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sábado, 11 de octubre de 2025

Obertura de Oberón, de Weber: discografía comparada

Iba a proseguir el hilo de la entrada anterior comentando el histórico concierto de Barenboim y la Filarmónica de Berlín de la semana pasada, ya disponible en la Digital Concert Hall, pero han sido tantas las versiones que a tal efecto he ido escuchando a lo largo de los últimos días de la obertura de Oberón de Carl Maria von Weber varias veces la del argentino que me decido a presentar los resultados de la audición en forma d discografía comparada.

Antes de proseguir, conviene recordar que esta ópera en tres actos se estrenó en el Covent Garden en 1826, habiendo adquirido su obertura una difusión mucho mayor que la obra lírica en su integridad. No debe extrañar, por ello, que en la lista que comienza a continuación aparezcan la mayoría de los directores de primera fila. Una pena que no exista ningún testimonio de Giulini dirigiéndola.



1. Walter (YouTube, 1931). Morbazo enorme: ver y escuchar al judío Walter dirigiendo en Berlín en 1931. Tengo dudas sobre la orquesta, porque aunque en los comentarios alguien afirma que se trata de la Filarmónica de Berlín, en el rótulo del vídeo reza que Bruno Walter es “Generalmusikdirector”. ¿Vemos quizá a la de la Städtische Oper, actual Deutsche Staatsoper, de la que el maestro era entonces titular? La versión musical, muy briosa y contrastada, no es convence en absoluto por su rapidez y carácter machacón, si bien hay que aplaudir la intención de Walter de remansarse en la sección central; la voluntad le dura poco, por desgracia. (4)



2. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1950). Producción de Walter Legge realizada en la Musikverein que nos presenta al mejor Furt tardío y “de estudio”, esto es, un dechado de nobleza, de sensualidad, de amplitud melódica y de magia poética en perfecta combinación con el brío y el impulso dramático que la página necesita, todo ello aderezado con el dominio de la agógica (¡qué rubatos!) marca de la casa del inolvidable maestro berlinés. El nuevo reprocesado permite disfrutar sin especiales problemas de la sonoridad de la orquesta. (10)



3.  Böhm/Filarmónica de Viena (Decca, 1951). Aunque puede influir la toma a la que le va haciendo falta un nuevo reprocesado que recoja mejor las dinámicas, da la sensación de que a Karl Böhm la orquesta le suena más claramente vienesa que a Furtwängler, particularmente en una introducción en la que la tímbrica plateada de la cuerda hace maravillas. Por lo demás, otra espléndida lectura "con denominación de origen", bien equilibrada entre elegancia y vigor dramático, irreprochable en el trazo y de gran belleza. Faltan solo la personalidad y la flexibilidad particular de su colega: el de Graz siempre fue un poco adusto. (8)



4. Szell/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1952). La mejor tradición centroeuropea llega a New York de la mano de un Szell de cincuenta y cuatro años que, como siempre, prima la perfección por encima de la emoción, pero que también evidencia irreprochable gusto y buen instinto a la hora de equilibrar los ingredientes expresivos tan distintos entre sí que alberga está página: hermosa y concentrada la introducción, tan brioso como elegante el resto. En cualquier caso, la orquesta no es nada del otro jueves y él mismo, ya con el instrumento increíble que todos asociamos a su arte, alcanzará una mayor inspiración que aquí. La toma es discreta. (7)



5. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1952). Otro europeo en Nueva York, pero este muchísimo menos cuidadoso y bastante más vulgar. Aunque no siempre, la verdad sea dicha: don Arturo dirige bien la introducción, paladeada con elegancia y atenta a la plasticidad orquestal. El problema llega con la sección rápida: el de Parma se echa a correr de manera desbocada nada que ver con el autocontrol de Szell, convirtiendo la electricidad en verdadera razón de ser y pasando por encima de las posibilidades melódicas de la música. Y lo hace con discutibilísimo gusto, enfatizando de manera grosera los metales y planteando las transiciones con brocha gorda. Ofrece la incuestionable claridad que es marca de la casa, cierto es, pero para eso mejor acudir a lo que el maestro húngaro hizo el mismo año. (5)



6. Sawallisch/Orquesta Philharmonia (EMI, 1958). Sawallisch aún no había cumplido los treinta y cinco cuando se puso a las órdenes de Walter Legge para hacer exactamente eso para lo que el productor discográfico había creado la Philharmonia: alcanzar el mayor nivel de perfección técnica posible. Lo consiguió. Además de eso, el maestro bávaro ofreció una enorme solidez en el trazo concentrado, firme, sin precipitaciones, equilibrio expresivo y bien gusto. La inspiración poética, lástima, se quedó por el camino: él no tenía culpa de que tan solo dos años después vendría Klemperer a demostrar que se podía sacar mucho más partido de la página. La toma es un estéreo correcto para la época que sufre bastante distorsión; una pena que Warner no se haya animado a realizar un nuevo reprocesado de este material. (8)



7. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1960). La relativa relación temática de esta página con El sueño de Mendelssohn se da también en lo interpretativo, porque lo que el genial maestro de Breslau hizo con la partitura mendelssohniana que ilustraba la obra teatral de Shakespeare enlaza en buena medida con la concentración llena de magia feérica de la introducción, con la manera de combinar sonoridades graníticas con la máxima agilidad, transparencia y depuración sonora posibles, con la fuerza interna intensa pero ajena al arrebato pasional y con la poesía al mismo tiempo tremenda cuadratura del círculoelegantísima y severa que despliega en esa obertura de Weber. Le falta, eso sí, ese punto de sensualidad y de humanismo que había conseguido Furtwängler y de los que mucho más tarde harán gala Celibidache y Barenboim. El sonido ha quedado bastante aceptable con la alta definición de 2023, pese a ser un poco lejano. (9)



8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1960). Podría esperarse que esta lectura se viese perjudicada por las precipitaciones del Bernstein juvenil, pero no: la introducción se encuentra expuesta con sosiego, plasticidad en el tratamiento de la cuerda y magia poética. Luego sí que Lenny de desmelena, pero a pesar del carácter un tanto primario del trazo su inconfundible mezcla de frescura y comunicatividad termina ganando la partida. La toma adolece de una importante distorsión tímbrica, si bien la alta resolución del nuevo reprocesado resulta muy bienvenida. (7)



9. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1963). Esta vez con una toma de sonido a la altura de las circunstancias y respaldado por la increíble orquesta que él mismo fue forjando con paciencia, el maestro de Budapest repite y mejora su notabilísimo acercamiento, francamente sólido en el trazo y muy certero en lo expresivo, que solo en comparación con lo que habían hecho un Furtwängler o un Klemperer dejar entrever que hay más literalidad que poesía en los resultados. (8)



10. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1963). Desde el registro de Furtwängler no se escuchaba una introducción tan inspirada, no ya por su concentración, sino particularmente por su sensualidad, humanismo y magia poética. Una pena que seguidamente al maestro checo se le vaya la mano en lo que a electricidad y energía se refiere: está muy bien que el planteamiento aúne vigor, fuerza y rusticidad bien entendida, aportando igualmente una dosis muy interesante de frescura y desparpajo que se aleja un tanto de lo que habían hecho un Böhm, un Szell o un Klemperer, pero hay más nerviosismo de la cuenta y se echan en falta el autocontrol de los citados maestros. Toma con distorsión: le va haciendo falta un nuevo reprocesado. (7)



11. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1970). Aceptable toma en vivo realizada en Tokio para una lectura en la misma línea que la que el maestro y su orquesta realizaron en estudio, sólida y bien trabajada, pero lo cierto es que la inspiración parece algo menos: junto con la energía, el empuje y el entusiasmo están también esa tendencia a los ataques secos y el fraseo enjuto propios de Szell. (7)



12. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1971). Una tos nos hace pensar que la toma, con más soplido de fondo y distorsión de lo esperado, podría ser en directo. Pero no: estamos en la Jesus-Christus-Kirche y el ingeniero es Günter Hermanns. Simplemente, las cosas no se hicieron bien. Y es una pena, porque la interpretación es de altura. Las secciones en piano están dichas con una certera mezcla de sensualidad y depuración sonora, mientras que las extrovertidas son puro brío, opulencia y rotundidad, siempre con la más perfecta planificación. Todo ello, por descontado, dentro de un enfoque marcadamente sinfónico mucho músculo en la sonoridad en el que el deleite en los grandes contrastes dinámicos y una contundencia excesiva juegan en contra. Puro Karajan, en definitiva. (8)



13. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1973). Ante todo, es necesario destacar el soberbio nivel técnico que alcanzan el maestro húngaro y la orquesta a la que había llegado tres años atrás: hay que esperar a que la Filarmónica de Berlín ofrezca sus interpretaciones con Petrenko, Weigle y Barenboim para escuchar algo con tan alto grado de depuración sonora, seguridad, brillantez y belleza. En lo expresivo, sorprende que el por entonces todavía algo nervioso Sir George paladee con semejante concentración la mágica introducción de la obra, trabajando a la cuerda con enorme plasticidad y haciendo un uso muy sutil de los reguladores. Por descontado, el resto es puro Solti sanguíneo y vital, muy apoyado en el ímpetu rítmico y la incisividad de los ataques, brillante en el mejor de los sentidos, pero capaz de sujetar bien las riendas no siempre lo conseguía y de ofrecer matices que eviten caer en la linealidad en la que incurrieron otros directores con parecidos planteamientos. Equilibrada y natural la toma realizada en el Medinah Temple, cortesía del gran Kenneth Wilkinson. (9)



14. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1985). Va lento el maestro rumano (10:45). Lento y algo parsimonioso, a decir verdad: en 2025 Barenboim le superará en minutaje, pero no dará esa sensación de morosidad. Pero importa poco, porque lo importante es que Celi se decide a plantar cara a la tradición de abordar la página desde una perspectiva eminentemente extrovertida, briosa e incisiva, tratando a la música con un vuelo melódico, una sensualidad y un carácter efusivo que hasta entonces no había sido puesto tan de relieve. Con el resultado tiene mucho que ver el fraseo mórbido, flexible y plenamente orgánico de una batuta que se las sabía todas a la hora de poner matices, otorgar sentido expresivo a los colores, planificar transiciones y atender a la claridad perfecto equilibrio polifónico sin dar la sensación de que esta se encuentra en el punto de mira. Eso sí, la orquesta tiene importantes limitaciones y sus primeros atriles en modo alguno se pueden comparar con los que más adelante lucirá la Filarmónica de Berlín en sus diferentes filmaciones. (10)



15. Norrington/The London Classical Players (EMI, 1988). Pionera propuesta historicista para hacer Weber sin vibrato y con instrumentos originales. A mi entender no hacía ninguna falta, pero también es cierto que Sir Roger conecta bastante bien con el carácter bullicioso y efervescente de esta música, que cuida de manera apreciable la sonoridad, que frasea sin precipitaciones y que presta más atención que otros maestros famosos a esa importante sección lenta central que permite aliviar tensiones y preparar las venideras. Eso sí, la expresividad más bien insulsa de la cuerda y la tendencia a la levedad que eran de esperar están ahí, para disgusto del oyente tradicional, y como a su vez tampoco hay aquí ninguna de esas “gamberradas” que tanto le gusta a la actual kale barroka, esta recreación en su momento presuntamente atrevida se ha quedado un poco en tierra de nadie. (7)



16. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (DG, 1995). Uno de los directores más injustamente tratados por una parte de la crítica y de algunos músicos, ahí están las venenosas declaraciones de Teresa Berganza fue el malogrado Sinopoli, quien aquí ofrece una interpretación de perfecto estilo y considerable inspiración. Sobresale en ella toda la sección introductoria, cierto es que algo pimpante en lo que podemos denominar “marcha élfica”, pero de una sensualidad y belleza rara vez escuchada; las calidades tímbricas de la orquesta sajona tienen mucho que ver, claro está. Por lo demás, cierta tendencia a lo curvilíneo en el fraseo que es marca de la casa y mucho fuego bien controlado. Una mayor atención a la claridad, eso sí, se hubiese agradecido. (8)



17. Barenboim/Filarmónica de Israel (DVD Euroarts, CD Sony, Stage+, 1996). En este concierto por el 60 aniversario de la formación israelí Daniel Barenboim se ocupó únicamente de la obra que abría el programa. Y lo hizo con enorme acierto, hasta el punto de que aportó uno de los mejores registros hasta la fecha. No en lo que se refiere a la ejecución, ciertamente, porque la orquesta no es gran cosa y dista de ofrecer la limpieza y belleza sonora de otras formaciones, pero sí en lo interpretativo: enorme dosis de misterio y sensualidad embriagadora en la introducción, mágicas texturas feéricas más adelante y, ya en el resto de la partitura, un equilibrio perfecto entre músculo y agilidad, pero sobre todo entre fuego y voluptuosidad lírica. Sí, es cierto que en toda la parte extrovertida se echa de menos mayor personalidad, pero lo compensa la atención prestada a la sección lírica intermedia, que paladea con primor. (9)



18. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (Hänssler, 1998). Lo mismo de tres años atrás, solo que esta vez no se trata de una grabación “en estudio” en la Lukaskirche sino otra en directo en la Semperoper. Suena peor, así que resulta prescindible. (8)



19. Haitink/Orquesta del Covent Garden (YouTube, 1999). Esta filmación televisiva de la etapa en que fue titular de la Royal Opera recuérdese: lugar del estreno– es perfecto testimonio de arte justamente calificado de “objetivo” que caracterizaba al maestro holandés: extraordinaria solidez en la construcción, gusto irreprochable y renuncia a dejar una huella personal, bien en forma de creatividad, bien en la voluntad de subrayar unos aspectos por encima del otro. Por eso mismo resulta quizá un poquito lineal, dentro de su considerable nivel. (8)



