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sábado, 1 de octubre de 2022

28 años en el congelador

Ya sabíamos que Krystian Zimerman es un pianista señor rarito, entre otras cosas por lo extraordinariamente autocrítico que es con sus propias grabaciones: ahí están sus geniales sonatas de Brahms para DG, que ha prohibido que se reediten porque no le gustan. No debe extrañar que se lo piensa una, dos y tres veces antes de sacar un registro nuevo al mercado.

 

Pero esto ya es el colmo: ayer salió su esperado disco dedicado a Karol Szymanowski y, aunque buena parte de él corresponde a tomas realizadas en Japón el pasado mes de junio, resulta que el extraordinariamente sugerente tríptico Masques se había registrado en Copenhague en mayo de 1994. ¡Más de veintiocho años en el congelador! ¿Tanto le costaba dejar que el sello amarillo pusiese en manos de los melómanos semejante maravilla para que los que ya no están con nosotros la hubieran podido disfrutar? La gracia es que sus flojos conciertos de Beethoven con Rattle no ha tenido ningún problema en darlos por válidos. Ay, estos divos. 

Se me olvidaba: en Tidal lo tienen en Dolby Atmos. Escuchen este disco cuanto antes, que ya hemos esperado en exceso.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Musikfest Berlín 2022: Yannick y Philadelphia

Acaba de terminar otro concierto de la Musikfest de Berlín, retransmitido en directo a quienes estamos abonados –si usted no lo ha hecho aún, anímese– a la Digital Concert Hall. Menudo nivelazo el de la Philadelphia Orchestra: quizá el más alto de su historia, lo que es decir muchísimo. Salvo algún primer atril sin la excelencia de sus compañeros, nada que envidiar a sus antecesoras en el festival, Filarmónica de Berlín y Concertgebouw.

Yannick Nézet-Séguin ha arrancado con una obertura Carnaval de Dvorák interpretada a pedir boca: brillante en su punto justo, pero también muy cálida y poética, amén de trabajada con pinceles finos y gran plasticidad.


El resto del programa ha servido para promocionar los dos últimos discos de la formación estadounidense y su titular. De absoluta referencia el Concierto para violín nº 1 de Karol Szymanowski, que yo ya había escuchado en el correspondiente registro. Lisa Batiashvili ha lucido un sonido hermosísimo, carnoso en el centro y dorado en el agudo, ha mostrado virtuosismo supremo y ha sintonizado a la perfección con la singularísima, fascinante sensualidad de la partitura. Pero más aún –si ello es posible– me ha gustado la dirección de Yannick, de una sensibilidad para el colorido y las texturas impresionistas difícil de superar, como también muy comprometido con la expresión, con la intensidad de las emociones, amén de perfecto planificador de la arquitectura tanto vertical (¡qué claridad!) como horizontal. Creo que es imposible escuchar una interpretación mejor que esta. La propina, la misma del disco: Beau soir de Debussy con el maestro al piano.


Lo que yo no conocía es la Sinfonía nº 1 de Florence Price (1887-1953), una compositora de raza negra que supo salir adelante en un contexto no precisamente cómodo para una persona de sus circunstancias. De esta partitura en particular, completada en 1931, no me ha gustado el cuarto movimiento, pero los otros tres me han parecido una delicia: música maravillosamente norteamericana y maravillosamente “racial” que, partiendo de manera indisimulada del legado europeo, sabe aportar frescura y personalidad. ¿La interpretación? Sonada con enorme belleza y comprometida a más no poder. Tampoco aquí se me ocurre cómo se puede hacer mejor.

Primera propina, una obrita para violín y piano de la misma autora transcrita para la maravillosa cuerda de Filadelfia. Segunda, una bulliciosa y algo precipitada Danza húngara de Brahms que podían haberse ahorrado.

lunes, 13 de agosto de 2018

El Rey Roger más recomendable en vídeo

Hace ya siete años (¡cómo pasa el tiempo!) comenté en este blog tres filmaciones de la ópera El Rey Roger. Ninguna de ellas me terminaba de convencer. Pues bueno, he visto un blu-ray del sello Opus Arte, filmado en el Covent Garden londinense en 2015, que sin ser redondo hace por fin justicia a la gran obra maestra de Karol Szymanowski.


