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domingo, 4 de septiembre de 2022

Musikfest 2022: Shani con la Filarmónica de Rotterdam

El programa berlinés de esta noche, retransmitido en directo a través de la Digital Concert Hall, se ha abierto con una obra que me gusta especialmente: Atmósferas. La partitura de Ligeti no necesita una interpretación propiamente dicha, sino un director de técnica suprema y una orquesta de apreciable virtuosismo. Lahav Shani ha sobradamente demostrado lo primero. La Filarmónica de Róterdam parece mantener el alto nivel en que la dejó Nézet-Séguin en 2018. Pero no es de primerísima, como sí lo son los prodigios de Concertgebouw, Philadelphia o Cleveland que han desfilado los días anteriores, y eso se ha dejado notar: atreviéndose su titular a pedir lo imposible para extremar los contrastes, por momentos se ha quedado un pelín corta, e incluso ha habido algún desliz. 

Estreno en Alemania de la versión original de la Segunda sinfonía del holandés Willem Pijper (1994-1947), un compositor del que confieso no conocía nada. No es una obra larga, pero sí que exige una orquesta de dimensiones colosales –órgano, cuatro arpas, seis mandolinas, ocho trompas, dos pianos, legión de contrabajos–. Por ende, necesita una mano maestra que gobierne todo aquello sin que haya desmadre. Shani y los de Róterdam han triunfado plenamente en lo técnico y en lo expresivo, logrando que lo pasemos muy bien con una partitura que no será una obra maestra, pero que se sigue con enorme interés por su particular frescura y por sus hallazgos a medio camino entre la tradición y la modernidad.

Primera de Mahler para concluir. Versión de sólido trazo, irreprochablemente sonada y directa al grano en la expresión, sin narcisismos ni puntos muertos. Lo que ocurre es que quien firma estas líneas ya se ha vuelto viejo y, la verdad, necesita más imaginación, más personalidad y más fuerza expresiva en la batuta para disfrutar de la partitura. Para qué voy a ocultarlo: esta música ha dejado de gustarme.

domingo, 24 de julio de 2022

Un perfil de Gustavo Gimeno (I): debut con la Filarmónica de Berlín

Me han preguntado mi opinión sobre el nombramiento de Gustavo Gimeno (Valencia, 1976) como director musical del Teatro Real. Poca idea, la verdad. Aquí había hablado de él en dos ocasiones una en la comparativa de La mer de Debussy (leer) y otra al referirme a un disco de su mentor Claudio Abbado en el que él pudo haber tenido importante participación (leer); en ambas ocasiones no salió del todo bien parado. Lo oportuno me parece escuchar los otros testimonios sonoros que tenemos de este señor para hacernos una idea cabal de sus cualidades. Empecemos por su debut en octubre de 2021 al frente de la Filarmónica de Berlín, a disposición (aquí) de quienes somos abonados a la Digital Concert Hall.

Arrancó el programa con el precioso Concert Românesc de Ligeti, una obra muy temprana del genial compositor húngaro. La recreación de Gimeno, indisimuladamente “romántica”, resulta modélica por su plena atención tanto a la sensualidad, el vuelo melódico y la poesía como al ritmo y el folclor. ¡Cuanta chispa y desparpajo, y también cuanta finura en el trazo! La orquesta, divina, tiene no poco que ver con los insuperables resultados.


Sigue el Concierto para violín nº 2 de Prokofiev. Ya saben, el que se estrenó en Madrid. El maestro valenciano ofrece una dirección muy ágil, fluida y natural, rica en el color e irreprochable en el estilo, admirablemente delineada y siempre intensa en la expresión, aunque ni él ni el solista Agustin Hadelich, soberbio en lo técnico, terminan de profundizar en los movimientos extremos, dichos con más interés por el virtuosismo que por explorar subtextos. Al primero le sobra cierta precipitación y necesita mayor interés por los aspectos misteriosos e inquietantes, mientras que en el tercero podía haber explorado más la retranca. Los dos artistas triunfan en un Andante assai memorable, quizá no tan intenso como el de Vengerov con Rostropovich, pero perfecto a la hora de aunar belleza, canto y emoción.

