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sábado, 19 de agosto de 2023

Klemperer: oberturas alemanas

Otto Klemperer y su Philharmonia Orchestra grabaron este célebre disco de oberturas alemanas entre mayo y septiembre de 1960 en el desaparecido Kingsway Hall londinense. El reprocesado de 2023 hace que suene bastante mejor que antes, aunque tampoco se trata de una grabación particularmente buena: la orquesta queda un poquito lejana.

El programa se abre con tres páginas de Carl Maria von Weber, comenzando por la de El cazador furtivo. Hay quien podría preferir una recreación con menos control y mayor “locura” romántica, toda vez que nos encontramos ante una página altamente visionaria, pero lo cierto es que Herr Klemperer triunfa por todo lo alto con su propuesta tan severa y rocosa como cargada de fuerza interior, perfiladísima en su arquitectura, en la que la concentración del fraseo –subyugante la introducción–, el tratamiento del color y las intervenciones solistas adquieren una abrumadora fuerza expresiva. 

La obertura de Euryante recibe una rocosa, rotunda, poderosísima interpretación, llena de fuerza pero capaz también de destilar encanto en la sección central, en la que Klemperer obtiene un fascinante sonido plateado.

Sigue la de Oberon, y ahí la relación temática con El sueño de una noche de verano de Mendelssohn se da también en lo interpretativo, tanto por la concentración llena de magia feérica de la introducción como por la tensión, siempre depuradísima en lo sonoro y sin merma alguna de la elegancia en el fraseo, que es capaz de conseguir la batuta. Solo se echa de menos un poquito de sensualidad.

Seguimos con Engelbert Humperdink y su Hänsel und Gretel. La obertura de la ópera es una verdadera genialidad interpretativa en la que, evitando cualquier blandura pretendidamente infantil, Klemperer saca todo lo que de poesía delicada tiene esta música sin renunciar, todo lo contrario, a la brillantez orquestal, a la densidad dramática y, sobre todo, a su jocoso sentido del humor. En la "pantomima" del sueño, aquella en la que bajan los ángeles, resulta increíble cómo el “antirromántico” maestro destila una espiritualidad tan intensa como sincera hasta alcanzar un clímax incandescente a más no poder, todo ello haciendo gala de un portentoso sentido de la plasticidad orquestal y, sobre todo, de un dominio de la arquitectura de tensiones que no tiene parangón.

Aparece a continuación Christoph Willibald Gluck, aunque en arreglo de Richard Wagner: obertura de Iphigénie en Aulide. La verdad es que Klemperer mira en buena medida al universo de Tristán e Isolda, aunque más en lo que se refiere al tratamiento de la masa orquestal –densa, granítica, imponente– que al fraseo, pura severidad neoclásica en manos del de Breslau. Eso sí, severidad cargada de potencia dramática.

Hay propina: una hasta ahora inédita obertura de Anacreón de Luigi Cherubini. Por lo visto había ruidos, que han sido eliminados para la ocasión por ordenador. Se agradece, porque música e interpretación son estupendas. ¡Qué arrolladora potencia expresiva la de la batuta!

Una cosilla: la obertura de Der Freischütz se puede localizar en las plataformas de streaming en alta resolución, pero si quieren el disco entero en su nuevo reprocesado hay que acudir a la caja de Klemperer completa. ¿Hace falta insistir en que se trata de una compra absolutamente imprescindible? 

miércoles, 27 de junio de 2012

Tremenda Urmana como Medea en Les Arts

Nunca me había gustado tantísimo Violeta Urmana como en esta Medea que le vi el pasado domingo 24 en el Palau de Les Arts. ¿Cambios de color en el grave? Pues sí. ¿Agudos problemáticos? Claro, es una mezzo. Pero su voz sigue siendo opulenta, su técnica -pese a los reparos apuntados- muy sólida, su línea espléndida y su compromiso expresivo, aquí está la clave, muy por encima del que suele hace gala. El rol es largo, comprometido y exigente: por su parte, triunfo total y absoluto gracias a su capacidad de comunicar toda la gama psicológica del personaje sin caer en truculencias ni perder de vista la belleza, elegancia y equilibrio que demanda el repertorio clásico. Por descontado, no hay en su interpretación el menor resquicio para el narcisismo canoro. Todo en su Medea desprende sinceridad y emoción en el más alto grado, insisto que sin lugar para el desmelene o el numerito de circo. A mi entender, Urmana ha alcanzado aquí la cima de su carrera -o una de las cimas, esperemos que haya otras- y ha marcado un hito en la reivindicación del título de Cherubini, una obra no muy interesante si no cuenta, como ha sido el caso, con una protagonista de primerísimo orden.

