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domingo, 6 de agosto de 2017

Barenboim en los Proms de 2017 (y II): Birtwistle, Elgar

Hora y media después del concierto de Haitink con la Orquesta de Cámara de Europa, comenzaba la segunda actuación –aquí se encuentra comentada la primera– de Daniel Barenboim y Staatskapelle de Berlín en los Proms de este año. Para escribir he esperado a disfrutarla de nuevo, esta vez en la filmación realizada por la BBC. En ella hay una importante pega: desaparece la imagen durante cuatro minutos del primer movimiento de la sinfonía de Elgar, circunstancia ante la que la propia BBC pide disculpas. Parece que la ausencia no es subsanable, así que nuestro gozo en un pozo. La calidad de imagen es divina, no tanto el sonido: el volumen sufre algunas alteraciones, quizá debido a la compresión dinámica. Pero vamos ya al contenido.

La primera parte la ocupaba el estreno en Reino Unido de una página encargada por el propio Barenboim a Sir Harrison Birtwistle (n. 1934). Como del compositor británico solo conocía su admirable ópera The Minotaur, que comenté hace tiempo, decidí hacer un repaso (¡qué suerte tener integrado Spotify en mi receptor!) por su obra sinfónica: Secret Theater, Earth Dances, Panic, The Cry of Anubis, The Shadow of Night y Theseus Game son las páginas que han pasado por mi equipo.

En Deep Time se reconocen sin problemas los rasgos que, a tenor de las obras anteriormente citadas, parecen caracterizar la producción del autor: denso trazado polifónico, apreciable angulosidad tímbrica y un ritmo obsesivo que, a través de breves células que se van yuxtaponiendo de manera implacable, crea una atmósfera opresiva y una fuerte tensión dramática. Por no hablar, claro está, de esa obsesión por el tiempo que aquí queda patente ya en el mismo título de la composición. El problema, de haberlo, es que Birtwistle no parece decir nada nuevo que no haya dicho ya. Quizá haya aquí mayor riqueza en el color –la plantilla orquestal es inmensa– que en obras pasadas, quizá también resulte menos virulento que en otras ocasiones, pero lo cierto es que esperaba más aún. En cualquier caso, una obra magníficamente escrita y de incuestionable calidad que recibe una interpretación de bandera: diríase que Barenboim y los berlineses han crecido con esta música.

Y algo parecido se puede decir con respecto a su afinidad con Edward Elgar. Poco que añadir a lo que escribí a propósito de su interpretación en Madrid hace ahora tres años de su Segunda sinfonía: una monumental lección de dominio del fraseo, del color y de la polifonía, y una palmaria evidencia de la inspiración poética que nuestro intérprete ha alcanzado empuñando la batuta. Hay en su lectura voluptuosidad, grandeza, gozo dionisíaco, lirismo, hondo sentido trágico, urgencia dramática, melancolía, reflexión humanística, hondura... Para qué seguir: si el autor de las Variaciones Enigma quiso hacer una síntesis de toda su experiencia vital en esta música, Barenboim ha conseguido reflejar todo ello con una intensidad y una convicción abrumadoras. Y lo hace subrayando de manera marcada las conexiones con Bruckner, si bien en la entrevista del intermedio a quien termina citando es a Gustav Mahler. Y a Jacqueline Du Pré, en este caso como inspiradora de su manera de poner de relieve el lado más intenso, trágico y sensible de la música elgariana tal y como ella hizo en sus justamente míticas recreaciones del Concierto para violonchelo. Repaso mientras escribo estas líneas la interpretación de Kirill Petrenko, nada menos que con la Berliner Philharmoniker, y no hay color: la de Barenboim no ya abiertamente superior, sino por completo genial.

Mención aparte merece la labor de la Staatskapelle de Berlín. Hasta hace no muchos años un servidor mantenía que se trataba de una orquesta de segunda a la que Barenboim, mediando su prodigiosa técnica, hacía sonar como una de primera. No sé si me equivoqué en mi apreciación –creo que no–, pero de lo que estoy seguro es de que ahora sí que se encuentra entre las cuatro o cinco más grandes formaciones sinfónicas del continente. Diré más: aunque la Filarmónica de Berlín ofrece mayor seguridad en todas sus secciones y un músculo incomparable, además de poseer un rosario de solistas que son auténticas estrellas, la Staatskapelle se muestra más flexible y ofrece un sonido más cálido y luminoso, yo diría que más bello, en el que se percibe con claridad la huella de esa tradición centroeuropea que quizá solo en la otra Staatskapelle, la de Dresde, se sigue manteniendo.

La primera propina estaba cantada: intensa recreación de Nimrod. Luego vino el valiente y necesario –hoy más que nunca, también en Cataluña– discurso de Barenboim en contra de los "aislacionismos" y en defensa de la cultura europea, cuya traducción ya ofrecí aquí. Se cerró la velada, no podía ser menos, con una Pompa y circunstancia de lo más significativa. Memorable concierto.

PD. Descarguen el vídeo completo de YouTube cuanto antes. Pronto la BBC reclamará el copyright y se quedarán sin él.

domingo, 30 de julio de 2017

Haitink y Faust en los Proms 2017

Tras la primera velada de Barenboim y la Staatskapelle de Berlín la noche anterior, el domingo 16 de julio los BBC Proms ofrecían sesión doble, añadiendo a la otra parte del díptico elgariano del de Buenos Aires un concierto a temprana hora (15:45) de Bernard Haitink e Isabelle Faust junto a la excelente Orquesta de Cámara de Europa. Mozart y Schumann en los atriles. Ya se encuentra disponible en YouTube (puede que por poco tiempo, así que aprovechen) y he podido revisar mi experiencia.


Comienza la sesión con la Sinfonía nº 38, Praga, del gran genio salzburgués. Le conocía a Haitink una grabación –en el sello Hänssler– frente a la Staatskapelle de Dresde del año 2002. Como en aquella oportunidad, nos ofrece un Mozart de inmejorable ortodoxia, perfecto en el trazo y en su arquitectura, que consigue un perfecto equilibrio entre tensión dramática, elegancia, músculo, ligereza, encanto y sentido de los claroscuros. El problema es que frente a dos movimientos extremos vibrantes, decididos, comunicativos a más no poder (¡incluso hay picardía en el finale, cosa rara en Haitink!), queda un segundo dicho sin la menor afectación pero bastante insustancial, sin hondura ni poesía. ¿Es el problema respetar el tempo Andante prescrito por Mozart y no hacerlo más lento? Me parece que no: simplemente, el maestro no sintoniza con esta página. Por lo demás, la orquesta de Cámara de Europa realiza una labor formidable, tratada por parte de la batuta con una articulación en absoluto historicista, pero ciertamente ligera –más que en Dresde, porque el tamaño influye–, transparente y alejada de cualquier planteamiento sonoro protorromántico

Curiosamente, Haitink recorta y aligera aún más la articulación en el Concierto para violín nº 3 del mismo autor, no sé si por tratarse de una obra mucho más temprana que la Praga o por llegar a un consenso con Isabelle Faust, que viene de grabar la obra con Giovanni Antonini. Oír para creer: a sus ochenta y ocho añitos de nada, dejándose influir –aunque sea ligeramente- por el historicismo más radical. ¿Y la Faust? En mi comentario de su referida grabación me preguntaba si moderaría sus planteamientos al estar junto a Haitink. Pues sí, lo hace. Pero solo un poco: ahí siguen los sonidos fijos, el fraseo blandengue y los detalles de cursilería, amén de su incapacidad para extraer poesía de los pentagramas. Que su técnica sea colosal –tremendo virtuosismo en las cadenzas, escritas por Andreas Staier– y su sonido llene la inmensa sala del Royal Albert Hall me parecen aspectos secundarios frente al despropósito. La orquesta contentísima, y Haitink más aún. Yo alucinando.

Sinfonía nº 2 de Robert Schuman en la segunda parte. Como en su registro discográfico de 1984 aquí comentado, una interpretación increíblemente bien expuesta y dicha en un perfecto estilo schumanniano, en ese punto justo de equilibrio tan difícil de lograr entre ligereza y densidad, entre elegancia y nervio, entre vuelo lírico y tensión dramática. Los movimientos extremos están llenos de fuerza y de grandeza sin retórica, y el segundo es un prodigio de virtuosismo: ¡qué lástima que las cámaras de la BBC nos regateen el maravilloso momento en el que Haitink lanza un beso volado a la orquesta por su asombrosa limpieza en la ejecución! ¿Y el Adagio? Como en la grabación con la Concertgebouw, sigo echando en falta sensualidad, ternura y poesía, pero ahora reconozco que el maestro sí ofrece –o quizá en esta ocasión haya estado un punto más inspirado– ese amargor generalizado que transpira el movimiento y esos acentos lacerantes que éste pide en sus clímax. Me emocioné mucho.

Una cosa más: la orquesta está sensacional en todo el concierto, rindiendo al máximo nivel técnico posible –increíble el timbalero, por cierto con baquetas duras– y ofreciendo bajo la batuta del veterano director una claridad y una depuración sonora fuera de serie. De hecho, la propina no es sino una excusa para lucir virtuosismo: solo con Klemperer –bueno, y con Harnoncourt también– he escuchado el Scherzo de El sueño de una noche de verano mendelssohniano mejor diseccionado.

