Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Esta entrada no es una recomendación discográfica, entre otras cosas porque este compacto de canto romano antiguo grabado por Marcel Pérès y su Ensemble Organum en marzo de 2008 –el último que registraron con este repertorio– bajo el título Incarnatio Verbi está agotado y no se encuentra disponible en las plataformas de streaming. Lo que quiero es mostrar mi agradecimiento público a estos artistas por la dosis de espiritualidad que me han aportado en las últimas horas, pues he vuelto a la grabación justo en los momentos para los que esta música estaba pensaba: los siete primeros tracks para la Nochebuena y los siete últimos para la mañana de Navidad. Frente a la extrema vulgaridad de las canciones con que nos suelen machacar por estas fechas, la más honda belleza de la liturgia anterior a la reforma gregoriana, en interpretación tan fascinante como reveladora.
Y esa es otra cosa que tengo que agradecerle a Pérès y a los suyos: atreverse a romper moldes y a sufrir los ataques de quienes se han acomodado en exceso a una determinada manera de escuchar el repertorio sacro medieval (¡hay aún quienes creen que sonaba como el gregoriano de Silos, manda narices!) para revelarnos muchísimas cosas sobre un universo que sigue en su mayor parte inexplorado, particularmente en lo que a la Alta Edad Media se refiere. No solo estoy agradecido como melómano, sino también como modestísimo investigador en temas que tienen que ver con el arte islámico, el medievo cristiano, los vínculos entre esos dos ámbitos y sus raíces comunes en la Antigüedad Tardía.
Un último agradecimiento: a todos ustedes por leerme. La acumulación de trabajo me obliga a estar ausente por algunas semanas de este blog. Les deseo Feliz Navidad y una mejor entrada de año. O, al menos, un 2021 menos infeliz que este 2020 que ahora acaba. Para mí ha sido, por muchas razones, el año más triste de los hasta ahora vividos. Creo que me conformaré con sobrevivir al siguiente.
Hoy 24 de septiembre es día de la Merced. Patrona de muchas localidades de España y de América, entre ellas de la mía: Jerez de la Frontera. Mi madre, que precisamente se llama Mercedes, se encomendaba a ella durante mi embarazo. He intentado pensar en una música dedicada a la Virgen escrita por las fechas a la que corresponde nuestra imagen, mediados del siglo XIV. La elección ha sido rápida: la genial, inconmensurable Misa de Notre Dame de Guillaume de Machaut. También me ha resultado sencillo escoger un registro fonográfico: el realizado para Harmonia Mundi en noviembre de 1995 por Marcel Pérès y su Ensemble Organum. Es decir, una de las grabaciones de música medieval que más me fascina.
Permítanme copiar unas líneas que escribí en la revista Filomúsica a propósito de esta a todas luces arriesgada, discutible y radical visión, a raíz de la lectura que tuve la fortuna de escuchar en directo en marzo de 2006 a los mismos intérpretes:
“Pérès y su grupo nos ofrecieron una lectura de una intensidad emocional rayana en la crispación y el paroxismo, en la que las voces rústicas, abiertas y en algún caso pretendidamente agria de los cantantes se ornamentaban melismáticamente para devolver a la genial arquitectura de Machaut todo el colorido que, más que romper los pilares de su arquitectura, realizaba un análisis deconstructivo de la misma que subrayaba cada uno de sus elementos y los reintegraba en la totalidad; una ornamentación que devuelve asimismo el componente orientalizante que no se perdió en la liturgia católica sino hasta hace pocas décadas.”
Quien quiera encontrar alguna justificación adicional de por qué me parece tan reveladora esta manera de interpretar semejante repertorio puede acudir al artículo completo. Hoy me conformo con que escuchen este Kyrie, música escalofriante en interpretación que saca a la luz toda la tensión, la súplica, la rebeldía y la fuerza visionaria que se mueve entre las notas. Feliz día de la Merced.
He escuchado hoy martes el disco que me gustaría escuchar el viernes 24 de julio por la tarde, que es cuando corresponde; espero estar entonces en Granada chapoteando en la piscina de un hotel mientras espero el recital de Daniel Barenboim. Se trata de una reconstrucción musical de las Vísperas del Día de Santiago –25 de julio– realizada por Marcel Pérès y su Ensemble Organum a partir del contenido del Codex Calixtinus, es decir, de la copia más antigua que se conserva del Liber Sancti Iacobi,grabada en mayo de 2004 en el Monasterio de Santa María de Irache (Navarra) para el sello Ambroisie. Tengo el disco original, pero lo que hoy he puesto es el streaming en HD distribuido por Harmonia Mundi que se encuentra en Qobuz. He disfrutado mucho, una vez más.
