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domingo, 9 de octubre de 2011

La Turandot de Harold Prince

PUCCINI: Turandot.
Marton, Carreras, Ricciarelli, Bogart, Wildhaber, Zednik, Kerns, Kmentt, Rydl, Perencz. Niños Cantores de Viena. Coro y Orquesta de la Ópera de Viena. Dir. Lorin Maazel.
Arthaus Musik 107 319
DVD 139’
ADD
Ferysa
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Turandot Maazel Prince

Productor de West Side Story y El violinista en el tejado; director de Cabaret, Sweeney Todd, Evita y El fantasma de la ópera… El nombre de Harold Prince se encuentra indisolublemente vinculado a algunos de los mayores éxitos de Broadway y el West End de los últimos cincuenta años. No es de extrañar que cuando la Ópera de Viena solicitase sus servicios para Turandot, el norteamericano se decantase por una estética más propia de un musical que del universo operístico. Como concepto, si tenemos en cuenta las particularidades del postrero título pucciniano, no puede decirse que sea mala idea, pero por desgracia los resultados se vieron lastrados por una dirección de actores inexistente, una caracterización ridícula (¡pobre Timur!) y, sobre todo, por el muy hortera efecto visual que produce el vestuario de Timothy O’Brien y Tazeena Firth, puro despliegue de lentejuelas y pedrería barata acumuladas sin ton ni son.

Musicalmente las cosas funcionaron bastante mejor. Eva Marton, que nunca ha sido la más sutil de las intérpretes posible, se enseñorea con un instrumento de poderosísimo centro y rico metal al tiempo que luce su conocido temperamento expresivo. José Carreras, pésimo actor, vence más que convence con un tímbre bellísimo y una línea de luminosa calidez que no terminan de redondear un Calaf que, a la postre, resulta monocorde e insustancial. Katia Ricciarelli, dos años después de grabar el rol de la princesa bajo la narcisista batuta de Karajan, no se mueve a estas alturas con excesiva comodidad en el mucho más lírico rol de Liù -hay algún problema en las medias voces-, pero su dominio del idioma pucciniano es innegable y la soprano logra emocionarnos sin recurrir a lo lacrimógeno. Buen nivel en el resto de las voces; no así en el coro, que deja bastante que desear.

Lo mejor es la dirección de Lorin Maazel: lentísima por momentos (aunque por lo visto no tanto como en Valencia en fechas recientes), nada timorata a la hora de recrearse en el decibelio, algo efectista y atropellada en algunos pasajes, es pese a todo muy difícil resistirse ante su implacable sentido del ritmo, su riquísimo despliegue de colorido, su asombrosa claridad y su electrizante garra dramática. Lástima que la toma sonora de esta filmación que ahora reedita Arthaus (antes estuvo en TDK con idéntico master) no permita disfrutar del todo de su trabajo, por resultar confusa y muy chata en dinámica. Quizá por ello sea preferible acudir al audio de esta interpretación (Sony, serie barata), aunque los interesados en la figura de Harold Prince deben hacer un esfuerzo por conocer esta función. La imagen es aceptable, y se ofrecen subtítulos en castellano.

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Artículo publicado en el número de septiembre de 2011 de la revista Ritmo.

jueves, 16 de abril de 2009

La Turandot de Karajan: orgía sonora

El absolutamente genial trabajo que Puccini hizo con la orquesta en Turandot convierte a esta ópera en una auténtica prueba de fuego del virtuosismo de orquestas sinfónicas y directores, pero también en una invitación al exhibicionismo de las formaciones y de las batutas más dotadas. Esta grabación de Herbert von Karajan, registrada en la Musikverein de Viena -con apabullante toma sonora- por los ingenieros de Deutsche Grammophon en mayo de 1981, supone toda una experiencia en ese sentido.


Karajan es aquí más Karajan que nunca. Para lo bueno y para lo malo. El salzburgués se olvida por completo del drama -es decir, de hacer auténtica ópera- y convierte la partitura en un gigantesco poema sinfónico al servicio de la megalomanía más desatada, de tal modo que deja a un lado la arquitectura interna de la obra, la caracterización de las diferentes situaciones y su progresión dramática para perderse en mil y un detalles primorosos, acentuar hasta el límite los contrastes dinámicos y apabullar con la potencia, tersura y belleza sonoras de la inigualable Filarmónica de Viena. Ni que decir tiene que el colorido es riquísimo, la elegancia inalcanzable, la sensualidad irresistible, las texturas de ensueño y la claridad absolutamente portentosa, pero esto no es Puccini.

El equipo vocal es de alto nivel, pero eso aquí es lo de menos: todo está al servicio de la batuta. La Ricciarelli, obviamente una voz demasiado lírica para el imposible rol de la princesa, sale del empeño más airosa de lo esperable, a pesar de que -claro está- lo pasa mal en los extremos de la tesitura. Domingo no tiene el agudo, ya lo sabemos, pero su calidez y sinceridad expresivas le hacen mantenerse muy digno en este registro en el que, dadas las circunstancias, las voces han de pasar desapercibidas.

Barbara Hendricks hace una Liu muy musical, bellemente cantada pero también -como era de esperar- un punto sosa. Raimondi está muy bien. Y resulta un lujo tener a Gottfried Hornik, Heinz Zednick y Francisco Araiza en las máscaras, a Siegmund Nimsgern como el mandarín y a Piero di Palma como el Emperador. Como también es un lujo contar con el Coro de la Wiener Staatsoper, por no hablar de los Niños Cantores de Viena: el que en sus intervenciones suenen extremadamente almibarados no es culpa de ellos.

Jamás recomendaría a alguien acercarse a Turandot con esta interpretación, un verdadero disparate desde el punto de vista estilístico y conceptual. Pero yo he disfrutado muchísimo con el sonido de la Filarmónica de Viena y con el brillante, refinado y sensualísimo espectáculo que monta Karajan con su complicidad. Por eso recomiendo a todo amante de la música orquestal que no se pierda la orgía sonora contenida en estos dos compactos.

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