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sábado, 6 de diciembre de 2025

Jordi Savall con la Filarmónica de Berlín: éxito incuestionable

El concierto sinfónico más morboso en lo que va de siglo, probablemente: Jordi Savall al frente de la Filarmónica de Berlín. Suite de Naïs de Rameau, Don Juan de Gluck y (¡arrea!) la Júpiter de Mozart. Hasta hace pocos años imaginar al de Igualada en el podio de Karajan era auténtica música-ficción, pero claro, poco a poco Savall fue grabando Beethoven, Schubert, Schumann y hasta Bruckner, así que los berlineses ¿Qué ocurriría? ¿Haría temblar los asientos de la Philharmonie con alguna radicalidad? ¿Se lo comerían vivo los simpáticos chicos de la orquesta, como se comieron en su momento a Karajan, a Abbado e incluso al siempre bienhumorado Rattle? Pues bien, acabo de ver la transmisión en directo a través de la Digital Concert Hall, así que tengo algunas respuestas.

El primer número de Rameau ya dejó al descubierto una decisión: ninguna radicalidad por parte de Savall a la hora de hacer sonar barrocos a los Berliner Philharmoniker. Esos grandísimos músicos que son Ton Koompan, Reinhardt Goebel y Emmanuelle Haïm sí lo han hecho, y con soberbios resultados. El maestro catalán ha preferido buscar un punto de encuentro ente tradición y praxis “históricamente informada”, para disgusto de la kale barroka y tranquilidad de los que aún no han pasado de Raymond Leppard; de hecho, no ha quedado muy lejos de este último. Ahora bien, hay que reconocer que en más de un momento -en esta y las otras obras del programa- la cuerda no estuvo del todo fina, quizá porque no parecía sentirse del todo segura en lo que se refiere a la articulación a adoptar.

Interpretativamente no ha habido espacio para la duda: soberbio intérprete de Rameau y, en general, de todo el barroco francés -puede que supere incluso al enorme William Christie-, Savall recreó la suite de Naïs con la misma sabiduría estilística, riqueza expresiva, intensidad, chispa y delectación con que lo hizo en 2011 en su registro al frente de Le Concert des Nations. ¿Preferible con aquella orquesta? No lo sé: en principio los instrumentos originales me parecen más adecuados para Rameau, pero con los “modernos” hay colores distintos y posibilidades de nuevos acentos. Y claro, si encima se trata de la Filarmónica de Berlín…

Sí que me ha parecido decisivo el cambio de orquesta en el Don Juan de Gluck. En una entrada reciente hice una comparativa discográfica de este título en la que dije algo del registro de Savall con su propia formación. En la realización de esta tarde, aunque optando por la mucho más breve versión original de Viena, el maestro ha seguido al pie de la letra los parámetros de entonces, incluyendo la presencia del formidable Josep María Martí añadiendo su guitarra al continuo, pero las cosas han funcionado de manera apreciablemente más satisfactoria. La calidad de la orquesta, sin duda, como también el equilibrio de planos: clave y guitarra ya no se comen a la cuerda. ¡Y qué placer ver a Albrecht Mayer ornamentando a discreción la serenata de Don Juan a Doña Elvira! Confieso que eché de menos el sentido teatral, la riqueza de matices y la imaginación desbordante de Giovanni Antonini, pero también es cierto que Savall resulta más respetuoso con la esencia del estilo galante: los excesos pueden atraparnos, pero también son un poco tramposos.

Sinfonía nº 41 de Mozart para terminar. Ya conocen la discografía con esta misma orquesta: Böhm, Karajan, Giulini… “Tranquilos, que no vamos a hacer nada raro”, parecía decir don Jordi en un Allegro que ni siquiera era de “tercera vía”, sino que se movió dentro de lo “tradicional renovado”. Resumiendo mucho, sonó a Rattle. A un Rattle moderado, habría que puntualizar, porque su Júpiter es más claramente H.I.P. que la de Savall, que lo tenía más o menos claro: articulación ágil, baquetas duras en los timbales, algún que otro detalle historicista adicional y ya está. Cero excentricidades. La orquesta, en plantilla de tamaño mediano, sonó libre y sin problema alguno con las vibraciones, moderadas pero en modo alguno proscritas. Funcionó muy bien el movimiento, porque el maestro supo captar el carácter decidido y luminoso de la página.

No me gustó el Andante cantabile. Problema en parte de tempo, a mi entender muy veloz, en parte de articulación, aquí sí claramente “tercera vía”. Quedó bien recogido el anhelo que subyace en los pentagramas, pero sensualidad y sentido espiritual no encontraron su lugar. En cualquier caso, ahí estaban los vientos berlineses para salvar los muebles.

Soberbio el Menuetto. Como señaló a Joaquín Riquelme en la entrevista del intermedio, Savall lo concibe de manera binaria y no ternaria, lo que me parece un acierto: más rápido y rítmico, perdiendo en nobleza lo que gana en espíritu de danza, agilidad y sentido de los contrastes. ¿Y el Finale? Expresivamente, un prodigio: pocas veces ha sonado tan luminoso, vitalista y palpitante, tan sincero y tan alejado de la retórica, tan decidido y cargado de emotividad… Savall supo tensar de maravilla la electricidad desplegada y los músicos pusieron toda la carne en el asador. Nada de tocar “de memorieta”.

