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sábado, 29 de agosto de 2026

Rapsodia española, de Ravel: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN - 29.VIII.2026

A la entrada original del 21 de septiembre de 2015 añado ahora Ormandy en estéreo, Giulini/Philharmonia y Barenboim/2022. Aunque he vuelto a escuchar alguna otra y realizado ligeras reformas en el texto, pasa lo de siempre: la mayoría de los comentarios me parecen anticuados y desearía volver de nuevo a la mayoría de las grabaciones para volver a valorar. Tarea imposible, claro. Mejor dicho: inconveniente. Es preferible realizar comparativas nuevas que volver una y otra vez sobre lo mismo.

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Compuesta entre 1907 y 1908, primero para dos pianos e inmediatamente después para orquesta, Rapsodie Espagnole fue la primera gran obra sinfónica de Maurice Ravel, y también la partitura en la que comienza a dejar clara su admiración por lo que ocurría al sur de los Pirineos.

Siendo una obra de corte impresionista –la Iberia de Debussy es ligeramente posterior–, parece claro que la creación de una atmósfera difusa y la sensualidad del color deben ser dos de los principales objetivos de toda interpretación. Pero no es menos importante encontrar el punto adecuado de equilibrio entre esa elegancia refinada tan particular que habitualmente asociamos con “lo francés”, por un lado, y el carácter más racial, más rústico si se quiere, que pide la idea de “lo español” presente en la partitura. Y tampoco se debe dejar de indagar en los fascinantes aspectos oníricos, por momentos tenebrosos, que se esconden en los pentagramas, al tiempo que se ofrece el imprescindible toque festivo y se despliega una paleta sinfónica que también busca, todo hay que decirlo, llegar por la vía más directa y seductora a los sentidos: la del puro espectáculo sonoro.

No me ha resultado fácil realizar la siguiente comparativa. Algunas interpretaciones las he tenido que escuchar varias veces y, aun así, no me ha quedado del todo claro hasta qué punto funcionan. También es cierto que he leído por ahí recomendaciones a algunos críticos famosos que no me han convencido en absoluto. En cualquier caso, las siguientes notas pueden servir como aproximación a una discografía en la que, a mi entender, pocos directores han terminado de dar en la diana. Uno de ellos por encima de los demás, pero lastrado por orquestas que no son ninguna maravilla: Sergiu Celibidache. He dudado mucho si dejar a Previn/RPO y Barenboim en el nueve o subirles al diez; una nota intermedia quizá sea lo más justo.

Los cuatro movimientos de la obra, de los cuales el tercero no pertenece a las fechas arriba indicadas sino que se remonta a 1895, son lo siguientes:
  1. Prélude à la nuit.
  2. Malagueña
  3. Habanera.
  4. Feria. Assez animé.



1. Walter/Sinfónica de la NBC (Arbiter, 1940). Tiene su morbo escuchar al maestro berlinés, recién exiliado a EEUU huyendo del régimen nazi, poniéndose al frente de la orquesta de Toscanini para interpretar un repertorio en principio poco afín a su sensibilidad. Pero lo cierto es que la toma sonora, inevitablemente pobre para esta música, permite entrever a un Walter magníficamente encaminado en el estilo, lleno de buena voluntad y plagado de intuiciones propias de una gran batuta, al que solo le falta pulir una serie de detalles y otorgarle mayor unidad al conjunto. (8)



2. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Con la excepción de una Feria llena de vida, color y brillantez, el salzburgués se limita a hacer una exhibición de virtuosismo, equilibrio y refinamiento sin lograr transmitir la sensualidad y la atmósfera que emanan de los pentagramas. Tampoco la toma sonora le ayuda precisamente. ¿Por qué tantos se empeñan en reivindicar al Karajan de esta época? Luego fue mucho mejor director. (7)




3. Furtwängler/Filarmónica de Viena (DG, 1954). Tampoco era Furt un director que frecuentase precisamente este repertorio, pero el maestro deja aquí constancia su categoría como la más genial batuta de su tiempo con una recreación llena de misterio y de poesía, surcada por extrañas ráfagas de fuerza controladas por una técnica de batuta absolutamente magistral y, sobre todo, dicha con un sentido de la flexibilidad y la imaginación que ejemplifican de manera perfecta el concepto de la dirección de orquesta como “arte de la transición” (Barenboim dixit) que tenía el inolvidable director alemán. Lástima que entonces la orquesta tuviera por entonces sus más y sus menos. (8)


Ravel Rapsodia Monteux Boston

4. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1956). Una toma sonora increíble para la época –alucinante la audición en SACD, aunque haya que sufrir el tráfico rodado junto al Boston Symphony Hall– recoge esta interpretación llena de vida y de color, elegante en su punto justo, dicha con la adecuada concentración pese a que los tempi son más bien ágiles y trabajada con pinceles finos frente a una orquesta que, sin alcanzar en modo alguno el portentoso virtuosismo que tendrá en la época de Ozawa, era ya entonces espléndida. Falta un punto de sensualidad y atmósfera, pero eso lo ofrecerá el maestro francés en un acercamiento posterior. (9) 


Reiner Chicago Sound

5. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1956). Otra toma de calidad asombrosa nos trae a un Reiner sorprendentemente lento –al maestro de origen húngaro nunca le fue eso de dilatar los tempi– en Prélude à la nuit –que suena más contemplativo que inquietante– y en la sección central de Feria, pero lo cierto es que la morosidad no le permite conseguir del todo esa atmósfera sensual y seductora que esta música necesita y que al maestro no le resultaba muy afín. Tampoco resulta muy poético ni imaginativo. Sí que nos ofrece, eso desde luego, un espléndido sentido de lo teatral, una brillantez tan comunicativa como por completo ajena al escándalo gratuito y un soberbio trabajo de planificación –claridad impresionante, aunque algún detalle se le escapa– con una orquesta que ya entonces empezaba a ser extraordinaria. (8)


Ravel Rapsodia Ansermet

6. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1957). Tal vez parte de la sensación se deba a lo desangelado de la temprana toma estereofónica, pero lo cierto esta recreación resulta algo seca, nerviosa y deslavazada, incluso no del todo conseguida en el estilo, cosa extraña porque en aproximaciones algo posteriores del maestro suizo a este repertorio sí que conseguirá por completo ese particular perfume poético, atmosférico y evanescente, de lo que habitualmente conocemos como “lo francés”. Tampoco las resoluciones técnicas están realizadas con la mejor depuración sonora –lógico, la orquesta no es ninguna maravilla–, aunque aquí y allá pueda distinguirse algún detalle tímbrico poco habitual, como puede ser la trompeta en la primera sección de Feria. (7)


Ravel Rapsodia Barbirolli

7. Barbirolli/Hallé Orchestra (Criterion, 1958?). Interpretación atractiva por la incisividad con que está tratada la orquesta y por la garra de los momentos extrovertidos, pero en la que terminan pesando más las limitaciones de la orquesta, la falta de verdadero misterio y, sobre todo, el excesivo nerviosismo de un Sir John que no acierta con el tono poético de la partitura. La toma sonora es muy pobre. Solo para curiosos. (7)


Ravel Rapsodia  Monteux LSO

8. Monteux/Sinfónica de Londres (Decca, 1961). Nada menos que ochenta y seis años tenía el maestro parisino cuando realizó esta grabación, la verdad es que sin mucho acierto: su batuta se muestra muy centrada en el estilo pero irregular, pasando de un Preludio rápido y más bien aséptico a una Malagueña misteriosa pero algo pesadota y a una Habanera atmosférica y sensual, para terminar con una Feria con chispa, no del todo poética, en la que las tensiones se distribuyen de manera desigual; sorprendentemente seco el final de la coda. (7)

 
Ravel Rapsodia Cluytens

9. Cluytens/Orquesta de la Asociación de Conciertos del Conservatorio (EMI, 1962). suele decirse que este Ravel es uno de los más “auténticos” del disco, esto es, de los que mantienen viva la tradición francesa de la época de Ravel. Puede ser. A nivel tímbrico, la orquesta del Conservatorio de París ofrece una tímbrica distinta del sonido estándar que hoy impera a uno y otro lado del océano; singular, por cierto, el instrumento de madera grave que no sé si es el contrafagot o el sarrusofón prescrito por Ravel. A nivel propiamente interpretativo, la batuta del maestro flamenco recrea la obra de manera particularmente curvilínea, trabajando con mucha plasticidad los colores y consiguiendo ese sabor francés tan característico sin detrimento de recrear Feria con brillantez y garra de sabor más español. Ahora bien, a veces el fraseo es algo más parsimonioso de la cuenta –sobre todo en Malagueña–, y hay pasajes un poco rebuscados, faltos de la naturalidad y de la fluidez que otros directores en principio menos idiomáticos han resuelto con mayor lógica musical e inspiración. Excelente el reprocesado de 2011: si se escucha en el formato audio de alta calidad, se puede disfrutar de una toma sonora francamente satisfactoria para la época. (9)
 


10. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1963). El maestro de Budapest se toma las cosas con calma, paladea la música y la traza con una considerable dosis de sensualidad. No le termina de funcionar el enfoque en el primer número: se beneficia de los soberbios primeros atriles de la orquesta, pero Ormandy no matiza lo suficiente y a la postre resulta algo parco en misterio. La Malagueña, lenta y falta de impulso, resulta sin embargo atractiva por su carácter insinuante. Magnífica la Habanera, muy atmosférica. Feria encuentra el punto de equilibrio entre brillantez y sensualidad, sin dejarse llevar por los tópicos. Notable recreación, en definitiva, aunque hay que hacer constar que con el paso de los años se irán escuchando recreaciones de mayor transparencia, depuración sonora y brillantez. (8)



11. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1966). Adoptando unos tempi lentísimos que le facilitan realizar un soberbio, literalmente insuperable análisis de líneas y texturas, pero sin descuidar la tensión interna del discurso –la concentración es enorme–, el de Barletta ofrece una lectura extremadamente depurada en lo sonoro y abiertamente “antirromántica” en su estética: como en su Debussy de años atrás con la misma orquesta, su apuesta fue la de encontrar un lenguaje interpretativo propio para el repertorio impresionista que pusiera de relieve la novedad del lenguaje, y para ello puso el estatismo, el peso de los silencios y el distanciamiento expresivo por delante de otras consideraciones, pero sin olvidar esa mezcla de elegancia y naturalidad en el fraseo que caracterizan su batuta. Podrán preferirse lecturas más coloristas y animadas, pero esta es modélica en su línea. Extraño que cuando Giulini vuelva a la obra lo hará de manera distinta y mucho menos convincente. Impresionante el reprocesado de 2025: suena de escándalo. (9)

 
Martinon Chicago

12. Martinon/Sinfónica de Chicago (RCA, 1968). Pocos años antes de sus magistrales grabaciones de Ravel frente a la Orquesta de París, el maestro francés llevó al disco algunas piezas del referido autor frente a una Chicago Symphony ya formidable que, en conjunción con una batuta tan brillante como detallista, dio una verdadera lección de virtuosismo y precisión. Ahora bien, hay que reconocer que esta Rapsodia, siendo muy atractiva por su chispa y comunicatividad, sobre todo en Feria, resulta en exceso nerviosa en los movimientos impares; en este sentido, el Preludio y sus subsiguientes reapariciones ofrece excesiva agitación y desprende escasa sensualidad. Martinon se tomará la grabación en París con más sosiego en todos los movimientos y allí sí, con una orquesta mucho menos virtuosística pero más idiomática, los resultados serán formidables. (8)
 

Ravel Rapsodia Munch EMI

13. Munch/Orquesta de París (EMI, 1968). Valiéndose de unos tempi mucho más lentos que los de su versión en Boston (16’36’’ frente a 14’54’’) y de una orquesta menos brillante pero perfecta para este repertorio –admirables las maderas– como es la de París, un Munch de setenta y siete años da la absoluta lección de idioma con una lectura perfecta en el tratamiento del fraseo y del color, sensuales y embriagadores en grado sumo, que va desde un Preludio de atmósfera bien cargada y lleno de embrujo hasta una Feria elegante y con garra, pasando por una Malagueña dicha con salero y una Habanera de tan sutiles como magistrales matices agógicos. Quizá se podría sacar más partido del algún pasaje y aclarar un poco más las texturas, pero el conjunto es un verdadero paradigma de lo francés. La muy notable toma sonora, realizada en la célebre Salle Wagram, contribuye a cargar de atmósfera la realización. (9)
 
 
Ravel Boulez CBS

14. Boulez/Orquesta de Cleveland (Sony, 1969). El tópico tiene base: con Boulez nos encontramos ante un prodigioso análisis de timbres, texturas y planos sonoros, también con una enorme objetividad. Pero no se puede decir esta vez que la interpretación sea fría, porque tiene vida y tensión interna. En todo caso, distanciada y misteriosa antes que sensual, perfumada o chispeante. No es el ideal, pero desde semejante prisma resulta irreprochable. (8)
 
 
Ravel Rapsodia Haitink CD

15. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1973). Perfecto organizador de la arquitectura, exacto y objetivo probablemente hasta el exceso, al maestro holandés no se le mueve un pelo en esta recreación admirablemente planificada y soberbiamente tocada, dicha con la sensibilidad apropiada y con el más exquisito gusto, pero un tanto falta de alma, de vida, o al menos de sal y pimienta. A destacar, en cualquier caso, el carácter especialmente obsesivo que adquieren el Preludio y la Habanera bajo la batuta de Haitink; en el lado negativo, la sección central de Feria, resulta demasiado parsimoniosa. La toma sonora no posee la mejor tímbrica posible, pero sí una amplia gama dinámica. (8) 
 
 
Ravel Rapsodia Bernstein NYP

16. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1973). Interpretación de excelente trazo global, aunque más atenta a la comunicatividad que al detalle, más emocionante que sensual o atmosférica, pero en todo caso muy notable. Pierde un poco el último movimiento, que podría ser más emotivo y también más cuidadoso en las texturas. La portada del vinilo original es de traca. (8)
 
 
Ravel Rapsodia Ozawa

17. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1973?). Con Ozawa al frente de una Boston Symphony de cualidades excepcionales alcanzamos el cénit en lo que a elegancia y refinamiento en el tratamiento de colores y texturas se refiere, verdadero punto fuerte del maestro oriental, como lo es también su fraseo sinuoso y fluido, ideal para esta música, amén de su espléndida capacidad concertadora. Ahora bien, el Preludio resulta nervioso antes que atmosférico, mientras que Feria cae puntualmente en el escándalo gratuito. (9)


 

18. Martinon/Orquesta de París (EMI, 1974). Impagables las maderas francesas en una lectura caracterizada precisamente por su cuidadoso y absolutamente idiomático tratamiento de colores y texturas, además de por la perfecta conjunción que consigue la batuta entre elegancia, sentido del misterio y fuerza expresiva; el Preludio resulta algo más nervioso de la cuenta –no tanto como en su grabación con Chicago, desde luego–, pero el resto es formidable y culmina con una Feria particularmente extrovertida y colorista. (9)


Ravel Rapsodia Skrowaczewski

19. Skrowaczewski/Orquesta de Minnesota (1974). Verdadera sorpresa escuchar una interpretación tan notable en este repertorio a un director como Stanislaw Skrowaczewski –cincuenta y un años por entonces, y todavía hoy en activo–, tan centrada en el estilo y tan certera a la hora de ofrecer sensualidad embriagadora. Eso sí, su lectura es algo más brumosa de la cuenta –puede influir la grabación- y se echa de menos una disección más detallada de las texturas. Tampoco las tensiones están del todo aquilatadas: algo alicaída la Habanera. (8) 
 
 
Ravel Rapsodia Celibidache DG

20. Celibidache/SWR Stuttgart (DG, 1976). Otro mundo. El maestro rumano fue un genio del color, de la plasticidad orquestal, de la sensualidad y de la atmósfera, lo que le convertía en un intérprete ideal de este repertorio aunque fuera al frente de orquestas tan limitadas como la de Stuttgart. Fue además un músico personal y creativo como pocos, que cuando lograba no sucumbir a sus propias extravagancias o no se empeñaba en experimentos estilísticos muy discutibles, alcanzaba cotas inigualables de genialidad. Es el caso. En el Preludio, llevado con lentitud extrema sin merma alguna de la concentración, Celibidache subraya los aspectos más modernos de la música emparentándola con la abstracción debussysta: por momentos parece que estamos escuchando el primer movimiento de los Nocturnos. Malagueña está dicha con fluidez y mucho salero. Habanera derrocha un perfume embriagador. Y Feria es una explosión de colorido y alegría –podía estar un poco más paladeada melódicamente– dicha con pinceles muy finos y una gran matización en las dinámicas. En este sentido, es una suerte que el reprocesado realizado por DG respete la amplia gama de la toma radiofónica, aunque en cuestión de planos sonoros ésta diste de ser precisamente una maravilla. (10)
 
 
Ravel Rapsodia Muti

21. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1979). Un verdadero ejercicio de virtuosismo por parte de orquesta y director donde se revelan interesantes detalles de la orquestación, pero en el que se echan en falta mayor sensualidad y sentido del misterio, así como mayor imaginación y personalidad. No es lo mejor del maestro italiano en el repertorio impresionista. (8) 



22. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). El de Barletta nos ofrece una interpretación perfecta en el estilo, depurada en lo sonoro y de expresividad exquisita pero no por ello escasa en sal y pimienta, en la que sorprende un primer movimiento mucho antes nervioso que lleno de brumas –acertadas intervenciones de las maderas– y defrauda una coda más bien precipitada, incluso un punto ruidosa. (8) 
 

Ravel Rapsodia Maazel Francia

23. Maazel/Orquesta Nacional de Francia (Sony, 1981). Interpretación elegante, de trazo fino y perfume francés conseguido más en la levedad bien entendida con que suena la orquesta, obviamente jugando en casa, que en lo que a sensualidad y atmósfera embriagadora se refiere. En este sentido, la interpretación resulta más luminosa y colorista que sensual, seductora y llena de misterio. Sobra, además, algún amaneramiento en Malagueña. (8)
 
 
Ravel Rapsodia Dutoit

24. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1981). El maestro suizo no es probablemente un director genial, pero sí un intérprete de Ravel de considerable altura, como demuestra en esta Rapsodia admirablemente idiomática, dicha ya que no con particular creatividad o inspiración, sí con entusiasmo bien controlado, exquisito gusto, apreciable comunicatividad y irreprochable equilibrio entre trazado global –nada de nerviosismo aquí– y atención al detalle, todo ello contando con la complicidad de una estupenda Sinfónica de Montreal a la que hace sonar con levedad, refinamiento y sensualidad en su punto justo. Excelente la toma. (9)

 

25. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1985). Interpretación vistosa pero muy superficial, dicha de pasada, fuera de estilo, sin sensualidad, sin misterio y sin todo el refinamiento deseable. Solo se salva Feria: aun con las mismas insuficiencias, luciendo brillantez y entusiasmo que en el final terminan convirtiéndose en efectismo. La grabación podía ser mejor. (6)
 
 
Ravel Rapsodia Previn RPO

26. Previn/Royal Philharmonic (EMI, 1985). Lenta, introvertida y atmosférica recreación, de gran refinamiento tímbrico y admirable claridad, llevada siempre con elegancia y un gran olfato para el “embrujo” seductor, consiguiendo empaque sinfónico en el último movimiento sin dejarse llevar por la brillantez ni el decibelio, y eso que la gama dinámica es muy amplia y está muy bien recogida. (9)



27. López-Cobos/Sinfónica de Cincinnati (Telarc, 1988). Interpretación bien trazada, cuidadosa y dicha con buen gusto, pero un tanto escasa de atmósfera, de sensualidad y de vuelo poético. También bastante impersonal, a decir verdad. Los efectismos de la toma sonora en Feria no pueden ocultar la etiqueta de “Made in USA”. (7)


