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martes, 11 de octubre de 2022

Un Ozawa distinto: Janáček y Lutoslawski

Vamos a por un disco registrado por Seiji Ozawa en junio 1970 para EMI al frente de la Sinfónica de Chicago. Aún le quedaban unos meses para cumplir los treinta y cinco, y aquí se enfrentaba con los que apenas relacionamos su carrera Janáček y Lutoslawski.

Del primero ofrece la maravillosa Sinfonietta. La verdad es que, al menos en principio, no es el refinado y elegante Ozawa el más indicado para recrear el sonido áspero, incisivo y cargado de fuerza del compositor moravo, pero lo cierto es que el joven maestro aún no había desarrollado ese interés por suavizar aristas que le caracterizaría posteriormente. De hecho, el reparo que se le puede poner a su brillantísima y muy bien delineada lectura es precisamente su carácter en exceso encendido, bordeando por momento el nerviosismo, y la falta de sensualidad y de vuelo lírico en que incurre su batuta. Con una orquesta como la presente, en cualquier caso, resulta imposible no descubrirse

Ozawa acierta con la garra del primer movimiento del Concierto para orquesta de Lutoslawski, pero aborda el resto de la obra de manera algo superficial, confundiendo efervescencia con excesivo nerviosismo, brillantez con carácter épico y fuerza expresiva con espectáculo sonoro. Eso sí, exponiendo la obra con admirable olfato las texturas y con un virtuosismo supremo, algo con lo que tiene no poco de ver la categoría de los chicagoers: el segundo movimiento hay que oírlo para creerlo.

En resumen, un Ozawa lleno de talento pero inmaduro, aunque interesante por ofrecernos una cara distinta de su arte. La toma –Medinah Temple– deja bastante que desear

sábado, 29 de enero de 2022

Kirill Petrenko, de lo descomunal a lo detestable

Cada día tengo más claro que Kirill Petrenko es el director con mejor técnica de batuta que ha tenido nunca la Filarmónica de Berlín, que ya es decir. Y también el más irregular como artista. Lo ha vuelto a poner en evidencia el concierto de ayer viernes 28 de enero que he visto esta misma mañana en su repetición en la Digital Concert Hall.

No conocía el Preludio para gran orquesta de Bernd Alois Zimmermann. Escrita en 1968 (más información aquí), me ha parecido una página de primera magnitud que juega con las texturas y con la deconstrucción con intenciones marcadamente expresionistas, pero sin necesidad de forzar las cosas, haciendo que las notan fluyan con un discurso orgánico en el que no se notan las costuras de las múltiples referencias musicales que incluye. Petrenko dirigió como ya lo hizo en la ópera Die Soldaten, demostrando el más increíble, insuperable control de los medios y una convicción abrumadora. ¡Y qué manera de planificar el discurso! Para describir el virtuosismo de todos y cada uno de los miembros de la orquesta me faltan elogios.

Lamento no conocer lo suficiente la Sinfonía nº 1 del enorme Witold Lutoslawski. Repaso mis notas y veo que la grabación bajo la batuta del propio compositor se encuentra “en la línea incisiva, visceral y áspera que le caracteriza como director, queriendo romper un tanto los lazos con el pasado. Por eso mismo no termina de ofrecer toda la sensualidad, el lirismo y el carácter nocturnal que podría, aunque en compensación los momentos extrovertidos son impresionantes.” Creo que algo parecido se puede decir de la interpretación de Kirill Petrenko, aunque probablemente con un grado muy superior de virtuosismo y depuración sonora. En cualquier caso, pura efervescencia.

Sinfonía n.º 2 de Johannes Brahms en la segunda mitad del programa. Arrancó con carácter liviano e indiferente que no presagiaba nada bueno, aunque luego el maestro se centró y supo ofrecer una interpretación tan vistosa como superficial, soberbiamente dicha pero en absoluto emotiva, amen de por completo ajena a esa sonoridad brahmsiana que con esta misma orquesta han conseguido Nelsons, Dudamel y Barenboim. Detestable, profundamente detestable el Adagio non troppo, de una blandura y una cursilería por completo inapropiadas en una música que necesita un muy particular lirismo agridulce para hacer justicia a la excelsitud de su inspiración. Nervioso, lleno de electricidad pero más bien trivial el tercer movimiento. Rebosante de la jovialidad que merece el cuarto, impresionante tanto por su virtuosismo como por su comunicatividad, aunque lejos de lo que han hecho los grandes recreadores de esta música. ¿Alguien se acuerda de Giulini? El público, exultante.

domingo, 18 de julio de 2021

Gianandrea Noseda en Florencia

Aprovechando los precios disparatadamente bajos de los vuelos (¡diez euros ida y vuelta Sevilla/Pisa!), he tenido la oportunidad de realizar una fugaz visita a Florencia. Solo dos noches, sin llegar a las cuarenta y ocho horas: aun así, más tiempo del que tuve la oportunidad de estar en mis cuatro visitas anteriores a la capital de la Toscana. Sumando las cinco, resultan por completo insuficientes para paladear como se merece la que quizá sea la ciudad más llena de belleza en todo el planeta. Las incomodidades derivadas de la crisis sanitaria han sido enormes –papeles por aquí y por allá, miedo en el cuerpo–, y muy grande el esfuerzo físico de dedicar horas y horas sin descanso al arte, pero aun así ha merecido la pena. Primera vez, sin ir más lejos, que he podido entrar en el Palacio Pitti y en el Médici-Riccardi, mientras que lugares tan emblemáticos como la Galería de la Academia, los Uffizi, San Lorenzo, Santo Spirito y El Carmine no los visitaba desde 1991. 


Daba la casualidad que se celebraba –en fecha inhabitual, por culpa del coronavirus– el Maggio Musicale. Yo había estado una vez, en 2008, viendo la Carmen de Zubin Mehta y Carlos Saura en el Teatro Comunale. El concierto del pasado jueves 15 de julio tuvo lugar, por el contrario, en el nuevo Teatro del Maggio: edificio más bien frío, acústica excelente en las butacas de arriba. La orquesta del festival estaba dirigida por Gianandrea Noseda, quien a la sazón se ocupaba de las funciones de Siberia, de Giordano, que protagonizaba Sonya Yoncheva. A la ópera no pude asistir, pero el evento sinfónico lo disfruté. Interpretativamente le voy a poner reparos, pero insisto en que lo disfruté. En buena medida porque he tenido la oportunidad de volver a escuchar en directo una orquesta muy grande –con sus ocho violonchelos, cinco trompas y cuatro percusionistas–, y de vivir esa experiencia especial que es tener delante a una formación de gran tamaño soltando decibelios en piezas de fuste del gran repertorio.