Si me parece claramente superior a las otras, lo hace en gran medida porque la propuesta escécnica de Kasper Holten es la que va más a servir al concepto original y menos a llamar la atención o a montar una dramaturgia paralela. El discurso –que traslada la acción a la época en que se estrenó la ópera– es coherente en sí mismo y con la música, sabe mantener las ambigüedades del libreto sin caer en la explicitud, resuelve más o menos bien las secuencias y, cuando en el final del segundo acto quiere ser medianamente original, lo hace para servir al concepto que subyace en el fondo de la obra, que no es otro que la contraposición entre intelecto y pasión, entre orden y hedonismo, entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

El nivel de la interpretación musical es muy alto. Mariusz Kwiecien –le vi en el papel cuatro años antes en el Teatro Real– le tiene cogido el punto al rol titular, y aun sin ser tan emotivo como Thomas Hampson –en la soberbia grabación de Rattle–, realiza una irreprochable labor. Soberbia Georgia Jarman en el difícil y bellísimo canto de Roxana. Magnífico Saimir Pirgu como el Pastor, aunque da la impresión de que en directo, y en determinadas ubicaciones de la escenografía, se le escucha poco. El borrón es Kim Begley, ya cascadísimo para el papel de Edrisi y para cualquier otro. Por descontado, la gran baza de esta versión es la batuta de un Antonio Pappano sensual a más no poder y expertísimo dominador de las texturas diseñadas por Szymanovsky, pero también gran director de ópera y músico atento a crear grandes clímax dramáticos. Su trabajo con orquesta y coros, formidables: basta con escuchar el lento y espectacular crescendo con que se abre la partitura para darse cuenta de la excelencia técnica.

La calidad de imagen es extraordinaria; la toma sonora, muy superior a la de cualquier CD. Lástima que no haya subtítulos en castellano. Estupendos los complementos, incluyendo no solo quince minutos de documentales sino también un audiocomentario de toda la ópera a cargo de Pappano y Holten; aquí, por desgracia, no hay subtítulos en ningún idioma.

sábado, 25 de mayo de 2013

Kopelman y Leonskaja en el Auditorio Nacional: entre toses

Concierto muy exquisito el de ayer viernes por la tarde en la sala de cámara del Auditorio Nacional. Lo protagonizaba el Cuarteto Kopelman, que no es sino una actualización del mítico Cuarteto Borodin. Este último sigue existiendo -sustancialmente renovado-, pero las maneras interpretativas del que ayer se escuchó en Madrid no son otras que las marcadas por quien durante veinte años fuera su primer violín, Mikhail Kopelman: tensión extrema, desgarro lacerante sin excederse en la "rusticidad expresionista", una concentración enorme que permite prestar especial atención a la creación de atmósferas, y desinterés total por la belleza sonora como fin en sí mismo. O sea, lo que permitió al Borodin de aquellos tiempos ser intérprete genial de los cuartetos de Dimitri Shostakovich.

Ahora bien, a mi entender hay una seria desventaja del Cuarteto Kopelman con respecto al antiguo Borodin: la personalidad del primer violín es tan fuerte que se impone en exceso sobre sus tres nuevos compañeros (nuevos en su vínculo artístico, no precisamente en edad), produciendo desequilibrios que se hacen patentes sobre todo con el violonchelo de Mihkail Milman, que resulta un tanto desdibujado. En cualquier caso, una formación de buena altura técnica y enorme compromiso expresivo.

Programa extraño y desigual. Se abrió la velada con el Cuarteto nº 1 de Szymanovsk, de 1917: una obra de primera madurez, con la importante Tercera Sinfonía a sus espaldas pero con El rey Roger todavía por llegar. El Kopelman, ni que decir tiene, no prestó tanta atención a las obvias influencias impresionistas de la página como a sus aspectos más "modernos", "expresionistas" si se quiere, lo que derivó en una interpretación particularmente encendida.

