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lunes, 22 de mayo de 2023

Sobre la Barroca de Sevilla (y el sueldo de los profesores, que trabajamos poco)

Creo que son cosas demasiado importantes como para que pasen desapercibidas.

 

PRIMERA

Respuesta dada el 19 de mayo por el señor Ventura Rico a la siguiente entrada de mi blog del día 10 de mayo:

https://flvargasmachuca.blogspot.com/2023/05/sevilla-202324-grandes-luces-muchas.html

Estimado Sr. Vargas Machuca, me dirijo de nuevo a usted con la turbación que me produce el no entender muy bien a santo de qué nos pone usted como ejemplo de contratación prescindible y costosa de entre todas las que realizará el Teatro Maestranza en la próxima temporada, intentando involucrarnos, además, en la actual situación de la ROSS.

Nuestros conciertos son tan prescindibles como cualquiera de los programados y su coste, que considero muy ajustado, responde a los gastos de nóminas de los músicos, tributos y gastos sociales (altas en SS, IRPF e IVA) más gastos de producción y organización. Evidentemente, si trabajásemos en negro o pagásemos miserablemente todo sería más barato. No sé cuál de estas dos opciones le resultaría a usted más atractiva en su condición de contribuyente, aunque respecto a su condición de trabajador, sólo nos cabe rezar porque a ningún demagogo se le ocurra comprar una calculadora y dividir su sueldo bruto por el número de horas lectivas que usted imparte anualmente.


Respecto al cacao mental que achaca a otros, por lo que le llevo leído, creo que usted padece ese mismo mal en grado sumo. Es, por una parte, partidario de grandes estructuras culturales de financiación estatal y, por otra, parece irritarle el que los grupos independientes tengamos algún tipo de presencia en la vida musical. En esto coincide con muchos responsables de instituciones públicas, estatistas por una parte y ultraliberales como usted mismo, cuando se trata de que nosotros nos lancemos a una competencia insostenible de resultas de la cual más del ochenta por ciento de los músicos independientes no llega a ganar el salario mínimo interprofesional.


Lo que sí me queda claro es su pertinaz inquina contra la OBS, pero no se preocupe, con lo azaroso y precario que es el día a día de cualquier grupo independiente, en cualquier momento pasamos a mejor vida y le damos una alegría.


Fdo. Buenaventura Rico Castelló
Orquesta Barroca de Sevilla

 


 

SEGUNDO

Mi respuesta, que encontrarán en el mismo hilo.

Nunca me alegraría que desapareciera una orquesta como la OBS. Creo que es un privilegio tener una orquesta así, pero un privilegio necesario. Recuerdo ahora unas palabras hace muchos años de Carlos Colón en Diario de Sevilla (¡eran otros tiempos!) diciendo que la Sinfónica de Sevilla era una orquesta de lujo, pero que no era un lujo; que la ciudad lo necesitaba y se lo merecía. Creo que lo mismo se puede aplicar a la Barroca, a todas luces una formación de gran nivel técnico, con independencia de que a mí algunos de los directores recurrentes me parezcan un horror desde el punto de vista expresivo.
 

Por el contrario, hay otras personas que sí desean que desaparezcan determinadas formaciones andaluzas. Que han tenido la desfachatez de presentar repetidamente a la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said como a “la mala” que se lleva los dineros de “la buena”, no otra que la OJA, pese a que sus miembros son todos igual de jóvenes e igual de andaluces (a veces hasta son los mismos chavales). Y que no solo consideran que los músicos de la ROSS deben renunciar a sus reivindicaciones laborales, sino que podría reemplazárseles sin problemas por otra más barata y menos conflictiva; literalmente, por una orquesta low cost de plantilla reducida con aumentos puntuales según que repertorio (o sea, con un porcentaje importante de músicos en situación precaria, con todo lo que ello supone a nivel humano y artístico).


Todo ello lo hacen presentando como informaciones objetivas textos que no tienen otra intención que crear un estado de opinión que demonice a los músicos de la ROSS y presente recetas liberales para destruir lo que se ha construido con muchos años de esfuerzo: una red de músicos pagados entre todos, porque de otra manera, con una iniciativa exclusivamente privada, no podríamos poner al alcance de la mayoría de los españoles disfrutar en directo de un importantísimo repertorio. ¿Qué esto es compatible con la iniciativa privada? Sin duda. Está muy bien que haya formaciones como la OBS y que se organicen ciclos desde fuera de la administración, pero no podemos renunciar a la calidad y estabilidad de formaciones y ciclos musicales de iniciativa pública. Y eso es precisamente lo que se está poniendo en entredicho.

Pues bien, señoras y señores de la Barroca, da la coincidencia (o no tan coincidencia) de que esas mismas personas son las que llevan años y años tratándoles a ustedes como la niña de sus ojos, no solo presentándoles como modelo de lo que se debe hacer frente a lo que “no se debe hacer” (una vez más: lo privado frente a lo público), sino también poniendo por las nubes todos y cada uno de los conciertos que ofrecen. Y claro, los melómanos empezamos a cansarnos de que se diga que casi todo lo que ustedes hacen es maravilloso mientras que se muestra una actitud displicente, cuando no desdeñosa, frente a lo que ofrecen otros colegas que tampoco lo hacen mal, o que a lo mejor podrían hacerlo igual de bien que ustedes. Incluso hay quienes opinamos que un Plasson o un Soustrot ofrecen, en su terreno, muchísimo mejor gusto y más musicalidad que sus amadísimos (por ustedes de la Barroca, y por esas personas antedichas) Onofri y compañía.


Así que no me vengan con que les tengo manía y con que a cuento de qué me refiero a ustedes en todo este asunto que en las últimas semanas está haciendo arder los círculos musicales de la ciudad. Porque ustedes, durante muchos años, han jugado a recibir muy gustosamente las caricias de un grupo de personas de cuyos textos se han beneficiado de manera considerable, y que ahora andan haciendo cosas muy dañinas para otros músicos. En definitiva, ustedes han entrado desde el primerísimo momento en este juego que no tiene que ver con la manera que a uno le gusta o le disgusta que se hagan las interpretaciones musicales, sino con un modelo concreto de política musical y –también– de política en general.



TERCERA

Un párrafo del artículo escrito ayer por el economista Juan Luis Pavón en El Correo de Andalucía, que podrán ustedes encontrar aquí, para que lean completo y con atención.

https://elcorreoweb.es/opinion/columnas/la-autodestructiva-huelga-de-la-sinfonica-de-sevilla-YF8564331

El párrafo en cuestión reza así:

“Porque a los integrantes de la Orquesta Barroca de Sevilla, admirable iniciativa privada sustentada por músicos de indiscutible respeto a los derechos laborales y a la dignificación de su profesionalidad, jamás se les ocurrirá semejante desatino de una huelga parcial en las horas de concierto. Si incurrieran en cerrarle las puertas a los melómanos, la Barroca no podría sobrevivir y se extinguiría como empresa.”