20. Jansons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall y Stage+, 2000). Filmación en Tokio, de buen sonido e imagen por debajo de los estándares de hoy día, en la que Mariss Jansons deja constancia de su enorme solvencia y profesionalidad, como también de un gusto irreprochable en el que no hay espacio para las precipitaciones ni los excesos en que incurrían directores mucho más famosos, pero en la que tampoco terminan de aflora la poesía que anida en los pentagramas: todo en su sitio, y ya está. (7)



21. Thielemann/Filarmónica de Viena (DG, 2002). Hay que agradecerle al maestro berlinés que apueste por una lectura amplia de tempi en la que la cantabilidad, y no el carácter trepidante por el que apuesta la mayoría de las batutas, se ponga en primer plano en esta recreación en la que la belleza sonora de los Wiener Philharmoniker es otra baza fundamental. Pero en ella reside, paradójicamente, lo discutible del resultado: a Herr Thielemann le va la marcha en este sentido y se recrea de manera excesivamente narcisista en los mimbres que tiene a su disposición, por no decir que incurre en lo preciosista e incluso en lo relamido. Lástima. (7)



22. Neeme Järvi/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Grata sorpresa la del patriarca de los Järvi, en esta ocasión mucho más que un concertador con oficio. Hay en su lectura sonoridad apropiada, solidez en el trazo y equilibrio expresivo, pero también apreciable musicalidad y buen gusto: las melodías están bien cantadas, el impulso vital se encuentra sólidamente controlado e impera el buen gusto. Eso sí, ni el tratamiento orquestal resulta particularmente refinado ni la poesía alcanza todo su potencial: nunca fue lo suyo. Gloriosos los primeros atriles. (8)



23. Jansons/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts y Digital Concert Hall, 2017). Repetición de la jugada, esta vez una filmación en Pafos, en la hermosísima costa de Chipre. La imagen es ahora superior, el sonido menos bueno. ¿Y la interpretación? Pues a pesar de las soberbias intervenciones de los primeros atriles, más artesanía de primera calidad que arte propiamente dicho. Demasiada competencia discográfica como para prestarle atención al resultado. (7)



24. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2021). Reveladora la comparación de esta lectura del nuevo titular de os Berliner Philharmoniker con la de Neeme Järvi once años anterior: el maestro ruso alcanza una dosis superior de refinamiento, agilidad, transparencia y belleza tímbrica, pero en lo expresivo se muestra mucho menos centrado: los momentos líricos le resultan preciosistas antes que sensuales, mientras que cuando hay que galopar la noble elegancia que exige Weber se ve sustituida por cierta tendencia a lo saltarín, incluso a lo frívolo; eso sí, derrochando electricidad tanto en lo puramente audible como en la gestualidad sobre el podio. Menos mal que ahí están otra vez esos descomunales solistas para poner el listón muy alto. (8)



25. Weigle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). Sin salirnos de las filmaciones disponibles en esta plataforma, se diría que la recreación del maestro berlinés gesto sereno, sobrio y atento, sin necesidad de montar el numerito es una combinación de la musicalidad, el equilibrio y el control de Neeme Järvi con la depuración sonora, el virtuosismo y la belleza de un Kirill Petrenko, superando ampliamente a este último en lo que a amplitud melódica, nobleza y vuelo poético se refiere. Solo le falta un poquito más de personalidad e imaginación. Una vez más, es difícil concebir una orquesta mejor y más idónea para la presente partitura; es de justicia aplaudir de manera especial las intervenciones de la trompa de Yun Zeng, que repetirá el prodigio tan solo siete meses más tarde con Barenboim. (9)



26. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). Barenboim después de la pandemia. El Barenboim más lento. El menos severo, el menos empeñado en convertir la interpretación musical en un ejercicio de reflexión sobre el dolor. El más abierto a la luz, a la sensualidad, a la delectación melódica. El más conciliador. Y también el más genial posible. Los 9:30 minutos he restado los aplausos de la lectura en Tel Aviv se transforman en 11:17, ahí es nada. Se puede echar de menos el carácter trepidante de entonces, pero la música respira como no lo ha hecho en ninguna otra versión, los increíbles solistas de la orquesta tocan con una musicalidad y desinhibición incomparables, la sensualidad se multiplica sin que en ningún momento se roce el narcisismo, la nobleza más humanística sustituye a la rítmica implacable por la que se decantan la mayoría de los directores, y en toda la sección introductoria se alcanza una magia poética insólita, aunque quizá sea la sección lírica central en la que se realiza un descubrimiento en toda regla: ni una sola de las batutas que hemos visto desfilar, quizá ni siquiera la de Celibidache, llegó a intuir toda la música que aquí había. Por lo demás, Barenboim aporta sutilísimos, casi imperceptibles juegos agógicos y dinámicos que otorgan una sensación de naturalidad, de libertad y de fluidez en el discurso que no se evidencia en esas otras recreaciones antedichas, empezando por la de Karajan. Todo ello servido por una orquesta técnicamente perfecta en el archivo de la plataforma se ha corregido un levísimo roce del portentoso trompa que se presenció en directo, bellísima en su sonoridad y, curiosamente, menos oscura y más tornasolada que en otras ocasiones, como si el maestro quisiera remarcar su pertenencia a la gran tradición germánica e incluso que sonara… pues eso, a su antigua Staatskapelle de Berlín. ¿Quizá tenga algo que ver que esta vez el concertino fuera precisamente Wolfram Brandl, justo el de la citada formación? (10)

