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martes, 1 de abril de 2025

La Philharmonia, Santtu y Perianes en el Maestranza: Finis Gloriae Mundi

De la mano de su titular Santtu-Matias Rouvali ha llegado la Philharmonia Orchestra al Teatro de la Maestranza por tercera vez, después de las visitas con Giuseppe Sinopoli en 1993 y con Pedro Halffter en 2005. Hay que recordarlo: la orquesta de Karajan, Klemperer, Muti, Dohnányi y Salonen. La orquesta de multitud de grabaciones de referencia que atesoramos los discófilos. Una de las grandes europeas. Es necesario traerlo otra vez a la memoria porque llega en medio de la total indiferencia por parte de la prensa local, para la que semejante acontecimiento no parece motivo de celebración. Le estimula mucho más, con diferencia, el Festival de Música Antigua, o que la Orquesta de Cámara de Bormujos se pase a la kale barroka, esto es, a las maneras “históricamente informadas” del non-vibrato y del ñic-ñic non stop. Para eso, todos los parabienes habidos y por haber, a veces publicando su reseña en dos y hasta en tres (!) medios diferentes. No hay que extrañarse: son los mismos medios que mostraban su rechazo a que tuviéramos todos los años a uno de los más grandes músicos del último medio siglo, un tal Daniel Barenboim, o que reclamaban en tiempos del citado Halffter “menos cosas raras” (por lo del repertorio del primer tercio del XX) “y más zarzuela”. Me refiero a Diario de Sevilla y ABC respectivamente, por si alguien no capta “la indirecta”. Lo peor de todo es que el desinterés parece ser compartido por el público, que abarrotó las tres funciones de La Verbena de la Paloma y se dio tortas para escuchar a Anna Netrebko, pero que dejó a medio llenar a la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, a Ismael Jordi y a una Philharmonia que, por si fuera poco, ha venido con otra gloria local: Javier Perianes. ¿De verdad que por ser de Nerva hay gente que no se ha enterado de que es uno de los mejores pianistas del mundo? Alucinante. 

El Maestranza ha hecho muy bien en recuperar las grandes orquestas: no puede haber teatro con ciertas aspiraciones que no cuente de vez en cuando con alguna formación de primera fila, al igual que debe hacer producciones propias de ópera o recuperar patrimonio musical local con independencia de su calidad. Pero a nadie se le escapa que después de estas calvas en el patio de butacas el proyecto está condenado a su desaparición.

Me decía un amigo que al público no hay que reprocharle nada, que va a lo que quiere. Cierto. Que la crisis se da a nivel mundial. Pues también. Pero no es menos verdad que se podría hacer una labor de promoción que no se hace. Porque a algunos no les da la real gana, habría que añadir. ¿Acaso no es noticia que una orquesta de semejante categoría visite Sevilla? Y si no es ni mucho menos tan popular como la Wiener Philharmoniker o Ana Netrebko, ¿no habría que explicarle al previamente al personal que estamos ante algo de muchísimo interés o calidad? Parece que no. Y eso puede conducir –va a conducir: son los tiempos de la motosierra de Trump y Milei– al triunfo del pensamiento reaccionario. Si algo no interesa, las instituciones públicas no tienen por qué ofrecerlo. Quien quiera exquisiteces, que se las pague, y si no puede, que se conforme con escuchar los discos. No, no es broma: esto último se lo he leído a un crítico local. Abandonad toda esperanza, diríamos si nos pusiésemos en plan Dante, aunque como el Hospital de la Caridad está justo detrás del Maestranza (¡ahí sí que está el gran Barroco sevillano!), mejor lo hacemos a la manera de Miguel de Mañara: Finis Gloriae Mundi. En fin, vamos al concierto.