Aunque hora y media después Barenboim aparecería sobre el podio, abandoné el concierto con tristeza: ¿volveré a escuchar a Haitink en directo alguna vez?

viernes, 28 de julio de 2017

Barenboim en los Proms de 2017 (I): Sibelius, Elgar

Ya dije que esperaría a escuchar las retransmisiones de la BBC para comentar los tres Proms a los que he asistido este año. Voy ahora al primero de los dos que ofrecieron Daniel Barenboim y la Staatskapelle de Berlín, el de la noche del sábado 15 de julio con el Concierto para violín de Sibelius y la Primera sinfonía de Elgar en los atriles, retransmitido solo en audio (el del día siguiente sí se llegó a filmar). Solista de lujo: Lisa Batiashvili.


La violinista georgiana repite su asombroso logro discográfico del año anterior junto al propio Barenboim, comentado por aquí, ofreciendo el máximo nivel posible dentro de una aproximación ante todo lírica y apolínea en la que impera una extraordinaria belleza formal, pero sin desdeñar en modo alguno las tensiones sonoras: el final del primer movimiento está lleno de frenesí controlado, el segundo rezuma amargor y la desesperación agónica de la coda del tercero (¡que algunos comentaristas quieren ver luminosa, menudo despiste!) se hace bien patente. Por otra parte, la comparación con la lectura que le escuché tan solo una semana antes a Janine Jansen en Granada resulta reveladora: Batiashvili no solo toca la obra bastante mejor que su colega, que en más de un momento se las vio y se las deseó a la hora de enfrentarse a los terribles escollos de la partitura, sino que canta las melodías de una manera mucho más sincera y emotiva. El público de los Proms supo reconocer su excelsitud, hasta el punto de que hubo amagos de aplaudir entre movimientos.

También interesa comparar a Barenboim con Rattle: el británico lo hizo estupendamente en lo expresivo, pero no terminó de cuidar el equilibrio con la solista y se soltó la melena a la hora de desplegar decibelios. El de Buenos Aires, por el contrario, mantuvo muy controlada a la bestia para no sepultar a Batiashvili –yo estaba detrás de la orquesta y aun así la escuché relativamente bien–, y además –esto me lo hizo ver un amigo en el intermedio– tuvo muy en cuenta la peculiar acústica del Royal Albert Hall a la hora de tratar los clímax sonoros. Todo ello, por descontado, con una perfecta comprensión del universo sonoro y expresivo de Sibelius. El resultado, una interpretación descomunal.


En cuanto a la Primera de Elgar, nada nuevo com respecto a lo que ya le había escuchado en disco y en vivo: una interpretación descomunal que alcanza su cénit en un tercer movimiento dicho con una cantabilidad, una plasticidad en el manejo de las masas orquestales y un aliento poético de altísimos vuelos. En cualquier caso, haber tenido la oportunidad de verle –por segunda vez en esta obra– desde detrás de la orquesta, es decir, de frente, me permite calibrar mejor hasta qué extremo Barenboim cuida todos los detalles de la exposición sonora, atiendo con una gestualidad precisa –y en absoluto de cara a la galería– a todos y cada uno de los matices: su dominio de la gama dinámica –increíblemente planificada–, de las tensiones orquestales, de las texturas –se escucha absolutamente todo pese a ofrecer un empaste redondo y sensual envuelto por brumas–, del sentido orgánico del legato... Verdaderamente estamos ante un director con una técnica magistral, además de ante un músico de una inspiración excelsa que hoy no conoce rival alguno en el podio.


La primera propina fue el Vals triste. Barenboim comete el error de comenzarlo con el auditorio aún armando jaleo, así que la orquesta se equivoca y a los pocos compases tienen que volver a comenzar. Importa poco: una espléndida –no genial– interpretación en la línea que ya le conocemos al maestro, no particularmente concentrada en el arranque ni en el final pero muy encendida en el clímax.

Para finalizar, la marcha nº 1 de Pompa y circunstancia: no me gustaron las secciones rápidas, en exceso lastradas por el nervio y la aparatosidad, pero el celebérrimo tema lírico fue desgranado por Barenboim con la mezcla de elegancia y solemnidad que le conviene. Y sin pizca de retórica. El público, arrebatado: juro que los que estaban a mi lado cantaban “Land of hope and glory”, como si estuvieran en the last night. Claro que lo tremendo vendría al día siguiente.

miércoles, 19 de julio de 2017

El discurso de Barenboim en los Proms: aislacionismo, cultura europea e integrismo religioso

Ya dije en mi anterior entrada que los dos conciertos de Barenboim y la Staatskapelle de Berlín que escuché en los Proms los comentaré más adelante, cuando los vuelva a disfrutar escuchando las correspondientes transmisiones de la BBC. Pero no quiero volver a salir de vacaciones –me voy unos días a Castilla a aprender más sobre la arquitectura del siglo XIII– sin dejarles a ustedes la traducción (¡gracias a los amigos que me la han mejorado de manera ostensible!) del valiente, memorable discurso que el maestro dio al final del segundo de ellos, el del domingo 16 de julio. Quizá hayan tenido noticias de él en algún lugar de la red y hayan podido leer alguna transcripción parcial. Aquí lo tienen en su integridad.


Huelga decir que estoy de acuerdo al cien por cien en su contenido. ¡Y cómo no voy a estarlo, yo que me dedico a la educación en humanidades y la investigación en la historia del arte, cuando defiende el conocimiento de la cultura europea como principal medio para combatir los graves problemas que nos rodean! Fue un discurso muy emotivo. No todo el público aplaudió sus palabras –lógico, aunque Londres votara de manera mayoritaria en contra del Brexit–, pero se notaba un ambiente especial. El remate de Pompa y circunstancia fue todo un atrevimiento: ¿se imaginan un discurso semejante en Barcelona tras el concierto de una orquesta madrileña, y que ésta tocara a continuación una sardana? Pues algo así. Barenboim, genio y figura.

El vídeo lo pueden encontrar completo en este enlace. Curiosamente ha conseguido más difusión el que circula en Youtube, que alguien filmó con su móvil apuntando a la cámara de la televisión y que  fue difundido en Twitter por Renaud Capuçon, entre otros. A este último le falta el comienzo y se ve –lógicamente– mucho peor, pero en él se me reconoce con más facilidad: estoy en la tercera fila de los bancos de coro, a la izquierda sobre el hombro de Barenboim y sentado junto a una chica vestida con camiseta blanca, que es la amiga que me acompañó durante el viaje. Qué quieren que les diga, me hace mucha ilusión salir en él.


BARENBOIM'S SPEECH

Señoras y caballeros, confío en que ustedes me permitan algunas palabras que me gustaría decir hoy, que me gustaría compartir con ustedes. No sé si todos estarán de acuerdo con ellas, pero realmente me gustaría compartirlas.

Pero antes que nada me gustaría darle las gracias a esta maravillosa orquesta [intensos aplausos] no por ser maravillosa, que lo es, sino por haber aceptado retrasar sus vacaciones una semana, creo, o más para que fuera posible venir a Londres, a los Proms, este fin de semana para tocar. Porque tocar para ustedes las sinfonías de Elgar es algo que les resulta muy importante. Ellos se han enamorado realmente de esta música, y realmente querían traerla a Londres. Así que les quedo agradecido por no irse de vacaciones hasta mañana [aplausos].

Me gustaría compartir con ustedes algunos sentimientos o reflexiones. No de carácter político [risas en el público, sonrisa claramente irónica de Barenboim: «les parece divertido», dice], sino sobre el ser humano. Cuando veo en el mundo tantas tendencias aislacionistas me siento muy preocupado. Y sé que no soy el único [asentimiento y aplausos intensos]. Ustedes saben que viví en este país durante muchos años. Me casé en este país, viví en él muchos años y se me mostró mucho afecto mientras viví aquí, lo cual me dio de alguna manera el valor, si podemos decirlo así, para decir lo que me gustaría decir.

Creo que el principal problema hoy día no son las políticas de este país o de aquel otro o del de más allá. El principal problema de hoy día es que no hay suficiente educación [asentimiento generalizado y aplausos intensos]. Que no hay suficiente educación musical es algo que sabemos desde hace mucho tiempo. Pero ahora no hay suficiente educación sobre quiénes somos, sobre qué es un ser humano y sobre cómo éste se va a relacionar con los de su misma especie. Lo que voy a decir no es una cuestión política, sino que hace referencia al ser humano. Si miramos a las dificultades que el continente europeo está atravesando ahora nos daremos cuenta de a qué se debe: a la falta de una educación común. Porque en un país no entienden por qué deben pertenecer a algo en lo que también hay otros países. Y no me estoy refiriendo ahora a este país…

¡Contaba con eso! [en referencia a las risas de un auditorio que captó sin problemas la clara ironía]. Estoy hablando en general. ¿Saben una cosa? Nuestra profesión, la profesión musical, es la única que no es nacional. Ningún músico alemán les dirá a ustedes «soy un músico alemán y solamente voy a tocar a Brahms, Schumann y Beethoven» [grandes aplausos]. Hoy hemos tenido aquí una buena prueba de ello [afirma señalando a la orquesta, que acaba de interpretar la Segunda Sinfonía de Elgar y Nimrod del mismo autor]. Si –permitámonos abandonar por un momento Gran Bretaña–, si un ciudadano francés quiere leer a Goethe, necesita una traducción. Pero, evidentemente, no la necesita para las sinfonías de Beethoven. Es por esto por lo que la música es tan importante. Y esas tendencias aislacionistas y ese nacionalismo en el sentido más estricto del término son cosas muy peligrosas contra las que solo se puede luchar con un verdadero y gran énfasis en la educación de las nuevas generaciones. Nosotros probablemente somos todos demasiados viejos para ello. Pero las nuevas generaciones tienen que comprender que Grecia, Alemania, Francia y Dinamarca tienen todos algo en común llamado ¡cultura europea! [grandes aplausos].