Como ven, un perfecto ejemplo de lo que decía yo en la entrada anterior: la orquesta buena (OBS) frente a la mala (ROSS), el modelo de lo que se debe hacer (lo privado) frente a lo deficitario (iniciativa pública). Puro neoliberalismo. Pero es que, además, el párrafo es manipulador en grado extremo: la OBS nunca se va a poner en huelga, por la sencilla razón de que son autónomos. ¿Harían acaso una huelga contra sí mismos para reivindicar mejoras salariales? Eso sí, están en su derecho a pedir el salario que consideren oportuno. Ya lo he dicho en  otra ocasión: en el Villamarta –cuando aquel Orfeo de Gluck de hace muchos años– se quiso contar con ellos, pero la cifra era tal que salía más barato traer a la Filarmónica de Transilvania. En el Real y el Maestranza sí que se han avenido a darles lo que piden: muy bien por ellos. Pero en huelga no se van a poner. La ROSS sí que lo hace, con toda la razón del mundo: lo que están pidiendo los de la Sinfónica es absolutamente justo y razonable, por mucho que los neoliberales quieran extender la peor imagen posible sobre ellos, igual que hacen con otros colectivos. Por ejemplo, el de los maestros y profesores.

Y ahí quiero detenerme. Juan Luis Pavón escribió durante años en Diario de Sevilla. Allí tuvo la oportunidad –fue subdirector– de arremeter en numerosas ocasiones contra el profesorado de la enseñanza pública, cuerpo al que pertenezco (afiliado a CC.OO., dicho sea de paso). Recuerdo un artículo en el que decía que teníamos que estar en los institutos durante el mes de julio, porque según él no trabajamos lo suficiente para lo que se nos paga; por desgracia, no lo he localizado en la hemeroteca. Sí que he encontrado este otro, abiertamente demagógico (“Piensen en sus hijos” es el título del texto) en el que se nos pide que permanezcamos más horas en el aula:

https://www.diariodesevilla.es/opinion/articulos/Piensen-hijos_0_236676570.html

Pues bien, relacionen lo dicho por Pavón con estas líneas, dignas de ser enmarcadas, lanzadas por el señor Rico en la réplica que habrán leído más arriba:

“(…) respecto a su condición de trabajador, sólo nos cabe rezar porque a ningún demagogo se le ocurra comprar una calculadora y dividir su sueldo bruto por el número de horas lectivas que usted imparte anualmente.”

Como ven, la misma idea. Idea falaz, retorcida y conscientemente manipuladora. Como esa misma de hacer creer que los músicos trabajan únicamente el tiempo en que están en el escenario, como si no existiesen no ya las imprescindibles horas de ensayo para cada concierto u ópera, sino mucho (¡muchísimo!) trabajo en casa para practicar con el instrumento: si no se hace eso, es imposible tocar con un mínimo de dignidad. Pues lo mismo en la enseñanza (concepto que, dicho sea de paso, algunos liberales confunden con "guardería en la que dejar a los niños mientras los papis estamos en el curro"). Un profesor no puede dar las clases con decencia si, con independencia de la cumplimentación de ese papeleo que crece y crece más cada año, de esta atención a padres y de esas reuniones imprescindibles en cualquier empleo, no se hincha de trabajar en su casa todas las semanas, y si además no dedica parte del verano a ampliar y actualizar conocimientos. No sé; como a Rico no le gusta que en mi blog ponga imágenes de su orquesta, a lo mejor estaría bien colocar aquí algunas fotos de una parte de mi biblioteca de temas históricos. Sí, lo voy a hacer (la biblioteca de temas musicales la dejo para mejor ocasión).

Pero bueno, ya que de sueldos hablamos, a mí no me importa hacer público que mi última nómina fue de 2.413 euros, correspondiente a más de 23 años en el cuerpo –circulando por toda Andalucía, con lo que ello implica de gastos– y a su correspondiente número de trienios y sexenios. A lo mejor el señor Ventura Rico tiene la bondad de desmentir el insistente rumor de que en su paso por el Teatro Real, además de mantener pésimas relaciones con el maestro Ivor Bolton, la OBS cobró una cifra astronómica. No lo hará, pero me alegra que sus líneas en torno a los profesores haya puesto en evidencia su verdadera ideología. Liberal, por descontado.


CUARTA

Este sábado la OBS ofrecerá un concierto bajo la dirección de Enrico Onofri. Alguien me sugirió ayer que acudiera. Bien es verdad que frente al pensamiento único sobre la OBS (¡siempre está maravillosa!) que se ha extendido entre todos (to-dos) los señores que ejercen de manera regular la crítica musical en la ciudad de la Giralda (algunos de ellos estrechos amigos de músicos que integran la referida formación), sería interesante que alguien escribiese desde una óptica muy distinta. Porque la Sinfonía nº 44 de Haydn por la OBS y Onofri la conozco en disco y, como he explicado en este mismo blog (aquí), me parece deplorable. Pero comprenderán ustedes que no voy a gastar dinero en la gasolina y en la entrada, además de poner en riesgo mi vida en la carretera –cada vez le tengo más miedo–, para pasar un mal rato musical.

Iría si ese concierto lo dirigiera algunos de los músicos “históricamente informados” que adoro y siguen en activo. Mis preferidos en todo ese terreno son –por este orden– Trevor Pinnock, Ton Koopman, Emmanuele Haïm, William Christie y Diego Fasolis, pero en el caso de Haydn incluiría en la lista a los irregulares Savall y Gardiner. Y no digamos a Christophe Coin y Andreas Spering, que sí que han trabajado con la formación hispalense. A ese interesantísimo músico que es René Jacobs no le he escuchado Haydn, pero a él y a los antedichos me encantaría disfrutarle en directo ese repertorio con la OBS.

Pero traen a Onofri, uno de sus favoritos. Y mi opinión es la que ya he expuesto: mucha electricidad, muchos contrastes y todo eso, pero también tosquedad, violencia gratuita, amaneramiento, falta de respeto al estilo (¡que esto es Clasicismo, no Barroco!) y un discutible gusto musical. Lo que tiene que resultar dramático –esta sinfonía lo pide–, que suene espasmódico. Lo lírico y meditativo, en plan blandito y llorica. Ordinariez en lugar de pathos, ligereza mal entendida en lugar de finura, cursilería reemplazando al vuelo lírico. O sea, típicos recursos de un artista que, para llegar al público por la vía más rápida –por otra no sabe hacerlo–, recurre al trazo grueso. Lo mismito que un Valery Gergiev, pongamos por caso: aquí hay dramatismo, así que vamos a hacer que todo suene mucho y muy tremendo, y más allá vamos a derramar lagrimitas porque la música es triste.

¿Qué hay gente a la que todo esto le gusta? Por descontado. Me parece maravilloso que la OBS ofrezca su concierto, que se llene de público y que se disfrute enormemente: al fin y al cabo, es una orquesta de muy considerable nivel técnico, que cree firmemente en sus valores y que le pone muchas ganas a lo que hace. Pero creo que tengo derecho a decir que estas maneras de hacer Haydn a mí me parecen un insulto no solo al genial compositor, sino también al buen gusto. 