Ravel Rapsodia Karajan DDD

28. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1987).  Karajan demuestra su absoluto dominio de la orquesta con una interpretación de una exactitud y perfección técnica impecables, de sonoridad hermosa, refinada en el mejor de los sentidos, brillantísima –sin excesos– cuando debe y trazada con enorme fluidez, pero en el plano creativo el salzburgués resulta un tanto desconcentrado –Preludio– e indiferente, incapaz de destilar toda la poesía que proponen los pentagramas, y cuando aparece algún detalle personal aislado –Malagueña– se consigue más rebuscamiento que inspiración. La toma sonora es portentosa. (8)


Ravel Rapsodia Svetlanov

29. Svetlanov/Orquesta Sinfónica Académica del Estado (Russian Disc, fecha indeterminada). Una toma sonora plagada de deficiencias apenas impide disfrutar de esta recreación muy sugestiva, de carácter curvilíneo y tímbrica mucho más refinada de lo esperable en una orquesta rusa, que triunfa en una Habanera muy sensual y cojea por una Feria alicaída en las tensiones. (8)



30. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1991). Pocas veces se ha tocado esta partitura con semejante perfección y ha sido recogida con semejante naturalidad y transparencia, sin necesidad de meter los micrófonos encima de cada instrumento y logrando una enorme espectacularidad sin darle excesivo relieve a la percusión. Todo ello, además, con limpieza asombrosa y un brillo en el agudo insuperable. Barenboim ofrece enorme concentración en el Preludio –impresionante el regulador con que se abre–, se desenvuelve con tanta elegancia como sentido del misterio en los dos siguientes números y triunfa por completo en una Feria llena de garra, de chispa y de sentido español, pero trazada con pinceles y cantando sus melodías con naturalidad y efusividad admirables. Falta un último punto de sensualidad y de creatividad, pero el virtuosismo de los “chicagoers” compensa semejantes limitaciones. (9)


Ravel Rapsodia  Boulez Berlín

31. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Al frente de una orquesta sensacional, superior sin duda a la Orquesta de Cleveland de los sesenta, Boulez no repite su grabación anterior sino que, aun siempre desde su proverbiales objetividad y distanciamiento, aporta parámetros nuevos. En este caso, unos tempi considerablemente más lentos –sobre todo en la Habanera: 3’27'' frente a los 2’42’’ de entonces– que permiten una claridad analítica todavía mayor, hasta el punto de revelarse detalles que apenas podemos percibir en otras interpretaciones, pero también hacen que el resultado sea algo parsimonioso y se pierdan vitalidad e inmediatez. A la postre, aquí sí se puede hablar de la frialdad del músico francés. La toma sonora es una de las mejores que haya recibido esta obra en disco compacto. (8) 
 
 
Ravel Rapsodia Celibidache Munich

32. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Blu-ray Euroarts, 1994). El espectacular juego agógico y dinámico de los primeros compases, un prodigio tanto de técnica de batuta como de atrevimiento, ya deja bien claro que nos vamos a encontrar una interpretación muy especial. Y así es. Desarrollando con mayor finura y sensibilidad, también mayor atrevimiento, las ideas ya presentes en su grabación en Stuttgart, Celi ofrece una lectura lentísima y personalísima, matizada hasta el límite, de prodigiosa tímbrica, elevada sensualidad y desarrolladísimo sentido del misterio, bordeando a veces el amaneramiento –Habanera–, pero haciendo al mismo tiempo reveladores descubrimientos. El perfume español está plenamente conseguido sin caer en tópicos. Admirables los solistas, aun tocando, como toda la orquesta, al límite de sus posibilidades. (10) 
 
 
 Ravel Rapsodia  Maazel Viena

33. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1996). De nuevo el maestro de origen francés hace gala de una prodigiosa combinación de elegancia, claridad, refinamiento y sentido del color, ofreciendo texturas aéreas y unas veladuras sorprendentes con la que tiene mucho que ver la sonoridad de la increíble orquesta vienesa. Su enfoque, tiene además salero y brillantez, aunque sea más festivo que otra cosa y pase un poco de largo ante los pliegues más inquietantes de la obra: se echa de menos mayor atención a la atmósfera y a las sonoridades graves. Hay por otra parte algún que otro amaneramiento marca de la casa, sobre todo en Feria: las languideces “de siesta” suenan un poco forzadas. (9)


Ravel Rapsodia Previn LSO

34. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1997). André Previn vuelve a demostrar un increíble dominio de la orquesta en colores, texturas y volúmenes sonoros –interesantes reguladores en el Preludio–, y acierta por completo a la hora de poner de relieve los aspectos inquietantes de la partitura, pero en comparación con su lectura con la Royal Philharmonic se ha perdido un punto de sensualidad; incluso en Feria hay una relativa caída de tensión en su sección central. La toma sonora, portentosa. (8)



35. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, San Silvestre 1997). Refinamiento y sentido del color son dos de las grandes virtudes de Abbado, que lucen plenamente en esta más que notable recreación en la que la fabulosa orquesta despliega todo su potencial tanto técnico como expresivo. Los resultados son abiertamente superiores a los que el maestro consiguió junto a la Sinfónica de Londres, sobre todo porque ahora la batuta sí que acierta a la hora de destilar sensualidad y atmósfera. Una pena que por momentos bordee el decadentismo y que en Feria, aun siendo quizá lo mejor de su recreación, tienda al exceso efectista. El audio de la filmación se ve afectado por una molesta compresión dinámica. La versión en CD no presenta este problema, pero tampoco es ninguna maravilla técnica. (8)


  

36. Barenboim/Filarmónica de Viena (VPO, 2005). Catorce años después de su grabación en Chicago, Barenboim vuelve a resultar concentrado y un punto siniestro en el Preludio, elegante sin amaneramientos en Malagueña, muy atmosférico en Habanera –claramente más lenta que antes– y brillante en una Feria ahora algo más rápida (¿un punto precipitada en el arranque?) y quizá todavía más garbosa y chispeante. La toma sonora en vivo, realizada en la Musikverein vienesa el 23 de octubre de 2005, no es ni mucho menos la que realizó el sello Erato. (9)


Ravel Rapsodia Van Immerseel

37. Van Imerseel/Anima Eterna (Zig-Zag, 2006). Ravel con instrumentos originales. Originales de cuándo, habría que preguntarse, tratándose de una obra de 1908. Vale, es cierto que por aquel entonces todavía se utilizaban cuerdas de tripa y que hay fuertes discusiones entre los estudiosos acerca de cómo se aplicaba el vibrato, pero lo cierto es que en este disco las diferencias no son ni mucho menos tan importantes como en otros repertorios: hay aquí y allá algunos detalles tímbricos novedosos –madera grave– que pueden resultar muy atractivos, pero lo cierto es que este Ravel, y esta Rapsodia en concreto, es en gran medida la que todos conocemos. En cualquier caso, lo importante aquí es que el tantas veces aburrido Van Immerseel se muestra muy afín al lenguaje raveliano, dirige con sensatez y buen gusto y acierta en las diferentes atmósferas expresivas –por ejemplo, el carácter obsesivo de Habanera– que propone la partitura, aunque sin terminar de calar a fondo en todas sus posibilidades poéticas. Modélica la labor de los ingenieros de sonido. (8)

 

38. Josep Pons/Nacional de España (DG, 2011?). Interpretación de irreprochable idioma impresionista, muy cálida, sensual y difuminada, rica en el color, dicha con elegancia y trazada con pinceles finos. Por desgracia la flacidez, la carencia de tensión interna, se convierte en protagonista, al tiempo que en el segundo movimiento molesta alguna frase en exceso amanerada y la sección central de Feria cae abiertamente en la blandura. Hay que destacar, no obstante, el espléndido trabajo de las maderas de la Nacional en un Preludio muy bien paladeado y de gran plasticidad. Efectista el final. (7) 



 39. Juanjo Mena/BBC Philharmonic (YouTube, BBC Proms 2011). El maestro vasco trabaja con pinceles finos, buena atención a las líneas instrumentales y apropiado refinamiento en la tímbrica, luciendo además buen pulso y sabiendo no caer en la blandura ni en la evanescencia excesiva, pero su aproximación resulta demasiado rápida y nerviosa, carece de la suficiente sensualidad, y está pensada de cara a la galería en el cuarto movimiento. La retransmisión televisiva tiene una dinámica chata. Lástima que haya desaparecido el vídeo. (7)

 
Ravel Rapsodia Slatkin

40. Slatkin/Orquesta Nacional de Lyon (Blu-ray audio Naxos, 2011). Resulta difícil entender por qué el sello Naxos ha lanzado estos registros en Blu-ray Audio, porque ni la grabación, difusa y sin cuerpo, tiene mucha potencialidad de la que hacer gala, ni las interpretaciones pasan de una discreta corrección a la que le falta mucho en cuestión de colorido, de matices y de inspiración para rivalizar con la mucha competencia que hay en el mercado. Aquí resulta particularmente flojo el Preludio; el resto, eficacia de brocha gorda. (5)
 
 

41. Barenboim/Orquesta del West-Eastern Divan (Peral Music, Teatro Colón, 3 agosto 2014). El enorme desarrollo de la sensualidad que ha conocido el maestro porteño en estos últimos años le ha permitido conseguir un pleno dominio del idioma raveliano más ortodoxo, incluyendo una apreciable delectación melódica y elevada atención a las texturas difuminadas. Por eso mismo su visión de la obra es menos personal, digamos que menos negra, que en su recreación con la Filarmónica de Viena, pero también es más indiscutible y, habida cuenta de su buen sentido de la atmósfera y la asombrosa plasticidad con que manera a una orquesta plenamente entregada a él –pero que no es comparable a Chicago o Viena–, ciertamente magnífica. Lástima que la toma no sea mejor. (9)

 


42. Barenboim/Orquesta del West-Eastern Divan (YouTube, BBC Proms 2014, actualmente no disponible). Interpretación unos días posterior a la de los mismos intérpretes en el Teatro Colón, con similares resultados. Es decir, admirables. (9) 



43. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts y Digital Concert Hall, 31 diciembre 2018). El de Buenos Aires vuelve a demostrar cómo ha mejorado su dominio del idioma del impresionismo –mucho más sensual ahora que en los tiempos de Chicago, también más hábil a la hora de manejas texturas–, solo que ahora con una orquesta no solo muy superior a la WEDO, sino sencillamente insuperable en la que uno no puede dejar de rendirse de asombro tanto en lo que se refiere a su sonoridad global, modelada con singular plasticidad por una batuta de técnica portentosa, como a la contrastada calidad de todos y cada uno de sus solistas. A destacar el sutilísimo tratamiento de las dinámicas gracias a unos reguladores verdaderamente mágicos y a como Barenboim es capaz de revelar, ralentizando el tempo y con la complicidad de los grandísimos Emmanuel Pahud y Albrecht Mayer, fascinantes posibilidades en algún pasaje del cuarto movimiento. (10)



44. Barenboim/Orquesta del West-Eastern Divan (Medici TV, 2022). El maestro insiste una vez más en una muy paladeada recreación en la que se suman de manera magistral, como en ninguna otra de sus recreaciones anteriores, la atmósfera cargada y la negrura con que suele abordar la página y ese sentido expresivo del color, esa sensualidad y ese idioma raveliano que solo ha conseguido en los últimos años. Siendo excelsa la inspiración de la batuta, la lectura pierde un poco por la sonoridad global de la orquesta, en absoluto comparable a la Filarmónica de Berlín, si bien sus asombrosos primeros atriles realizan una labor no menos matizada y certera en la expresión que la de sus colegas. (9)

jueves, 21 de mayo de 2026

Sinfonía nº 6 de Mahler: discografía comparada

ACTUALIZACIONES

21.V.2026

Se suben al carro Tennstedt, Bertini, Saraste y Dudamel.


