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miércoles, 17 de mayo de 2017

Fleming se despide de la Mariscala

La función del Rosenkavalier que pude ver en directo a través de los cines Yelmo el pasado sábado 13 de mayo desde el Met supuso la despedida de René Fleming de uno de sus roles emblemáticos: la Mariscala. ¿La mejor desde tiempos de Felicity Lott? Probablemente. Cierto es que el prisma con que aborda el personaje es un poco más dulce y ensoñado de lo que a mí me gusta, pero su voz –pura crema–, su línea mórbida y su mezcla singular de erotismo y melancolía la hacen ideal para el personaje, por no hablar de su dominio escénico del mismo. Quizá tenga en Harteros, a la que escuché en Múnich el pasado verano, una admirable sucesora, pero la soprano norteamericana ha sido una de las más grandes en el papel. Todavía con la voz en buen estado, triunfó en una despedida en la que llovieron octavillas y recibió calurosísimos aplausos de un público que la quiere con locura.


Parece que Elina Garança también va a ir abandonando Octavian. Una pena: voz ideal para el rol, magníficamente timbrada y por completo homogénea, manejada con técnica segurísima y al servicio de una perfecta dramatización del texto, ofreciendo virilidad en su punto justo y no cayendo en el exceso de dulzura de, por ejemplo, una Von Stade. Estupenda actriz e increíblemente bello sobre la escena, es quizá el mejor Octavian que he visto y escuchado en mi vida.

La tercera en discordia era Erin Morley, voz correcta e intérprete centrada. No diré que cálida pero sí al menos musical, sin esa excesiva candidez rozando con la ñoñería con que a veces se aborda a Sophie. Quizá se pasara de rosca en el sentido contrario: la encontré un poquito histérica por momentos.

Claro que mucho más peso tiene el papel del Barón Ochs, del que se encargaba el barítono austriaco Günther Groissböck. Fue a él a quien precisamente escuché en la referida función muniquesa junto a Harteros. Entonces no me pareció gran cosa: la voz es potente pero suena trucada, se queda muy corta por abajo y las notas graves suenan como eructos. A su canto no le faltan expresividad ni ganas, sin resultar especialmente sutil. Pero claro, entonces le vi de lejos y ahora lo he hecho a través de primeros planos cinematográficos, y la cosa cambia mucho. Muchísimo: con la ayuda de una sensacional dirección de actores, ofrece desde el punto de vista teatral un Ochs de total y absoluta referencia, diríase que insuperable. Y eso que no es ni viejo, ni gordo.

Excelente el Faninal de Markus Brük. Y muy dignos todos los comprimarios, con la excepción del, a mi entender, muy mediocre cantante italiano de Mathew Polenzani: legato cero, morbidez inexistente, poesía nula. Claro que quien realmente hizo cojear a la parte musical fue Sebastian Weigle, que empuñó la batuta con adecuada energía y sentido teatral, pero por completo ajeno al espíritu de la obra. Si en los segmentos más dinámicos resultó cuanto menos correcto, cuando había que destilar esa particular mezcla de lirismo, sensualidad y magia sonora que reclaman estos pentagramas se quedó cortísimo. De sentido valsístico, ni hablemos. La Orquesta del Met apenas sonó a Richard Strauss. No hay punto de comparación con lo que hizo quien tuve la suerte de escuchar en el foso en Múnich, un Kirill Petrenko que no empezó del todo centrado pero que en el tercer acto, especialmente en el sublime terceto (¿una de las más bellas músicas jamás compuestas?), alcanzó altísimas cotas de inspiración.

Nueva producción escénica de Robert Carsen. O no tan nueva, porque el concepto era el mismo de la abucheada realización salzburguesa cuyo DVD en su momento comenté en Ritmo: la acción pasa a la segunda década del siglo pasado, la taberna es una casa de putas y en ella Octavian/Mariandel lleva la iniciativa frente a un Ochs al que no se le empina. Discutible pero muy convincente, sobre todo porque se atiende muchísimo a que la acción rime con la música y la dirección de actores es magistral. La escenografía y el vestuario ofrecen una vistosidad mucho mayores ahora que en Salzburgo. La iluminación, entonces en exceso oscura, también ha mejorado de manera muy considerable. Obviamente, se han suprimido los desnudos integrales que podían ofender al puritano público norteamericano. Que la caja de la rosa de plata recuerde a un ataúd me parece un gran acierto. La referencia final al estallido de la Gran Guerra me parece, por el contrario, algo ridícula por la manera en que está resuelta.

