Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
sábado, 11 de octubre de 2025
Obertura de Oberón, de Weber: discografía comparada
sábado, 19 de agosto de 2023
Klemperer: oberturas alemanas
Otto Klemperer y su Philharmonia Orchestra grabaron este célebre disco de oberturas alemanas entre mayo y septiembre de 1960 en el desaparecido Kingsway Hall londinense. El reprocesado de 2023 hace que suene bastante mejor que antes, aunque tampoco se trata de una grabación particularmente buena: la orquesta queda un poquito lejana.
El programa se abre con tres páginas de Carl Maria von Weber, comenzando por la de El cazador furtivo. Hay quien podría preferir una recreación con menos control y mayor “locura” romántica, toda vez que nos encontramos ante una página altamente visionaria, pero lo cierto es que Herr Klemperer triunfa por todo lo alto con su propuesta tan severa y rocosa como cargada de fuerza interior, perfiladísima en su arquitectura, en la que la concentración del fraseo –subyugante la introducción–, el tratamiento del color y las intervenciones solistas adquieren una abrumadora fuerza expresiva.
La obertura de Euryante recibe una rocosa, rotunda, poderosísima interpretación, llena de fuerza pero capaz también de destilar encanto en la sección central, en la que Klemperer obtiene un fascinante sonido plateado.
Sigue la de Oberon, y ahí la relación temática con El sueño de una noche de verano de Mendelssohn se da también en lo interpretativo, tanto por la concentración llena de magia feérica de la introducción como por la tensión, siempre depuradísima en lo sonoro y sin merma alguna de la elegancia en el fraseo, que es capaz de conseguir la batuta. Solo se echa de menos un poquito de sensualidad.
Seguimos con Engelbert Humperdink y su Hänsel und Gretel. La obertura de la ópera es una verdadera genialidad interpretativa en la que, evitando cualquier blandura pretendidamente infantil, Klemperer saca todo lo que de poesía delicada tiene esta música sin renunciar, todo lo contrario, a la brillantez orquestal, a la densidad dramática y, sobre todo, a su jocoso sentido del humor. En la "pantomima" del sueño, aquella en la que bajan los ángeles, resulta increíble cómo el “antirromántico” maestro destila una espiritualidad tan intensa como sincera hasta alcanzar un clímax incandescente a más no poder, todo ello haciendo gala de un portentoso sentido de la plasticidad orquestal y, sobre todo, de un dominio de la arquitectura de tensiones que no tiene parangón.
Aparece a continuación Christoph Willibald Gluck, aunque en arreglo de Richard Wagner: obertura de Iphigénie en Aulide. La verdad es que Klemperer mira en buena medida al universo de Tristán e Isolda, aunque más en lo que se refiere al tratamiento de la masa orquestal –densa, granítica, imponente– que al fraseo, pura severidad neoclásica en manos del de Breslau. Eso sí, severidad cargada de potencia dramática.
Hay propina: una hasta ahora inédita obertura de Anacreón de Luigi Cherubini. Por lo visto había ruidos, que han sido eliminados para la ocasión por ordenador. Se agradece, porque música e interpretación son estupendas. ¡Qué arrolladora potencia expresiva la de la batuta!
Una cosilla: la obertura de Der Freischütz se puede localizar en las plataformas de streaming en alta resolución, pero si quieren el disco entero en su nuevo reprocesado hay que acudir a la caja de Klemperer completa. ¿Hace falta insistir en que se trata de una compra absolutamente imprescindible?
viernes, 9 de noviembre de 2018
Un bodrio en la Filarmonía del Elba
Mi opinión sobre el recinto ha terminando siendo muy positiva: aunque
reconozco que el diseño del interior resulta un pelín pretencioso, lo cierto es
que se trata de un edificio muy bello desde el punto de vista plástico que, al
mismo tiempo, sabe ser funcional y atender tanto al acceso del público como a la
acústica. Es decir, nada que ver con el Palau de Les Arts de Calatrava,
maravilloso visualmente pero un absoluto desastre como recinto operístico y como
sala de conciertos sinfónicos.
Eso sí, por mucho que un servidor disfrutara recorriendo la Elbphilharmonie,
salí de allí decepcionado: el concierto de ese sábado 2 de noviembre me pareció,
salvo en lo que a Meyer se refiere, un monumental bodrio, tanto por el discreto
nivel de la Kammerakademie Potsdam como, sobre todo, por la incompetencia
de su director Antonello Manacorda, durante años concertino de la Mahler
Chamber Orchestra y ahora batuta de amplio currículo que graba para Sony
Classical. ¡Apañados estamos!