Por si alguno de ustedes no lo sabe, el Codex Calixtinus no es solo el protagonista de una reciente y no poco morbosa historia de robo y feliz recuperación que ha sacado a la luz diversas corruptelas en torno a la Catedral de Santiago de Compostela. Es también una de las joyas de toda la cultura medieval europea. Por muchas cosas, entre ellas porque entre la colección de música que se añade a los relatos hagiográficos, milagros del apóstol, textos litúrgicos y a la célebre guía del peregrino, aparecen algunos de los ejemplos más antiguos de canto polifónico –para entendernos, canto de “estilo gótico” frente al pasado “románico”– que se conservan. A dos voces, por descontado, aunque también tenemos aquí la primerísima pieza a tres voces de todo nuestro repertorio occidental: el fascinante conductus Congaudeant catholici, atribuida al Magister Albertusde París, un señor que fue canónigo en la catedral de la capital francesa entre 1146 y 1177, que por ende era contemporáneo e incluso un poco anterior a nuestros queridos Leonín y Perotín.
La personalísima línea interpretativa de Pérès irrita profundamente a algunas sensibilidades. A mí me encanta. Tres son sus fundamentos: emisión “rústica” que rompe por completo con la ortodoxa canora que se deriva del belcantismo y que genera una tímbrica de lo más peculiar, abundancia de adornos melismáticos y recuperación de la rítmica de la música litúrgica medieval que fue barrida del mapa cuando se impusieron las maneras de hacer de la escuela de Solesmes, que son ni más ni menos las de lo que todo el mundo conoce como “gregoriano de Silos”. Lo explica el intérprete en sus notas, que intento aquí traducir: “en lo que se refiere al ritmo, se decretó (denegando por completo la evidencia de la historia y de la tradición) que el canto llano no pudo haber tenido una rítmica regular, siendo esta un signo de materialidad, lo que era incompatible con la naturaleza espiritual de esta música”.
Ahí pone Pérès el dedo en la llaga. Recuerdo bien cuando en Primero de BUP nuestra profesora nos hizo estudiar esas líneas del manual de Historia de la Música de Emilio Casares en las que se decía que ese repertorio, lo que llamamos comúnmente gregoriano, no es sino una especie de “yoga musical” que intenta elevar el espíritu hacia la divinidad. Y como esta idea coincide plenamente con la particular espiritualidad neoplatónica que está en el origen del estilo gótico -ya saben, el Abad Suger, los textos del Pseudo Dionisio Areopagita y todo eso-, todo encaja y no nos plateamos más problemas. Música para relajarse, para despegarse de la materialidad que nos rodea, para encontrar la paz espiritual… Y no es eso. Porque en el gótico hay también tensión –eso son las grandes catedrales del estilo: pura tensión arquitectónica–, hay contrastes, hay abundante ornamentación y hay –o había: revestimiento mural y vidrieras se han perdido en buena medida– intensísimos y virulentos colores que resaltan los aspectos dramáticos de la arquitectura y de la escultura.
¿Se puede hacer de otra forma? ¡Por supuesto! Pero este repertorio no solo admite, sino que también pide, intentar las más diversas fórmulas de aproximación. Algunas, como las de Pérès, pueden chocar e incluso irritar, como también lo harían los interiores de nuestros edificios medievales si los viésemos con los colores y la iluminación con los que fueron originalmente planteados. A mí me parece que merece muchísimo la pena la experiencia. Algún piratilla les da a ustedes facilidades a través de YouTube: les recomiendo que aprovechen la oportunidad.