No solo el euro. ¡Cultura! Esto es realmente lo más importante. Y por supuesto que en esta comunidad cultural llamada Europa hay espacio para culturas diversas, para diferentes maneras de ver las cosas. Pero esto sólo se puede conseguir con educación. Y el fanatismo de trasfondo religioso que existe en el mundo solo se puede combatir igualmente con la educación [más aplausos]. Contra el fanatismo religioso no se puede luchar únicamente con las armas. Contra el auténtico Mal que existe en el mundo sólo se puede luchar con el humanismo que nos mantiene a todos unidos. ¡Incluidos ustedes! Y ahora les voy a enseñar qué es lo que realmente quiero decir [y se disponen a tocar de propina la Primera Marcha de Pompa y circunstancia de Elgar que pueden ver y escuchar a continuación].




sábado, 30 de agosto de 2014

Sobre la acústica en los Proms

Cierro los comentarios sobre mi visita a los BBC Proms 2014 con unas líneas en torno a la siempre discutida acústica de los conciertos, toda vez en en esta ocasión, al realizar el viaje a Londres acompañado por mi madre, no opté por las entradas en la “arena” –cinco libras tan solo, pero hay que guardar cola y estar de pie durante todo el espectáculo–, sino por más o menos cómodas butacas situadas en diferentes puntos del Royal Albert Hall. Menos mal que compré la mayoría el mismo día en que se pusieron a la venta, porque se agotaron en seguida.

Proms 2011

En breve: es verdad que las características de la emblemática sala no favorecen precisamente la audición –si ustedes han escuchado discos allí grabados saben de qué les hablo–, pero todo depende a la postre de dónde uno se ubique. En los conciertos de Haitink y Barenboim, precisamente los mejores desde el punto de vista interpretativo (¡mecachis la mar!), nos tuvimos que conformar con asientos muy alejados del escenario, en la sección superior del graderío (“Circle”) y en el extremo opuesto a los músicos. Demasiado lejos, la verdad. No terminé satisfecho.

En el War Requiem estuvimos a la misma altura, pero mucho más cerca de la escena: la visión es desde un lado pero la experiencia auditiva, sin ser buena para captar sutilezas, resulta bastante más convincente, y desde luego adecuada para una página con un despliegue de masas sonoras tan acongojante. En el que dirigió Edward Gardner tuvimos asientos mucho más bajos, en los palcos, y además encima del escenario: allí todo se escuchaba francamente bien. Eso sí, el precio es aplastantemente superior al de las otras ubicaciones.

Para la “late night” con Laura Mvula sí que estuvimos de pie en la “arena”. Aquí el inconveniente fue el sonido amplificado, dadas las características del espectáculo. Cuando se trata de música clásica no se escucha mal allí. ¿Recomendaciones? Si tienen tiempo y fuerzas, hagan cola y aguanten de pie. Si no, confórmense con lo que su presupuesto les permita y luego, como yo estoy haciendo, escuchen en su casa las tomas radiofónicas y sáquenle mayor partido a lo que disfrutaron en directo.

jueves, 28 de agosto de 2014

El encanto de los Proms nocturnos: late night with Laura Mvula

Las personas que nunca han asistido a los BBC Proms tal vez no sepan que hay días en que se ofrecen no una sino dos sesiones en el Royal Albert Hall, adelantando la hora de inicio de concierto digamos “importante” para dejar así un hueco para un recital nocturno caracterizado por su relativa brevedad –no hay intermedio– y por dar paso a intérpretes y/o repertorios alternativos. Tienen su encanto, porque el ambiente es distinto, con un público hasta cierto punto diferente –ojo, también hay mucha persona mayor que se queda a los dos espectáculos–; asimismo hay mucha menor saturación en la “arena” –las localidades de pie, siempre a cinco libras-, donde por fin se puede uno desplazar con tranquilidad sin hacinarse con otros cientos de melómanos. La experiencia es de lo más recomendable.

BBC Proms Laura Mvula

En mi reciente visita a los Proms solo asistí a una “late night”, aprovechando que tenía alojamiento al ladito del Royal Albert Hall (el Beit Hall, típico colegio mayor con servicios justitos y precios asequibles). Acudí el martes 19 de agosto sin saber muy bien qué tipo de música me iba a encontrar. Sigo sin saberlo, porque en las canciones de Laura Mvula (Birmingham, 1987) se produce una mezcla entre blues, soul, góspel, música ligera y no sé cuántos géneros más, todo ello partiendo de una formación eminentemente clásica y evidenciando unas, a mi entender, marcadísimas raíces en el folclore del África negra. No diré que el resultado sea muy personal, pero sí que resulta atractivo. La chica, además, canta estupendamente y en alguna pieza resolvió sin problemas la parte del piano.

El programa de la velada consistía en la presentación de su segundo álbum, que no es sino una nueva grabación del primero, Sing to the Moon, esta vez con acompañamiento orquestal. Teniendo en cuenta que entre el uno y el otro ha pasado tan solo un año, de 2013 a 2014, queda en evidencia la rapidez con que ha saltado a la fama esta chica y el fuerte respaldo del mundo discográfico en un momento no precisamente dado a realizar experimentos. El excelente recibimiento por parte del público del Royal Albert Hall termina de dejar claro que nos encontramos ante toda una estrella en potencia.

Ahora bien, no todas sus canciones resultan igual de interesantes: algunas me hicieron pasar un rato entretenido, otras me aburrieron y algunas me gustaron mucho, particularmente las últimas –ya se sabe que en estas ocasiones lo mejor se deja para el final–, aunque a decir verdad con quien mejor me lo pasé es con la invitada de la noche, la estadounidense Esperanza Spalding, que además de cantar a dúo una de las canciones de Mvula nos deleitó con la estupenda Cinnamon Tree, de su propia cosecha. De paso, rivalizó con su colega en lo que a dimensiones de peluca se refiere.

La Metropole Orchestra, por su parte, realizó un formidable trabajo a las órdenes de Jules Buckley, lo mismo que el conjunto Electric Vocals, aunque a mi entender la amplificación del todo el conjunto no estaba conseguida; incluso llegaba a resultar molesta para quienes nos encontrábamos en la “arena” del Royal Albert Hall. La toma radiofónica, que he escuchado varias veces y disfrutado de manera considerable, resulta en este sentido bastante más agradable que el directo.

Por cierto, el espectáculo no fue filmado por la BBC, pero hay vídeos piratas en YouTube que les recomiendo vean antes de que los hagan retirar.

domingo, 24 de agosto de 2014

War Requiem con Nelsons en los Proms

En 1997 escuché en directo en los Proms el War Requiem de Britten en interpretación a cargo de Andrew Davis, la Sinfónica de Birmingham y un elenco conformado por Eva Urbanová, Hans Peter Blochwitz y Thomas Hampson. Me gustó bastante pero no terminé de emocionarme, en parte por el terrible calor que ese día se sufría en el Royal Albert Hall, en parte porque tenía aún demasiado presente la conmoción que me había producido mi primera audición de la obra, en 1992 con Rostropovich frente a la Royal Philharmonic en el Teatro de la Maestranza. Diecisiete años después (¡juraría que han pasado muchos menos!) he vuelto a escuchar la obra en el referido festival organizado por la BBC, de nuevo Sinfónica de Birmingham. Tampoco esta vez me ha acabado de emocionar, tratándose de una obra que me impresiona muy profundamente.

Nelsons War Requiem Proms 2014

Lo diré sin rodeos: creo que Andris Nelsons, probablemente el más grande director de su generación, no termina de acertar con esta obra. Y en la velada del pasado jueves 21 de agosto lo he percibido aún más claramente que en el Blu-Ray que ya comenté aquí. Esta vez intentaré explicarme de manera más breve: la concertación es excelente, el idioma irreprochable y el gusto exquisito, pero al maestro se le va el pulso con la lentitud de los tempi, y no sabe o no quiere ofrecer el carácter escarpado que la obra pide a gritos, optando más bien por una visión contemplativa que no termina de funcionar. Eso sí, fue absolutamente acongojante el uso del gran órgano del Royal Albert Hall para el clímax del “Libera Me”, como también lo fue la concentración con la que Nelsons fue descendiendo desde éste hasta disolverse en un escalofriante silencio que, con los brazos alzados, logró prolongar durante más de un minuto.

