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miércoles, 25 de mayo de 2011

Waltraud Meier y La Canción de la Tierra

Esta semana la Orquesta de Valencia ofrece, bajo la dirección de su titular Yaron Traub, un programa mahleriano del mayor interés, adagio de la Décima Sinfonía y La Canción de la Tierra, con la lujosísima presencia nada menos que de Waltraud Meier, quien recibirá -merecidamente, no como otras- la Medalla de Oro del Palau de la Música. La ocasión invita a repasar las tres grabaciones que la excepcional mezzo alemana ha realizado de la genial partitura, cosa que hemos hecho en estos últimos días: la de 1991 para el sello Erato bajo la dirección de Daniel Barenboim, la de 1999-2000 con Lorin Maazel en RCA y la filmación de 2001, editada en DVD por Euroarts, junto a la batuta de Semyon Bychkov.

Recuerdo cómo la interpretación de Barenboim, por entonces un recién llegado al universo sinfónico mahleriano -no así a sus lieder-, fue ensalzada en la revista Ritmo y vapuleada sin piedad en Scherzo. En aquel momento me sorprendió la disparidad de opiniones. Ahora no, claro. Vuelta a escuchar, la del argentino se revela como una lectura apasionada, extrovertida y llevada con singular convicción, que se aparta de lo decadente, como también de lo sensual y lo atmosférico, para optar por un agudo sentido del humor y una enorme elegancia en los movimientos más desenfadados -tercero y cuarto-, y volverse especialmente dramática en el resto. A destacar, en este sentido, cómo modela a la portentosa Sinfónica de Chicago para ofrecer una tímbrica muy incisiva al tiempo que muy atenta al colorido de la cuerda y de la madera grave, particularmente de esta última.

Puestos a poner reparos, hay que reconocer que a Barenboim se le podría pedir un poco más de creatividad en algunos pasajes, como también una mayor concentración en el arranque de “la despedida”. Además, no a todo el mundo le puede resultar grato el timbre leñoso de un -en cualquier caso- voluntarioso y eficaz Siegfried Jerusalem, que se mueve mejor en el agudo que en el centro. La grabación, por otra parte, no es de lo mejor realizado en vivo por Erato: las voces quedan en segundo plano.

Ese enorme mahleriano que es Lorin Maazel no terminó de redondear su lectura. Por descontado que su dominio del idioma queda en evidencia, como también una técnica de batuta rica en el color y clarificadora, pero la inspiración no termina de aparecer: a medida que avanza la audición, da la impresión de que el maestro no termina de comprometerse en lo expresivo, y que incluso termina resultando un poco tímido, por no decir descafeinado. Afortunadamente la interpretación cuenta con la baza de un Ben Heppner en perfecto estado vocal, de agudos segurísimos y "squillantes", que se implica hasta la médula con unas intervenciones llenas de valentía y sinceridad sin menoscabo de atander a la morbidez de un fraseo con buen legato. Solo a Fritz Wunderlich, en la referencial grabación de Otto Klemperer para EMI, le he escuchado algo mejor.

La dirección del irregular -y tantas veces mediocre- Semyon Bychkov resultó bastante más satisfactoria de lo que se podía esperar. No hay blanduras ni excesos, el pulso está bien sostenido y la batuta pone convicción a lo que hace. Faltan, eso sí, la riqueza tímbrica, el vuelo lírico y esa particular sensualidad mahleriana que solo los grandes consiguen, pero a la postre hay que aplaudir esta notable interpretación que se beneficia de una muy esforzada Orquesta de la WDR y de la fabulosa acústica de la Philharmonie de Colonia. Tampoco está nada mal Torsten Kerl, quien pese a la extraordinaria dificultad de su parte sale airoso del empeño procurando ofrecer la amplia variedad expresiva -de lo contemplativo a lo alucinado pasando por la intoxicación etílica- que los versos demandan.

Bueno, ¿y la Meier? Triunfa en los tres casos con una voz que, siendo algo más lírica de la cuenta, se mueve sin demasiados problemas y ofrece al mismo tiempo rica crema en su colorido. Claro que lo más importante no es el instrumento, sino el inmenso talento de la artista: dicción irreprochable, legato de enorme belleza, prudente administración de los recursos y una expresividad tan contenida como sincera, exquisita sin el menor narcisismo y situada no en la inmediatez terrena, sino más allá del bien y del mal, sobre todo en "la despedida". No posee la expresividad agónica de Kathleen Ferrier (con Walter), ni la opulencia vocal de Christa Ludwig (mejor con Klemperer que con Bernstein; la de Karajan no la conozco) ni la tan serena como intensa congoja de la increíble Janet Baker (sobre todo en la grabación de Haitink), por citar a las tres más grandes intérpretes de esta parte, pero aun así la mezzo alemana es por derecho propio la más grande interprete de Das lied von der Erde en la actualidad.

