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miércoles, 12 de agosto de 2026

El SACD por fin hace justicia a la Bohème de Solti

Me animo a reabrir el blog, de momento solo poniendo al día algunas discografías mediante las audiciones que he ido realizando este verano, más alguna nueva que aún no ha visto la luz. No es el caso de esta entrada, en la que comento un doble SACD que me ha costado un ojo de la cara, porque al importarlo desde la propia web del sello Dutton me han cobrado una tarifa aduanera al llegar el pedido a mi casa: La Bohème de Puccini por Sir Georg Solti y la London Philharmonic que grabó RCA entre el 23 de julio y el 3 de agosto de 1973 con mezcla cuadrafónica posterior, precisamente recuperada en esta edición.

He comparado con lo que yo tenía, el primer reprocesado que circuló por aquí: la mejoría es brutal, hasta el punto de que aquellos CD solo cabe calificarlos como desastrosos. ¿Suena especialmente bien ahora? No. Hay una apreciable distorsión tímbrica, y la acústica del Walthamstow Town Hall no es ninguna maravilla. Ahora bien, la acción conjunta del reprocesado en alta definición y la espacialidad del multicanal hace que la orquesta, gran beneficiada del nuevo trasvase –las voces, bastante menos–, suene con muchísima más naturalidad, relieve e inmediatez. Lo de antes era mate, apagado, sucio y terriblemente plano. Ahora ha cambiado la cosa.

Es verdad que hay gente a la que no le gusta un abundante uso de los canales traseros. Aquí se usan mucho en todo el segundo acto y al comienzo del tercero, lo que creo que le viene estupendamente a las situaciones de la escena y contribuye a la claridad polifónica. Bastante menos surround hay en el resto, aunque la orquesta no es de las que está "al fondo", sino que "se trae adelante". A quien no le guste así, en cualquier caso, la tecnología se lo pone fácil: marcarle al reproductor de SACD que lea la pista de dos canales o, sencillamente, meterlo en el lector normal de CD. Perderá relieve, pero aun así la mejoría es considerable con respecto a lo que había antes, porque no se verá limitada la audición por el horroroso reprocesado que nos endilgaron.

La interpretación es pura controversia. Y de la beligerante, empezando por una Montserrat Caballé que echó sapos y culebras contra el maestro de origen húngaro, acusándole de modificar la partitura –se las retiró a todos los cantantes para devolvérsela llena de enmiendas– hasta el punto de que, según ella, lo que allí se escucha no es Puccini, sino Solti. Yo me limito a dar mi opinión, empezando por la catalana. Vocalmente está por completo maravillosa, sacando un partido extraordinario de su inigualable control de la respiración y de esas mesas di voce marca de la casa. En lo expresivo ofrece una Mimí delicada y con picardía, mas no todo lo sensual que debería ser. Lo siento, estoy en exceso condicionado por lo que con el papel de la modistilla hacía Mirella Freni.

Plácido Domingo está ausente en el primer acto: ofrece –con cierta tirantez– el Do de "la dolce speranza" y, milagrosamente, el pianísimo que cierra el dúo, pero no es Rodolfo ni de lejos. Muchísimo mejor en la segunda parte de la ópera, en la que se muestra no solo cálido e implicado, sino también muy centrado en el estilo. ¿Prefiero a Pavarotti? Sin duda, pero no me cuento entre los que consideran este registro un fiasco del tenor madrileño.

Punto flaco del registro es Judith Blegen: voz de escaso interés, Musetta sosa y pálida. Canta bien, eso sí. Sin ser tampoco –casi nunca lo fue– un artista atento a los pliegues expresivos que dibujan un personaje, Sherill Milnes hace un Marcello que impone por voz y por técnica. Relativa decepción Ruggero Raimondi como Colline, porque pasa por encima del aria de la zimarra. Bastante bien el Schaunard de Vicente Sardinero. Sin problemas en los comprimarios. El Coro John Alldis, a la altura habitual de las formaciones inglesas.

¿Y Solti? Soy de los que piensan –debemos de ser miles– que lo de Karajan y la Filarmónica de Berlín de 1972 marca uno de los puntos más altos de la dirección de orquesta en Puccini. Sin embargo, creo que globalmente Sir Georg no le va a la zaga. Su línea es muy distinta, eso sí. El de Salzburgo se muestra mucho más atento a la belleza sonora, es más sensual y seductor, ofreciendo además un punto decadentista que en este repertorio no solo no molesta, sino que resulta conveniente siempre que no se le vaya la mano: será el caso de su Turandot. Solti se inflama muchísimo sin llegar a perder control ni delectación melódica, pero no llega a la altura de Karajan cuando de alzar el vuelo poético se trata.

Ahora bien, la cosa cambia mucho en el resto de la partitura. Me refiero a toda la primera mitad del primer acto, al segundo en su integridad y al arranque del cuarto. Ahí es donde Solti gana la partida merced a un nervio interno y una teatralidad desbordantes. Mientras su colega entendía la partitura en buena medida desde el punto de vista sinfónico, el de Budapest comprende que esto no es otra cosa que ópera. Pura ópera: hay que describir, hay que narrar, hay que insuflar vida, hay que marcar contrastes y –también– hay que olvidarse de vericuetos hedonistas para poner la atención del oyente sobre el drama. El maestro lo consigue por completo haciendo gala de un pulso tan intenso como ajeno a desbordamientos y de una gama tímbrica particularmente incisiva, a veces áspera, como también de un sentido de las texturas que no tiene mucho que envidiar al de Karajan. Muy adecuado su sentido del humor, por no hablar de la desgarradora la fuerza trágica que alcanza cuando es necesario: en el final nos pone el corazón en un puño. En fin, una dirección decididamente a conocer que hasta ahora, en este doble SACD, no ha recibido el tratamiento técnico que merece.

Hay bonus, y no precisamente menor. Como los tres primeros actos caben en el primer disco, en el segundo hay espacio para meter en su integridad un vinilo registrado en el mismo lugar un año más tarde, en julio de 1974. Lo protagonizan Leontyne Price y Plácido Domingo, quienes cantan dúos de Verdi y Puccini con la complicidad de Nello Santi y una soberbia New Philharmonia que no era ya la de Otto Klemperer, sino la del joven Riccardo Muti. Atención a la fecha: la soprano norteamericana contaba cuarenta y siete años, había demostrado muchísimo y ya no estaba perfecta en lo vocal –Aida de 1970 aquí comentada–, mientras que el tenor madrileño iba por los treinta y tres, se abría camino entre los más grandes y andaba en el momento justo de demostrar su potencial: había grabado Manrico y Radamés, también Michele, Des Grieux y Cavaradossi, aparte de este Rodolfo con Solti, pero otras cosas estaban aún por llegar, entre ellas tres títulos que aquí hace, Ballo, Otello y Butterfly. Ahí está uno de los puntos claves de este registro. El otro, lógicamente, es disfrutar del arte inmenso de una pareja que ya había hecho historia en Il Trovatore y Tosca, en ambos casos con un formidable Zubin Mehta, pero que en estos otros títulos que aquí se ofrecen, Otello, Ballo, Manon Lescaut y Madama Butterfly, aún no habían coincidido.