Los solistas vocales ofrecieron muy buen nivel. Toby Spence manejó con gran sensibilidad su voz no precisamente grande, Hanno Müller-Brachmann –ya en la filmación referida– estuvo sin duda estupendo, mientras que Susan Gritton, más cómoda en el agudo que en el grave, defendió sin truculencias ni excesos su difícil parte.

Lo alucinante, a mi entender, fue el trabajo del BBC Proms Youth Choir. Un coro “de bolos”, sí, formado para esta ocasión especial por jóvenes coristas de las islas británicas. ¡Qué coro! Por supuesto que tener a su frente a un monstruo de la dirección coral como Simon Halsey, aclamadísimo al terminar la interpretación, tuvo mucho que ver con la excelencia de los resultados, pero está claro que donde hay materia prima da igual que una formación sea o no “de bolos”: lo importante no es el tiempo que toquen o canten juntos, sino cómo suenen. Y estos lo hicieron de manera admirable. Poniendo nota: un siete y medio para la batuta, un ocho y medio para los cantantes y un diez para orquesta y coros.

Por cierto, ¿no va siendo ya hora de que salga en DVD la filmación de Pappano que quedó tan bien parada en la comparativa discográfica que hice de esta obra?

jueves, 21 de agosto de 2014

Barenboim y la WEDO en los Proms, 2014: sensualidad

La "noche andaluza" que nos han preparado Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan Orchestra para la tarde de hoy miércoles 20 de agosto en los BBC Proms ha empezado con la obertura de Las bodas de Figaro: interpretación risueña, cálida, luminosa y con cierta picardía, muy alejada del Mozart dramático, severo y a veces excesivamente adusto que el mismo director hacía hace lustros aquí mismo en Londres junto a la English Chamber Orchestra; queda clara la evolución del maestro porteño en busca de nuevos enfoques interpretativos, en este y otros repertorios.

  
Siguieron los encargos estrenados hace unos días en el Teatro Colón en la visita de la WEDO a Buenos Aires, ambos de unos doce minutos de duración. Ayan Adler opta en Resonating Sound por un vocabulario convencionalmente "moderno" basado en la tímbrica y la elasticidad de las masas sonoras. Kareem Rouston deja clara en Ramal su experiencia como autor de bandas sonoras cinematográficas con una música más asequible que la de su colega. Ninguno de los dos aporta realmente nada nuevo –la sensación a déjà vu es inevitable–, pero los dos han escrito sus partituras con excelente dominio técnico y han muestran notable inspiración. Se han disfrutado.

Evolución interpretativa, decíamos mas arriba. Ya lo hemos explicado en muchas ocasiones en este blog: Barenboim va perdiendo carácter escarpado y se interesa bastante más por lo amoroso, lo cantable y lo sensual. Esto último, obviamente, resulta ideal para Ravel, el compositor que ha protagonizado la segunda parte de la velada. En discos el maestro se había entendido de manera desigual con él, a veces acertando de manera considerable y en otras ocasiones patinando relativamente. Hoy se ha superado a sí mismo en todas las partituras en el atril: soberbia la Rapsodia Española (ya era magnifica su recreación con la Sinfónica de Chicago); con algún desajuste pero excelsa en su sección central la Alborada del Gracioso; muy efusiva la Pavana para una infanta difunta; y decidido, emocionante y en general muy bien trazado –hubo algún "escalón" en exceso evidente, como suele ocurrir en demasiadas ocasiones– el Bolero, acogido con el esperable entusiasmo por los prommers. Lógicamente, esta ultima obra fue un examen para los solistas de la formación multicultural: los hubo buenos, muy buenos y extraordinarios, entre ellos el responsable de la caja.

Tras semejante repertorio francés "a la andaluza", la propina estaba cantada: suite nº 1 de Carmen. Ya se la he escuchado varias veces a estos mismos artistas y creo que en esta ocasión es donde han estado mejor, sobre todo porque Barenboim parece por fin dar del todo su brazo a torcer, reconociendo que esta música hay que interpretarla no a la alemana sino a la francesa, preferiblemente subrayando esa repetimos el conceptosensualidad no poco hedonista con que Bizet anticipa, en cierto modo, el mundo raveliano. Cerrando la suite, la celebérrima obertura fue interpretada con el maestro sentado en un rincón dirigiendo no la orquesta sino al público, que tocaba las palmas como si estuviera en la Marcha Radetzky. Nos lo pasamos en  grande, claro.


Reveladora la "propina extra": aunque Barenboim ya había grabado El firulete –arreglo de José Carli– con la Filarmónica de Berlín y la Sinfónica de Chicago, esta lectura ha sido aún mejor, porque los chicos de la WEDO, que un rato antes habían demostrado enorme maleabilidad para sonar dentro de la más pura ortodoxia raveliana, han hecho gala de una sintonía absoluta con el carácter popular, un punto canalla, lleno de frescura y sentido del humor, de esta deliciosa música. El maestro es sin duda responsable último de los resultados artísticos, pero está claro que los integrantes de esta orquesta, sean judíos, musulmanes o andaluces, poseen un talento fuera de serie, independientemente de que hubiera alguno de esos resbalones que tanto gustan a los críticos tipo Beckmesser para poner una marca en su pizarrita.

martes, 19 de agosto de 2014

Edward Gardner en los Proms: oficio antes que inspiración

Me encanta alojarme en el Beit Hall cuando vengo a los Proms, entre otras cosas porque la puerta se encuentra a, literalmente, un minuto del Royal Albert Hall, y puedo caer en la cama relativamente temprano no sin antes dejar unas lineas sobre el concierto de turno. En este caso, el que una BBC Symphony Orchestra en excelente forma ha ofrecido esta misma noche bajo la dirección del aún relativamente joven (nació en 1974) Edward Gardner, un maestro que en esta velada ha demostrado más oficio –gesto muy claro, buen equilibrio de planos, irreprochable trazo global, atención al detalle– que verdadera inspiración, aunque dejando en todo momento bien clara su musicalidad.


Arrancó el programa con el Scherzo fantastique de Stravinsky, obra juvenil que anuncia con claridad al Pájaro de fuego y en la que Gardner, que parece tender a cierto nerviosismo en el fraseo y a aligerar las texturas, se sintió como pez en el agua. Mayor dosis de sensualidad no le hubiera venido nada mal, pero la atmósfera feérica, ágil y bulliciosa de la página estuvo recreada de manera admirable.

Enorme obra maestra a continuación: Las campanas. Por desgracia, Gardner no parece muy afín al lenguaje de Rachmaninov –sensualidad, decadentismo bien entendido, densa atmósfera, marcada nostalgia–, pero al menos hubo solidez expositiva, cantabilidad y excelente gusto. Lo más flojo, el clímax del primer movimiento, carente de fuerza poética. Lo mejor, la soberbia intervención de Luba Orgonášová en el segundo. A Stuart Skelton le costó trabajo escucharle en el primer movimiento, como le suele pasar a la mayoría de los tenores. Mikhail Petrenko resolvió muy bien su decisiva parte, aunque no me haya emocionado tanto como en su filmación con Rattle -y también la Orgonášová- aquí comentada. No excepcionales pero sí magníficos el Crouch End Festival Chorus y el BBC Symphony Chorus, como no podía ser menos en formaciones corales made in England

La segunda parte se abría con el Concierto para violín de Stravinsky, obra de nuevo ideal para un Gardner nervioso en el buen sentido, incisivo y muy acertado en el estilo. Baiba Skride tocó de maravilla y, como la batuta, se mantuvo alejada de densidades y de tensiones expresivas, desde luego poco adecuadas en una obra como la presente; no por ello dejo de resultar intensa (incluso emotiva, mal que le pudiera pesar al propio Stravinsky) en el magnífico tercer movimiento. No hubo propina.

Obertura 1812 para terminar, en la no muy habitual versión con coros. Estos no sonaron muy rusos precisamente, pero sí que lo hicieron francamente bien, al igual que la orquesta. Gardner dirigió de manera solvente pero alicorta en imaginación, en garra y en tensión dramática, como también en poesía a la hora de abordar las secciones líricas. Eso sí, en su trabajo hubo una importantísima virtud: apartarse por completo de la tentación de epatar al personal con una dosis mayor de efectismo de la que ya existe en la página de Tchaikovsky. Vamos, una 1812 todo lo brillante y decibélica que necesita ser, cañonazos por ordenador incluidos, pero que no ha sido, en absoluto, vulgar, tosca ni verbenera. El entusiasmo de los prommers, más que previsible.

lunes, 18 de agosto de 2014

Haitink en los Proms: flojo Schubert, gran Mahler

Estoy en Londres, asistiendo a los BBC Proms. Bueno, en realidad los conciertos no son sino una excusa para volver a esta ciudad que me encanta. Verán que faltan tildes y hay algunos problemas ortográficos: no sé como demonios usar el teclado británico, así que ya arreglaré ese asunto cuando llegue a casa. Por razones obvias, voy a ser breve a la hora de comentar cada uno de los conciertos, y lo hago empezando por el del pasado sábado 9 de agosto que protagonizaron Bernard Haitink y la London Symphony Orchestra. Tampoco hace falta estrujarse mucho la cabeza en este caso, porque los resultados artísticos fueron exactamente los esperados.