Dicho esto, la claridad del complejo edificio polifónico fue suficiente, pero no óptima, al tiempo que se echó de menos un fraseo de superior flexibilidad, más rico en matices, de mayor atención al peso de los silencios, más trabajado en lo que a las dinámicas se refiere. Seamos sinceros: Savall es, como quien dice, un recién llegado a la música sinfónica. No posee la mayor técnica posible ni domina el sentido orgánico del discurso.

Total, una grabación de la Júpiter superior a la que realizó en 2018 con Le Concert des Nations, no muy allá en lo técnico y enturbiada por los tremendos excesos de los timbales, pero que comparte con aquella un segundo movimiento cuyo espíritu el maestro no acierta a captar. Para los aficionados a los puntitos: 8 para los movimientos extremos, 6 para el segundo y 9 para el tercero. No está nada mal.

En fin, éxito de público considerable y repetición de la danza de las furias de Don Juan/Orfeo y Eurídice. No se trató de un mero bis, sino de una reivindicación de Gluck en toda regla poniendo de manifiesto, al colocar esta música justo después del final de la Júpiter, la manera en que el alemán abrió el camino a Wolfgang Amadeus.

Ah, media orquesta contentísima con Savall y la otra media mirándole con cara de póker. Veremos si vuelve. De momento, éxito incuestionable.

martes, 18 de mayo de 2021

Embriagador Savall en Sevilla

Se dirigió Jordi Savall al patio de butacas antes del concierto en el Maestranza del pasado domingo 16 mostrando su alegría por seguir haciendo música junto a Les Concert des Nations –al día anterior habían presentado el mismo programa en Oviedo– tras haber pasado lo peor de la pandemia. Por parte del público no había menor júbilo. Yo ya mostré el mío en una entrada anterior, y el público del teatro sevillano lo dejó bien claro mostrando un entusiasmo fuera de lo común –incluyendo palmas por sevillanas– al terminar el concierto. Había ganas, muchísimas ganas de escuchar al maestro, o al menos de escucharle al frente de una orquesta barroca. Los melómanos lo saben perfectamente: aunque en su momento –hace ya muchos años– las incursiones cinematográficas le otorgaran un especial prestigio entre un público muchísimo más amplio que el de los aficionados a la música antigua, el de Igualada se ha ganado un merecidísimo prestigio como recreador del barroco francés, un repertorio con el que sintoniza como nadie y en el que ha sido capaz de crear un idioma interpretativo tan personal como apropiado a unas músicas que nos quedan demasiado distantes en el tiempo como para establecer unos parámetros filológicos más o menos fijos.

Otra cosa es que algunos lleven un tiempo ninguneándolo: que si no es para tanto, que si no es sino uno más entre muchos, que si la publicidad y las subvenciones, etcétera. Mucho me temo que en esta actitud –conozco a gente que llega a odiarle– tiene que ver mucho antes con la política que con la música: es normal que un músico que reconoce abiertamente la plurinacionalidad de nuestro estado, se confiesa “profundamente catalán y profundamente español” y aboga por la independencia de Cataluña (les recomiendo esta entrevista), genere aversión entre quienes siguen afirmando que España es Una –Grande y Libre, por descontado– y anden ridiculizando constantemente todo aquello que les suene a “progre”. Sin ir más lejos, las notas al programa escritas por el propio Savall finalizaban con un párrafo ecologista de esos que provocan “una agresividad inusitada entre los intelectuales conversos al libertarismo”, como hace unos días explicaba Antonio Muñoz Molina en este magistral artículo.

Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda –literalmente: Muñoz Molina es de la ciudad jiennense– y volvamos a lo nuestro. En su programa Tempêtes, Orages & Fêtes Marines, reducido por cuestiones sanitarias con respecto a la grabación en vivo de 2015, el maestro ha vuelto a demostrar cuáles son las señas de identidad que identifican su aproximación a los tiempos de Luis XV. Diría incluso que ha acentuado tales características, aun no siempre para mejorar los resultados. Esto se percibió ya en el asombroso Caos con que arranca Les Eléments de Jean-Fery Rebel: en lugar de optar por la tensión extrema, del choque violento que se describe en las lecturas de Goebel –con su grupo y con la mismísima Berliner Philharmoniker– o de la Akademie für Alte Musik Berlin, lo que escuchamos en el escenario sevillano fue una especie de progresivo despezarse de las fuerzas de la naturaleza, para luego dar paso a una sucesión de danzas a cual más sensual y evanescente. El fraseo de Savall es ahora aún más mórbido, más curvilíneo, más aéreo en las texturas, más difuminado en los timbres. Diríase que a veces en exceso: en más de un momento me hubiera gustado una sonoridad más densa, un fraseo de mayor nervio interno y un sentido más desarrollado de los claroscuros. En cualquier caso, lo que se allí se hizo fue ortodoxia “H.I.P.” al cien por cien: que lo escuchado se apartara de la radicalidad de otros planeamientos no evidencia intento alguno de complacer a todos los públicos, sino que no es más que el deseo de Savall de seguir transitando el sendero que él mismo abrió.

La selección de Alcione de Marin Marais nos llevaba al final del reinado de Luis XIII. Los resultados no se prestan a discusión alguna: aquí Savall es dueño y señor absoluto del repertorio. Si acaso, podemos elogiar la excelencia de los músicos de una orquesta en la que quizá brillan más las individualidades que el conjunto: imposible permanecer ajeno a la excelencia de Luca Guglielmi al clave, riquísimo sin excesiva exuberancia, de la guitarra impetuosa de Xavier Díaz-Latorre o de la percusión de Daniel Garay y Pedro Estevan, todo un modelo de imaginación y de saber estar (¡qué lejos de la sobreactuación en el terrible ciclo Beethoven que están grabando!).