Los resultados son de altísimo nivel: pura emoción, como también canto de muchísimos quilates. Se pueden poner reparos al moro de Plácido, que aún tendría que ensanchar el registro grave de su voz para moverse con holgura en ciertos pasajes. También cabe advertir que, por razones obvias, la vocalidad de la Price no es la ideal para hacer la Cio-Cio-San del primer acto, aunque a mí eso me importa poco: confieso una muy especial debilidad por el timbre y el arte de esta señora, quien aprovecha para regalarnos algunos reguladores inteligentísimos que quitan la respiración. Tremendo el dúo del Ballo, Verdi en estado puro, aunque de las cuatro páginas que se ofrecen me quedo con el Tu, tu, amore? tu? del título basado en el Abate Prévost. Qué incandescencia, qué implicación dramática, y también qué sentido del vuelo melódico.

Nello Santi ofreció más, muchísimo más que artesanía de foso con una dirección italiana a más no poder, pero no en el sentido de Toscanini sino en el otro, el de verdad: la conjunción más admirable entre calor expresivo y cantabilidad en el fraseo. La música fluye, respira, adquiere el sentido orgánico que posee una melodía en la voz humana y no pierde en ningún momento la concentración. Formidable la orquesta pero, mucho ojo, aquí sí que hay instrumentos por detrás del oyente si se escucha la versión multicanal. He probado con el reproductor normal de CD y ahí sí suena cada cosa en su sitio, al tiempo que se pierde mucho en relieve y claridad. Usted mismo.

viernes, 19 de junio de 2026

Otras dos versiones de Aida: Leinsdorf frente a Muti

Dos grabaciones más de la Aida de Giuseppe Verdi, ambas realizadas en el Walthamstow Town Hall de Londres en sistema cuadrafónico: Erich Leinsdorf con la London Symphony, registro realizado en julio de 1970 por RCA, y la de Riccardo Muti con la New Philharmonia, de julio de 1974 para EMI.

De la dirección de Leinsdorf he leído cosas muy negativas que me parecen poco justificadas. Sospecho que el problema estaba en un primer trasvase a compacto muy deficiente. Yo he escuchado el streaming en alta resolución disponible en Qobuz, que suena de manera muy digna para la época: algo mate en la tímbrica, pero con buen equilibrio entre voces y orquesta, aceptable gama dinámica y suficientes graves. La acústica es buena: en esa misma sala se había grabado el mítico Don Carlo de Giulini. Que yo sepa, la cuadrafonía no ha sido recuperada. Volviendo a Leinsdorf, su Preludio me parece pobre desde el punto de vista expresivo, pero creo que globalmente ofrece una dirección más que digna que convence por ofrecer toda la vistosidad necesaria al tiempo que atiende a la cantabilidad de la música. El pulso es bueno y la teatralidad esta conseguida. Al contrario que un Karajan, no se mete en vericuetos sinfónicos. En la parte negativa, un trazo más bien tosco, poco depurado, desinteresado por la claridad y más aparatoso de la cuenta en los momentos más dramáticos. La orquesta funciona bien, como igualmente lo hace el Coro John Alldis.


Leontyne Price tenía solo cuarenta y tres años cuando realizó este registro, pero ya estaba tocada: hay sonidos abiertos y agudos gritados. A mí me importa poco. Primero, porque el timbre me parece hermosísimo, y las cualidades de su voz muy adecuadas para el personaje. Segundo, porque la soprano norteamericana posee un estilo perfecto para Verdi y se cree el papel a pies juntillas. Su desgarro suena sincero, mientras que en los momentos más dulces no hay lugar para el preciosismo. Pasión y refinamiento, pero todo en su equilibrio justo.

Plácido Domingo, a sus veintinueve años oficiales –aún no me he enterado de su verdadera edad, hay discusiones serias sobre ello–, es una gloria de Radamés: voz en absoluta lozanía, línea tan elegante como cálida y una valentía que más adelante, cuando los medios se vayan mermando, no se podrá permitir. Sus agudos no tienen el maravilloso metal de Corelli, claro, ni el resplandor de los de un Björling, pero su retrato del personaje me parece igual de entregado y más completo en lo expresivo.

Lo de Grace Bumbry, que ya había grabado Amneris con Zubin Mehta, me parece difícilmente superable. Lo tiene todo: voz, estilo, belleza en el canto, temperamento y control. Y nada de tremendismo, porque su línea es de un gusto exquisito. Otra cosa es la realidad, dicho sea de paso, porque fuentes bien informadas me han contado mediante qué poco confesables prácticas se dedicaba esta señora a incomodar a las Aidas que le caían mal en los pasillos de los camerinos. Ya saben, cosas de divas. Como Bette y Joan.

Este Amonasro es una de las mejores cosas que le he escuchado a Sherill Milnes, imponente por voz pero también, cosa que no siempre ocurre, muy matizado en lo expresivo. Es curioso: mientras que cantantes de gran finura como el mismísimo Fischer-Dieskau –grabación pirata con Barenboim– se decantan por presentar la faceta “bruta” del personaje, el norteamericano busca la calidez paternal de tantos otros personajes para barítono verdiano. 

Un placer encontrar a Ruggero Raimondi en plenitud, sin esa voz “lavada” a la que estamos acostumbrados. Ya saben el chiste: es un tenor que se hace pasar por barítono que canta papeles de bajo. Pues no, aquí está barítono-bajo de verdad, con una voz rica en armónicos y una emisión muy limpia. Pelín monótono su Ramfis, eso sí. Hans Sotin canta bien al faraón y Joyce Mathis hace una buena sacerdotisa.