Floja, incluso muy floja en los dos primeros movimientos, la Quinta sinfonía de Schubert, un compositor al que el maestro holandés no parece oler ni de lejos: la ejecución fue soberbia, pero nuestro artista confundió lo que es un enfoque apolíneo, equilibrado y elegante con la trivialidad, la asepsia expresiva y hasta la rutina, cuando esta música necesita para funcionar, además de la enorme dosis de belleza sonora que sí supo ofrecer, esa humanidad, esa sensualidad y esa poesía que convierten a Schubert en algo más, mucho más, que un creador de melodías hermosas. Menos mal que Haitink se implicó algo en el tercer movimiento, a cuyo trío sí quiso aportarle un poco de sal y pimienta, y en un finale dicho con ciertas ganas y mayor tensión interna; en la primera mitad de la obra había aburrido hasta a las piedras.

Sobre la Cuarta de Mahler, transcribo lo que dije en este mismo blog sobre su lectura con la Filarmónica de Berlin de 1991 editada en DVD:
"Se trata de una interpretación clásica en el mejor de los sentidos, trazada con perfecto pulso y admirable naturalidad, muy bien desmenuzada sin que evidencie la menor sensación de intelectualismo, elegante sin amaneramientos y, sobre todo, equilibrada tanto en lo sonoro como en lo expresivo, aportando la dosis justa de encanto, truculencia, dulzura, nostalgia e incluso de decadentismo bien entendido; todo ello sin renunciar en ningún momento a una belleza apolínea, serena y transida de hondura que sabe ofrecer –admirables los clímax del tercer movimiento– el adecuado carácter lacerante sin cargar las tintas. Ahora bien, para algunos paladares tanto equilibrio puede resultar excesivo, echándose quizá de menos una dosis mayor de claroscuros, de imaginación y de intensidad emocional."
Todo lo dicho entonces vale para ahora, si bien mi impresión es que el maestro, con ochenta y cinco tacos a sus espaldas, ha estado... Adivinaron: más otoñal. Concretando un poco, creo que los dos primeros movimientos se quedaron en el notable alto, para seguidamente ofrecer un Ruhevoll concentrado a más no poder, profundo, humanista y verdaderamente bello, pero sin la menor concesión al hedonismo sonoro. El cuarto movimiento estuvo dirigido de manera irreprochable, pero aquí hubo que lamentar el escasísimo caudal de voz de Camilla Tilling, totalmente inadecuado para el Royal Albert Hall. Además, nuestra reciente Adina del Teatro Real parecía –se la escuchaba allá en la lejanía desde mi asiento– andar un poco destemplada en el comienzo de su intervención.

La orquesta, salvando la manera en que patinaron las trompetas en el climax más importante del Ruhevol, estuvo espléndida, muy especialmente unas maderas a las que Haitink otorgó especial protagonismo y trató con extremo cuidado tanto técnico como expresivo.

Muy en resumen: buena velada musical con veinte minutos de verdadera excelsitud mahleriana. Ahora les dejo, que en media hora tengo un concierto literalmente explosivo: tocan la 1812.

jueves, 15 de noviembre de 2012

El Beethoven (y Boulez) de Barenboim y la WEDO en los Proms, jornada primera

Creo que es buena idea celebrar los setenta años que cumple hoy Daniel Barenboim iniciando –aviso que tardaré en completarlo- el comentario de los conciertos que ofreció en los BBC Proms de este mismo año incluyendo la integral de las sinfonías del genial sordo de Bonn que le pude escuchar a los mismos artistas en Colonia, que es precisamente donde se realizaron los registros editados por Decca para su serie Beethoven for all (enlace). La integral londinense fue filmada en coproducción y actualmente sus derechos televisivos los tiene Cmajor, como puede verse en el siguiente link. Parece pues probable que sea editada en DVD, aunque nos tememos que lo haga sin los muy jugosos complementos: las obras de Pierre Boulez interpretadas entre sinfonía y sinfonía. Por fortuna, todo el material está disponible en YouTube para que ustedes y yo lo disfrutemos gratuitamente.

La velada del 20 de julio se inició con la Primera Sinfonía. La interpretación me ha gustado más aún que las que les escuché en Colonia en 2011 y en Sevilla este pasado verano, porque creo que ahora ese fuego de su interpretación para el ciclo de Teldec se ha recuperado, alcanzando una maravillosa síntesis con la visión más digamos apolínea que viene ofreciendo de la página en estos últimos años. Por eso mismo me parece la más lograda de las grabaciones, que ya son tres; no solo eso, sino que la de Furtwaengler con la Filarmónica de Viena (leer comparativa) es la única que prefiero claramente por encima de esta. Por lo demás, a lo dicho en los enlaces aquí colocados me remito, que no es cuestión de repetirse. Solo añadiré que, como bien han señalado algunos críticos, esta interpretación mira más a al encanto y la delicadeza de un Mozart que a la rusticidad socarrona de Haydn; yo hubiera preferido lo contrario, pero aun así los resultados son sensacionales. Si no me creen, arriba tienen el vídeo.

A continuación, Dérive 2. Tres cuartos de hora de Boulez puro y duro, sobre todo esto último. Y un poco de descaro por parte de Barenboim, que programó esta obra como diciendo “¿No sois capaces de escuchar esto del tirón por vuestra propia voluntad? ¡Pues ahora los vais a hacer, y vais a descubrir qué maravillosa es esta música!”. Hizo muy bien, claro, porque se trata de una obra maestra, otra más dentro de un catálogo corto pero impresionante. El de Buenos Aires y los once chicos de la Orquesta del West-Eastern Divan interpretan la página como si les fuera la vida en ello, no solo con inapelable perfección técnica sino también con un enorme compromiso expresivo. La cuestión es: ¿se nota la mano de Barenboim? Yo diría que sí. La dirección del propio Boulez es más incisiva y –por descontado- analítica, y posee aún mayor virulencia; la del argentino, que no carece precisamente de tensión sonora, despliega un colorido más rico, cálido y sugerente, así como un mayor sentido de la atmósfera y –porqué no- de la emotividad, lo que en modo alguno debe ser confundido con un intento de romantizar esta música. Lo mejor es lo que, según The Guardian (leer), le dijo el compositor a Barenboim al finalizar el concierto: “en una sola noche ha escuchado esta obra más gente que en toda su historia interpretativa”.

Segunda de Beethoven para terminar la larguísima velada. Barenboim aquí llevó a la práctica lo que tres horas antes había dicho en un encuentro con el público londinense: que la diferencia de esta página con la Primera Sinfonía es enorme. Por eso, y aunque la orquesta siguió siendo relativamente reducida (el maestro la agranda a partir de la Heroica, cosa que también hacen los historicistas), el cofundador de la WEDO optó por la fogosidad, la rotundidad y un carácter en gran medida combativo que para nada arrinconó el vuelo lírico, el encanto y hasta la coquetería, portamenti incluidos. Como en Sevilla, el segundo movimiento estuvo mejor paladeado que el de Colonia, aunque comprendo que aun así algunos sigan prefiriendo el más lento y hondo de la versión de Teldec. En cualquier caso, enorme concierto. Ya solo nos queda hacer constar nuestra felicitación al maestro, sumándonos a la que en el siguiente clip le dejaron estos dos “Sires”.

jueves, 26 de agosto de 2010

Ashkenazy en vena

El concierto que cerró mis Proms este año estuvo protagonizado por la Sinfónica de Sidney y su actual titular, Vladimir Ashkenazy, con la participación de una pianista que últimamente ha cancelando mucho por problemas de salud pero que afortunadamente hizo acto de presencia en el Royal Albert Hall, Hélène Grimaud. Lo he escuchado dos veces, en Londres en directo y aquí en Jerez en transmisión radiofónica: tras la segunda audición me reafirmo en que los resultados fueron muy positivos, cosa que no suele ser habitual en los últimos tiempos cada vez que el irregular maestro ruso empuña la batuta.

La verdad es que la velada no empezó demasiado bien. Recreando la suite del Rosenkavalier, el rostro de Ashkenazy desprendía un entusiasmo que se transmitió claramente al resultado sonoro, pero para hacer justicia a esta música maravillosa hace falta algo más que vitalidad, brillantez y seguridad en el trazo: esa particularísima magia sonora, mezcla de refinamiento, delectación y decadentismo en su punto justo no hizo su aparición por ningún lado, en parte porque la batuta se mostró un tanto gruesa y en parte porque la orquesta australiana deja que desear tanto en su sonoridad global como en los diferentes solistas. Tampoco el humor del que hizo gala el maestro, de una tosquedad más propia de Ochs que de Richard Strauss, parecía el más apropiado.

