Soy un absoluto desconocedor de la trayectoria de Wim Mertens, pero no quise perderme la actuación del músico belga en las “Noches de Bohemia” que organiza, este año en los Jardines de la Atalaya, el Ayuntamiento de Jerez. Por cierto, alguien debería decirle a los señores de la Delegación de Incultura que calificar a esta velada como “Noche de Jazz” (Pasión Vega fue “Noche de pasión”, Misia fue “Noche de fados”) es un verdadero disparate, aunque está a la altura de lo que se cuece en el consistorio jerezano.
Tuvo Mertens la idea de que Jerez sirviera para la presentación mundial en su integridad de su ultimísimo disco, The world tout court, que ofreció -rondando la hora de duración- en reducción para violín eléctrico, violonchelo y piano. Música muy floja, a mi entender, que tras un comienzo prometedor se hizo bastante monótona. Seguramente -así me lo aseguran los expertos- gane con la amplia paleta instrumental desplegada en la grabación, pero en directo con una formación de cámara se convirtió en la pesada reiteración de la misma fórmula. Los aplausos iban decreciendo conforme avanzaba la noche.
Mucho mejor la segunda parte, donde incluyó diferentes temas de su penúltimo trabajo, L´heure Du Loup, y algunos “clásicos” de toda la vida que fueron aplaudidos por sus numerosos seguidores nada más sonar los primeros acordes. Mertens se mostró como un excelente pianista (su personalísima manera de vocalizar resulta más discutible), Tatiana Samouil derrochó temperamento al violín y el chelista Karel Steylaert cumplió sobradamente con parte. En total, dos horas de música. Los comentarios a la salida eran unánimes: aburrida la primera mitad de la velada, muy atractivo el resto. Creo que todos nos lo pasamos más o menos bien.