Más o menos se sabía como iba a estar, porque hay testimonios fonográficos. Ya he comentado aquí cómo Javier Perianes se enfrenta al Concierto para piano nº 5, Egipcio, de Camille Saint-Saëns, a raíz de una pequeña comparativa discográfica que me ha permitido apreciar cuál es el peligro a la hora de interpretar esta música: trivializarla con un fraseo en exceso nervioso, toque en exceso aéreo y carácter excesivamente lúdico. Nuestro artista evita los tres, porque su toque sabe no perder densidad armónica y su discurso horizontal posee una concentración asombrosa, aunque debo advertir ahora que no ha sido “muy Perianes” al abordarlo. Más bien me ha recordado –nadie se escandalice por la comparación, el onubense es uno de los grandes– las maneras de hacer de Arthur Rubinstein, lo que implica una interesantísima mezcla entre elegancia, fuego tan intenso como controlado y hedonismo a la hora de gozar de melodías y colores. Combinación difícil, casi cuadratura del círculo, pero factible. ¿Un Saint-Saëns señorial? Algo así. Virilidad no reñida con delicadeza, intensidad alejada de los fuegos artificiales, hondura sin intención de perder la luminosidad del discurso, delectación melódica que sabe no ceder al narcisismo… y mucha, mucha belleza sonora. Todo ello servido con un toque particularmente variado y expuesto –puede haber alguna nota falsa, eso no alcanza la menos significación– con una facilidad insultante, como si se estuviera paseando por las teclas del piano. A veces al pianista miraba al patio de butacas con cara extraña, como si algo le inquietara, pero lo que allí se escuchaba trasmitía un enorme placer por hacer música, amén de una palpitación vital (¡qué tercer movimiento más sanguíneo!) fuera de lo común. Orquesta y director hicieron un trabajo no genial –en algún momento el piano tapó determinadas líneas de las maderas–, pero sí de alto nivel.


Tampoco el onubense fue “muy Perianes” en la primera propina, una Danza del fuego discutible, reveladora y quizá genial en la que dejó a un lado evocaciones atmosférica y subrayó con valentía ritmos y angulosidades –toque macizo, sin llegar a lo percutivo– para mirar cara a cara al universo de Bartók. En la segunda y última sí que fue él mismo: el célebre Nocturno de las Piezas líricas de Grieg. Ni a Gilels ni a Gavrilov, referencias en este repertorio, se lo he escuchado con semejante grado de inspiración. Pura magia sonora en la que una increíble capacidad para regular el sonido del instrumento se unía a una concentración que le permitía mantener las tensiones a pesar de la lentitud del tempo escogido. Un prodigio irrepetible.

Suite de El pájaro de fuego en la segunda parte. Versión 1945, habría que puntualizar: orquestación aligerada –y más barata–, inclusión del maravilloso pasaje del juego de las princesas con las manzanas de oro y acordes finales de la sección conclusiva muy recortados. El maestro finlandés ofreció lo mismo que en el disco aquí comentado, esto es, una de las posibles visiones de esta partitura particularmente poliédrica. Ni el romanticismo denso y voluptuoso de Colin Davis, ni el sentido narrativo del más temprano Ozawa, ni la electricidad del Boulez de los setenta. Menos aún la seca violencia del propio Igor Stravinsky. Santtu –con su nombre de pila le promociona la orquesta– miró al universo impresionista con una pincelada particularmente ligera y ágil mediante la cual las angulosidades de la escritura se transformaban en elegantísimas curvas, el tejido se aclaraba y la interpretación perdía carácter teatral para convertirse en un exquisito estudio de timbres y texturas. Fue una recreación aérea –por fortuna no excesivamente leve–, muy bella y en cierto modo abstracta que, efectivamente, miró al Impresionismo, pero entendiendo ese estilo no como evocación de atmósferas más o menos sensuales y misteriosas, sino como indagación en las cualidades expresivas de la pincelada, muy mirando hacia el futuro. Ya saben, lo que Boulez hacía cuando dirigía a Debussy y a Ravel pensando en sus propias Notations. No, no es casualidad de que a quien más me recordara ayer Santtu recreando El pájaro fuera al Boulez de su colaboración con Chicago.