Mucho más reciente es el Cuarteto nº 3, "Páginas de un diario no escrito", de Krzysztof Penderecki: se remonta tan solo a 2008. La obra, irregular pero interesante, mezcla con el eclecticismo digamos "posmoderno" propio la evolución más reciente del autor elementos digamos que "expresionistas", melodismo de corte claramente tardorromántico y referencias folclóricas de cierto sabor bartokiano; todo ello usando algún recurso tan obvio como efectivo (el ostinato en 3/4 que va disminuyendo en volumen para luego volver a forte) y poniéndose al servicio de una idea expresiva que, a la postre, se encuentra fuertemente marcada con la melancolía: el subtítulo de la obra tampoco deja lugar a dudas en este sentido.

Una sola obra, no muy larga, para la segunda parte: el Quinteto para piano y cuerda de Alfred Schnittke, escrito entre 1972 y 1976 a raíz del fallecimiento de la madre del compositor y bajo la muy obvia influencia expresiva del más sombrío Shostakovich, hasta el punto de que el movimiento final de la obra es un directo "homenaje" (ustedes ya me entienden) del que asimismo cerraba el Quinteto del autor de La nariz. La interpretación contó con la complicidad de otro monstruo sagrado de la escuela rusa, la enorme Elisabeth Leonskaja, vinculada a su vez a Sviatoslav Richter y compartiendo con él, y con el Borodin de los setenta y ochenta, idénticos parámetros interpretativos: música pensada directamente para herir al corazón.

Así las cosas, los resultados interpretativos fueron excepcionales: los artistas sintonizaron perfectamente con el carácter inquietante y espectral, de atmósfera marcadamente mortuoria y espíritu en gran medida nihilista, de la obra del malogrado compositor soviético. Por desgracia hubo un factor que me impidió disfrutar de la obra: las numerosas y muy estentóreas toses y otros ruidos varios de una pequeña pero molestísima parte del público, que resultaron particularmente inconvenientes en una página que está llena de largos y muy decisivos silencios. No pueden imaginar la mirada de póquer que entrecruzaron los artistas nada más acabar la ejecución.

Pese a todos los pesares, se aplaudió mucho (sí, vítores tras una obra de Schnittke) y hubo propina. La mejor posible, y también la más obvia: el Largo del Quinteto de Shostakovich, página en gran medida de exhibición expresiva del primer violín. El Kopelman de tiempos del Borodin ya lo había grabado dos veces, una con Richter y otra con la propia Leonskaja: interpretaciones inenarrables ambas. Fíjense cómo sería la de Madrid -pese a algún desliz técnico- que a quien esto suscribe literalmente se le saltaron las lágrimas en el clímax.

sábado, 29 de octubre de 2011

El concierto de Heras-Casado con la Filarmónica de Berlín

Visionado por segunda vez el debut de Pablo Heras-Casado al frente de la Berliner Philharmoniker (enlace), confirmo dos cosas. Una, que este señor tiene un talento que le chorrea por las orejas. Dos, que es el tipo de director que a mí me gusta, esto es, un maestro personal, arriesgado, con cosas que decir, e interesado mucho ante por el drama, la tensión sonora y el planteamiento de conflictos que por seducir al personal con sonoridades más o menos melifluas, más o menos grandilocuentes.

Casado-DCH

Su Mendelssohn, en este sentido, está muy lejos de la cursilería blanda, superficial y amanerada con que hoy nos obsequian no solo directores de la calaña de Thomas Fey, sino también gente tan seria y talentosa como un Riccardo Chailly: a mi modo de ver la Tercera de Heras-Casado está muy por encima de la que grabó hace poco el italiano en Leipzig. Le falta al granadino, eso sí, un último punto de emotividad y lirismo en el primer movimiento, sobrándole quizá algo de brutalidad en el segundo, pero da gusto escuchar los dos últimos planteados de esta manera amarga, dramática, punzante y hasta rebelde. De hecho, por seguir con las comparaciones, tanto esta Escocesa como su no tan interesante pero en cualquier caso muy notable interpretación de Las Hébridas me parecen más convincentes que la de un antiguo titular de la Filarmónica de Berlín, un tal Karajan, quien haciendo gala de una magia sonora a la que ni Heras-Casado ni la mayoría de sus colegas de hoy pueden acceder, se dejó llevar por un narcisismo sonoro y una insinceridad a las que el maestro andaluz permanece venturosamente ajeno.