sábado, 19 de agosto de 2023

Klemperer: oberturas alemanas

Otto Klemperer y su Philharmonia Orchestra grabaron este célebre disco de oberturas alemanas entre mayo y septiembre de 1960 en el desaparecido Kingsway Hall londinense. El reprocesado de 2023 hace que suene bastante mejor que antes, aunque tampoco se trata de una grabación particularmente buena: la orquesta queda un poquito lejana.

El programa se abre con tres páginas de Carl Maria von Weber, comenzando por la de El cazador furtivo. Hay quien podría preferir una recreación con menos control y mayor “locura” romántica, toda vez que nos encontramos ante una página altamente visionaria, pero lo cierto es que Herr Klemperer triunfa por todo lo alto con su propuesta tan severa y rocosa como cargada de fuerza interior, perfiladísima en su arquitectura, en la que la concentración del fraseo –subyugante la introducción–, el tratamiento del color y las intervenciones solistas adquieren una abrumadora fuerza expresiva. 

La obertura de Euryante recibe una rocosa, rotunda, poderosísima interpretación, llena de fuerza pero capaz también de destilar encanto en la sección central, en la que Klemperer obtiene un fascinante sonido plateado.

Sigue la de Oberon, y ahí la relación temática con El sueño de una noche de verano de Mendelssohn se da también en lo interpretativo, tanto por la concentración llena de magia feérica de la introducción como por la tensión, siempre depuradísima en lo sonoro y sin merma alguna de la elegancia en el fraseo, que es capaz de conseguir la batuta. Solo se echa de menos un poquito de sensualidad.

Seguimos con Engelbert Humperdink y su Hänsel und Gretel. La obertura de la ópera es una verdadera genialidad interpretativa en la que, evitando cualquier blandura pretendidamente infantil, Klemperer saca todo lo que de poesía delicada tiene esta música sin renunciar, todo lo contrario, a la brillantez orquestal, a la densidad dramática y, sobre todo, a su jocoso sentido del humor. En la "pantomima" del sueño, aquella en la que bajan los ángeles, resulta increíble cómo el “antirromántico” maestro destila una espiritualidad tan intensa como sincera hasta alcanzar un clímax incandescente a más no poder, todo ello haciendo gala de un portentoso sentido de la plasticidad orquestal y, sobre todo, de un dominio de la arquitectura de tensiones que no tiene parangón.

Aparece a continuación Christoph Willibald Gluck, aunque en arreglo de Richard Wagner: obertura de Iphigénie en Aulide. La verdad es que Klemperer mira en buena medida al universo de Tristán e Isolda, aunque más en lo que se refiere al tratamiento de la masa orquestal –densa, granítica, imponente– que al fraseo, pura severidad neoclásica en manos del de Breslau. Eso sí, severidad cargada de potencia dramática.

Hay propina: una hasta ahora inédita obertura de Anacreón de Luigi Cherubini. Por lo visto había ruidos, que han sido eliminados para la ocasión por ordenador. Se agradece, porque música e interpretación son estupendas. ¡Qué arrolladora potencia expresiva la de la batuta!

Una cosilla: la obertura de Der Freischütz se puede localizar en las plataformas de streaming en alta resolución, pero si quieren el disco entero en su nuevo reprocesado hay que acudir a la caja de Klemperer completa. ¿Hace falta insistir en que se trata de una compra absolutamente imprescindible? 

viernes, 9 de noviembre de 2018

Un bodrio en la Filarmonía del Elba

Nada, que no encuentro tiempo para este blog. Me toca concluir mi repaso por el viaje que hice a Hamburgo aprovechando el puente de la semana pasada. Ya dije que el sábado por la mañana estuve en Bremen. Por la tarde regresé a la ciudad natal de Brahms y pude visitar la tumba del gran C.P.E. Bach, que allí fue maestro de capilla y falleció. La verdad es que ver su lápida es lo único que merece la pena en la cripta de la Michaeliskirche, cuyo billete de entrada no resulta precisamente barato para el turista. Como tampoco la entrada que compré para escuchar a Sabine Meyer en la Filarmonía del Elba, 96 euros de ala, aunque lo cierto es que era una oportunidad que tenía que aprovechar para escuchar en directo a la mítica clarinetista –creo que nunca lo había hecho hasta ahora– y para acceder al interior de esta reciente y prestigiosa sala de conciertos.