En fin, una función con luces y con sombras en la que, por razones fácilmente comprensibles, la gran Fleming fue protagonista absoluta. Echaremos mucho de menos su Mariscala.

domingo, 14 de junio de 2009

Imprescindible Boris con Salminen en el Liceu

MUSSORGSKY: Boris Godunov (versión de 1869).
Salminen, Asawa, Arnet, Toczyska, Langridge, Shagidullin, Halfvarson, Lindskog, Kotcherga, Zapata, Mentxaka. Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. Coro Vivaldi. Pequeños Cantores de Cataluña. Coro y Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceo. Dir: Sebastian Weigle.
TDK DVWW-OPBORIS
152’
**** R


He aquí una obra maestra absoluta, el Boris Godunov en su versión original de 1869 -esto es, con la orquestación del propio Mussorgsky y sin el acto polaco- servida de manera difícilmente superable para tratarse de una función en directo. Y eso que la batuta de Sebastian Weigle, que obtiene un extraordinario partido de orquesta y coros, aún podía ser más opresiva, atmosférica e idiomática.

Pero en todo caso se trata de una dirección muy sólida y bien encaminada que se pone al frente de un equipo de cantantes-actores de auténtico lujo (¡cómo están todos, cielo santo!) capitaneado por un Matti Salminen inmenso en lo físico, en lo vocal, en lo interpretativo y en lo escénico. Por no hablar de la portentosa dirección escénica de Willy Decker, moderna y creativa pero siempre al servicio de Mussorgsky, o de la sugerente luminotecnia de David Finn.

Total, DVD imprescindible a pesar de la tomadura de pelo de TDK: no incluir la pista de sonido en DTS que sí se anuncia en la carátula del producto.
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Artículo publicado en el número de noviembre de 2006 de la revista Ritmo.

martes, 25 de noviembre de 2008

El Wozzeck de Bieito

Si el Giulio Cesare de Wernicke del que se habla en las dos entradas anteriores parece un modelo de cómo puede ser una buena producción operística "moderna", el Wozzeck de Bieito es un ejemplo de lo que no debería ser.
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Wozzeck.

Hawlata, Denoke, Goldberg, Tierney, Tilli, Delamboye, Kuebler, Gysen, Schmeckenbecher, Cole.
Petits Cantors de Catalunya. Coro Vivaldi. Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu. Dir: Sebastian Weigle.
BBC Opus Arte, OA 0985 D
DVD 129’ DDD
Ferysa
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En el breve y espléndido documental que acompaña este DVD magníficamente filmado, grabado y presentado, el propio Calixto Bieito califica su propuesta escénica para el Wozzeck ofrecida en el Liceu en enero de 2006 como “directa, impactante, provocadora y emotiva”. De acuerdo con todo salvo con el último adjetivo. Aunque aquí hay una enorme cantidad de ideas inteligentes, entre ellas el magnífico concepto escenográfico materializado por Alfons Flores, y de que el director catalán -cuyo talento es tan grande como su egolatría y desvergüenza- se muestra mucho menos estrafalario y antimusical que en otras ocasiones, tanta violencia, brutalidad y efectismo terminan saturando la retina del espectador y produciendo el efecto contrario al deseado: una indiferencia que conduce al aburrimiento.

Además, no parece en absoluto necesario subrayar de esta manera el mensaje sociopolítico (de izquierdas y por completo vigente, dicho sea de paso) que subyace en la obra original, porque el espectador no es tan lerdo como para no captarla, y tanta obviedad termina resultando panfletaria: al igual que el Anillo “de Chernobil” ideado por Kupfer a finales de los ochenta, este Wozzeck “del chapapote” se ha quedado anticuado… y en un plazo de dos años.

Un voluntarioso pero engolado y plano Franz Hawlata se limita a cumplir con el papel protagonista; me gustó mucho más Jochen Schmeckenbecher (aquí Segundo Aprendiz) en la reposición madrileña. Angela Denoke le pone muchísima intención al fraseo de su Marie, pero en el agudo se muestra tirante y su registro grave es de todo punto insuficiente para el rol. Su marido en la vida real, David Kuebler, compone un Andres de referencia. Johann Till hace un sólido Doctor, Hubert Delamboye un solvente Capitán y el gastadísimo Reiner Goldberg es soportable como el Tambor Mayor. Lo mejor, la dirección de Sebastian Weigle, que sin poseer la fuerza, el sentido del color, el vuelo lírico y la creatividad de su maestro Barenboim, resulta admirable por alcanzar el punto justo entre la tradición tardorromántica y el expresionismo más descarnado.

Por ello, y a pesar de que la personal interpretación del argentino en la magnífica producción de Patrice Chéreau -que sí ha sabido resistir el paso del tiempo- está a punto de salir en DVD, merece la pena la compra de esta edición de BBC Opus Arte. Máxime contando una superlativa calidad de sonido DTS, muy superior a la de cualquier grabación en compacto, que en un buen Home Cinema permite disfrutar a tope de la magistral orquestación atentamente diseccionada por Weigle y de toda una poderosa gama dinámica.
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Artículo publicado en el nº 804, enero de 2008, de la revista Ritmo.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...