Primera propina en la misma línea: esa tontería maravillosa que es la Circus Polka del propio Stravinsky en interpretación nuevamente refinadísima, delineada de manera meridiana, muchísimo más elegante que propiamente circense, en la que el juego virtuosístico de ritmos y colores quedaba maravillosamente expuesto. Todo un lucimiento, para eso la tocaron, por parte de metales y percusión de la orquesta londinense. Las maderas, siendo de calidad, me gustaron un poco menos a lo largo del concierto. ¿Y la cuerda? Para ella fue la segunda propina, una Danza húngara nº 1 de Brahms que, con independencia de determinadas decisiones de la batuta, nos hizo disfrutar de un empaste, una tersura y una redondez que nos dejó maravillados. Disfrutemos de lo escuchado: puede que tardemos lustros en escuchar una máquina de hacer música de semejante categoría en el Maestranza.

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza

jueves, 27 de marzo de 2025

Santtu dirige Stravinsky

He hablado un poquito de la Philharmonia Orchestra en la entrada anterior, pero ahora quiero seguir haciéndolo sobre su titular Santti-Matias Rouvali atendiendo a las grabaciones que a disposición de todos ha puesto la formación londinense. Llego así, después del Shostakovich y del Tchaikovsky ya comentados, al registro con más morbo: la suite de 1945 –es decir, la larga y retocada en la orquestación, no la habitual de 1919– de El pájaro de fuego de Stravinsky, precisamente la obra que tocará en la segunda parte de sus conciertos de Sevilla y Zaragoza; en Madrid harán la Sinfonía de Cesar Franck.
 

Un nueve sobre diez para la recreación. Grosso modo, un director tiene tres puntos a dónde mirar cuando tiene que poner en sonidos esta página: a la herencia del pasado –Rimsky particularmente–, a los paralelismos con el repertorio impresionista –el ballet es de 1910– y al Stravinsky futuro. El maestro finlandés canta con delectación y vuelo lírico las melodías, pero no se se deja llevar por la voluptuosidad sinfónica y el apasionamiento del Romanticismo. Sí que hay contactos con el Impresionismo, no tanto en lo que al interés por atmósfera y al uso de una pincelada difuminada se refiere como en la búsqueda de sonoridades ligeras, un punto aéreas, en las que un toque leve puede adquirir mucho significado. Y mira, sin lugar a dudas, a lo que va a deparar el futuro del compositor, aunque no a la violencia de Le Sacre sino a la agilidad, el nervio y el carácter incisivo de Petrushka, no en balde la obra que ocupa la otra mitad del disco.

Dicho esto, lo que hay que admirar en esta tan refinada como bulliciosa recreación es la claridad que consigue quien la orquesta  ya oficialmente llama Santtu: de las treinta lecturas –entre suites y grabaciones del ballet completo– que conozco de esta página, solo a Pierre Boulez y Klaus Mäkelä les he escuchado algo de semejante transparencia, aunque hay que puntualizar que ellos consiguen algunas frases aún más reveladoras mientras que nuestro artista nos descubre otras. Y no, no es cosa de los ingenieros de sonido. Lo micrófonos no están "metidos en el instrumento", como pasa en las grabaciones de Currentzis. El oyente percibirá enseguida que Rouvali se lo ha currado muchísimo y que la orquesta se encuentra a la altura. ¿Reparos? Sí que los hay. Los portamentos en la Berceuse  resultan de una molesta blandura. En el número final, lo que podemos llamar "himno de la liberación" suena con esa articulación recortada por la que optaba el propio Stravinsky en esta edición de 1947 y que él mismo subrayó en su registro; a mí no me termina de convencer, pero teniendo la sanción del compositor no hay nada que objetar. Y las dos grandes pausas en la coda me parecen innecesarias y efectistas. Por lo demás, impresionante labor.

La recreación de Petrushka –versión de 1947, con el final alternativo– va en la misma línea de agilidad, nervio y carácter incisivo. Justo lo que la página necesita. Sin embargo, aquí las cosas funcionan menos bien. A mi entender, y por mucho que haya que aplaudir el riesgo de ofrecer algo personal, Santtu se toma demasiadas libertades en los tempi y en la agógica. Algunas decisiones interesan y otras nos hacen levantar una ceja. Tampoco termina de convencer la expresión, que necesita un enfoque más decidido, bien hacia la calidez de las emociones, bien hacia el sarcasmo. En cualquier caso, otra vez uno termina quitándose el sombrero ante la claridad conseguida, más aún teniendo en cuenta las complicaciones de esta página de habilísimo tejido polifónico. 