Aunque fue la mezzo lituana la que nos mantuvo en vilo a lo largo de la función y, claro está, despertó un enorme entusiasmo entre la mayoría de los que allí nos encontrábamos a la hora de los aplausos, hubo otra voz de enorme categoría en esta producción valenciana: María José Montiel, probablemente la cantante más minusvalorada de todo el panorama español, compuso una Neris insuperable en su maneja de conjugar belleza vocal e intensidad contenida. ¡Lástima que su rol fuera tan corto! La tercera fémina era la en otros tiempos espléndida y ahora vibradísima -tremolante, vamos- Ofelia Sala: los veinte minutos de su Glauce se hicieron difícilmente soportables. Muy sonoro y poderoso, antes que refinado en su línea, el Creonte de Dmitri Beloselski, y cumplidor sin más con su voz fea de emisión típicamente eslava el Giasone de Serguei Skorokhodov.

Zubin Mehta se redimió de su pasteloso Tristán de la noche anterior (enlace) con una dirección -por cierto, gran mérito de Helga Schmidt haberle hecho aprender la partitura como favor personal- no solo de la impecable factura que podemos esperar del director indio, sino también elegante, bien trazada en sus tensiones, llena de fuerza dramática contenida y perfecta en su dominio del lenguaje clásico con el rabillo del ojo puesto en el Romanticismo: hubo vigor y robustez, sí, pero no pesadez, ni falta de claridad, ni tampoco esa sensación de piloto automático o rutina de altura -que diría mi amigo Carrascosa- que desprende el maestro cuando se acerca al mundo clasicista, en Don Giovanni sin ir más lejos (enlace). Puede que se echara de menos un punto más de sal y pimienta, tal vez de frescura, pero su labor fue globalmente notabilísima e hizo mucho por los espléndidos resultados musicales de esta Medea.

A ellos tampoco fueron ajenos precisamente la orquesta y el coro de la casa: es en este tipo de repertorio, no en Verdi o en Wagner, que tanto exige una perfección y un refinamiento absolutos desde el punto de vista técnico, donde más se nota la calidad de los cuerpos estables de un teatro. Los de Valencia siguen siendo de primera, para envidia de algunos. Otra cosa es la pasta que se han gastado.

La producción escénica de Gerardo Vera me gustó poco en Il Trovatore de dos días antes (enlace). El concepto escénico sigue siendo el mismo, y la dirección de actores permanece igual de pobre, pero ahora las diferentes situaciones parecen bastante mejor resueltas y el uso de escenografía e iluminación resulta más sugerente. Por descontado, a años luz por debajo de la producción de Warlikowski que comenté por aquí (enlace), esa misma de la horrorosa dirección musical de Rousset, pero aun así lo del dramaturgo y cineasta español ha sido honesto, sensato y cumplidor, redondeando una velada de ópera memorable. Ojalá que, con la que está cayendo, sigamos viendo cosas es este nivel.

Ah, no dejen de leer las crónicas de Atticus y Maac, ni de ver a la señora esposa de Zubin Mehta haciendo de Medea con música de Bernard Herrmann a través del siguiente enlace. No, no es broma.

viernes, 22 de junio de 2012

Medea de Cherubini por Rousset y Warlikowski

Abriendo boca para la Medea que anda ofreciendo el Palau de Les Arts y espero disfrutar el próximo domingo, he creído oportuno ver una filmación del año pasado procedente del Teatro de la Moneda de Bruselas en la que Christophe Rousset toma las riendas de su agrupación de instrumentos originales Les Talens Lyriques y el justamente polémico Krzysztof Warlikowski se hace cargo de la parte escénica. No sé si saldrá algún día en DVD –produce Bel Air-, pero en cualquier caso la pueden ustedes ver en YouTube. No sé si sacarán la misma conclusión que yo: el clavecinista y director francés se carga él solito la parte musical.

Medee

Su dirección –sobre el original en francés, sin recitativos- me ha parecido precipitada, trivial, de fraseo pimpante y nula cantabilidad; hay garra y nervio, sí, pero aplicados con brocha tan gorda y tan alarmante falta de concentración que el resultado es convulso, histérico y hasta caricaturesco. Por descontado que esto no tiene nada que ver con el planteamiento historicista adoptado, sino con el mal gusto de Rousset, quien además comete el gravísimo error de acometer como si fuera barroca –en semejante repertorio sí que tendría sentido una buena dosis de agitación, insicividad y claroscuros- una ópera que pertenece al Clasicismo: la elegancia y el sentido del equilibrio (no de la asepsia) propias de este estilo brillan aquí por su ausencia.