19.VII.2024

Cuatro registros más: George Szell, Seiji Ozawa, Andris Nelsons/Viena y Lahav Shani.


12.VII.2022

Esta entrada se publicó inicialmente el 6 de septiembre de 2020. Añado ahora las grabaciones de Abbado/Chicago, Maazel/Viena y Boulez/Staatskapelle de Berlín. Esta última tiene para mí un cierto valor sentimental, porque poco más tarde escuché la obra en directo a los mismos intérpretes en La Scala.
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La Sexta es mi favoritas de las sinfonías de Gustav Mahler. Quizá debería especificar. La primera me gusta y me aburre a ratos hasta llegar al último movimiento, que me parece un monumental ladrillo. En la Segunda me atrapan el primer y tercer movimiento; bastante menos el resto. La Tercera me parece vacía y cursi, pese a las bellezas que contiene. Me gustan mucho Cuarta y Quinta. La Séptima me parece que va de lo genial a lo insoportable. Bastante trabajo me cuesta escuchar la Octava. La Novena me interesa muchísimo y la Décima me fascina irremisiblemente. Luego está La canción de la Tierra, claro: para mí, una de las obras maestras absolutas de toda la Historia de la Música.

Pero entre las sinfonías oficiales creo que la Sexta es la mejor de todas, aquella en la que el despliegue de medios, enorme, no es un fin en sí mismo sino una manera de conseguir unos determinados fines expresivos que, al contrario que en otras páginas del autor, resultan por completos sinceros. La "Trágica" no resulta, ciertamente, menos extrema en sonoridades y en estados anínimos, menos teatral ni menos contrastada que la mayoría de las del autor, ni deja de situarse en ese universo en el que lo culto y lo popular, lo refinado y lo vulgar, lo apolíneo y lo grotesco, la vida y la muerte se integran en un todo único e inclasificable. Pero sí que lleva todo ello a la práctica de manera mucho más convincente.

De la cuestión del orden de los movimientos internos ya los expertos mahlerianos han hablado bastante. Personalmente prefiero el orden Andante Moderato-Scherzo, pero no me parece en absoluto desacertado hacer Scherzo-Andante Moderato, que es lo que deciden maestros no precisamente desconocedores de este universo musical como Bernstein o Chailly. Este último aporta una interesantísima reflexión: si el Scherzo se coloca después del Allegro inicial, hay que hacer desde el podio un importante esfuerzo para diferenciar el carácter de ambos movimientos, lo que significa que hay que hacerlo todavía más virulento y alucinado de lo que es. Es precisamente por eso por lo que el firmante de estas líneas se decanta por la otra opción, y también porque creo que así la obra adquiere mayor lógica interna: el carácter demoníaco del Scherzo, su feroz y nihilista rabia, no sería sino consecuencia del dolor que brota a borbotones del Andante Moderato.

 

1. Horenstein/Filarmónica de Estocolmo (Unicorn, 1966). Una versión absolutamente idiomática y no exenta de fuerza, garra y dramatismo, pero que sorprende porque la batuta se toma las cosas con calma, paladeando las melodías y desgranando con cuidado el entramado orquestal. En cualquier caso los dos primeros movimientos no llegan a ser magistrales. Sí lo es el Andante moderato, bellísimo y de desgarrador lirismo. El cuarto es impresionante, y aunque su clímax final pierde un poco de fuerza, su coda es particularmente terrorífica y abrumadora. Lástima que la orquesta se quede muy corta. (9)

 

2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1967). Extrovertida, impetuosa y contrastada interpretación, muy alejada de lo decadente, que alcanza sus mejores momentos en un cálido y emocionante Andante moderato, pero que flaquea por un primer movimiento precipitado y con cierto tono festivo. Se echa de menos, además, un mejor análisis del entramado orquestal y mayor creatividad, así como una orquesta más segura. (7)



3. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (Testament, 1967). Justo un día antes de meterse en el estudio de grabación, Barbirolli y la orquesta de Klemperer ofrecieron en los Proms su particular visión de la obra. Pese a que el arranque parece anunciar todo lo contrario, los tempi son en vivo bastante menos dilatados que los del registro oficial de EMI –diferencia de dos o tres minutos en cada movimiento–, pero el concepto es el mismo, asombrándonos la manera que tiene el maestro de combinar holgura en el fraseo y una extraordinaria cantabilidad –memorable el Andante Moderato, ubicado en segundo lugar– con la tensión dramática que necesita la obra, atendiendo no solamente a las explosiones sonoras sino también, y mucho, a las atmósferas y texturas genialmente desplegadas por el compositor, siempre desde esa óptica dramática, oscura y opresiva que es de esperar en el maestro británico en este y en otros repertorios. Eso sí, las imperfecciones de ejecución propias del directo y, sobre todo, la muy discreta toma sonora –circunstancia inevitable en los Proms, al menos por aquellos años– deja este registro reservado a los mahlerianos más acérrimos y a los especialmente interesados en el arte de Sir John. (10)

 

4. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (EMI, agosto 1967). Ahora sí, en estudio y con una toma sonora de mucha altura para la época, Sir John logra plasmar perfectamente su concepto de la obra. Un concepto muy distinto a aquel del que hacía gala Bernstein en Nueva York tan solo unos meses atrás: frente a la espontaneidad, la frescura e incluso el goce de vivir, de escuchar y hasta de sufrir del que hacía gala Lenny en la primera –y menos madura– de sus aproximaciones discográficas, frente a aquél sensualísimo despliegue de hedonismo dionisíaco, aquí lo que nos encontramos es ante una aproximación despojada y rigurosa, sin rastro de emotividad pero cargadísima de tensión dramática ya desde un primer movimiento lento e implacable, voluntariamente alejado de la incandescencia épica, sin rastro de carácter festivo, lleno de malos presagios. El Andante moderato –ubicado por deseo expreso de Barbirolli en segundo lugar, aunque la primera edición en compacto hiciera caso omiso de esta voluntad– resulta tan intenso y lacerante como ajeno al humanismo panteísta de Bernstein. En el Scherzo se subrayan los aspectos expresionistas, sin cargar las tintas en la corrosividad y sin caer en la esquizofrenia: venir después del Andante moderato facilita las cosas en este sentido, pues no es imprescindible subrayar unos contrastes que de esta forma quedan bien marcados. El movimiento conclusivo, encendido, sin exhibicionismos y siempre bajo rigurosísimo control; implacables a más no poder, realmente escalofriantes, los redobles finales de timbal, que no dejan ni un solo ápice de esperanza. En cualquier caso, lo que más maravilla en esta lectura es el increíble trabajo de análisis orquestal que realiza el maestro: seguramente ni con Boulez se ha alcanzado grado semejante de claridad de líneas y de atención a las texturas como el que aquí realiza el maestro, siempre en perfecta complicidad con una orquesta en estado de gracia que suena en sus maderas (¡bien entrenadas por su titular Otto Klemperer!) y sus metales con una particular incisividad que, sin llegar a ser hiriente, no da lugar a concesiones ni a la belleza sonora ni a la brillantez más o menos retórica. En fin, una experiencia. La remasterización de 2020 es soberbia, pese a que evidencia el carácter algo metálico de la toma. (10)


5. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1967). El maestro de origen húngaro fue siempre un enorme intérprete de Mahler, y aquí lo deja claro en una interpretación no solo todo lo bien organizada, diseccionada y expuesta que era de esperable de la conjunción de su batuta con tan formidable orquesta, sino también llena de fuerza dramática, de sinceridad y de congoja, sumando a todo ello el adecuado componente de ironía. Una pena que el Andante moderato –en tercera posición– resulte intenso y lacerante, cierto es, pero también muy falto de ese carácter contemplativo, esa sensualidad y ese vuelo poético que también necesita. Buena toma en vivo, muy bien reprocesada en alta definición. (8)

 

6. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1968). No puede comenzar peor esta interpretación, no solo precipitada y nerviosa, sino también carente de fuerza. La sensación de amenaza y fatalismo que debe llegarnos ya en los primeros compases se ve sustituida por la histeria. Ni siquiera la naturalidad en el fraseo, la lógica constructiva que caracterizaba a ese gran director que fue Kubelik hace acto de presencia: todo el primer movimiento resulta atropellado y machacón, amén de escasamente matizado. A continuación viene el Scherzo: su carácter alucinado queda bien expuesto gracias a un soberbio tratamiento de las maderas, pero a la postre los problemas siguen siendo los mismos. Muchísimo mejor el Andante moderato: no se puede decir que resulte agónico ni visionario, pero aquí el maestro sí que puede desplegar su lirismo transparente, cálido y por completo ajeno a la afectación. En el Finale se alternan momentos francamente buenos con otros precipitados, incluso no del todo bien planificados: no se explica que al último gran clímax se llegue sin fuerza y tras él no se sienta el abismo. La orquesta, por su parte, lo pone todo en el asador, pero no puede disimular que su nivel –sobre todo el de los metales– no es en modo alguno el de hoy. Tampoco a la toma sonora, sensatamente restaurada en HD, logra ocultar sus deficiencias de origen. (7)