La de Muti es para algunos un hito en la historia del disco. Cuando he vuelto a ella no me ha parecido para tanto, pero aun así creo que es espléndida y de obligado conocimiento. Debo especificar que la he escuchado en un triple CD que recoge la cuadrafonía: ustedes lo pueden localizar por ahí y escuchar en su equipo normal, siempre y cuando dispongan de un reproductor DTS y de sistema surround. Aunque se notan empalmes y tal, me gusta muchísimo lo que se consigue con los cuatro canales, habida cuenta de que esta ópera en concreto parece pedir importantes juegos espaciales: la sacerdotisa en el primer acto, las trompetas triunfales del segundo, los diferentes coros de egipcios y prisioneros, la súbita aparición de Ammeris y Ramfis en la escena del Nilo... Se consigue más teatro y espectacularidad, pero también se aclaran las texturas. Por lo demás, es una grabación más conseguida que la de Leinsdorf y ofrece unos graves espectaculares para la época.

Ya que estamos con las edades, advertir que Riccardo Muti cumplía treinta y tres el mes en que hizo este registro. Quiso comerse el mundo mostrando todo su potencial, y lo logró. Siempre ha hecho un gran Verdi, pero uno tiene la impresión de que aquí se dejó la piel y luego empezó a vivir de las rentas. Su labor en esta Aida es una versión corregida y muy mejorada de la visión de Arturo Toscanini. Quien busque atmósfera, sensualidad y opulencia sinfónica, aquí no lo encontrará. La orquesta, que por entonces seguía siendo la mejor del mundo, le suena compacta y áspera, con el músculo que al maestro siempre le ha gustado pero con un sabor “a banda” que se ve subrayado por la presencia de los trompetistas de la Royal Military School of Music, absolutamente impagables. Muti sigue a Toscanini también en la teatralidad exacerbada, en el sentido de los contrastes, en las descargas de electricidad, en el pulso tan intenso como bien controlado, pero añade sentido de la cantabilidad en el fraseo, concentración, refinamiento y muchísima claridad, amén de una soberbia planificación de las tensiones. Compárese el tremebundo final de la escena del juicio con el de la otra versión aquí comentada. Leinsdorf resultaba efectista y un tanto convulso. Muti alcanza la misma potencia en decibelios y no resulta menos desgarrador, pero trabaja mucho mejor las texturas y alcanza el clímax con mayor lógica, sin descansar únicamente en el volumen sonoro. El Coro de la Royal Opera House está muy bien.

De Montserrat Caballé me gusta mucho el timbre, me apasiona su legato y me fascinan sus pianísimos. No me gusta su tendencia a limar las consonantes, su canto en ocasiones “desmayado” y su tendencia al narcisismo. Y estoy harto tanto de sus incondicionales como de sus haters, todos ellos exagerados hasta decir basta. A mí como Aida me parece sublime en el acto cuarto, y en el resto me gusta mucho con independencia de los defectos señalados. Interpretar sí que interpreta, pero en caso de escoger, me quedo con Leontyne Price.

Domingo repite su Radamés juvenil, pero tengo la sensación de que aquí no se muestra tan vibrante como cuatro años atrás. Incluso, siempre dentro de un alto nivel, me parece que se aburre un poco. Y no me parece que haga buena pareja con Caballé. La verdad, le prefiero con Leinsdorf. Con Abbado, por cierto, perderá metal y carácter heroico, al tiempo que ganará en sutileza, inteligencia y carácter amoroso.

La emisión de Fiorenza Cossotto no me acaba de gustar, pero su conocimiento del estilo está ahí. También el arte. La suya es una gran Amneris, aunque sin la menor duda me quedo con Bumbry y, en otra línea muy distinta, con Obraztsova. Decepciona de manera relativa Piero Cappuccilli: demasiado bruto. Nicolai Ghiaurov está mejor aquí que en la versión de Abbado haciendo de Ramfis. Soberbio en las dos ocasiones, en cualquier caso. Muy bien Luigi Roni como el Rey y Esther Casas cantando la sacerdotisa.

No soy capaz de añadir nada más. La versión de Muti, sin ser redonda, hay que tenerla en casa. La de Leinsdorf merece muchísimo la pena por el cuarteto Price-Domingo-Bumbry-Milnes. Escúchela, pero hágalo en alta resolución.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Giulini y Pappano frente al Stabat Mater de Rossini

No sé si mientras componía su Stabat Mater el cisne de Pésaro pensaba en la iglesia, en la sala de conciertos o directamente en un escenario operístico. En las tres cosas a la vez, probablemente. Lo que sí tengo claro es que para interpretarlo desde el podio hace falta un ingrediente por encima de cualquier otro: la cantabilidad, esto es, la capacidad para frasear con naturalidad, sin la menor rigidez, con amplio aliento melódico y dejando a la música respirar. Añadiría un par de ellos más. Por un lado, el punto justo de densidad sonora: no puede sonar pesante, pero menos aún ligerito y pimpante, que es lo que algunos identifican con lo rossiniano. Por otro, la capacidad para romper el clima generalmente sereno de la partitura desplegando acentos hondamente dramáticos en determinados momentos clave.



Justamente estas características son las que para mi gusto hacen maravillosas estas dos interpretaciones que les voy a proponer, ambas disponibles en YouTube y no comercializadas, aunque la más reciente de ellas tal vez lo haga en un futuro. La primera es la de Carlo Maria Giulini frente a la Philharmonia Orchestra en los Proms de Londres de 1981, con los mismos solistas de su grabación de estudio para DG, que no he podido repasar: una Ricciarelli con problemas en el agudo, una irreprochable Valentini-Terrani, un muy notable Dalmacio González –pese a algún algún altibajo vocal– y un solvente Raimondi. Dan igual estas irregularidades: lo que aquí importa es la dirección, siempre dentro de los parámetros arriba apuntados pero mirando mucho antes a la profunda meditación religiosa y humanística que a la brillantez o la teatralidad, aunque sin renunciar precisamente a los escarpado: tremendo “Inflammatus et accesus” y el final. Una lástima que la toma sonora, monofónica, presente la dinámica muy recortada.



La segunda también tiene paralelo en CD: Antonio Pappano y sus chicos de Santa Cecilia grabaron el disco para EMI en 2010 y fueron filmados en el Festival de Salzburgo del año siguiente con dos reemplazos en el elenco: un irreprochable Lawrence Brownlee por un solo correcto Matthew Polenzani en el vídeo, y una espléndida Joyce Di Donato por una Marianna Pizzolato todavía mejor, por más holgada en el grave y por una mezcla de comunicatividad y sinceridad religiosa aún más asombrosa. Repiten una magnífica Anna Netrebko y un imponente Ildebrando D'Arcangelo.