¿Gran repertorio, Witold Lutoslawski? Yo quiero pensar que sí, que a estas alturas se reconoce al polaco como uno de los más geniales compositores del siglo XX, y a su relativamente temprano Concierto para orquesta (1954) como una página imprescindible para cualquier orquesta y nada difícil de digerir por el público. El maestro milanés dirigió en buena medida pensando en este, lo que quiere decir que ofreció una interpretación muy vistosa y comunicativa, pero también un tanto superficial: los tempi fueron rápidos, la sonoridad expresionista, el decibelio generoso. El propio compositor y –sobre todo– Daniel Barenboim nos han enseñado que no solo no es necesario desplegar tanta agresividad, sino también que conviene explorar los aspectos más atmosféricos de la música, que los pentagramas contienen una buena dosis de poesía y que no hay que desdeñar el sabor folclórico. Noseda hizo sonar francamente bien a la orquesta en una página de lo más exigente, pero su aproximación resultó excesivamente nerviosa y unilateral. Impactó, mas no emocionó.

Cuadros de una exposición de Mussorgsky/Ravel en la segunda parte. Buena interpretación, pese a que empezó con un gnomo algo caprichoso en el que se revelaron cosas nuevas al tiempo que se nos desconcertaba en otras. A partir de ahí hubo ortodoxia y sensatez, además de un trabajo técnico cuidadoso que, con todo, no pudo evitar más de un desajuste. Muy sensible el saxofón en el viejo castillo. Samuel Goldberg resultó demasiado ampuloso frente a un Schmuyle más quejica que humillado. Bydlo me resultó en exceso pesante: me hubiera gustado más decisión, como también una gama dinámica más extrema, aunque en contrapartida la tuba estuvo formidable.

Lo más flojo fue el mercado de Limoges, sin electricidad ni chispa. Muy bien los metales de las catacumbas y de la cabaña con patas de gallina. Para terminar, una Gran Puerta de Kiev en verdad impresionante en la que Noseda derrochó grandeza sin caer en el efectismo y la orquesta, muy trabajada por la batuta, puso lo mejor de sí misma y rindió no como una formación de primera, que nunca lo ha sido, pero sí con nivel suficiente para conseguir fuertes y merecidísimos aplausos por parte del público, no muy abundante, que ocupaba las butacas. Lo dicho, un concierto para disfrutar.

sábado, 17 de agosto de 2019

Barenboim, Argerich y la WEDO en Salzburgo, 2019: el triunfo llegó con Lutoslawski

Mi suscripción a Medici TV me ha permitido ver, con estupenda calidad de imagen y no tanta de sonido, la filmación del concierto que este miércoles 14 de agosto ofrecieron Daniel Barenboim, Martha Argerich y la West-Eastern Divan Orchestra en el Festival de Salzburgo. Resultados de alto nivel, como era de esperar, pero con importantes desigualdades.

Inacabada o Incompleta –como prefieran– de Franz Schubert para empezar. Treinta y cinco años no pasan en balde, y si en su grabación con la Filarmónica de Berlín para CBS el maestro no lograba destilar esa sensualidad y ese peculiar lirismo que exige el universo schubertiano, y además se escoraba en exceso ante la vertiente dramática de la página, ahora la experiencia con sus sonatas le permite ofrecer una recreación más idiomática. También más equilibrada, menos extrovertida y más atenta a la belleza sonora, alejándose de densidades excesivas y enriqueciendo el fraseo de sutilísimos matices propios del gran maestro que es. Por desgracia, los resultados siguen sin ser ser redondos. El primer movimiento me ha gustado bastante, pese a que haya un cierto exceso de portamenti, se aprecie algún desajuste en los ataques de las cuerdas o la batuta no termine de descubrir la magia poética que alberga su acongojante final. Pero no, no me ha convencido el Andante con moto: aun fraseado con incuestionable belleza formal, está dicho con una prisa excesiva y no ofrece el adecuado contraste entre vuelo melódico y desgarro dramático.

Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky para continuar. A estas alturas de la película, estaba claro que Argerich no iba a cambiar su manera de acercarse a esta página, la que tenía en tiempos de sus grabaciones con Dutoit (1970), Groves (1977) o Kondrashin (1980) o Abbado (1994). Y no lo hace: su aproximación sigue siendo ante todo impetuosa y agitada, extrovertida a más no poder, llena de electricidad y un punto demoníaca. Pero en esta velada salzburguesa –no tanto en Buenos Aires unos días atrás– la solista parece encontrarse menos nerviosa, menos efectista y con mayor voluntad de controlarse para hacer gran música. Quizá también se muestre menos rígida, más flexible en el sonido y menos mecánica cuando se echa a correr. ¿Solo quizá? Esta misma mañana he comparado con el citado registro de Abbado –que parece dirigido desde la banqueta del piano, por cierto– y, efectivamente, aquí nuestra artista está bastante más centrada y musical.

Sea como fuere, el resultado es espléndido dentro de la "línea Argerich", y venturosamente se ve acompañado por una dirección que sabe fusionar brillantez, emoción y vuelo melódico, al tiempo que invita a cantar con enorme musicalidad a los solistas de la orquesta, tratada con singular plasticidad. Tengo un reparo, sin embargo: el Andantino está llevado por Barenboim con bastante menos lentitud que en su soberbia grabación con Lang Lang, en la que alcanzaba ahí lo sublime. Eso sí, intervenciones como las de la flauta o el oboe son memorables. De propina a cuatro manos, el prodigioso Rondo D 951, de Schubert, interpretado con la misma excelsitud que ya alcanzaba la pareja en anteriores ocasiones.

Es tras el descanso del concierto cuando el maestro, ya sin las irregularidades de Schubert y Tchaikovski, alcanza unos resultados redondos ofreciendo una descomunal recreación del Concierto para orquesta de Lutoslawski. Ya lo era en su grabación con la Sinfónica de Chicago de 1992 que comenté aquí mismo. Para no repetirme, me limito a añadir que la Orquesta del West-Eastern Divan no se queda en absoluto corta: más depurada en lo sonoro que en la primera parte de la velada salzburguesa, todas sus familias dan una verdadera lección de virtuosismo y de compromiso expresivo, como lo hace también un Barenboim que maneja planos sonoros con soltura, construye clímax con perfecta lógica y es capaz de tratar las texturas propias del autor –bullicioso, agilísimo segundo movimiento– manteniendo la claridad.