 

PD. La foto de Enrico Onofri está sacada de esta web de la que ustedes pueden obtener las entradas. 

https://icas.sevilla.org/espacios/espacio-turina/agenda/orquesta-barroca-de-sevilla-1


sábado, 25 de marzo de 2023

Barenboim frente a Onofri

Esta pequeña entrada viene del hilo de esta otra anterior.

Sinfonía nº 44 de Haydn en versión de la Orquesta Barroca de Sevilla dirigida por Enrico Onofri, sobre la edición de la partitura conservada en la catedral hispalense. 

Me gusta el primer movimiento. El segundo me parece un tanto banal. El tercero no me hace ninguna gracia: fraseado a saltitos, coqueto y trivial, ligero en la forma y en la expresión. El cuarto me resulta innecesariamente convulso, agresivo y desafortunado. Tampoco me hace mucha gracia el sonido áspero de la cuerda. Estupendo el clave de Alejandro Casal.

Barenboim y la English Chamber Orchestra. Menuetto algo rígido y soso. Movimientos extremos llenos de fuerza, pero sin salirse de madre. En cuanto al Adagio... Justo antes de escribir esta entrada he querido realizar una confirmación poniendo seguidos el de Onofri/OBS y el del de Buenos Aires. En cuanto comenzó este último se me han humedecido los ojos: todo el vibrato que ustedes quieran, pero ¡qué belleza, qué vuelo lírico, qué hondura, qué manera de hablarnos del ser humano!

¿De verdad que hay gente, muchísima gente, que prefiere lo del primero a lo del segundo? ¿No será que cada vez se buscan más el efecto inmediato y el toque decorativo, que se está perdiendo la capacidad de concentración y que se tiende evitar toda música que “haga pensar”?

lunes, 21 de marzo de 2022

Memorable encuentro entre Antonini y la Barroca de Sevilla

Gran acontecimiento tener la oportunidad de escuchar en una sola velada las cuatro Suites orquestales de J. S. Bach: pocas veces al melómano se le presenta una ocasión así. La combinación entre Giovanni Antonini y la Orquesta Barroca de Sevilla parecía dar mucho juego, así que hice el esfuerzo de acercarme al Festival de Música Antigua de la capital andaluza. Acerté, porque fue una velada de muy alto nivel interpretativo. Tomé algunas notas.


Me pareció magnífica la Suite nº 1 BWV 1066. Ya le había escuchado –en vídeo– esta obra a Antonini, nada menos que al frente de la Filarmónica de Berlín (reseña aquí). La verdad es que a este señor le han sentado estupendamente las experiencias con orquestas “modernas”: aunque conserva el vigor, el entusiasmo y el desarrolladísimo sentido de los contrastes que en su momento le permitieron redescubrirnos el mundo del barroco italiano, ya no necesita recurrir a fraseos más o menos frívolos ni a salidas fuera de tono. Fue la suya una visión sensata, plenamente ortodoxa dentro de la corriente HIP y muy musical, en la que su soberbio sentido del ritmo y su hedonismo bien entendido –puro disfrute vital de la música– nos hicieron gozar del primer al último número. Un acierto contar con una plantilla orquestal particularmente nutrida para lo que ahora se lleva, y formidable su complicidad con una OBS técnicamente espléndida y entregadísima en lo expresivo. Sensacional aquí el trío de maderas.

La Suite nº 2 se benefició de todas las virtudes arriba enumeradas, así como del muy considerable virtuosismo de la flauta de Rafael Ruibérriz de Torres. Nos obstante, hubo cosas que no me convencieron: final precipitado –exceso de fuego, falta de control– de la Bourreé, fraseo excesivamente enfático de la Polonesa y Badinerie de tempo desmadrado, claramente dicha de cara a la galería. ¿Y de verdad le hacía falta al solista ornamentarla tanto, ya desde los primeros compases?

La Suite nº 3 BWV 1068 la había grabado Antonini en 2001 con sus chicos de Il Giardino Armónico. Por aquí escribí el otro día algo sobre aquella versión, a todas luces notabilísima y solo empañada por el violín Enrico Onofri. En Sevilla estaba otra que tal baila, Lina Tur Bonet, una señora a la que le he perdido todo el respeto desde su disco Sonata lunática. Lo cierto es que ella estuvo muy bien en la sección fugada de la obertura. Pero claro, luego venía el Aria. Antonini decidió en esta ocasión alternar entre los dos primeros atriles y el ripieno, lo que le dio a la violinista ibicenca oportunidad de ofrecer solo unos pocos ornamentos, algunos muy sensatos y otros –siempre en mi opinión, claro está– de pésimo gusto. El clave de Alejandro Casal ornamentó muchísimo en la celebérrima página, creo que con considerable acierto.

La Suite nº 4 volvió a derrochar entusiasmo, alegría, sabor dancístico y espíritu plenamente barroco, pero aquí me parece que orquesta y director estaban algo cansados. Hubo algunos desajustes y las trompetas no estuvieron siempre finas en sus intervenciones. Los oboes esta vez me convencieron menos, aunque detrás de ellos deslumbró el fagot de Alberto Grazzi, una parte que no siempre se escucha como es debido. El movimiento conclusivo me pareció un error, por precipitado y –por ello– no del todo claro, pero no cabe duda de que se cerraba una velada musical para el recuerdo.

Ah, muy buena la entrada que compré en primera fila del primer piso: hay una barra delante que molesta la visión, pero a cambio se obtiene una acústica sensacional. Y nada de tragarse el clave en primer plano, como ocurre en algunas grabaciones de estudio.

jueves, 10 de marzo de 2022

¿Una broma de mal gusto? ¡Ojalá, pero va en serio!

No sé cómo demonios insertar el vídeo, así que aquí va el enlace a Facebook. Sobran comentarios: que cada cual juzgue según su criterio. Mi opinión creo que ha quedado clara.

https://www.facebook.com/orquestabarrocadesevilla/videos/1188568874897671/

martes, 18 de febrero de 2020

Agrippina en el Maestranza: teatro y música

Atención: no dejen de visitar el blog de Julio Rodríguez, de donde he sacado estas excelentes fotografías.

El Metropolitan de Nueva York ha abreviado considerablemente la Agrippina de Händel que actualmente se encuentra ofreciendo, en cines el próximo 29 de febrero: en lugar de hacerla completa en tres actos, presentan una primera parte de 95 minutos y una segunda con la misma duración, más un intermedio de 25 minutos. Total, 3 horas 35 minutos. El Teatro de la Maestranza ha optado por presentar la partitura en su integridad: el pasado sábado –tercera y última de las funciones– comenzamos poco más tarde de las siete y salíamos del teatro cerca de la medianoche. No sé cuál de las dos opciones es mejor, pero me parece probable que algunos, o muchos, nos hubiéramos aburrido como ostras en esas cinco horas de arias da capo una tras otras –escandalícese el que quiera: Meistersinger y Parsifal son más llevaderas, porque la música es muy superior– si no fuera por la inteligente, trabajadísima y muy divertida puesta en escena de Mariame Clément que venía de la Ópera de Oviedo y de la Ópera Ballet Vlaanderen.