Sir Antonio, por su parte, ofrece una dirección no tan personal como la de Giulini, pero de perfecto equilibrio entre lo lírico y lo sensual, por un lado, y lo meditativo por otro, sin excederse en la componente operística pero ofreciendo también el adecuado desgarro en el “Inflammatus”, gran fuerza en la fuga final y un elevado sentido teatral en su coda. Más operístico que su colega, vamos, pero casi igual de maravilloso. Como su cuarteto es superior, la interpretación resulta globalmente más redonda. La verdad es que dudo que haya una sola en discos superior a esta. ¡No se la pierdan, antes de que la quiten!

lunes, 9 de septiembre de 2013

El Réquiem de Verdi con Caballé: Barbirolli y Mehta

He escuchado en días consecutivos dos grabaciones del Réquiem de Verdi en las que participa Montserrat Caballé: la que Barbirolli grabó para EMI entre agosto de 1969 y enero de 1960 con el Coro y la Orquesta New Philharmonia, y la de Zubin Mehta con la Filarmónica de Nueva York registrada en vivo por la CBS en el Avery Fischer Hall  entre el 24 y el 27 de octubre de 1980. De esta última existe también una filmación televisiva que tuve la ocasión de ver hace tiempo con horrenda calidad audiovisual; esperemos que algún día se edite de manera decente.


La de Barbirolli (he colocado la portada original: ahora está en un doble con el Réquiem de Mozart por Barenboim) fue la primera de esta obra que escuché en mi vida, pero hacía siglos que no la volvía a oír. Me ha gustado muchísimo, sobre todo por la dirección. Esta no es en absoluto operística, sino más bien meditativa y atmosférica; pero no mística ni de religiosidad confiada, porque la desolación más nihilista preside la visión que el maestro londinense tiene de la obra. Este concepto –discutible pero de enorme atractivo– lo plasma tempi muy lentos, en absoluto pesantes, que le permiten además paladear las melodías con delectación y atender al detalle; orquesta y coro le siguen con enorme virtuosismo. El cuarteto vocal hubiera sido espléndido de no ser por Jon Vickers, sin duda apasionado y sincero, pero con su conocida emisión agria y luciendo línea en absoluto italiana. Muy bien la Cossoto y Raimondi.

Mehta Requiem Verdi

Menos interesante, pero aun así de apreciable nivel, la grabación recién reeditada por Sony Classical. El maestro indio, por entonces titular de la orquesta neoyorquina, se muestra aquí como el enorme profesional que es, pero la inspiración resulta desigual: se echan de menos la atmósfera desolada, el aliento poético y la elevación espiritual que esta música demanda. En cualquier caso, la partitura está muy bien paladeada –tempi lentos pero pulso firme–, la planificación es espléndida, el sentido teatral es el que corresponde a alguien fogueado en el foso operístico y, desde luego, Mehta sabe ser brillante cuando hay que sacar la artillería (Dies Irae, Rex tremendae, Sanctus); también hay momentos íntimos de cierta inspiración (Recordare, Lacrymosa, incluso el Libera me). Plácido Domingo está realmente magnífico, notable Bianca Berini y excelente Paul Plishka.

¿Y la Montse? No diré nada nuevo: voz de timbre increíblemente bello, línea de canto purísima, expresividad sincera, nada lacrimógena ni tremendista… y una capacidad asombrosa para regular el sonido y ofrecer un espectacular Si bemol sobreagudo en pianissimo en el Libera Me, con efecto sobrecogedor. Que en este mismo número se quede algo corta en el grave importa poco, porque el instrumento tiene la suficiente robustez para la parte, sobre todo con Mehta, donde también está quizá algo más expresiva. Aquí la pueden ver y escuchar un par de meses antes (7 de agosto) junto a un electrizante Riccardo Muti, y esta vez haciendo el terrible salto al Si sin necesidad de portamento (¡qué joía!), aunque luego el largo calderón no le quede tan hermoso.

Hay una cosa más: las dos grabaciones comentadas suenan bastante mal. La de Barbirolli podría ganar con un nuevo reprocesado. La de Mehta no, porque la “remasterización” es de este mismo año. La toma se dice digital, pero el sonido es plano, la tímbrica está distorsionada y no hay sentido espacial. Incluso hacen acto de presencia unas extrañas “interferencias” de fondo que recuerdan a las que son habituales en las retransmisiones televisivas: ¿será que en lugar de traer a ingenieros de sonido en condiciones para grabar el disco, echaron mano de la banda sonora de la filmación? O a lo mejor es que han tenido guardadas las cintas en el cuarto de baño, porque hay quien asegura que el doble elepé sonaba mejor.

lunes, 30 de enero de 2012

Las Bodas de Fígaro por Marriner

MOZART: Las bodas de Fígaro.
José van Dam, Barbara Hendricks, Ruggero Raimondi, Lucia Popp.
Academy os St. Martin in the Fields. Dir: Neville Marriner.
Decca, 4705732
3 CDs - 173'51''
DDD
Universal
***


Interesante opción de compra esta versión de Las bodas de Fígaro: pasa ahora a serie media, la toma de sonido es espléndida, se ofrece la partitura completa y el nivel interpretativo es notable. En el lujosísimo elenco destaca el Conde de Raimondi, cantado e interpretado en una línea muy diferente -más española, o al menos más latina- a la del referencial Dieskau. Los demás están bien, aunque no resulten del todo adecuados para sus personajes: a Van Dam no le ha ido nunca la comedia, mientras que la Popp convence más como Susanna -con Solti- que en el rol de la Condesa. Al frente de su espléndida y adecuadísima Academy, Marriner ofrece una lectura ágil, transparente, equilibrada e incisiva, que si no llega a convencer del todo es por su consabida tendencia a caer en lo trivial y lo pimpante.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de febrero de 2003 de la revista Ritmo sobre el segundo lanzamiento de la serie "The Opera Compact Collection", editada por Decca.

PS. Supongo que saben ustedes que la versión "que hay que tener" es la de Karl Böhm y Jean-Pierre Ponnelle en DVD (DG), una maravilla en lo musical y en lo teatral.

lunes, 22 de agosto de 2011

El Barbero de Sagi y Gelmetti: Flórez y poco más

El pasado martes 16 pude volver a ver -estuve en aquellas funciones madrileñas, y luego me hice con el DVD- el Barbero de Sevilla que en 2005 se ofreció en el Teatro Real bajo la batuta de Gianluigi Gelmetti en una nueva producción escénica de quien por entonces llevaba las riendas artísticas del coliseo, Emilio Sagi. La impresionante calidad de imagen y sonido me hicieron disfrutar de nuevo del increíble Almaviva de Juan Diego Flórez, que junto al de Rockwell Blake me parece muy superior a cuantos se hayan escuchado en disco. En realidad se goza más en la filmación que en directo, porque la voz del peruano es pequeña y los micrófonos le ayudan bastante. El resto, lo tiene todo: belleza tímbrica, legato para derretirse, dominio de las agilidades, dicción perfecta, fantasía y buen gusto a la hora de ornamentar… Incluso la cierta antipatía que desprende no le viene mal a un personaje con más pliegues de los que en el genial título rossiniano aparenta. Ni que decir tiene que tras un “Cessa di piú resistere” pirotécnico en el mejor de los sentidos el teatro se viene abajo, con toda la razón.