De la Música Acuática de Telemann he escuchado la semana pasada un buen número de grabaciones, diría que casi todas las existentes. La de Savall no llega a la altura inmensa de la clásica de Robert King ni de la mucho más arriesgada de Alfredo Bernardini, pero sí que es la que más pone en evidencia lo que esta música debe a Francia. Hay algo de versallesco en la obertura que ofrece el de Igualada. Luego se confirma la impresión inicial, que no es sino la que todos esperábamos: Savall lleva esta música a su propio terreno. Hay pompa y riqueza ornamental, mucho hedonismo, indolencia bien entendida –los oboes suenan galos a más no poder– y un buen equilibrio entre festejo y elegancia. El maestro dirige, además, con entrega y pasión, aunque su batuta nunca ha sido –aquí tampoco– el colmo de la depuración sonora ni de la atención al matiz. Y justo es reconocer que no necesariamente tener a primerísimas figuras en la plantilla –me refiero a las maderas– significa el máximo de virtuosismo.

Una gozada, en cualquier caso, que se prolongó durante los números extraídos de Les Indes Galantes, Hippolyte et Aricie y Zoroastre que cerraban la velada. Las cosas están claras: el Rameau de Savall es el más rococó de los posibles, el más delicado, más lleno de gracia y de coquetería, sin que ello signifique acercarse ni un solo paso hacia lo cursi. Tras el final de Les Boréades –el público lo siguió con sus palmas, como en el disco– Savall anunció que nos íbamos al nacimiento de Luis XIII con la Bourree d'avignon, re-creada de manera muy singular. Pero lo mejor fue la última propina, nada menos que la hermosísima “Entree” de Les Boréades en una interpretación quizá todavía más ensoñada, más flexible y más bella que la que los mismos intérpretes grabaron en aquel el doble compacto L’Orchestre de Louis XV. Embriagadora, emocionante despedida de Savall y su equipo.

sábado, 15 de mayo de 2021

Jordi Savall, rey de Francia

Siento una enorme ilusión por el concierto de mañana domingo 16 en el Teatro de la Maestranza: Jordi Savall al frente de Le Concert des Nations para hacer el programa de tempestades barrocas que grabaron en la Abadía de Fontfroide el 19 de julio de 2015 al mismo tiempo para audio (doble SACD en Alia Vox) y para vídeo (en Medici TV). La expectación se debe en parte a la casi total abstinencia de conciertos en vivo que vengo sufriendo –encerrado en Jerez– desde el inicio de la pandemia, pero la razón fundamental es escuchar por primera vez en directo a mi admiradísimo Savall al frente de su orquesta barroca.

 
Voy a ser sincero: no me gusta absolutamente nada el Beethoven que andan haciendo juntos, y sus recreaciones de Haydn y Mozart me parecen muy desiguales. Ahora bien, en el repertorio barroco en general me parece que las cosas funcionan de manera muchísimo más satisfactoria, mientras que en el francés en particular pienso que el de Igualada es el rey. Con todos los respetos hacia el enorme William Christie y hacia otras aportaciones de gran interés –pienso ahora mismo en el radical, discutible y revelador Rameau de Currentzis–, me parece que Jordi Savall ha logrado recrear como nadie el espíritu de los Lully, Charpentier, Marais y Rameau, hasta el punto de que él mismo se ha encargado de crear un sonido que asociamos inmediatamente dos grandes monarcas absolutos del país vecino, Luis XIV y su bisnieto Luis XV.

¿Culpa quizá de la película, hermosa y sensible pero quizá un tanto pedantorra, que se llamaba Todas las mañanas del mundo? Gracias a ella el fundador de Hespèrion XX se hizo de oro allá por 1991 y pasó a ser universalmente reconocido como un enorme violagambista, pero creo que hay algo más. La música francesa en general desprende una sensibilidad especial con la que el intérprete debe sintonizar. Sensibilidad que en lo que al repertorio cortesano de los siglos XVII y XVIII se refiere demanda elevado sentido teatral y cierta pompa, como también un toque singular de hedonismo, de sensualidad en el colorido, de carácter curvilíneo y mórbido en el fraseo, de levedad bien entendida. También de cierta indolencia. Y ya en pleno reinado de Luis XV, no debe olvidarse lo que significa ese movimiento maravilloso, aún detestado por numerosas sensibilidades, que es el rococó: delicadeza, amabilidad, coquetería y sentido de “lo bonito” bordeando o incluso entrando de lleno en el terreno de lo que para nosotros puede resultar cursi. A la hora de ponerse al frente de una orquesta barroca, Jordi Savall ha encontrado una articulación, una ornamentación, una combinación de colores instrumentales y un discurso general que sintoniza perfectamente con todo lo antedicho haciendo gala de una sensibilidad exquisita, y también de un verdadero derroche de imaginación.

