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viernes, 6 de agosto de 2021

Bernard Herrmann dirige Great Shakesperean Films

Ya he escrito varias veces del asunto en este blog: si Bernard Herrmann estuvo toda su vida intentando infructuosamente ser reconocido como director de orquesta, lo cierto es que en sus grabaciones realizadas para Decca entre 1968 y 1975 demostró ser un auténtico prodigio de la batuta. Y no solo con la música de cine –la suya propia y la de otros–, sino también el repertorio clásico puro y duro. Dice Ángel Carrascosa que suyas son las mejores versiones que ha escuchado de Finlandia de Sibelius, de la Pavana de Fauré y de la Bacanal de Saint-Säens. Yo añadiría a la lista de prodigios la Segunda de Ives, Los preludios de Liszt –un pelín hinchados, pero tremendos–, la Pastoral de estío de Honegger, el Aprendiz de brujo de Dukas, las Gimnopedias 1 y 3 de Satie y esos singularísimos Planetas de Holst que tan mala prensa tuvieron en su momento. 

La caja The Films Scores oh Phase 4 recupera otro de esos discos portentosos en lo que a dirección de orquesta se refiere: Music from Great Shakesperean Films. Se registró en los estudios del sello británico el 23 de marzo de 1974 e incluyó música de Shostakovich, Walton y Rózsa, todo ello con la complicidad de la National Philharmonic Orchestra que, por si ustedes no lo saben, era una espléndida formación “de bolos” congregada por su concertino Sidney Sax a partir de las fuerzas londinenses disponibles para la ocasión.

El Hamlet cinematográfico de Shostakovich (1964), muy superior al que había escrito para la escena varias décadas atrás, es una de las mejores partituras sinfónicas de su periodo tardío: tal vez le estimularan las subyugantes imágenes de la cinta de Kozintsev. Bernard Herrmann se siente como pez en el agua: atmósfera gótica cien por cien, terror en estado puro -la escena fantasmal- y una dosis muy considerable de ironía y mala leche. La conexión es absoluta. He escuchado varias versiones de esta música y ni una sola se le acerca. ¡Lástima que solo grabara veintiún minutos!

Del Ricardo III de William Walton (1955) se ofrecen los títulos iniciales y finales. Típica marcha del autor que Herrmann aborda con lentitud extrema, enorme vuelo melódico e intensidad sin parangón. Pero lo que ya es el colmo son los tres números del Julio Cesar de Miklós Rózsa (1953). Nunca jamás se ha escuchado la música del húngaro dirigida con semejante fuerza dramática. ¡Qué manera de acumular tensiones en “Los Idus de marzo” y de meternos el miedo en el cuerpo con la cuerda grave de la escena del fantasma! Finalmente, la secuencia en la que el compositor superpone la marcha de Octavio con el tema de César para ilustrar el suicidio de Bruto –James Mason– alcanza un grado tal de ardor y desesperación que cada vez que la escucho –lo confieso, este es uno de los discos que más ha pasado por mi equipo– se me humedecen las lágrimas.

¿Y el sonido? Las características de Phase 4 están ahí, por lo que en más de un momento llegan a molestar una celesta o un arpa en primerísimo plano. Dicho esto, en la mayor parte de la música el equilibrio es correcto, mientras que en lo que a pureza tímbrica y carnosidad se refiere, la labor del ingeniero Arthur Lilley es portentosa. Tras la nueva remasterización realizada este mismo año suena mejor que nunca. Total, uno de los mejores discos de música de cine que existen. Así de claro.

sábado, 7 de abril de 2018

Barbirolli en BBC Legends: suena mal, pero es imprescindible

Soy de los que piensan que Sir John Barbirolli no solo fue uno de las más grandes maestros del siglo XX, sino también el mejor director de música británica que se haya conocido. Buena prueba de ello es este disco del sello BBC Legends que, pese a su muy mediocre calidad de sonido, resulta de escucha imprescindible.

Se abre el CD con In the South, de Edward Elgar. El maestro, que no incluyó esta partitura en sus grabaciones oficiales del autor para EMI, ofrece una recreación absolutamente memorable que se caracteriza por acentuar, sin perder nunca el control de los medios –sin precipitarse y atendiendo a la claridad–, los aspectos más escarpados y dramáticos de la página, en la que inyecta una indesmayable electricidad interna y una buena dosis de brillantez en absoluto retórica, lo que no le impide precisamente recrear con el más concentrado y conmovedor lirismo la sección central. Una lástima que la toma sonora, realizada el 20 de mayo de 1970, se vea perjudicada por la problemática acústica del Royal Festival Hall.
 