Junto a Flórez tenemos a un competente Pietro Spagnoli como Fígaro, no muy ágil en la coloratura ni atento al matiz pero buen cantante y estupendo actor. El problema es que ya no hay nada más. O casi nada. Hace aguas la producción escénica de Sagi. Es sin duda muy original y posee muchos detalles de gran regista, y desde luego se ve beneficiada por el vestuario de Renata Schusseheim, pero el conjunto resulta pretencioso, incluso pedante, por no hablar de la insoportable acumulación de figurantes y bailarines en movimiento perpetuo y del muy confuso final del acto primero. En fin, Sagi mandaba entonces en el Real y se encargó a sí mismo esta producción porque le dio la gana. ¿Alguien se atrevió a decir algo? ¿Se atreve alguien a decírselo a otros “dobles directores” que hacen lo mismo?

Animada, risueña, clara y ágil la dirección de Gelmetti, quien acierta a capturar el estilo bullicioso propio de Rossini sin detenerse mucho a matizar en lo expresivo e incurriendo en errores de bulto: el aria de Berta -una digna Susana Cordón que merecía mejor acompañamiento- resulta pimpante. Por desgracia, la Sinfónica de Madrid no posee ni la agilidad ni la musicalidad necesarias para hacer justicia a la partitura. En conjunto, y pese a los aciertos parciales de un Gelmetti a quien se le da muy bien tocar la guitarra en la cavatina de Almaviva, un foso mediocre. Y así no se puede hacer Rossini, con voces o sin ellas.

El instrumento de María Mayo, con sus desigualdades, sigue teniendo interés. La artista no, al menos en este repertorio: está cursi y fuera de estilo, sobresaliendo únicamente en el aria de soprano que se recupera para la ocasión, ese “Ah se e ver che in tal momento” que nada tiene que ver con Rosina pero que ofrece posibilidades de lucimiento a la de Fitero. La peluca debió de diseñársela su peor enemigo, dicho sea de paso. Ruggero Raimondi se las sabe todas para hacer el Don Basilio, y en la filmación es todo un placer recrearse en su histrionismo facial, pero la voz ya está hecha polvo y se ve obligado a recurrir a toda clase de trucos.


Claro que lo realmente horroroso es lo de Bruno Praticò, un cantante de voz gastada y mala técnica que, limitado por su orondo físico, desarrolla en lo escénico una comicidad grotesca que no se daría por buena ni en una comedieta de Esteso y Pajares o de Paco Martinez Soria. Mientras este tipo era filmado por los equipos de Decca, en el segundo reparto Carlos Chausson volvía a demostrar que seguía siendo, en la conjunción de canto y escena, uno de los mejores Don Bartolos de la historia. Como parece improbable que el sobrino de Sagi-Barba estuviera sordo, todo apunta a que nos encontramos ante un caso de amiguismo que pone en entredicho la profesionalidad del asturiano como gestor. ¿Saben una cosa? Me alegré mucho cuando lo sustituyeron por Antonio Moral.

viernes, 8 de julio de 2011

La Tosca de Nuria Espert en DVD

Me pregunta un amigo cómo está la producción escénica de Tosca a cargo de Nuria Espert que se estrenó en el Teatro Real en enero de 2004 y va a reponerse dentro de unos días. Como estuve en dos de aquellas funciones y acabo de volver a ver el DVD editado –con excelente calidad de imagen y sonido- por Opus Arte, le contesto desde aquí con cierta seguridad: regular. Lo de mover la acción al Vaticano y convertir a Scarpia en cardenal, única aportación creativa de la propuesta, es una tontería que no solo no aporta nada. Por lo demás, se trata de una puesta en escena convencional, en el fondo muy ortodoxa, realizada con solvencia desde el punto de vista plástico por Ezio Frigerio y Franca Squarciapino (en directo es menos fea que en televisión), correctamente iluminada por Vinicio Cheli con sus habituales tonos azulados, pero más bien discreta en lo que a dirección de actores se refiere. Lo mejor quizá sea la resolución del Te Deum, adecuadamente espectacular, y lo peor todo el tercer acto, particularmente por la molesta pantomima de prisioneros durante el preludio orquestal y por la ridícula imagen de la protagonista arrojándose a una fosa común. Por descontado, la comparación con lo de Jean-Louis Grinda para el Palau de Les Arts (enlace) convierten a lo de la Espert en una obra maestra.

Algo habrá que decir de la parte musical, por si alguien que se pase por aquí quiere saber si merece o no la pena comprarse el DVD. Me ha gustado ahora más que entonces la batuta de Maurizio Benini, que ofrece una lectura lenta pero de pulso sostenido, muy bien paladeada y de enfoque bastante más lírico que dramático; no es el que yo prefiero, pero en cualquier caso es la suya una recreación muy hermosa, con gran sentido de la cantabilidad, y bien realizada desde el punto de vista técnico. Ya mayorcita (los primeros planos no la favorecen nada) y muy mediocre como actriz, Daniela Dessì ofrece una Tosca en la mejor tradición italiana, con una voz lírica de verdad, rica en vibraciones, quizá un punto metálica, y una línea canora de gran clase. Le falta, eso sí, una mayor variedad expresiva, como también le ocurre a su marido en la vida real, un Fabio Armiliato que comienza muy incómodo en “Recondita armonia” y poco a poco se va centrando para ofrecer un Cavaradossi solvente y comunicativo. Como recreador de su personaje se los merienda a ambos Ruggero Raimondi, pero el barítono boloñés tenía por estas fechas su voz ya seriamente deteriorada y su Scarpia, desde el punto de vista puramente musical, termina haciendo aguas por todas partes.