Las cosas cambiaron con la aparición de una Hélène Grimaud que recreó el Concierto en Sol de Ravel con menos nerviosismo que en su interpretación del pasado enero junto a la Filarmónica de Berlín (enlace), conservando la misma elegancia, sensualidad y vuelo lírico: el segundo movimiento, paladeado con lentitud, concentración y belleza fuera de lo común, fue el propio de una grandísima pianista. Vladimir Ashkenazy, bastante más centrado que Tugan Sokhiev, recreó la partitura con fino olfato para el colorido, aunque quizá eludió en exceso el componente jazzístico de la partitura para centrarse en los elementos más tópicamente ravelianos. La orquesta se quedó corta, particularmente la sección de metales y esa trompeta solista de tan decisiva participación en esta admirable partitura.

En cualquier caso lo mejor estaba por llegar en la segunda parte. En ella hizo su aparición el mejor Ashkenazy posible, el director de soberbia técnica, perfecto estilo y elevadísima inspiración, el de sus fenomenales recreaciones de los años ochenta de la música sinfónica de Rachmaninov y Sibelius, ofreciendo en estos Proms una no genial –faltaba quizá ese último punto agónico que sabe conseguir Barenboim- pero sí magnífica lectura de un hueso duro de roer, nada menos que la Sinfonía nº 3, Poema Divino, de Alexander Scriabin, un autor con el que ya consiguió hace años portentosos resultados en su música para piano. Adoptando tempi mas bien rápidos, Ashkenazy ofreció a los prommers una interpretación de un solo trazo, tensa y sin puntos muertos, muy sincera y emocionante, desde luego en una línea muy distinta a la que siguió Salonen días atrás con El poema del éxtasis (enlace): si el finlandés acentuó los aspectos más “intelectuales” de Scriabin, el ruso potenció la carga voluptuosa, mórbida y digamos “romántica” de la partitura con un fraseo particularmente efusivo, un colorido de tanta riqueza como sensualidad y un tratamiento de los volúmenes y planos sonoros de plasticidad insuperable. Hasta logró que la cuerda sonara compacta y se compenetró con los metales para que estuvieran a la altura de las circunstancias, trompeta incluida. Los aplausos del público que abarrotaba el Royal Albert Hall fueron intensos, así que el maestro y su orquesta ofrecieron una bellísimamente fraseada recreación de Chanson de Matin de Elgar.

lunes, 23 de agosto de 2010

Schumann en el congelador

Al igual que a Yannick Nézet-Séguin hizo con la Heroica de Beethoven en el Prom del pasado sábado (enlace), Thomas Dausgaard ha adoptado hoy para interpretar la Segunda Sinfonía de Robert Schumann una articulación marcadamente historicista. La diferencia es que mientras el joven director canadiense no encontró el camino apropiado para interpretar así este repertorio, el ya maduro maestro danés ha tenido las ideas más claras y ha ofrecido una interpretación más convincente desde el punto de vista formal (salvo para quienes detesten el vibrato muy reducido y las baquetas duras) y con bastante menos devaneos sonoros (léase "con menos mariconadas") que la de su colega. Pero el resultado tampoco ha sido positivo, por dos motivos: la discreta calidad de la Orquesta de Cámara Sueca, que se las ve y se las desea para que los violines empasten en los momentos de mayor agilidad, y la extrema frialdad con que la batuta recreó la obra. Hubo empuje y energía, sí, pero muy poco de vuelo poético y nada de desgarro dramático, lo que en el sublime tercer movimiento resulta poco menos que imperdonable.


La inclusión del primer movimiento de la incompleta Sinfonía Zwickau del propio Schumann, una obra juvenil de muy escasa inspiración, quedo en una mera anécdota. Lo mismo se puede decir del estreno en Reino Unido de A freak in Burbank, breve pieza del joven compositor sueco Albert Schnelzer que pretende realizar un doble homenaje: a la música de Haydn y a ese "friki" nacido en la citada ciudad californiana de Burbank que es el cineasta Tim Burton. Por fortuna la obra está bien escrita y evita tanto el pastiche como las concesiones de cara a la galería, así que se escucha con tanta facilidad como se olvida.

Si el concierto mereció la pena fue por la interpretación de Les nuits d'été, aunque no por la dirección de Dausgaard, extremadamente tímida en lo expresivo, sino por la intervención de una Ninna Stemme fuera de su elemento natural pero muy artista. Globalmente estuvo bien, aunque algunos reparos se pueden poner. La voz, ya que no hermosa en lo tímbrico, es amplia en el registro -los graves de la partitura los aborda sin problemas-. La técnica evidencia algunos puntos flacos en este repertorio tan exigente en sutilezas: en los pianisimimos la emisión se enturbia hasta el punto de que la linea vocal llega a quebrarse, lo que no es de recibo. El fraseo, eso sí, ofrece toda la morbidez que Berlioz demanda, manteniéndose la Stemme en todo momento ajena a la blandura y a la mera delectación, y no digamos a la cursilería. Le salen mejor, en cualquier caso, las canciones mas "negras" que las luminosas, donde la soprano se mostró en exceso distanciada.

De propina se ofreció una -esta vez sí- bien dirigida recreación del Andante Festivo de Sibelius. Y aún había alguna partitura más en el atril, pero a Dausgaard no le parecieron suficientes los encendidos (y a mi juicio injustificados) aplausos ofrecidos por el respetable, por cierto no muy abundante en esta ocasión: llegué con solo media hora de antelación al Royal Albert Hall, no tuve que guardar cola alguna -los que la hicieron ya habían entrado- y pillé un sitio estupendo en la arena, algo insólito en los Proms.

domingo, 22 de agosto de 2010

Inolvidable homenaje a Rodgers y Hammerstein

De los dos Proms que se ofrecían hoy en el Royal Albert Hall he escogido el homenaje a Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II celebrado por el 50 aniversario del fallecimiento del célebre libretista. Se ha encargado del asunto, al frente de su propia orquesta, un verdadero especialista, John Wilson, quien ya triunfó en la pasada edición con un programa de musicales de la MGM que acaba de editarse en DVD. Siete títulos ocupaban la velada, los más exitosos surgidos de la colaboración entre ambos artistas, con la peculiaridad de que no se ofrecían las partituras escénicas originales, sino los arreglos realizados para sus respectivas versiones cinematográficas por el gran Alfred Newman y su equipo musical de la Fox, incluyendo algunas oberturas (es decir, la música que se proyectaba con las luces encendidas antes de comenzar la sesión), largos ballets y hasta canciones compuestas ex-profeso para la gran pantalla.




La selección fue muy sensata pero no siempre se decidió por lo mas popular, lo que me parece un acierto. Como en ningún lugar de la red se encuentra el programa detallado, me entretengo en especificar las piezas que se interpretaron, que por cierto fueron presentadas en estricto orden cronológico de composición. De Oklahoma! escuchamos la Obertura y los títulos de crédito en arreglo de Adolph Deutsch, seguidos por la inevitable "Oh, what a beautiful morging" y "People will say we're in love". Carousel estuvo representada por su celebre vals, seguido por "If I love You", "June is bustin' out all over" y el soliloquio de Billy. La selección de South Pacific incluyó "I'm gonna wash that man right outa my hair", "Bali Ha'ai", el coro "There is nothing like a dame", "This nearly was mine" y -lógicamente- "Some enchanted evening". El popurrí que Edward B. Powell preparó como obertura cinematográfica de The King and I fue lo único que disfrutamos del musical inmortalizado por Yul Brynner. Flower Drum Song nos trajo "I enjoy being a girl", "You are beautiful" y "Grant Avenue". Llegó finalmente The sound of music con los títulos de créditos confeccionados por Irwin Kostal, pero las dos canciones que se ofrecieron a continuación no fueron precisamente las más celebres, sino las compuestas para la película por el propio Rodgers con Julie Andrews en mente: "I have confidence" y "Something good". "Climb every mountain" puso la guinda final y "Oklahoma" sirvio de adecuada propina.

Las interpretaciones, que no lo he dicho hasta ahora, fueron formidables. Y no solo porque los solistas vocales fueran muy buenos y el coro de los Maida Vale Singers cumpliera estupendamente su cometido, sino porque John Wilson logró el milagro de reproducir el "sonido Alfred Newman" del que él mismo habla en su introducción a las notas al programa, incluyendo esas cuerdas vibradisimas que tanta irritacion le producian a Bernard Herrmann cuando le tocaba dirigir a la orquesta de la Fox, esos marcadísimos portamentos tan de la época y esos metales estridentes con un punto de digamos "vulgaridad popular" mucho antes propio de una formación de variedades que del escenario sinfónico. Todo ello, por descontado, con una importante cantidad de azúcar, como demandan los pentagramas, pero sin pasarse lo más mínimo en la dosis, y ofreciendo -también por descontado- esa frescura, ese sentido del ritmo y esa brillantez sin los cuales estas partituras se desinflarían como un globo. El estilo y la fuerza con que tocó la orquesta fueron impresionantes: dudo mucho que nunca se haya recreado mejor esta musica (mejor dicho: el sonido cinematografico de esta música) en el ultimo medio siglo.