Venía a continuación el estupendo Concierto para clarinete nº 1 de Weber, y para abordarlo salieron trompas y trompetas naturales que, por descontado, rajaron más que las modernas. En cualquier caso, no fue la de Manacorda una interpretación especialmente historicista en lo que articulación se refiere. Fue simplemente convulsa y emborronada, extrovertida pero de cara a la galería. Exactamente se puede decir de la página que abrió la segunda parte, la Konzertstück Nr. 1 para clarinete, corno di basetto y orquesta de Mendelssohn, para la que se contó con la participación del excelente Reiner Wehle. Sinfonía escocesa para terminar: momentos más que correctos, momentos discretos y blanduras fuera de lugar se sucedieron en una versión pseudohistoricista –más bien “historicista soft”– que no llegó a enervarme, pero sí me aburrió sobremanera.
¿Y la Mayer? Pues con un tipazo y un cutis absolutamente increíbles para sus cincuenta y nueve años. La artista conserva, además, toda su agilidad digital y ese enorme control del fiato que le permite construir frases con cantabilidad extrema. Y luciendo la musicalidad, la variedad expresiva y el compromiso que siempre han caracterizada a la clarinetista, cuyo Weber espero seguir escuchando en la grabación con Herbert Blomstedt, muchísimo mejor acompañada entonces que en este concierto que mereció mucho más la pena por el continente que por el contenido.
domingo, 21 de octubre de 2018
Pablo Barragán, otro de primera fila
En la misma lista debemos incluir a Pablo Barragán, nacido en Marchena en 1987 y clarinete excepcional, cosa que demostró sobradamente el pasado viernes en el Teatro Villamarta interpretando, en arreglo para pequeña orquesta de cámara, el precioso Quinteto para clarinete de Carl Maria von Weber. Esa misma tarde había escuchado en casa la magnífica grabación de Sabine Meyer. Pues bien, la justamente mítica clarinetista alemana resulta inalcanzable en técnica, depuración y belleza sonora, pero a mí me parece que Barragán no le va a la zaga –antes al contrario– en intensidad y compromiso. Una experta melómana me comentaba al terminar que el solista había evidenciado algunas vacilaciones. Vale, pero a mí me importa muy poco eso, porque las mismas no eran sino fruto de arriesgar muchísimo, de moverse todo el tiempo en la cuerda floja (¡qué pianísimos!) para explorar las posibilidades expresivas de la música. Tensión y comunicación por encima de la mera belleza sonora: eso es lo que distingue a los artistas de verdad de los meros vendedores de sonido.
A Barragán le acompañaban la Orquesta de Cámara Eslovaca y su director-solista Ewald Danel, que funcionaron de manera notable en la página de Weber y ofrecieron lo que parecían muy dignas recreaciones de la simpática Serenata para orquesta de cuerda de Eugen Suchoň (1908-1993) y de la Música eslovaca de un tal Ilia Zelenza (1932-2007), para terminar brillando en las deliciosas Danzas rumanas de Bartók. El escaso público del Villamarta (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en que se llenaban sus 1200 butacas en cualquier espectáculo de música clásica!) aplaudió con merecido agradecimiento y salió verdaderamente satisfecho. Y yo quedo más atento que nunca a la trayectoria de Barragán, a quien estoy deseando volver a escuchar.
domingo, 5 de febrero de 2012
Znaider triunfa con Sibelius en Berlín
Me ha gustado mucho la actuación de Znaider. Quizá su sonido no sea muy potente en directo, pero desde luego ofrece una solidez impresionante: es capaz de adelgazarse hasta el límite sin perder vigor. Por descontado que la mano izquierda se muestra agilísima y que la gama de colores que extrae de su Guarnieri es admirable. En cualquier caso, y siendo tales virtudes imprescindibles para acercarse a la obra, lo decisivo es que el violinista danés se aparta de esa óptica ensoñada y complaciente con que otros abordan la página para ofrecer una recreación que, aun siendo más introvertida que extrovertida, se encuentra marcada por el dolor y la rabia. Le acompañan perfectamente una dirección sobria, rocosa, sin concesiones, y una orquesta de sonoridad poderosísima e inmejorable.