Lo que sí me ha gustado mucho es lo del señor Krzysztof Warlikowski. Nada que ver con el irritante Rey Roger que le vimos en el Real (enlace). Y es que en esta ocasión el regista polaco no pone su inmenso talento al servicio de su no menos inmenso ego, sino al de Cherubini. No hay aquí discurso dramático paralelo cogido más o menos por los pelos: aunque los diálogos se encuentran sustancialmente alterados y la acción se ha traído hasta nuestros días, lo que se ve es Medea-Medea, la de toda la vida, no la historia de los Pitufos. Los caracteres están muy bien definidos, las situaciones se encuentran en general muy bien resueltas, la dirección de actores es espléndida y hay soberbias ideas teatrales; también alguna chorrada para llamar la atención y una obsesión por la lencería femenina marca de la casa –y eso que Warlikowski es gay-, pero el conjunto funciona estupendamente y refuerza a la música en lugar de luchar contra ella.

La gran beneficiada de este planteamiento, y al mismo tiempo su más sólido pilar, es Nadja Michael, una Medea estupendamente cantada –voz adecuada, estilo irreprochable, apreciable comunicatividad- y actuada de manera sensacional, soberbia: ¡menudo animal escénico! A su lado, Kurt Streit compone un Jasón de la más admirable línea de tiempos pasados: nada de una vocecilla de cien gramos al servicio de una línea blandengue y quebradiza. Streit, como siempre, ofrece clasicismo del bueno, del de verdad, aunque ya esté un poquito mayor. Vincent Le Texier resuelve notablemente el rol de Creonte, Hendrickje van Kerckhove logra no pasar desapercibida como Dircé (Glauce en la versión italiana) y Christianne Stotijn cumple con dignidad en en aria de Néris. Si se animan, ya saben: arriba tienen el vídeo en su integridad.

martes, 14 de diciembre de 2010

Misas de Cherubini por Muti: doble evolución

CHERUBINI: Misas completas. Motetes. Oberturas. Sonata nº 2 para trompa y cuerda.
Solistas. Orquestas. Dir: Riccardo Muti, Sir Neville Marriner
EMI 6 29462 2
7 CDs. 481’
ADD/DDD
EMI Music Spain
****

El 250 aniversario del nacimiento de Luigi Cherubini (1760-1842) anima a EMI a editar en una baratísima caja la colección de siete misas “francesas”, esto es, correspondientes a la última etapa del compositor florentino afincado en París, grabadas por Riccardo Muti a largo de su ya dilatada trayectoria directorial: las más tardías fueron registradas entre 1973 y 1984 al frente de la Orquesta Philharmonia de la que fue titular (excepto la Misa para la coronación de Luis XVIII, grabada en 1988 con la Filarmónica de Londres), mientras que las tres primeras se corresponden a conciertos celebrados entre 2001y 2006 frente a la Orquesta y Coros de la Radio Bávara.

Escuchadas las misas en orden de composición, y por ende más o menos inverso al de grabación, podemos detectar una evolución doble, la del compositor y la de su intérprete. Cherubini, que ya había dejado atrás su faceta de operista, aprende a trabajar con mayor economía de medios y -al mismo tiempo- mayor imaginación y dominio de los recursos, desde su algo ampulosa y convencional Misa “Di Chimay”, de 1809, hasta el despojamiento de su segundo Réquiem, el de 1836.

El Muti juvenil, por su parte, aborda las últimas misas desde la sana rusticidad, la sonoridad escarpada y la tensión sonora que caracterizaban al maestro en sus primeros años, ofreciendo así lecturas eminentemente teatrales, “profanas” si se quiere, rebeldes por momentos (la Misa para Carlos X es apenas un año posterior a la Missa solemnis de Beethoven). Por el contrario, el Muti maduro anda más preocupado por la belleza sonora, la sensualidad y el misticismo, y aunque es capaz de delinear fugas con la misma fuerza implacable de su juventud, se pliega a los requerimientos de pura seducción de los sentidos que caracteriza a la liturgia católica.

En cualquier caso el nivel de las últimas grabaciones es también muy alto, y si hay que poner alguna pega, esta viene por parte del mediocre bajo Ildar Abdrazakov. Ofrecen por el contrario espléndidas intervenciones la soprano Camilla Tilling y los tenores Herbert Lippert y Kurt Streit. Los demás cantantes de las primeras misas (en las últimas no hay voces solistas) están más o menos bien, así que esta caja se convierte en referencia indiscutible para conocer la música sacra francesa en la época napoleónica y de la Restauración.

Los siete compactos extienden su duración gracias a las oberturas que Sir Neville Marriner registró en 1991 frente a su Academy of St. Martin in-the-Fields: versiones apolíneas, elegantes, equilibradas, expuestas con fabuloso virtuosismo e insuperable transparencia, en las que quienes conozcan las grabaciones realizadas por Lawrence Foster para el sello CPO echarán de menos un punto de sal y pimienta necesario para sazonar adecuadamente estos aperitivos.

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Artículo publicado en el número de diciembre de 2010 de la revista Ritmo.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...