Sabiendo lo que me suelen aburrir las maneras del maestro zamorano, se preguntará el lector cómo es posible que el firmante de estas líneas acudiese al concierto de la Orquesta y Coro Nacionales de España del pasado domingo 16 –la tarde anterior había estado escuchando Curro Vargas en el Teatro de la Zarzuela– bajo la dirección de Jesús López Cobos. La explicación es fácil: un programa que me gustaba muy especialmente, que ofrecía además la oportunidad de escuchar en directo Maqbara, página que le encargó esta misma formación a José María Sánchez-Verdú y fue estrenada bajo la batuta de Pedro Halffter en 2000. Yo la escuché por primera vez en Sevilla precisamente con López Cobos, además del solista de voz al que estaba destinada la pieza, mi admiradísimo Marcel Pérès (al que aproveché para hacerle una entrevista).
Ahora Maqbara me ha gustado incluso más que antes: el tiempo le ha sentado muy bien a este “Epitafio para voz y orquesta” en el que susurros, lamentos, escalofríos, llamadas de socorro, ráfagas de terror, respiraciones agitadas y pulsos intermitentes se entremezclan con poesías de Omar Jayyam (s. XII) y Adonis (n. 1930) –en la voz tanto de solistas del coro como de la voz árabe de la que se encarga el citado Pérès– para crear un tan fascinante como macabro tejido sonoro lleno de fuerza expresiva. El compositor algecireño ha desarrollado algunas de las ideas aquí presentes en obras posteriores con mayor o menor éxito, pero quizá no haya conseguido aún superar la sinceridad, concisión y garra dramática de esta página que puede ya ser considerada como toda una obra clásica en su terreno. López Cobos, que la ama profundamente (fue él quien la sugirió en Sevilla y la ha vuelto a sugerir en Madrid) la defendió volcando en ella todo su talento y ofreció una lectura de enorme tensión sonora, muy bien recreada en lo técnico por la orquesta y con la siempre bienvenida presencia de un Pérès al que, en cualquier caso, me pareció encontrar algo fatigado en lo vocal.
La nota negativa la puso un miembro del público que se apresuró a aplaudir sin dejar pasar siquiera un segundo (literalmente: lo he comprobado al pasarme a CD la transmisión radiofónica) desde el último acorde. Si a esa persona la página de verdad le gustara tantísimo como pretendía hacernos ver, sabría bien que en toda obra musical el silencio tiene un peso específico importante, y que en la creación de Sánchez Verdú, para concretar, es absolutamente fundamental. Tan importante incluso como el sonido: el acongojante final de la obra quedó destrozado.
A continuación, una página que me hiere el corazón de manera muy especial: el Concierto para violín nº 1 de Prokofiev, al que dediqué no hace mucho una comparativa discográfica en este blog. Aquí López Cobos, a despecho de la belleza feérica que consiguió en el final de la obra, se mostró flácido, aburrido y sin estilo. Por fortuna la solista era la bellísima y excelente Arabella Steinbacher, de quien un servidor había escuchado ya una interpretación de la obra, transmitida vía radiofónica y disponible en vídeo en la web de Arte, del pasado 7 de febrero junto a Andrés Orozco-Estrada (tiene también un CD con Vasily Petrenko, que desconozco). Su sonido es precioso, tanto en el registro agudo como en un grave especialmente cálido y sensual; su agilidad es enorme y admirable la variedad de colores que sabe extraer de su Stradivarius. Armada de semejantes virtudes y en todo momento atenta a ofrecer matices expresivos, Steinbacher ofreció una interpretación no en la línea “dura” sino más bien en la lírica y ensoñada, y si hay que ponerle algún reparo es, además de alguna que otra frase un tanto artificiosa, que no alcanzase la incandescencia que sí han logrado otros solistas (ver la referida comparativa) bajo este mismo prisma. La propina madrileña fue la misma que la de Frankfurt: preludio de la Sonata nº 2 de Eugène Ysaÿe. Admirable.
Cuadros de una exposición en la segunda parte. Visión más tirando a Mussorgsky que a Ravel la de López Cobos, lo que no suele ser lo habitual y es muy de apreciar. El maestro, además, desplegó su enorme técnica de batuta frente a una Nacional rendida a sus pies y obtuvo una respuesta formidable: obviamente no hablamos de la Sinfónica de Chicago, ni siquiera de la Orquesta de la Comunidad Valenciana, pero ya nos gustaría que la ONE sonara siempre así. Ahora bien, desde el punto de vista expresivo fue una interpretación ante todo vistosa y un tanto de cara a la galería, basada más en la teatralidad, la inmediatez y los contrastes que en el refinamiento, la poesía o el matiz expresivo: funcionaron magníficamente unos números (Limoges, Baba-Yaga), otros resultaron más bien vulgares (Bydlo, Gran puerta de Kiev) y otros se quedaron en una muy digna corrección, pero desaprovechando las posibilidades de esta increíble música. López Cobos pensaría como cuando era titular del Real: si me van a pagar una pasta por hacer las cosas a medias, ¿para qué esforzarme más?