Cuando salga la correspondiente edición comercial, esta filmación merecerá la pena por el Lutoslawski. Y también por la que es probablemente las más redonda aproximación de la Argerich al Tchaikovski.


sábado, 8 de diciembre de 2018

Escalofriante Música fúnebre

Conocía la Musique funèbre de Lutoslawski en dos realizaciones, la grabación del propio compositor para EMI y la filmación de Haitink al frente de la Filarmónica de Berlín. En ninguna de las dos, aun siendo soberbias, había quedado tan hondamente impresionado como en el registro de Christoph von Dohnányi y la Orquesta de Cleveland realizado por Decca en 1990 que escuché anoche y he vuelto a escuchar esta mañana: una recreación particularmente sombría y atmosférica por descontado que llena de tensión cuando corresponde, pero dicha con una depuración sonora exquisita y sin precipitarse un pelo, sino atendiendo plenamente al peso dramático de los silencios. He visto que está en YouTube y aquí se la dejo a ustedes: mientras escribía estas líneas he repasado la de Haitink y efectivamente, esta del maestro alemán me gusta todavía más.



La Sinfonía nº 10 de Shostakovich que constituye el plato fuerte del disco está muy buen, pero solo eso: aquí Dohnányi nos muestra su faceta habitual de maestro antes gran profesional de la batuta que la de artista personal o inspirado, ofreciendo una lectura de formidable solidez y magnífico trazo, certera siempre en la expresión y despojada de cualquier retórica vacua, a la que le falta un punto más de compromiso expresivo –atmosfera siniestra, rebeldía, sarcasmo y mala leche– para terminar de funcionar. La toma es excelente en lo tímbrico, pero se echa de menos un punto más de gama dinámica

Lo dicho: escuchen a Lutoslawski. De escalofrío.

jueves, 7 de junio de 2018

Rattle dirige Widmann, Lutoslawski y Brahms

Esta noche ofrece el Auditorio Nacional de Madrid lo que los organizadores, con toda justicia, llaman “el concierto del año”: Sir Simon Rattle con la Filarmónica de Berlín. Todo un acontecimiento que hay que agradecer a Ibermúsica, aunque la cruda realidad es que muchos buenos melómanos se quedarán sin asistir por motivos puramente económicos: a 210 euros la entrada más cara y 50 la más barata –como expliqué por aquí, sale más barato escuchar a la Filarmónica de Viena en la Musikverein–, el asunto es como para pensárselo dos veces. No me extraña que, en el momento de escribir estas líneas, queden aún 99 butacas libres.


Felizmente, quienes por esta y por otras razones no podemos acudir tenemos la oportunidad de calibrar a través de la Digital Concert Hall los resultados artísticos que con el mismo programa estos artistas alcanzaron en el concierto del pasado 27 de mayo en la Philharmonie. ¿Y cómo salieron las cosas? Magníficamente en lo que a la orquesta se refiere, pero de manera irregular en lo que compete a Sir Simon. Como era de esperar, porque de su Tercera de Lutowslawski y de su Primera de Brahms ya teníamos noticias.

Eso sí, antes de que se sirvieran los dos platos fuertes se presentaba un estreno mundial de Jörg Widmann, de quien algo he dicho en este blog hace muy poquito. Danza sobre el volcán ha resultado ser una página magníficamente escrita que, en su brevedad, sabe conciliar un lenguaje digamos “moderno” con la brillantez sonora, la inmediatez expresiva, el virtuosismo y hasta la espectacularidad; atrapa de principio a fin y se disfruta muchísimo. Es, además, una obra muy divertida, pero aquí debo callar para no hacer ningún spoiler.

De la magistral Sinfonía nº 3 de Lutoslawski realicé una comparativa en este blog en la que, al actualizarla, incluí la versión de Rattle y los berlineses ofrecida por la misma Digital Concert Hall allá por 2012. Puedo repetir palabra por palabra lo que entonces escribí:
"Sir Simon toma como modelo claro la realización del propio autor con la misma orquesta de 1985, y consecuentemente ofrece –armado de una técnica de batuta portentosa y secundado por una orquesta pletórica de facultades– una realización ante todo lírica y sensual, fascinante en el tratamiento de las texturas y muy emotiva, aunque quizá al británico se le va un poco la mano a la hora de “romantizar" la obra; un poco más de incisividad, de mala leche y de garra dramática en determinados no le hubiera venido mal a esta interpretación quizá un punto más amable de la cuenta, pero en cualquier caso de espléndido nivel."
¿Algo que añadir? Sí: que esta vez me ha gustado todavía más que antes por la manera que tiene Rattle de revelar, colorear y otorgar significación expresiva a las texturas de esta fascinante página; también por la calidez e incluso la emotividad de determinados pasajes, aunque los relativos reparos que entonces puse también siguen vigentes.

Del Brahms de Rattle también hablé en el blog, y no precisamente para bien, a raíz de su integral en disco compacto registrada por EMI en 2008. Escribía entonces que “este Brahms es puro sonido. (…) La arquitectura está perfectamente trazada, sin altibajos en las tensiones. Y la habitual extroversión del director británico, cuyas ganas de comunicar logran como siempre enganchar al oyente, se ve sensatamente acompañada por un notable sentido de lo otoñal (…) Pero Rattle se queda ahí, en un brillante y extremadamente virtuosísimo espectáculo sonoro que no trasciende en absoluto. (…) Su Brahms seduce y a ratos engancha, pero resulta insincero y, la postre, no emociona”.

Los apuntes que por aquel entonces tomé sobre su lectura de la Sinfonía nº 1 coinciden bastante con lo que he apreciado en esta recreación diez años posterior. La introducción resulta bastante lineal, desarrollándose a partir de ahí un primer movimiento de enorme corrección que se beneficia de la que sencillamente es la mejor orquesta del orbe para esta página, pero sin que la garra y la sinceridad terminen de hacer su aparición: en las grandísimas versiones de la página (Solti, Bernstein/Viena, Giulini/Viena, Barenboim/Berlín) hay frases muchísimo más aprovechadas, la flexibilidad se hace más evidente, se alcanza mayor fuerza visionaria en los picos dramáticos y, desde luego, se aprecia un lenguaje mucho más inequívocamente brahmsiano.

En el segundo lo mejor vuelve a ser la orquesta, por sonoridad global y por la excelsitud de sus solistas, mientras que la batuta se queda en la superficie: todo hermosísimo pero sin ese peculiar lirismo agridulce que esta música necesita. El tercero me ha gustado más que el de antes: lo encuentro irreprochable en su ortodoxia.

La introducción al cuarto me sigue pareciendo mejorable; la enunciación del tema principal tampoco posee la calidez y la nobleza que asociamos con él, pero en seguida Rattle se pone las pilas y termina ofreciendo un Finale con muchísimo gancho en el que, felizmente, no he encontrado los excesos de hace una década, cuando quedaba demasiado patente el deseo de epatar con metales y percusión. También ahora la toma sonora es más satisfactoria, pues la de los ingenieros de EMI parecía subrayar en exceso los timbales y las frecuencias graves en general.