 

 

7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). La ocasión ideal para que el maestro, totalmente en su salsa, hiciera rugir a la orquesta como nunca lo había hecho, lanzándose en plancha al caleidoscopio de ritmos y timbres propuestos por el compositor, acumulando decibelios sin el menor complejo, subrayando todas las aristas tímbricas posibles (¡virulentas a más no poder las maderas, increíbles los metales de la CSO!) y fraseando con una electricidad y una vehemencia implacables, todo ello con una furia y una ferocidad que convierten a esta obra más que nunca en una carrera al abismo. Ahora bien, que nadie se piense que esta es una interpretación lineal, plana o de trazo grueso, porque la flexibilidad en el fraseo y la riqueza de matices están garantizadas, por no hablar con la pasmosa claridad con que la batuta trata el complejísimo entramado orquestal. Tampoco anda escasa de concentración, porque aunque haya nervio en cantidad, Sir George sabe remansarse cuando debe, tanto en los pasajes líricos intercalados entre las grandes explosiones sonoras como en un Andante moderado –ubicado en tercer lugar– dicho con cantabilidad suprema e irresistible emotividad. Ni es una versión externa, porque la sinceridad de los sentimientos, arrebatadísimos, se pone por encima del deslumbrante espectáculo sonoro. Que un servidor, y probablemente la mayoría de la tribu mahleriana, nos quedemos con los logros irrepetibles de un Barbirolli o un Bernstein en esta partitura –ellos van con menos prisa, paladean mejor la música, atienden más a las atmósferas– no es menoscabo para que este registro sea un perfecto ejemplo del arte de un enorme maestro. (9)

 

8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975-77). No creo que tenga nada que ver con las desigualdades de esta interpretación el hecho de estar grabada en dos años distintos, sino más bien con la personalidad artística de Karajan y su falta de sintonía con la música de Mahler. Ya el arranque nos pone en alerta: suena a banda sonora del Hollywood clásico. Efectivamente, el Allegro inicial resulta bajo la batuta del de Salzburgo, ante todo brillante y épico, por momentos luminoso e incluso triunfalista, también más rápido de la cuenta, en contraste con momentos líricos paladeados con esa placidez algo complaciente que tanto le gustaba al maestro. Pero de angustia y sentido de lo opresivo, nada de nada. El Scherzo se encuentra magníficamente tratado en sus aspectos más expresionistas, con virulencia e incisividad sin necesidad de caer y pintorescos de la página. El Andante moderato, siempre que se acepte un enfoque apolíneo, es espléndido: dicho con el tempo justo, enorme cantabilidad y subyugante belleza sonora, pero sin rastro del narcisismo, el amaneramiento o la languidez contemplativa que con semejante director podíamos esperar. El Finale es desconcertante a más no poder. Arranca sin suficiente fuerza, concluye sin negrura –aunque el “golpetazo” final es tremendo– y hacia el minuto 22 ofrece un clima épico de una brillantez exhibicionista completamente equivocada que recuerda al cuarto movimiento de la Primera sinfonía del autor; pero por medio hay tantos momentos de empuje, de tensión dramática, tratados con tal sentido del color y de las texturas, con pinceles tan exactos y capaces de toda clase de refinamientos bien entendidos, que uno no puede más que descubrirse ante el tremendo espectáculo sonoro propuesto por Karajan. (7)

 

9. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1976). Nueve años después de su grabación en Nueva York, Lenny repite al frente de una orquesta muy superior –y mahleriana al cien por cien– el mismo concepto. Es decir, un primer movimiento en exceso rápido –tanto como la otra vez: el resto de los movimientos se los toma con más calma– y con un punto festivo que no le conviene, pero globalmente una interpretación llena de extroversión y goce dionisíaco, apasionadísima, extremadamente sincera y comunicativa a más no poder, irresistible en el ritmo, riquísima en el colorido, capaz de ofrecer los contrastes expresivos extremos que pide la partitura sin caer en la esquizofrenia ni en el amaneramiento, atenta tanto al pasado romántico como al futuro expresionista, dicha de un solo trazo… Todo un huracán de emociones que alcanza su culmen en un memorable Andante moderato –en tercer lugar–, para después ofrecer un movimiento conclusivo que es puro fuego y no deja un momento de respiro: en su siguiente grabación con la misma orquesta lo dirá con mayor amplitud sin perder garra. En cualquier caso, lo que interesa es la posibilidad de ver a Bernstein en la que es una de las actuaciones escénicas –soberbia filmación en celuloide de Humphrey Burton– más memorables de su carrera. Ver cómo usa todo su cuerpo para explicar la obra –tremendo verle canturreando, al borde de la lágrima, en el Andante Moderato– es toda una experiencia. Por eso mismo, y aun viéndose lastrada por una toma sonora que no está a la altura, considero esta versión como la más recomendable para quien se acerque por vez primera a esta prodigiosa creación mahleriana. (9)



10. Kondrashin/Filarmónica de Leningrado (Melodyia, 1978). Lectura muy personal, viril y épica, ajena por completo a lo decadente, pero algo superficial y no muy dramática. El primer movimiento es rápido e implacable, pero se le puede sacar bastante más partido. El scherzo resulta caprichoso en los tempi, en general precipitadísimos, y además carece de sarcasmo. El Andante moderato es emocionante, sin que termine de olerse la tragedia. El cuarto está bastante bien, pero los clímax no son todo lo desgarradores que debieran. La orquesta es espléndida, y la toma bastante mejor de lo esperable. (7) 


11. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1979-80). Este es el Abbado de los buenos tiempos, lejos de las ligerezas, ingravideces y blanduras que lastrarán sus posteriores acercamientos a la partitura. Cierto es que su enfoque no posee especial carácter dramático ni apuesta por la visceralidad, pero la implacable tensión dramática que inyecta –siempre bajo un estricto autocontrol, nada de precipitaciones–, la convicción expresiva que desprende su batuta y el asombroso virtuosismo con que trabaja a la fabulosa orquesta –tremendo el Scherzo, colocado en segundo lugar– terminan ganando la partida. Gran sonido en el formato Dolby Atmos que ofrecen algunas plataformas. (9)

 

12. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1982). Era una “deuda histórica” que la Wiener Phiharmoniker grabara, más allá de los contados registros aquí y allá con diversos directores, un ciclo completo de las sinfonías de Mahler. Lo hizo con un Lorin Maazel convertido en titular de la Ópera de Viena. Los ingenieros del sello CBS no estuvieron del todo a la altura de las circunstancias, al menos en esta Sexta de magnífica ortodoxia, dramática sin necesidad de cargar las tintas, riquísima en la tímbrica, elegante y muy vienesa cuando debe –trío del Scherzo–, de gran intensidad en los clímax del Andante moderato, y negra a más no poder en la conclusión. Ya tendrá tiempo el maestro, en su ancianidad, de ofrecer lecturas más personales y abrumadoras. (9)


13. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1983). Los primeros minutos no solo atrapan: entusiasman. Es un placer escuchar un Mahler así, directo e implacable, por completo ajeno a preciosismos, chirriante en la sonoridad y con el dramatismo en los huesos. Por desgracia, poco a poco van quedando al descubierto algunas insuficiencias. El maestro atiende mucho más a la globalidad que al detalle, no realiza un análisis de texturas minucioso y en su fraseo se muestra en exceso inflexible, poco natural e incluso precipitado. Gusta mucho, en cualquier caso, lo expresionista del enfoque. Este se mantiene en el Scherzo, sin que el movimiento acabe de funcionar: sobran prisas y machaconería, faltan transiciones más cuidadas, se necesita un mayor contraste expresivo. De manera coherente con lo hasta ahora planteado, el Andante moderato no resulta particularmente bello, ni contemplativo ni sensual, ofreciendo a cambio una apreciable intensidad y picos muy lacerantes. Vuelta al expresionismo radical en el Finale, pero esta vez con un trazo más natural, sin atosigamientos y con altísimo voltaje dramático. La orquesta pone toda la carne expresiva en el asador, pero –vamos a reconocerlo– se queda bastante corta. Podría ser mejor la toma, quizá una de las últimas realizadas en el desaparecido Kingsway Hall londinense. (8)



14. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1984). Admirable siempre el Mahler de Gary Bertini: sensato, moderado en el mejor de los sentidos, directo al grano, por completo ajeno a excesos y blanduras, pleno de musicalidad y muy bien realizado. Todas estas características pueden percibirse en el movimiento inicial, modélico en este sentido aunque alejado del carácter visionario de las más grandes realizaciones. Viene a continuación el Scherzo, con el cual el maestro israelí no busca el contraste haciéndolo alucinado y expresionista. Más bien va lento, explora atmósferas, potencia las secciones poéticas y, de paso, aprovecha para realizar una disección magistral del tejido sinfónico. Hermosísimo, muy lírico y en buena medida panteísta, mucho antes que agónico, el Andante moderado. Muy bien el Finale, solo eso: al clímax ante de la sección conclusiva se le podría sacar mayor partido, como también a la disolución. Muy bien la orquesta, atendiendo el maestro de la manera particular a las posibilidades expresivas de la tímbrica. (9)


15. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1986). Armado de un refinadísimo sentido del color y de un fraseo efervescente que en principio podría resultar muy atractivo, el maestro veneciano ofrece una interpretación desconcertante y extremadamente irregular en la que parece empeñado en ser más original que nadie. Una retención de tiempo por aquí, un regulador por allá, unas trompetas –entiendo que de manera voluntaria– gritonas e incluso destempladas, contrastes y expresivos extremos… Su apuesta por un Mahler esquizofrénico tiene validez, pero Bernstein lo hacía –por los mismos años– con muchísima más sinceridad, coherencia y fuerza expresiva. Con Sinopoli la discontinuidad es patente, sobre todo en un fallido primer movimiento. El Scherzo engancha a ratos, mientras que el Andante moderato –en tercer lugar– está llevado a tempo de Adagio (¡casi veinte minutos) y alterna pasajes de una cantabilidad y belleza conmovedoras con otros más bien lánguidos y narcisistas. Al final, y pese a su discutibilísimo arranque –violines amanerados seguidos de percusión desmadrada– el que sale mejor parado es el cuarto movimiento, sugestivo en su aristada tímbrica y dicho con refrescante comunicatividad; la lentísima coda se encuentra muy bien desmenuzada y resulta de lo más inquietante. Toma sonora portentosa. (7)


16. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1988). A sus setenta años de edad, un prematuramente envejecido Bernstein –solo le quedaban dos más por vivir– ofrece su más madura, coherente y redonda interpretación, una salvajada de emociones extremas en la que, frente a una increíble Filarmónica de Viena que pasa en segundos de las más angulosas aristas a la mayor dulzura y belleza sonora, da una verdadera lección de batuta –por todo: planificación horizontal y vertical, sentido del color y de los contrastes, dominio de las dinámicas, estudio de las transiciones– para explicarnos la partitura desde su visión eminentemente dionisíaca, hedonista en el mejor de los sentidos, visceral a más no poder, capaz de transfigurar lo que de vulgar, grotesco, sentimental o terrorífico hay en esta música con una sinceridad extrema y una comunicatividad y un apasionamiento irresistibles. A destacar, con respecto a sus recreaciones anteriores, un primer movimiento no tan festivo, más claramente feroz, aun sin renunciar al júbilo en su sección final. El Scherzo es ahora particularmente imaginativo y personal, regodeándose en las múltiples posibilidades del mismo aun mirando con descaro hacia el universo expresionista. El Andante moderato convence un poco menos que antes por comenzar de manera quizá excesivamente extática y autocomplaciente, si bien las tensiones se acumulan hacia un clímax lleno de grandeza. El Finale es lo más impresionante por su fuerza bien controlada hasta llegar a un tercer golpe de martillo –Lenny daba tres– implacable y a una coda lentísima y nigérrima. En fin, esta Sexta y la Quinta del año anterior son quizá los más grandes testimonios mahlerianos que dejó el maestro, lo que equivale a decir dos de los más grandes discos Mahler que existen. (10)


17. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1989). Un Mahler no personal, pero sí de admirable ortodoxia, brillante siempre, decadente solo en su punto justo y dicho con apreciable garra dramática, en la que solo se echa de menos una dosis mayor de visceralidad e inmediatez en los dos primeros movimientos (Allegro energico-Scherzo), quizá porque el milanés decide tomarse las cosas con cierta calma para desmenuzar todo lo posible el entramado orquestal, que gracias tanto a su batuta como a la asombrosa prestación de la Orquesta del Concertgebouw, suena con gran claridad, riquísimo colorido y la adecuada incisividad, esto último sin descuidar en modo alguno la tersura y la sensualidad imprescindibles. El Andante moderato es impresionante, emotivo a más no poder sin lugar a narcisismos, mientras que el Finale resulta, sin necesidad de cargar las tintas, verdaderamente demoledor. Modélica toma de sonido. (9)

 

18. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1992). Fracasa el maestro oriental en el primer movimiento, deslavazado y sin garra por mucho que se encuentre expuesto con toda la depuración sonora y sensibilidad tímbrica en él esperables. Tampoco en el Scherzo hay mucho interés por el sarcasmo ni la atmósfera opresiva. Muy hermoso el Andante moderato. Solo eso. El Finale posee unidad y buen trazo, pero al llegar al clímax que da paso a la disolución conclusiva la tensión se viene abajo. Buena toma en vivo. (7)


19. Boulez/Filarmónica de Viena (DG, 1994). El genial compositor francés nos sorprende relativamente con una interpretación que no solo se encuentra dentro de ese estilo sobrio y directo que le caracteriza, sino que también ofrece una apreciable intensidad expresiva –siempre bajo riguroso control, eso sí– que no relacionamos tanto con sus maneras. En cualquier caso, la lectura va de menos a más, quedándose algo corta en un Allegro enérgico impecable como estudio de ritmos, armonías y colores, pero no del todo implacable y no muy opresivo. Mejor el Scherzo, expresionista sin necesidad de forzar las cosas, amén de admirablemente diseccionado. En el Andante moderato viene el Boulez más insólito, el de la emotividad e incluso el vuelo poético, si bien muy ajeno a trasfondos filosóficos. Magnífico el cuarto, arrebatado sin llegar al desmelene, apartado de cualquier suerte de efectismo o de amaneramiento, trazado con decisión y muy directo al grano. Eso sí, la orquesta no le suena tan bella, suntuosa y brillante como con Bernstein, e incluso en algún momento aislado los violines llegan a decepcionar. La grabación no es todo lo buena que podía haber sido. (9)


20. Jansons/Sinfónica de Londres (LSO, 2002). El primer movimiento es tan correcto como rutinario e impersonal, echándose de menos garra y tensión interna. Sigue el Andante moderato, frío a pesar de que la batuta intenta aparentar pasión en el clímax, aunque al menos no es blando ni relamido. Al Scherzo le pasa lo mismo que el primero. El movimiento final es magnífico, atento a la claridad orquestal y sin efectismos, aunque pierde un poco de gas en la conclusión: los últimos compases deberían ser más cataclísmicos y siniestros. ¿Qué es lo que vieron tantas orquestas de primera en el bueno de Mariss Jansons? (7)

 

21. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2004). Esta personal Sexta es un revelador muestrario de las admirables virtudes y los grandes defectos del Mahler de Abbado en la última etapa del maestro. El primer movimiento deslumbra por su asombrosa riqueza de colorido, su claridad, y su carácter comunicativo, pero se echan de menos densidad y carga trágica. La orquesta, aun tratándose de la que se trata, suena bastante menos densa de lo que suele debido a esa tendencia del maestro a aligerar tanto en lo sonoro como en lo expresivo, cosa que queda mucho más en evidencia en el arranque del Andante moderato, ingrávido, suavón y falto de carácter, aunque más adelante la temperatura se va caldeando y uno no puede resistirse a la gran cantabilidad con el que el maestro frasea las melodías: como recreación eminentemente apolínea del sublime movimiento puede valer, pero hubiera sido preferible sustituir el extremo refinamiento formal por una mayor intensidad expresiva. El Scherzo ofrece las mejores oportunidades de deslumbrar con una técnica de batuta portentosa, particularmente en lo que al sentido de las texturas se refiere. Lo mejor es el movimiento conclusivo, poderoso e implacable, además toda una exhibición de control sobre la orquesta, si bien su enfoque es antes combativo que nihilista: menos propensión a la aparatosidad y un sentido más desarrollado de la atmósfera fúnebre se hubieran bienvenido. La toma sonora impresiona en SACD por sus tremendos graves, pero hay que poner el volumen bien alto. (8)

 

22. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2005). El maestro de Budapest, siempre sólido pero rara vez interesante, nos ofrece una lectura rápida, intensa y muy bien encaminada, ajena a efectismos y a lo decadente, dentro de una óptica que no termina de convencer por resultar antes épica que dramática o fatalista, pero en cualquier caso bien resuelta. Pierde un tanto por la calidad de la orquesta, por cierta precipitación y por su tendencia a emborronarse. (7)

 


23. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Euroarts, 2006). Abbado repite su interpretación berlinesa con una orquesta, la de Lucerna, que por esas fechas no era tan buena como lo es hoy, y quizá acentuando los defectos de entonces. Particularmente discutible el enfoque excesivamente jubiloso del final del primer movimiento, y muy molestos los amaneramientos del Trío del Scherzo. A olvidar. (7)


24. Haitink/Sinfónica de Chicago (CSO, 2007). El veterano maestro, lejos de epatar con recursos fáciles de tan superficial como insincero apasionamiento, planifica la arquitectura de tensiones con minuciosidad para que el discurso sea mucho más unitario, efectivo e implacable. Está además muy atento a la gama de matices dinámicos, desde el más inaudible pianísimo hasta el forte más atronador, pasando por una amplísima gama intermedia perfectamente estudiada. Y organiza con sabiduría los diferentes planos orquestales no sólo para garantizar la claridad en una obra de tan denso tejido, sino para también obtener unas texturas ricas y sugerentes que pongan de relieve el riquísimo sentido del color de la partitura. Las intervenciones solistas están matizadas con cuidado y acertada intención expresiva. Puntualizando un poco, los dos primeros movimentos resultan en exceso distantes e impersonales. Hay que admirar cómo se plantea el Andante Moderato, ni agónico ni ensoñado, sino con un punto de serenidad agridulce, más no blanda, llena de belleza trascendida. Y el Finale abruma por su enorme carga dramática. (9)

 

25. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO, 2007). Una recreación tan vistosa y extrovertida como superficial, vulgar y hasta hortera. La batuta se precipita con frecuencia, no diferencia las dinámicas, no ofrece matices expresivos y resulta teatral en el peor de los sentidos. Todo suena muy alto de volumen y muy arrebatado, pero en realidad no hay tensión interna ni fuerza dramática, sino acumulación de masa orquestal y decibelios sin sentido de la arquitectura, del fraseo ni del color. Sólo se salva el Andante moderato, aquí en segundo lugar, que al menos se queda en lo rutinario e impersonal. La orquesta está desaprovechada, y por momentos suena regular. (4)

 

26. Haitink/Sinfónica de Chicago (YouTube, 2008). Como en su registro en CD un año anterior, los dos primeros movimientos son de una arquitectura inmejorable y permanecen completamente ajenos al efectismo, pero resultan excesivamente distanciados. El tercero, siempre manteniendo una línea objetiva, es sin embargo muy emocionante, alcanzando un vuelo lírico realmente insólito para semejante enfoque, mientras que el Finale, sin ser especialmente visceral, está lleno de garra, dramatismo y tensión. Salvando algún percance propio del directo, la ejecución es portentosa. (9)

 