Mi opinión sobre el recinto ha terminando siendo muy positiva: aunque reconozco que el diseño del interior resulta un pelín pretencioso, lo cierto es que se trata de un edificio muy bello desde el punto de vista plástico que, al mismo tiempo, sabe ser funcional y atender tanto al acceso del público como a la acústica. Es decir, nada que ver con el Palau de Les Arts de Calatrava, maravilloso visualmente pero un absoluto desastre como recinto operístico y como sala de conciertos sinfónicos. 


Eso sí, por mucho que un servidor disfrutara recorriendo la Elbphilharmonie, salí de allí decepcionado: el concierto de ese sábado 2 de noviembre me pareció, salvo en lo que a Meyer se refiere, un monumental bodrio, tanto por el discreto nivel de la Kammerakademie Potsdam como, sobre todo, por la incompetencia de su director Antonello Manacorda, durante años concertino de la Mahler Chamber Orchestra y ahora batuta de amplio currículo que graba para Sony Classical. ¡Apañados estamos!

El desastre se vislumbró ya en la flacidez extrema de los primeros compases del Idilio de Sigfrido. Tal vez quiera ofrecernos una versión especialmente intimista, me dije intentando engañarme a mí mismo. Pues no: fue una interpretación tímida, blanda y lánguida, mal construida en sus tensiones, poco o nada contrastada, muy corta en su vuelo poético, aburridísima en suma. Ni que decir tiene que aquello no sonó en ningún momento a Richard Wagner.


Venía a continuación el estupendo Concierto para clarinete nº 1 de Weber, y para abordarlo salieron trompas y trompetas naturales que, por descontado, rajaron más que las modernas. En cualquier caso, no fue la de Manacorda una interpretación especialmente historicista en lo que articulación se refiere. Fue simplemente convulsa y emborronada, extrovertida pero de cara a la galería. Exactamente se puede decir de la página que abrió la segunda parte, la Konzertstück Nr. 1 para clarinete, corno di basetto y orquesta de Mendelssohn, para la que se contó con la participación del excelente Reiner Wehle. Sinfonía escocesa para terminar: momentos más que correctos, momentos discretos y blanduras fuera de lugar se sucedieron en una versión pseudohistoricista –más bien “historicista soft”– que no llegó a enervarme, pero sí me aburrió sobremanera.

¿Y la Mayer? Pues con un tipazo y un cutis absolutamente increíbles para sus cincuenta y nueve años. La artista conserva, además, toda su agilidad digital y ese enorme control del fiato que le permite construir frases con cantabilidad extrema. Y luciendo la musicalidad, la variedad expresiva y el compromiso que siempre han caracterizada a la clarinetista, cuyo Weber espero seguir escuchando en la grabación con Herbert Blomstedt, muchísimo mejor acompañada entonces que en este concierto que mereció mucho más la pena por el continente que por el contenido.

domingo, 21 de octubre de 2018

Pablo Barragán, otro de primera fila

Hace pocos días, una exministra del Partido Popular –la derecha española “de toda la vida”, para los que me leen desde fuera– montaba un monumental revuelo al afirmar que los niños andaluces están mucho peor formados que los del resto de las comunidades autónomas, es decir, las gobernadas por su formación. No seré yo precisamente, que me dedico desde hace dieciocho años a la docencia, quien niegue los gravísimos problemas que afectan a la educación en Andalucía, algo con lo que ciertamente tiene que ver la política educativa socialista. Pero lo que sí dudo mucho es que los chavales de mi tierra tengan menos talento que los de otras. Al menos en música. Baste simplemente recordar una serie de nombres vinculados a la West Eastern-Divan, esa misma formación que algunos calificaban despreciativamente como “orquesta de niños” y que ha resultado ser una cantera de artistas de primera: Ramón Ortega es de Granada y ha pasado de la Radio Bávara a la Filarmónica de Los Ángeles, la también oboísta Cristina Gómez Godoy procede de Linares y es primer atril en la Staatskapelle de Berlín, Pedro Manuel Torrejón González nació en Isla Cristina y asimismo anda muy vinculado a Barenboim y su orquesta berlinesa.


En la misma lista debemos incluir a Pablo Barragán, nacido en Marchena en 1987 y clarinete excepcional, cosa que demostró sobradamente el pasado viernes en el Teatro Villamarta interpretando, en arreglo para pequeña orquesta de cámara, el precioso Quinteto para clarinete de Carl Maria von Weber. Esa misma tarde había escuchado en casa la magnífica grabación de Sabine Meyer. Pues bien, la justamente mítica clarinetista alemana resulta inalcanzable en técnica, depuración y belleza sonora, pero a mí me parece que Barragán no le va a la zaga –antes al contrario– en intensidad y compromiso. Una experta melómana me comentaba al terminar que el solista había evidenciado algunas vacilaciones. Vale, pero a mí me importa muy poco eso, porque las mismas no eran sino fruto de arriesgar muchísimo, de moverse todo el tiempo en la cuerda floja (¡qué pianísimos!) para explorar las posibilidades expresivas de la música. Tensión y comunicación por encima de la mera belleza sonora: eso es lo que distingue a los artistas de verdad de los meros vendedores de sonido.