Muy bien la obertura de Weber. Personalmente me sobran los portamentos del primer tercio, pero por lo demás se trata de una interpretación sincera, elocuente y sonada de modo rotundo, muy germánico, pero no por ello masivo ni falto de transparencia. De la página de Tchaikovsky ofrece Valcuha –gesto atento y minucioso- una interpretación lenta, muy bien paladeada y desmenuzada, que en lo conceptual se muestra particularmente introvertida, lo que significa que en determinados pasajes -sobre todo en el primer movimiento- se van a echar de menos chispa, electricidad y garra dramática, ofreciéndose a cambio momentos de una cantabilidad muy dulce -que no dulzona- absolutamente conmovedora. A ello contribuye en buena medida los solistas de la orquesta, que encuentran en el segundo movimiento inmejorables oportunidades para dar buena cuenta de su musicalidad. El saldo es positivo. Quizá el veteranísimo Haitink lo hubiera hecho mejor, pero a este joven no parece que le falte talento.
viernes, 2 de julio de 2010
Karajan en concierto: de Beethoven a Ravel
DG, 004400734399
2 DVDs 147’ (+60’ documental)
ADD
Universal
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Si el Karajan de los ochenta fue el más genial pero también el más proclive al amaneramiento, el de los setenta encontró el punto justo entre la contundencia y rigidez de sus primeros años y la flexibilidad y el refinamiento de los postreros; todo ello haciendo gala de su prodigioso sentido del color, de su técnica para obtener un perfecto empaste sin perder claridad y de una difícilmente igualable belleza sonora… pero también de su tendencia a no indagar en los significados expresivos.
Ejemplo de esta última carencia es el Segundo de Rachmaninov filmado en 1973: Karajan parece optar por lo melancólico pero el resultado es frío, a lo que contribuye un cuadriculado Weissenberg. Dos años después grababa poderosas y opulentas oberturas de Coriolano y Egmont, por encima de la media de su Beethoven habitual, una de Tannhäuser admirable, mucho menos blanda y pseudomística que su grabación digital, y otras de Guillermo Tell y El cazador Furtivo impresionantes, aunque aquí sí mejoraría aún los resultados más tarde. Y en 1978 filmaba una notable suite del Daphnis, un sensualísimo Fauno y una La mer opulenta y tímbricamente fascinante; recreaciones impresionistas no muy idiomáticas pero que por fortuna carecen de las sonoridades relamidas y de los efectismos de sus registros de los ochenta. Muy curioso el documental.
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Artículo publicado en el número de junio de 2008 de la revista Ritmo.
sábado, 17 de octubre de 2009
Estreno de Brotons y Romántica del montón

Si la partitura se hizo muy disfrutable fue por la portentosa labor de su dedicatario, un Javier Bonet (web oficial) que usó caracol de mar, trompa alpina, trompa natural y trompa cromática no ya con admirable seguridad técnica, sino también con un gran dominio de los recursos expresivos y con una creatividad poética desbordante. Josep Pons dirigió bien a la orquesta y redondeó una interpretación que exprimió en todo lo posible la partitura.
Abriendo el programa el director catalán había ofrecido una correcta lectura de la obertura de El cazador furtivo, magnífica en su misteriosa introducción pero sin lograr seguidamente esa mezcla de electricidad y refinamiento que demanda la página de Weber. En la segunda parte, y siguiendo la línea argumental de "Música y Naturaleza" que vertebra la presente temporada de abono, se ofrecía la Cuarta Sinfonía de Anton Bruckner, una partitura no poco difícil de levantar en condiciones: a Daniel Barenboim, sin duda el mayor bruckneriano del momento, el resultado no le quedó del todo redondo cuando la hizo el pasado verano en el Festival de Granada (enlace).
Comprenderá el lector que si la de Barenboim, en cualquier caso de muy alto nivel, me dejó un punto insatisfecho, la de Josep Pons se limitó a producirme indiferencia. Y eso que no le voy a regatear al maestro su capacidad para hacer que la ONE, que sigue sin ser una gran orquesta, suene con un empaste, una seguridad y una potencia digna de admiración; sin ir más lejos, la formación española tuvo menos deslices que la Staatskapelle de Berlín en su actuación granadina, aunque la agrupación de Barenboim, por descontado, ofrezca mucha mayor musicalidad y sea más apropiada para este repertorio. Tampoco le voy a negar a Pons que trazara correctamente la arquitectura, evitando tanto los tirones de tempo como los puntos muertos. Ni que matizara con corrección la gama dinámica y cuidara la transparencia orquestal.
¿Entonces, dónde estuvo el problema? Pues en que para hacer justicia a esta partitura hace falta trascender mucho más allá de las notas: sea en una línea digamos meditativa o "panteísta", sea desde una óptica escarpada y dramática, hay que adoptar un compromiso expresivo mucho mayor si no se quiere que los setenta minutos de esta genial partitura pesen como una losa. Joseps Pons, un director con buena técnica pero más bien gris en lo expresivo (escúchese su disco dedicado a Nino Rota para comprobar hasta qué punto puede interpretar mal una música fácil de dirigir), no parece estar en la muy resgringida lista de las grandes batutas brucknerianas. El público aplaudió con entusiasmo, sospecho que más por el despliegue decibélico que por otra cosa.
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