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sábado, 22 de mayo de 2010

Christophers y la OCG visitan Úbeda

Estoy pasando el fin de semana en mi querida Úbeda (trabajé aquí durante el curso 2005/06) para asistir a algunos de los conciertos del XXII Festival Internacional de Música. Me lo pasé bien en el que ofreció ayer viernes 21 de mayo en el Hospital de Santiago la Orquesta Ciudad de Granada, integrado por obras de Mozart y Britten, pero a varios expertos amigos no les hizo mucha gracia. ¿Estaré perdiendo facultades? ¿Será que nunca las he tenido? Es posible. También puede ser que le tengo cierta simpatía a Harry Christophers, pues él fue el protagonista (hace ya muchos años, en el Teatro Lope de Vega de Sevilla) de uno de los primeros conciertos de música antigua que escuché en mi vida. O quizá es que el resultado respondió más o menos a lo que esperaba del fundador de The Sixteen: aseo, fluidez, elegancia, distinción digamos “británica”, palpable influencia de las maneras historicistas y… (¿adivinan?) una buena dosis de superficialidad.

Christophers abordó la celebérrima Pequeña serenata nocturna KV 525 como lo que es, una obra de circunstancias. Para lo bueno y para lo no tan bueno. Ni que decir tiene que no hubo en su recreación nada del severo dramatismo de un Klemperer o de la poesía infinita de un Böhm. Para disfrutar procuré olvidarme por completo de las referencias discográficas. Los tempi fueron relativamente rápidos, la articulación ágil y el carácter vivaz, distendido, pero en absoluto pimpante, liviano o cursi, error en el que caen ciertos “especialistas” cuando abordan el repertorio mozartiano. Para terminar de convencer hubiera hecho falta más atención al matiz expresivo y una mayor cantabilidad en el fraseo.

Me gustó menos la recreación de las soberbias Variaciones Frank Bridge, pues aunque Christophers no obvió el lado abiertamente dramático de la página, no supo dotar de continuidad a la misma ni ofrecer la suficiente variedad expresiva. Hubo aquí y allá pasajes estupendos, el estilo fue sin duda irreprochable, pero el conjunto no terminó de emocionar.

Algo parecido se puede decir del Preludio y fuga para cuerdas del propio Britten que abrió la segunda parte. Falló además la comunicación con el público, y eso se notó. La Sinfonía nº 40 de Mozart se quedó a medio camino, pues no en balde se trata de una de las obras más difíciles de interpretar de todo el repertorio. El británico redujo de manera muy considerable el vibrato, ofreció ligereza e incisividad en su punto justo (qué fácil es caer aquí tanto en lo plúmbeo como en lo ingrávido), fraseó sin nerviosismo y atendió siempre al equilibrio orquestal, pero faltó el punto indispensable de tensión interna, de creatividad y de compromiso expresivo que necesita esta genial partitura para revelarnos todos sus pliegues.

Me da la impresión, además, de que Christophers no domina lo suficiente la técnica de dirección orquestal. Su gestualidad es agitada, confusa, y –al menos en el concierto ubetense- no logró sacar todo el partido posible a la formación que tenía delante. La Orquesta Ciudad de Granada sigue siendo formidable para el repertorio clásico y evidenció sus cualidades, pero en más de un momento del concierto la confusión se apoderó de unos primeros violines (por cierto, fabuloso el concertino en los solos de Britten) no del todo empastados. Al terminar la velada los miembros de esta sección mostraron unas caras largas que a mí me parecieron de insatisfacción. En cualquier caso creo que, a pesar de todos los reparos expuestos, se trató de un concierto digno que se pudo disfrutar teniendo en mente que no se iba a contar con recreaciones particularmente personales ni emotivas. Y en cuanto a Christophers, que se siga centrando en Purcell y Haendel, por favor.