Scheherazade de Rimsky-Rorsakov para terminar, nada menos. Auténtica prueba de fuego en la que se trata no de hacer sonar bien a la orquesta –una como la presente “toca sola”–, sino de demostrar qué se puede hacer con ella. Llama la atención el hecho de que Gimeno decida no recrearse en el músculo, la robustez y la potencia sonoras que habitualmente asociamos con la mítica formación alemana. Antes al contrario, el valenciano recuerda a su maestro Abbado en su intención por hacerla sonar con menos densidad, incluso con cierta ligereza, amén de con un extremado refinamiento tímbrico. No incurre, por ventura, en los preciosismos ni en los amaneramientos en lo que sí caía su mentor, por lo que a la postre nos ofrece una interpretación ante todo ágil, vivaz y colorista, interesada antes por la inmediatez descriptiva que por la opulencia sinfónica. Por ello mismo no resulta muy atmosférica ni se encuentra dotada de especial poesía, pero sí que es magnífica en el trazo –todo se encuentra planificado al milímetro–, admirable en lo que a transparencia se refiere y destila una frescura que le sienta de maravilla a la manida manida página.

Bien –solo eso– el violín de Noah Bendix-Balgley, y excelsos Emmanuel Pahud a la flauta y Wenzel Fuchs al clarinete. Stefan Schweigert posee una técnica soberbia, pero su decisivo solo de fagot al principio del segundo movimiento resulta en exceso rebuscado. Por lo demás, triunfo para Gimeno.

Por si alguien quiere puntuaciones: un 10 para Ligeti, un 8 para Prokofiev y Rimsky.

miércoles, 27 de enero de 2021

Algunas grabaciones de los cuartetos de Ligeti

Literalmente, no tengo fuerzas para acabar la crítica del Trovatore del otro día en el Villamarta, así que improviso estas breves líneas sobre los dos Cuartetos de cuerda de uno de los compositores que más admiro y que más me fascinan en la actualidad, pero de los que menos he escrito en este blog: Gÿorgy Ligeti.


El Cuarteto nº 1 se compuso entre 1953 y 1954. Se trata obra de intensísimo sabor folclórico en la que el homenaje a Bartók resulta evidente, sobre todo en esos pasajes que hacen referencia a los personalísimos nocturnos del autor de El mandarín maravilloso. Pero eso no significa que nuestro artista resulte en absoluto impersonal: antes al contrario, la partitura rebosa creatividad y apunta ya claramente al Ligeti maduro. El Cuarteto nº 2 es ya de 1968: primera madurez del autor y plena fascinación sonora para un oyente que, eso sí, necesita dejar de lado cualquier prejuicio.

¿Dónde buscar? Para el Cuarteto nº 1 me parece muy interesante la grabación del Cuarteto Hagen (DG, 1990), que aborda la obra desde una óptica mucho antes lírica que angulosa haciendo gala de exquisita sensibilidad tímbrica y apreciable cantabilidad. Pero a mí, la verdad, me gustan más las dos aproximaciones del Cuarteto Arditti. La primera (Wergo, 1978) es una versión muy tensa y aristada, afiladísima su sonoridad, digamos que “expresionista”; claro que también se encuentra magníficamente construida, está fraseada con concentración, resulta irónica cuando hace falta y ofrece un elevado sentido de las texturas. La segunda (Sony, 1994) es menos tensa y extrema, no desprende tanta rabia ni desesperación, al tiempo que parece más sutil y ofrece mayor unidad entre las diferentes secciones. Otra opción sería la del Cuarteto Artemis (EMI, 1999), que ofrece una lectura menos dolorosa y más inquieta, un punto nerviosa, interesante por destilar más “guasa” en los momentos humorísticos, aun sin dejar de ofrecer instantes de gran desgarro.

El Arditti sigue triunfando en el Cuarteto nº 2, cuya primera grabación vuelve a poseer una intensidad, una comunicatividad y una visceralidad muy especiales. La de Sony es la perfección absoluta en cuanto a virtuosismo, estilo, concentración e imaginación. Y aún tiene una grabación más, la realizada en el Wigmore Hall en 2005 editada por la propia sala de conciertos: una exhibición espectacular de texturas y colores, aunque con algunos ruidos suplementarios propios del directo. Mucho menos interesante es el pionero testimonio del Cuarteto Lasalle (DG, 1969): no termina de desplegar ni la riqueza tímbrica ni la tensión interna que piden estos pentagramas, aunque ciertamente su fraseo sea hermoso, flexible y muy musical. Con su sonido delgado y ágil, Cuarteto Artemis ofrece estupendas intenciones pero resultados no del todo interesantes.