Magnífica su recreación de la Cuarta Sinfonía de Karol Szymanowski, admirable página de carácter concertante que debería estar mucho más presente en los atriles de las orquestas. El enfoque de Heras-Casado es muy diferente del que ofreció el actual titular de la formación berlinesa al frente de la Sinfónica de Birmingham (EMI, 1996), pues sustituye la sensualidad por el drama, y el hedonismo en las texturas por timbres incisivos y escarpados, ofreciendo así una visión más bien amarga de una partitura que para Rattle parecía más bien jubilosa. A la excelencia de los resultados no se muestra ajeno Marc-André Hamelin, pletórico de virtuosismo y en perfecta sintonía con el planteamiento del director. De propina, el pianista canadiense ofrece una breve mazurca del propio Szymanowski.

Lo que más me ha vuelto a impresionar ha sido lo que ha hecho el de Granada con las Quatre dédicaces de Luciano Berio, una página que, según leo en la red, no es sino el título dado por Pierre Boulez en 2007 a un grupo de piezas independientes escritas entre 1978 y 1988. Músicas densas, herméticas, sin concesiones, que son recreadas con un enorme sentido de la tensión sonora sin caer en el distanciamiento expresivo ni en la mera intelectualidad. Que el formidable nivel de la orquesta berlinesa sea en gran medida responsable del éxito no impide que aplaudamos a Pablo Heras-Casado con el mismo entusiasmo que, como dijimos en su momento (enlace), lo hizo el público de la Philharmonie el pasado 22 de octubre.

sábado, 30 de abril de 2011

Krol Roger en el Real

No ha variado mucho mi opinión de la entrada anterior (enlace) sobre la producción escénica de Krzysztof Warlikowski sobre la obra maestra operística de Szymanowski ahora que la he histo -ayer viernes 29 de abril- en directo en el madrileño Teatro Real. En todo caso se ha enriquecido, porque aunque por un lado se pierden los primeros planos televisivos que revelan una minuciosa dirección de actores, se gana con una percepción mucho más clara de las coreografías de Saar Magal, de la iluminación de Felice Ross y -sobre todo- de la fuerza dramática de las videoproyecciones en directo -con cámaras filmando a solistas y coro- concebidas por Denis Guéguin. Por lo demás, repito lo ya dicho: un soberbio trabajo teatral, lleno de ideas sugerentes, al servicio no del compositor ni del libretista sino del inmenso ego del propio Warlikowski. Por ello no solo no me ha gustado sino que me ha molestado, igual que me molestan en otras ocasiones los cantantes que se preocupan antes que nada de montar el numerito vocal -prefiero no decir nombres, no vaya a ser que se líe- o las batutas -aquí si pongo ejemplo: el Maazel de los últimos años- que se sirven de la partitura para lucir su virtuosismo.



Y ya que hablamos de batutas, hay que constatar que el nivel musical ha sido en Madrid muy superior al que esta misma producción exhibió con casi los mismos cantantes en París merced a espléndida labor del maestro Paul Daniel. Su enfoque, mucho antes sensual e impresionista que aristado, no es el que a mí mas me gusta, pero hubo en su trabajo buena arquitectura, sentido de la atmósfera y buen tino para clarificar detalles sin perder el discurso. La Sinfónica de Madrid realizó un digno trabajo y el Coro Intermezzo estuvo sencillamente impresionante (¡bravísimo!) con la colaboración de su titular Andrés Máspero.

