde el adjetivo de electrizante es reivindicado por el director italiano en su entrevista de la carpetilla como una de las bases de su acercamiento al compositor. El problema, claro, es que nuestro artista es más cuadriculado aún que el citado Gardiner, todavía más frío que Harnoncourt, tiene a su frente una orquesta menos brillante que la de los dos maestros citados y posee una técnica de dirección sinfónica bastante primaria. Matiza poco, poquísimo, y a la postre el resultado, todo lo extravertido y brillante que se quiera, termina aburriendo.

De las dos sinfonías la más floja, claro está, es la Heroica, partitura de la que Antonini nos ofrece una recreación toscamente planificada y de muy escasa cantabilidad. Procura, eso sí, epatar con los contrastes dinámicos y con el brío de los tempi, pero a todas luces esta recreación necesita un más minucioso trabajo con la gama dinámica y con los matices expresivos. Sólo convencen un animadísimo Scherzo, con unas trompas naturales adecuadamente rústicas y una fogosa coda final.

Músico mucho antes extrovertido que reflexivo, Antonini se mueve más a gusto en los pentagramas de la Cuarta. Por momentos parece demostrar cierta concentración e incluso es capaz de impresionar -más que de convencer- en el áspero y dramático clímax que traza en el Adagio, como también en un vitalista y ciertamente muy electrizante tercer movimiento. Por desgracia en el cuarto se deja llevar de nuevo por la precipitación y la machaconería, resultando a la postre una interpretación muy superficial.

Lo dicho: dentro de la misma línea un Brüggen (en la Heroica) y un Gardiner (preferible en la Cuarta sobre el holandés, que aquí resulta innecesariamente nervioso y violento) son para mi gusto bastante preferibles. Que un Hogwood o un Norrington hayan ofrecido un Beethoven historicista peor -el tiempo, por fortuna, les ha puesto en su lugar- no hace que éste de Giovanni Antonini, sin ser malo, albergue especial interés. Circula por ahí otro volumen -en el sello Oehms Classics- que contiene las sinfonías Primera y Segunda. Creo que pasaré de escucharlo.

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