La cosa está clara: busquen cualquiera de las versiones del Arditti y prepárense.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Simon Rattle en Londres: Webern, Berg, Ligeti, Stravinsky

Concierto de la Sinfónica de Londres bajo la batuta de Sir Simon Rattle filmado en el Barbican el 15 de enero de 2015 y editado por LSO Live en Blu-ray. Lo he comprado, aprovechando una importante oferta en la red, pese a que lo podía haber visto en Medici TV. Me arrepiento: el disco funciona mal y he tenido que meterlo y sacarlo varias veces antes de que mi aparato Sony fuera capaz de reproducirlo. Del contenido sí que estoy plenamente satisfecho, porque el maestro dirige de maravilla las piezas de Webern, Berg, Ligeti y Stravinsky que integran el programa.

Este arranca con las subyugantes Seis piezas para orquesta de Anton Webern. A diferencia de un Sinopoli o un Levine en sus memorables recreaciones discográficas, Rattle no opta por la virulencia expresionista. Su interés es otorgar sentido orgánico al conjunto, tratar a las seis piezas como un todo que respira, se mueve y se transforma, lo que implica atender especialmente al fraseo, a las transiciones y a las texturas, no tanto a las aristas tímbricas ni a los picos de tensión. El resultado, por ende, no es tan inmediato ni impactante, pero tampoco resulta hermético: la siempre comunicativa batuta de Rattle logran engancharnos de principio a fin.

Los mismos parámetros expresivos sigue Rattle en su recreación de los Tres fragmentos de Wozzeck, como si siquiera insistir en las relaciones que se pueden establecer entre la Segunda Escuela de Viena y el universo impresionista, o incluso con el pasado más o menos “posromántico”: sensualidad, misterio, incluso vuelo lírico se ponen en primer plano. No le es necesario cargar las tintas en la escena de la muerte del protagonista, expuesta con trazo finísimo y enormes sutilezas tímbricas para relevar el magisterio de la orquestación de Alban Berg. La solista es Barbara Hannigan. sencillamente impresionante tanto en lo vocal –importan poco algunos apuros en el grave– como en lo escénico.


En cualquier caso, es en Los misterios del Macabro donde la señora Hannigan tiene la oportunidad de desplegar todo su magisterio. Seguramente ustedes ya han visto el vídeo, que circula desde hace tiempo por la red: ella vestida de niña, maravillosamente histriónica y ofreciendo una pirotecnia vocal de esas que no se olvidan. Rattle y sus músicos ponen todo su virtuosismo –y buenas dosis de cachondeo– al servicio de la genial partitura de Ligeti y ofrecen un espectáculo sensacional.

Le Sacre du printemps para terminar. Si no llevo mal la cuenta, esta es la quinta filmación de Rattle interpretando la más grande creación de Stravinsky. Las anteriores eran con la Filarmónica de Berlín: la LSO, aun magnífica, no posee semejantes mimbres. Pero el maestro británico revalida su posición como uno de los más grandes intérpretes de la página. Su secreto reside en reivindicar lo mismo que reivindicaba en la primera parte del programa: que lo “romántico” y lo “impresionista”, que voluptuosidad, la delicadeza o la magia poética, la sensualidad y el misterio, no están reñidos con la tensión, la vitalidad, el desgarro e incluso la violencia. Puede que haya algún pasaje mejorable, pero a cambio la interpretación se encuentra trufada de detalles magistrales. Solo hay que lamentar una toma que, siendo francamente buena en tímbrica y equilibrio de planos, adolezca de un poco de compresión dinámica.

miércoles, 7 de agosto de 2019

El gran macabro del Liceu en Blu-ray

A lo largo de estos últimos meses he tenido la oportunidad de acercarme de manera sistemática a la obra de György Ligeti (1923-2006), haciendo uso para ello de la colección iniciada por Sony y concluida por Teldec, además de la muy recomendable caja de cuatro CDs editada por Deutsche Grammophon. Con ello he alcanzado una visión mucho menos inexacta de la creación de un compositor que se cuenta, desde ya, entre mis favoritos del siglo XX, y al que me gustaría escuchar mucho más en directo, cosa que he podido hacer en muy pocas ocasiones. Precisamente he cerrado la serie viendo el Blu-ray editado por Arthaus de la producción de El gran macabro presentada por el Gran Teatre del Liceo en 2011, a cuyo estreno pude asistir. En su momento la comenté en este mismo blog.