La propuesta de la regista francesa no tiene nada de novedosa: trasladar la acción de las óperas barrocas a tiempos más o menos actuales es hoy lo habitual, y convertir las intrigas mitológicas o históricas en intrigas de pasillo y puñaladas de despacho, moneda muy corriente. Más original, quizá, es recrear los ambientes de los "culebrones de diseño" norteamericanos de finales de los setenta y todos los ochenta, con una Agrippina literalmente calcada de la icónica Joan Collins de Dinastía –Claudio era J.R. de Dallas, aunque de personalidad mucho más ingenua que la del personaje encarnado por Larry Hagman– y un diseño de produccción que alude al gusto hortera de nuevo rico propio de estos seriales. Pero lo que hace grande esta producción no es eso, sino lo verdaderamente importante: un sólido diseño de personajes y situaciones, un perfecto dominio de los recursos escénicos y, sobre todo, una enorme coherencia tanto con el espíritu del libreto como con lo que se escucha, es decir, con la partitura.


Al contrario de lo que hacen tantos directores "comprometidos" que no son otra cosa que narcisistas de insoportable divismo, Mariame Clément pone su propia personalidad, su ingenio y sus ideas al servicio de la obra, no al revés. No hay dramaturgia paralela, ni contradicciones ni situaciones ininteligibles. Incluso las escenas procaces –la protagonista limpiando con un kleenex la eyaculación de Pallante, para justo después masturbar a Narciso con absoluta explicitud gestual– no resultan gratuitamente provocadoras y están bien integradas en la trama. Formidable todo el movimiento escénico, lleno de dinamismo pero sin caer en el tremendo error del "miedo al da capo" de, por ejemplo, la Rodelinda de Klaus Guth que vi hace poco en Frankfurt: marear a los personajes en escena no solo no hace más llevadera la rigidez de la ópera barroca, sino que termina cansando al espectador. La dirección de actores, irreprochable, y muy bien llevada la integración de las proyecciones que continuamente tenían lugar en la parte superior de la escena. Fenomenal la idea de visualizar en pantalla la cruenta muerte de todos los protagonistas durante las danzas conclusivas: la realidad histórica fue muchísimo más terrible de lo que pueda imaginar cualquier culebrón.

Pensarán ustedes ahora que voy a cargar contra Enrico Onofri, al que sigo considerando uno de los mayores blufs musicales del panorama internacional. Nada de eso: su dirección de Agrippina me ha gustado. Aunque no especialmente por su trabajo con la Orquesta Barroca de Sevilla: a mí me parece que se limitó a concertar con profesionalidad, que en más de una ocasión cayó en la languidez –es un músico primario que oscila entre lo desenfrenado y lo flácido– y que lo mucho bueno que se escuchó en el foso fue responsabilidad ante todo de los músicos de la OBS, muy especialmente de su extraordinario equipo de bajo continuo. Si en esta ópera Onofri me ha convencido es por la formidable labor de matización expresiva que, en una a todas luces minuciosa, inteligente, entregada y seguramente agotadora labor realizada con Mariame Clément y con Marcos Darbyshire –responsable de la reposición–, realizó tanto de arias como de recitativos. No voy en esto a quitarle mérito a los cantantes, pero se nota muy claramente si de por medio hay una mente rectora o no: aquí se hacía teatro no solo desde la escena, sino también desde la música. Hubo un director musical que pensaba en clave teatral, y eso en ópera es básico. Onofri brilló en este sentido, y por ello triunfó de manera incuestionable.


El elenco vocal me pareció bueno, sin más. Descolló Ann Hallenberg en el rol titular: aunque no me pareció una recreación tan variada en acentos ni intensa en lo expresivo como la de Joyce DiDonato, su canto fue de muchos quilates por calidad vocal, solidez técnica y dominio del estilo, destacando su sensibilidad para regular el sonido y para ornamentar en los da capo. No me llamó la atención Xavier Sabata durante el primer acto, pero cuando llegó el segundo –suya es la mejor música de esta ópera– el contratenor catalán destapó el tarro de las esencias e hizo volar su voz con poesía extraordinaria. A semejante nivel, con voz pequeña pero bien timbrada, se movió Alicia Amo encarnando a Poppea: a despecho de algún accidente puntual, cantó con muchísima propiedad y apreciable convicción, al tiempo que demostraba una enorme soltura escénica.

La mezzo Renata Pokupic encarnó con solidez a Nerone haciendo gala de una línea de canto sin fisuras, aunque también sin mostrar una especial sensibilidad. La voz que mejor corría por el patio de butacas era la de Matthew Brook, pero se mostró muy corta en extensión para Claudio: la manera en que el barítono británico trampeó por la zona grave fue por momentos bochornosa. En contrapartida, fue un excelente actor. Aceptable sin más la pareja de enamorados de Agrippina formada por João Fernandes y Antonio Giovannini, que quizá hubieran encontrado mejore ocasiones de lucimiento en otro título: no es culpa de ellos que se lleven la música menos buena de la ópera. Poquita cosa a Giunone de Serena Pérez. Sobre el Lesbo de Valeriano Lanchas mejor guardar silencio.

¿En resumen? Claro triunfo tanto del Maestranza como de la OBS. Pero uno no deja de seguir planteándose cómo deben escogerse y presentarse los títulos de ópera barroca.

lunes, 20 de enero de 2020

Ann Hallenberg en Sevilla: una lección de profesionalidad

Hace ahora aproximadamente un año tuve la oportunidad de asistir a un inolvidable concierto de la Orquesta Barroca de Sevilla en el que, bajo la sensacional dirección de Diego Fasolis, las mezzosopranos Ann Hallenberg y Vivica Genaux deslumbraron a cuantos estábamos en el Maestranza; aquí pueden leer mis comentarios. El pasado sábado 18 volvía la primera de ellas, reemplazando a la inicialmente prevista Anna Bonitatibus, con un programa titulado Donne disprezzate que incluía arias de Pietro Torri (ca. 1650-1737), Giuseppe Maria Orlandini (1676-1760), Vivaldi y Haendel. Ni que decir tiene que muchos acudíamos esperando que se repitiera el milagro. Un anuncio por la megafonía de que Hallenberg estaba comenzando un proceso infeccioso que afectaba a su garganta nos inquietó un tanto, pero a los pocos minutos quedó claro que nada había que temer: entre su soberbia técnica vocal y una inteligencia que debe de ser grande, la artista sorteó todo escollo y dio una lección de canto, que lo fue también de profesionalidad. Ahora bien, lo cierto es que un servidor distó de entusiasmarse como en la ocasión anterior, y que algo parecido le ocurrió a los amigos con los que pude departir al finalizar la velada.