Las voces estuvieron muy bien. El joven Julian Ovenden no tiene una emisión muy limpia pero dice con muchísimo arte e intención. La guapa Sierra Bogges, protagonista del original cast de lo último de Lloyd Weber (Love never dies), canta con voz bonita y cierta insipidez. Anna-Jane Casey domina muy bien la escena. El macizo Rodney Gilfry, algo plano en lo espresivo, hizo gala de su oscura y atractiva voz (esperamos como agua de mayo su San Francisco de Asis en Madrid). La estupenda Kim Criswell, finalmente, tuvo estupendos momentos para lucir su arte ("Bali Ha'ai"), si bien nos quedamos con las ganas de disfrutar de su excepcional histrionismo escénico. Ah, buenísimos tanto en lo vocal como en lo escénico los solistas que se desgajaron puntualmente de los Maida Vale singers, redondeando con sus participaciones una velada inolvidable para los amantes del musical.... e incluso para los que preferimos mucho antes a Lerner y Loewe que a los buenos de Rodgers y Hammerstein. A ver si hay suerte y este concierto también sale en DVD.

sábado, 21 de agosto de 2010

Yannick me defrauda

He escuchado algunos discos y muchas retransmisiones radiofónicas del director canadiense Yannick Nézet-Séguin. Suficientes para tenerle, al menos para mi gusto, por una de las más interesantes batutas jóvenes de la actualidad. Que la Orquesta de Philadelphia le haya nombrado titular parece confirmar un brillante futuro para el artista. Esta noche he podido por fin escucharle en directo, en un concierto ofrecido en el Royal Albert Hall al frente de la Filarmónica de Rotterdam. Y me ha defraudado considerablemente.

La obertura de Tannhäuser me pareció correcta sin más. Todo estuvo en su sitio, el pulso fue firme y no hubo salidas de todo (nada que ver con el escándalo que monta en esta pieza su predecesor en el podio holandés, el inefable Gergiev), pero la poesia, el colorido, la imaginación y el compromiso expresivo brillaron por su ausencia. Los Rückert-Lieder sí que estuvieron muy bien dirigidos, sobresaliendo la gran concentración conseguida en el final de "Ich bin der Welt abhanden gekommen" (algo a lo que fueron ajenos unos cuantos tosedores que boicotearon sonoramente el momento). Una lástima que Simon Keenlyside evidenciara problemas vocales y abusara un tanto del falsete, aunque su clase de gran artista resultase indiscutible.

En la Heroica Nézet-Séguin se armó un lío monumental intentando, como Rattle, ser "tradicional" e "históricamente informado" al mismo tiempo. Se usó flauta de madera y hubo baquetas duras en los timbales, pero el resto de la orquesta era moderna (metales incluidos) y el tamaño de la misma permaneció en lo convencional, lo mismo que los tempi. La articulación fue ágil, incisiva, con vibrato reducido y predominio del staccato, cayendo en algunos momentos en el exceso y en otros mostrándose más sensato. La cuerda sonó con voluntaria acidez, al tiempo que se acentuaba el protagonismo de metales y percusión.

¿Todo esto es malo en sí mismo? En principio no, pero los elementos no me parecieron bien conjugados, más que nada porque detrás de esta indefinición formal no encontré una idea expresiva clara. En cualquier caso lo peor fue la aparición de numerosos detalles de blandura y amaneramiento, cuando no de cursilería, en los que el joven artista parecía querer imitar a las peores batutas de instrumentos originales, haciéndolo sin tener muy claro qué es realmente lo bueno que ha aportado el movimiento historicista (que en mi opinión es bastante, dicho sea de paso) y qué fueron tics de dudoso gusto para llamar la atención y ganarse fácilmente al público deseoso de nuevas experiencias.

El respetable del Royal Albert Hall reaccionó con entusiasmo y se ofreció como propina una lenta, concentrada y bellísima recreación de Le Jardin féerique, seguramente para promocionar el disco Ravel (enlace) que el maestro y su orquesta grabaron no hace mucho para EMI. Fue lo mejor -quizá lo único- de un concierto que me ha dejado un amargo sabor de boca. En la web de los Proms se podrá escuchar durante los próximo siete días.


PS. Ya en mi tierra, he completado el artículo con las tildes que no logré colocar en el teclado británico, y he colgado una foto más o menos pirata que he encontrado por ahí en la red.

Una noche con Cage, Cardew, Skempton y Feldman

Una de las cosas que más me gustan de los Proms son las sesiones más o menos nocturnas con repertorios poco convencionales. Ayer viernes 20 de agosto, tras el concierto de Salonen y la Philharmonia Orchestra comentado en la entrada anterior, pude disfrutar de otro, bastante más redondo, a cargo de la excelente BBC Scottish Symphony y su antiguo titular, el joven director israelí Ilian Volkov, con obras de dos consagrados autores norteamericanos y dos no tan conocidos compositores británicos: John Cage y Morton Feldman por un lado, Cornelius Cardew y Howard Skepton por otro. El publico fue muy diferente al de la sesión anterior: la media de edad se rebajó de manera considerable y el público masculino superó con creces al femenino. Ni que decir tiene que hubo muchisimos asientos vacíos.

First Construction (in Metal) para sexteto de percusión marcó en 1939 un hito en la arriesgada evolucion de John Cage. Por mucho que hoy estemos acostumbrados a sus fórmulas, la partitura mantiene hoy viva su capacidad de fascinación, más aún con una recreación tan llena de fuerza como la que ofrecieron Volkov y su fantástico equipo de percusionistas.

La interpretacion de Bun n. 1 para orquesta ha supuesto la reconciliacion de los Proms con la obra de Cornelius Cardew, que no se escuchaba en el Royal Albert Hall desde 1972 por motivos políticos. Incluso en las notas al programa (excelentes, por cierto) no se esconden las sospechas de que el fallecimiento del compositor en 1981, atropellado por un vehículo a la fuga, fuera en realidad un trabajito de los -así llamados- "servicios de seguridad". La partitura, preparada para orquesta de dimensiones considerables pero sin percusión, es marcadamente post-weberiana, pero carece de la capacidad de fascinacion de las creaciones del genial compositor vienes, resultando a la postre antes una exhibición de un asombroso dominio de la escritura orquestal que otra cosa.

Howard Skempton escribió en 1990 su Lento para completar un concierto de la Sinfónica de la BBC con el preludio de Parsifal y la Décima de Mahler. Las referencias a las dos partituras en su propia composición estan clarísimas, aunque a lo que más termina sonando es a un adagio de Bruckner pasado por un filtro digamos minimalista. La obra se escucha con placer y alberga innegable belleza, aunque no termina diciendo nada nuevo. Volkov interpretó la obra rehuyendo del falso misticismo y acentuando los aspectos dramáticos de la misma, lo que me pareció un total acierto. El compositor recibió en persona cálidos aplausos del respetable.

De postre lo mejor: Piano y orquesta del gran Morton Feldman, una fascinante creación, llena de sugerencias, que pese a haber sido escrita en 1975 no conocía hasta anoche su estreno londinense. Volkov recreó la obra con toda la concentracion requerida, atento al peso de los silencios y a la diferenciacion tímbrica, mientras que el veterano pianista John Tilbury, todo un experto en este repertorio, desplegó con mano maestra y en perfecta sintonía con la batuta toda la sutileza que los pentagramas demandan. La irreprochable actuación de la orquesta redondeó una interpretación a la altura de la obra.

Ah, se me olvidaba: en la web de la BBC pueden ustedes escuchar el concierto vía streaming durante los próximo siete días.

Salonen, el aburrimiento y el éxtasis

¿Ven ustedes? Escribí en mi entrada anterior que tras los Proms 2007 había yo regresado en Londres una única vez mas, pero ahora que estoy aquí me doy cuenta de que he estado otras dos veces más en fechas recientes. Está claro que a medida que pierdo la juventud me va fallando la memoria, así que este blog empieza a cobrar sentido: recordarme en el futuro las cosas que voy viendo o, mejor dicho, escuchando. En fin, aquí van unas notas sobre los dos conciertos que acabo de escuchar en el Royal Albert Hall.


El primero me ha permitido ver por fin en directo a Esa-Pekka Salonen. Comenzó con una obra célebre en su tiempo pero hoy bastante olvidada, La fundición de acero de Alexander Mosolov, puro constructivismo soviético concentrado en tres minutos de explosiones orquestales. La Philharmonia estuvo estupenda (sensacionales las ocho trompas) y el ya no tan joven maestro finlandés acertó a conjugar fuerza y claridad, aunque se pueda echar de menos el carácter opresivo de la memorable recreación discográfica de Riccardo Chailly para Decca.

A continuación se estrenaba en Reino Unido la Cuarta Sinfonia, "Los Ángeles", de Arvo Pärt, un encargo del propio Salonen en su etapa al frente de la orquesta californiana. A los primeros compases ya se reconoce el "estilo tintinabular" del compositor estonio, y a los treinta y siete minutos la música concluye con la paciencia del oyente ya por los suelos. Al menos de la mía, claro, porque los encendidos aplausos -redoblados al aparecer sobre el escenario el propio Pärt- demostraron que muchos encuentran belleza, y quién sabe si hondura espiritual, en esta interminable partitura de la que solo recordaré el doliente solo del violín en el tercer movimiento y esos pizzicatti del segundo que parecen casi idénticos a los de la canción Goldeneye que cantaba Tina Turner en la película de James Bond homónima. Lo demás, muermo total.