En definitiva, un placer absoluto escuchar a esta orquesta en estos repertorios, como en cualquier otro: los asistentes al concierto de esta noche se lo pasarán en grande. Pero Rattle, se mire por donde se mire, sigue siendo muchísimo mejor director en la música del siglo XX que en la de la centuria anterior.

viernes, 14 de agosto de 2015

Rattle dirige Lutoslawski, Mahler y Janácek

El concierto del 8 de septiembre de 2013 de la Filarmónica de Berlín, disponible en la Digital Concert Hall, se abría con la Sinfonía nº 2 de Witold Lutoslawski, primera obra del autor en utilizar los procedimientos aleatorios en una orquesta sinfónica. Poniendo a prueba el virtuosismo de la formación alemana, así como su capacidad para generar texturas y colores con la más absoluta precisión y la mayor maleabilidad posible, Sir Simon Rattle consigue unos resultados verdaderamente formidables, pese a que el maestro británico, como “controlador” del proceso, solo marque el ritmo en determinados momentos. Fascinante, imprescindible.


Siguen los Lieder eines fahrenden Gesellen de Gustav Mahler, donde Sir Simon ofrece una dirección animada y teatral, muy juvenil, rica en el sentido del color, ya que no especialmente poética. Christian Gerhaher posee una voz en exceso lírica, poco oscura y algo corta en el grave, pero canta con teatralidad, sentido de los contrastes expresivos y apreciable sinceridad, amén de irreprochable gusto. En diciembre del año siguiente, un servidor tendría la oportunidad de escucharle la obra en directo en el Teatro de la Zarzuela, en un recital del que ya di cuenta en su momento.

Misa Glagolítica de Leos Janácek en la segunda parte del concierto berlinés. Aunque se interpreta la más aristada versión original de la obra, y no la “tradicional”, lo cierto es que Rattle no insiste –aun sin descuidarlos– en los aspectos más tensos, dramáticos y expresionistas de la página, sino que se fija más en lo que ésta debe a la herencia tardorromántica, recreándose por consiguiente en la voluptuosidad, el vuelo lírico y el hedonismo bien entendido que la genial partitura también alberga.


Todo ello, por descontado, lo hace con la comunicatividad, vitalidad y extroversión que caracterizan al maestro, que sabe inyectar energía sin perder el control y hacer sonar a la fabulosa orquesta y al notable coro, el Filarmónico Checo de Brno, con una plasticidad irresistible. Bien Christian Gerhaher, mejor aún Stuart Skelton, notable Mihoko Fujimura y ya algo gastada, pero buena conocedora de la obra, la soprano Luba Orgonásová. Espléndido el organista Christian Schmitt.

Gran versión de la Glagolítica, en definitiva, aunque sin llegar a la genialidad extrema de Pierre Boulez en los Proms, aún disponible en YouTube.

martes, 29 de julio de 2014

Argerich y Barenboim, encuentros en Berlín (I): Beethoven

Ayer lunes Peral Music lanzó al mercado la descarga digital del recital a cuatro manos de Martha Argerich y Daniel Barenboim que tuvo lugar en Berlín el pasado abril. Ya lo he escuchado, pero espero hablar de él en otra entrada. Porque ahora quiero dejar unas líneas acerca del concierto –obtuve en su momento copia de la transmisión radiofónica– que fue precedente de éste: el reencuentro de los dos artistas porteños después de muchos años sin actuar juntos, en un concierto sinfónico ofrecido por la Staatskapelle de Berlín en la Philharmonie de la capital alemana el 15 de septiembre de 2013. Concierto para piano nº 1 de Beethoven en los atriles. Daniel dirigiendo y Martha tocando, claro.

Daniel-Barenboim-und-Martha-Argerich-spielen-als-Zugabe-Schubert-Foto-Holger-Kettner

No hay choque de trenes: el encuentro entre dos personalidades musicales tan ponderosas y tan distintas se resuelve en un claro acercamiento de sus maneras de hacer. Lo curioso es que quien más se mueve es Barenboim, que resulta aquí menos reflexivo, esencial y trascendido que en sus interpretaciones beethovenianas recientes para optar por un acercamiento luminoso, extrovertido, vitalista, con mucha garra y comunicatividad, además de con el adecuado sentido del humor rústico que pide el autor, aunque sin renunciar a marcados claroscuros dramáticos en un segundo movimiento lleno de tensión. La Argerich, por su parte, enriquece su pianismo ágil, efervescente, contrastado, de sonido tan claro como acerado, con un mejor control de su habitual nerviosismo y con un apreciable sentido de la cantabilidad, aunque aún le queden algunas frases (por ejemplo, al arrancar el tercer movimiento) un tanto mecánicas. En cualquier caso, la solista también aporta desparpajo, sentido del humor y creatividad, dando como resultado una interpretación quizá no referencial pero sí de muy considerable nivel, galvanizada por una orquesta de admirable sonido beethoveniano que luce maderas sublimes en el Largo.

Los aplausos del respetable fueron agradecidos por Argerich con música de Robert Schumann: “Traumes-Wirren” de las Fantasiestücke op. 12, página ideal para que la Argerich hiciera gala de su pianismo ágil y efervescente, pero también flexible. Claro que lo mejor llegaría poco después, cuando solista y director decidieron tocar a cuatro manos el Rondó en La mayor D. 951 de Schubert: con la Argerich sentada en la parte derecha del teclado, los dos artistas ofrecieron una singular fusión de sus maneras de hacer, incluso en sus sonoridades –más cristalina e incisiva ella, más denso él–, ofreciendo una lectura de un clasicismo delicado y con encanto, fraseado con naturalidad y mucha ternura, pero sin asomo de blandura, de excesiva ensoñación ni de ligereza. Un prodigio, del que algún piratilla ha dejado testimonios de deficiente calidad técnica en YouTube (parte 1, parte 2).

Obviamente había más obras en el programa. La velada se había iniciado con un compositor genial que Barenboim ha explorado poco, Witold Lutoslawski, concretamente con su Mi-parti de 1975-75. Comparada con la grabación del propio autor para EMI, nuestro artista ofrece una dirección menos analítica y aristada, al tiempo que de mucha mayor plasticidad en el tratamiento orquestal, con colores más ricos y llenos de significación expresiva, texturas más sensuales y mayor sentido de la sugerencia; los clímax son con el de Buenos Aires menos viscerales, pero alcanzan mayor inmediatez expresiva y comunicatividad.