Muy digno el Angelotti de Marco Spotti, por encima de la media el sacristán de Miguel Sola y tan solvente como siempre el Spoletta de Emilio Sánchez. ¿DVD recomendable? Para los que estuvimos allí es un bonito recuerdo. Para los demás, sinceramente no lo sé. Depende de hasta qué punto se ame esta obra. Para mi gusto la referencia en DVD es el registro en vivo y “en los lugares de la acción” con Malfitano, Domingo, Raimondi y Mehta (enlace).

martes, 7 de septiembre de 2010

Rigoletto desde Mantua

Dos palabras sobre el Rigoletto producido por Andrea Anderman que TVE y decenas de televisiones más han ofrecido desde los presuntos lugares de la acción y en los tres momentos del día en los que se supone que transcurre el drama. Pero antes me permito recordar tres circunstancias que deberían ser obvias y que algunos parecen olvidar. Primera, que la función era en riguroso directo, y que por ende los cantantes tuvieron que actuar a horas intempestivas y sin ir calentando la voz como se hace en una función normal. Peor aún: cantar escuchando a la orquesta a través de auriculares mientras miraban al maestro Zubin Mehta a través de monitores. No hace falta insistir en la dificultad adicional que les habrá supuesto todo ello. Segunda, que al tratarse de una función en vivo era imposible que se realizara un montaje con un mínimo sentido cinematográfico, como sí ocurría, por ejemplo, en la notable filmación del gran Jean-Pierre Ponnelle (enlace). Tercera, que como la naturaleza del espectáculo pedía sacar el mayor partido posible de los escenarios naturales, particularmente de los dos palacios de Mantua escogidos para la ocasión, la realización por fuerza tenía que estar pensada antes en "hacer bonito" que en narrar una historia. Dicho esto, al grano.

Lo mejor (aparte de la incomparable música verdiana) ha sido la vertiente plástica del evento, es decir, los hermosísimos interiores fotografiados por el veterano Vittorio Storaro con gran acierto, pese a que se las tuvo que ver con contraluces muy fastidiosos. Por desgracia desde el punto de vista de la narración visual la cosa no funcionó: insisto en que era imposible pedir un montaje decente dadas las circunstancias y que, además, la filmación tenía que estar supeditada a la exhibición de los palacios mantuanos, pero aun así el director Marco Bellocchio ha mostrado una manifiesta torpeza a la hora de colocar la cámara, plantear travellings y hacer gala de contrapicados. Sobraban además primerísimos planos que terminaban "asfixiando" la narración.

Desde el punto de vista teatral, es decir, en lo que a la concepción de personajes y situaciones se refiere, el resultado fue de una gris corrección. Todo estaba en su sitio, pero nada desprendía verosimilitud dramática. No solo no había dirección de actores, sino que nadie había por allí para explicarle los miembros del coro que las cara de "malo de opereta" estaban fuera de tiesto: una cosa es el teatro y otra muy distinta una filmación a base de primeros planos. Los protagonistas actuaron a su aire, unos bien y otros mal. En fin, un producto fílmico tan vistoso como insustancial. En cualquier caso es de esperar que la edición en DVD corrija algunos errores de bulto y haga la narración algo más fluida.

De la dirección de Mehta no puedo decir gran cosa porque el televisor en que presencié el espectáculo (que no es el conectado a mi equipo de música) comprimía muchísimo el sonido. Parecía en todo caso una buena realización, ortodoxa y muy sensata, de elevadísimo sentido teatral, llevada con buen pulso y con algún acierto parcial (la lentitud del "Tutte le feste") de notable interés. La Orquesta de la RAI daba la sensación de no estar en muy buena forma.

Muy digna la Gilda de Julia Novikova, ideal por su físico para el personaje y dotada de una voz bonita que maneja con gusto y buena línea belcantista, aunque tenga sus más ("Caro nome") y sus menos (dúo final) desde el punto de vista técnico. Lástima que resulte insulsa y se le escape por completo la evolución psicológica de su personaje. Como actriz, además, deja mucho que desear.

Vittorio Grigolo hizo un atendible Duque de Mantua. No le he encontrado aquí las feas vibraciones que enturbiaron su Alfredo valenciano con Maazel (enlace) y sí una línea luminosa, extrovertida, valiente y muy italiana. Los que más me gustó fue su "Parmi veder le lacrime" (aria que no se merece tan repugnante personaje, dicho sea de paso), cantada con poesía y sensatamente rematada en su cabaletta sin ese feo sobreagudo con el que algunos pretenden lucirse. Sí lo hubo en el "pensier" de "La donna è mobile": bien que se lo podía haber ahorrado, porque ahí estuvo regular. El chico promete, pero le queda muchísimo por recorrer en lo técnico y en lo expresivo. Nino Surguladze dio menos de lo que su espectacular físico prometía: su emisión cavernosa y su concepción más truculenta que erótica de Maddalena no terminaron de convencer.

Bueno, ¿y Plácido? Pues logró lo imposible: cantar Rigoletto con voz de tenor, y hacerlo además con una edad ya venerable y después de haber superado una fastidiosa enfermedad. ¿Lo cantó bien? No. La voz, aun beneficiándose del milagro de ser aún hermosísima, no puede con las exigencias del personaje, tanto por la densidad de la pasta vocal como por -obviamente- las insuficiencias de su registro grave, en el que aparecían de vez en cuando sonidos no precisamente ortodoxos. Además no se encontraba Domingo en buena forma este fin de semana: el fiato, que ya le causó algunos problemas en el -con todo- espléndido Siegmund que le vimos en Valencia, se le ha quedado cortísimo. Con los pasajes de bravura no puede: su Vendetta resultó penosa, tanto como la de Leo Nucci en ese incomprensiblemente aclamado bis en el Teatro Real. Además al tenor madrileño le queda bastante para ofrecer todos los perfiles psicológicos de su maravilloso personaje: en la escena inicial las bufonadas sonaron sin la ironía y malicia imprescindibles. Y sin embargo...

Sin embargo Domingo se merendó a sus compañeros. Sencillamente porque frente a un grupo de "trabajadores del canto" (que diría un amigo) tan correctos como insulsos se encontraba un verdadero monstruo de la ópera. Un señor que sale a escena y que, sin la necesidad de hacer aspavientos, logra mediante el magnetismo de su canto que todo gire en torno a él. Un señor que frasea con una calidez, una musicalidad y una sinceridad incomparables. Un señor que sabe dónde y cómo acentuar, cómo decir una frase y hasta una palabra concreta, e incluso cómo hacer las trampas vocales cuando ello es -como en este caso- necesario. Hubo, entre pasajes dichos un tanto de pasada y otros donde la voz no daba para más, momentos de emoción, de muchísima emoción, en su encarnación del jorobado. Momentos de canto "de verdad", de canto teatral, de canto con sentido dramático, de eso mismo que "inventó" Monteverdi y que da sentido último al género operístico. ¿Hace todo esto bueno el Rigoletto de Plácido? No, pero ayuda a colocarlo en el lugar que se merece, que no es -como le gustaría a más de uno- el cubo de la basura.

