Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
viernes, 8 de julio de 2016
Noche folclórica con Axelrod: vulgaridad y trazo grueso
Comenzó el concierto, que iba de tema hispano y folclórico, con la Sinfonía sevillana de Joaquín Turina, no precisamente la mejor obra del autor pero sí una página agradecida que se escucha con placer si se saben extraer sus bellezas. Axelrod lo consiguió en un segundo movimiento paladeado con concentración, sensualidad y vuelo poético, pero no en los dos extremos, en los que dejó bien claras cuáles iban a ser las señas de identidad de sus lecturas: mucha vehemencia, mucha vida y mucha espectacularidad, pero con trazo considerablemente grueso –texturas espesas, amazacotadas–, tendencia al decibelio descontrolado y evidentes caídas en el efectismo. Todo sonó mucho, pero sonó regular y muy de cara a la galería.
Venía a continuación un estreno mundial encargo de la ROSS: Arabescos, para violín y orquesta, del cordobés Lorenzo Palomo. Obra ecléctica, magníficamente escrita, en la que el compositor arrincona caso por completo sus señas más o menos nacionalistas –aún así, hay alguna que otra pincelada que podría haberse ahorrado– para ofrecer fuerza expresiva y marcados acentos dramáticos. Desdichadamente, tras diez minutos empieza a agotar sus ideas, y como en total dura veintidós, a la postre termina aburriendo. Alxerod hizo aquí un trabajo técnico formidable, pero quien deslumbró fue Alexandre Da Costa (Montreal, 1979), un señor que en tiempos llegó a ejercer de concertino de la ROSS y que ahora ha demostrado ser un solista de bandera, no ya por su sonido homogéneo, denso y de una firmeza asombrosa, sino por su capacidad para inyectar tensión, intensidad y sinceridad a una obra recién salida del horno.
Vino luego la Sevilla de Albéniz, en orquestación de Frühbeck de Burgos. La interpretación fue vulgar a más no poder (¡qué arranque, cielo santo!), estruendosa y chabacana, llena de contrastes dinámicos extremos y con una percusión desatada. El maestro burgalés, no precisamente el colmo de la finura como director, lo hacía muchísimo mejor.
Volvió Da Costa para los Aires gitanos y la Habanera –arreglo de Bizet– de Sarasate, dos páginas que necesitan no solo un violín de virtuosismo supremo sino también un intérprete de un fuego y una sinceridad tales que nos hagan creer que son más que pirotecnia. Pues bien, este señor lo consiguió con creces ofreciendo recreaciones verdaderamente espectaculares, pero también llenas de expresividad. De los mejores solistas que recuerdo junto a la Sinfónica de Sevilla, así de claro. Vida breve de propina, bien acompañado por un Axelrod colorista y entusiasta.
Tras un intermedio en el que parte del público se marchó pensando que el concierto había terminado –la primera parte resultó larguísima–, llegaron las Suites nº 1 y 2 del Sombrero de tres picos. Aquí Axelrod pareció dar lo mejor de sí mismo: aunque es cierto que siguió prestando más atención al trazo global que al detalle, y también que hubo un muy serio despiste en las maderas en La tarde, la batuta controló su tendencia al efectismo e hizo gala de un sentido del ritmo, de una jovialidad y hasta de una autenticidad folclórica encomiables. La Farruca, extraordinaria. ¡Qué fuerza y qué garra! Pero llegó la jota final: aquí el maestro volvió a desmelenarse y montó la Obertura 1812. Un horror.
La orquesta evidenció desigualdades. Espléndida la cuerda, bien las maderas, estupendas las trompas y menos bien el resto de los metales, particularmente unos trombones que no empastaron en ningún momento y que sobreactuaron en más de una ocasión con la total complicidad del podio. "Con este concierto, los grandes músicos de la ROSS nos dejarán muy claro no solo lo que es una Sinfonía sevillana, sino también lo que significa una nueva era", dice el maestro en el programa de mano. Pues sí, queda bien claro lo que va a ser esta nueva era con Axelrod de titular.
martes, 2 de diciembre de 2014
Leticia Moreno y los paisajes de España
En la Sonata para violín y piano de Enrique Granados, Leticia Moreno despliega un romanticismo de altos vuelos en el que el vuelo melódico y la incandescencia poética se dan de la mano. La pianista Ana María Vera demuestra ser algo más que una simple acompañante, porque su toque es rico en colores y volúmenes, apasionado en temperamento y sensible a un diálogo en igualdad de condiciones. Espléndida la Danza nº 5, andaluza del mismo autor.