A Barragán le acompañaban la Orquesta de Cámara Eslovaca y su director-solista Ewald Danel, que funcionaron de manera notable en la página de Weber y ofrecieron lo que parecían muy dignas recreaciones de la simpática Serenata para orquesta de cuerda de Eugen Suchoň (1908-1993) y de la Música eslovaca de un tal Ilia Zelenza (1932-2007), para terminar brillando en las deliciosas Danzas rumanas de Bartók. El escaso público del Villamarta (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en que se llenaban sus 1200 butacas en cualquier espectáculo de música clásica!) aplaudió con merecido agradecimiento y salió verdaderamente satisfecho. Y yo quedo más atento que nunca a la trayectoria de Barragán, a quien estoy deseando volver a escuchar.

domingo, 5 de febrero de 2012

Znaider triunfa con Sibelius en Berlín

El pasado 8 de octubre ofrecía la Filarmónica de Berlín un concierto que comenzaba con la obertura de la ópera Euryanthe, de Carl Maria von Weber, y continuaba con dos páginas propias para días de frío: el Concierto para violín de Sibelius y la Sinfonía nº1, Sueños de Invierno, de un Tchaikovsky aun joven y no del todo inspirado. De la batuta de iba a encargar Bernard Haitink, que tiene en discos una magnífica interpretación de la última página citada (enlace), pero fue reemplazado por enfermedad por el desconocido maestro eslovaco Juraj Valcuha. El que sí hizo acto de presencia fue el gran Nikolaj Znaider para enfrentarse a una de las obras más complicadas de todo el repertorio para su instrumento. El evento fue registrado por las cámaras de la Digital Concert Hall (enlace) y lo he recuperado en este apropiado fin de semana de gélidas temperaturas.

Znaider Sibelius Berlin

Me ha gustado mucho la actuación de Znaider. Quizá su sonido no sea muy potente en directo, pero desde luego ofrece una solidez impresionante: es capaz de adelgazarse hasta el límite sin perder vigor. Por descontado que la mano izquierda se muestra agilísima y que la gama de colores que extrae de su Guarnieri es admirable. En cualquier caso, y siendo tales virtudes imprescindibles para acercarse a la obra, lo decisivo es que el violinista danés se aparta de esa óptica ensoñada y complaciente con que otros abordan la página para ofrecer una recreación que, aun siendo más introvertida que extrovertida, se encuentra marcada por el dolor y la rabia. Le acompañan perfectamente una dirección sobria, rocosa, sin concesiones, y una orquesta de sonoridad poderosísima e inmejorable.

Muy bien la obertura de Weber. Personalmente me sobran los portamentos del primer tercio, pero por lo demás se trata de una interpretación sincera, elocuente y sonada de modo rotundo, muy germánico, pero no por ello masivo ni falto de transparencia. De la página de Tchaikovsky ofrece Valcuha –gesto atento y minucioso- una interpretación lenta, muy bien paladeada y desmenuzada, que en lo conceptual se muestra particularmente introvertida, lo que significa que en determinados pasajes -sobre todo en el primer movimiento- se van a echar de menos chispa, electricidad y garra dramática, ofreciéndose a cambio momentos de una cantabilidad muy dulce -que no dulzona- absolutamente conmovedora. A ello contribuye en buena medida los solistas de la orquesta, que encuentran en el segundo movimiento inmejorables oportunidades para dar buena cuenta de su musicalidad. El saldo es positivo. Quizá el veteranísimo Haitink lo hubiera hecho mejor, pero a este joven no parece que le falte talento.

viernes, 2 de julio de 2010

Karajan en concierto: de Beethoven a Ravel

KARAJAN EN CONCIERTO. Obras de Beethoven Rossini, Wagner, Weber, Debussy, Rachmaninov y Ravel. Alexis Weissenberg, piano. Orquesta Filarmónica de Berlín. Dir: Herbert von Karajan.
DG, 004400734399
2 DVDs 147’ (+60’ documental)
ADD
Universal
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Si el Karajan de los ochenta fue el más genial pero también el más proclive al amaneramiento, el de los setenta encontró el punto justo entre la contundencia y rigidez de sus primeros años y la flexibilidad y el refinamiento de los postreros; todo ello haciendo gala de su prodigioso sentido del color, de su técnica para obtener un perfecto empaste sin perder claridad y de una difícilmente igualable belleza sonora… pero también de su tendencia a no indagar en los significados expresivos.