Al terminar una entrevista que le hice en Sevilla hace ya doce años (¡cómo pasa el tiempo!), Marcel Pérès me confesó su deseo de atreverse algún día a aplicar sus tan discutibles como fascinantes parámetros interpretativos a la gran polifonía española del siglo XVI. No lo ha hecho aún, pero lo cierto es que su trabajo con el Ensemble Organum avanza cada vez más tanto en el tiempo como en la radicalidad de sus planteamientos.
Buena prueba de ello es este disco, grabado en noviembre de 2011 y editado por el sello Aeon, que bajo el nombre Lux Perpetua ofrece el Réquiem atribuido por unos a Anthonius Divitis y por otros a Antonie de Févin. En cualquier caso, polifonía franco-flamenca (el primero era de Lovaina, el segundo de Arras) de finales del XV o principios del XVI: una de las hipótesis que plantea Pérès en el libretillo es que esta música pudo haber sonado en el funeral de Felipe el Hermoso en 1506. El CD lo compré el año pasado en mi estancia veraniega en Moissac (enlace) y lo puse varias veces en el coche, pero hasta ahora no había podido disfrutarlo en condiciones: a altas horas de la noche y completamente a oscuras, que es como hay que escuchar esto.
Sobre los parámetros interpretativos no voy a decir mucho, porque el interesado puede acudir tanto a la entrevista arriba citada (enlace) como, mejor aún, a la realizada con motivo de esta grabación por Mark Wiggins para la desaparecida Diverdi (enlace). Solo quiero añadir que a mí me ha encantado: la riquísima variedad de colores desplegada –irritante para algunas sensibilidades por su aspereza–, la manera de aplicar la ornamentación y la tensión que se desprende de la superposición de líneas a pesar de la lentitud de los tempi, hacen de la audición una experiencia sobrecogedora. Y desde luego, muy apartada del equilibrio, la pureza tímbrica y la maravillosa “serenidad renacentista” que en este mismo repertorio aplica, por ejemplo, Paul van Nevel con su Huelgas Ensemble, pues Pérès y su grupo miran en su lugar hacia los intensos y muy dramáticos claroscuros del Gótico tardío.
Quizá no esté de más recordar que hacia 1500, y con las monarquías autoritarias todavía por consolidarse –la primera en hacerlo es precisamente la de nuestros Reyes Católicos–, la mayor parte de Europa respiraba por completo la cultura tardogótica, y que el Renacimiento no era sino una vanguardia solo plenamente comprendida, de momento, en aquellas tierras del norte de la península italiana donde había nacido. Ánimo: abran la mente y escuchen este disco.
Ah, Marcel Pérès estará en Ronda a principios de julio (enlace), aunque yo no podré ir porque me voy de viaje a Sicilia: el diálogo entre arte Islámico, Bizantino y Románico, que por cierto tiene muchísimo que ver con las maneras de hacer del Ensemble Organum, me apetece una barbaridad…
Como dije en mi entrada anterior, estuve en la abadía de Saint-Pierre de Moissac asistiendo a las celebraciones de los treinta años del Ensemble Organum, un grupo que ha contribuido como quizá ningún otro a renovar nuestros conocimientos de la música religiosa medieval, no solo por devolver a la vida el importante repertorio litúrgico que existía con anterioridad a la extensión de lo que habitualmente conocemos como canto gregoriano, sino también por aportar una sonoridad mucho más convincente a la música de conventos y catedrales, y también por poner de relieve en el territorio sonoro una circunstancia que desde hace tiempo se viene subrayando en la arquitectura y en las artes plásticas: la decisiva importancia de la fusión entre lo clásico y lo orientalizante que se da en la cultura del Imperio Romano tardío (esto es, el que ya conoce la plena integración entre la Iglesia Católica y el poder civil) como base de la Edad Media cristiana e incluso de parte de la musulmana.