Matizando un poco, habría que indicar que es con Barenboim con quien menos maravillosa está, mostrándose algo incómoda en el grave y aún no del todo profunda en lo expresivo, si bien en clímax del segundo número ("Sonne der Liebe...") ofrece, quizá espoleada por el singular temperamento del argentino, una intensa rebeldía que luego no volverá a mostrar. Con Maazel y Bychkov su interpretación alcanza ya su punto justo de madurez gracias a una matización más rica y sutil, así como a una dosis mayor de sensualidad vocal. A destacar en la interpretación del franco-americano la exquisitez con que plantea toda "la despedida", dirigida por el maestro en una línea particularmente serena y contemplativa, muy espiritual, lo que puede no ser lo más indicado para la obra pero encaja muy bien con la visión que plantea Meier, aunque de las tres versiones la más recomendable es quizá la del DVD: a este señora hay que verla, además de oírla. Por si fuera poco el magnífico documental que se incluye en la edición es revelador sobre la personalidad de esta enorme artista. Si aún no lo conocen, no se lo pierdan.

jueves, 22 de enero de 2009

Arias francesas por Ben Heppner: mucho más que agudos

Páginas de Berlioz, Halévy, Massenet y Meyerbeer.
Orquesta Sinfónica de Londres. Myung-Whun Chung.
Deutsche Grammophon.
CD 74’05’’
Universal
****R

Heppner

Sólo le falta un físico agraciado, don al que podría sacarle mucho partido su casa discográfica -como lo hace con el de Magdalena Kozená, por ejemplo-. Salvo esto, Ben Heppner lo tiene todo, incluyendo esos dichosos agudos que levantan de sus butacas al respetable. Y al margen de que su calificación como tenor dramático pueda resultar bastante discutible, lo cierto es que aborda con deslumbrante éxito un repertorio heterogéneo y muy exigente tanto desde el punto de vista técnico como del interpretativo. Con motivo de su desembarco en DG se zambulle sin salvavidas en la ópera francesa, que en disco sólo ha afrontado puntualmente (Hérodiade, Les Troyens). El resultado vuelve a ser admirable.

Repasemos cuáles son sus puntos fuertes. Primero, un instrumento extenso y homogéneo, dúctil y de timbre grato, manejado con una solidísima técnica. Segundo, una singular atención al texto, perfectamente matizado. Tercero, un talante heroico y viril, que en ningún momento conoce el exhibicionismo, a disposición de aquellas páginas que lo demanden. Cuarto, una línea de canto exquisita y refinada, ajena a todo exceso, que ofrece la mayor morbidez y sensualidad -bellísimas medias voces- sin caer en blandenguerías ni languideces; ortodoxia, pues, pero sin caer en el tópico de “lo francés”.

El programa se ha planteado de manera coherente, desde la introversión de los torturados personajes de Berlioz hasta la triunfal extroversión de La Marsellesa. Así, la primera parte la conforman cinco hermosísimas páginas procedentes de Los troyanos, La condenación de Fausto, Benvenuto Cellini y, cambiando de aires, Beatriz y Benedicto, donde el tenor demuestra su variedad de acentos y capacidad para la introspección psicológica

Con la misma seriedad afronta el tenor canadiense las páginas de Halévy, Massenet y Meyerbeer que conforman el resto del programa, convenciendo con interpretaciones altamente comprometidas, de una profundidad que sorprende si tenemos en cuenta que no ha cantado estas obras en escena. No siempre acierta por igual, pero hay logros excepcionales. Por ejemplo, los dos fragmentos de El Cid, donde supera al más extrovertido y menos idiomático Domingo (tanto en su grabación de CBS como en su interpretación escénica en Sevilla).

La dirección de Chung, en su línea habitual: ágil, afilada, vistosa y un tanto superficial. También la toma de sonido, en exceso reverberante, podía haber estado mejor. A destacar que en la página web de DG se encuentran disponibles los artículos del libretillo, diverso material literario y gráfico adicional e incluso un video del “cómo se hizo”.
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Artículo publicado en el número de julio-agosto de 2002 de la revista Ritmo.

PS: el hecho de que el instrumento de Heppner sea mucho más lírico de lo que a él le hubiera gustado le ha terminado pasando factura. En el segundo acto de Tristán que ofreció hace un par de años con Barenboim en la Alhambra evidenció un estado vocal un tanto problemático, y la posterior interrupción de su recital en el Teatro Real a mitad de la velada terminó de revelar sus problemas canoros. Espero comprobar mañana mismo en su nueva aparición madrileña cómo se encuentra el en otros tiempos admirable tenor canadiense.

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