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sábado, 17 de abril de 2010

La Orquesta de Valencia falta el respeto a su público

16 de abril de 2010. Palau de la Música en los Jardines del Turia. La Orquesta de Valencia ofrece bajo la dirección de Lü Jia, actual titular de la Sinfónica de Tenerife, una velada integrada por obras de Ravel, Dutilleux y Rachmaninov. Se abre el programa de mano (mal editado, pues la hoja central está colocada al revés y la lectura pasa del castellano al valenciano). En él se descubre un papelito que reza, en dos idiomas, lo siguiente: "AVISO. Por razones técnicas, la Orquesta de Valencia no interpretará la Rapsodia española de Ravel en el concierto de hoy". Así, por todo el morro. Que hayan surgido problemas de última hora es disculpable. Que no se haya colocado otra pieza en sustitución de la misma ya es más feo. Pero lo que me parece una auténtica falta de respeto es que en la hojilla no aparezca algo así como "les rogamos disculpen los inconvenientes causados" o que, en su defecto, una voz en off o incluso algún responsable administrativo en persona hubieran pedido disculpas a un público en el que no pocos vendrían atraídos por escuchar la página raveliana. Bochornoso.


Así las cosas, se empezó directamete con el Concierto para violonchelo de Henri Dutilleux. Caras largas y comentarios sarcásticos entre el público ("mal empezamos", escuché a una señora tras los primeros compases) para una página de enorme belleza, sobre todo en el cuarto de sus cinco movimientos. Eso sí, muy exigente para el oyente, como también para la orquesta. Por fortuna el director chino realizó una irreprochable labor en la que consiguió que la partitura quedara meridianamente expuesta, si bien en una línea más impresionista que expresionista, lo que a mí no es lo que más me gusta: eché de menos garra dramática. En perfecta sintonía con la batuta, el gran Asier Polo demostró que la obra no le ofrece ningún escollo técnico (engrosó y adelgazó el sonido a placer) y que es capaz de destilar de ella una enorme carga de sensualidad. Muy hermosa -y quizá un pelín falta de carácter- la allemande bachiana ofrecida como propina.




En la Segunda Sinfonía de Rachmaninov hay que elogiar el fantástico trabajo técnico de Lü Jia, que hizo sonar a la orquesta muchísimo mejor de como lo ha hecho las últimas veces que la he escuchado, prueba de que la formación valenciana sigue albergando un potencial que necesita buenos directores para lucir como es debido. Hubo empaste, precisión, brillantez sonora y una enorme claridad en su lectura, y ya por eso merece nuestro aplauso.

Ahora bien, debo reconocer que su manera de abordar la obra no me gustó, pues tras una introducción magnífica, donde la cuerda grave ofreció un impresionante sonido, el maestro se volcó en la espectacularidad, ofreciendo una recreación con mucho brío pero también un tanto nerviosa, considerablemente decibélica y por momentos tendente al puro efectismo, olvidando por completo la dosis imprescindible de atmósfera, de voluptuosidad y, sobre todo, de sensualidad que la obra debe emanar. Hay que agradecer que no hubiera la menor tentación de blandura y cursilería, pero a mi modo de ver la interpretación, tan brillante como superficial y poco emotiva, se quedó a mitad de camino. Tras una coda más bien verbenera, el público reaccionó con considerable entusiasmo.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Estreno de Cristóbal Halffter en la ONE

Pocas emociones hay para un melómano comparables a la de escuchar por primera vez una obra maestra no en un disco, como es habitual descubrir las partituras, sino en vivo y en una gran interpretación. Me ocurrió en Sevilla en el 92 con el War Requiem de Britten dirigido por Rostropovich: aquello fue para mí un verdadero trauma. Me volvió a pasar el año siguiente con la Turangalila que ofreció Chailly en el Maestranza. Y me ha vuelto a ocurrir hace unos días, el domingo 15 de noviembre, con el Concierto para violonchelo nº 2, “No queda más que el silencio”, de Cristóbal Halffter, en interpretación del propio compositor y el solista Asier Polo en el marco de la “carta blanca” que ha ofrecido la Orquesta Nacional de España al músico madrileño.

La emoción del descubrimiento en tan óptimas condiciones me ha compensado la vergüenza de no haber escuchado hasta ahora una partitura con ya algunos años a sus espaldas, pues la escribió Halffter allá por 1986 para Mstislav Rostropovich. Obra tensa, virulenta y de corte marcadamente expresionista, quizá no del todo redonda por la existencia de algún punto muerto, hace gala de una escritura tan cerebral en su construcción como comunicativa y sincera en su contenido expresivo, demandando del oyente una atención tan grande como el virtuosismo exigidos a orquesta y solista.

En este sentido la interpretación escuchada en el Auditorio Nacional se benefició de una dirección sensacional del propio Halffter (¡hay que ver, con lo mal que dirige este señor algunas otras cosas!) y de la impresionante lección de equilibrio entre belleza sonora y expresividad ofrecida por Asier Polo, que comulgó con la partitura desde la primera nota hasta la última. Yo, que para concentrarme lo más posible me había comprado una butaca en primera fila, me conmoví -de dolor, aunque resulte pedante decirlo- como pocas veces lo he hecho en un concierto.

En cualquier caso se supone que el “acontecimiento” del programa no era la revisitación de esta página, sino el estreno de un encargo de la propia OCNE: De ecos y sombras. A mí me gustó, sobre todo por su impresionante escritura orquestal, más densa que la del concierto pero no por ello menos clara en las texturas; éstas se ven enriquecidas además por sonoridades distintas, no necesariamente ásperas e incisivas, entre las que destaca la de la celesta. Ahora bien, tengo la sensación que en esta nueva obra Halffter no tiene en lo expresivo tantas cosas que decir y que "el continente", en definitiva, ofrece más interés que "el contenido". El tiempo dirá.

El concierto se había abierto con una correcta interpretación de la simpática Circus Polka de Stravinsky, y vino a cerrarse con el Preludio para Madrid 92 del propio Halffter en una interpretación muy enérgica, pero también un tanto masiva y decibélica, que desmereció del resto del concierto: aun tratándose de una página de circunstancias, la breve partitura sinfónico-coral podía haber estado interpretada usando pinceles más finos. Eso sí, hay que reconocer que con Cristóbal Halffter (insisto: muy desigual director en otros repertorios) la Orquesta Nacional de España sonó mejor de lo que suele. ¡Qué cosas!

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...