Sigue la Partita para orquesta de William Walton, página muy vistosa, diríase “cinematográfica”, que recibe una interpretación aún mejor que la del dedicatario de la misma, que no fue sino George Szell. Y es que Barbirolli sabe aunar incisividad, tensión interna y brillantez sin dejarse llevar por el mero sentido del espectáculo, sino inyectando convicción y fuerza expresivas a más no poder. A destacar como el segundo movimiento (“Pastorale siciliana”) no se queda en la delectación, sino que ofrece una muy apreciable dosis de sal y pimienta, aunque ciertamente es en el tercero (“Giga burlesca”) cuando el maestro más puede dar rienda suelta a su corrosivo sentido del humor. La BBC Symphony –en el resto del disco la orquesta es la Hallé– rinde a buen nivel. El público de los Proms, justamente entusiasmado. La toma corresponde al 8 de agosto de 1969: es estereofónica, pero resulta muy desequilibrada en los planos sonoros.

La escalofriante Sinfonia da Requiem de Benjamin Britten conoce asimismo una descomunal interpretación, en esta caso marcada por un indisimulado expresionismo, con un primer movimiento desazonante a más no poder gracias a su calculadísima administración de tensiones, un segundo incisivo, feroz e implacable –pero en absoluto decibélico o de cara a la galería– y un tercero que alcanza –de nuevo increíbles las tensiones– un clímax acongojante, al mismo tiempo bellísimo y desesperado. Toma sonora monofónica del 8 de agosto de 1957, asimismo procedente de los BBC Proms

La Guía de orquesta para jóvenes cierra el compacto. De nuevo una maravilla: Barbirolli se olvida del carácter didáctico de la pieza y decide exprimir de ella toda la música posible, que es muchísima. Elegancia, desparpajo, pompa británica, sentido del humor –aun siendo imposible en lo que a este se refiere olvidar las no menos memorables recreaciones de Rozhdestvensky–, cierta atmósfera inquietante y, sobre todo, un lirismo tan emotivo y doliente como embriagador (¡qué canto el de los violonchelos en la octava variación!) conforman ese universo sonoro y expresivo tan definitorio de Britten que el propio compositor supo recoger en estos magistrales quince minutos y Sir John pone aquí de relieve como pocos maestros lo hayan hecho. Pese a estar realizada en los estudios de la BBC, la toma es monofónica y de, de nuevo, muy mediocre calidad. Da igual: no se pierdan este disco.

viernes, 6 de octubre de 2017

Szell dirige Mahler, Walton y Stravinsky

Interesante SACD el que he podido escuchar recientemente con obras de Gustav Mahler, William Walton e Igor Stravinsky interpretadas por la formidable Orquesta de Cleveland y el que fue su titular entre 1946 y 1970 (¡ahí es nada!), el maestro de origen húngaro George Szell. Un director caracterizado por el rigor, la objetividad y el distanciamiento. Con él jamas hay concesión al oyente: nada de efectismos, ni de amaneramientos ni de preciosismos sonoros. Los arrebatos quedan descartados. La arquitectura y el análisis priman por encima de cualquier otra circunstancia, incluyendo la profundización en los pliegues expresivos de la música. De ahí que con frecuencia su arte nos deje un poco a mitad de camino.


Se abre el disco con los dos únicos movimientos completados por Mahler de su escalofriante Décima sinfonía, en grabación realizada en noviembre de 1958. El Adagio recibe una interpretación dicha de un solo trazo, sobria, honesta y dotada de sincero dramatismo: decisión y emoción se dan perfectamente de la mano. Pero a mi entender es también una lectura algo precipitada. Echo de menos un fraseo que respire con más naturalidad, un vuelo lírico más elevado, así como un punto decadente y sensual que a esta música no le sienta nada mal. Muy bien Purgatorio, sonado con adecuada incisividad.

Solo dos meses después se grababa la Partita para orquesta de Sir William Walton, al hilo del estreno mundial que los mismos intérpretes realizaban por esas fechas. Se trata de una partitura muy vistosa, diríase “cinematográfica”, que recibe una espléndida interpretación que sabe aunar incisividad, tensión interna y brillantez, aunque como es de esperar en Szell se echa de menos una dosis mayor de sensualidad y delectación melódica, sobre todo en un segundo movimiento (“Pastorale siciliana”) que le suena más inquietante que lírico. En cualquier caso, el fulgor orquestal queda garantizado y la orquesta realiza una exhibición de virtuosismo para quitarse el sombrero. ¡Qué maderas!