De esta última circunstancia viene, obviamente, la peculiar sonoridad del grupo, que algunos equivocadamente podrían achacar a la procedencia argelina de su fundador y director, Marcel Pérès (entrevista), o a su condición de musulmán practicante, cuando en realidad todas sus elaboraciones teóricas y aplicaciones prácticas sobre emisión, tempi y ornamentación están basadas en rigurosos estudios musicológicos que, pese a resultar arriesgados por su novedad, distan de la provocación y -esto es fundamental- son de una musicalidad admirable por su comunicatividad y fuerza expresiva. Otra cosa es que no debamos convertirnos en talibanes de sus planteamientos, toda vez que nos movemos en un repertorio en el que la convivencia de enfoques interpretativos no ya complementarios, sino por completo divergentes, sea necesaria para acercarnos a una realidad, la de la música medieval, mucho más escurridiza de lo que pensamos.
Treinta años, decía, celebrados al mismo tiempo que las fiestas jacobeas. De hecho, las actividades ya habían comenzado un día antes de mi llegada con un homenaje a los más antiguos cantantes del Organum: Malcolm Bothwell, Josep Benet, Josep Cabre, Lycourgos Angelopoulos y Antoine Sicot. La siguiente jornada, música desde las seis de la mañana hasta la medianoche. Quien esto suscribe llegó desde Toulouse a tiempo de escuchar, a las cinco de la tarde, un breve pero fascinante concierto doble: primera parte de canto bizantino -con el mismísimo Angelopoulos derrochando enorme arte a pesar de su edad- y segunda de polifonías corsas.
El necesario descanso en el hotel me hizo poder seguir solo el final de las Primeras Vísperas de Santiago, que son las que se incluyen en el recientemente recuperado Codex Calixtinus. Por cierto, no fueron ofrecidas por el grupo que las grabó en disco con Pérès, obviamente el propio Organum, sino el mucho más nutrido Coro del CIRMA, esto es, el formado por estudiantes que se reúnen durante unos días al año bajo la dirección del maestro argelino para aprender a poner en práctica sus maneras. Ya cerca de las once vino lo más sobrecogedor: con la iglesia gótica de Saint-Pierre iluminada solo con velas, todos los músicos participantes en la jornada se distribuyeron en diferentes lugares de la ancha nave del templo para realizar un particular diálogo de estilos y timbres (viola da gamba, laúd, corneto, órgano, coro…) que resultó de todo punto fascinante.
A las ocho y media de la mañana siguiente, ya 25 de julio, pude asistir al oficio de las Laudes de Santiago con el concurso musical Pérès, un grupo de miembros del CIRMA y del Organum y unas monjas -de la congregación María Madre de la Iglesia- que cantaban divinamente. Obviamente el himno jacobeo Dum pater familias y el conductus Congaudeant catholici (este último la única pieza a tres voces del Codex, como bien saben los aficionados) fueron los platos fuertes de la ceremonia desde el punto de vista musical. A las diez y media, Misa de Santiago con toda su liturgia y los sacerdotes correspondientes: esta es la mejor manera de apreciar semejante repertorio, en su contexto y no como piezas aisladas de concierto.
A las doce, Ensemble Organum y Coro del CIRMA unían sus fuerzas para interpretar una obra del propio Pérès, Terres Incertaines, que hasta ahora solo se había interpretado completa en una ocasión, allá en su estreno hace algunos lustros en Royaumont. En la partitura hubo momentos magníficos -los más inquietantes y ominosos- y otros que no tanto, pero el conjunto funcionó muy bien. El público se mostró atento y disciplinado. Público de todas las edades, como pueden ver ustedes en la foto adjunta.
A las seis y cuarto de la tarde estuve en las Segundas Vísperas de Santiago. Y por la noche, en una “soirée” especial por los treinta años del Organum que no era sino una cena de bufet frío en la que pudimos participar -entre músicos, simpatizantes y sospecho que más de un peregrino a Santiago- unas ciento cincuenta personas. Gente que parecía toda bastante maja y desprejuiciada, la verdad: así da gusto. Al final se arrancaron a cantar, claro, aunque yo y mis acompañantes estábamos muy cansados y vimos poco del medio improvisado espectáculo que arrancó durante los postres. Ah, ¡auténtico a más no poder Gianni de Gennaro!