Las grabaciones son de gran calidad –amplia gama dinámica– y se encuentran con facilidad en la red. De Petrushka pueden ustedes prescindir, porque hay mucha competencia, pero yo El pájaro no me lo perdería.

viernes, 21 de marzo de 2025

Santtu dirige los ballets de Tchaikovsky

Continuamos el recorrido por el arte de Santtu-Matias Rouvali con selecciones de los ballets de Tchaikovsky al frente de la formación de la que es titular, la Philharmonia de Londres, justo con la que se presentará próximamente en España. El sello es el de la propia orquesta y las pueden ustedes escuchar en las plataformas de streaming habituales.

Son 42 minutos los que dura la suite de El lago de los cisnes registrada en directo el 3 de noviembre de 2019. La grabación no es muy buena, y tampoco ayuda la acústica del Royal Festival Hall, pero aun así se puede disfrutar plenamente de una notabilísima recreación en una linea muy distinta a la que muchos tenemos en mente, por haber aprfendido a amar esta música con ella: la lectura que del ballet completo realizó Seiji Ozawa con la Sinfónica de Boston. Si el japonés nos ofrecía un Tchaikovsky extremadamente elegante, lírico y refinado, lo que para algunos puede traducirse como "excesivamente occidentalizado", en el que se planteaba como principal objetivo demostrar la belleza de esta música, el finlandés se decanta por una interpretación inflamada en lo expresivo y un punto rústica en lo sonoro: pierde en delectación melódica, sensualidad y magia poética lo que gana en sentido dramático, garra e inmediatez comunicativa. Me gusta bastante así, aunque no me convencen algunas libertades en el célebre vals: los portamenti molestan más que ayudan, y el teatral "parón" por el que opta en un determinado momento no termina de funcionar. Por lo demás, el pulso es excelente –la referida inflamación no conduce al maestro a precipitarse–, y resulta bastante notable, aun más atento a la globalidad que al detalle, el trabajo con una Philharmonia que no parecía encontrarse en su mejor momento.


Más en forma parece estar en la suite –la de toda la vida– de El cascanueces, procedente de un concierto de otoño de 2021, pese a un desajuste notorio en la Danza china que al maestro le cuesta trabajo solventar. ¿Falta de técnica de batuta? A mí me parece que lo que falla es la concentración de los fagotes. La interpretación es globalmente notable. Los parámetros expresivos son los mismos que en El lago de los cines, lo que puede hacer pensar que, como esta obra tan navideña parece pedir un enfoque más naif, las cosas van a funcionar peor. No es así. De hecho, cuando al maestro no le sale bien es al decidir ponerse en plan ensoñado añadiendo al Vals de las flores unos reguladores –que le he escuchado en directo a Lorin Maazel– demasiado preciosistas, sobre todo al contrastar por el fuego enorme (¡qué violonchelos!) con que el joven maestro aborda la página, que llega a concluir con cierta brutalidad. Francamente bien el resto: da gusto escuchar esta música con semejante frescura, electricidad y gozo vital, aunque se deje un tanto de lado lo del cuento de hadas.

Los 33 minutos de La bella durmiente se registraron en 2023. Es la mejor de las tres actuaciones de la orquesta, pero la menos buena por parte del maestro: como pasaba al final de El Cascanueces, el fuego termina conduciendo al exceso. Sobran rigidez y contundencia, se echan de menos sensualidad, ensoñación y vuelo poético, al menos en el Vals que popularizara Walt Disney y en el precioso Pas d'Action del acto I. En contrapartida, otros números brillan por su brillantez, incisividad y elevado sentido teatral. La toma es esta vez muy satisfactoria, quizá por ser la reciente de las comentadas.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...