De este modo, el “toque Savall” no tiene mucho que ver con los contrastes extremos del barroco italiano, con las densidades del territorio germano ni con ese distinción y solemnidad que asociamos a lo británico, aunque estas sean en buena medida responsabilidad de un alemán –Haendel– que antes de llegar a tierras británicas se había paseado por Italia absorbiendo todo lo que encontraba. Tiene que ver con Francia. Por eso quizá en el eminentemente “pictórico” programa Tempêtes, Orages & Fêtes Marines son Mathew Locke y Antonio Vivaldi quienes no acaban de convencer. Significativamente, son quienes –por razones sanitarias hay que abreviar el concierto– han caído del espectáculo de mañana. Pero ahí siguen un Rébel, un Marais y un Rameau difícilmente superables, además de un interesantísimo Telemann indisimuladamente afrancesado: no hay que escandalizarse, su música acuática deriva directamente del modelo de suite francesa. Todo ello servido, como era de esperar, por una orquesta all-stars que incluye nombres como los de Manfred Kraemer, Pierre Hamon, Marc Hantaï, Luca Giglielmi o Pedro Estevan. Lo dicho, un concierto para disfrutar a tope sin necesidad de zambullirse en profundidades sonoras ni expresivas.

lunes, 26 de marzo de 2018

Excelso Haendel de King en el Maestranza

Ya he hablado en la entrada anterior sobre lo mucho que estaba deseando escuchar este concierto de Robert King del pasado sábado 24. Baste ahora remitir a lo que escribí en este mismo blog hace muy poco sobre Diego Fasolis –donde vean el nombre el suizo, pongan el del británico– para situar al fundador del King’s Consort dentro del panorama de la interpretación: el lugar de la más ortodoxa, musical y sensata –que no tímida ni aséptica– interpretación historicista.


Ahora debemos concretar. La Water Music fue muy parecida a la de su disco grabado para Hyperion en 1997, incluyendo la alternancia entre los diversos números de las suites segunda y tercera en busca de la variedad tanto organológica como expresiva. La única diferencia notable fue la ausencia de cuerda pulsada en el continuo, aunque sí que hubo dos claves, el de Christopher Bucknall y el del propio King, realizando una labor fenomenal. Por lo demás, la lectura fue portentosa por el perfecto equilibrio entre los tres elementos básicos de toda interpretación: respeto al estilo, intensidad y exquisito gusto. La música voló melódicamente y tuvo claroscuros; estuvo fraseada con elegancia y también con vigor rítmico, con perfecta arquitectura pero asimismo con acertada ornamentación; con mucha agilidad sin que la misma supusiera pérdida de “carne sonora”, de músculo y de redondez; con sentido del humor y un punto de rusticidad en absoluto reñidos con la depuración sonora; con inconfundible distinción británica pero también con una buena dosis de sal y pimienta.

La orquesta estuvo espléndida a lo largo de toda la Música acuática. Las dos trompas empezaron la noche de manera formidable para luego incurrir en algunas notas falsas sin importancia, mientras que las trompetas estuvieron estupendas. La flauta dulce corrió a cargo de Rebecca Miles, sorprendentemente integrada en los violines segundos a lo largo del resto de la velada. Fue ella, al parecer, quien ya registrara esta parte en el disco antes citado: en Sevilla se mostró irreprochable en lo puramente técnico, si bien en lo expresivo me resultó algo más coqueta de lo que me hubiera gustado. Quizá tampoco esta vez –no estoy muy seguro: tengo literalmente la torrija encima– ornamentara tanto como once años atrás. Importa poco: últimamente he estado repasando la discografía y no encuentro un solo intérprete a la altura de Robert King y sus chicos en esta obra. La audición en el Teatro Maestranza fue un placer de principio a fin.

También fue una delicia Les Boréades, por más que, para mi gusto, este Rameau resultara en exceso british en su fraseo: imposible aquí olvidarse del milagro de Jordi Savall, como tampoco de la acertada percusión de su habitual Pedro Estevan en la “Contredanse en Rondeau”. Claro que tampoco puedo dejar de apuntar que la “Entrée d’Abaris” resultó bajo la dirección de King –aquí abandonó su clave para empuñar la batuta– un prodigio de sensualidad, de ensoñación y de sentido cantable.

En los Royal Fireworks King optó por una solución intermedia entre la macrobanda de viento y percusión que congregara en su registro discográfico –y en su interpretación sevillana anterior– y la formación reducida pero con inclusión de cuerda que resulta más habitual: si no conté mal, en el Teatro de la Maestranza sonó una agrupación de treinta y cuatro miembros, incluyendo un timbalero, dos tambores, tres trompas, tres trompetas, nueve instrumentos viento-madera, dieciséis de cuerda y un solo clave. Conjunto en principio adecuado para un recinto cerrado, pero no siempre equilibrado: a veces se perdía la limpieza de planos sonoros. Tampoco los metales, quizá por cansancio, tuvieron en esta página su mejor momento, y no lo digo tanto por las abundantes notas falsas como por un tremendo desajuste de las trompas en la sección rápida de la obertura. Por lo demás, King dejó constancia de su perfecto estilo haendeliano y de su enorme comunicatividad, sobresaliendo en el vigor que imprimió a “La Réjouissance” y en la decisión de abordar el principal de los minuetos con tanta amplitud como calidez para luego, tras ofrecer el otro a manera de trío, hacerlo volver con toda la marcialidad, grandeza y brillantez a la que estamos acostumbrados.

Éxito enorme entre el público –que tristemente no llenó el recinto– para una noche musicalmente excelsa.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Christie con la Nacional: Barroco con instrumentos modernos, ¡claro que sí!