Mariusz Kwiecien volvió a demostrar que se ajusta de manera suficiente en lo vocal al rol titular y que sabe defenderlo dramáticamente en música y acción escénica. Olga Pasichnyk, no siempre cómoda debido quizá a las dificultades de la regie -no debe de ser fácil iniciar la bellísima canción de Roxana tumbada en la cama- resolvió la papeleta de manera satisfactoria y Stefan Margita no tuvo problema alguno como Edrisi. El borrón lo puso Will Hartmann: fue un gran Melot con Barenboim en la Scala, pero el papel del Pastor sobrepasa por completo las posibilidades de una voz que no corre con facilidad y muy tirante en la zona aguda. Obviamente la presencia -casi anecdótica- de Jadwiga Rappé como la Diaconisa fue un verdadero lujo.

¿Lo mejor de la velada? Escuchar en directo con un muy notable nivel musical una partitura de extraordinaria belleza a la que bochornosamente no se le ha hecho ni caso durante décadas. Bravo a Mortier por programarla, y un abucheo de nuestra parte por hacerlo con semejante producción escénica.

jueves, 28 de abril de 2011

El Rey Roger según Trelinski, Pountney y Warlikowski

A medio camino entre el Romanticismo post-wagneriano y el Impresionismo, deudora en buena medida de la escritura orquestal de un Scriabin, El rey Roger es una ópera que alberga una música de extraordinaria belleza y un fascinante punto de partida: la fusión entre la cultura cristiana medieval, la civilización islámica y la raíz grecolatina que se produjo en la Sicilia del siglo XII, aquí representadas por las escenografías correspondientes a cada uno de los tres actos, una iglesia románico-bizantina para el primero, un palacio de aires orientales para el segundo y las ruinas de un teatro griego en el tercero. Por desgracia la obra se ve lastrada por un libreto de Jarosław Iwaszkiewicz que, en su carácter simbolista y en su calculada ambigüedad, resulta excesivamente abstruso y un punto pedante. De ahí que los directores de escena parezcan empeñados en apartarse de la historia original para ofrecer visiones personales que no siempre logran encajar con el texto ni con la magistral partitura de Karol Szymanowski. Al menos así ocurre con las tres filmaciones que he podido ver esta semana: una de la Ópera de Breslau que corresponde a 2007, la del Festival de Bregenz de 2008 y la que fue filmada en la Ópera de París tan solo unas semanas antes que esta última.

La producción polaca, ambientada en nuestros días, es responsabilidad de Mariusz Trelinski, a quien por cierto se le han podido ver en el valenciano Palau de Les Arts sus realizaciones de Madama Butterfly y Eugenio Oneguin. Su apuesta, personal y seguramente polémica en el país de Karol Wojtyła, es representar al clero del primer acto como monjas escasamente simpáticas y obispos que parecen sacado del desfile de moda eclesiástica de Roma de Fellini; la agresividad física que todos ellos despliegan hacia el Pastor pone bien de relieve el choque entre la atmósfera siniestra y opresiva de la religiosidad oficial y el nuevo “evangelio” del hedonismo que predica tan enigmático personaje. El segundo acto convence bastante menos en su retrato tanto de una sociedad burguesa sumida en la decadencia -el aburrimiento sexual lleva a Roxana a tener diversos escarceos amorosos- como de la “liberación” –aquí un tanto ridícula- que traen el Pastor y sus seguidores. El tercer acto, que se aparta por completo del original, es por el contrario un acierto que -paradójicamente- funciona de maravillas con la música: en su lecho de muerte en un hospital, el protagonista alucina con los fantasmas del pasado para luego convertirse él mismo en una sombra en sus frases finales. Las proyecciones psicodélicas, por lo demás, le sientan muy bien al clímax de la partitura. La filmación, que no parece que vaya a ser editada comercialmente, la pueden ustedes descargar en la web TodOpera (enlace); la calidad de vídeo deja que desear, pero merece la pena.

