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sábado, 13 de febrero de 2010

Cosa rara en Valencia

Ofrece el Palau de Les Arts una nueva producción de Una cosa rara, ópera que en su momento hizo furor (no hace falta insistir en la archiconocida cita en el banquete de Don Giovanni) pero a la que en tiempos recientes solo se le ha prestado atención desde que la recuperase a principios de los noventa Jordi Savall. ¿Ha merecido la pena? Rotundamente sí, porque al fin y al cabo se trata de nuestro patrimonio musical y, como se hace con cuadros o edificios, es deber de las administraciones públicas restaurarlos y ponerlos en valor para que luego tanto los historiadores como el público disfruten y opinen. Máxima tratándose de una partitura que en su día alcanzó semejante celebridad.

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Dicho esto, ¿nos encontramos ante una gran ópera? A mí me parece que no. Independientemente de las inevitables comparaciones con Mozart (no vamos a encontrar aquí la sutil definición de personajes ni el dominio orquestador del genial salzburgués), la obra de Vicente Martín y Soler parece más la de un artista con enorme sabiduría y oficio que la de un músico dotado de verdadera inspiración. Por decirlo de modo vulgar, uno escucha la obra con mucho placer pero no sale del teatro con ninguna melodía en la cabeza.

A nivel dramático, Una cosa rara, ossia Bellezza ed onestà supone toda una decepción viniendo su libreto de quien viene, es decir, de Lorenzo da Ponte, en la que era su segunda colaboración con el valenciano. Que se tiene que jugar con las convenciones es inevitable, como también que hay que rendir pleitesía al Antiguo Régimen: la obra se estrena en 1786, tres años antes de la Revolución Francesa, en el Teatro de la Corte de Viena. En problema está en otro lado: en la falta de verdadera progresión dramática. Tal es así que se llega al final del primer acto con la acción prácticamente resuelta y a partir de ahí se puede perder el interés por lo que pasa sobre la escena.

Consciente de semejantes limitaciones, Francisco Negrín ha realizado una propuesta escénica absolutamente soberbia que es capaz de ser fresca, original, dinámica y muy divertida sin caer en el grave error que cometen muchos “modernizadores” de libretos, es decir, hacer que la acción se dirija en un sentido opuesto al que lo hace la música o, peor aún, caer en la más vulgar y previsible provocación gratuita.

No diré mucho más para no reventarle la sorpresa a quienes no la hayan visto: me limito a apuntar que nos encontraremos en una especie de club privado para pijos cuya dueña parece ser Isabella (Isabel la Católica el original), y que el juego entre los dos distintos niveles de acción (los cortesanos y los campesinos) se resuelve con una propuesta que ha sido descrita por un amigo como un cruce entre Gran Hermano y El Show de Truman. Originalísimo además el desarrollo del espacio escénico en tres niveles de altura diferentes para rimar con el empinado graderío de la sala donde se ofrece esta producción, no en balde el Teatre Martín i Soler (sic) del Palau.

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La interpretación musical tuvo el acierto de contar fundamentalmente con voces del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo del propio Palau: la mayoría lo hicieron con mucha corrección, y bastante más que eso en el caso de Maite Alberola, de la que ya hemos hablado en alguna ocasión por aquí (enlace). Entre los que no pertenecían a la “academia”, la valenciana Ofelia Sala se enfrentó con desigual fortuna a las agilidades del rol de la reina Isabella y el joven Joel Prieto exhibió una hermosísima voz como el príncipe Giovanni, mientras que quien se llevó el gato al agua fue María Hinojosa en el papel que da título a la obra, es decir, en el de esa “cosa insólita” que según el misógino Da Ponte es una chica al mismo tiempo hermosa y fiel.