27. Boulez/Staatskapelle de Berlín (DG, 2009). Este registro solo se puede localizar en dos cajas grandes del sello amarillo, la dedicada a la formación alemana y la enorme con todos los registros que con él realizada el maestro francés. Boulez plantea el primer movimiento de manera decidida y directa, antes épica que trágica, deslumbrando con un estudio tímbrico ejemplar y un sentido del ritmo implacable, pero con espacio para la flexibilidad y el vuelo melódico. El Scherzo es un prodigio por el tratamiento de líneas, colores y texturas, aportando toda la incisividad que necesita sin necesidad de recurrir a la violencia ni a la esquizofrenia. En el Andante moderato, apreciablemente más rápido que en su versión en Viena, no se permite a sí mismo bajar la guardia: es hermoso e intenso, pero no hay espacio para la emotividad poética. En el Finale se aprecian irregularidades, aunque de nuevo el dominio técnico de Boulez se impone y disfrutamos de un espectáculo sonoro que, lejos de resultar superficial, se encuentra cargado de sustancia dramática. La toma, en vivo, podría ser aún mejor. (9)


28. Maazel/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray RCO, 2010). Armado de una técnica de batuta colosal que le permite ralentizar de manera considerable los tempi sin que la tensión se venga abajo, el anciano maestro deja a un lado el expresionismo para ofrecer una visión digamos que clásica, equilibrada, poco visceral, pero no por ello precisamente falta de comunicatividad ni de compromiso expresivo, porque toda la riqueza anímica propuesta por el compositor se encuentra aquí amalgamada en un universo sonoro perfectamente delineado tanto en la globalidad como en los detalles, y dicho con una belleza sonora que, siendo extraordinaria, no se cerca en ningún momento a la melifluidad o el preciosismo, ni deja de dar su espacio correspondiente a lo incisivo o a lo feísta. En cualquier caso, frente a una primera mitad en la que se puede echar de menos el nervio de otras aproximaciones, hay que destacar un Andante moderato –en tercer lugar– que alcanza un impresionante equilibrio entre elegancia, concentración e intensidad expresiva, y un Finale que, antes que cataclísmico, resulta particularmente sombrío y desprende un regusto muy amargo. (10)


29. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Difícil ponerle alguna pega a esta soberbia interpretación: planificación perfecta tanto en la arquitectura global como en el detalle, tremendo dominio del ritmo, riqueza de color que se diría infinita –siempre con su punto de adecuada incisividad–, brillantez bien entendida… Y ganas, muchísimas ganas. Esta es una lectura incandescente, llena de verdad, de entusiasmo, de comunicatividad, pero sin que el ardor llegue al nerviosismo –todo está controlado al milímetro–, trabajando todo el espectro orquestal con trazo fino y sin deseos de epatar al personal por la vía rápida, como hacen otros directores famosos. Todo ello con una perfecta comprensión de la música del compositor, ofreciendo tragedia en grandes dosis, ciertamente, también sentido épico, pero atendiendo asimismo a su particular humor grotesco, a su aliento vital, a lo que de luminoso y de amor por la vida tiene también esta partitura, y al enorme vuelo lírico de un Andante moderato –aquí en segundo lugar– emocionante a más no poder y solo con una pizca del decadentismo que necesita: de melifluidad, de narcisismo y de caídas en lo otoñal no hay ni rastro ni en este movimiento ni en el resto de la interpretación, que consigue un perfecto equilibrio entre todas las facetas del universo mahleriano con la absoluta complicidad de una orquesta en estado de gracia en la que cada una de las intervenciones solistas son una verdadera lección de virtuosismo y acierto expresivo. Solo hay que lamentar que la toma no llegue a recoger toda la gama dinámica que la obra demanda. (10)

 

30. Pappano/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (EMI, 2011). Lo que distingue a esta interpretación es algo que quizá tenga que ver con la trayectoria del maestro como director de foso: su desarrolladísimo sentido de la cantabilidad, entendida ésta no solo como delectación melódica, sino también como una mezcla de sensualidad, vuelo lírico y apasionamiento. ¿Mahler va a la ópera? Algo así. A la ópera italiana, para concretar. Obviamente es en un Andante moderato –colocado en tercer lugar– dicho con gran vuelo poético, aunque poco agónico y no todo lo intenso que podía haber sido, donde esta circunstancia queda más en evidencia, pero no sólo en él. El maestro está atento a todos esos momentos de la partitura donde puede recrearse en la fuerza de la melodía, y lo hace sin caer en esos preciosismos ni esas ingravideces con que lo hacen otros directores. Muchos pasajes suenan casi nuevos. Hay otras virtudes importantes, como puede ser la atención a la atmósfera en el primer movimiento o el sentido del color de las maderas en el segundo, cuyo final está matizado en lo expresivo de manera original y muy acertada. Pero hay también dos graves limitaciones. Una es la discontinuidad del discurso: el primer movimiento está dicho con considerable –háganse una idea: 24'33 frente a los ya de por sí más bien lentos 21'20 de Barbirolli–, y aunque eso le permite explorar mejor los referidos recovecos góticos, la arquitectura se ve lastrada por cierta discontinuidad. En el resto de la interpretación, también tendente a la lentitud, las cosas funcionan mejor en ese sentido, pero ahí salta el otro problema: las limitaciones de una orquesta que en el último movimiento se las ve y las desea para estar a la altura. En él tampoco Pappano está muy inspirado: comienza con algunos efectismos y finaliza sin la suficiente garra dramática, intentando entremedias inyectar la frescura y el fuego que usualmente le caracterizan, pero sin terminar de dar unidad a la página. Toma en vivo no muy allá, con abundantes toses. (8)

 

31. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (DVD Accentus, 2012). El maestro vuelve a acertar al abordar a Mahler en el punto exacto entre el decadentismo y el expresionismo, sin renunciar a los extremos, pero también sin necesidad de caer en devaneos sonoros, aportando además una gran vitalidad, extroversión bien entendida y, sobre todo, un colorido increíblemente rico que apunta hacia la Segunda Escuela de Viena. Ahora bien, hay cambios que evidencian las nuevas maneras de hacer, en general a peor, del director milanés. Al imprimir mayor velocidad al movimiento inicial obtiene la inmediatez y garra que en la grabación de Ámsterdam no conseguía, pero a cambio pierde algo de carácter opresivo y no le da tiempo a diseccionar como antes el entramado orquestal. El Andante moderato, colocado esta vez en segundo lugar, está dicho con apreciable belleza sonora, pero no resulta tan intenso y sincero. El Scherzo es ahora muchísimo más rápido, adquiriendo un carácter demoníaco muy apropiado pero resultando más nervioso de la cuenta; la enorme flexibilidad de los tempi aporta un punto adicional de locura, pero le hace perder unidad. El director justifica tales decisiones en función del orden de los movimientos: al colocarlo en tercer lugar, hay que independizar sus tempi de los del primer movimiento y darle, a su vez, un carácter de danza macabra. En el Finale se alternan momentos extraordinarios con otros dichos de cara a la galería, como si Chailly buscase epatar con la opulencia sonora antes que con una minuciosa planificación de las tensiones, que aquí conocen serios altibajos. Incluso a veces la orquesta, espléndida sin llegar al nivel de la del Concertgebouw, suena con menos densidad de la apropiada, lo que es sin duda deseo de una batuta que en los últimos años anda en pos de la ligereza sin saber muy bien por qué. Imagen y sonido absolutamente sensacionales. (8)


32. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). El maestro británico ofrece un magnífico primer movimiento, ofrecido con decisión, de un solo trazo y sin el menor devaneo, siempre con un tratamiento claro e incisivo de los colores orquestales. El Andante moderato está francamente bien, sobre todo por estar dicho con amplio vuelo lírico carente por completo de blandura o melifluidad, si bien aquí se echa de menos un plus de emotividad de intensidad dramática. El Scherzo es soberbio, grotesco sin cargar las tintas en sus aspectos demoníacos, virulento sin acentuar su carácter expresionista y con algunos detalles personales que cuentan con la complicidad de unas soberbias maderas que saben intervenir con la adecuada retranca. El Finale es irregular. El tema lírico con que se abre, que aparece varias veces después, está tratado con un punto de blandura que llega a disgustar: debería ser más intenso y lacerante. Luego se echa en falta una atmósfera fúnebre más densa, más cargada de malos presagios, aunque el tratamiento tímbrico que la batuta realiza de estos pasajes es refinadísimo y subraya las conexiones con la II Escuela de Viena, particularmente con Anton Webern; cuando hay que poner la orquesta en la quinta marcha Harding vuelve a demostrar un pleno dominio de los medios y hace saltar chispas en una Filarmónica de Berlín que está gloriosa: los solos del final son los de unos verdaderos portentos de la música. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica y el relieve posibles. (9)


33. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Esta lectura me ha gustado bastante menos que la de los mismos intérpretes siete años anterior. La orquesta toca de manera superlativa y el maestro la maneja con una extraordinaria plasticidad, muy especialmente en lo que al tratamiento de las texturas se refiere. También sabe levantar la arquitectura con suficiente unidad y sin que haya caídas de tensión –cosa bien difícil en una partitura como esta–, y ciertamente frasea la obra con riqueza de matices y atención al detalle, sin espacio para la rutina. Mis reparos llegan más bien desde el punto de vista expresivo. Porque esta Trágica mahleriana no es, precisamente, del todo trágica. Además, Rattle parece mirar antes al pasado romántico que a la Segunda Escuela de Viena, opción esta última que es la que a mí más me gusta y me parece que subraya de manera más adecuada los valores visionarios de esta música. Así, las secuencias dramáticas del primer movimiento están bien planteadas, resultando los pasajes líricos entre ellas algo más suaves de la cuenta: al maestro le gusta recrearse en la belleza sonora. El Andante Moderato se encuentra cantado con amplitud, calidez y emotivo humanismo, pero la visión de la batuta resulta mucho antes consoladora que doliente. El Scherzo me parece un error: en lugar de optar por la virulencia expresionista, Sir Simon busca una tímbrica más bien sensual –así lo hace a lo largo de toda la interpretación– y se recrea sin complejos en los aires de lander. Que en el tratamiento de las maderas plantee un humor claramente socarrón, que no ambiguo ni siniestro, sirve de poco. El Finale es quizá lo más logrado, porque aquí no hay problema conceptual alguno y la conjunción de la enorme técnica del maestro con la excelsitud de la que en ese momento era todavía su orquesta hace milagros. (8)