Queda la suite de 1919 de El pájaro de fuego, grabada ya en 1961. Adoptando un enfoque que se aparta de la sensualidad debussysta para mirar con descaro hacia Le Sacre, Szell ofrece una lectura de enorme atractivo: teatral, animada, incisiva, angulosa y de un gran sentido del ritmo, amén de maravillosamente diseccionada. Eso sí, hubiera sido de agradecer un poco más de sosiego, al menos en una danza infernal algo precipitada, como también de atención a la fuerza poética de la música. La canción de cuna, que parece muy lenta en comparación con el resto, es quizá lo más conseguido.

La toma sonora es muy buena para la época en todos los casos, muy clara y espaciosa, si bien se echa de menos una mayor amplitud dinámica.

viernes, 18 de octubre de 2013

Walton por sí mismo y por Sir Colin Davis

Pequeña comparación entre dos discos con idéntico programa integrado por sendas obras de Walton (1902-1983). Por un lado Belshazzar’s Feats, una sinfonía coral disfrazada de oratorio llena de brillantez y colorido, pero no poco banal e insincera. Por otro la Primera sinfonía, esta sí una partitura cargada de garra, de comunicatividad y de fuerza dramática, admirable además en su riqueza de coloridos y texturas, inspiradísima en suma, independientemente de su manifiesta deuda con el mundo de Sibelius. Escritas en la primera mitad de los años treinta, las dos juntas ponen bien de manifiesto las virtudes e insuficiencias del compositor británico.

En cuanto a las interpretaciones propiamente dichas, el primero de los compactos, editado por el sello BBC Legends, recoge con mediocre calidad sonora conciertos en directo bajo la dirección de Sir William en persona, y el segundo –un Super Audio CD de sonido multicanal de gran relieve y carnosidad– hace lo mismo con interpretaciones de la Sinfónica de Londres y Sir Colin Davis en el sello de la citada orquesta.

Walton Colin Davis LSO Live

El Belshazzar’s Feast de Sir Colin procede de conciertos del 28 y el 30 de septiembre de 2008. Estuve presente en el segundo de ellos –por aquel entonces mi poder adquisitivo era muy superior al de ahora y me podía permitir viajar al extranjero–, y comenté en este blog lo siguiente:
“Si Rattle dirige la obra de manera tan extrovertida, descriptiva, brillante y colorista que la partitura parece un musical, y Previn lo hace (me refiero a su grabación de los ochenta con la Royal Philharmonic, la anterior no la conozco) con una rabia, una aspereza y una tensión interna que el oratorio podría pasar como una auténtica obra maestra, Sir Colin Davis afronta la página como lo que es, una interesante muestra de la tradición sinfónico-coral inglesa, se la cree de principio a fin y la ofrece con esa mezcla de solemnidad carente retórica, noble elegancia y tensión sin excesivas aristas que caracterizan su labor en este campo que él ha interpretado desde Haendel hasta Tippet.”
Escuchada ahora la interpretación en disco me reafirmo en lo entonces escrito. La sorpresa ha sido la gran diferencia con la realización ofrecida en el Royal Festival Hall londinense el 22 de septiembre de 1965 por Sir William Walton al frente de la Orquesta Sinfónica y Coros de la BBC (más un muy correcto Donald McIntyre): el compositor, en una interpretación entusiasta y vistosísima que rebosa energía, teatralidad y frescura, se decide por resaltar los aspectos más descriptivos, “cinematográficos” e incluso lúdicos de la obra, todo ello hasta el punto de bordear lo vulgar y perder la relativa hondura espiritual que sí se hace presente con Sir Colin. ¿Se ha inventado este último cosas, pues, o es más bien que el compositor no terminó de darse cuenta de las posibilidades que desprendían sus propios pentagramas?

Walton BBC Legends Belshazzar

Con la Primera Sinfonía pasa algo parecido. La del compositor al frente de la Royal Philharmonic Orchestra en el Usher Hall de Edimburgo el 23 de agosto de 1959 (la toma es monofónica) rebosa energía, brillantez y convicción, enganchando desde el primer compás hasta el último, pero con Sir Colin los resultados son más convincentes, entre otras cosas porque ralentiza los tempi y, en vez de caer en el exceso de nervio y en la relativa precipitación de Walton, paladea la partitura con el fraseo noble que caracteriza al maestro y logra desmenuzar con mucho más detalle el rico entramado polifónico de la obra.