Magnífico y modélico programa el del pasado fin de semana de la Orquesta Nacional de España, que pude disfrutar en la función del domingo 15 por la mañana: sendas selecciones de dos óperas de otros tantos compositores señeros del barroco francés a cargo del mayor especialista mundial en el género, un William Christie dispuesto a demostrar que con instrumentos modernos este repertorio se puede hacer maravillosamente bien siempre que se conjuguen conocimiento del estilo, mente abierta por parte de todos los participantes y, por descontado, flexibilidad para llegar a puntos de encuentro entre las cuestiones organológicas y las expresivas. Y dispuesto también a dejar claro que formaciones que no son de primera fila suenan muchísimo mejor cuando se pone a su frente un director de primera.

William Christie Madrid 2015

Me surgieron dudas, eso sí, sobre la calidad de la música. La selección de una hora de la Médée de Marc-Antoine Charpentier se hace un poquito larga, y aunque se trata de una partitura de incuestionable interés, solo la gran escena de Medea del acto III, imponente, ofrece una fuerza expresiva equiparable a la gran música vocal de este mismo periodo barroco. En la segunda parte, la selección casi igual de extensa de Les Boréades –pasamos de Luis XIV a Luis XV– me plantea menos interrogantes: la escritura vocal de Jean-Philippe Rameau no posee mucho atractivo, pero su tratamiento de la orquesta es alucinante: ¡qué sentido del ritmo, qué inspiración melódica, qué colorido, qué imaginación!

Hubo voces, de esas no grandes pero sí flexibles de las que demanda este repertorio. Sobresalió la soprano Katherine Watson, musicalísima, sensual y expresiva en grado sumo. La mezzo Karine Deshayes fue una Medea irreprochable. Muy bien el tenor Reinoud Van Mechelen. Marc Mauillon jugó con  los colores de su voz, a veces no agradables, para caracterizar a los cinco personajes diferentes que interpretó a lo largo de la función.

La Nacional, ya lo dije antes, funcionó en general de maravilla, bien reforzada por el clave de Beatrice Martin y la tiorba de Pablo Zapico. En cuanto a Christie, estuvo espléndido en Charpentier y tan soberbio en Les Boréades como en su filmación de la ópera completa que ya comenté aquí hace tiempo. Cierto es que no posee al abordar a Rameau la genialidad de un Teodor Currentzis en su reciente disco dedicado al compositor francés, pero también es verdad que el griego se mueve en la cuerda floja y su propuesta, por momentos, resulta no ya extremadamente personal, sino bastante discutible. El norteamericano, menos arriesgado, mucho más ortodoxo y sensato, no solo resulta estilísticamente irreprochable, sino que dirige de tal modo que puede gustar a todo el mundo, desde los talibanes del historicismo hasta quienes echan de menos a Raymond Leppard. Y lo hace, además, con una excelsa inspiración.

Enorme concierto, en definitiva, en el que solo se pudo reprochar la escasez de público en el Auditorio Nacional. Por cierto, ya dejan hacer fotos.

domingo, 4 de enero de 2015

Currentzis dirige Shostakovich y Rameau: música desde el dolor

BRITTEN: Sinfonietta. SHOSTAKOVICH: Conciertos para violonchelo nº 1. Sinfonía nº 1.
Orquesta de Cámara Mahler. Dir: Teodor Currentzis.
DVD Euroarts, 20599818.
82’
PCM Stereo – 16:9
Ferysa
**** R

RAMEAU: El sonido de la luz. Páginas vocales y orquestales de Les Fêtes d´Hébé, Zoroastre, Les Boréades, Les indes galantes, Plateé, Six Concerts, Nais, Hippolyte et Aricie, Dardanus y Castor et Pollux.
Koutcher, Svetov. MusicAeterna. Dir: Teodor Currentzis.
Sony Classical, 88843082572.
66’38’’
DDD
Sony Music Spain
****R
S

Currentzis

No es precisamente Teodor Currentzis (Atenas, 1972) un señor falto de personalidad. Ni en lo humano ni en lo artístico. Quedó muy claro en la entrevista que le realizamos para esta revista en 2012 con motivo de su presencia en el Teatro Real para Iolanta y Persephóne: esta es una persona que sufre mucho –no tiene miedo en confesarlo– y que quiere transmitir todo su agonía interior en la música. Aspereza, rabia, contrastes extremos en tempi y en dinámicas, hiperexpresividad y, con total coherencia, un obvio desinterés por la belleza sonora en sí misma, son los rasgos que le caracterizan.

Todavía podemos añadir algunos ingredientes más: una importante cantidad de riesgo e imaginación, para lo bueno y lo no tan bueno, y una tendencia al misticismo (el maestro es fiel devoto de la Iglesia Ortodoxa) más trascendente y desmaterializado. Todo ello, en cualquier caso, dicho desde una visión muy torturada de la existencia humana: no debe de extrañar que, frente a algunos Mozart bastante discutibles, sus grandes logros discográficos estén en cosas como el Macbeth verdiano, el Wozzeck de Berg, La pasajera de Weinberg (¿se ha caído definitivamente esta ópera del Real?) o una terrorífica, demoledora Decimocuarta sinfonía de Dimitri Shostakovich.

Shostakovich Concierto violonchelo 1 Isserlis Currentzis

Precisamente en el autor de La Nariz se centró la velada que Currentzis ofreció en 2013 en el Concertgebouw de Brujas al frente de la Mahler Chamber Orchestra (que toca ella solita, de manera portentosa, la juvenil Sinfonietta de Benjamin Britten); un concierto que nos llega editado en DVD de la mano de Euroarts con excelente imagen y toma sonora de calidad (aunque sin multicanal, a estas alturas).