He repasado lo entonces escrito. Como creo que el texto sigue siendo válido –hoy me explicaría peor–, a él me remito no sin antes resumir en dos ideas la valoración: notable la interpretación musical, soberbia la propuesta escénica. Ahora bien, debo puntualizar que el visionado doméstico hace perder espectacularidad a la escenografía, mientras que en contrapartida permite apreciar mucho mejor el extraordinario trabajo escénico de todos y cada uno de los cantantes. Y que la toma sonora, además de ser magnífica, permite –para algo están los micrófonos– escuchar correctamente la Mescalina de Ning Liang, cosa que desde el patio de butacas no se podía hacer.


Habida cuenta de que hay subtítulos en castellano (aunque traduciendo “cocksucker” por “chupa…”, así con puntos suspensivos, no se vaya a escandalizar alguno), y que la calidad audiovisual es espléndida, parece claro que para todo buen melómano este es un vídeo de obligado conocimiento. Como lo es el resto de la obra de Ligeti. Anímense.

sábado, 2 de febrero de 2019

Noelia Rodiles, una artista de verdad

Esta noche actúa en el Teatro Villamarta Noelia Rodiles, una señorita desconocida para mí que, entre otros autores, tendrá la oportunidad de interpretar a Franz Schubert. Por eso mismo he escuchado con suma curiosidad –está disponible en Tidal– su único disco, editado por el sello Solfa en 2014, que incluye precisamente los Impromptus D 899. Y me han interesado mucho.


Ya desde el acorde inicial, lleno de expectativas, la joven pianista asturiana anuncia que su lectura va a estar más interesada por los interrogantes que por las respuestas, por las tensiones internas que por la belleza sonora en sí misma. Y así resulta ser, ofreciéndonos una recreación que en cierto modo me ha recordado a la de Barenboim que comenté hace un par de días, lo que significa que puede parecer un tanto unilateral, no del todo atenta a la magia poética de esta música, pero también que acierta de pleno al no ver en Schubert a un compositor amable, sereno y contemplativo, sino a un creador apasionado que bajo el más increíblemente hermoso y equilibrado ropaje formal esconde una buena dosis de desazón, incluso de desgarro. No hay espacio, pues, para la delicadeza preciosista, para la levedad ni para el distanciamiento expresivo: Rodiles se compromete a fondo y llena la música de pasión controlada y de lirismo con regusto amargo, sin renunciar en modo alguno a la elegancia, a la nobleza y a la cantabilidad. Personalmente echo de menos una gama dinámica más matizada y un juego más flexible de tensiones y distensiones, quizá también mayor carácter visionario en los clímax, aunque también debo reconocer que nuestra artista se controla a sí misma mucho mejor que Barenboim en el primer número y no incurre en el nerviosismo que rozaba el de Buenos Aires. En definitiva, este es un Schubert notabilísimo a cargo de una pianista muy seria que sabe poner los medios al servicio de una idea interesante. Es decir, de una artista de verdad y no de alguien que intenta deslumbrar corriendo sobre el teclado.

El disco se completa con las once piezas de la acojonante (¡perdón!) Musica ricercata de Ligeti. Aquí no tengo mucho donde comparar, pero me ha parecido que Rodiles, lejos de ver aquí meras experimentaciones sonoras, llena estas fascinantes piezas de vida, de fuerza expresiva, a veces utilizando con valentía el pedal y ofreciendo acordes llenos de tensión sonora. A toda luces, una artista a seguir. Estoy deseando que llegue el concierto.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ligeti y Benzecry en la Nacional


Cuando residía en la Sierra de Segura iba con una cierta regularidad a Madrid y Valencia y podía disfrutar música sinfónica en directo. Este año es imposible: trabajo por las tardes y los fines de semana nada hay en muchos quilómetros a la redonda, salvo alguna excepción aislada como la soporífera Novena de Beethoven del otro día en el Villamarta. Acudir puntualmente a Madrid el fin de semana pasado para escuchar a Barenboim me ofrecía la oportunidad de recuperar mi antigua costumbre de escuchar conciertos matinales de la Orquesta Nacional de España. Conciertos que habitualmente retrasmitía Radio Nacional de España y que al parecer ahora ya no recogen sus micrófonos: desdichada decisión, sea quien fuere el que la haya tomado (ignoro si las exigencias económicas vienen de una parte o de la otra).