En la Serenata a Dulcinea de Ernesto Halffter nuestra artista demuestra dominar a la perfección el arte del pizzicatto, obteniendo colores guitarrísticos de lo más apropiados, por no hablar de la frescura con que aborda la deliciosa obrita; justo la misma frescura con la que interpreta el no menos encantador Sonetí de la Rosada de Eduard Toldrá. Irreprochables las dos transcripciones realizadas por Kreisler, la Danza de La vida breve y el Tango de Albéniz. Adecuadamente gitana se muestra la madrileña en esa simpática tontería que son los Zigeunerweisen de Sarasate, para luego volver a derrochar sensibilidad en la Nana de Sevilla –en arreglo de la propia Leticia Moreno– que cierra este hermoso y emotivo disco.
viernes, 31 de octubre de 2014
De cuando Domingo dirigió en el Waldbühne a Sarah Chang
A Plácido Domingo le he escuchado dos cosas extraordinarias en su faceta de director: las Noches en los jardines de España con Barenboim al teclado (editada por Teldec y Arthaus, audio y vídeo respectivamente) y, sobre todo, la Madama Butterfly con Cristina Gallardo-Domas en el Teatro Real (sin edición comercial). En el resto de las ocasiones en que ha empuñado la batuta me ha parecido no el maestro mediocre que quienes siempre le han despreciado han intentado hacernos ver, pero sí el director meramente apañado que hace gala de corrección, sensatez y musicalidad sin muchas cosas interesantes que decir, aunque con algún importante destello de inspiración.
Es justamente lo que quedó en evidencia cuando se puso al frente de una de las más perfectas orquestas del mundo, la Filarmónica de Berlín, en el concierto anual de la formación alemana en el Waldbühne, edición del año 2001 bajo el título Noche española en la que se contó con la colaboración de la violinista Sarah Chang y la soprano Ana María Martínez. Lo vi en su momento por la tele y hace unos días visioné por fin el DVD editado hace ya años por Euroarts
Comenzó la velada al aire libre con el Fandango de Doña Francisquita: Domingo lo dirigió bien, con el carácter popular y un punto bronco que le conviene, pero podía aún haberle sacado mayor partido a esta excelente música. Más difícil era sacárselo a los Aires gitanos de Sarasate, pero aquí vino al rescate una Sarah Chang no solo perfecta virtuosa sino también artista modélica. La Marcha Española de Johann Strauss II no tuvo mucha elegancia vienesa, pero sí un sentido del humor y un garbo muy españoles. En la petenera de La Marchenera, de Moreno Torroba (“Tres horas antes del día…”), Ana María Martínez ofreció buena voz y elevada implicación expresiva, sin llegar a deslumbrar; estuvo correctamente secundada por la batuta del cantante madrileño.
En el celebérrimo Capricho español de Rimsky-Korsakov se evidenció el desencuentro entre un director que se limitaba a marcar el compás y unos solistas dispuestos a hacer música por todo lo alto: funcionó a ratos, incluso por momentos deslumbró, pero hacía falta mucha mayor implicación desde el podio. Con la romanza de Los claveles, de Serrano, la soprano puertorriqueña hizo gala de sus virtudes y de sus relativas limitaciones; me hubiera gustado un punto más emotiva, o al menos más matizada.
Mejor aquí que cuando dirigió el título de Bizet en 1992 en el Teatro de la Maestranza, Domingo sacó adelante la Fantasía sobre temas de Carmen de Sarasate poniéndose a los pies de una Sarah Chang pletórica. Sorprendentemente, Plácido destapó el tarro de las esencias en Huapango, del mexicano José Pablo Moncayo; espoleada por una batuta por fin inspirada y fogosa, la Berliner Phiharmoniker puso todo su virtuosismo al servicio de una recreación brillante en el mejor de los sentidos, llena de garra y de electricidad.
Tres propinas, empezando con Pablo Luna. La canción española de El niño judío la dijo Martínez sin mucho salero. De la Chang se esperaba algo muy brillante como despedida, pero sin embargo ofreció la Méditation de Thais con resultados para quedarse de piedra: ¡qué afinación, qué belleza sonora, qué registro grave, qué fraseo más cantable, qué concentración…! Ahí Domingo echó los restos para seguidamente limitarse hacer un poco el ganso cantando –era de esperar– en la tradicional Berliner Luft conclusiva, que con él sonó, en la orquesta, más bien tosca y vulgar.
¿Conclusión? Un DVD imprescindible para amantes del violín.
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