Las Quattro pezzi sacri de Verdi ocupaban la segunda parte del programa. Con el concurso del excepcional Coro de la Radio de Berlín, el maestro ofreció justamente la recreación que en él era de esperar, esto es, de una religiosidad amarga, dramática y lacerante, en absoluto confiada, aunque no precisamente exenta de concentración, de cantabilidad y de hondura humanística. Tampoco de belleza: asombrosas las dos piezas a capella, aunque le sonasen más apropiadas para la sala de conciertos que para la iglesia.

PD: en la web de Ángel Carrascosa tienen desde hace tiempo unos comentarios de este mismo evento.

sábado, 8 de febrero de 2014

Lutoslaski por sí mismo, en EMI y Brilliant

Entre 1976 y 1977, el gran Witold Lutoslawski (1913-1994) recorrió la mayor parte de su trayectoria sinfónica registrando varios vinilos para EMI en los que él mismo empuñaba la batuta frente a la Sinfónica de la Radio de Polonia. Estos registros han conocido varias ediciones en compacto con diferentes acoplamientos, siendo el más recomendable el triple que a precio barato ofrece el sello Brilliant, que ha adquirido los derechos de edición.


La verdad es que no los he escuchado en esta última, sino en la edición casera que un bloguero ha realizado recuperando la toma sonora original cuadrafónica: la distorsión tímbrica propia de la época sigue ahí, pero se ha ganado mucho en espacialidad. Ahora bien, para disfrutar de esta presentación hay que poseer reproductor de DVD-Audio y sistema multicanal en casa. Si el lector no cuenta con ellos, no hace falta que pierda el tiempo buscando por la red el blog privado donde se ofrece este trasvase: hágase directamente con el triple CD arriba referido y disfrute con esta música a veces perfectamente inteligible dada su deuda con el pasado (Concierto para orquesta), a veces terriblemente dura de escuchar (Preludio y fuga para trece instrumentos de cuerda), pero siempre fascinante y con frecuencia genial. Una advertencia, eso sí: se echan de menos dos obras, las juveniles y simpáticas Variaciones Paganini y el ya maduro Concierto para violonchelo, que había grabado popco antes junto a Rostropovich para el mismo sello, además de –lógicamente– las partituras que aún el polaco tendría que dar a la luz, entre ellas su fundamental Tercera Sinfonía. Por tanto, no estamos ante un "Todo Lutoslawski", sino ante una parte de su trayectoria.


En cuanto a las interpretaciones, son magníficas pero en una línea diferente a las que de otras obras realizaría el autor más adelante para sellos como Philips o Deutsche Grammophon: estas de EMI se caracterizan por la adustez, la incisividad y la tensión sonora, ofreciendo por momentos una visceralidad tan hiriente como controlada en lo formal, además de una soberbia planificación tanto horizontal como vertical y un excelente trabajo con los pasajes aleatorios que caracterizan la madurez del compositor. Por descontado que se pueden ofrecer lecturas menos ásperas y angulosas, más sensuales, con mayor plasticidad en el tratamiento de las texturas y más elevado vuelo poético –el propio Lutoslawski se moverá en esta dirección en sus grabaciones tardías arriba citadas–, pero en cualquier caso el resultado es admirable. Solo lamentar que en Paroles tissees no cante el dedicatario de la partitura, nada menos Peter Pears. Por fortuna, en YouTube tienen el encuentro filmado entre los dos artistas.

Lo dicho, una compra absolutamente recomendable, yo diría que obligatoria para todos aquellos que no sientan pavor hacia la música del siglo XX. Y si la completan con los dos compactos que el polaco grabó en los ochenta para Philips, mucho mejor.

domingo, 26 de enero de 2014

Tercera Sinfonía de Lutoslawski: discografía comparada

Este post lo publiqué originalmente el 15 de septiembre de 2009. Aprovechando que ayer se cumpleron 101 años del nacimiento del genial compositor polaco, he ampliado la comparativa sobre esta fascinante sinfonía con cuatro registros adicionales: Lutoslawski 1992, Blaszczyk, Gardner y Rattle. Además. he vuelto a escuchar la de Lutoslawski 1985 y la de Barenboim. La primera de ellas sigue siendo mi interpretación favorita. A la segunda he decidido subirle del 9 al 10, no solo porque me ha gustado ahora aún más que antes, sino también porque la de Rattle, magnifica pero un poco menos personal que la del argentino, me anima a "empujar" a la de éste hacia arriba. No he cambiado nada en los textos ya escritos.


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El próximo sábado la Orquesta Nacional de España ofrece en Alicante la Sinfonía nº 3 de Witold Lutoslawski, una verdadera obra maestra que no parece interesar mucho a nuestros programadores. Como me he animado a visitar el Festival de Música Contemporánea, he considerado oportuno realizar un repaso de todas las grabaciones discográficas a mi disposición, seis en total. Me faltan dos: la de Miroslaw Blaszczyk con la Orquesta Nacional de Silesia para el sello Dux y la de Edward Gardner con la Sinfónica de la BBC para Chandos.

La obra fue un encargo de la Sinfónica de Chicago y se escribió durante un dilatado periodo de tiempo, siendo estrenada por la formación norteamericana bajo la dirección de Sir Georg Solti el 29 de septiembre de 1983. Escrita con mano maestra y un lenguaje tan hermético como comunicativo -tal paradoja es posible en la música del autor-, resulta destacable la utilización de técnicas aleatorias que ponen a prueba la intuición y el virtuosismo de los intérpretes. Ni que decir tiene que las demandas hacia la orquesta son extraordinarias y que, por ende, la calidad de la misma determina en gran medida el resultado interpretativo. Aquí va, como aportación adicional, una relación de las duraciones de los diferentes registros comentados abajo.

Solti (sin contar los aplausos): 26’14’’
Salonen: 31’24’’
Lutoslawski 1985:
30’22’’
Wit I: 27’50’’
Lutoslawski 1992: 30’28’’
Barenboim: 27’23’’
Wit II: 31’37’’
Otaka: 34'31''
Blaszczyk: 30'58''
Gardner: 30’50’’
Rattle: 29'16''




1. Solti/Sinfónica de Chicago (CSO, 1 de octubre de 1983). En la ocasión del estreno, Solti hizo gala de su poderosísima personalidad y ofreció una versión electrizante, muy angulosa e incisiva, agresiva en el tratamiento de los metales y en buena medida “expresionista”, lo que no le impide hacer gala de un rico colorido y de un buen sentido de las texturas, aunque sí le lleva a desatender al peso de los silencios, a no ofrecer la flexibilidad suficiente y a pasar por encima de los aspectos más líricos y atmosféricos de la obra, que –como demostrarán otros directores– también los tiene. En cualquier caso la comunicatividad y brillantez propias del maestro enganchan desde el principio y no dejan respiro a lo largo de esta interpretación que parece ideal para acercar la obra a quienes más les cuesta acercarse a la música contemporánea. Por desgracia solo se puede adquirir en una edición especial editada por la propia orquesta a un precio bastante elevado (enlace). (8)




2. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (CBS-Sony, 1985). En la primera grabación de la obra que se editó comercialmente, el aún joven Salonen ofrece la interpretación “didáctica” por antonomasia. Todo está maravillosamente expuesto y explicado, con asombrosa claridad y solidísima arquitectura, guiándonos por todos los recovecos de la obra, clarificando todos los puntos que pueden quedar oscuros y sorprendiéndonos con un tratamiento de las texturas que emparentan la página con Ligeti. El problema es que con tanta atención a los árboles se pierde de vista el bosque; por momentos se echa en falta una dosis mayor de comunicatividad y -por qué no- de emoción. El final, en cualquier caso, es admirable. (8)




3. Lutoslawski/Filarmónica de Berlín (Philips, 1985). La visión personal del compositor, mucho más atento al análisis, al misterio y a los aspectos sensuales de la página que a la electricidad o la espectacularidad, se encuentra mucho más cerca de Salonen que de Solti, solo que aportando frente al maestro finés una dosis mucho mayor de flexibilidad, colorido, imaginación y riqueza de matices expresivos, haciendo además respirar a la música con mayor naturalidad y demostrando que esta obra contiene, pese a su carácter aparentemente hermético, una intensa dosis de humanismo y hasta de emotividad. La orquesta de Karajan se rinde incondicionalmente entregando todo su virtuosismo y musicalidad, y los ingenieros de Philips ponen la guinda con una espléndida toma sonora. (10)



4. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Polskie Nagrania, 1988). Al igual que “era necesario” que el compositor dejara su visión de la obra en el podio, estaba cantado que “hacía falta” una versión con denominación de origen. Curiosamente Antoni Wit ofreció una recreación muy distinta a la del propio Lutoslawski para acercarse, aunque con unos parámetros expresivos mucho más moderados, a las posiciones de un Solti, no tanto por la premura de los tempi sino por su carácter nervioso, la angulosidad del trazo y la -solo relativa- agresividad que desprende. Por desgracia Wit no es capaz de ofrecer la solidez de la arquitectura ni de la electricidad del maestro húngaro, como tampoco la capacidad de análisis y el refinamiento de un Salonen, y su notable orquesta polaca no puede compararse a la Sinfónica de Chicago o a la Filarmónica de Berlín. La toma sonora, analógica y sin reprocesar, no ayuda. (7)



5. Lutoslawski/Sinfónica Nacional de la Radio de Polonia (Accord, 1992). En este registro en estudio de excelente sonido, el último que realizó en su vida, el compositor polaco repitió el milagro de seis años atrás con la Filarmónica de Berlín, quizá abundando más aún en los aspectos oníricos y misteriosos de la página aun sin descuidar las descargas de electricidad y las asperezas sonoras en los momentos adecuados. La orquesta lógicamente no es de primera, y eso se nota en los metales, pero ofrece verdadera magia sonora bajo una batuta capaz de las mayores sutilezas expresivas. (10)




6. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). La tercera y última grabación “obligatoria” era, claro está, la de la formación que realizó el encargo, pero esta lo hizo ya bajo la batuta de su nuevo titular. No cabe imaginar una visión más distinta que la de Solti, y eso que la orquesta es la misma y la duración le empararenta antes con él que con Lutoslawski, a quien se aproxima en buena medida con su visión atmosférica y sensual en la que la sutileza del trazo y la variedad de texturas –increíbles en esta recreación– son más importantes que la fuerza expresiva de la arquitectura o la visceralidad de las emociones. ¿Mirando antes al Impresionismo que al Expresionismo? Algo así. Hay que puntualizar, en cualquier caso, que Barenboim carece de la firmeza de trazo y de la tensión sonora que ofrecía el propio compositor para Philips, también de su fuerza en los clímax, pero a cambio aporta una dosis adicional de cantabilidad, de vuelo lírico, de humanismo, como si quisiera mirar –en el de Buenos Aires es inevitable– no solo a la música del siglo XX sino también al pasado romántico. La orquesta aporta el increíble virtuosismo que ya mostró con Solti en el estreno, además de un enorme olfato musical para sus intervenciones aleatorias. La toma sonora, sin toda la transparencia tímbrica deseable, ofrece una admirable amplitud espacial y una amplia gama dinámica. Eso sí, hay que poner el volumen bien elevado. (10)


 
 7. Wit/Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca de Katowice (Naxos, 1995). Siete años después de su primera tentativa, las huestes polacas vuelven a probar fortuna y alcanzan un éxito mucho mayor. Tomándose las cosas con bastante más calma –es la interpretación más dilatada hasta la fecha–, Witt logra refinar el trazo, clarificar mejor las texturas, ofrecer mayor número de matices y enriquecer su enfoque atendiendo a los aspectos de la obra que antes había pasado por alto. La toma sonora, sin ser la ideal, es también mucho mejor ahora. Muy recomendable. (9)




8. Otaka/Orquesta Sinfónica Nacional de la BBC de Gales (BIS, 1995). Aprovechando la primera grabación mundial de Chantefleurs et Chantefables que dio razón de ser a este disco, el sello sueco enriquece la discografía con una interpretación que, además de estar espléndidamente grabada, es la más lenta de todas. Por ello mismo es quizá también una de las que ofrece mayor claridad en el entramado orquestal. Además, Tadaaki Otaka se muestra como buen concertador y un músico sensato que atiende a todas las facetas de la obra y posee cierta elegancia en su trazo. Por desgracia el maestro japonés, tal vez por culpa de la referida lentitud, no logra organizar de manera convincente las tensiones internas ni otorgar unidad, como tampoco es capaz de alcanzar las sutilezas del propio Lutoslawski ni de ofrecer la hondura de un Barenboim. El resultado, dentro de su digno nivel, termina siendo algo aburrido. (7)


 
9. Miroslaw Jacek Blaszczyk/Filarmónica Sinfónica de Silesia (Dux, 2004). Gran mérito el de una orquesta y un director fuera de los grandes circuitos internacionales levantar con semejante corrección esta obra maestra, con buen trazo, cuidadosa planificación e irreprochable equilibro entre los aspectos sensuales y líricos de esta música con los más viscerales. Por desgracia la competencia es importante, y aquí se echan de menos la magia sonora, la electricidad, la variedad expresiva y –en definitiva– la comunicatividad de las grandes recreaciones discográficas. Incluso la toma sonora, siendo muy buena, no está a la altura de los tiempos que corren. (7)