El programa del pasado día 27 se llamaba El mestizaje, título que a mi entender solo convenía a su primera parte. Y la más interesante a la postre, porque la interpretación de la Sinfonia nº1 de Schumann que ofreció el maestro Clemens Schuldt pudo disfrutarse, estuvo correctamente trazada –sin precipitaciones y sin ese excesivo nerviosismo que aqueja a algunas interpretaciones schumannianas–, y estuvo dotada de vida, de animación y de comunicatividad, pero se quedó bastante alicorta en lo que a poesía se refiere y tampoco evidenció la depuración sonora deseable. Lo de antes es lo que tuvo mucho interés.


En primer lugar, por el placer de escuchar el Concert Romanesc de Ligeti, una obra temprana que además de resultar muy valiosa para conocer las raíces del genial artista húngaro, es una preciosidad en sí misma: folclore magníficamente llevado a la orquesta por un compositor que instrumenta de maravilla y ya empieza a intuir los novedosos senderos que más tarde recorrerá. Schuldt la dirigió de manera irreprochable y obtuvo de la Nacional un sonido bastante más satisfactorio que el de la última ocasión en que la pude escuchar en directo.

En segundo lugar, por lo mucho que se pudo disfrutar del Concierto para violín de Esteban Benzecry, un señor que nació en 1970 en Lisboa, se crió en Buenos Aires y se nacionalizó francés, pero que –como explica Benjamín G. Rosado en sus notas– mezcla en su música tanto “lo uno” como “lo otro”, es decir, lo porteño y lo parisino. Y también “lo de más allá”, en este caso más acá: el flamenco es directa referencia en el primer movimiento de esta página, que surgió como pieza independiente cuando era compositor residente en la Casa de Velázquez de Madrid. Los aromas del tango impregnan de manera muy evidente el segundo movimiento, para ofrecer en el tercero unas “evocaciones de un mundo perdido” que no es otro que el de la América precolombina, aquí recreada de manera muy pictórica, diríamos que cinematográfica. Sí, lo están adivinando. Esta es una música muy fácil de escuchar, hecha con la evidente intención de gustar a todo el mundo, y probablemente alberga poca sustancia bajo su brillante superficie, pero se encuentra estupendamente escrita, utiliza los recursos con enorme sabiduría, resulta inteligente en su eclecticismo y es de un irreprochable buen gusto: nada que ver con algunos bodrios igualmente interculturales que se escuchan por ahí.

Claro que no podemos restarle méritos a la excelencia de la interpretación, con un Schuldt y una ONE totalmente entregados al virtuosismo sin mácula y a la intensidad expresiva del violinista serbio Nemanja Radulović, precisamente la persona para la que fue escrita la partitura. Su sonido afilado y su temperamento volcánico –recuerda no poco a Malikian, también por la pelambrera– se ven bien acompañados por una gran capacidad para cantar la música con sensibilidad y delectación melódica, pero sin rastro de de narcisismo. Disfrute total.

PD. Los de la OCNE dejan hacer fotografías, obviamente sin flash. Sabia decisión.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Gran Macabro, pero que muy grande

Solo una vez en mi vida había estado en el Gran Teatre del Liceu. Fue en 1999, para ver El caso Makropulos protagonizado por Anja Silja –ya gastada vocalmente pero artista excepcional- en la espléndida producción de Nikolaus Lehnhoff procedente de Glyndebourne. He vuelto ahora –viaje agotador, carísima entrada de butaca de patio- con la ocasión del estreno en España de Le Grand Macabre, la divertidísima y genial “anti-antiópera” (sic) de György Ligeti, en la aplaudida propuesta de Alex Ollé, Valentina Carrasco y los chicos de La Fura dels Baus. Me ha merecido la pena: independientemente del carácter excepcional del acontecimiento y las escasas posibilidades de volverla a escuchar en directo en esta España afectada por un brutal giro conservador, los resultados de la interpretación me han parecido notables en lo musical y sensacionales en lo escénico. Vamos por partes.

Pese a no contar precisamente con una orquesta de primera fila, me pareció muy digno el trabajo de foso realizado por el todavía titular del Liceu, Michael Boder, sobre todo por su buen hacer a la hora de concertar –la partitura es de extrema dificultad- y por poseer ese desarrollado sentido de las texturas que demanda la música de Ligeti. El problema son las comparaciones, tanto con el portentoso análisis tímbrico, rítmico y armónico de Esa-Pekka Salonen en su grabación discográfica realizada para Sony en 1998 como –sobre todo- con el despliegue de fuerza, tensión sonora y desgarro expresionista ofrecido por el veterano Zoltán Peskó en la Ópera de Roma en 2009, precisamente con la misma producción de la Fura, que ustedes pueden escuchar en trasmisión radiofónica disponible en Internet (enlace).