No creo que el problema estuviera en la labor de Andoni Mercero. Como violinista hizo gala de un sonido bello, de una articulación nítida y de una apreciable capacidad para cantar las melodías. Como director me pareció sensato, musical y buen comunicador, irreprochable conocedor de las particularidades del estilo y artista mucho más atento a servir a los pentagramas que a utilizarlos para montar un numero exhibicionista. Verdad es que en el primer movimiento del Concierto para cuatro violines RV 580 de Vivaldi el fraseo resultó un poco más saltarín de la cuenta, también que se apreciaron algunos desequilibrios en los que prefiero no entrar, pero funcionó francamente bien la Sonata a 5 HWV de Haendel, mientras que todas las arias estuvieron dirigidas con acierto expresivo. Bajo su dirección la OBS sonó como en sus mejores noches, siendo de destacar una vez más el formidable clave de Alejandro Casal.

Tampoco creo que se le puedan hacer muchos reproches a Hallenberg. Hay que aplaudirla por su valentía a la hora de cantar enferma y admirar la carnosidad de su voz bien timbrada y homogénea –bien holgada por abajo–, la naturalidad con que desgrana las agilidades, la sabiduría con la que administra las vibraciones y la sutileza con que ornamenta las melodías. Otra cosa es que echemos de menos la personalidad, la imaginación o la fuerza expresiva de otras cantantes. En tal aria o en tal otra –el día anterior estuve realizando un repaso con la ayuda de la plataforma Tidal– podemos tener nuestras preferencias. Y lo cierto es que si realizamos comparaciones detectamos que por momentos la mezzo sueca puede parecer un tanto contenida, quizá en parte porque su incuestionable buen gusto le invitara a alejarse de todo exceso, y en parte porque su estado vocal le hiciera guardar una sabia prudencia y no poner toda la carne en el asador. En cualquier caso, su triunfo entre el público estuvo más que merecido. Profesionalidad enorme, insisto.

A mí me parece que las diferencias fundamentales entre el recital del año pasado y este vinieron por otro lado. En primer lugar, en que un "duelo" entre dos divas resultaba mucho más excitante de cara al espectador, y quizá más estimulante para las propias artistas; un recital de arias más algunas piezas instrumentales para que descanse la voz suena un tanto a déjà vu. En segundo lugar, creo que las páginas escogidas en esta ocasión no tuvieron la calidad de entonces, cuando tuvimos la ocasión de escuchar en exclusiva a Vivaldi y a Haendel. A mí las páginas de Torri y Orlandini me parecieron poco interesantes, meros vehículo de lucimiento sin mucha sustancia musical, y entre las de Vivaldi me resultó mucho más interesante "Sposa son disprezzata" que "Alma opressa". Qué quieren que les diga, cuando llegó Haendel la cosa cambió de manera sustancial y en las arias del alemán el arte de Hallenberg encontró el vehículo adecuado para demostrar cómo se puede poner la técnica al servicio de la expresión; especialmente memorables sus recreaciones de "Vieni o figlio" y de "Lascia ch'io pianga", esta última ofrecida como propina.

¿Quiero decir con lo expuesto en las últimas lineas que las páginas de los compositores menores no merecían ser interpretadas? En absoluto: me parece por completo pertinente escuchar tanto a los grandes como a los que no son tan grandes. Simplemente expongo las razones por las que me parece que al terminar el notable concierto del sábado no saliésemos con el entusiasmo con que lo hicimos tras el del pasado año.

martes, 22 de enero de 2019

Glorioso Carlos Mena

Resulta inútil buscar reparos: alguna frase algo justita por el grave, quizá un temperamento no del todo vibrante según qué música… Importa poco o nada, porque la actuación que ofreció Carlos Mena el pasado sábado en el Teatro de la Maestranza en un recital con páginas de Vivaldi y Haendel junto a Veronica Cangemi y la Orquesta Barroca de Sevilla es una de las cosas más gloriosas que yo haya escuchado en directo a la voz humana. Por todo. El instrumento es maravilloso por su timbre sensual y esmaltado, nada blanquecino, cosa no habitual en contratenores. Se muestra homogéneo en su no pequeña extensión y corre sin problemas por la sala. Agudos e intervalos están resueltos con una técnica de extraordinaria solidez. El canto es cálido, natural, entregado; un legato maravilloso, un perfecto control de la respiración y una admirable planificación del fraseo permite al de Vitoria desplegar las melodías con una cantabilidad fuera de lo común. Hubo pianísimos embriagadores, yo diría que de ciencia-ficción, y también reguladores de verdadero infarto, pero jamás cediendo al narcisismo sino al servicio de la expresión sincera. Y si en alguno de los números pudo echarse de menos –lo dije arriba– un poco más de inflamación, cuando le tocó mostrarse recogido y amoroso rozó el cielo como solo lo hacen los más grandes artistas del canto.

La soprano se mostró muy desigual a su lado. En el intermedio hablaba con otros melómanos sobre esa generalizada afirmación de que los artistas saben mejor que nadie cómo han estado. Llegamos a la conclusión de que no siempre es así. Por poner ejemplos recientes, tengo la sensación de que Eric Crambes no es consciente de cómo está dejando que desear últimamente en sus solos de violín al frente de la ROSS; o de que José Luis Sola no se da cuenta de que su técnica es precaria y de que no puede con el Orfeo de Gluck. Verónica Cangemi también anda despistada, porque si no resulta imposible explicar que abriera el recital con la “navicella” vivaldiana popularizada por Bartoli: aquello fue un despropósito. ¿Qué necesidad tiene de cantar una pieza que no puede hacer de manera satisfactoria cuando es capaz de ofrecer maravillas como un “Lascia ch'io pianga” de hermosísimas medias voces e interesantes ornamentaciones? Porque la argentina es artista. Con voz muy pequeña y plagada de desigualdades, ciertamente, y a estas alturas –le he escuchado discos que demuestran que antes las cosas eran distintas– incapaz de resolver con limpieza las agilidades, pero sabiendo decir con propiedad estilística, con sensibilidad acariciadora y con cálida emoción. Más cómoda vocalmente en la segunda parte del recital que en la primera, Cangemi ofreció algunas cosas hermosísimas que quiero almacenar en mi memoria.