Negra, muy negra es la interpretación del Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich (comparativa), en perfecta sintonía con un Steven Isserlis decidido a resultar sórdido e incluso desagradable antes que humanista, que fue la opción de su dedicatario Rostropovich en sus múltiples registros de la pieza. Y en la Primera sinfonía (comparativa), como era de esperar, el maestro griego deja a un lado todo lo que de desenfadado y gamberro puede tener esta página para decidirse por una visión verdaderamente severa que en su primera mitad ofrece una fuerte dosis de humor negro –más siniestro que corrosivo– para en la segunda decantarse por un lirismo impregnado de congoja y rabia de alto voltaje hasta llegar a un final lleno de rabia contenida. Todo ello lo hace, además, delineando a la perfección la arquitectura de la obra y haciendo que los solistas de la espléndida orquesta –flojea el piano– intervengan con el más acertado sentido teatral. El resultado es una interpretación de referencia, para poner al lado de las de Rozhdestvensky, Bernstein/Chicago y Celibidache, aunque obviamente más en la línea del primero de los citados que en la de los dos últimos.

Currentzis Rameau Sony

El otro disco que nos toca comentar, en este caso un CD editado con espléndido sonido por Sony Classical, consiste en una selección de páginas orquestales de Jean-Philippe Rameau, secuenciadas para escuchar el disco del tirón, que podría recordar como concepto a la “Sinfonía imaginaria” que grabó hace años Minkowski si no fuera porque aquí se han incluido algunas intervenciones vocales. ¿Y cómo se entiende eso del “tremendo sufrimiento” de Currentzis en unas músicas, las de Les Fêtes d´Hébé, Zoroastre, Les Boréades o Les indes galantes, que pertenecen al mundo galante, sensual y delicioso, pero no por ello superficial o falto de expresividad, de lo que entendemos por rococó? Pues alejándose todo lo posible del tópico de “lo francés” que tan maravillosamente han ofrecido aquí directores como Jordi Savall o, con menos exuberancia pero dictando la lección de ortodoxia, el gran William Christie, para desplegar un mundo sonoro de contrastes tímbricos y dinámicos extremos, de verdaderos arrebatos pasionales, de tormentas terroríficas, de fanfarrias brillantísimas… y también de concentradísima elevación espiritual.

Ni que decir tiene que su orquesta MusicAeterna , que parece tocar como si le fuera la vida en ello, utiliza aquí instrumentos originales, y que el enfoque es rigurosamente historicista a pesar de que Currentzis afirma en la carpetilla que no ha pretendido “buscar el sonido barroco más auténtico, sino ir más allá y encontrarme con zonas de mí mismo que aún no he conocido”. No es necesario hacer caso de semejantes elucubraciones: basta dejarse llevar por la intensa emoción de este registro que pone de relieve la insultante modernidad de la escritura orquestal de Rameau y, ciertamente, nos lleva por fascinantes paisajes expresivos hasta desembocar en un “Tristes apprêts” (de Castor et Pollux) donde la dirección de Currentzis y la voz de Nadine Koutcher se elevan a las mayores cotas imaginables de poesía y (¡aquí sí!) sensualidad, dejándonos un agridulce regusto a Watteau en los labios. Pura melancolía de un alma que sufre.

Y ahora, a esperar la filmación de la musicalmente portentosa Indian Queen de Purcell que ofreció en el Real.

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Artículo publicado en el número de diciembre de 2014 de la revista Ritmo.

PS. Como curiosidad, uno de los dos clavecinistas del disco Rameau es Maxim Emelyanychev, que fue quien dirigió el reciente Don Giovanni en Sevilla.

martes, 12 de marzo de 2013

Savall y la Orquesta de Luis XV

Cuando hablé de la Sinfonía imaginaria de Rameau diseñada por Marc Minkowski prometí decir algo sobre el doble compacto de Jordi Savall y sus chicos de Le Concert des nations titulado L’Orchestre de Louis XV conteniendo suites de Les Indes Galantes (1735), Naïs (1748), Zoroastre (1749) y Les Boréades (1764). He esperado un poco de tiempo para hacerlo porque quería escuchar estas interpretaciones por segunda vez, aunque la repetición no la he hecho sobre la edición del sello Alia Vox, sino viendo la filmación realizada por los referidos intérpretes en la mismísima Ópera Real de Versalles, que al parecer saldrá en DVD y que de momento pueden ustedes, igual que yo, disfrutar en YouTube en calidad HQ, aunque con sonido no muy allá. Mi opinión ha vuelto a ser la misma: esto es una maravilla, por encima de cualquier otro Rameau orquestal que yo haya escuchado.

Savall Rameau Orquesta Luis XV

Cierto es que Jordi Savall es un director de orquesta irregular, pero aquí –como en todo el repertorio del país vecino– da la campanada, ofreciendo interpretaciones fulgurantes por su fuerza y brillantez, pero también por su sensualidad, refinamiento y sentido del humor, sabiendo ofrecer todas las características del rococó, entre otras la coquetería, la delicadeza y el carácter grácil, sin caída alguna en lo amanerado. La brillantez y la pompa digamos que versallescas, por su parte, no poseen retórica excesiva ni pesadez: estamos en el mundo rococó de Luis XV, no en la época de su antecesor. Y cuando de electricidad se trata, sabe no ser –defecto de otros intérpretes– excesivamente precipitado o seco; de hecho, los músicos parecen tocar con una libertad, una espontaneidad y una frescura diríamos que camerística. El bajo continuo, tan rico e imaginativo como debe ser. La orquesta se encuentra llena de nombres propios, liderados por el violín de Manfredo Kraemer (salvo en los fragmentos de Las Indias registrados un año antes que el resto, en los que Enrico Onofri hace de concertino).