10. Gardner/Sinfónica de la BBC (Chandos, 2010). El maestro británico es de los que se apartan de la senda lírica propuesta por el propio compositor en su registro para Philips para apostar por el nervio, por la insicividad y hasta por lo agresivo, aunque sin renunciar a detallismo en el tratamiento de las texturas y sin precipitarse, sino dejando a la música respirar. El resultado es muy plausible, aunque sobra algo de estridencia, incluso de escándalo gratuito. La orquesta realiza una buena labor, pero su maleabilidad no es la de las grandes ni sus solistas resultan particularmente expresivos. (8)




11. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). Sir Simon toma como modelo claro la realización del propio autor con la misma orquesta de 1985, y consecuentemente ofrece –armado de una técnica de batuta portentosa y secundado por una orquesta pletórica de facultades– una realización ante todo lírica y sensual, fascinante en el tratamiento de las texturas y muy emotiva, aunque quizá al británico se le va un poco la mano a la hora de “romantizar" la obra; un poco más de incisividad, de mala leche y de garra dramática en determinados no le hubiera venido mal a esta interpretación quizá un punto más amable de la cuenta, pero en cualquier caso de espléndido nivel. (9)

jueves, 7 de noviembre de 2013

Volviendo al Concierto para orquesta de Lutoslawski

Hacía muchos años que no escuchaba el Concierto para orquesta de Witold Lutoslawski, del que tenía en casa dos interpretaciones: la del propio autor para EMI y la de Barenboim para Erato. Sabía que era una gran obra, claro, pero ha sido ahora cuando realmente he reparado, escuchando de manera consecutiva varias interpretaciones, en la grandísima creación que es. Cierto es que, estando escrita entre 1950 y 1954, la página tiene muy poco que ver con el Lutoslawski más visionario que todos (bueno, no todos) amamos: es más un punto de llegada, un resumen de las experiencias del sinfonismo del siglo XX con la música folclórica, que un punto de partida, que será el que para nuestro artista marquen sus geniales Jeux Venitiens en 1961. Sea como fuere, se trata de una página llena de fuerza, maravillosamente escrita, por completo inteligible para un aficionado medio y con muchas posibilidades expresivas en su interior, cosa que ponen bien de manifiesto las cinco grabaciones escuchadas.

Lutoslawski Brilliant

La primera ha sido la Lutoslawski en persona dirigiendo a la Sinfónica Nacional de la Radio Polaca, una toma de los años setenta –reeditada por Brillant– que se conserva de manera aceptable para su edad. Me ha deslumbrado: sonoridad rústica e incisiva –sin excesos– para una aproximación de tremenda fuerza telúrica , muy visceral pero siempre controlada por la admirable técnica de batuta del artista polaco. Hay muy poco aquí de sentido de la atmósfera, de sensualidad y de carácter evocador, pero está claro que así lo quiere el autor. O al menos así lo quería en el momento de la grabación: bien es sabido que Lutoslawski, tras sus genial giro estilístico, no se sentía muy a gusto con esta obra pese a que en su momento había obtenido un gran reconocimiento, así que todo apunta a que cuando la llevó al disco quiso destacar, muy legítimamente, los aspectos más modernos y combativos de su escritura.


Después me he ido a la Digital Concert Hall  de la Filarmónica de Berlín a ver qué hizo Manfred Honeck el 9 de febrero de este mismo 2013 (la filmación se encuentra disponible, previo pago, en este enlace). Y ha resultado ser la del maestro austriaco una visión que se aparta por completo de la aspereza y la garra dramática por la que apostaba el propio autor para concentrarse justo en lo que él dejaba a un lado, los aspectos más líricos y evocadores de la partitura. Incluso parece Honeck mirar al pasado nacionalista romántico, como si quisiera establecer lazos con la obra interpretada en la primera parte del programa, el Concierto para violín de Dvorák (con Anne-Sophie Muter: es la misma grabación que acaba de publicar Deutsche Grammophon en DVD). En este sentido esta lectura del Concierto para orquesta se mantiene ajena a la modernidad de la pieza, resultando un poco blanda –al menos en el primer movimiento– y dando cierta impresión de superficialidad. En cualquier caso está admirablemente puesta en sonidos por una orquesta que aporta la sonoridad musculada y sensual que el maestro demanda, así como por unos solistas de enorme musicalidad en sus intervenciones.

  Lutoslawski Gardner vol 1

Prosigo con la interpretación de Edward Gardner al frente de la Sinfónica de la BBC para el sello Chandos. Relativa decepción: me parece válido el enfoque incisivo del maestro británico, pero la lectura resulta en exceso rápida, nerviosa, incluso algo tendente al escándalo gratuito. A destacar positivamente, eso sí, el segundo movimiento, por un lado apuntando a la levedad mendelssohniana, por otro a las fascinantes texturas de la Tercera sinfonía, obra a la que por cierto le dediqué aquí una comparativa discográfica. La toma es espléndida y se beneficia del formato SACD.

Michael_Boder

Vuelta a la Digital Concert Hall. Esta vez quien dirige a la Filarmónica de Berlín es Michel Boder –ya saben, el antecesor de Pons en el Liceu–, datando la filmación de 14 de marzo de 2009 (enlace). Gratísima sorpresa: el maestro alemán acierta a la hora de aunar el sabor folclórico y la modernidad de la pieza, sin recrearse en exceso en la melodía ni suavizando la tímbrica, como hará más tarde Honeck con la misma orquesta, pero tampoco resultando tan áspero como el propio Lutoslawski. Se pueden echar de menos la visceralidad y el carácter visionario de este, claro, pero la presente lectura también posee garra, tensión y vitalidad perfectamente controladas, y se beneficia de una formación que sabe sonar no solo robusta, sino también incisiva.