De Ruggero Raimondi se puede decir tres cuartos de lo mismo: este señor nunca ha sido un bajo, que es lo que demanda Sparafucile, y además vocalmente está para el arrastre, pero canta con inteligencia, musicalidad y -sobre todo- intención. Encima es un actor (¿descubro algo nuevo?) como la copa de un pino: aquí sí que se agradecieron los primeros planos de la realización. Solo por estos dos artistas singulares ya merecía la pena ver este espectáculo. Por si quienes no lo vieron quieren hacerse una idea por sí mismos, aquí va una muestra. Espero que les guste.

PS. El vídeo ha desaparecido de YouTube. Lo siento.

jueves, 16 de abril de 2009

La Turandot de Karajan: orgía sonora

El absolutamente genial trabajo que Puccini hizo con la orquesta en Turandot convierte a esta ópera en una auténtica prueba de fuego del virtuosismo de orquestas sinfónicas y directores, pero también en una invitación al exhibicionismo de las formaciones y de las batutas más dotadas. Esta grabación de Herbert von Karajan, registrada en la Musikverein de Viena -con apabullante toma sonora- por los ingenieros de Deutsche Grammophon en mayo de 1981, supone toda una experiencia en ese sentido.


Karajan es aquí más Karajan que nunca. Para lo bueno y para lo malo. El salzburgués se olvida por completo del drama -es decir, de hacer auténtica ópera- y convierte la partitura en un gigantesco poema sinfónico al servicio de la megalomanía más desatada, de tal modo que deja a un lado la arquitectura interna de la obra, la caracterización de las diferentes situaciones y su progresión dramática para perderse en mil y un detalles primorosos, acentuar hasta el límite los contrastes dinámicos y apabullar con la potencia, tersura y belleza sonoras de la inigualable Filarmónica de Viena. Ni que decir tiene que el colorido es riquísimo, la elegancia inalcanzable, la sensualidad irresistible, las texturas de ensueño y la claridad absolutamente portentosa, pero esto no es Puccini.

El equipo vocal es de alto nivel, pero eso aquí es lo de menos: todo está al servicio de la batuta. La Ricciarelli, obviamente una voz demasiado lírica para el imposible rol de la princesa, sale del empeño más airosa de lo esperable, a pesar de que -claro está- lo pasa mal en los extremos de la tesitura. Domingo no tiene el agudo, ya lo sabemos, pero su calidez y sinceridad expresivas le hacen mantenerse muy digno en este registro en el que, dadas las circunstancias, las voces han de pasar desapercibidas.

Barbara Hendricks hace una Liu muy musical, bellemente cantada pero también -como era de esperar- un punto sosa. Raimondi está muy bien. Y resulta un lujo tener a Gottfried Hornik, Heinz Zednick y Francisco Araiza en las máscaras, a Siegmund Nimsgern como el mandarín y a Piero di Palma como el Emperador. Como también es un lujo contar con el Coro de la Wiener Staatsoper, por no hablar de los Niños Cantores de Viena: el que en sus intervenciones suenen extremadamente almibarados no es culpa de ellos.

Jamás recomendaría a alguien acercarse a Turandot con esta interpretación, un verdadero disparate desde el punto de vista estilístico y conceptual. Pero yo he disfrutado muchísimo con el sonido de la Filarmónica de Viena y con el brillante, refinado y sensualísimo espectáculo que monta Karajan con su complicidad. Por eso recomiendo a todo amante de la música orquestal que no se pierda la orgía sonora contenida en estos dos compactos.

sábado, 7 de marzo de 2009

La Tosca “in the setting and the times of”, por fin en DVD

Pues sí, ya iba siendo hora. Claro que la edición, presentada con gran lujo en una gruesa caja de cartón y ofrecida por un precio bastante razonable (me costó unos 22 euros en un “Ricordi” de Roma), parece enfocada tan solo para el mercado italiano, pues es el idioma de Dante el único que aparece en el precioso librito de cuarenta y cuatro páginas encuadernado en tapa dura que acompaña el producto.

Tosca_Mehta_DVD

Pero bueno, al menos ya tenemos en este formato la Tosca que dio tanto que hablar allá por 1992 cuando el productor Andrea Andermann se decidió a ofrecer la ópera de Puccini en directo utilizando no sólo los lugares de la acción (con la orquesta en estudio, claro), sino también rodando a las horas del día correspondiente: la monumental iglesia barroca de San Andrea della Valle al mediodía, el renacentista Palazzo Farnese a la hora de la cena y la azotea del Castel Sant’Angelo al amanecer. Giuseppe Patroni Griffi sería el director de una filmación retransmitida “live” a ciento siete países (España no se encontró entre ellos) y posteriormente editada en VHS y Laser Disc.

La idea estuvo muy bien realizada si tenemos en cuenta las dificultades logísticas que entraña el asunto: la planificación cinematográfica se había de atener a las posibilidades de encuadre que ofrecía el espacio con que contaban las cámaras, y por ello en muchos momentos lo que se ve y lo que se oye no terminan de encajar. Aun así, los resultados son dignos, a ratos de un extraordinario atractivo dada la belleza de los escenarios. Ahora bien, el montaje podía haber estado mejor resuelto, pues sin duda la filmación de los ensayos ofrecía a la hora de la edición una cierta flexibilidad que debería haberse aprovechado para algo más que para corregir alguna incidencia, como el famoso batacazo de Domingo.

Se ha beneficiado de un excelente trasvase a DVD -a pesar del grano en los momentos más oscuros- la bellísima fotografía de Vittorio Storaro, quien se recrea en los marcos de la acción sin excederse en el preciosismo y realizado algún que otro hallazgo importante, como el travelling en contrapicado de Scarpia durante el Te Deum, aunque de nuevo aquí el montaje no termina de estar a la altura de la que es una de las más geniales y acongojantes músicas de toda la historia del género operístico.


La dirección teatral es más bien convencional, ofreciendo algunos errores de bulto (¡los soldados leyendo junto a Floria y Cavaradossi el salvoconducto!) junto a algunas aportaciones de gran interés; entre estas últimas sobresale cómo Tosca le ofrece su collar a Scarpia como pago por la vida de su amado, este último se lo vuelve a poner en el cuello (“A donna bella…”) y aprovecha el instante para acariciarla. En cualquier caso, un director más inteligente que Giuseppe Patroni hubiera sacado mayor partido a las diferentes situaciones.