Vocalmente la obra es imposible, porque como buena ópera expresionista (pensemos en Elektra o Lulu) se exigen tesituras extremas e intervalos desmesurados para llevar al límite las tensiones sonoras y emocionales. Que las voces tímbricamente sean atractivas es aquí lo de menos. Por eso mismo sobresalió el Piet inmenso de un Chris Merrit todo lo “acabado” que se quiera para el repertorio belcantista que le hizo famoso, pero perfecto dominador de una técnica que le permite proyectar su voz de manera admirable, hacer alardes de fiato y desenvolverse en la franja aguda; por si fuera poco se descubrió como un actor soberbio, sin pudor alguno además para caricaturizarse o hacer alarde de su grasa abdominal.

Bastante menos bien estuvo Werner Van Mechelen en el rol titular: en el registro grave se quedó muy corto, como también en personalidad. Floja, vocalmente inadecuada y con escasa proyección al menos hacia el patio de butacas, Ning Liang como la detestable Mescalina. Eché de menos a la estupenda Jard van Nes de la citada grabación de Salonen. En ésta ya estaba presente Frode Olsen, quien en el Liceu se ha vuelto a desenvolver con gran dignidad como Astradamors. Fantástico, como no podía ser menos, el Go-Go de Brian Asawa. Los demás realizaron un muy solvente trabajo, pero quien puso la guinda fue una sensacional Barbara Hannigan en el doble rol de Venus y Gepopo. Si tienen tiempo vean el siguiente vídeo donde la soprano canadiense se dirige a sí misma (!) en sus increíblemente diabólicas arias de coloratura haciendo gala de portentosa agilidad vocal y singularísima presencia escénica.

En cuanto a la Fura, debo advertir que no siempre me convence lo que hacen en el campo operístico: me gustaron mucho Anillo y Mahagonny, y también me interesaron La condenación de Fausto y El martirio de San Sebastián, pero sus Troyanos los considero flojos y su Flauta Mágica absolutamente deleznable. Este Ligeti me ha parecido, con diferencia, su mejor trabajo. Más aún: la tengo por una de las mejores producciones que he visto en mi vida de cualquier título operístico. Y no crean que su fuerza se basa fundamentalmente en la gigantesca muñeca diseñada por Alfons Flores que gira, se abre y recibe proyecciones. Ni tampoco en la recurrencia a determinadas señas de identidad fureras, como la presencia de personajes colgando del techo (¿podía imaginar Chris Merrit que un día iba a cantar balanceándose a muchos metros del suelo?) o un claro gusto por lo escatológico. Ni siquiera en las morcillas de Madonna y Michael Jackson. No: además todo eso y más, hay detrás un maravilloso trabajo lleno de inventiva que toma a Ligeti no como excusa sino como base, y que se sirve de la tecnología para ayudar a la acción y no para epatar al personal.

Una lectura atenta de las acotaciones escénicas y de las diversas declaraciones del compositor nos permiten además comprobar que Alex Ollé y Valentina Carrasco no se han tomado ninguna libertad gratuita, sino que han realizado sus aportaciones muy atentos a las intenciones originales del compositor y sin traicionar en modo alguno su espíritu. No conformes con eso, han sido además capaces de materializar algunos de los imposibles pedidos por el libreto, como la aparición de personajes flotando en el espacio o la disminución progresiva de tamaño de Nekrotzar al final de la función. Y todo ello, atención, ofreciendo una soberbia dirección de actores –cosa que no siempre ocurre en los trabajos fureros- en la que todos y cada uno de los cantantes realizan un trabajo irreprochable, sobresaliendo en este sentido –ya lo dijimos arriba- un impagable Chris Merrit.