La dirección musical (en dos funciones cambiará la batuta) corre a cargo de Ottavio Dantone, enorme clavecinista y director más discutible que no termina de encontrar el punto de equilibrio necesario entre sus planteamientos historicistas y la pequeña pero magnífica orquesta de instrumentos modernos que tiene a su disposición. Me pareció la suya una dirección muy teatral, muy animada y con mucha vida, pero también bastante seca y de escaso vuelo lírico. Es un acierto utilizar clave y fortepiano para el continuo y los recitativos. El Cor de la Generalitat Valenciana, por desgracia, se ve perjudicado por su ubicación al principio del primer acto.

¿Conclusiones? Con sus virtudes y limitaciones, Cosa rara hay que conocerla, y difícilmente se va a contar con una ocasión mejor que esta que se nos ofrece en Valencia, merced sobre todo al soberbio trabajo de Francisco Negrín y su equipo. Muy recomendable.

viernes, 3 de julio de 2009

Zedda’s boys (& girls) en Valencia

Prolongué un día mi estancia en Valencia (aún tengo que comentar aquí el Anillo) para asistir a la velada de presentación de los alumnos -cantantes y pianistas acompañantes-, del Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo integrado en el Palau de Les Arts, organismo que dirige Alberto Zedda con la asistencia de José Miguel Pérez Sierra. La gala duró tres horas -con dos intermedios-, se celebró en el Teatre Martín i Soler, se vio perjudicado por una amplificación con problemas y contó, se notaba demasiado, con abundante presencia de familiares de los artistas.

Para quienes no teníamos ni idea de qué nos íbamos a encontrar allí, la velada tuvo el atractivo de la sorpresa, a ver qué ocurría cada vez que uno de estos jóvenes abría la boca. Hubo de todo, lógicamente, pero el nivel medio -para tratarse de estudiantes- fue alto. Todos ellos, sin excepción, cuentan con buena materia prima, unos vocal y otros “artística”, y todos ellos tienen que pulir -unos más y otros menos-determinadas cuestiones técnicas y se enfrentan a un largo camino por recorrer. En cualquier caso, se podrían destacar algunos nombres.

A mí quien más me gustó fue una chica llamada Maite Alberola, que se marcó un dúo con Germont notabilísimo por voz, por estilo y por entrega: no sé cómo resolvería esta joven soprano el primer acto de Traviata, pero por lo aquí escuchado parece que estamos ante una futura gran Violetta. En la romanza de La tempranica volvió a demostrar un arte sobrado. Procuraré estar muy atento a este nombre, porque promete lo suyo.

Me interesó bastante la soprano Susana Martínez, buen instrumento y prístina dicción al servicio de una artista con estilo. Me impactaron la voz impresionante y el volcánico temperamento de María Luisa Corbacho, que si estudia mucho se convertirá en una gran mezzo. Me gustaron las buenas dotes escénicas y la expresividad vocal de la soprano Irina Ionescu. Y me agradó la voz bien timbrada, con mucho esmalte, de Dolores Lahuerta, soprano con soltura en las agilidades y un tanto en la línea de María Bayo.

Entre los chicos el único que me llamó la mucho atención fue Hans Ever Mogollón: aunque no tenga aún los agudos de Ah! mes amis (¿para qué la canta, entonces?) hizo gala de una voz de calidad, de un amplio fiato y de una gran calidez expresiva que no necesita recurrir a trucos ni excesos para conmover. Los demás, chicos y chicas, pues con sus virtudes y sus limitaciones, lo mismo que los pianistas. Yo me limito a decir quiénes me han gustado más, que será el tiempo quien les vaya poniendo en su sitio.

Enhorabuena a todos, y a seguir adelante. Los aficionados les esperamos ilusionados con la confianza, eso sí, de que ninguno de ellos caiga en la trampa de creerse las cosas cuando sus amigos les dicen que valen mucho: si lo hacen, estarán acabados. Mucho ojo, que el camino está lleno de trampas.

PS. Acaban de concederle a Maite Alberola el premio al "mejor cantante revelación" del Teatro Campoamor. Enhora buena a ella, a todos los galardonados y especialmente al "mejor cantante de zarzuela", que no es otro que mi paisano Ismael Jordi.

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