domingo, 3 de enero de 2010

El nuevo Mesías de The Sixteen: expresividad, por fin

En diciembre de 1996 pude escuchar en el recién inaugurado Teatro Villamarta de Jerez una interpretación de El Mesías a cargo de Harry Christophers y su grupo de toda la vida, The Sixteen: me pareció muy hermosamente sonada pero un tanto plana, por no decir mortecina. En 2001 me zampé catorce interpretaciones del genial oratorio haendeliano para un pequeño estudio discográfico que preparé para la revista Ritmo (enlace): la que los mismos intérpretes habían grabado -en vivo- en diciembre de 1986 para el sello Hyperion quedó en último lugar de la clasificación junto con la de Parrot. Sinceramente, no creo que esta música se puede hacer más rematadamente aburrida. De ahí que no haya tenido yo mucho interés en escuchar la nueva recreación discográfica de la obra que el director británico y sus chicos grabaron en noviembre de 2007 para su propio sello, Coro, hasta que un amigo -Gonzalo Pérez Chamorro- entusiasta haendeliano y muy fiable en sus gustos me ha hecho escuchar el registro.

Pues bien, me quito el sombrero: esta lectura no solo supera con mucho a la registrada veinte años atrás, sino que me parece una de las más interesantes de las realizadas bajo parámetros historicistas. Y eso que sigue habiendo, bajo mi punto de vista, algunos reparos. El mismo arranque de la obra me parece algo lánguido y deslavazado. Hay de vez en cuando ciertas caídas de tensión y alguna que otra rigidez en el fraseo. Incluso en breves momentos -esto parece que es casi ineludible en el mundo de los instrumentos originales- se roza lo pimpante.

Pero hay que reconocer que aquí se nos ofrece una recreación animada, cálida, comunicativa, luminosa y muy matizada, perfecta en el estilo y, lo más importante, llena de esa expresividad que tanto se echaba de menos en sus anteriores acercamientos. Además, se trata de una recreación ajena a los amaneramientos que con algunos intérpretes aqueja a esta música, empezando por Harnoncourt (enlace): The Sixteen no intentan “descubrirnos” nada, sino hacer las cosas lo mejor que pueden.

Y bien que lo consiguen, sobre todo en la segunda y la tercera parte del oratorio, más que en la primera, y no tanto en las arias como en los coros, tratados estos últimos por Christophers con una sinceridad y una fuerza expresiva realmente admirables (¡magnífico al Aleluya!). Aspectos como la afinación, el empaste y la claridad de la parte coral se dan por supuestos. Más sorprendente ha sido la riqueza, imaginación y exquisito gusto del bajo continuo, seguramente el mejor que he escuchado nunca en esta obra.

Las voces solistas, todas ellas de línea marcadamente británica, rayan a menor nivel. Deliciosa, aunque con apurillos en las notas más agudas, la soprano Carolyn Sampson. Catherine Wyn-Rogers (le escuché la obra en Sevilla en 1995 con Menuhin) cumple en lo vocal y se muestra muy voluntariosa en lo expresivo, mostrando toda la unción que la partitura demanda, aunque creo que aún podría profundizar más en el texto. Un privilegio contar con el veterano Mark Padmore (que por cierto cantaba en la referida función del Villamarta, y que ya grabó la obra con Christie y con Colin Davis): aunque su voz empieza a resentirse con la edad, es un placer escuchar esta parte cantada con arrojo y virilidad. Bien a secas Christopher Purves, quien aun necesitando una voz aún más oscura y rotunda, sale más que airoso de la temible aria de la trompeta.

Buen nivel vocal, pues, que no llega a lo excepcional. Si este registro tuviera las voces con que contó Paul McCreesh, sería quizá mi favorito de entre los historicistas. Como no es el caso, sigo prefiriendo -no conozco la de Jacobs- la ya antigua de Pinnock. Claro que de quedarme con una sola grabación, escogería seguramente la última de Sir Colin Davis (enlace). Y ahora que Robert King ha vuelto al trabajo, a ver si se decide a grabar El Mesías.

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En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...