¿El respetable? Estuve la noche del estreno, la del sábado 26. Se combinaba el público burgués de la tercera edad con gente que sabía a lo que venía y alternatas varios. Algunos abonados habían dejado butacas vacías no haciendo acto de presencia, pero no percibí deserciones en el entreacto. Hubo risas cuando los personajes salían de una vagina gigante, momento en el que en la Ópera de Roma –en el audio antes referido- se escuchan gritos de escándalo. No pocos salieron corriendo en Barcelona nada más terminar la función. Se aplaudió con especial entusiasmo a Barbara Hannigan y Chris Merrit, pero fueron los de La Fura los recibidos con mayor calor, pese a que una persona aislada, en el lateral izquierdo, los abucheó con saña. Para mí, una función memorable. Ah, excelente el libreto editado por el Liceu, pese a que el texto original se ofrecía en alemán y no en inglés, que es la lengua en que se ha visto esta producción.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Clásicos del siglo XX en EMI: de una tacada

Artículo publicado en el número de diciembre de 2010 de la revista Ritmo.
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Muy alto el nivel interpretativo de esta nueva entrega de la barata serie de dobles compactos dedicados a clásicos del siglo XX, ideal para hacerse de una tacada con obras no siempre fáciles de reunir. En el doble dedicado a Gustav Holst sólo desentona -por Júpiter y Neptuno- la en cualquier caso notabilísima lectura de Los planetas a cargo de Sir Adrian Boult (1978, cuarta y última de las que grabó), muy atractiva por su tratamiento de las texturas y por su admirable toma sonora. Todo lo demás es extraordinario, sobresaliendo las lecciones de André Previn en una entusiasta, colorista y muy “cinematográfica” lectura de The perfect fool y en una recreación de Egdon Heath lenta, concentrada y de un adecuado misticismo. Muy sensual registro del grupo 2 de los Himnos del Rig Veda a cargo de Sir Charles Groves, y una delicia la Suite nº 2 para banda militar. Notabilísimo también -y muy británico- Norman del Mar en las obras que le corresponden. En todo caso quien se lleva la palma es Sir Malcolm Sargent con su St Paul’s Suite, una asombrosa demostración de que la alegría y la luminosidad no están reñidas con la densidad y la tensión sonoras, revelándonos en el tercer movimiento insólitos ribetes dramáticos.

Más interpretaciones de lujo para música menor -y yo añadiría que bastante menos poética y más primaria que la de Holst, por no decir otra cosa- las encontramos en el volumen dedicado a Aram Khachaturian. Las suites de Spartacus y Gayaneh registradas por el compositor en 1977 con la Sinfónica de Londres que aquí se presentan son preferibles a las que grabó en 1962 para Decca, y no solo porque las selecciones -muy parecidas- están mejor hechas, sino porque la batuta consigue una mayor depuración técnica, lima estridencias -le ayuda una toma sonora de mayor naturalidad- y se muestra más atenta a la sensualidad; la celebérrima Danza del sable es buen ejemplo de lo dicho. Para la suite de Masquerade se ha recurrido a un registro de 1959 hasta ahora inédito en compacto en el que el compositor Alfred Newman, no todo lo elegante y refinado que debiera, inyecta entusiasmo y pasión desbordantes. Los conciertos para piano y violín, registrados con discreto sonido monofónico bajo la irreprochable dirección de Sir Adrian Boult y el propio Khachaturian respectivamente, se encuentran defendidos por un Mindru Katz de sonido poderoso y enorme sinceridad y por un David Oistrakh -puro fuego controlado- que canta las melodías con una calidez incomparable. Cristina Ortiz firma ágiles y un punto nerviosas versiones de varias piezas para piano solo.

La música grande de verdad llega con los dos cuartetos de György Ligeti, maravillosamente bartokiano el primero, personalísimo y genial el segundo. El Cuarteto Artemis (registro de 1999 prestado por Virgin) se enfrenta a ellos con un sonido delgado -algo raquítico el primer violín- y ágil, también con un apreciable estilo, pero evidenciando desigualdades: bastante inquieta y nerviosa la interesante versión del nº 1, que aporta mucha “guasa” en la sección más irónica, y menos lograda la del nº 2, carente de la tensión sonora, la imaginación y el virtuosismo de las tres referenciales grabaciones del Arditti. Como complemento se incluye el disco de páginas a cappella grabado en 1988 por el Groupe Vocal de France bajo la dirección de Guy Reibel, versiones algo frías pero que nos permiten maravillarnos con la evolución del compositor desde unos comienzos de raíces folclóricas hasta la madurez magistral de Lux aeterna. Correctas Ramifications, y sensacionales las Seis bagatelas para quinteto de viento por Tuckwell y sus muchachos.