Suponía que después de los grandes aciertos de Boder y del propio autor, escuchar de nuevo la interpretación registrada por Daniel Barenboim y la Sinfónica de Chicago en 1992 no me iba a resultar particularmente estimulante. Pues me equivoqué: el de Buenos Aires es quien mejor logra sintetizar los aspectos digamos que “tardorrománticos-nacionalistas” con los “modernos”, porque sabe ofrecer una enorme dosis de sensualidad, de vuelo lírico, de sabor popular y –por qué no– de belleza sonora sin caer en la blandura ni en la superficialidad, ya que todo ello va aquí de la mano con la garra dramática, el apasionamiento y la ausencia de retórica vacua propias de Barenboim. Este se encarga, además, de materializar todo ello con una flexibilidad, una variedad en el color, una riqueza de matices expresivos y una planificación de las tensiones (¡tremendo, incomparable el final!) verdaderamente portentosas. Pero hay más: un sentido de la atmósfera y de lo ominoso marca de la casa que descubre bastantes cosas nuevas en la genial partitura. De este modo la presente termina siendo la interpretación más compleja y variada de todas. Y también es mejor tocada: ¡vaya tela con los señores de Chicago, mejor aún que los berlineses de hoy día! No se pierdan este disco, por favor.


miércoles, 21 de septiembre de 2011

La ONE inaugura el 27 Festival de Alicante

Mi primera visita a Alicante -lamento no haber conocido hasta ahora la ciudad- ha venido motivada por los dos conciertos con que la Orquesta Nacional de España, bajo la dirección de Nacho de Paz, abría el 27 Festival Internacional de Música (web oficial). En ellos, además de varias páginas más o menos recientes, se interpretaban dos obras maestras que me gustan de modo especial: la Sinfonía nº 15 de Shostakovich y la Tercera de Lutoslawski. Aparte de otros atractivos del viaje (impresionante la colección del Ermitage que se ofrecía en el espléndido Museo Arqueológico Provincial), considero que musicalmente el desplazamiento ha merecido la pena. Intentaré, pese a mi desconocimiento de la creación contemporánea, ordenar mis apuntes sobre lo escuchado.

El programa del viernes 16 de septiembre se abría con una página escrita por Jorge Fernández Guerra (web oficial) hace once años, El vuelo de Volland. No me parece que aporte nada en particular, pero su rica tímbrica, su tratamiento agresivo de la percusión, su bien calculada sucesión de tensiones y distensiones y su innegable teatralidad terminan enganchando.Vino a continuación una obra estrenada hace menos de dos años por los mismos intérpretes que la han ofrecido en Alicante, Of thee I sing de Stefan Lienenkämper; en ella el compositor alemán, contando con la participación de una viola d’amore solista y del tratamiento electrónico de este y otros instrumentos, logra una fascinante combinación entre “melodismo” y juego de texturas.

La segunda parte la integraban dos obras de 1971, la Decimoquinta de Shostakovich, que no necesita presentación, y el Fairytale Poem de Sofia Gubaidulina, primera obra orquestal de la compositora tártara, que casualmente fue estrenada -lo apunta Juan Manuel Viana en sus completísimas notas al programa- por quien también presentara la página del autor de La nariz, Maxim Shostakovich, con la que guarda más de un parentesco formal. La verdad es que esperaba más aún de Gubaidulina, porque junto a momentos de un fascinante lirismo hay otros que, dentro de su carácter eminentemente narrativo, resultan más bien insulsos.

El sábado 17 llegó el estreno mundial de Bennu, de Jacobo Durán-Loriga. Me aburrió un poco: sin duda el compositor madrileño (blog) sabe inyectar fuerza, tensión y hasta visceralidad a sus pentagramas, ofreciendo asimismo, dentro de una orquestación bastante densa, unas interesantísimas combinaciones sonoras entre los glockenspiels, pero el resultado me pareció un tanto reiterativo. Vino a continuación Alter Klang, de Benet Casablancas (web oficial), una página en la misma línea de la de su colega pero más comunicativa, con mayor fuerza expresiva y desde luego más virulenta; quizá también algo más larga de lo deseable, porque el discurso se agota antes de que acabe. Su final fue literalmente destrozado por un atrevido -se me ocurren calificativos más adecuados- que empezó a aplaudir en el último compás de la página para demostrar lo bien que conocía la obra.

Ya en la segunda parte, antes de la obra maestra de Lutoslawski, nos llegó una pieza que deriva de una partitura compuesta para el cine, concretamente para El joven Törless (1966) de Volker Schlöndorff: la Fantasía para cuerdas de Hans Werner Henze. Se podría pensar en Psicosis, de Bernard Herrmann, pocos años anterior, pero apenas hay relación: mientras que la página del norteamericano fascina gracias a su originalidad tímbrica y pujanza rítmica, la del alemán lo hace con la tensión polifónica y recurriendo a un melodismo muy hermoso pero nada facilón. Su atractivo es innegable. Sobre la Tercera Sinfonía del polaco no tengo nada que decir: una música tan impresionante como exigente a la hora de su interpretación (enlace).

En este sentido, no tengo reparos en afirmar que la ONE realizó un espléndido trabajo, no solo en esta partitura sino también, y con una sola excepción a la que luego me referiré, a lo largo de las dos sesiones. Buena parte del mérito ha de deberse a Nacho de Paz (web oficial), un señor al que hasta ahora no había escuchado y que me ha parecido rebosante de talento, no sólo por una técnica espléndida -que hubiera algún desajuste fue lo de menos- sino también por su capacidad para dar unidad al discurso, por su manera de inyectar tensión interna -su batuta tiende a subrayar los aspectos “expresionistas” de lo que tiene en el atril- y, sobre todo, por su intensa comunicatividad. Aún debe complementar su elevado sentido del ritmo con una mayor atención al color y las texturas, como también matizar de manera más minuciosa las dinámicas -el joven maestro tiende a las explosiones sonoras-, pero el resultado fue de lo más satisfactorio para tratarse de obras tan complicadas.

¿La excepción? Shostakovich. Y por parte tanto de la orquesta como del director. De Paz ofreció una dirección intensa, comprometida y certera en lo expresivo, con las aristas bien acentuadas, pero los clímax de las dos marchas fúnebres -en los movimientos pares- resultaron demasiado nerviosos, sin grandeza opresiva; además, subrayó excesivamente los timbales en el cuarto movimiento y encalló en la acongojante coda. En cuanto a la orquesta, el problema no estuvo en la sonoridad global sino en la calidad de sus solistas: en una partitura que requiere primeros atriles del más alto nivel, varios miembros de la ONE dejaron en evidencia sus relativas limitaciones. Señalemos, al menos, una admirable excepción, la del concertino Mauro Rossi.

El público resultó muy diverso: un tercio de invitados oficiales, otro tercio de matrimonios mayores que pasaban por allí (delante de mí había una pareja que no paraba de reírse de “esas músicas tan raras”) y un tercio restante de frikis y alternatas varios, que tal vez fuimos los más entusiastas. Desdichadamente no resultamos suficientes para ocupar las butacas del recién inaugurado Auditorio de la Diputación de Alicante, espléndido de acústica además de hermoso en exterior e interior. Por cierto, a ver si lo dotan de instalaciones y personal, porque eso de no existir un lugar donde tomar un vaso de agua -ni siquiera había una maquinita en los servicios- resulta de juzgado de guardia. Y ahora, a esperar que los alicantinos llenen tal contenedor de cosas interesantes, porque si no, apaga y vámonos.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...