El primero de los cuatro espectáculos musicales que he presenciado en mi
tercera visita a Berlín –ya he regresado a casa– tuvo lugar el
pasado domingo 1 de julio a las cuatro de la tarde en la Konzerthaus de la
capital alemana, la preciosa sala de conciertos decimonónica –completamente
reconstruida tras la guerra– en la que ahora reside la antigua Berliner Symphoniker
de la RDA bajo el nombre de
Konzerthausorchester Berlin. Allí estuve hace años escuchándola bajo la dirección de Gennadi Rozhdestvensky en un
memorable concierto que tuve la oportunidad de comentar (¡cómo pasa el tiempo!)
en este mismo blog. En esta última ocasión se encontraba sobre el podio su actual
titular,
Iván Fischer, con un programa integrado por el
Concierto para piano
nº 23 de
Mozart y la
Sinfonía nº 6 de
Beethoven en el que se contaba
con una solista de excepción:
Elisabeth Leonskaja.
A esta señora le tengo una devoción muy especial, porque es una de esas
artistas que jamás cede a la tentación de ganarse al público por las dos vías
fáciles: el virtuosismo vacío y la belleza sonora como fin en sí misma. Es
decir, las grandes tentaciones de una enorme cantidad de pianistas del ayer y
del hoy. La georgiana solo hace música al servicio del compositor y por
encima de cualquier otra consideración, aunque ello le suponga renunciar al marketing y
quedarse un tanto al margen del mundillo discográfico. Siempre ha ido a
su aire, y eso la honra.
Dicho esto, debo reconocer que este Mozart –el primero que le escucho– no lo
he encontrado a la máxima altura posible, aunque sí muy por encima de lo que en
este mismo repertorio hacen otros pianistas famosos. Sin ir más lejos, antes de
salir de viaje escuché en casa dos versiones de este
KV 488 que me irritaron
sobremanera en lo que a la parte solista se refiere: Casadesus con Szell y
Perahia dirigiendo él mismo, en ambos casos un Mozart pianístico ante todo suave
y amable, alejado de tensiones y de conflictos. Leonskaja, por el contrario, apostó por un perfecto equilibrio entre
la densidad y la agilidad, entre el músculo y la delicadeza, entre la severidad
y la chispa, siempre con un punto de distanciamiento y lejos de hurgar en el
dolor del Adagio –de ahí que no acabara de convencerme–, pero haciendo gala de
una musicalidad fuera de serie. De propina, el
Nocturno nº 8 de Chopin:
rápido y poco ensoñado, cargado de desazón más que de poesía.
Iván Fischer, como su hermano Adam, lleva un tiempo dejándose influir por el
movimiento “históricamente informado”. En este Mozart la influencia ha sido
moderada aunque perceptible, al menos en la articulación y en la sonoridad
ligera –para mí, en exceso– de la orquesta. No así en el equilibrio de planos ni
en el concepto, para Fischer clásico a más no poder:
todo equilibrio, fluidez, elegancia y naturalidad, ajeno al pathos pero sin caer
en trivialidades sin dejar de aportar una pizca suave de sal y pimienta. Eso
sí, independientemente de los planteamientos a medio camino entre la tradición y
el historicismo, a su último movimiento le faltó una dosis
extra de energía, chispa y brillantez. Al segundo, profundidad y carácter
doliente. Lo siento, no puedo dejar de pensar lo que hace Barenboim con esta obra.
Antes del concierto escuché –malamente, con los auriculares– la grabación de
la
Pastoral realizada por Fischer frente a su Orquesta del Festival de
Budapest para el sello Channel, y la he escuchado otra vez –muy bien, en mi
equipo– justo antes de escribir estas líneas. Un alivio que en Berlín no se
atreviera a poner en práctica lo del citado registro: hacer que la primera aparición del
tema del último movimiento la tocase únicamente el concertino, por puras razones
de gusto personal. Sí que agradecí la disposición antifonal de los
violines y el uso de flauta de madera. Ahora bien, no comprendí por qué en el intermedio
colocaron un árbol (¡se lo juro!) tras la orquesta. ¿Para ambientar la
partitura?
Sea como fuere, fue una interpretación parecida a la del disco. Es decir, una lectura rápida y
briosa, en la que el entusiasmo que irradiaba el rostro del maestro resultaba también perfectamente
audible, pero más bien parca en matices e inspiración poética. El primer
movimiento estuvo muy bien trazado, sin que la dimensión panteísta llegara a
percibirse. El segundo fue solvente, llamando la atención el esfuerzo de las
maderas –en Budapest y en Berlín– por resultar onomatopéyicas en la parte final.
Muy fogosa la fiesta campesina. Apagada y rutinaria la tormenta. Al final lo que mejor le salió al maestro fue la
Acción de gracias: muy bien paladeada –creo que fue más lenta que la del CD–
y dicha, aquí sí, con intención de apartarse de lo descriptivo para trascender los pentagramas. Lo consiguió.
Tras el concierto, increíble pastel de chocolate en Rausch Schokoladenhaus
–visita imprescindible, justo detrás de la Konzerthaus– y
Orfeo y
Eurídide de Gluck en la Staatsoper. Muy, pero que muy desequilibrado en sus resultados artísticos, aunque
eso mejor se lo cuento a ustedes mañana.