¿Dónde está, en cualquier caso, ese algo especial que hace que este Rameau de Savall me parezca igual de bueno e incluso mejor aún que el de la referencia en este repertorio, William Christie? Pues aparte de cuestiones como el entusiasmo y la imaginación, creo que hay el de Igualada ofrece mejor que nadie esa cosa tan difícil de definir y al mismo tiempo tan inconfundible que conocemos como “toque francés”: una distinción y una elegancia un punto indolente, algo frívola si se quiere pero llena de encanto, que el de Igualada consigue como nadie. Les recomiendo encarecidamente que vean este vídeo y que, si les gusta, se compren la edición en audio, que además de estar tan bien presentada como acostumbra este sello, suena maravillosamente, sobre todo en un reproductor de SACD.

viernes, 8 de marzo de 2013

Emmanuelle Haïm con la Filarmónica de Berlín

Si, por ejemplo, la Orquesta Barroca de Friburgo interpreta a Schubert bajo la batuta de Pablo Heras-Casado, ¿por qué no va a interpretar la Filarmónica de Berlín a Rameau y a Haendel con directores rabiosamente historicistas? Algo así debió de pensar Sir Simon Rattle –él mismo dirige con frecuencia a la Orchestra of the Age of the Enlightenment– cuando llamó a Emanuelle Haim para hacer este programa filmado el 23 de junio de 2001 en la Philharmonie de la capital alemana, que ustedes pueden ver, previo pago, a través de la Digital Concert Hall. A mí me ha gustado mucho.


Por lo pronto, la clavecinista y directora francesa consigue que los músicos de la mítica formación se plieguen a tocar –con algún gazapo puntual sin apenas importancia– bajo parámetros de un riguroso historicismo, yo diría que más aún de lo que ya lo hicieron, como expliqué por aquí hace tiempo, un Ton Koopman o un Giovanni Antonini; los sonidos fijos de la cuerda pueden poner de los nervios a más de uno, por lo que no recomiendo el visionado a aquellos que en Barroco no pasaron de Raymond Leppard.


Además, se consigue un contraste muy interesante entre la cantabilidad suprema de los músicos de la Berliner Philharmoniker (¡impresionante, por ejemplo, Emmanuel Pahud!) y el estilo directorial de Haïm, que sin carecer de concentración lírica, es fundamentalmente teatral, vivaz, contrastado y anguloso, incluso algo entrecortado. Como la propia gestualidad de nuestra artista, sin ir más lejos, quien por cierto también tiene ocasión a ratos de sentarse a tocar, magníficamente, uno de los dos claves de continuo; en Haendel se añade una tiorba que se integra con el conjunto sin dejar de aportar, además de color, su dosis de imaginación.


El autor de El Mesías está representado por el Concerto grosso HWV 319 (el primero de la serie de doce) y las suites nº 1 y 3 de la Música acuática, ofreciéndosenos interpretaciones con garra, vida, agilidad –el fraseo puede resultar pimpante para algunos paladares–, energía algo brusca y, desde luego, mucha sal y pimienta.

De Rameau se presentan dos suites realizadas por la propia directora seleccionando fragmentos de obras como Dardanus, Les Fêtes d’Hébé, Platée o Naïs, ordenadas buscando cierta lógica sinfónica, un poco a la manera de la Sinfonía imaginaria organizada por Minkowski de la que hablé hace poco por aquí. Con este director comparte Haïm cierta tendencia a la sequedad sonora y a precipitarse un tanto, aunque a mi modo de ver los resultados de esta señora son superiores a los de su colega. Eso sí, aun siendo parisina, creo que le falta ese toque de sensualidad y galantería propiamente rococó, y propiamente francesa, que sí tiene alguien con quien ella trabajó bastante, William Christie… que es de Buffalo. Digresiones aparte, concierto de lo más recomendable.

martes, 5 de marzo de 2013

Les Boréades de Rameau por Christie y Carsen: obligatorio

Permítanme hoy recomendarles vivamente este doble DVD editado por Opus Arte que he visto hace unos días y que me ha parecido maravilloso. Empezando por la obra: Les Boréades, creación póstuma de un Jean Philippe Rameau que falleció durante los ensayos a la edad de ochenta y un años y no se estrenó completa hasta 1982 -han leído bien-, es una verdadera obra maestra en la que el artista ofreció arias muy hermosas, desde luego, pero deslumbró sobre todo en las partes orquestales, más admirablemente instrumentadas y más imaginativas aun que en el resto de su densa trayectoria en el terreno de la ópera-ballet. El tópico es cierto: como compositor de música para danza nunca ha tenido rival en Francia. Yo había escuchado suites orquestales, pero no la obra completa (la única grabación anterior era la de Gardiner): he quedado encantado.

Rameau Les Boreades Christie DVD

Claro que una obra así, con libreto simplón y un papel enorme concedido a la danza en detrimento de la continuidad dramática del canto, solo puede funcionar bien sobre la escena con una producción de primera. Aquí tenemos una de primerísima: el canadiense Robert Carsen ofrece lo mejor de sí mismo con una propuesta rabiosamente moderna en el mejor de los sentidos, llena de inteligencia, magníficamente llevada, bellísima en lo visual, acertadísima en el uso dramático de la iluminación y, desde luego, respetuosa con la música. Las coreografías de La La La Human Steps pueden resultar más nerviosas de la cuenta en más de un momento, pero el contraste con la música resulta de un innegable atractivo. Escénicamente, un diez.