Zubin Mehta, pese a la mediocridad la Orquesta Sinfónica de la RAI de Roma, ofrece una dirección brillante y teatral, de notable sentido del color y magnífico idioma, que podría ser calificada como modélica si no sobrase algún portamento y no se echase en falta un poco más de concentración y creatividad en determinados pasajes.

En cuanto a los cantantes, hay que tener muy en cuenta que debieron de pasarlo muy mal al cantar no sólo a horas intempestivas, sino además escuchando a la orquesta por altavoces y rodeados de cámaras girando continuamente en torno a ellos. No se puede valorar su labor, pues, como la realizada sobre un escenario convencional o en un estudio de grabación. Dicho esto, puntualicemos.

A Catherine Malfitano se le han de poner reparos vocales, pues aunque canta bien no podemos dejar de reconocer una voz de discreta calidad tímbrica, un grave más bien pobre y una gama de recursos no muy amplia. Ahora bien, su recreación del personaje, que debe muchísimo la genial e inigualable de María Callas, es portentosa. Es la suya una Tosca que actúa las veinticuatro horas del día, inocente y al mismo tiempo manipuladora, hecha de pasión, sexo y religiosidad a partes iguales, teatral y apasionada hasta la misma muerte… Su sobreactuación escénica, que quizá debería haber estado un poco más controlada, es consecuente con este planteamiento.

Ese genio de la ópera que es Plácido Domingo (carcajadas aquí de cierto sector de la melomanía) ha hecho Cavaradossis mejores, más cálidos y espontáneos. Y desde luego ha ofrecido de manera mucho más satisfactoria “E lucevan le stelle”, que por cierto canta aquí a las seis de la mañana. Ahora bien, su adecuación vocal, su estilo y -sobre todo- su capacidad para conjugar emoción y buen gusto le hacen ganar por completo la partida. Incluso se le perdona que sea un actor normalito, algo que una narración cinematográfica pone mucho más en relieve que una función teatral.

El que es un actor como la copa de un pino es Ruggero Raimondi, quien sencillamente se merienda aquí a sus colegas: su Scarpia terrible y lascivo es de verdadera antología en lo escénico y notabilísimo -por aquellas fechas, claro- en lo vocal, una faceta en la que, aun siendo más actor que cantante, no olvida en absoluto matizar el personaje; impresionante el “Te Deum”. Muy bueno el Angelotti de Giacomo Prestia.

Esta edición incluye un “making of” de 55 minutos rodado en 2008 que, la verdad, aun estando bien realizado se queda un tanto en la superficie, y además no ofrece testimonio de ninguno de los cantantes. Los subtítulos vienen sólo en italiano, francés e inglés, lo que hace que este DVD, que sería ideal para un primer acercamiento a Tosca, no pueda recomendarse a los melómanos de habla hispana que no conozcan de antemano la ópera. Una verdadera pena, pero menos es nada. ¿Cómo ha estado un producto tan comercial sin salir en DVD hasta ahora? La imagen es 16:9 anamórfica, y el sonido viene en 2.0, 5.1 y DTS. Edita “Rada Film” y distribuye “01 Distribution” (enlace).

lunes, 1 de diciembre de 2008

El Falstaff de Mehta y Ronconi en Florencia: un descubrimiento


Termino este recorrido por los registros de la última ópera de Verdi con una filmación que no había podido ver hasta esta misma tarde: la realizada el 12 de mayo de 2006 en el Maggio Musicale Fiorentino bajo la dirección escénica de Luca Ronconi y la batuta de Zubin Mehta. Lo mejor es precisamente la batuta del maestro indio, idónea para una partitura llena de dinamismo, teatralidad, colorido y hallazgos onomatopéyicos, los cuales son subrayados por el director con evidente complacencia. Mehta logra además revelar detalles que no se escuchan en otras versiones (la trompeta que anuncia que "el oro es un capitán" es un ejemplo entre muchos), y sólo se le puede reprochar algún desajuste con las voces en los complicados pasajes polifónicos de la obra. Así que en conjunto, y a pesar de las obvias limitaciones de la orquesta del festival, puede considerarse su dirección de Falstaff como la más interesante desde tiempos de Bernstein, más aún que la de Colin Davis, por encima de Solti y Muti y a años luz de las de un Haitink o un Abbado.

Por desgracia este registro pincha relativamente en el rol titular. Ruggero Raimondi no tiene -no ha tenido nunca, por excesivamente lírica- la voz de Falstaff, y aquí se encuentra además en un estado vocal más bien lamentable. Pero claro, el barítono boloñés es un artista único y sabe ofrecer una recreación realmente atractiva de Sir John, muy madurada con respecto cuando lo debutó en 1986 (existe una interesante filmación bajo la batuta de Jeffrey Tate). En ella pone de relieve los aspectos más amargos del personaje, y en este sentido el soliloquio que abre el tercer acto llega a poner los pelos de punta.

Barbara Frittoli deja aquí su tercer retrato de Alice, poco atractivo en lo vocal y apañado en la escena, aunque en conjunto sigue resultando más bien soso. Otro que repite es Daniil Shtoda, tenor de voz fea y engolada que hace aquí un Fenton tan mediocre como con Abbado. Muy floja la Meg de Laura Polverelli, y sólo aceptable -en exceso vibrada y demasiado corta por abajo- la Quickly de Elena Zilio. Notable la representación española: el sólido -algo plano- Ford de Manuel Lanza y la sensual -aunque no muy refinada- Nanetta de Mariola Cantarero, que consigue un gran éxito personal entre el respetable.

Luca Ronconi ofrece una propuesta teatral dinámica, siempre atenta a la música y muy sugestiva en lo visual en la que traslada la acción a nuestros días, juega de manera lúcida con el kitsch, retrata ácidamente a las comadres como unas marujonas de clase alta y nos presenta al gordinflón no como un rufián aprovechado, sino como un niño grande e inocente que termina siendo víctima de las burlas amargas de sus vecinos. Puede discutirse, eso sí, la conveniencia de presentar el segundo cuadro del último acto como un sueño de Falstaff, pero esta idea da pie a un hallazgo poético fascinante: el protagonista despertando en su cama y encontrándose en medio del irreal bosque de Windsor. Sonido e imagen estupendos. Pese a sus reparos, he aquí un DVD muy, pero que muy recomendable.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...