Disfruté escuchando en directo el genial Concierto para la mano izquierda de Ravel, pero la interpretación no me convenció del todo, tanto por un Salonen que no supo dotar de continuidad a la obra y a ratos se mostró en exceso nervioso como por un Jean-Efflam Bavouzet que, irrelevantes imperfecciones técnicas aparte, no terminó de extraer todo el contenido poético de los pentagramas, aunque sí se mostrara muy atento a la parte dramática de los mismos. La orquesta tampoco estuvo a la altura, particularmente en lo que al corno inglés se refiere.

Magnífica sin reparos la recreacion de El poema del éxtasis, siempre y cuando se acepte un Scriabin como el que propone Salonen, es decir, poco voluptuoso, no muy sensual y nada decadente, mirando mucho antes a la contemporaneidad que al mundo post-wagneriano. En cualquier caso fue una recreación intensa y sincera, de claridad asombrosa, magníficamente ejecutada y bien conducida -con un nervio por momentos algo excesivo pero no descontrolado- hasta un final recreado con una grandeza y una majestuosidad asombrosas. Y con una tremebunda acumulación de efes, dicho sea de paso. Magnifico el trompetista e intensos los aplausos. Aquí sí que hubo éxtasis, por fin.

Del concierto nocturno, que comenzó tres cuarto de hora más tarde, hablaré en la entrada siguiente.

PS. Como he hecho con mis otras entradas sobre los Proms, he añadido una vez en mi tierra las tildes que el teclado británico no me dejó colocar en su momento.

jueves, 19 de agosto de 2010

Me voy de promming

Desde siempre, no sé muy bien por qué, he sentido especial afinidad hacia lo británico. Por ello no me extrañó que cuando en 1997 visité Londres por primera vez quedara enamorado de la ciudad: de sus calles y edificios, de sus museos, de sus tiendas y hasta de su más bien horrorosa gastronomía. Y por descontado de su vida cultural, incluyendo sus London Promenade Concerts, es decir, los BBC Proms que se celebran todos los veranos en el Royal Albert Hall. El primer Proms al que asistí fue el del 5 de agosto de ese año, con el director Yakov Kreizberg (más tarde le vi dirigiendo en Jaén, qué cosas) al frente de la Sinfónica de Bournemouth: descubrí la calidad de la obra de Igor Markevitch (Rebus) y me entusiasmé con la soberbia recreación que del Concierto para violín de Korngold ofreció Gil Shaham.

Ese mismo año también pude disfrutar de una notable Misa en Si menor bachiana por Pinnock; de unos excelentes Tippet, Vaughan Williams y Sibelius por Colin Davis; de un maravilloso recital de Kissin a las tres de la tarde (lo escuché tumbado en el suelo con los pies descalzos a pocos metros del piano, como vi que hacía el personal); de una terriblemente cuadriculada Novena de Beethoven por Gardiner (con Terfel berreando en plan salvaje); de un Boulez haciendo sus mejores especialidades (incluidas sus Notations y la Sacre); de un original programa Bartók-Brahms con unos Iván Fischer y András Schiff algo más suaves de la cuenta; y finalmente de un notable (solo notable, muy lejos de lo que le escuché a Rostropovich en el 92) War Requiem a cargo de Andrew Davis que me permitió escuchar en directo a mi querido Thomas Hampson.

proms

No volví a Londres (mi economía no me permitía salir al extranjero) hasta diez años después. En 2007 comencé viendo una actuación conjunta de la Orquestra of the Age of the Enlightenment y la Orquesta Barroca de Friburgo dirigidas al alimón por Rachel Podger y Gottfried von der Goltz, con la actuación estelar de Kate Royal e Ian Bostridge: la verdad es que la música barroca suena mal escuchada desde el piso más alto del Royal Albert Hall. Ya desde la “arena”, es decir, desde las localidades de a pie situadas en el patio de butacas, que es como se ven bien los Proms, escuché una excelente Octava de Bruckner y un precioso programa Wagner-Debussy a Bernard Haitink con –vaya morbo- su antigua Orquesta del Concertgebouw, mientras que en una sesión nocturna le vi a Pierre-Laurent Aimard un fascinante Ligeti y –ya dirigiendo, no solo tocando- un Haydn y un Beethoven menos interesantes.

Jiri Bělohlávek, por entonces titular de la BBC Symphony, me interesó más con Martinú que con Britten y Prokofiev. Me resultó emocionante escuchar por fin en directo a mi admiradísimo grupo Sequentia, aunque fuera con un programa algo duro (un extracto de su disco sobre la saga del Anillo). Como me gustan los musicales, me divertí mucho con la velada protagonizada por Michael Ball (que cantaba con micrófono, of course). A Gergiev le escuché un Tchaikovsky y un Prokofiev que desprendían rutina, aunque fuera apabullante la intervención de Alexander Toradze en el Segundo del autor de Pedro y el lobo. Jansons y la Radio Bávara hicieron de todo: correcto Zaratustra, discreta Segunda de Sibelius, soberbia Tercera de Honegger y mala Novena de Beethoven. Me despedí con la fabulosa Sinfónica de San Francisco y el siempre-joven Tilson Thomas: Ives, Strauss (final de Salomé con la Voigt) y Shostakovich (magnífica Quinta).

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Después volví una vez más a Londres, pero no en fecha veraniega. Aun así pude escuchar en otros recintos un montón de cosas, de las que ya di cuenta en este blog. Pero hoy jueves vuelo nuevamente a la capital británica para reencontrarme, esta vez sí, con esos conciertos de tan elevada calidad, tan intenso ambiente y, por qué no decirlo, tan discutible acústica que son los BBC Proms. Y además lo hago con la suerte de haber encontrado el mismo alojamiento que la última vez, el Beit Hall, un colegio mayor al ladito justo del Royal Albert: la cola que hay que hacer para adquirir las localidades de la arena pasa justo por la puerta. Encima es barato y el estupendo Museo Victoria and Albert queda cerquita. A ver si encuentro un ciber por la zona para ir dejando notas de los conciertos que me toca ver esta vez: Salonen, Nézet-Séquin, Ashkenazy…. Ya iré contando.

viernes, 23 de julio de 2010

Boccanegra con Domingo y Pappano

Hasta ahora no había escuchado ninguna de las retransmisiones de Simon Boccanegra con Plácido Domingo encarnando el rol titular, ni la de Levine ni la de Barenboim. Pero por fin me he parado a escuchar una, la más reciente, que se corresponde a la función ofrecida por las huestes del Covent Garden, en versión semi-escenificada que incluía vestuario, en los BBC Proms de este año, concretamente el pasado domingo 18 de julio. Todo ello bajo la batuta del titular de la casa, Antonio Pappano, y con el mismo elenco que días atrás ofrecía esta maravillosa obra maestra en la Royal Opera House, solo que en esta ocasión ante la audiencia multitudinaria del Royal Albert Hall. La función se puede escuchar íntegramente en la web de la BBC (enlace) y también se encuentra disponible en los lugares de siempre de la red. Aquí va mi opinión, en pocas líneas.

Domingo me ha parecido sensacional. La voz –de tenor y no de barítono, no hace falta insistir en ello– es la de siempre, bellísima y timbrada, sin pérdida de armónicos ni rastros de trémolo. No diré que es la voz de un joven, pero tampoco lo es la de un señor de sesenta y nueve (o más…) años. El Domingo de ahora suena al Domingo de los ochenta, lo que resulta poco menos que milagroso. De fiato cortito, sí, pero no se ha notado aquí tanto como en el (aun así, espléndido) Siegmund valenciano que ya comenté en su momento (enlace). La dicción, admirable. El fraseo, de libro. Y la manera de matizar en lo canoro para construir el personaje, matizando hasta el infinito pero sin necesidad de caer en histerismos ni en lo lacrimógeno, es la propia de un grandísimo artista. Domingo ofrece ópera con mayúsculas, ópera al servicio del compositor, de su música y de sus personajes, y no del divo de turno. ¿Que la voz no es la idónea para el personaje? De acuerdo, pero el tenor madrileño sirve a Verdi con mucho más estilo, mucha más emotividad y mucho más arte que buena parte de los barítonos verdianos “auténticos” que circulan por ahí.

No me ha interesado Marina Poplavskaya como Amelia, poco sutil y no muy holgada en lo canoro. Mejor en todo caso el correcto Gabriele Adorno de Joseph Calleja. Bien el Paolo de Jonathan Summers. Y Ferruccio Furlanetto tiene la voz ya muy cascada, sí, pero su arte es muy grande: los abucheos que al parecer le propinaron en La Scala a su Fiesco no me parecen justificados. Y magnífica la dirección de Pappano, que no es reveladora, ni personal, pero sí sincera, emotiva y –sobre todo– muy verdiana, con el punto justo de rusticidad y electricidad que requieren las partituras del genial compositor, pero también con el refinamiento que demandan pasajes como la bellísima introducción al acto I y, desde luego, con la atmósfera opresiva que se respira a lo largo de todo el drama. Lástima que la orquesta y los coros londinenses no estuvieran esa noche muy allá.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...