La Orquesta Barroca de Sevilla tuvo que luchar contra un auditorio en exceso grande para la misma como es el Maestranza. A mi entender, la Sala Joaquín Turina de Sevilla o el Villamarta de Jerez son mucho más adecuados. Aun así, y tras algún problema de empaste en los primeros minutos, sonó con gran propiedad bajo la dirección de Antoni Mercero, quien en su faceta de violín solista me ha parecido un músico sensato y serio, capaz de hacer cantar con belleza –que no con especial sensualidad– las melodías vivaldianas y de entender que ornamentar no significa regalarnos molestos espasmos y contrastes amanerados; a mi entender, el instrumentista vasco es muy superior a otros nombres del violín barroco españoles y extranjeros más celebrados por ciertos melómanos

Como director ya me ha gustado menos: el Vivaldi de la Orquesta Barroca de Sevilla me ha parecido bajo su guía un tanto plano e insulso, falto de luz y de color, aburriéndome en los dos conciertos ofrecidos (RV 155 y RV 565) y resultándome digno sin más en las arias y dúos de Vivaldi. En Haendel sí que me convenció el trabajo de Mercero, quien consiguió un punto de equilibrio en la articulación que le permitió ofrecer agilidad sin ligereza mal entendida y claroscuros sin excesos. El fraseo fue ortodoxo y musical, permitiendo explayarse en toda la amplitud de su canto a un Carlos Mena que revalidó su categoría como uno de los más grandes cantantes españoles de los últimos decenios.

sábado, 18 de febrero de 2017

No se dejen engañar

Lo he repetido mil veces. No soy enemigo de los instrumentos originales, considero que estos han aportado bastantes cosas buenas a la interpretación musical y hay artistas en ese campo a los que admiro muchísimo, desde el más bien tradicional Pinnock hasta el –en su momento– muy rompedor Reinhard Goebel, pasando por un buen número de nombres más o menos ilustres. Pero también pienso que hay mucho pedante que se escuda en la presunta fidelidad histórica, en la necesidad de actualizar los criterios interpretativos y en la apuesta por lo original para ocultar su petulancia, su mediocridad o –peor aún– una mezcla de ambas cosas.


El próximo lunes la Orquesta Barroca de Sevilla contará con la presencia de una artista llamada Amandine Beyer. Tocará el violín y dirigirá obras de los hermanos Wilhelm Friedemann y Carl Philipp Emanuel Bach, de Haydn y de Mozart. No puedo acudir, pero he buscado en YouTube para satisfacer curiosidad. Debo decir que pocas veces he escuchado un sonido violín tan rasposo y desagradable, por no hablar de un fraseo escasamente musical y de nulo valor expresivo, como el que esta respetable señora exhibe en la Ciaccona de la Partita BWV 1004 que tienen arriba. Ni un Beethoven más canijo y ridículo como el de la Kreutzer de la que abajo se escuchan algunos fragmentos.



Por descontado, habrá quienes quieran venderle la moto. No se dejen engañar.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Por qué no me gusta Onofri

Me acusa alguien de sentir "fobia patológica" (sic) hacia la Orquesta Barroca de Sevilla y un rencor "más allá de lo musical" (sic) hacia Enrico Onofri. Le contesto desde aquí, porque merece la pena. Al señor Onofri no lo conozco y nada me ha hecho. Tampoco he tenido nunca la menor relación personal con la OBS, salvo –no recuerdo ahora mismo cuándo, fue ya hace siglos– haberme acercado alguna vez a Ventura Rico, haberle felicitado por su labor y preguntarle cuándo volvían; en cualquier caso, yo era de los que no se perdía ni uno de los conciertos que ofrecía en Jerez cuando se acercaban por aquí periódicamente. Y de los que la admiraba. Pero sí que es cierto que detesto a Onofri –musicalmente, como persona no tengo el gusto–, y que me parece un craso error que la Barroca lo tenga como uno de sus directores de cabecera habiendo otros músicos de mucha más valía con los que han colaborado y podrían seguir colaborando.


Cuestión de gusto personal, por descontado. Un gusto que ustedes pueden compartir o no. Les pongo como ejemplo este largo de Antonio Vivaldi que se escucha a partir del minuto 4:10 del anterior YouTube. Interpretación de Pablo Valetti y Café Zimmermann a mi entender formidable, con un violín de sonido muy firme, afinadísimo en todo momento, viril en la expresión, cálido y sincero, que no confunde meditación con languidez, ni ornamentación con amaneramiento, respaldado por una orquesta –de instrumentos originales, por descontado– que suena prieta, con músculo y con decisión en el fraseo.


Y ahora reparen en la lectura de Enrico Onofri con los chicos de la OBS. ¿Necesitan que se la comente? Escúchenla más de una vez, como he hecho yo, y saquen sus propias conclusiones.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

¿Liberales? No: impresentables

Primero la Diputación de Sevilla agudiza los recortes perpetrados por el PSOE andaluz de los últimos años hacia el mundo de la cultura restándole un 40% de su aportación anual al Teatro de la Maestranza. Una barbaridad, se mire desde donde se mire. Un destrozo de gravísimas consecuencias no tanto a corto como a medio y largo plazo, aunque pueda parecer lo contrario. Y ahora le toca al Partido Popular: el ayuntamiento anuncia estabilidad para la Orquesta Barroca de Sevilla al tiempo que plantea la posibilidad de convertir el Festival de Música Antigua, felicísima iniciativa municipal desde hace ya veintiocho años respaldada por el público de manera rotunda, en una cita bianual, lo que es lo mismo que sentar las bases de su desaparición. La cosa está clara: retirar dinero de la iniciativa pública para dársela a la privada, pues no otra cosa es la –excelente, eso nadie lo duda- orquesta anteriormente citada. Política liberal, llaman algunos a esto. Yo lo llamo impresentabilidad.

sábado, 28 de noviembre de 2009

El furor intrépido arde en Baeza

Como me he visto obligado a llevar hasta Baeza mi receptor/amplificador para su reparación (¡qué duro es estar sin escuchar música en condiciones!), aproveché para asistir al concierto que ofrecía la Orquesta Barroca de Sevilla dentro del XIII Festival de Música Antigua con el programa del disco que, grabado en sello propio, anda estos días promocionando la formación hispalense, y que bajo el título Arde el furor intrépido agrupa composiciones que los maestros de capilla Juan Francés de Iribarren (1699-1767) y Jayme Torrens (1741-1803) escribieron para la Catedral de Granada. El programa se ofreció también en Cádiz el jueves 26 de noviembre y se repite hoy sábado y mañana domingo en el Teatro de la Maestranza, espero que con más público que el congregado en el auditorio de las baezanas ruinas de San Francisco: los que no vayan se perderán un gran concierto.


A mi modo de ver esta música se encuentra bastante por encima de algunos bodrios del barroco español que en otras ocasiones he visto rescatar. Marcadamente italianizantes en su estilo, las de partituras de Iribarren no son sino una nada desdeñable derivación del barroco italiano, mientras que las de Torrens, quizá menos felices en su inspiración, asimilan ya los ecos del clasicismo centroeuropeo. Todas ellas son agradables, se encuentran bien escritas y resultan bastante interesantes de escuchar, toda vez que nos permiten ir cubriendo importantes huecos en nuestros limitados conocimientos del panorama musical hispano del XVIII.

En cualquier caso, y felicitando a la OBS y a sus investigadores por esta acertadísima y muy necesaria labor, no conviene echar las campanas al vuelo y pensar que nos encontramos ante obras maestras: cuando en la tocata de Prosigue acorde lira (1740) de Iribarren suena su arreglo orquestal de una sonata para violín y continuo de Corelli, el nivel sube como la espuma y terminamos colocando al español en el -por lo demás muy digno- lugar que le corresponde.