Gran idea la de recuperar el CD en el que James Conlon recrea interesantes páginas orquestales del cada día más revalorizado Franz Schreker manteniéndose atento a la clarificación de texturas y ajeno al peligro del decadentismo, aunque quizá sin destilar toda la sensualidad que debiera. Completando el lanzamiento se ofrecen la Sinfonía de Cámara del mismo autor en interpretación extrovertida y angulosa de un Franz Welser-Möst que debería haber paladeado la obra con mayor reposo y atención a la claridad; las Variaciones sobre una canción húsar de Franz Schmidt por Hans Bauer, quien acierta sobre todo en la mágica introducción de carácter impresionista; y los Dos estudios sobre Doktor Faust de Busoni, dirigidos con estilo más británico que germánico -con más elegancia que atmósfera- por Daniell Revenaugh. De propina, Fischer-Dieskau y Thomas Hampson poniendo todo su arte al servicio de dos hermosas páginas de Schreker.

Finalmente nos encontramos con un precioso doble dedicado a Vaughan Williams de altísimo nivel interpretativo en el que sobresale la concentrada objetividad de Bernard Haitink acompañando a unos inspiradísimos Sara Chang e Ian Bostridge en La alondra elevándose y On Wenlock Edge, respectivamente, un cálido Sir Adrian Boult defendiendo la Norfolk Rhapsody nº 1 y la Serenade to Music, un Vernon Handley que ofrece sendas lecciones de estilo en Las avispas y Flos Campi y, sobre todo, un Sir John Barbirolli conmovedor en la Fantasía sobre Greensleeves y genial en su visionaria recreación de la Fantasía Tallis, aunque quien nos termina dando la sorpresa es un juvenil y extraordinariamente cálido Anthony Rolfe Johnson en las Songs of Travel. Menos expresivo que su colega resulta Ian Partridge en el ciclo On Wenlock Edge, que se ofrece en su versión camerística original. En cualquier caso, si no tiene este repertorio en su discoteca, doble imprescindible.

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HOLST: A Somerset Rhapsody. Brook Green Suite. The Perfect Fool. The Planets. Suite nº 2 for Military Band. St. Paul’s Suite. Egdon Heat. Hymns from the Rig Veda. A Choral Fantasia.
Solistas. Orquestas. Dirs: Norman del Mar, André Previn, Eric Banks, Sir Malcolm Sargent, Sir Charles Groves, Imogen Holst.
EMI 6 27898 2
2 CDs. 143’17’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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KHACHATURIAN: Spartacus (suite). Gayaneh (suite). Masquerade (suite). Concierto para piano. Concierto para violín. Cuatro piezas de “Imágenes de la infancia”.
Mindru Kazt, piano. Cristina Ortiz, piano. David Oistrakh, violín. Orquestas. Dirs: Aram Khachaturian, Sir Adrian Boult, Alfred Newman.
EMI 6 27890 2
2 CDs. 151’16’’
ADD
EMI-Hispavox
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LIGETI: Cuartetos para cuerdas nº 1 y 2. Ramificaciones. Seis bagatelas. Lux Aeterna. Tres fantasías sobre Friedrich Hölderlin. Cuatro canciones húngaras. Tres canciones folclóricas húngaras. Canciones de Matraszentimre. Dos canciones húngaras.
Cuarteto Artemis. Quinteto de vientos de Barry Tuckwell. Orquesta de Cámara de Lausana. Dir: Louis Auriacombe. Groupe Vocal de France. Dir: Guy Reibel.
EMI 6 27905 2
2 CDs. 115’04’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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SCHREKER: Sinfonía de cámara. Intermezzo. Vorspiel zu einem Drama. Romantische Suite. Die Dunkelheit sinkt schwer wie Blei. Vorspielm zu einer grossen Oper. In einem Lande ein bleicher Köning. SCHMIDT. Variaciones sobre una canción hussar. BUSONI. Dos estudios sobre Doktor Faust.
Solistas. Orquestas. Dirs: Franz Welser-Möst, James Conlon, Fabio Luisi, Hans Bauer, Daniell Revenaugh.
EMI 6 27973 2
2 CDs. 148’39’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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VAUGHAN WILLIAMS: Fantasia on a Theme by Thomas Tallis. Fantasia on Greensleeves. The Wasps. The lark Ascending. Flos Campi. Five variations of “Dives and Lazaru”. Norfolk Rhapsody nº 1. On Wenlock Edge. Silent Noon. Songs of Travel. Serenade to music.
Solistas. Orquestas. Dirs: Sir John Barbirolli, Vernon Handley, Bernard Haitink, Sir David Willcocks, Sir Adrian Boult.
EMI 6 27910 2
2 CDs. 155’38’’
ADD/DDD
EMI-Hispavox
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Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

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