La producción de Bregenz, que se encuentra en DVD y Blu-Ray y de la que pueden ver ustedes arriba un fragmento, corre a cargo nada menos que de David Pountney; fue precisamente la que se presentó en 2009 en el Liceu barcelonés. Su bellísima vertiente plástica -escenario único consistente en un graderío que, aun pudiendo retrotraernos al mundo grecolatino, apuesta por lo intemporal- es lo más interesante de una propuesta en principio respetuosa con la idea de Szymanowski, pero que termina resultando discutible en su tercer acto al identificar al Pastor no ya con el hedonismo dionisíaco, sino con una especie de religión primitiva particularmente sanguinolenta en la que la catarsis conlleva el derramamiento de sangre: al final Roxana muere degollada como principal víctima del salvaje ritual. A destacar, en cualquier caso, la enorme fuerza dramática de la iluminación.

Krzysztof Warlikowski fue el encargado de llevar este título a la Ópera de París durante la era Mortier, cosechando en el estreno un monumental abucheo bien recogido por la transmisión televisiva del canal Arte. Se trata, justamente, de la producción que se está presentando estos días en Madrid y que yo espero ver en directo mañana viernes. Tendré aun que volver a reflexionar sobre ella (además cuentan que ha habido importantes cambios), pero mi valoración por el momento es más bien negativa pese a que se trata de la propuesta con mejor teatro de las tres comentadas. Me explico: la dirección de actores es soberbia, plásticamente es muy hermosa, las proyecciones fragmentos fílmicos de gente como Andy Warhol ofrecen interesantes posibilidades intertextualizadoras y -en general- se plantean numerosos interrogantes que hacen aún más abierta y reflexiva una obra que, reconozcámoslo, pide un enfoque onírico donde la sugerencia ha de ser más importante que la explicitud. El problema es que lo que se ve no encaja casi en ningún momento con lo que se escucha. Y no me refiero al texto sino a la propia partitura: en la ópera es fundamental el diálogo entre música y escena -aunque sea para contradecirse-, pero en este caso no hay tal, sino una mera yuxtaposición de excelentes ideas teatrales engarzadas sobre un texto al que se le da la vuelta sin atender a la patre auditiva. Hay además algunos detalles que parecen pensados para provocar, como la aparición final del Pastor y sus seguidores en calzoncillos... y con cabeza de Mickey Mouse. Que Warlikowski piensa mucho antes en su obra que en la de Szymanowski lo demuestra el gesto de desprecio -mascando chicle con mirada desafiante- mientras recibe los bufidos del público parisino. Lo pueden ver en el siguiente vídeo.

Dos palabras sobre las interpretaciones musicales. En Breslau lleva la batuta Ewa Michnik, ofreciendo una lectura más espectacular que atmosférica; están muy bien el Roger de Andrej Dobber, la Roxana de Aleksandra Buczek y el Pastor de Pavlo Tolstoy, no tanto el Idrisi de Rafal Majzner. Es muy correcta, aunque no del todo sensual y más decibélica que tensa, la dirección de Sir Mark Elder al frente de la Sinfónica de Viena en Bregenz; bien Scott Hendricks en el rol titular, algo apurado Will Hartmann como el Pastor, notable la Roxana de Olga Pasichnyk y discreto el Idrisi de John Graham-Hall. La peor batuta es la de Kazushi Ono en París, superficial, escasamente sensual y proclive al escándalo gratuito; muy bien Mariusz Kwiecien en lo vocal y lo teatral, al igual que la citada Olga Pasichnyk y Stefan Margita. A los tres cantantes se les escucha en Madrid en esta misma producción, pero no a Eric Cutler como el Pastor, que estuvo espléndido (en su lugar tenemos a Hartmann).

¿Recomendaciones? Lo mejor para acercarse por primera vez a la obra es escuchar la magnífica grabación de Rattle (EMI, 1998) con una traducción delante (enlace). En vídeo la opción más satisfactoria me parece la de Breslau, pese a las deficiencias técnicas de la copia que circula por la red. La de Bregenz es interesante y de la de París también lo sería si tuviera una batuta mejor que la de Ono. Lástima.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...