Me gustaron las intervenciones de María Espada, más incluso que en el disco, toda vez que en Baeza no se mostró tan tirante y esforzada en el registro sobreagudo, una limitación que -ocultarlo no creo que le haga ningún favor- hace que la audición de obras como la que precisamente da título al disco, Arde el furor intrépido, que en Baeza interpretó para cerrar la velada, resulte por momentos algo desagradable.

Todo lo demás que podemos decir de ella (bueno, el grave le viene algo justo) es muy positivo. La voz es de buena calidad, tiene esmalte y alcanza un apreciable volumen. La dicción resulta muy inteligible, sobre todo en los recitativos. El dominio de la coloratura es irreprochable, como también lo es su conocimiento del estilo: ornamenta muy bien. Pero además, y sobre todo, la soprano extremeña alcanza unos elevados niveles de expresividad, comunicatividad y sinceridad, sin el menor atisbo de blandura, narcisismo o amaneramiento, sabiendo frasear con una calidez y una atención al matiz encomiables.


Descomunal la dirección de Diego Fasolis, un músico que a muchos nos ha deslumbrado con su reciente Faramondo haendeliano y que evidenció -en el disco y en el concierto de Baeza- un compromiso interpretativo fuera de lo común. Mostrando un absoluto dominio del estilo, el maestro suizo dirigió estas músicas como si de obras de primerísima fila se tratasen, atendiendo tanto a la belleza sonora (creo que nunca he escuchado a la OBS sonar así de increíblemente bien) como a la comunicatividad, fraseando con una flexibilidad tan sutil como efectiva, atendiendo a cada una de las inflexiones dramáticas del texto y sabiendo no confundir (al contrario que ciertos famosos directores del repertorio barroco) la teatralidad con el exceso en los contrastes, la frescura con la frivolidad, la agilidad con lo pimpante, y en suma, la emoción sincera con la expresividad brocha gorda.

Claro que nada de esto podía haber llegado a buen puerto si no fuera con un nivel como el exhibido por una Orquesta Barroca de Sevilla en estado de gracia, no solo por su nivel técnico, sino también por la musicalidad de sus integrantes, de entre los que me gustaría destacar a un maravilloso Miguel Rincón al laúd y la tiorba, que mostró tanta fantasía como buen gusto a la hora de elaborar el bajo continuo. Por cierto, Fasolis no se mostró precisamente manco al clave.

La brevedad del programa (se eliminaron obras del disco por falta de contratenor) llevó a ofrecer como propina nada menos que el Lascia ch'io pianga haendeliano. María Espada se mostró conmovedora -llevó al extremo el carácter lacrimoso de la página sin sacar los pies del plato- y ornamentó con mucha sensibilidad el da capo, mientras que un concentradísimo Fasolis ofreció una dirección de referencia. Solo por esta sublime interpretación ya mereció la pena acudir al concierto.

domingo, 5 de abril de 2009

De Bach a Eslava en cien metros

El cansancio me puede y la prudencia me anima a reposar para estar bien preparado ante la paliza física y emocional que -para quienes nos apasiona la Semana Santa- supone el Domingo de Ramos. Aun así quiero dejar unos breves apuntes sobre los dos conciertos que he escuchado esta misma tarde en Sevilla: La Pasión según San Juan de Bach en el Maestranza, como clausura del Festival de Música Antigua, y el tradicional Miserere de Hilarión Eslava a solo cien metros, en la Catedral. Bochornosamente no se llenó el teatro; sí el templo catedralicio, salvando las numerosas entradas de protocolo cuyos destinatarios decidieron no venir. Los públicos de uno y otro concierto eran muy diferentes.

Me aburrió la interpretación de la sublime obra bachiana. La Orquesta Barroca de Sevilla realizó una estupenda labor, sus solistas (con alguna excepción que prefiero callar) realizaron formidables intervenciones y el Coro Arsys Bourgogne sonó con una belleza, una afinación y un empaste prodigiosos. El problema es que Pierre Cao, director de esta última agrupación, se preocupó exclusivamente de la belleza sonora. La consiguió en grado sumo, desde luego, pero a costa de adoptar un enfoque excesivamente recogido e intimista que hizo sonar a esta música tímida, superficial y descafeinada. Eché de menos tensión dramática, incisividad, claroscuros, sentido teatral y, en definitiva, verdadera inspiración. Los solistas vocales alcanzaron un buen nivel.

El Miserere de Eslava es un indigesto refrito rossiniano-donizettiano mucho más interesante como testimonio del pasado que desde el punto de vista artístico. En cualquier caso hay un público que lo demanda y es plausible que se interprete con la mayor calidad posible. Hace dos años Luis Izquierdo se despidió de la obra con una interpretación de muy digno nivel (enlace). Ahora ha probado fortuna Pedro Halffter y ha salido más que airoso del empeño: hubo belleza sonora, equilibrio de planos y apropiado espíritu teatral, aunque no pudo hacer nada para evitar que esta música sonase a ratos banal y pimpante. Perjudicados por una deficiente acústica, la Sinfónica de Sevilla y el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza no lograron la precisión de sus últimas intervenciones en el Maestranza bajo esta misma batuta. Estupendo Flavio Oliver, digno Federico Gallar y un tanto irregular Jorge de León, que comenzó con muy buena línea para dejarse llevar por los nervios en su última intervención.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Monica Huggett se despide de la OBS

O al menos eso es lo que parece, porque la violinista londinense se pondrá en septiembre de 2009 al frente del departamento de Música Antigua de la Juilliard School y no parece que sea fácil compatibilizar esta reponsabilidad con la de principal directora invitada de la Orquesta Barroca de Sevilla; de momento no hay ninguna colaboración conjunta para el año que viene. Me alegro mucho por ella, pero su marcha supondrá una gran pérdida para la formación hispalense, porque se trata de una excelente directora. Al menos para mi gusto: con Huggett no hay lugar para la frivolidad, para las sonoridades relamidas ni para el fraseo pimpante en el que caen algunos celebrados directores historicistas, pues sus interpretaciones -unas veces más acertadas y otras menos- se hallan presididas por la energía, la jovialidad, la chispa, la robustez bien entendida y un carácter rústico de lo más saludable.

La rusticidad presidió precisamente su concierto de presunta despedida al frente de la OBS que tuvo lugar el viernes 19 en el Teatro Villamarta de Jerez (ofrecido también en Córdoba, Cádiz y Sevilla). De hecho, la propia Monica Huggett realizó toda una declaración de principios al presentar el Concierto de Brandeburgo nº 1 -se dirigió al público en inglés- como un diálogo entre la nobleza, en la voz de la cuerda y las maderas, y el pueblo llano, representado por los metales y el violín piccolo.

La interpretación fue muy fiel a estas premisas, aunque paradójicamente la artista me convenció menos en su faceta de violinista, quizá en exceso personal y no muy fina, que en la de directora, sabiendo ofrecer una lectura mucho más intensa y cálida -aunque no menos idiomática- que la ya antigua de Ton Koopman en la que ella misma participó hace ya un cuarto de siglo; a destacar el tratamiento de la Polacca, mucho más acertada de como se suele hacer últimamente.