Por lo demás, Colin Davis ofrece interpretación llena de fuerza y convicción, en el punto justo de equilibrio entre elegancia británica y aspereza sonora, con una orquesta tratada con gran plasticidad y clímax magníficamente trazados, siempre con un maravilloso sentido de la grandeza que excluye lo hinchado pese a los innegables excesos de la propia partitura. Desde luego me gusta más esta lectura que las admirables de Rattle en Birmingham (EMI, 1990) y de Bychkov con nada menos que la Filarmónica de Berlin (Digital Concert Hall). También que la del propio Walton que motiva estas líneas. Y vuelta al eterno problema: ¿hasta qué punto puede un intérprete encontrar más aspectos expresivos en una partitura que el compositor en persona?

miércoles, 8 de octubre de 2008

Colin Davis y Mitsuko Uchida: la elegancia bien entendida

La oferta musical londinense es tal que el mismo domingo en que por la mañana escuchaba a Felicity Lott y por la tarde a Viktoria Mullova, tuve que elegir para la noche entre la Phiharmonia con Salonen y la London Symphony con Sir Colin Davis. Opté por lo segundo, aun temiendo que el grandísimo director pudiera fallar en el Cuarto Concierto de Beethoven ejerciendo de "anciano venerable", algo que le pasó a Giulini en sus últimos años y que también le viene pasando, de manera intermitente, al artista británico. Temores infundados.


Su direccion fue, ciertamente, elegante y "clásica", lo que quiere decir que el equilibrio entre forma y fondo y la belleza sonora se pusieron por delante de la profundización digamos "romántica" en los aspectos más escarpados, dionisíacos y dramáticos de la partitura. Ahora bien, y al contrario que otros muchos directores, Sir Colin no confunde este planteamiento con la asepsia ni el distanciamiento expresivo, ni menos aun con la blandura, las sonorides ingrávidas y excesivamente pulimentadas o con la frivolidad. Por el contrario, su Beethoven tiene toda la nobleza, el vuelo lírico y el carácter reflexivo que la obra demanda, sostenido siempre por una arquitectura interna excelentemente planificada en lo que a tensión interna (que no "dramatismo" o "desgarro") se refiere, y en este sentido su recreación de la Op. 58 fue como minimo igual de buena que grabó hace lustros con el anciano Arrau.

En la misma línea estuvo Mitsuko Uchida, una pianista que tampoco se ha destacado nunca por ser el colmo de la fuerza expresiva, pero que sabe ofrecer elegancia y belleza sonoras sin perder de vista la musicalidad ni la sustancia dramática. En esta actuación en el Barbican Hall estuvo estupenda, e incluso me pareció que se superó a sí misma con respecto a su grabación dirigida -maravillosamente- por Sanderling, en la que la pianista oriental se mostraba a ratos algo mecánica e indiferente. La madurez que proporciona el tiempo le ha dejado su huella, y a su nueva aproximación sólo se le pudo reprochar, quizá, que no le sacara todo el partido posible a las acongojantes notas finales del segundo movimieto. Total, que aunque se puedan preferir -yo mismo prefiero- otras aproximaciones, lo de Sir Colin y Uchida es absolutamente indiscutible.

La segunda parte del programa incluía el oratorio Belshazzar's Feast, una pieza que, lo reconozo aun siendo desde hace tiempo admirador la música cinematográfica de Walton, resulta grandilocuente y desprende cierto tufillo hortera. Si Rattle dirige la obra de manera tan extrovertida, descriptiva, brillante y colorista que la partitura parece un musical, y Previn lo hace (me refiero a su grabación de los ochenta con la Royal Philharmonic, la anterior no la conozco) con una rabia, una aspereza y una tensión interna que el oratorio podría pasar como una auténtica obra maestra, Sir Colin Davis afronta la página como lo que es, una interesante muestra de la tradición sinfónico-coral inglesa, se la cree de principio a fin y la ofrece con esa mezcla de solemnidad carente retórica, noble elegancia y tensión sin excesivas aristas que caracterizan su labor en este campo que él ha interpretado desde Haendel hasta Tippet.

El London Symphony Chorus estuvo estupendo y el barítono Peter Coleman-Wright resolvió su parte con algo más que solvencia. Ni que decir tiene que el público del Barbican Hall aplaudió a rabiar, como también lo hicimos los catetos que íbamos allí por vez primera y nos dejamos impresionar, quizá de manera justificada, con semejante despliegue de grandeza, opulencia y billantez sonoras. El concierto se grabó para editar la obra de Walton en LSO live, así que pronto tendremos otra importante opción en las estanterías. Por cierto: ¿para qué demonios está el coro presente, en sus asientos sobre el escenario, durante la primer mitad del programa? Será que no querían perderse a Beethoven, digo yo. A lo mejor a los coristas ingleses, al contrario que a muchos de otras latitudes, sí les gusta escuchar música.

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