 


34. Currentzis/MusicAeterna (Sony, 2018). Esta es una lectura intensa, rabiosa y visceral, marcadamente expresionista y de acentuados efectos teatrales, en la que se subrayan los aspectos más angulosos y no se deja espacio a las languideces, ni a la blandura lírica ni a esos insoportables portamentos con que a veces se trufa esta música. El maestro griego traza el discurso de manera decidida, renunciando a preciosismos pero no con ello al detalle; porque equilibra bien los planos sonoros, despliega un colorido de enorme riqueza y da instrucciones para llenar de significado las intervenciones solistas. Le pongo un 9 al Allegro energico inicial: decidido y vehemente dentro de un enfoque que acierta al ser más trágico que épico. Se puede estar en desacuerdo en cómo están aprovechados algunos pasajes o en cómo se resuelven determinadas transiciones, pero el resultado es espléndido. Un 9'5 para el Scherzo que viene a continuación. Como apuntaba Chailly, ubicarlo en segundo lugar obliga a la batuta a marcar diferencias con el movimiento precedente, lo que solo se puede conseguir llevándolo con rapidez y subrayando sus aspectos virulentos, que es justo lo que hace un Currentzis como pez en el agua cuando se trata de combinar lo grotesco con lo angustioso y lo nihilista; impresionantes los solistas en sus onomatopéyicas y mordaces intervenciones, y un acierto dejar de lado los aspectos pintorescos y distendidos del landler. Un 8'5 para el Andante moderato, al que se le podría pedir más sensualidad y una poesía aún más elevada, pero que acierta al olvidarse de hedonismos sonoros para intensificar la lacerante, no poco nihilista emoción que desprende. Y un 8 para el Finale, volcánico y lleno de rabia, pero a mi entender no del todo sincero, incluso un poco más ruidoso de la cuenta: aquí Currentzis no se muestra solo teatral, sino también  teatrero. ¿Un 9 como nota final? Lo dejo en un 8: los músicos de la orquesta tocan como si le fuera la vida en ello, pero no pueden competir –la sección de metales no es la de Chicago precisamente– con los de las grandísimas formaciones que han registrado esta página. La toma ofrece claridad, cuerpo y relieve, mas no toda la gama dinámica posible; además adolece de cierto tinte metálico, que parece consecuencia de haber sufrido una ecualización en busca de mayor brillantez. (8)

 

35. Kiril Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). Pocas lecturas podrán escucharse tan increíblemente bien expuestas como la presente. Y ello tiene que ver tanto con el nivel de una Berliner Philharmoniker en el mejor momento de su historia como con la soberbia técnica de batuta de un señor que se conecta a la perfección con la orquesta y se entrega al cien por cien para obtener lo mejor de la misma. A nivel técnico, insisto. Porque en el plano expresivo me ha parecido un bodrio. Ya desde los compases iniciales queda claro que "ahí pasa algo": en lugar de sonar amenazadores, resultan más bien frívolos. Y no solo por la considerable rapidez de los tempi que Petrenko adopta a lo largo de toda la partitura, sino también, y sobre todo, por su deseo de restar contenido trágico. El primer movimiento resulta bajo su batuta soleado, jovial e incluso risueño, cuando no abiertamente festivo. Tanta brillantez puede enganchar, pero se queda en la superficie. Petrenko se decide por ubicar el Andante Moderato en segundo lugar. Y triunfa a la hora de hacer que la página suena ligera, transparente y bonita. Nada de pathos, de emotividad, de ese peculiar sentido panteísta y agónico que albergan estos magistrales pentagramas. La cosa mejora en el Scherzo: virulento, feroz, implacable en la rítmica, hiriente en los timbres, acertadísimo en las intervenciones de los solistas. El sentido de lo grotesco y de lo vulgar, esencial en la música mahleriana, está perfectamente captado. También es verdad que resulta demasiado rápido: Petrenko atosiga más por el tempo que por la tensión interna. Y se escora hacia lo ligerito, por no decir lo repipi, cada vez que se le presenta la oportunidad. En el movimiento conclusivo (¡por fin!) sí que se apuesta por lo ominoso y por lo dramático. El virtuosismo de la batuta obra prodigios, pero falta sinceridad. Se sienten los decibelios, no la rabia. Impactan los contrastes sonoros, mas no se genera la atmósfera ominosa y enrarecida que esta música necesita. Todo resulta agitado a más no poder, cuando debería ante todo ser inquietante, agónico y siniestro. También hay alguna frase en los violines de una blandenguería extrema, por no hablar de los excesos de un timbalero que se lo pasa en grande. (6)


36. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage +, 2020). Esta filmación, procedente del Festival de Salzburgo, va de menos a más y termina siendo –con diferencia– la mejor de las tres que ya tiene Andris Nelsons. El movimiento inicial se desarrolla sin nada en particular que destacar, siempre dentro de un alto nivel tanto técnico como expresivo: claridad en la exposición, desarrollo completamente lógico de las tensiones, ausencia tanto de blanduras como de efectismos y plena atención a los remansos líricos son las bazas que le permiten ganar la partida. Lo que ocurre, ustedes ya lo saben, es que no hay mahleriano que no tenga en la cabeza la visceral, tremenda locura que en su momento se montó Bernstein con la misma orquesta. Nelsons decide seguir poniendo el Scherzo en segundo lugar: todo muy bien, sin necesidad de cargar la tinta en virulencias expresionistas, también sin deseos de resultar implacable, prefiriendo resaltar la excelencia de la escritura que escarbar en psicologismos. Está bien. Llega el crucial Andante moderato, y el maestro destapa el tarro de las esencias: hermosa, cálida y muy lírica interpretación que decide no hablarnos de angustias existenciales, pero tampoco cae en el tremendo error de convertir la sublime página en una sucesión de blanduras para hacer bonito. Lo contemplativo, así de bien hecho, puede convencer tanto como lo agónico. ¿Y el Finale? Nelsons ha reservado para él toda su energía y, aquí sí, ofrece una recreación tan arrolladora como controlada: claridad y atención son cruciales, pero la tensión y el sentido dramático se convierten en protagonistas de la función. La orquesta da lo mejor de sí y los resultados son excelsos. (9)


37. Saraste/Filarmónica de Oslo (YouTube, 2022). El primer movimiento es bueno: todo en su sitio, claridad suficiente y pulso bien sostenido, pero sin esa tensión interna y esa virulencia sonora que la música necesita. Eso sí, ni rastro de blanduras, preciosismos ni amaneramientos. Saraste coloca el Scherzo en segundo lugar. Le sale bien, solo eso: poco demoníaco y algo rutinario, aunque siempre dentro de un notable nivel de exposición. El sublime Andante moderato le queda frío. No sé si la intención es la de apartarse del Mahler pegajoso y en éxtasis de otros directores, o quizá simplemente intenta mirar al futuro antes que al pasado romántico, pero lo cierto es que tanto distanciamiento no es conveniente. Por fortuna, funciona muy bien el gran clímax del movimiento, no diré emotivo pero sí bien construido y de apreciable intensidad sonora, en el mejor de los sentidos. El nivel sube considerablemente en el Finale, magnífico todo él: ahí la intensidad dramática, el sentido trágico y la desesperación de esta música salen a flote sin que el maestro pierda las riendas. Todo calculado, pero manteniendo la frescura y la sinceridad que la música demanda, amén de obteniendo un soberbio rendimiento de una orquesta que no es de primera. Por cierto, hay tercer golpe de martillo. (8)

38. Shani/Filarmónica de Rotterdam (Medici TV, febrero 2024). Prescindiendo de partitura y sacando un muy buen provecho de una orquesta que dista de poseer las cualidades tímbricas y el virtuosismo de las más grandes, aunque con primeros atriles de admirable musicalidad, el aún joven maestro israelí –treinta y cinco años– deja a un lado ingravideces, amaneramientos y decadentismos para ofrecer una recreación directa, decidida y abiertamente dramática, cargada de electricidad y no precisamente exenta de esa virulencia tanto sonora como expresiva que la música demanda. Sobre, eso sí, cierta linealidad en un discurso que podría ser más rico e imaginativo, también más personal, y se echa de menos una dosis superior de esa sensualidad, esa calidez humanística e incluso esa termina que son imprescindibles a manera de contraste, particularmente en un Adagio que comienza algo dubitativo –única veleidad de la interpretación– y luego ofrece mucha vehemencia, pero escaso vuelo poético. La toma es formidable, superior a la media de las filmaciones en lo que a cuerpo sonoro y gama dinámica se refiere. (8)


39. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2024). Paradojas: aunque en líneas generales el Mahler de Dudamel se muestra deudor del de Bernstein, en la Sexta la interpretación del venezolano resulta más claramente romántica, mientras que el norteamericano, en su última y genial grabación de la página, miraba también hacia la Segunda Escuela de Viena para ofrecer una visión más poliédrica y atenta a la modernidad de la escritura. Coinciden, en cualquier caso, en la flexibilidad del fraseo, la incandescencia y el "calor humano" de la batuta, así como en su indisimulado hedonismo. Ofrece de esta forma el maestro un primer movimiento muy atractivo y de gran comunicatividad, con independencia de que nos desconcierten ciertas libertades agógicas –algunas muy sutiles, otras no tanto– y su tendencia a leer los pasajes líricos desde un cierto ternurismo, idea que consigue transmitir a la perfección a los soberbios, increíbles primeros atriles de la formación alemana. En el Scherzo juega a los contrastes, si bien parecen interesarle más los aspectos bucólicos de la página que los demoníacos. Como todo parecía apuntar, en el Andante moderato se decanta por la sensualidad y el lirismo panteísta. A mí no me acaba de entusiasmar esta opción, pero reconozco que resulta difícil resistirse ante el maravilloso sentido de lo cantable con que frasea la batuta, por no hablar de la ductilidad de una cuerda de ensueño. Felizmente, Gustavo se deja de devaneos en un Finale soberbiamente trazado en el que puede lucir de manera especial su dominio técnico de la orquesta. (8)

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