La Obertura en Fa M. TWV 55 F3 de Telemann que ofreció Huggett para cerrar el programa estuvo presidida por la misma vitalidad y se benefició de idéntica seguridad técnica por parte de una OBS en excelente forma, no sabiendo uno si admirarse más de la potencia de las trompas naturales, del empaste de la cuerda o -quizá más aún- de la musicalidad de las maderas.

Entre medias pudimos escuchar la cantata Oh, di Betlemme altera povertà venturosa y el motete In Furore lustissimae Irae, de Vivaldi, páginas de nuevo estupendamente tocadas y dirigidas. Monica Piccinini, con su voz pequeña y algo justita por arriba, hizo gala de una notable agilidad en los pasajes extrovertidos y de una gran capacidad para la introspección en los recogidos, llegando a ofrecer momentos realmente mágicos. De propina nos hizo de Cleopatra haendeliana. No le hubiera venido mal un poco más de variedad expresiva, pero aún así estuvo estupenda y con su presencia redondeó un concierto que recordaremos como el cierre de una muy feliz etapa de la OBS.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Giulio Cesare en Sevilla, una gozada

Me lo pasé de maravilla. En primerísimo lugar, por mi reencuentro con una música a la que estúpidamente tenía desde hacía demasiado tiempo olvidada, pese a que Giulio Cesare fue una de las primeras óperas que escuché completas en mi juventud; resulta increíble que una partitura de considerable longitud basada casi por completo en la yuxtaposición de arias da capo pueda mantener la atención del melómano durante tanto tiempo, tal es la belleza que derrochó Haendel en su escritura. Todas las arias, todas, son como mínimo muy hermosas, y hay unas cuantas que pueden ser consideradas como cimas absolutas del repertorio lírico barroco.


Pero es que, además, los resultados escénicos y musicales me parecieron, con sus más y sus menos, formidables. Fue una noche de gloria para la Orquesta Barroca de Sevilla. Beneficiada en el Maestranza por una acústica muy superior a la de las iglesias donde habitualmente toca, sonó la noche de ayer sábado con un empaste y una seguridad realmente admirables bajo la dirección de enorme solvencia técnica, irreprochable estilo y -en general- gran sensatez expresiva de Andreas Spering, director que ha sido un acierto pleno por parte del Maestranza. Muy bueno el bajo continuo y de matrícula de honor la trompa natural de Jorge Rentería.

Buen nivel medio entre las voces. Sin gustarme tantísimo como en la Calisto del Covent Garden de la que ya hablé por aquí (enlace), me pareció formidable Lawrence Zazzo para el rol titular, sobre todo cuando pudo lucirse con las medias voces y los reguladores. Y me encantó Elena de la Merced como Cleopatra; su registro agudo es duro y metálico, sí, pero eso no me parece suficiente para compartir el desprecio que por esta notable soprano sienten algunos aficionados.

Me pareció dignísima la Cornelia de Marina Rodríguez Cusí, por encima de un David Hansen bastante irregular como Tolomeo: su técnica deja que desear y el registro grave canta cosa mala. Flojita Lola Casariego como Sesto, aunque el único que realmente estuvo fuera de lugar fue José Julián Frontal, quien por lo demás hizo gala de su habitual desparpajo escénico y tuvo a bien enseñar el culo al respetable en el striptease que marca la propuesta escénica.

Y sí, el trabajo del malogrado Wernicke me encantó. Más que eso: me parece una de las mejores producciones escénicas que se han visto en el Maestranza desde su inauguración, y desde luego un modelo de como ser creativo, original y arriesgado sin traicionar a la música. Muy ágil el ritmo escénico, y de increíble belleza y acertado sentido dramático el rico trabajo de luminotecnia. Portentoso el bailarín que daba vida al ya célebre cocodrilo omnipresente esta producción que en su día estrenara el Liceu.


Había, eso sí, algunos elementos discutibles: no era necesario tener por ahí la cabeza de Pompeyo en los tres actos, por ejemplo, mientras que las amputaciones y añadidos de la partitura no estaban del todo justificados. Por otra parte, la escena estaba llena de irónicas sugerencias que -en su reflexión sobre asuntos tan dispares como el choque de culturas, la diplomacia internacional, la "globalización" de los mitos clásicos o la naturaleza del propio hecho teatral- enriquecían considerablemente la lectura de una página que en origen, no lo olvidemos, se apoya sobre arquetipos.

Gran, gran noche de ópera, y muy calurosa la acogida del respetable. Eso sí, fue muy triste observar las abundantes deserciones en el segundo intermedio, me parece que no explicables por lo avanzado de la hora ni por lo supuestamente atrevido de la producción escénica: se nota que hay personal al que el Haendel operístico les gusta casi tan poco como Busoni o Zemlinsky. Caiga sobre ellos la furia de Júpiter.

Ah, las fotos aquí incluidas son de Guillermo Mendo (c).
Más sobre esta fenomenal producción de Wernicke en el blog de Pisístrato, donde se comenta el DVD del Liceu (enlace).

PS. En el mismo blog se comenta la función del Maestranza (enlace).

viernes, 13 de junio de 2008

Kuijken con la Barroca de Sevilla

No más de cien personas nos congregábamos esta noche en el Villamarta para escuchar a la OBS bajo la dirección de Sigiswald Kuijken. Normal, porque en Jerez la gente no está acostumnbrada a pagar para escucharla. Y eso que la acústica en este recinto es soberbia, ideal para esta orquesta, y desde luego muy superior a la de las iglesias donde normalmente actúa. Para la próxima vez hay que hacer más promoción del evento.

Irregulares los resultados, pues aunque la formación sonó francamente bien, salvando algunas comprensibles pifias de las trompas, las maneras de hacer del veterano Kuijken, tan de la escuela holandesa, no terminan de casar ni con Haydn ni con Mozart. Lo mejor fue que no se trató de un Clasicismo al uso, es decir, liviano, superficial y falsamente amable, sino aristado y dramático, con una buena dosis de rusticidad y una articulación bien marcada. Lo peor, que Kuijken se quedó muy corto en vuelo lírico, emotividad y en matices expresivos. Le salió muy plana y aburrida la Sinfonía nº 47 Palíndromo, como le ocurrió también en el Concierto para trompa nº 1, con un Jorge Rentería de admirable musicalidad enfrentándose a numerosos problemas técnicos. Mejor el Divertimento a 9 Hob. II, 20, y de menos a más la Sinfonía nº 33 de Mozart.

En cualquier caso es una gozada escuchar estas obras en directo, y más aún con instrumentos originales, al menos para mi gusto. Y está bien haber comprobado como la flexible Barroca de Sevilla es capaz de conseguir el sonido de La Petite Bande que demanda el director. Claro que uno sigue echando de menos a gente como Brüggen y Pinnock para este repertorio: esos sí que son realmente extraordinarios.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...