Como al día siguiente por la mañana no había nada de música, aprovechamos para visitar el románico de Souillac y Cahors, regresando a Moissac a través de una ruta campestre de asombrosa belleza paisajística, dicho sea de paso: si ustedes se limitan a las autopistas se perderán gran parte del encanto del lugar.
Ya para terminar, esa tarde del jueves 26 tuvimos un concierto del Ensemble Organum de nuevo en la iglesia de Saint-Pierre para celebrar específicamente los treinta años. El “programa sorpresa” fue el previsible, ineludible y muy deseado recorrido por los principales repertorios que ha abordado el grupo: canto viejo romano, Escuela de Notre-Dame, polifonías sacras y profanas de la era gótica, algo de Renacimiento… Todo ello cantado por un Ensemble más nutrido de lo que acostumbra e incorporando, junto a las voces más recientes, a los veteranos arriba citados, lo que le dio un plus de emotividad al evento. Curiosamente Pérès permaneció siempre sentado entre el público, incluso cuando interpretaron una fascinante pieza suya llena de tensión sonora, aunque al final salió para recibir los aplausos, hacer un poco de esas desconcertantes polifonías corsas que les salen tan bien, y finalmente tocar una pieza renacentista al órgano que ponía punto y final a un homenaje merecidísimo y lleno de belleza.
Nosotros a la mañana siguiente seguimos nuestra ruta por Albi, Carcasona y Toulouse, es decir, por tierra de cátaros, trovadores y la lengua de oc, pero esa es otra historia que no tiene cabida aquí.
Lo bueno: el habitualmente tan esforzado como discreto Festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza está experimentando una espectacular mejoría en cantidad y calidad que lo convierten, si tenemos en cuenta la incomparable belleza de las ciudades y de sus marcos escénicos, en una de las más interesantes del panorama nacional en su género. Lo malo: aunque con esta se cuentan ya quince ediciones, es necesario un importante apoyo por parte de las administraciones públicas si quiere consolidar su posición, y el panorama en este sentido no resulta precisamente halagüeño. Por estas mismas fechas, el desinterés del ayuntamiento de Úbeda ha mandado a tomar viento al Festival de Música de Cine, al tiempo que –por no salirnos de Andalucía- la Diputación de Sevilla retira el 50 por ciento de su aportación anual al Teatro de la Maestranza. A ningún político se le ocurre recortar en televisiones locales y otras lindezas. Así nos va.
En fin, tras mi visita a Madrid en busca de Lady Macbeth (enlace) me acerqué a Baeza para disfrutar de una peculiarísima sesión continua. Buenos Aires Madrigal es el nombre del espectáculo que a las ocho y media nos ofrecía en las ruinas de San Francisco el Ensemble La Chimera bajo la dirección de Eduardo Egüez. Por lo visto el grupo hispanoamericano lleva ya años ofreciéndolo en sus giras, e incluso lo tienen grabado (noviembre 2002) en el sello M. A. Recordings. A tenor de lo leído en el programa pensé que se trataría de una yuxtaposición de páginas de Frescobaldi, De Rore, Marenzio y Monteverdi con creaciones de Gardel, Piazzolla y otros grandes nombres del tango. No fue eso, o al menos no exactamente, porque más que de yuxtaposición se puede hablar de fusión, incluyendo bandoneón en el bajo continuo y violas da gamba acompañando los sones porteños.
De tal combinación podría resultar un mamarracho o una genialidad. Fue lo segundo, pues aunque los miembros de La Chimera no parezcan de primerísima fila, demostraron ser unos músicos “de verdad”, es decir, alimentados por un verdadero espíritu de equipo, dispuestos a servir a la música mucho antes que a ellos mismos y dotados de un gusto exquisito. Realizaron todos un trabajo fabuloso respaldando a dos solistas vocales a cual mejor: un Furio Zanassi que se desenvuelve sorprendentemente bien en este repertorio tan alejado del que le es propio (¡soberbia además su dicción en castellano!), y una excepcional Susanna Moncayo –preferible a Ximena Biondo, presente en la referida grabación- que cada vez que abría la boca conseguía que un escalofrío recorriera nuestras entrañas. En suma, un espectáculo creativo, arriesgado, mágico e inolvidable que contribuye a tender lazos y abrir la mente: el quejido del bandoneón resulta no estar lejos de la melancolía monteverdiana.