Musicalmente, un nueve. El reparo es Barbara Bonney, que tienen problemas por arriba, por abajo y en las agilidades; en cualquier caso su voz es de gran belleza tímbrica en el centro y aquí no se deja llevar por su habitual tendencia a lo dulzón; canta con un gusto exquisito, amén de con absoluto respeto por el estilo. Que una señora tan bella acepte salir fea a escena es, por otra parte, un signo de enorme profesionalidad por parte de la soprano estadounidense.

Quien más canta es el personaje de Abaris, que Paul Agnew (¡qué bien me cae este señor desde que le vi haciendo el payaso, en el buen sentido, en su actuación con The Consort of Musicke en Sevilla allá por 1990!) borda de manera magistral, con absoluta pureza vocal, estilo y sensibilidad. Irreprochables Toby Spence y Stéphane Degout, bien Nicolas Rivenq; no tanto Anna-Maria Panzarella. En el último acto se incorpora al elenco Laurent Nauri, estupendo como Borée.

En el foso están William Christie y Les Arts Florissants, es decir, la perfección absoluta en Rameau. Que haya alguna nota falsa es lo de menos, porque estos señores están llenos de vida, de elegancia y de musicalidad, sabiendo además acertar con la coquetería y la sensualidad que demanda el rococó sin caer en blanduras ni en ligerezas mal entendidas. En cuanto a las partes más extrovertidas, nada hay aquí de esa tendencia a la precipitación y la brusquedad que encontramos en otro de los más reputados intérpretes del autor, el sobrevalorado Minkowski del que ya hablé en una entrada anterior. Con Christie el empuje está perfectamente controlado con una técnica y una musicalidad de primerísimo orden.

La edición se acompaña de un documental de una hora con entrevistas a los principales intérpretes, entre los cuales Carsen se lleva la parte del león explicando su propuesta. Todo el material está subtitulado en castellano. La toma sonora es muy buena, pero personalmente no me gusta que en el surround suenen elementos escénicos por detrás: hubiese preferido que esos canales captasen en exclusiva la reverberación y el ambiente de la Ópera de París, donde se filmó esta producción en 2003. Lo dicho: no recomendable, sino casi obligatorio.

martes, 26 de febrero de 2013

Minkowski y la “sinfonía imaginaria” de Rameau

Este Super Audio CD lo compré y escuché hace ya tiempo, pero he querido volver a él ahora que he tenido la oportunidad de conocer mejor el universo de Jean-Philippe Rameau. Lo protagoniza uno de los directores que más detesto, Marc Minkowski, por descontado al frente de sus Musiciens du Louvre, cuyos veinte cumpleaños celebraron precisamente con este programa: una selección de páginas orquestales del gran teórico y compositor dispuestas a manera de sinfonía imaginaria hasta alcanzar casi la hora de duración. Algunas son muy conocidas, como la danza de los indios norteamericanos de Les Indes galantes, otras lo son bastante menos salvo para los buenos conocedores de este repertorio, pero todas ellas ponen de manifiesto la muy fértil imaginación ramista -a veces de extrema originalidad: escúchese el Preludio de Les Boréades, su obra póstuma- y el pleno dominio de un instrumento que él contribuyó de manera considerable a incorporar a la música francesa: la orquesta moderna, claro está. La grabación fue realizada por los chicos de Archiv en junio de 2003 y ofrece muy buenos -no excepcionales- resultados técnicos, al menos en un reproductor de SACD.

Minkowski Rameau Sinfonia imaginaria

¿Y la interpretación? Pues empeoro mi impresión inicial, que era positiva: irreprochable desde el punto de vista filológico y llena de esa energía, esa extroversión, ese gran sentido teatral y esas ganas de comunicar que caracterizan al director francés, eso es indudable, pero también muy basta, vulgar y de cara a la galería. En realidad Minkowski hace lo de siempre, que es ni más ni menos que lo habitual en los directores que buscan el aplauso por la vía fácil: irse a los extremos de la gama dinámica sin cuidar las gradaciones intermedias, contrastar todo lo posible los tempi haciendo más lentos los lentos y precipitándose en los rápidos, agitar a la orquesta en plan efectista sin atender al detalle y abusar de la percusión. Todo muy vistoso y muy primario.

También es cierto que en esta ocasión no hay problema a la hora de confundir, como le pasa tantas veces a este señor, el vuelo lírico con la frivolidad o la cursilería, entre otras cosas porque la música rococó demanda una buena dosis de levedad bien entendida; Minkowski sintoniza con ello plenamente y de este modo ofrece momentos “reposados” francamente bellos. Por eso mismo, y por las virtudes antedichas, no creo que se trate de un mal disco, sino más bien de una realización irregular que no hace plena justicia a la calidad de la música de Rameau como si lo han hecho, también en el terreno de suites orquestales, Frans Brüggen y Jordi Savall: precisamente del doble compacto de este último titulado La orquesta de Luis XV me gustaría hablar pronto.


Les dejo con una pequeña comparación para aclarar las ideas: el célebre rondeau de los salvajes de Les Indes Galantes interpretado primero por el gran William Christie (en la fantástica producción con coreografías de la granadina Blanca Li) y luego por el señor Minkowski en plan... Pues eso, muy salvaje.


Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...