Ejemplo de esta última carencia es el Segundo de Rachmaninov filmado en 1973: Karajan parece optar por lo melancólico pero el resultado es frío, a lo que contribuye un cuadriculado Weissenberg. Dos años después grababa poderosas y opulentas oberturas de Coriolano y Egmont, por encima de la media de su Beethoven habitual, una de Tannhäuser admirable, mucho menos blanda y pseudomística que su grabación digital, y otras de Guillermo Tell y El cazador Furtivo impresionantes, aunque aquí sí mejoraría aún los resultados más tarde. Y en 1978 filmaba una notable suite del Daphnis, un sensualísimo Fauno y una La mer opulenta y tímbricamente fascinante; recreaciones impresionistas no muy idiomáticas pero que por fortuna carecen de las sonoridades relamidas y de los efectismos de sus registros de los ochenta. Muy curioso el documental.

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Artículo publicado en el número de junio de 2008 de la revista Ritmo.

sábado, 17 de octubre de 2009

Estreno de Brotons y Romántica del montón

La mañana del domingo 11 de octubre -suelo acudir a estas matinales cuando paso el fin de semana en Madrid- presentaba la ONE un encargo realizado a Salvador Brotons, el Concierto para trompa escrito para lucimiento de Javier Bonet, a la sazón miembro de la plantilla de la orquesta. Que la partitura haya optado por la comunicatividad con el público antes que por el mal llamado "compromiso con la modernidad" no la hace ni mejor ni peor, salvo para los talibanes de determinadas tendencias estéticas. El valor de una obra radica, sencillamente, en eso tan difícil de definir como fácil de captar que es la inspiración. A mi modo de ver, el compositor barcelonés no acaba de lograrla en esta partitura bien escrita, brillante y espectacular, prima hermana en su lenguaje de los clásicos norteamericanos (Copland, Bernstein y hasta mi admirado John Williams), pero sin mucho que decir: la "superficie" brilla bastante más que el "contenido".


Si la partitura se hizo muy disfrutable fue por la portentosa labor de su dedicatario, un Javier Bonet (web oficial) que usó caracol de mar, trompa alpina, trompa natural y trompa cromática no ya con admirable seguridad técnica, sino también con un gran dominio de los recursos expresivos y con una creatividad poética desbordante. Josep Pons dirigió bien a la orquesta y redondeó una interpretación que exprimió en todo lo posible la partitura.

Abriendo el programa el director catalán había ofrecido una correcta lectura de la obertura de El cazador furtivo, magnífica en su misteriosa introducción pero sin lograr seguidamente esa mezcla de electricidad y refinamiento que demanda la página de Weber. En la segunda parte, y siguiendo la línea argumental de "Música y Naturaleza" que vertebra la presente temporada de abono, se ofrecía la Cuarta Sinfonía de Anton Bruckner, una partitura no poco difícil de levantar en condiciones: a Daniel Barenboim, sin duda el mayor bruckneriano del momento, el resultado no le quedó del todo redondo cuando la hizo el pasado verano en el Festival de Granada (enlace).

Comprenderá el lector que si la de Barenboim, en cualquier caso de muy alto nivel, me dejó un punto insatisfecho, la de Josep Pons se limitó a producirme indiferencia. Y eso que no le voy a regatear al maestro su capacidad para hacer que la ONE, que sigue sin ser una gran orquesta, suene con un empaste, una seguridad y una potencia digna de admiración; sin ir más lejos, la formación española tuvo menos deslices que la Staatskapelle de Berlín en su actuación granadina, aunque la agrupación de Barenboim, por descontado, ofrezca mucha mayor musicalidad y sea más apropiada para este repertorio. Tampoco le voy a negar a Pons que trazara correctamente la arquitectura, evitando tanto los tirones de tempo como los puntos muertos. Ni que matizara con corrección la gama dinámica y cuidara la transparencia orquestal.

¿Entonces, dónde estuvo el problema? Pues en que para hacer justicia a esta partitura hace falta trascender mucho más allá de las notas: sea en una línea digamos meditativa o "panteísta", sea desde una óptica escarpada y dramática, hay que adoptar un compromiso expresivo mucho mayor si no se quiere que los setenta minutos de esta genial partitura pesen como una losa. Joseps Pons, un director con buena técnica pero más bien gris en lo expresivo (escúchese su disco dedicado a Nino Rota para comprobar hasta qué punto puede interpretar mal una música fácil de dirigir), no parece estar en la muy resgringida lista de las grandes batutas brucknerianas. El público aplaudió con entusiasmo, sospecho que más por el despliegue decibélico que por otra cosa.

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