A las doce de la noche, un grupo de unos sesenta o setenta frikis nos congregábamos en la iglesia de Santa Cruz –la única obra románica que queda en Baeza- para reencontrarnos con Marcel Pérès y su Ensemble Organum. Programa duro y fascinante: polifonías primitivas –pero que muy primitivas, anteriores a la Escuela de Notre-Dame- que proceden de Limoges y Moissac, con guinda final del Codex Calixtinus tristemente sustraído de la Catedral de Santiago de Compostela. Las interpretaciones respondieron a lo que se podía esperar: tempi tendentes a la lentitud, emisión vocal rústica y continua recurrencia al melisma. Creen algunos que esto último es un intento de establecer vínculos con el mundo islámico, cuando el asunto en realidad va por otro camino: demostrar cómo la liturgia cristiana medieval y la tradición musulmana beben de una misma fuente, que no es otra que la del último imperio romano, léase bizantino, habida cuenta de la extensión territorial de este en tiempos preislámicos y de su funcionamiento como cruce de caminos en el ámbito cultural. ¿Discutible aplicar semejantes parámetros al mundo cluniacense, esto es, al que se encargó de unificar el mosaico artístico que había existido en la Alta Edad Media haciendo uso de la liturgia romana y de la arquitectura románica? Pues sí, pero el resultado –justo como en el concierto de tangos y madrigales- fue tan arriesgado como revelador. El frío, por una vez, contribuyó a crear la ambientación apropiada.
El estreno de su ópera El Viaje a Simorg (Teatro Real, mayo 2007) fue uno de los mayores chascos de mi trayectoria de melómano: esperaba una obra excepcional y me encontré con que el compositor algecireño se limitaba a ofrecer "más de lo mismo", solo que extendiéndose a lo largo de casi una hora y tres cuartos y -pese a algunos momentos acongojantes- menos inspiración de lo que en él es habitual. La presentación anoche (se estrenó anteayer, el miércoles 8 de julio) de su concierto-instalación Libro de la estancias, un encargo del Festival de Granada que luego viajará a Valencia en calidad de coproducción, se ha convertido por el contrario en una de las más fascinantes experiencias musicales de mi vida.
Aprovechando las peculiaridades acústicas y plásticas -un enorme cubo de alabastro- de la Sede Central de Caja Granada, José M. Sánchez-Verdú ha diseñado siete diferentes texturas sonoras valiéndose de dos ensembles instrumentales y vocales formados por miembros de la estupenda Orquesta Ciudad de Granada y del fabuloso Cor de la Generalitat Valenciana (dirigido uno de ellos por Joan Cervero y otro por él mismo); de un conjunto de metales y percusión escondido en las más remotas alturas de la inmensa sala; de un piano preparado a cargo de Isabel Puente; de las voces fascinantes de sus queridísimos Carlos Mena y Marcel Pérès; y de la lujosísima participación del Experimentalstudio des SWR de Friburgo, que incluía a su vez la presencia del auraphon, integrado por ocho gongs y tam tams repartidos por toda sala. Un atractivo diseño de luces a cargo de Miguel Serrano aporta una riqueza adicional a una obra en la que el público está invitado a desplazarse continuamente por la sala buscando diferentes perspectivas visuales y sonoras.
El motivo de inspiración, ni que decir tiene, parte del encuentro entre las culturas cristiana e islámica (término este último más apropiado que el de "árabe" que usa el compositor, dicho sea de paso) en la propia ciudad de Granada. La geometría y la palabra, como en el arte musulmán, desempeñan un papel fundamental en una obra muy atenta al peso de los silencios. ¿Más de lo mismo? Esta vez no, afortunadamente.
Por descontado que las señas de identidad de Sánchez-Verdú están ahí, pero en esta ocasión -y no sólo por las particulares características de esta obra- hay una clara intención de, partiendo de sus inquietudes habituales y usando sus recursos de siempre, explorar nuevas y fascinantes posibilidades estéticas. Una única pega: pasados veinte minutos se borra un tanto el deslumbramiento inicial, pues digamos que "se le pilla el truco" a la obra, pero aun así uno continúa, durante la hora larga en la que se extiende, absorto en el cúmulo de sensaciones contradictorias ofrecidas por el -sin dudas genial- compositor andaluz. Lo dicho: una experiencia como pocas recuerdo. Una obra maestra.